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En su primer concierto en Ciudad de México correspondiente a su gira Lux Tour 2026, la española rindió un pequeño homenaje a la música mexicana y toda la cultura que a su alrededor la convierte en una de las más importantes e influyentes del mundo. 

“Para mí, significa llegar a cantar en una tierra con una historia, tradición y cultura tan ricas, y con una forma tan especial de sentir la música que admiro profundamente. Tanto es así que una canción como ‘La Perla’ nació de las rancheras”, expresó durante el show, haciendo énfasis en ‘Rata de dos patas’ compuesta por Manuel Eduardo Toscano, una canción que se convirtió en un himno de las rupturas amorosas y del desprecio hacia los hombres en toda Hispanoamérica. “Sin ‘Rata de dos patas’, ‘La Perla’ no existiría. Así que, muchas gracias, México. Y gracias, Paquita la del Barrio, por toda la inspiración”.

Frases como “terrorista emocional” o “desastre mundial”, presentes en ‘La Perla’, pueden entenderse como una evolución de expresiones como “adefesio mal hecho” o “escoria de la vida”, presentes en ‘Rata de dos patas’. Con un léxico más contemporáneo, pero con una intención similar, Rosalía rinde homenaje a una de las canciones más influyentes de la música cantada en español.

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La enigmática compositora que ha deleitado a la comunidad musical con algunas de las obras más fantásticas y experimentales durante más de una década, Agnes Caroline Thaarup Obel, conocida como Agnes Obel, regresa con su quinto álbum, The Meaning of Flowers. Su obra anterior, Myopia (2020), exploraba el aislamiento, el insomnio y el existencialismo. Su nuevo LP muestra una faceta de la artista nunca antes vista y se adentra a explorar los lazos que unen a todos los seres vivos.

La vida pública

Obel presenta una timidez característica, si revisas cualquiera de sus entrevistas, queda claro que estamos hablando con alguien que es primero música y, por último, figura pública, “Realmente no me gusta la visibilidad, no creo que sea agradable, para serte honesta. Me parece muy raro y es la parte que menos me gusta de mi trabajo. Creo que tengo la psicología de alguien que está en una big band con muchos extrovertidos al frente; puedo ser como Brian Wilson”. Esta es una de las muchas cualidades que atraen a otros entusiastas a escucharla y enamorarse de su manera de crear. Su actitud es un respiro de aire fresco en una época en la que es necesario convertirse en un influencer para “triunfar”.

De todas maneras, algo que deja claro es que está pasando por un proceso de encontrar nuevas maneras de expresarse, buscar nuevas avenidas creativas y descubrir facetas de sí misma. La detonante de esta nueva etapa fue su hija de cinco años, como explica: “Ahora que tengo a mi hija, creo que empiezo a tomármelo con más calma. Es tan extrovertida, le resulta muy fácil. Así que me está enseñando a verlo como un juego y a no ser tan reservada”.

Mientras pensaba en el nuevo proyecto, recordó una vez que su suegra le contó una historia del este de África donde las mujeres se convierten en las artistas de su aldea al dar a luz. Recuerda que le dijo que era “su momento de ser creativa porque es una experiencia creativa. (…) Cuando tienes un hijo, vuelves a nacer”. Aunque no lo pensó así en ese momento, aplica esta declaración a su filosofía actual. Describe el nuevo LP como un intento de “filtrar musicalmente sus experiencias actuales.”

The Meaning of Flowers

“Este álbum ha sido bastante diferente de mis otras obras”, responde a la pregunta de si este es su “álbum de reinicio” (reset album en inglés, significa un disco donde se deja atrás la manera en la que se hace música y se inaugura un nuevo capítulo en la vida profesional). “La experiencia desde el embarazo hizo que mi cerebro y mi conciencia se sintieran muy cambiados. Solo quería ver si podía recrearlo o representarlo en la música… Supongo que, en cierto nivel, renaces o reinicias. Te sientes muy diferente después de la experiencia de la maternidad. Quizás tengas razón, simplemente no lo había pensado”.

Una explosión silenciosa: The Meaning Of Flowers, lo nuevo de Agnes Obel
Portada de The Meaning of Flowers
CC: Cortesía

¿Qué significa ‘The Meaning of Flowers’ para ti?

Es difícil de explicar, pero fue la primera canción que escribí para el álbum o… Cuando escribo, lo hago en el estudio y es como… sí, no sé si puedo explicarlo…

Todo se canceló por el COVID. No estaba de gira. Luego, volví a casa y empecé a trabajar en un nuevo álbum. De repente, en la primavera, descubrí que estaba embarazada e inmediatamente sentí que mi cerebro se estaba transformando de alguna manera. Esa fue la primera canción que escribí en mi estudio y surgió de un sonido de sintetizador. Fue una experiencia diferente.

No sé cómo explicarlo, pero quería tener una canción que se desarrollara en un capullo; muy, muy íntimo. Pero, que también hiciera referencia a algo como el cosmos, algo grandioso. Intentaba tener dos elementos opuestos en una sola canción.

¿Como una explosión silenciosa?

Sí, uy eso suena bien, me gusta, sí, genial.

Agnes Obel
CC: Frank Hoensch / Colaborador / Getty Images

Sintetizadores e instrumentos de cuerda

Un detalle que llama mucho la atención es la ausencia de piano en casi la mitad de las canciones, un cambio radical en su sonido, ya que este instrumento ha sido la pieza central de su identidad sonora desde el 2010. Explica que, en ciertas canciones, simplemente no funcionaba tan bien como los sintetizadores, un instrumento que toma más presencia como las cuerdas, harpas y violines, la contribución de los músicos con los que colabora.

He notado que no utilizas tanto el piano como en tus álbumes anteriores, ¿a qué se debe?

Simplemente no encajaba con esta experiencia, con las diferentes cosas que quería expresar. Por ejemplo, en ‘Laymelli’, quería transmitir esa sensación de la corriente de energía que fluye a través de todo lo vivo, y para mí, el piano no sonaba bien (para eso). Entonces, encontré esta especie de sonido de sintetizador. Y pensé: “Vale, esto suena bien”.

Con ‘The Meaning of Flowers’, quería que el oyente se sintiera como si estuviera dentro de algo, un capullo o algo así. De nuevo, no sentí que el piano sonara correcto para ese sentimiento. Así que, he estado trabajando, principalmente, con el bajo y diferentes sintetizadores de bajo para conseguir el tipo de sensación adecuada.

Cuéntame acerca del violinista John Corban

Ah, John, él es un buen amigo mío. La manera que yo compongo música es que entro al estudio, luego escribo y hago la canción. Después la escucho y decido si necesita algo más.

