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Crítica: Eleanor la magnífica (Eleanor The Great)

Crítica: Eleanor la magnífica (Eleanor The Great)

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LA KW

julio 3, 2026 • 5 min lectura

Como JoJo Rabbit, Eleanor The Great es una película que avanza sobre una cuerda floja moral desde su primer movimiento y nunca finge no saberlo. No es un relato cómodo ni complaciente. Es una historia que se alimenta del malentendido, del silencio cómplice y de una mentira que crece no por maldad explícita, sino por una suma de fragilidad, soledad y una necesidad primaria de pertenencia. En ese sentido, el debut de Scarlett Johansson como directora se siente como una extensión de la cinta que protagonizó con Taika Waititi y nos revela una ambición inesperada. No la de agradar, sino la de incomodar con suavidad, como una mano que aprieta mientras sonríe.

El personaje de Eleanor Morgenstein, interpretado con admirable precisión por June Squibb, podría haber caído fácilmente en el estereotipo de la anciana cascarrabias o en la ternura condescendiente. No ocurre ninguna de las dos cosas. Eleanor es ardua, punzante, por momentos francamente inaguantable, y justamente ahí reside la mayor audacia del filme.

Es una mujer que ha sobrevivido a casi todo, menos al holocausto y a la invisibilidad contemporánea. La muerte de su amiga Bessie no solo la deja sola, sino muda. pierde a su testigo, a la persona que confirmaba su existencia. Cuando se muda con su hija y su nieto, lo que encuentra no es refugio sino una rutina funcional donde ya no hay espacio para su voz.

La mentira que articula el relato (apropiarse del testimonio de una sobreviviente del Holocausto) no nace como un gesto calculado, sino como una rendija por donde se cuela el pánico de no pertenecer. Eleanor no desea ser una falsa heroína: Desea ser escuchada. Esa distinción es clave y, al mismo tiempo, el gran problema ético que la película nunca logra enfrentar del todo. El guion de Tory Kamen sugiere que el duelo puede explicar el error, pero se queda corto al interrogar el límite entre el dolor legítimo y la usurpación de una memoria histórica que no le pertenece.

La relación entre Eleanor y Nina, la joven estudiante de periodismo interpretada por Erin Kellyman, introduce una capa adicional de complejidad. Nina no solo busca una historia; busca una figura materna, una conexión emocional que la ayude a ordenar su propio duelo. El vínculo entre ambas funciona como un pacto tácito. Una ofrece compañía, la otra escucha. Johansson acierta al observar ese lazo con calma, sin edulcoraciones sentimentales, dejando que las escenas respiren en conversaciones nocturnas, paseos urbanos y silencios compartidos. Allí la película alcanza su textura más honesta y delicada.

Visualmente, el trabajo de la directora se apoya con inteligencia en la fotografía de Hélène Louvart (Romería), que privilegia los primeros planos como territorios emocionales. El rostro de Squibb se vuelve un mapa del personaje: La ironía como escudo, el orgullo como herida mal cerrada, el miedo filtrándose en miradas aparentemente triviales. Es un cine de proximidad, casi táctil, que confía en los gestos mínimos más que en el golpe dramático.

Sin embargo, Eleanor The Great tropieza debido a que no fluye muy bien (le hubiera servido un ritmo al estilo de la serie Hacks) y en el momento en que su protagonista debe asumir las consecuencias de su premisa. La revelación de la mentira y su impacto sobre los otros personajes se resuelve con una levedad que contradice el peso simbólico del engaño. La cinta parece consciente de estar contando una historia peligrosa, pero retrocede en el último tramo, optando por una suerte de absolución emocional que deja preguntas sin responder. No se trata de castigar al personaje, sino de exigirle (y exigirnos) una reflexión más profunda sobre el uso instrumental del trauma histórico.

El humor existe y funciona, además nunca es frívolo. El problema es el tono y la falta de una confrontación más incisiva con el núcleo ético del relato. Eleanor no es un monstruo, pero tampoco puede ser únicamente una víctima del contexto. Pero aun con esas grietas, Eleanor The Great se impone como un debut significativo. Johansson demuestra una mirada sensible hacia los márgenes de la vejez, una etapa del cine frecuentemente simplificada o invisibilizada.

Johansson le concede a Squibb un papel complejo, lleno de aristas, que se siente como la culminación de una vida de actuaciones contenidas y potentes. Y aunque la película no siempre sabe qué hacer con el deseo de su personaje, logra algo más difícil, que es convertirlo en una experiencia incómodamente reconocible.

Eleanor The Great, con todas sus fallas, permanece en la memoria más por lo que genera que por lo que resuelve. Es una película sobre el miedo a desaparecer, el peligro de confundir escucha con legitimidad y la tentación de apropiarse del dolor ajeno para no enfrentar el propio. Es una cinta imperfecta pero viva, urgente y sostenida por una actuación que se niega a pedir disculpas. Como Eleanor misma.

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