Hay una cosa que conviene tener clara antes de escuchar a Muñeca Rusa: la banda originaria de Gijón, Asturias, no parece interesada en escribir canciones para complacer a nadie. Y, curiosamente, ese termina siendo el punto final de nuestra conversación. En un momento en el que gran parte de la industria musical parece adorar las apariencias, agradar y cumplir para sobrevivir en el intenso mundo de las redes sociales, el grupo decidió hacer completamente lo opuesto: debutar con un álbum pensado para escucharse completo, en calma, de principio a fin.
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Año soviético no es un LP que busque dar respuestas. Más bien, es todo lo contrario. Es un retrato –y cuestionamiento– de una generación, y también sociedad, que convive con la ansiedad, la frustración, el desencanto y un toque de decadencia. Quizá sea por eso que sorprenda el hecho de que, después de un recorrido marcado por la crítica y el sarcasmo, el álbum termine con una de las canciones más íntimas que ha escrito la banda. ‘El día que vi llover’ cierra el disco desde un lugar completamente distinto. “Es probablemente nuestra forma más vulnerable de hacer canciones”, explica Andrey Fomchenko, vocalista y principal compositor del grupo. “Durante todo el disco hay mucha crítica social y una mirada muy generacional, muchas veces desde el humor, pero aquí dejamos que los sentimientos respiren”.
La elección no fue casual. Mientras la mayoría de las canciones retratan una sociedad acelerada, obsesionada con la productividad y las apariencias, el cierre invita justamente a detenerse. “Tiene algo muy del norte”, continúa. “Una sensación fría, lluviosa, de esas que parecen calarte hasta los huesos. Pero también termina con una coda muy esperanzadora. Después de la lluvia también sale el sol. Para nosotros era una forma de dejar una puerta abierta a todo lo que viene después”.
Verónica Gutiérrez coincide en que era el desenlace natural para un disco construido sobre contrastes. “Es una de las canciones con mayor carga emocional del álbum. Después de pasar por tantos momentos de rabia, ironía o crítica, nos parecía bonito terminar desde un lugar mucho más nostálgico”. Ese tipo de contrastes son los que se experimentan en Año soviético. Aunque el disco habla constantemente del desencanto, nunca pierde el sentido del humor. “Hay que reírse de las desgracias”, dice Andrey entre risas. “Es la mejor forma de afrontarlas”.
Lejos de construir un discurso pesimista, Muñeca Rusa parece más interesada en plantear preguntas que en ofrecer soluciones. Canciones como ‘El club de los hipócritas’, ‘SHOCK’ o ‘MASIVO’ cuestionan una generación atrapada entre la necesidad de pertenecer y el miedo permanente a no ser suficiente. Eso sí, evitando cualquier tono moralista. “No somos una banda panfletaria ni pretendemos escribir un programa electoral”, aclara Andrey. “Simplemente escribimos desde el lugar en el que vivimos”.
Ese compromiso con la honestidad terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en el verdadero concepto del disco. A lo largo de la conversación surge una idea de manera recurrente: la vulnerabilidad. Porque escribir y abrir su universo también implica aceptar cierta incomodidad. “Si una canción te hace dudar antes de publicarla, probablemente significa que vas por el buen camino”, reflexiona Andrey. “Crear tiene que incomodar un poco. Si incluso a ti mismo te provoca esa sensación de pensar ‘igual nos estamos pasando’, seguramente también despertará algo en quien la escuche”. Hace una pausa antes de rematar la idea que, quizá, resume mejor la filosofía de Muñeca Rusa: “Una canción tiene que hacerte sentir algo, aunque sea rechazo”.
La decisión de publicar un álbum completo nunca estuvo en duda. Aunque durante meses fueron liberando sencillos, Muñeca Rusa siempre supo que esas canciones terminarían formando parte de una obra mucho más grande. “Somos bastante románticos”, reconoce Andrey. “Hoy todo parece girar alrededor de los proyectos en solitario y de las canciones pensadas para funcionar por separado. Nosotros seguimos creyendo en la banda y en el disco como una experiencia completa”.
