Logo
search
Logo

Síguenos en Redes

TikTok Instagram Facebook YouTube
Las 5 mejores canciones de James Bond según Indie Hoy

Desde su primera aparición en Dr. No (1962), el agente 007 se convirtió en un ícono de la cultura popular. La saga creada por Ian Fleming atravesó más de seis décadas, con diferentes intérpretes que le dieron su propia impronta al personaje: desde Sean Connery, pasando por Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan, hasta […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

5 canciones en las que las armonías vocales son las verdaderas protagonistas

El recurso de incorporar armonías vocales otorga gran riqueza a una composición. Aunque no es exclusivo de un género musical en particular, tuvo un enorme protagonismo en el rock y el pop de los años 60 y requiere de grandes intérpretes para engrandecer una obra. A continuación, cinco canciones con algunas de las mejores armonías […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

Las 8 canciones favoritas de Noel Gallagher

Noel Gallagher fue invitado al programa Desert Islands Discs en el año 2015 e hizo una selección de canciones para todos los gustos. Desde Sex Pistols y Pink Floyd pasando por U2 hasta David Bowie, a continuación te presentamos las ocho canciones sin las cuales el artista no podría vivir. La primera elección de Gallagher […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

Las 5 mejores superbandas de la historia

La historia del rock no solo está hecha de bandas que crecieron juntas desde la nada. También tiene en sus páginas encuentros casi místicos donde músicos ya consagrados decidieron unirse para formar algo completamente nuevo: supergrupos que marcaron épocas. A menudo impulsados por la búsqueda de nuevos horizontes creativos -o simplemente por la química irresistible […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

Las 4 películas más vistas en Netflix hoy

El ranking de Netflix cambia constantemente y algunas películas consiguen destacarse más que otras. Hoy, cuatro producciones lograron posicionarse entre las más vistas de la plataforma y se convirtieron en las opciones elegidas por quienes buscan una nueva historia. Conocelas. No se desea buena suerte 2026 – Dir: Julia Hart Reparto: Sunny Sandler, Melanie Lynskey, […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

Las 4 series más vistas en Netflix hoy

El ranking de Netflix cambia constantemente y algunas series consiguen destacarse más que otras. Hoy, cuatro producciones lograron posicionarse entre las más vistas de la plataforma y se convirtieron en las opciones elegidas por quienes buscan una nueva historia para maratonear. Conocelas. Moria Reparto: Moria Casán, Griselda Siciliani, Cecilia Roth, Sofía Gala Castiglione, Marco Antonio […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

Las 8 canciones favoritas de Steven Spielberg

Steven Spielberg es un director que sigue vigente. Sin embargo, el cine no es su única pasión, pues también es un fan de la música. Hace años, conversando con Lauren Laverne para BBC Radio 4, eligió ocho canciones que tienen un gran significado en su vida, entre las cuales incluyó clásicos de los 60, tracks […]

Ver más noticias en Indie Hoy.

El único misterio verdaderamente inquietante de Speed Demon no tiene que ver con posesiones, estatuas malditas ni trenes sin frenos. Está en descubrir qué hace William H. Macy en esta película. El actor de Fargo interpreta al padre Novak, un veterano exorcista enviado por el Vaticano que debe viajar de Montreal a Nueva York acompañado por la hermana Lu, encarnada por Katie Cassidy. Macy aparece durante unos quince minutos, pronuncia sus líneas con la dignidad de quien procura no mirar directamente la cuenta bancaria donde fue depositado el cheque y abandona el tren antes de que el descarrilamiento actoral llegue a su máxima velocidad.

La hermana Lu (abreviatura de Lucretia, porque hasta su nombre quiere parecer peligroso), atraviesa una crisis de fe bastante aparatosa. La conocemos después de una noche de cocaína, alcohol y sexo, antes de que se ponga el hábito y corra a encontrarse con su mentor. También posee cierta sensibilidad extrasensorial, carga con una tragedia infantil relacionada con la posesión de su padre y, pese a su vida de excesos, conserva la posibilidad de convertirse en la primera monja capaz de realizar un exorcismo. En otras palabras, no es un personaje. Estamos ante una reunión de ideas que jamás debieron quedarse solas en una habitación.

