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La trayectoria de El David Aguilar ha estado marcada por la exploración sonora y la curiosidad artística, pero sobre todo por una libertad que pocos artistas se dan a sí mismos. Desde 2017, el músico sinaloense comenzó una serie de “anti-álbumes”, proyectos que carecen de una narrativa o de un universo sónico limitante y que en su lugar se convierten en recopilatorios de canciones de diversos géneros y con elementos sumamente distintos, que pueden ir desde del pop rock hasta el sierreño. 

Tras casi una década de haber comenzado esta serie de proyectos, El David Aguilar presenta Vigente, su más reciente material de larga duración, el cual está conformado por canciones de distintas épocas, pero con algo en común: han pasado la prueba del tiempo. El cantautor culichi explica que en el disco hay temas que fueron compuestos hace seis meses, pero otros que tienen hasta diez, 15 o 20 años de historia. Además, reúne a personas importantes en su vida y carrera como Jay de la Cueva —quien se ha convertido en un colaborador habitual—, Julieta Venegas y sus propios padres, Fito Aguilar y Lucy Dorantes. 

A tan solo horas de que Vigente viera la luz del día, el músico se reunió con ROLLING STONE en Español para hablar sobre el concepto del “anti-álbum”, los orígenes de algunas de las canciones más importantes del proyecto, incluyendo sus colaboraciones con Julieta Venegas y con sus papás, y mucho más. 

David, hoy estará disponible tu nuevo álbum de estudio. ¿Cómo vives la antesala de que el proyecto llegue al público?

Bien, emocionado, preguntándome cosas. En este momento coincide con que lo voy a presentar la semana que viene, así que estoy un poco ocupado, creativamente sobre todo, con el concierto. Estos días he estado montando eso.

Se siente bastante orgánico porque, como estoy pensando en el concierto, pienso en el disco y en algunas de las canciones. Si bien no hay una relación total, porque no voy a tocar el disco, ni mucho menos. Creo que voy a tocar cinco canciones, pero son 15 en el concierto; más bien voy a tocar canciones de otro tiempo también.

No es una presentación del álbum como tal, no la veo así. Es una presentación en el marco de que está saliendo el álbum. Y bueno, sí hablaré y tocaré algunas canciones completas. Pero lo vivo así y también un poco expectante de esta conversación que siempre surge cuando uno publica material con la gente que lo sigue, porque ves el feedback, ves los comentarios.

Este disco sigue esta línea de “anti-álbumes”, que es algo que llevas haciendo por un tiempo. ¿Qué te lleva a realizar este tipo de discos?

Desde el principio, desde el que se llama Siguiente —porque ya tengo publicados Siguiente y Reciente, este es Vigente y faltaría Pendiente—, siempre consideré que podrían ser cuatro anti-álbumes.

Lo que me lleva a hacerlo es un sentido de practicidad total. No me gusta mucho sentirme asfixiado en la creación de conceptos. Pensar en un concepto para un álbum, de manera que todas las canciones se adscriban a él. No sé por qué, nunca me ha gustado. Me parece limitante. La idea de hacer una canción del tinte que se me antoje, con la temática que se me antoje, el tempo, la temperatura y la profundidad que quiera, cuando quiera, es lo que más me ha gustado. Así que he venido haciendo canciones independientemente de pensar en proyectos como álbumes. Me considero cancionista de canción suelta.

En general el concepto de álbum me parece más del siglo XX. Me gusta esta idea de la canción aleatoria, que viene mucho de las nuevas plataformas, desde el iPod, desde el universo shuffle: escuchar proyectos que no tienen nada que ver entre sí y que el algoritmo los enlace sin que exista un concepto detrás.

Me siento muy bien haciendo anti-álbumes porque trabajo en la canción y, una vez que termino de producir una, ni la volteo a ver cuando abro la segunda, por decirlo de alguna manera.

Qué chilo. ¿Y qué crees que le ofrece al oyente escuchar un disco de este tipo?

Yo creo que, por ejemplo, esta es una pregunta que me he hecho, por supuesto, y que llega posteriormente. Yo ni siquiera sé si a mí mismo me gustaría escuchar un álbum así de un artista que me guste. Pero más bien lo que tengo que decir es que no conozco artistas que tengan esta postura tan marcada.