Y, aunque Muñeca Rusa no suele escribir canciones sobre el amor, sí es el amor por la música el que guía su forma de crear y entender el oficio. Los integrantes defienden la idea de detenerse a escuchar un disco con calma, recorrerlo, comprenderlo y vivirlo de principio a fin, sin prisas. “Es verdad que publicamos muchos sencillos porque es la manera más realista de mantener vivo un proyecto y hacer que las canciones lleguen a la gente”, explica. “Pero el objetivo siempre fue hacer un LP. Nos gusta pensar en el recorrido completo, en cómo una canción conversa con la siguiente y en el universo que se construye entre todas”.

Ese cuidado se percibe desde los primeros segundos del disco. La introducción funciona como una puerta de entrada al universo de Año soviético. Para la banda, era importante que el oyente entendiera desde el inicio el lugar desde el que estaban hablando. “Siempre vimos la introducción y ‘El club de los hipócritas’ como una misma pieza”, explica Andrey. “Es una carta de presentación. No resume todo el disco porque hay muchos temas distintos, pero sí sitúa al oyente dentro de la realidad que queríamos retratar”.
Sin embargo, y aunque el inicio del disco parece un tanto pesimista, Muñeca Rusa no cae en ese discurso. La ironía aparece una y otra vez como una herramienta para sobrevivir. “Las canciones más directas son precisamente las que abordamos con más humor”, dice el vocalista. “Al final hay que reírse de las desgracias. Es la mejor forma de enfrentarlas”.
La conversación deriva, casi de forma inevitable, hacia la manera en que hoy consumimos música. Todos coinciden en que el acceso ilimitado a millones de canciones ha cambiado nuestra relación con los discos. “Es una contradicción”, reflexiona Andrey. “Por un lado es maravilloso tener tanta música al alcance de la mano. Pero, precisamente por eso, muchas veces dejamos de dedicarle el tiempo y el cariño que merece una escucha de verdad”.
Recuerda cuando, siendo niño, compraba un CD y pasaba semanas enteras escuchándolo. No había prisa por pasar a la siguiente novedad. El disco se convertía en un pequeño universo que se iba revelando poco a poco. “Lo escuchabas una y otra vez hasta descubrir todos los detalles. Hoy esa forma de escuchar se está perdiendo, a no ser que hagas el esfuerzo consciente de parar”.
El batería Samuel Pocero coincide con su compañero. Para él, esa reivindicación también forma parte de la identidad de la banda: “Nos gusta pensar que todavía existe ese momento de llegar a casa, poner un disco y dedicarle una hora entera. Hoy recibimos tanta información que casi tenemos que pelear para que la gente vuelva a escuchar un álbum completo, de principio a fin”.
Esa defensa del formato físico nace del mismo lugar. Año soviético fue editado en CD y vinilo porque, para ellos, un disco no termina de existir hasta que puede sostenerse entre las manos. “Hay algo muy especial en eso”, dice Andrey. “Escuchamos muchísimos álbumes y seguimos creyendo que esa es nuestra forma favorita de consumir música”.
Paradójicamente, esa forma casi artesanal de concebir la música convive con letras que retratan un presente dominado por la inmediatez. Canciones como ‘El club de los hipócritas’, ‘Qué pasaría’ o ‘Vivir esperando’ cuestionan a una generación que vive pendiente del siguiente paso, como si la felicidad estuviera siempre un poco más adelante.
“‘Vivir esperando’ nace un poco de esa idea”, explica Andrey. “Muchas personas pasan la vida esperando a que ocurra algo que cambie todo. Nosotros preferimos pensar que eres tú quien tiene que dar los pasos. Las cosas pueden salir bien o mal, pero mientras tanto no puedes olvidarte de vivir el presente”.
Es una idea que aparece varias veces durante la conversación: el proceso importa tanto como el resultado. Quizá por eso la banda insiste en no obsesionarse con las cifras, las reproducciones o las expectativas. “Entendimos que es imposible gustarle a todo el mundo”, reconoce Andrey. “Siempre habrá quien conecte con lo que haces y quien no. Así que pensamos: si eso va a pasar de todas formas, ¿por qué no decir exactamente lo que queremos decir?”.
La reflexión desemboca, casi sin darse cuenta, en uno de los momentos más sinceros de la charla. Hablan de autocensura, de ese instante en el que una canción parece demasiado incómoda para publicarse. Y lejos de verlo como algo que se deba cambiar o que pueda ser preocupante, Muñeca Rusa lo interpreta como una buena señal. “Si una canción te hace dudar, probablemente significa que vas por el buen camino”, dice Andrey. “Crear tiene que ser un poco incómodo. Si incluso a ti mismo te provoca cierta inquietud, es muy probable que también provoque algo en quien la escuche”. Hace una pausa y sonríe. “Lo peor que le puede pasar a una canción es no generar absolutamente nada”.

