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A veces, los recuerdos son lo único que queda de una relación que terminó mucho antes de que nosotros fuéramos capaces de darnos cuenta. En ‘Calendario’, Dalex explora las emociones que deja un amor del pasado, recurriendo a la nostalgia y la memoria para retratar aquello que permanece incluso después del final.

Este nuevo sencillo llega después de que el artista compartiera varios fragmentos de la canción en sus redes sociales, generando expectativa entre sus fanáticos y seguidores ante el inicio de una nueva era musical que explora la cara menos amable del amor. Con ‘Calendario’, Dalex conecta con sentimientos universales como recordar a alguien, extrañar lo que alguna vez fue y aprender a seguir adelante, mientras muestra su faceta más romántica y melancólica como el artista reconocido del R&B.

Cortesía prensa

La producción construye un espacio íntimo que acompaña la interpretación melódica de Dalex y funciona como una extensión de la manera en que el artista transforma las emociones en palabras. Esta sensibilidad lírica le ha permitido construir, a lo largo de los años, una conexión cercana con su comunidad y consolidarse como una de las voces destacadas de la escena urbana contemporánea. 

Su capacidad para evolucionar y explorar distintas formas de expresar lo que siente hace que sus canciones encuentren eco en quienes las escuchan. Ya sea a través del amor, el desamor, el deseo o todas las emociones que existen entre ellos, Dalex convierte experiencias familiares en canciones que se sienten personales y, al mismo tiempo, universales.

‘Calendario’ llega tras el lanzamiento de su EP Cuarto Rojo a principios de este año, un proyecto que marcó una nueva etapa en la trayectoria de Dalex y con el que el artista continuó expandiendo el sonido influenciado por el R&B que ha definido gran parte de su carrera. El sencillo también da continuidad al éxito de ‘Honguito’, una canción que ha ganado fuerza en distintos mercados de Latinoamérica. Recientemente, Dalex amplió la historia del tema con el estreno de ‘Honguito Rmx’, manteniendo vigente la canción y extendiendo su alcance entre la audiencia.

Por ahora, ya puedes escuchar ‘Calendario’ en todas las plataformas de streaming musical.

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Tuve una conversación con Barack Obama durante su segunda presidencia acerca de la naturaleza del terrorismo. Llevaba ya unos minutos hablando de cómo el terrorismo islámico no constituía una amenaza existencial para los estadounidenses, sino más bien un riesgo crónico y manejable. Ya me sabía ese argumento de memoria, después de todo, había realizado una entrevista con John Kerry en 2004, en la que afirmó que el terrorismo podría reducirse una “molestia”, una declaración que se volvió en su contra durante las últimas semanas de su campaña. Su respuesta me pareció problemática en aquel entonces, y tuve la misma reacción cuando Obama la repitió. Le pregunté directamente: ¿Qué tendría que ocurrir para que decidiera que el terrorismo era una amenaza existencial? ¿Qué tal una bomba nuclear portátil en un vagón de metro? ¿Admitiría entonces que los terroristas eran algo más que simples bandas criminales?

El demócrata no vaciló. Contestó que el terrorismo solo alcanzaría el nivel de amenaza existencial si los estadounidenses respondían abandonando sus propios valores y se traicionaran unos a otros. Un grupo de fanáticos homicidas no podían hacer nada para destruir al país más poderoso de la Tierra, pero sin duda podíamos destruirnos a nosotros mismos si renunciábamos a nuestras garantías constitucionales en un arrebato de pánico.

En ese momento parecía más un profesor constitucionalista que el presidente de los Estados Unidos. Obama presentaba un fatalismo intelectual que a veces encontraba desconcertante. Me invadía la sensación de que se veía a sí mismo como una ramita en el río de la historia y que cambiar la corriente dependía de nosotros. Dudo que estaría en desacuerdo con mi evaluación de su carácter. Sin embargo, a medida que inició la era de Trump en el país, he pensado bastante en esa conversación. A medida que pausamos y reflexionamos sobre los 25 años que pasaron desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, me encuentro con ese diálogo una vez más.