Tenía un presentimiento de que esa canción necesitaba algo espectacular, como dijiste. Luego, John me visitó y coincidimos, “Okay, intentemos hacer algo que suene como una orquestra, a pesar de que solo haya un instrumento de cuerdas”. (…) Grabamos en diferentes lugares y encontramos esta línea que estaba tocando… Quería unas cuerdas románticas, pero bien gigantescas. 

Lo describiría como si estuviera haciendo una película y luego viene alguien como John, pero también podría ser, Charlotte Danhier o Marie Calrie; un músico de cuerdas que llega y desempeñan el rol de mis efectos. (…) Esto es algo que sucede muy tarde en el proceso (de creación).

Algunas de las pistas tienen un aire cinematográfico, casi como si estuvieras emprendiendo una excursión a algún lugar recóndito; por eso recuerdan a algunos temas de The Legend Of Zelda: Breath of the Wild o a ciertos fragmentos de la banda sonora de Deltarune. De todas maneras, a ella no le interesan los videojuegos, aunque su hermano estaba muy emocionado de escuchar ‘Fuel to Fire’ en la serie de The Last of Us. Añadió que cuando eran niños le daban miedo los juegos porque “se lo creía demasiado” cuando jugaban.

Incluso después de analizar este proyecto, una visión persiste: la imagen de Agnes con su hija, hablando de la conciencia y compartiendo pensamientos filosóficos en la parte de atrás del autobús de gira durante toda la noche, una experiencia que compartió al inicio de la entrevista y que resume a la perfección la esencia del nuevo álbum. Escuchar The Meaning of Flowers se siente como tirar el mapa a la basura y embarcarse una travesía irreal hacia un lugar desconocido junto a alguien cuyo corazón y cerebro pasaron por una metamorfosis provocada por el amor más puro. Un mundo que se manifiesta gracias al vínculo inquebrantable entre una madre y su hija.

El disco será disponible el 18 de septiembre de 2026.

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Parece que la historia musical de The Beatles todavía guarda mucho por descubrir. En esta ocasión, ha salido a la luz un material que permite conocer más de cerca las primeras etapas de creación de una de sus canciones más emblemáticas: ‘Day Tripper’. 

‘Day Tripper’ y ‘We Can Work It Out’ fueron concebidas para publicarse como sencillos independientes de doble cara A, por lo que finalmente quedaron fuera de Rubber Soul, aunque ambas se grabaron durante las sesiones del álbum. Ahora, este material formará parte de una nueva edición especial que llegará el 2 de octubre. Como adelanto, se ha publicado una nueva ‘cinta de trabajo de composición’ de ‘Day Tripper’, que ofrece una mirada inédita a las primeras fases de desarrollo de la canción.

El tema tiene su origen en una antigua composición de folk que John Lennon había escrito tiempo atrás. Un mes después, Lennon y Paul McCartney retomaron la idea y la grabaron en Kenwood, la casa de John en Weybridge, Surrey. La cinta permite apreciar la complicidad y el carácter lúdico que ambos compartían durante sus sesiones de composición, hasta terminar entre risas y carcajadas. 

En esta versión recientemente publicada, los músicos comentan el nivel de sonido de la grabación y comparten distintos momentos de interacción musical. “Íbamos a toda velocidad”, señala Lennon al referirse al elevado volumen que estaba quedando registrado en la cinta. Para entonces, el icónico riff de la canción todavía no formaba parte de la composición, lo que revela cuánto cambiaría la pieza antes de llegar a su versión definitiva. 

La canción terminó de tomar forma durante una sesión de estudio de ocho horas, convirtiéndo esta cinta de trabajo en un testimonio especialmente revelador del proceso creativo de The Beatles y, al mismo tiempo, de la complicidad y diversión que Lennon y McCartney encontraban al trabajar juntos.

‘Day Tripper (Songwriting Work Tape)’ formará parte de Rubber Soul Special Edition, la nueva edición del álbum de 1965 que llegará el 2 de octubre en distintos formatos de LP, CD y Blu-ray. Para esta reedición, Giles Martin y Sam Okell estuvieron a cargo de una nueva mezcla del material, que incluye versiones estéreo y Dolby Atmos, además de conservar la mezcla mono original y la edición estadounidense de Capitol. 

La nueva colección permitirá escuchar el álbum a partir de una renovada mezcla estéreo, elaborada directamente desde las cintas máster originales de cuatro pistas. Por primera vez, también se reúnen las 14 canciones en nuevas mezclas estéreo, mientras que las ediciones ampliadas ofrecen un recorrido más profundo por las sesiones de grabación y las distintas etapas de creación del disco. 

Por su parte, las versiones Super Deluxe reúnen 24 registros de las primeras sesiones de trabajo, incluidos 20 takes que permanecían inéditos y tres demos grabados en casa. Entre ellos aparecen aproximaciones tempranas a ‘Day Tripper’ y ‘We Can Work It Out’, además de ‘Little Girl’, una composición inacabada de John Lennon que nunca había sido publicada ni documentada públicamente. 

Las ediciones Super Deluxe, disponibles en 4CD y 5LP, también incluyen un libro de tapa dura de 88 páginas. La publicación cuenta con una nueva introducción de Paul McCartney y un prólogo construido a partir de declaraciones de Lennon, en el que se reúnen sus reflexiones sobre Rubber Soul a lo largo de los años, incluso después de la separación de The Beatles.

Por ahora, ya puedes escuchar ‘Day Tripper (Songwriting Work Tape)’:

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Mataderos es un barrio ubicado en el extremo suroccidental de la ciudad de Buenos Aires, cerca de los límites con el conurbano bonaerense. Su nombre viene de la antigua tradición ganadera de la zona, específicamente de los corrales instalados allí. Incluso hoy, con una comunidad urbana más fuerte que la de sus primeros asentamientos a inicios del siglo XX y ya sin la presencia de estos macelos, todavía se escuchan pasar entre las casas bajas del sector camiones con vacas que se dirigen al sacrificio. 

Gracias a esa composición arquitectónica, carente de grandes edificios —más comunes en zonas como Puerto Madero o Palermo—, “el sol pega diferente” y el cielo, visible en todo su esplendor, completa un paisaje humilde que existe entre lo citadino y lo rural, donde diferentes realidades se cruzan. “Convivimos entre abuelas, turros, fisuras y otakus que no tienen plata para vestirse como quieren realmente”, explica Sara Azul Froján, más conocida como Saramalacara, oriunda del barrio de la capital argentina y una de las figuras más relevantes de la escena alternativa hispana. 

