Fourteen people were hospitalized during The Chainsmokers‘ concert in San Jose, California, on Friday night after emergency crews responded to a wave of medical calls at the outdoor show. The San Jose Fire Department was called to Discovery Meadow around 8:22 p.m. on September 4th following calls stating that multiple…
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“El principio del placer”, esa es una de las consignas de Cubilete, el ciclo de conciertos que durante los viernes de septiembre, octubre y noviembre propone un viaje por una amplia gama de lenguajes, tradiciones y geografías musicales. Todos los viernes, a las 20 y con entrada libre, la Sala Astor Piazzolla del Centro Cultural Borges (Viamonte 525, CABA), se convertirá en un territorio de cruces sonoros. Las entradas se retiran en boletería una hora antes de la función.
El curador del ciclo es nuestro editor, Humphrey Inzillo, que realizó una selección ecléctica de artistas y proyectos unidos por la curiosidad y el riesgo. El nombre del ciclo, “Cubilete”, hace referencia a la música y el azar. La programación es ecléctica y va del tango y el rock progresivo hasta la música tradicional de la India, del candombe uruguayo a la intimidad de la canción de autor, y del jazz al folclore psicodélico.
La función inaugural es este viernes 4 con la presentación de Odisea Tango XXII, un grupo liderado por el pianista y compositor Ulises Thayer, de apenas 19 años, que explora distintos ritmos —como el tango, la milonga y el candombe— rompiendo sus formas tradicionales e incorporando lenguajes del jazz y del rock progresivo. Su universo musical incluye referencias a proyectos de los años 70, como Alas, de Gustavo Moretto; el octeto electrónico de Astor Piazzolla y ecos de La Máquina de Hacer Pájaros, pero desde una perspectiva original y contemporánea.
En septiembre se presentan la cantante uruguaya Samantha Navarro (el 11), que celebra las tres décadas de su disco debut; Juan Manuel Tavella y Catalina Felipín exploran la música devocional de la India (el 18), y el baterista Teo Pérez, discípulo de Pipi Piazzolla, presenta The Drum Key, su álbum debut al frente de su cuarteto.

Octubre arranca con dos cantantes uruguayas: Isabel Lenoir presenta su nuevo álbum Amanda (el 2), y Florencia Núñez cruza el charco para mostrar su repertorio que integra canción de autor, pop contemporáneo y música de raíz latinoamericana (el 9); Noveno Maturín, un cuarteto que entrelaza las raíces del rock nacional y el candombe, toca el 16; desde Formosa, Nde Ramírez fusiona las raíces del Litoral y el chamamé con rock y psicodelia (el 23); y el 30, la cantante y contrabajista Lara Fichera despliega un universo íntimo que borra fronteras entre el jazz y el folclore.
En noviembre, Santiago Moraes, se presenta junto al grupo de guitarras cordobés La Nafta para rendir homenaje a la obra de Alfredo Zitarrosa (el 6);. el 13, se presenta el dúo acústico Merienda; el 20, Julián Baglietto y Sebastián Lans abordan la obra de Luis Alberto Spinetta. Y el 27, Sergio Dawi (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, La Kermesse) presneta VideoSaxMachine, un espectáculo audiovisual donde sonoriza en tiempo real cortometrajes mediante melodías del mundo e improvisaciones que transitan del blues al rock, la electrónica y el funk.
Más música en el Borges: Generador, el ciclo de los jueves
Con curaduría del músico y compositor Javier Burin (tecladista de Ca7riel y Paco Amoroso y una de las figuras más destacadas de la escena del jazz argentino), el ciclo Generador pone el foco en proyectos liderados por una nueva camada de artistas jóvenes, quienes comparten escenario con algunos de los referentes más destacados de la música argentina.
A lo largo de trece conciertos, el ciclo propone un espacio de encuentro entre trayectorias, estéticas y géneros musicales diversos. Jazz, improvisación, música contemporánea, folklore, rock y nuevas búsquedas sonoras conviven en un mismo escenario, donde el diálogo entre generaciones funciona como un verdadero generador de energía creativa. Cada fecha invita a descubrir nuevas perspectivas sobre la identidad musical argentina, poniendo en valor tanto la experiencia como la renovación y el intercambio entre artistas de distintos recorridos.
El ciclo empezó el jueves 3 de septiembre con un concierto del Mono Fontana y, en septiembre sigue el jueves 10 con Tomás Ferrario Grupo, que presenta Tester de Violencia, una recreación del histórico álbum que Luis Alberto Spinetta editó en 1988. El jueves 17, el pianista, compositor y arreglador Andrés Beeuwsaert presenta un concierto de improvisación en el que el piano se convierte en el punto de partida para una creación en tiempo real. Y el jueves 24, la cantante, guitarrista y compositora Sayi Sinyasiki presenta Arrecife Blanco junto a su banda, un proyecto que construye un universo sonoro donde conviven la canción, la palabra y una marcada identidad estética.
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Dice que hace pocos planes porque cada vez que los hizo no le salieron del todo. “Así que opté por dejar de hacer planes y confiar en el devenir”, explica Guillermo Piccolini. Inmediatamente, por supuesto, pasa a enumerar una cantidad de… ¡planes!: acaba de publicar un nuevo disco solista, Peor, y lo presentará en el CAFF (Club Atlético Fernández Fierro, Sanchez de Bustamante 772, CABA), el 16 de octubre; sale de gira junto a Pablo Dacal y viaja a España para reencontrarse con la banda que formó en los 80, en Madrid: Los Toreros Muertos. “Bueno, es cierto, grabar un disco es un poco hacer un plan –se queda pensando, en diálogo con Rolling Stone–. Pero se me vinieron encima una serie de situaciones personales, mudanzas, esas pequeñas tragedias, y todo se retrasó muchísimo”.
La trayectoria de Piccolini está cargada, quizás no de planes, pero sí de música. Después de unos movimientos iniciáticos en Buenos Aires, su vida se trasladó tempranamente a Madrid, donde armó Los Toreros Muertos (junto al cantante Pablo Carbonell), el hitero grupo de rock satírico. También tocó con Lions in Love (de Daniel Melingo) y Pachuco Cadáver (dúo post-rock con Roberto Pettinato) e impulsó Venus, ya de vuelta en Argentina.
En 2021, lanzó un tardío, pero celebrado primer álbum solista: Futuro imperfecto. Y ahora acaba de editar el segundo, titulado Peor. “Las canciones son más pesimistas –admite–. Me di cuenta de que usaba la palabra peor tres o cuatro veces a lo largo del disco y llegué a la conclusión de que, aunque parezca difícil, quizás este es un mundo todavía peor que el de cinco años atrás, ¿no?”.
