Sid Wilson finalmente reconoció públicamente su salida de Slipknot. Después de días de especulación y de un escueto comunicado de la banda confirmando que ya no estaría asociada con el músico, el DJ y turntablist hizo un cambio sutil pero significativo en su perfil de Instagram: donde antes se describía como parte de la “gang” de Slipknot desde 1997, ahora figura “1997-2026”.
No hubo un comunicado extenso ni una explicación sobre las razones de la ruptura. Sin embargo, la modificación de su biografía parece ser la primera señal directa de Wilson sobre el final de su relación con la banda de Iowa, de la que fue una de sus figuras más reconocibles durante casi 30 años.
La salida de Wilson fue confirmada recientemente por Slipknot en un mensaje publicado en redes sociales. “Con efecto inmediato, Slipknot ya no estará asociado con Sid Wilson. Le deseamos lo mejor en sus futuros proyectos”, decía el comunicado, que inicialmente fue eliminado de una de las cuentas relacionadas con la banda y posteriormente volvió a circular a través de otros canales. El grupo no ha explicado qué llevó a la separación.
Wilson se unió a Slipknot en 1998, poco antes del lanzamiento del álbum debut homónimo de la banda en 1999. Con el número 0 y una presencia escénica tan caótica como la propia identidad del grupo, se convirtió en una pieza fundamental de su sonido y su imaginario, incorporando scratches, samplers, electrónica y una energía impredecible a una formación que redefinió el metal de finales de los noventa.
Su salida llega después de varias semanas de rumores. A finales de julio comenzaron a circular versiones sobre su desvinculación, aunque Jim Root, guitarrista de Slipknot, pidió entonces cautela y sugirió a los seguidores no apresurarse a sacar conclusiones. Finalmente, la propia banda confirmó la ruptura, aunque sin ofrecer mayores detalles sobre las circunstancias.
El adiós de Wilson representa otro cambio profundo en una alineación que ha atravesado numerosas transformaciones durante los últimos años. Craig Jones dejó la banda en 2023 y Chris Fehn salió en 2019, mientras que el grupo también ha tenido que enfrentar las muertes de Joey Jordison en 2021 y Paul Gray en 2010.
Por ahora, ni Wilson ni Slipknot han profundizado en los motivos de la separación. Pero ese pequeño cambio en Instagram, de “desde 1997” a “1997-2026”, parece suficiente para confirmar que uno de los capítulos más largos y singulares en la historia de Slipknot ha llegado a su fin.
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“Como más podíamos ayudar era seguir adelante con estos conciertos”, dijo Juan Pablo Isaza al inicio del primer concierto de Ya es mañana World Tour, que tuvo lugar en la ciudad de Bogotá. Y así, junto a sus compañeros Juan Pablo Villamil, Simón Vargas y Martín Vargas, hizo del inicio de esta gira de Morat un llamado a la acción para ayudar a los damnificados por el terremoto que azotó a Colombia durante los últimos días. La banda acompañará la construcción de escuelas en cada una de las regiones afectadas.
Unas telas translúcidas entre la agrupación y el público, al inicio del concierto, daban un efecto visual acompañado por las luces que dejaba en claro que este concierto no iba a ser como la gran mayoría. Iba a ser un espectáculo que, conceptualmente, iría más allá de lo esperado. Un show que demostraría que Morat y su música ya empiezan a trascender generaciones.
Un aspecto fundamental para que la música traspase el umbral de lo fugaz dentro de una sociedad profundamente consumista es percatarse del paso del tiempo y de cómo este lo afecta todo. Por eso, durante el concierto hubo un concepto que marcaría la pauta: construir hoy los recuerdos del mañana. Y darse cuenta de que el mañana está a un abrir y cerrar de ojos. Ya es mañana.

A través de 26 canciones y un juego de luces que muchas veces mostraba más allá de lo evidente y, en otras, dejaba un amplio campo para la imaginación, el concepto del espectáculo se convertía en una invitación precisa a recordar que, para vivir el momento y forjar el mañana, es indispensable mirar con atención y, al mismo tiempo, dejar volar la creatividad.