Si Año soviético habla de una generación que vive entre el ruido y la incertidumbre, también está construido sobre referencias culturales que amplían ese universo. Algunas aparecen de forma evidente, como el fragmento de Trainspotting que abre paso a ‘Vivir esperando’. Para la banda, no se trata únicamente de un guiño cinéfilo, sino de un recurso narrativo que ayuda a situar emocionalmente al oyente. “Los personajes de Trainspotting viven marcados por el desencanto, la frustración y una cierta miseria social”, explica Andrey. “Ese universo conectaba muy bien con lo que queríamos contar. Al final, escribir canciones también consiste en construir imágenes, y ese fragmento ayudaba a crear ese ambiente un poco hostil que necesitaba la canción”. Aunque reconoce que las circunstancias son distintas a las de la novela de Irvine Welsh o la película de Danny Boyle, cree que muchas de aquellas emociones siguen siendo sorprendentemente actuales. “Ese sentimiento de desencanto continúa existiendo. Han pasado varias décadas, pero sigue siendo muy fácil reconocerse en él”.
La referencia también dialoga con el célebre monólogo de “Choose life”, convertido en uno de los momentos más recordados del cine contemporáneo. Para Muñeca Rusa, esa idea funciona casi como el reverso de ‘Vivir esperando’. “No te pases la vida esperando a que las cosas ocurran. Elige una vida. Toma decisiones”, resume Andrey. “Tampoco somos una banda panfletaria ni pretendemos decirle a nadie cómo vivir, pero sí creo que nuestras canciones dejan bastante claro desde dónde miramos el mundo”.
Esa honestidad también explica por qué el grupo nunca ha tenido demasiado interés en suavizar sus letras para resultar más accesible. “Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que gustarle a todo el mundo”, reflexiona. “Y cuando intentas agradar a todos, acabas haciendo canciones que no provocan absolutamente nada”. Hace una pausa antes de resumir, casi sin proponérselo, la filosofía de Muñeca Rusa: “Una canción tiene que hacerte sentir algo, aunque sea rechazo”.
Detrás de ese compromiso con las canciones también hay una educación musical ligada al formato que tanto defienden. Cuando les pregunto qué disco les hizo querer dedicarse a la música, la respuesta no llega de inmediato. Hablan entre ellos, dudan y se ríen antes de empezar a construir una lista que explica buena parte del ADN de Muñeca Rusa.
Andrey recuerda dos álbumes que marcaron su infancia. El primero fue el directo de Radio Futura, un disco que sonaba constantemente en el coche junto a su padre y que, años después, sigue considerando uno de los mejores álbumes en vivo grabados en España. “Lo tengo en vinilo completamente gastado de tanto escucharlo”, cuenta. “Recuerdo que de pequeño me impresionaba muchísimo esa energía. Era una sensación muy física, como si las guitarras te pasaran por encima.”
El otro llegó poco después: Nevermind, de Nirvana. “Fue de los primeros discos que compré con mi propio dinero. Lo escuché tantísimas veces que ya ni debe sonar. Ahí pensé por primera vez: ‘Yo quiero tener una banda’.”
La teclista Verónica Gutiérrez encuentra ese mismo punto de inflexión en OK Computer, de Radiohead, un álbum que despertó su interés por los sintetizadores y por otra forma de entender el rock. Samuel, en cambio, creció viendo a su padre sobre los escenarios, una experiencia que convirtió la música en algo cotidiano desde la infancia. Si tuviera que elegir dos discos, se queda con Meteora, de Linkin Park, y By the Way, de Red Hot Chili Peppers.
Las influencias, sin embargo, no terminan ahí. Los tres hablan con orgullo de la escena asturiana y de grupos como Australian Blonde, Manta Ray o Ilegales, nombres que consideran fundamentales para entender la identidad musical de Gijón. Del otro lado del Atlántico aparecen también Soda Stereo, Caifanes, Dillom o Ca7riel & Paco Amoroso, artistas que siguen formando parte de sus escuchas habituales y que demuestran que el mapa sonoro de la banda es mucho más amplio de lo que sugieren las etiquetas.

