Después del colapso creativo y comercial del universo construido alrededor de Zack Snyder, James Gunn recibió algo más complejo que una colección de superhéroes: heredó un panteón cinematográfico herido casi mortalmente. Batman y Superman habían terminado convertidos en símbolos solemnes, nihilistas y depresivos, capaces de destruir edificios y citar a Schopenhauer con la mirada, pero cada vez más alejados de las contradicciones humanas que durante décadas los mantuvieron vivos en los cómics.
El nuevo universo de DC ha resultado tremendamente interesante porque entiende que acercarse al cómic no significa reproducirlo con obediencia religiosa. Gunn recupera colores, criaturas, trajes y rincones extravagantes de aquella mitología, pero los utiliza para formular propuestas diferentes. La subvalorada Superman y la todavía más subvalorada Supergirl muestran a los superhéroes en su dimensión épica sin olvidar que, debajo de la capa, existen individuos formados por la pérdida, la educación, la soledad y el deseo de pertenecer. Sus hazañas importan porque antes importan sus conflictos.
En televisión, esta reconstrucción ha sido incluso más estimulante. Oficialmente, el nuevo DCU comenzó con la serie animada Creature Commandos, prolongación espiritual de lo que Gunn había hecho en The Suicide Squad. Allí, una nueva encarnación del Escuadrón Suicida estaba formada por criaturas que la sociedad no consideraba humanas, aunque sus heridas, sus amores y sus tragedias revelaban una humanidad mayor que la de quienes las enviaban a morir.
Peacemaker realizó un milagro todavía más improbable. Gunn tomó al que quizá era uno de los peores superhéroes del catálogo de DC y lo convirtió en un antihéroe falible, violento, confundido y dolorosamente necesitado de afecto. Christopher Smith (John Cena) desea la paz con tanta intensidad que está dispuesto a asesinar por ella, una contradicción que en las páginas podía parecer una broma y que Gunn transformó en neurosis, sátira política y tragedia familiar.
Ahora llega Lanterns, una serie que intenta rescatar la mitología de Linterna Verde de las cenizas dejadas por la película de 2011 protagonizada por Ryan Reynolds. Aquel fracaso ha sido exagerado con el paso de los años hasta adquirir proporciones bíblicas. Incluso el propio Reynolds contribuyó al funeral cuando utilizó a Deadpool de Marvel para ejecutar públicamente a su antiguo personaje de DC. Pocas veces un actor ha participado con tanto entusiasmo en la necropsia de su propia película (tal vez la otra excepción la encarne Halle Berry con su espantosa Catwoman).
Sin embargo, Lanterns no intenta demostrar que se puede realizar mejor aquella misma aventura. Su decisión más inteligente consiste en negarse a ser Guardianes de la Galaxia con anillos verdes. En lugar de construir una ópera espacial llena de planetas, monstruos y bromas, se concentra en dos hombres, un crimen ocurrido en Nebraska y una pregunta perturbadora: ¿Qué clase de persona merece un arma capaz de convertir la voluntad en materia?
Con el perdón de Alan Scott, el Green Lantern original, Hal Jordan (interpretado por Kyle Chandler), es el Linterna Verde más popular de los cómics: piloto, aventurero y policía intergaláctico elegido porque supuestamente posee la capacidad de superar el miedo. John Stewart, encarnado por Aaron Pierre (el actor británico de la estupenda cinta Rebel Ridge), es su posible sucesor, un antiguo marine, francotirador y arquitecto que debe aprender a utilizar el anillo bajo la tutela de un hombre que no parece demasiado dispuesto a entregarle su lugar.
Lo que en principio podría presentarse como la relación convencional entre mentor y aprendiz se convierte en una combinación de True Detective y la histórica etapa de Green Lantern/Green Arrow escrita por Dennis O’Neil y dibujada por Neal Adams. Aquellos cómics obligaron a los superhéroes de DC a abandonar momentáneamente las amenazas interplanetarias para enfrentarse al racismo, la pobreza, las drogas, la corrupción y las fracturas de Estados Unidos. El anillo podía construir cualquier cosa imaginada por su dueño, pero no era capaz de resolver automáticamente una injusticia social.
Lanterns recupera ese principio. Hal y John son policías cósmicos, pero su investigación transcurre en un territorio donde los conflictos raciales, el poder económico, la violencia heredada y la desconfianza hacia las autoridades no pueden eliminarse lanzando un rayo verde. En Rushville, Nebraska, una aparente masacre ocurrida durante un partido de fútbol conduce a los dos hombres hacia una conspiración extraterrestre. Allí se encuentran con la sheriff Kerry Cane (Kelly Macdonald de Boardwalk Empire), el poderoso terrateniente William Macon (Garret Dillahunt) y una comunidad que mira a los visitantes con la hospitalidad tradicional de los pueblos donde todo el mundo tiene un rifle y demasiadas razones para ocultarlo.
La estructura alterna dos líneas temporales, 2016 y 2026. En el pasado, Hal entrena a un John joven, disciplinado y todavía respetuoso de las jerarquías. En el presente, la relación se ha invertido parcialmente. John posee experiencia, criterio y una comprensión más compleja del poder, mientras Hal parece desgastado por los años, el alcohol y una certeza que comienza a resquebrajarse. El maestro ya no sabe si está preparando a su reemplazo o fabricando a su adversario.
