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¿Puede una mala actuación arruinar una película?

La historia del cine demuestra que sí. Pocas veces un solo personaje tiene el poder de alterar por completo el equilibrio dramático de una obra, pero cuando ocurre el efecto suele ser devastador. 

El argentino Mauro Mauad se ha convertido silenciosamente en uno de esos cineastas latinoamericanos que insisten en hacer películas personales en una industria donde levantar un largometraje independiente ya es una victoria. Desde No quiero estar sin ti, pasando por Una llave hacia el pasado y Sin clemencia, ha construido un cine pequeño en escala, pero ambicioso en emociones. Sus películas privilegian los personajes sobre el espectáculo, las conversaciones sobre la acción y las heridas íntimas sobre los grandes conflictos externos. 

Un amor inevitable continúa esa búsqueda y, durante buena parte de su recorrido, deja ver que detrás existe otra vez un director interesado en observar a los seres humanos antes que fabricar héroes o villanos.

Nano Blanco, un cantante veterano que ha construido una carrera modesta pero estable, ve cómo su vida cambia cuando la joven Luna aparece embarazada en su puerta y existe la posibilidad de que él sea el padre. 

El problema aparece cuando la película necesita que el espectador crea en Luna. Todo el edificio dramático depende de ese personaje. No basta con comprender racionalmente que Nano la ama; necesitamos sentir por qué la ama. Necesitamos descubrir el magnetismo de una mujer capaz de alterar la vida de un hombre que parece haber encontrado cierta estabilidad. Pero la interpretación de Laura Ángel nunca consigue construir esa presencia.

Luna está escrita como un personaje contradictorio. Es una mujer libre, impulsiva, marcada por una historia de violencia, delincuencia y relaciones abusivas. Sobre el papel posee los elementos necesarios para convertirse en una figura compleja. Sin embargo, la actuación reduce todas esas capas a una sucesión de diálogos recitados. En su interpretación no hay misterio, vulnerabilidad, rabia contenida ni contradicciones visibles. Tampoco existe esa mezcla de fuerza y fragilidad que permitiría comprender por qué Nano sigue orbitando alrededor de ella después de tantos años.

Paradójicamente, Cecilia, la representante interpretada por Eliana Diosa, termina apropiándose de la empatía del espectador. En apariencia ella ocupa el lugar del obstáculo. Cecila es una mujer controladora, posesiva, interesada en proteger la carrera de su cliente y quizá enamorada de él. Mientras Luna permanece emocionalmente inaccesible, Cecilia adquiere espesor, humanidad y sentido dramático, pese a que tampoco estamos hablando de una actuación destacada. El espectador deja de preguntarse por qué Nano no está con Cecilia y comienza a preguntarse por qué sigue insistiendo con Luna. Esa no parece ser la película que Mauad quería contar.

Resulta una lástima, porque alrededor de ese problema existe un trabajo autoral sólido. Mauro Mauad vuelve a demostrar sensibilidad detrás de la cámara. La fotografía privilegia la cercanía de los rostros y los espacios cotidianos; el montaje evita el exceso melodramático; la música acompaña la dimensión íntima del relato sin manipular la emoción. Incluso como actor encuentra un tono contenido y creíble para Nano, un hombre que entiende el éxito como algo secundario frente al afecto y cuya relación con la música expresa aquello que las palabras no alcanzan a decir.

Quizá por eso la frustración es mayor. No estamos frente a una película sin ideas. Tampoco frente a un director sin personalidad. Lo que se percibe es una obra cuyo centro dramático nunca logra sostener el peso que el guion le exige.

Un amor inevitable confirma, quizás sin proponérselo, que una sola actuación puede modificar el destino de una película. Mauro Mauad vuelve a demostrar que posee una mirada honesta sobre las relaciones humanas y que su cine sigue apostando por las emociones antes que por el artificio. Precisamente por eso resulta inevitable pensar que esta pudo haber sido una de sus mejores películas.

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Existe una razón por la que las grandes comedias románticas sobreviven al paso del tiempo. No es porque reinventen el amor, sino porque reinventan la manera de contarlo. When Harry Met Sally, Sleepless in Seattle, Forget Paris, Notting Hill o Bridget Jones’s Diary parten de estructuras conocidas, pero encuentran personajes, diálogos y conflictos capaces de hacernos olvidar que ya conocemos el destino de la historia. La sorpresa nunca está en el qué, sino en el cómo. Office Romance parece no haber entendido esa lección.

Sobre el papel, la idea resulta atractiva. Jackie Cruz (Jennifer Lopez) dirige una poderosa aerolínea con una política de tolerancia cero frente a las relaciones sentimentales entre empleados. Todo cambia cuando llega Daniel Blanchflower (Brett Goldstein), el nuevo abogado de la compañía, cuya presencia convierte esa norma en el primer obstáculo para un romance inevitable. El conflicto está servido. El problema es que la película jamás encuentra una sola manera interesante de desarrollarlo.

