Después de sorprender al género con Caveat y consolidar su reputación con la magnífica Oddity, Damian McCarthy vuelve a demostrar que pertenece a esa reducida categoría de cineastas capaces de entender que el terror no depende de la cantidad de sangre que aparece en pantalla, sino de la capacidad de manipular la ansiedad del espectador. En una época donde muchas producciones parecen competir por quién puede mostrar la muerte más grotesca, la criatura digital más grande o el referente más obvio y hacerlo pasar por “homenaje”, McCarthy sigue apostando por algo mucho más difícil: El miedo.
Hokum (título que en español traduce algo así como “pamplinas”), parte de una premisa aparentemente sencilla. Ohm Bauman, un exitoso escritor estadounidense interpretado por Adam Scott, viaja a un remoto hotel irlandés para esparcir las cenizas de sus padres en el lugar donde pasaron su luna de miel. Sin embargo, desde su llegada resulta evidente que algo no encaja. El hotel parece detenido en el tiempo, los empleados actúan con una extraña naturalidad frente a situaciones inquietantes y existe una habitación permanentemente cerrada cuya historia está ligada a una leyenda local sobre una bruja atrapada desde hace siglos.
Lo que podría haberse convertido en una típica película de casa embrujada pronto toma un rumbo mucho más complejo y perturbador. McCarthy utiliza el folclore irlandés como punto de partida, pero nunca como destino final. Las historias de fantasmas, las supersticiones rurales y las leyendas locales funcionan como una puerta de entrada hacia algo mucho más íntimo. Conforme avanza la película queda claro que el verdadero interés del director no está en los monstruos externos, sino en aquellos que cada persona arrastra consigo.
En ese sentido, Hokum recuerda a películas como The Shining, The Wicker Man, Le Locataire o 1408, no porque intente imitarlas, sino porque comparte con ellas la idea de que los espacios embrujados terminan convirtiéndose en reflejos de las heridas emocionales de quienes los habitan.
Una de las grandes virtudes de la película es la manera en que construye su atmósfera. Desde los primeros minutos se instala una sensación constante de dislocación. Los pasillos parecen demasiado largos, los silencios demasiado profundos y los paisajes demasiado vacíos. McCarthy entiende perfectamente la lección dada por el expresionismo alemán de que el terror funciona mejor cuando el espectador siente que algo está mal incluso antes de saber exactamente qué es.
La fotografía de Colm Hogan aprovecha los bosques irlandeses, la niebla y la arquitectura envejecida del hotel para crear un escenario que parece existir fuera del tiempo. No se trata de un lugar particularmente espectacular, pero sí profundamente inquietante. Cada habitación transmite la sensación de haber acumulado décadas de secretos.
Sin embargo, el elemento más efectivo de la película no es visual. Es sonoro. McCarthy vuelve a demostrar una extraordinaria capacidad para utilizar el sonido como herramienta narrativa. Crujidos, pasos lejanos, golpes inesperados y silencios se convierten en armas capaces de generar una tensión constante. Incluso cuando no ocurre absolutamente nada, la película consigue que el espectador permanezca alerta.
En Hokum hay sobresaltos. Pero a diferencia de otras producciones que los utilizan como sustituto de la construcción dramática, aquí cada uno parece cuidadosamente diseñado. No funcionan como trucos baratos, sino como culminaciones naturales de una tensión que ha sido construida pacientemente.
Gran parte del mérito recae también sobre Adam Scott. Durante años, el actor de Severance ha demostrado una extraordinaria habilidad para equilibrar comedia y drama, pero pocas veces había tenido la oportunidad de explorar territorios tan oscuros como los que ofrece Hokum. Su Ohm está lejos de ser un protagonista simpático. Es arrogante, egoísta, malhumorado y emocionalmente inaccesible. En muchos momentos resulta incluso desagradable.
Precisamente por eso funciona. Scott evita convertir al personaje en una víctima convencional y construye a un hombre atrapado por heridas emocionales que ni siquiera él mismo comprende completamente. Conforme la película avanza, la fachada de cinismo comienza a resquebrajarse y permite que emerja una vulnerabilidad devastadora.
