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Desde su publicación en Weekly Shōnen Jump en 2001, BLEACH se convirtió en uno de los más grandes (y largos) pilares del shōnen moderno junto a Dragon Ball, Naruto y One Piece. Tite Kubo construyó un universo donde los Shinigami protegen el equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos, mientras los Hollows representan las almas corrompidas que amenazan ese orden. En el centro de todo aparece Ichigo Kurosaki, un adolescente que obtiene accidentalmente los poderes de un Segador de Almas y termina envuelto en un conflicto que crece hasta alcanzar dimensiones cósmicas.
A lo largo de más de dos décadas, BLEACH dejó de ser simplemente una historia sobre cazadores de espíritus para convertirse en una mitología inmensa. Soul Society, Hueco Mundo, los Arrancar, los Espada, los Fullbringers, los Quincy, el Rey Espiritual, los Bankai y decenas de capitanes con habilidades únicas fueron ampliando un relato que hoy supera ampliamente los cuatrocientos episodios animados.
La saga Thousand-Year Blood War representa precisamente la culminación de todo ese recorrido. Es el enfrentamiento definitivo entre los Shinigami y los Quincy liderados por Yhwach, un enemigo capaz de alterar el destino mismo del universo mediante un poder casi absoluto. No se trata de un nuevo comienzo ni de una aventura independiente. Es el último acto de una historia que lleva más de veinte años construyéndose.
Ese contexto resulta fundamental para entender The Calamity. Porque, en realidad, esto no es una película. Es la proyección en cines de los tres primeros episodios de la cuarta y última parte de BLEACH: Thousand-Year Blood War. Y la diferencia importa. Mientras otras franquicias de anime consiguen construir largometrajes relativamente autónomos, aquí asistimos simplemente al inicio inmediato de una temporada televisiva. No existe introducción, recapitulación ni intento alguno por facilitar la entrada a nuevos espectadores.
La narración asume que conocemos perfectamente quién es cada personaje, cuáles son sus poderes, qué ocurrió antes y por qué cada enfrentamiento posee una enorme carga emocional. Quien no haya seguido los 366 episodios de la serie original y las tres partes previas de Thousand-Year Blood War (40 episodios adicionales) comprenderá muy poco de lo que ocurre en pantalla en términos de las alianzas, las traiciones, las revelaciones o incluso el significado dramático de muchas batallas. La película no busca conquistar nuevos públicos. Está hecha exclusivamente para quienes llevan años acompañando esta historia.
Y es una decisión cuestionable pero válida. Después de todo, los aficionados han esperado más de una década para ver animado el desenlace del manga de Tite Kubo. Resultaría artificial detener constantemente la narración para explicar conceptos que el público habitual conoce desde hace años.
Como recompensa para esos seguidores, The Calamity ofrece exactamente lo que promete. Las secuencias de acción alcanzan un nivel técnico extraordinario. Studio Pierrot continúa refinando el estilo visual que ha caracterizado esta nueva etapa de BLEACH, con una animación mucho más cinematográfica, movimientos de cámara ambiciosos, efectos digitales mejor integrados y un uso del color que potencia la espectacularidad de cada Bankai y cada transformación Quincy. Las batallas poseen una claridad visual que permite seguir enfrentamientos extremadamente complejos sin sacrificar su dinamismo.
La música de Shirō Sagisu sigue siendo uno de los grandes activos de la franquicia. Su combinación de orquesta, rock, música electrónica y coros mantiene esa identidad sonora que ha acompañado a BLEACH desde sus primeros episodios y vuelve a elevar varios de los momentos más épicos.
También resulta evidente la participación de Tite Kubo en esta adaptación. Algunas escenas amplían considerablemente lo mostrado en el manga y permiten desarrollar personajes o combates que originalmente aparecían de forma mucho más breve. Más que una adaptación literal, Thousand-Year Blood War funciona como una revisión del propio autor sobre el desenlace de su obra.
Sin embargo, el formato termina jugando en contra de la experiencia cinematográfica. Hay grandes combates. Revelaciones importantes. Personajes que regresan. Transformaciones esperadas durante años. Pero prácticamente nada concluye. Cada enfrentamiento queda suspendido justo cuando alcanza su punto de mayor intensidad. Las resoluciones se reservan para los episodios posteriores que llegarán a televisión pocas semanas después.