Peor es de lo mejor que ha producido Piccolini: diez canciones minimalistas, beneficiadas por una economía de recursos a rajatabla que empieza como consigna de trabajo y termina por realzar las virtudes de un artista del detalle.
“La idea es la simpleza. No quiere decir que no pruebe un montón de cosas. Pero es poco lo que queda. No me interesa sumar instrumentos haciendo cosas reiterativas. Es como la anti pared de sonido de Phil Spector. ¿Qué haría Spector? Bueno, yo hago lo contrario. Hay momentos en los que uno se entusiasma y agrega. Pero lo que no se negocia es que no que hay batería. Es una limitación autoimpuesta, que te lleva a buscar otras soluciones”.
Y es lo contrario también de Los Toreros, donde siempre suenan un montón de cosas…
Es que, a ver, los Toreros empezamos con Pablo, Manny [Moure] en el bajo y yo, arriba de un escenario de dos por dos, con una caja de ritmos. O sea, básicamente el sonido de Pachuco Cadáver. Yo vengo esquivando la vacuna de la batería desde hace mucho.
Además de decir varias veces “peor”, en el disco también hay un “podrido”, en tu versión del tema de Horacio Fontova [“Me tenés podrido”, el improbable hit del Fontova Trío de 1982]…
¡Claro! El primer disco de Fontova fue muy importante para mí, te diría que comparable con el primero de Los Twist. Cuando me fui a Europa, en 1985, me quedé sin guita inmediatamente y hacía canciones de ese disco de Fontova…
¿Lo escuchabas como un oyente más o tenías relación con Fontova?
No, no, como fan. Lo conocí a Fontova, me lo crucé un par de veces, pero no más que eso. Cuando nos juntamos con Pablo Dacal para hacer un show dijimos de hacer un par de canciones que no fueran mías ni suyas. Él eligió “Cambalache” y yo, “Me tenés podrido”. Terminamos de ensayar, nos quedamos cenando, tomamos un vino y esa misma noche la grabamos.
En el disco también está Daniel Melingo…
Fue lo último que se grabó [el músico falleció el 30 de junio, una semana después de la salida de Peor]. El tema estaba más o menos terminado. Habíamos hablado de grabar un clarinete para hacer esas cosas que nos gustaban, como la música europea de vanguardia de los años 30, 40; esa sonoridad. Y entonces llegó al estudio y dijo: “¿Sabés que me olvidé el clarinete?”. Y se inventó esto de que lo cantemos a dúo. Una genialidad. Agradezco haber tenido una última oportunidad de estar en un estudio con él.
¿Con Melingo se conocieron en Madrid?
No, yo ya lo conocía a Dani y cuando fue a tocar con Charly [García] a Madrid, se quedó por Europa y estuvo también en Marruecos. En ese momento estábamos con un cambio de formación en Toreros Muertos, así que les dije a mis compañeros: “Hay un tipo que puede tocar saxo, guitarra, teclado y percusión, y es genial en todo”. Lo traje, gustó y se quedó con nosotros dos años. Ahí grabamos Mundo caracol, donde hay varios temas de Dani. En ese ínterin se armó Lions in Love, y Daniel me invitó a participar.
¿Cómo es tu relación con Los Toreros ahora?
Yo me fui del grupo de una manera un poco extraña porque, cada tanto, vuelvo y toco. Y es divertido. Voy, veo a los amigos. Me encanta tocar con ellos, pero no quería estar constantemente en un proyecto tan absorbente. Preferí quedarme acá, en Argentina, y remarla con mi proyecto. Como diría Federico Peralta Ramos, a mí me gusta acá. Pablo [Carbonell] sacó un disco con el nombre de Los Toreros Muertos, bastante bueno. Pero no participé, no me siento parte del proyecto hoy como para armar canciones con esa marca. Una cosa es hacer un show y grabar un disco en vivo, y otra es ponerse más serio, a los 60, con el proyecto de los 20. Pero Los Toreros son mis hermanos, me encanta tomar cerveza con ellos, subirnos a la furgoneta, morirnos de risa. Es como juntarse con una ex…
Una ex española. ¿Es muy distinta de tus ex argentinas, es decir de tus colaboraciones con músicos argentinos?
Pablo es un tipo bastante particular. Es genial, nos llevamos bien, pero bueno, está comprometido con una idea musical que es, en algún sentido, burlarse de la música, como dice en muchas entrevistas, ¿no? Yo prefiero la emoción. No sé si me va a salir, pero prefiero hacer el intento.
Los Toreros también tienen sus temas conmovedores, como “Dejadme llorar” u “Hoy es domingo”…
Ahí está, ¿ves? Diste en el clavo. “Dejadme llorar” es justo un tema que Pablo no quiere cantar. Es el favorito de [la Negra] Poli, por otro lado. Y a mí también me encanta, pero no es lo más habitual.
Tu música también tiene una cuota de humor…
Puede ser, sí. Hay una mueca o una risa; una manera de jugar, espíritu lúdico. Volviendo a Dani, algo que nos unía era el gusto por el dadaísmo y el surrealismo. Y ahí había mucho humor también. Forma parte del puchero que uno es… Cuando canto “Sana, sana, patria, madre, hermana, sana sistema bancario internacional”, me doy cuenta de que digo un chiste, pero el espíritu de la canción no es de chiste. Quizás ese sea un problema; sería mejor que fuera completamente seria o completamente graciosa, puede ser. Somos así: acá le ponemos pasa de uva a la empanada.
En Peor participa Julieta Laso, otra artista muy cercana a Melingo.
Es que Dani influyó en muchos músicos y músicas. Su influencia es enorme. No es casual: a Juli la conocí justamente por Melingo, en estos Encuentros Maximalistas que hacía. Me invitó, toqué teclados en un par de temas y nos conocimos con Juli, hablamos un poquito en el camarín. Es una barbaridad la interpretación que hizo.
También toca en el disco Skay Beilinson, otro argentino con el que te cruzaste en Madrid.
