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Hay madres que, antes de morir, piden a sus hijos que permanezcan unidos, que se perdonen o que cuiden unos de otros. Ruby no tiene tiempo para semejantes delicadezas. Postrada en una cama, desfigurada por quemaduras y consumida por una furia que ha sobrevivido al paso de los años, reúne a sus hijas gemelas para encomendarles una última tarea: Encontrar a su padre y matarlo. No heredan una casa, unas joyas ni un álbum familiar. Heredan una sentencia de muerte.

Racine (Kara Young) y Anaia (Mallori Johnson) crecieron creyendo que su madre había muerto en el incendio que también marcó sus cuerpos. Ahora descubren que el fuego no fue un accidente, sino el último acto de violencia de un hombre que decidió quemar vivas a su esposa y a sus hijas. Ruby, interpretada por Vivica A. Fox, no quiere justicia institucional ni reconciliación espiritual. Quiere que ese hombre muera. Y quiere que sus hijas sean quienes ejecuten la condena.

El mandato lanza a las gemelas a una travesía por el sur de Estados Unidos en busca de ese padre al que la película llama, sin sutilezas innecesarias, “el Monstruo”. Lo interpreta Sterling K. Brown, quien transforma su habitual calidez en una máscara detrás de la cual se adivina algo aterrador. La directora Aleshea Harris demora inteligentemente su aparición completa. Primero vemos fragmentos de su cuerpo, una sonrisa, el humo de un cigarrillo y algunos gestos cotidianos. Cuando finalmente ocupa la pantalla, comprendemos que su verdadera monstruosidad no reside en parecer un demonio, sino en pasar por un hombre perfectamente normal.

La voluntad de Dios nació como una obra teatral escrita por la propia Harris, estrenada en 2018 en el circuito off-Broadway y reconocida con el Obie de dramaturgia. Para llevarla al cine, la autora escribió el guion y asumió por primera vez la dirección de un largometraje. El resultado es un debut asombrosamente seguro que conserva la intensidad verbal, la estructura trágica y la dimensión simbólica del texto original, pero evita la sensación de estar contemplando una obra de teatro filmado. Harris entiende que la cámara no debe limitarse a registrar a los personajes; debe perseguirlos, aislarlos y revelar el mundo desmesurado hacia el cual avanzan. 

La cineasta abre la historia hacia carreteras, campos y paisajes sureños que convierten el viaje de las hermanas en una especie de western contemporáneo. Racine y Anaia no son pistoleras profesionales ni máquinas entrenadas para matar. Son dos jóvenes educadas por el abandono, los hogares sustitutos y las miradas de quienes solo ven en ellas las cicatrices del incendio. Su misión no nace de una habilidad extraordinaria, sino de una herida extraordinariamente profunda.

Kara Young dota a Racine de una energía impetuosa, casi temeraria. Es la hermana que acepta el encargo materno como si llevara toda la vida esperando que alguien pusiera nombre y dirección a su rabia. Young (ganadora de dos premios Tony consecutivos por Purlie Victorious y Purpose), hace que cada movimiento parezca un desafío. Racine camina como si estuviera dispuesta a embestir el mundo antes de permitir que el mundo vuelva a golpearla.

Mallori Johnson (Steal Away) construye a Anaia desde un registro diferente. Ella es la hermana cuyo rostro conserva de manera más visible las huellas del fuego y cuya reserva no debe confundirse con fragilidad. Anaia duda, observa y calcula; todavía conserva cierta consciencia frente al precipicio moral al que se acercan. Johnson convierte esos silencios en el verdadero campo de batalla de la película. Entre ambas actrices existe una formidable conexión física y emocional: se visten de manera semejante, comparten rutinas, intercambian miradas que Harris traduce ocasionalmente mediante textos en pantalla y parecen comunicarse desde un territorio anterior a las palabras.

La película recuerda al cine de venganza que Quentin Tarantino revitalizó a finales de los noventa y llevó hasta sus extremos más exuberantes con Kill Bill. Hay violencia convertida en ceremonia, personajes que parecen llevar apodos arrancados de una leyenda y una protagonista (en este caso, dos) que deben cruzar una galería de figuras excéntricas antes de llegar al monstruo final. La presencia de Vivica A. Fox, inolvidable como Vernita Green en Kill Bill, convierte esa relación en algo más que una coincidencia. Es casi el paso de una antorcha ensangrentada entre dos generaciones de mujeres cinematográficas que se niegan a morir en silencio.

