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¿Puede una mala actuación arruinar una película?
La historia del cine demuestra que sí. Pocas veces un solo personaje tiene el poder de alterar por completo el equilibrio dramático de una obra, pero cuando ocurre el efecto suele ser devastador.
El argentino Mauro Mauad se ha convertido silenciosamente en uno de esos cineastas latinoamericanos que insisten en hacer películas personales en una industria donde levantar un largometraje independiente ya es una victoria. Desde No quiero estar sin ti, pasando por Una llave hacia el pasado y Sin clemencia, ha construido un cine pequeño en escala, pero ambicioso en emociones. Sus películas privilegian los personajes sobre el espectáculo, las conversaciones sobre la acción y las heridas íntimas sobre los grandes conflictos externos.
Un amor inevitable continúa esa búsqueda y, durante buena parte de su recorrido, deja ver que detrás existe otra vez un director interesado en observar a los seres humanos antes que fabricar héroes o villanos.
Nano Blanco, un cantante veterano que ha construido una carrera modesta pero estable, ve cómo su vida cambia cuando la joven Luna aparece embarazada en su puerta y existe la posibilidad de que él sea el padre.
El problema aparece cuando la película necesita que el espectador crea en Luna. Todo el edificio dramático depende de ese personaje. No basta con comprender racionalmente que Nano la ama; necesitamos sentir por qué la ama. Necesitamos descubrir el magnetismo de una mujer capaz de alterar la vida de un hombre que parece haber encontrado cierta estabilidad. Pero la interpretación de Laura Ángel nunca consigue construir esa presencia.
Luna está escrita como un personaje contradictorio. Es una mujer libre, impulsiva, marcada por una historia de violencia, delincuencia y relaciones abusivas. Sobre el papel posee los elementos necesarios para convertirse en una figura compleja. Sin embargo, la actuación reduce todas esas capas a una sucesión de diálogos recitados. En su interpretación no hay misterio, vulnerabilidad, rabia contenida ni contradicciones visibles. Tampoco existe esa mezcla de fuerza y fragilidad que permitiría comprender por qué Nano sigue orbitando alrededor de ella después de tantos años.
Paradójicamente, Cecilia, la representante interpretada por Eliana Diosa, termina apropiándose de la empatía del espectador. En apariencia ella ocupa el lugar del obstáculo. Cecila es una mujer controladora, posesiva, interesada en proteger la carrera de su cliente y quizá enamorada de él. Mientras Luna permanece emocionalmente inaccesible, Cecilia adquiere espesor, humanidad y sentido dramático, pese a que tampoco estamos hablando de una actuación destacada. El espectador deja de preguntarse por qué Nano no está con Cecilia y comienza a preguntarse por qué sigue insistiendo con Luna. Esa no parece ser la película que Mauad quería contar.
Resulta una lástima, porque alrededor de ese problema existe un trabajo autoral sólido. Mauro Mauad vuelve a demostrar sensibilidad detrás de la cámara. La fotografía privilegia la cercanía de los rostros y los espacios cotidianos; el montaje evita el exceso melodramático; la música acompaña la dimensión íntima del relato sin manipular la emoción. Incluso como actor encuentra un tono contenido y creíble para Nano, un hombre que entiende el éxito como algo secundario frente al afecto y cuya relación con la música expresa aquello que las palabras no alcanzan a decir.
Quizá por eso la frustración es mayor. No estamos frente a una película sin ideas. Tampoco frente a un director sin personalidad. Lo que se percibe es una obra cuyo centro dramático nunca logra sostener el peso que el guion le exige.
Un amor inevitable confirma, quizás sin proponérselo, que una sola actuación puede modificar el destino de una película. Mauro Mauad vuelve a demostrar que posee una mirada honesta sobre las relaciones humanas y que su cine sigue apostando por las emociones antes que por el artificio. Precisamente por eso resulta inevitable pensar que esta pudo haber sido una de sus mejores películas.
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Existe una razón por la que las grandes comedias románticas sobreviven al paso del tiempo. No es porque reinventen el amor, sino porque reinventan la manera de contarlo. When Harry Met Sally, Sleepless in Seattle, Forget Paris, Notting Hill o Bridget Jones’s Diary parten de estructuras conocidas, pero encuentran personajes, diálogos y conflictos capaces de hacernos olvidar que ya conocemos el destino de la historia. La sorpresa nunca está en el qué, sino en el cómo. Office Romance parece no haber entendido esa lección.
Sobre el papel, la idea resulta atractiva. Jackie Cruz (Jennifer Lopez) dirige una poderosa aerolínea con una política de tolerancia cero frente a las relaciones sentimentales entre empleados. Todo cambia cuando llega Daniel Blanchflower (Brett Goldstein), el nuevo abogado de la compañía, cuya presencia convierte esa norma en el primer obstáculo para un romance inevitable. El conflicto está servido. El problema es que la película jamás encuentra una sola manera interesante de desarrollarlo.
El primer síntoma aparece apenas los protagonistas se conocen. Entre ellos no existe absolutamente ninguna química. Jennifer Lopez hace exactamente la misma interpretación elegante, inaccesible y controladora que lleva ofreciendo desde hace años en buena parte de sus comedias románticas, mientras Brett Goldstein parece caminar durante toda la película intentando decidir si sigue interpretando a Roy Kent o si realmente quiere convertirse en un galán clásico. Nunca termina de escoger ninguno de los dos caminos. El resultado es una pareja que jamás convence. Y una comedia romántica sin una pareja creíble es como una película de tiburones sin tiburón.
El mayor problema, sin embargo, no son ellos. Es el guion. Goldstein, junto a Joe Kelly, construye una historia que parece escrita siguiendo un manual de lugares comunes. No existe una sola sorpresa narrativa. Cada conflicto aparece exactamente cuando el espectador espera que aparezca y se resuelve exactamente como cualquiera podría anticiparlo veinte minutos antes.
La película intenta compensar esa falta de imaginación recurriendo constantemente a un humor adulto basado en palabrotas, chistes sexuales y situaciones deliberadamente incómodas, confundiendo irreverencia con comicidad. Hablar constantemente de masturbación, erecciones, penes o utilizar insultos cada pocos minutos no convierte automáticamente una escena en divertida. Solo evidencia la desesperación del libreto por provocar una risa que nunca llega. Y cuando no apuesta por el humor, apuesta por el humor grotesco.
Hay una secuencia de un parto mostrada con un nivel de detalle completamente fuera de tono para el tipo de película que pretende ser. No resulta transgresora ni especialmente audaz. Solo genera la incómoda sensación de estar viendo dos películas distintas chocando entre sí. Algo parecido ocurre con Lizzy, el extravagante personaje interpretado por Jodie Whittaker (la hermana de Daniel que se encuentra en prisión), cuya aparición parece pertenecer a otra historia completamente diferente. Lo más frustrante es comprobar la enorme cantidad de talento desperdiciado.
Jennifer Lopez ha demostrado en películas como Out of Sight, Hustlers, El cantante o Selena que posee mucho más registro del que normalmente le permiten explotar estas producciones. Brett Goldstein es uno de los grandes descubrimientos recientes de la televisión gracias a Ted Lasso y Shrinking, y Betty Gilpin (Glow, Nurse Jackie) lleva años confirmándose como una de las actrices más inteligentes de su generación y aquí, curiosamente, termina robándose cada escena en la que aparece gracias a un sarcasmo que la película nunca desarrolla del todo. Edward James Olmos y Bradley Whitford apenas sobreviven convertidos en funciones narrativas, mientras que Tony Hale de Arrested Development entra y sale del relato como si hubiera aterrizado desde otra comedia, al igual que los respetados Tony Plana y Roger Bart.
Ol Parker tampoco consigue aportar personalidad detrás de la cámara. Ya había demostrado en la divertida Ticket to Paradise cierta tendencia a convertir paisajes paradisíacos en escenarios románticos, pero aquí la cosa no funciona. La República Dominicana luce hermosa. Jennifer Lopez luce impecable. Los aviones privados, las oficinas de lujo y los hoteles cinco estrellas parecen salidos de un catálogo turístico. Pero todo eso resulta completamente irrelevante cuando los personajes nunca parecen personas reales.
Quizá el mayor pecado de Office Romance sea precisamente ese: la indiferencia. Ni emociona, ni divierte, ni escandaliza. Simplemente transcurre. Incluso cuando intenta introducir conflictos corporativos, secretos familiares o dilemas laborales, todo termina reducido a una sucesión de escenas intercambiables que podrían pertenecer a cualquier otra comedia romántica producida por Netflix durante los últimos cinco años.
Existe además una paradoja bastante reveladora. La película insiste una y otra vez en que una relación sentimental dentro de una empresa representa un enorme riesgo profesional, pero jamás consigue que el espectador crea que la carrera de ninguno de los personajes corre verdadero peligro. El conflicto principal nunca tiene peso dramático y, por tanto, tampoco tiene consecuencias emocionales. Las buenas comedias románticas hacen que deseemos desesperadamente que dos personas terminen juntas.
Office Romance consigue exactamente lo contrario: uno termina deseando que ambos vuelvan cuanto antes a sus respectivas oficinas… y que la película también lo haga. Porque el mayor romance aquí no es entre Jackie y Daniel. Es entre Netflix y la peligrosa idea de que cualquier algoritmo puede fabricar una historia de amor.
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Antes de Steven Spielberg, los tiburones ya aparecían en documentales, relatos de aventuras y producciones donde funcionaban como un peligro más dentro de océanos llenos de amenazas. Después de él, dejaron de ser simples animales y se convirtieron en un género.