Kyle Chandler interpreta a Jordan lejos de la arrogancia juvenil que tradicionalmente define al personaje. Su Hal es un hombre que ha convertido el heroísmo en identidad y, por tanto, contempla el retiro como una forma de muerte. No teme perder el anillo únicamente porque perdería sus poderes; teme descubrir quién es cuando deja de ser el elegido. Chandler encuentra humor, cansancio y dolor en esa terquedad y resistencia. Incluso cuando Hal actúa con suficiencia, se percibe el esfuerzo de alguien intentando conservar una autoridad que ya ha empezado a abandonarlo.
Aaron Pierre tiene una presencia física extraordinaria, pero su trabajo se sostiene en algo más que la fuerza. John Stewart observa, calcula y contiene. Como arquitecto, piensa en estructuras; como antiguo militar, comprende las cadenas de mando; como hombre negro en Estados Unidos, sabe que portar una insignia no garantiza que los demás dejen de verlo como una amenaza. Pierre convierte esa vigilancia permanente en el centro emocional del personaje.
La serie cae ocasionalmente en la necesidad de explicar demasiado el componente racial, como si temiera que el público no pudiera reconocerlo sin recibir una conferencia. Pero sus mejores momentos aparecen cuando deja que la relación entre los personajes lo exprese. Hal puede entrar en una habitación confiando en que su autoridad será aceptada; John debe preguntarse primero cómo será interpretada su presencia. Ambos llevan el mismo símbolo, pero el mundo no lee sus cuerpos de la misma manera.
La idea más inquietante de Lanterns surge de la condición fundamental exigida a quienes reciben el anillo: la capacidad de vencer un gran miedo. Los Guardianes de Oa presentan esa cualidad como una prueba de voluntad. Sin embargo, la serie se pregunta qué ocurre cuando una sociedad conoce el criterio de selección.
Si el universo recompensa a quienes han aprendido a no sentir miedo, ¿cuántos padres intentarían convertir a sus hijos en candidatos? ¿Qué atrocidades podrían justificar como entrenamiento? ¿Hasta dónde llegaría una familia para producir deliberadamente a un elegido?
La respuesta conduce a un territorio casi bíblico. Padres dispuestos a sacrificar a sus hijos, primogénitos sometidos a pruebas inhumanas y comunidades que confunden el sufrimiento con la formación del carácter. Es como si Abraham, un instructor militar y el productor de un reality show diseñado por Calígula se hubieran reunido para organizar un concurso de talentos.
La serie, creada por Chris Mundy, Damon Lindelof y Tom King, lleva así la mitología de Linterna Verde hacia un terreno que los cómics rara vez habían explorado con semejante crudeza. La ausencia de miedo no implica bondad. Un psicópata también puede ser intrépido. Un fanático puede avanzar hacia la muerte sin dudar. Un torturador puede permanecer sereno mientras destruye la vida de otra persona. El valor solo se convierte en virtud cuando está acompañado por la empatía, el juicio moral y la conciencia de los límites.
El anillo deja de ser entonces una recompensa y se convierte en una prueba ética. Puede materializar aquello que su portador imagina, pero no distingue entre justicia, deseo y delirio. La voluntad es su combustible, no su conciencia. La historia de Lanterns se pregunta si el verdadero heroísmo consiste en no sentir miedo o en reconocerlo sin permitir que nos transforme en verdugos.
En el centro del relato existe un problema brutalmente sencillo. Hay un anillo y dos hombres convencidos de que deben llevarlo. John todavía no sabe si lo heredará o tendrá que quitárselo a Hal; Hal no sabe enseñar sin interpretar cada avance del discípulo como una amenaza.
La serie evita presentar la sucesión como una transferencia ceremonial del poder. Hal no es Obi-Wan esperando serenamente que una nueva generación ocupe su lugar. Es un hombre cansado, alcohólico y obstinado que se aferra al anillo porque representa la última evidencia de su importancia. John, por su parte, tampoco es un heredero sumiso. Aprende a desconfiar tanto de su maestro como de la institución que lo eligió.
Esta tensión conecta a Lanterns con una pregunta mayor del nuevo universo de DC. En Superman, el Linterna Verde de la Tierra activo es Guy Gardner, interpretado por Nathan Fillion: engreído, impulsivo y reconocible gracias a un corte de cabello capaz de violar varias convenciones internacionales. Si Gardner ocupa ese lugar, ¿qué ocurrió con Hal Jordan y John Stewart?
La serie responde gradualmente y sin convertir el misterio en una simple conexión promocional. La relación con el resto del DCU existe, pero no devora la historia. Sin revelar su destino, puede decirse que Lanterns convierte la continuidad en una consecuencia emocional. Importa quién porta el anillo porque importa qué tuvo que perder otro hombre para dejarlo libre.
Los seguidores de los cómics encontrarán a Sinestro, interpretado por Ulrich Thomsen, a uno de los Guardianes de Oa (Laura Linney) y distintos elementos y referencias a los Manhunters y a los Green Lantern Corps. Sin embargo, quienes esperaban ver a Hal Jordan uniformado durante horas, volando entre galaxias y creando ametralladoras gigantes con el anillo pueden sentirse decepcionados. La acción cósmica ocupa un lugar secundario frente a la investigación y el desarrollo de los personajes.
Esa decisión le otorga identidad a la serie, pero también produce algunos de sus problemas. El ritmo es deliberadamente lento y no siempre consigue transformar la pausa en tensión. La alternancia temporal exige atención, aunque en ciertos episodios parece un mecanismo utilizado para aplazar revelaciones más que para profundizar en ellas. Y algunas explicaciones sobre las capacidades extraterrestres, los conflictos políticos y las relaciones familiares llegan con la sutileza de un anillo verde atravesando una pared.
