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Han pasado 25 años desde los ataques de las torres gemelas. ¿Ganaron los terroristas?

Han pasado 25 años desde los ataques de las torres gemelas. ¿Ganaron los terroristas?

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LA KW

septiembre 12, 2026 • 5 min lectura

Tuve una conversación con Barack Obama durante su segunda presidencia acerca de la naturaleza del terrorismo. Llevaba ya unos minutos hablando de cómo el terrorismo islámico no constituía una amenaza existencial para los estadounidenses, sino más bien un riesgo crónico y manejable. Ya me sabía ese argumento de memoria, después de todo, había realizado una entrevista con John Kerry en 2004, en la que afirmó que el terrorismo podría reducirse una “molestia”, una declaración que se volvió en su contra durante las últimas semanas de su campaña. Su respuesta me pareció problemática en aquel entonces, y tuve la misma reacción cuando Obama la repitió. Le pregunté directamente: ¿Qué tendría que ocurrir para que decidiera que el terrorismo era una amenaza existencial? ¿Qué tal una bomba nuclear portátil en un vagón de metro? ¿Admitiría entonces que los terroristas eran algo más que simples bandas criminales?

El demócrata no vaciló. Contestó que el terrorismo solo alcanzaría el nivel de amenaza existencial si los estadounidenses respondían abandonando sus propios valores y se traicionaran unos a otros. Un grupo de fanáticos homicidas no podían hacer nada para destruir al país más poderoso de la Tierra, pero sin duda podíamos destruirnos a nosotros mismos si renunciábamos a nuestras garantías constitucionales en un arrebato de pánico.

En ese momento parecía más un profesor constitucionalista que el presidente de los Estados Unidos. Obama presentaba un fatalismo intelectual que a veces encontraba desconcertante. Me invadía la sensación de que se veía a sí mismo como una ramita en el río de la historia y que cambiar la corriente dependía de nosotros. Dudo que estaría en desacuerdo con mi evaluación de su carácter. Sin embargo, a medida que inició la era de Trump en el país, he pensado bastante en esa conversación. A medida que pausamos y reflexionamos sobre los 25 años que pasaron desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, me encuentro con ese diálogo una vez más.

Las historias alternativas son complicadas, es mejor que las manejen los novelistas y cineastas de ciencia ficción. Un amigo político se burla de aquellas interpretaciones; cada vez que surgen teorías como esas, afirma: “¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiera ganado la guerra civil?”. Aun así, resulta difícil no ver una relación directa entre los sucesos de 2001 y la situación actual lo que nos hace preguntarnos, ¿cómo estaría el país si eso nunca hubiese ocurrido? En vísperas de los devastadores ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, la joven presidencia de George W. Bush tambaleaba. De no haber ocurrido dichos sucesos, podría haber sido un presidente de un solo mandato y era muy posible que no invadiera a Irak. Los demócratas tampoco se habrían visto obligados a defender la “buena guerra” de Afganistán, un eufemismo estratégico para diferenciar su propia respuesta al 11-S de la de Bush sin parecer pacifistas.

Sin el shock económico del 2001, hubiera sido poco probable que los legisladores, desesperados, hubieran ignorado a los prestamistas, respaldados por el gobierno, que convirtieron el mercado inmobiliario en un casino, algo que llevó al segundo golpe masivo de la década: el colapso del mercado en 2008. La rápida sucesión en la que estos hechos históricos sucedieron fue lo que destruyó la confianza del público en la competencia del establecimiento gobernante. Dicho acontecimiento desencadenó la conquista de Barack Obama del partido Demócrata y, luego, la elección de Donald Trump.

El Trump que conocí a finales de los 90, cuando coqueteaba con la idea de postularse a la presidencia como independiente, se presentaba como un reformista de centro al estilo de Ross Perot. Cuando empezó su carrera como republicano en 2015, ya abrazó un movimiento reaccionario y nacionalista blanco. Sí, fue en respuesta a Obama, pero también a Bush, cuyo instinto en los meses posteriores al 11 de septiembre había sido alzar la voz en defensa de los estadounidenses musulmanes. Su apoyo a la liberalización de la inmigración enfureció a gran parte de las bases de su partido. El atractivo central de Trump en el momento, al igual que ahora, se basaba en la reacción nativista y antiglobalista que surgió en el 2001. Según Pew Research, aproximadamente el 42% de los estadounidenses cree que los musulmanes están teniendo un impacto negativo en el país. El ethos de su segundo mandato es que solo los ciudadanos blancos y angloparlantes eran los únicos auténticos. No debería crear controversia declara que modificaría o eliminaría cualquier página de la constitución para ejecutar su visión, al fin y al cabo, no hace ningún esfuerzo para esconder sus intenciones.

El cambio radical del país de abandonar el pluralismo y la democracia liberal tampoco sucedió por sí solo, todo lo contrario. Movimientos reaccionarios similares de antinmigración han desestabilizado a Gran Bretaña y conquistado a Italia en la última década, también parecen posicionados para arrebatar el poder en Francia y Alemania. Tal vez parte de esto habría sucedido incluso sin el 11-S. Las fuerzas de la globalización y la automatización ya estaban alimentando un gran malestar económico aquí y en Europa a principios de siglo. Además, la revolución de las redes sociales estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, no cabe duda de que la “guerra contra el terrorismo”, el cual se convirtió en el primer marco real de política exterior tras el fin de la Guerra Fría, canalizó toda esa ansiedad hacia un enemigo identificable. Esto fracturó a sociedades que se habían mantenido unidas gracias al consenso en torno a las libertades individuales de hace 50 años. Si Obama fuera sincero, probablemente, diría “te lo dije”, y tendría razón.

