Esta noche se llevará a cabo la 28° edición de los Premios Gardel. La ceremonia principal tendrá lugar desde las 21 h en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, por segundo año consecutivo, y, como suele pasar en estos eventos, previamente habrá una alfombra roja. A continuación, todo lo que hay que saber sobre esta premiación. Transmisión La ceremonia […]
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Una remera de la película Foxes (1980) que le perteneció a Kurt Cobain está siendo subastada por Patty Schemel, baterista de Hole entre 1992 y 1998, a través de la casa de subastas Julien’s Auctions. La pieza, estimada originalmente entre 4.000 y 6.000 dólares, ya registra una oferta de 8.000 dólares. Cobain usó esta remera […]
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Linda Perry, compositora, productora y exvocalista de 4 Non Blondes, criticó a Green Day en una nueva entrevista con NME, en la que denunció que el guitarrista y vocalista Billie Joe Armstrong la apartó del proyecto de producción del sucesor de American Idiot (2004) después de ceder a las presiones de sus fans, y sin […]
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La historia de American Football es una de reuniones improbables: una banda de chicos universitarios que podría haber desaparecido sin dejar rastro, pero que volvió diecisiete años después, luego tres años más tarde y, más adelante, siete años después, cada vez para sacar otro disco homónimo, cada vez para superarse a sí misma. Desde aquel […]
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HBO Max tiene un amplio catálogo de series premiadas y a continuación repasamos cuatro que podés disfrutar. Eso sí: algunas tienen muchos, muchos capítulos. The Office (2005) Episodios: 190. Reparto: Steve Carell, Jenna Fischer, John Krasinski, Leslie David Baker, Brian Baumgartner, Angela Kinsey. Premios Emmy: 5. Un falso documental sobre un grupo de trabajadores de oficina […]
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Vía mail, David Lebón y Pedro Aznar respondieron algunas preguntas que no entraron en la extensa charla -cerca de noventa minutos- realizada en el mismo estudio elegido para la sesión de fotos. Las respuestas llegaron al cierre de la edición que tiene a dos Serú Girán en la tapa de Rolling Stone del mes de mayo. Pasado y presente de Lebón y Aznar se agitan en la antesala de la serie de shows que brindarán en el Movistar Arena con cuatro fechas agotadas y una nueva función pactada para el viernes 12 de septiembre que se suma a las presentaciones en Rosario, Córdoba y Mendoza.
Es imposible llegar directamente a los músicos, el contacto es a través de la agente de prensa de ambos, Jimena Arce maneja de un modo amable y sincero los puentes lejanos hacia David y Pedro. El primero en responder es la voz de “Seminare”. El nombre de Juanito Moro aparece en el cuestionario, el baterista participó en el concierto de Serú en el marco del Festival Quilmes Rock como traductor del ritmo contagioso de “Cuánto tiempo más llevará”.
“Juanito es familia, desde chiquito cuando dormía en el anvil de la batería de su padre. Tenemos una relación fluida, tanto en lo profesional como en lo personal. Lo amo con todo mi corazón. Veremos si nos da una sorpresa….”, dice Lebón.
“Juanito es un gran baterista, y un muchacho adorable. Recién había nacido cuando el grupo empezó en San Pablo, en junio del ‘78. El grupo y él salieron al mundo en el mismo momento. Y vivimos todos en la misma casa durante un mes, entre las voces y los juegos de Juanito bebé y los hijos de David. Eso, por supuesto, le da un valor afectivo enorme a tocar juntos. ¡Es parte de la familia desde siempre! Además, si bien él tiene su propio estilo, hay una esencia “morística” innegable en su toque. Va a estar como invitado en los shows de Buenos Aires, claro” (Aznar).
Durante el tiempo de espera de la larga sesión de fotos, los amigos jugaron al intercambio de bromas o percepciones que se activan cada vez que se juntan. Contraseñas que suman casi 50 años de complicidades, en su mayoría en un inglés fluido. Aunque hay diferencias del tiempo transcurrido, ambos vivieron en Estados Unidos en diferentes periodos de sus vidas. “Es algo que nació de una manera natural. Nos une una historia y un tiempo de estar juntos que genera este tipo de cosas”, dice Lebón y cierra su participación vía mail.
Aznar, en cambio, se tomó más tiempo para responder sobre algunos temas no tratados en la entrevista presencial.
