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Mataderos es un barrio ubicado en el extremo suroccidental de la ciudad de Buenos Aires, cerca de los límites con el conurbano bonaerense. Su nombre viene de la antigua tradición ganadera de la zona, específicamente de los corrales instalados allí. Incluso hoy, con una comunidad urbana más fuerte que la de sus primeros asentamientos a inicios del siglo XX y ya sin la presencia de estos macelos, todavía se escuchan pasar entre las casas bajas del sector camiones con vacas que se dirigen al sacrificio. 

Gracias a esa composición arquitectónica, carente de grandes edificios —más comunes en zonas como Puerto Madero o Palermo—, “el sol pega diferente” y el cielo, visible en todo su esplendor, completa un paisaje humilde que existe entre lo citadino y lo rural, donde diferentes realidades se cruzan. “Convivimos entre abuelas, turros, fisuras y otakus que no tienen plata para vestirse como quieren realmente”, explica Sara Azul Froján, más conocida como Saramalacara, oriunda del barrio de la capital argentina y una de las figuras más relevantes de la escena alternativa hispana. 

MATADEROS también es el nombre de su segundo álbum de estudio, realizado en Los Ángeles bajo el sello Interscope. Y sí, es curioso que un disco desarrollado en los estudios más prestigiosos de L.A., por donde pasaron nombres como Playboi Carti o Billie Eilish, lleve el nombre de una localidad muchas veces pasada por alto por los porteños.

Sin embargo, para la cantante no fue una decisión extraña, mucho menos pensada desde una lógica comercial con la intención de vender nostalgia barata. Es más bien el resultado de una carrera y una vida marcadas por la ambición y la melancolía; qué mejor que volver al lugar donde empezó todo para celebrar su expansión global.

Saramalacara: mirar al pasado para entender el presente
Cortesía

Sara nació el 8 de noviembre del 2000 y, desde muy chica, estuvo rodeada por el arte. Creció con una madre artista plástica —que más tarde se convirtió en docente— y un padre músico, dos influencias que hicieron que la creatividad y la música formaran parte de su vida mucho antes de que siquiera pudiera pensar en ellas como una carrera.

En casa de su padre convivían el jazz y el rock nacional, mientras que en su cuarto comenzaba a descubrir nuevos sonidos gracias a internet: desde el pop de High School Musical hasta el metal y el punk de bandas como Pantera o Blink-182. Pero la red global no solo amplió su universo musical. Gracias a ese acceso sin supervisión a la web, también encontró en los videojuegos, el anime y contenidos quizá demasiado sensibles para alguien de su edad un espacio para escapar momentáneamente de la realidad.

Sin embargo, aquella fascinación por las historias que encontró en esos mundos terminaría llevándola también hacia la literatura.

“Hubo una época en la que casi no veía anime y leía más manga que otra cosa […] Siento que en general los japoneses son muy acertados para transmitir emociones y hablar sobre cosas profundas o tristes”, reconoce Sara, mientras recuerda que esa parte literaria entró con fuerza en su vida, más que nada, durante la secundaria. “Yo tenía esta necesidad de ser mejor o de sentirme más inteligente que los demás o algo así, entonces iba y me compraba un libro de Nietzsche y lo leía, pero no entendía nada”, dice mientras ríe e inhala de su vape.

Aun así, su afición por la lectura terminó canalizándose, sobre todo, a través de internet. La Sara adolescente se enfocaba en buscar blogs y leer cosas “random” que escribían otras personas. Fue entonces cuando apareció Tumblr, la famosa plataforma de microblogueo. “[Tumblr] era como un agujero muy de ‘ah, vamos a estar todos tristes y decir lo que pensamos’. Había un montón de gente que se abría y escribía lo que no quería contar en ninguna otra red social. Siento que ahí yo también me dejaba ir mucho más”, comparte. “Tengo algunas entradas que las escribí con 13 o 14 años que no puedo creer que haya escrito a esa edad”.

A pesar de eso, internet no la alejó del todo de los libros y, con el tiempo, encontró inspiración en varios autores. Entre ellos menciona a Mariana Enríquez, la célebre autora argentina. “Ella escribía terror, pero lo hacía de una manera muy cotidiana. Nombraba barrios, a la cocaína le decía ‘falopa’, y lo decía todo con unas palabras que yo estaba desacostumbrada a leer en una novela”, cuenta. “Me acuerdo que la primera novela que leí de ella era Bajar es lo peor […] Después lo metí en ‘Guchi Polo’ cuando canto ‘Bajar es lo peor, quiero tu campera’. Fue un libro que me encantó”. 

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Poco a poco, el mundo que Sara había encontrado detrás de la pantalla la llevó hacia afuera de su casa. En Mataderos, según recuerda, tampoco había demasiados lugares donde encontrarse con otros jóvenes. “El skatepark era el único lugar de reunión cool del barrio”, cuenta. En ese momento había batallas de freestyle, chicos andando en patineta y toda una movida subversiva juvenil que, para ella, representaba una de las pocas formas de salir de la rutina y hacer comunidad. Allí se introdujo en el mundo del grafiti, pintando muros y firmando con el nombre de Korea. 

A la par, SoundCloud apareció como una extensión de esa necesidad de buscar espacios emergentes. En la plataforma cualquiera podía hacer una canción, subirla y encontrar público, algo que llamó profundamente la atención de Sara. Así fue como comenzó a acercarse a propuestas que se movían en el underground, desde el universo de Yung Lean y la Drain Gang hasta Carti y Opium. Para ella, el sitio no exigía la perfección que parecía demandar el circuito tradicional: permitía equivocarse, experimentar y hasta hacer canciones que sonaran “mal”. El error dejaba de ser un defecto para convertirse en parte del proceso creativo.

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Sara describe sus primeros proyectos como una especie de “kindergarten”, una etapa en la que aprendía jugando y probando. “Tengo este meme que me ponen de ‘por qué se hace la diferente’, y es exactamente eso lo que estoy tratando de hacer”, comparte. “Al principio capaz era un vómito de adolescente que venía de muchas cosas que estaba consumiendo: películas, estéticas, sonidos”, recuerda. La música se convirtió así en el lugar donde podía juntar todas esas influencias y convertirlas en algo propio, sin preocuparse demasiado por si encajaban en un género o en una escena determinada.

Sus primeros temas aparecieron en 2019. ‘Budokai Tenkaichi’ y ‘Cartoon Network’ brillaron por su mezcla de trap con referencias a la cultura contemporánea. En ese momento también comenzó a formar parte de la Rip Gang, el colectivo que reunía a artistas como Dillom, ODD MAMI, Taichu, Broke Carrey y otros nombres de una new wave que empezaba a romper con las formas más convencionales del trap argentino.

“Poder hablar de cosas profundas, cosas que extrañás o que pensás sobre el pasado, pero de una manera menos dramática y más trap, por así decirlo. Como simplemente ‘fuck todo’”, explica sobre lo que buscaba. Ese cruce entre emociones complejas y una forma de expresarlas aparentemente despreocupada terminó convirtiéndose en una de las características de sus inicios: canciones que podían hablar de la nostalgia o de la tristeza sin abandonar la energía, la ironía y lo digital.

Esa etapa de experimentación ganó mayor alcance con canciones como ‘Guchi Polo’, uno de sus primeros temas en pegarse y una pieza clave para consolidar la identidad de Saramalacara. Después llegaron sus primeros EPs: USB IDOL (2021), donde añadió corrientes como el digitalcore y el glitchcore, y  eclips3 (2022), proyecto junto a Evar y dayvan que amplió todavía más su sonido y propuesta visual.

Para entonces, aquella fase ya había dejado de parecer un simple juego. El proyecto que había nacido de todas las referencias que acumuló durante su adolescencia comenzaba a tener una identidad reconocible y, con ella, un público que quería escuchar más, por lo que el siguiente paso parecía llevar ese universo a un formato de mayor duración, lo que resultó en Heráldica, su primer LP.

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Con Heráldica (2024) la búsqueda cambió. Al ser su primer álbum, Sara reconoce que puso mucho peso sobre sí misma y convirtió el trabajo en algo mucho más grande que un conjunto de canciones. Parte de esa obsesión estaba relacionada con una idea que hoy ella misma considera un poco exagerada: la Trinidad y el número 3 como una constante asociada a la perfección. 