Claro, yo los conocí a Skay y a Poli antes de irme a España. Tuvimos una pequeña relación simpática, y de admiración por mi parte. Era muy fan de Los Redondos a partir del 82, cuando los vi por primera vez. Era mi grupo favorito. Y, bueno, no es casual: en el primer disco de Fontova, del que te hablaba antes, toca Skay. Después nos vimos en Madrid y ellos me ofrecieron el puesto de tecladista de los Redondos y tuve que declinar con gran dolor, porque no podía en ese momento. Pero compartimos un viaje por España ese año y Skay subió a tocar con los Toreros un par de veces. Por supuesto que hubo una oferta para que se quedara en Los Toreros. Pero, bueno, creo que hizo bien en no aceptar [risas].
¿Y vos, te arrepentís de algunas decisiones?
Soy muy feliz con la decisión que tomé de dedicarme a esto, y más feliz aún de que me haya sido concedida esa decisión. Porque uno puede tomar la decisión, pero por ahí no tiene la suerte. Se suele decir: “A mí nadie me regaló nada”. Y no es así: la guitarra ya estaba inventada: me la regalaron. Me regalaron a los Beatles, a Cafrune, al Cuchi [Leguizamón], todo me fue regalado en algún aspecto. Los materiales, la realidad en la que vivimos está construida por muertos. El parlante que tengo acá enfrente lo inventó uno que está muerto; el tocadiscos, el sillón y la penicilina, también. Yo agradezco haberme parado del lado del arte. Porque, si bien tenemos nuestros celos y nuestras cuitas, es un mundo bastante colaborativo en el cual consumimos de la que vendemos. E intentamos que no esté muy cortada [risas].
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Sobre el escenario, luciendo una boina roja —aunque no precisamente color frambuesa—, un John Travolta barbudo presentó la actuación inaugural de la superbanda de punk Cretin Family, formada para el homenaje del 50° aniversario de los Ramones, rescatando el viejo chiste sobre el cementerio: la gente literalmente se moría por entrar. Aunque Travis Barker —baterista de Blink-182 y miembro de Cretin Family— no remató la broma con el clásico redoble de batería, la estridente actuación de los Cretins —completada por el guitarrista de Rancid y director musical del evento, Tim Armstrong; el cantante y guitarrista de Green Day, Billie Joe Armstrong; y el bajista de los Ramones, CJ Ramone— habría sido capaz de resucitar a los muertos.
En este legendario oasis de descanso eterno, situado en medio de un barrio áspero de Hollywood, entre los «espectadores» fallecidos figuran estrellas del cine clásico como Rudolph Valentino y Jayne Mansfield, así como la estrella del punk rock Dee Dee Ramone, quien descansa no muy lejos de la imponente estatua-cenotafio de una guitarra de más de dos metros y medio que rinde homenaje a su hermano musical, el guitarrista Johnny Ramone.
Los invitados que subieron al escenario para cantar fueron tan diversos como los que estaban en la planta baja; la curiosidad y desconcierto iniciales sobre la participación de Travolta —y la proyección posterior al concierto de su simpática película autobiográfica, Propeller One-Way Night Coach— se disiparon cuando la incipiente banda arrancó su repertorio con “Rockaway Beach”. Este momento marcó, tal como señaló Billie Joe, la primera vez que actuaba junto a Barker, el contundente batería superestrella y celebridad polifacética.
Desde “Cretin Hop” hasta “Gimme Gimme Shock Treatment”, el punk de la Costa Oeste rindió homenaje a sus leyendas y precursores de la Costa Este: los venerados e influyentes Ramones, que solo rivalizan con Motörhead en la categoría de camisetas “cool” y omnipresentes. El atractivo y la fama de los Ramones trascienden géneros y edades, tal como demostraron los invitados vocales —y un público que incluía a niños pequeños a hombros de sus padres—. Fred Armisen, que tiene su propia banda de versiones de los Ramones, interpretó “Danny Says” —una canción de Joey Ramone de los años 80, emotiva y de letra detallada— como primera estrella invitada de un repertorio de 20 temas.
Si bien los Ramones fueron versionados y homenajeados por artistas tan diversos como U2, Rob Zombie y Sonic Youth, sus propias versiones también abarcan una gran variedad de estilos, inclinándose hacia joyas clásicas estadounidenses, incluida la maravillosa y acelerada versión de “Do You Wanna Dance”, tema original de Bobby Freeman de 1958. Los Cretins estaban interpretando la versión de una versión. Resulta fácil imaginar a la clásica formación de los Ramones —Joey, Dee Dee, Johnny y Tommy— apreciando los homenajes sonoros de la velada a su propio estilo, típicamente neoyorquino; sin embargo, fue especialmente difícil no dejarse cautivar por The Linda Lindas, de Los Ángeles, cuyas voces y desenfado juvenil y enérgico brillaron en “California Sun”, el éxito de surf-rock de los Rivieras.
Tras su actuación y un rato con su madre, Lucía de la Garza —guitarrista y cantante de The Linda Lindas, de 19 años— comenta a Rolling Stone: “Crecimos escuchando a los Ramones en el coche y en casa. Aprendimos a tocar ‘I Wanna Be Sedated’ [que interpretaron junto a la Cretin Family] al principio de todo; debía de tener 11 o 12 años”. Su banda salió de gira con Green Day y Rancid, pero ella está «bastante segura» de que fueron invitados inicialmente a participar en este concierto de aniversario por Linda, la viuda de Johnny Ramone, a quien conocieron durante el concierto de presentación de su álbum de 2024. «Es un verdadero honor», dijo de la Garza. «Y realmente queríamos tener la oportunidad de conocer a CJ y a Travis».
Linda Ramone es una figura clave en la historia y el repertorio de la banda, además de ser la guardiana del legado de los Ramones gracias a este evento oficial anual que recauda fondos para la investigación del cáncer en el Ellison Medical Institute. (Johnny falleció de cáncer de próstata en 2005, a los 55 años). Radiante con una capa de lentejuelas color lavanda y un elegante sombrero de estilo cavalier, Linda fue la gran protagonista e impulsora del esperado homenaje oficial por el 50º aniversario de los Ramones, cuyas entradas se agotaron por completo. Entre el ajetreo y el bullicio del backstage, se podía ver a figuras como John 5 —guitarrista ocasional de Mötley Crüe— haciendo cola en el camión de comida de In-N-Out Burger, mientras Arrow De Wilde (cantante de Starcrawler), Pat Smear (guitarrista de Foo Fighters, Nirvana y Germs) y otros músicos locales conversaban en el amplio aparcamiento, rodeados de tumbas y enormes mausoleos.