El primer síntoma aparece apenas los protagonistas se conocen. Entre ellos no existe absolutamente ninguna química. Jennifer Lopez hace exactamente la misma interpretación elegante, inaccesible y controladora que lleva ofreciendo desde hace años en buena parte de sus comedias románticas, mientras Brett Goldstein parece caminar durante toda la película intentando decidir si sigue interpretando a Roy Kent o si realmente quiere convertirse en un galán clásico. Nunca termina de escoger ninguno de los dos caminos. El resultado es una pareja que jamás convence. Y una comedia romántica sin una pareja creíble es como una película de tiburones sin tiburón.

El mayor problema, sin embargo, no son ellos. Es el guion. Goldstein, junto a Joe Kelly, construye una historia que parece escrita siguiendo un manual de lugares comunes. No existe una sola sorpresa narrativa. Cada conflicto aparece exactamente cuando el espectador espera que aparezca y se resuelve exactamente como cualquiera podría anticiparlo veinte minutos antes.

La película intenta compensar esa falta de imaginación recurriendo constantemente a un humor adulto basado en palabrotas, chistes sexuales y situaciones deliberadamente incómodas, confundiendo irreverencia con comicidad. Hablar constantemente de masturbación, erecciones, penes o utilizar insultos cada pocos minutos no convierte automáticamente una escena en divertida. Solo evidencia la desesperación del libreto por provocar una risa que nunca llega. Y cuando no apuesta por el humor, apuesta por el humor grotesco.

Hay una secuencia de un parto mostrada con un nivel de detalle completamente fuera de tono para el tipo de película que pretende ser. No resulta transgresora ni especialmente audaz. Solo genera la incómoda sensación de estar viendo dos películas distintas chocando entre sí. Algo parecido ocurre con Lizzy, el extravagante personaje interpretado por Jodie Whittaker (la hermana de Daniel que se encuentra en prisión), cuya aparición parece pertenecer a otra historia completamente diferente. Lo más frustrante es comprobar la enorme cantidad de talento desperdiciado.

Jennifer Lopez ha demostrado en películas como Out of Sight, Hustlers, El cantante o Selena que posee mucho más registro del que normalmente le permiten explotar estas producciones. Brett Goldstein es uno de los grandes descubrimientos recientes de la televisión gracias a Ted Lasso y Shrinking, y Betty Gilpin (Glow, Nurse Jackie)  lleva años confirmándose como una de las actrices más inteligentes de su generación y aquí, curiosamente, termina robándose cada escena en la que aparece gracias a un sarcasmo que la película nunca desarrolla del todo. Edward James Olmos y Bradley Whitford apenas sobreviven convertidos en funciones narrativas, mientras que Tony Hale de Arrested Development entra y sale del relato como si hubiera aterrizado desde otra comedia, al igual que los respetados Tony Plana y Roger Bart.

Ol Parker tampoco consigue aportar personalidad detrás de la cámara. Ya había demostrado en la divertida Ticket to Paradise cierta tendencia a convertir paisajes paradisíacos en escenarios románticos, pero aquí la cosa no funciona. La República Dominicana luce hermosa. Jennifer Lopez luce impecable. Los aviones privados, las oficinas de lujo y los hoteles cinco estrellas parecen salidos de un catálogo turístico. Pero todo eso resulta completamente irrelevante cuando los personajes nunca parecen personas reales.

Quizá el mayor pecado de Office Romance sea precisamente ese: la indiferencia. Ni emociona, ni divierte, ni escandaliza. Simplemente transcurre. Incluso cuando intenta introducir conflictos corporativos, secretos familiares o dilemas laborales, todo termina reducido a una sucesión de escenas intercambiables que podrían pertenecer a cualquier otra comedia romántica producida por Netflix durante los últimos cinco años.

Existe además una paradoja bastante reveladora. La película insiste una y otra vez en que una relación sentimental dentro de una empresa representa un enorme riesgo profesional, pero jamás consigue que el espectador crea que la carrera de ninguno de los personajes corre verdadero peligro. El conflicto principal nunca tiene peso dramático y, por tanto, tampoco tiene consecuencias emocionales. Las buenas comedias románticas hacen que deseemos desesperadamente que dos personas terminen juntas.

Office Romance consigue exactamente lo contrario: uno termina deseando que ambos vuelvan cuanto antes a sus respectivas oficinas… y que la película también lo haga. Porque el mayor romance aquí no es entre Jackie y Daniel. Es entre Netflix y la peligrosa idea de que cualquier algoritmo puede fabricar una historia de amor. 

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