Las historias alternativas son complicadas, es mejor que las manejen los novelistas y cineastas de ciencia ficción. Un amigo político se burla de aquellas interpretaciones; cada vez que surgen teorías como esas, afirma: “¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiera ganado la guerra civil?”. Aun así, resulta difícil no ver una relación directa entre los sucesos de 2001 y la situación actual lo que nos hace preguntarnos, ¿cómo estaría el país si eso nunca hubiese ocurrido? En vísperas de los devastadores ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, la joven presidencia de George W. Bush tambaleaba. De no haber ocurrido dichos sucesos, podría haber sido un presidente de un solo mandato y era muy posible que no invadiera a Irak. Los demócratas tampoco se habrían visto obligados a defender la “buena guerra” de Afganistán, un eufemismo estratégico para diferenciar su propia respuesta al 11-S de la de Bush sin parecer pacifistas.

Sin el shock económico del 2001, hubiera sido poco probable que los legisladores, desesperados, hubieran ignorado a los prestamistas, respaldados por el gobierno, que convirtieron el mercado inmobiliario en un casino, algo que llevó al segundo golpe masivo de la década: el colapso del mercado en 2008. La rápida sucesión en la que estos hechos históricos sucedieron fue lo que destruyó la confianza del público en la competencia del establecimiento gobernante. Dicho acontecimiento desencadenó la conquista de Barack Obama del partido Demócrata y, luego, la elección de Donald Trump.

El Trump que conocí a finales de los 90, cuando coqueteaba con la idea de postularse a la presidencia como independiente, se presentaba como un reformista de centro al estilo de Ross Perot. Cuando empezó su carrera como republicano en 2015, ya abrazó un movimiento reaccionario y nacionalista blanco. Sí, fue en respuesta a Obama, pero también a Bush, cuyo instinto en los meses posteriores al 11 de septiembre había sido alzar la voz en defensa de los estadounidenses musulmanes. Su apoyo a la liberalización de la inmigración enfureció a gran parte de las bases de su partido. El atractivo central de Trump en el momento, al igual que ahora, se basaba en la reacción nativista y antiglobalista que surgió en el 2001. Según Pew Research, aproximadamente el 42% de los estadounidenses cree que los musulmanes están teniendo un impacto negativo en el país. El ethos de su segundo mandato es que solo los ciudadanos blancos y angloparlantes eran los únicos auténticos. No debería crear controversia declara que modificaría o eliminaría cualquier página de la constitución para ejecutar su visión, al fin y al cabo, no hace ningún esfuerzo para esconder sus intenciones.

El cambio radical del país de abandonar el pluralismo y la democracia liberal tampoco sucedió por sí solo, todo lo contrario. Movimientos reaccionarios similares de antinmigración han desestabilizado a Gran Bretaña y conquistado a Italia en la última década, también parecen posicionados para arrebatar el poder en Francia y Alemania. Tal vez parte de esto habría sucedido incluso sin el 11-S. Las fuerzas de la globalización y la automatización ya estaban alimentando un gran malestar económico aquí y en Europa a principios de siglo. Además, la revolución de las redes sociales estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, no cabe duda de que la “guerra contra el terrorismo”, el cual se convirtió en el primer marco real de política exterior tras el fin de la Guerra Fría, canalizó toda esa ansiedad hacia un enemigo identificable. Esto fracturó a sociedades que se habían mantenido unidas gracias al consenso en torno a las libertades individuales de hace 50 años. Si Obama fuera sincero, probablemente, diría “te lo dije”, y tendría razón.