Sus primeros EPs habían tenido tres y seis tracks, por lo que el disco debía tener nueve, que terminaron siendo 12 al añadir una introducción y dos interludios. “Me lo tomé como mi ópera prima. Ahora me siento como ‘pará, hermana, muy intensa’, pero en ese momento pensaba que tenía que tener una huella digital perfecta y que debía pensar muy bien todo lo que estaba haciendo”, recuerda. Fue también durante ese proceso que desarrolló una inquietud cada vez mayor por lo medieval, lo religioso y lo onírico, que buscaba cruzar con su relación con internet, el trap, el enojo y la nostalgia.  

La pregunta era cómo reunir en una misma estética esos elementos tan distantes entre sí. La respuesta llegó durante una conversación con su directora creativa, Domi, conocida como Fotolog. “Yo siento que vos hacés eso porque necesitás inspirarte de algo muy primario del humano”, le dijo. Para Sara, ahí estaba la clave: tomar algo que se había extinguido miles de años atrás y traerlo de vuelta al mundo actual. 

El trabajo terminó dando forma a un universo que, según Sara, fue recibido de una manera que confirmó que había conseguido aquello que se había propuesto, aunque con un costo personal. “Me volví un poco loca con ese disco. Me había metido mucho en el personaje y en la tarea, como si fuera un deber o algo así. Era como si solo me importara eso y no me importara mi persona; como si esa persona digital fuera más importante que la de carne y hueso”.

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Después de su debut soñado, recibido con halagos tanto de la crítica como del público, Sara sintió que había llegado el momento de bajar algunas revoluciones. Si aquel álbum había sido construido bajo una lógica casi obsesiva, MATADEROS, su segundo disco, nació desde un lugar mucho más libre. “Le aflojé un poco más a eso tan esotérico extremo y lo atravesé por la nostalgia pura y dura. Traté de hacer lo que quisiera, sin mi propia cárcel mental de ‘tenés que ir por este lado, hacer esto y transmitir esto’”, explica. 

El cambio se hizo evidente en las letras. Sus productores y las personas más cercanas al proyecto comenzaron a señalar que había “madurado bastante” en su manera de escribir. Para Sara, la diferencia estaba en que antes buena parte de su propuesta consistía en provocar. “Antes era mucho más decir cosas que molestaran. Usar palabras y conceptos que fueran muy específicos para que los entendieran algunas personas; otras cosas eran cultura de internet y otras ya eran directamente drogas, alcohol y simplemente molestar”. En ese sentido, la cantante reconoce que MATADEROS fue un disco “más sano de hacer”. 

Ese proceso coincidió además con un cambio considerable en la dimensión de su carrera: la llegada de Interscope Records, que describe como “un balde de agua fría” y la confirmación de que, después de años puliendo una propuesta deliberadamente extraña y personal, había alguien dispuesto a apostar por ella. “Obviamente sentí que a alguien le importa, someone gives a fuck about this”, resume. 

El salto le permitió trabajar en Los Ángeles junto a algunos de los productores que durante años había escuchado como fan. Entre ellos estuvieron Ojivolta, DJH, F1lthy y Dylan Brady, nombres a los que Sara menciona directamente como ídolos, aunque cuando finalmente tuvo la oportunidad de conocerlos y colaborar con ellos, intentó dejar a un lado la fascinación. “No tenía una mentalidad de fan. Tenía más una mentalidad de ‘quiero exprimirte y sacar de vos lo que me hizo amarte’”. Lo que encontró, dice, fue suficiente para confirmar aquello que admiraba desde lejos. “Por suerte fue muy lindo porque todas estas personas, más allá de que con algunas generé más amistad que con otras, eran personas adictas a hacer música, y con eso me bastaba”. 

Pero mientras su carrera la llevaba cada vez más lejos, el nuevo álbum apuntaba en la dirección contraria, y para construirlo, Sara decidió volver sobre sus propios orígenes y reencontrarse con su pasado. “Me fui a Mataderos, donde nací”.

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“Son los suburbios de Buenos Aires. Cruzás una autopista y ya pasás a la provincia. Yo vivía a quince cuadras de esa carretera”, cuenta. De niña, claro, no percibía esa distancia. Mataderos era todo lo que conocía.

A medida que creció, la artista comenzó a alejarse físicamente de su hogar. Primero tuvo que desplazarse hacia otros puntos de Buenos Aires en busca de nuevas amistades, movidas y espacios, y después terminó mudándose de la zona. Más tarde llegaron los viajes, una posibilidad que durante su infancia ni siquiera parecía real. Su primera salida fue gracias a una gira que la llevó a España y le permitió conocer Europa. Después vendrían Japón y, finalmente, Estados Unidos. Aun así, ninguno de esos países logró reemplazar la sensación que le produce Mataderos. “No hay lugar como mi barrio”, concluye. 

Esa carga emocional también estaba ligada a pequeñas escenas que habían quedado asociadas a esas calles. Sara recuerda los caminos que recorría para ir al colegio o a la casa de sus amigos. Pero, sobre todo, recuerda la cercanía con la vida de quienes habitaban el barrio. Esa posibilidad de observar, casi sin proponérselo, fragmentos de la intimidad cotidiana de sus vecinos terminó convirtiéndose también en parte del imaginario de MATADEROS.

En los días de calor, los vecinos sacaban sus sillas a la acera; las bicicletas, los juguetes y los objetos de cada casa quedaban a la vista. “Era gente muy simple”, dice Sara. “Son personas que no buscan algo más, sino que están muy orgullosas de dónde están. Es muy de ‘esto es lo mío y no necesito lo que tienen los otros’”, comenta la cantante, que asocia esa forma de vivir con la famosa frase “el lujo es vulgaridad”, atribuida tanto a Borges como al Indio Solari.  

“Yo quería unas Yeezy, unas Rick Owens y comprarme toda esa ropa que amaba, pero al mismo tiempo tenía ese sentimiento de ‘con esto la gente es feliz’. Pero a mí no me bastaba. No me alcanza con esto”, recuerda. “El primer pecado que cometí / querer más”, canta Sara en ‘MTD DREAMS’. Le gusta especialmente esa frase porque resume una contradicción que, para ella, es inevitablemente humana: el deseo de ir más lejos puede ser al mismo tiempo una fuente de satisfacción y de culpa. 

Esa discrepancia, cuenta, fue motivo de mucha terapia, clave en su vida actual. Su psicóloga la ayudó a entender la culpa que sentía por haber alcanzado un éxito relativamente rápido, incluso dentro de una escena de nicho. “Yo nunca terminaba de estar contenta con las cosas que me iban pasando, y claro, las cosas que me iban pasando eran cada vez más una locura”, reconoce.

Pero esa culpa no alcanza para detenerla. Si nunca hubiera querido más, piensa Sara, quizá habría sido más feliz. La idea, sin embargo, dura apenas unos segundos ya que no quiere conformarse. Ya está en movimiento y no existe una vuelta atrás. Esa necesidad de seguir avanzando también está atravesada por las historias y los mangas que leyó desde joven: ese viaje del héroe en el que, una vez iniciado el camino, regresar deja de ser una opción.

Esa necesidad de volver la llevó también a enfrentarse con lo que llama su “herida primigenia”: la adolescencia. Sara recuerda haber sido una chica particularmente sensible, que podía cargar de angustia incluso situaciones que desde afuera parecían pequeñas. A su mente llega, por ejemplo, lo mal que la puso descubrir que Papá Noel no existía. “Te va a hacer reír, pero me puse re mal. Decía ‘no, ¿cómo que la magia no existe? ¿Cómo que esto no existe? Me estás matando’”, cuenta.

Con el tiempo, comenzó a cuestionarse de dónde venía esa tristeza que parecía acompañarla desde tan temprano. La cantante encuentra en la propia palabra “adolescencia” una forma de explicar esa etapa: la relaciona con “adolecer”, es decir, con sufrir. Es un tránsito en el que una persona comienza a volverse autónoma, a separarse de los valores inculcados por su familia, a rebelarse y a enfrentarse por primera vez a muchas de las situaciones de la vida adulta. 

Esa “primera herida” se mezcló, en su caso, con problemas familiares, decepciones amorosas y otras situaciones difíciles. Durante mucho tiempo pensó en si aquello era suficiente para explicar el peso que cargaba desde tan joven. “¿Dónde fue que me lastimaron tanto? ¿Dónde fue que yo me lastimé tanto para después vivir mi adolescencia así?”, se preguntaba. 

En esa reconstrucción de sus años adolescentes, y mientras buscaba respuestas, Sara se encontró con otra contradicción que, según cuenta, estaba mucho más arraigada: la distancia entre la joven que había sido y la persona en la que se convirtió después de que la música comenzó a ocupar un lugar central en su vida.  