MATADEROS también es el nombre de su segundo álbum de estudio, realizado en Los Ángeles bajo el sello Interscope. Y sí, es curioso que un disco desarrollado en los estudios más prestigiosos de L.A., por donde pasaron nombres como Playboi Carti o Billie Eilish, lleve el nombre de una localidad muchas veces pasada por alto por los porteños.

Sin embargo, para la cantante no fue una decisión extraña, mucho menos pensada desde una lógica comercial con la intención de vender nostalgia barata. Es más bien el resultado de una carrera y una vida marcadas por la ambición y la melancolía; qué mejor que volver al lugar donde empezó todo para celebrar su expansión global.

Saramalacara: mirar al pasado para entender el presente
Cortesía

Sara nació el 8 de noviembre del 2000 y, desde muy chica, estuvo rodeada por el arte. Creció con una madre artista plástica —que más tarde se convirtió en docente— y un padre músico, dos influencias que hicieron que la creatividad y la música formaran parte de su vida mucho antes de que siquiera pudiera pensar en ellas como una carrera.

En casa de su padre convivían el jazz y el rock nacional, mientras que en su cuarto comenzaba a descubrir nuevos sonidos gracias a internet: desde el pop de High School Musical hasta el metal y el punk de bandas como Pantera o Blink-182. Pero la red global no solo amplió su universo musical. Gracias a ese acceso sin supervisión a la web, también encontró en los videojuegos, el anime y contenidos quizá demasiado sensibles para alguien de su edad un espacio para escapar momentáneamente de la realidad.

Sin embargo, aquella fascinación por las historias que encontró en esos mundos terminaría llevándola también hacia la literatura.

“Hubo una época en la que casi no veía anime y leía más manga que otra cosa […] Siento que en general los japoneses son muy acertados para transmitir emociones y hablar sobre cosas profundas o tristes”, reconoce Sara, mientras recuerda que esa parte literaria entró con fuerza en su vida, más que nada, durante la secundaria. “Yo tenía esta necesidad de ser mejor o de sentirme más inteligente que los demás o algo así, entonces iba y me compraba un libro de Nietzsche y lo leía, pero no entendía nada”, dice mientras ríe e inhala de su vape.

Aun así, su afición por la lectura terminó canalizándose, sobre todo, a través de internet. La Sara adolescente se enfocaba en buscar blogs y leer cosas “random” que escribían otras personas. Fue entonces cuando apareció Tumblr, la famosa plataforma de microblogueo. “[Tumblr] era como un agujero muy de ‘ah, vamos a estar todos tristes y decir lo que pensamos’. Había un montón de gente que se abría y escribía lo que no quería contar en ninguna otra red social. Siento que ahí yo también me dejaba ir mucho más”, comparte. “Tengo algunas entradas que las escribí con 13 o 14 años que no puedo creer que haya escrito a esa edad”.

A pesar de eso, internet no la alejó del todo de los libros y, con el tiempo, encontró inspiración en varios autores. Entre ellos menciona a Mariana Enríquez, la célebre autora argentina. “Ella escribía terror, pero lo hacía de una manera muy cotidiana. Nombraba barrios, a la cocaína le decía ‘falopa’, y lo decía todo con unas palabras que yo estaba desacostumbrada a leer en una novela”, cuenta. “Me acuerdo que la primera novela que leí de ella era Bajar es lo peor […] Después lo metí en ‘Guchi Polo’ cuando canto ‘Bajar es lo peor, quiero tu campera’. Fue un libro que me encantó”. 

***

Poco a poco, el mundo que Sara había encontrado detrás de la pantalla la llevó hacia afuera de su casa. En Mataderos, según recuerda, tampoco había demasiados lugares donde encontrarse con otros jóvenes. “El skatepark era el único lugar de reunión cool del barrio”, cuenta. En ese momento había batallas de freestyle, chicos andando en patineta y toda una movida subversiva juvenil que, para ella, representaba una de las pocas formas de salir de la rutina y hacer comunidad. Allí se introdujo en el mundo del grafiti, pintando muros y firmando con el nombre de Korea. 

A la par, SoundCloud apareció como una extensión de esa necesidad de buscar espacios emergentes. En la plataforma cualquiera podía hacer una canción, subirla y encontrar público, algo que llamó profundamente la atención de Sara. Así fue como comenzó a acercarse a propuestas que se movían en el underground, desde el universo de Yung Lean y la Drain Gang hasta Carti y Opium. Para ella, el sitio no exigía la perfección que parecía demandar el circuito tradicional: permitía equivocarse, experimentar y hasta hacer canciones que sonaran “mal”. El error dejaba de ser un defecto para convertirse en parte del proceso creativo.

Cortesía

Sara describe sus primeros proyectos como una especie de “kindergarten”, una etapa en la que aprendía jugando y probando. “Tengo este meme que me ponen de ‘por qué se hace la diferente’, y es exactamente eso lo que estoy tratando de hacer”, comparte. “Al principio capaz era un vómito de adolescente que venía de muchas cosas que estaba consumiendo: películas, estéticas, sonidos”, recuerda. La música se convirtió así en el lugar donde podía juntar todas esas influencias y convertirlas en algo propio, sin preocuparse demasiado por si encajaban en un género o en una escena determinada.

Sus primeros temas aparecieron en 2019. ‘Budokai Tenkaichi’ y ‘Cartoon Network’ brillaron por su mezcla de trap con referencias a la cultura contemporánea. En ese momento también comenzó a formar parte de la Rip Gang, el colectivo que reunía a artistas como Dillom, ODD MAMI, Taichu, Broke Carrey y otros nombres de una new wave que empezaba a romper con las formas más convencionales del trap argentino.

“Poder hablar de cosas profundas, cosas que extrañás o que pensás sobre el pasado, pero de una manera menos dramática y más trap, por así decirlo. Como simplemente ‘fuck todo’”, explica sobre lo que buscaba. Ese cruce entre emociones complejas y una forma de expresarlas aparentemente despreocupada terminó convirtiéndose en una de las características de sus inicios: canciones que podían hablar de la nostalgia o de la tristeza sin abandonar la energía, la ironía y lo digital.

Esa etapa de experimentación ganó mayor alcance con canciones como ‘Guchi Polo’, uno de sus primeros temas en pegarse y una pieza clave para consolidar la identidad de Saramalacara. Después llegaron sus primeros EPs: USB IDOL (2021), donde añadió corrientes como el digitalcore y el glitchcore, y  eclips3 (2022), proyecto junto a Evar y dayvan que amplió todavía más su sonido y propuesta visual.

Para entonces, aquella fase ya había dejado de parecer un simple juego. El proyecto que había nacido de todas las referencias que acumuló durante su adolescencia comenzaba a tener una identidad reconocible y, con ella, un público que quería escuchar más, por lo que el siguiente paso parecía llevar ese universo a un formato de mayor duración, lo que resultó en Heráldica, su primer LP.

