
Lane Dorsey
Hay directores que se limitan a filmar historias, pero Guy Ritchie, cuando se lo propone, filma actitud. In the Grey podría haber sido solamente otro thriller de mercenarios y operaciones clandestinas, pero en manos de Ritchie termina convertido en un espectáculo de ritmo hipnótico, camaradería masculina, violencia estilizada y glamour criminal. Desde los primeros minutos, la película se mueve con la precisión de un reloj de lujo. Montaje eléctrico, diálogos veloces, trajes impecables y personajes que parecen haber nacido para caminar lentamente mientras todo explota detrás de ellos.
La historia sigue a Rachel Wild, una especialista en recuperación de activos que recluta a dos ex soldados de operaciones especiales, Sid y Bronco, para recuperar miles de millones escondidos por un magnate criminal (Carlos Bardem). Sobre el papel suena complejo, pero la película jamás pierde energía porque Ritchie entiende algo fundamental y es que el cine de acción no vive únicamente de la trama, sino de la dinámica entre los personajes, el movimiento y el placer visual. Y ahí es donde la película se vuelve una maravilla.
Henry Cavill y Jake Gyllenhaal tienen una química extraordinaria. No interpretan héroes invencibles sino profesionales agotados, inteligentes y peligrosos que se comunican más con miradas y sarcasmo que con grandes discursos. Hay algo deliciosamente clásico en ellos, como si hubieran escapado de una película de Howard Hawks y hubieran terminado atrapados en un thriller corporativo ultraviolento. Cavill aporta una presencia física bella, brutal y contenida, mientras Gyllenhaal convierte cada línea en un pequeño momento de ironía cansada.
La gran Rosamund Pike aparece poco, pero cada escena suya tiene el veneno elegante de las grandes femmes fatales corporativas. Su Bobby Sheen no necesita levantar la voz. Basta una mirada glacial o una frase dicha con absoluta calma para dejar claro que pertenece a ese mundo financiero donde los préstamos multimillonarios y las extorsiones apenas están separados por una firma. Pike interpreta a la perfección a esos tiburones de traje caro que entienden que los bancos y los criminales muchas veces funcionan bajo la misma lógica: prestar dinero, cobrarlo y destruir a quien no pueda devolverlo.
La película se divierte mostrando cómo los prestamistas y cobradores modernos ya no usan bates de béisbol en callejones oscuros, sino abogados (Fisher Stevens es retorcidamente genial), vacíos legales, mercenarios y transferencias internacionales. Y justamente ahí, en esa mezcla entre capitalismo financiero y cine de gánsteres, In the Grey encuentra parte de su personalidad más fascinante.
La mexicana Eiza González es toda una revelación. Su Rachel Wild domina la pantalla con una mezcla irresistible de belleza, elegancia, inteligencia, calma y peligro. No es la típica “chica del equipo”, es el cerebro absoluto de la operación. González entiende perfectamente el tono de Ritchie y juega el papel con una seguridad magnética que termina robándose la película. Incluso algunas críticas negativas (¿en realidad vieron esta película?) coinciden en eso.
In the Grey es puro placer cinematográfico. Las locaciones en España, Arabia Saudita y las Islas Canarias convierten la película en una especie de tour criminal de lujo, mientras Ritchie encadena persecuciones, tiroteos, infiltraciones y enfrentamientos con una fluidez impresionante. Lo mejor es que jamás se siente como una sucesión vacía de explosiones. Cada secuencia tiene personalidad propia.
También hay algo refrescante en cómo la película abraza el entretenimiento sin complejos. No pretende sermonear ni disfrazarse de “cine importante”. Es una película orgullosamente pulp, sofisticada y juguetona, heredera tanto del cine de mercenarios setentero como de los thrillers elegantes de los noventa. Hay ecos claros de Mission: Impossible, de los viejos filmes de espionaje británicos protagonizados por Michael Caine y hasta del espíritu relajado de The Man from U.N.C.L.E., otra joya injustamente subestimada de Ritchie.
Además, la película tiene sentido del humor. Seco, absurdo y elegantemente ridículo. Los personajes hablan sobre cócteles hechos con café colombiano, ropa, helados y juegos de mesa mientras preparan asesinatos o destruyen organizaciones criminales enteras. Ese contraste entre sofisticación y brutalidad es exactamente lo que hace tan especial al cine de Ritchie.
Muchos directores modernos filman acción como si estuvieran editando videojuegos. Ritchie, en cambio, sigue entendiendo la acción como coreografía, ritmo y carisma. Por eso In the Grey funciona tan bien, porque detrás de cada balazo hay personalidad, y detrás de cada línea de diálogo hay actores disfrutando enormemente el juego.
Quizás no sea una película interesada en cambiar el cine contemporáneo y tampoco hace parte del panteón de obras maestras del director como Lock, Stock & Two Smoking Barrels, Snatch, Rocknrolla, The Gentlemen o la serie Mobland. No importa. Lo suyo es recordar algo más importante y que el cine comercial todavía puede ser sexy, elegante, inteligente, al punto y condenadamente entretenido al mismo tiempo.
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¿A qué suena Bogotá? Esa es una pregunta recurrente entre melómanos y amantes de la música en Colombia, especialmente cuando otras regiones —como Medellín o la costa Caribe— parecen haber encontrado, en cierta medida, un sonido que las representa. En el caso de la capital, la respuesta es un poco más compleja.
Bogotá es una ciudad atravesada por influencias de todo el país. En un recorrido por la Carrera Séptima o la Zona T pueden convivir el reggaetón, el dancehall, los boleros y el rock alternativo sin ningún problema. Tal vez por eso nunca ha sido fácil definir un único “sonido rolo”. Sin embargo, esa misma diversidad ha permitido que proyectos de todos los colores encuentren un lugar dentro de la escena local y conecten con el público capitalino.
Así, para los llamados “cachacos”, suelen resultar especialmente llamativas aquellas propuestas que se acercan más al imaginario de la ciudad gris y lluviosa: canciones atravesadas por letras melancólicas y reflexivas sobre el pasado, la ausencia, lo que significa crecer y, sobre todo, el amor y todos sus dilemas. Esos son justamente algunos de los temas centrales en la música de Paula Pedraza, quien, a través de su proyecto Paula Pera y el fin de los Tiempos, le ha dado un aire distinto a una escena alternativa bogotana tradicionalmente ligada al rock y, en ocasiones, al pop. Con una propuesta marcada por una estética vintage y sonidos que van del indie rock y el dream pop al synth pop, su trabajo también encuentra inspiración en la tradición musical colombiana y latinoamericana, construyendo un universo nostálgico que parece dialogar directamente con la sensibilidad de la capital colombiana.

Antes de convertirse en una de las voces más llamativas de la nueva escena alternativa, Paula Pedraza ya llevaba varios años moviéndose dentro del circuito independiente de la ciudad. La cantante hizo parte de Stallone, una banda influenciada por el indie y el dream pop, antes de dar forma a un proyecto mucho más íntimo y personal. Fue durante una temporada trabajando como cantante en cruceros, entre 2019 y 2020, cuando empezó a escribir las canciones que eventualmente darían vida a Paula Pera y el fin de los Tiempos. Composiciones nacidas como diarios emocionales atravesados por la nostalgia, el desamor y la incertidumbre de crecer. Esa sensibilidad presente desde sus primeros años llamó la atención de Esteman, quien la invitó a participar en ‘Difícil querer’, uno de los temas de su álbum Si volviera a nacer. La colaboración ayudó a posicionar el nombre de Paula dentro de la escena indie nacional incluso antes de la consolidación de su proyecto solista.
Apenas tres años después del nacimiento del proyecto, Paula Pera y el fin de los Tiempos se convirtió en uno de los nombres más comentados del mundo underground tras ganar Rompe Colombia 2023, la iniciativa de Amazon Music enfocada en impulsar artistas emergentes del país. La victoria no solo le dio una mayor visibilidad dentro de la industria nacional, sino que también confirmó que había espacio para una propuesta alejada de las fórmulas más comerciales del momento. En medio de una escena dominada por el urbano y el pop latino, el proyecto de Paula logró destacar gracias a una identidad construida desde la melancolía, la nostalgia y la canción de autora.
El reconocimiento llegó justo antes del lanzamiento de FIN DE LOS TIEMPOS, su álbum debut, publicado en 2024. El disco terminó de consolidar ese universo sonoro que la bogotana había venido construyendo desde sus primeros sencillos —como ‘Bajo el cielo azul’ y ‘Antes de los 30’, junto a Nicolas y los Fumadores—, mostrando un cruce entre el indie rock, el dream pop, el synth pop y referencias directas a la balada latinoamericana y la llamada “música de plancha”.
El 2024 de Paula no se limitó a un impresionante debut. Tras el lanzamiento, Paula estableció su propuesta gracias a hitos como su paso por el Festival Estéreo Picnic y sus nominaciones a los Premios Nuestra Tierra en las categorías de Mejor Artista Alternativo Rock/Indie y Mejor Canción Alternativa Rock/Indie. Ese crecimiento continuó durante los años siguientes con presentaciones en espacios como BIME Live, confirmando el ascenso de un proyecto que, en poco tiempo, pasó de los circuitos independientes bogotanos a convertirse en uno de los nombres más llamativos de la nueva música colombiana.