La película de Spielberg estableció en 1975 una gramática que el cine nunca ha abandonado: Una superficie aparentemente tranquila, una presencia invisible desplazándose bajo el agua, un grupo de personas que se niega a reconocer el peligro y una comunidad obligada a enfrentarse con aquello que no puede controlar. También consolidó una imagen del tiburón como asesino metódico que trascendió la ficción y contribuyó a una percepción pública profundamente negativa de estos animales. Con el tiempo, el propio Peter Benchley, autor de la novela original, dedicó parte de su vida a la conservación marina.
La paradoja resulta especialmente pertinente cada 14 de julio, fecha en la que se celebra el Día Mundial o Día de Concienciación sobre los Tiburones. La jornada busca combatir esos mitos, recordar la función esencial que cumplen los tiburones dentro de los ecosistemas marinos y llamar la atención sobre las amenazas derivadas de la pesca dirigida, la captura incidental y el comercio internacional.
Esta lista no pretende medir el rigor científico de las películas. Si lo hiciera, buena parte de ellas terminaría flotando boca arriba. Reúne, en cambio, diez obras que han dejado una marca dentro del cine de tiburones, algunas por su capacidad para producir terror; otras por transformar la supervivencia en una experiencia física; unas cuantas por abrazar sin pudor el absurdo, y una porque cambió para siempre la historia del cine.
10. Sharknado (2013)
Director: Anthony C. Ferrante
Hay películas sobre tiburones y luego está Sharknado, una criatura mutante nacida de la televisión por cable, el cine de catástrofes, los efectos digitales baratos y una premisa que parece concebida durante una apuesta: ¿Es posible mezclar Twister con Jaws? La respuesta es sí, mediante un huracán que absorbe tiburones del océano y comienza a arrojarlos sobre Los Ángeles.
Ian Ziering de Beverly Hills, 90210 interpreta a Fin Shepard, un antiguo surfista que atraviesa una ciudad inundada para proteger a su familia, mientras los escualos aparecen en autopistas, casas, piscinas y, por supuesto, dentro de tornados. Tara Reid de American Pie encarna a April, su exesposa, y la cantante Cassie Scerbo es Nova, una camarera con una historia personal marcada por los tiburones.
La película de Anthony C. Ferrante no posee tensión, verosimilitud ni efectos especiales convincentes, pero entiende perfectamente la naturaleza del espectáculo contemporáneo. Su ridiculez se convirtió en un fenómeno viral y la conversación en redes sociales terminó siendo más importante que sus niveles iniciales de audiencia. El resultado produjo cinco secuelas, innumerables cameos y una marca cultural que transformó la incompetencia deliberada en una estética.
Sharknado entra en este listado sencillamente porque representa el momento en que el cine de tiburones dejó de temer al fondo del océano y decidió saltar directamente sobre el espectador con una motosierra en la mano. Recomendamos verla en dupla con Piraña 2: Pirañas voladoras, dirigida nada menos que por James Cameron.
9. The Meg (2018)
Director: Jon Turteltaub
Si un tiburón blanco ya no parecía suficiente para sostener una superproducción, Hollywood encontró una solución sencilla: resucitar un megalodón de veintitrés metros y poner a Jason Statham a combatirlo.
Basada libremente en la novela de Steve Alten, The Meg sigue a Jonas Taylor (Jason Statham), un buzo de rescate atormentado por una antigua misión submarina. Cuando una expedición queda atrapada en el fondo del Pacífico, Taylor descubre que la criatura que arruinó su carrera no era una alucinación, sino un depredador prehistórico que ha permanecido oculto bajo una barrera térmica. Li Bingbing interpreta a Suyin Zhang, oceanógrafa y madre que se convierte en su compañera de aventura, mientras Rainn Wilson aporta el inevitable empresario convencido de que toda catástrofe puede convertirse en contenido.
Jon Turteltaub dirige la película como una combinación de ciencia ficción marina, comedia de acción y espectáculo internacional diseñado para no inquietar demasiado a nadie. El resultado carece del terror visceral de las mejores películas del género, pero compensa esa ausencia con escala, humor y una comprensión elemental del placer cinematográfico: ver a Statham enfrentarse a un monstruo imposible.
Con más de 500 millones de dólares recaudados mundialmente y una secuela a cuestas, The Meg demostró que el tiburón seguía siendo una propiedad comercial formidable, siempre que se le alimentara con presupuesto, nostalgia jurásica y músculos británicos. Tuvo una secuela igual de irregular.
8. Shark! (1969)
Director: Samuel Fuller
Antes de que Spielberg estableciera las reglas del género, Samuel Fuller, el gran director de cintas serie B, filmó una aventura áspera sobre delincuentes, cazadores de tesoros y tiburones en las aguas del mar Rojo. Burt Reynolds interpreta a Caine, un traficante de armas que pierde su cargamento cerca de un puerto sudanés y acepta participar en la búsqueda de un tesoro hundido. El problema no reside únicamente en las aguas infestadas de tiburones, sino en que todos los integrantes de la expedición están dispuestos a traicionar a los demás.
Basada en la novela His Bones Are Coral de Victor Canning, la película reúne a Reynolds con Silvia Pinal, quien interpreta a Anna, una mujer tan seductora como peligrosa, y Arthur Kennedy como un científico cuya aparente respetabilidad encubre intereses menos nobles. Fuller concebía la historia como un enfrentamiento entre personajes amorales donde la verdadera amenaza no siempre estaba debajo del agua.
La producción fue accidentada y Fuller terminó distanciándose del montaje final. Aun así, sobreviven su gusto por los ambientes hostiles, los personajes endurecidos y una violencia sin romanticismo. La cinta fue reestrenada en 1975 bajo el título Man-Eater para aprovechar el éxito de Jaws, una maniobra que confirma hasta qué punto la película de Spielberg modificó incluso la identidad comercial de sus predecesoras.
7. Jaws 2 (1978)
Director: Jeannot Szwarc
Ninguna continuación podía igualar la precisión de Jaws, pero su secuela inmediata (hay tres secuelas directas cada una peor que la anterior), comprendió que el jefe Martin Brody era tan importante como el tiburón. Roy Scheider regresa a Amity Island convertido en un hombre traumatizado, incapaz de convencer a las autoridades de que otro escualo ha comenzado a atacar las costas. Para los habitantes del pueblo, Brody es un paranoico. Para el espectador, es Casandra con placa de policía.
La película recupera a Lorraine Gary como Ellen Brody y a Murray Hamilton como el alcalde Larry Vaughn, todavía dispuesto a sacrificar la evidencia en nombre del turismo. Cuando un grupo de adolescentes (entre ellos los hijos de Brody) queda aislado en el mar, la historia abandona gradualmente el misterio y se convierte en una película de rescate.
El fallecido Jeannot Szwarc asumió la dirección después de una producción conflictiva y optó por mostrar más al tiburón, una decisión inevitable pero menos eficaz que las restricciones mecánicas que habían favorecido a Spielberg. A pesar de repetir numerosos elementos de la original, Jaws 2 conserva tensión, un excelente trabajo de Scheider y una partitura de John Williams que vuelve a convertir el océano en una extensión del miedo. No fue una secuela necesaria, pero sí una continuación digna: la mejor de una franquicia que después demostraría que siempre se puede nadar hacia aguas más turbias.
6. Deep Blue Sea (1999)
Director: Renny Harlin
En una instalación submarina, un grupo de científicos modifica genéticamente tiburones mako para aumentar su masa cerebral y extraer una proteína capaz de combatir el alzhéimer. Como suele ocurrir cuando la ciencia cinematográfica decide jugar a ser Dios, los animales se vuelven más grandes, más veloces, más inteligentes y mucho menos dispuestos a permanecer en sus tanques.
Saffron Burrows interpreta a la doctora Susan McAlester, responsable de los experimentos; Thomas Jane es Carter Blake, especialista en el manejo de tiburones; Samuel L. Jackson encarna al ejecutivo Russell Franklin; y LL Cool J se roba buena parte de la película como Preacher, un cocinero religioso cuya relación con su loro produce algunas de las escenas más divertidas.
Harlin transforma el complejo Aquatica en una casa embrujada bajo el mar. A medida que las instalaciones se inundan, los pasillos se convierten en canales de caza y los tiburones utilizan su inteligencia para manipular a los humanos. La película combina ciencia ficción, desastre, terror y humor con una energía orgullosamente excesiva.
Su importancia dentro del subgénero reside en haber recuperado el espectáculo de estudio para una criatura que llevaba años relegada a imitaciones baratas de Jaws. Además, contiene una de las muertes más sorpresivas del cine de los noventa, ejecutada con un sentido del ritmo tan brutal como cómico.
5. 47 Meters Down (2017)
Director: Johannes Roberts
Lisa y Kate son dos hermanas de vacaciones en México. La primera intenta superar una ruptura; la segunda quiere convencerla de abandonar la prudencia. La oportunidad aparece cuando dos jóvenes las invitan a descender dentro de una jaula para observar tiburones blancos. El cable se rompe, la jaula cae hasta el fondo del océano y ambas quedan atrapadas a 47 metros de profundidad, con poco oxígeno, mala comunicación con la superficie y varios tiburones alrededor.
Johannes Roberts convierte una jaula de metal en un espacio de terror claustrofóbico. El océano exterior es inmenso, pero la oscuridad reduce el mundo a unos cuantos metros iluminados por linternas. Mandy Moore y Claire Holt sostienen la película desde la respiración, el pánico y el deterioro progresivo de su capacidad para tomar decisiones.
La amenaza no proviene únicamente de los tiburones. También están la falta de oxígeno, la narcosis por nitrógeno, la presión y el riesgo de ascender demasiado rápido. Roberts comprende que cada posible solución debe abrir un nuevo peligro.
La película no posee el realismo de The Reef ni la pureza dramática de Open Water, pero utiliza con enorme eficacia la geografía vertical. Aquí, la superficie no está lejos: está arriba, visible e inalcanzable, como una promesa cruel. Tuvo una secuela digna pero inferior a esta.