Por ejemplo, a mí me gustan algunos artistas del country, del universo de Texas y de Nashville, y los que hacen bluegrass y country; esa es su onda. O los discos de Willie Nelson: country, rock… están inmersos en un universo y los álbumes siempre se mantienen dentro de ese concepto, no se salen. Pero como yo, de alguna manera, como compositor, me inserté en la versatilidad desde el principio —porque me gusta la música anglo, pero también mucho la música del folclore latinoamericano, la música ranchera y regional— desde el principio me di cuenta de que había muchas distancias. Y dije: “No, pues mejor hago una cumbia, hago una balada y una canción psicodélica”. Aunque a la gente le parezca raro y sea difícil promoverme al principio, estoy apostando a largo plazo. Es una cosa a largo plazo: que la gente me lo reconozca después y diga: “Ah, es esto”.

El David Aguilar: un cancionero que está más VIGENTE que nunca
Cortesía

Leí que llevas mucho tiempo trabajando en este proyecto y que, aún así, no ha perdido, valga la redundancia, su vigencia. ¿Qué crees que hace que perdurar en tu gusto?

Justo el concepto del anti-álbum. Como el anti-álbum no recoge necesariamente canciones frescas —hay algunas que sí lo son—, en Vigente hay una canción de hace seis meses, que está compuesta casi desde que estaba cerrando el disco. Fue la última que grabé, se llama ‘No me olviden’. Esa tiene muy poquito tiempo. Habrá una que tiene un año, pero hay una que tiene veinte años y hay otras que tienen diez, cinco años y algunas un año y medio, que sí son de las más recientes.

No hay una lógica de temporalidad, de frescura, y eso me ha hecho poder estar trabajando con canciones que todavía me representan, porque en su mayoría ya pasaron la prueba del tiempo. Yo las tengo en mi tintero. En este momento te puedo decir que hay cien canciones en mi tintero que no he grabado y que dejo macerar ahí. Después las toco; algunas naturalmente mueren y se van, pero las que pasan dos, tres años es por algo. Entonces, ya cuando pasan tres años y me siguen gustando, es muy difícil que, estando en un álbum, después vaya a decir: “Ya no conecta conmigo”. Es como que me las ingenié para salvaguardar esa posibilidad de alguna manera.

Ahorita que hablabas de ‘No me olviden’, la letra de esa canción me parece muy interesante porque habla de cómo las redes sociales se han vuelto una pieza fundamental para los artistas y para darse a conocer. ¿Tú cómo te relacionas con eso? 

Pues justo desde el misterio un poco, desde la duda total y desde la resignación, diciéndolo positivamente. Yo las veo como el territorio en donde más socializamos en la actualidad, mucho más que en el territorio físico y tangible. Creo que la digitalidad, sobre todo cuando uno se promociona y le habla a los demás, sucede más ahí que en el mundo físico.

Lo veo como nuestro universo, nuestro mundo; un porcentaje muy alto de nuestra realidad está digitalizado. Desde que tuve esa reflexión, dije: “Bueno, pues esto no me lo puedo saltar. Voy a ver cómo lo utilizo de la mejor manera, tratando de hablarle a mi comunidad lo más que pueda, siendo yo, sintiéndome bien y siendo honesto”. Y la llevo así: observando, tratando de crear y tratando de decidir cómo puedo ser yo ahí.

Háblame también de ‘Lo Que Por Ti Yo Siento’, la canción que tienes con Julieta Venegas. ¿Cómo surgió y cuánto tiempo tiene? 

Esa canción la compuse, yo creo, hace unos tres años, máximo cuatro. Es muy bonita la historia, aunque también es intensa, porque estuve en el funeral, en el velorio de un hermano de Adán Jodorowsky, que acababa de morir. Yo tenía que ir a cantar a la boda de Natalia Lafourcade esa misma tarde. Bueno, en realidad era al día siguiente, pero yo volaba esa misma tarde del funeral, aquí en la Ciudad de México, hacia Oaxaca. 