Sin embargo, Racine y Anaia están muy lejos de la destreza sobrehumana de La Novia Beatrix Kiddo. Discuten sobre cómo matar a su padre, improvisan, se equivocan y sienten náuseas ante las consecuencias concretas de sus decisiones. Esa impericia vuelve cada encuentro más angustioso. Ellas no atraviesan la violencia como heroínas invulnerables, sino como víctimas que empiezan a descubrir cuánto se parecen las herramientas de la venganza a las del hombre que persiguen.

La misión adquiere así una resonancia bíblica, pero no pertenece a la compasión del Nuevo Testamento. En este universo nadie ofrece la otra mejilla. La lógica dominante es la del Antiguo Testamento: Sangre por sangre, fuego por fuego, ojo por ojo y familia contra familia. Ruby es llamada “Dios” porque dio vida a sus hijas, mientras el padre recibe el nombre de “Monstruo” porque quiso arrebatársela. Entre ambas deidades domésticas, las gemelas cargan con un pecado que no cometieron y con el mandato de prolongarlo.

En el camino aparece un espléndido conjunto de personajes secundarios. Erika Alexander se roba cada instante como Divine, una predicadora electrizante que también cayó bajo el poder seductor del padre. Mykelti Williamson interpreta a Chuck, un abogado privado de la voz por saber demasiado. Janelle Monáe encarna a Angie, la nueva esposa de El Monstruo, instalada junto con sus hijos gemelos (Xavier Mills y Justen Ross) en la comodidad familiar que Racine y Anaia nunca conocieron. Josiah Cross, como el medio hermano Ezekiel, armado con un martillo, completa un árbol genealógico cuyas raíces parecen alimentarse de secretos, locura, miedo y crueldad.

Harris maneja el humor negro con precisión, pero nunca lo utiliza para volver inofensiva la violencia. Podemos reír ante lo absurdo de ciertas conversaciones o ante la extravagancia de algunos encuentros, pero la risa queda atrapada en la garganta. Desde su primera revelación hasta el enfrentamiento final, La voluntad de Dios sostiene una tensión asfixiante porque sabemos que este viaje no puede terminar sin cobrar algo más que la vida del culpable.

La película defiende que la venganza es comprensible e incluso merecida, pero se niega a presentarla como una cura. Matar a El Monstruo no puede devolverles a las hermanas la infancia, borrar sus cicatrices ni resucitar a la mujer que su madre era antes del incendio. El gran dilema no consiste en decidir si ese hombre merece morir (Harris despeja muy pronto cualquier duda), sino en preguntarse qué parte de sus hijas deberá morir con él para cumplir la orden.

Oscura, violenta y por momentos salvajemente divertida, La voluntad de Dios convierte una tragedia doméstica en una epopeya feroz sobre la herencia del daño. Aleshea Harris no suaviza la furia de su obra al trasladarla al cine. Le abre las puertas, la deja salir a la carretera y permite que avance dejando fuego a su paso. La venganza puede pertenecer a las hijas, pero la violencia continúa siendo el legado del padre.

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La historia de los Ramones y sus contradicciones es tan apasionante como su música. Pero este bookazine Rolling Stone, no es la historia de los Ramones, que ya ha sido tan bien contada en las autobiografías de los mismos músicos y en el gran documental End of the Century. Esta es la historia de los Ramones en Rolling Stone, porque reúne algunas de las mejores crónicas que se han escrito sobre la banda, reflejando sus primeros pasos en el rock por años clave como 1976, 1979 y 1990. No son reconstrucciones de época, sino reportajes desde la línea del frente, con la noticia en plena construcción.

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Periodistas rockeros del renombre de David Fricke y Kurt Loder tenían debilidad por los Ramones. Y si bien Rolling Stone estuvo lejos de ser el órgano de difusión oficial del punk-rock, la revista siempre reconoció la relevancia de los Ramones, esgrimió su LP debut como un clásico instantáneo y glorificó a Johnny en el puesto 16 de los mejores 100 guitarristas.