4. The Reef (2010)
Director: Andrew Traucki
Un grupo de amigos viaja en velero hacia Indonesia, pero la embarcación golpea un arrecife y queda volcada en medio del océano. Con el casco hundiéndose y la corriente alejándolos de tierra firme, deben elegir entre permanecer sobre los restos del barco o intentar nadar hasta una isla situada a varios kilómetros. Uno de ellos sabe que esas aguas pueden estar infestadas de tiburones. Los demás descubren muy pronto que tiene razón.
Andrew Traucki construye The Reef a partir de una premisa mínima y una crueldad elemental: en el mar abierto no existe un lugar donde esconderse. Luke, interpretado por Damian Walshe-Howling, intenta guiar a Kate, Suzie y Matt hacia tierra mientras un gran tiburón blanco comienza a seguirlos. La historia se inspiró en el caso de Ray Boundy, único sobreviviente de un incidente ocurrido en aguas australianas en 1983.
La gran diferencia respecto a muchas películas del género es el uso de imágenes de tiburones reales, integradas cuidadosamente con los actores. Traucki evita convertir al animal en una máquina sobrenatural: aparece, desaparece, observa y espera. Esa conducta vuelve mucho más perturbadora su presencia.
The Reef demuestra que el terror no necesita laboratorios secretos ni depredadores gigantescos. Basta un horizonte vacío, varios cuerpos agotados y una sombra moviéndose bajo el agua.
3. The Shallows (2016)
Director: Jaume Collet-Serra
Nancy Adams, una estudiante de medicina que atraviesa el duelo por la muerte de su madre, viaja a una playa mexicana donde ella había surfeado durante su embarazo. La búsqueda de conexión emocional se transforma en una lucha física cuando un tiburón blanco la ataca y la obliga a refugiarse sobre una pequeña formación rocosa situada a menos de doscientos metros de la costa.
Blake Lively sostiene prácticamente sola la película. Herida, aislada y con la marea subiendo, Nancy debe utilizar sus conocimientos médicos, estudiar el comportamiento del animal y convertir los pocos objetos a su alcance en herramientas de supervivencia. Su principal compañero es una gaviota herida, bautizada cariñosamente por el público como Steven Seagull, que aporta sensibilidad sin romper la tensión.
El español Jaume Collet-Serra convierte la playa paradisíaca en una prisión de colores luminosos. El contraste es fundamental: no hay oscuridad, tormenta ni niebla que esconda la amenaza. Todo ocurre a plena luz, ante una costa suficientemente cercana para alimentar la esperanza.
Aunque su acto final abandona parte del realismo construido anteriormente, The Shallows revitalizó el cine de tiburones mediante una protagonista inteligente, un espacio narrativo reducido y una dirección que entiende la supervivencia como una sucesión de problemas concretos.
2. Open Water (2003)
Director: Chris Kentis
Susan y Daniel (Blanchard Ryan y Daniel Travis) son una pareja cuya relación comienza a erosionarse bajo el peso del trabajo, la rutina y una comunicación cada vez más difícil. Durante unas vacaciones deciden participar en una excursión de buceo. Un error en el conteo hace que la embarcación regrese a tierra sin ellos. Cuando emergen, solo encuentran agua en todas las direcciones.
Chris Kentis parte de una situación inspirada libremente en la desaparición de los buzos Tom y Eileen Lonergan, ocurrida en Australia en 1998. Filmada con un presupuesto reducido y protagonizada por Blanchard Ryan y Daniel Travis, Open Water reemplaza el espectáculo por una forma casi documental de ansiedad.
Los tiburones que rodean a los actores son reales. No atacan como monstruos programados para generar sobresaltos, sino como animales curiosos que se acercan, se alejan y vuelven a aparecer. La incertidumbre resulta más aterradora que cualquier mandíbula digital.
La película observa cómo la desesperación despoja a la pareja de sus resentimientos cotidianos. Primero discuten, luego se culpan, después se consuelan y finalmente comprenden la dimensión absoluta de su abandono.
Open Water ocupa este lugar porque reduce el cine de tiburones a su miedo más elemental: descubrir que el océano es demasiado grande, nosotros demasiado pequeños y nadie sabe que seguimos allí.
1. Jaws (1975)
Director: Steven Spielberg
Una joven es atacada mientras nada de noche frente a Amity Island. El jefe de policía Martin Brody quiere cerrar las playas, pero el alcalde Larry Vaughn se niega a poner en peligro la temporada turística. Cuando las muertes continúan, Brody se une al oceanógrafo Matt Hooper y al cazador Quint para perseguir al tiburón blanco responsable.
La premisa parece sencilla. La ejecución cambió la historia del cine. Steven Spielberg convirtió la novela de Peter Benchley en una obra sobre el miedo, la política, la masculinidad y la necesidad humana de creer que todo peligro puede administrarse. Roy Scheider dota a Brody de una vulnerabilidad extraordinaria: es un policía que teme al agua y debe internarse en ella para proteger a su familia. Richard Dreyfuss transforma a Hooper en la voz de la ciencia, mientras Robert Shaw crea en Quint a uno de los grandes personajes del cine estadounidense, marcado por el recuerdo del hundimiento del USS Indianapolis.
Las constantes averías del tiburón mecánico obligaron a Spielberg a mantenerlo fuera de cuadro durante buena parte de la película. Esa limitación produjo una de las decisiones más fecundas del suspenso moderno: el animal se anuncia mediante la cámara subjetiva, los barriles amarillos y las dos notas de John Williams antes de adquirir una presencia física.
Además de convertirse en un fenómeno mundial, Jaws ayudó a establecer el modelo contemporáneo del blockbuster veraniego mediante una campaña televisiva masiva y un estreno amplio cuidadosamente coordinado. Sin embargo, su grandeza no depende de la taquilla ni de su influencia industrial. Jaws sigue ocupando el primer lugar porque continúa funcionando como aventura, drama humano, sátira política y película de terror. El tiburón puede haber dado origen al género, pero Spielberg entendió algo que casi todos sus imitadores olvidarían: Para temer a una criatura primero debemos preocuparnos por las personas que se encuentran en el agua.
Mención especial: Shark Whisperer (2025)
Directores: J. P. Stiles y Harrison Macks
Mientras buena parte del cine ha convertido al tiburón en un monstruo, Shark Whisperer propone exactamente lo contrario: comprenderlo. El documental sigue a la conservacionista y activista marina Ocean Ramsey, conocida por sus inmersiones sin jaula junto a grandes tiburones blancos, tigre y otras especies, con el propósito de desmontar décadas de miedo y desinformación.
Lejos de presentar a los tiburones como máquinas de matar, la película explora su comportamiento, su papel fundamental dentro de los ecosistemas marinos y las amenazas que enfrentan por la sobrepesca, el comercio de aletas y la degradación de los océanos. Al mismo tiempo, también aborda el intenso debate que rodea los métodos de Ramsey, admirados por unos y cuestionados por otros especialistas por el riesgo de humanizar a animales salvajes.
Más que un documental sobre encuentros espectaculares bajo el agua, Shark Whisperer invita a replantear la relación entre el ser humano y uno de los depredadores más incomprendidos del planeta. Es el complemento perfecto para este listado porque recuerda que, detrás del gran villano que el cine nos ha enseñado a temer durante medio siglo, existe una especie cuya supervivencia depende, paradójicamente, de que aprendamos a conocerla y protegerla.
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No todas las transformaciones comienzan con una celebración. Algunas nacen en medio de la duda.
Antes de convertirse en el título de su primer EP, METANOIA estuvo cerca de convertirse en el nuevo nombre de ALMAS. Fue una posibilidad que surgió cuando el girl group mexicano atravesaba un momento oscuro,pues habían ciertas dificultades dentro del proyecto las hicieron cuestionar si valía la pena, o no, seguir adelante. Hoy, ese mismo nombre representa el capítulo con el que Alegría, Dae, Dany y Steph inauguran una nueva etapa, y no hay mejor manera de hacerlo que con un EP que lleva el nombre que alguna vez pudo cambiar sus vidas, pero que hoy las presenta ante el público y sus fans, fuerte y claro.
“En nuestro peor momento, cuando ya no creíamos que esto iba a ser posible y estábamos un poquito desanimadas, surgió ese nombre”, recuerda Steph. “Tiene un significado muy bonito: transformación de la mente. Por eso quisimos que nuestro primer EP llevara ese nombre tan importante”.
El significado no pudo resultar más apropiado. METANOIA no solo marca el debut discográfico del cuarteto, sino que también resume el camino que las llevó hasta aquí.
Para quienes apenas comienzan a descubrirlas, la respuesta de Alegría sobre qué es ALMAS resulta tan breve como contundente: “Música de calidad”. Detrás de esa frase hay años de preparación, una pasión compartida por el pop y un sueño que, aseguran, comenzó desde la infancia.
“Desde muy pequeñas soñábamos con esto. Siempre decíamos: ‘Queremos ser pop stars‘. Crecimos rodeadas de música y admirando a muchas artistas, pero siempre quisimos construir nuestro propio mensaje”, explica Steph.
Aunque hoy proyectan una identidad sólida, la química del grupo comenzó mucho antes del lanzamiento oficial. Dany recuerda que incluso durante la etapa de predebut, cuando todavía no existían certezas sobre el futuro del proyecto, las cuatro compartían la misma convicción. “Siempre nos vimos como un grupo. Nadie nos aseguraba que esto fuera a dar frutos, pero nos aferramos al proyecto y gracias a eso hoy estamos aquí”, comparte.

