Mientras que la gran mayoría de las canciones creadas pasan sin pena ni gloria, hay algunas que trascienden su tiempo y se convierten en himnos atemporales disfrutados por generaciones, como es el caso de “Walk on the Wild Side”. Escrita e interpretada por Lou Reed, y producida por David Bowie junto a Mick Ronson para […]
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Kurt Cobain se sentía atraído por todas las artes. En las pocas entrevistas que dio a lo largo de su vida, hizo referencia a libros, discos y películas que lo cautivaban. Desde The Vuze recopilaron muchos de los films que más le gustaban y, a continuación, repasamos 5 películas clave para él. Eraserhead 1977 – […]
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A veces, los recuerdos son lo único que queda de una relación que terminó mucho antes de que nosotros fuéramos capaces de darnos cuenta. En ‘Calendario’, Dalex explora las emociones que deja un amor del pasado, recurriendo a la nostalgia y la memoria para retratar aquello que permanece incluso después del final.
Este nuevo sencillo llega después de que el artista compartiera varios fragmentos de la canción en sus redes sociales, generando expectativa entre sus fanáticos y seguidores ante el inicio de una nueva era musical que explora la cara menos amable del amor. Con ‘Calendario’, Dalex conecta con sentimientos universales como recordar a alguien, extrañar lo que alguna vez fue y aprender a seguir adelante, mientras muestra su faceta más romántica y melancólica como el artista reconocido del R&B.

La producción construye un espacio íntimo que acompaña la interpretación melódica de Dalex y funciona como una extensión de la manera en que el artista transforma las emociones en palabras. Esta sensibilidad lírica le ha permitido construir, a lo largo de los años, una conexión cercana con su comunidad y consolidarse como una de las voces destacadas de la escena urbana contemporánea.
Su capacidad para evolucionar y explorar distintas formas de expresar lo que siente hace que sus canciones encuentren eco en quienes las escuchan. Ya sea a través del amor, el desamor, el deseo o todas las emociones que existen entre ellos, Dalex convierte experiencias familiares en canciones que se sienten personales y, al mismo tiempo, universales.
‘Calendario’ llega tras el lanzamiento de su EP Cuarto Rojo a principios de este año, un proyecto que marcó una nueva etapa en la trayectoria de Dalex y con el que el artista continuó expandiendo el sonido influenciado por el R&B que ha definido gran parte de su carrera. El sencillo también da continuidad al éxito de ‘Honguito’, una canción que ha ganado fuerza en distintos mercados de Latinoamérica. Recientemente, Dalex amplió la historia del tema con el estreno de ‘Honguito Rmx’, manteniendo vigente la canción y extendiendo su alcance entre la audiencia.
Por ahora, ya puedes escuchar ‘Calendario’ en todas las plataformas de streaming musical.
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Tuve una conversación con Barack Obama durante su segunda presidencia acerca de la naturaleza del terrorismo. Llevaba ya unos minutos hablando de cómo el terrorismo islámico no constituía una amenaza existencial para los estadounidenses, sino más bien un riesgo crónico y manejable. Ya me sabía ese argumento de memoria, después de todo, había realizado una entrevista con John Kerry en 2004, en la que afirmó que el terrorismo podría reducirse una “molestia”, una declaración que se volvió en su contra durante las últimas semanas de su campaña. Su respuesta me pareció problemática en aquel entonces, y tuve la misma reacción cuando Obama la repitió. Le pregunté directamente: ¿Qué tendría que ocurrir para que decidiera que el terrorismo era una amenaza existencial? ¿Qué tal una bomba nuclear portátil en un vagón de metro? ¿Admitiría entonces que los terroristas eran algo más que simples bandas criminales?
El demócrata no vaciló. Contestó que el terrorismo solo alcanzaría el nivel de amenaza existencial si los estadounidenses respondían abandonando sus propios valores y se traicionaran unos a otros. Un grupo de fanáticos homicidas no podían hacer nada para destruir al país más poderoso de la Tierra, pero sin duda podíamos destruirnos a nosotros mismos si renunciábamos a nuestras garantías constitucionales en un arrebato de pánico.
En ese momento parecía más un profesor constitucionalista que el presidente de los Estados Unidos. Obama presentaba un fatalismo intelectual que a veces encontraba desconcertante. Me invadía la sensación de que se veía a sí mismo como una ramita en el río de la historia y que cambiar la corriente dependía de nosotros. Dudo que estaría en desacuerdo con mi evaluación de su carácter. Sin embargo, a medida que inició la era de Trump en el país, he pensado bastante en esa conversación. A medida que pausamos y reflexionamos sobre los 25 años que pasaron desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, me encuentro con ese diálogo una vez más.
Las historias alternativas son complicadas, es mejor que las manejen los novelistas y cineastas de ciencia ficción. Un amigo político se burla de aquellas interpretaciones; cada vez que surgen teorías como esas, afirma: “¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiera ganado la guerra civil?”. Aun así, resulta difícil no ver una relación directa entre los sucesos de 2001 y la situación actual lo que nos hace preguntarnos, ¿cómo estaría el país si eso nunca hubiese ocurrido? En vísperas de los devastadores ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, la joven presidencia de George W. Bush tambaleaba. De no haber ocurrido dichos sucesos, podría haber sido un presidente de un solo mandato y era muy posible que no invadiera a Irak. Los demócratas tampoco se habrían visto obligados a defender la “buena guerra” de Afganistán, un eufemismo estratégico para diferenciar su propia respuesta al 11-S de la de Bush sin parecer pacifistas.
Sin el shock económico del 2001, hubiera sido poco probable que los legisladores, desesperados, hubieran ignorado a los prestamistas, respaldados por el gobierno, que convirtieron el mercado inmobiliario en un casino, algo que llevó al segundo golpe masivo de la década: el colapso del mercado en 2008. La rápida sucesión en la que estos hechos históricos sucedieron fue lo que destruyó la confianza del público en la competencia del establecimiento gobernante. Dicho acontecimiento desencadenó la conquista de Barack Obama del partido Demócrata y, luego, la elección de Donald Trump.
El Trump que conocí a finales de los 90, cuando coqueteaba con la idea de postularse a la presidencia como independiente, se presentaba como un reformista de centro al estilo de Ross Perot. Cuando empezó su carrera como republicano en 2015, ya abrazó un movimiento reaccionario y nacionalista blanco. Sí, fue en respuesta a Obama, pero también a Bush, cuyo instinto en los meses posteriores al 11 de septiembre había sido alzar la voz en defensa de los estadounidenses musulmanes. Su apoyo a la liberalización de la inmigración enfureció a gran parte de las bases de su partido. El atractivo central de Trump en el momento, al igual que ahora, se basaba en la reacción nativista y antiglobalista que surgió en el 2001. Según Pew Research, aproximadamente el 42% de los estadounidenses cree que los musulmanes están teniendo un impacto negativo en el país. El ethos de su segundo mandato es que solo los ciudadanos blancos y angloparlantes eran los únicos auténticos. No debería crear controversia declara que modificaría o eliminaría cualquier página de la constitución para ejecutar su visión, al fin y al cabo, no hace ningún esfuerzo para esconder sus intenciones.