Después de esos grandes logros en su carrera y tras dos años de evolución y reflexión, Paula llega este 2026 con su segundo álbum de estudio, noquieroquemequieras. “Este disco nace de las conversaciones nocturnas con mis amigas y de mis propias historias. Es, en esencia, el intento de ponerle música a todo lo que nos sucede cuando nos rompen el corazón y cuando volvemos a enamorarnos”, afirma Paula sobre esta nueva etapa, transformando las notas de voz de sus amigas en canciones de pop alternativo.
El álbum, compuesto por diez canciones, recorre el amor en todas sus formas a través de una estructura casi simétrica en la que, mientras una mitad explora la euforia del enamoramiento, la otra se sumerge en el vacío del desamor. Musicalmente, el proyecto amplía todavía más el universo sonoro construido desde el inicio, moviéndose con naturalidad entre las corrientes exploradas desde sus primeros temas y sonidos más cálidos cercanos a la bachata y la tradición latinoamericana.
El lanzamiento también llega en un momento clave para la artista bogotana. Su crecimiento ha comenzado a expandirse fuera del país, especialmente hacia México, actualmente uno de los mercados más importantes para cualquier artista. Allí, recientemente participó en un songwriting camp junto a Ximena Sariñana y El Sant (Little Jesus).
En un momento en el que gran parte de la música colombiana parece enfocada en la inmediatez y las fórmulas virales, Paula Pera y el fin de los Tiempos ha encontrado un espacio apostándole a algo mucho más íntimo: canciones que habitan la nostalgia, el desamor y la vulnerabilidad sin miedo al dramatismo. Más que intentar definir un sonido bogotano, el proyecto de Paula Pedraza parece capturar una sensibilidad muy particular de la capital. Esa mezcla entre melancolía, romanticismo y caos emocional que atraviesa a toda una generación de jóvenes creciendo en la ciudad.
Con noquieroquemequieras, Paula no solo expande el universo sonoro que comenzó a construir desde 2020, sino que también reafirma su lugar dentro de una nueva ola de artistas latinoamericanos que están reinterpretando las tradiciones románticas de la región desde el indie y el pop alternativo.
Aunque su música siga creciendo y cruzando fronteras, en el fondo sus canciones todavía conservan la sensación de una conversación nocturna entre amigos intentando entender qué significa amar, crecer y sobrevivir a ambas cosas.
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“Sin el público uno no es nada. Suena cliché, pero es la realidad: sin fanáticos, el artista no es nada”: Sech.
Después de un sinnúmero de éxitos lanzados entre 2019 y 2021, en discos como Sueños, The Academy —junto a Dalex, Feid, Lenny Tavárez, Justin Quiles y Rich Music—, 1 of 1 y 42, Carlos Isaías Morales Williams, mejor conocido como Sech, dejó un poco de lado las luces de la gran industria y la fama para centrarse en él y en su salud, una experiencia que cambió su mentalidad en muchos aspectos y lo llenó de madurez.
Desde México, el nacido en Río Abajo, Panamá, habló con ROLLING STONE en Español sobre los cambios de mentalidad que ha vivido durante su carrera, la madurez adquirida lejos de los reflectores y su nuevo disco: Secho Gang, un homenaje a quienes siempre han estado ahí, a su lado.
“La historia de la música urbana le debe mucho a Panamá, desde el reggae en español y El General. Nosotros mezclamos mucho con el dancehall y nuestra esencia es muy jamaiquina, entonces, a la hora de hacer reggaetón sonamos de manera única. Eso hace especial al reggaetón de Panamá”, empieza diciendo sobre eso tan especial que tiene el país del Canal y por qué el reggaetón panameño tiene un estilo que lo diferencia del resto.
Después de Esa noche terminó de día, el último disco lanzado en 2025, Sech regresa con Secho Gang: “Este disco es un llamado a todos mis fanáticos que me han apoyado durante mi carrera. Me perdí un tiempo por cuestiones que se salían de mis manos, pero hubo un público que siguió firme siempre conmigo. Después de dos años, pude volver a sacar música y nadie podía asegurar que me escucharían, pero la gente me siguió apoyando. Entonces, este disco es oficializar esa familia inmensa que tengo”. Y complementa: “Es un disco pa’ que la gente baile y la pase bien donde sea que se encuentre. Las canciones son del público y por eso estoy haciendo tantos meet & greet, para de verdad conectar”.
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Jay Wheeler, Kris R., Lucho RK, Ryan Castro y Kybba fueron los invitados a participar en esta nueva producción, en la que, aunque no hubo mucho tiempo para grabar, Sech rescata la disposición de sus compañeros para sumarse al disco y el apoyo que recibió. “Cada colaboración fue especial por el apoyo y la disposición de cada uno de los artistas”.
Para un artista, muchas veces salir del radar de “los más pegados” o de los más escuchados suele ser una experiencia desastrosa a nivel artístico y personal, pero para Sech fue el momento justo para madurar. “Fue un momento en que me puse pa’ mí y pa’ mi salud. Bajar de peso y fortalecerme tanto física como mentalmente. Fue un break para estar con mi familia, fue un momento donde maduré y aprendí mucho”.
¿Cuál fue el mayor cambio entre ese Sech de antes y el de después del break? “Madurez en la presión con la que hacía las cosas. Antes solo me enfocaba en pegar las canciones, sin pensar si de verdad me encantaban. Ahora estoy haciendo cosas que en verdad me gustan y me apasionan, sin tanta presión”.
Y es que temas como ‘Priti’, junto a Danny Ocean, o ‘Novio No’, junto a Ryan Castro, demuestran a un Sech que sigue vigente, pero sin la gran presión de la industria.

Como él mismo lo explica —y como lo ha demostrado a lo largo de su carrera—, las versiones acústicas de sus canciones han jugado un papel fundamental en su obra. “Me encanta lo acústico, sobre todo por la conexión que se genera con el público. Yo lo veo en los comentarios de los videos. Son un regalo de mi parte”.
Como muchos artistas alrededor del mundo, grabar y compartir junto al canadiense Justin Bieber es uno de los mayores sueños del panameño, quien se entusiasma al mencionar que otros sueños, como grabar al lado de Daddy Yankee, Bad Bunny o Reik, ya los cumplió. Además, se refirió a nuevas generaciones que lo tienen “loco”: “Me fascina lo de Milo J y lo de Elena Rose. Tengo sus discos quemados de tanto escucharlos”.
“El futuro de la música urbana es infinito. Cada cierto tiempo nos vamos ligando a ciertas variaciones, pero es como un círculo: la tendencia del ayer vuelve a ser la del mañana. Urbano con tropical, después ligado al pop, damos vuelta con el trap y luego volvemos al reggaetón de la mata. Es algo cíclico”, reflexiona el artista sobre el futuro de los sonidos urbanos, un terreno en el que se siente cómodo desde cualquier ángulo.
Volviendo a temas de la gran industria musical, Sech siente que el mayor reto de estar en la cima es alejarse de su familia y de sus seres queridos. “El tiempo no vuelve. Los padres siguen creciendo”, dice con nostalgia.
Y al hablar del tiempo, en unos 20 años en el futuro se percibe como un ser humano tranquilo, aunque sin saber si seguirá envuelto en el universo de la música. “Cuando llegue a mi momento más alto, me voy a retirar. Yo amo la música, pero siempre he tenido en mente que cuando llegue a mi punto más alto, me voy a retirar, y sin regresos inesperados. Me retiro del todo”.
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El Festival Internacional de Cine de Cannes está a punto de llegar a su fin, pero como sucede cada año, en sus diferentes actividades ha habido espacio para abordar problemáticas que todavía afectan a la industria cinematográfica. El fin de semana, Cate Blanchett se sentó junto al periodista francés Didier Allouch para charlar sobre su carrera y reflexionar sobre algunas de las causas que ha defendido.
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En uno de los momentos más importantes de la conversación, la actriz australiana se mostró decepcionada por la manera en que el movimiento #MeToo se ha desvanecido con el paso de los años. “Hay muchas personas con plataformas que pueden hablar con seguridad y decir, ‘Esto me pasó’, y esto ha impulsado a la mujer del común a decir #MeToo. Entonces, ¿por qué se ha dejado de hacer?”, apuntó. “Lo que el movimiento reveló es que se trata de abuso sistémico, no solo en esta industria sino en todas, y si no identificas el problema, no lo puedes resolver”.
Más adelante, habló sobre cómo en la industria del cine sigue habiendo una gran disparidad de género cuando se habla de los equipos detrás de las cámaras: “Cuando voy a sets de grabación y hago la cuenta del personal, todos los días, aún hay unas 10 mujeres y otros 75 hombres”. “Amo a los hombres, pero lo que pasa es la misma situación de siempre. Tienes que adaptarte y estoy acostumbrada a hacerlo, pero llega un punto en el que se convierte en una situación aburridora para todos cuando trabajas en un lugar homogéneo. Considero que tiene una repercusión en el trabajo”, señaló.
Días antes, también en Cannes, Julianne Moore habló sobre la presencia de las mujeres en cargos dentro del cine distintos a la actuación, y aseveró que la disminución de la representación ha afectado otros oficios. “No hay representación en cargos ejecutivos, en los medios, ni en la educación superior. Hay muchos lugares en los que no tenemos la representación que merecemos, así que siento que es un problema mayor”, dijo. La actriz estadounidense añadió que la única forma de cambiar el panorama es seguir insistiendo y utilizando los privilegios que se tienen para levantar la voz y contratar más mujeres.