Esa complicidad, unión y crecimiento que las chicas han construido con el paso del tiempo se hace evidente cuando les pregunto por METANOIA. Aunque el álbum puede entenderse como una narrativa completa, cada canción tiene identidad propia y acompaña distintos momentos, dependiendo de quien la escuche. “Cada canción tiene su personalidad y su momento específico. Si un día te sientes coqueta, fiestera o vulnerable, en METANOIA hay una canción para ese mood“, explica Dae. Steph añade que, si bien el orden de reproducción no es indispensable, todas las canciones terminan dialogando entre sí de forma natural.
Uno de los mejores ejemplos es Crush, una canción que retrata esa etapa en la que una persona invade todos los pensamientos. “Cuando llegamos al estudio siempre hablamos de cómo nos sentimos y de lo que nos ha pasado. Crush viene de una experiencia que todas hemos vivido, pero quisimos darle un toque más retorcido inspirándonos incluso en Yandere Simulator (un videojuego)”, cuenta Steph entre risas.
En contraste, ‘Dumb Boy’ baja el telón del EP con una energía mucho más ligera. Lo que comienza con una frase tan popular como “Ojo de loca nunca se equivoca” termina convirtiéndose en una historia de sororidad, donde las mujeres deciden apoyarse entre ellas en lugar de competir. “Queríamos terminar el EP con algo divertido, pero que también transmitiera nuestro mensaje de apoyo entre mujeres”, explica Steph. La participación de NXNNI en la canción no hace más que complementar con la visión artística de ALMAS. Según comentan las chicas, esta colaboración surgió de forma completamente natural tras conectar con la artista regiomontana durante una sesión de trabajo.
Desde sus primeros lanzamientos, ALMAS ha convivido con las inevitables comparaciones con el K-pop. Ellas no rehúyen esa influencia; por el contrario, reconocen que las coreografías, la disciplina y la construcción de conceptos fueron parte de las referencias que las unieron como grupo. Sin embargo, insisten en que su objetivo nunca ha sido replicar una fórmula.

“Nos gusta tomar elementos como el baile, la narrativa o los conceptos, pero adaptarlos a nuestra identidad. No es solo un sonido; es todo el trabajo que hay detrás”, explica Steph al hablar del L-Pop, un término con el que buscan nombrar una propuesta que conserve la esencia latina mientras incorpora una visión más integral del pop contemporáneo.
La conversación inevitablemente llega a una pregunta que ellas mismas se hicieron hace algunos años: ¿estaba Latinoamérica preparada para un proyecto como ALMAS?
“Sinceramente, cuando empezamos no. Sentíamos que todavía costaba entender lo que estábamos haciendo”, admite Dany. Sin embargo, observa con entusiasmo cómo han comenzado a surgir nuevos grupos en distintos países de la región. “Ahora ya no se juzga tanto. Me emociona saber que hay grupos en Chile, Argentina o Perú. Es bonito que Latinoamérica empiece a construir algo así”.
Ese mismo espíritu es el que quieren transmitir a quienes hoy comienzan a seguirlas. Más allá de las canciones o las coreografías, esperan que su historia sirva como recordatorio de que los sueños también pueden construirse desde una ciudad pequeña del norte de México.
“Queremos que la gente se identifique con nosotras. Somos cuatro chicas que siguen aprendiendo a vivir y a cumplir sus sueños. Si nosotras lo logramos, ellos también pueden hacerlo”.
Antes de despedirse, les propongo imaginar METANOIA como una película. ¿Cuál sería el último plano antes de que aparezcan los créditos?
Dany sonríe antes de responder. “Sería una imagen de las cuatro juntas que dejara claro que esto apenas comienza. Que el público se quede con ganas de más”.
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Pocas especies han mantenido una relación tan estrecha con el ser humano como los chimpancés. Compartimos cerca del 98 % de nuestro ADN con ellos, pero el cine ha demostrado que la verdadera cercanía no se mide en genética, sino en la capacidad de reconocernos en sus gestos, sus miradas y sus contradicciones.
Durante décadas, Hollywood los presentó como animales cómicos, traviesos o simples compañeros de aventuras. Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzaron a ocupar un lugar mucho más complejo dentro del lenguaje cinematográfico. Se transformaron en víctimas de la experimentación científica, en metáforas del colonialismo, en cuestionamientos éticos sobre el trato hacia los animales e incluso en espejos donde el ser humano contempla sus propios impulsos de violencia, ternura o dominación.
Esta lista no reúne únicamente películas cuyo protagonista es un chimpancé. También incluye obras donde su presencia resulta decisiva desde el punto de vista simbólico, narrativo o cinematográfico. Algunas pertenecen al cine de autor europeo; otras al blockbuster contemporáneo; otras recuperan la tradición familiar de Disney o exploran la ciencia ficción más ambiciosa. Pero todas, sin excepción, utilizan al chimpancé para decir algo sobre nosotros mismos.
10. Primate (2026)
Director: Johannes Roberts
El cine de terror ha convertido prácticamente cualquier especie animal en una amenaza, desde tiburones y cocodrilos hasta ratas, abejas o conejos. Primate traslada esa tradición al chimpancé y lo hace recuperando el espíritu del terror naturalista inaugurado por The Birds de Alfred Hitchcock y consolidado por Jaws de Steven Spielberg. Aquí, Ben, un chimpancé criado en cautiverio por una reconocida primatóloga, se transforma en una máquina de matar después de contraer la rabia tras el ataque de una mangosta. Johannes Roberts, director de 47 Meters Down, construye un thriller eficaz donde el aislamiento de una casa familiar y la irrupción de un grupo de adolescentes sirven como escenario para una sucesión de ataques tan violentos como espectaculares.
Más allá de su historia brutalmente sencilla, la película encuentra buena parte de su fuerza en el impresionante trabajo físico del especialista en captura de movimiento Miguel Torres Umba, que dota al chimpancé de una presencia inquietante y creíble. Aunque apenas insinúa reflexiones sobre la domesticación o la relación entre humanos y animales, Primate merece un lugar en este listado por ser una de las escasas ocasiones en que un chimpancé ocupa el centro absoluto de una película de terror.
9. Bedtime for Bonzo (1951)
Director: Frederick de Cordova
Mucho antes de que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca, protagonizó una de las comedias más insólitas de la década de los cincuenta. En Bedtime for Bonzo, interpreta a un profesor universitario decidido a demostrar que el entorno pesa más que la herencia genética en la formación del comportamiento humano. Para probar su teoría decide criar a un chimpancé llamado Bonzo como si fuera un niño. Lo que comienza como una sátira académica termina convirtiéndose en una divertida comedia de enredos donde Bonzo demuestra mucha más inteligencia que buena parte de los humanos que lo rodean.
Vista hoy, la película refleja la visión paternalista con la que Hollywood representaba a los primates durante aquella época. Sin embargo, también constituye un documento fascinante sobre el debate científico de mediados del siglo XX en torno a la naturaleza y la educación. Más allá de su valor histórico (acrecentado por la posterior carrera política de Reagan), Bedtime for Bonzo sigue siendo una pieza fundamental para entender cómo el chimpancé pasó de simple mascota cinematográfica a protagonista con identidad propia.
8. Ciao Mashio (Bye Bye Monkey) (1978)
Director: Marco Ferreri
Dentro de la filmografía del director de La gran comilona, esta cinta ocupa un lugar tan desconcertante como fascinante. Ambientada en una versión surreal y decadente de Nueva York, la historia sigue al escultor Luigi (Marcello Mastroianni) y a Lafayette (Gérard Depardieu), un electricista francés quienes encuentran un chimpancé bebé abandonado dentro de una gigantesca maqueta de King Kong y el electricista decide criarlo como si fuera su propio hijo.
A partir de esa premisa, Ferreri construye una película que desafía cualquier clasificación. En esta cinta conviven la sátira política, el absurdo, la crítica social y el humor negro en una ciudad poblada por personajes extravagantes, museos de cera, feministas y una constante sensación de distopía y decadencia. El pequeño chimpancé se convierte en el centro emocional del relato y en el único vínculo de ternura dentro de un universo profundamente hostil. Lejos de utilizar al animal como un simple recurso cómico, Ferreri lo transforma en el eje de una fábula extraña e incómoda sobre la soledad, la fragilidad de los afectos y el colapso moral de la sociedad contemporánea. Es una de las aproximaciones más originales que el cine europeo ha hecho a la figura del chimpancé.
7. Project X (1987)
Director: Jonathan Kaplan
Mucho antes de que el debate sobre la experimentación animal ocupara un lugar central en la conversación pública, Project X convirtió ese conflicto en el corazón de un thriller profundamente humanista. Matthew Broderick interpreta a Jimmy Garrett, un joven recluta de la Fuerza Aérea estadounidense asignado a un programa secreto donde chimpancés son utilizados para estudiar los efectos de la radiación durante posibles escenarios de guerra nuclear.
Entre todos ellos destaca Virgil, un chimpancé extraordinariamente inteligente con quien Jimmy establece un vínculo afectivo que termina transformando por completo su manera de entender el proyecto. Lo que comienza como una investigación científica deriva en un dilema moral sobre el valor de la vida animal, la obediencia institucional y los límites de la investigación militar. Jonathan Kaplan evita convertir la película en un melodrama fácil. La tensión surge precisamente porque el espectador comprende que Virgil no es un simple sujeto experimental, sino un individuo capaz de aprender, confiar, jugar y sufrir. Esa mirada resulta todavía más poderosa gracias al trabajo del entrenador Karl Miller y al impresionante desempeño del chimpancé que interpreta a Virgil.
Aunque pasó relativamente desapercibida en su estreno, Project X ha sido reivindicada con el paso de los años como una de las películas más importantes sobre los derechos de los primates y una obra adelantada a muchos debates éticos que siguen plenamente vigentes.