El resultado es una permanente sensación de limbo narrativo. No existe un verdadero arco dramático con planteamiento, desarrollo y desenlace. Existe únicamente una larga preparación para lo que vendrá después. Como experiencia seriada funciona perfectamente. Como película deja inevitablemente una sensación de incompletitud.
Pero eso no disminuye la calidad técnica del proyecto ni el cariño con el que ha sido producido. BLEACH: Thousand-Year Blood War – The Calamity representa uno de los momentos visualmente más ambiciosos de toda la franquicia y confirma que la despedida de Ichigo Kurosaki está recibiendo el tratamiento que durante años esperaron sus seguidores.
Pero también deja claro que el cine y la televisión obedecen a lógicas distintas. Una película necesita ofrecer una experiencia relativamente completa. Estos tres episodios prefieren hacer exactamente lo contrario: detenerse cuando la historia apenas comienza a alcanzar su máxima intensidad.
Para los fanáticos de BLEACH, esa frustración probablemente aumente todavía más la expectativa por el desenlace definitivo. Para cualquier espectador ajeno a la serie, en cambio, será una demostración de que algunas historias no admiten atajos. Hay universos que exigen recorrer todo el camino antes de llegar a su batalla final.
P.D. No se pierda una entrevista exclusiva con Tite Kubo, Tomohisa Taguchi y Hikaru Murata al final de los créditos.
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Los que esperaban a Charli XCX en una cinta lésbica que recordara al cine erótico europeo de los setenta como Emmanuelle, I Am Curious (Yellow), Bilitis o a la cinta de sadomasoquismo sáfico The Duke of Burgundy, se llevarán una gran decepción. Aunque Erupcja con su afiche promocional, sus cromas y su música intenta inicialmente recrear esa atmósfera, al final la deja a un lado para abrazar el espíritu del cine indie más libre.
Bethany (Charlie XCX) viaja a Varsovia junto a su novio Rob (Will Madden) para pasar unos días de vacaciones. Él planea pedirle matrimonio. Ella parece incapaz de comprometerse con cualquier forma de estabilidad. El reencuentro con Nel (Lena Góra), una florista y amiga de la adolescencia con quien comparte una larga historia de fiestas, excesos y complicidades difíciles de definir, reabre una versión de sí misma que creía perdida. Lo que comienza como una escapada termina convirtiéndose en una confrontación entre dos identidades: La mujer que Bethany es hoy y la que todavía insiste en recordar.
Resulta tentador pensar que Erupcja es el debut cinematográfico de Charli XCX. Sería un error. La cantante británica no es el centro de la película, ni Pete Ohs parece interesado en convertirla en un vehículo para la estrella pop. Lo que hace el director norteamericano de cintas independientes como Love And Work y The True Beauty Of Being Bitten By A Tick es utilizar el magnetismo de una celebridad para contarnos la historia de una mujer que busca a su amor de juventud para darse cuenta de que en realidad estaba buscando a la mujer que fue cuando estaba con ella.
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la película. Ohs entiende que la nostalgia rara vez consiste en extrañar a una persona. Lo que realmente añoramos es una versión de nosotros mismos que creemos haber perdido. El personaje de Charli XCX persigue a aquella joven impulsiva, despreocupada y magnética que existía durante aquellas escapadas juveniles. El problema es que esa persona ya no existe, y tampoco existe la joven que ella conserva en la memoria.
Los volcanes que aparecen constantemente a lo largo del relato funcionan como una metáfora engañosa. En apariencia anuncian una pasión incontenible, capaz de alterar el mundo entero. Sin embargo, la verdadera tesis de la película es exactamente la contraria. La naturaleza permanece indiferente a nuestros dramas amorosos. Somos nosotros quienes insistimos en creer que nuestras emociones tienen dimensiones geológicas.
Pete Ohs evita deliberadamente los grandes acontecimientos. La cinta fue filmada cronológicamente, al estilo guerrilla y construida de manera colaborativa junto a sus actores a partir de improvisaciones (su estilo nos recuerda al cine de James Toback), caminatas, conversaciones aparentemente intrascendentes (casi todos los actores tienen crédito como guionistas) y pequeñas decisiones que modifican lentamente las relaciones entre los personajes. Esa apuesta por la observación de lo cotidiano puede desesperar a quienes esperaban un relato convencional más acorde con el estatus de la estrella pop que escribió canciones para Barbie y Cumbres borrascosas.