Tampoco todas las amenazas tienen la fuerza dramática prometida. Las secuencias de acción son escasas y los efectos especiales, sin resultar desastrosos, no transmiten siempre la escala de un universo poblado por cuerpos de policía intergalácticos. En ocasiones, la serie parece tan empeñada en demostrar que es un drama adulto que contempla la maravilla con cierta sospecha. Ser serio no exige avergonzarse de ser fantástico.
Kelly Macdonald interpreta a la sheriff Kerry Cane como una mujer atrapada entre la ley, su familia política y la llegada de dos hombres que parecen conocer su comunidad mejor que ella. El personaje funciona cuando la serie le permite ejercer autoridad, pero pierde fuerza cuando el guion la reduce a mediadora emocional entre Hal, John y los Macon. Garret Dillahunt, en cambio, comprende perfectamente la clase de historia en la que se encuentra. Su William Macon es el patriarca cordial y exhibicionista cuya sonrisa parece haber sido ensayada frente a un espejo situado encima de un arsenal.
Damon Lindelof ya había demostrado con Watchmen que la mejor manera de adaptar un gran cómic no consiste en imitar sus imágenes, sino en prolongar sus preguntas. Mientras la película de Zack Snyder fue una reproducción reverente, poderosa y demasiado enamorada de su superficie, la serie de Lindelof se atrevió a discutir con la obra de Alan Moore: trasladó sus obsesiones sobre el poder, las máscaras y la historia estadounidense hacia el racismo, la memoria y la herencia del trauma.
En Lanterns, Lindelof, Mundy y King aplican un principio semejante. No intentan demostrar cuánto saben sobre Oa mediante una procesión interminable de nombres, uniformes y referencias. Se preguntan qué significaría realmente vivir bajo la mirada de una organización extraterrestre capaz de seleccionar individuos, entregarles un poder inconcebible y enviarlos a impartir justicia.
Los Guardianes llaman a los Linternas agentes de la voluntad, pero la serie observa que toda fuerza policial termina reflejando las limitaciones de la institución que la administra. ¿Quién vigila a quienes portan los anillos? ¿Quién decide cuándo una acción es defensa y cuándo se convierte en abuso? ¿Puede un hombre acostumbrado a obedecer órdenes reconocer el momento en que debe desobedecerlas?
Hal y John son falibles, contradictorios y están llenos de dudas. Más que héroes tradicionales, parecen antihéroes intentando construir una ética mientras cargan el arma más poderosa del universo en uno de sus dedos. El anillo puede permitirles volar, pero no los eleva moralmente. Esa parte deben hacerla solos.
Lanterns no es la gran aventura espacial que muchos seguidores esperaban. Es algo más extraño, irregular y arriesgado. Un neo western crepuscular policial sobre la decadencia del héroe, la disputa por su legado y la posibilidad de que la valentía, separada de la compasión, sea apenas otra forma de violencia.
La serie tropieza con la exposición, pierde impulso y a veces confunde gravedad con lentitud. Pero Kyle Chandler y Aaron Pierre sostienen su conflicto con una humanidad que ninguna construcción luminosa podría reemplazar. Uno interpreta a un hombre incapaz de imaginarse sin poder; el otro, a un hombre que empieza a preguntarse si aceptar ese poder no significará parecerse demasiado a quien debe sustituir.
James Gunn merece reconocimiento por no convertir a los Linternas Verdes en copias verdes de sus Guardianes de la Galaxia. En lugar de repetir una fórmula, permite que otros creadores encuentren su propio lenguaje dentro del DCU. Así debería funcionar un universo compartido: conectado por sus personajes y sus consecuencias, no condenado a que todas sus historias tengan el mismo chiste, el mismo ritmo, la misma personalidad y la misma banda sonora.
En última instancia, Lanterns entiende que el miedo no es lo opuesto al heroísmo. A veces es aquello que impide que una persona cruce una frontera moral. No sentir miedo puede volvernos capaces de salvar un planeta; también puede volvernos capaces de destruir a nuestros hijos en nombre de una grandeza futura. El anillo elige a quien posee voluntad. La serie, mucho más sabiamente, se pregunta si eso basta.
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El pasado 27 de agosto, a través de su cuenta de Instagram, Britney Spears recordó a Shakira y uno de los encuentros que ambas tuvieron durante los primeros años de sus carreras.
“Recuerdo que, cuando llegué por primera vez a Los Ángeles, siempre sentía que era la persona más joven y pequeña. Entonces conocí a Shakira y era exactamente de mi estatura. Éramos literalmente gemelas. Fue una locura”, relató la princesa del pop en el post, que fue eliminado poco después.
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El encuentro ocurrió a comienzos de los años 2000, cuando las carreras de ambas comenzaban a tomar dimensiones internacionales. Para entonces, Britney ya se había convertido en uno de los principales rostros del pop gracias al éxito de ‘…Baby One More Time’ y ‘Oops!… I Did It Again’. Shakira, mientras tanto, estaba dando uno de los pasos más importantes de su carrera: conquistar al público angloparlante.
La colombiana había alcanzado el éxito internacional con sus primeros trabajos en español, pero en 2001 lanzó Laundry Service, su primer álbum mayoritariamente en inglés. El disco incluía ‘Whenever, Wherever’, canción durante cuyo rodaje Spears conoció a la colombiana.
“Conocí a Shakira durante el rodaje de ‘Whenever, Wherever’. Llevaba esas trenzas increíbles y el pelo lleno de colores. Yo acababa de despertar de una siesta mientras iba allí en el coche, y ella acababa de despertarse de una siesta en su remolque”, cuenta Britney.