Llegué al velorio con la guitarra porque iba a volar a Oaxaca para cantar en la boda de Natalia. En algún momento, Adán me dice: “¿Puedes cantar?”. Yo no sabía qué cantar, pero le dije: “Por supuesto”. Me puse a rasguear la guitarra acústica unos cinco minutos pensando qué cantar. Nunca había estado en una situación así. Y me saqué de la manga una canción que tenía ahí en el tintero y que hablaba como de los astros. Era lo que tenía y estaba buscando en mi repertorio una canción de amor universal, porque ni siquiera tenía a la mano un cover fresco, tipo ‘Across the Universe’ o algo así. Pero creo que cumplí con mi rol de músico en ese momento, por lo que sucedió. Después me fui y, cuando llegué a Oaxaca esa noche empecé a pensar: “No tengo una canción. Cómo me hubiera gustado tener la canción perfecta para la despedida de alguien amado, una canción que pueda acompañar en un duelo”. Y además no quería hacerla desde una energía tan dramática; por más que la situación lo fuera, quería decir, hacerla como muy amorosamente.

Empecé a componer en retrospectiva, como la canción que me hubiera gustado tener. Tenía una música que sonaba como antigua y la compuse en Oaxaca. Al día siguiente, canté en la boda de Natalia una canción que le hice a ella y a su esposo, y la canté en el altar. Era una canción de un minuto y medio. Entonces, de pronto, me di cuenta de que sí estaba viviendo el sentido que tradicionalmente tenía ser cantante: ser cancionero, cantar para eventos, para situaciones concretas. Y eso me llevó a terminar con muchísima emoción ‘Lo Que Por Ti Yo Siento’.

Es una canción de despedida. Ya diciéndote lo que te conté, tú ves la letra y absolutamente está perfilada para ello. Pero si no cuento la historia, se defiende como una canción de alguien que se despide de alguien, digamos.

¿Y cómo se suma Julieta a esta ecuación?

Lo que pasa es que yo tenía un paquete de canciones. Yo venía trabajando en su disco y trato de que, cuando estoy trabajando con alguien de manera natural, ser consecuente y tratar de avivar esa llama, esa conexión, lo más que se pueda.

De pronto dije: “Quiero invitar a Julieta a cantar en mi anti-álbum”. Y cuando exploré el catálogo de las canciones que estaba trabajando y todo, esa fue la que me gustó a mí. Pero, ¿sabes qué? De hecho, ahora que lo dices, yo le mandé una terna, le mandé tres o cuatro canciones y dije: “La que ella elija”. Y ella eligió esa canción. Ya tenía abierta la producción y, cuando ella dijo eso, tuve que deshacer cosas porque la tonalidad era diferente para su voz. Tuvimos que rehacerla con mi socio, Ulises Agis. Volví a grabar todo, pero ya tuvo un enfoque diferente y su voz la llevó a otro lugar; o sea, la enriqueció.

Y digo, qué loco que esta canción que viene de acá, de Adán, la muerte del servidor de la música, luego Julieta… o sea, se te sale de control, ¿no? Pero es muy bonito porque se quedan estas historias.

Cortesía

Claro. Háblame también de esta colaboración con tus papás. ¿Cómo fue trabajar con ellos?

Muy hermoso, porque ellos me enseñaron a cantar. Canto con ellos desde que me acuerdo; en la casa se canta desde que me acuerdo. Invitarlos era una deuda que yo tenía por ahí. No es que mis papás me lo pidieran, al contrario, fue una sorpresa. Como que no podían creer que los había invitado a cantar.

Siempre estoy pensando en detalles que sean artísticos para las grabaciones, los anti-álbumes o los álbumes. En este caso, ‘Corrido de los cantantes’, que así se llama, era perfecto porque es una canción totalmente sierreña, norteña, muy austera, que grabé con el bajo quinto.

Cuando la grabé y se me ocurrió invitarlos, fue hermoso, porque dije: “No puedo creer que voy a cantar esto con mis papás”. La canción habla de unos cantantes que nadie sabe quiénes son. Habla de que cantaban, cantaban hasta el amanecer; cuando cantaban y abrían el trago, no sé qué, cantaban y volvían a cantar.

Es una canción que no dice mucho, nomás que cantaban, pero está escrita de una manera en la que te da la impresión, la sensación, de que estás escuchando una historia. Es medio rulfiano, así la veo yo, como medio de realismo mágico. Y los invité porque, pues, los cantantes somos nosotros.

Claro. Tú me vas a corregir si estoy mal, pero tu papá te llevaba de chiquito a cantar en concursos sus canciones, ¿no? 

Sí, él compone también. 