6. The Misadventures of Merlin Jones (1964)
Director: Robert Stevenson
A comienzos de los sesenta, los estudios Disney produjeron una serie de comedias familiares protagonizadas por jóvenes inventores, profesores despistados y animales extraordinariamente inteligentes. The Misadventures of Merlin Jones es una de las mejores representantes de esa etapa. Tommy Kirk interpreta a Merlin, un brillante estudiante que desarrolla inventos tan ingeniosos como problemáticos, entre ellos un dispositivo capaz de traducir el lenguaje de los chimpancés.
Lo que comienza como un experimento universitario pronto deriva en una cadena de malentendidos, persecuciones y situaciones absurdas donde los primates dejan de ser simples mascotas para convertirse en participantes activos de la historia. El humor físico, el optimismo científico y la curiosidad juvenil convierten la película en una encantadora cápsula del cine familiar de los años sesenta. The Misadventures of Merlin Jones resulta reveladora porque refleja una época en la que Hollywood imaginaba a los chimpancés como compañeros de aventuras antes que como sujetos de reflexión ética o científica. Su mezcla de comedia, ciencia ficción ligera y espíritu Disney la convierte en una pieza fundamental para entender la evolución de estos animales dentro de la historia del cine. Tuvo una secuela igual de divertida llamada The Monkey’s Uncle.
5. The 5th Monkey (1990)
Director: Éric Rochat
Más que una película de aventuras, The 5th Monkey utiliza el viaje como una reflexión sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. Ben Kingsley interpreta a Cunda, un humilde cazador de serpientes que, tras sobrevivir a la mordedura de una víbora en la selva amazónica, encuentra cuatro chimpancés (animales ajenos a ese ecosistema) y los interpreta como una señal del destino. Convencido de que representan una oportunidad para cambiar su vida, emprende un recorrido lleno de traficantes, mercenarios y buscadores de oro que pondrá a prueba sus convicciones.
Dirigida por el cineasta suizo Éric Rochat y basada en la novela Le Cinquième Singe de Jacques Zibi, la película convierte a los chimpancés en el eje moral de la historia. Más que simples acompañantes, funcionan como un recordatorio de la fragilidad de la naturaleza frente a la ambición humana. Poco conocida fuera del circuito cinéfilo, sigue siendo una curiosidad valiosa por su aproximación filosófica y por ofrecer una mirada distinta a la habitual representación de los primates en el cine.
4. NOPE (2022)
Director: Jordan Peele
El chimpancé Gordy apenas aparece durante unos minutos. Sin embargo, basta esa secuencia para convertirlo en uno de los personajes más perturbadores del cine reciente. El director de Get Out! utiliza el estallido de violencia protagonizado por Gordy durante la grabación de una comedia televisiva para hablar de algo mucho más profundo: la arrogancia humana frente a los animales salvajes y la industria del entretenimiento. El problema nunca fue el chimpancé, fue creer que podía domesticarse un instinto que jamás dejó de existir.
La escena funciona además como un espejo de la historia principal de la película. Tanto Gordy como la criatura del cielo representan fuerzas de la naturaleza que el ser humano insiste en convertir en espectáculo hasta que ese espectáculo termina devorándolo. En apenas unos minutos, Peele construye una de las representaciones más inteligentes, violentas y devastadoras de un chimpancé en la historia del cine. No porque Gordy sea el protagonista, sino porque simboliza el fracaso absoluto de nuestra ilusión de control.
3. Max mon amour (1986)
Director: Nagisa Ōshima
Pocas películas han sido tan desconcertantes y controversiales como esta. Después de revolucionar el cine con El imperio de los sentidos, Nagisa Ōshima volvió a desafiar todas las convenciones con una historia que, sobre el papel, parece una provocación: una mujer de la alta sociedad mantiene una relación amorosa con un chimpancé.
Sin embargo, reducir la película a esa premisa sería ignorar su verdadera naturaleza. El chimpancé Max nunca funciona como un simple elemento extravagante ni como una broma surrealista. Ōshima lo convierte en el centro de una reflexión sobre el deseo, la monogamia, la burguesía y las reglas invisibles que gobiernan las relaciones humanas. Charlotte Rampling ofrece una de las interpretaciones más fascinantes de su carrera, defendiendo con absoluta seriedad un personaje que jamás intenta justificar racionalmente aquello que siente. Su marido, interpretado por Anthony Higgins, tampoco responde con violencia ni histeria; intenta comprender lo incomprensible, convirtiendo el absurdo en un ejercicio filosófico.
2. Better Man (2024)
Director: Michael Gracey
La decisión de representar a Robbie Williams como un chimpancé generado por computadora parecía, en un principio, un simple golpe publicitario. Terminó convirtiéndose en una de las ideas más brillantes del cine biográfico reciente. Michael Gracey comprendió que el verdadero conflicto del cantante británico nunca fue únicamente la fama. Fue la sensación permanente de sentirse diferente, observado, juzgado y reducido a un espectáculo. Convertirlo en un chimpancé no pretendía ridiculizarlo, sino materializar visualmente la imagen que él mismo confesó tener de sí: la de alguien que nunca terminó de sentirse plenamente humano dentro de la maquinaria del entretenimiento.
Gracias a la captura de movimiento realizada por Jonno Davies y al extraordinario trabajo de efectos visuales de Wētā FX, el personaje posee una expresividad sorprendente. El espectador deja de ver un chimpancé y comienza a percibir cada matiz emocional del artista. La película utiliza esa metáfora para explorar la ansiedad, la adicción, el síndrome del impostor y el precio psicológico de la celebridad. Paradójicamente, cuanto menos humano parece Robbie Williams en pantalla, más profundamente humana resulta su historia. Pocas veces un chimpancé ha servido para expresar con tanta precisión las fracturas interiores de una persona real.
1. La trilogía de Caesar:
Rise of the Planet of the Apes (2011)
Dawn of the Planet of the Apes (2014)
War for the Planet of the Apes (2017)
Directores: Rupert Wyatt (Rise); Matt Reeves (Dawn y War).
Si existe una saga que transformó para siempre la representación de los primates en el cine, esa es la de Planet of the Apes. Y si hablamos específicamente sobre chimpancés, esa es la trilogía derivada de esta serie y protagonizada por Caesar.
Lejos de ser simples remakes (o precuelas) de El planeta de los simios, estas tres películas construyen una auténtica tragedia shakespeariana sobre el poder, la libertad, la familia y la violencia. Caesar no nace como un líder. Es un hijo adoptivo, un sujeto de laboratorio, un exiliado y, finalmente, un revolucionario obligado a cargar con el destino de toda una especie.
El enorme logro de la trilogía reside en que el espectador nunca contempla a Caesar como un efecto digital. Gracias al trabajo monumental de Andy Serkis y al perfeccionamiento de la captura de movimiento, cada gesto, cada mirada y cada silencio poseen una humanidad extraordinaria. La tecnología desaparece para dejar únicamente al personaje.
Rise of the Planet of the Apes plantea la emancipación; Dawn analiza la fragilidad de la convivencia entre especies y la facilidad con la que el miedo conduce a la guerra; War convierte a Caesar en una figura casi bíblica, obligada a sacrificarlo todo para garantizar el futuro de los suyos.
La trilogía dialoga con la esclavitud, el colonialismo, los derechos civiles, la destrucción ambiental y la naturaleza del liderazgo sin perder jamás su condición de espectáculo cinematográfico. Muy pocas franquicias contemporáneas han conseguido combinar con semejante equilibrio la emoción íntima, la reflexión política y la innovación tecnológica. Por eso Caesar no solo es el chimpancé más importante de la historia del cine. Es uno de los grandes personajes cinematográficos del siglo XXI. Su viaje demuestra que el cine puede utilizar a un primate para hablar, con una profundidad extraordinaria, de aquello que nos hace verdaderamente humanos.
Mención especial: Chimpanzee (2012)
Directores: Alastair Fothergill y Mark Linfield
Si alguna película ha permitido al gran público descubrir cómo viven realmente los chimpancés en libertad, esa es Chimpanzee. Producido por DisneyNature, el documental sigue la vida de Oscar, una joven cría que, tras perder a su madre en los bosques tropicales de Costa de Marfil, encuentra una inesperada oportunidad de supervivencia cuando el macho dominante del grupo decide adoptarlo, un comportamiento excepcionalmente raro entre chimpancés salvajes.
Sin recurrir a la ficción, Chimpanzee construye un relato emocionante a partir de conductas reales: la cooperación, el aprendizaje, las disputas territoriales y los complejos vínculos familiares que caracterizan a una de las especies más cercanas al ser humano. Su extraordinaria fotografía y su capacidad para acercar al espectador al comportamiento natural de estos primates lo convierten en una magnífica puerta de entrada a su mundo.
Más que un simple documental de naturaleza, Chimpanzee recuerda que, detrás de muchos de los personajes que el cine ha imaginado durante décadas, existe un animal extraordinariamente inteligente, social y vulnerable cuya conservación sigue siendo uno de los grandes desafíos ambientales del presente.
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Después de más de tres décadas de carrera, María Helena Döering ha interpretado mujeres de todas las clases sociales, heroínas, villanas, aristócratas, madres y personajes que dejaron una huella en la televisión colombiana. Con títulos como La viuda de blanco, Hasta que la plata nos separe, La saga: negocio de familia, Bella Calamidades y Rojo Carmesí, su trayectoria ha estado marcada por una notable versatilidad. Sin embargo, pocas veces había encontrado un personaje tan complejo como Victoria, la protagonista de Lactar, el más reciente largometraje de Harold Trompetero.