El cambio radical del país de abandonar el pluralismo y la democracia liberal tampoco sucedió por sí solo, todo lo contrario. Movimientos reaccionarios similares de antinmigración han desestabilizado a Gran Bretaña y conquistado a Italia en la última década, también parecen posicionados para arrebatar el poder en Francia y Alemania. Tal vez parte de esto habría sucedido incluso sin el 11-S. Las fuerzas de la globalización y la automatización ya estaban alimentando un gran malestar económico aquí y en Europa a principios de siglo. Además, la revolución de las redes sociales estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, no cabe duda de que la “guerra contra el terrorismo”, el cual se convirtió en el primer marco real de política exterior tras el fin de la Guerra Fría, canalizó toda esa ansiedad hacia un enemigo identificable. Esto fracturó a sociedades que se habían mantenido unidas gracias al consenso en torno a las libertades individuales de hace 50 años. Si Obama fuera sincero, probablemente, diría “te lo dije”, y tendría razón.
EN LOS MESES posteriores al ataque terrorista y la invasión a Irak, resultaba difícil reconocer perspectivas y patriotismo genuino, ya que se mezclaba, como siempre, con una serie de gestos vacíos y clichés. Los pines con la bandera se volvieron obligatorios incluso para periodistas, las canciones por la paz fueron, prácticamente, prohibidas y los republicanos introdujeron términos como “papas a la libertad” [freedom fries en inglés] y “tostadas a la libertad” [freedom toast en inglés] en el vocabulario para protestar contra los temores de Francia por la guerra. Se volvió rutina que los políticos dijeran que los terroristas odiaban nuestro modo de vida y que nunca les dejaríamos ganar. Hasta el día de hoy, cuando mi perro le gruñe sin razón a algún Shiba Inu (raza de perro japonesa) atemorizado, le pregunto por qué odia la libertad.
25 años después, con la perspectiva que brindan la distancia y la experiencia, podemos plantearnos interrogantes que en ese momento no podíamos formular. Una de esas preguntas es “¿Qué esperaban lograr realmente los extremistas que lanzaron aquellos aviones suicidas contra nuestros edificios?”. ¿Creía Osama bin Laden que podía ganar una guerra santa contra Estados Unidos? Y, al final, ¿Frustramos su plan para la caída de Occidente o, simplemente, desempeñamos el papel que él había previsto?
El terrorismo es asimétrico por naturaleza. Ya sea el Viet Minh frente a los franceses, el IRA en Gran Bretaña o Al Qaeda, existe el convencimiento implícito de que el terrorista no puede ganar una guerra convencional contra una fuerza militar superior. Lo que el terrorista busca es desestabilizar el “statu quo”. Su acto desesperado actúa como un encendedor en búsqueda de mechas; el objetivo es desencadenar una reacción en cadena incontrolable dentro de la fortaleza, alterar el orden mediante el caos y ver qué consecuencias se derivan de ello. El terrorista sabe que esto probablemente causará sufrimiento a los suyos en el corto plazo, pero eso hace parte del plan. Él considera que la potencia ocupante es un monstruo desalmado y, al reducirla a sus instintos más primitivos, espera revelar su verdadera naturaleza ante el mundo.
Estamos presenciando cómo esto se repite en tiempo real en Israel. Los líderes de Hamás, con sus opciones militares agotadas y sus objetivos políticos por fuera de alcance, no podían entretener la ilusión de expulsar a los ocupantes israelíes mediante el asesinato y la mutilación de más de mil personas inocentes. Debieron esperar que Israel reaccionara con furia y crueldad ciegas, recurriendo a ese instinto de aniquilación total que sus dirigentes habían logrado contener durante tanto tiempo. Israel ha pasado de ser una potencia legítima a convertirse en un marginado internacional casi tres años después; su política está fracturada por la desunión y su autoridad moral ya no existe. ¿De verdad creemos que a Hamás le importa que más de 70.000 de los suyos hayan muerto en este conflicto sangriento? Sus líderes repugnantes consideran, casi con total seguridad, que es un precio que vale la pena pagar en el contexto más amplio de la historia. Lo que han logrado, en términos políticos, ha superado sus sueños.
Los israelíes debieron haber aprendido de lo que sucedió al otro lado del atlántico. Para el 10 de septiembre de 2001, EE.UU. era una superpotencia en paz, sí, sufría por divisiones sociales y económicas, pero era lo suficientemente estable como para mantener intacto su consenso político al superar unas elecciones reñidas. Un cuarto de siglo después, nos encontramos librando una tercera guerra inútil en el Oriente Medio, con una sociedad muy dividida y una política más envenenada que en cualquier otro momento desde el siglo XIX. Los fundamentos jurídicos peligran tras 250 años de solidez, los inmigrantes son perseguidos como animales por agentes enmascarados, la violencia y el extremismo tanto de derecha como de izquierda están en auge. La verdad y el pensamiento intelectual están en retroceso. Esto no es consecuencia exclusiva del 11-S, sino que es el resultado de una serie de acontecimientos que, si pudiéramos volver al pasado y vivirlo todo de nuevo a la inversa, nos llevarían directamente a ese día. Si Bin Laden pretendía que su ataque fuera el primero de una serie de crímenes de magnitud similar, fue derrotado; lo cual no fue un logro menor para los soldados y agentes de inteligencia estadounidenses. Pero si su objetivo era desestabilizar a los Estados Unidos de América y sacar a relucir lo peor de nuestra naturaleza, entonces puede que haya perpetrado el ataque terrorista más exitoso de la historia.
Nos dijimos una y otra vez en aquella terrible mañana que los terroristas nunca tendrían la victoria. Un cuarto de siglo después, se dificulta disputar que no ganaron.
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La reciente derogación que hizo Abelardo de la Espriella del decreto que suspendía el porte de armas en Colombia ha generado un amplio debate sobre sus efectos, el monopolio estatal de la violencia y las estrategias para controlar la circulación de armas ilegales. Sin embargo, hay una dimensión que ha quedado en segundo plano y es el impacto que una mayor disponibilidad de armas puede tener sobre la violencia de género y, en particular, sobre la vida de las mujeres.
Primero, una precisión. La derogación no significa que de inmediato cualquier persona pueda portar un arma. El nuevo Gobierno debe mantener las regulaciones legales para la adquisición y tenencia de armas. La medida, sin embargo, permite que las cerca de 700.000 armas con salvoconducto existentes en el país puedan ser portadas por particulares y supone el regreso a una situación que no se presentaba desde 2015.
El Decreto 1368 de 2026 derogó el Decreto 1482 de 2025, que suspendía durante un año el porte de armas en todo el territorio nacional. Con ello, el Gobierno cumple una de sus promesas de campaña al flexibilizar el acceso de los ciudadanos considerados “de bien” a las armas como mecanismo de defensa frente a la inseguridad. No queda claro cómo se determina quién es un ciudadano de bien, pero ese es otro tema.
