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El último álbum de Foo Fighters, But Here We Are (2023), fue un profundo acto de duelo en público; la primera música de la banda tras la trágica muerte del querido baterista Taylor Hawkins apenas un año antes. “Alguien dijo que no volveré a ver tu cara/ Una parte de mí simplemente no puede creer que sea verdad”, cantaba Dave Grohl en el decidido himno del LP, “Under You”. Para una banda cuya trayectoria de tres décadas siempre se caracterizó por lo extrañamente equilibrados que parecen estar, verlos sobreponerse a una pérdida tan grande en tiempo real dio lugar al que fue, posiblemente, el álbum más emocionalmente intenso de su discografía.
Eso es, hasta ahora. El 12° álbum de la banda, Your Favorite Toy, es el siguiente capítulo en esa historia de lucha contra el duelo y mirada hacia adelante. Sin embargo, donde su predecesor solía tener un tono reflexivo, lo nuevo trata sobre una catarsis de garage-rock de alta energía: meterse en una sala, tocar a todo volumen y dejar que el ruido sea tu guía.

“¿Lo hago? ¿Lo hago? ¿Lo hago?”, repite Grohl al comienzo del tema que abre el álbum, “Caught in the Echo”, con la voz distorsionada en un desenfoque vengativo. Hace una pregunta, pero suena como una orden; la indecisión como un honesto llamado a las armas. La canción explota: los tres guitarristas de la banda se acoplan en un riff de “torpedo punk” que podría haber salido de un disco de Fugazi, impulsado por el nuevo baterista Ilan Rubin. La canción acumula tensión hasta que los “¿Lo hago?” de Grohl (con tono de sargento instructor) se resuelven en una pregunta más directa: “¿Quién puede salvarnos ahora?”.
Eso es algo que él va a intentar descifrar en muchas de las canciones. “Soy un charco en el suelo”, admite en la ominosa y rítmica “Window”, antes de que las guitarras dejen entrar algo de sol y él se ilumine al ver el rostro de alguien a quien ama. En “Your Favorite Toy”, Grohl aúlla contra las distracciones superficiales a través de un torbellino de glam-grunge, ofreciendo un poco de sabiduría cautelosa de estrella de rock: “Tratá de no asfixiarte con la purpurina”, una frase al pasar con una resonancia profunda en su propia historia. Sin embargo, cuando canta “¿No es una lástima? ¿No es una pena?” en el golpe de nocaut digno de Black Sabbath que es “If You Only Knew”, lo hace con burla, como si la idea de dejarse frenar por el pasado no fuera una opción, al menos no para él.
Eso no significa que los fantasmas aquí no asusten. La canción más conmovedora del álbum es “Of All People”, en la que Grohl se cruza con un traficante de drogas que solía venderle a la elite del rock & roll hace muchísimos años. El riff de punk de Los Ángeles de los ochenta es punzante, evocando esa ética de “menos que cero” de la escena, y su sensación de horror al ver a esta persona todavía acechando las calles pega fuerte. “Sabés que deberías estar muerto/ Pero en cambio estás vivo”, canta. La canción aborda un acertijo moral universal: ¿Por qué no le pasan cosas malas a la gente mala, cuando los buenos a menudo nos dejan mucho antes de tiempo? Es material bastante profundo para un temazo de power-pop de dos minutos y medio.
La respuesta a ese problema aparentemente ineludible llega en una canción como “Spit Shine”, una explosión de guitarras furiosas y un bombardeo de batería frenético donde Grohl surge entre la bruma para recordarnos: “No lo olvides, tenemos suerte si salimos vivos”. Your Favorite Toy puede ser tajante y escabroso; a veces es directamente sombrío (como en “Child Actor” o en la pesimista “Amen, Caveman”). Pero, con diez canciones rápidas y extremadamente pegadizas, se pasa volando y exige escucharlo una y otra vez.
Temas que empiezan de forma sorprendentemente brusca terminan resolviéndose en estribillos grandes y pulidos, obra de firmes creyentes en el poder del rock alternativo comercial, contundente y heroico, como un bálsamo contra la oscuridad que acecha. El álbum termina con su pieza central emocional, “Asking for a Friend”, una declaración de principios que comienza a velocidad de power-ballad y termina corriendo hacia un horizonte esperanzador. “Buscando algo a lo que rezar/ Palabras que pueda usar/ Para calmar tu preocupación”, canta Grohl y acaba de encontrar esas palabras justo acá.