EN LOS MESES posteriores al ataque terrorista y la invasión a Irak, resultaba difícil reconocer perspectivas y patriotismo genuino, ya que se mezclaba, como siempre, con una serie de gestos vacíos y clichés. Los pines con la bandera se volvieron obligatorios incluso para periodistas, las canciones por la paz fueron, prácticamente, prohibidas y los republicanos introdujeron términos como “papas a la libertad” [freedom fries en inglés] y “tostadas a la libertad” [freedom toast en inglés] en el vocabulario para protestar contra los temores de Francia por la guerra. Se volvió rutina que los políticos dijeran que los terroristas odiaban nuestro modo de vida y que nunca les dejaríamos ganar. Hasta el día de hoy, cuando mi perro le gruñe sin razón a algún Shiba Inu (raza de perro japonesa) atemorizado, le pregunto por qué odia la libertad.

25 años después, con la perspectiva que brindan la distancia y la experiencia, podemos plantearnos interrogantes que en ese momento no podíamos formular. Una de esas preguntas es “¿Qué esperaban lograr realmente los extremistas que lanzaron aquellos aviones suicidas contra nuestros edificios?”. ¿Creía Osama bin Laden que podía ganar una guerra santa contra Estados Unidos? Y, al final, ¿Frustramos su plan para la caída de Occidente o, simplemente, desempeñamos el papel que él había previsto?

El terrorismo es asimétrico por naturaleza. Ya sea el Viet Minh frente a los franceses, el IRA en Gran Bretaña o Al Qaeda, existe el convencimiento implícito de que el terrorista no puede ganar una guerra convencional contra una fuerza militar superior. Lo que el terrorista busca es desestabilizar el “statu quo”. Su acto desesperado actúa como un encendedor en búsqueda de mechas; el objetivo es desencadenar una reacción en cadena incontrolable dentro de la fortaleza, alterar el orden mediante el caos y ver qué consecuencias se derivan de ello. El terrorista sabe que esto probablemente causará sufrimiento a los suyos en el corto plazo, pero eso hace parte del plan. Él considera que la potencia ocupante es un monstruo desalmado y, al reducirla a sus instintos más primitivos, espera revelar su verdadera naturaleza ante el mundo.

Estamos presenciando cómo esto se repite en tiempo real en Israel. Los líderes de Hamás, con sus opciones militares agotadas y sus objetivos políticos por fuera de alcance, no podían entretener la ilusión de expulsar a los ocupantes israelíes mediante el asesinato y la mutilación de más de mil personas inocentes. Debieron esperar que Israel reaccionara con furia y crueldad ciegas, recurriendo a ese instinto de aniquilación total que sus dirigentes habían logrado contener durante tanto tiempo. Israel ha pasado de ser una potencia legítima a convertirse en un marginado internacional casi tres años después; su política está fracturada por la desunión y su autoridad moral ya no existe. ¿De verdad creemos que a Hamás le importa que más de 70.000 de los suyos hayan muerto en este conflicto sangriento? Sus líderes repugnantes consideran, casi con total seguridad, que es un precio que vale la pena pagar en el contexto más amplio de la historia. Lo que han logrado, en términos políticos, ha superado sus sueños.

Los israelíes debieron haber aprendido de lo que sucedió al otro lado del atlántico. Para el 10 de septiembre de 2001, EE.UU. era una superpotencia en paz, sí, sufría por divisiones sociales y económicas, pero era lo suficientemente estable como para mantener intacto su consenso político al superar unas elecciones reñidas. Un cuarto de siglo después, nos encontramos librando una tercera guerra inútil en el Oriente Medio, con una sociedad muy dividida y una política más envenenada que en cualquier otro momento desde el siglo XIX. Los fundamentos jurídicos peligran tras 250 años de solidez, los inmigrantes son perseguidos como animales por agentes enmascarados, la violencia y el extremismo tanto de derecha como de izquierda están en auge. La verdad y el pensamiento intelectual están en retroceso. Esto no es consecuencia exclusiva del 11-S, sino que es el resultado de una serie de acontecimientos que, si pudiéramos volver al pasado y vivirlo todo de nuevo a la inversa, nos llevarían directamente a ese día. Si Bin Laden pretendía que su ataque fuera el primero de una serie de crímenes de magnitud similar, fue derrotado; lo cual no fue un logro menor para los soldados y agentes de inteligencia estadounidenses. Pero si su objetivo era desestabilizar a los Estados Unidos de América y sacar a relucir lo peor de nuestra naturaleza, entonces puede que haya perpetrado el ataque terrorista más exitoso de la historia.

Nos dijimos una y otra vez en aquella terrible mañana que los terroristas nunca tendrían la victoria. Un cuarto de siglo después, se dificulta disputar que no ganaron.

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