Cuando era más chica, se sentía cercana al costado más marginal del barrio. Pasaba las tardes buscando con quién beber o fumar porro, robaba pintura para hacer grafitis y encontraba cierta identidad en vivir en ese costado más “disruptivo” de la sociedad. Después, casi de golpe, apareció una carrera que le dio un lugar, una comunidad y algo que cuidar. “Tengo esta gente y esta ‘secta’ que me valora y me quiere. Tengo algo importante acá. Ahora lo tengo que cuidar y tratar de ser una mejor persona. Ya no puedo buscar destruirme todo el tiempo”, reflexionaba para sus adentros en esos años.

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De igual forma, regresar al barrio también la ayudó a entender que había algo de Mataderos que necesitaba quedar dicho. No era uno de esos lugares que aparecen constantemente en los relatos sobre Buenos Aires ni un territorio asociado a una identidad fácilmente reconocible fuera de quienes viven allí. Para Sara era simplemente un barrio que muchas veces pasaba desapercibido. “Yo necesitaba nombrarlo y decirlo”, explica.

Había algo en ese gesto de nombrar que era una forma de hacerlo visible. Hablar de Mataderos significaba decir de dónde había salido y mostrar una realidad que rara vez aparecía representada: la de un barrio que, sin responder necesariamente a las imágenes más extremas de la marginalidad, tampoco parecía ocupar demasiado espacio en el imaginario de la ciudad. MATADEROS terminó convirtiéndose así en una manera de llevar ese lugar hacia afuera y dejar constancia de su existencia.

Pero contar Mataderos también implicaba contar el contrasentido de alguien que nunca terminó de encajar por completo en una sola identidad. Sara podía sentirse atraída por ese costado más “turro” y marginal del barrio, buscar límites y sentirse cercana a quienes habitaban sus márgenes, mientras al mismo tiempo encontraba una parte fundamental de sí misma en el manga, el anime, los videojuegos y la cultura de internet. Era, como ella misma dice, “una especie de mezcla extraña”. “Yo me sentía así, por más de que no era un turro y no pertenecía a esa tribu urbana, pertenecía como a dos o tres al mismo tiempo”.

Quizá esa sea una de las cosas que finalmente encontró al regresar: que no tenía que elegir una sola de esas versiones para contar quién era. Podía hablar del barrio pobre del que salió, de sus contradicciones y de la chica que había encontrado refugio tanto en sus calles como detrás de una pantalla. Y podía hacerlo, además, desde un lugar al que había llegado precisamente gracias a todo aquello que alguna vez pareció incompatible. “Me encantó hacerlo porque fue poner a la gente a conocer eso”.

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Si para realizar el disco Sara había decidido regresar al barrio a través de la memoria, el siguiente paso fue hacerlo de manera literal. La artista quería llevar el universo del álbum a su casa y ofrecer un concierto gratuito para la gente del lugar. La idea, sin embargo, no pudo realizarse como la había imaginado.

El proyecto era completamente autogestionado. No pedía financiación estatal ni recursos públicos y solo necesitaba los permisos para montar un espectáculo con una producción similar a la que suele presentar en importantes escenarios locales e internacionales. Pero, según cuenta, la respuesta que recibió fue que no podía montar todo allí porque Mataderos era considerado un barrio “problemático”.

La decisión le resultó especialmente amarga. Para alguien que había construido buena parte de su identidad alrededor de ese lugar, la idea era precisamente llevar allí algo que normalmente parecía reservado para otros sectores más privilegiados de la ciudad. “Yo no quería ir a hacer un show fisura, con un sonido medio pelo y ya. Quería llevar un show como los que hago en Capital, en un venue lleno de cosas y de fantasía. En mi mente era poder hacer que un nenito que solo había visto fábricas de repente viera algo que no podía creer”.

Al final, ese concierto grandilocuente que tenía en mente no pudo hacerse, y aunque todavía espera poder llevar algún día esa producción a Mataderos, encontró en ese skatepark que había marcado su adolescencia la alternativa ideal para presentarse. “Capaz, como consuelo, fue lindo pensar que así como yo volví a ponerme en la piel de la Sara chiquita para escribir y hacer varias cosas en el disco, de alguna manera me volví a poner en esos zapatos más adolescentes para subirme a unos escalones del skatepark a dar un show”.

Era un formato al que ya no estaba acostumbrada. La artista que ahora se presenta en grandes venues con logísticas cada vez más complejas regresó, por una tarde, al tipo de improvisación que había acompañado sus primeros años. “Acá fue como listo, ya está, vamos con el pancho y con la coca. Lo hacemos así, humilde”, recuerda entre risas.

Con el paso de los meses, dice, terminó entendiendo la dimensión de lo que había ocurrido. Hace poco, mientras veía en YouTube el video del concierto y leía los comentarios, volvió a encontrarse con una imagen que le resultaba difícil de procesar. “Veía el video y decía ‘wow, toda esa gente en ese lugar, en el skatepark donde yo muchas veces me sentí tan poca cosa’. Yo era una chiquilla que iba a un costado con su flequillo emo y no hablaba con nadie porque todos eran más cool que ella. Y estaba ahí, dando el puto show y convocando a tanta gente”.

“Me pasó con muchos amigos del barrio que me decían ‘fuá, amiga, sos una estrella acá ahora. Estás hablando de Mataderos en todos lados’”, cuenta. Y en esa frase encuentra algo que quizá la Sara adolescente habría necesitado escuchar años atrás. “Es algo muy bueno para la autoestima de esa Sara chiquita. Decirle ‘acá te sentís tan poca cosa, pero no lo sos. Podés ser más’”.

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Después de varios años construyendo su carrera dentro de la escena argentina, Sara mira ese circuito con una mezcla de distancia y desconfianza. Hay algo de la industria que, reconoce, la hizo sentirse “bastante traicionada”. No porque espere que una maquinaria comercial funcione a partir de afectos, sino porque formó parte de un momento en el que el trap parecía representar una búsqueda colectiva que, con el tiempo, muchos de sus protagonistas abandonaron. 

“Cuando empecé, el trap era muy valioso. Estábamos todos metidos en eso, aunque obviamente no éramos iguales ni estábamos en el mismo lugar. Después hubo un switch cultural y de repente ya no bastaba con el trap. Y a mí me encanta que no baste con el trap, justamente yo tampoco hago solo trap: hay electrónica, glitchcore y miles de cosas mezcladas. Pero sentí que mucha gente se bajó del barco y se fue para otro lado. Fue como ‘¿qué onda, boludo? ¿Se fueron todos para allá?’”.

Sara no cuestiona que sus colegas hayan cambiado. De hecho, entiende que el crecimiento de un artista también implica descubrir nuevos intereses y seguirlos. Lo que le produjo cierta sensación de soledad fue ver cómo aquella escena terminó absorbida por una categoría cada vez más amplia: la de la “música urbana”, un término bajo el que primero se agrupó casi cualquier propuesta relacionada con el fenómeno del trap y que después acompañó el giro de muchos artistas hacia sonidos más cercanos al reguetón y las fórmulas dominantes del mercado.

Incluso lo vio entre algunos de sus compañeros más cercanos. “Lo mismo pasó con colegas míos. La Rip Gang hoy hace rock, pop o cualquier otra cosa comparada con lo que hacíamos antes, y esas historias las entiendo mucho más de cerca. Es como ‘claro, amigo, te llamó la atención esto, tiene sentido que lo hagas’. Pero yo me sentí muy sola en ese momento”.

Quizá por eso terminó encontrando una conexión especialmente fuerte con una nueva generación de intérpretes argentinos . Recuerda haber conocido propuestas como la de los SwaggerboyzAgusFortnite2008 y Stiffy— cuando todavía tocaban frente a unas pocas personas, o haber escuchado a Zell antes de que su nombre comenzara a circular masivamente. 

Aunque pertenecía a otra camada, se reconocía en esos artistas porque habían crecido escuchando su música y continuaban explorando caminos que no parecían responder a los moldes más establecidos. “Inevitablemente me sentía más identificada con esa camada porque habían seguido con esa especie de legado de hacer cosas diferente”.

Pero esa cercanía con las nuevas escenas no significa que comparta la forma en que hoy se utiliza el término underground. Después de observar durante años el desarrollo de distintas escenas emergentes en SoundCloud, además de formar parte de una de las más disruptivas en Sudamérica durante los últimos años, entiende que el problema comienza precisamente cuando el under deja de ser una condición para convertirse en una etiqueta o, incluso, en un movimiento, algo que según ella nunca fue. “Para mí, esto no es under”, sentencia. 