Pese a que reconoció que la situación sí ha mejorado desde que inició su carrera en los 80, recordó un rodaje en el que las únicas mujeres en el set era una asistente de cámara y ella. “Esto ocurrió cuando Hillary Clinton perdió las elecciones, y juntas nos sentimos devastadas. Le dije, ‘Mira alrededor, somos las únicas aquí’”, relató. No obstante, Moore destacó que para las mujeres sus mejores aliadas son otras mujeres pues existe respaldo, se contratan entre sí y son quienes escriben historias que sí cuentan como representación.
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A cuatro décadas de Llegando los monos (1986), disco fundamental de Sumo, el bajista Diego Arnedo recordó el origen completamente accidental del título del álbum. Fue en la entrevista para la reciente nota de tapa de Divididos en Rolling Stone donde el músico recordó una vieja escena callejera junto a Roberto Pettinato en Villa Gesell.
“Estábamos en Gesell, con Pettinato y no sé con quién más… y teníamos que hacer como propaganda de un concierto de un barcito”, empieza relatando Arnedo. Según cuenta, salieron a la calle improvisando una especie de promoción ambulante para un show. “Yo agarré, no sé si era un altoparlante, un cono… un cono con una cartulina, y empecé a decir: ‘Llegando los monos’”.
“Decía el nombre del bar y de las calles… de la 4 y no sé qué. La Mar en Coche, alguno de esos”, recordó el músico antes de imitar nuevamente el grito improvisado: “¡Llegando los monos!, ja ja ja, llegando los monos, llegando los monos”. La frase empezó como un delirio callejero, pero se convirtió en el título del próximo disco de Sumo.
“Y bueno, quedó la frase de una propaganda callejera de nosotros mismos. Y fue al disco. Así son las cosas, viejo”, cerró Arnedo.
Con canciones como “Los viejos vinagres”, “El ojo blindado”, “Nextweek”, “Heroína” y “Mañana en el Abasto”, que consolidaron la identidad de una banda que ya no sonaba a nada conocido en la Argentina de mediados de los ochenta, Llegando los monos, el segundo álbum oficial de Sumo, , editado el 22 de mayo de 1986, fue un estallido creativo que terminó de sacar al grupo del under para convertirla en una anomalía irrepetible dentro del rock argentino: punk, reggae, funk, no wave y caos urbano comprimidos en poco más de cuarenta minutos.
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El mismo día en que la Selección Argentina se coronó campeón del mundo en el Estadio Azteca, Sumo grabó, a las once de la mañana del domingo 29 de junio, un furioso set de dos canciones en Feliz domingo para la juventud. El programa ómnibus se transmitía en vivo a través de Canal 9, pero las bandas invitadas tenían que registrar su participación antes de las trece horas, horario de inicio de las maratónicas jornadas conducidas por Silvio Soldán en donde varios colegios secundarios competían por un premio mayor, el anhelado viaje a Bariloche para una división completa. Algunos grupos optaban por la salida del playback, los músicos de Sumo optaron por el overol: no dudaron un instante en enchufar sus instrumentos y sonar como si no hubiera un mañana. Venían sin dormir luego de una noche interminable que incluyó un show en la discoteca Electric Circus de Quilmes. Tocaron canciones del segundo álbum, Llegando los monos, que tenía poco más de un mes de vida y ya pintaba para disco de adhesión instantánea. Primero sonó “Que me pisen”, un reggae cargado de argentinidad mientras la audiencia estudiantil agitaba banderas nacionales en un rito festivo a la espera de la gran final, pero es la versión furibunda de “Los viejos vinagres”, un funk sostenido por el saxo tenor de Roberto Pettinato y el bajo monumental de Diego Arnedo, la que desató la locura compartida. Luca Prodan, enfundado en una campera de cuero, cubre su cabeza rapada con una peluca y domina toda la escena, la banda en segundo plano luce su clásico look variopinto, es una mezcla entre The Clash –circa Combat Rock– y una cuadrilla de Segba, hay pantalones militares, borcegos y anteojos de sol. La imagen del día de la final de México 86, que permanece inalterable en YouTube, funciona como un termómetro del instante perfecto que vivía la banda más atípica del rock argentino modelo 1986. Desde las tribunas, pibes y pibas que no superaban los 17 años cantan el estribillo robado a Rubén Darío: el “¡Juventud divino tesoro!” baja de las tribunas como una aprobación y el cantante devuelve el gesto alzando la mano derecha a favor de una “v” peronista. Sumo era popular y nacional, al menos en ese momento diferido.
Entre marzo y abril, Sumo registró Llegando los monos en los estudios Panda. Las condiciones de grabación mejoraron de manera ostensible frente al disco debut: tanto la elección de Panda como la presencia de Mario Breuer en la operación técnica y mezcla determinaron que la banda acariciara, por primera vez, el sonido que lograba en vivo. Luca se mantuvo a distancia de las decisiones finales. Grabó sus partes vocales con rigor espartano y ofició de consigliere en algunas cuestiones. La locura estaba sobre los controles en donde Diego Arnedo, Ricardo Mollo, Germán Daffunchio y Roberto Pettinato bombardeaban a Breuer, un auténtico piloto de tormenta en un mar de libaciones y sustancias. Nada alejado de los usos y costumbres de una época signada por la idea del estudio como zona liberada para la experimentación con estímulos externos y la búsqueda por retener el flash del instante creativo.
“En cuanto al significado de Llegando los monos, tiene tres sentidos”, cuenta Luca en una entrevista firmada por Adriana Mercuri en la revista Pelo. “El primero hace alusión a la vuelta de los milicos (no tenés más que ver lo reiterativo de la historia argentina). El segundo habla de nosotros y el tercero es anecdótico. Resulta que estábamos en Villa Gesell y no teníamos un mango porque la municipalidad nos había prohibido tocar a raíz de que yo había puteado a una vieja. Después la señora se volvió a Buenos Aires y pudimos tocar. Entonces salimos con un altavoz a la playa y nosotros mismos gritábamos: ‘No es una alucinación. Está Sumo en Villa Gesell… llegando los monos’”.
Por primera vez la voz de Sumo llegaba a la tapa de Pelo, el retrato de Luca por encima del icónico logo de la revista suponía un reconocimiento de la publicación reforzado por el título (“Sumo – Éxito para el under”). En el número 270 de julio de 1986, el italiano errante habla del reciente lanzamiento y posa junto a la banda, en ninguna de las fotos disimula un magullón sobre su ceja derecha. La imagen abona la leyenda del peleador callejero, en la nota no hay mención a las marcas que en una de las fotos interiores son aún más notorias.
“En realidad, este es el segundo disco para la CBS, pero es el tercero de la banda. El primero es una casete de producción independiente llamado Corpiños en la madrugada. Llegando los monos surgió de una cuestión íntima, no sé para los demás. Yo soy algo así como el director musical, tenemos mucha creatividad. Hicimos temas que la gente no conoce. Pero ahora estamos en la de grabar un disquito por año, obedeciendo a las exigencias del público. Y bueno, yo quiero al público…”, dice Luca que nunca escondía la importancia de aquel registró inicial que se vendía en los recitales y en algunas disquerías. En aquella grabación todavía no habían ingresado Mollo ni Alberto “Superman” Troglio y la batería estaba a cargo de Alejandro Sokol. El título del nuevo álbum remitía directamente a aquel verano fatídico.

La gira veraniega de Sumo casi termina con la banda. En septiembre de 1983, Timmy MacKern –manager y el gran amigo de Prodan–, Germán y Luca viajaron a Villa Gesell con la idea de alquilar una casa y hacer base, para luego tocar en otras playas de la Costa Atlántica. El plan parecía viable, porque viajaban con su propio sonido. En ese mismo viaje cerraron varios shows en el balneario Charly, un trato que aseguraba solvencia económica para todo el mes de enero. Luca ya tenía armado su tiempo compartido: la primera quincena la compartiría con Mónica Stromp –su novia oficial– y en la segunda llegaría Ester, una historia que comenzó en el Café Einstein, el primer espacio en donde Sumo era la banda residente y en donde la chica trabajaba como camarera del antro regenteado por Omar Chabán. El resto de los músicos se mantenía dentro de los cánones de la monogamia, que en algunos casos también incluía hijos, esposas o novias. Al segundo día, el recital en Charly terminó en una pelea con el dueño, ante la insistencia de Luca para que los “conchetitos” aportaran algo cada vez que pasaban la gorra. En muy poco tiempo, lo que parecía un plan ideal se transformó en deuda, hambre y malestar generalizado. La segunda oportunidad tuvo lugar en un coqueto boliche de Gesell, pero terminó en una trifulca descomunal con varios lesionados. El resto de aquella gira fue buscar algún modo de obtener dinero, que incluyó desde ofrecer el sonido a otros músicos a directamente tocar en un cabaret. La gira también sumó pequeños hurtos de lácteos en supermercados de la zona y promociones de los pocos shows que lograban cerrar a través de un altoparlante instalado en la camioneta de Timmy. Anunciaban a Sumo bajo el lema: “Llegando los monos”.
La suerte de Llegando los monos quedó sellada un año antes de su edición. El llamado casi desesperado de Pettinato a Breuer inició el plan de evolución de Luca y los Cinco Magníficos. “¡Negrito, nos tenés que salvar, porque estamos en la puerta del disco más significativo del rock nacional de la historia!, y acá hay una sarta de sordos hijos de puta que van en contra de esto que está pasando, vos no sabés el disco que grabamos, loco, pero los tipos que me pusieron a mezclar no entienden nada”, le dijo el saxofonista a Breuer en busca de un aliado capaz de mezclar las canciones de Divididos por la felicidad. Finalmente el rescate no se produjo, pero el ingeniero de sonido fue el elegido para trabajar en el nuevo álbum de la banda.