Para Rolling Stone Argentina, claro, los Ramones fueron aún más grandes, si bien la revista comenzó a publicarse cuando ya estaban separados. En un giro absolutamente ramonero del destino, este fue el país donde la banda recibió al fin el amor que buscaba, con una convocatoria y un culto que no conoció en ningún otro lugar.

Esta es la mirada de Rolling Stone a la asombrosa historia de una sencillísima banda de rock de Queens, Nueva York, que debuta en 1974 ante diez personas, que veinte años después toca ante miles alrededor del mundo y que, aún mucho más tarde, con sus integrantes originales ya muertos, sigue siendo una (extraña) fuerza inspiradora.

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Tavo Kupinski, Piti Fernández, Andrés Ciro Martínez, Daniel Buira y Micky Rodríguez. (Foto Leo Vaca).

“En la primera mitad de la década del 90, había en el under rockero un secreto a voces: en la esquina de Cochabamba y Defensa, en el subsuelo de un edificio gris del barrio de San Telmo que funcionaba como sala de conciertos (tan húmeda como oscura) para pequeñas bandas con sueños grandes, solía subirse al escenario
un grupo que había que ir a ver en vivo. Sí o sí. Rock de sangre caliente, con un cantante flaco y carismático, de movimientos stoneanos y formación teatral, que casi siempre terminaba sus presentaciones en cuero (hiciera el clima que hiciese afuera, adentro siempre era un horno) y entre la gente, cantando canciones que hablaban de viajes en trenes, colgados como racimos, de mocosos que deambulan a la buena de algún Dios y de pistolas que se disparan solas. Los Piojos en Arpegios”, evoca Sebastián Ramos, Secretario de Redacción de ROLLING STONE.

“En ese subsuelo y en esos años, esta banda nacida y criada en Ciudad Jardín forjó su mística y comenzó a escribir su leyenda (hasta allí también llegó una noche el trío redondo Solari-Skay-Poli para constatar lo que se decía en las calles). Tres décadas y mucha (demasiada quizás) agua bajo el puente después, Los Piojos rompieron todos sus propios récords de convocatoria tras anunciar un regreso a los escenarios y cortar así con un parate de quince años: siete conciertos en el Estadio Único de La Plata agotados en apenas horas (alrededor de 350.000 personas en total), su presencia como cabeza de cartel en los dos festivales de rock más grandes del país, otros tres multitudinarios shows en el interior (Córdoba, Rosario, Mendoza) y conciertos varios en la Ciudad de Buenos Aires, coronados por un doblete, el 21 y 22 de junio, en el estadio de River Plate”.

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Sin duda, definir a Becky G en una sola palabra resulta imposible. Si algo ha demostrado a lo largo de los años es su capacidad para reinventarse y transitar con naturalidad por distintos géneros y facetas. Desde sus inicios en el pop en inglés con ‘Shower’, pasando por el reggaetón y éxitos que se convirtieron en referentes del género, como ‘Mayores’ junto a Bad Bunny, hasta la reivindicación de sus raíces en sus recientes álbumes Esquinas y Encuentros, la artista ha construido una trayectoria marcada por la versatilidad, dejando claro que no existen límites para su música ni para su identidad artística.

Cada etapa de su trayectoria le ha dejado aprendizajes y experiencias que pocos artistas de su generación pueden presumir. Sin embargo, es ahora, años después de irrumpir en la industria musical, cuando Becky G parece haber alcanzado un estado de sanación, libertad y paz con su carrera. Ya no hay voces externas que le dicten qué hacer ni quién debe ser; hoy, simplemente, se permite ser ella misma, en la expresión más auténtica de su esencia. Esta etapa de transformación y crecimiento, en la que la artista se siente más libre que nunca para abrazar quién es, encuentra su máxima expresión en su nuevo álbum de estudio, Baraja Bendita, una obra que refleja a una Becky G renovada y, al mismo tiempo, más fiel a sí misma que nunca.

Esta producción marca un renacer después de atravesar una etapa que, en muchos sentidos, no terminaba de reflejar quién era realmente. A lo largo de sus 17 canciones, la artista construye un universo bajo sus propios términos, donde explora qué significa conocerse y asumirse por completo. Más que presentar una nueva versión de Becky G, el álbum reúne todas las facetas que la conforman y permite que convivan con naturalidad: la vulnerabilidad y la seguridad, el instinto y la intención, la fuerza y la sensibilidad. Baraja Bendita no busca reinventarla, sino mostrarla en su forma más auténtica y plena.