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El 30 de abril, la cuenta de NPR en YouTube publicó el Tiny Desk de Milo J, que a los 19 años se transformó en el artista argentino más joven en participar del incónico formato de impacto global. El camino hasta allí empezó el 3 de octubre de 2025, una semana después del lanzamiento de La vida era más corta, el álbum en el que abordaba el folklore desde una perspectiva personal y contemporánea y que incluía feats. con emblemas como Silvio Rodríguez, Cuti y Roberto Carabajal, La Sole y Mercedes Sosa (desde una cinta recuperada), pero también con contemporáneos como Trueno, Akrilla, Paula Prieto y Nicki Nicole.
“El Tiny Desk era algo que se quería, lo teníamos como objetivo, pero no nos esperábamos que la invitación llegara tan rápido”, le cuenta a Rolling Stone Aldana Ríos, madre y mánager de Milo, que también se encargó de la Dirección de Arte de esta presentación.
“Pero… ¿cabe todo lo tuyo en una maldita valija?”. La pregunta que el Indio Solari se formulaba en el “Blues de la artillería” se aplica a la historia por detrás del arte del esta presentación histórica. Y lo de la valija es literal, porque en esa valija que recorrió miles de kilómetros estaban pedazos del hogar de Milo, adornos que del living de la casa de la República de Morón llegaron al escritorio más icónico del siglo XXI. “Él quería que la simbología fuera real, concreta y genuina”, dice Aldana. “Y es tan genuina que todo lo que estuvo en esos muebles salió de nuestra casa; no tuvimos que salir a comprar absolutamente nada. Vacié nuestras bibliotecas y nuestros estantes. El mensaje es lo cotidiano, aquello con lo que él se crió”.

Camilo Joaquín Villarruel, un pibe de 19 años con la madurez de un viejo sabio eligió plantar bandera en el cuartel general de NPR, en Washington. Literal. Es que nunca había habido una bandera de Argentina en las estanterías pobladas de fetiches pop y libros de autores mayormente norteamericanos. También plantó el banderín del Club Deportivo Morón. Consiguieron varios tamaños de banderines y el que eligieron (pequeño, como para el espejo retrovisor de un auto) quedó colgado allí… ¿para siempre? (En el Tiny Desk Concert que grabó Foo Fighters, que se estrenó un par de semanas después del de Milo, el Gallito todavía estaba allí).
“Tiene que haber discos”. dijo Milo. Llevaron uno de Jorge Cafrune, otro de Horacio Guarany y el registro histórico de Mercedes Sosa en Nueva York. A su lado, un suplemento histórico de la revista Folklore de 1967, con Mercedes en la portada. Una trinidad de barro, pampa y exilio para musicalizar el living de un chico nacido en este siglo.
El decorado del Tiny Desk se convirtió así en un altar de la identidad. Para Aldana, criar a Milo fue una cruza perfecta de “milanesa de pollo y Capusotto”, sazonada con documentales, televisión y una dosis inyectable de realidad de la provincia de Buenos Aires. “Nosotros venimos de recontra abajo —explica—, y mis hijos vieron todo ese recorrido que comulga con las realidades que sucedieron en la Argentina, para bien y para mal”.
Por eso, entre los estantes de madera clara de la radio pública estadounidense, se acomodó una chapita metálica que simula una patente automotor, con las Islas Malvinas y el lema “Argentina 1982, Islas Malvinas”, un acto de soberanía doméstica. No era cotillón; era memoria.

La mística de la puesta en escena de Milo J opera por acumulación de afectos. Cada objeto tiene un nombre propio detrás. Sobre el teclado de Santi Alvarado, por ejemplo, colgaba una boina tejida con la bandera de Santiago del Estero. La historia de esa prenda te pone la piel de gallina: durante el rodaje del videoclip de “Debajo de la piel” en tierras santiagueñas, el cuidador del cementerio se acercó a Camilo. “Gracias a vos ahora nadie más se va a olvidar de que ellos existieron”, le dijo el hombre, pensando en sus ancestros. El llanto fue general. La abuela de Milo también era de esa provincia. Aquella boina era el talismán contra el olvido. Al igual que el poncho que también llegaron al set, un regalo que Soledad Pastorutti la noche en que Camilo cerró el Festival de Cosquín. Para Aldana, ver ese poncho en Washington fue asistir a un relevo generacional: “Fue como pasar la antorcha olímpica. Llevar a la Sole, su recorrido y la revolución que ella hizo cuando irrumpió en Cosquín hace 30 años”.