-El regreso de Serú ‘92 dejó conciertos multitudinarios y un disco que plasmó ese momento de la banda. ¿A modo de resumen o descripción a más de 30 años cómo podés describir ese regreso?
-Jugamos una carta fuerte, en el ‘92, cuando decidimos hacer un disco nuevo que reflejara nuestro presente. Serú 92 contiene grandes canciones, que han quedado como clásicos en nuestros repertorios solistas y se han grabado en la memoria emotiva de la gente. Así que en cuanto a la música nueva, la prueba se superó con creces.
En lo que respecta al vivo, (nos) habían pasado muchas cosas en los diez años transcurridos desde la última vez que habíamos tocado, y era una gran responsabilidad volver a pararnos sobre un escenario. El hecho de que fuera en grandes estadios multiplicó ese desafío, y creo que, considerando todas las circunstancias, salimos bastante bien parados. En esta oportunidad hago la dirección artística. Con la participación y el visto bueno de David, por supuesto.
-En el show del Quilmes Rock participaron varios invitados (Trueno, Sandra Mihanovich y Dante Spinetta). ¿Cómo fue la elección y de qué modo tanto las nuevas generaciones como artistas ya clásicos pueden convivir o ser parte del repertorio de Serú en este nuevo presente?
–Creo que esa convivencia habla de la transversalidad de la música de Serú. Y para nosotros es un placer poder compartir con artistas tan brillantes y diversos. La elección se dio de una manera muy espontánea, ya que los admiramos, respetamos y queremos a los tres, y los reconocemos como usinas creativas surgidas de distintas generaciones, pero unidas a través de su aporte a la gran cultura musical que tiene nuestro país.
-¿Es posible pensar en un regreso discográfico de Serú? ¿En el caso de que fuese factible podría incluir a Charly?
–Hay una confianza muy grande entre nosotros tres. Podemos hablar a corazón abierto sobre cualquier cosa. Y si bien no hay planes concretos de grabar, si surgiera la oportunidad y estuviéramos todos de acuerdo, se podría hacer sin ningún inconveniente.
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Con la espeluznante Lost Highway, David Lynch nos recordó que hay algo profundamente cinematográfico en el terror en la carretera. La sensación de avanzar hacia ninguna parte, atrapado en kilómetros infinitos de asfalto, siempre ha sido terreno fértil para el horror. Por eso películas como The Hitcher siguen siendo insuperables, porque entendían que el verdadero terror no era solo el monstruo, sino la soledad, el aislamiento y la imposibilidad de escapar. Algo similar ocurría con Jeepers Creepers, aquella pesadilla grotesca que convertía una autopista vacía en un infierno rural.
Por eso duele ver el nombre de André Øvredal asociado a Passenger y descubrir una película tan rutinaria. Es una lástima, porque el director noruego ha demostrado antes ser uno de los autores del género más interesantes de los últimos años. Troll Hunter transformaba el falso documental en una criatura folclórica gigantesca y fascinante. En la muy efectiva Scary Stories to Tell in the Dark, producida por el maestro Guillermo del Toro, combinó criaturas memorables, imaginación visual y un auténtico espíritu de horror juvenil. The Autopsy of Jane Doe fue una obra escalofriante de tensión claustrofóbica. Incluso la cinta vampírica The Last Voyage of the Demeter tenía momentos visuales extraordinarios y un verdadero amor por el horror gótico. Y es que Øvredal sabe manejar atmósferas, silencios y espacios oscuros mejor que la mayoría de los directores contemporáneos. Pero Passenger nunca termina de arrancar.
La premisa tenía potencial. Una pareja abandona Nueva York para abrazar la fantasía romántica de la vida en la carretera a lo Nomadland y termina siendo perseguida por una entidad sobrenatural en medio de carreteras interminables. Sobre el papel, parecía una mezcla prometedora entre horror moderno, ansiedad existencial y pesadilla americana. El problema es que la película jamás logra desarrollar una mitología convincente ni personajes lo suficientemente interesantes como para preocuparnos por ellos. Todo se siente extrañamente familiar.
Øvredal intenta compensarlo con sustos constantes, y algunos funcionan. Hay un manejo sólido del sonido, de las sombras y de la expectativa visual. Una escena utilizando un proyector portátil mientras se reproduce Roman Holiday tiene incluso una belleza espectral genuina. Pero esos momentos aparecen aislados dentro de una película demasiado obsesionada con el sobresalto fácil y la explicación a medias. El monstruo se parece al predicador de la infame Poltergeist II combinado con un espectro descartado por los esposos Warren de The Conjuring. Y en el cine de terror, un ente tan derivativo suele matar el miedo.