“En esa época Panda tenía un control y desde allí podían verse tres salas: una grande en la que se grababan casi todos los instrumentos, una más chica al medio y al final, una sala mediana. Todos estaban separadas por vidrios, así que desde el control podías ver hasta el fondo”, dice Mario Breuer en su libro Rec & Roll: Una vida grabando el rock nacional. “El día que entró Luca decidió que quería estar en la sala del fondo, así que apenas entraba se instalaba ahí y salía sólo cuando terminaba la sesión. Muy pocas veces pasó al control”.
Llegando los monos empieza como termina, la canción homónima es una freakeada que en el inicio dura 36 segundos y en su versión reprise llega al minuto. “Los Sumo tenían un grabador Fostex de 8 canales, muy simple. Habían traído unas pistas grabadas en él y querían sumarle ‘ambiente’: un chiflido, un uhh-ahh, y para eso necesitábamos gente. Un día en el que estaban todos los integrantes de la banda más invitados y asistentes, aprovechamos para grabar eso; como no había auriculares para todos, dejé abiertas las puertas del control y de la sala y pasamos esas pistas al grabador de 24 canales. Puse a grabar y me fui a la sala con el resto de la gente a hacer bardo. La idea era que el uhh-ahh fuera un loop que durase unos pocos minutos pero, cuando fui a parar el grabador, el ambiente que se había generado estaba tan bueno que lo dejé seguir corriendo. Hasta que Diego Arnedo gritó desde adentro: ‘Pará, Mario’. Eso es lo último que se escucha en Llegando los monos”, dice Breuer.
El envión proto-punk de “El ojo blindado”, inspirado en un regalo de Mónica, la novia de Luca, es el verdadero arranque del disco. La canción está inspirada en un dije con forma de ojo, que, según el dueño, controlaba sus movimientos infieles. El segundo disco para CBS Columbia significó un salto de calidad respecto a Divididos por la felicidad, pero no varió en nada el eclecticismo clásico-moderno que imponía Sumo cada vez que desviaba la mirada para correr el foco de atención: el raggae roots estaba presente en menor medida que en el disco anterior, un tema de La Hurlingham Reggae Band como “No Good”, o “Rollando”, solo incluido en la edición en casete, colocaba una vez más a Sumo como la mejor traducción argentina del legado jamaiquino. “Hay un tema dedicado a mi exsuegro, que en alemán me decía: ‘Él no está bien’, descalificándome como candidato para su hija”, le dijo Luca a Gloria Guerrero en las páginas de la revista Humor en junio de 1986, a propósito del tema en donde Tito Fargo, guitarrista de La Hurlingham, participa en la composición.
El tercer surco del vinilo captura, tal vez, la mejor canción de Sumo, un veredicto que sin llegar a ser unánime abraza a fanáticos o recién llegados al universo Prodan. “Estallando desde el océano” es la combinación perfecta del mejor Sumo como fuerza épica post-punk. Originalmente el tema se conocía bajo el nombre de “Bruce” por su in crescendo imparable muy Springsteen, en la línea “Born to Run”. En la letra Luca cita al poeta Samuel Taylor Coleridge (el poema Kubla Khan), padre del romanticismo inglés, y a David Bowie desde los versos de “Queen Bitch”, utiliza específicamente el verso sobre el “bipperty bopperty hat”. Pero más allá de las citas, en la canción aparece la dramática autorreferencia con la frase “un ciego guiando a los ciegos”. También es la consolidación del núcleo Prodan-Arnedo: “Yo para cantar escucho el bajo”, dijo Luca más de una vez. El otro pilar que sostiene el hit oscuro es el doble comando que establecen las guitarras de Mollo y Daffunchio, siempre en tensión y al mismo tiempo revelando nuevas formas de ampliar el horizonte Sumo.
Los discos que trajo Luca de su estadía de siete años en Londres podían escucharse en las canciones del sexteto de Hurlingham, no eran copias sino la más pura apropiación que sostiene al rock desde sus tiempos fundacionales. Sumo rescató la psicodelia sombría heredada de los Doors mucho antes de que Oliver Stone simplificara el legado de la banda de Jim Morrison, y también introdujo en la escena local la escuela de pensamiento Lou Reed. “Heroína” es modelo y brújula del ideario Prodan, un buen ejemplo de cómo transformar el peor dolor en una bellísima y sentida marcha lenta. Como un buen amigo de lo ajeno, Luca tomó la canción compuesta por Reed y la volvió propia por derecho de adicción, es sabido que el cantante italiano llegó al país escapando del consumo que lo estaba matando y esa sombra lo acompañó hasta sus últimos días. “Solía estar encantado con esta vida de rock & roll pero ahora amo este mundo suicida”, dice la letra y cambia el foco de atención cuando destraba la carga dramática al incluir un jingle publicitario de la época sobre una marca de shampoo a modo de estribillo (“Soltate con Wellapon, soltate el pelo con Wellapon”). En varias oportunidades, antes de tocar “Heroína”, Luca hablaba del episodio que se llevó la vida de su hermana Claudia. Ella y su novio, Carlo Pistoni, se suicidaron en julio de 1979, inhalando monóxido de carbono en un auto. Antes se habían picado heroína. A Luca le impactó profundamente porque había iniciado a Claudia en el consumo. “Warm List”, uno de los primeros temas de Sumo, se refiere al episodio.
La versión de “Heroína” incluida en Llegando los monos pertenece a uno de los primeros registros de la banda. Grabado en los estudios Del Jardín en octubre de 1983, la toma original con Alejandro Sokol en batería nunca pudo ser mejorada. “Siempre dije que ‘Heroína’ fue la batería de Alejandro Sokol. Se trató de una versión tan única que no pudimos volver a repetirla, y así nomás la pusimos, transportada de una cinta. La batería flotaba y el tema también, y si de flotar se trataba, Alejandro era el maestro de todos. En Sumo las cosas sucedían. Nadie preguntaba demasiado y un día podías enterarte de que Alejandro dejaba el grupo por una religión y ni siquiera tomarte el tiempo para entender cómo es que Superman pasó de la Hurlingham a Sumo para su reemplazo”, dijo Pettinato en una entrevista a Rolling Stone de 2017.
En aquel encuentro, el saxofonista remarcaba una y otra vez la condición de banda unida al nombre de Sumo. Luego de la muerte de Luca, en diciembre de 1987, el mito empezó a borrar de a poco esa percepción inicial. “Sumo era un grupo, no era Luca y un montón de argentinos rejuntados por ahí. Porque de otro modo hubiésemos juntado un par de Virus, parte de Los Twist y parte de cualquier otra banda y vamos a ver si te sonaba a Sumo… No te iba a sonar Sumo ni en pedo. Nadie escuchaba la voz de Luca únicamente. La gente toda la vida dijo: ‘Vamos a ver a Sumo’, ‘Me compré el disco de Sumo’. No era nada más que la presencia de Luca, era la presencia colectiva de un grupo como La Máquina de Hacer Pájaros, como Serú Girán, aunque acá hay más una tradición de solistas con bandas”.
En el podio de Llegando los monos permanecen “TV caliente” con todo el amor de Luca a la actriz italiana Virna Lisi. Otro instante glorioso se escucha en “Que me pisen”, el tema que como tantos otros nació del asombro de un europeo ante un territorio totalmente ajeno a su hábitat. Para 1986, el cantante italiano ya era un avezado sociólogo del ser nacional. Nadie podía hacerle entender por qué algunos automovilistas locales cruzaban un paso a nivel cuando la barrera estaba baja.
Casi de manera culposa, Sumo se permitió el diseño de un hit radial. “Los viejos vinagres”, una idea original de Pettinato, atrapaba desde el ritmo disco-funk y su estribillo arengador, pero para Luca la canción escondía otras intenciones: “Nosotros vivimos de esto, así que necesitás adecuarte un poco a la situación comercial. Confieso que esa canción fue hecha con un poco de mentalidad comercial”, dijo el cantante al semanario uruguayo Aquí.
Gonzalo Palacios, saxofonista de Los Twist, es el único músico invitado del disco y sobresale en sus ataques certeros en “Los viejos vinagres”. “Con Germán hicimos ‘Los viejos vinagres’. Para facilitarle la historia a Luca, primero la canté en inglés y era otra cosa. Era una crítica al periodismo de música country. Se llamaba ‘Country Music Journalism!’. Él metió después lo del Captain Cook y me explicó la historia de este militar inglés al que mataron en Hawái. Pero era muy gracioso cómo lo contaba, decía: ‘Este pelotudo inglés fue a pararse delante de los indios y como lo vieron tan brillante y lookeado lo cagaron a flechazos’. Por eso dice: ‘Dale dale con el look, pero no termines como Captain Cook’”, dice Pettinato.
En los detalles, la mezcla de estilos, el caos organizado y esa rara cualidad de encastrar piezas disímiles, Sumo mejora como idea grupal en la grabación de Llegando los monos. La intervención de Mario Breuer, festejada por casi todos los integrantes, marcó la diferencia. “Estamos muy cómodos trabajando con Mario, él escucha y opina, lo cual hace más fácil grabar sin productor artístico”, dijo Arnedo en una breve entrevista con Pelo. “En realidad nosotros optamos por trabajar sin productor porque aquí no hay muchos, y los que existen hacen de lo que graban un producto de sí mismos”. Ricardo Mollo, en cambio, no opinó lo mismo: “Era un tipo que te grababa tal como grababa a todo el mundo, y eso hacía que sonaras como todos y no como sonabas vos”, dijo el guitarrista a la revista La Mano en 2008.