EN LOS MESES posteriores al ataque terrorista y la invasión a Irak, resultaba difícil reconocer perspectivas y patriotismo genuino, ya que se mezclaba, como siempre, con una serie de gestos vacíos y clichés. Los pines con la bandera se volvieron obligatorios incluso para periodistas, las canciones por la paz fueron, prácticamente, prohibidas y los republicanos introdujeron términos como “papas a la libertad” [freedom fries en inglés] y “tostadas a la libertad” [freedom toast en inglés] en el vocabulario para protestar contra los temores de Francia por la guerra. Se volvió rutina que los políticos dijeran que los terroristas odiaban nuestro modo de vida y que nunca les dejaríamos ganar. Hasta el día de hoy, cuando mi perro le gruñe sin razón a algún Shiba Inu (raza de perro japonesa) atemorizado, le pregunto por qué odia la libertad.

25 años después, con la perspectiva que brindan la distancia y la experiencia, podemos plantearnos interrogantes que en ese momento no podíamos formular. Una de esas preguntas es “¿Qué esperaban lograr realmente los extremistas que lanzaron aquellos aviones suicidas contra nuestros edificios?”. ¿Creía Osama bin Laden que podía ganar una guerra santa contra Estados Unidos? Y, al final, ¿Frustramos su plan para la caída de Occidente o, simplemente, desempeñamos el papel que él había previsto?

El terrorismo es asimétrico por naturaleza. Ya sea el Viet Minh frente a los franceses, el IRA en Gran Bretaña o Al Qaeda, existe el convencimiento implícito de que el terrorista no puede ganar una guerra convencional contra una fuerza militar superior. Lo que el terrorista busca es desestabilizar el “statu quo”. Su acto desesperado actúa como un encendedor en búsqueda de mechas; el objetivo es desencadenar una reacción en cadena incontrolable dentro de la fortaleza, alterar el orden mediante el caos y ver qué consecuencias se derivan de ello. El terrorista sabe que esto probablemente causará sufrimiento a los suyos en el corto plazo, pero eso hace parte del plan. Él considera que la potencia ocupante es un monstruo desalmado y, al reducirla a sus instintos más primitivos, espera revelar su verdadera naturaleza ante el mundo.

Estamos presenciando cómo esto se repite en tiempo real en Israel. Los líderes de Hamás, con sus opciones militares agotadas y sus objetivos políticos por fuera de alcance, no podían entretener la ilusión de expulsar a los ocupantes israelíes mediante el asesinato y la mutilación de más de mil personas inocentes. Debieron esperar que Israel reaccionara con furia y crueldad ciegas, recurriendo a ese instinto de aniquilación total que sus dirigentes habían logrado contener durante tanto tiempo. Israel ha pasado de ser una potencia legítima a convertirse en un marginado internacional casi tres años después; su política está fracturada por la desunión y su autoridad moral ya no existe. ¿De verdad creemos que a Hamás le importa que más de 70.000 de los suyos hayan muerto en este conflicto sangriento? Sus líderes repugnantes consideran, casi con total seguridad, que es un precio que vale la pena pagar en el contexto más amplio de la historia. Lo que han logrado, en términos políticos, ha superado sus sueños.

Los israelíes debieron haber aprendido de lo que sucedió al otro lado del atlántico. Para el 10 de septiembre de 2001, EE.UU. era una superpotencia en paz, sí, sufría por divisiones sociales y económicas, pero era lo suficientemente estable como para mantener intacto su consenso político al superar unas elecciones reñidas. Un cuarto de siglo después, nos encontramos librando una tercera guerra inútil en el Oriente Medio, con una sociedad muy dividida y una política más envenenada que en cualquier otro momento desde el siglo XIX. Los fundamentos jurídicos peligran tras 250 años de solidez, los inmigrantes son perseguidos como animales por agentes enmascarados, la violencia y el extremismo tanto de derecha como de izquierda están en auge. La verdad y el pensamiento intelectual están en retroceso. Esto no es consecuencia exclusiva del 11-S, sino que es el resultado de una serie de acontecimientos que, si pudiéramos volver al pasado y vivirlo todo de nuevo a la inversa, nos llevarían directamente a ese día. Si Bin Laden pretendía que su ataque fuera el primero de una serie de crímenes de magnitud similar, fue derrotado; lo cual no fue un logro menor para los soldados y agentes de inteligencia estadounidenses. Pero si su objetivo era desestabilizar a los Estados Unidos de América y sacar a relucir lo peor de nuestra naturaleza, entonces puede que haya perpetrado el ataque terrorista más exitoso de la historia.