La película, basada en una historia real que el propio director convirtió primero en novela y luego llevó al cine, acaba de consolidar su recorrido internacional al obtener los premios a Mejor Película y Mejor Actriz en el Eurasia Kinofest de Sochi, uno de los festivales cinematográficos más importantes de esa región. El reconocimiento a Döering llegó después de una ovación de diez minutos para la película, confirmando el impacto que ha tenido un relato que se atreve a hablar del deseo, la maternidad, la vejez, la libertad y las decisiones que pueden transformar una vida cuando parecía que ya todo estaba escrito.
En Lactar, Doering interpreta a una mujer de 62 años atrapada en un matrimonio emocionalmente devastado que encuentra, de la manera más inesperada, la posibilidad de empezar de nuevo. Lejos de convertir esa premisa en una extravagancia o en una simple provocación, la actriz construye un personaje lleno de humanidad, contradicciones y valentía. Conversamos con ella sobre el proceso de crear a Victoria, la riqueza psicológica del guion de Harold Trompetero, la controversia surgida a partir del final de la película y el momento que vive actualmente el cine colombiano.

Para ti, ¿cuál es el significado del título Lactar?
Aunque solemos asociar la palabra con la maternidad, para mí lactar significa, sobre todo, nutrir. Alimentar a otro ser humano. Incluso un hombre puede lactar si es quien alimenta a un bebé con un tetero. En esta historia, naturalmente, el concepto está ligado al embarazo de una mujer mayor, pero también habla de la necesidad de alimentar la vida y darle sentido.
Harold Trompetero me contó que Victoria está inspirada en una mujer real que, aunque no tenía necesidades económicas, trabajaba como empleada doméstica y vendiendo minutos de celular. La película comienza con una frase muy poderosa: “¿Qué hacer con la vida?”. ¿Qué lleva a esta mujer a tomar las decisiones que toma?
Esa pregunta es el corazón de la película. Más que explicar las consecuencias de sus actos, habla de una mujer que decide vivir una vida distinta. Victoria está profundamente sola. Vive un matrimonio infeliz, es madre de ocho hijos y, aun así, se siente completamente ignorada. Sufre un maltrato psicológico constante y creo que muchas veces olvidamos que ese tipo de violencia puede ser incluso más devastadora que la física.
Me llamó muchísimo la atención la historia real que Harold me contó. Era una mujer que no necesitaba trabajar para sobrevivir económicamente y, sin embargo, prefería vender minutos de celular en una plaza, limpiar casas o cuidar niños antes que pasar el tiempo en un club observando a otras mujeres que, probablemente, atravesaban situaciones muy parecidas a la suya sin darles la importancia que ella sí les daba.
Todo lo que ocurre después, todos los giros que tiene la película y ese final tan inesperado, nacen precisamente de esa soledad extrema y de una profunda insatisfacción con la vida que llevaba. Lo que más admiro de Victoria es que nunca se presenta como una víctima. Es una mujer valiente. Nunca vive quejándose de sus dolores, aunque el espectador los percibe permanentemente. Para cualquier actriz con una trayectoria larga, un personaje así representa un desafío enorme porque exige poner a prueba todo lo que uno ha aprendido como actriz y también como ser humano.

Hay un punto de quiebre muy importante en la película que tiene que ver con la pérdida de su amante. Sentí que allí Victoria empieza a dejarse ir.
Yo creo que la película tiene varios momentos decisivos. El primero ocurre cuando el marido se va de viaje. Victoria ni siquiera sabía que él viajaba con su amante. Inicialmente les propone a todos que lo acompañen, pero en realidad sabía que nadie aceptaría y así podría hacer lo que quería.
Durante esa ausencia sucede algo muy importante cuando el conductor de la familia le dice que nunca ha entendido a la gente rica, que le parece muy extraña su manera de divertirse. Esa conversación cambia algo dentro de Victoria. Mientras su marido está de vacaciones con otra mujer, ella termina jugando tejo y tomando una gaseosa con el conductor. Ahí comprende que hay otra forma de vivir.
Esa noche termina acostándose con él, un hombre que llevaba toda la vida trabajando para la familia, pero con quien nunca había existido ningún tipo de intimidad. Probablemente, si Victoria no hubiera quedado embarazada, todo habría terminado ahí. Pero ese embarazo la obliga a tomar decisiones muy profundas. Nunca piensa en abortar. Creo que empieza a ver en ese noveno hijo un sentido para los años que todavía le quedan de vida.
Lo más fuerte viene después. No recibe apoyo de su familia, es expulsada de su propia casa y termina viviendo con un hombre con el que realmente no tenía una historia de amor. Lo extraordinario es el cambio tan radical que decide asumir. Pasa de vivir rodeada de todas las comodidades a instalarse prácticamente en una habitación junto a una cancha de tejo. Cuando sus hijos le ofrecen un apartamento y una enfermera para cuidarla, ella rechaza todo eso porque finalmente había tomado una decisión sobre su propia vida y quería llevarla hasta las últimas consecuencias. Me parece un acto de una valentía impresionante.
Con Harold hablábamos de que, de alguna manera, Victoria es una especie de Quijote. Su valentía parece estar sustentada en una cierta locura, en la decisión de ir en contra de todas las convenciones sociales. ¿Qué piensas de esa idea?
Es muy posible. Yo misma he tomado decisiones en mi vida que me han sorprendido, pero no sé si habría llegado tan lejos como Victoria. Creo que sí hay una cierta dosis de locura en lo que hace.
Yo, por ejemplo, no habría soportado treinta y cinco años de infelicidad de la manera en que ella lo hizo. Vivió todo ese dolor con una serenidad impresionante. La tormenta estaba por dentro, pero nunca recurrió al conflicto permanente, ni a los gritos, ni a la agresión. Probablemente yo habría reaccionado de otra forma.
Y tampoco estoy segura de que hubiera tenido la valentía de abandonar todas las comodidades, arriesgar mi salud y mi estabilidad para empezar de nuevo desde cero. Me parece una mujer extraordinariamente valiente y, sí, también un poco loca. Pero el mundo es muy grande. Somos miles de millones de personas. Estoy segura de que han existido otras mujeres capaces de tomar decisiones parecidas.

Con Harold también hablábamos de que vivimos tiempos muy polarizados. He escuchado a personas que interpretan el final de Lactar como una reivindicación del hombre machista, sobre todo por la decisión que toma el esposo al final y porque quienes terminan acogiendo a Victoria son sus hijos hombres y no sus hijas. ¿Qué piensas de esa lectura?
Es una reflexión muy interesante y sí la he pensado. Entiendo que haya espectadores que sientan que el final reivindica a un hombre que, aparentemente, no merecía esa oportunidad. Pero yo lo veo de otra manera.
Lo que hace ese hombre al final puede entenderse como una reivindicación, pero también como un castigo. Criar un hijo nunca es sencillo, mucho menos a esa edad, y más aún cuando se trata de un hijo que ni siquiera es biológicamente suyo. Tener que levantarse todos los días y convivir con ese niño puede ser, al mismo tiempo, una forma de redención y una carga enorme.
Yo creo que esa era la única posibilidad que tenía para no hundirse todavía más en la vida vacía que llevaba. Porque tampoco era un hombre feliz. Ni cuando estaba con su amante, ni cuando aparentaba tenerlo todo. Era una persona profundamente insatisfecha.
Sin revelar demasiado de la película, diría que muchos acontecimientos lo conducen hasta esa decisión. A mí el guion me enamoró precisamente porque nunca sentí que estuviera forzando las situaciones. Es una historia de ficción, claro, pero no me parece imposible. A veces la realidad termina siendo mucho más sorprendente que cualquier película.
Podríamos decir, entonces, que ese noveno hijo termina devolviéndole un propósito a este hombre.
Exactamente. Mientras una vida se apaga, otra comienza. Ese niño termina cuestionándolo todo: a los hijos, al padre, a la familia completa. Creo que él encuentra finalmente algo que hacer con su vida. Durante toda la película busca sentido en otros lugares: en la amante, en los viajes, en las apariencias. Al final encuentra un propósito criando al hijo por el que Victoria entregó la vida.
Y creo que ahí está una de las grandes preguntas de la película. ¿Qué pasa con todos los que quedaron? ¿Cómo cambia la vida de cada uno después de haber sido incapaces de comprender a la mujer que siempre estuvo ahí para ellos? Mientras todos seguían pensando en sí mismos, Victoria, por primera vez, decidió vivir su propia vida.
También me llamó la atención que Lactar parece llegar en un momento importante para el cine colombiano. Con Harold hablábamos de cómo durante años parecía existir una división muy marcada entre las comedias comerciales y un cine mucho más pequeño y de festivales. Películas como Lactar o Un poeta parecen demostrar que el público colombiano está buscando otro tipo de historias.
Qué palabras tan lindas. Yo misma he sido de las personas que muchas veces piensa dos veces antes de ir a ver una película colombiana. Durante mucho tiempo predominó ese tipo de comedia que no necesariamente era el humor con el que yo conectaba, o las historias relacionadas con el narcotráfico, que fueron ocupando un espacio muy importante en nuestra producción audiovisual.
Yo nunca he querido participar en una narcoserie. He tenido algunas propuestas y siempre las he rechazado porque siento que Colombia es muchísimo más que eso y no quería contribuir a seguir reforzando esa imagen de nuestro país.
Por eso fue tan emocionante llegar a Rusia con una película profundamente colombiana, aunque al mismo tiempo universal. Está escrita y dirigida por un colombiano, protagonizada por una actriz colombiana y cuenta una historia que nace aquí, pero que logra emocionar a espectadores de cualquier lugar del mundo. Para ellos fue algo completamente distinto a la imagen que tenían de Colombia y eso fue muy gratificante.