Más allá de las circunstancias de aquel encuentro, Britney encontró en Shakira algo que hasta entonces le había resultado difícil en Hollywood: alguien con quien podía sentirse a la misma altura, literalmente. Ambas eran jóvenes, atravesaban un momento de enorme exposición mediática y estaban construyendo sus carreras mientras intentaban encontrar su lugar en una industria que podía resultar abrumadora. Para Spears, aquella coincidencia tuvo un efecto inesperado: “Por fin me sentí normal”.
Su encuentro quedó además registrado en una de las portadas más recordadas de ROLLING STONE. En 2002, Spears y Shakira aparecieron juntas en la revista estadounidense junto a Mary J. Blige, reuniendo en una misma imagen a tres de las principales figuras femeninas de la música de comienzos de siglo.
La fotografía adquirió una nueva dimensión años después. En 2017, Britney publicó en Instagram aquella portada para recordar su encuentro con Mary J. Blige y felicitarla por el lanzamiento de su álbum Strength of a Woman. Sin embargo, en el mensaje no mencionó a Shakira, quien también aparecía en la fotografía. La publicación generó entonces reacciones entre los seguidores de la colombiana, que cuestionaron que Spears no hiciera referencia a ella.
Más de dos décadas después de aquel encuentro, el recuerdo de Shakira permanece para Spears como una anécdota aparentemente sencilla, pero significativa: en medio de uno de los momentos más intensos de su carrera, encontró en otra estrella del pop una inesperada sensación de familiaridad.
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Olivia Rodrigo reveló en su set de Daisy Chain Fields que la filántropa Melinda French Gates había duplicado la donación de 10 millones de dólares que la cantante había hecho a organizaciones sin ánimo de lucro que benefician a mujeres y niñas, elevándola a 20 millones de dólares.
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Antes del festival de inauguración en Irvine, California, la cantante anunció que todo el dinero recaudado por “cada persona que compró una entrada, cada artista que renunció a sus honorarios, cada patrocinador que se sumó a un festival completamente nuevo y cada donación que ayudó a alcanzar los 10 millones de dólares para apoyar a las mujeres y las niñas” sería destinado a 10 organizaciones.
La empresaria apareció junto a Rodrigo en la tarima el sábado pasado para revelar que, junto a Pivotal, un grupo de organizaciones que la benefactora fundó para acelerar el progreso social para las mujeres y jóvenes, aportaría diez millones más para doblar la donación.
“Olivia Rodrigo es una fuerza. Lo que Daisy Chain Fields puso en marcha perdurará mucho más allá de una sola noche al crear oportunidades para las mujeres y niñas del mundo, y demostrarle a una nueva generación lo mucho que importan sus voces. Estoy muy orgullosa de apoyar la visión de Olivia”, dijo en un comunicado.
La superestrella añadió: “Daisy Chain Fields trata sobre lo que puede suceder cuando nos unimos y usamos nuestro poder colectivo para apoyarnos mutuamente. Estoy muy agradecida con Melinda y Pivotal por creer en esta misión y por duplicar su impacto. Me emociona, sobre todo, lo que esto significa para las organizaciones increíbles que apoyamos y las mujeres, niñas y comunidades por las que velan a diario”.
Todo el dinero recaudado del evento se distribuirá entre 10 organizaciones sin ánimo de lucro. Entre ellas se encuentra Baby2Baby, que proporciona artículos esenciales como pañales, leche de fórmula, ropa y comida a niños necesitados; Black Mamas Matter Alliance, que proporciona recursos a madres negras antes, durante y después del embarazo; y el National Women’s Law Center, que lucha por la justicia de género en Estados Unidos.
Varias organizaciones beneficiarias se centran en los derechos reproductivos y el acceso a la atención médica como el Center for Reproductive Rights, Jhpiego, el Johns Hopkins Center for Indigenous Health, Planned Parenthood y el National Institute for Reproductive Health. La vocalista también se ha asociado con FreeFrom y el National Domestic Workers Alliance, que brindan apoyo a sobrevivientes de violencia basada en género y a trabajadoras domésticas, respectivamente.
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Sobre el escenario, luciendo una boina roja —aunque no precisamente color frambuesa—, un John Travolta barbudo presentó la actuación inaugural de la superbanda de punk Cretin Family, formada para el homenaje del 50° aniversario de los Ramones, rescatando el viejo chiste sobre el cementerio: la gente literalmente se moría por entrar. Aunque Travis Barker —baterista de Blink-182 y miembro de Cretin Family— no remató la broma con el clásico redoble de batería, la estridente actuación de los Cretins —completada por el guitarrista de Rancid y director musical del evento, Tim Armstrong; el cantante y guitarrista de Green Day, Billie Joe Armstrong; y el bajista de los Ramones, CJ Ramone— habría sido capaz de resucitar a los muertos.
En este legendario oasis de descanso eterno, situado en medio de un barrio áspero de Hollywood, entre los «espectadores» fallecidos figuran estrellas del cine clásico como Rudolph Valentino y Jayne Mansfield, así como la estrella del punk rock Dee Dee Ramone, quien descansa no muy lejos de la imponente estatua-cenotafio de una guitarra de más de dos metros y medio que rinde homenaje a su hermano musical, el guitarrista Johnny Ramone.