La lógica que implanta esta medida deja varias preguntas. Por un lado, no queda claro cuál será la estrategia para controlar las armas ilegales que ya circulan ampliamente en el país. Por otro, la promoción de la posibilidad de armarse como respuesta a la inseguridad parece tensionar una de las funciones centrales del Estado, que es ejercer el monopolio legítimo de la fuerza. Si los ciudadanos deben recurrir a las armas para protegerse, ¿qué mensaje transmite esto sobre la capacidad estatal para garantizar su seguridad? Otro tema para analizar.
La medida también rompe con una política que, desde el gobierno de Juan Manuel Santos y durante las administraciones de Iván Duque y Gustavo Petro, reconoció que el porte de armas legales podía complejizar las situaciones de violencia y la actuación de las autoridades en un país con altos niveles de violencia, más allá del conflicto armado y la criminalidad organizada.
El entusiasmo que siguió al anuncio presidencial resulta, en este contexto, significativo. La página de la Industria Militar de Colombia (Indumil), encargada de tramitar la compra de armas, colapsó por el tráfico generado después del anuncio. En un contexto de desconfianza hacia la justicia y las autoridades, la idea de armarse para defenderse puede parecer una respuesta necesaria. Pero la violencia armada no se limita a las calles: también puede trasladarse al espacio donde ocurre buena parte de la violencia contra las mujeres, los hogares.
Un riesgo para las mujeres
La violencia de género puede ocurrir con o sin armas de fuego. Sin embargo, estas poseen características particulares que aumentan los riesgos. Una agresión con arma de fuego tiene altas probabilidades de producir consecuencias mortales y, a diferencia de otros instrumentos, se trata de un objeto diseñado específicamente para matar. De ahí la importancia del control estatal sobre su uso y de la prevención de sus consecuencias.
Diversos estudios han documentado la relación entre la disponibilidad de armas y la violencia de género. En familias y relaciones en las que los agresores tienen acceso a armas de fuego, el riesgo de uso indebido del arma y de escalamiento de la violencia puede aumentar hasta cinco veces. Además, por su capacidad letal, una agresión con un arma puede producir la muerte o lesiones permanentes, particularmente cuando ocurre en espacios privados donde las víctimas tienen menos posibilidades de evitar el ataque.
El Small Arms Survey, una organización internacional experta en políticas para el control de armas de fuego, estimaba que en 2017 había alrededor de 1.000 millones de armas de fuego en circulación en el mundo. De ellas, 857 millones, el 85%, estaban en manos de civiles, frente a 133 millones en arsenales militares y 23 millones en poder de organismos de seguridad.
Aunque el control de armas ha sido históricamente un campo dominado por hombres, distintas investigaciones han llamado la atención sobre su vínculo con la violencia basada en género. Un estudio realizado en 2025 en Chile señala que las políticas de seguridad que promueven la tenencia de armas como mecanismo para aumentar la seguridad ciudadana no están exentas de riesgos. Por el contrario se encuentra que los mayores niveles de posesión de armas han sido relacionados con un incremento de la violencia de género, mayores niveles de criminalidad y una disminución del respeto por los derechos humanos.
Los mayores niveles de posesión de armas han sido relacionados con un incremento de la violencia de género, mayores niveles de criminalidad y una disminución del respeto por los derechos humanos.
En Colombia, la dimensión tampoco es menor. En 2023, la Procuraduría General de la Nación manifestó su preocupación por el contexto de violencia contra las mujeres. De los más de 400 feminicidios registrados ese año, el 55% ocurrió con arma de fuego. El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses también documenta de manera recurrente que las armas de fuego son el mecanismo más utilizado en los homicidios y feminicidios de mujeres en Colombia, representando consistentemente más del 50% de los casos fatales.
La violencia armada, además, no afecta de la misma manera a hombres y mujeres. Las relaciones que cada grupo establece con las armas y las consecuencias de su uso están atravesadas por diferencias de género. Como se ha mostrado, si bien los hombres son mayores víctimas de la violencia armada, son ellos los principales perpetradores también. Naciones Unidas ha señalado que, a nivel mundial, el 55% de los homicidios de mujeres son cometidos por familiares o parejas íntimas.
El debate pendiente y más que urgente
Un análisis académico de investigadoras de la Red de Equidad en Género por el Control de Armas de Fuego (GENSAC), recopiló en 2020 experiencias regionales y nacionales que respaldan la relación entre armas de fuego y violencia en el ámbito doméstico. Según las investigaciones citadas, tener un arma en la vivienda aumenta en 41% el riesgo de que alguien sea asesinado en el hogar, mientras que para las mujeres el riesgo llega a triplicarse en Estados Unidos. Son muchos los estudios que apoyan este vínculo entre la tenencia de armas y las violencias contra las mujeres.
La misma revisión señala que quienes llevan armas de fuego a sus casas las utilizan con igual o mayor frecuencia como instrumento de violencia doméstica que para frustrar un delito. En Colombia, la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de Profamilia de 2010 registró que el 7% de las mujeres había sido amenazada con un arma de fuego por su pareja y el 3% había sido atacada con ella.
La relación también aparece en el contexto del conflicto armado. Se estima que el 25% de las mujeres víctimas de algún tipo de violencia sexual durante el conflicto colombiano fueron agredidas utilizando un arma para amenazarlas. De ellas, el 33% señaló que el agresor tenía un arma de fuego.
Una política de seguridad que amplía las posibilidades de acceder a armas, debe considerar también los riesgos específicos para las mujeres, particularmente en un país con altos índices de violencia de género y feminicidio.
Los datos apuntan a un problema que no puede quedar por fuera de la discusión sobre la flexibilización del acceso y porte de armas. Una política de seguridad que amplía las posibilidades de tenencia y porte debería considerar también los riesgos específicos para las mujeres, particularmente en un país con altos índices de violencia de género y feminicidio.
En Colombia, la aproximación al control de armas desde una perspectiva de género ha sido prácticamente inexistente. Incorporar este enfoque permitiría reconocer que hombres y mujeres experimentan de manera diferenciada la violencia armada y contribuiría a diseñar estrategias de prevención y procesos de desarme, desmovilización y reintegración más sensibles a las condiciones particulares de las víctimas.
El debate sobre las armas, por tanto, no debería limitarse a quién puede portarlas para defenderse, quién es considerado un ciudadano “de bien”, si las pruebas y procesos para expedir estos permisos son idóneos y rigurosos. También debería preguntarse quiénes pueden quedar más expuestas cuando las armas llegan a los hogares o circulan masivamente en la sociedad, pero sobre todo qué responsabilidad tiene el Estado en prevenir esas consecuencias.
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Hace 20 años, My Chemical Romance publicó un álbum que cambiaría no solo el rumbo de su carrera, sino que también se convertiría en uno de los trabajos más destacados de la década de los 2000. The Black Parade marcó un antes y un después para la banda liderada por Gerard Way —y para la subcultura emo—y ahora, a dos décadas de su lanzamiento, la agrupación celebrará su aniversario con una reedición.