A lo largo de las décadas de trayectoria de la banda, los Ramones —siempre vestidos de cuero— brillaron con canciones luminosas, incluida otra versión muy querida por el público: «Surfin’ Bird», interpretada con gran destreza por The Cretins. La banda «familiar» incluso contó con un «pinhead» invitado sobre el escenario —personaje conocido por los seguidores de los Ramones gracias a la película Rock ‘n’ Roll High School— que portaba un cartel con la frase «Gabba Gabba Hey». Quizás fue un momento dirigido solo a los iniciados, pero la gran mayoría de los miles de asistentes lo entendió y supo apreciarlo.

La estridente y entrecortada «Rock and Roll Radio» fue uno de los puntos fuertes, pero los teléfonos móviles se alzaron en masa cuando Billy Idol subió al escenario para interpretar «Beat on the Brat», una canción perfecta para su característico gesto de labios curvados. Junto a The Cretins, también ofreció una buena versión de «Ready Steady Go», un tema de su antigua banda Generation X. Idol puso la canción en contexto y reconoció su deuda con los neoyorquinos al decir al público: «Es como el Roundhouse de Londres en 1976. Todos aceleramos el ritmo de nuestra música después de escuchar a los Ramones. Fue jodidamente genial».
Es imposible replicar la atmósfera, la forma de tocar o la energía clásica de los Ramones; sin embargo, aunque la batería de Barker sonó quizás demasiado potente y contundente, y las estrellas invitadas interrumpieron el ritmo frenético típico de un concierto clásico del grupo, el espíritu, la alegría y las canciones fueron innegables. Aunque gran parte del público se marchó tras la actuación de debut de Cretin Family, Hollywood Forever es famoso por su ciclo de cine al aire libre, y muchas personas permanecieron repartidas por el césped —junto a las tumbas— para ver una película después del concierto. Sin duda se trataba de un clásico —Carrie, dirigida por Brian De Palma y basada en la obra de Stephen King—, pero ¿por qué no optar por Pet Sematary (que incluye dos temas de los Ramones, incluido el que da título a la película) o por la cinta más emblemática asociada a la banda, Rock ‘n’ Roll High School?
No obstante, tal como señaló Travolta al presentar su propia película tras el concierto, allí se encontraban cinco miembros del reparto de Carrie (él interpretó al estudiante de secundaria Billy Nolan en el filme), incluidas Nancy Allen y P.J. Soles; esta última encarnó a la entusiasta superfán Riff Randell en Rock ‘n’ Roll High School. Sin embargo, declinaron la invitación de Travolta para subir al escenario, a pesar de su insistencia.
Pasaron 50 años desde el lanzamiento del álbum debut homónimo de los Ramones, que contenía 14 canciones emblemáticas forjadas en menos de 30 minutos. Aunque los cuatro miembros originales han fallecido —el último de ellos en 2014—, su legado perdura con fuerza a través de las generaciones: «Blitzkrieg Bop» fue adaptada como canción infantil; «Beat on the Brat» se libró de la censura de lo políticamente correcto a pesar de su (humorística) incitación a la violencia; y cabe imaginar (o esperar) que «Now I Wanna Sniff Some Glue» gozaría de la misma inmunidad. Puede que la banda «Cretin Family» siga viva sobre los escenarios —y quién sabe si este homenaje será un evento único—, pero la propia «familia de cretinos» que conforman los seguidores de los Ramones vive claramente en todas partes y para siempre.
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La cuenta regresiva para Primavera Sound Buenos Aires 2026 ya empezó y ya se sabe cuál será la sede. El festival confirmó que su próxima edición se realizará los días 28 y 29 de noviembre en el Club Ciudad de Buenos Aires.
El Club Ciudad, escenario de conciertos y festivales masivos, fue anfitrión a lo largo de las últimas décadas de presentaciones de Radiohead, R.E.M., Depeche Mode, Morrissey, Blondie y Daft Punk.
Ahora, será el turno de Gorillaz, The Strokes y FKA twigs, además de nombres como Yung Lean, Lily Allen, Courtney Barnett, CMAT, Nation of Language, Cara Delevingne y Danny L Harle.
También habrá representación argentina: Santiago Motorizado, Juana Molina, Marilina Bertoldi, Juliana Gattas, Juana Aguirre, Babeblade, Chechi de Marcos, Fin del Mundo, Lisa Scha, María Wolff, El Nota, Pizza, Sunlid, Wiranda Johanssen y Jaime sin Tierra.
Como parte del anuncio, Primavera Sound compartió una pieza audiovisual protagonizada por Lucía Taubas, cantante de Sunlid. En el video, la artista recorre distintos puntos emblemáticos de Buenos Aires, desde Puente Barracas y la Avenida 9 de Julio hasta la Floralis Genérica y el Teatro Colón, mientras suena una canción de Gorillaz. El recorrido culmina en el Club Ciudad, donde una multitud se reúne atraída por la música bajo el lema: “En Buenos Aires la música está más cerca de lo que parece. Primavera Sound también”.
Los abonos y tickets por día estarán disponibles a través de Enigma Tickets, mientras que los clientes de BBVA podrán acceder a hasta seis cuotas sin interés durante todas las etapas de venta.
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Para entender el universo musical de Lucho Pellegrini —baterista, referente del swing local y fabricante pionero de tablas de lavar en la Argentina— hay que trazar una línea temporal que va en reversa. Antes de enamorarse del jazz tradicional, el recorrido rítmico de Lucho empezó, como el de muchos pibes de su generación, en el grunge y el punk. “Yo escuchaba mucho a Dave Grohl tocando la batería en Nirvana”, explica. “Como Grohl nombraba entre sus referentes a John Bonham, me puse a quién era el referente del batero de Led Zeppelin, y así llegué a Buddy Rich. De Buddy Rich salté a Gene Krupa, y de Krupa seguí yendo cada vez más atrás en el tiempo, hasta desembocar en las orquestas de Duke Ellington, Count Basie y Louis Armstrong. Fue un salto hacia atrás buscando la raíz”.
Hoy, a sus 35 años, Pellegrini no solo capitanea proyectos referentes de la escena porteña como Hot Shooters y su New Orleans Party, sino que se convirtió en el gran divulgador local de la washboard (la tabla de lavar adaptada como instrumento de percusión) al frente de su propia marca: Cincinnati.