Recibir los premios a Mejor Película y Mejor Actriz fue una felicidad enorme, pero también lo ha sido la respuesta del público aquí. El hecho de que la película permanezca tantas semanas en cartelera ya es un premio muy importante. Naturalmente habrá personas que estén de acuerdo con ella y otras que no. Eso es completamente válido. Yo, de hecho, desconfío un poco de las obras que le gustan absolutamente a todo el mundo. Me parece sano que existan distintas lecturas y que la película genere discusión.
Creo que Lactar logró hacer algo diferente y eso es lo verdaderamente valioso.
Creo que esta película demuestra una sensibilidad distinta a la que muchas personas asocian con él.
Totalmente. Yo ya conocía a Harold, pero nunca había trabajado tan cerca de él como ahora. Hicimos la película a comienzos de este año y todo ha pasado muy rápido. Terminamos el rodaje en febrero, la película se estrenó en mayo y desde entonces no hemos parado de viajar y conversar sobre ella.
En todo ese proceso descubrí a un hombre con un conocimiento muy profundo de la psicología femenina. Uno no necesariamente espera encontrar esa sensibilidad detrás de alguien que suele mostrarse tan espontáneo y tan descomplicado. Pero realmente es una persona con una enorme capacidad para comprender las emociones y los conflictos de las mujeres.
Ese fue uno de los grandes regalos que me dejó esta película. No solamente el éxito que ha tenido o la oportunidad de interpretar a Victoria, sino haber conocido a Harold desde ese lugar.
Incluso ya leí otro guion suyo y ojalá me permita interpretar también a esa mujer. Es un personaje completamente distinto a Victoria, pero con una psicología igual de compleja y sería un reto actoral maravilloso.
Al final, eso es lo que buscamos las actrices de mi generación: buenas historias y personajes que nos permitan seguir jugando a ser otras personas, aunque sea durante el tiempo que dura una película.
María Helena, ha sido un verdadero placer conversar contigo. Gracias por esta entrevista y, sobre todo, por una interpretación tan conmovedora.
Gracias a ti por tus palabras, por la generosidad con la que has visto la película y por esta conversación. Ha sido un verdadero gusto. Muchas gracias.
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El término ‘afrofuturismo’ fue acuñado en 1993 por el crítico cultural Mark Dery, y refleja una mezcla de ciencia ficción, fantasía, espiritualidad africana, historia, tecnología, cosmologías ancestrales y crítica política. No busca escapar del pasado, sino dialogar con él. El trauma histórico permanece presente, pero deja de ser una condena para convertirse en el punto de partida de una imaginación radical. Los ancestros conviven con las inteligencias artificiales; los rituales tradicionales coexisten con naves espaciales; los dioses yorubas pueden caminar entre ciudades hipertecnológicas.
Esta visión rompe con la idea occidental del progreso como una línea recta. Para el afrofuturismo, el tiempo es circular. El futuro no consiste en abandonar el pasado, sino en regresar a él para reconstruir aquello que fue interrumpido. La escritora Octavia E. Butler, los músicos Sun Ra y George Clinton o la académica Kodwo Eshun ayudaron a consolidar un movimiento que hoy atraviesa prácticamente todas las disciplinas artísticas.
El cine afrofuturista
Reducir el afrofuturismo a Black Panther sería confundir la puerta de entrada con la casa completa. Wakanda volvió masivo un imaginario, pero el cine africano y afrodescendiente ya venía construyendo futuros más extraños, dolorosos y radicales. Unos futuros donde la tecnología no siempre brilla, donde el archivo habla, donde los muertos regresan como preguntas políticas y donde la memoria colonial no se supera: se hackea.
Uno de sus ejemplos más poderosos es Neptune Frost, de Saul Williams y Anisia Uzeyman. La película funciona como musical, manifiesto queer, ciberpunk africano y ritual anticolonial. En su universo, un minero de coltán y un hacker intersexual se encuentran en una comunidad hecha de restos tecnológicos. La película conecta directamente la tecnología global con la extracción de recursos africanos.

En el documental autobiográfico Milisuthando, el afrofuturismo aparece de forma menos evidente, pero quizá más profunda. No hay naves ni androides; hay archivos, apartheid, infancia y una pregunta: ¿qué significa descubrir que uno era negro dentro de un sistema que había organizado el mundo antes de que uno pudiera nombrarlo? La película trabaja como un ensayo íntimo y decolonial, mezclando historia personal, historia nacional y una forma fragmentaria que rompe con el documental tradicional.
La noche de reyes, de Philippe Lacôte, dialoga con el afrofuturismo desde otro lugar y es el de la palabra como tecnología ancestral. Ambientada en la prisión MACA de Costa de Marfil, la película convierte el acto de narrar en una herramienta de poder, supervivencia y transformación. Un joven preso debe contar una historia durante toda la noche para seguir vivo.
En On Becoming a Guinea Fowl, Rungano Nyoni trabaja desde Zambia una forma de futurismo moral. Aquí, el futuro solo puede existir si se rompe el pacto de silencio alrededor del abuso, la misoginia y la complicidad familiar. La película, atravesada por el humor negro, el duelo, el ritual y el surrealismo, muestra cómo una muerte abre una grieta en una estructura social podrida.
Y luego está Dahomey, de Mati Diop, una obra fundamental para pensar el futuro africano desde la restitución. El documental sigue el regreso a Benín de 26 tesoros reales saqueados por Francia, pero Diop no filma los objetos como piezas muertas de museo. Les da voz, recuerdos, sombras y consciencia.
Por eso, el cine afrofuturista contemporáneo debe entenderse en un sentido amplio. No se trata solamente de ciencia ficción negra, sino de una constelación de películas que imaginan otros modos de tiempo. Black Panther se pregunta cómo sería África sin colonización. Neptune Frost se pregunta quién paga el costo material del futuro tecnológico; Milisuthando se pregunta cómo reconstruir una subjetividad después del apartheid; La noche de reyes se pregunta qué puede salvar la palabra cuando todo está perdido; On Becoming a Guinea Fowl se pregunta qué futuro puede nacer si una comunidad se atreve a escuchar a sus víctimas; y Dahomey se pregunta qué ocurre cuando la memoria saqueada vuelve a casa. Ese es el verdadero corazón del cine afrofuturista: no predecir el mañana, sino disputar quién tiene derecho a imaginarlo.
La música afrofuturista
El gran arquitecto de esta revolución fue Sun Ra. Pianista de jazz, poeta y filósofo, afirmaba provenir del planeta Saturno y convertía cada concierto en una ceremonia cósmica. Sus discos mezclaban free jazz, electrónica primitiva, mitología egipcia y especulación espacial. Para muchos, Sun Ra comprendió que la ciencia ficción podía ser una forma de resistencia política.
Durante los años setenta, Parliament-Funkadelic llevó estas ideas al funk. Bajo el liderazgo de George Clinton, sus presentaciones incluían naves espaciales gigantes, personajes intergalácticos y complejos relatos de ciencia ficción.
Más adelante, aparecieron artistas que incorporaron la electrónica, el hip hop y el R&B para ampliar el lenguaje afrofuturista. Janelle Monáe convirtió al androide Cindi Mayweather en protagonista de una extensa narrativa musical sobre libertad, discriminación e identidad.
Flying Lotus exploró la inteligencia artificial, la espiritualidad y el jazz desde la electrónica experimental, mientras Moor Mother fusionó ruidos, palabra hablada y memoria histórica para denunciar las violencias del pasado.
Incluso artistas del mainstream como Beyoncé incorporaron elementos afrofuturistas en proyectos audiovisuales como el álbum visual Black Is King, donde la tradición africana, el futurismo y el orgullo identitario dialogan constantemente.
Pero el afrofuturismo musical del siglo XXI ya no se expresa únicamente mediante referencias explícitas a la ciencia ficción. Hoy se manifiesta en la conquista del espacio cultural global. Si durante décadas Occidente imaginó el futuro desde Nueva York, Londres o Tokio, una nueva generación de artistas africanos ha desplazado ese centro creativo hacia Lagos, Johannesburgo o Accra.
En ese cambio de paradigma, Wizkid ocupa un lugar fundamental. Con Made in Lagos y, especialmente, con el tema Essence junto a Tems, el afrobeats dejó de ser un fenómeno regional para convertirse en uno de los sonidos más influyentes del pop mundial. La canción no solo abrió definitivamente el mercado estadounidense para la música africana, sino que demostró que el futuro del pop podía cantarse en inglés, yoruba o pidgin sin renunciar a su identidad.

Tems representa quizá una de las evoluciones más interesantes del afrofuturismo contemporáneo. Su música es minimalista, introspectiva y casi espectral. En lugar de construir personajes cósmicos como Sun Ra o Janelle Monáe, crea paisajes sonoros donde la vulnerabilidad, la espiritualidad y la experimentación electrónica producen una sensación de tiempo suspendido. Su colaboración en Black Panther: Wakanda Forever reforzó además ese vínculo entre el imaginario afrofuturista y la nueva música africana.
Algo similar ocurre con Burna Boy. Él prefiere definir su propuesta como “afrofusion”, una mezcla de afrobeats, reggae, dancehall, hip hop y highlife. En discos como Love Damini, I Told Them… o Twice As Tall, Burna Boy convierte la historia, la política y la identidad africanas en el centro de un lenguaje musical pensado para estadios de todo el mundo.
La revolución también llegó desde Sudáfrica con Tyla. Su fusión entre amapiano, pop y R&B representa una nueva etapa del afrofuturismo: una generación que ya no necesita explicar África, sino que simplemente la convierte en tendencia mundial. Water transformó un ritmo nacido en los barrios de Pretoria y Johannesburgo en un fenómeno planetario. Dentro de esa misma expansión global aparecen las figuras del rapero Drake y el DJ alemán Adam Port. Sus trabajos con artistas africanos y la incorporación del afro house y el amapiano a su repertorio musical ilustran cómo las estéticas sonoras nacidas en África han comenzado a reorganizar la música de baile mundial.