Su crítica apunta directamente a la forma en que hoy habitamos el internet. Entre risas, lo resume con una frase provocadora: “No es internet el problema, es TikTok”. Después matiza la idea. El problema, dice, es que las mismas lógicas comerciales que antes dominaban otros medios terminaron instalándose en las plataformas digitales. Los algoritmos seleccionan lo que vemos, las empresas participan activamente en la creación de contenidos y la atención se ha convertido en un recurso cada vez más fugaz.

En ese contexto, cree que el supuesto under contemporáneo puede terminar reproduciendo exactamente la presión del medio. “Si alguien sale ahora y todos lo escuchan, inmediatamente le ponen este peso de ‘vos sos el siguiente. Vos sos el artista. Ahora la tenés que romper porque mañana se van a olvidar de ti’, y para mí eso no es underground, es todo lo contrario. Es la industria más pura y dura. Subís hoy y mañana bajás”. La preocupación, en el fondo, tiene menos que ver con la aparición de nuevos artistas que con la posibilidad de que puedan tener el tiempo suficiente para desarrollarse. 

Sara reconoce que encuentra mucho talento en las nuevas generaciones —menciona, por ejemplo, a Enzocerobulto—, aunque también percibe una enorme cantidad de propuestas repetidas. Entre ese copy paste, sin embargo, aparecen “un montón de joyitas”. El riesgo es que la velocidad con la que hoy se consume la música no les permita crecer.

***

En este momento, Sara está a punto de volver a ponerse en movimiento. La próxima gira la llevará por primera vez a varios países de Latinoamérica desde los que durante años recibió mensajes de seguidores que reclamaban su visita. Con el tour, quiere comprobar qué sucede cuando esa conexión se extiende más allá de las redes. 

“Tengo mucha excitación por los países de la región porque, claro, son mi gente. Es Latinoamérica”, dice. “Somos artistas (menciona a Underiki y a Saikoro) que fuimos a una cosa muy específica, ya sea de internet o por fuera de internet, pero para el mundo, por lo general, la música latina solo es reggaetón, fiesta y mover el orto. Y obvio que lo disfruto y me encanta, pero tenemos otros pensamientos y otra creatividad que apunta a algo más serio, oscuro, e introspectivo”.

Esa posibilidad de ser recibida por públicos que durante años solo pudo conocer a través de una pantalla le impone cierta responsabilidad. No quiere que quienes la siguen desde sus primeros proyectos encuentren únicamente a la artista en la que se convirtió después de MATADEROS. “No quiero que pase como cuando vas a ver a la banda de tu infancia y tocan solamente el último disco y te querés pegar un tiro. Siento que tengo el deber de no solo llevar lo más reciente sino también otras partes del proyecto”.

La gira será, además, una oportunidad para recuperar algo que para ella siempre estuvo en el centro de la música: el espectáculo en vivo. Habla del montaje con la misma obsesión con la que alguna vez construyó sus universos visuales, aunque ahora desde un lugar distinto. “Tengo la aspiración de crear un artista específico, y un show es re importante para eso. Es cuando la gente por fin te ve y te siente ahí, en vivo, y el aura y la energía que vos emanás en ese momento son muy valiosas”. El trabajo ya comenzó: reuniones, diseño y planificación ocupan buena parte de sus días mientras prepara un espectáculo que busca reunir las distintas etapas de su obra.

Sara resume la importancia de este momento así: “Tocar en vivo realmente me da ganas de vivir. Lo que me enamoró de la música fue ver conciertos y entrar al mosh pit. Y estar del otro lado, ver que yo causo esa energía, genuinamente me hace tener ganas de seguir viviendo”.

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Sin embargo, más allá de su propia carrera, la situación política de Argentina es algo que le pesa especialmente. Habla con tristeza de amigos que, mientras ella puede recorrer el mundo con su música, trabajan en empleos comunes y “se rompen la espalda” sin encontrar una forma de salir adelante. 

Su inquietud no se limita a la economía. También le preocupa lo que llama la dimensión “discursiva” del momento político y la posibilidad de que el país vuelva a discutir derechos que creía conquistados. “Hay muchas cosas con las que se quiere ir para atrás, como el aborto y los derechos que hemos conseguido las mujeres”, dice. “No sé qué va a pasar, pero me despierta la necesidad de hablar del tema y a lo mejor eso está bueno”.

Aun con esas preocupaciones, después de todo lo que ocurrió alrededor de Heráldica y MATADEROS, lo que más parece haber cambiado en Sara no está sobre el escenario, sino detrás de él. Dice sentirse actualmente “mucho mejor” que en años anteriores. “Siento que estoy más clara, me drogo menos, me puedo comunicar mejor, y estoy más tranquila sobre lo que el público piense o lo que inventen de mí”.

Parte de ese cambio llegó cuando decidió alejarse de las redes. Dejó Twitter y redujo considerablemente su exposición personal en redes sociales, o al menos en sus cuentas oficiales. “Me alejé bastante de mi casa, que es internet, y un poco me duele, la verdad. Pero también tengo que aprender a aceptar que las cosas cambian. En ese sentido me siento mejor creativamente”, reconoce.

“Soy una persona que tiene sus problemas […] Tengo mis días y mis momentos, pero por suerte estoy rodeada por buenas personas que me ayudan a encontrar la calma”. Quizá por eso, cuando se le pregunta por esta nueva etapa, la respuesta no apunta a una transformación definitiva ni a haber encontrado todas las respuestas. Después se ríe y lo resume con una frase que, de alguna manera, parece encajar con todo lo que acaba de contar: “Pero nada, siempre en terapia”.

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Imposible dimensionar el tamaño de esta pérdida. A los 83 años, y después de unas tres semanas internado por una neumonía bilateral, Rubén Rada murió en una clínica de Montevideo. Imposible dimensionar la pérdida porque Rada era una pieza indispensable de la música y la cultura popular de la República Oriental del Uruguay y del Río de la Plata, estaba lleno de proyectos y su trayectoria artística es inabarcable.

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Se ha dicho que Rada era a Montevideo lo que Gershwin fue a Nueva York o Piazzolla a Buenos Aires: un compositor mayúsculo y revolucionario, que desde que a mediados de los 60, cuando junto a Eduardo Mateo fundó El Kinto y creó el candombe-beat (una fusión hasta entonces inédita entre los ritmos afrouruguayos con el rock británico y la bossa nova), resumió y al mismo tiempo proyectó en sus canciones el sonido y la idiosincrasia de su ciudad. Su obra fue una gran influencia para Los Piojos y otros grupos argentinos de los 90. Su carrera tiene muchísimos momentos sublimes (El Kinto, TótemOpa, junto a los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso) con algunos baches. A lo largo de más de medio siglo, mientras como cantante y percusionista incursionaba en el jazz, el rock, el blues, el soul, el reggae, la música brasileña y ritmos tropicales, Rada nunca descuidó la tecla popular: empezó a trabajar en televisión a principios de los 60 y siempre utilizó la actuación como otro medio para expresarse. 

A los 83 años murió Rubén Rada, ícono de la música rioplatense

“El candombe es algo que no tiene nada que ver con pensar”, me dijo en una entrevista de 2019. Es algo que está dentro de mí desde chiquito. Y me remite a mi familia: mi madre era prima lejana de los Silva. Y Juan Ángel Silva sacaba la comparsa Morenada. Y yo, ya de pequeño, salí con ellos. Tendría unos diez años, y gané el premio al mejor artista del carnaval cantando ‘No tengo ni zapatitos, tan pobre soy, me llaman este negrito de corazón’. Y me apodaron ‘Zapatito’ porque tenía diez años y calzaba 43. Un disparate. El candombe es algo que me sale fácil, que ni siquiera lo pienso. Y es más, cuando me pongo a analizar mis canciones, como por ejemplo “El rock de la calle”, me doy cuenta de que, en el fondo, es un candombe. Aunque trate de llevarlo al rock & roll, todo lo que hago vuelve al candombe”.

Rada había desarrollado dos personalidades. Por un lado, era un compositor potente y complejo, un cantante desgarrador; por el otro, el actor, el personaje, el entrepreneur. Para Rada, no había nada peor que la gente se aburra. 

La cuestión racial no es menor en la vida de Rada. “Me da una alegría bárbara que me digan «Negro» Rada”, dice. “Pero a principios de los 60, cuando los Fattoruso querían que cantara con ellos en Los Shakers, los productores no me dejaron. Había que mantener la apariencia igual a la de los Beatles”. 

Rada se crió musicalmente en Ansina, en el Barrio Sur de Montevideo. “Yo siento a Africa como mi madre patria, por parte de mi padre. Pero, a la vez, me siento demasiado lejos. Cuando realmente siento que soy africano es cuando toco candombe y respeto la música que viene de mis ancestros”. 