Un momento disruptivo e interesante durante el show fue la inclusión del público en la creación del setlist. A través de las manillas de colores, cada persona podía votar por su canción favorita y, de esta manera, convertirse en parte activa del espectáculo.
Canciones como ‘Besos en guerra’, ‘No se va’ y ‘Aprender a quererte’, junto a nuevas canciones de su más reciente disco, Ya es mañana, fueron cantadas a todo pulmón por el público. Acompañadas por el juego de luces y las pantallas, hicieron del corazón de Bogotá y de este concierto un momento inolvidable y mágico, en donde la luz, verdaderamente tocó al público.
Después de seis fechas en la capital colombiana, la agrupación continuará su gira por Chile, Argentina, España, México, Estados Unidos y Canadá. Y aunque seguramente no será la gira más vendida de Morat, sí será la más cargada de creatividad y madurez.
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Ser originario del Cono Sur puede situarte, al menos geográficamente, en un punto considerablemente alejado de buena parte de los circuitos musicales que podrían resultar de tu interés. Para algunos artistas, esta distancia ha representado una de las mayores desventajas a la hora de proyectar sus carreras profesionales; para otros, en cambio, supone un reto y un estímulo aún mayor, capaz de motivarlos a trascender las fronteras de su lugar de origen. Para Valentín Ibarburu, mejor conocido artísticamente como Valuto, haber nacido en Uruguay es, sencillamente, un deleite sin igual.
Desde muy temprana edad, una chispa se encendió en su interior y despertó en él una pasión particular por la música. Creció en una familia profundamente melómana, donde las canciones acompañaban tanto los momentos más memorables como los instantes más cotidianos de su vida, construyendo poco a poco el soundtrack de su historia. Los artistas y las canciones que escuchó durante esos años se convirtieron en referentes fundamentales de su formación musical, hasta llegar a una etapa en la que comenzó a desarrollar una sensibilidad y un criterio sonoro propios.
Después de un camino forjado entre música, influencias y experiencias, Valuto comprendió que la música no era simplemente una distracción ni un pasatiempo en su vida. Era mucho más: la brújula que orientaba sus pasos y esa voz interior que le indicaba hacia dónde avanzar cuando su alma se sentía más perdida que nunca. Así, comenzó a consolidarse como una de las voces más prometedoras de la escena musical uruguaya. Y, a decir verdad, no se trataba de suerte ni de una simple coincidencia. Si bien había trabajado arduamente para demostrar sus dotes musicales, detrás de él también existía un importante legado familiar. Su padre, Nicolás Ibarburu, es uno de los guitarristas y cantantes más reconocidos de Uruguay, una figura cuya trayectoria inevitablemente forma parte de la historia musical de Valuto.
A pesar del legado que llevaba consigo, Valuto nunca tuvo entre sus planes vivir bajo la sombra del apellido musical que su padre había construido. Quería ir más allá. Su propósito era demostrar que su propia historia en la música comenzaba desde cero, con una identidad y una voz propias, para ganarse el reconocimiento del público por sus propios méritos.
Entre sus primeras producciones encontramos propuestas que transitan por géneros como el trap, una etapa que le permitió experimentar, descubrir su propia identidad sonora y, sobre todo, ganar la confianza necesaria para continuar construyendo una carrera de pasos firmes y decisiones cada vez más definidas. Desde entonces, su sonido no ha dejado de transformarse y evolucionar, delineando poco a poco la identidad del artista que hoy proyecta el rumbo de su propia historia.
A través de sus distintas producciones, Valuto construye una carta abierta y honesta sobre sus propias experiencias y sentimientos, permitiéndonos conocer mucho más allá del artista y acercarnos a la persona detrás de su música. En 2025 presentó Con el uniforme puesto, un EP que recorre sus últimos años de colegio desde una perspectiva íntima y vulnerable. El proyecto retrata la transición entre dejar atrás la infancia y comenzar a asumir la adultez, pero también el cambio de un adolescente que asistía al liceo a un joven que comenzaba a adentrarse de lleno en una carrera artística.
