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Def Leppard confirmó su regreso a la Argentina. La banda británica se presentará el 5 de noviembre de 2026 en el Movistar Arena, con Extreme como invitados especiales, en el marco de una gira que también recorrerá México y distintos países de la región.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria, el grupo integrado por Joe Elliott, Phil Collen, Rick Savage, Vivian Campbell y Rick Allen vuelve después de tres años para repasar algunos de los discos más importantes de su carrera, entre ellos Pyromania e Hysteria, con clásicos como “Pour Some Sugar On Me”, “Rock of Ages”, “Animal”, “Love Bites” y “Foolin’”.

En 2023 habían visitado Sudamérica junto a Mötley Crüe, en un tour que reunió a más de 2,1 millones de espectadores en 27 países.

En 2022, Def Leppard editó Diamond Star Halos, su duodécimo álbum de estudio, que debutó en el número uno de los rankings de Apple Music, Amazon Music y Billboard Hard Rock, además de ingresar al Top 10 del Billboard 200. Un año más tarde lanzó Drastic Symphonies, grabado junto a la Royal Philharmonic Orchestra, que alcanzó el cuarto puesto en el Reino Unido y permaneció durante 15 semanas en el número uno del ranking Billboard Current Classical.

En paralelo, la banda publicó recientemente el sencillo “Just Like 73”, grabado junto al guitarrista Tom Morello, que llegó al primer puesto del ranking Mediabase Classic Rock.

Def Leppard en Argentina: entradas, ubicaciones y precios

Las entradas para ver a Def Leppard en Buenos Aires están a la venta en el sitio web oficial de Movistar Arena.

  • Campo parado: $95.000 (más service charge)
  • Platea baja: $130.000 (más service charge)
  • Platea alta: $105.000 (más service charge)

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La saxofonista dominicana Nayade Macea será la primera saxofonista dominicana en presentarse en el Festival Internacional de Saxofón MedeSax, que se realizará entre el 14 y el 16 de julio de 2026 en Colombia.

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Para Manerra, nombre artístico de Manuel Ramón Vásquez, la música sigue siendo una herramienta para conectar, inspirar y acompañar a las personas en distintos momentos de sus vidas.

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Beyoncé lanzó el sábado la canción «Morning Dew (Donk)», un tema inédito con el que da comienzo a la celebración por los 20 años de su álbum B’Day, publicado originalmente el 4 de septiembre de 2006.

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“Estábamos jugando a las escondidas. Un amiguito contaba y yo me mandé a la calle, para esconderme en la vereda de enfrente. Justo pasaba en contramano un taxi con las luces apagadas. Y me tiró de cabeza, me di la marota contra el cordón. Debe ser por eso que quedé así… El taxi me produjo una fractura expuesta de tibia y peroné. Me operaron dos veces, una para ponerme un tornillo de platino y otra para sacármelo. Decían que había que sacarlo porque, como estaba en edad de crecimiento, el tornillo se podía soltar y desplazarse solo por el cuerpo. De haber llegado al cerebro, me habría venido bien. Así que estuve fané un tiempo. Ahí empecé a leer y a dibujar”, cuenta Indio Solari en Recuerdos que mienten un poco, la autobiografía escrita en colaboración con el periodista y escritor Marcelo Figueras. El juego que casi termina en tragedia es uno de los tantos inicios posibles de una historia que tuvo como sede ilustrada a la ciudad de La Plata, aunque en la partida de nacimiento de Carlos Alberto Solari certifique a Paraná, Entre Ríos, como el comienzo de todo, el 17 de enero de 1949.  

Calle 41 avanza a puro empedrado desde la estación de tren de la capital provincial, bordea la terminal de micros cuando cruza 3 y se vuelve señorial casi llegando a 7. Tiene un nombre, Coronel Tomás Espora, pero en la urbe universitaria nadie recuerda al héroe naval de las guerras de la Independencia: los números se imponen. Entre 6 y 7, a la altura de 631, una puerta de madera esconde el pasillo de la casa en donde vivió Solari durante los años escolares y en la primera juventud, período formativo que delineó al artista contracultural. “Parte de un PH: dos habitaciones, comedor grande, cocina, baño. Pero los PH de La Plata no son como los de Buenos Aires, son un poco más prolijos, más delicados; en ese sentido, como en tantos otros, La Plata fue siempre de tener culo con los pespuntes, presume de tener una aristocracia que no existe en el resto de la Argentina”, explica Solari en su libro de memorias. 