El resto del reparto contribuye enormemente a reforzar la sensación de extrañeza que domina toda la historia. Florence Ordesh aporta una humanidad inesperada como Fiona, la única persona capaz de conectar con Ohm sin juzgarlo inmediatamente. Peter Coonan y Brendan Conroy convierten al personal del hotel en figuras ambiguas cuya amabilidad nunca termina de resultar tranquilizadora. Pero quien más se divierte es David Wilmot como Jerry, un ermitaño excéntrico que vive en los bosques cercanos, consumidor de hongos y que parece moverse constantemente entre la sabiduría y la locura. Cada una de sus apariciones aporta una energía impredecible que enriquece considerablemente la película.
Lo más admirable de Hokum es que nunca se conforma con ser únicamente una historia de fantasmas. La película utiliza el terror sobrenatural para explorar temas mucho más complejos relacionados con el duelo, la culpa, la depresión y los recuerdos que nos negamos a enfrentar. Muchas películas afirman utilizar los monstruos como metáforas. McCarthy es uno de los pocos directores actuales que realmente comprende cómo hacerlo.
Por supuesto, el guion no está exento de problemas. Algunos giros argumentales se alargan más de lo necesario y existen momentos donde la acumulación de misterios amenaza con volverse excesivamente enrevesada. Sin embargo, incluso esos momentos forman parte del extraño encanto de una película que parece más interesada en provocar emociones que en explicar absolutamente todo.
En una industria cada vez más dominada por franquicias repetitivas y sustos prefabricados, Damian McCarthy continúa construyendo una filmografía singular. Hokum no es la película de terror más grande, espectacular o ambiciosa del año. Pero sí es una de las más inteligentes.
Es una historia sobre fantasmas, pero sobre todo es sobre aquello que sucede cuando los fantasmas resultan ser nuestros propios recuerdos. Y esos suelen ser los más difíciles de exorcizar.
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En el año que comunicó públicamente que padecía mal de párkinson –frente a 200.000 personas en el hipódromo de Tandil–, el Indio Solari habló en profundidad con Rolling Stone para la portada del Anuario 2016. A continuación, la entrevista completa (publicada por primera vez en la web).
Fue una sorpresa hasta para los músicos de la banda, que todavía estaban en camarines tomando algo cuando escucharon el griterío. El Indio había salido solo al escenario y estaba por confirmar, tristemente, la noticia del año para el rock nacional: tenía una enfermedad incurable.
“Por favor, quisiera decirles algo, si me pueden escuchar les voy a agradecer mucho”, dijo, tratando de callar a los 200.000 fans que habían llegado a Tandil para verlo: el público más grande de toda su carrera y el show con entradas pagas más convocante de la historia del espectáculo en Argentina. Eran las 21.15 del sábado 12 de marzo. “Anda circulando por Internet una versión de que estoy enfermo, y es verdad”, continuó, con su voz a punto de quebrarse. “Mr. Párkinson me anda pisando los talones”.
Su anuncio tardó pocos minutos en ser viral. El Indio Solari llevaba más de un año fuera de los escenarios y se podía intuir que algo no estaba bien. En abril de 2014, durante la primera presentación de Pajaritos, bravos muchachitos, su último disco, en Gualeguaychú, había perdido el equilibrio y caído de espaldas en el sexto tema de la lista. La gente lo festejó como un blooper –el Indio rodó por el escenario, se incorporó con gracia y terminó el recital con normalidad–, y la histórica reunión con tres de los ex Redondos (Semilla Bucciarelli, Sergio Dawi y Walter Sidotti) acaparó la atención de la prensa, por lo que pasó casi inadvertido. Tras ese episodio, el Indio (que no hizo declaraciones al respecto) tocó en diciembre en Mendoza y se recluyó durante todo 2015, lo que encendió la alarma de los fans, que de pronto recordaron la caída. “Pero bueno, digo… Aquí estoy. Hace rato que eso pasa, no me van a bajar del escenario así nomás”, dijo en Tandil este año, y el público volvió a tapar todo con sus gritos. ¡Fuerza, Indio, fuerza!