¿Qué tanto se metió él también en el proceso creativo de esta canción?

Él componía canciones y nos ponía a cantar, a ensayar y todo. Entonces íbamos a concursar con sus canciones, en concursos de canción inédita. Alguna vez ganamos y así, en Culiacán. Y él ha influido en mi composición en general. En ‘Corrido de los cantantes’ también hasta cierto punto, porque por él escucho música ranchera. A él le gusta mucho José Alfredo Jiménez, la música norteña, y esa cultura también está en mi casa, la de la canción norteña.

¿Cómo ha cambiado la forma en la que le expones tus canciones y le presentas la nueva música que estás haciendo?

Ha cambiado un poco porque antes —no sé si esto es pérdida de inocencia o qué— pero cuando era más chico, cuando estaba en mis 20, siempre llegaba a mi casa y les mostraba mis canciones nuevas a mi mamá y a mi abuela, ahí en la cocina, cuando vivíamos en Sinaloa. O me ponía a cantarlas y se las mostraba. Y ahora, en los últimos años, las conocen solo porque de pronto están publicadas. O, si es muy circunstancialmente, cuando estoy pasando un domingo con ellos, sale a colación algún tema y digo: “Ah, miren, de hecho compuse esta canción”. Pero como que se me ha relajado un poco eso.

Y se cumplen 15 años de Ventarrón, que es un proyecto en el que haces homenaje precisamente a toda esta cultura, incluso interpretando canciones clásicas de la banda como ‘El Niño Perdido’. ¿Cómo siguen viviendo estas raíces de la música culichi y de la música sinaloense en ti y en tu música? ¿Cómo reconectas con ellas? 

Está permanentemente eso. Por ejemplo, ‘Corrido de los cantantes’, esta canción que canto con mis papás, es una canción que podría parecer de Miguel y Miguel en cuanto a la música, al tipo de melodía y al tipo de fraseo. Miguel y Miguel, aunque sí han grabado con tambores de banda sinaloense, son más sierreños. Pero la música de Ventarrón, la banda sinaloense, que tiene casi dos siglos, vive en mí en el sentido de que cada tanto regreso a buscarla, a escucharla. Hay ciertas agrupaciones que me gustan y me gusta investigar sobre ello, sobre todo.

Ventarrón es el resultado de una clavadez con ese mundo: de pensar, escuchar y analizar los temas, cómo están compuestos, el tipo de carácter melódico. Uno, como compositor de eso, pide su limosna, o sea, encontrar ejes que te sirvan como reflexión y que te nutran, que te den casi que pretextos ideales para estudiar. Entonces, vive muy de cerca. 

De hecho, Ventarrón es un proyecto que está en puerta. Por un lado, tengo los archivos y necesito una remasterización, y yo lo quiero como rebrandear, republicar y hacer una suerte de presentación a fondo en México, con una reducción de la banda que ya tengo pensada y que ya probé hace dos años en Sinaloa. Quiero hacer como un relanzamiento y un volumen dos. Poco a poco empiezo a hacer las canciones y en algún momento me iré a Sinaloa a hacerlo: Ventarrón, volumen dos. 

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Ser originario del Cono Sur puede situarte, al menos geográficamente, en un punto considerablemente alejado de buena parte de los circuitos musicales que podrían resultar de tu interés. Para algunos artistas, esta distancia ha representado una de las mayores desventajas a la hora de proyectar sus carreras profesionales; para otros, en cambio, supone un reto y un estímulo aún mayor, capaz de motivarlos a trascender las fronteras de su lugar de origen. Para Valentín Ibarburu, mejor conocido artísticamente como Valuto, haber nacido en Uruguay es, sencillamente, un deleite sin igual.

Desde muy temprana edad, una chispa se encendió en su interior y despertó en él una pasión particular por la música. Creció en una familia profundamente melómana, donde las canciones acompañaban tanto los momentos más memorables como los instantes más cotidianos de su vida, construyendo poco a poco el soundtrack de su historia. Los artistas y las canciones que escuchó durante esos años se convirtieron en referentes fundamentales de su formación musical, hasta llegar a una etapa en la que comenzó a desarrollar una sensibilidad y un criterio sonoro propios.