En realidad, el gran logro del afrofuturismo musical contemporáneo no consiste únicamente en producir nuevas sonoridades, sino en desplazar el eje de la innovación. Hoy, el afrobeats, el amapiano, el alté y el afro house se han convertido en laboratorios desde los cuales el pop internacional se reinventa.
El afrofuturismo desafía la hegemonía colonial y el racismo sistémico, empleando elementos de la ciencia ficción para construir futuros de liberación y autodeterminación.
La moda afrofuturista
Si el cine dio imágenes al afrofuturismo y la música le dio un ritmo, la moda terminó por convertirlo en un lenguaje cotidiano. Durante décadas, la industria de la moda occidental utilizó motivos africanos como simples recursos exóticos, despojándolos de su contexto cultural e histórico. El afrofuturismo invierte esa lógica. Ya no toma elementos africanos para adaptarlos al gusto europeo, sino que convierte las estéticas del continente y de su diáspora en el punto de partida desde el cual imaginar el futuro.
No se trata de vestir “como África”, sino de preguntarse cómo vestiría una civilización africana que nunca hubiera sido colonizada, o cómo dialogarían las tradiciones textiles ancestrales con la inteligencia artificial, la impresión 3D, los nuevos materiales y el diseño digital.
Pocas personas han influido tanto en esta conversación como Ruth E. Carter. Su trabajo en Black Panther consistió en construir una identidad visual para Wakanda a partir de decenas de referencias culturales reales del continente. Carter investigó comunidades como los zulúes, los himba, los surma, los tuareg, los masái o los dogón para crear un vestuario que evitara los estereotipos y propusiera una visión compleja de África: diversa, sofisticada y profundamente contemporánea.
Entre los diseñadores que comenzaron a explorar con mayor libertad una estética afrofuturista, que ya existía, se destacan el camerunés Imane Ayissi, quien ha llevado tejidos tradicionales africanos a la alta costura parisina sin renunciar a su origen. También la diseñadora nigerianobritánica Mowalola Ogunlesi, cuya obra mezcla cuero, vinilos, colores intensos y una visión provocadora de la identidad negra contemporánea. En Sudáfrica, Laduma Ngxokolo ha reinterpretado los tejidos xhosa mediante procesos industriales que dialogan con el lujo internacional sin abandonar sus raíces culturales.
El fenómeno también ha encontrado un aliado inesperado en la tecnología. La inteligencia artificial, el diseño paramétrico, la fabricación digital y la moda virtual han permitido que numerosos creadores africanos experimenten con prendas que hace apenas unos años resultaban imposibles de producir. Las grandes pasarelas ya miran hacia Lagos Fashion Week, Dakar Fashion Week o South African Fashion Week, pues se han convertido en laboratorios donde el futuro de la moda dialoga con la artesanía, la sostenibilidad y las cosmologías africanas.
Latinoamérica y África, un nuevo futuro
Si el afrofuturismo nació como respuesta a la historia de la diáspora africana, América Latina representa hoy uno de sus territorios más fértiles. La región alberga una de las mayores poblaciones afrodescendientes del planeta. Países como Brasil, Colombia, Cuba, República Dominicana, Panamá o Venezuela conservan tradiciones africanas que sobrevivieron a pesar de siglos de violencia colonial.
Sin embargo, estas comunidades también fueron marginadas de los grandes relatos nacionales. Por eso, comienza a hablarse cada vez con mayor frecuencia de un afrofuturismo latinoamericano. En la televisión colombiana, apareció el Chocó futurista del Profesor Super O mientras que en el cine surgen cineastas como Óscar Ruíz Navia (El vuelco del cangrejo), Jhonny Hendrix Hinestroza (Chocó), Juan Andrés Arango (La playa D.C.) o Ángela Carabalí (Soñé su nombre) que exploran nuevas formas de representar la identidad afrodescendiente sin reducirla al trauma histórico.
En la música, ritmos como el currulao, el bullerengue, la champeta, el maracatú, el reguetón o los sonidos afrocubanos dialogan con la electrónica, el hip hop y las producciones digitales. Artistas como Luedji Luna, Xênia França o Systema Solar muestran que la tradición puede proyectarse hacia el porvenir sin perder su raíz.
En la moda, ocurre algo similar. Diseñadores afrocolombianos y afrobrasileños reinterpretan tejidos, turbantes, fibras naturales y símbolos ancestrales para construir una estética contemporánea que ya no necesita validarse desde Europa.
Quizá el mayor aporte del afrofuturismo latinoamericano sea comprender que el futuro no pertenece exclusivamente a Silicon Valley ni a las grandes potencias tecnológicas. También puede nacer en el Pacífico colombiano, en Salvador de Bahía, en Cartagena o en La Habana. Porque el afrofuturismo nunca ha sido simplemente una estética de luces de neón o ciudades futuristas.
En un mundo donde la inteligencia artificial, la biotecnología y la exploración espacial vuelven a definir el destino de la humanidad, el afrofuturismo recuerda que ninguna innovación será verdaderamente revolucionaria si no incorpora todas las voces y todas las formas posibles de imaginar el mañana.
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La muerte de un colombiano de 26 años durante un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Biddeford, Maine, vuelve a poner bajo escrutinio las tácticas de la política migratoria estadounidense. Lo que comenzó como una operación de vigilancia terminó con un joven abatido a tiros frente a su esposa y su hija de tres años y una nueva ola de cuestionamientos sobre el uso de la fuerza por parte de las autoridades federales.
El caso ha causado especial indignación porque, según organizaciones defensoras de migrantes y varios legisladores, el colombiano contaba con permiso de trabajo y número de Seguro Social vigente. Además, el senador independiente Angus King aseguró que el fallecido ni siquiera era el objetivo principal del operativo, una afirmación que cambia por completo la narrativa inicial presentada por las autoridades.
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La versión oficial del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) sostiene que el agente abrió fuego después de que el conductor intentara utilizar su vehículo como arma para escapar. Sin embargo, testigos, organizaciones civiles y congresistas han pedido cautela ante esa explicación, recordando que aún no existen grabaciones corporales del incidente y que la investigación apenas comienza. El FBI y la Oficina del Inspector General del DHS ya asumieron el caso.
Más allá de lo que determine la investigación, el episodio vuelve a exponer una realidad incómoda: para miles de migrantes, tener documentos parciales o autorización para trabajar ya no garantiza seguridad frente a operativos migratorios cada vez más agresivos. En los últimos meses, distintas actuaciones del ICE han generado protestas y fuertes críticas por el aumento de incidentes con desenlaces fatales, alimentando el debate sobre los límites del poder de las agencias federales en materia de inmigración.
La muerte del colombiano también tiene un peso simbólico para América Latina. Durante décadas, Estados Unidos promovió la idea de que regularizar el estatus migratorio era el camino hacia una vida más estable. Hoy, este caso parece demostrar que esa promesa resulta insuficiente cuando las operaciones de control terminan resolviéndose con disparos antes que con procedimientos transparentes.
Mientras la investigación avanza, la principal pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué un operativo que aparentemente buscaba detener a otra persona terminó con un colombiano muerto? Hasta que exista una reconstrucción independiente de los hechos, el caso permanecerá como un nuevo capítulo en la creciente controversia alrededor del ICE y de una política migratoria que, para muchos críticos, ha convertido la aplicación de la ley en un escenario de confrontación permanente.
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Quilmes Rock 2027 ya está en marcha. Luego de una edición histórica en 2025, el festival confirmó su regreso con tres jornadas previstas para abril de 2027 y una invitación que marca un nuevo capítulo en su historia: por primera vez, el público podrá participar activamente en la construcción de la grilla de artistas.
Bajo el lema “Esta vez, lo armamos entre todos”, nace Prode Rock, una experiencia digital inspirada en la lógica de los pronósticos deportivos que traslada el juego al universo de la música.
Ingresando a Quilmesrock.com.ar, los fanáticos podrán registrarse y armar su festival ideal, eligiendo qué artistas quieren ver en cada jornada. Cada participación suma puntos, con una mecánica que premia a quienes hagan sus predicciones antes de que comiencen a conocerse los nombres oficiales.
El premio mayor es el “Quilmes Rock a tu casa”. Un único ganador obtendrá la oportunidad de realizar un evento privado en su propio hogar, donde una de las bandas del festival tocará un show en vivo para el ganador y hasta 10 amigos invitados. Adicionalmente, el premio incluye 2 entradas de categoría All Access para asistir al festival.
Desde su nacimiento en 2003, Quilmes Rock construyó algunos de los momentos más memorables de la música argentina: Gustavo Cerati, Pappo, Luis Alberto Spinetta junto a Divididos, Charly García cantando “Seminare” bajo la lluvia, la reunión de Sumo, Gorillaz junto a Trueno y tantos otros encuentros que quedaron grabados en la memoria colectiva.
La edición 2025 volvió a demostrar la vigencia del festival con hitos como el regreso de Los Piojos después de 15 años, la vuelta de Andrés Calamaro a los festivales, el reencuentro de Joaquín Levinton con el protagonista del histórico videoclip de “Yo no me quiero casar, ¿y usted?” y la emoción de volver a escuchar canciones de Serú Girán interpretadas por David Lebón y Pedro Aznar.

Con una trayectoria que lo convirtió en un clásico de la cultura argentina, Quilmes Rock vuelve a reinventarse apostando a una experiencia más participativa, donde la conversación con su comunidad comienza mucho antes de que se enciendan los escenarios.
Las entradas, en Enigma Tickets, ya están en venta en la Fase 1: Zorzal Madrugador, porque, según consignan, “al que madruga, el rock lo ayuda”.
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