Antes de anunciar cambios en Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y de irse para volver minutos más tarde escoltado por sus músicos y comenzar el show con una versión frenética de “Nuestro amo juega al esclavo”, detrás de unas gafas redondas oscuras y vestido con una campera militar, completó su mensaje: “No hagamos una tarea de esto, todo el mundo tiene algún conocido, algún pariente que tiene una enfermedad. A cada uno le toca, ésta es la vida. La vida es así”.
Y aquí estamos, seis meses más tarde. Afuera, un jardinero corta el pasto, que se ve de un verde vivo y cubre cada rincón del amplio parque en esta mañana plena de comienzos del verano. El lugar donde se guardan las cosas del patio, donde otras veces vimos un vitreaux del Sagrado Corazón de Jesús, está tapado por una enredadera que recubre toda la estructura con un afro de hojas adolescentes. Adentro, en el primer piso de su estudio, Luzbola, donde el Indio tiene su escritorio, están todas sus cosas como él las dejó, rastros de vida: los discos desparramados cerca de las botellas, las guitarras enchufadas al lado del sillón. En la puerta hay pegados cartelitos de Do Not Disturb de diversos hoteles –el Sheraton de Liverpool, el W de Manhattan–; están, en un cuadrito, los tickets de los shows que vio afuera del país –Lou Reed en el Madison Square Garden– y en otra pared, enmarcada, una foto grande en la que está él hace unos años, empuñando una cerveza en los baños del CBGB.
En su biblioteca no cabe nada más y, de hecho, el estante superior ya está bastante doblado. Colgando hay un banderín de Boca Juniors; en un portarretratos, arriba de más libros y cuadernos y papeles, está la foto de John Lennon en Nueva York y, finalmente, allá atrás del escritorio, mirando hacia donde estamos parados nosotros, está su silla. Pero el Indio no está.
De pronto, escuchamos pasos en la escalera. Alguien viene, viene, viene, y es el Indio Solari que entra por la puerta exagerando un paso cansado y suspirando con una media sonrisa detrás de sus gafas oscuras. Saluda con la mano y lo primero que hace es prender el equipo de audio. Toma una silla, se sienta frente a nosotros, que ya estamos en el sillón, y mirando desde esa perspectiva cómo está la biblioteca, dice:
–Creo que voy a morir de esta manera, cuando se caiga una de las bibliotecas. La voy a cagar a la enfermedad.
El Indio pregunta si está muy fuerte la música. “Yo vivo con música de fondo”, se excusa. “Inclusive le hablo a la instructora de yoga, para meditar y todo eso… En el yoga hay como una cosa que no tenés que prestar atención a los pensamientos, sólo tenés que concentrarte en la respiración, y yo le digo: ‘Mirá, mientras no tengan letra, yo no necesito que sean mantras’. Por supuesto, no voy a poner Metallica.”
En la planta baja hay unas cintas de suspensión, con cinturones y arneses empotrados a la pared para recuperación kinesiológica o practicar wall yoga, que ayuda a mejorar el equilibrio. (En el medio, entre las cintas, alguien pegó un sticker con el símbolo Om.) “Me interesa más el hatha yoga, la parte física”, dice él, “porque realmente lo que yo estoy necesitando es contrarrestar el problema que tengo”.
Lo que tiene el Indio es párkinson rígido, una enfermedad autoinmune que hace que el cerebro disminuya la producción de dopamina, lo cual desequilibra el sistema nervioso central. Para alguien como él, tan acostumbrado a estar en control de todos los aspectos de su obra artística y su vida, se parece a una condena, a un desastre irremediable.