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Con Heráldica (2024) la búsqueda cambió. Al ser su primer álbum, Sara reconoce que puso mucho peso sobre sí misma y convirtió el trabajo en algo mucho más grande que un conjunto de canciones. Parte de esa obsesión estaba relacionada con una idea que hoy ella misma considera un poco exagerada: la Trinidad y el número 3 como una constante asociada a la perfección. 

Sus primeros EPs habían tenido tres y seis tracks, por lo que el disco debía tener nueve, que terminaron siendo 12 al añadir una introducción y dos interludios. “Me lo tomé como mi ópera prima. Ahora me siento como ‘pará, hermana, muy intensa’, pero en ese momento pensaba que tenía que tener una huella digital perfecta y que debía pensar muy bien todo lo que estaba haciendo”, recuerda. Fue también durante ese proceso que desarrolló una inquietud cada vez mayor por lo medieval, lo religioso y lo onírico, que buscaba cruzar con su relación con internet, el trap, el enojo y la nostalgia.  

La pregunta era cómo reunir en una misma estética esos elementos tan distantes entre sí. La respuesta llegó durante una conversación con su directora creativa, Domi, conocida como Fotolog. “Yo siento que vos hacés eso porque necesitás inspirarte de algo muy primario del humano”, le dijo. Para Sara, ahí estaba la clave: tomar algo que se había extinguido miles de años atrás y traerlo de vuelta al mundo actual. 

El trabajo terminó dando forma a un universo que, según Sara, fue recibido de una manera que confirmó que había conseguido aquello que se había propuesto, aunque con un costo personal. “Me volví un poco loca con ese disco. Me había metido mucho en el personaje y en la tarea, como si fuera un deber o algo así. Era como si solo me importara eso y no me importara mi persona; como si esa persona digital fuera más importante que la de carne y hueso”.

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Después de su debut soñado, recibido con halagos tanto de la crítica como del público, Sara sintió que había llegado el momento de bajar algunas revoluciones. Si aquel álbum había sido construido bajo una lógica casi obsesiva, MATADEROS, su segundo disco, nació desde un lugar mucho más libre. “Le aflojé un poco más a eso tan esotérico extremo y lo atravesé por la nostalgia pura y dura. Traté de hacer lo que quisiera, sin mi propia cárcel mental de ‘tenés que ir por este lado, hacer esto y transmitir esto’”, explica. 

El cambio se hizo evidente en las letras. Sus productores y las personas más cercanas al proyecto comenzaron a señalar que había “madurado bastante” en su manera de escribir. Para Sara, la diferencia estaba en que antes buena parte de su propuesta consistía en provocar. “Antes era mucho más decir cosas que molestaran. Usar palabras y conceptos que fueran muy específicos para que los entendieran algunas personas; otras cosas eran cultura de internet y otras ya eran directamente drogas, alcohol y simplemente molestar”. En ese sentido, la cantante reconoce que MATADEROS fue un disco “más sano de hacer”. 

Ese proceso coincidió además con un cambio considerable en la dimensión de su carrera: la llegada de Interscope Records, que describe como “un balde de agua fría” y la confirmación de que, después de años puliendo una propuesta deliberadamente extraña y personal, había alguien dispuesto a apostar por ella. “Obviamente sentí que a alguien le importa, someone gives a fuck about this”, resume. 

El salto le permitió trabajar en Los Ángeles junto a algunos de los productores que durante años había escuchado como fan. Entre ellos estuvieron Ojivolta, DJH, F1lthy y Dylan Brady, nombres a los que Sara menciona directamente como ídolos, aunque cuando finalmente tuvo la oportunidad de conocerlos y colaborar con ellos, intentó dejar a un lado la fascinación. “No tenía una mentalidad de fan. Tenía más una mentalidad de ‘quiero exprimirte y sacar de vos lo que me hizo amarte’”. Lo que encontró, dice, fue suficiente para confirmar aquello que admiraba desde lejos. “Por suerte fue muy lindo porque todas estas personas, más allá de que con algunas generé más amistad que con otras, eran personas adictas a hacer música, y con eso me bastaba”. 

Pero mientras su carrera la llevaba cada vez más lejos, el nuevo álbum apuntaba en la dirección contraria, y para construirlo, Sara decidió volver sobre sus propios orígenes y reencontrarse con su pasado. “Me fui a Mataderos, donde nací”.

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“Son los suburbios de Buenos Aires. Cruzás una autopista y ya pasás a la provincia. Yo vivía a quince cuadras de esa carretera”, cuenta. De niña, claro, no percibía esa distancia. Mataderos era todo lo que conocía.

A medida que creció, la artista comenzó a alejarse físicamente de su hogar. Primero tuvo que desplazarse hacia otros puntos de Buenos Aires en busca de nuevas amistades, movidas y espacios, y después terminó mudándose de la zona. Más tarde llegaron los viajes, una posibilidad que durante su infancia ni siquiera parecía real. Su primera salida fue gracias a una gira que la llevó a España y le permitió conocer Europa. Después vendrían Japón y, finalmente, Estados Unidos. Aun así, ninguno de esos países logró reemplazar la sensación que le produce Mataderos. “No hay lugar como mi barrio”, concluye. 

Esa carga emocional también estaba ligada a pequeñas escenas que habían quedado asociadas a esas calles. Sara recuerda los caminos que recorría para ir al colegio o a la casa de sus amigos. Pero, sobre todo, recuerda la cercanía con la vida de quienes habitaban el barrio. Esa posibilidad de observar, casi sin proponérselo, fragmentos de la intimidad cotidiana de sus vecinos terminó convirtiéndose también en parte del imaginario de MATADEROS.

En los días de calor, los vecinos sacaban sus sillas a la acera; las bicicletas, los juguetes y los objetos de cada casa quedaban a la vista. “Era gente muy simple”, dice Sara. “Son personas que no buscan algo más, sino que están muy orgullosas de dónde están. Es muy de ‘esto es lo mío y no necesito lo que tienen los otros’”, comenta la cantante, que asocia esa forma de vivir con la famosa frase “el lujo es vulgaridad”, atribuida tanto a Borges como al Indio Solari.  

“Yo quería unas Yeezy, unas Rick Owens y comprarme toda esa ropa que amaba, pero al mismo tiempo tenía ese sentimiento de ‘con esto la gente es feliz’. Pero a mí no me bastaba. No me alcanza con esto”, recuerda. “El primer pecado que cometí / querer más”, canta Sara en ‘MTD DREAMS’. Le gusta especialmente esa frase porque resume una contradicción que, para ella, es inevitablemente humana: el deseo de ir más lejos puede ser al mismo tiempo una fuente de satisfacción y de culpa. 