Los invitados que subieron al escenario para cantar fueron tan diversos como los que estaban en la planta baja; la curiosidad y desconcierto iniciales sobre la participación de Travolta —y la proyección posterior al concierto de su simpática película autobiográfica, Propeller One-Way Night Coach— se disiparon cuando la incipiente banda arrancó su repertorio con “Rockaway Beach”. Este momento marcó, tal como señaló Billie Joe, la primera vez que actuaba junto a Barker, el contundente batería superestrella y celebridad polifacética.
Desde “Cretin Hop” hasta “Gimme Gimme Shock Treatment”, el punk de la Costa Oeste rindió homenaje a sus leyendas y precursores de la Costa Este: los venerados e influyentes Ramones, que solo rivalizan con Motörhead en la categoría de camisetas “cool” y omnipresentes. El atractivo y la fama de los Ramones trascienden géneros y edades, tal como demostraron los invitados vocales —y un público que incluía a niños pequeños a hombros de sus padres—. Fred Armisen, que tiene su propia banda de versiones de los Ramones, interpretó “Danny Says” —una canción de Joey Ramone de los años 80, emotiva y de letra detallada— como primera estrella invitada de un repertorio de 20 temas.
Si bien los Ramones fueron versionados y homenajeados por artistas tan diversos como U2, Rob Zombie y Sonic Youth, sus propias versiones también abarcan una gran variedad de estilos, inclinándose hacia joyas clásicas estadounidenses, incluida la maravillosa y acelerada versión de “Do You Wanna Dance”, tema original de Bobby Freeman de 1958. Los Cretins estaban interpretando la versión de una versión. Resulta fácil imaginar a la clásica formación de los Ramones —Joey, Dee Dee, Johnny y Tommy— apreciando los homenajes sonoros de la velada a su propio estilo, típicamente neoyorquino; sin embargo, fue especialmente difícil no dejarse cautivar por The Linda Lindas, de Los Ángeles, cuyas voces y desenfado juvenil y enérgico brillaron en “California Sun”, el éxito de surf-rock de los Rivieras.
Tras su actuación y un rato con su madre, Lucía de la Garza —guitarrista y cantante de The Linda Lindas, de 19 años— comenta a Rolling Stone: “Crecimos escuchando a los Ramones en el coche y en casa. Aprendimos a tocar ‘I Wanna Be Sedated’ [que interpretaron junto a la Cretin Family] al principio de todo; debía de tener 11 o 12 años”. Su banda salió de gira con Green Day y Rancid, pero ella está «bastante segura» de que fueron invitados inicialmente a participar en este concierto de aniversario por Linda, la viuda de Johnny Ramone, a quien conocieron durante el concierto de presentación de su álbum de 2024. «Es un verdadero honor», dijo de la Garza. «Y realmente queríamos tener la oportunidad de conocer a CJ y a Travis».
Linda Ramone es una figura clave en la historia y el repertorio de la banda, además de ser la guardiana del legado de los Ramones gracias a este evento oficial anual que recauda fondos para la investigación del cáncer en el Ellison Medical Institute. (Johnny falleció de cáncer de próstata en 2005, a los 55 años). Radiante con una capa de lentejuelas color lavanda y un elegante sombrero de estilo cavalier, Linda fue la gran protagonista e impulsora del esperado homenaje oficial por el 50º aniversario de los Ramones, cuyas entradas se agotaron por completo. Entre el ajetreo y el bullicio del backstage, se podía ver a figuras como John 5 —guitarrista ocasional de Mötley Crüe— haciendo cola en el camión de comida de In-N-Out Burger, mientras Arrow De Wilde (cantante de Starcrawler), Pat Smear (guitarrista de Foo Fighters, Nirvana y Germs) y otros músicos locales conversaban en el amplio aparcamiento, rodeados de tumbas y enormes mausoleos.
A lo largo de las décadas de trayectoria de la banda, los Ramones —siempre vestidos de cuero— brillaron con canciones luminosas, incluida otra versión muy querida por el público: «Surfin’ Bird», interpretada con gran destreza por The Cretins. La banda «familiar» incluso contó con un «pinhead» invitado sobre el escenario —personaje conocido por los seguidores de los Ramones gracias a la película Rock ‘n’ Roll High School— que portaba un cartel con la frase «Gabba Gabba Hey». Quizás fue un momento dirigido solo a los iniciados, pero la gran mayoría de los miles de asistentes lo entendió y supo apreciarlo.

La estridente y entrecortada «Rock and Roll Radio» fue uno de los puntos fuertes, pero los teléfonos móviles se alzaron en masa cuando Billy Idol subió al escenario para interpretar «Beat on the Brat», una canción perfecta para su característico gesto de labios curvados. Junto a The Cretins, también ofreció una buena versión de «Ready Steady Go», un tema de su antigua banda Generation X. Idol puso la canción en contexto y reconoció su deuda con los neoyorquinos al decir al público: «Es como el Roundhouse de Londres en 1976. Todos aceleramos el ritmo de nuestra música después de escuchar a los Ramones. Fue jodidamente genial».
Es imposible replicar la atmósfera, la forma de tocar o la energía clásica de los Ramones; sin embargo, aunque la batería de Barker sonó quizás demasiado potente y contundente, y las estrellas invitadas interrumpieron el ritmo frenético típico de un concierto clásico del grupo, el espíritu, la alegría y las canciones fueron innegables. Aunque gran parte del público se marchó tras la actuación de debut de Cretin Family, Hollywood Forever es famoso por su ciclo de cine al aire libre, y muchas personas permanecieron repartidas por el césped —junto a las tumbas— para ver una película después del concierto. Sin duda se trataba de un clásico —Carrie, dirigida por Brian De Palma y basada en la obra de Stephen King—, pero ¿por qué no optar por Pet Sematary (que incluye dos temas de los Ramones, incluido el que da título a la película) o por la cinta más emblemática asociada a la banda, Rock ‘n’ Roll High School?