Indio llegó a la ciudad a los dos años de vida junto a sus padres y su hermano mayor. A solo tres cuadras de su casa, cursaría la primaria en la Escuela Nº 33 “Juan Manuel Ortiz de Rosas”

 “Mi historia con el Indio es bastante insólita. Un día me lo sentaron al lado en los bancos de a dos que había a fines de los cincuenta en las escuelas de La Plata, lo cual generó una cercanía inevitable. Igualmente había onda por algún motivo y así nos hicimos amigos, y yo iba de visita al departamento de calle 41. Carlitos me enseñaba a dibujar aviones en movimiento de una manera muy simple y didáctica. Tenía dibujos a lápiz de velas derritiéndose. Recuerdo que tenía una maestría increíble con sólo nueve o diez años”, describe Isa Portugheis desde las páginas de Adonde quiera que voy, el libro editado por Gourmet Musical que cuenta la vida del baterista de Diplodocum Red & Brown (donde Skay Beilinson debutó como bajista) y La Cofradía de La Flor Solar, bandas pioneras del rock platense, y que también fue parte de Billy Bond & La Pesada del Rock & Roll y Punch, grupo liderado por Miguel Cantilo.

La educación formal de Carlitos, como lo llamaban sus amigos, registra una expulsión del Colegio Industrial Albert Thomas, que derivó en que la etapa final de la formación secundaria la realizara en el Normal 3 de La Plata, pero a pocos días de cerrar el ciclo lectivo una reacción intempestiva lo alejaría para siempre de las aulas. “Me falta matemáticas. Empecé a hacer el curso de ingreso a Bellas Artes. Pero me mandé una cagada y me rajaron. Hubo una profesora que no me dejó ir al baño. Y yo, que me estaba meando en serio, me puse a hacerlo ahí. De puro encabronado, porque podría haberme ido igual sin permiso, subí un par de escalones en la grada y empecé a mear contra una tabla. Rodaba para abajo como una cascada, el meo. Y bueh… Sí, era insufrible”.

La Plata era una fiesta a mediados de los sesenta, todavía quedaba tiempo de descuento antes de la llegada de la dictadura de Onganía y su larga noche de los bastones largos. Un tal Ricardo Cohen lideraba una agrupación estudiantil que se imponía en la elección del centro de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes, otra señal a futuro. En el aire la música de Los Beatles ejercía un poder liberador. La vida juvenil se cocinaba en los bares o en el club de ajedrez de calle 54, donde Rodolfo Walsh jugaba partidas simultáneas al tiempo que empezaba a desentrañar la trama de Operación Masacre. Todo sucedía en una especie de primavera permanente, las nuevas coordenadas del tango en las apuestas valientes de Astor Piazzolla y Eduardo Rovira, otro platense indómito. Y el cine: en Bellas Artes funcionó la primera escuela de cine del país. Y también la radio, LR11 Radio Universidad Nacional de La Plata, la primera emisora universitaria del planeta, significó otro espacio de expansión para Solari, que en la segunda mitad de los setenta formará parte de diferentes programas junto a futuros compañeros de ruta ricoteros como Sergio Martínez (El Mufercho), Pepe Fenton y Ricki Rodrigo.

Algo cambió el 29 de julio de 1966. Como una postal de la involución, la policía ingresó a garrotazos limpios en las universidades nacionales, y las facultades de la ciudad de La Plata no fueron la excepción: profesores expulsados, reducción del presupuesto educativo y la disolución de los centros de estudiantes provocaron la reacción. Los mismos estudiantes que habían ganado el centro de Bellas Artes deciden crear una institución paralela con los profesores cesanteados. De ahí a fundar la vida en comunidad había un solo paso, con el antecedente que llegaba desde Uruguay, a partir de las experiencias de los campamentos tupamaros. Mientras en San Francisco se abría al Verano del Amor, en La Plata un nutrido grupo de chicas y chicos plantaron las semillas de la convivencia comunitaria: la primera casa abierta estaba ubicada en 13 y 41, y al poco tiempo surge La Casa de la Luna en 526 entre 6 y 7. Comienza el intercambio de ideas, aparece el síntoma de la independencia y la autogestión.   