Después de un camino forjado entre música, influencias y experiencias, Valuto comprendió que la música no era simplemente una distracción ni un pasatiempo en su vida. Era mucho más: la brújula que orientaba sus pasos y esa voz interior que le indicaba hacia dónde avanzar cuando su alma se sentía más perdida que nunca. Así, comenzó a consolidarse como una de las voces más prometedoras de la escena musical uruguaya. Y, a decir verdad, no se trataba de suerte ni de una simple coincidencia. Si bien había trabajado arduamente para demostrar sus dotes musicales, detrás de él también existía un importante legado familiar. Su padre, Nicolás Ibarburu, es uno de los guitarristas y cantantes más reconocidos de Uruguay, una figura cuya trayectoria inevitablemente forma parte de la historia musical de Valuto.

A pesar del legado que llevaba consigo, Valuto nunca tuvo entre sus planes vivir bajo la sombra del apellido musical que su padre había construido. Quería ir más allá. Su propósito era demostrar que su propia historia en la música comenzaba desde cero, con una identidad y una voz propias, para ganarse el reconocimiento del público por sus propios méritos.

Entre sus primeras producciones encontramos propuestas que transitan por géneros como el trap, una etapa que le permitió experimentar, descubrir su propia identidad sonora y, sobre todo, ganar la confianza necesaria para continuar construyendo una carrera de pasos firmes y decisiones cada vez más definidas. Desde entonces, su sonido no ha dejado de transformarse y evolucionar, delineando poco a poco la identidad del artista que hoy proyecta el rumbo de su propia historia.

A través de sus distintas producciones, Valuto construye una carta abierta y honesta sobre sus propias experiencias y sentimientos, permitiéndonos conocer mucho más allá del artista y acercarnos a la persona detrás de su música. En 2025 presentó Con el uniforme puesto, un EP que recorre sus últimos años de colegio desde una perspectiva íntima y vulnerable. El proyecto retrata la transición entre dejar atrás la infancia y comenzar a asumir la adultez, pero también el cambio de un adolescente que asistía al liceo a un joven que comenzaba a adentrarse de lleno en una carrera artística. 

A veces olvidamos que detrás de cada artista existe una vida mucho más compleja que entrar a un estudio para grabar una canción o subir a un escenario para ofrecer un buen espectáculo. En este caso, Valuto nos abre una ventana hacia la vida de un adolescente en plena transformación: una etapa que, para quienes ya la atravesamos, puede resultar familiar, pero que no por ello deja de ser una de las más complejas, extrañas y, al mismo tiempo, mágicas de la vida. Es precisamente en ese tránsito hacia la adultez donde comienzan a aparecer las dudas, las decisiones y esa inevitable sensación de estar intentando descubrir quién somos, mientras nos acercamos a lo que muchos terminan llamando la «crisis de los 20».

Sus producciones se caracterizan por una honestidad que atraviesa cada canción. En ellas, los vínculos, las inseguridades y los conflictos personales trascienden la música para convertirse en el reflejo de una etapa de vida que el propio artista todavía intenta comprender; una etapa tan compleja como universal: la vida misma. Y mientras él mismo trata de entender la vida, nosotros vamos descubriendo quién es él. Y sus éxitos apenas comienzan. En 2025 agotó localidades tanto en La Tangente como en Sala Magnolio, y a comienzos de 2026 formó parte del Festival de la Cerveza en Uruguay, donde se presentó ante más de 3,000 personas. Más recientemente, dio un nuevo paso en su expansión internacional al formar parte del festival Boombastic en España. A principios de 2026 tomó una decisión determinante para su carrera: mudarse a Buenos Aires. Desde allí, continúa desarrollando su proyecto artístico, explorando nuevas posibilidades y ampliando los horizontes de una carrera que apenas comienza a tomar vuelo.

Un punto fundamental en la historia de Valuto es 3099, la casa donde creció y que, con el tiempo, se convirtió en un punto de encuentro para él y sus amigos, quienes comenzaron a reunirse allí para hacer música. De ese espacio nació 3099, un colectivo artístico que continúa vigente hasta el día de hoy y que se ha convertido en una parte esencial de su identidad creativa. Aunque cada integrante ha tomado su propio camino y desarrolla su carrera de manera individual, 3099 permanece como un punto de encuentro y una plataforma de creación que mantiene unidos sus proyectos. En junio de este año, el colectivo celebró un nuevo hito al agotar las entradas de Magnolio Sala, en Montevideo, reafirmando la fuerza de un proyecto que nació de la amistad, la música y un espacio que terminó convirtiéndose en algo mucho más grande.