Nos dijimos una y otra vez en aquella terrible mañana que los terroristas nunca tendrían la victoria. Un cuarto de siglo después, se dificulta disputar que no ganaron.

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La reciente derogación que hizo Abelardo de la Espriella del decreto que suspendía el porte de armas en Colombia ha generado un amplio debate sobre sus efectos, el monopolio estatal de la violencia y las estrategias para controlar la circulación de armas ilegales. Sin embargo, hay una dimensión que ha quedado en segundo plano y es el impacto que una mayor disponibilidad de armas puede tener sobre la violencia de género y, en particular, sobre la vida de las mujeres.

Primero, una precisión. La derogación no significa que de inmediato cualquier persona pueda portar un arma. El nuevo Gobierno debe mantener las regulaciones legales para la adquisición y tenencia de armas. La medida, sin embargo, permite que las cerca de 700.000 armas con salvoconducto existentes en el país puedan ser portadas por particulares y supone el regreso a una situación que no se presentaba desde 2015.

El Decreto 1368 de 2026 derogó el Decreto 1482 de 2025, que suspendía durante un año el porte de armas en todo el territorio nacional. Con ello, el Gobierno cumple una de sus promesas de campaña al flexibilizar el acceso de los ciudadanos considerados “de bien” a las armas como mecanismo de defensa frente a la inseguridad. No queda claro cómo se determina quién es un ciudadano de bien, pero ese es otro tema.

La lógica que implanta esta medida deja varias preguntas. Por un lado, no queda claro cuál será la estrategia para controlar las armas ilegales que ya circulan ampliamente en el país. Por otro, la promoción de la posibilidad de armarse como respuesta a la inseguridad parece tensionar una de las funciones centrales del Estado, que es ejercer el monopolio legítimo de la fuerza. Si los ciudadanos deben recurrir a las armas para protegerse, ¿qué mensaje transmite esto sobre la capacidad estatal para garantizar su seguridad? Otro tema para analizar.

La medida también rompe con una política que, desde el gobierno de Juan Manuel Santos y durante las administraciones de Iván Duque y Gustavo Petro, reconoció que el porte de armas legales podía complejizar las situaciones de violencia y la actuación de las autoridades en un país con altos niveles de violencia, más allá del conflicto armado y la criminalidad organizada.

El entusiasmo que siguió al anuncio presidencial resulta, en este contexto, significativo. La página de la Industria Militar de Colombia (Indumil), encargada de tramitar la compra de armas, colapsó por el tráfico generado después del anuncio. En un contexto de desconfianza hacia la justicia y las autoridades, la idea de armarse para defenderse puede parecer una respuesta necesaria. Pero la violencia armada no se limita a las calles: también puede trasladarse al espacio donde ocurre buena parte de la violencia contra las mujeres, los hogares. 

Un riesgo para las mujeres

La violencia de género puede ocurrir con o sin armas de fuego. Sin embargo, estas poseen características particulares que aumentan los riesgos. Una agresión con arma de fuego tiene altas probabilidades de producir consecuencias mortales y, a diferencia de otros instrumentos, se trata de un objeto diseñado específicamente para matar. De ahí la importancia del control estatal sobre su uso y de la prevención de sus consecuencias.

Diversos estudios han documentado la relación entre la disponibilidad de armas y la violencia de género. En familias y relaciones en las que los agresores tienen acceso a armas de fuego, el riesgo de uso indebido del arma y de escalamiento de la violencia puede aumentar hasta cinco veces. Además, por su capacidad letal, una agresión con un arma puede producir la muerte o lesiones permanentes, particularmente cuando ocurre en espacios privados donde las víctimas tienen menos posibilidades de evitar el ataque.