Solari no fue parte de La Cofradía, pero muchos de los postulados que formaron la doctrina independiente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tienen origen en la primera banda platense que empezó a cantar en castellano mientras la psicodelia dominaba todas sus exploraciones estéticas. La impronta multidisciplinaria de Los Redondos está conectada a las miras colectivas y dionisíacas de los cófrades con Cohen a la cabeza. Todavía no se hacía llamar Rocambole y aún no se había cruzado con el pibe flaquito de la calle 41.   

Skay Beilinson y la Negra Poli se conocieron en un concierto de La Cofradía y Diplodocum. Por la misma época el Indio afrontaba el servicio militar obligatorio. Cerca de la Escuela de Bellas Artes, en el Distrito Militar de La Plata, una vez más, como en sus tiempos de estudiante, acomodó a su agenda las exigencias de la institución castrense. Consiguió un acomodo y se limitó a realizar tareas de oficina de lunes a viernes, salía a las 14. En la muy recomendable biografía de Los Redondos, Fuimos reyes, de Mariano del Mazo y Pablo Perantuono, aparece un dato poco conocido. Solari protagonizó varios encontronazos con oficiales y un día estuvo a punto de desertar: se peleó con un mayor y se fue a su casa a dormir la siesta. Sus compañeros de colimba lo convencieron de que era una locura y finalmente volvió al destacamento.

Con sus padres viviendo buena parte del año en Valeria del Mar, el joven Solari convirtió la casa de calle 41 en un espacio abierto a nuevas experiencias de percepción. Sus amigos le decían “la trinchera”. En la calle, el final de la dictadura de Lanusse abre el juego al regreso democrático. La participación política de Solari se limita a su paso por las filas de Silo, antecedente de lo que luego se conocerá como el Partido Humanista, militancia que incluye algunas acciones directas como el robo de un mimeógrafo para imprimir volantes. Silo fue la invención de Mario Rodríguez Cobos, quien logró cierta notoriedad en los círculos de izquierda hippie gracias a su “Sermón en la montaña”, manifiesto de una filosofía humanista que remite a corrientes orientalistas y a una izquierda pacifista nacida en la costa oeste norteamericana. 

“Lo conocí en una reunión de Silo. No me lo presentó nadie. Venían las elecciones del 73 y Silo reaparece tratando de insertarse en la coyuntura política del momento. La propuesta de él era medio anarco, porque proponía el voto anulado revolucionario. El Indio tenía el pelo larguísimo y barba. Decía ‘yo no vengo acá para identificarme con un signo masónico, yo quiero que me digan dónde hay que poner la bomba’. Me acuerdo que me hizo escuchar a Frank Zappa”, cuenta Fenton, primer bajista de Los Redondos, en Indio Solari. El hombre ilustrado, el libro de Gloria Guerrero.

“Nuestra cultura era más artística que política. Pero también hubo artistas a los que secuestraron y se cargaron. Y no por política partidaria, sino por no pensar en la misma dirección. Esto lo sé con total certeza: conocí tantos chicos heroicos, ilustrados, en La Plata… Nosotros renegábamos de toda la estructura académica, de la formación de los profesionales. Pero de cualquier manera teníamos diálogo con la gente del otro palo. Una tarde mi amigo Alejo y yo nos la pasamos conversando con tres de ellos, comiendo bizcochitos. A los pocos días los mataron a todos. Si hubiésemos tenido la mala suerte de estar ahí en ese momento, también nos hubiesen matado, por mucho que estuviésemos en otro viaje. Pensar que todos teníamos y leíamos casi los mismos libros, que terminamos escondiendo…”, dice Solari en su libro de memorias.    