Esta decoración consciente hilvana a Yamila Cafrune con el cuidador del cementerio y La Sole, y define una postura ideológica. El Martín Fierro, clásico de la literatura gauchesca de José Hernández, viajó desde Morón para habitar la biblioteca del Tiny. En un extremo de la biblioteca quedó colgado un pañuelo de las Abuelas de Plaza de Mayo. No era una réplica: perteneció a Delia Giovanola, una de las doce fundadoras de la asociación, con quien la familia Ríos-Villarruel mantenía un vínculo entrañable. Un puente de tela y memoria tendido sobre el cielo de Washington.
Sobre el escritorio se puede divisar una pequeña muñequita tejida, con la consigna “Nunca más”. En realidad, se trata de un regalo de cumpleaños que Yamila le obsequió a Camilo. Una conexión entre el legado trágico de su padre, el mítico Jorge Cafrune, con la sensibilidad de este joven artista. Para Milo J y su madre, este presente no era un simple adorno de vitrina, sino un testimonio vivo del afecto y de la resistencia cultural que decidieron meter en la valija para exhibir ante los ojos del mundo.
El resto de la escenografía fue una sucesión de guiños y pequeñas “travesuras”, como las llama Aldana. El equipo de NPR, integrado por varios latinos, prefirió mirar hacia otro lado y habilitar el guiño regulamentario. Por ejemplo, un gallito dorado: el “Gallito de Oro”, la distinción que el Club Deportivo Morón le otorgó a Camilo por su condición de hincha militante y por haber sido sponsor de la campaña donde el equipo acarició el ascenso.
La murga uruguaya Agarrate Catalina no sólo aportó la potencia de sus voces y su poesía característica, también el colorido de sus trajes. Mucho más que un detalle. Pero otro gran secreto de la sesión estaba en la vestimenta del protagonista. Alma, su hermana y estilista, lo vistió con una remera de impronta rapera de los noventa que fusiona la estética Polo con tejidos de la cultura andina. Pero la verdadera declaración de principios estaba en los pantalones, de la marca nacional 9mm. El logo de la prenda es una mira de tiro. Para el ojo desprevenido, un detalle urbano; para Aldana y su genealogía familiar, un homenaje directo a la mira del logo de 2 Minutos. “Es un guiño a una banda icónica con la que nosotros convivimos en lo cotidiano. Es parte de la música del living de casa”, confiesa Aldana, evocando su propio pasado punky y el sonido de la banda de Valentín Alsina. Los Gardelitos, el grupo de Eli Suárez que lleva casi tres décadas batallando escenarios, estaba en el pecho del percusionista Martín Beckerman.
El living de Morón se mudaba, con sus fantasmas hermosos, a la vitrina global. No podía faltar el termo, repleto de stickers, que lo acompaña desde 2024. “Estoy muy sensible —le dijo Milo a Aldana—. Miro el termo y me acuerdo de todos los shows, de todo lo que pasó en todo este tiempo”.
El largo camino de Morón a Washington D.C.
El camino, decíamos, empezó a principios de octubre, pero no fue sencillo. La fecha original era en diciembre, poco antes de los shows que Camilo Joaquín Villarruel ofrecería en el estadio de Velez Sársfield. La primera tarea consistió en definir qué formación musical iba a poder armar para participar del formato y qué técnicos y colaboradores participarían de la comitiva. “Esas decisiones artísticas y logísticas iban ligadas al visado de toda la gente que tenía que viajar, lo que nos demandó todo octubre y noviembre”, explica Aldana.
En noviembre empezaron con los ensayos, en vistas a una presentación que, según indicaba la invitación, debía rondar los 15 minutos. Pero por los tiempos vinculados a los visados para poder hacer el viaje, debieron posponer esa primera fecha. “Aunque teníamos muchas ganas de hacerlo, en un punto nos pareció mejor porque era bastante extenuante. Ahí aflojamos un poco y nos pareció incluso mejor, porque los chicos estaban ensayando al mismo tiempo para el Tiny y para Vélez, que son dos intervenciones artísticas completamente distintas. Aunque son similares, el formato de Tiny requería canciones específicas y una sonoridad distinta a la de Vélez”, dice Aldana. “Esos dos mundos convivían en los ensayos: un día se ensayaba Tiny Desk, otros días Vélez y después volvíamos al Tiny Desk, con algunos descansos en el medio”.