Les Luthiers no fue el primer conjunto de instrumentos informales de la historia. A comienzos del siglo XX, proliferaron en ciudades del sur de Estados Unidos como Louisville y Memphis las “Jug Bands” (también conocidas como “Washboards Bands”), grupos de afrodescendientes que combinaban instrumentos convencionales (guitarra, banjo, mandolina, armónica) con instrumentos caseros o fabricados con objetos cotidianos. Utilizada originalmente para almacenar bebidas alcohólicas como el whisky o la melaza, la la garrafa -o jarra de cerámica o vidrio- “jug”, era el corazón de ese sonido. El músico hacía vibrar sus labios contra la boquilla con una técnica similar a la tuba o el trombón y actuaba como la línea de bajo de la banda.
El kazoo (o un peine envuelto en papel de celofán) hacía las veces de la trompeta o la corneta, y el ritmo, claro, estaba en las tablas de lavar metálicas que, tocadas con dedales, recreaban el sonido de la batería.
En la Argentina, la tabla de lavar fue adoptado por los bateristas de agrupaciones como la Antigua Jazz Band, la Fénix Jazz Band, la Creole Jazz Band y la Caoba Jazz Band. Era común que en las presentaciones, antes de incorporar el instrumento, dijeran que no les había alcanzado para comprar el lavarropas automático.
El vínculo de Pellegrini con la tabla de lavar se remonta a un recuerdo de su infancia: a los 10 años, vio a un artista callejero en Villa Gesell haciendo un unipersonal de “hombre orquesta” con una tabla. Sin embargo, el reencuentro formal con el instrumento fue en 2014, cuando lo invitaron a tocar con La Familia de Ukuleles.
“Ellos tenían una tabla y me la prestaron”, explica. “Desde el primer momento me enamoré del instrumento por lo accesible que era y lo fácil que resultaba sacarle y ponerle accesorios. Le trasladé todo lo que sabía de percusión.”

Para la presentación del disco de la banda en el Teatro Margarita Xirgu, en 2015, Pellegrini quería su propia washboard, pero en Argentina solo se conseguían modelos integramente de madera, sin la chapa metalica acanalada tradicional. “Llamé a mi primo, que es baterista e ingeniero, y le dije: ‘Necesito ponerle metal a esta madera, ¿me ayudás?’. Así hicimos la primera tabla. Nos quedamos dándole vueltas a la idea porque sabíamos que había un montón de gente buscando el instrumento y nadie lo fabricaba acá. Así nació Cincinnati entre fines de 2015 y principios de 2016. Ni en pedo nos imaginábamos que se iba a convertir en un emprendimiento de diez años”, reconoce.
Lo que empezó como la respuesta artesanal a una necesidad artesanal terminó expandiéndose de forma insospechada. La tabla de lavar rompió los márgenes del jazz tradicional para colarse en el pop, el folklore y el rock de autor.
“Para nosotros la washboard es como el ukulele de la percusión”, argumenta. “Así como podés tocar cualquier estilo con un ukulele y no solo música hawaiana, la tabla se adapta a todo. Silvina Moreno fue una de las primeras en engancharse y usarla en el pop; le gustó tanto que hasta le regaló una a Ed Sheeran por su cumpleaños. También la han usado cantautores, proyectos de bolero y hasta de reggaetón. Y a nivel internacional, nos llegaron fotos e historias increíbles: hoy tienen tablas Cincinnati músicos de la talla de Gustavo Santaolalla, Adán Jodorowsky, Mon Laferte, Fantastic Negrito y hasta Gregg Bissonette, el baterista de Ringo Starr”.

El año pasado Cincinnati Washboards llegó a Broadway. “En Pirates! The Penzanc usaban 24 tablas en escena”, se enorgullece Lucho. “Fueron nominados a los premios Tony e hicieron el show con las washboards en la ceremonia de los premios”.
La puerta de entrada al swing
Aunque se crió en un hogar donde la música siempre estuvo presente —su madre es pianista y profesora— y sus primeros palillos los movió a los 11 años tocando temas de los Ramones, Flema y 2 Minutos con sus primos, el flechazo definitivo con el jazz ocurrió a los 17, mientras cursaba percusión en el Conservatorio Manuel de Falla.
“Lo primero que escuché de jazz tocando la batería fue el disco Kind of Blue (1959) de Miles Davis. Me voló la cabeza. En esa época me estaba comprando mis primeros CDs y conseguí un compilado de Louis Armstrong. Ahí entró todo el swing por un tubo; me enamoré del estilo. Miles fue la puerta de entrada, pero Armstrong fue la gran influencia por la que me dejé llevar”, rememora.
Tras terminar el colegio, Lucho pasó al SADEM [Sindicato Argentino de Músicos] para estudiar la carrera de música popular, donde empezó a armar sus primeros ensambles de jazz y swing con compañeros de cursada.
Actualmente, Pellegrini mantiene una agenda hiperactiva. Lidera la New Orleans Party (un sexteto enfocado en el swing, el rhythm & blues de corte sureño y clásicos de Fats Domino), integra Waller Moods junto al pianista Manuel Fraga, y continúa girando con Hot Shooters, cuarteto vocal con el que ya editó cuatro discos y realizó giras por México y Europa.
Durante todo 2024, Pellegrini asumió el rol de productor artístico —junto a Mariel Gastiarán— de las Swing City Sessions, un ambicioso proyecto independiente que buscó registrar el pulso vivo del jazz en Buenos Aires. “Grabamos 17 discos en total, todos en vivo en Swing City y producidos junto a Amadeo Álvarez en las mezclas. Fue un proyecto hermoso porque le dimos la oportunidad de grabar con gran calidad de sonido a un montón de bandas de la escena de jazz y swing porteña que por temas económicos no podían acceder a un estudio”, explica.
Ese registro, con producción ejecutiva de Daniel Daich, con edición digital del sello RGS, funcionó como una radiografía de una comunidad en plena expansión. Para Lucho, el fenómeno del swing en Buenos Aires no es una moda pasajera, sino un proceso de más de dos décadas apuntalado por la cultura del baile, que empezó como una réplica de la movida del neo-swing en la costa Oeste de los Estados Unidos, a fines de los 90: “Hay una renovación generacional constante. A mí me encanta ver a pibes jóvenes tocando y bailando esta música, porque hace cien años era justamente la música que tocaban y bailaban los jóvenes. Aunque sea música centenaria, está ayornada a la época y mantiene una energía impresionante”.
Lucho inscribe su nombre en un linaje que incluye a nombres importantísimos para el jazz de Nueva Orleans y el swing en Argentina. Un listado caprichoso e incompleto que incluye a Rolando Vismara, Rodolfo Yoia, Carlos Caiati, Cachi Carrizo, Ricardo Esain, Juan Pablo Scenna, Eduardo Manentti y próceres como Lalo Scenna, Enrique Varela, Marito Cosentino, José Medina y Yimo Riportella, entre muchísimos otros.