Esa mezcla de referencias termina encontrando sentido sobre el escenario, el lugar donde Muñeca Rusa siente que las canciones completan su recorrido. Después de meses organizando ensayos entre Asturias y Madrid, encajando calendarios imposibles y aprovechando cada fin de semana para seguir construyendo el proyecto, el directo aparece como la recompensa a todo ese esfuerzo.
“Queremos que la gente venga a vernos y salga con ganas de repetir”, explica Samuel. “Le damos muchísima importancia a los conciertos. Estamos preparando los próximos shows para que sean muy potentes y para que quien esté delante sienta que nosotros nos lo estamos pasando igual de bien.”
Para Andrey, esa experiencia también es una forma de reivindicar el significado de una banda en un momento en el que la tecnología ocupa cada vez más espacio sobre los escenarios. “Somos cinco personas haciendo música para otras personas”, dice con convicción. “Todo lo que suena lo estamos interpretando nosotros. No hay trampa ni cartón. Da igual que haya cinco personas delante o quinientas. Lo importante es que exista esa conexión”.
Quizá esa sea, también, la mejor forma de entender Año soviético. El álbum es la carta de presentación de cinco músicos que todavía creen en reunirse para tocar, discutir canciones, escuchar discos completos y construir algo que solo tiene sentido cuando ocurre entre varias personas.
Muñeca Rusa prefiere mostrarse sin tapujos: inquietos, desafiantes, pero, sobre todo, honestos. Sus canciones buscan incomodar, emocionar o incluso provocar rechazo, pero nunca dejar indiferente a quien las escucha. Y, quizá, esa sea la propuesta más revolucionaria de todas.
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Victor Internet ha optado por un camino distinto: construir una identidad propia sin atajos. Desde sus primeros lanzamientos, el músico, compositor y productor originario de Chicago ha desarrollado una propuesta profundamente personal, moldeada desde la intimidad de su habitación en el South Side de la ciudad, donde comenzó a escribir, grabar y producir sus canciones siendo apenas un adolescente. Esa filosofía de hacerlo todo por cuenta propia terminó convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas, permitiéndole desarrollar un sonido que escapa de las etiquetas y que ha encontrado eco tanto en la crítica especializada como en una audiencia internacional.
Su música se mueve con naturalidad entre el indie, el bedroom pop y la experimentación, pero más allá de cualquier clasificación, lo que distingue a Victor Internet es su capacidad para convertir emociones cotidianas en canciones de gran sensibilidad. La nostalgia, el deseo, la pérdida y la incertidumbre aparecen constantemente en sus composiciones, envueltas en producciones minimalistas y melodías que privilegian la honestidad sobre el artificio. No es casualidad que publicaciones como PAPER, Interview Magazine y Remezcla hayan seguido de cerca su evolución, destacando la intensidad emocional de un catálogo que no ha dejado de crecer con cada lanzamiento.
Ahora, Victor presenta ‘Sin Ti’, un sencillo que representa uno de los momentos más importantes de su carrera hasta la fecha. Se trata de la primera canción completamente interpretada en español que publica de manera oficial, una decisión que no responde únicamente a un cambio de idioma, sino a una necesidad de ampliar el universo creativo que ha construido durante los últimos años. El tema se convierte así en una forma de acercarse a sus raíces, explorar nuevas posibilidades narrativas y conectar con una audiencia cada vez más amplia sin abandonar la esencia que ha definido su proyecto desde el principio.
La canción también sirve como puerta de entrada a Glitter Pop, el próximo trabajo discográfico del artista, un proyecto concebido alrededor de la memoria, el crecimiento personal y las emociones que acompañan el paso del tiempo. En lugar de reinventarse por completo, Victor Internet parece haber encontrado una evolución natural de su propuesta, incorporando nuevas texturas y matices mientras conserva el carácter introspectivo que lo ha convertido en una de las voces más interesantes surgidas de la escena independiente estadounidense.
El lanzamiento llega pocos meses después de ‘Rest Of Your Life’, sencillo con el que comenzó a delinear esta nueva etapa artística. Si aquella canción funcionaba como una declaración de intenciones, ‘Sin Ti’ termina de consolidar un momento creativo marcado por la apertura y la búsqueda. El español aparece aquí como una herramienta expresiva más, no como una estrategia comercial, reforzando una identidad artística que siempre ha estado en constante movimiento.