Sin embargo, pone dedicación al tratamiento. Su plan para “contrarrestar el problema” incluye una rutina de ejercicios y yoga que llena toda su semana: todos los días tiene algo. “La doctora viene una vez a la semana”, dice. “Tengo el kinesiólogo, que viene tres veces por semana y te exige como si fueras un jugador de fútbol. Y la instructora de yoga, dos veces por semana.” Por las noches, antes de la cena, el Indio termina su día de actividades nadando en la pileta cubierta de la casa. “Estoy recuperando la forma humana, eso es lo que me gusta”, dice finalmente.
Su tratamiento incluye además un riguroso cóctel de pastillas. “A mi edad son bombas, son bombas que me meto”, dice sobre lo que le recetan, básicamente Diclofenac (para los dolores musculares ocasionados por la tensión) y corticoides (para paliar la enfermedad). Curiosamente, él mismo se administra lo que toma con un cronograma desordenado. La noche anterior a nuestro encuentro matinal, programado para las 9 de la mañana en Leloir, después de estar acá “hasta tarde dándole al alpiste”, dice, tocando y cantando con los guitarristas de su banda, se despertó exaltado a la madrugada. “A las 3.30 de la mañana, me había olvidado de tomar la de las 12. Y dos horas y media después me desperté porque tenía que tomar la de las 6.” Hace la cuenta. “O sea que estoy de pastillas hasta el ojete.”
Por supuesto, todo eso sale por alguna parte. El Indio describe cómo “la pichicata” lo hace emocionarse con los golpes bajos de la TV o pasarse tres estaciones y recién después percatarse de que está en medio de una explosión de ira, con la misma facilidad. “Estás viendo el noticiero y se te cae una lágrima… Al rato le estás gritando al ingeniero, que es Martín [Carrizo, el baterista e ingeniero de sonido], un amigo, lo conozco de chico… ‘¡¿Cómo, no entendés?!’” Se imita a sí mismo enajenado. “Porque son drogas de mierda. A la altura de la enfermedad, ni más ni menos.”
Para descomprimir, le decimos en broma que puede echarles la culpa a las pastillas, y él responde, serio: “No me ofendas, soy un hombre de la psicodelia”. No hay curiosidad allí: la curva de aceptación física de los fármacos afecta su ánimo y el temor a la rigidez física lo perturba.
Le preguntamos si vio algo del festival Desert Trip, que ocurrió en Estados Unidos hace pocos días, y qué piensa de la vigencia de los clásicos, del rock septuagenario, y responde: “Mirá: hasta dejó de importarme Boca. Y los Rolling Stones me importan mucho menos. Cuando tenés una enfermedad así, el reloj empieza a funcionar”.
El reloj, parece, apura. Los vecinos de Parque Leloir empezaron a verlo caminando por el barrio, como un fantasma (seguramente escucharemos más de una vez que lo han visto por acá cuando ya no esté) o un santo. También han aparecido muchas fotos suyas junto a fans en las redes sociales, imágenes antes infrecuentes. Algunos lo esperan para verlo pasar y pedirle una foto o un autógrafo. Otros colgaron pasacalles. “Yo no soy un tipo de echarle flit a la gente, porque estoy agradecido”, dice. “Lo que pasa es que no puedo ser agradecido con miles de personas. No te queda vida personal.”
Su mujer, Virginia, abrió una cuenta de Facebook, Virumancia, donde ambos postean imágenes ilustradas por el Indio, collages y fotomontajes bizarros, y donde él suelta poemas o comunicados con diferentes seudónimos –Caballo Loco, Artista Invitado, Monsieur Sandoz, Monseñor Plugholes– y se divierte revisando lo que escriben. Incluso comenta desde otra cuenta, apócrifa. “Algunos ya se están avivando, igual”, dice él, animado.
Al hombre que siempre hemos retratado recluido en una quinta con sus perros, encerrado en su panóptico de difícil acceso mirando las cámaras de seguridad, lo tiene entretenido todo este nuevo contacto con el mundo. “Ahora con el Facebook me enteré de cómo era realmente la relación con la gente”, dice. “Porque yo tenía una alerta de Google pero me salía lo que publicaban en Clarín, lo que salía en la revista de ustedes, pero de la gente muy poca cosa. Y ahora empecé a ver a la gente y por un lado me inquieta [se ríe], porque es raro. No es el artista… Hay una cosa rara en esta relación.”