Mencionaba a Pedro Ferreira, director de la comparsa Fantasía Negra y fundador, en 1957, de la mítica orquesta Cubanacan, como uno de sus grandes maestros. “En los seis meses que trabajé con él aprendí a cantar, componer y, especialmente, frasear el candombe. Gran maestro de todos los tiempos. Pero en ese entonces ya tenías el oficio de cantor… Sí, cantaba de todo: blues, rock & roll, imitaba a Louis Armstrong, hacía temas de Louis Prima… Pero también, con la barra del Hot Club, aprendí a cantar como fraseaba [el saxofonista] Charlie Parker. También escuchábamos mucho a Ella Fitzgerald…”, recordó.

Su musicalidad era asombrosa, aunque no había estudiado música jamás. “Yo tengo una facilidad natural para crear melodías. Me pongo a cantar y salen. Así que me busqué parceiros que se encargaran de construir y armonizar el tema. El primero fue Eduardo Mateo, pero después, como no toco el piano, siempre busqué manos sabias: algunas veces fue Hugo Fattoruso, otras Daniel Homer, otras Ricardo Nolé, otras Nicolás Arnicho, y últimamente Gustavo Montemurro“. 

El encuentro con Mateo fue providencial: “A Mateo lo conocí en la calle Rivera y Luis Alberto Herrera, frente a donde ahora está el Montevideo Shopping. El iba pasando con la guitarra y nos saludamos. Me conocía de los Hot Blowers. El tocaba bossa nova y samba con un grupo que se llamaba Los Ases Cariocas. Y nos quedamos charlando, divagando, hasta que me dice: “¿Por qué no nos juntamos un día de estos?”. Así que al día siguiente le estaba tocando el timbre en su casa de Estivao y Ortiz. Serían las diez y media de la mañana, y ese día compusimos ocho temas. Durante los siguientes cinco años nos vimos prácticamente todos los días. Debemos haber hecho, potables, cien temas. A la mayoría nunca los llegamos a grabar”. 

Su derrotero es épico. Después del poderosísimo sonido de Tótem (sigla de “Todos tenemos música”), armó en Buenos Aires el grupo S.O.S. (Sonido Original del Sur), con una línea de vientos que incluía a su compatriota Héctor “Finito” Binguert en saxo y al argentino Gustavo Bergalli en la trompeta. Luego, formó parte de Opa, el grupo de candombe sideral que los hermanos Fattoruso habían formado en Estados Unidos.

A fines de los 70 se instaló nuevamente en Buenos Aires y formó el supergrupo La Banda, junto a figuras como el pianista Jorge Navarro, Bernardo Baraj y Benny Izaguirre. Y, en su etapa como solista en los 80, lideró un quinteto apabullante junto a Ricardo Nolé en las teclas, Beto Satragni en el bajo, Osvaldo Fattoruso en la batería y Ricardo Lew en guitarra.

Lanzó una serie de álbumes maravillosos en los 80, como el indispensable La cosa se pone negra (1983), grabado en vivo en Obras. Uno de sus momentos de mayor proyección masiva. Unos años y unos discos maravillosos después, el contexto económico lo empujó al exilio. En México fue percusionista de Tania Libertad, pero probablemente hayan sido los años más tristes y más difíciles. Hasta que apareció Neil Weiss, y produjo, para su sello Real World, el álbum Montevideo, con una backing band de lujo que incluía a Bakithi Kumalo e Hiram Bullock, que tocaban en la banda estable del Late Night Show de David Letterman. Ese disco salió en el auge de la World Music, se editó en Estados Unidos y en Japón, y sólo en Uruguay vendió más de diez mil copias.

Instalado nuevamente en el Río de la Plata, protagonizó la película uruguaya El Chevrolé, actuó en la serie Gasoleros (de Pol-ka) y condujó El teléfono, por el Canal 12 uruguayo.

En el 2000, buscó a Cachorro López para que sea el productor de su álbum Quién va a cantar: “Le pedí que me enseñe cómo vender discos. Me dijo: ‘Traeme las canciones y no vengas por el estudio’. Es que yo suelo hacer introducciones instrumentales muy largas, entonces mientras empiezo a cantar, la gente ya cambió de radio”. El resultado fueron hits como “Quién va a cantar”, “Cha cha, muchacha” y “Muriendo de plena”, que fue adaptado por varias hinchadas argentinas. Todavía suena en las tribunas.  

Al poco tiempo, armó el Candombe Jazz Tour, otro supergrupo con el que revisitó su repertorio en clave jazzística. Y en 2006 adoptó el personaje de Richie Silver, seudónimo con el que había dado sus primeros pasos en los Hot Blowers. Como si fuera un crooner un poco decadente, se calzó un viejo smoking al estilo Las Vegas y dejó un álbum que incluía una nueva versión de “El rock de la calle” y una relectura swinguera de “Amándote”, el clásico de Jaime Roos.

Rada era venerado por artistas como Charly García, León Gieco, Fito Páez, Los Piojos, La Vela Puerca, No Te Va Gsutar, y Los Auténticos Decadentes, entre muchísimos otros. ¿Quién no quería a Rubén Rada? Si, en definitiva, lo que hizo toda su vida fue hacerse querer. Y la admiración y el cariño de Rubén, con sus colegas, eran recíprocos. En los últimos años había grabado discos con versiones, había hecho un homenaje a la música brasileña, había participado del regreso de Explossion (un grupo jazzero de su etapa porteña), había hecho un disco de candombes y tangos clásicos, había revisitado sus grupos fundacionales (El Kinto, Tótem y Opa) con un disco en vivo y había grabado, por primera vez, un disco de murga. Había girado con Agarrate Catalina. Y tenía en gateras el regreso de Tótem y un par de proyectos maravillosos. Una de sus últimas colaboraciones fue con Trueno.

Hace tres lustros, había vencido a un cáncer. “Yo nunca le di bola a la muerte”, me dijo cuando lo entrevisté para Rolling Stone en 2015. “Pero ahora sí me preocupé un poco. Cuando arranco a tocar, a componer y a grabar discos, se me pasa. Antes de esto, ya estaba apurado para realizar todas las cosas que no había hecho antes en mi vida. (…) Cuando estaba enfermo, me prometí volver a grabar lo antes posible. Es el ataque que tengo: antes de irme de este mundo, quiero hacer todo lo que pueda. Sé que dentro de veinte años, la música que haga ahora la van a seguir escuchando. Tengo ganas de joder hasta después de muerto”, me dijo. Y cumplió. Vaya si cumplió.

 

 

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Cuando Michael “Mike D.” Diamond empezó a trabajar en su primer álbum como solista, Thank you¸ que sale el 28 de agosto, lo hizo sin la presión de continuar el legado de los Beastie Boys o por lo menos, ese fue el plan.

Eventualmente, contempló la gravedad de la situación y tuvo que conciliar el hecho de que tendría que cargar con esa responsabilidad por su cuenta. “Estuvo presente la inseguridad y miedo que considero que surge cuando estás sacando algo creativo. Lo estás compartiendo con el mundo”, dijo el músico por Zoom desde Londres, vestido con una camiseta blanca extragrande.

Ayudó a innovar con su punto de vista los géneros de rock y hip-hop fusión durante su tiempop en los Beastie Boys. Junto a sus compañeros de banda, Adam “Ad-Rock” Horovitz y Adam “MCA” Yauch, quien falleció de cáncer en 2012 — el hecho que significó el fin del grupo — se empujaban para descubrir nuevos sonidos. Con técnicas y decisiones como el collage de samples en Paul’s Boutique o el giro que le dieron al punk en ‘Sabotage’. Ese espíritu creativo se manifiesta a en Thank You.

A sus 60 años, el cantautor terminó construyendo el proyecto junto a un grupo de músicos jóvenes, incluyendo sus hijos, Skyler y Davis Diamond, bajo el nombre de Mike D 5D. Contribuyeron una vibra psicodélica que rememora el estilo de rock que definió el estilo de su banda anterior, algo que acompañó con su característico rap. Las pistas que ejemplifican este sonido son: ‘What We Got’; el tema vanguardista, ‘That’s right’ e ‘It’s Time’.

“Tuve lo opuesto al bloqueo creativo”, comparte Diamond al pensar en el trayecto que lo llevó a este punto para la columna de opinión, “Last Word”, de ROLLING STONE. “No sentí la presión de ‘Tengo que hacer un disco’. Cuando entré en la zona, pude conectar con la inmersión y éxtasis del proceso creativo. Colaboré con gente y me perdía por horas hasta que me daba cuenta y decía ‘Oh, guau. Empezamos a hacer una canción y es increíble’. Esa fue mi parte favorita de elaborar el LP”.