Sin embargo, Charli XCX ofrece una actuación inesperadamente sólida. Aquí no intenta demostrar nada ni refugiarse en el carisma que la convirtió en una de las figuras más relevantes de la música actual contemporánea. Bethany es egoísta, inmadura y profundamente auto referida, pero Charli evita convertirla en una persona desagradable.
Por su parte, Léna Gora como Nel posee una complejidad silenciosa que sostiene toda la película. Mientras Bethany vive obsesionada con recuperar una versión idealizada del pasado, Nel entiende que crecer implica aceptar que incluso los vínculos más intensos cambian de forma. La actriz de la serie The Eastern Gate consigue transmitir esa mezcla de afecto, nostalgia y resignación con una naturalidad admirable. Cada vez que ambas comparten pantalla, la película adquiere una profundidad emocional que el guion apenas insinúa.
Will Madden también aporta una interpretación particularmente inteligente. Rob podría haber sido el típico novio ingenuo destinado para convertirse en el obstáculo narrativo. Ohs y Madden prefieren construir a un hombre enamorado que simplemente desconoce el mundo interior de la mujer con quien comparte su vida. La película nunca lo ridiculiza ni lo convierte en víctima; lo observa con la misma compasión que dedica al resto de sus personajes.
La fotografía de Ohs convierte a Varsovia en una ciudad melancólica, donde el concreto gris convive con grafitis, bares nocturnos y apartamentos impersonales que parecen suspendidos entre el turismo y la vida cotidiana. El montaje, también de Ohs, favorece los tiempos muertos, permitiendo que los silencios adquieran tanta importancia como los diálogos. Incluso la narración en off de Jacek Zubiel, claramente inspirada en Jules et Jim, que podría parecer un recurso caprichoso, termina funcionando como un comentario irónico sobre la tendencia humana a romantizar nuestra propia historia.
Lo que resulta indiscutible es la lucidez con la que Pete Ohs desmonta una de las fantasías más persistentes del cine romántico y de la generación del siglo XXI. No existe un pasado esperando intacto nuestro regreso. Las personas cambian, los lugares cambian y también cambian las versiones que inventamos sobre nosotros mismos. Los volcanes seguirán haciendo erupción sin prestar atención a nuestras vidas. Somos nosotros quienes insistimos en creer que el universo entero debería conmoverse cada vez que se rompe un corazón.
Hay quienes verán en la modestia de esta cinta una admirable resistencia frente a los excesos del melodrama contemporáneo. Otros encontrarán una obra demasiado esquemática, incapaz de profundizar en personajes que parecen más interesantes de lo que finalmente llegan a ser. Ambas lecturas son válidas.
Pero más que un simple experimento que incluye a una estrella pop, Erupcja confirma dos hallazgos. El primero, que Pete Ohs sigue encontrando maneras originales de explorar las relaciones humanas desde el minimalismo. El segundo, quizá más sorprendente, que Charli XCX posee una presencia cinematográfica que trasciende el fenómeno musical que la convirtió en una celebridad. No necesita interpretar a una heroína ni desaparecer detrás de un personaje completamente distinto para demostrarlo.
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Durante años, las plataformas de streaming insistieron en presentarse como espacios neutrales. Un inmenso océano sonoro donde cualquier artista podía coexistir en igualdad de condiciones y donde el algoritmo decidiría, supuestamente de manera objetiva, qué música merecía llegar a nuestros oídos.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa terminó por revelar que esa neutralidad nunca existió.
Esta semana, TIDAL anunció una de las medidas más drásticas que ha tomado una plataforma de streaming frente a la música creada por inteligencia artificial: las canciones identificadas como completamente generadas por IA seguirán pudiendo existir dentro del servicio, pero dejarán de monetizarse. No recibirán regalías y estarán claramente etiquetadas para que el oyente sepa qué está escuchando. La decisión marca un punto de inflexión. Por primera vez, una gran plataforma no solo diferencia entre música humana y sintética, sino que establece una jerarquía económica entre ambas.
La medida no surge en el vacío. Durante el último año, la industria ha comenzado a enfrentarse a un problema que dejó de ser hipotético: la avalancha de música generada automáticamente.