Era inevitable que algún día se encontraran. El nexo entre Skay y Daddy, así lo llamaban al Indio en los tempranos setenta, fue Guillermo Beilinson, hermano mayor del guitarrista y motor de propuestas originales como factótum de un taller de estampado o productor de películas experimentales. Reconocido bajo el apodo de El Boss, Beilinson fue el gran imán que agrupó a los delirantes, un colectivo integrado por músicos, escenógrafos, actores y pintores. Las primeras investigaciones nacieron en el sótano del Pasaje Rodrigo, una galería comercial de estilo art noveau, hoy convertida en shopping. A mediados de los setenta, en sus catacumbas nacen Los Redondos como la banda encargada de musicalizar un cuento de ciencia ficción del Indio que se convirtió en largometraje. Ciclo de cielo sobre viento era una historia futurista sobre habitantes subterráneos tratando de resistir los embates de un suprapoder, obviamente opresivo. Había otras pelis, todas de laboratorio y con un vuelo imaginativo que aún provoca asombro: Celos, un mediometraje rociado por un clima surrealista en donde el Indio encarna al protagonista, un voyeur; y Horizontes verticales, una serie de episodios sobre los delirios de un profesor alemán protagonizado por Quique Peñas, amigo de la casa ricotera y ocurrente actor vocacional. 

Cada trabajo visual tenía una banda de sonido, ruidos y música de fondo compuesta por Skay junto a su hermano mayor y una buena cantidad de colaboradores, entre los que se destacaban Bernardo Rubaja (Diplodocum), pianista y bajista de formación clásica que será clave en los primeros Redondos, igual que Ricky y Basilio, los hermanos Rodrigo que cedían los sótanos del edificio familiar. 

La ciudad fundada por masones en 1882 volvía a revelarse con sesgo anticlerical y disidente, una empresa imposible sin intermediarios y de carácter colectivo: la idea era inventar espacios como el Teatro Lozano y convertirlo en una bacanal dionisíaca en plena dictadura genocida. Un debut epifánico producido el sábado 26 de noviembre de 1977. Los Redondos con el Indio Solari en el rol del Astronauta Italiano con un antifaz y pinta de polisón.     

“No eran Los Redondos, no todavía. Era lo que yo llamo el caldo prebiótico, el mejunje del que después, y solo después, sale la vida –apunta el Indio en su autobiografía–. Había tres guitarristas, tres cantantes, se subía cualquiera al escenario. No había ni régimen de ensayo ni una mierda. Estábamos en comunión todos los freakies de La Plata. Y lo que producíamos en escena no era más que el hilo musical para una especie de happening”.

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La cantante colombiana Greeicy interpretó «Amapola», una de las canciones de Juan Luis Guerra, durante su participación en el podcast Songbook, donde además confesó la admiración que siente por el cantautor dominicano.

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«La gente piensa que la música de baile es simplemente superficial», declara Madonna al comienzo de su excelente nuevo álbum, Confessions II. «Pero se equivocan. La pista de baile no es solo un lugar. Es un umbral, un espacio ritual donde el movimiento sustituye al lenguaje». Ese es el umbral en el que Madonna ha pasado toda su vida. Desde que saltó a la fama en los años ochenta, la reina de reinas del pop ha dedicado su carrera a demostrar cuán compleja, dramática y extasiante puede ser una pista de baile.

En Confessions II, Madonna regresa a la pista, el lugar al que siempre acude para redescubrirse a sí misma. Es una continuación de uno de sus álbumes más queridos, Confessions on a Dance Floor, su colaboración de 2005 con el maestro londinense de la música disco Stuart Price. Pero también es su mejor álbum desde el Confessions original, lanzado hace 21 años. Se trata de 64 minutos de ritmo ininterrumpido que fluyen como una sesión de DJ en un club: cada canción se funde con la siguiente, nutriéndose de toda la historia de la música de baile. Es posible que escuches un destello de «I Feel Love» aquí o de «Apache» allá, pero se trata de una lección de historia que ella transforma en su propia autobiografía musical.