Lee aquí nuestra entrevista completa con Becky G:

Baraja Bendita nos muestra a una Becky que deja de ser ‘people pleaser’. ¿Cómo fue para ti llegar a esta versión de ti misma y dejar atrás todas estas voces que te decían quién tenías que ser? 

¡Qué pregunta! Esto me costó mucho trabajo. Para ser muy sincera, crecer en esta industria al ser tan joven, no ayudó con nada, porque es una industria que no tiene problema en decirte cómo deberías hablar, vestir, actuar y cantar. Hoy en día con el internet, aunque me ha bendecido con la carrera que tengo hoy, hay mucha opinión. La música en general, es una opinión. Pero siento que sí me costó mucho trabajo en mí misma para llegar al lugar en el que estoy hoy. Sin embargo, es algo que me da mucho orgullo como ser humano, pero también como mujer porque merecemos el mismo espacio, tiempo y paciencia para descubrir, explorar y sanar. Me costó bastante, pero valió la pena. Con Baraja Bendita, siento que me represento y muestro todo el trabajo que he hecho, y no necesariamente solo hablo de lo emocional, sino también la experiencia que tengo como artista. Esto es algo muy bonito. 

Me encanta que, aún cuando no te sentías del todo representada en el pasado, no le guardas ningún resentimiento a cada una de tus facetas como artista, al contrario, las respetas por lo que significaron para tu carrera. ¿Cómo fue el proceso de sanación y reconciliación con el pasado?

Exactamente. Es algo muy interesante, porque muchos saben que cuesta el doble de energía odiar y aguantar las pesadillas de la vida en vez de abrazarlos y sanarlos. Aunque todavía es energía y trabajo, siento que no deberíamos sentirnos mal sobre las versiones de quiénes éramos en las diferentes etapas de nuestras vidas, porque, al final, es parte de mejorar y aprender. Siento que muchos artistas que han llegado al nivel de éxito, han tenido que fallar para llegar a ese punto. Siento que no me asusta fallar, aprender y tomar mi tiempo, en lo absoluto. Tenía que encontrar el espacio para mí misma, porque yo lo daba a las personas que estaban alrededor de mí, y que abrazaba tanto. Quería mostrar mi amor porque tenía que ser la excepción. Ser todo esto para mí misma me dio la clave para conocer otra parte de mi mente creativa, y que me ayudó a acceder a algo diferente. 

A lo largo de tu carrera hemos sido testigos de grandes colaboraciones que han marcado hitos en tu trayectoria como artista y que, para muchos de los artistas con los que has trabajado, también han representado un antes y un después. Sin embargo, ninguna parece acercarse a la dimensión de la que realizas en Baraja Bendita: Becky G y Rebecca. ¿Qué te llevó a decidir conectarlas de una manera tan íntima y significativa para ti? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo en este momento de tu carrera?

Yeah! No entré a este disco diciendo: ‘No quiero hacer nada de colaboraciones’. Técnicamente sí tengo colaboraciones con este disco: escritores y productores que han hecho esto posible. Sin embargo, para ser sincera, en los featurings sí tenía en mente diversos artistas con quienes podría cantar las canciones, pero fue la primera vez que amé tanto los temas como eran, sin nadie. Yo era mi propio feature. Era la persona cantando y descubriendo diferentes tonos de voz que me ayudaron a traer diferentes texturas a las canciones. Dije: ‘Qué padre que pueda hacer todo esto yo solita y amarlo como es’. Fue la primera vez en mi carrera que me sentía así: tan empoderada y segura. Sentí que fue una bendición que recibí del universo, porque me sentía lista para hacerlo por mi cuenta, y si fallaba, era algo que me da mucho orgullo. Es un reflejo de la mejor colaboración que ha llegado a mi carrera: Becky G y Rebecca. Después de que lancé mi documental y mis dos anteriores discos, Esquinas y Encuentros, que son el regreso a mis raíces y a mi niñez, sentí algo que sané dentro de mí, que me dio mucho más para regresar a estos ritmos del pop y urbanos, pero sintiéndome y cantando diferente. Tenía más esencia de Rebecca, no solo de Becky G. 