Por ahora, Valuto atraviesa uno de los momentos más importantes de su trayectoria: la creación de su álbum debut, Nos tendrían que hacer una peli. Más que marcar un nuevo comienzo en su carrera, este proyecto representa la consolidación de todo lo que ha construido hasta ahora y una oportunidad para presentar de manera integral su evolución como artista: lo que ha aprendido, el camino sonoro que ha elegido, la madurez de su escritura y las herramientas que ha desarrollado a lo largo de estos años. Y aunque la transformación constante parece formar parte de su esencia, en este disco Valuto se adentra en un universo mucho más cercano al pop, demostrando su inquietud creativa y ese deseo permanente de explorar territorios que todavía no ha recorrido. El álbum se convierte así en una nueva declaración de intenciones: no conformarse con lo que ya conoce y continuar buscando nuevas formas de expresarse. 

Aunque Nos tendrían que hacer una peli todavía no cuenta con una fecha de lanzamiento, Valuto permanece en constante movimiento: creando, experimentando e inspirándose. Con cada nuevo paso, el artista continúa construyendo una identidad propia y persiguiendo un objetivo cada vez más claro: convertirse en una figura indispensable dentro de la escena urbana contemporánea.

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En las pantallas del Movistar Arena, por encima de la imponente big band y del cantante, audaz se eleva un águila guerrera. Azul un ala, del color del cielo. Azul un ala, del color del mar. Y Rubén Blades, panameño, latinoamericanista, poeta supremo de la salsa y activista consecuente, canta “Patria” como el primero de los bises de un concierto que, desde el puntapié inicial, sabíamos que estaba destinado a la historia. “¡Patria son tantas cosas bellas!”, define la canción de 1988, compuesta en el exilio cuando todavía gobernaba en Panamá la dictadura de Noriega. Y canta, Blades: “Son los mártires que gritan, bandera, bandera, bandera, bandera/ No memorices lecciones de dictaduras o encierros/ La patria no la define/ Los que suprimen a un pueblo”. Y arenga, también: “¡Las Malvinas son Argentinas!”. Y el público responde con un grito de resistencia que la patria no se vende.

Rubén Blades se despidió de Buenos Aires: emoción, swing, sabor y conciencia social
Rubén Blades, ritmo, poesía y elegancia (Javier Palacios).

Es el final de una noche inolvidable, una travesía musical de casi tres horas por la obra de uno de los artistas más icónicos en la historia de la salsa, esa extraordinaria fusión entre los ritmos caribeños y el lenguaje jazzístico que nació en los años 50 y explotó dos décadas más tarde. Y tiene una carga extra, porque este concierto forma parte de la única escala porteña de Fotografías, el tour con el que el cantante y letrista de 78 años le pondrá fin a sus giras. Sin embargo, Blades dirá que esta es “su penúltima vez” aquí, dejando la puerta abierta a la ilusión de gozarlo una vez más. 

Blades y Charly García, en camarines antes del show (Javier Palacios).

Blades recuerda, en distintos momentos del concierto, su mítico debut en Buenos Aires, en el Estadio Obras, junto a Los Abuelos de la Nada, en 1983. Recuerda que fue esa noche que cantó, por primera vez, “Buscando América”, el tema que le daría nombre a su indispensable álbum de 1984, junto a Seis del Solar. Desde entonces, el panameño ha establecido un vínculo afectuoso y fluido con la Reina del Plata. En el mismísimo estadio Obras, el recordado Horacio Fontova (1946-2020), grabó una de sus canciones, “El padre Antonio y su monaguillo Andrés”, para su disco en vivo Fontova Presidente, de 1989.

Unos años más tarde, en el indispensable El León, Los Fabulosos Cadillacs reinventaron “Desapariciones”, una de las canciones más celebradas del repertorio del concierto en el Arena de Villa Crespo.

Y, mucho más allá de la anécdota, la presencia de Charly García en el concierto (se saludaron antes de salir a escena), le da un aura aún más especial a la velada. 

El público no es exclusivamente argentino, se distinguen algunas banderas de Venezuela, de Colombia y también de Perú. Expatriados de la diáspora salsera que encuentran en estas canciones un momento de goce y de celebración, pero también algo de nostalgia y melancolía. 