No obstante, tal como señaló Travolta al presentar su propia película tras el concierto, allí se encontraban cinco miembros del reparto de Carrie (él interpretó al estudiante de secundaria Billy Nolan en el filme), incluidas Nancy Allen y P.J. Soles; esta última encarnó a la entusiasta superfán Riff Randell en Rock ‘n’ Roll High School. Sin embargo, declinaron la invitación de Travolta para subir al escenario, a pesar de su insistencia.
Pasaron 50 años desde el lanzamiento del álbum debut homónimo de los Ramones, que contenía 14 canciones emblemáticas forjadas en menos de 30 minutos. Aunque los cuatro miembros originales han fallecido —el último de ellos en 2014—, su legado perdura con fuerza a través de las generaciones: «Blitzkrieg Bop» fue adaptada como canción infantil; «Beat on the Brat» se libró de la censura de lo políticamente correcto a pesar de su (humorística) incitación a la violencia; y cabe imaginar (o esperar) que «Now I Wanna Sniff Some Glue» gozaría de la misma inmunidad. Puede que la banda «Cretin Family» siga viva sobre los escenarios —y quién sabe si este homenaje será un evento único—, pero la propia «familia de cretinos» que conforman los seguidores de los Ramones vive claramente en todas partes y para siempre.
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A poco más de un mes de la final del Mundial 2026, Lionel Messi anunció, por medio de un emotivo mensaje publicado en su cuenta de Instagram, que se retira de la Selección Argentina, con la que ganó todo lo que podía ganar a lo largo de más de 20 años llenos de momentos inolvidables, no solo para sus compatriotas, sino para los aficionados del deporte alrededor del mundo.
“Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección”, escribió el capitán de la Albiceleste en el mensaje, que llegó después de semanas de especulación sobre su futuro en el combinado nacional tras la final perdida frente a España el pasado 19 de julio en Nueva Jersey.
“Gracias por todo el cariño de estos 20 años. Voy a extrañar mucho escucharlos desde adentro. Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera (en las buenas y en las malas, mucho más)”, expresó el ocho veces ganador del Balón de Oro en una carta escrita a mano el 21 de julio, dos días después de lo que sería su último partido con la selección.
La despedida llegó acompañada de un video que resume sus años como jugador de la Albiceleste. El registro repasa algunas de las derrotas más dolorosas de su carrera, pero también recuerda sus grandes éxitos.
Messi también explicó en su carta que “queda poco” y que “se van cerrando etapas”, dejando claro que su retiro definitivo del fútbol está cada vez más cerca. Para el argentino, uno de los pasos más importantes en ese camino era despedirse de la selección que defendió durante más de dos décadas.
“Me voy con la tranquilidad y el orgullo de haberles regalado, juntos con mis compañeros, momentos soñados. Fue una locura haberlo vivido con ustedes. ¡Los quiero!”, escribió Messi para cerrar su mensaje y, con él, una de las etapas más importantes de la historia del fútbol argentino.
Con la camiseta de su país, el rosarino conquistó cuatro títulos con la selección mayor —dos Copas América, la Finalissima y el Mundial de 2022—, además del Mundial Sub-20 y el oro olímpico. Pero más allá de los trofeos, su legado queda marcado por el recorrido de un futbolista que pasó de cargar con las derrotas más dolorosas a convertirse en el líder de la generación que devolvió a Argentina a lo más alto del fútbol mundial.
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Sir Anthony Hopkins habla de la música con la misma libertad con la que, según cuenta, comenzó a escribirla. No hay en sus respuestas una teoría elaborada sobre su proceso creativo, ni una intención de encontrar conexiones definitivas entre las distintas etapas de su vida. Tampoco parece interesado en construir una explicación retrospectiva sobre las composiciones que ha ido acumulando durante décadas. Para él, la música sucede. A veces nace de una improvisación frente al piano, otras de un recuerdo, de una persona, de un lugar o de una imagen cinematográfica. Y, cuando aparece, su impulso es sencillo: hacerla.
“Yo no pienso en eso ni lo analizo”, dice al hablar de Life Is a Dream, el álbum que reúne composiciones escritas a lo largo de aproximadamente seis décadas. Hopkins comenzó a componer hace unos 60 años, pese a no haber tenido una formación musical extensa. Lo hizo, dice, porque sentía que tenía un don para ello. Con el paso del tiempo, aquella intuición se convirtió en una práctica que nunca necesitó de demasiadas explicaciones: pieza por pieza, improvisaba en el piano y dejaba que las ideas encontraran su propia forma.
La imagen resulta curiosa si se piensa en la carrera de Hopkins. Es uno de los actores más reconocidos de su generación, un intérprete cuya trayectoria cinematográfica ha estado marcada por personajes que exigían precisión, control y una enorme capacidad para construir matices. Sin embargo, cuando habla de su música, parece querer escapar justamente de ese tipo de aproximación. No busca diseccionar cada nota ni explicar qué significa cada decisión. Al contrario: sospecha que pensar demasiado puede terminar bloqueando aquello que quiere crear.