Arranca con fuerza mediante el tríptico formado por «I Feel So Free», «Good for the Soul» y «One Step Away», una suite de 12 minutos en la que se deja llevar por un ritmo electrónico palpitante mientras reflexiona sobre la vulnerabilidad interior que la hace caer rendida. «A veces solo quiero esconderme en las sombras», susurra sobre una base que incluye un sample del clásico del house «French Kiss», de Lil Louis. «Puedo ser quien quiera, crear una nueva identidad. Sinceramente, ojalá pudiera ser como los demás y que no me importara nada; pero aquí, en la pista de baile, me siento tan libre».

Stuart Price produjo el álbum al completo, contando con la colaboración en la producción de Andrew Watt, Cirkut, Mirwais, Arca, Triangle Park, Parisi y otros. El artista belga Stromae la acompaña en «My Sins Are My Savior», un tema que evoca un exorcismo católico, mientras que «Read My Lips» cuenta con la producción de Tainy y un interludio vocal en español a cargo de Feid.

«Bring My Love» es el dúo de respiración agitada que comparte con Sabrina Carpenter, estrenado por ambas estrellas en Coachella el pasado mes de abril. La canción se eleva con destellos de techno de Detroit e interpola el clásico de 1988 «Good Life», de Inner City, mientras ambas mantienen un diálogo sobre la inspiración artística. «¡Dale, Sabrina!», ordena Madonna; una combinación ingeniosa, dado que ella ya estaba destrozando a los hombres inmaduros mucho antes de que Sabrina naciera.

«Danceteria» es una de las incursiones más deliciosas del álbum en el sonido disco; es su oda al legendario club neoyorquino de los años ochenta. Capta la emoción de una chica fiestera —aún desconocida— que sale a encontrarse con sus amigos —también desconocidos por aquel entonces—, ambientando la escena con versos como «Subo al ascensor / y me encuentro con Debi Mazar». Recién llegada del Medio Oeste, queda deslumbrada por todas las estrellas que ve en el club, rodeada de artistas del downtown como Jean-Michel Basquiat, Fab Five Freddie y Keith Haring. Pero se queda maravillada ante las leyendas de la música: «Nile Rodgers y David Byrne / Los B-52s derrochaban dinero / Los Lounge Lizards derrochan estilo / Lower East Side, da un paseo por el lado salvaje», antes de lanzarse con su propia versión del estribillo «Doo de doo» del clásico de Lou Reed.

Es una canción impregnada de distintas generaciones del glam y el estilo neoyorquino, trasladados a la democrática y sudorosa atmósfera de la pista de baile. Ella entona el estribillo: «Aquí todos son una obra de arte». Pero esa frase bien podría servir de credo para toda su carrera, desde su sencillo de debut de 1982, «Everybody», hasta «Vogue» o «Ray of Light». Canta sobre la emoción de escuchar su propia canción resonando con fuerza en los altavoces de Danceteria —la noche en que el DJ Mark Kamins puso su maqueta de «Everybody», el momento que le valió un contrato discográfico y dio inicio a toda su historia. Como fan, Madonna absorbía todo tipo de influencias, desde los ritmos de club y el post-punk hasta los inicios del rap; la fan definitiva de la música disco convertida en la mente maestra definitiva del género.

El álbum original Confessions on a Dance Floor fue tanto un movimiento previsible como un punto culminante de su carrera, dos décadas después de haber reclamado su trono con la oleada de éxitos de 1985: «Into the Groove», «Material Girl» y «Crazy for You». Sin embargo, fue la última vez —hasta ahora— que se propuso hacer algo pensado específicamente para complacer al gran público. Confessions marcó el inicio de una de las etapas más excéntricas de una carrera que nunca ha escatimado en excentricidades. Publicó una serie de álbumes de pop excéntricos —Hard Candy, MDNA, Rebel Heart— antes del estrafalario experimento de 2019, Madame X: una crónica de viajes de madurez que abarcaba desde el fado portugués y un interludio de ballet hasta la declaración «Bitch I’m Loca». Algunos de nosotros, sus seguidores más acérrimos, apreciamos este pequeño y extraño álbum, pero es comprensible que el mundo del pop quedara totalmente desconcertado ante él.