Cassidy (la actriz que interpretó a Laurel Lance en la serie Arrow), intenta conferir ferocidad, vulnerabilidad y fervor religioso a su personaje, pero la película la presenta como una “monja sexy” antes que como una mujer desgarrada entre la fe y la autodestrucción. Su adicción aparece cuando el guion necesita recordarnos que tiene demonios interiores; luego se evapora para que pueda enfrentarse a los exteriores. El conflicto espiritual, que podría haber dado algo de sustancia al disparate, queda reducido a miradas intensas, recuerdos traumáticos y frases que parecen escritas en la parte trasera de una estampita religiosa.

Como sucede en toda película de catástrofes ambientada en un vehículo, el tren transporta una colección de pasajeros variopintos diseñada mediante el método de “uno de cada tipo”. Está la niña precoz Sofia (Sky Vaux Fuller), capaz de explicar trenes, demonios y folclor sobrenatural con la puntualidad de Wikipedia; Nancy (Noriko Sato), su acompañante, una niñera japonesa con fijación por las luciérnagas; David (Jeremy Feight), el joven ex militar con una afección cardiaca, y su cándida novia Vicky (Sari Arambulo); Edwin (Allen McCullough), el escéptico antipático que gusta de proferir insultos al demonio como si se tratara del soldado francés en Monty Python And The Holy Grail; Louis (Michael John Improta), el carterista que roba las billeteras de los pasajeros y que, como ordena el manual de las películas de catástrofes, acaba revelando que debajo del bribón habitaba un pequeño héroe; y varios pasajeros de relleno destinados a correr, gritar o descubrir una bondad que llevaban cuidadosamente escondida hasta el tercer acto.

El responsable de que este vagón de lugares comunes viaje directamente al infierno es Gabriel (John Patrick Jordan), un arqueólogo que lleva consigo una estatua de Asmodeo, supuestamente recibida como un regalo inexplicable producto de una aventura sexual de una semana. La figura viene dentro de una caja, porque al parecer nadie le explicó que aceptar antigüedades satánicas de una pareja ocasional suele ser una pésima política de equipaje. Gabriel se pincha un dedo con ella, queda poseído y comienza a sembrar el caos mientras el tren pierde el control. El rey de los demonios ha llegado, aunque por su comportamiento podría pasar por un becario del averno en su primer día de trabajo.

Es imposible no remitirse inevitablemente a Snakes on a Plane, aquella película con Samuel L. Jackson que quiso convertirse en fenómeno de culto antes de que el público pudiera decidir si la merecía. Speed Demon parte de una idea igual de absurda: El exorcista se encuentra dentro de un tren de alta velocidad como si se tratara de una cinta con Steven Seagal o Liam Neeson. El problema no es la estupidez de la premisa. El cine de serie B ha demostrado que una idea estúpida, asumida con imaginación, desvergüenza y sentido del espectáculo, puede resultar gloriosa. El problema es que Jon Keeyes (autor de más de 27 cintas cada una más insufrible que la otra), filma el disparate como si estuviera revelando el undécimo mandamiento.

La cinta quiere hablar del trauma, la fe, la adicción, la misoginia eclesiástica y la redención, cuando debería concentrarse en conseguir que una monja golpee demonios en el techo de un tren. Esa solemnidad vuelve todavía más evidente los diálogos imbéciles, los saltos de lógica y unas actuaciones que empiezan a desmoronarse apenas Macy sale de escena. Los efectos especiales, por su parte, parecen enviados desde 1982 en un paquete que permaneció cuatro décadas extraviado en alguna estación. Hay una mujer poseída que vomita luciérnagas (adivinen quien), unas aves que se estrellan contra los vidrios del tren que parecen salidos de Birdemic y algunos momentos de delirio digital que provocan risa, aunque no siempre por voluntad de sus creadores.

El agotamiento del cine de exorcismos tampoco ayuda. Desde que William Friedkin convirtió la habitación de Regan MacNeil en el territorio de una batalla entre la fe, la ciencia y el mal en el clásico The Exorcist (quizás la mejor película de terror de todos los tiempos), el subgénero lleva más de medio siglo intentando repetir el milagro. Ni siquiera las secuelas de aquella película consiguieron comprender del todo qué la hacía aterradora. Entre las escasas excepciones recientes está La médium, la producción tailandesa-surcoreana dirigida por Banjong Pisanthanakun, un falso documental que entiende que el horror religioso necesita atmósfera, ambigüedad y una genuina sensación de profanación. Speed Demon responde con ojos negros, voces distorsionadas y pasajeros que caminan de un vagón a otro dando tumbos y gruñendo como si estuvieran buscando con urgencia el baño después de sobrepasarse con los tragos.