El Small Arms Survey, una organización internacional experta en políticas para el control de armas de fuego, estimaba que en 2017 había alrededor de 1.000 millones de armas de fuego en circulación en el mundo. De ellas, 857 millones, el 85%, estaban en manos de civiles, frente a 133 millones en arsenales militares y 23 millones en poder de organismos de seguridad. 

Aunque el control de armas ha sido históricamente un campo dominado por hombres, distintas investigaciones han llamado la atención sobre su vínculo con la violencia basada en género. Un estudio realizado en 2025 en Chile señala que las políticas de seguridad que promueven la tenencia de armas como mecanismo para aumentar la seguridad ciudadana no están exentas de riesgos. Por el contrario se encuentra que los mayores niveles de posesión de armas han sido relacionados con un incremento de la violencia de género, mayores niveles de criminalidad y una disminución del respeto por los derechos humanos.

Los mayores niveles de posesión de armas han sido relacionados con un incremento de la violencia de género, mayores niveles de criminalidad y una disminución del respeto por los derechos humanos.

En Colombia, la dimensión tampoco es menor. En 2023, la Procuraduría General de la Nación manifestó su preocupación por el contexto de violencia contra las mujeres. De los más de 400 feminicidios registrados ese año, el 55% ocurrió con arma de fuego. El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses también documenta de manera recurrente que las armas de fuego son el mecanismo más utilizado en los homicidios y feminicidios de mujeres en Colombia, representando consistentemente más del 50% de los casos fatales.

La violencia armada, además, no afecta de la misma manera a hombres y mujeres. Las relaciones que cada grupo establece con las armas y las consecuencias de su uso están atravesadas por diferencias de género. Como se ha mostrado, si bien los hombres son mayores víctimas de la violencia armada, son ellos los principales perpetradores también.  Naciones Unidas ha señalado que, a nivel mundial, el 55% de los homicidios de mujeres son cometidos por familiares o parejas íntimas.

El debate pendiente y más que urgente 

Un análisis académico de investigadoras de la  Red de Equidad en Género por el Control de Armas de Fuego (GENSAC), recopiló en 2020 experiencias regionales y nacionales que respaldan la relación entre armas de fuego y violencia en el ámbito doméstico. Según las investigaciones citadas, tener un arma en la vivienda aumenta en 41% el riesgo de que alguien sea asesinado en el hogar, mientras que para las mujeres el riesgo llega a triplicarse en Estados Unidos. Son muchos los estudios que apoyan este vínculo entre la tenencia de armas y las violencias contra las mujeres. 

La misma revisión señala que quienes llevan armas de fuego a sus casas las utilizan con igual o mayor frecuencia como instrumento de violencia doméstica que para frustrar un delito. En Colombia, la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de Profamilia de 2010 registró que el 7% de las mujeres había sido amenazada con un arma de fuego por su pareja y el 3% había sido atacada con ella.

La relación también aparece en el contexto del conflicto armado. Se estima que el 25% de las mujeres víctimas de algún tipo de violencia sexual durante el conflicto colombiano fueron agredidas utilizando un arma para amenazarlas. De ellas, el 33% señaló que el agresor tenía un arma de fuego.

Una política de seguridad que amplía las posibilidades de acceder a armas, debe considerar también los riesgos específicos para las mujeres, particularmente en un país con altos índices de violencia de género y feminicidio.

Los datos apuntan a un problema que no puede quedar por fuera de la discusión sobre la flexibilización del acceso y porte de armas. Una política de seguridad que amplía las posibilidades de tenencia y porte debería considerar también los riesgos específicos para las mujeres, particularmente en un país con altos índices de violencia de género y feminicidio.

En Colombia, la aproximación al control de armas desde una perspectiva de género ha sido prácticamente inexistente. Incorporar este enfoque permitiría reconocer que hombres y mujeres experimentan de manera diferenciada la violencia armada y contribuiría a diseñar estrategias de prevención y procesos de desarme, desmovilización y reintegración más sensibles a las condiciones particulares de las víctimas.