Desde Madame X, ha profundizado en su pasado mediante proyectos de archivo centrados en los años noventa, como Veronica Electronica y Bedtime Stories: The Untold Story, así como con la gira Celebrations Tour, que recorría toda su trayectoria. Esto parece haber inspirado los aspectos introspectivos y de corte autobiográfico de este álbum. Confessions nos dejó uno de sus éxitos más grandes y pulidos: «Hung Up», ese tema arrollador que sampleaba a ABBA y cuyo estribillo repetía «Time goes by so slowly» (El tiempo pasa tan despacio). Sin embargo, en gran parte de Confessions II, ella echa la vista atrás hacia tiempos pasados. «Fragile» es un lamento doloroso dedicado a su hermano Christopher —con quien estuvo distanciada durante mucho tiempo, pero con quien se reconcilió antes de que él falleciera en 2024—. «The Test» es un dúo conmovedor con su hija Lourdes Leon, en el que le pide perdón por haberla traído a un mundo de celebridades tan caótico. En él cita fragmentos de «Little Star» —la tierna canción de amor que dedicó a su hija recién nacida en 1998—, mientras la Lourdes adulta le profesa su devoción.

«L.E.S. Girl» cierra el álbum con una balada reflexiva a ritmo de guitarra, ambientada en la mañana posterior a una noche desenfrenada en los clubes. Es la Madonna joven del Lower East Side, despertando a la luz del día aún con el delineador de la noche anterior y luchando por pagar el alquiler en la Avenida B, pero dándose cuenta de que nunca encajará realmente con el chico del L.E.S. que tiene a su lado. Mientras le canta a su «yo» más joven: «La noche es amable, el día es triste / Todo se desvanece, excepto tú».

Tras una hora de fuegos artificiales disco, «L.E.S. Girl» supone un descenso a la calma profundamente conmovedor. Pero incluso a esa edad temprana, con toda su increíble carrera aún por delante, ella ya sabe que es Madonna. Suena como una chica fiestera y ambiciosa, lista para conquistar el planeta. En Confessions II, revisita aquellos sueños de juventud, pero demuestra de forma rotunda cómo logró hacerlos realidad.

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Fue el cantante, el poeta, la estampita. Pero restringir la actividad artística del Indio Solari al ámbito musical sería reduccionista. Basta con un detalle: al momento de su muerte, Brutto –la exposición oficial itinerante que reúne sus obras de arte digital, collages y producciones visuales– estaba colgada en el Museo Metropolitano de Arte Urbano en la capital cordobesa. El derrotero de esta muestra inmersiva, curada junto al artista, había empezado en febrero de 2025 en el Museo Mar, de Mar del Plata, y había incluido escalas en el foyer del Teatro Argentino de La Plata y en Arthaus, el centro cultural en el microcentro porteño. 

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El título de la muestra evoca el “brutto” italiano: la belleza de lo crudo y lo perturbador. Esta curaduría específica rescataba catorce obras representativas de la iconografía de Solari, trasladando al espacio físico un conjunto de creaciones que el Indio había compartido previamente en sus redes sociales. El texto curatorial lo explicaba como “una apuesta por lo disonante y por lo que se resiste a ser traducido en discurso ordenado. No hay amabilidad: hay crudeza, imaginación imperturbable y un despliegue que conmueve a quienes, además de escuchar, ahora observan”.

No era la primera vez que el Indio mostraba públicamente sus dibujos. Desde que empezó su carrera solista, en 2004, con la publicación de El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel), el asunto del arte de tapa de cada uno de sus discos estuvo, para siempre, en sus manos. Como una extensión gráfica de su imaginario poético, Solari combinaba cierta estética de cómic oscuro y novela gráfica, trazos de tinta con líneas negras marcadas, una sensibilidad expresionista, el influjo de las aguafuertes de Goya, collages de impronta surrealista, el estilo psicodélico que Horacio Fontova le imprimió al Expreso Imaginario (la revista contracultural en la que Claudio Kleiman escribió por primera vez sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) y la influencia del cómic underground de los 70 y los 80.  En sus memorias, Solari compartió unas fotos en las que tanto él como su esposa, Virginia, posaban sobre un mar de cómics. Una colección de revistas europeas como Zona 84, Cimoc, Rambla, El Víbora, que funcionaban como un paño de influencias. Allí se distinguen, también, clásicos del italiano Milo Manara como El perfume del invisible, editado en Argentina por SexHumor. La historieta no solo operaba como una referencia gráfica, también está presente en sus canciones, que muchas veces adquieren una dinámica de viñetas. 