En un panorama donde cada vez resulta más difícil encontrar artistas que prioricen la construcción de una obra antes que la inmediatez del algoritmo, Victor Internet destaca precisamente por esa paciencia. Su carrera ha crecido paso a paso, impulsada por una visión clara y una sensibilidad poco común para transformar experiencias personales en canciones capaces de conectar con cualquiera que alguna vez haya sentido nostalgia, incertidumbre o la necesidad de empezar de nuevo. ‘Sin Ti’ no solo inaugura una nueva etapa; también confirma que Victor Internet es un artista que vale la pena seguir de cerca.
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Se nota ya desde la portada de su nuevo álbum, Yendo rápido a ningún lugar. Bestia Bebé es ese grupo de amigos con los que te juntás el fin de semana a comer un asado, el que se esfuerza para llegar a diez y después de los 30 todavía armar un fútbol 5 un jueves a las doce de la noche y con el que sale juntada obligada de cábala para ver a la selección en el Mundial.
Bestia Bebé es ese grupo con el que vas creciendo a la par, que te dice que “siempre dicen que crecer es una trampa y yo crecí amigo y no cambió nada. Estuvo bien, todo bien, todo bien, todo bien” (“El atrevido”) y el que se pregunta “¿cómo llegamos tan rápido acá? Me parecía tan lejos. Planes perfectos que ni imaginé, hoy ya quedaron muy viejos. Pero acá estamos amigo mío, yendo rápido a ningún lugar” (“Planes perfecto”).
Por supuesto, en sus canciones hablan de ellos mismos, una banda de rock independiente que desde hace quince años y a base de riffs, melodías simples y estribillos pegadizos armó un cancionero urgente, con identidad y personalidad. Pero esa identificación amiguera para cualquier oyente desprevenido es instantánea.
En su sexto álbum los chicos están bien. Un poco más experimentados, pero siguen siendo los mismos, buscándole la vuelta a la canción rock, con buenas ideas y con la cabeza puesta en ese vivo que los trajo hasta acá. Las canciones de Yendo rápido… son pequeñas bombas que parecen sencillas de armar, pero si uno supera el encanto de su simpleza pop, se encuentra con que están construídas minuciosamente, con detalles sonoros y contrapuntos certeros.
El álbum arranca con el acusticazo de “Hay algo que siempre te quise decir”, como una suerte de intro con espíritu fogonero, que estalla sobre el final a pura distorsión en un clásico giro Suarezco para darle paso a “El atrevido”, el tema del “estuvo bien, todo bien, todo bien, todo bien”, que dialoga cara a cara con el “Más o menos bien” de sus amigos de Él Mató a un Policía Motorizado.
El tercer track es uno de esos temas que se convierten en el centro de los discos, “Planes perfectos”, sónico y ambiental, hipnótico y bailable, como un viaje desde los años 80 a la actualidad en apenas tres minutos.
“Si querés tirar, tirame. No le tengo miedo a nada. Si querés tirar, tirame. Tengo un chaleco antibalas” (“Chaleco antibalas”, es otro de esos estribillos perfectos que Tom Quintans escribe en mood perdedor enamorado.
La épica de “El tiempo es lo peor” se intercala con el ruidoso homenaje a Gustavo Costas (hasta hace poco más de un mes director técnico y leyenda de Racing de Avellaneda), porque aquí la reflexión madura no impide el sentimiento eternamente juguetón. Al fin de cuentas, Quintans, Chicho Guisolfi, Polaco Ocorso y Marcos Canosa no dejan de ser esos amigos que siguen yendo rápido a ningún lugar, porque crecieron, sí, pero no cambió nada.
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En el día en que la atención del país se dividía entre la tensión y la esperanza por la final del mundo entre Argentina y España, Cristian “Pity” Álvarez reapareció públicamente en las redes con un mensaje para sus seguidores. Lo hizo a través de un video en su cuenta de Instagram grabado en la intimidad de su sala de ensayo. Rodeado de instrumentos y dejando ver una camiseta vintage de la Selección Argentina con el número 2 y su apodo estampado en la espalda —única e implícita alusión futbolera en una jornada dominada por el mundial—, el exlíder de Viejas Locas e Intoxicados utilizó la plataforma para comunicar la cancelación del show que tenía agendado para el próximo 8 de agosto en la provincia de Tucumán. ¿Las razones? Según explicó el propio músico, el show fue desactivado por el consejo de sus allegados y su círculo íntimo, quienes le advirtieron sobre el impacto simbólico de la fecha elegida.