Esa discrepancia, cuenta, fue motivo de mucha terapia, clave en su vida actual. Su psicóloga la ayudó a entender la culpa que sentía por haber alcanzado un éxito relativamente rápido, incluso dentro de una escena de nicho. “Yo nunca terminaba de estar contenta con las cosas que me iban pasando, y claro, las cosas que me iban pasando eran cada vez más una locura”, reconoce.

Pero esa culpa no alcanza para detenerla. Si nunca hubiera querido más, piensa Sara, quizá habría sido más feliz. La idea, sin embargo, dura apenas unos segundos ya que no quiere conformarse. Ya está en movimiento y no existe una vuelta atrás. Esa necesidad de seguir avanzando también está atravesada por las historias y los mangas que leyó desde joven: ese viaje del héroe en el que, una vez iniciado el camino, regresar deja de ser una opción.

Esa necesidad de volver la llevó también a enfrentarse con lo que llama su “herida primigenia”: la adolescencia. Sara recuerda haber sido una chica particularmente sensible, que podía cargar de angustia incluso situaciones que desde afuera parecían pequeñas. A su mente llega, por ejemplo, lo mal que la puso descubrir que Papá Noel no existía. “Te va a hacer reír, pero me puse re mal. Decía ‘no, ¿cómo que la magia no existe? ¿Cómo que esto no existe? Me estás matando’”, cuenta.

Con el tiempo, comenzó a cuestionarse de dónde venía esa tristeza que parecía acompañarla desde tan temprano. La cantante encuentra en la propia palabra “adolescencia” una forma de explicar esa etapa: la relaciona con “adolecer”, es decir, con sufrir. Es un tránsito en el que una persona comienza a volverse autónoma, a separarse de los valores inculcados por su familia, a rebelarse y a enfrentarse por primera vez a muchas de las situaciones de la vida adulta. 

Esa “primera herida” se mezcló, en su caso, con problemas familiares, decepciones amorosas y otras situaciones difíciles. Durante mucho tiempo pensó en si aquello era suficiente para explicar el peso que cargaba desde tan joven. “¿Dónde fue que me lastimaron tanto? ¿Dónde fue que yo me lastimé tanto para después vivir mi adolescencia así?”, se preguntaba. 

En esa reconstrucción de sus años adolescentes, y mientras buscaba respuestas, Sara se encontró con otra contradicción que, según cuenta, estaba mucho más arraigada: la distancia entre la joven que había sido y la persona en la que se convirtió después de que la música comenzó a ocupar un lugar central en su vida.  

Cuando era más chica, se sentía cercana al costado más marginal del barrio. Pasaba las tardes buscando con quién beber o fumar porro, robaba pintura para hacer grafitis y encontraba cierta identidad en vivir en ese costado más “disruptivo” de la sociedad. Después, casi de golpe, apareció una carrera que le dio un lugar, una comunidad y algo que cuidar. “Tengo esta gente y esta ‘secta’ que me valora y me quiere. Tengo algo importante acá. Ahora lo tengo que cuidar y tratar de ser una mejor persona. Ya no puedo buscar destruirme todo el tiempo”, reflexionaba para sus adentros en esos años.

Cortesía

De igual forma, regresar al barrio también la ayudó a entender que había algo de Mataderos que necesitaba quedar dicho. No era uno de esos lugares que aparecen constantemente en los relatos sobre Buenos Aires ni un territorio asociado a una identidad fácilmente reconocible fuera de quienes viven allí. Para Sara era simplemente un barrio que muchas veces pasaba desapercibido. “Yo necesitaba nombrarlo y decirlo”, explica.

Había algo en ese gesto de nombrar que era una forma de hacerlo visible. Hablar de Mataderos significaba decir de dónde había salido y mostrar una realidad que rara vez aparecía representada: la de un barrio que, sin responder necesariamente a las imágenes más extremas de la marginalidad, tampoco parecía ocupar demasiado espacio en el imaginario de la ciudad. MATADEROS terminó convirtiéndose así en una manera de llevar ese lugar hacia afuera y dejar constancia de su existencia.

Pero contar Mataderos también implicaba contar el contrasentido de alguien que nunca terminó de encajar por completo en una sola identidad. Sara podía sentirse atraída por ese costado más “turro” y marginal del barrio, buscar límites y sentirse cercana a quienes habitaban sus márgenes, mientras al mismo tiempo encontraba una parte fundamental de sí misma en el manga, el anime, los videojuegos y la cultura de internet. Era, como ella misma dice, “una especie de mezcla extraña”. “Yo me sentía así, por más de que no era un turro y no pertenecía a esa tribu urbana, pertenecía como a dos o tres al mismo tiempo”.

Quizá esa sea una de las cosas que finalmente encontró al regresar: que no tenía que elegir una sola de esas versiones para contar quién era. Podía hablar del barrio pobre del que salió, de sus contradicciones y de la chica que había encontrado refugio tanto en sus calles como detrás de una pantalla. Y podía hacerlo, además, desde un lugar al que había llegado precisamente gracias a todo aquello que alguna vez pareció incompatible. “Me encantó hacerlo porque fue poner a la gente a conocer eso”.

***

Si para realizar el disco Sara había decidido regresar al barrio a través de la memoria, el siguiente paso fue hacerlo de manera literal. La artista quería llevar el universo del álbum a su casa y ofrecer un concierto gratuito para la gente del lugar. La idea, sin embargo, no pudo realizarse como la había imaginado.

El proyecto era completamente autogestionado. No pedía financiación estatal ni recursos públicos y solo necesitaba los permisos para montar un espectáculo con una producción similar a la que suele presentar en importantes escenarios locales e internacionales. Pero, según cuenta, la respuesta que recibió fue que no podía montar todo allí porque Mataderos era considerado un barrio “problemático”.

La decisión le resultó especialmente amarga. Para alguien que había construido buena parte de su identidad alrededor de ese lugar, la idea era precisamente llevar allí algo que normalmente parecía reservado para otros sectores más privilegiados de la ciudad. “Yo no quería ir a hacer un show fisura, con un sonido medio pelo y ya. Quería llevar un show como los que hago en Capital, en un venue lleno de cosas y de fantasía. En mi mente era poder hacer que un nenito que solo había visto fábricas de repente viera algo que no podía creer”.

Al final, ese concierto grandilocuente que tenía en mente no pudo hacerse, y aunque todavía espera poder llevar algún día esa producción a Mataderos, encontró en ese skatepark que había marcado su adolescencia la alternativa ideal para presentarse. “Capaz, como consuelo, fue lindo pensar que así como yo volví a ponerme en la piel de la Sara chiquita para escribir y hacer varias cosas en el disco, de alguna manera me volví a poner en esos zapatos más adolescentes para subirme a unos escalones del skatepark a dar un show”.