Como un hilván (no tan) invisible, hay un componente que atraviesa todas sus facetas: la pedagogía y la divulgación histórica.”En todos los shows nos gusta hablar de la historia detrás del ritmo”, explica. “La washboard, por ejemplo, tiene un origen profundamente ligado a los afrodescendientes esclavizados en el sur de Estados Unidos, a quienes no les permitían tener instrumentos y empezaron a hacer música con objetos cotidianos, lo que hoy llamamos cotidianófonos. Explicar eso genera primero sorpresa y después mucha alegría”.
Esa labor difusora lo llevó también a dar clases a distancia a alumnos en Estados Unidos, Europa y China. A la hora de definir su lugar en la música, Pellegrini es claro: “Me encanta ser parte de la tradición del jazz tradicional argentino y hacerla crecer, pero no desde un lugar museístico. No lo pienso como ‘tocar la música tal como fue hace cien años’, sino cómo tomar esas canciones y darles nuestra propia impronta actual”.
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Marvel acaparó la atención de la Comic-Con el sábado con una serie de grandes anuncios, incluyendo la elección de Ryan Gosling como Ghost Rider y el cambio de actor para Black Panther.
En una decisión largamente solicitada por los fans del Universo Cinematográfico de Marvel —y respaldada por el propio Gosling en entrevistas— e incluso anticipada por Rolling Stone en 2013, el director del UCM, Kevin Feige, finalmente hizo realidad el sueño de Gosling al anunciar oficialmente al héroe motociclista esqueleto. El clásico punk de Suicide, “Ghost Rider”, sonó mientras Gosling aparecía en el escenario.
“¡Guau! ¿Esto está pasando de verdad?”, preguntó Gosling en el escenario tras la revelación. “Como saben, este es un personaje que he querido interpretar desde hace mucho tiempo”.
El director de Deadpool y Wolverine, Shawn Levy, vuelve a trabajar con Gosling en la película que se estrenará en mayo de 2028. Gosling también participa en su próxima película, Star Wars: Starfighter.
“Estoy reviviendo recuerdos increíbles, porque estuve aquí hace dos años cuando presentamos Deadpool y Wolverine”, dijo Levy al público del Hall H el sábado, junto a Gosling y Feige. “Nunca olvidaré esa noche, porque me presentaron a los mejores fans. Gosling es un crack. Lo digo con muchísimo respeto. Pasamos mucho tiempo el año pasado haciendo Starfighter, y cuando Ryan empezó a hablar de este personaje, pensé: ‘¡Vamos allá!’. ¡Nos vemos en 2028!”.
Johnny Blaze/Ghost Rider fue interpretado previamente por Nicolas Cage en dos películas de principios de la década de 2000, antes del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU), mientras que el actor Gabriel Luna interpretó una versión alternativa del personaje (Robbie Reyes) en la serie de televisión Agentes de S.H.I.E.L.D.
Ghost Rider, interpretado por Gosling, no fue la única incorporación al MCU: el director de Black Panther, Ryan Coogler, anunció que la tercera entrega de la saga llegará en 2028 con un nuevo actor en el papel de David Jonsson, conocido por su participación en Black Panther: Rising Industry, quien recientemente protagonizó las películas The Long Walk y Alien: Romulus.
En Black Panther 3, Jonsson interpretará a T’Challa II, quien fue presentado como el hijo de T’Challa (el fallecido Chadwick Boseman) y Nakia (Lupita Nyong’o) en los momentos finales de Black Panther 2: Wakanda Forever de 2022.
La última gran noticia del panel de Marvel en la Comic-Con fue un nuevo tráiler de Avengers: Doomsday, con muchos de los miembros del reparto —incluidos Robert Downey Jr. y estrellas de la saga original de X-Men de Fox— subiendo al escenario; el tráiler exclusivo de la Comic-Con aún no se ha publicado en línea.
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De La Rose emerge para sacar el sencillo titular de su EP que saldrá más tarde este año. ‘La Monda’ con la superestrella colombiana, Ryan Castro, sale hoy según Warner Media. El tema se construye sobre ritmos hipnóticos de dancehall, melodías contagiosas y una química tremenda. ‘La Monda’ es un himno seductor que explora la conexión irresistible entre dos personas incapaces de resistir la atracción mutua, impulsada por el coqueteo, la confianza y una energía magnética, la canción captura la tensión emocional entre el deseo y la tentación.
La puertorriqueña, ganadora de “Rising Star Femenino” del Premio Tu Música Urbano Mix 2026 de Telemundo, reconocida por grandes artistas como Bad Bunny y Omar Courtz, continúa su ascenso astronómico en la industria. Con cada lanzamiento, continúa expandiendo su visión creativa. Su audaz estilo narrativo, su sonido que fusiona géneros y supresencia escénica la han posicionado entre la nueva generación de artistas que están dando forma al futuro de la música latina. ‘La Monda’ representa otro gran paso adelante en su evolución. Según un comunicado de prensa, el video musical saldrá muy pronto.
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La posibilidad de que Viviane Morales sea designada oficialmente como ministra de Educación ha desatado un intenso debate político. Aunque el nombramiento aún no ha sido confirmado, Morales encabeza el equipo de empalme de esa cartera y, desde hace varios días, distintos sectores la dan como la principal opción para asumir el cargo.
La eventual designación ha provocado rechazo en diversos sectores debido a la trayectoria política de Viviane Morales, la cual ha estado marcada por una activa militancia sustentada en sus convicciones religiosas evangélicas, la promoción de iniciativas contrarias al pleno ejercicio de los derechos de la población LGBTIQ+ y la ausencia de experiencia en el sector educativo.
Una trayectoria entre la fe y el derecho
La abogada Viviane Morales ha llegado a algunos de los cargos más importantes del Estado. Fue congresista, fiscal general de la Nación, embajadora de Colombia en Francia y aspiró a integrar la Corte Suprema de Justicia. A lo largo de su carrera, además de su trayectoria jurídica, su actividad política ha estado estrechamente ligada a la fe evangélica que profesa desde su juventud.
La principal preocupación expresada por analistas, políticos y sectores de opinión gira en torno a la falta de experiencia en una cartera con enormes retos en un país como Colombia, así como el futuro del Estado laico en caso de que asuma este Ministerio.