“Creo que eso puede interponerse en el camino, pensar demasiado en estas cosas. Así que simplemente hazlo”, afirma. La música, en ese sentido, parece ocupar para Hopkins un territorio distinto al de la actuación. No necesariamente porque sea menos rigurosa, sino porque le permite acercarse a la creación desde un lugar más intuitivo. Sus composiciones no parten, al menos según su propia descripción, de una arquitectura intelectual previamente establecida. Son recuerdos y sensaciones que encuentran una estructura musical.
Uno de los primeros momentos importantes de ese recorrido fue ‘Margam’, una pieza relacionada con su infancia y con August, la película que dirigió en Gales hace 27 años. El filme estaba vinculado con su lugar de nacimiento y representó también su primera experiencia importante llevando su propia música a una producción cinematográfica. George Fenton estuvo a cargo de la dirección de la música para la Orquesta Philharmonia de Londres.
Desde entonces, la relación entre el cine y la música, sus dos grandes lenguajes creativos, ha continuado apareciendo de diferentes maneras. Hopkins reconoce que existe una cualidad cinematográfica en varias de sus composiciones, aunque no necesariamente porque intente escribir bandas sonoras. Una de ellas, ‘Farewell, My Love’, es, según él, lo más cercano que ha llegado a la música de cine. La pieza está escrita para piano y orquesta y contiene, en su opinión, un ligero toque de Rachmaninoff. Pero la influencia más evidente viene del propio cine y de los compositores que ayudaron a construir su dimensión sonora.
Entre sus referencias menciona a Bernard Herrmann, responsable de algunas de las bandas sonoras más recordadas del cine de Alfred Hitchcock. Hopkins habla de la música cinematográfica con admiración, como quien reconoce allí otro tipo de narración: una capaz de sugerir personajes, lugares y emociones sin necesidad de que nadie diga una palabra.
“Es una pieza muy cinematográfica, pero estoy influenciado por el cine. Me encanta la música del cine”, explica.

Hopkins insiste en que no intenta clasificar sus influencias. No parece tener una lista rígida de géneros o compositores a los que recurre conscientemente cada vez que se sienta al piano. Sus gustos, dice, son generales. Escribe lo que le apetece escribir. Esa misma libertad se extiende a la selección de los instrumentos.
Entre sus principales referencias aparecen Ralph Vaughan Williams, Frederick Delius y Thomas Tallis, además de la música de Duruflé y otros compositores franceses. Hopkins no dice que intente imitarlos. Lo que le interesa es el sonido de la orquesta y, particularmente, el de las cuerdas. Dice conocer bien los instrumentos que quiere utilizar y saber qué sonido producen.
“La vida es una larga, larga despedida”, dice. Y, no se refiere únicamente a la muerte. La despedida comienza mucho antes, desde el nacimiento. Nos despedimos de la infancia, de la juventud, de nuestros padres, de distintas versiones de nosotros mismos. La existencia, vista de esa manera, está marcada por una sucesión constante de pérdidas y transformaciones. Pero Hopkins no presenta esa idea como una condena. “Hay una melancolía, pero no estoy deprimido. Encuentro un gran consuelo en eso, una paz”, explica.
Ese principio parece haber sido particularmente importante cuando sus composiciones pasaron de sus propias manos al cuerpo de una orquesta completa. Recientemente, Hopkins trabajó con Gustavo Dudamel, quien dirigió a la Orquesta Philharmonia de Londres en Londres. El encuentro se produjo a través de Bradley Cooper, con quien Hopkins había trabajado. Cooper le recomendó ponerse en contacto con Dudamel y la esposa de Hopkins hizo la llamada. Dudamel escuchó una de las piezas y aceptó dirigirla.
Para Hopkins, escuchar sus composiciones interpretadas por una orquesta de esa dimensión fue una experiencia reveladora, aunque nuevamente evita convertirla en un ejercicio de análisis. Dudamel sugirió acelerar el tempo de algunas piezas respecto a cómo habían sido interpretadas anteriormente por la Sinfónica de Birmingham. Hopkins aceptó la propuesta. “Un gran músico como él y un gran director simplemente añadió esa otra dimensión que da una orquesta poderosa”, recuerda.

En ese proceso, Dudamel encontró precisamente el tipo de colaborador que Hopkins parece valorar: alguien capaz de aportar una mirada propia sin convertir la interpretación en una demostración de ego. Hopkins lo describe como humilde, gentil, juguetón y encantador. También recuerda un gesto que le llamó particularmente la atención: al terminar, Dudamel no se queda al frente para recibir individualmente los aplausos, sino que retrocede hacia la orquesta para que todos hagan la reverencia juntos.
“A ellos les encanta trabajar con él. Es un verdadero genio”, afirma Hopkins. La relación entre ambos adquiere así una dimensión interesante. Hopkins, que insiste en la libertad como principio creativo, encuentra en Dudamel a un director capaz de traducir esa libertad a una estructura orquestal. No se trata de que el actor deje de tener una visión sobre su música, sino de que entiende que una pieza puede transformarse cuando entra en contacto con otros músicos.
Y esa apertura también explica por qué Hopkins no parece preocupado por definir con exactitud qué es un compositor, un actor o un pintor. Las disciplinas conviven.
Además de la música, Hopkins pinta. Y cuando se le pregunta qué consejo daría a los artistas jóvenes que sienten presión al momento de compartir su trabajo, vuelve a la misma respuesta que atraviesa toda la conversación: continuar.
“Que sigan haciéndolo. Que sigan escribiendo”, dice. No cree que sea necesario analizar constantemente lo que uno crea. El consejo que recibió años atrás para escribir música fue precisamente ese: escribir. No pensar demasiado. La misma lógica, asegura, aplica a la pintura y a la actuación. En esta última, incluso reduce el proceso a algo casi elemental: aprenderse las líneas y hacerlo.