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“Hace 20 años escribimos lo que se convertiría en The Black Parade, nuestro tercer álbum y sucesor de Three Cheers for Sweet Revenge”, escribió el grupo en sus redes sociales en el anuncio. “En su momento, nunca nos llegamos a imaginar lo que ese disco significaría para la banda. Lo único que sabíamos es que habíamos hecho algo loco y algo que no podíamos esperar para compartir con el mundo”.
La edición especial por el 20 aniversario incluirá, además del tracklist original, seis bonus tracks entre los que se incluye la versión en vivo de ‘Someone Out There Loves You’, canción conocida popularmente como ‘Stay’ y que nunca fue grabada en estudio. Tanto esta como otras dos grabaciones en directo son extraídas de la gira The Black Parade World Tour en 2007, que llevó a la banda de visita por países de Norteamérica, Europa y Asia. Las tres canciones restantes son lados B. “Hoy, 20 años después, celebramos su lanzamiento. Por primera vez, hemos incluido todo lo que terminamos en esas sesiones en una misma colección”, añade el comunicado.
La colección contará, además, con nuevas ilustraciones de los personajes The Patient, Pepe y Draag Deer hechas por James Jean, el artista gráfico que creó el arte del álbum original. “Como es igual de importante, le pedimos a James Jean que regresara al mundo de The Black Parade y creara tres nuevas piezas de arte”, explicó el grupo. “Lo que ha hecho es una colección hermosa de algunos de los personajes más icónicos del disco durante esa era. James es un artista único en su clase y fue muy importante para la manera en que el disco se presentó ante el mundo. Estamos extremadamente agradecidos por haberlo conocido hace tantos años y por que haya aceptado hacer algo nuevo ahora”.
“Nuestro deseo es que ustedes disfruten de esta colección de música e ilustraciones tanto como nosotros, porque queríamos honrar cómo ustedes han permitido que sea tan atemporal y firme. Gracias por marchar con nosotros, ¡hasta la muerte!”, concluye el comunicado.
The Black Parade (20th Anniversary) estará disponible en diferentes formatos a partir del próximo 23 de octubre. Como abrebocas, My Chemical Romance compartió la versión en vivo de ‘The Sharpest Lives’ grabada en 2007 durante un show en Nueva Jersey.
Lista de canciones de The Black Parade (20th Anniversary)
Álbum original
1. ‘The End.’
2. ‘Dead!’
3. ‘This Is How I Disappear’
4. ‘The Sharpest Lives’
5. ‘Welcome To The Black Parade’
6. ‘I Don’t Love You’
7. ‘House of Wolves’
8. ‘Cancer’
9. ‘Mama (feat. Liza Minnelli)’
10. ‘Sleep’
11. ‘Teenagers’
12. ‘Disenchanted’
13. ‘Famous Last Words’
14. ‘Blood (A Brief Intermission)’
Bonus Tracks
15. ‘Heaven Help Us’
16. ‘Kill All Your Friends’
17. ‘My Way Home Is Through You’
18. ‘Dead! (Live)’
19. ‘The Sharpest Lives (Live)’
20. ‘Someone Out There Loves You (Live)’
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Código venganza sorprende por lo genérica que resulta. En realidad, bien podría haberse titulado ¡Oh, no! No otra película de acción con Jason Statham, porque contiene todos los ingredientes que han convertido buena parte de la filmografía reciente del actor británico en una franquicia sin nombre. Un hombre parco con pasado militar, una conspiración internacional, una mujer a la que debe proteger, criminales con rostros apropiadamente desagradables y numerosos objetos cotidianos que, al entrar en contacto con sus manos, adquieren funciones homicidas.
Statham parece competir con Liam Neeson para determinar quién puede protagonizar más películas de acción intercambiables antes de que alguien encuentre la manera de detenerlos. Con Mutiny, toma momentáneamente la delantera. Neeson todavía cambia de profesión, de ciudad o de familiar secuestrado; Statham lleva años interpretando variaciones del mismo individuo: un sujeto solitario, eficiente y moralmente incorruptible que quisiera vivir tranquilo, pero encuentra a un ejército de villanos bloqueándole el camino hacia la jubilación.
Esta vez interpreta a Cole Reed (Jason Statham), antiguo miembro de las fuerzas especiales y ex policía convertido en escolta de Tibu (Ramon Tikaram), un empresario tailandés que además es su amigo. Cuando el multimillonario es asesinado, Reed es acusado del crimen y debe escapar mientras intenta descubrir quién ordenó su muerte. La búsqueda lo conduce hasta un carguero que viaja de Bangkok a Los Ángeles, comandado por Marko Madsen (Roland Møller), un capitán corrupto que utiliza la embarcación para una operación de trata de personas.
A bordo también se encuentra Angie (Annabelle Wallis), tercera oficial del barco, madre soltera y poseedora de una biografía diseñada con calculadora dramática. Tiene una hija adorable, un ex marido irresponsable y la cantidad exacta de valentía necesaria para ayudar a Reed, aunque no tanta como para impedir que él deba rescatarla periódicamente. Wallis intenta concederle determinación al personaje, pero el guion la obliga a oscilar entre compañera competente y damisela en peligro funcional, según las necesidades de la siguiente pelea.
La historia escrita por Lindsay Michel y J. P. Davis se parece demasiado a El transportador, solo que ahora el automóvil ha sido reemplazado por un carguero. Tenemos nuevamente a Statham como conductor y guardaespaldas vinculado con un cliente poderoso, incriminado por un delito que no cometió y enfrentado a una organización que trafica con seres humanos. Incluso la presencia de refugiados tailandeses encerrados en un contenedor parece incorporada para evitar cualquier duda sobre quiénes son los buenos, quiénes son los malos y en qué momento exacto debemos indignarnos.
La película no busca desafiar esas expectativas, sino cumplirlas con obediencia administrativa. Cada revelación puede anticiparse mucho antes de que los personajes lleguen a ella. El supuesto responsable detrás de la conspiración resulta evidente desde sus primeras apariciones, los enemigos cometen todas las imprudencias requeridas para facilitarle el trabajo al protagonista y los intercambios verbales parecen escritos por un niño de diez años cuando le habla a sus figuras de acción. Aquí, los diálogos no construyen personajes, apenas ocupan el tiempo necesario para que Statham encuentre otra herramienta con la cual fracturar un hueso.
Lo verdaderamente desconcertante es encontrar a Jean-François Richet detrás de una película tan impersonal. El realizador francés demostró con las dos entregas de Mesrine que podía combinar violencia, tensión política y construcción psicológica alrededor de un criminal impredecible. También dirigió una estupenda cinta sobre Vidocq (El emperador de París), un remake digno de Asalto al precinto 13, el clásico de John Carpenter, y consiguió que Plane, protagonizada por Gerard Butler (otro protagonista de cintas de acción genéricas), superara las limitaciones de su premisa mediante un ritmo preciso y una acción contundente.