El debate sobre las armas, por tanto, no debería limitarse a quién puede portarlas para defenderse, quién es considerado un ciudadano “de bien”, si las pruebas y procesos para expedir estos permisos son idóneos y rigurosos. También debería preguntarse quiénes pueden quedar más expuestas cuando las armas llegan a los hogares o circulan masivamente en la sociedad, pero sobre todo qué responsabilidad tiene el Estado en prevenir esas consecuencias.

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Hace 20 años, My Chemical Romance publicó un álbum que cambiaría no solo el rumbo de su carrera, sino que también se convertiría en uno de los trabajos más destacados de la década de los 2000. The Black Parade marcó un antes y un después para la banda liderada por Gerard Way —y para la subcultura emo—y ahora, a dos décadas de su lanzamiento, la agrupación celebrará su aniversario con una reedición.

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“Hace 20 años escribimos lo que se convertiría en The Black Parade, nuestro tercer álbum y sucesor de Three Cheers for Sweet Revenge”, escribió el grupo en sus redes sociales en el anuncio. “En su momento, nunca nos llegamos a imaginar lo que ese disco significaría para la banda. Lo único que sabíamos es que habíamos hecho algo loco y algo que no podíamos esperar para compartir con el mundo”.

La edición especial por el 20 aniversario incluirá, además del tracklist original, seis bonus tracks entre los que se incluye la versión en vivo de ‘Someone Out There Loves You’, canción conocida popularmente como ‘Stay’ y que nunca fue grabada en estudio. Tanto esta como otras dos grabaciones en directo son extraídas de la gira The Black Parade World Tour en 2007, que llevó a la banda de visita por países de Norteamérica, Europa y Asia. Las tres canciones restantes son lados B. “Hoy, 20 años después, celebramos su lanzamiento. Por primera vez, hemos incluido todo lo que terminamos en esas sesiones en una misma colección”, añade el comunicado.

La colección contará, además, con nuevas ilustraciones de los personajes The Patient, Pepe y Draag Deer hechas por James Jean, el artista gráfico que creó el arte del álbum original. “Como es igual de importante, le pedimos a James Jean que regresara al mundo de The Black Parade y creara tres nuevas piezas de arte”, explicó el grupo. “Lo que ha hecho es una colección hermosa de algunos de los personajes más icónicos del disco durante esa era. James es un artista único en su clase y fue muy importante para la manera en que el disco se presentó ante el mundo. Estamos extremadamente agradecidos por haberlo conocido hace tantos años y por que haya aceptado hacer algo nuevo ahora”.

“Nuestro deseo es que ustedes disfruten de esta colección de música e ilustraciones tanto como nosotros, porque queríamos honrar cómo ustedes han permitido que sea tan atemporal y firme. Gracias por marchar con nosotros, ¡hasta la muerte!”, concluye el comunicado.

The Black Parade (20th Anniversary) estará disponible en diferentes formatos a partir del próximo 23 de octubre. Como abrebocas, My Chemical Romance compartió la versión en vivo de ‘The Sharpest Lives’ grabada en 2007 durante un show en Nueva Jersey.

Lista de canciones de The Black Parade (20th Anniversary)

Álbum original

1. ‘The End.’

2. ‘Dead!’

3. ‘This Is How I Disappear’

4. ‘The Sharpest Lives’

5. ‘Welcome To The Black Parade’

6. ‘I Don’t Love You’

7. ‘House of Wolves’

8. ‘Cancer’

9. ‘Mama (feat. Liza Minnelli)’

10. ‘Sleep’

11. ‘Teenagers’

12. ‘Disenchanted’

13. ‘Famous Last Words’

14. ‘Blood (A Brief Intermission)’

Bonus Tracks

15. ‘Heaven Help Us’

16. ‘Kill All Your Friends’

17. ‘My Way Home Is Through You’

18. ‘Dead! (Live)’

19. ‘The Sharpest Lives (Live)’

20. ‘Someone Out There Loves You (Live)’

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Código venganza sorprende por lo genérica que resulta. En realidad, bien podría haberse titulado ¡Oh, no! No otra película de acción con Jason Statham, porque contiene todos los ingredientes que han convertido buena parte de la filmografía reciente del actor británico en una franquicia sin nombre. Un hombre parco con pasado militar, una conspiración internacional, una mujer a la que debe proteger, criminales con rostros apropiadamente desagradables y numerosos objetos cotidianos que, al entrar en contacto con sus manos, adquieren funciones homicidas.