Su manera de expresarlo es deliberadamente irreverente. Hopkins dice que pensar demasiado es una de las razones por las que existen tantos problemas en el mundo. “Pensar, pensar, pensar”, repite. Después se describe a sí mismo, con humor, como “demasiado estúpido para pensar”.
Detrás de la broma hay, sin embargo, una filosofía creativa bastante clara. Después de décadas dedicadas a la actuación, la música y la pintura, Hopkins parece haber llegado a una conclusión sencilla: la creación pierde parte de su sentido cuando se convierte exclusivamente en un problema que resolver.
Quizás por eso resulta coherente que, cuando se le pregunta cuánto material inédito permanece todavía en sus cuadernos, no responda con una cifra ni con una descripción detallada de proyectos archivados. Simplemente dice que tiene más música. Y que no ha terminado. Hopkins planea componer durante el otoño en Los Ángeles y preparar un nuevo programa.
Después de aproximadamente seis décadas de composición, la historia podría cerrarse ahí. Pero en realidad ocurre lo contrario. Life Is a Dream reúne distintas piezas de una vida creativa extensa, pero Hopkins ya está pensando en las siguientes.
Hopkins prefiere seguir componiendo. Y quizá por eso, frente a la pregunta sobre cómo enfrentarse al miedo, la presión o la necesidad de explicar lo que uno hace, su respuesta sigue siendo la misma que ha acompañado su propia relación con la música durante décadas: hacerlo.
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Miguel Zavaleta, fundador y líder de Suéter, murió este lunes a los 71 años luego de atravesar un cáncer. La noticia fue confirmada por colegas y amigos cercanos, entre ellos Hilda Lizarazu y el periodista Sergio Marchi, quien lo definió como un “tipo muy genial y divertido” y una de las figuras que mejor encarnó el espíritu de aquellos “locos años 80”.
Con una carrera que atravesó más de cuatro décadas, Zavaleta fue una pieza clave de la renovación que transformó al rock argentino durante los últimos años de la dictadura y los primeros tiempos de la democracia. Antes de liderar Suéter, había integrado el grupo de rock progresivo Bubu y participado de la efervescente escena underground que reunió a futuros integrantes de Los Abuelos de la Nada, Los Twist y otras bandas que marcarían una época.
Suéter nació en 1981, con Zavaleta al frente en voz y teclados. Desde allí construyó una identidad que mezclaba new wave, pop y rock con una dosis de ironía y sofisticación poco común para aquellos años. La banda dejó clásicos como “Amanece en la ruta“, una de las canciones más perdurables del repertorio nacional, además de versiones emblemáticas como “Jugo de tomate frío“, reinterpretada junto a Charly García.
En una entrevista con Rolling Stone realizada años atrás con motivo de la edición física de su disco solista No lo sé, suerte, quizás, Zavaleta se definía a sí mismo antes que nada como un artista. “Yo tengo mi propio show desde los cuatro años”, recordaba entre risas.
“La gente se reía y yo lo sabía, porque era ridículo. Eso significa que nací para el escenario. Es lo único que sé hacer, en el único lugar en el mundo donde me siento cómodo y seguro”, dijo.
Zabaleta era un músico talentoso pero reacio a la solemnidad, capaz de hablar de composición, de música clásica o de jazz con la misma naturalidad con la que hacía un chiste sobre sí mismo. “Ni yo mismo lo puedo creer ahora”, decía al recordar sus comienzos como compositor autodidacta. “Me sorprende lo que hice apilando dedos y sacando melodías, porque en mi cabeza, sobre todo, hay ruido e imágenes de chicas en bikini. No es que suene ‘Tristán e Isolda’”.
Aunque muchas veces quedó asociado al clima festivo de los años 80, Zavaleta tenía una formación musical mucho más amplia. Sobrino del legendario pianista de jazz Enrique “Mono” Villegas, de joven renegó de ese género para abrazar el rock. Con el tiempo, sin embargo, terminó enamorándose de esa música. “Hoy estudié, y toco cuatro o cinco horas de standards por día”, contaba en aquella conversación.
Su recorrido también estuvo atravesado por figuras centrales de la música argentina. Charly García produjo uno de los discos más importantes de Suéter y fue quien impulsó la idea de transformar un tema inconcluso en la célebre versión de “Jugo de tomate frío”. “A la gente le encantó”, recordaba Zavaleta. “Igual, le pedí perdón a Javier Martínez, y me dijo que estaba todo bien”.
En los últimos años seguía activo, tanto como solista como junto a distintas encarnaciones de Suéter. También mantenía intacta su curiosidad por las nuevas generaciones. En la misma entrevista celebraba haber compartido escenario con Goyo Degano, de Bandalos Chinos, una banda que consideraba entre las más elegantes surgidas en el país durante las últimas décadas.
Quizás una de las frases que mejor definan el legado de Zavaleta sea la que utilizó al recordar aquellos años fundacionales del rock argentino. Al visitar una muestra del Museo Histórico Nacional dedicada a la escena de los 80, reflexionó sobre haber formado parte de una generación irrepetible junto a amigos como Fabiana Cantilo, Hilda Lizarazu, Daniel Melingo y Cachorro López. “Por una vez en la vida tuve la suerte de estar en el lugar correcto en el momento indicado”, dijo entonces.
Y agregó, con el humor que nunca abandonó: “Si yo hubiera transformado en plata todo lo que me reí, sería George Soros“.
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