Aquí, en cambio, Richet parece reducido a supervisor de tránsito. Su labor consiste en desplazar a Statham de un extremo al otro del barco, situar adversarios en su camino y asegurarse de que haya un objeto peligroso a una distancia conveniente. El carguero podría haber sido un magnífico espacio narrativo: una estructura aislada, laberíntica y llena de contenedores, pasadizos, conductos y cámaras donde cualquier movimiento produce una sensación de encierro. Sin embargo, la película rara vez convierte ese escenario en algo más que un gimnasio industrial para el protagonista.
Las peleas siguen siendo lo mejor. Statham conserva una credibilidad física que muchos actores de acción solo pueden simular mediante montaje frenético y dobles cuidadosamente escondidos. Sus movimientos son rápidos, secos y brutales. Cuando golpea, parece que duele, y cuando utiliza un candado como arma, la película encuentra durante algunos segundos la inventiva salvaje que le falta al resto. Richet organiza correctamente los enfrentamientos en espacios reducidos y permite comprender la posición de los cuerpos, una virtud que no debería resultar extraordinaria, pero que el cine contemporáneo de acción ha convertido casi en un lujo.
Statham tampoco interpreta a Cole Reed con desgano. Sus frases pueden sonar rígidas y su registro emocional continúa limitado a diferentes grados de irritación, pero el actor mantiene una presencia magnética. Pocos intérpretes pueden caminar hacia un grupo de hombres armados con semejante confianza y convencer al público de que quienes están en peligro son ellos. El problema no es Statham. Es una industria que ha decidido utilizarlo como una máquina de producir películas casi idénticas.
El actor de Snatch y Lock, Stock and Two Smoking Barrels se merece personajes capaces de aprovechar su sentido del humor, su velocidad verbal y esa mezcla particular de amenaza y picardía que Guy Ritchie comprendió desde el principio. Incluso dentro del cine de acción, títulos como Spy y Crank demostraron que Statham puede abrazar el absurdo, burlarse de su propia dureza y protagonizar historias dispuestas a correr riesgos. Código venganza prefiere encerrarlo nuevamente en el uniforme del hombre invulnerable que dispara primero y desarrolla una personalidad únicamente si queda tiempo.
Tampoco ayuda que los antagonistas hayan sido fabricados con materiales sobrantes. Marko Madsen posee la crueldad reglamentaria del capitán corrupto, pero ninguna característica capaz de separarlo de cientos de mercenarios cinematográficos. Daniel Kluth interpreta al responsable de la conspiración con una arrogancia tan evidente que la revelación final no funciona como giro, sino como confirmación de algo que la película anunció desde el comienzo con luces de emergencia.
Adrian Lester aparece como el capitán de una embarcación militar que recibe el pedido de ayuda de Angie, pero su personaje permanece atrapado en otra variante del mismo problema. Sabe demasiado poco, reacciona demasiado tarde y existe principalmente para llegar cuando la situación ya ha sido resuelta por Statham. El resto del reparto cumple la tarea asignada, aunque nadie recibe material suficiente para competir con los puños del protagonista.
Mutiny no alcanza los abismos insondables de Megalodón ni ese auto sin timón que fue la sobrevalorada saga de El transportador. Dura aproximadamente 95 minutos, mantiene un ritmo aceptable y ofrece suficientes huesos rotos para impedir que la experiencia se vuelva completamente tediosa. Su modestia puede incluso resultar simpática en una época en la que tantas películas de acción se sienten obligadas a salvar el planeta, inaugurar universos narrativos y amenazar con cinco secuelas antes de terminar los créditos.
Pero sobrevivir no significa navegar con rumbo. Código venganza es una película construida para satisfacer las expectativas más básicas del público de Statham, sin ofrecer una sola razón para recordarla cuando llegue la siguiente. Tiene un barco, una conspiración, una mujer en peligro, víctimas inocentes y un héroe capaz de convertir un reloj, un candado o una tubería en instrumento de demolición. Todo funciona exactamente como estaba previsto, y ahí reside su naufragio: en una historia donde ningún golpe puede sorprender porque todos aterrizan sobre lugares comunes.
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El actor convertido en director, escritor y showrunner Taylor Sheridan sabe construir magníficos thrillers de acción. Lo demostró como guionista de Sicario, donde la frontera dejaba de ser una división geográfica para convertirse en un purgatorio moral, y lo ha confirmado en una carrera televisiva tan prolífica que a veces parece dirigir su propio servicio de streaming. Entre todas esas producciones, Special Ops: Lioness (retitulada simplemente como Lioness a partir de la segunda temporada), ocupa un lugar privilegiado: Es una de sus series más tensas, ambiciosas y emocionalmente complejas, aunque no siempre consiga equilibrar con la misma precisión sus discursos políticos, sus tragedias familiares y su impresionante despliegue militar.
La serie toma como punto de partida el programa Lioness, una operación especializada que utiliza agentes femeninas para aproximarse a mujeres vinculadas con objetivos terroristas. Desde allí construye un universo en el que la infiltración no depende únicamente del entrenamiento físico o la capacidad para mentir, sino de algo mucho más peligroso: Establecer vínculos reales con las personas que se supone deben ser utilizadas. El cuerpo puede aprender a soportar golpes, torturas y jornadas imposibles; la conciencia, en cambio, no recibe entrenamiento suficiente para distinguir entre el afecto verdadero y la manipulación.
La primera temporada encontró su centro en Cruz Manuelos (Laysla De Oliveira), una marine marcada por la violencia que descubre en el ejército una identidad, una familia y una razón para continuar. Reclutada por Joe McNamara (Zoe Saldaña), Cruz debe entrar en el círculo privado de Aaliyah Amrohi (Stephanie Nur), hija de un poderoso hombre relacionado con la financiación del terrorismo. Lo que comienza como una operación de aproximación se transforma en una amistad íntima y, después, en un vínculo sentimental que amenaza con destruir la frontera entre la misión y la persona encargada de cumplirla.
De Oliveira construye a Cruz desde la contradicción. Es una combatiente extraordinaria, pero también una mujer que jamás había conocido un espacio emocional en el que pudiera bajar la guardia. Aaliyah deja de ser una vía de acceso al objetivo y se convierte en la posibilidad de otra vida. La misión cumplida, entonces, tiene el sabor de una derrota personal. Sheridan comprende que el suspenso no reside únicamente en saber si Cruz será descubierta, sino en preguntarse cuánto quedará de ella después de traicionar aquello que, quizá por primera vez, había sentido como verdadero.
Joe representa el reverso de esa experiencia. Es quien recluta, entrena, presiona y, cuando llega el momento, sacrifica. Zoe Saldaña interpreta al personaje como una mujer que vive permanentemente al borde del colapso sin concederse el derecho a caer. Su autoridad no proviene solamente de las armas o del rango, sino de la capacidad para tomar decisiones que otros prefieren no asumir. Saldaña convierte cada orden en un acto que también la lastima y cada regreso a casa en el intento desesperado de recuperar una normalidad que ya no sabe habitar.