Uno podría esperar al menos el placer descarado de The Pope’s Exorcist, en la que Russell Crowe combatía al demonio con sotana, un pésimo acento italiano y la expresión satisfecha de quien sabe perfectamente en qué clase de película se ha metido. Aquí el humor aparece de manera accidental. Hay pasajes entretenidos precisamente porque alcanzan una temperatura camp irresistible, y el desenlace por fin abraza parte de la demencia prometida por el argumento. Para entonces, sin embargo, la película ya había recorrido demasiados kilómetros fingiendo que la historia de una monja cocainómana contra Asmodeo necesitaba gravedad teológica.

Speed Demon tenía todo para ser un placer culpable: un tren fuera de control, una religiosa descarriada, un demonio bastante torpe y charlatán y William H. Macy preguntándose en silencio quién llamó a su agente. No llega siquiera a convertirse en ese pequeño éxito de culto que su premisa parece reclamar. Al final, el espectador no grita de terror: se da la bendición y ruega que esta película sea exorcizada rápidamente de la cartelera.

The post Crítica: <i>Exorcismo en el tren (Speed Demon)</i> appeared first on Rolling Stone en Español.

Después del fenómeno de Stranger Things, parecía inevitable que Hollywood comenzara a tratar los años ochenta no como una década, sino como un parque temático. Cada calle suburbana debe esconder un monstruo; cada bicicleta, conducir hacia una dimensión desconocida; cada familia disfuncional, reencontrar el amor mientras una criatura intenta devorarla. The End Of Oak Street lleva esa fórmula hasta sus últimas consecuencias. Si ya agotamos los extraterrestres, los fantasmas y los portales interdimensionales, siempre podemos soltar dinosaurios en el vecindario. ¡Qué lo diga la Patrulla Canina!

La nueva película de David Robert Mitchell ocurre en 1982, año en que Steven Spielberg estrenó E.T. y produjo Poltergeist. No es una coincidencia. El director de It Follows reconstruye aquella época como quien recorre un videoclub seleccionando las carátulas más reconocibles. El lenguaje de cámara de Mike Gioulakis (Split) y la banda sonora de Michael Giacchino imitan a la grandilocuencia de Vilmos Zsigmond y John Williams, respectivamente. Las amenazas domésticas cercanas a Gremlins, Back to the future y Aracnofobia, las familias suburbanas sacadas del universo Amblin y los dinosaurios que inevitablemente remiten a Jurassic Park, nos hacen pensar que, más que una película, esto parece una sesión espiritista dedicada a invocar el cine de Steven Spielberg.

En el centro de la historia está la familia Platt. Greg (Ewan McGregor) perdió su empleo, pero trata de sostener la ilusión de normalidad repartiendo pizzas a domicilio. Es un hombre noble, derrotado por las circunstancias y cada vez más avergonzado de no poder cumplir con el papel tradicional de proveedor. Denise (Anne Hathaway), su esposa, escribe en secreto una novela sobre una mujer que sueña con abandonar a su familia y comenzar una nueva vida en Manhattan. La ficción se convierte así en la carta de renuncia que todavía no se atreve a entregar. Denise siente que su matrimonio y la vida suburbana la han condenado a observar desde la ventana la existencia que pudo haber tenido.

Sus hijos tampoco atraviesan precisamente una temporada de paz. Brian (Christian Convery), de trece años, se ha metido en problemas después de romperle accidentalmente el brazo a un compañero y debe evitar al hermano mayor del muchacho, que quiere cobrar la deuda mediante métodos poco pacíficos. Audrey (Maisy Stella), la hija mayor, quiere convertirse en astrónoma, admira a Carl Sagan y contempla la posibilidad de estudiar en Cornell, aunque la situación económica de su familia amenaza sus planes. Completa el grupo Starbuck, el perro familiar, probablemente el personaje con mayor sentido común de toda Oak Street. No me hagan hablar del vecino molesto (P.J. Byrne), la bibliotecaria amable (Emily Kuroda) y la vecina que colabora con la lectura y revisión de la novela de Denise.  Estos son “personajes tipo” para principiantes. 