La segunda fecha estaba prevista parala última semana de enero, al final de la gira por cuatro ciudades españolas (Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla) y luego de una visita promocional, que incluía un showcase y un show gratuito para algunos fans, en México.
“Después de pasar por México, el plan era saltar a Washington para grabar el Tiny Desk. Las valijas iban de un lugar a otro cambiando de clima: veníamos de un invierno muy crudo en España y pasamos a México, que estaba divino. Más allá del cansancio logístico, Cami y la banda estaban muy expectantes y contentos. Ir a España siempre es una alegría y el público lo recibió muy bien. En España, por ejemplo, cuando empieza a cantar ‘Niño’, la introducción es ‘Puente Pesoa’ [un chamamé que el célebre compositor correntino Mario del Tránsito Cocomarola escribió en 1953, pero que se popularizó en la interpretación de Horacio Guarany], y ver a los pibes cantando folclore argentino nos generó una emoción enorme. Así que veníamos con un gran envión anímico, con todo ensayado y listos para el desafío del Tiny”, explica Ríos.
Estaba todo listo, todo alineado, todo enfocado hasta que Aldana recibió una notificación en su teléfono que advertía sobre las intensas tormentas que azotaban Estados Unidos. “En Nueva York estaban abriendo centros de evacuación; había una alerta y un desastre climático en la zona a la que íbamos, que era Washington. Así que me comuniqué con las oficinas de Sony en Estados Unidos para que chequearan la situación real, porque sentía que estábamos yendo a la guerra y nadie nos decía nada. Prendí las noticias en México y decían: ‘Alerta de ola polar, congelamiento de cañerías, falta de electricidad’. Era un desastre, y yo pensaba a dónde estábamos yendo en nuestro afán de hacer el Tiny. Nadie nos garantizaba que se pudiera hacer; ya había un metro de nieve en las calles y la ciudad estaba paralizada. Tuvimos un susto muy grande hasta de congelarnos. En México, por las dudas, nos compramos muchísima ropa de invierno, como para ir a la montaña, siempre con la predisposición de ir a hacerlo. Pero se suspendió nuevamente porque el aeropuerto estaba cerrado”, continúa el relato, como si fuera una novela de misterio.
Corrían el riesgo, además, de quedar varados en Estados Unidos y no llegar al debut que Milo tenía agendado en la Plaza Próspero Molina, en el marco del Festival Folclórico de Cosquín. “Esta segunda suspensión pegó bastante en lo anímico porque había mucho entusiasmo y ya habíamos hecho todo el estirón. La promoción en México se había armado aprovechando que Cami viajaba con los músicos para el Tiny. Fue difícil hacerle entender a Cami y a la banda que la suspensión era necesaria porque se estaba congelando todo. Por suerte, nos dieron una tercera fecha para febrero”
El Tiny, finalmente, se grabó el lunes 16 de febrero. Lunes de carnaval. Quizás por eso, los trajes y las voces de la Catalina tuvieron un brillo extra. Y la valija, con ese living cargado de historia, finalmente llegó a destino.
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A simple vista, Yan Block no parece interesado en jugar el juego tradicional del género urbano. No intenta sonar perfecto, no se esfuerza por verse accesible y mucho menos parece obsesionado con explicar cada mensaje que publica o cada lírica que escribe. Sin embargo, precisamente esa desconexión con lo esperado es lo que ha convertido al joven artista puertorriqueño en uno de los nombres más observados de la nueva generación.
Mientras gran parte de la industria todavía persigue fórmulas virales, Yan parece operar desde otro lugar, uno más emocional, impulsivo y mucho menos filtrado. Sus canciones mezclan sonidos urbanos con una melancolía constante que conecta directamente con una generación acostumbrada a esconder emociones detrás del sarcasmo, los memes y los captions ambiguos.