Statham parece competir con Liam Neeson para determinar quién puede protagonizar más películas de acción intercambiables antes de que alguien encuentre la manera de detenerlos. Con Mutiny, toma momentáneamente la delantera. Neeson todavía cambia de profesión, de ciudad o de familiar secuestrado; Statham lleva años interpretando variaciones del mismo individuo: un sujeto solitario, eficiente y moralmente incorruptible que quisiera vivir tranquilo, pero encuentra a un ejército de villanos bloqueándole el camino hacia la jubilación.

Esta vez interpreta a Cole Reed (Jason Statham), antiguo miembro de las fuerzas especiales y ex policía convertido en escolta de Tibu (Ramon Tikaram), un empresario tailandés que además es su amigo. Cuando el multimillonario es asesinado, Reed es acusado del crimen y debe escapar mientras intenta descubrir quién ordenó su muerte. La búsqueda lo conduce hasta un carguero que viaja de Bangkok a Los Ángeles, comandado por Marko Madsen (Roland Møller), un capitán corrupto que utiliza la embarcación para una operación de trata de personas.

A bordo también se encuentra Angie (Annabelle Wallis), tercera oficial del barco, madre soltera y poseedora de una biografía diseñada con calculadora dramática. Tiene una hija adorable, un ex marido irresponsable y la cantidad exacta de valentía necesaria para ayudar a Reed, aunque no tanta como para impedir que él deba rescatarla periódicamente. Wallis intenta concederle determinación al personaje, pero el guion la obliga a oscilar entre compañera competente y damisela en peligro funcional, según las necesidades de la siguiente pelea.

La historia escrita por Lindsay Michel y J. P. Davis se parece demasiado a El transportador, solo que ahora el automóvil ha sido reemplazado por un carguero. Tenemos nuevamente a Statham como conductor y guardaespaldas vinculado con un cliente poderoso, incriminado por un delito que no cometió y enfrentado a una organización que trafica con seres humanos. Incluso la presencia de refugiados tailandeses encerrados en un contenedor parece incorporada para evitar cualquier duda sobre quiénes son los buenos, quiénes son los malos y en qué momento exacto debemos indignarnos.

La película no busca desafiar esas expectativas, sino cumplirlas con obediencia administrativa. Cada revelación puede anticiparse mucho antes de que los personajes lleguen a ella. El supuesto responsable detrás de la conspiración resulta evidente desde sus primeras apariciones, los enemigos cometen todas las imprudencias requeridas para facilitarle el trabajo al protagonista y los intercambios verbales parecen escritos por un niño de diez años cuando le habla a sus figuras de acción. Aquí, los diálogos no construyen personajes, apenas ocupan el tiempo necesario para que Statham encuentre otra herramienta con la cual fracturar un hueso.

Lo verdaderamente desconcertante es encontrar a Jean-François Richet detrás de una película tan impersonal. El realizador francés demostró con las dos entregas de Mesrine que podía combinar violencia, tensión política y construcción psicológica alrededor de un criminal impredecible. También dirigió una estupenda cinta sobre Vidocq (El emperador de París), un remake digno de Asalto al precinto 13, el clásico de John Carpenter, y consiguió que Plane, protagonizada por Gerard Butler (otro protagonista de cintas de acción genéricas), superara las limitaciones de su premisa mediante un ritmo preciso y una acción contundente.