Al igual que la imagen misteriosa que ilustraba la tapa de Divididos por la felicidad, el nuevo disco de Sumo invitaba a descubrir y perderse en su simbología. La portada del disco debut mostraba una foto tomada de la TV, en donde dos ballenas yacían en una playa. Según Luca, la imagen representa los cuatro elementos: el sol (fuego), el cielo (aire), el mar (agua) y la playa (tierra). Para la tapa de Llegando los monos, Luca, Pettinato y Timmy eligieron una imagen de la obra conceptual del artista búlgaro Christo Vladimirov Javacheff llamada Package 1961. El artista proponía a través de la imagen del tejido y el embalaje la falta de libertad en la vida cotidiana. “Pusimos una foto de una serie de objetos de artista que envolvía todo tipo de cosas, edificios, islas, de todo. A Luca le gustó porque decía: ‘Los periodistas van a preguntar qué significa y nosotros les podemos decir que dentro del paquete vienen los monos’”, dice el saxofonista.
Llegando los monos llegó a las disquerías el 22 de mayo de 1986 y tuvo una aceptación instantánea en aquellos lugares en donde Sumo antes no accedía por derecho propio. El disco tenía canciones pegadizas sin perder reflejos originales como cierta mugre punk o el probado eclecticismo para saltar por diferentes estilos. Estaba muy claro que todos los caminos de la consagración conducían a Obras Sanitarias.
La primera escala tuvo a Sumo como dueño total del afiche para la presentación de su nuevo disco el sábado 9 de agosto. “Sumo apabulló, demostrando no solo que en la evolución sigue superándose a sí mismo, sino también que hoy es una de las bandas más grandes que tiene el rock local”, escribió Federico Oldenburg desde la sección En Vivo de la revista Pelo. El concierto quedó registrado en VHS y sin demasiado despliegue de cámaras ni de planos jugados reflejó fielmente la épica del grupo. Como boxeadores que se dirigen al ring o una versión criolla del film This Is Spinal Tap, la secuencia inicial expone en apenas un minuto la épica de la banda: Mónica a un costado observando los movimientos previos, Geniol –amigo entrañable de Luca– estirando su cuello de mimo y los Sumo como un bloque compacto de peleadores callejeros junto a dos forzudos con rasgos orientales que oficiarán de estatuas japonesas, todos esperando la orden de salida. Suena “Crua- Chan” y ese himno de guerra escocés –aún inédito– será la señal de combate. Nada volverá a ser igual para todos los que gritan desde el otro lado del escenario, ver a Sumo en Obras significaba una experiencia de arte colectivo, sudor e identidad.
Desde su arribo a Ezeiza, en marzo de 1980, Luca Prodan podía sentir que esa fuga hacia el fin del mundo había valido la pena. Formó una banda y ya tenía una obra de dos discos oficiales sonando en las radios argentinas, anhelo impensado durante sus años londinenses. Seguía escribiendo un guion imposible con romances, peleas callejeras y mil anécdotas urbanas. Pero en varias entrevistas de 1986 repetía una cantinela trágica: “Yo dentro de poco me voy a morir”, mientras crecía la repercusión pública que imponía su estampa de tipo rudo y máximo consumidor de ginebra Bols. Como un paciente acostumbrado a las recaídas, Luca vivía la dinámica de un sube y baja permanente, por momentos espléndidos y en otros afloraban discusiones infernales. La negativa de Luca a abandonar el alcohol siempre fue la madre de todas las controversias. En la banda, sólo Germán enfrentaba el problema cara a cara, que en varias oportunidades terminó en escenas de pugilato. Desde los primeros días serranos, el núcleo fundador de Sumo también sabía que Luca estaba muriéndose. A ese destino inexorable, Germán, Timmy y Mónica, o amigos como Jorge Crespo o Claudia Gernhardt, ofrecieron batalla y cuidado para un trastorno mucho más complejo que el rótulo de dependencia alcohólica.
Hacía rato que había comenzado su tiempo de descuento, aunque las canciones únicas, furiosas y divertidas de Llegando los monos anunciaban todo lo contrario.
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Las primeras notas del acordeón en ‘Dime pajarito’ son el ejemplo perfecto del sentimiento propio del vallenato.
En tierra de acordeones nació Israel Romero Ospino, en Villanueva, La Guajira. Participó en el primer festival de su pueblo, que años más tarde se convertiría en el Festival Cuna de Acordeones, donde ocupó el segundo lugar. Tiempo después grabó, junto a Daniel Celedón —tío de Jorge Celedón, quien años más adelante haría parte del Binomio de Oro de América—, su primer disco. De esta primera etapa junto a Daniel Celedón resalta el éxito ‘Amanecemos parrandeando’.
En 1976 conoció y fundó, junto a Rafael Orozco, el Binomio de Oro… El resto es la historia de la agrupación vallenata más importante del país que, tras la muerte del nacido en Becerril, Rafael Orozco, se transformó en el Binomio de Oro de América. Y aunque el nombre se extendió, al igual que sus intérpretes, el acordeón de Israel Romero siguió marcando la pauta del género con un sentimiento cautivador y melancólico que, durante más de 50 años, ha enamorado y ayudado a aguantar las tusas de toda Colombia. El Binomio de Oro y, posteriormente, el Binomio de Oro de América, se convirtió sin duda en la Universidad del Vallenato.
Desde ese primer disco junto a Orozco, nombrado igual que la agrupación, se veía venir una creciente de éxitos que, con el paso de los años, se convertirían en clásicos. De ese primer álbum hace parte esa canción con la que todos los amantes del vallenato y un alto porcentaje de colombianos gritan: “Clara”, en ‘La creciente’.
Los éxitos convertidos en clásicos no cesaron: ‘Relicario de besos’, en el álbum Los elegidos; ‘Dime pajarito’, en Clase aparte; ‘Sombra perdida’ y ‘Muere una flor’, en De caché, un disco que ya empezaba a exaltar el nuevo estilo hacia el que giraba el vallenato, uno más elegante y estudiado. ‘Solo para ti’, ‘Lleno de ti’, ‘No sé pedir perdón’ y ‘Esa’ fueron algunas de las muchas canciones reconocidas de la agrupación. A esto se suma su presentación en el Madison Square Garden, donde dejaron claro por qué eran una de las agrupaciones más importantes de Colombia, plasmando en la memoria de muchos un popurrí de cumbias tradicionales.

Sin más preámbulo, los dejamos en una entrevista exclusiva para ROLLING STONE en Español de Israel Romero:
¿Cuál diría que es la esencia vallenata?
Tanto la música como la letra tienen el mismo peso dentro de la esencia del vallenato. La música vallenata es demasiado nuestra; el acordeón vallenato es único de nuestra región y la forma en que lo tocamos es muy distinta a la de otros géneros musicales que utilizan este instrumento diatónico. Las letras son, en esencia, sucesos que hemos vivido los vallenatos, historias peculiares, y eso también es una parte vital del vallenato.
Con mi compadre Rafael Orozco modernizamos el género, pero sin perder la esencia, y eso fue algo que cuidamos mucho cada vez que innovamos. Es como en la gastronomía, hay comidas típicas que hoy se preparan de manera gourmet, pero no dejan de ser colombianas. Se puede modernizar todo lo que se quiera, sin quitarle la pureza al folclor.
¿Cómo conoció el acordeón y cómo aprendió a tocarlo?
Mi infancia estuvo llena de música. Mis dos abuelos fueron acordeonistas, mi papá fue acordeonista, mis tíos fueron acordeonistas, mis hermanos y hasta mis vecinos fueron acordeonistas. Yo nací rodeado de acordeones y desde pequeño aprendí a tocarlo. Siempre supe que a esto era a lo que me iba a dedicar.
El primer disco del Binomio de Oro, que lleva el mismo nombre de la agrupación, tuvo su primer gran éxito: ‘La creciente’. ¿Cómo fueron esos primeros trabajos y momentos junto a Rafael Orozco?
Juntarnos y formar el Binomio de Oro fue algo de mucha euforia y alegría. Ambos ya habíamos grabado y tenido uno que otro éxito, así que reunirnos fue una explosión de júbilo y esperanza.
La primera canción que grabamos en el estudio fue precisamente ‘La creciente’. Imagínate que la primera canción ya hubiera sido todo un éxito. Aunque, para serte sincero, desde el inicio supimos que esa canción iba a ser importante para nuestra música.
El Binomio de Oro se caracterizaba por tener un vallenato más melancólico y, al mismo tiempo, más elegante. ¿Por qué decidieron proyectar una imagen más sofisticada de lo que normalmente se veía en las agrupaciones vallenatas?
Desde el primer momento en que nos reunimos mi compadre Rafael y yo, decidimos forjar una institución muy organizada que mostrara una cara positiva del género vallenato en todos los aspectos, especialmente en las presentaciones en vivo.
Una vestimenta elegante y unas coreografías preparadas se mezclaban muy bien con los nuevos instrumentos que introdujimos al vallenato, sumado a las letras que interpretábamos: letras muy poéticas que pudieran permanecer en el tiempo y convertirse en clásicos, como finalmente sucedió.
¿Cuál diría que fue el gran legado de ese primer Binomio de Oro?