La segunda temporada amplía el campo de batalla. El secuestro de una congresista estadounidense conduce la operación hacia los carteles mexicanos y pone en marcha una trama en la que convergen narcotráfico, intereses chinos, operaciones iraníes y estrategias de desestabilización internacional. La incorporación de la piloto Josephina “Josie” Carrillo (Génesis Rodríguez), ligada familiarmente al objetivo que debe infiltrar, repite parte de la estructura de Cruz, pero cambia la naturaleza del conflicto: esta vez la agente no necesita fabricar una cercanía, sino utilizar sus propios lazos de sangre como arma.
La temporada eleva considerablemente la adrenalina. Los enfrentamientos, las incursiones aéreas y las operaciones fronterizas poseen el tamaño y el impacto de una película bélica. El equipo de reacción rápida, encabezado por Bobby (Jill Wagner) y completado por Tucker (LaMonica Garrett), Two Cups (James Jordan), Randy (Austin Hébert) y Tex (Jonah Wharton), deja de funcionar como un conjunto de soldados intercambiables. Las bromas, las discusiones y la confianza que comparten permiten entender que su eficacia depende tanto del entrenamiento como de una lealtad construida bajo el fuego. Cuando uno de ellos corre peligro, el suspenso ya no nace solamente del éxito de la operación, sino del temor a que ese organismo colectivo pierda una de sus extremidades.
Sin embargo, el incremento de la acción también provoca algunos excesos. La serie abraza por momentos una fantasía de superioridad militar en la que un pequeño grupo estadounidense puede atravesar ejércitos enemigos como si hubiese descubierto el código secreto de un videojuego. La acumulación de amenazas globales obliga además a realizar saltos geopolíticos demasiado veloces. Hay episodios en los que México, Irak, Irán y China parecen caber en el mismo tablero sin que la escritura se detenga a explicar suficientemente las reglas de la partida. Lioness conserva su potencia e inteligencia, pero a veces confunde complejidad con acumulación.
La tercera temporada modifica nuevamente la arquitectura narrativa. Joe es secuestrada y la historia se divide en dos tiempos. Mientras el equipo intenta encontrarla, otra línea reconstruye los acontecimientos que condujeron hasta su captura. El recurso exige atención y puede producir cierta confusión durante los primeros episodios, pero responde a una intención precisa. Sheridan no quiere mostrar únicamente quién se llevó a Joe, sino exponer la larga cadena de decisiones políticas, operaciones clandestinas y enemigos abandonados en el camino que hicieron posible el ataque.
Esta estructura también permite que Kyle McManus (Thad Luckinbill) abandone los márgenes y asuma el liderazgo del equipo. Kyle comparte con Joe la disposición a cruzar cualquier límite, pero carece de su disciplina emocional. Su brutalidad revela hasta dónde puede llegar una estructura secreta cuando pierde a la persona que mantenía reunidas sus piezas. El rescate deja de ser una operación autorizada y adquiere la forma de una deuda personal. El equipo ya no pelea por una estrategia nacional, sino por recuperar a alguien que pertenece a su familia elegida.
Las dos líneas temporales terminan conectándose al final y obligan a mirar nuevamente lo sucedido desde la primera temporada. Aquella misión que parecía concluida no había cerrado realmente ninguna herida. En el mundo de Lioness no existen operaciones aisladas. Cada muerte produce un heredero, cada intervención genera una represalia y cada victoria estadounidense contiene el germen de la siguiente guerra. El pasado regresa como recuerdos armados hasta los dientes.
Sería muy fácil reducir la serie a una fantasía militar conservadora. Sheridan filma a sus soldados como profesionales excepcionales, reivindica la disciplina castrense y nunca oculta cierta fascinación por las armas, los helicópteros y las operaciones que ocurren lejos de la supervisión pública. Pero observar Lioness únicamente desde la polarización política termina empobreciéndola. Una mirada progresista que solo quiera encontrar propaganda perderá la crítica al imperialismo y la instrumentalización de los agentes; una mirada de derecha que celebre cada incursión como prueba de superioridad nacional ignorará que la serie presenta al poder estadounidense como una maquinaria hipócrita, voraz y dispuesta a destruir a sus propios servidores.
La diferencia entre los operativos y quienes deciden las misiones resulta esencial. Joe y su equipo cumplen órdenes sin detenerse demasiado a cuestionar las conversaciones celebradas en Washington. Mientras ellos sangran en el terreno, Kaitlyn Meade (Nicole Kidman), Byron Westfield (Michael Kelly), el secretario de Estado Edwin Mullins (Morgan Freeman) y otros funcionarios convierten vidas humanas en variables estratégicas. Las reuniones pueden parecer simples pausas entre balaceras, pero allí se encuentra el corazón político de la serie con hombres y mujeres de ropa impecable que deciden el destino de países que probablemente jamás tendrán que recorrer entre las ruinas.
Kidman dota a Kaitlyn de una serenidad glacial que no elimina su humanidad, pero sí demuestra cuánto tiempo lleva sepultándola. Michael Kelly vuelve fascinante a Byron gracias a su capacidad para convertir el pragmatismo en una forma de amenaza, mientras Morgan Freeman utiliza su autoridad para revelar el cansancio de un sistema que continúa defendiendo decisiones que ya no puede justificar completamente. No son villanos que conspiran en habitaciones oscuras; son administradores de una violencia que ha aprendido a hablar con lenguaje institucional.
Entre todos esos personajes, Errol Meade (Martin Donovan), esposo de Kaitlyn, emerge como una de las presencias más reveladoras. Sus conversaciones exponen la relación subterránea entre capital financiero, política, religión y guerra. Errol entiende que detrás de las declaraciones patrióticas y las supuestas cruzadas morales suele existir una motivación menos elevada: la codicia. El dinero no aparece como consecuencia de la guerra, sino como uno de sus motores silenciosos. Donovan interpreta al personaje con la tranquilidad de quien conoce el futuro y la ubicación de todos los cadáveres financieros, sabiendo que ninguno será encontrado.
La vida doméstica de Joe ofrece el contrapunto más doloroso. Neal McNamara (Dave Annable), cirujano y padre obligado a sostener la cotidianidad durante las largas ausencias de su esposa, no es un personaje decorativo ni el hombre resentido que aguarda junto al teléfono. Su relación con Joe está construida desde el amor, el deseo, la frustración y una desigualdad inevitable. Él debe aceptar los secretos de una mujer que no puede contarle por qué regresa herida ni cuándo volverá a marcharse. Sus hijas Kate (Hannah Love Lanier) y Charlie (Celistina Harris) crecen aprendiendo que amar a su madre significa convivir con la posibilidad de perderla.