Además, la película sufre un problema grave, ya que nunca entendemos realmente las reglas de aquello que persigue a los protagonistas. Hay referencias al folclore de los vagabundos y sus símbolos extraños, a la iconografía cristiana (San Cristóbal protector de los conductores) y una especie de maldición ambulante, pero nada termina de conectarse. Y ahí es donde inevitablemente vuelven a aparecer las comparaciones molestas.
Jeepers Creepers funcionaba porque el monstruo era genuinamente aterrador incluso antes de comprenderlo del todo. Su sola presencia contaminaba la película. Y The Hitcher sigue siendo el rey absoluto del horror en carretera porque entendía que el mal podía ser puro, inexplicable y omnipresente. Rutger Hauer no necesitaba mitología ni exposiciones interminables. Bastaba con su mirada para convertir la autopista en un purgatorio. Passenger jamás alcanza ese nivel de pesadilla, ni siquiera le llega a los talones a la escabrosa y agreste Wrong Turn.
Jacob Scipio y Lou Llobell hacen lo posible con unos personajes escritos de forma superficial y el guion nunca les permite convertirse en personas reales. Son más vehículos narrativos que seres humanos. Y cuando una película de terror falla en hacerte sentir algo por sus protagonistas, el miedo empieza a evaporarse rápidamente.
Øvredal sigue teniendo sentido del oficio. Algunas composiciones nocturnas son excelentes y sabe cómo transformar una carretera vacía en un espacio hostil. Pero el cine de terror necesita más que habilidad técnica. Necesita obsesión, atmósfera y personalidad. Passenger tiene destellos, pero nunca termina de abrazarlos por completo y los pocos que tiene son tan desperdiciados como la actriz Melissa Leo.
Queda la sensación de haber visto una película diseñada por un algoritmo para llenar un vacío de la cartelera. Passenger es apenas competente, olvidable y desesperadamente incapaz de generar el impacto enfermizo de los grandes clásicos del subgénero. Una carretera larga, oscura y visualmente atractiva… que no lleva absolutamente a ninguna parte.
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Hay películas que necesitan grandes giros dramáticos para sostenerse. The Loneliest Man in Town hace exactamente lo contrario. Todo ocurre en silencios, con pequeños gestos y en habitaciones llenas de polvo, discos viejos y fotografías amarillentas. Y aun así, pocas películas recientes transmiten tan bien esa sensación devastadora de sentir que el tiempo terminó dejando atrás a una persona.
Los directores austriacos Tizza Covi y Rainer Frimmel (Vera, Mister Universo) vuelven a trabajar en esa frontera extraña entre documental y ficción que tanto les interesa. Aquí el protagonista no interpreta realmente un personaje. El músico Al Cook prácticamente se interpreta a sí mismo. Y eso le da a toda la película una autenticidad muy difícil de fabricar.
Cook, nacido Alois Koch, es un anciano músico austríaco obsesionado desde hace décadas con el blues estadounidense. Vive solo en un edificio condenado a demolición mientras unos desarrolladores inmobiliarios intentan expulsarlo constantemente. A su alrededor sobreviven varias tornamesas, una colección de discos de vinilo, cintas VHS, fotografías de su esposa fallecida y recuerdos de una vida construida alrededor de la música.
La película es sobre la nostalgia, pero no trata únicamente de extrañar el pasado, sino de sentir que el presente ya no tiene espacio para uno. Y Al Cook posee un rostro perfecto para eso. Con su enorme copete rockabilly, su espalda encorvada y ese inglés aprendido escuchando obsesivamente las entrevistas de Elvis Presley, parece un fantasma sobreviviente de otra época.
Hay algo profundamente triste y hermoso en verlo caminar lentamente por pasillos oscuros mientras intenta mantener viva una identidad construida a partir del blues de Robert Johnson, Ma Rainey y todos esos músicos estadounidenses que para él representan una especie de hogar espiritual imposible de alcanzar completamente.