“Al abrevar en la biblioteca y los placares de mi viejo, me desentendí del estímulo convencional del colegio”, le había contado el Indio a Marcelo Figueras en Recuerdos que mienten un poco (2019). “Tuve la suerte de que en esa época existiesen revistas como Frontera y Hora Cero. Ahí dibujaban Hugo Pratt y José Luis Salinas. El formato historieta me empezó a interesar: me acuerdo de Bull Rocket, por ejemplo. Yo ya dibujaba con cuadritos, desplegando historias. Cuando llegué a la primaria me daba maña para copiar a San Martín de un libro y con eso iba zafando”. 

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La expresión gráfica empezó en la infancia: “Me acuerdo de un dibujo que hice después de la ‘Fusiladora’. Pinté un avión, un cuerpo desmembrado y una cabeza con anteojos oscuros –el almirante Rojas, obvio– que explotaba. Y en el globito de la historieta, la cabeza sola, que rodaba por ahí, cortada, decía: ‘¡Ay, me muero!’”.   

Los dibujos, a sus 20 años, eran moneda de cambio que utilizaba como recompensa a los amigos que lo alojaban. “Por eso conservo poca obra de pintura: porque vivía de prestado y tenía por costumbre dejar mis libros, los discos que había comprado y mis dibujos, como parte de pago por la gentileza”, recordó.  

En su mítico viaje a Brasil de 1972 junto a su novia de entonces, Andrea Mallo, pintaba sobre unas maderas con esmalte sintético. “Conseguí vender un par de cuadros. Uno de ellos, me acuerdo bien, tenía dos figuritas humanas… Una mujer se acercó y me dijo: ‘ ¡Son Adán y Eva en el paraíso!’. Yo no se lo discutí. Claro, con el potencial comprador no se disiente. Y la mina se lo compró al final. Con esas ventas fuimos tirando…”, recordó. Y también, en esa vida pre Redondos, se dedicó a la confección y venta de artesanías.

El leitmotiv del arte de Porco Rex (2007, segundo opus del Indio junto a Los Fundamentalistas del Aire Acodicionado) era la escultura de un cerdo que estaba integrada a distintos collages, dibujos pornos basados en fotos e ilustrados digitalmente con el programa Corel Draw. El Indio mostró esa escultura en Indio en la Biblioteca, su muestra de 2015 en la Biblioteca Nacional, que además de los manuscritos con sus letras incluyó dibujos, pinturas y fotografías. En su disco posterior, El perfume de la tempestad, de 2010, el eje fue la tormenta. “Eran viejas fotos sobre las que trabajé”, contó. “Todos los personajes están ajenos a una tormenta que se viene. Una tormenta dylaniana, al estilo ‘A Hard Rain’s Gonna Fall’. Tomé la imagen de una filmación que hicimos con Gómugo. Disfracé a la chica para que pareciese de los años 20. Rocambole interpretaba a un jugador. Del otro lado de la mesa estaba esta piba, y ahí aparecían esos monstruos con máscaras que había hecho yo. Hay una cruz del Believe It or Not de Londres, una imagen de la catedral de Liverpool, la foto de un viejo trolo que oficiaba de guía en los baños romanos de Bath, un portaaviones atracado en Nueva York, unos lugares que hay para sentarse en el Central Park, Carlitos haciéndose el borracho, mi perro Saturno…”, detalló.  

Para Pajaritos, bravos muchachitos (2013), el Indio firmó todo, canciones e ilustraciones, como “El Fisgón Ciego” (sus alias anteriores habían sido Artista Invitado, Monsieur Sandoz y Caballo Loco), y en sintonía con el álbum, se reproducían plumas, alas y picos, en inquietantes figuras humanoides. 