Deezer fue la primera gran plataforma en reconocer públicamente la magnitud del fenómeno. La compañía francesa aseguró que cerca del 44 % de toda la música que recibe diariamente es completamente generada por IA, lo que equivale a decenas de miles de canciones nuevas cada día. No solo eso: la empresa sostiene que buena parte de esas reproducciones están asociadas a esquemas fraudulentos diseñados para capturar regalías mediante bots. Como respuesta, implementó sistemas automáticos de detección, comenzó a etiquetar álbumes creados con IA y decidió excluir este contenido de recomendaciones algorítmicas y espacios editoriales.
Spotify, históricamente más permisiva, también ha empezado a endurecer su postura. La plataforma ha fortalecido sus políticas contra las imitaciones vocales no autorizadas y los llamados deepfakes musicales, además de desarrollar herramientas para que los artistas puedan revisar lanzamientos asociados a sus perfiles antes de que aparezcan públicamente. El objetivo es impedir que voces clonadas, canciones falsas o atribuciones erróneas contaminen el ecosistema.
Incluso Bandcamp, tradicional refugio para la música independiente, decidió prohibir obras generadas total o sustancialmente mediante inteligencia artificial, apostando por preservar la confianza entre artistas y audiencia.
Todo esto revela una verdad incómoda: la discusión ya no gira en torno a la creatividad. Gira en torno a la economía.
Nadie parece particularmente preocupado porque un músico utilice IA para experimentar, escribir letras, generar texturas o expandir sus procesos creativos. La historia de la música está llena de tecnologías que provocaron pánico antes de convertirse en herramientas habituales: los sintetizadores, el sampler, el Auto-Tune o las estaciones de trabajo digitales.
El verdadero temor es otro: que el streaming termine inundado por millones de canciones producidas a costo prácticamente cero cuyo único propósito sea manipular algoritmos y capturar regalías.
Porque si cualquiera puede generar cien canciones en una tarde, subirlas automáticamente mediante distribuidores y utilizar granjas de bots para reproducirlas, el modelo económico del streaming deja de recompensar la creación y comienza a premiar la automatización. Algunos estudios académicos ya describen este fenómeno como “AI slop”: enormes cantidades de contenido mediocre distribuido masivamente con fines puramente económicos.
Las plataformas parecen haber entendido, quizá demasiado tarde, que la abundancia infinita no necesariamente fortalece la cultura. También puede diluirla.
Sin embargo, la respuesta actual sigue siendo insuficiente. Etiquetar canciones o retirar regalías son medidas importantes, pero no resuelven las preguntas fundamentales: ¿deben las compañías de IA entrenar modelos con obras protegidas sin consentimiento? ¿Quién recibe compensación cuando una máquina aprende a partir del trabajo de miles de músicos? ¿Cómo se acredita la autoría en una creación híbrida entre humano y algoritmo? ¿Y quién decide, finalmente, cuándo una canción es lo suficientemente humana?
La música popular siempre ha sido una conversación entre personas: experiencias compartidas, historias vividas, emociones reconocibles. Tal vez la gran pregunta para la próxima década no sea si las máquinas pueden hacer canciones convincentes. Probablemente puedan.
La verdadera pregunta es si estaremos dispuestos a reemplazar la experiencia humana detrás de la música por una producción infinita de contenido sintético.
Y, por primera vez, las plataformas parecen empezar a responder que no.
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La obra de Daniel Melingo, que falleció ayer a los 68 años, es inabarcable, curiosa, ecléctica, sorprendente y muy original. De los hits seminales a los clásicos de culto, un repaso por algunas de las páginas más bonitas de su discografía.
1 – Chalamán (Los Abuelos de la Nada, Vasos y besos, 1983)
“‘Chalaman’ me bajó de algún lado. Tuve buena suerte de estar parado justo ahí cuando cayó. Es del 81, antes de que conociera a Pipo Cipolatti y mucho antes de que Cachorro López me presentara a Miguel Abuelo. La canción me llego así y así la compuse. Sin pensar en el éxito, el dinero o ni siquiera en grabarla. No especulo con las canciones, si va a ser un hit o un fracaso”, le contó Daniel Melingo al dj y periodista Bobby Flores. Incluída en el segundo álbum de Los Abuelos de la Nada, Melingo cantó uno de los reggaes seminales del género en la Argentina. También grabó la reconocida melodía de saxo que abre la canción, una historia de amor ambivalente envuelta en una gran nube de humo dulzón.