Ocurre que el lunes 10 de agosto comienza el juicio oral contra el músico, que será juzgado por el delito de homicidio, tras ser acusado de asesinar a tiros a su vecino Cristian Maximiliano Díaz en julio de 2018 en Villa Lugano.
“Decidí bajarla porque muchos amigos, mucha gente cercana a mí me dice como que podría parecerle a los jueces y al fiscal como que yo me estoy burlando de ellos tocando dos días antes”, argumentó el cantante. Aunque el compositor aclaró en la misma toma que no comparte esa lectura del calendario (“Yo no creo lo mismo”, enfatizó), optó por resguardar su situación actual: “Tanta gente me lo dijo que bueno, la gente manda y decidí eso”. De este modo, el concierto en el Jardín de la República será reprogramado para el mes de septiembre, probablemente para el sábado 19.
En el mismo descargo, el Pity adelantó que se encuentra en pleno proceso de grabación de dos nuevas canciones. La primera de ellas es una relectura de un clásico de Viejas Locas: una versión remozada de “Una piba como vos”, cuyo germen comenzó a moldearse de manera improvisada durante un concierto en Mendoza. El segundo apunta hacia el funk: “Colgado”.
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Madonna, Shakira, Justin Bieber, BTS, Burna Boy, el director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel (actualmente al frente de la Filarmónica de Nueva York), los Muppets y muchos más. Todo en 11 minutos. El fútbol no suele tener espectáculos de medio tiempo, pero la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 fue diferente: de alguna manera, la FIFA y Global Citizen concentraron un repertorio de nombres que tomó casi tanto tiempo leer como verlos actuar, todo mientras España y Argentina estaban empatadas 0-0, reorganizándose y planeando su estrategia en los vestuarios durante el entretiempo.
El espectáculo de medio tiempo comenzó con una presentación de dos canciones a cargo de Madonna, quien recorrió los túneles subterráneos del New York New Jersey Stadium en un carrito de golf conducido por las leyendas del fútbol brasileño Ronaldo y Ronaldinho, mientras interpretaba a todo pulmón una nueva versión de su éxito del año 2000, “Music”, y su reciente sencillo “Danceteria”, de su nuevo lanzamiento Confessions II.
La actuación de Madonna dio paso a una interpretación del clásico rompe-estadios de The White Stripes, “Seven Nation Army”, a cargo del director de orquesta Gustavo Dudamel y una orquesta conformada por miembros de la Filarmónica de Nueva York, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela y el violinista iraní Bijan Mortazavi. Ah, y la banda residente de los Muppets, Dr. Teeth and the Electric Mayhem.
Si eso no fuera suficiente para procesar, las recientes estrellas de portada de Rolling Stone, BTS, salieron al escenario para interpretar unos segundos de su éxito “Dynamite”, un cameo comprensiblemente breve considerando que habían estado en París menos de 24 horas antes.
El guiño más evidente a la cultura del fútbol estadounidense llegó justo después, cuando el actor Jason Sudeikis entró a la cancha caracterizado como el entrenador Ted Lasso (personaje de la serie homónima, estrenada en 2020, sobre un optimista entrenador de fútbol americano que se muda a Inglaterra para dirigir a un equipo de fútbol profesional), con su fiel asistente, el entrenador Beard (Brendan Hunt), a su lado, para darle una charla motivacional a Justin Bieber.
Luego, Bieber interpretó una versión de su tema “Everything Hallelujah”.
La presentación de Bieber sigue a su concierto como cabeza de cartel en Coachella en abril, y dio paso a una interpretación de la canción oficial del torneo, “Dai Dai”, por parte de Shakira y el cantante nigeriano Burna Boy. La performance incluyó la presentación de los Ghetto Kids, de Uganda, un grupo de niños bailarines que se volvieron virales, apadrinados por una ONG que utiliza la danza como herramienta de desarrollo social.
La vertiginosa presentación cerró con un momento de unión: el coro PS 22 —un grupo compuesto por estudiantes de cuarto y quinto grado de una escuela primaria pública en Staten Island— interpretando una canción escrita por Coldplay llamada “We Dance”, a la cual se unió el líder de la banda, Chris Martin.
