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Crítica: Les digo “almas”

Crítica: Les digo “almas”

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LA KW

septiembre 15, 2026 • 5 min lectura

Las historias sobre policías corruptos pueden ser tremendamente impactantes. Hay algo aterrador en descubrir que quien supuestamente nos vigila no está siendo vigilado. ¿Quién vigila a los vigilantes? ¿Qué sucede cuando aquellos que deberían protegernos, servirnos y garantizar nuestra seguridad terminan atrapados en las mismas redes de corrupción que deberían combatir?

El cine y la televisión contemporáneos han encontrado en esas preguntas material extraordinario. Internal Affairs, Bad Lieutenant, Dark Blue, Narc, We Own The Night, Pride and Glory y Training Day entendieron las posibilidades del policía que cruza la línea. Series como The Shield, The Wire y We Own This City llevaron esa corrupción más allá del individuo para preguntarse por las instituciones que la toleran, la encubren o incluso la producen. Y Una película de policías, de Alonso Ruizpalacios, se aproximó desde un lugar completamente diferente a la distancia que existe entre nuestra idea de la policía y los seres humanos que llevan el uniforme.

Todas son obras muy distintas, pero las mejores tienen dos elementos en común: tensión y profundidad psicológica. La corrupción no funciona únicamente como motor de la trama. Sirve para desnudar a los personajes. Ese no llega a ser el caso de Les digo “almas”.

Dirigida por Libia Stella Gómez, la película sigue a Ángela Rojas (Ana González) y Daniel Díaz (José Restrepo), dos policías que quedan involucrados en un crimen después de verse acorralados por Ferrer (Rafael Zea), un superior corrupto y acosador. Quienes hasta ese momento representaban la ley terminan huyendo de ella, perseguidos en medio de una noche de traiciones y decisiones que los empujan cada vez más cerca del límite.

Sobre el papel, es una premisa estupenda. Gómez siempre ha demostrado interés por puntos de partida poco convencionales. Debutó en el largometraje con La historia del baúl rosado, una suerte de noir ambientado en la Bogotá de los años cuarenta, y posteriormente realizó Un tal Alonso Quijano, alrededor de un profesor obsesionado con Cervantes y Don Quijote. Son películas con ideas atractivas que, sin embargo, también dejan ver algunas de las dificultades que reaparecen aquí: problemas de ritmo, construcción de la tensión y, sobre todo, profundidad de los personajes.

En Les digo “almas” esa última carencia resulta particularmente problemática porque estamos ante una historia que necesita desesperadamente que conozcamos a las personas detrás de los uniformes. La película quiere hablar de corrupción institucional, abuso de autoridad, acoso y machismo. Ángela está sometida al abuso de un superior dentro de una estructura predominantemente masculina y jerárquica, mientras que la corrupción va revelándose no simplemente como una decisión individual, sino como parte de un sistema construido alrededor de la obediencia, la codicia, la violencia y el silencio. El material está ahí. Lo que falta es llevarlo más lejos.

El guion acumula situaciones, persecuciones, sorpresas y giros, pero pocas veces estos consiguen revelarnos algo verdaderamente inesperado sobre sus protagonistas. Sabemos lo que les ocurre, pero sabemos mucho menos sobre quiénes son. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Restrepo, González y Zea tratan de encontrar matices y humanidad dentro de sus personajes, pero el guion se les queda corto. No les proporciona suficientes espacios para que las contradicciones, los miedos o incluso la relación de cada uno con la autoridad adquieran el peso que necesitan. Por eso los personajes terminan sintiéndose más esquemáticos que humanos.

Esto repercute inevitablemente en la tensión. Una persecución, un tiroteo o un secuestro son mucho más angustiantes cuando entendemos exactamente qué puede perder quien huye. Una traición golpea cuando conocemos la relación que acaba de destruirse. Y una decisión moral importa cuando sabemos qué principio acaba de sacrificar el personaje que la toma. Las grandes historias sobre corrupción policial comprenden que la acción exterior y el conflicto interior deben alimentarse mutuamente. Les digo “almas” tiene lo primero, pero no desarrolla suficientemente lo segundo.

La película encuentra mejores posibilidades en su utilización de Bogotá. La ciudad aparece nocturna, caótica, colorida y amenazante, construida a partir de claroscuros, colores intensos, texturas urbanas y encuadres inestables que acompañan el progresivo deterioro psicológico de los personajes. La intención es que Bogotá deje de ser una simple locación y se convierta en otra presencia dentro del thriller. Hay algo atractivo en esa ciudad recorrida durante la noche, especialmente porque conecta con las inclinaciones de Gómez hacia el noir. Pero la atmósfera por sí sola no puede generar una tensión que el desarrollo dramático no sostiene.

La paradoja es que la película tiene delante de sí una pregunta mucho más interesante que cualquiera de sus giros: ¿quiénes son estas personas cuando dejan de representar la ley? Porque el gran atractivo de una historia sobre policías corruptos nunca ha sido simplemente descubrir que un policía puede ser corrupto. Las películas y series anteriormente mencionadas funcionan porque detrás de la placa se encuentra la ambición, el miedo, el resentimiento, la culpa, el deseo de poder, la necesidad de pertenecer y la capacidad para justificarse. Nos permiten observar el proceso mediante el cual una persona cruza una línea y luego aprende a vivir al otro lado.

Les digo “almas” quiere entrar en ese territorio y de hecho lo hace, pero se queda demasiado cerca de la superficie. Tiene una premisa potente, una ciudad apropiada para el neo noir y actores dispuestos a llevar a sus personajes más lejos. Lo que le falta es justamente aquello que podría haber unido todos esos elementos: tensión, ritmo y una mirada más profunda a los seres humanos detrás del uniforme. Porque para preguntarnos quién vigila a los vigilantes, primero necesitamos saber quiénes son cuando nadie los está mirando.

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