Algunas carreras cinematográficas parecen avanzar como una conversación consigo mismas. Olivia Wilde debutó con Booksmart, una de las comedias sobre adolescentes más inteligentes y divertidas de la última década, donde reveló una sensibilidad extraordinaria para dirigir actores y encontrar humor en los pequeños gestos cotidianos. Después llegó Don’t Worry Darling, una película mucho más ambiciosa, imperfecta, pero igualmente interesada en explorar las relaciones de pareja, las estructuras de poder y las fantasías que sostienen muchos matrimonios contemporáneos. The Invite reúne esas dos facetas. Conserva el ritmo, la ligereza y la precisión cómica de su debut, mientras recupera las inquietudes emocionales de su segunda película para construir una obra mucho más madura de lo que su premisa parece prometer.
El punto de partida pertenece al español Cesc Gay, uno de esos cineastas que, al igual que Woody Allen en sus mejores años, ha encontrado en los apartamentos, las cenas y las conversaciones domésticas un escenario inagotable para explorar las contradicciones del amor. Sus películas rara vez necesitan grandes acontecimientos. Basta una reunión entre amigos o una pareja encerrada en un comedor para que aparezcan los reproches, las inseguridades, los deseos reprimidos y los silencios acumulados durante años. Sentimental ya contenía todo ese universo, pero Wilde comprende que una adaptación solo tiene sentido cuando encuentra una voz propia.
Ahí resulta decisivo el trabajo de Rashida Jones y Will McCormack. Ambos toman la estructura de la película original y la adaptan con enorme inteligencia a la clase media estadounidense. Los personajes dejan de sentirse como simples equivalentes de sus versiones españolas y adquieren conflictos específicos, nuevas motivaciones y un humor mucho más cercano al desencanto norteamericano. Lo admirable es que la película nunca transmite la sensación de estar copiando otra obra. Respeta el original sin convertirse en su sombra.
La historia gira alrededor de una propuesta indecente. Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde) invitan a cenar a sus sofisticados vecinos, Hawk (Edward Norton) y Piña (Penélope Cruz), supuestamente con la intención inicial de limar algunas asperezas provocadas por la convivencia. La conversación avanza entre vino, charcutería y pequeños momentos incómodos hasta que los invitados revelan que practican el intercambio de parejas y quisieran compartir esa experiencia con sus anfitriones. Sobre el papel podría parecer una comedia construida alrededor de una situación escandalosa. En realidad, esa invitación apenas constituye el detonante de algo mucho más interesante.
La película nunca habla realmente de sexo. Habla del tiempo. Habla de esas parejas que un día descubren que siguen compartiendo la misma casa, la misma cama y las mismas rutinas, pero ya no recuerdan exactamente cuándo dejaron de mirarse con el mismo deseo. La propuesta de Hawk y Piña no pone en crisis la fidelidad de Joe y Angela. Obliga a ambos a preguntarse si todavía conocen a la persona con quien llevan tantos años viviendo.
Joe es probablemente uno de los mejores personajes de la carrera de Seth Rogen. Muy lejos del eterno adolescente marihuanero y despreocupado que marcó buena parte de su filmografía, aquí interpreta a un músico (todavía marihuanero) que conoció el éxito demasiado pronto y que ahora enseña en una universidad mientras sobrevive entre dolores de espalda, frustraciones profesionales y una sensación permanente de haber desperdiciado parte de su talento. Rogen encuentra un equilibrio magnífico entre el humor, la amargura y la vulnerabilidad. Sus bromas funcionan porque esconden una profunda tristeza que nunca necesita verbalizarse.
Olivia Wilde también sorprende delante de la cámara. Angela podría haberse reducido a la esposa insatisfecha de tantas comedias matrimoniales. Sin embargo, Wilde construye una mujer que lleva años intentando mantener viva una relación cuya erosión comenzó mucho antes de aquella cena. Sus silencios, sus miradas y sus pequeños actos resultan tan elocuentes como los estallidos de Joe, y la directora demuestra una notable capacidad para interpretar aquello mismo que luego filma.
Penélope Cruz disfruta enormemente interpretando a Piña. Como sexóloga, comprende que el deseo no desaparece con los años; simplemente cambia de forma. Su personaje jamás intenta provocar ni escandalizar. Habla del sexo con la misma naturalidad con la que otros hablan de gastronomía o literatura. Cruz convierte a Piña en la persona más libre de la habitación, precisamente porque nunca necesita demostrar que lo es.
Edward Norton juega otra partida mucho más ambigua. Hawk es un bombero que posee el encanto suficiente para desarmar cualquier tensión, pero también una seguridad que termina resultando ligeramente inquietante. Nunca sabemos si realmente intenta ayudar a sus vecinos o si disfruta observando cómo el matrimonio comienza a resquebrajarse delante de él. Norton entiende perfectamente ese doble juego y convierte cada sonrisa en una posible amenaza. Al final, nos ofrece un monólogo que permite ver al humano detrás del nombre de ave de rapiña.
Wilde logra transformar un único apartamento en un espacio cinematográficamente vivo. La decisión de rodar en 35 milímetros no responde a una simple búsqueda estética. El celuloide aporta una calidez y una textura que recuerdan al cine estadounidense hecho por y para adultos, precisamente el de películas como Hannah and Her Sisters, Who’s Afraid of Virginia Woolf? o Scenes from a Marriage, referencias que la directora ha reconocido abiertamente. La fotografía de Adam Newport-Berra (Euphoria, The Studio) encuentra profundidad, movimiento y variaciones constantes dentro de un espacio reducido, demostrando que el verdadero espectáculo nunca depende del tamaño de la locación, sino de la inteligencia con la que se filma.