Su último disco de estudio, El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), no incluye ilustraciones. La portada es una añeja fotografía de sus padres, y a lo largo de las páginas del libro rectangular, el distintivo formato en el que lanzó toda su obra como solista, desfilan referentes. Entre los que están vinculados a las artes plásticas, se destacan Gustav Klimt, Robert Crumb, Xul Solar y Hugo Pratt. Un pequeño mapa de influencias. Un rastro del universo creativo que completó la totalidad de un artista. 

El Indio era una máquina incesante de inventar y procesar imágenes. En una de sus últimas entrevistas, la que le realizó en su casa el periodista español Mariskal Romero, en diciembre de 2023, le contó que tenía cuatro computadoras con más de 20 mil dibujos y escritos en sus respectivos discos duros. Un tesoro todavía por descubrir. 

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Juven, exponente de música urbana, decidió presentar credenciales como intérprete del género salsa y en ese orden comenzó a promover su tema «Me saliste falsa».

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AKRIILA sigue abriendo el camino hacia su próximo álbum. Después de estrenar hace unos días ‘suave’, una colaboración con la rapera, cantante y productora estadounidense Jane Remover, la artista chilena presenta ‘Roger’, el segundo adelanto de Lucy miró al mundo y notó que está girando, su nuevo material discográfico que llegará este año.

La canción llega acompañada por un video musical grabado en la Ciudad de México a cargo de la productora Violeta Films y dirigido por Chris Cadaver y Julian Burgueño, quienes también estuvieron detrás del videoclip de ‘Mal comunicada’, la colaboración de AKRIILA con Latin Mafia.

AKRIILA presenta ‘roger’, el segundo adelanto de su próximo álbum
Pablo Monroy 

‘Roger’ funciona como una nueva pieza dentro del universo que la artista comenzó a construir después de Epistolares, el álbum de 2024 que terminó de posicionarla como una de las voces más interesantes de la escena hispanohablante actual. Si aquel proyecto estaba marcado por una energía electrónica, distorsionada y emocionalmente intensa, esta nueva etapa apunta hacia un territorio distinto, aunque sin romper del todo con la identidad que ha definido su música. 

Como contó en exclusiva a ROLLING STONE en Español cuando anunció el título del disco, Lucy miró al mundo y notó que está girando nació durante un proceso de búsqueda creativa que la llevó a Japón junto a su equipo. En ese viaje, AKRIILA comenzó a ordenar las ideas del álbum, sus símbolos y el imaginario visual que acompañará esta nueva era.

El título, explicó entonces, está inspirado en dos canciones de The Beatles. Por un lado, en ‘While My Guitar Gently Weeps’, cuya frase “miro al mundo y noto que está girando” le llamó especialmente la atención. Por otro, en ‘Lucy in the Sky with Diamonds’, una canción importante en su historia personal, pues fue la primera que aprendió a tocar en piano.

“Una de mis referencias más grandes para este álbum son los Beatles”, contó AKRIILA en aquella conversación. “Mi papá es fanático, y cuando yo empecé a tocar piano la primera canción que me aprendí fue ‘Lucy in the Sky with Diamonds’, así que uní eso y así nació el título: Lucy miró al mundo y notó que está girando”.

Pablo Monroy 

“Si a mí me preguntaran cómo suena el álbum, yo diría que a esperanza”, dijo. Para este material, la artista ha explorado sonidos más orgánicos y análogos, con instrumentos reales como arpas y flautas, pero combinados con la saturación, la destrucción y la intensidad que ya forman parte de su lenguaje. En sus propias palabras, el disco busca un equilibrio entre algo nuevo y algo que todavía se siente parte del proyecto AKRIILA. En el video de ‘roger’, vemos a AKRIILA acompañada de una banda conformada por tres mujeres. 

La evolución también se extiende a lo visual. La artista explicó que esta etapa representa una maduración estética en su forma de vestir, en las imágenes que construye y en la manera en que quiere presentar su música. El tiempo en Japón, dijo, ayudó a que ella y su equipo entendieran mejor el concepto del álbum y la forma en que ese universo debía expandirse.

Pablo Monroy 

Con ‘suave’ y ahora ‘Roger’, AKRIILA sigue agregando piezas al rompecabezas de Lucy miró al mundo y notó que está girando, que llegará en algún momento de este año.

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