La metáfora de la baraja implica que no eliges las cartas que recibes, pero sí cómo las juegas. ¿Hay alguna carta que te haya tocado que todavía no sabes cómo jugar?

¿Sabes qué? [Risas] Desde el principio de mi carrera me han dicho: ‘You have to learn how to play or you’ll get played’. Esto significa que tienes que jugar el juego o vas a perder. No importa si uno sabe o no sabe, tienes que hacerlo. Yo, desde muy pequeña, tenía que hacerlo. Yo no tenía todas las respuestas y no sabía nada. Tenía padres que eran niños, básicamente; estaban descubriendo y creciendo con la vida, al mismo tiempo. Yo creo que es más de tener ganas, fe e intuición para hacerlo. Es una locura, porque hoy en día estoy más consciente de lo que hago. La Becky de 9, 12 o 15 años que estaba descubriendo esta industria y tratando de abrirse camino como artista, sin nadie que la guiara. En mi familia nadie era músico, productor ni artista; nadie tenía relación alguna con la música. Es una locura el hecho de que me atreví y continué, aunque no tenía las cosas claras. A veces es eso: llevarlo día a día y ver qué pasa. 

Me parece asombroso porque, aún así, con muchos baches en el camino, te convertiste en una de las voces femeninas con más poder en la industria. 

Muchísimas gracias, de verdad. 

En este disco, y todos estos años de evolución y transformación que has pasado, considero que eres de las artistas que más tiene conciencia sobre lo que es tener un reflector en la vida. ¿Crees que hay un precio muy alto a pagar por la fama?

Muchas gracias, Ximena. Y sí, claro que sí. No es nada fácil. Creo que hay muchas cosas que son muy padres y es una bendición lo que tengo: puedo viajar, conocer diferentes países, culturas y personas. Esto es algo súper bonito, pero ni siquiera tienes que ser artista para saber que hay muchas presiones que existen en la sociedad. Esto ya es mucho, ahora súmale cuando eres figura pública: cuando ganas, ganas a lo grande; cuando pierdes, fallas y no se olvidan de recordarte que lo hiciste. Es muy difícil porque no te da el espacio de ser un ser humano que también está aprendiendo, sanando y muchas cosas más. Es muy difícil. Siento que en los días de old Hollywood, donde no teníamos nada de internet y redes sociales, solo podíamos ver a los actores y artistas de vez en cuando: alfombras rojas, en la tarima y demás. El detrás de cámara, hoy, tenemos más contenido sobre eso, y tenemos más chance de ver a nuestro artista favorito o favorita y tomarnos una foto, hasta lo podemos ver desayunando o comprando algunas cosas para el hogar. El acceso es muy diferente al que teníamos antes. Creo que esta es nuestra oportunidad para sanar cosas en la sociedad: demostrar que no somos perfectos y nunca lo fuimos. Sí siento que un ser humano merece su privacidad porque es muy importante. Estar en esta posición no la dan así como si nada: uno tiene que dar el tiempo, el sacrificio y la dedicación para ganarlo, y así, poder inspirar a los demás.

Considero que este es un mensaje que conforma Baraja Bendita: poner límites, tal y como lo has hecho. 

Totalmente. 

Durante tantos años tu identidad estuvo construida alrededor de sobrevivir, trabajar, demostrar y complacer, ¿quién eres cuando ya no necesitas hacer nada de eso?

Soy libre. Me siento libre y con paz. El éxito en la vida es estar bien contigo misma, y siento que, en cada obstáculo que me ha presentado mi sueños y Dios, me ha sanado y me ha dado la oportunidad de liberarme más. Con Baraja Bendita, siento que estoy cumpliendo un ciclo. No sé si te gustan los horóscopos, pero es cierto que estoy en el punto final de mi saturn return, entonces no me sorprende que esté sintiendo que estoy cumpliendo un ciclo en mi vida, y no solo en lo artístico. Esto me hace sentir como una nueva artista, con una mentalidad que me hace querer comer el mundo entero. Tengo muchas ganas de crear y me siento muy inspirada. Me siento más cerca a la Becky de 9 años que inició con todo esto, pero 20 años después. Esto es una locura, pero así me siento. 

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