Esas escenas familiares impiden que Lioness se convierta en un catálogo de hazañas militares. La guerra no termina cuando Joe atraviesa la puerta de su casa. Se sienta a la mesa, entra en el dormitorio y transforma cada llamada telefónica en una amenaza. Saldaña y Annable consiguen que el matrimonio sobreviva sin parecer idealizado. Ambos comprenden que la profesión de Joe es también una adicción al deber, una fuerza que le permite salvar desconocidos mientras la aleja de las personas que más ama.
A lo largo de sus tres temporadas, Lioness ha tenido tropiezos, explicaciones geopolíticas atropelladas y discursos que a veces confían demasiado en el simplismo y la solemnidad. También ha presentado enemigos cuya función dramática consiste principalmente en esperar a que el equipo estadounidense los elimine. Pero incluso en sus episodios menos equilibrados conserva una energía narrativa extraordinaria. Sheridan sabe cuándo prolongar una conversación, activar una traición y arrojar a sus personajes a una batalla que parece imposible de sobrevivir.
Quienes busquen acción inteligente encontrarán aquí una serie que comprende las consecuencias psicológicas y políticas de apretar el gatillo. Quienes solo quieran adrenalina recibirán persecuciones, secuestros, infiltraciones y combates construidos con una intensidad pocas veces alcanzada en televisión. Todavía queda otra misión, quizá otra temporada y tal vez el principio del final. Por ahora, Lioness ya puede reclamar un lugar entre las grandes series de acción, no porque glorifique la guerra, sino porque sabe que incluso quienes regresan de ella jamás vuelven completamente a casa.
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Hace casi una década, comenzó la carrera de uno de los músicos más importantes que el regional mexicano tiene hoy en día: Carín León, quien el pasado viernes dio inicio a su histórica residencia en Sphere Las Vegas. Esta serie de conciertos no solo es importante porque el oriundo de Hermosillo se convierte en el primer latino en presentarse en el recinto, sino también porque marca el punto más alto de un año plagado de éxitos.
A lo largo de 2026, Carín León ha sido uno de los músicos más activos del panorama musical hispanohablante al estar constantemente lanzando música nueva y presentándose en diversos escenarios alrededor del mundo. Aunque quizá lo más destacado sea el estreno de MUDA, un álbum que concluye una etapa en su carrera, pues se trata de la última entrega de una serie de proyectos relacionados a la boca.
Desde su título, el disco es una invitación a mirar hacia adelante sin perder de vista de dónde venimos. MUDA hace referencia a la hache muda de Hermosillo, la ciudad natal de su autor, pero también al cambio. “Siempre reinvento desde lo tradicional, desde la misma tradición de Hermosillo, del ser más hermosillense”, comparte León con ROLLING STONE en Español tan solo una noche antes de que arranque su residencia en Sphere Las Vegas. “Para mí siempre ha sido lo mismo, siempre ha sido Hermosillo, pero ahora tengo la oportunidad de mostrar esas cosas que no se me habían permitido mostrar antes”.
En sus propias palabras, este nuevo material discográfico “se trató de cambiar este sonido como si fuera una muda de piel, pero manteniendo esa esencia de lo que es Carín León, que tiene que ver mucho con mi ciudad y con la región donde soy”. Fiel a esta idea y a lo que ha estado presentando desde sus anteriores proyectos, el hermosillense decidió averiguar cuáles son los límites sónicos del regional mexicano al fusionarlo con distintos géneros que van desde el blues hasta la música electrónica.
“Soy una persona que escucha mucha música desde que tengo razón; he coleccionado muchos sonidos. Aparte del regional mexicano, escucho una variedad importante de música, y siempre he tenido estos deseos de hacer música. Más que un músico del regional mexicano o un músico de algún género, me considero una persona que ama la música”, comparte el sonorense.
Esta fuerte conexión con la música se refleja en su forma de componer, pues Carín no llega al estudio con una idea clara sobre lo que va a ser una canción, sino que deja que esta se apodere de sí mismo y lo guíe entre letras, melodías e instrumentos. “Dejo que las canciones me digan hacia dónde se quieren ir o qué sonidos quieren tomar”, menciona León. “Al momento de imaginarme cómo va a sonar la canción, también tengo una paleta de colores muy grande de dónde agarrar”.

Este estilo de composición resulta en canciones mucho más orgánicas tanto en melodía como en lírica. De hecho, MUDA es un proyecto donde no solo se muestra Carín León, el artista, sino también la persona detrás del proyecto. De acuerdo al cantautor, esto surge de una visceralidad que siempre está presente cuando se sienta a escribir. “Soy de la idea de que si una canción no la compongo en menos de 30 minutos, es que no quiere nacer”, dice. “He preferido mantener mi arte de esa manera, que tenga esa visceralidad y que las canciones tengan que nacer por una necesidad de expresar algo”.
Dentro de esta exploración sónica, León decidió invitar a su universo a artistas ajenos al regional mexicano. En MUDA encontramos únicamente dos colaboraciones: ‘Carranga’, junto a Juanes, y ‘Bingo’, de la mano con Rawayana. “Creo que siempre crean cosas nuevas, así que soy muy fan de sus proyectos. Tuve el honor de poder tenerlos en esta gran producción”, externa el hermosillense, quien siempre ha estado abierto a colaborar con artistas que lo sacan de su zona de confort.
“Coleccioné muchos, muchos amigos a través de esto y me encanta hacer música con personas que quiero y que tienen la misma visión sobre la música que yo”, dice Carín León, quien este año ha estrenado colaboraciones con artistas como The Warning, Chanela Clicka y Kany García, con quien presentó ‘El Sombrero y La Camisa’. “Ya tenía añejada bastante tiempo, unos tres años o un poco más, y no habíamos tenido la oportunidad de sacarla, pero es una letra impresionante —como lo que hace Kany todo el tiempo— y quisimos lanzarla esta vez, pero siempre con la calidad que nos brinda ella como artista y como compositora”, comparte el mexicano.
A pesar de esta exploración sónica y sus diversas colaboraciones, Carín León tiene muy claro que su amor más fuerte está en el regional mexicano, un género al que describe de una forma tan bella que vale la pena plasmar de forma íntegra: “El regional mexicano es eso: es familia, es amigos, es simpleza, es sencillez, es la base para nosotros, sobre todo en el noroeste del país. Es nuestra canasta básica, y es algo que tenemos tan arraigado, y que es tan lindo, y tan importante, que nunca nos va a dejar, por más que vayamos a otras partes del mundo”.
Además de por el estreno de su nuevo álbum y su serie de presentaciones en Sphere Las Vegas, el año de Carín León también estuvo marcado por experiencias como la organización de su propio festival en Hermosillo, Sonora, donde fue acompañado por artistas como Alejandro Sanz, Grupo Frontera y Kevin Kaarl, y que fue el resultado del profundo amor que siente por su ciudad. “Tengo algo enfermo”, menciona el cantautor. “Siempre la he visto como un paraíso y estamos en la búsqueda de construirla —entre muchos hermosillenses, muchos artistas y su servidor— como un epicentro musical donde se expongan las cosas que nunca se han expuesto, pero que siempre han estado en nuestro estado y en nuestra ciudad”, añade.