Era un formato al que ya no estaba acostumbrada. La artista que ahora se presenta en grandes venues con logísticas cada vez más complejas regresó, por una tarde, al tipo de improvisación que había acompañado sus primeros años. “Acá fue como listo, ya está, vamos con el pancho y con la coca. Lo hacemos así, humilde”, recuerda entre risas.

Con el paso de los meses, dice, terminó entendiendo la dimensión de lo que había ocurrido. Hace poco, mientras veía en YouTube el video del concierto y leía los comentarios, volvió a encontrarse con una imagen que le resultaba difícil de procesar. “Veía el video y decía ‘wow, toda esa gente en ese lugar, en el skatepark donde yo muchas veces me sentí tan poca cosa’. Yo era una chiquilla que iba a un costado con su flequillo emo y no hablaba con nadie porque todos eran más cool que ella. Y estaba ahí, dando el puto show y convocando a tanta gente”.

“Me pasó con muchos amigos del barrio que me decían ‘fuá, amiga, sos una estrella acá ahora. Estás hablando de Mataderos en todos lados’”, cuenta. Y en esa frase encuentra algo que quizá la Sara adolescente habría necesitado escuchar años atrás. “Es algo muy bueno para la autoestima de esa Sara chiquita. Decirle ‘acá te sentís tan poca cosa, pero no lo sos. Podés ser más’”.

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Después de varios años construyendo su carrera dentro de la escena argentina, Sara mira ese circuito con una mezcla de distancia y desconfianza. Hay algo de la industria que, reconoce, la hizo sentirse “bastante traicionada”. No porque espere que una maquinaria comercial funcione a partir de afectos, sino porque formó parte de un momento en el que el trap parecía representar una búsqueda colectiva que, con el tiempo, muchos de sus protagonistas abandonaron. 

“Cuando empecé, el trap era muy valioso. Estábamos todos metidos en eso, aunque obviamente no éramos iguales ni estábamos en el mismo lugar. Después hubo un switch cultural y de repente ya no bastaba con el trap. Y a mí me encanta que no baste con el trap, justamente yo tampoco hago solo trap: hay electrónica, glitchcore y miles de cosas mezcladas. Pero sentí que mucha gente se bajó del barco y se fue para otro lado. Fue como ‘¿qué onda, boludo? ¿Se fueron todos para allá?’”.

Sara no cuestiona que sus colegas hayan cambiado. De hecho, entiende que el crecimiento de un artista también implica descubrir nuevos intereses y seguirlos. Lo que le produjo cierta sensación de soledad fue ver cómo aquella escena terminó absorbida por una categoría cada vez más amplia: la de la “música urbana”, un término bajo el que primero se agrupó casi cualquier propuesta relacionada con el fenómeno del trap y que después acompañó el giro de muchos artistas hacia sonidos más cercanos al reguetón y las fórmulas dominantes del mercado.

Incluso lo vio entre algunos de sus compañeros más cercanos. “Lo mismo pasó con colegas míos. La Rip Gang hoy hace rock, pop o cualquier otra cosa comparada con lo que hacíamos antes, y esas historias las entiendo mucho más de cerca. Es como ‘claro, amigo, te llamó la atención esto, tiene sentido que lo hagas’. Pero yo me sentí muy sola en ese momento”.

Quizá por eso terminó encontrando una conexión especialmente fuerte con una nueva generación de intérpretes argentinos . Recuerda haber conocido propuestas como la de los SwaggerboyzAgusFortnite2008 y Stiffy— cuando todavía tocaban frente a unas pocas personas, o haber escuchado a Zell antes de que su nombre comenzara a circular masivamente. 

Aunque pertenecía a otra camada, se reconocía en esos artistas porque habían crecido escuchando su música y continuaban explorando caminos que no parecían responder a los moldes más establecidos. “Inevitablemente me sentía más identificada con esa camada porque habían seguido con esa especie de legado de hacer cosas diferente”.

Pero esa cercanía con las nuevas escenas no significa que comparta la forma en que hoy se utiliza el término underground. Después de observar durante años el desarrollo de distintas escenas emergentes en SoundCloud, además de formar parte de una de las más disruptivas en Sudamérica durante los últimos años, entiende que el problema comienza precisamente cuando el under deja de ser una condición para convertirse en una etiqueta o, incluso, en un movimiento, algo que según ella nunca fue. “Para mí, esto no es under”, sentencia. 

Su crítica apunta directamente a la forma en que hoy habitamos el internet. Entre risas, lo resume con una frase provocadora: “No es internet el problema, es TikTok”. Después matiza la idea. El problema, dice, es que las mismas lógicas comerciales que antes dominaban otros medios terminaron instalándose en las plataformas digitales. Los algoritmos seleccionan lo que vemos, las empresas participan activamente en la creación de contenidos y la atención se ha convertido en un recurso cada vez más fugaz.

En ese contexto, cree que el supuesto under contemporáneo puede terminar reproduciendo exactamente la presión del medio. “Si alguien sale ahora y todos lo escuchan, inmediatamente le ponen este peso de ‘vos sos el siguiente. Vos sos el artista. Ahora la tenés que romper porque mañana se van a olvidar de ti’, y para mí eso no es underground, es todo lo contrario. Es la industria más pura y dura. Subís hoy y mañana bajás”. La preocupación, en el fondo, tiene menos que ver con la aparición de nuevos artistas que con la posibilidad de que puedan tener el tiempo suficiente para desarrollarse. 

Sara reconoce que encuentra mucho talento en las nuevas generaciones —menciona, por ejemplo, a Enzocerobulto—, aunque también percibe una enorme cantidad de propuestas repetidas. Entre ese copy paste, sin embargo, aparecen “un montón de joyitas”. El riesgo es que la velocidad con la que hoy se consume la música no les permita crecer.

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En este momento, Sara está a punto de volver a ponerse en movimiento. La próxima gira la llevará por primera vez a varios países de Latinoamérica desde los que durante años recibió mensajes de seguidores que reclamaban su visita. Con el tour, quiere comprobar qué sucede cuando esa conexión se extiende más allá de las redes. 

“Tengo mucha excitación por los países de la región porque, claro, son mi gente. Es Latinoamérica”, dice. “Somos artistas (menciona a Underiki y a Saikoro) que fuimos a una cosa muy específica, ya sea de internet o por fuera de internet, pero para el mundo, por lo general, la música latina solo es reggaetón, fiesta y mover el orto. Y obvio que lo disfruto y me encanta, pero tenemos otros pensamientos y otra creatividad que apunta a algo más serio, oscuro, e introspectivo”.