¿Cuándo supiste que era hora de volver a la música?

No lo sabía

Entonces, ¿cómo llegaste a ese punto?

No creo que sepa. Para mí, cuando estaba dentro del flujo de trabajo, llegué a un momento donde dije “Algo ha cambiado dentro de mí por hacer esto”. Sentí que “OK, supongo que necesitaba hacer esto ahora”. No lo entendía hasta que me capturó ese sentimiento.

Beastie Boys se separó cuando Adam Yauch murió en 2012. ¿Qué tuviste que hacer para componer un álbum sin él o Adam Horovitz?

Necesitaba tiempo para procesarlo. Yauch era como un hermano mayor para mí y su presencia significó mucho para nosotros cuando estábamos en la banda. Pasé por todo eso. También tenía el lujo de tomarme un descanso para experimentar ser papá.

¿Cuál es el secreto para entrar en la mentalidad del álbum de solista?

Al principio, decía que “Todo tiene que ser nuevo y diferente”. Cuando empezamos a hacerlo, pude relajarme y cambiar mi mentalidad a “Hay ciertos aspectos que me representan, no los puedo escapar y eso está bien”. Al final, tenía que pensar en “qué estoy diciendo”, eso se resume en que tenía que ser un líder, algo insólito para mí.

Fue chistoso, dudo mucho al declarar que “soy un líder”. De pronto una parte necesaria es trabajar con mi psicólogo y otra es que la palabra “líder” está muy desprestigiada. El mundo en el que vivimos está dominado por los peores ejemplares del liderazgo egoísta.

¿Quiénes te inspiran a ser líder actualmente? 

Uy dios, es una lista larga. Te contaré acerca de mis rasgos neoyorquinos que me esfuerzo para cambiar. Uno es interrumpir a la gente. En nuestra familia hablábamos al mismo tiempo, nos interrumpimos a diario. Hablábamos más que escuchar al otro. Siento que es una cuestión cultural. Sentía que no había suficiente tiempo para callar y escuchar. Recuerdo traer novias que no vivían en la ciudad y me comentaban, “Guau. Ustedes hablan al mismo tiempo” y yo les respondía, “Sí, ¿qué pasa con eso?”.

¿Qué otros hábitos de Nueva York estás intentando modificar?

Ese sentimiento de “falta de calma”, impaciencia. Al crecer en Nueva York, aspiras hacer todo más rápido, ya sea ir por un café o sentirse bien porque el tren te llevó a tu destino más rápido.

¿Qué haces para relajarte?

Cuando estaba creando el disco, iba a un centro budista cada vez que descansaba para practicar en silencio, algo que agradezco adaptar porque siento que conseguí un espacio para mis ideas. Otra cosa que es muy nueva para mí es salir a la naturaleza y pasar tiempo con mi novia, ya sea paseando o yendo a acampar. Solo me arrepiento no hacerlo antes. En nuestro mundo, donde tenemos acceso constante a la virtualidad, el desconectarse por completo y apreciar la naturaleza es más crucial que nunca.

¿Fuiste capaz de dejar de sobrepensar el proceso al crear el proyecto?

En el principio, decía como “Estoy muy libre. No me importa lo que digan”. Luego, quería sacarlo adelante y me di cuenta “Mierda, de verdad me importa lo que la gente diga”. Eso me devastó. De la nada, entiendes que las opiniones de la gente te afectan, que estás viejo y lento. Cualquier cosa que digas, ya no significa nada. 

¿Cómo vives con esa ansiedad?

Solo es cuestión de aceptarlo como parte de la mezcla. Siento que es un privilegio darle importancia a lo que le brindas al mundo. La inseguridad viene con eso.

El Beastie Boys Book está lleno de historias de ir a tomar en bares durante tu adolescencia. Ahora que eres padre, ¿Qué piensas acerca de la libertad que te otorgaron tus padres?

Horovitz y yo charlamos al respecto todo el tiempo. El Nueva York donde crecimos era mucho más peligroso a como es ahora. Pero, teníamos esta sorprendente libertad que los niños (de ahora) nunca entenderían. Literal, si fueras un padre, te meterían a la cárcel si les dieras el mismo beneficio que tuvimos.

Los padres de quienes escogieron que crecieran en Nueva York en ese entonces, escogieron cultura en vez de seguridad y paz. O sea, “Estamos escogiendo emoción y amplitud en ciertas áreas en vez de la mundana realidad. Aceptaremos que, ‘Ah, mi niño le van a robar su plata de UNICEF’, o ‘La radio del carro no estará ahí en la mañana’, está bien”. Es muy irónico que New York sea más seguro el día de hoy.

¿Quisiste darles a tus hijos ese mismo libre albedrío?

Sí, pero crecieron donde crecieron. Es un mundo diferente. También quería tener una conversación emocional que ninguno de los padres de nuestra generación se permitieron, porque creían que “Estamos aquí [para ti] si la situación se va a la mierda, pero no te hablaremos de eso”. Puedo hablarles [a mis hijos] de cosas reales en una manera diferente.

¿Qué es un consejo que quisieras darle a tu yo más joven?

Prioriza el sueño e intenta ser amigable y simpático con los otros. Puedes decir lo que quieras, eso es válido, pero trata decirlo de la manera más amable posible.

Adam Yauch era innovador cuando grababa con los Beastie Boys. ¿Cómo lo honoraste con Thank You?

Lo extraño porque ya no puedo vivir mi vida con la posibilidad de llamarlo y decirle, “Yauch, no me creerás que esto sucedió, pero te debo contar”. Ya no tengo eso. Pero, puedo pensar en lo que él puede estar pensando, o lo qué tendría que ver con algo que me está sucediendo, o solo lo que diría de este nuevo LP. Hay mucho que es una mierda cuando un ser amado fallece, pero una de las cosas buenas es que puedes seguir teniendo esa relación.

En qué momentos, durante el proceso de crear el álbum, te preguntaste, ¿Qué pensaría él?

Cuando intentaba salirme de mi zona de confort. Sentía que esas son las cosas que [le harían decir], “Eso es lo que debemos hacer”.

Tenías 20 años cuando Licensed to Ill salió en 1986. ¿Qué piensas cuando lo escuchas ahora?

No lo escucho [risas]. No es que sea malo, pero yo lo creé, así que supongo que sería raro si lo escuchara. Sin embargo, pienso en la felicidad que Adam Horovitz, Yauch y Yo tuvimos cuando estábamos grabando los demos que luego se volvieron algunas de esas pistas.

Existe un clip de los Beasties con Joan Rivers donde califica el nombre de ese disco como “el título más estúpido que ha visto”. ¿Tenía Razón?

Es Joan Rivers, se supone que te sientas un poco menospreciado. Creo que en ese momento pensaba “Oh. Yo creo que está ingenioso. ¿No nos suma puntos por eso?”. Pero eso no sería muy propio de Joan Rivers, así que me parece justo.

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Una de las experiencias más enriquecedoras para un fanático es, sin duda, ver a su artista favorito sobre el escenario. Lamentablemente, los seguidores de Kiss tendrán que esperar a que la banda obtenga un permiso especial para volver a disfrutar de sus clásicos interpretados en vivo.

En una entrevista reciente con la emisora de rock clásico de Detroit, WCSX, Gene Simmons reveló detalles sobre el futuro de Kiss, incluyendo la posibilidad de una reunión o de un concierto en el que la banda vuelva a interpretar algunos de sus clásicos más emblemáticos. Sin embargo, la decisión no está en sus manos, sino en las de Pophouse.

Hace un tiempo, Kiss vendió a Pophouse su catálogo musical, la marca, los derechos de imagen y, en general, los activos que conforman el legado de la banda. Se trata de una empresa privada de entretenimiento con sede en Estocolmo, Suecia, que se dedica a crear, adquirir y desarrollar marcas en diversos ámbitos, no solo relacionados con la música, sino también con los podcasts, las artes escénicas y los videojuegos.

A pesar de la venta de los derechos de Kiss, sus integrantes no se han desvinculado por completo del futuro de la banda, por lo que todavía podrían surgir nuevas sorpresas en su historia. “Kiss se vendió, de hecho —el maquillaje, las canciones, los derechos de publicación y todo eso— por [mucho dinero]”, reveló Simmons. “Y una gran compañía llamada Pophouse es nuestra socia. Estamos involucrados juntos en el futuro, así que habrá una película, cuyo reparto se está seleccionando ahora, y habrá —no sé— series animadas, un parque temático, lo que sea. Todo está por venir. Así que será más grande y mejor de lo que jamás hayan visto, incluyendo el espectáculo de Avatar”.