Con mi compadre Rafael escogimos muy bien las canciones, sus letras y melodías. Dejamos un mensaje, una estela de positivismo en la gente. Sobre todo, elegimos canciones que no maltrataran al género femenino ni a la sociedad en general; nosotros queríamos dejar alegría en la gente.
Hay dos momentos muy fuertes dentro de su carrera como artista. ¿Cómo fue alejarse de los escenarios durante el cáncer y qué sintió en su regreso?
Fue un momento muy duro, porque uno no se prepara para eso. Yo no sabía lo que era estar enfermo; nunca en mi vida lo había estado. Recuerdo la noche en que me di cuenta de mi enfermedad. “La gente no valora lo que es la salud, uno no cree que le pueda pasar esto”, fue lo que pensé en ese momento.
Fue una época de mucha tristeza y, al mismo tiempo, de mucha reflexión. Hay muchos artistas que han muerto en accidentes siendo muy jóvenes. Recuerdo pensar en eso y creer que yo iba a ser parte de esos artistas que fallecieron a corta edad, aunque en mi caso por la enfermedad.
Tiempo después, cuando me sentí recuperado y pude volver a los escenarios, volví a ver la luz y te aseguro que veía todo más bonito. La primera vez que me presenté nuevamente fue en San Cristóbal, Venezuela, y fue inolvidable. Volví a sentirme fuerte al momento de tocar.
La muerte de Rafael Orozco fue durísima para toda Colombia. ¿Pensó en dejar la música, ya que Orozco no iba a estar a su lado?
La muerte de Rafael Orozco tuvo muchas aristas para mí. Lo primero que pensé fue en retirarme de la música. Perdí la motivación y sentía que ya había hecho lo que tenía que hacer dentro del folclor vallenato, que nuestro legado había llegado hasta ahí.
La tristeza fue muy profunda, un sentimiento que después se transformó un poco en rabia por tantos comentarios negativos y mentiras que se dijeron alrededor. Eso también me quitó toda motivación para continuar en la música.
Me fui para Venezuela a trabajar como comerciante por un tiempo. Con el pasar de los días, la gente empezó a preguntarme en la calle por qué no volvía a grabar. Me llamaron disqueras, empresarios y compositores, pero definitivamente yo había decidido no regresar.
Un día, en una bomba de gasolina, me encontré con una niña que vendía chicles. Se me acercó y me dijo: “¿Usted quiere hacerse famoso?”. Yo le respondí, molestando, que sí, y ella me contestó: “Hágase pasar por el del Binomio de Oro”. Que una niña me dijera eso me hizo reflexionar sobre el legado del Binomio de Oro y entender que una agrupación tan fructífera no podía desaparecer. Ahí fue cuando regresé.


¿Usted está de acuerdo con la denominación “vallenato chillón”?
Yo no estoy de acuerdo con ningún término que pueda sonar despectivo hacia la música. Todos los géneros tienen música buena y música mala.
El vallenato se ha distinguido por ser una música con expresión y contenido, que además se baila y se dedica; por ejemplo, el reggaetón no está hecho para dar serenatas. Entonces, todos esos ingredientes importantes que posee el vallenato hacen que términos como “vallenato chillón” o “vallenato llorón” terminen siendo acuñados por personas a las que simplemente no les gusta el género, porque en realidad son canciones excelentes con mensajes muy bonitos. No hay manera de taparle la boca a la gente [risas].
La época dorada junto a Jean Carlos Centeno y Jorge Celedón ya consolidó al Binomio de Oro de América. ¿Cómo fueron esos tiempos?
Específicamente ellos dos fueron quienes más grabaron éxitos rotundos. Fue muy bonito trabajar a su lado, pero, como todo, llegó el momento en que partieron. Los muchachos que vinieron después también tenían muchas ganas de hacer las cosas bien y de dejarse enseñar.
Todos los que han pasado por el Binomio de Oro han dejado su huella y han aprendido. Siento que la mayoría, al salir de la agrupación, brillaron con luz propia y terminaron haciendo parte de la Universidad del Vallenato. Duván Bayona, Alejandro Palacios… A todos los que han pasado les agradezco infinitamente y también a Dios por ponerlos en mi camino. Y gracias, además, porque tuve la sabiduría para saber dirigirlos, una sabiduría que viene de la dinastía de mi familia, porque mis hermanos siempre han estado a mi lado y al lado de la agrupación.


Ahora que mencionas la Universidad del Vallenato, ¿qué crees que es lo más valioso que se lleva cada persona que pasa por el Binomio de Oro?
Lo que le transmito a la gran mayoría de los cantantes es el sentimiento que debe estar presente en cada canción, que fue precisamente lo que hizo Rafael Orozco: convertir cada interpretación en algo profundamente sentido y, al mismo tiempo, muy profesional.
A todos les he puesto las canciones de Rafa para que vieran cómo se expresaba, y eso es lo más valioso que se llevan del Binomio de Oro: convertirse en grandes profesionales a nivel interpretativo.

El disco 2.000 está repleto de éxitos: ‘Un osito dormilón’, ‘Olvídala’, ‘No puedo olvidarte’… ¿Por qué decidieron que la portada del álbum fuera de ustedes vestidos como astronautas?
El año 2000 se veía muy lejano, pero a medida que se acercaba, se me metió en la cabeza todo el tema de la tecnología, los viajes espaciales y toda esa vaina. La NASA siempre ha estado a la vanguardia, así que decidí que nos vistiéramos de esa manera y, sin duda, terminó siendo una portada memorable para Colombia.
Dentro de los artistas más escuchados en Spotify siempre van rotando los éxitos del momento, pero el Binomio de Oro de América siempre está presente. ¿A qué cree que se deba que músicas como el reguetón sean tan efímeras y, por ejemplo, sus canciones, pese al paso de los años, sigan siendo de las más escuchadas en nuestro país?
Por eso siempre les he aconsejado a las nuevas generaciones que graben canciones con contenido, con poesía y buenas expresiones, para que no pasen de manera ligera por el público.
La fuerza expresiva que tiene el vallenato ha sido lo que nos ha consagrado en Latinoamérica como uno de los géneros que más ha influenciado a otros estilos musicales. La salsa se surtió del vallenato: grandes intérpretes como Héctor Lavoe, El Gran Combo de Puerto Rico o Ismael Rivera grabaron vallenatos. ‘La verdad’, de Héctor Lavoe, producida por Willie Colón en el disco Comedia, fue un vallenato escrito por Freddy Molina. El Gran Combo de Puerto Rico versionó ‘Nido de amor’ y ‘Matilde Lina’, dos canciones fundamentales del folclor vallenato.
También el merengue dominicano, encabezado por Wilfrido Vargas, quien incluso cantó vallenatos con nosotros. En México y Argentina ni se diga, llevan muchos años versionando vallenatos. Incluso la bachata, en un altísimo porcentaje, se nutrió del vallenato.
¿Cómo pudimos influenciar a todos esos géneros? Por las letras y las expresiones, tanto así que hasta Julio Iglesias grabó ‘La gota fría’. Cada canción es una radiografía de nuestra idiosincrasia.
Hace no mucho murieron Omar Geles y Egidio Cuadrado… Los grandes maestros del vallenato ya están partiendo. ¿Cómo ve el futuro del vallenato?
Yo diría que los muchachos que están haciendo vallenato y que viven en Valledupar, quienes vienen proponiendo algo muy alegre, pueden hacer que el vallenato siga vivo por muchos años más, siempre y cuando escuchen los consejos de quienes fuimos sus antecesores.
Música hay bastante. Creo que lo fundamental para la preservación del vallenato son las letras. También es importante que cada artista encuentre su propio estilo, porque hoy en día muchos se parecen entre sí. El vallenato tiene una gran proyección; artistas como Los Gigantes del Vallenato o Hebert Vargas siguen vigentes y, con el tiempo, serán aún más grandes.
Para terminar, ¿cuál es el gran legado de Israel Romero y cuáles son sus canciones favoritas del Binomio de Oro y del Binomio de Oro de América?
El gran legado es todo lo que hemos hablado ahorita: la organización, la internacionalización del vallenato, toda la gama de éxitos que dejamos y esa estela de disciplina en los músicos. Mis canciones favoritas son las mismas de todos [risas]: ‘Dime pajarito’, ‘Olvídala’, ‘Relicario de besos’, ‘La creciente’, ‘Si tu amor no vuelve’ y ‘Un osito dormilón’.
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Universal Music Group (UMG) and TikTok have announced a new multi-year licensing deal. News of the agreement comes two years after UMG and TikTok resolved their infamous licensing standoff, which led UMG to pull its entire catalog of master recordings and compositions from the service for the first three months of 2024.
TikTok notes in a press release that the new deal will provide UMG artists with “expanded marketing and advertising campaigns, as well as access to ecommerce and other artist-centric tools.”
The release also notes that the new agreement “build[s] on the success of the multi-dimensional partnership announced in 2024” and extends TikTok and UMG’s “groundbreaking commitment to AI protections that promote human artistry.” It adds that “TikTok and UMG will work together to remove unauthorized AI-generated music from the platform, while further improving artist and songwriter attribution.”
In January, UMG chief digital officer and executive vp Michael Nash was a guest on Billboard’s On the Record podcast, when he revealed new details about what happened between UMG and TikTok in 2024 that led the music company to pull its catalog from the social media service in retaliation. “There was a proposal [from TikTok] that the service would use AI music in a way that went far outside of what we thought really made sense for us to support in the interest of our artists,” Nash said at the time. “And specifically, what they were proposing is that creators would be able to generate AI content, and that AI content on the TikTok platform would get paid on the same basis as artists’ [music]. It would dilute the artists’ royalty pool.”