‘No me gusta explicar las cosas. La música pierde gracia cuando te sientas a traducirla completa’, aseguró el artista. ‘El que conecta, conecta solo’

Esa filosofía se convirtió prácticamente en el ADN de su carrera. Detrás de hoodies negros, frases que parecen indirectas existenciales y una presencia digital que genera teorías constantes entre sus seguidores, Yan Block construyó una identidad que se siente más cercana a un reflejo generacional que a un artista diseñado por la industria.
Y aunque el ascenso ha sido rápido, él habla del éxito con una frialdad que rompe con el ego tradicional del género urbano. ‘La gente cree que uno se levanta todos los días pensando en números y rankings. Y mientras todo el mundo está hablando, yo estoy pensando en la próxima canción’.
‘Yo no voy al estudio pensando en dinero. El dinero llega cuando no está por encima del arte. Por eso mi enfoque siempre va a ser crear antes de verlo como un negocio’.
Parte importante del fenómeno alrededor de Yan Block nace precisamente de esa actitud despreocupada que termina sintiéndose auténtica dentro de una industria donde muchas veces todo parece demasiado calculado.
El punto de quiebre llegó con ‘444’, una canción que terminó convirtiéndose en uno de los momentos más importantes de su carrera. Más que un hit, el tema funcionó como una especie de desahogo emocional para miles de jóvenes que encontraron en sus letras una honestidad poco común dentro del género urbano actual.
‘444 salió de momentos que me tenían mentalmente débil. Y creo que por eso conectó. Porque la gente ya está cansada de escuchar artistas actuando como si la vida fuera de colores y arcoíris. Hay que abrazar la oscuridad para conocer la luz’.
Tal fue el impacto, que la canción ayudó a consolidar una audiencia que hoy consume cada lanzamiento, cada frase y hasta cada silencio del artista como parte de una narrativa mucho más grande. ‘Hay gente que analiza todo lo que pongo como si fuera un código secreto. Y honestamente, a veces estoy escribiendo cualquier pensamiento random desde el mueble de casa y todo sucede’, dice.
Pero incluso cuando parece minimizar el impacto que genera, la conexión sigue creciendo. Temas como ‘666’, junto a Cris MJ y Panda Black, además de canciones como ‘Espresso Martini’ y ‘Yogurcito Remix’, fortalecieron su presencia en mercados como Colombia y Chile, donde su música se convirtió en parte habitual de playlists y conversaciones entre jóvenes.

A diferencia de otros artistas de su generación, su discurso se mueve más desde la identificación que desde la enseñanza. ‘Yo digo las cosas como las veo y cada joven las interpreta como le funcione en su vida. Si algo de mi música los ayuda a pensar distinto, a motivarse o simplemente a sentirse entendidos por un momento, pues ya con eso estoy satisfecho’.
Ahora, el próximo paso en su carrera parece concentrarse en su primer álbum, un proyecto que describe como el trabajo más personal y ambicioso que ha hecho hasta ahora. ‘La gente quiere todo rápido porque internet dañó la paciencia de todo el mundo. Pero yo no actúo bajo presión. Si voy a hacer un álbum, tiene que ser a su tiempo y sentirse real. No sigo patrones ni huellas, siempre dejo mi propia marca, inspirando una ola de artistas nuevos’.
Recientemente, el artista también firmó con Rimas Publishing, un movimiento que fortalece la estructura de su catálogo y abre una nueva etapa dentro de su crecimiento creativo y profesional.
‘Al final del día, la gente siempre va a inventarse una versión de ti. Yo prefiero seguir haciendo música y ya’.
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Un canto vivo como el tambor, alegre como el mapalé y trascendental como la cumbia: no hay mejor descripción del legado de Sonia Bazanta Vides, mejor conocida como Totó la Momposina.
Nacida en Talaigua Nuevo, Bolívar, desde su niñez estuvo influenciada por el folclor tradicional del Caribe colombiano, pues fue la cuarta generación de una familia dedicada al arte. En la década de los 60 inició, junto a su familia, su primera agrupación musical y estudió en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia.
Un canto tradicional y, al mismo tiempo estudiado, marcó la pauta de sus tambores, y juntos llegaron a Estocolmo, Suecia, como representación cultural de Colombia durante la entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez. ¡Una decisión tan acertada!, porque Totó la Momposina suena a Colombia y Colombia suena a ella.