A veces olvidamos que detrás de cada artista existe una vida mucho más compleja que entrar a un estudio para grabar una canción o subir a un escenario para ofrecer un buen espectáculo. En este caso, Valuto nos abre una ventana hacia la vida de un adolescente en plena transformación: una etapa que, para quienes ya la atravesamos, puede resultar familiar, pero que no por ello deja de ser una de las más complejas, extrañas y, al mismo tiempo, mágicas de la vida. Es precisamente en ese tránsito hacia la adultez donde comienzan a aparecer las dudas, las decisiones y esa inevitable sensación de estar intentando descubrir quién somos, mientras nos acercamos a lo que muchos terminan llamando la «crisis de los 20».
Sus producciones se caracterizan por una honestidad que atraviesa cada canción. En ellas, los vínculos, las inseguridades y los conflictos personales trascienden la música para convertirse en el reflejo de una etapa de vida que el propio artista todavía intenta comprender; una etapa tan compleja como universal: la vida misma. Y mientras él mismo trata de entender la vida, nosotros vamos descubriendo quién es él. Y sus éxitos apenas comienzan. En 2025 agotó localidades tanto en La Tangente como en Sala Magnolio, y a comienzos de 2026 formó parte del Festival de la Cerveza en Uruguay, donde se presentó ante más de 3,000 personas. Más recientemente, dio un nuevo paso en su expansión internacional al formar parte del festival Boombastic en España. A principios de 2026 tomó una decisión determinante para su carrera: mudarse a Buenos Aires. Desde allí, continúa desarrollando su proyecto artístico, explorando nuevas posibilidades y ampliando los horizontes de una carrera que apenas comienza a tomar vuelo.
Un punto fundamental en la historia de Valuto es 3099, la casa donde creció y que, con el tiempo, se convirtió en un punto de encuentro para él y sus amigos, quienes comenzaron a reunirse allí para hacer música. De ese espacio nació 3099, un colectivo artístico que continúa vigente hasta el día de hoy y que se ha convertido en una parte esencial de su identidad creativa. Aunque cada integrante ha tomado su propio camino y desarrolla su carrera de manera individual, 3099 permanece como un punto de encuentro y una plataforma de creación que mantiene unidos sus proyectos. En junio de este año, el colectivo celebró un nuevo hito al agotar las entradas de Magnolio Sala, en Montevideo, reafirmando la fuerza de un proyecto que nació de la amistad, la música y un espacio que terminó convirtiéndose en algo mucho más grande.
Por ahora, Valuto atraviesa uno de los momentos más importantes de su trayectoria: la creación de su álbum debut, Nos tendrían que hacer una peli. Más que marcar un nuevo comienzo en su carrera, este proyecto representa la consolidación de todo lo que ha construido hasta ahora y una oportunidad para presentar de manera integral su evolución como artista: lo que ha aprendido, el camino sonoro que ha elegido, la madurez de su escritura y las herramientas que ha desarrollado a lo largo de estos años. Y aunque la transformación constante parece formar parte de su esencia, en este disco Valuto se adentra en un universo mucho más cercano al pop, demostrando su inquietud creativa y ese deseo permanente de explorar territorios que todavía no ha recorrido. El álbum se convierte así en una nueva declaración de intenciones: no conformarse con lo que ya conoce y continuar buscando nuevas formas de expresarse.
Aunque Nos tendrían que hacer una peli todavía no cuenta con una fecha de lanzamiento, Valuto permanece en constante movimiento: creando, experimentando e inspirándose. Con cada nuevo paso, el artista continúa construyendo una identidad propia y persiguiendo un objetivo cada vez más claro: convertirse en una figura indispensable dentro de la escena urbana contemporánea.
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En las pantallas del Movistar Arena, por encima de la imponente big band y del cantante, audaz se eleva un águila guerrera. Azul un ala, del color del cielo. Azul un ala, del color del mar. Y Rubén Blades, panameño, latinoamericanista, poeta supremo de la salsa y activista consecuente, canta “Patria” como el primero de los bises de un concierto que, desde el puntapié inicial, sabíamos que estaba destinado a la historia. “¡Patria son tantas cosas bellas!”, define la canción de 1988, compuesta en el exilio cuando todavía gobernaba en Panamá la dictadura de Noriega. Y canta, Blades: “Son los mártires que gritan, bandera, bandera, bandera, bandera/ No memorices lecciones de dictaduras o encierros/ La patria no la define/ Los que suprimen a un pueblo”. Y arenga, también: “¡Las Malvinas son Argentinas!”. Y el público responde con un grito de resistencia que la patria no se vende.