Morales ha cuestionado de manera reiterada la separación entre las convicciones religiosas y las decisiones públicas, especialmente en instituciones educativas. Bajo la defensa de la libertad religiosa, la excongresista ha promovido una visión única de familia, de carácter tradicional en términos cristianos y se ha opuesto de forma consistente a la educación integral en sexualidad y a la igualdad de derechos para personas con orientaciones sexuales diversas.
Uno de los episodios más recordados de esa postura ocurrió en 2016. Como senadora del Partido Liberal, Morales rechazó abiertamente la iniciativa del Ministerio de Educación que buscaba orientar a las instituciones educativas en la prevención y atención de las violencias y discriminaciones contra estudiantes con orientaciones sexuales e identidades de género diversas. Las cartillas elaboradas por el Ministerio pretendían ofrecer herramientas para que los colegios revisaran sus protocolos y garantizaran que niños, niñas y adolescentes pudieran vivir libres de discriminación y violencia. Morales fue una de las principales voces políticas que calificó la iniciativa como un intento de imponer la llamada “ideología de género” en los colegios.
Ese debate estuvo profundamente atravesado por el caso de Sergio Urrego, el adolescente que se suicidó tras sufrir acoso y discriminación sistemática en su colegio debido a su orientación sexual. En la sentencia T-478 de 2015, la Corte Constitucional concluyó que el plantel había vulnerado sus derechos al discriminarlo por ese motivo. El caso marcó un precedente para ampliar la discusión pública sobre la necesidad de fortalecer las respuestas institucionales frente a la discriminación por orientación sexual e identidad de género en los entornos escolares.
Las posturas de Morales se han inscrito en una tendencia que tomó fuerza en distintos países de América Latina y Europa, donde sectores cristianos fundamentalistas impulsaron campañas contra lo que denominaron “ideología de género”. En Colombia, ese discurso alcanzó uno de sus momentos de mayor visibilidad en 2016, en medio de las negociaciones e implementación del Acuerdo de Paz, pero que no han dejado de estar presentes entre sectores ultraconservadores.
En 2018, la entonces congresista renunció al Partido Liberal después de negarse a firmar un manifiesto mediante el cual la colectividad exigía a sus integrantes reconocer que las convicciones religiosas no debían interferir en las decisiones políticas, respaldar la implementación del Acuerdo y defender los derechos de la población LGBTIQ+.
Educación, Estado laico y la “ideología de género”
Aunque Morales no cuenta con experiencia relevante en el sector educativo, su eventual llegada al Ministerio se vincula más con la posible agenda fundamentalista religiosa que se movió en la campaña presidencial. El propio presidente electo Abelardo de la Espriella habló de una “contrarrevolución” pedagógica, especialmente en contra de asuntos relacionados con la educación integral en sexualidad y la “ideología de género”.
A lo largo de su trayectoria política, Morales ha sido una de las principales figuras que han cuestionado esta supuesta “ideología de género”, como lo mencionó en un video difundido cuando le dio su apoyo a De la Espriella. El uso de esa expresión no es un asunto menor, especialmente cuando proviene de quienes podrían dirigir las políticas públicas de un país que mantiene profundas brechas de desigualdad de género y violencias por prejuicio contra la población LGBTIQ+.
La “ideología de género”, como se ha documentado, no constituye una categoría reconocida por la academia, ni por organismos que promueven los derechos humanos. Diversas organizaciones nacionales e internacionales han advertido que se trata de un término utilizado para desinformar y estigmatizar a poblaciones históricamente discriminadas. Más que un concepto analítico, funciona como un recurso discursivo para deslegitimar debates sobre igualdad y derechos. Su origen se encuentra en las reacciones de sectores ultraconservadores y religiosos frente a los avances en los derechos de las mujeres y de las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas.
En distintos países, el término de “ideología de género” ha contribuido a simplificar y distorsionar discusiones complejas sobre igualdad, además de convertirse en una herramienta de movilización política basada en el miedo, el pánico moral y la desinformación.
¿Un nombramiento para la “contrarrevolución”?
De confirmarse su llegada al gabinete, Colombia podría enfrentar un nuevo episodio de retrocesos en derechos y polarización, profundizando la desconfianza entre quienes defienden una educación pública, laica e inclusiva y quienes promueven una visión educativa sustentada en principios religiosos fundamentalistas.
Conviene recordar que Colombia como Estado laico exige separar las creencias religiosas de un determinado Gobierno de la orientación que pueda ejercer sobre la ciudadanía. En ese contexto, si el gobierno de Abelardo de la Espriella y su equipo (incluido su vicepresidente que se ha declarado públicamente como un hombre profundamente religioso), avanzan hacia una agenda alineada con sus convicciones, la promoción y protección de la igualdad de derechos de todo tipo de personas y familias se puede ver gravemente afectada.
Un escenario de ese tipo acercaría la política educativa a una tendencia promovida por movimientos que han protagonizado procesos de fuerte radicalización basada en convicciones religiosas en distintos países de América Latina y que, según sus críticos, pueden representar un retroceso en los avances alcanzados para prevenir, atender y reparar las violencias basadas en género y la discriminación contra las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas en los entornos escolares.
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Galería
- ¿Meter a Dios en la educación? Viviane Morales y la contrarrevolución fundamentalista en el nuevo Gobierno
- “El debate ya no es solo quién ocupará el Ministerio de Educación, sino qué proyecto educativo podría llegar con Morales como ministra de esta cartera”.
- “La principal preocupación no es únicamente la falta de experiencia sólida en un tema clave para el desarrollo del país, sino el futuro del Estado laico en Colombia”.
- “Viviane Morales ha sido una de las principales voces políticas contra la educación integral en sexualidad y la garantía de igualdad en derechos para la población LGBTIQ+”.
- “Diversas organizaciones advierten que el discurso de la ‘ideología de género’, el cual sectores religiosos ultraconservadores como el que representa Morales han posicionado, ha servido para desinformar y estigmatizar a poblaciones históricamente discriminadas”.
- “Cabe aclarar que la llamada ‘ideología de género’ no es una categoría reconocida por la academia ni por organismos de derechos humanos”.
- La llegada de Viviane Morales al Ministerio de Educación podría convertirse en la primera gran expresión de la ‘contrarrevolución’ pedagógica y cristiana anunciada por Abelardo de la Espriella en campaña.
- La discusión de fondo no es sobre una persona, sino sobre qué tipo de educación y de Estado quiere construir este nuevo Gobierno, y cómo garantizará la pluralidad propia de un Estado laico como Colombia.