También sorprende el extraordinario sentido del ritmo. La película transcurre casi por completo entre cuatro personas conversando alrededor de una mesa, pero jamás pierde energía. Cada revelación modifica la relación entre los personajes, cada broma esconde un reproche y cada confesión obliga a reinterpretar lo que se dijo unos minutos antes. Wilde dirige como si estuviera montando una pieza musical donde las pausas, las interrupciones y las réplicas importaran tanto como los grandes momentos dramáticos.
The Invite comprende que las relaciones rara vez terminan por culpa de un acontecimiento extraordinario. Lo hacen por la acumulación de decisiones aparentemente insignificantes: dedicar demasiado tiempo al trabajo, dejar de escuchar, convertir la rutina en costumbre o asumir que el amor sobrevivirá sin necesidad de alimentarlo. La propuesta sexual que desencadena la historia termina siendo apenas un espejo donde cada personaje observa aquello que llevaba demasiado tiempo evitando mirar.
Olivia Wilde demuestra aquí que posee un talento particular para observar las relaciones humanas desde la comedia sin renunciar nunca a la melancolía. Gracias al brillante trabajo de Rashida Jones y Will McCormack, a cuatro intérpretes en estado de gracia y a una puesta en escena de enorme precisión, The Invite recupera un tipo de cine adulto que parecía haber desaparecido de las salas, películas donde las palabras importan tanto como las acciones, donde el humor nace de reconocer nuestras propias contradicciones y donde una simple cena puede terminar revelando toda una vida.
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El cine de terror vive uno de sus mejores momentos de la historia con películas como The Substance o, más recientemente, Backrooms y Obsession que han sido éxitos rotundos en taquilla. Pese a que la creación de historias nuevas ha demostrado funcionar entre el público y la industria, Hollywood continúa apostándole a los clásicos del género ya sea a modo de reestreno o de reinterpretaciones de sus piezas originales; este es el caso de A Nightmare on Elm Street.
Esta semana se conoció que Paramount Pictures llegó a un acuerdo con el patrimonio de Wes Craven para adquirir los derechos en Estados Unidos sobre el guion del filme de 1984, el cual presentó al personaje de Freddy Krueger y dio pie a una franquicia de nueve películas —entre secuelas, spin-offs y remakes— y un documental. La firma se hizo mediante Paramount Primal, el nuevo sello de la compañía que está detrás de producciones como Barbarian, Companion y Weapons.
La productora y viuda de Craven, Iya Labunka, y su hijo, Jonathan Craven, coproducirán el nuevo largometraje en colaboración con Marc Toberoff, el abogado y productor que les ayudó a readquirir los derechos del filme original en 2019. Todavía no se sabe qué dirección tomará el nuevo relato pues lo único que se ha revelado es que tendrá lugar en el universo del primer largometraje y se basará en su guion.
“Esperamos acercar el mundo de A Nightmare on Elm Street de Wes Craven a una nueva y apasionada generación de fanáticos”, comentó Labunka en un comunicado. “Sabemos que Wes estaría encantado de ver cómo el terror finalmente está ocupando el lugar que merece dentro del canon cultural. Estamos ansiosos por sentarnos todos juntos en una sala de cine oscura —la fogata de nuestros tiempos— mientras se despliega el siguiente capítulo de esta historia”.
A Nightmare on Elm Street sigue la historia de un grupo de adolescentes que son atormentados y asesinados en sus sueños por Freddy Krueger (Robert Englund), un hombre de cuerpo quemado y guantes de cuchillas que prometió venganza luego de que el pueblo, en un acto de indignación por ser el asesino de varios niños, lo quema vivo. La película se convirtió en un ícono del cine slasher y, además de transformarse en una franquicia millonaria, trascendió a la cultura popular.
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¿Grindcore en un Tiny Desk? Sí, y durante 19 minutos. Napalm Death hizo historia al llevar toda la intensidad de su sonido a las oficinas de NPR, convirtiéndose en una de las bandas más extremas que han pasado por la célebre serie de conciertos.
Lejos de bajar el volumen o suavizar su propuesta, Barney Greenway y compañía ofrecieron un set demoledor que recorrió algunas de las canciones más representativas de su carrera. En medio de la presentación, el vocalista aprovechó para expresar su respaldo a los medios públicos, asegurando que tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos enfrentan amenazas que hacen necesario defender su existencia.
Uno de los momentos más llamativos llegó con ‘You Suffer’, la canción de apenas 1,3 segundos que ostenta el récord Guinness como la más corta jamás publicada y que, ahora, también forma parte de un Tiny Desk Concert.
Aunque la serie de NPR ya había recibido a artistas de sonido pesado como GWAR, Thou o Turnstile, la visita de Napalm Death lleva el formato a un nuevo extremo y confirma que no hay género demasiado ruidoso para el escritorio más famoso de la música.
El concierto completo, de 19 minutos de duración, ya está disponible y demuestra que incluso el grindcore puede encontrar un lugar en uno de los escenarios más íntimos e icónicos de la industria musical.
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- Coprotagonista de «Desde el jardín», en el Metropolitan, cuenta su recorrido por la Facultad de Biología, por las pasarelas, por los casting y marca «El ciudadano ilustre» como la película que le quitó el velo.
- Una charla sin apuro, con emociones, con humor y con un viaje por la infancia en la que sus monólogos frente a los azulejos escondían a la artista de hoy.