Es el final de una noche inolvidable, una travesía musical de casi tres horas por la obra de uno de los artistas más icónicos en la historia de la salsa, esa extraordinaria fusión entre los ritmos caribeños y el lenguaje jazzístico que nació en los años 50 y explotó dos décadas más tarde. Y tiene una carga extra, porque este concierto forma parte de la única escala porteña de Fotografías, el tour con el que el cantante y letrista de 78 años le pondrá fin a sus giras. Sin embargo, Blades dirá que esta es “su penúltima vez” aquí, dejando la puerta abierta a la ilusión de gozarlo una vez más.

Blades recuerda, en distintos momentos del concierto, su mítico debut en Buenos Aires, en el Estadio Obras, junto a Los Abuelos de la Nada, en 1983. Recuerda que fue esa noche que cantó, por primera vez, “Buscando América”, el tema que le daría nombre a su indispensable álbum de 1984, junto a Seis del Solar. Desde entonces, el panameño ha establecido un vínculo afectuoso y fluido con la Reina del Plata. En el mismísimo estadio Obras, el recordado Horacio Fontova (1946-2020), grabó una de sus canciones, “El padre Antonio y su monaguillo Andrés”, para su disco en vivo Fontova Presidente, de 1989.
Unos años más tarde, en el indispensable El León, Los Fabulosos Cadillacs reinventaron “Desapariciones”, una de las canciones más celebradas del repertorio del concierto en el Arena de Villa Crespo.
Y, mucho más allá de la anécdota, la presencia de Charly García en el concierto (se saludaron antes de salir a escena), le da un aura aún más especial a la velada.
El público no es exclusivamente argentino, se distinguen algunas banderas de Venezuela, de Colombia y también de Perú. Expatriados de la diáspora salsera que encuentran en estas canciones un momento de goce y de celebración, pero también algo de nostalgia y melancolía.
A la par del carisma y el magnetismo de Blades está la impactante orquesta dirigida por el bajista y arreglador Roberto Delgado, una verdadera aplanadora de swing y sabor de 20 integrantes, y actuaciones especialmente destacadas de Juan Berna en el piano [eléctrico], el trompetista Juan Carlos López, el saxofonista Carlos Ubarte [en el soprano y el barítono], el trombonista Franciso Delvecchio y una línea de percusión conformada por Ademir Berrocal, José Ramón Guerra, Raúl Rivera y el baterista Daniel Jimenez-Bloise.
Hay tiempo para homenajear al gran Héctor Lavoe (1946-1993), con una soberbia versión de “El cantante” (oportunamente revisitada por Andrés Calamaro hace dos décadas en su disco homónimo de 2004). Hay tiempo para recordar a glorias de la salsa y, también, de la música popular argentina con imágenes en las pantallas mientras canta “Todos vuelven”. Las fotografías de glorias como Willie Colón, Roberto Roena, La Lupe, Tito Puente, Ray Barretto, Ismael Rivera, Celia Cruz y Arsenio Rodríguez se mezclan con las de Leopoldo Federico, María Elena Walsh, Gustavo Cerati, Luis Alberto Spinetta, Eladia Blazquez, Mercedes Sosa, Osvaldo Pugliese y el Indio Solari.

Entre “Plástico”, el clásico que abrió la lista, y “Pedro Navaja”, el clásico que cerró el concierto antes de los bises, el repertorio condensó cinco décadas de ritmo, melodía y conciencia social, con himnos como “Prohibido olvidar” (un alegato contra las dictaduras en Latinoamérica), “Decisiones” (prohibida originalmente en Panamá por apología del aborto, la infidelidad marital y el alcoholismo), “País portátil”, “Barricada” (en la línea más combativa de sus letras) y “Contrabando”, entre otras de la generosa lista de casi 25 canciones.
Vestido íntegramente de negro, igual que los integrantes de la imponente Big band de Delgado, Blades lució su característico sombrero pork pie. Un guiño a la estética jazzística de los años 50. Un modo de que la salsa dura no pierda nunca la elegancia.
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