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Me van a permitir una licencia, porque hay detalles que revelan más del personaje que cualquier pregunta: quiero agradecer a Alberto Chicote su calor, su abrazo virtual. Si se confía -como Blanche DuBois en ‘Un tranvía llamado deseo’- en la bondad de los extraños, naba emociona más que recibirla: «Cuando quieras, te vienes a Omeraki (su restaurante en Madrid), que estamos en familia y te damos cariño». Puede que les sorprenda saber que Inmaculada, su mujer, cuando comparte con él los momentos más íntimos, abrazados viendo la tele mientras entre muestras de cariño, no puede evitar decirle: «Si alguien nos viera por un agujerito ahora mismo…». Porque Chicote puede gritar y discutir mientras la tensión se palpa entre los fogones de ‘Pesadilla en la cocina’ -cuya décima temporada ha llegado a La Sexta cada jueves a las 23 horas-, pero lo cierto es que es « bastante romántico , incluso blandengue. Me gustan cosas ñoñas, me suelen apetecer tener detalles. Y reconozco que lo que más me gusta es decirle a mi mujer que la quiero. Yo no ofrezco a la gente que quiero lo mismo que doy a quien no conozco. Y ella me aporta todo lo bueno , me da amor. Por eso me esfuerzo en darle lo que nadie tiene de mí».Por esa razón, « el término matrimonio se queda corto para definir lo que tenemos. Excede de lo sentimental, también es laboral. Nos conocimos en una cocina, empezamos a tontear y pasábamos el día juntos. Luego, también las noches. Yo ya no me veía trabajando en ningún sitio y ella en otro, nos veía siempre juntos. Nos entendemos, coincidimos en las decisiones y no me imagino estando sin ella».Legado culinarioA Chicote, un nuevo papel en la familia le ha regalado otra responsabilidad: «No he tenido hijos, pero ahora tengo un nieto. Soy abuelo. Y no lo digo yo, lo dice él». Pero por ahora no se ven muestras de una dinastía gastronómica: «La comida no le va, no la disfruta especialmente». No parece preocupado, aunque la comida sea su pasión «cocino con los sentimientos, me gusta que lo que hago tenga una identidad propia», en su vida hay algo más importante, la familia : «Es crucial, son mis cimientos. Con ellos puedo caminar por la arena sin hundirme. Por eso necesito estar feliz conmigo mismo para poder generar felicidad en todos ellos». Esa familia le mantiene con los pies en la tierra: «Ya les dije que si por cualquier cosa (la fama, el dinero) se me va la cabeza, que me den un guantazo». Así, mantiene sus sencillas rutinas, como ir a otros restaurantes, hablar con la gente, llegar pronto para reunirse con el equipo, comer con ellos… Y desconectar antes de enfrentarse a la realidad, por dura que sea, siendo fiel a una premisa: «Procuro que nada me quite la sonrisa».«Detrás de cada restaurante hay una historia que pertenece a una persona. Eso hace que cada entrega sea distinta» Alberto ChicoteTambién ha sido fiel a sí mismo. Al frente de ‘Pesadilla en la cocina’ ha conquistado al público: «Detrás de cada restaurante hay una historia que pertenece a una persona. Eso hace que cada entrega sea distinta aunque el programa responda a la misma fórmula. Y siempre sorprenda con algo nuevo». El peso del factor humano alcanza a su presentador: «Siempre he sido yo, no un personaje» . Pero no todo ha sido un camino de rosas. Mientras muchos ven en él éxito en forma de fama y fortuna, para él el éxito es en realidad «una mano que te apoya y una mirada que te da confianza, seguir con la gente que quiero y que me quiere». Al escucharle, uno siente que, en verdad, su verdadero éxito ha sido elegir ser buena persona y conseguirlo.Alberto Chicote, de niño. Foto cedida a ABCMuy personalEl emoji que más usa: «El dedo hacia arriba para dar el OK. Pero suelo usarlos porque es como volver a tiempos pasados, cuando los egipcios usaban jeroglíficos. Prefiero la precisión de la palabra, sin acortarla y con sus tildes».Se haría un selfi con: «Soy un gran admirador de Bruce Springsteen, me encanta le sigo desde hace quince años, pero si lo tuviera enfrente no le pediría un selfi, aprovecharía ese momento para hablar con él. No busco trofeos fotográficos, valoro más una conversación que una foto. Y los únicos selfis que me hago son con mi mujer».Un sacrificio por la fama: «No quiero que parezca una queja porque es la consecuencia de mi trabajo, pero echo de menos salir a una terraza a tomar algo o sentarme en un parque a leer, no llego a las dos páginas seguidas».Un momento ‘Tierra, trágame’: «En un evento se me acercó alguien y me preguntó si me acordaba de él. Lo cierto es que no, pero me inventé algo para quedar bien. Al final quedé fatal. Fue una lección, aprendí que debo decir la verdad, porque conozco a mucha gente y me resulta difícil recordar a todo el mundo».Algo que no puede faltar en su día a día: «Dedicar un tiempo a la lectura, ya sea para estudiar, para evadirme… Siempre, en cualquier circunstancia, encuentro un momento para la lectura. (Tal vez por eso, creó el pasillo biblioteca con 1.200 libros de cocina en Omeraki, su restaurante)».Un propósito que nunca cumple: «Dejar de fumar. Sé que es una estupidez, pero siempre lo dejo para luego volver. Pero lo tengo en el horizonte».Su primer beso: «No hay nada peor que la idealización, porque en ese momento creo que lo pasé más bien mal. Me ha vuelto el recuerdo a la mente, sé cuál es, pero me gustaría olvidarlo».Un lugar para perderse: «Sufro con el calor, me mata (¡Y acabo metiéndome a trabajar en la cocina!), por eso busco lugares frescos. Mis destinos están al Norte. Si tengo que elegir uno concreto, me quedo con Ezcaray, en La Rioja. Es un lugar maravilloso que me descubrió Francis Paniego».Tiene miedo a: «Al dolor, pero no solo físico, también el que te conduce al último momento. No temo a la muerte sino al proceso previo».Dentro de diez años se ve: «A los 67 me veo haciendo lo mismo que hago a los 57, que es lo mismo que hacía a los 47. Soy consciente del paso del tiempo, pero no pierdo la vitalidad. Y que nadie piense que busque lo repetitivo: ni un solo día ha sido igual a otro en 40 años como cocinero y en televisión. Por eso espero que aquello que quiero, lo que me apasiona, siga siendo igual».El pequeño Alberto: « Nunca fui especialmente travieso , tampoco una seta. Tuve una infancia feliz gracias a la suerte de contar con la familia que tengo. Era un crío sociable, jugaba al rugby y era muy curioso a la hora de aprender las cosas que me gustaban. Pero eran mal estudiante en el colegio, donde aprobaba por obligación. Aunque reconozco que allí descubrí actividades como el ajedrez, que mantengo hoy».

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