Esa posibilidad de ser recibida por públicos que durante años solo pudo conocer a través de una pantalla le impone cierta responsabilidad. No quiere que quienes la siguen desde sus primeros proyectos encuentren únicamente a la artista en la que se convirtió después de MATADEROS. “No quiero que pase como cuando vas a ver a la banda de tu infancia y tocan solamente el último disco y te querés pegar un tiro. Siento que tengo el deber de no solo llevar lo más reciente sino también otras partes del proyecto”.

La gira será, además, una oportunidad para recuperar algo que para ella siempre estuvo en el centro de la música: el espectáculo en vivo. Habla del montaje con la misma obsesión con la que alguna vez construyó sus universos visuales, aunque ahora desde un lugar distinto. “Tengo la aspiración de crear un artista específico, y un show es re importante para eso. Es cuando la gente por fin te ve y te siente ahí, en vivo, y el aura y la energía que vos emanás en ese momento son muy valiosas”. El trabajo ya comenzó: reuniones, diseño y planificación ocupan buena parte de sus días mientras prepara un espectáculo que busca reunir las distintas etapas de su obra.

Sara resume la importancia de este momento así: “Tocar en vivo realmente me da ganas de vivir. Lo que me enamoró de la música fue ver conciertos y entrar al mosh pit. Y estar del otro lado, ver que yo causo esa energía, genuinamente me hace tener ganas de seguir viviendo”.

Cortesía

Sin embargo, más allá de su propia carrera, la situación política de Argentina es algo que le pesa especialmente. Habla con tristeza de amigos que, mientras ella puede recorrer el mundo con su música, trabajan en empleos comunes y “se rompen la espalda” sin encontrar una forma de salir adelante. 

Su inquietud no se limita a la economía. También le preocupa lo que llama la dimensión “discursiva” del momento político y la posibilidad de que el país vuelva a discutir derechos que creía conquistados. “Hay muchas cosas con las que se quiere ir para atrás, como el aborto y los derechos que hemos conseguido las mujeres”, dice. “No sé qué va a pasar, pero me despierta la necesidad de hablar del tema y a lo mejor eso está bueno”.

Aun con esas preocupaciones, después de todo lo que ocurrió alrededor de Heráldica y MATADEROS, lo que más parece haber cambiado en Sara no está sobre el escenario, sino detrás de él. Dice sentirse actualmente “mucho mejor” que en años anteriores. “Siento que estoy más clara, me drogo menos, me puedo comunicar mejor, y estoy más tranquila sobre lo que el público piense o lo que inventen de mí”.

Parte de ese cambio llegó cuando decidió alejarse de las redes. Dejó Twitter y redujo considerablemente su exposición personal en redes sociales, o al menos en sus cuentas oficiales. “Me alejé bastante de mi casa, que es internet, y un poco me duele, la verdad. Pero también tengo que aprender a aceptar que las cosas cambian. En ese sentido me siento mejor creativamente”, reconoce.

“Soy una persona que tiene sus problemas […] Tengo mis días y mis momentos, pero por suerte estoy rodeada por buenas personas que me ayudan a encontrar la calma”. Quizá por eso, cuando se le pregunta por esta nueva etapa, la respuesta no apunta a una transformación definitiva ni a haber encontrado todas las respuestas. Después se ríe y lo resume con una frase que, de alguna manera, parece encajar con todo lo que acaba de contar: “Pero nada, siempre en terapia”.

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Imposible dimensionar el tamaño de esta pérdida. A los 83 años, y después de unas tres semanas internado por una neumonía bilateral, Rubén Rada murió en una clínica de Montevideo. Imposible dimensionar la pérdida porque Rada era una pieza indispensable de la música y la cultura popular de la República Oriental del Uruguay y del Río de la Plata, estaba lleno de proyectos y su trayectoria artística es inabarcable.

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Se ha dicho que Rada era a Montevideo lo que Gershwin fue a Nueva York o Piazzolla a Buenos Aires: un compositor mayúsculo y revolucionario, que desde que a mediados de los 60, cuando junto a Eduardo Mateo fundó El Kinto y creó el candombe-beat (una fusión hasta entonces inédita entre los ritmos afrouruguayos con el rock británico y la bossa nova), resumió y al mismo tiempo proyectó en sus canciones el sonido y la idiosincrasia de su ciudad. Su obra fue una gran influencia para Los Piojos y otros grupos argentinos de los 90. Su carrera tiene muchísimos momentos sublimes (El Kinto, TótemOpa, junto a los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso) con algunos baches. A lo largo de más de medio siglo, mientras como cantante y percusionista incursionaba en el jazz, el rock, el blues, el soul, el reggae, la música brasileña y ritmos tropicales, Rada nunca descuidó la tecla popular: empezó a trabajar en televisión a principios de los 60 y siempre utilizó la actuación como otro medio para expresarse. 

A los 83 años murió Rubén Rada, ícono de la música rioplatense

“El candombe es algo que no tiene nada que ver con pensar”, me dijo en una entrevista de 2019. Es algo que está dentro de mí desde chiquito. Y me remite a mi familia: mi madre era prima lejana de los Silva. Y Juan Ángel Silva sacaba la comparsa Morenada. Y yo, ya de pequeño, salí con ellos. Tendría unos diez años, y gané el premio al mejor artista del carnaval cantando ‘No tengo ni zapatitos, tan pobre soy, me llaman este negrito de corazón’. Y me apodaron ‘Zapatito’ porque tenía diez años y calzaba 43. Un disparate. El candombe es algo que me sale fácil, que ni siquiera lo pienso. Y es más, cuando me pongo a analizar mis canciones, como por ejemplo “El rock de la calle”, me doy cuenta de que, en el fondo, es un candombe. Aunque trate de llevarlo al rock & roll, todo lo que hago vuelve al candombe”.

Rada había desarrollado dos personalidades. Por un lado, era un compositor potente y complejo, un cantante desgarrador; por el otro, el actor, el personaje, el entrepreneur. Para Rada, no había nada peor que la gente se aburra. 

La cuestión racial no es menor en la vida de Rada. “Me da una alegría bárbara que me digan «Negro» Rada”, dice. “Pero a principios de los 60, cuando los Fattoruso querían que cantara con ellos en Los Shakers, los productores no me dejaron. Había que mantener la apariencia igual a la de los Beatles”. 

Rada se crió musicalmente en Ansina, en el Barrio Sur de Montevideo. “Yo siento a Africa como mi madre patria, por parte de mi padre. Pero, a la vez, me siento demasiado lejos. Cuando realmente siento que soy africano es cuando toco candombe y respeto la música que viene de mis ancestros”. 

