La primera reunión prolongada de Liam y Noel Gallagher después de quince años separados no comienza con un abrazo, una disculpa ni una conversación sobre las heridas del pasado. Comienza trabajando. Liam entra al ensayo, pregunta si van a hacerlo y Oasis ataca con ira desatada las canciones que convirtieron a dos hermanos de Manchester en las criaturas más arrogantes, queridas y volcánicas del britpop.
Dylan Southern y Will Lovelace, responsables de Shut Up and Play the Hits (el documental que sigue por 48 horas a James Murphy, el líder de LCD Soundsystem) y Meet Me in the Bathroom (sobre la escena del Indie Rock en Nueva York de comienzos de milenio), comprendieron que invadir ese momento con un equipo de cámaras podía destruirlo. Instalaron los dispositivos con anticipación y observaron desde otra habitación. La decisión permite registrar la tensión de los primeros ensayos sin convertirlos en una ceremonia preparada para el público. Más que reconciliarse, los Gallagher parecen comprobar si todavía pueden tocar juntos sin matarse. En su lenguaje emocional, eso ya cuenta como una declaración de amor.
Oasis: Don’t Look Back in Anger puede entenderse como la pieza de compañía de Supersonic, el documental de Mat Whitecross y producido por Asif Kapadia (Amy) de 2016 que narraba el vertiginoso ascenso del grupo. Aquel terminaba cerca de la cima; este comienza después de la caída, cuando la rivalidad, los insultos y quince años de silencio han transformado una banda disuelta en una oportunidad comercial irresistible. Ambos trabajos poseen ritmo, música y suficiente carisma como para no aburrir. También comparten una limitación: se acercan a los Gallagher sin llegar a entrar en ellos.
El documental anuncia una historia de reconciliación, pero nunca explica realmente qué debía reconciliarse. Sabemos que Liam y Noel dejaron de hablarse, que intercambiaron ataques públicos y que la banda se desintegró en 2009. Lo que falta es comprender la raíz emocional de esa guerra. ¿Dónde termina la disputa artística y comienza el resentimiento familiar? ¿Cuánto pertenecía al espectáculo y cuánto se convirtió en una forma de vida? ¿Qué se dijeron antes de aceptar el regreso? Southern y Lovelace preservan el misterio, aunque en ocasiones esa discreción parece menos una elección narrativa que una condición de acceso.
Southern lo resume con humor: son los Gallagher, no los protagonistas de Dawson’s Creek. Nadie debería esperar que se sienten frente a la cámara a llorar y nombrar sus sentimientos. Es cierto. La masculinidad de Oasis siempre se construyó alrededor de la fanfarronería, el desafío y una vulnerabilidad escondida dentro de canciones gigantescas. Pero un documental no necesita lágrimas para alcanzar la intimidad. Le basta con observar las contradicciones, sostener los silencios y formular las preguntas que sus protagonistas preferirían evitar.
La película encuentra señales pequeñas. Al principio existe cautela entre los hermanos con miradas rápidas, movimientos medidos y una tensión que hace pensar que cualquier comentario podría volver a incendiar el cuarto. Después aparece la disciplina. Los directores quedaron sorprendidos por la seriedad con que Liam y Noel revisaron Wonderwall, Live Forever, Champagne Supernova y el resto del repertorio. No llegaron, tocaron los éxitos y cobraron el cheque. Ensayaron para construir la mejor versión posible de Oasis, conscientes del peso de la expectativa.
Esa dedicación no resuelve la gran sospecha que acompaña el regreso. Una gira de estas dimensiones mueve demasiado dinero como para fingir que la economía no existe. La película quiere convencernos de que la reunión superó el cálculo financiero, pero evita examinar cuánto tuvo de perdón y cuánto de negocio. Tal vez ambas cosas puedan coexistir. Los hermanos podían necesitar el dinero, extrañar la música y descubrir en el escenario una forma de estar juntos que no exigiera hablar sobre el pasado. La reconciliación, al fin y al cabo, también puede ser un contrato con amplificadores.
El punto de transformación llega en Cardiff, cuando el nerviosismo del grupo se encuentra con la expectativa del público. Lovelace lo describe como una alquimia. La tensión comienza a disiparse al escuchar a miles de personas cantar canciones que Oasis había dejado abandonadas durante tres lustros. Desde entonces, el documental se vuelve más cálido. No porque Liam y Noel finalmente expliquen sus sentimientos, sino porque la multitud parece sentirlos en su lugar.
Allí la película alcanza sus mejores momentos. Southern y Lovelace pidieron a sus directores de fotografía Lol Crawley, James Laxton y Haris Zambarloukos que no registraran los conciertos como una transmisión convencional, sino como una experiencia. La cámara puede abandonar el escenario si encuentra algo más poderoso entre el público. No interesa tanto el movimiento de una guitarra como la historia que ocurre entre los hermanos y quienes los esperaron. Los espectadores lloran, se abrazan y cantan con una intensidad que convierte cada estadio en una gigantesca memoria compartida.
El resultado confirma que las canciones de Oasis han adquirido una vida independiente de sus autores. También recuerda sus limitaciones. La banda nunca ocultó la enorme deuda con The Beatles consistente en progresiones, melodías, actitudes y aspiraciones que atraviesan sus mayores éxitos como fantasmas familiares (incluso la primera parte de este documental nos recuerda a Let it Be). Su música puede carecer de la originalidad de otras agrupaciones británicas de los noventa, pero posee una capacidad extraordinaria para convertir emociones sencillas en himnos colectivos. Oasis no inventó todos sus materiales, pero sabía levantar con ellos una catedral donde cualquiera podía cantar.
Resulta peculiar que Steven Knight figure como guionista. El creador de Peaky Blinders, otra historia británica sobre ambición, orgullo, clase social y rivalidad entre hermanos, parecería especialmente adecuado para explorar el vínculo entre Liam y Noel. Sin embargo, su presencia se percibe más en la organización dramática que en la revelación psicológica. La película tiene un arco claro (tensión, ensayo, regreso y comunión), pero los protagonistas continúan protegidos detrás de sus personajes públicos.
Para un espectador ajeno a Oasis, las dos horas pueden resultar excesivas. El documental presupone un afecto por las canciones y rara vez confronta a la banda con sus zonas menos favorecedoras. Para los fanáticos, en cambio, funciona como una máquina de euforia. Devuelve la sensación de haber estado allí, rodeado de desconocidos que conocen exactamente las mismas palabras.
Los directores afirman que terminaron haciendo una película sobre el perdón y la aceptación. Lo consiguieron solo a medias. Don’t Look Back in Anger registra los efectos de la reconciliación, pero no su proceso; demuestra que Oasis volvió a tocar, no que Liam y Noel hayan resuelto aquello que los separó. La música cubre el abismo, aunque nunca sabemos si debajo se construyó un puente.
Quizá esa sea la verdad más honesta que deja la película. Los Gallagher no necesitan convertirse en mejores amigos para volver a ser Oasis. Les basta con ocupar el mismo escenario, mirar hacia el público mientras uno toma la mano del otro y permitir que miles de voces terminen la canción. La multitud obtiene su milagro. Los hermanos conservan su secreto. Y el documental, emocionante pero cauteloso, decide no mirar atrás con ira ni con demasiadas preguntas.
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