Y agregó: “Pero eso también significa que Kiss no puede tocar en directo sin el permiso de Pophouse”. 

El final de Kiss aún no está escrito. La agrupación ya ha vuelto a reunirse para ofrecer presentaciones especiales, como ocurrió en 2025 durante el Kiss Kruise: Landlocked in Vegas. En aquella ocasión, sus integrantes aparecieron sin máscaras, maquillaje ni vestuario, como parte de los compromisos establecidos en el contrato que mantienen con Pophouse. 

Tras el último concierto oficial de Kiss, celebrado en 2023, Gene Simmons dejó claro que su camino en la música estaba lejos de terminar. El músico creó Gene Simmons Band con el objetivo de mantenerse activo en aquello que más le apasiona: la música. “No quería alejarme del escenario”, aseguró Simmons. “Es lo más divertido. Estar en ese escenario y darlo todo es lo más divertido que puedo imaginar con los pantalones puestos. Y hay algo mágico que sucede ahí”.

“Imagínate ser pintor, crear una obra de la que te sientas muy orgulloso y dejarla en tu salón para que nadie la vea. O componer una canción que te guste mucho y pensar: ‘¡Guau, esto mola!’, pero ser el único que la escuche. No, no, no. Si escribes un libro, no quieres ser la única persona que lo lea; quieres compartirlo con los demás. O si organizas una fiesta y eres el único en la sala, comiendo patatas fritas y bebiendo Coca-Cola, eso no es una gran fiesta. Necesito que estés en la fiesta. ¿Qué es una fiesta sin ti?”, añadió. “Así que no puedo alejarme del escenario. Me encanta demasiado”.

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Mientras en redes sociales los fanáticos de las comedias románticas esperan que haya un nuevo boom del subgénero como el que se dio en los 2000, Hollywood continúa apostándole a las secuelas. El turno ahora es de Cómo perder a un hombre en 10 días, el filme de 2003 protagonizado por Kate Hudson y Matthew McConaughey que se convirtió en uno de los títulos más importantes de las romcoms.

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Esta semana, Variety reveló los planes de Paramount de desarrollar una segunda entrega de la cinta dirigida por Donald Petrie, esta vez con Hudson y Stacey Sher (Pulp Fiction, Gattaca, Django Unchained) como productoras. El proyecto apenas se encuentra en sus primeras etapas, por lo que todavía no se han definido otros cargos importantes. Según informó Deadline, la producción tiene la intención de que los protagonistas originales retomen sus papeles, sin embargo, el estudio todavía se encuentra en busca de un guionista para, a partir de allí, definir el reparto.

Cómo perder a un hombre en 10 días sigue la historia de Andie (Hudson), una periodista que planea escribir un artículo sobre aquellas acciones de las mujeres que “espantan” a los hombres, y Ben (McConaughey), un publicista que para cerrar un negocio importante se compromete a sostener una relación sentimental por más de 10 días. La película también contó con las actuaciones de Kathryn Hahn, Adam Goldberg, Thomas Lennon, Michael Michele y Shalom Harlow.

El filme tuvo un presupuesto de 50 millones de dólares y recaudó más de 177 millones de dólares, no solo representando un éxito en taquilla, sino convirtiéndose en una de las comedias románticas por excelencia y trascendiendo en la cultura popular.

Hace poco, McConaughey, que ha protagonizado grandes películas como Interstellar (2014) y Dallas Buyers Club (2013) —con la que ganó su primer Óscar—, reveló en el podcast Happy Sad Confused que la mayoría de sus regalías provienen de Cómo perder a un hombre en 10 días. Por su parte, a inicios de este año Hudson recibió su segunda nominación a los premios de la Academia por su papel de Claire en Song Sung Blue.

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The Beatles lanzaron una grabación inédita de Paul McCartney y John Lennon trabajando en una versión muy temprana del clásico simple, “Day Tripper”.

La denominada versión de “cinta de trabajo de composición” de “Day Tripper” fue grabada en el hogar de Lennon en Surrey, Inglaterra. En este punto, Lennon y McCartney todavía tenían que dar con el legendario riff de la canción, aunque es fácil ver cómo llegaron a él basándose en los acordes que están tocando. Sin embargo, la mejor parte de la grabación es escuchar a los viejos amigos matarse de risa entre toma y toma casualmente brillantes de un clásico en gestación.

Esta maqueta de “Day Tripper” aparecerá en la próxima edición especial de Rubber Soul, que será editada el 2 de octubre. (“Day Tripper” no apareció en el álbum original, pero fue publicada como un simple junto a “We Can Work It Out” casi al mismo tiempo, en 1965). La reedición incluirá una versión del álbum recientemente mezclada por el productor Giles Martin y el ingeniero Sam Okell, además de 24 grabaciones tempranas.

Entre ellas hay 20 tomas inéditas y tres maquetas caseras inéditas. Antes de lanzar “Day Tripper (Songwriting Work Take)”, The Beatles compartieron una toma temprana de la joya de Rubber Soul, “Michelle”. La lista de temas también incluirá “Little Girl”, una nueva maqueta de Lennon cuya existencia nadie conocía hasta que fue descubierta recientemente por el patrimonio de Lennon.

En una charla reciente con Rolling Stone acerca de Rubber Soul y la próxima reedición, Martin —hijo del legendario productor de The Beatles, George Martin— dijo sobre el LP original: “Es un álbum nacido de la frustración de no querer ser más niños pequeños”, y añadió: “Tiene tanta profundidad. Este es el primer álbum en el que no intentaban escribir un montón de sencillos y decidir cuál debía ser el corte de difusión”.

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PARA LA MÚSICA

Hace 50 años, el mundo se enfrentaba a un inmenso espectro sonoro que definiría gran parte de la música que vendría más adelante; ese amplio panorama era capaz de incluir las atmósferas vanguardistas de Jean-Michel Jarre en Oxygène o la furia combativa del afrobeat en Zombie  de Fela Kuti, abrazaba al punk de los Ramones y a la salsa dura de Héctor Lavoe, mientras en Brasil cuatro gigantes se convertían en Doce Bárbaros. Era una fuerza global que iba mucho más allá de Europa o el mundo angloparlante.

La dulzura pop de ABBA y la beligerancia de Bob Marley se codeaban en las tiendas de discos con la complejidad de Rush y la extravagancia de KISS, cuando todos ellos presentaban discos fundamentales para sus carreras. Lejos de responder a una sola corriente dominante, para la música fue un año de colisión y convivencia creativa sin parangón en el siglo XX.

Oxygène
Jean-Michel Jarre

Arrival
ABBA

De ti depende
Héctor Lavoe

Songs in the Key of Life
Stevie Wonder

Doces Bárbaros
Doces Bárbaros

Destroyer
Kiss

Rastaman Vibration
Bob Marley & The Wailers

A Day at the Races
Queen

2112
Rush

Sofrito
Mongo Santamaría

Hotel California
Eagles

Ramones
Ramones

Zombie
Fela Kuti & Afrika 70

La máquina de hacer pájaros
La Máquina de Hacer Pájaros

Boston
Boston

PARA EL CINE

Desde los estertores del franquismo español en Cría cuervos hasta el sexo llevado a la locura en el Japón de El imperio de los sentidos, pasando por la epopeya de Bertolucci y la picardía brasilera de Jorge Amado, este listado rescata películas que marcaron una época a nivel global.

Como resulta omnipresentemente obvio, para bien o para mal, Hollywood hizo lo suyo en términos de hegemonía cultural y nos trajo joyas como Taxi Driver, con su mirada a la alienación urbana, Carrie, con su reflexión sangrienta sobre el bullying y la adolescencia, o La profecía, todo un clásico del terror setentero. Estas son solo diez muestras de lo que fue un año que definió gran parte del cine que hoy seguimos viendo.