Mencionaba a Pedro Ferreira, director de la comparsa Fantasía Negra y fundador, en 1957, de la mítica orquesta Cubanacan, como uno de sus grandes maestros. “En los seis meses que trabajé con él aprendí a cantar, componer y, especialmente, frasear el candombe. Gran maestro de todos los tiempos. Pero en ese entonces ya tenías el oficio de cantor… Sí, cantaba de todo: blues, rock & roll, imitaba a Louis Armstrong, hacía temas de Louis Prima… Pero también, con la barra del Hot Club, aprendí a cantar como fraseaba [el saxofonista] Charlie Parker. También escuchábamos mucho a Ella Fitzgerald…”, recordó.

Su musicalidad era asombrosa, aunque no había estudiado música jamás. “Yo tengo una facilidad natural para crear melodías. Me pongo a cantar y salen. Así que me busqué parceiros que se encargaran de construir y armonizar el tema. El primero fue Eduardo Mateo, pero después, como no toco el piano, siempre busqué manos sabias: algunas veces fue Hugo Fattoruso, otras Daniel Homer, otras Ricardo Nolé, otras Nicolás Arnicho, y últimamente Gustavo Montemurro“. 

El encuentro con Mateo fue providencial: “A Mateo lo conocí en la calle Rivera y Luis Alberto Herrera, frente a donde ahora está el Montevideo Shopping. El iba pasando con la guitarra y nos saludamos. Me conocía de los Hot Blowers. El tocaba bossa nova y samba con un grupo que se llamaba Los Ases Cariocas. Y nos quedamos charlando, divagando, hasta que me dice: “¿Por qué no nos juntamos un día de estos?”. Así que al día siguiente le estaba tocando el timbre en su casa de Estivao y Ortiz. Serían las diez y media de la mañana, y ese día compusimos ocho temas. Durante los siguientes cinco años nos vimos prácticamente todos los días. Debemos haber hecho, potables, cien temas. A la mayoría nunca los llegamos a grabar”. 

Su derrotero es épico. Después del poderosísimo sonido de Tótem (sigla de “Todos tenemos música”), armó en Buenos Aires el grupo S.O.S. (Sonido Original del Sur), con una línea de vientos que incluía a su compatriota Héctor “Finito” Binguert en saxo y al argentino Gustavo Bergalli en la trompeta. Luego, formó parte de Opa, el grupo de candombe sideral que los hermanos Fattoruso habían formado en Estados Unidos.

A fines de los 70 se instaló nuevamente en Buenos Aires y formó el supergrupo La Banda, junto a figuras como el pianista Jorge Navarro, Bernardo Baraj y Benny Izaguirre. Y, en su etapa como solista en los 80, lideró un quinteto apabullante junto a Ricardo Nolé en las teclas, Beto Satragni en el bajo, Osvaldo Fattoruso en la batería y Ricardo Lew en guitarra.

Lanzó una serie de álbumes maravillosos en los 80, como el indispensable La cosa se pone negra (1983), grabado en vivo en Obras. Uno de sus momentos de mayor proyección masiva. Unos años y unos discos maravillosos después, el contexto económico lo empujó al exilio. En México fue percusionista de Tania Libertad, pero probablemente hayan sido los años más tristes y más difíciles. Hasta que apareció Neil Weiss, y produjo, para su sello Real World, el álbum Montevideo, con una backing band de lujo que incluía a Bakithi Kumalo e Hiram Bullock, que tocaban en la banda estable del Late Night Show de David Letterman. Ese disco salió en el auge de la World Music, se editó en Estados Unidos y en Japón, y sólo en Uruguay vendió más de diez mil copias.

Instalado nuevamente en el Río de la Plata, protagonizó la película uruguaya El Chevrolé, actuó en la serie Gasoleros (de Pol-ka) y condujó El teléfono, por el Canal 12 uruguayo.

En el 2000, buscó a Cachorro López para que sea el productor de su álbum Quién va a cantar: “Le pedí que me enseñe cómo vender discos. Me dijo: ‘Traeme las canciones y no vengas por el estudio’. Es que yo suelo hacer introducciones instrumentales muy largas, entonces mientras empiezo a cantar, la gente ya cambió de radio”. El resultado fueron hits como “Quién va a cantar”, “Cha cha, muchacha” y “Muriendo de plena”, que fue adaptado por varias hinchadas argentinas. Todavía suena en las tribunas.  

Al poco tiempo, armó el Candombe Jazz Tour, otro supergrupo con el que revisitó su repertorio en clave jazzística. Y en 2006 adoptó el personaje de Richie Silver, seudónimo con el que había dado sus primeros pasos en los Hot Blowers. Como si fuera un crooner un poco decadente, se calzó un viejo smoking al estilo Las Vegas y dejó un álbum que incluía una nueva versión de “El rock de la calle” y una relectura swinguera de “Amándote”, el clásico de Jaime Roos.

Rada era venerado por artistas como Charly García, León Gieco, Fito Páez, Los Piojos, La Vela Puerca, No Te Va Gsutar, y Los Auténticos Decadentes, entre muchísimos otros. ¿Quién no quería a Rubén Rada? Si, en definitiva, lo que hizo toda su vida fue hacerse querer. Y la admiración y el cariño de Rubén, con sus colegas, eran recíprocos. En los últimos años había grabado discos con versiones, había hecho un homenaje a la música brasileña, había participado del regreso de Explossion (un grupo jazzero de su etapa porteña), había hecho un disco de candombes y tangos clásicos, había revisitado sus grupos fundacionales (El Kinto, Tótem y Opa) con un disco en vivo y había grabado, por primera vez, un disco de murga. Había girado con Agarrate Catalina. Y tenía en gateras el regreso de Tótem y un par de proyectos maravillosos. Una de sus últimas colaboraciones fue con Trueno.

Hace tres lustros, había vencido a un cáncer. “Yo nunca le di bola a la muerte”, me dijo cuando lo entrevisté para Rolling Stone en 2015. “Pero ahora sí me preocupé un poco. Cuando arranco a tocar, a componer y a grabar discos, se me pasa. Antes de esto, ya estaba apurado para realizar todas las cosas que no había hecho antes en mi vida. (…) Cuando estaba enfermo, me prometí volver a grabar lo antes posible. Es el ataque que tengo: antes de irme de este mundo, quiero hacer todo lo que pueda. Sé que dentro de veinte años, la música que haga ahora la van a seguir escuchando. Tengo ganas de joder hasta después de muerto”, me dijo. Y cumplió. Vaya si cumplió.

 

 

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