A esta experiencia también se suma su participación en Summer Sonic, donde no solo fue uno de los actos estelares, sino también curador de una escenario dedicado a la música mexicana donde también participaron Latin Mafia y Paloma Morphy. “Ha sido algo de mucho orgullo”, menciona el sonorense. “A fin de cuentas, son diferentes géneros los que hace Latin Mafia, los que hace Paloma y los que hago yo, pero creo que hay una sinergia y la sinergia que hay dentro es que somos muy mexicanos”.
La presentación de Carín León en la “Tierra del Sol Naciente” es un reflejo de cómo el regional mexicano ha roto fronteras y lo va a seguir haciendo. “La música es otro idioma”, comparte el hermosillense. “Creo que nuestro género, el regional mexicano, es tan visceral, es tan fácil de entender, tan fácil de digerir, que cualquier persona en cualquier parte del mundo, siempre y cuando esté bien hecho, lo va a gozar”.

“Lo que para nosotros estaba la orden del día; lo que para nosotros muchas veces hasta lo tildamos como que es música del pueblo —porque por mucho tiempo se le marginó al género de esa forma—, en otros lugares se le valora como arte, como cultura, como lo que siempre ha sido. Creo que el estigma hay que cambiarlo desde adentro. Nuestra cultura es suficientemente potente y hoy en Japón nos dimos cuenta que la gente está hambrienta en México”, continúa el mexicano.
A pesar de que Carín León ha tenido la oportunidad de presentarse en algunos de los escenarios más importantes del mundo, puede que ninguno sea tan imponente como Sphere Las Vegas. “Hay un poco más de tranquilidad, pero siempre está el nervio de que todo puede pasar”, comparte el artista la noche antes de su primera presentación. “Pero sabemos que la gente se va a llevar, un gran, gran sabor de boca, y que va a ser un show memorable”.
Ese nerviosismo desapareció un poco tras el primer ensayo, donde el sonorense pudo dimensionar realmente lo que estaba por pasar en los próximos días. “Fue como un shock de realidad”, externa el cantautor, quien tiene claro que esto no solo se trata de su crecimiento profesional, sino también de poner en alto su estado y a su gente. “Quiero que la gente se sienta orgullosa y, sobre todo, que el sonorense y el hermosillense también se sientan más orgullosos que nunca de ser hermosillenses y sonorenses y festejen junto conmigo lo que está logrando nuestra cultura, porque más allá de mi logro personal es un logro cultural y es un logro de todos”, añade.
Carín León es el primer artista latino en presentarse en el recinto, algo que él mismo describe como una oportunidad para inspirar a más músicos. “Quiero inspirar a mucha más gente, a los músicos del regional, a que piensen que no hay imposibles, que los límites solo existen en la cabeza, y uno mismo se los pone”, dice la estrella.
A pesar del gran presente que está viviendo, el año aún no termina y Carín León aún tiene más cosas preparadas para cerrar su 2026, incluyendo su tradicional álbum decembrino, el cual es un regalo que él mismo se hace. “Esta vez haré lo mismo, pero de manera muy distinta, de una manera muy creativa”, revela. “Es un disco que yo quería hacer desde hace muchísimo tiempo, que es un acercamiento a la música country en español”, añade el artista, quien considera que este nuevo material es uno de los mejores que ha hecho hasta la fecha. De igual manera, el cantautor volverá a Sphere Las Vegas en septiembre del próximo año para seguir haciendo historia.
Sin embargo, a pesar de lo emocionante que puede ser el futuro, Carín León no despega los pies de la tierra y se mantiene conectado a su presente. “Me mantengo ocupado, me mantengo haciendo música, me mantengo volviendo a casa. Eso me ayuda muchísimo: volver a Hermosillo, volver a estar con mis camaradas, tener bien firme el sueño y el estar en constante contacto con mi humanidad”, comparte el hermosillense. “Mi negocio principal, más allá de cualquier cosa, es hacer música y creo que eso siempre va a estar cubierto porque me encanta hacerlo”, finaliza.
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La plataforma Netflix reveló el primer tráiler de Mis muertos tristes, la esperada miniserie dirigida por Pablo Larraín y basada en el universo literario de Mariana Enriquez. El adelanto ofrece un primer vistazo al inquietante mundo que construye la producción, donde los fantasmas, la memoria y la violencia social conviven en los márgenes de Buenos Aires.
La historia sigue a Ema, una médica recién jubilada capaz de ver a los muertos. Mientras intenta procesar la reciente muerte de su madre, la llegada de su sobrina Julie y el asesinato de tres adolescentes en Piedrabuena desencadenan una serie de acontecimientos que rompen el frágil límite entre los vivos y los muertos. Según la sinopsis oficial, lo que hasta entonces había sido una carga personal para Ema comienza a expandirse por todo el barrio: “Los muertos empiezan a hacerse presentes y nadie podrá escapar al sonido de sus propios fantasmas”.
La serie está protagonizada por Mercedes Morán como Ema, junto a Dolores Fonzi y Carolina Sánchez Álvarez, una de las grandes revelaciones del proyecto. El elenco completa una historia que entrelaza distintos relatos de Un lugar soleado para gente sombría, el libro de cuentos de terror de Enriquez.
En la reciente entrevista de tapa con Rolling Stone, la autora explicó cómo nació la adaptación. “Se acercó Pablo Larraín, primero”, contó la escritora. “Me gusta su trabajo y también me daba curiosidad. Creo que todas sus películas, incluso las que parece que no, tienen elementos inquietantes, medio góticos. Para mí Spencer tiene elementos de terror, por ejemplo. Me daba curiosidad lo que podía hacer él con el material”.
Enriquez también explicó que estuvo profundamente involucrada en el desarrollo de la serie, participando activamente en la escritura de los guiones: “Estuve todo el tiempo, desde el principio hasta el final, viendo los guiones permanentemente, metiendo mano todo el tiempo con las biblias, en reuniones con Pablo en Buenos Aires. Fue tomar todos esos cuentos, mi mundo, y extrapolarlos a su visión. Pero diría que trabajamos al 50/50, más o menos“.

Uno de los ejes centrales de Mis muertos tristes es la manera en que Enriquez entiende las historias de fantasmas. “Uso los fantasmas como una cicatriz, como un trauma que vuelve, como una injusticia que no se reparó“, el explicó a esta revista. “Lo que persiste es un eco. Lo que persiste es la memoria”.
Sobre el trasfondo político y social de la historia, la escritora señaló que “los muertos que compartimos todos tienen que ver con lo político, lo social y con la historia. Los grandes traumas y las grandes injusticias son diferentes, pero no tanto, y esos son los fantasmas que para mí una médium podría ver fuera de su intimidad”.
La adaptación llegará a Netflix el próximo 24 de septiembre y también tendrá una presentación especial en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde será exhibida en una versión montada como largometraje.
Mirá el trailer:
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