Aquí, en cambio, Richet parece reducido a supervisor de tránsito. Su labor consiste en desplazar a Statham de un extremo al otro del barco, situar adversarios en su camino y asegurarse de que haya un objeto peligroso a una distancia conveniente. El carguero podría haber sido un magnífico espacio narrativo: una estructura aislada, laberíntica y llena de contenedores, pasadizos, conductos y cámaras donde cualquier movimiento produce una sensación de encierro. Sin embargo, la película rara vez convierte ese escenario en algo más que un gimnasio industrial para el protagonista.

Las peleas siguen siendo lo mejor. Statham conserva una credibilidad física que muchos actores de acción solo pueden simular mediante montaje frenético y dobles cuidadosamente escondidos. Sus movimientos son rápidos, secos y brutales. Cuando golpea, parece que duele, y cuando utiliza un candado como arma, la película encuentra durante algunos segundos la inventiva salvaje que le falta al resto. Richet organiza correctamente los enfrentamientos en espacios reducidos y permite comprender la posición de los cuerpos, una virtud que no debería resultar extraordinaria, pero que el cine contemporáneo de acción ha convertido casi en un lujo.

Statham tampoco interpreta a Cole Reed con desgano. Sus frases pueden sonar rígidas y su registro emocional continúa limitado a diferentes grados de irritación, pero el actor mantiene una presencia magnética. Pocos intérpretes pueden caminar hacia un grupo de hombres armados con semejante confianza y convencer al público de que quienes están en peligro son ellos. El problema no es Statham. Es una industria que ha decidido utilizarlo como una máquina de producir películas casi idénticas.

El actor de Snatch y Lock, Stock and Two Smoking Barrels se merece personajes capaces de aprovechar su sentido del humor, su velocidad verbal y esa mezcla particular de amenaza y picardía que Guy Ritchie comprendió desde el principio. Incluso dentro del cine de acción, títulos como Spy y Crank demostraron que Statham puede abrazar el absurdo, burlarse de su propia dureza y protagonizar historias dispuestas a correr riesgos. Código venganza prefiere encerrarlo nuevamente en el uniforme del hombre invulnerable que dispara primero y desarrolla una personalidad únicamente si queda tiempo.

Tampoco ayuda que los antagonistas hayan sido fabricados con materiales sobrantes. Marko Madsen posee la crueldad reglamentaria del capitán corrupto, pero ninguna característica capaz de separarlo de cientos de mercenarios cinematográficos. Daniel Kluth interpreta al responsable de la conspiración con una arrogancia tan evidente que la revelación final no funciona como giro, sino como confirmación de algo que la película anunció desde el comienzo con luces de emergencia.

Adrian Lester aparece como el capitán de una embarcación militar que recibe el pedido de ayuda de Angie, pero su personaje permanece atrapado en otra variante del mismo problema. Sabe demasiado poco, reacciona demasiado tarde y existe principalmente para llegar cuando la situación ya ha sido resuelta por Statham. El resto del reparto cumple la tarea asignada, aunque nadie recibe material suficiente para competir con los puños del protagonista.

Mutiny no alcanza los abismos insondables de Megalodón ni ese auto sin timón que fue la sobrevalorada saga de El transportador. Dura aproximadamente 95 minutos, mantiene un ritmo aceptable y ofrece suficientes huesos rotos para impedir que la experiencia se vuelva completamente tediosa. Su modestia puede incluso resultar simpática en una época en la que tantas películas de acción se sienten obligadas a salvar el planeta, inaugurar universos narrativos y amenazar con cinco secuelas antes de terminar los créditos.

Pero sobrevivir no significa navegar con rumbo. Código venganza es una película construida para satisfacer las expectativas más básicas del público de Statham, sin ofrecer una sola razón para recordarla cuando llegue la siguiente. Tiene un barco, una conspiración, una mujer en peligro, víctimas inocentes y un héroe capaz de convertir un reloj, un candado o una tubería en instrumento de demolición. Todo funciona exactamente como estaba previsto, y ahí reside su naufragio: en una historia donde ningún golpe puede sorprender porque todos aterrizan sobre lugares comunes.

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