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Durante casi tres décadas, PlayStation construyó una parte fundamental de su historia alrededor de un objeto que parecía inseparable de la experiencia de jugar. Desde aquellos discos negros de la primera consola lanzada en los años noventa hasta las cajas azules de PlayStation 5, el formato físico fue mucho más que un simple método de almacenamiento: fue un símbolo de propiedad.
Comprar un videojuego significaba algo concreto. Había una caja, una portada, un disco. Había un objeto que pertenecía a alguien. Podía estar años acumulando polvo en una repisa, sobrevivir a varias generaciones de consolas, cambiar de dueño, ser prestado a un amigo o aparecer una década después para despertar recuerdos. Era una relación sencilla: pagabas por algo y ese algo era tuyo. Ahora esa idea comienza a desaparecer.
La decisión de Sony de finalizar la producción de discos físicos para nuevos juegos de PlayStation a partir de enero de 2028 no representa solamente un cambio de formato. Es el cierre simbólico de una era y una de las señales más claras de hacia dónde se dirige toda la industria del entretenimiento: un futuro donde poseemos cada vez menos y accedemos cada vez más.
La transformación no ocurrió de repente. Durante años nos hemos acostumbrado a intercambiar propiedad por comodidad. Dejamos atrás las colecciones de discos por bibliotecas musicales infinitas en nuestros teléfonos. Cambiamos estantes llenos de películas por catálogos que aparecen y desaparecen cada mes. Ahora los videojuegos, una de las industrias culturales más importantes del mundo, siguen el mismo camino. Y sería injusto decir que todo es negativo.
El formato digital resolvió muchos problemas. Permitió que millones de personas accedieran a videojuegos sin depender de inventarios físicos, abrió puertas a estudios independientes que antes no podían competir en distribución y creó nuevas maneras de descubrir obras. Para muchos jugadores, especialmente las nuevas generaciones, comprar un disco ya parece una práctica del pasado. La comodidad ganó porque la comodidad importa.
Pero cada revolución tecnológica tiene un costo. Y en este caso el precio podría ser mucho más grande que perder una caja de plástico. Estamos perdiendo la sensación de que algo realmente nos pertenece.
Ese es el punto central de esta discusión. Cuando un videojuego existe únicamente dentro de una plataforma digital, la relación entre comprador y producto cambia. Aunque usamos la palabra “comprar”, en muchos casos lo que obtenemos es una licencia de acceso vinculada a una cuenta, una tienda y unas condiciones establecidas por una compañía. Ya no tienes un objeto. Tienes permiso para acceder a algo. Y los permisos pueden cambiar.
Las plataformas digitales tienen la capacidad de modificar sus servicios, cambiar sus condiciones, retirar productos de sus tiendas o limitar el acceso a ciertos contenidos dependiendo de licencias, acuerdos comerciales o decisiones empresariales. El juego que hoy aparece dentro de una biblioteca digital depende de un ecosistema que el usuario no controla completamente. Ese es el verdadero cambio cultural: entramos en una época donde nada parece ser realmente nuestro.
La película favorita está disponible hasta que abandona un catálogo. La canción está ahí hasta que cambia un acuerdo de distribución. El videojuego permanece accesible mientras los servidores, la tienda y la infraestructura que lo sostiene continúen funcionando. Todo está al alcance de un clic, pero también puede desaparecer con uno.
La historia reciente de la industria demuestra que la preocupación no es imaginaria. Juegos eliminados de tiendas digitales, servidores cerrados para siempre, expansiones imposibles de conseguir y contenido perdido por problemas de derechos se han convertido en recordatorios constantes de la fragilidad del mundo digital. Ahora vivimos en una época con más acceso al entretenimiento que nunca, pero quizá con menos control sobre aquello que consumimos.
También existe un problema de preservación. Los videojuegos dejaron hace mucho tiempo de ser simples productos electrónicos. Son obras culturales, piezas de diseño, arte, música, narrativa y tecnología que representan momentos específicos de nuestra historia. Así como protegemos películas antiguas, libros o grabaciones musicales, preservar videojuegos debería ser una prioridad. Pero preservar se vuelve más difícil cuando una obra depende de servidores, verificaciones en línea y ecosistemas cerrados.
El disco físico tampoco era perfecto. Los videojuegos modernos ya dependen de actualizaciones, parches y contenido adicional que muchas veces no existe dentro del propio disco. Tener una copia física no siempre garantiza conservar la experiencia completa. La industria ya llevaba años moviéndose hacia un modelo híbrido donde el objeto era solo una parte del producto. Aun así, ese objeto representaba algo importante: una última capa de independencia.
El formato físico permitía prestar, revender, intercambiar y coleccionar. Creaba una economía secundaria donde los jugadores tenían alternativas. Un juego usado podía encontrar una nueva vida años después. Un título olvidado podía convertirse en una pieza buscada por coleccionistas. Cuando todo pasa por una tienda digital, esas posibilidades empiezan a desaparecer.
Las compañías ganan eficiencia, reducen costos y obtienen un control más directo sobre sus ecosistemas. Desde una perspectiva empresarial, el movimiento tiene sentido. Pero desde la perspectiva del consumidor, también obliga a hacerse preguntas incómodas sobre el equilibrio de poder. Porque la discusión nunca fue realmente sobre discos contra descargas sino fue sobre propiedad contra acceso.
Tal vez el formato físico estaba destinado a convertirse en un recuerdo, como tantas tecnologías antes. Pero hay una diferencia importante: cuando dejamos atrás un formato normalmente conservamos la propiedad del contenido. El vinilo no murió porque llegó el streaming. Los libros impresos no desaparecieron porque existen lectores digitales. Distintos formatos aprendieron a convivir.
La desaparición del disco en los videojuegos plantea un escenario diferente: uno donde la alternativa podría dejar de existir. El futuro digital traerá avances increíbles. Nuevas formas de jugar, mundos más grandes y experiencias imposibles de imaginar hace unos años. La tecnología siempre seguirá avanzando.
Pero avanzar no debería significar entregar por completo el control. Quizás dentro de algunos años las cajas de PlayStation sean piezas de colección y las nuevas generaciones vean los discos como objetos extraños de otra época. Quizás la comodidad termine ganando definitivamente. Pero cuando guardemos esas últimas cajas en una repisa, no estaremos despidiendo solamente un pedazo de plástico.
Estaremos despidiendo una idea que acompañó a los videojuegos desde su nacimiento: la idea de que cuando comprábamos algo, realmente era nuestro.
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