A la par del carisma y el magnetismo de Blades está la impactante orquesta dirigida por el bajista y arreglador Roberto Delgado, una verdadera aplanadora de swing y sabor de 20 integrantes, y actuaciones especialmente destacadas de Juan Berna en el piano [eléctrico], el trompetista Juan Carlos López, el saxofonista Carlos Ubarte [en el soprano y el barítono], el trombonista Franciso Delvecchio y una línea de percusión conformada por Ademir Berrocal, José Ramón Guerra, Raúl Rivera y el baterista Daniel Jimenez-Bloise.

Hay tiempo para homenajear al gran Héctor Lavoe (1946-1993), con una soberbia versión de “El cantante” (oportunamente revisitada por Andrés Calamaro hace dos décadas en su disco homónimo de 2004). Hay tiempo para recordar a glorias de la salsa y, también, de la música popular argentina con imágenes en las pantallas mientras canta “Todos vuelven”. Las fotografías de glorias como Willie Colón, Roberto Roena, La Lupe, Tito Puente, Ray Barretto, Ismael Rivera, Celia Cruz y Arsenio Rodríguez se mezclan con las de Leopoldo Federico, María Elena Walsh, Gustavo Cerati, Luis Alberto Spinetta, Eladia Blazquez, Mercedes Sosa, Osvaldo Pugliese y el Indio Solari. 

El Arena de Villa Crespo, con entradas agotadas para ver a Rubén Blades (Javier Palacios).

Entre “Plástico”, el clásico que abrió la lista, y “Pedro Navaja”, el clásico que cerró el concierto antes de los bises, el repertorio condensó cinco décadas de ritmo, melodía y conciencia social, con himnos como “Prohibido olvidar” (un alegato contra las dictaduras en Latinoamérica), “Decisiones” (prohibida originalmente en Panamá por apología del aborto, la infidelidad marital y el alcoholismo), “País portátil”, “Barricada” (en la línea más combativa de sus letras) y “Contrabando”, entre otras de la generosa lista de casi 25 canciones. 

Vestido íntegramente de negro, igual que los integrantes de la imponente Big band de Delgado, Blades lució su característico sombrero pork pie. Un guiño a la estética jazzística de los años 50. Un modo de que la salsa dura no pierda nunca la elegancia. 

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La actriz, modelo y cantante estadounidense Hayden Panettiere, conocida por sus papeles en la saga de cine de terror «Scream», falleció a los 36 años, confirmó a la cadena ABC News su representante.

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Desde hace décadas los intérpretes de la música cristiana, sean de origen católicos o protestantes, tienen un nicho de pegada asegurado en el mercado. Con el paso de los años el público es más asiduo al consumo de este tipo de canciones, logrando que sus exponentes sean muy populares y experimenten una pegada tanto o más que artistas de la música secular.

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  • Cada día, Disney Plus actualiza su ranking y da una pista clara de qué producciones son tendencia en los fanáticos.
  • Hay un amplio catálogo de series y películas que no te podés perder, entre estrenos recientes, clásicos de siempre y alguna sorpresa.
  • Galán maduro de flamantes 69 años (los cumplió el viernes), se convirtió en uno de los actores europeos más codiciados del streaming.
  • Del agente decorativo a fines de los’ 80 al abuelo justiciero de «Entrevías», la amplia galería de personajes que lo volvieron internacional.
  • «Vivir sin permiso», «El inocente» y «La chica de nieve» conviven con «La familia perfecta», su comedia más insólita, y con los últimos estrenos de la plataforma.
  • La yapa episódica que llega en septiembre.
  • La plataforma dio a conocer las fechas de todas las producciones que se lanzarán en los próximos días.
  • Thrillers, comedias, documentales y grandes regresos que pueden dominar el ranking de Netflix.
  • La actriz, cuyo deceso fue confirmado por su representante, también alcanzó fama internacional por sus trabajos en Heroes y Nashville.
  • Este año había publicado un libro autobiográfico en el que abordó sus problemas de adicción, la depresión posparto y distintos episodios de su vida personal.
  • La empresa de entretenimiento reconocerá como leyendas históricas a varias figuras que contribuyeron a su construcción.
  • Podrá seguirse desde la Argentina por Disney+ este domingo por la noche.