Mitchell dedica el primer tramo a construir este pequeño apocalipsis doméstico. Greg oculta su desempleo; Denise esconde su manuscrito y sus deseos de escapar; Brian comienza a descubrir a las chicas (especialmente a su vecina Jeannette, interpretada por Jordan Alexa Davis); Audrey observa el universo buscando algo más grande que su calle. Entonces aparecen unas misteriosas luces blancas, aumenta la temperatura, surgen plantas extinguidas y los jardines comienzan a recibir señales bastante voluminosas de fertilizante que anteceden a una enorme presencia animal. Poco después, el vecindario entero es arrancado de Michigan y depositado en un mundo prehistórico. El sueño americano acaba de convertirse en almuerzo.

La idea es magníficamente absurda. Casas, piscinas, cercas de madera y automóviles familiares quedan rodeados por una selva donde los dinosaurios cazan a los vecinos. Jurassic Park se encuentra con Land of the Lost, pero sin científicos que puedan explicar el fenómeno ni un parque que responsabilice a sus administradores. Aquí los dinosaurios llegan al patio trasero como si fueran la consecuencia natural de una reunión de propietarios que terminó mal.

Sin embargo, la crueldad con la que Mitchell trata a los habitantes de Oak Street aleja la película del espíritu luminoso de la gran mayoría de las producciones de Spielberg de los ochenta. Sus criaturas no producen inicialmente asombro, sino terror. Atacan, despedazan y persiguen a personas que todavía intentan comprender si han viajado al pasado o si el pasado ha invadido su presente. En esos momentos, The End of Oak Street se acerca más a Poltergeist que a Jurassic Park. El hogar deja de ser refugio y se convierte en una trampa, mientras la amenaza atraviesa piscinas, jardines y habitaciones infantiles.

El tono también nos recuerda a A Quiet Place, especialmente cuando los Platt deben moverse con cautela y convertir el conocimiento de las criaturas en una herramienta de supervivencia. Pero David Robert Mitchell no maneja el silencio, el ritmo ni la precisión espacial con los que John Krasinski construía el suspenso. Las secuencias funcionan como estampas independientes. Una persecución aquí, una muerte allá, un dinosaurio asomándose detrás de una cerca. Hay peligro, pero pocas veces existe la sensación de que cada movimiento pueda tener consecuencias irreversibles.

El elemento familiar tampoco alcanza la profundidad que promete. Los dinosaurios deberían funcionar como la materialización de todo aquello que los Platt llevan años callando: la humillación de Greg, la frustración de Denise, la ira de Brian y el miedo de Audrey a renunciar a su futuro. La supervivencia los obliga, previsiblemente, a permanecer juntos y reconocer cuánto se necesitan. Pero las emociones están resaltadas con una insistencia exagerada y casi mecánica. Cada recuerdo feliz, fotografía familiar y sacrificio llegan marcados con resaltador fluorescente para que nadie abandone la sala sin comprender la moraleja. No me hagan hablar de la niña cantando la canción de Los Picapiedra.

Anne Hathaway consigue darle a Denise una vida interior que el guion apenas esboza. Su personaje no solo debe enfrentarse a los dinosaurios, sino también a la culpa de haber deseado otra existencia. Cuando empuña un rifle y se mide contra una bestia prehistórica, Hathaway transforma por unos segundos a la esposa insatisfecha en una heroína de acción. Ewan McGregor, por su parte, hace de Greg un hombre fundamentalmente decente, cuyo fracaso laboral no ha destruido su voluntad de proteger a los suyos. Ambos consiguen que el matrimonio resulte más creíble que el mecanismo cósmico responsable de transportar el barrio.

The End of Oak Street llega a ser por momentos entretenida. Tiene dinosaurios feroces, algo de humor blanco, algunas muertes inesperadas y una duración que no convierte la aventura en una era geológica. Mitchell sabe filmar la amenaza y todavía conserva algo del talento para impregnar los espacios cotidianos de una presencia siniestra que demostró en It Follows. El problema no está en la ejecución inmediata, sino en la sensación persistente de haber visto cada imagen en otra película, casi siempre mejor.