When the two companies finally resolved their dispute, Nash explained that, ultimately, “we got the best protections that we had been able to obtain to that point, and they remain some of the best protections that we have in any agreement with the music service, in terms of AI protection and what we call ‘anti-dilution,’ meaning our royalties won’t be diluted by pure AI content.”
Typically, licensing agreements between music companies and tech platforms last for about two to three years, so license renewals between TikTok and other music companies are expected in the near future.
In a statement about the new deal, Nash said: “We’re proud of the pioneering work we’ve done with TikTok to create wide-ranging benefits for our artists and songwriters. With this new agreement, we look forward to driving innovative new fan experiences, while further improving social media monetization, and protecting and amplifying human artistry.”
Tracy Gardner, global head of music business development at TikTok, added: “We’re excited to take our partnership with UMG to the next level, and build on the strong foundation we’ve already created together for artists, songwriters and fans. TikTok is a unique platform where music discovery, culture and fandom intersect, and this agreement will help create even more opportunities for artists and songwriters to engage audiences, grow their communities and achieve career success on a global scale.”
Lewis Capaldi arrives, shoulders loose, hair tousled; his eyes are bright, steady and settled. A deep exhale follows. “This feels quite weird,” he says, right leg gently bouncing as he perches on the edge of a primrose-yellow accent chair. “I haven’t done something like this for a while.”
We meet in a downtown Chicago hotel bar, where there’s an understated sense of occasion: This is the Scottish singer-songwriter’s first in-person profile interview in almost four years. The low metallic rumble of the L train passes the window next to us at regular intervals. Capaldi, a preternaturally warm person, is telling Billboard U.K. how it feels to be back in the hot seat.
His nerves may feel palpable, but this is an artist gradually re-emerging into his element, back on tour and stepping onto the biggest stages of his career with a fresh purpose. Later this evening, he will head to the 23,500-capacity United Center as part of a sold-out North American headline tour, which has also featured shows at Madison Square Garden and the Hollywood Bowl — as well as a double-header at Denver’s Red Rocks Amphitheater — in support of his recent Survive EP (via Polydor), after the title track hit No. 1 in the U.K. last summer.

Lane Dorsey
Capaldi is taking the current run in his stride. He’s committed to a new gym routine and has refreshed his wardrobe, donning an Adidas track jacket with an easy cool. Indie star Sam Fender, one of his closest friends, took him on a night out to New York City’s notorious Newcastle United supporters’ bar; Capaldi marked the release of new single “Stay Love” via a surprise fan event at Penn Station, with roses passed through the crowd.
“Genuinely, this is the most fun I have ever had on tour. I feel like I have properly loosened up. And I have… locked in,” Capaldi begins. “Is that even the right phrase?!”
Well, quite. He describes how he’s reduced a near-daily therapy schedule to one session a fortnight, while he “didn’t give a f–k” that his voice sounded “really croaky” at the Madison Square Garden show, as he felt so enamored by the gratitude of simply being present on stage. A few days after our conversation, he’ll go on to play a full acoustic show at Red Rocks despite technical difficulties, and remain relaxed and buoyant throughout. “I used to feel horrible when things started to go wrong,” he adds. “It was like I was existing inside my head.”
All of this perspective carries a deeper, almost full-circle significance as Capaldi returns to the Windy City. It’s nearly three years to the day since the 29-year-old last played here, at the 5000-capacity Aragon Ballroom. That night, before stepping out for the encore, Capaldi was overcome by a panic attack, “convulsing” as the episode escalated to the point where he felt completely detached from his own body. He returned to finish the set with support from fans, but the show marked not an immediate turning point so much as a stark realisation of where his health stood.
“Last time I was here in Chicago, I was undoubtedly at my lowest,” Capaldi recalls, tugging at the sleeves of his black crew jumper. “I was mentally f–ked and physically struggling with my back, too. It was killing me. Honestly, I look back now and I think, ‘Why didn’t you just stop?’”
In the thick of promoting his U.K. chart-topping 2022 LP Broken by Desire to Be Heavenly Sent, while facing the reality of a recent Tourette’s Syndrome diagnosis, Capaldi was burnt out and fired up. As fatigue started to set in, the involuntary, jagged movements that define his condition (called “tics”) became more pronounced, as did the persistent nausea he was experiencing. Yet this health revelation only intensified public interest as Capaldi shared the news in an Instagram Live session; his fame continued to soar not in spite of the struggle, but alongside it.
After the incident at Aragon Ballroom, Capaldi pushed himself to finish a further 12 North American shows, plus a subsequent U.K. run of promotional underplay gigs, as planned. It would take until he reached Glastonbury Festival in June 2023 for things to unravel — and for this in-demand star to realize that he’d “been in f–king denial, and living a life of pain.”

Lane Dorsey
During a prime sunset slot on the Pyramid Stage, broadcast live to millions of viewers at home, Capaldi had what he describes today as “a very public breakdown.” The performance saw him repeatedly chastise himself for losing his voice, while visibly battling intense vocal and physical tics. Throughout closer “Someone You Loved,” the audience belted the words out for him, as Capaldi accepted defeat, staring out into a middle distance. “Glastonbury, thank you so much,” he said as the performance concluded. “If I never get to do this again, this has been amazing.”
Three years later, the footage – which frequently cuts away from the stage, leaving the full extent of what was happening largely unseen – remains a difficult watch, but also stands as a powerful example of collective compassion. For Capaldi, it spurred a self-administered intervention. “Looking back, anyone could see that I felt f–king dejected, disappointed, sad and just worthless that day,” he says. “But as soon as I got off stage, I was like, ‘I’m taking a break now.’ It felt like a weight had been lifted. People saw how f–king detrimental things can get.”
Capaldi walked backstage to find his parents crying, while his band was also visibly upset. He instead had a very calm, almost detached reaction, leaving the site immediately to head to Glasgow to see some childhood friends at a pub. Though much of that trip home now “feels like a blur,” he remembers looking at his phone and seeing that he’d made national headlines, while his Instagram DMs became flooded with fans expressing concern.
In hindsight, for Capaldi, the fallout from months of physical strain had become a question of pride. Already a homegrown star by this point, it was the international success of Broken by Desire…, which debuted at No. 14 on the Billboard 200, that caused demand to outstrip the initial rollout plans. “When I got my Tourette’s diagnosis, I thought to myself, ‘Oh well, just carry on. This is life now,’” he says. “I wanted to finish the tour, almost as a badge of honor, and then get to Glastonbury – but I probably should have never been up there in the first place.”
Mid-sentence, Capaldi knocks the table for emphasis, unknowingly spilling his glass of water. “You could drive yourself crazy thinking about it all,” he says. “But things happened exactly the way they were supposed to happen.”

Thomas Falcone
There was a point at the turn of the decade when Capaldi’s grip on British pop culture felt inescapable. He’d been inclined to agree. “I feel like in the U.K., you walk out your front door and there’s a chance I might be there,” he says. “It’s almost like I’m part of the furniture!”
Having been lifted from relative obscurity – playing pubs around West Lothian before his manager stumbled upon his SoundCloud page – Capaldi’s rise was meteoric. His 2018 breakout single “Someone You Loved,” an Adele-sized gut-punch of a pop megaballad, topped the Billboard Hot 100 and spent seven weeks at No. 1 in the U.K. It is now the nation’s most-streamed song ever, and stands at No. 6 on the global all-time Spotify rankings, higher than any track by streaming-era heavyweights like Taylor Swift and Drake.
This fairytale-like story continued. When Divinely Uninspired To A Hellish Extent arrived a month later, it became the U.K.’s biggest-selling album of the year, a feat it would repeat in 2020. Its author was showered with accolades, ranging from a Grammy nomination (song of the year) to two BRIT Award wins. He became an ever-present fixture at red carpet events, with a self-deprecating personality that felt refreshing among other rising stars who were arguably more hesitant to say, or even be, much of anything at all.
Anchoring it all was that voice — raw, bruised, heartfelt and unflinching, digging up long-buried feelings and reshaping them with grace. No amount of studio polish can account for how Capaldi can break your heart with a whisper or lift it with anthems of emotional tenacity, all steered by that thick, unmistakable Scottish accent.
Critics were largely unanimous in their response to the record, pointing to its run of slow-burning tracks as somewhat repetitive, with one outlet stating it had “no subtlety, originality or range.” Capaldi had his right to reply on social media, where he became an early adopter of TikTok. In the majority of his clips, he poked fun at the sentimentality of his own music — dimples deepening as he laughed — by embracing its excesses.
Few acts could rival Capaldi for his irreverence and marketing nous, but the level of exposure soon came at a cost. “People wouldn’t always engage with the music. They’d come up to me in the street and say, ‘You’re my favourite TikToker!’,” he recalls. That tension only intensified in the run-up to Broken By Desire… for which promotion was amplified by high-profile commercial tie-ins (Deliveroo, Tinder) and a Capaldi-branded pizza range sold in British supermarkets. But there was a creeping sense that the deliberately absurd spectacle risked overshadowing the songs themselves, a trade-off that became harder to ignore.
“I was doing so much content, and that very quickly became commodified. A lot of the second album roll-out was based around doing a funny video to go viral,” Capaldi says. “I became so exhausted from putting on the whole, ‘Oh, I’m so f–king silly’ thing. I felt like I was playing up to other peoples’ ideas of me.”