“Yo me llamo cumbia, yo soy la reina por donde voy / No hay cadera que se esté quieta donde yo estoy / Mi piel es morena como los cueros de mi tambor / Y mis hombros son un par de maracas que besa el sol”. Cuando imaginamos esa cumbia, no hay mejor imagen que la de Totó la Momposina.
‘Yo me llamo cumbia’, escrita por Mario Gareña; ‘El pescador’, escrita por José Barros; ‘Rosa’, escrita por Magín Díaz; y ‘Prende la vela’, escrita por Lucho Bermúdez, son solo algunas de las canciones de grandes compositores del folclor colombiano que encontraron en la voz de Totó su máxima expresión. Ya fuera un mapalé, un bullerengue o una cumbia, la voz de la nacida en Talaigua Nuevo siempre irradiaba pertenencia, memoria y sentimiento.

“En el legado de Totó la Momposina podemos ver la historia viva de lo que somos. Si queremos saber qué es la cumbia o dónde nace, simplemente debemos verla a ella y entendemos que viene de esa cultura anfibia, de esa Depresión Momposina donde, cuenta la historia, nace nuestra cumbia. Ella representa la historia viva, representa lo que somos. Tiene una manera de interpretar inolvidable. Me da mucha felicidad haberte conocido y que hubieras cantado una de mis canciones. Le agradezco por hacernos más colombianos. Carlos Vives y La Provincia le deben mucho a Totó la Momposina”, dice Carlos Vives.
Y es que La tierra del olvido, ese disco que le dio un nuevo rumbo a la música colombiana, no pudo haber sido creado si antes Totó la Momposina no hubiera llamado la atención dentro del fenómeno musical denominado “músicas del mundo”. El inglés Richard Blair llegó a Colombia para producir el disco más emblemático de la artista: La candela viva, una experiencia que influenció su amor por la cultura y el sonido colombiano. Un disco que Jaime Andrés Monsalve, director de la Radio Nacional de Colombia, denomina “un milagro discográfico”.
“Totó es un espíritu increíble, encarnado en esta tierra con una misión: mostrar el amor, el goce y la alegría; ser una mensajera de estas tierras en el momento en que más la necesitaban. En cuántas tarimas la vi bailar este mensaje, en Polonia y Corea del Sur, en Londres o Madrid; donde fuera, ella mostró que la cultura no es una cosa floja, vaga o intelectual, sino viva, vital, conectada con la tierra, con el sancocho y el tambor, la madera y el cuero. Su voz y su palabra eran Colombia. Cumplió su misión con tanto coraje y resistencia que su mensaje se volvió universal. Ese espíritu indomable del amor lo tenemos todos. Te admiro, Totó, te honro y te quiero; te agradezco y te deseo buen viaje al baile celestial”, expresa Blair, productor de La candela viva.
En 2010, Calle 13 lanzó el álbum Entren los que quieran, en donde —como siempre lo hicieron— hubo un espacio para la tan necesaria crítica social, creando la canción número uno para ROLLING STONE en Español en el listado de las 100 grandes canciones del siglo XXI: ‘Latinoamérica’. “La participación de Susana Baca, Totó la Momposina y Maria Rita no es un adorno: es un acto político. Ellas vienen de tradiciones que cargan siglos de resistencia en Colombia, Perú y Brasil. Sus voces estremecen el territorio e invocan el espíritu colectivo”, escribió Ricardo Durán.
La tenacidad con la que trabajaba e interpretaba las canciones tradicionales de su costa Caribe, sumada no solo a la inspiración que generaba, sino también al apoyo que brindó, fueron aspectos reconocidos por quienes trabajaron con ella. Así nos lo contó en exclusiva para ROLLING STONE en Español Humberto Moreno, dueño de discotiendas, corresponsal de periódicos, “lanzadiscos” en emisoras y ejecutivo de casas disqueras en las que estuvo Totó. “El renacer de la música tradicional en formatos autóctonos, y lograr una aceptación nacional e internacional bajo el respeto y el conocimiento”: ese fue el gran logro de Totó, explica Moreno.
Y así, podríamos mencionar un sinfín de artistas que admiran profundamente a Totó la Momposina por su enorme legado y su trabajo constante en pro de enaltecer a Colombia. Colombia es sinónimo de Totó la Momposina.
Gracias por enaltecer y no dejar desvanecer nuestras raíces.
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