Mientras un comentarista deportivo argentino gritaba “¡¡¡GOLLLLL!!!”, los fuegos artificiales explotaron desde el borde exterior del estadio. Y en un abrir y cerrar de ojos, terminó. La lona que cubría el campo fue retirada rápidamente por un ejército de voluntarios que parecían hormigas. El humo se disipó lentamente. Los aspersores se encendieron de nuevo para regar el césped. Y casi de inmediato, el otro grupo de estrellas estaba de regreso en la cancha.
El espectáculo de medio tiempo está destinado a beneficiar al Fondo de Educación FIFA Global Citizen, que busca recaudar 100 millones de dólares para brindar a niños de todo el mundo un mayor acceso a la educación y al fútbol. Ya ha recaudado más de la mitad de esa cantidad y sigue avanzando hacia su objetivo, ya que se dona 1 dólar de cada entrada vendida para los partidos durante todo el torneo.
Antes del primer espectáculo de medio tiempo en la historia de la Copa del Mundo y del inicio del partido, se llevó a cabo una ceremonia previa al juego que contó con Post Malone como artista principal. La cantante italiana Laura Pausini, la cantante y actriz estadounidense Nicole Scherzinger, el stramer IShowSpeed y Robbie Williams también se presentaron, y Tom Cruise hizo una aparición especial. Jennifer Hudson también interpretó el himno nacional de los Estados Unidos.
Las presentaciones musicales del partido final coronaron un torneo lleno de momentos musicales memorables. El fin de semana pasado, Ellie Goulding se presentó en el show de medio tiempo de un partido de cuartos de final entre Inglaterra y Noruega. Y además del ya mencionado show de Shakira y Burna Boy en la Ciudad de México, Katy Perry y el cantante noruego de 10 años Tius Luka interpretaron “Wonder” en el partido inaugural de la Copa del Mundo 2026 entre Estados Unidos y Paraguay en Los Ángeles el 12 de junio, precedidos por la enérgica actuación de Future y Tyla con “Game Time”. A ellos les siguieron Lisa de Blackpink, el ícono brasileño Anitta y la superestrella nigeriana Rema, quienes presentaron “Goals”. Ese mismo día, la ceremonia de apertura de Canadá contó con las actuaciones de Michael Bublé, Alanis Morissette, Alessia Cara, Eliana, Jessie Reyes, Noah Fatehi, Sanjoy, Vegedream y William Prince.
Liam Gallagher dice que el show fue “como un mal viaje”
Liam Gallagher no disfrutó del show de medio tiempo durante la final de la Copa Mundial de la FIFA el domingo por la noche. El cantante de Oasis, quien se ha mostrado muy activo opinando sobre los partidos a lo largo de todo el evento deportivo, comparó las actuaciones de Madonna, Shakira, Justin Bieber, BTS, Burna Boy, el director de orquesta Gustavo Dudamel y los Muppets con un “mal viaje”.
This is like a bad trip
— Liam Gallagher (@liamgallagher) July 19, 2026
“Esto es como un mal viaje”, escribió el músico en X. “Menos mal que tengo puestos mis calcetines espirituales, o ese entretenimiento de medio tiempo podría haber dejado al borde del abismo”.
It’s a good job I’ve got my spiritual socks on or that halftime entertainment could have tipped me over the edge
— Liam Gallagher (@liamgallagher) July 19, 2026
Gallagher quizás estaba decepcionado por la derrota de Inglaterra el miércoles por la noche, la cual le abrió la puerta a la Argentina para enfrentarse a España en la final. “Wonderwall”, el éxito de Oasis, se había convertido en el himno no oficial del equipo en la antesala de las semifinales, con Gallagher a la cabeza de la campaña de popularidad del tema. “Vamos Inglaterra vamos Wonderwall”, escribió antes del partido contra Argentina.
Oasis estrenará en septiembre Don’t Look Back in Anger, el documental —que estuvo a punto de ser archivado— sobre el improbable regreso de los hermanos Gallagher. La película fue producida por Steven Knight (Peaky Blinders), dirigida por Dylan Southern y Will Lovelace, y se estrenará en salas IMAX y cines convencionales antes de llegar a Hulu y Disney+ a finales de este año.
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