Parece que la gran enseñanza que Hollywood extrajo de Stranger Things es que durante los años ochenta solo existían niños en bicicleta, familias rotas, canciones pop como Valerie de Steve Winwood (un intento de repetir el momentum de Running Up That Hill de Kate Bush), monstruos y cine de terror cósmico y antediluviano. La década que produjo transformaciones políticas, sexuales, tecnológicas y culturales ha quedado reducida a un catálogo de referencias fácilmente reconocibles. Ya no se evoca una época vivida, se imita la imitación que otras películas hicieron de ella. 

La nostalgia puede ser una forma de afecto, pero también una renuncia a imaginar el presente. David Robert Mitchell no utiliza los códigos de los ochenta para interrogarlos o transformarlos; los conserva detrás de una vitrina, les quita el polvo y coloca dinosaurios a su alrededor. The End Of Oak Street ofrece un paseo agradable por ese museo, pero llega cuando el público ya conoce cada sala y sabe exactamente dónde saltará la criatura.

Tal vez sea hora de abandonar las bicicletas, guardar los casetes y cerrar definitivamente el videoclub. Los años ochenta tuvieron grandes películas porque miraban hacia adelante, no porque vivieran obsesionados con recrear los años cincuenta. Hollywood podría aprender la lección. Avanzar también es una forma de sobrevivir.

The post Crítica: <i>El final de la calle Oak (The End Of Oak Street)</i> appeared first on Rolling Stone en Español.

El ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben Gvir, volvió a generar polémica tras defender que las fuerzas israelíes maten entre “30 y 40” personas cada noche en la Franja de Gaza, incluso si no representan una amenaza inmediata.

Las declaraciones fueron realizadas el pasado 16 de agosto durante un podcast presentado por Rom Braslavski, un exrehén israelí que estuvo retenido en Gaza. Ben Gvir cuestionó la reducción de la intensidad de los ataques israelíes y planteó una política de asesinatos selectivos diarios contra palestinos. “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza”, dijo el ministro, según recogieron medios internacionales. “Cada noche, eliminar a 30 o 40”.

Ben Gvir aclaró que, en su opinión, estas acciones no deberían limitarse a personas que representaran una amenaza directa. “Hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”, añadió.

El ministro forma parte del ala ultraderechista de la coalición encabezada por el primer ministro Benjamín Netanyahu y se ha convertido en una de las voces más radicales del Gobierno israelí. Aunque su cargo no le otorga el mando directo sobre las operaciones militares en Gaza, tiene influencia política dentro de la coalición y supervisa, entre otras instituciones, la Policía y el sistema penitenciario israelí.

Te puede interesar: Trump anuncia nuevo acuerdo para el cese al fuego en Gaza

Las palabras de Ben Gvir se produjeron mientras criticaba lo que considera una disminución de la ofensiva israelí en Gaza. El ministro ha mantenido diferencias públicas con Netanyahu sobre la manera en que Israel debe avanzar en la guerra y se ha opuesto a iniciativas que contemplen negociaciones con Hamás. Durante la misma intervención, también defendió posturas que ha sostenido anteriormente: la expulsión o salida masiva de palestinos de Gaza y el establecimiento de asentamientos israelíes en la totalidad de la Franja.

Una figura clave de la ultraderecha israelí

Ben-Gvir es una de las figuras más controvertidas de la política israelí. Su trayectoria ha estado marcada por su vinculación en su juventud con el movimiento Kach y por condenas relacionadas con la incitación al racismo y el apoyo a una organización terrorista.

Con el paso de los años, pasó de ocupar una posición marginal dentro de la ultraderecha israelí a convertirse en uno de los socios necesarios para la continuidad de la coalición de Netanyahu. Desde su llegada al Ministerio de Seguridad Nacional, ha defendido medidas más duras contra la población palestina y los presos palestinos.

Sus declaraciones sobre Gaza se suman así a una larga serie de llamados a endurecer la ofensiva israelí y a rechazar cualquier solución que implique la permanencia de una población palestina en la Franja bajo un futuro Estado palestino.

La nueva declaración ha generado críticas internacionales por el carácter deshumanizador de sus palabras. La polémica llega además en un momento en el que persisten las discusiones sobre el futuro de Gaza y los intentos de definir una salida al conflicto iniciado tras el ataque de Hamás contra Israel en octubre de 2023 y la posterior ofensiva israelí sobre la Franja.

The post “Ni siquiera son personas”: ministro de Seguridad Nacional israelí llama a matar “30 o 40” palestinos cada noche en Gaza appeared first on Rolling Stone en Español.