2 – “Cleopatra, la reina del twist” (Los Twist, La dicha en movimiento, 1983)
Compuesta junto a Vivi Tellas, este tema que revisita en clave de cultura pop a la última gobernante de la dinastía ptolemaica del Antiguo Egipto se transformó en el primer corte de difusión del álbum debut de Los Twist. Sobre aires arabescos y un ritmo ralentizado que va in crescendo, la voz de Fabiana Cantilo monta un hit tan insólito como efectivo.
3 – “La balada de Tony y Douglas” (Los Twist, La Máquina del Tiempo, 1985)
En otro delirante ejercicio de memoria televisiva retrospectiva, Melingo y Pipo Cipolatti toman a Douglas “Doug” Phillips y Tony Newman, los dos científicos que formaban parte de un proyecto ultrasecreto en la serie El túnel del tiempo, como protagonistas del tema (y del álbum). Una balada de aires sci fi, ambiente psicodélico, nervio swing, frecuencia pospunk y un final que toma parte del audio de la serie, traducido al español.
4 – “Tanto, tanto” (Lions in Love, Lions in Love, 1990)
Esta canción abre el primer disco del proyecto multicultural de Melingo en su etapa europea, pero también abre el sonido de una década. Como un collage con una base entre funkera y raggamuffin, los aires flamencos dominan una escena que funciona en la pista de baile, en el chill out de un bar de Lavapiés o en un tablado del espacio exterior, como si la escena de la vanguardia londinense se cruzara con el espíritu latino de Mano Negra.
5 – “Africa” (Lions in Love, Psiocfonías, 1993)
Un ejercicio de acid-jazz de la banda más experimental en la trayectoria de Melingo, junto a la cantante Stefanie Ringes, Guillermo Piccolini, Willy Crook y Pablo Guadalupe. Sobre una base funkera y la voz ondulante de Ringes (que canta en francés y en español), funciona un homenaje al continente madre del ritmo.
6 – “Nieve mortal” (Daniel Melingo, H2O, 1995)
Su primer disco como solista fue concebido como un homenaje a El Eternauta, el clásico de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Por una cuestión de derechos, el título fue H2O, pero este dub, con la nevada mortal que es el eje de la narración de la clásica historieta es el leitmotiv de esta canción. “copos satánicos caen como ayer, copos satánicos flotan hoy también”, dice la canción que, en la era del menemismo y el modelo neoliberal, parece más que una mera referencia literaria e incluye la voz invitada de Pipo Cipolatti como un relator inquietante.
7 – “Ayer” – (Daniel Melingo, Tangos bajos, 1998)
“Del barrio me voy, del barrio me fui, triste melodía que oigo al partir, voy dejando atrás todo el arrabal, en mi recuerdo”, dice la letra de esta canción que abre el álbum en el que Melingo reinventó su carrera como cantor de tangos. Probablemente sin imaginarlo, Melingo compuso uno de los últimos standards del género, con la participación de Fabiana Cantilo. Melingo pela una voz aguardentosa (¿nuestro Tom Waits?) y parece contradecir eso que recitaba Pichuco, Anibal Troilo, en “Nocturno a mi barrio”: “Alguien dijo una vez, que yo me fui de mi barrio, ¿Cuando…? ¿Pero cuando? ¡Si siempre estoy llegando!”.
8 – “Narigón” (Daniel Melingo, Tangos bajos, 1998)
Otro clásico de Tangos bajos. Una milonga intensa que retrata a un personaje cuya prominente nariz representa sólo una parte de su fisonomía. Canción de grandes aspiraciónes y más que guiño cocainómano, funciona como un cruce entre los excesos del tango y del rock. También incluye una versión en clave dub, fiel al caracter trashumante de su autor.
9 – “La canción del linyera” (Daniel Melingo, Linyera, 2014)
Un retrato de ese personaje histórico del paisaje, la literatura y el folclore rioplatense era visto como un filósofo de la ruta. “Linyera soy, corro el mundo y no sé adonde voy”, canta Melingo en esta canción con aires de vaudeville, que inspiró su Ópera linyera, que estrenó en 2022.
10 – “El blues rebétiko de 7 vidas” (Daniel Melingo, Oasis, 2020)
En dupla con Andrés Calamaro, compañero de andanzas en los 80 en Los Abuelos de la Nada, Daniel Melingo firma este insólito reggae, en clave dub y misteriosa, con un título que echa un guiño al ritmo griego que fue una de las últimas obsesiones de un artista de curiosidad omnívora.
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