There was a moral conundrum, too, tied to his own everyman appeal and how it was being shaped and used. “It sometimes felt a bit like, ‘How can we get money out of this? How can we f–king sell, sell, sell?’”
Out of “not wanting to upset others”, Capaldi won’t be drawn on specific campaigns or product releases, but he is forthright in explaining how he believes he has “not treated the fanbase in the way that I probably should have.” He continues: “There was maybe an element of trying to extract too much from people. I have very confused feelings towards that time.”
This came to a head with the 2023 Netflix special How I’m Feeling Now, he says, reflecting: “I look back at things, and I think there’s a lot of s–t I wish I hadn’t done.” He adds that while he doesn’t necessarily “regret” it, the documentary became deeply tied to his private life. Over 96 minutes, it shows Capaldi battling exhaustion, imposter syndrome and creative frustration, alongside intimate scenes at his childhood home with his parents.

Thomas Falcone
Capaldi says the only time he has watched How I’m Feeling Now back is when he had to sign off on the edit; seeing himself reckon with his Tourette’s diagnosis onscreen was upsetting enough to not want to revisit it. He recalls reshooting the final scene – set to look forward to his future as an artist – because the first version was “really depressing,” reflecting the wider mental state the film captures. Over time, what began as a more straightforward tour documentary evolved into an unfiltered portrait of an artist under pressure.
“Maybe if I’d known that, I probably wouldn’t have done it,” he says of the change in the film’s direction. “Also seeing my parents featured in it in such a big way… I don’t love that. Looking back on it, I think up until that point, I’d been quite protected. People didn’t know much about my day-to-day life; I wasn’t putting personal stuff on social media.”
Capaldi’s vulnerability throughout the documentary created an access point for people who might not have been previous fans of his music. The response continues to be “overwhelming”; he speaks of the frustration of not being able to individually help all those who have reached out to him via message, while also acknowledging that he activated a conversation around neurodivergence and grief while at the beginning of his own recovery.
As we broach this subject, he leans forward across the table, and starts talking 10 to the dozen about his reluctance to be seen as a “mental health poster boy.” He adds that a second Netflix documentary centered around the journey to Glastonbury 2023 was scrapped, following some “difficult discussions” about its proposed content and the eventual outcome of Capaldi’s performance at the festival.
As such, during his break, he began to ask himself bigger questions. What did he want out of his career? Why was it so important to succeed? Capaldi thinks he found the answer in starting to live for himself. “‘Authenticity’ has become a buzz word and I feel like not everything has to be out there,” he says. “I just don’t care to deal at that altar anymore, you know what I mean?”
In many ways, the past few years for Capaldi have been centered around finding the fun and mystery in music again; to remember what songwriting is to him beyond trying to top his previous milestones. He credits this mindshift change in part to a tight-knit circle of artist friends, naming them one by one while holding up a finger for each as he goes: Sam Fender, Grian Chatten [Fontaines D.C.], Niall Horan, Bradley Simpson [The Vamps], Ed Sheeran.
Capaldi owns a house in north London, where he lives in close proximity to Fender and Chatten. The trio, who jokingly dub themselves “The Syndicate,” have been spotted holidaying in County Mayo on the west coast of Ireland and supporting each other at their respective headline shows. They regularly send each other new music, Capaldi says, with recent favourites including ascendant Dublin rockers Bleech 9:3, singer-songwriter Aaron Rowe, also from the Irish capital, and Scottish folk act Jacob Alon.
In October 2025, Capaldi headed to Newcastle to support Fender and Chatten at the Mercury Prize ceremony, for which they were both nominated, with the former ultimately winning for his opus People Watching. Seeing two of the most important people in his life recognised for their artistic ambition had a motivating effect on Capaldi, reinforcing the value of creative risk-taking.
“[Sam and Grian] talk about music as art – and I know this sounds f-king mental coming from someone who is also a musician – but they really f–king care about everything they’re putting out,” Capaldi says. “It is so inspiring. What they have instilled in me is to really take time [in the studio], and start properly giving a f–k about what I’m saying and what the songs sound like.”
Capaldi says he is “happy and secure” enough to admit he’s “unsure” what his future looks like. Survive was released to “clear the decks” of previously recorded material, allowing him to move forward without a fixed plan. He has yet to begin work on a new album, but he wants to work with new collaborators, be involved in “every single aspect of the production,” and “not compromise” on the recording process. “I feel the most confused and lost I’ve ever been in my career. But it’s a really good thing; I feel like I have absolutely no idea what the f–k I’m doing.”
He continues: “Around the second album, I became so hyper-focused on chasing a hit record that I was just doing s–t on the fly and handing off songs to producers. I don’t want to phone in anything ever again. The people who listen to my music deserve better; I deserve better.”
A triumphant comeback campaign started with a surprise appearance at Glastonbury last summer, where Capaldi returned to the Pyramid Stage to deliver a full set and finish where he’d left off two years earlier. “I cannot overstate the importance of that day and what it’ll mean to me for the rest of my life. If that hadn’t gone well, I don’t know what situation I’d be in; but it did, and I showed up for myself,” he says.
In the following months, he went to see Oasis, Radiohead and McFly perform live – describing all three gigs as “the best night of my life” – while also making a cameo in Taylor Swift’s “Opalite” video, and embarking on a U.K. and Ireland arena tour, during which he began to shift his focus away from monitoring his tics on stage. The latter marked a significant step for Capaldi, who had previously cancelled dates amid severe health anxiety, including at times to undergo medical checks.
As he has settled back into touring, there have been musical legends who have remained firmly in his corner. Among them is Elton John, who has offered his support in private, as well as seminal songwriter David Gray, who wrote Capaldi a personal letter of encouragement. Those kind gestures have formed a steady foundation as he continues to navigate his next steps, and he’s keen to “pay it forward” and support other artists battling adversity, having reached out to Lola Young amidst the intense scrutiny the singer faced last year as her profile rapidly rose.
“Lola is amazing, she’s incredible,” Capaldi says. “I sent her a big message where I was like, ‘Look, you don’t need to reply to this, but I know how you’re feeling.’ When I went away, there were a lot of people reaching out to me; I didn’t get back to everybody, but it meant a lot. Everyone talks about the ‘duty of care’ that is required from labels, but I think we also have a responsibility as artists to share that support.”
The United Center show later in the evening will reveal an artist who seems looser and more liberated as he bathes in the glow of the crowd. On a yearning “Something in the Heavens,” Capaldi’s falsetto can be an almost unbearably intimate instrument to listen to, leaping from gentle to piercing in a single note, while a reworked version of “Pointless” is both desperately sad and beautiful at once, like a bloom pushing through concrete. Soft, exquisite lighting illuminates the tenderness with which this music is being relayed on stage.
As his live pull continues to surge, an extensive summer run lies ahead, including a two-night takeover of London’s 65,000-capacity BST Hyde Park, but in Chicago the focus is firmly on immediacy. “I’m very excited to be back in this city and playing the gig you all deserve. It’s all uphill from here,” Capaldi says, his words landing like a promise he knows he can keep.

Portraits by Lane Dorsey for Billboard U.K.
Live photography by Thomas Falcone
Some members of ARMY may have noticed that BTS‘ SUGA had a bit of a hitch in his step during the group’s show on Sunday (May 17) at Stanford Stadium in California. According to SF Gate, it’s because the group’s lead rapper slipped into the crowd of 30,000 at the wacky Bay to Breakers race in San Francisco on the morning of the show.
The 12K race known for attracting wildly costumed runners is a beloved, nearly 115-year-old tradition in the Bay Area. The news that SUGA had run it came during a livestream earlier this week when RM noted that SUGA often runs a 10K a day and when he heard about the Breakers race he decided to wake up at 6 a.m. and run the race before sprinting back to Palo Alto to get ready for that night’s show, SF Gate reported.
“We were all excited. This is the event to attract that kind of attention. Everyone is welcome – community members, walkers, joggers, runners – and in this case SUGA. He’s quite the runner, you can tell by his finish time,” Phyllis Blanchard, vice president of partnerships for Bay to Breakers told ABC 7.
Indeed, SUGA put up a very respectable time, finishing in 1:04:43, for an 8:41 mile pace, well behind the men’s winning time of 37:16, putting him at 1,022 among all finishers. One of the runners who spotted the K-pop superstar was Mateo Coulson, who told the station that he was running right next to SUGA and had no idea he was in the presence of pop royalty, and had no way to prove it since he runs without his phone.
“I wish I had filmed the starting line. Then I would have had a video of him at the starting line. I definitely missed out,” Coulson said, adding that he learned about the celebrity cameo after seeing pictures and video online, just like event organizers, who were not told ahead of time that SUGA — whose results were posted under his real name, Min Yoon-gi— was running the race.
“He was there to run, that’s our takeaway. He wanted to participate like everyone else. He didn’t want to let us know ahead of time. If he did, we would have given him VIP treatment. He just wanted to fit into the crowd and run his race,” Blanchard added.
SF Gate noted that SUGA was among the first wave of runners who took off at 8 a.m. from the Embarcadero, where he was “sandwiched between runners in Thing 1 and Thing 2 costumes,” naturally. SUGA opted for a blue cap, black pullover and gray shorts and some fans noticed that he had a camera clipped to the front of his ball cap, raising hopes for some vlog footage in the future of his running adventure.
BTS’ Arirang tour is slated to kick of a four-show stint at Allegiant Stadium in Paradise, Nevada on Saturday (May 23).