En los últimos meses posó con el cartel de #NiUnaMenos en la pantalla de su iPad y apoyó públicamente a la organización Mamá Cultiva por el uso medicinal del aceite de cannabis. “Se me va la mañana atendiendo cosas institucionales”, rezonga un poco. Pero estos días ha aparecido promocionando un bar de la zona de Leloir y hasta le envió un video selfie a Edith Hermida, bancando a la panelista en una pelea doméstica de Bendita TV, el programa que conduce Beto Casella en Canal 9.
Cuando filmó eso estaba con Casella en una cena, porque se impuso salir a comer cada semana con sus amigos y todos los miércoles llega a una parrilla de Leloir alejada de la zona de restaurantes, en el medio del parque, que antiguamente fue una casa de té, donde nadie lo molesta porque de lo contrario no vuelve. De vez en cuando, a esas cenas invita a algún “notable” para evitar que la conversación termine irremediablemente girando sobre él. Ha invitado a Horacio González, a Aníbal Fernández, a Beto Casella, pero la mañana después de invitar a Casella el conductor estaba en la radio contando todos los planes que el Indio tenía para el año próximo. “Beto agarró y puso la boca en el trombón. Así que por ahora suspendí. Iba a venir Riquelme, y me da pena, me da pena”, dice. “Pobre Beto, pero me di cuenta de que a veces la gente no está al tanto de que yo no soy un tipo al que le gusta andar ventilando esas cosas.”
Son las 10 AM, pero el Indio invita un whisky y nos ofrece que nos sirvamos el nuestro. “Soy incurable”, dice. Julio Sáez, su manager, que estaba hablando por teléfono en el parque y al subir escuchó lo que el Indio nos contaba del episodio con Casella, le avisa: “Ya le mandé un mail a Beto, le dije: ‘Betito, aflojando…’”. El Indio le responde: “Sí, pero tené cuidado. Porque a mí no me gusta tampoco quedar así”, dice. “El no tiene por qué saber mis manías, ¿viste?”
De alguna manera, el Indio parece estar gastando sus últimos cartuchos, viviendo sus dos días. “Tampoco quiero interrumpir mi vida, la parte que me gusta de la vida. Porque para durar nomás, es al pedo”, sigue. Está lleno de proyectos para 2017: tiene un disco nuevo que está por terminar, un libro de memorias que se llamaría Los recuerdos mienten un poco (para el que contrató al periodista y escritor Marcelo Figueras) y El delito americano, su famosa novela inconclusa, en formato de novela gráfica, donde el Indio Solari es uno de sus personajes.
Para terminar El delito americano, dice, necesita más tiempo, y acaba de recibir la propuesta de su editorial –Penguin Random House– para ir seis meses a escribir a Nueva York, pero internamente ya declinó la oferta. “Lo que pasa es que tengo familia también, y me van a poner una cara de orto si me voy seis meses”, se excusa. “Cuando me voy a cenar con mis amigos me ponen cara de orto, ¿te imaginás si me voy seis meses?”
Julio trata de convencerlo: “Bueno, a lo mejor pueden ser dos meses”. “¡Vos porque querés venir conmigo!”, le responde el Indio. “Tiene familia también, Julio…”, dice volviéndose hacia nosotros. “Pero no es un varón domado como yo.”
De algún modo, el Indio Solari está manteniendo vivo a Carlos Alberto Solari. ¿Qué pasaría si finalmente la figura pública más popularmente atractiva del país, la que tanto le incomoda pero a su vez en la que descubre un afecto del que él mismo se mostraba reactivo, es la que le da vida a Carlos, y no al revés? ¿Qué pasaría si esa fantasía de tipo ermitaño y enigmático no fuera más que un equívoco mediático del que fuimos cómplices, si Carlos fuera un vasco, un varón domado, tratando de encontrar un lugar donde pasarla bien?