La película tiene una textura maravillosa. Filmada en 16mm, cada plano parece cubierto por una capa de memoria y desgaste. Las luces bajas, las velas que iluminan el apartamento cuando le cortan la luz y los colores apagados convierten a Viena en un espacio suspendido fuera del tiempo. A ratos, la cinta nos recuerda el cine de Aki Kaurismäki o Jim Jarmusch, aunque sin ese humor seco tan marcado. Aquí todo se mueve con más fragilidad emocional.
También resulta interesante cómo la película habla indirectamente sobre la gentrificación y el desplazamiento urbano. Los desarrolladores aparecen casi como unos mafiosos corteses intentando comprar o destruir los últimos restos de un viejo mundo cultural y humano. Cook representa justamente lo contrario. Él representa el pasado, la autenticidad y la conexión emocional que las personas tenemos con los objetos y espacios que nos rodean.
Covi y Frimmel saben cuándo simplemente observar. La cámara permanece quieta mientras Cook escucha sus discos, revisa las cintas antiguas o habla sobre mudarse finalmente al Mississippi para vivir cerca del origen del blues. Ahí aparece una de las ideas más hermosas y dolorosas de la película y que está relacionada con amar profundamente una cultura que siempre estuvo físicamente lejos de uno.
Es cierto que el minimalismo extremo puede sentirse repetitivo y que algunas escenas se alargan demasiado. Hay momentos donde la película parece más interesada en preservar la atmósfera que en desarrollar realmente el conflicto dramático. Pero incluso ahí conserva una honestidad emocional enorme.
Lo más valioso es que jamás intenta convertir a Cook en una figura heroica ni en una excentricidad pintoresca para consumo festivalero. Lo filma como un hombre cansado intentando descubrir qué hacer cuando los lugares, las personas y las canciones que definían su existencia comienzan lentamente a desaparecer.
Por eso la película termina sintiéndose exactamente como el blues que tanto ama su protagonista: triste, melancólica, terrenal y extrañamente hermosa incluso cuando habla de derrota.
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Aunque el ascenso de Xavi se gestó a la velocidad de internet, y ‘En Privado’, llegó incluso a colarse entre las selecciones musicales de fin de año de Barack Obama en 2025, Dosis revela algo más profundo que la viralidad.
En su recién estrenado segundo álbum de estudio, el cantante originario de Phoenix expande el lenguaje de los corridos tumbados hacia territorios donde conviven la bachata, el pop latino y los matices urbanos, decidido a expandir los límites de su sonido y a definir, con mayor claridad, una identidad musical propia.
Con 19 canciones y una lista de colaboraciones que atraviesa distintos rincones de la música latina contemporánea, Dosis funciona como una declaración de crecimiento. “Tratamos de meterle un poquito de todo, para no dar lo mismo siempre y experimentar un poco de diferentes géneros”, explicó el artista.
Lejos de limitarse al molde tradicional del regional mexicano, el disco se mueve entre guitarras tumbadas, estructuras pop y ritmos tropicales sin que la transición se sienta forzada. Canciones como ‘En Privado’, junto a Manuel Turizo, se acercan a la bachata desde un lugar melancólico y sensual, mientras que ‘Find Us Again’, el primer tema completamente en inglés de Xavi, explora otra textura vocal más cercana al pop confesional estadounidense.
Aun así, el corazón del álbum permanece intacto: desamor, deseo, nostalgia y heridas emocionales convertidas en canciones. En temas como ‘Cartier’, junto a Gabito Ballesteros, o ‘Bellaka’, Xavi mantiene esa mezcla entre vulnerabilidad sentimental y estética de lujo que ha definido gran parte de su imaginario reciente.
El álbum también refleja el momento particular que vive la música mexicana contemporánea. En lugar de entender el regional como un género cerrado, Dosis lo utiliza como punto de partida para dialogar con otros sonidos globales. Así aparecen colaboraciones con Fuerza Regida en ‘SRT’, Grupo Frontera en ‘No Capea’, Carín León en ‘La Morrita’, además de participaciones de Kapo, Neton Vega y Omar Montes. Más que simples feats estratégicos, las colaboraciones funcionan como extensiones naturales de la amplitud sonora que persigue el disco.
La estética del proyecto también acompaña esa transición. La portada del disco, protagonizada por un corazón en llamas rodeado de destellos brillantes, apuesta por un romanticismo oscuro y maximalista que conecta directamente con la sensibilidad visual de una generación criada entre TikTok, heartbreak playlists y cultura digital.
El disco ya está disponible para el público en todas las plataformas como Spotify, Apple Music y YouTube.
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