Cría cuervos
(España)
Dir. Carlos Saura

Carrie
(EE. UU.)
Dir. Brian De Palma

Novecento
(Italia)
Dir. Bernardo Bertolucci

Taxi Driver
(EE. UU.)
Dir. Martin Scorsese

Todos los hombres del presidente
(EE. UU.)
Dir. Alan J. Pakula

Doña Flor y sus dos maridos
(Brasil)
Dir. Bruno Barreto

Rocky
(EE. UU.)
Dir. John G. Avildsen

Maratón de la muerte
(EE. UU.)
Dir. John Schlesinger

El imperio de los sentidos
(Japón / Francia)
Dir. Nagisa Ōshima

La profecía
(EE. UU.)
Dir. Richard Donner

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Puede que ya hayas oído la noticia: ¡Lejos de ser el asesino de la gran pantalla, YouTube va a salvar al cine! En el transcurso de dos semanas del pasado mayo, llegaron dos películas muy diferentes que han puesto patas arriba la idea de lo que tendrá éxito, o no, entre el público de los cines multiplex. Una trata sobre un sueño romántico que se hace realidad y que se convierte en una especie de pesadilla. La otra convierte un espacio de oficinas industrial en un reino infinito de terror psíquico. Ambas películas encajan perfectamente en la categoría de “terror moderno”, ambas toman ideas familiares del género y les infunden una sensibilidad extravagante propia de la Generación Z, y ambas fueron realizadas con presupuestos modestos por cineastas menores de 30 años quienes ganaron atención a través de canales de YouTube. Cada una de estas películas ha batido récords para sus respectivos estudios, y eso está haciendo que Hollywood preste atención.

Obsession, una película dirigida por Curry Barker, de 26 años, te sumerge en un escenario sacado directamente de una comedia romántica estadounidense: Bear (Michael Johnston) está enamorado de su compañera de trabajo Nikki (Inde Navarette). Él cree que ella es el amor de su vida. Ella, muy probablemente, piensa en él solo como amigo (o tal vez no). El día en que finalmente va a invitar a Nikki a una cita de verdad, Bear compra por casualidad un artículo curioso en una tienda de curiosidades: algo llamado “One Wish Willow”, que promete que si rompes este supuesto palo mágico y pides un deseo, este se hará realidad. Ante la oportunidad de confesarle sus sentimientos a Nikki, nuestro protagonista la embarra. Por pura frustración, parte el sauce por la mitad y desea que la chica que le gusta lo ame más que a nadie en todo el mundo. El hechizo funciona demasiado, demasiado bien.

El argumento es el clásico “pide un deseo a la pata de un mono”, de esos que han servido de inspiración a todos, desde Stephen King hasta Los Simpson. (De hecho, fue un episodio de Los Simpson basado en el cuento de W. W. Jacobs de 1902 —sobre una mano de simio cortada con poderes sobrenaturales— lo que inspiró a Barker). El tono va desde un terror que se va acumulando lentamente hasta la locura total, con una escalada que da sus frutos de manera magnífica. A excepción de Andy Richter, quien tiene un pequeño papel secundario como dueño de una tienda, el elenco está compuesto por actores prácticamente desconocidos, aunque Navarette, quien interpreta a la joven poseída con una dedicación que raya en la obsesión en sí misma, probablemente verá cómo sus oportunidades profesionales dan un salto cualitativo.

Los cineastas de la gen z están impulsando un renacimiento del terror
CORTESÍA DE IMDB

En cuanto a Barker, su carrera ya ha pasado de cero a 60. Al igual que varios cineastas destacados que trabajan en el género de terror (en particular el autor de Get Out, Jordan Peele, y Zach Cregger, de Weapons), comenzó como comediante de sketches antes de aprovechar sus habilidades para atraer audiencias en línea. Después de que Obsession se estrenara en la sección Midnight Madness del Festival Internacional de Cine de Toronto en 2025, desató una guerra de ofertas. Focus Features adquirió los derechos de la película por, según se informa, 15 millones de dólares. Debutó en tercer lugar y, en contra de toda lógica de la industria, vio cómo su recaudación en taquilla aumentaba casi un 40 % en su segundo fin de semana, un salto prácticamente inaudito. Y podría haber sido la película número uno de Estados Unidos, si otra película de terror, igualmente improvisada, no le hubiera pisado los talones.

Backrooms es una creación de Kane Parsons, un joven de 21 años que había estado publicando una serie de clips que simulaban ser grabaciones encontradas, centrados en un enigmático instituto que estudiaba espacios misteriosos que desafiaban las leyes de la física, conocidos como los “backrooms”. Esos cortos —un subgénero de ficción de terror conocido como creepypasta— llamaron la atención de varios guardianes del género, de creadores de tendencias y, más importante, de A24. El estudio, conocido por su estilo hipster, expresó interés en utilizar esos fragmentos virales como base para un proyecto de larga duración, y el joven conocido como @KanePixels de repente se encontró con un lucrativo contrato.

El debut cinematográfico de Parsons construye una mitología minimalista y alucinante a partir de sus cortometrajes. La historia sigue a Clark (Chiwetel Ejiofor), gerente de una gran tienda de muebles en Silicon Valley. Una noche, ya tarde, Clark ve lo que parece ser un rayo de luz que se cuela por una grieta en la pared del sótano de la tienda. Aún más extraño: es capaz de atravesar la pared sin más y se encuentra explorando una serie interminable de pasillos, corredores y rincones subterráneos de formas extrañas. Se lo cuenta a su terapeuta, Mary (Renate Reinsve, de Sentimental Value), quien cree que Clark está sufriendo una crisis nerviosa.

De repente, Clark desaparece. Mary va a la tienda, que parece estar abandonada. Ella también descubre las habitaciones secretas del título. Se adentra en la madriguera del conejo, y ahí es cuando empiezan a pasar cosas jodidamente extrañas.

Al momento de escribir esto, Backrooms ha recaudado más de 200 millones de dólares a nivel mundial, superando a Marty Supreme como la película más taquillera de A24 de todos los tiempos. Obsession se ha ganado el honor de convertirse también en el mayor éxito de Focus Features hasta la fecha. El hecho de que estas dos películas se estrenaran con una semana de diferencia fue pura coincidencia, aunque el hecho de que ambas llegaran a los cines justo cuando los estudiantes universitarios terminaban sus exámenes finales parece una estrategia obvia. Y el doble impacto de estas películas de terror de presupuesto relativamente bajo, que arrasaron con su competencia basada en propiedades intelectuales (The Mandalorian and Grogu, Masters of the Universe) durante varios fines de semana, es el acontecimiento que ha desencadenado un sinfín de artículos de opinión.

Parece que nos encontramos en los albores de un renacimiento del cine de terror de la Gen Z, impulsado por una combinación perfecta de talento joven, nuevas tecnologías, comunidades de fans en línea y una plataforma capaz de eludir las vías tradicionales y llegar directamente a millones de espectadores.

Es la cresta de una ola que se ha estado formando desde hace ya un tiempo. Los cineastas neozelandeses Danny y Michael Philippou —gemelos más conocidos por su nombre artístico en YouTube, RackkaRackka, donde sus videos violentos y alocados fueron aclamados por millones de espectadores— se convirtieron en los favoritos del cine independiente gracias a su éxito de 2022 para A24, Talk to Me. El actor hawaiano convertido en creador de contenido Mark Fischbach, también conocido como Markiplier, convirtió su adaptación de un videojuego autoeditada, Iron Lung, en uno de los mayores éxitos de este año en cuanto a retorno de inversión (tuvo un presupuesto de 3 millones de dólares y recaudó 51,2 millones de dólares). Aunque tanto los hermanos Philippou como Fischbach tienen treinta y tantos, supieron moverse por las redes de Internet de una manera que le mostró a una generación más joven cómo se pueden convertir las comunidades de fans digitales en un público que va al cine en la vida real.

CORTESÍA DE A24.

Sin mencionar que los cinéfilos más jóvenes —esos que han convertido a A24 en un gigante entre los fanáticos del cine y que colapsaron sitios web durante la venta anticipada de boletos para las proyecciones en 70 mm de La Odisea de Christopher Nolan— ahora tienen el poder de compra colectivo que les permite desafiar a los gigantes de la taquilla. Tanto Obsession como Backrooms se han beneficiado de canales creativos alternativos, segmentos demográficos desatendidos, campañas orgánicas de boca a boca y un sentimiento generalizado de cansancio con las franquicias que ha llevado al grupo de edad de 18 a 28 años a buscar otras formas de entretenerse. Tu opinión sobre estas películas puede variar, pero no puedes negar que están definiendo la experiencia cinematográfica en este momento. La pregunta es si este momento se convertirá en un movimiento genuino. Apostaríamos un lote de patas de mono malditas a que la respuesta es sí. En algún lugar, un adolescente con un programa de edición y un sueño espera convertirse en la próxima gran revelación. Nunca ha habido un mejor momento para hacer realidad ese deseo.

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Luego de revelar su cartelera de artistas, Festival Presidente presentó a la prensa una propuesta multiexperiencia que incorpora conceptos internacionales como la discoteca Perro Negro y un show teatral tipo circo.

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El amor entre madres e hijos se supone que debe ser genuino, íntegro, sin reparo y eterno. Sin embargo, en algunos casos el destino cambia ese designio divino y este se transforma en odio. 

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