No está postrado, no está abatido; está en tratamiento, se ocupa de él mismo y se lo ve optimista, pero también hay días que no puede caminar y le cuesta levantar los brazos, y ni él ni nadie sabe cómo va a estar la semana que viene. En el momento en que nos encontramos planea dar dos shows durante 2017; uno de ellos, anució después, sería en marzo en Olavarría. Pero también existe la posibilidad –porque siempre existe– de que no toque nunca más.
Cuando todos los vasos están cargados, el Indio levanta el suyo y brinda: “¡Graciosos y valientes!”
En este momento, parecés estar más accesible que nunca. ¿Por qué?
Estoy retirándome. De alguna manera me estoy retirando. Ahora con el Facebook empecé a ver la gente, y que todo lo que hago quede perdido, habiendo tanta gente ávida de cualquier pelotudez que uno haga, un dibujito, qué sé yo… ¿qué? ¿Me voy a quedar acá? ¿Para qué? Con el tiempo me he dado cuenta de que lo que han proyectado en mí es fasto, no es nefasto. No es una cosa dañina.
¿Y qué piensa ahora Carlos del Indio?
Carlos se siente incómodo. Sobre todo porque el Indio ha crecido desmesuradamente. Es un personaje que fue inventado para que cargara sobre sus espaldas la estrella, por decirle así. Porque ya sabíamos nosotros en qué terminaba. Y no funcionó, no funcionó. Y de pronto ahora ya es una locura que yo no sé de qué se trata. No me hago responsable porque ya no sé qué es esto, es una cosa que me excede. Menos mal que están los amigos que te recuerdan siempre como el canalla que sos, los defectos que tenés, porque si te llegás a creer esas cosas te come el cuco. Yo al Indio lo disfruto mucho, pero únicamente en el escenario y componiendo.
El resto del tiempo están Carlos o la estrella de rock.
Ese es el daño que nos ha hecho la cultura rock al transformarnos en estrellas. Eso de tiro el televisor por la ventana del hotel, y me tiro yo después. Bueno: es una pavada de drogueta, tampoco lo llevemos a un estado de iluminación. Ahí está el pobre amigo hecho una piltrafa. Yo durante mucho tiempo lo puse como el de la salud perfecta, como Keith Richards, esos tipos que dicen “me esnifé a mi papá”. Sí, pero el caballo no es la psicodelia, son cosas totalmente diferentes.
Entonces creaste al Indio para absorber la estrella de Carlos.
Son lo mismo, porque nadie lo obliga. Si a mí me diera lo mismo exponer lo que hago o no, se lo mostraría a los amigos. Lo que me pasa a mí es extraño, porque generalmente no dura tanto la popularidad. Yo no sé por qué pasan estas cosas. En definitiva, estamos viendo acá al Indio Solari o a Carlitos, a quien quieran ver ustedes dos, pero el fenómeno éste es un fenómeno mundial: salvo los festivales en Inglaterra o Estados Unidos, no hay nadie que lleve a 175.000 personas a la concha de la lora a ver un recital. Acá viene Lollapalooza, Brahma Chopp y no pueden meter 40.000 personas. Entonces, uno debe aceptar que algo tenés. O es la providencia o algún magnetismo. Pero tampoco te podés confundir y creer que viniste así al mundo. Yo me acuerdo de este muchachito que era…
¿Cómo recordás a ese chico?
Yo fui un niño dañino, después un joven alocado y, al final, un investigador de la psicodelia. Dañino de que hacíamos cagadas, de meternos en los lugares, de joder por los techos y de romper cosas. Dañino.
Hasta acá, el Indio se encargó de no dar datos ni precisiones sobre su vida privada, en especial de sus primeros años, algo que en cierta medida viene cambiando desde que comenzó su carrera solista. Como si fuera el momento de rescatar a ese Carlitos que preexiste al Indio, a la estrella de rock. Desde entonces, antes de la salida de un nuevo disco o de un recital, a través de relatos que siempre tenían el mismo storyboard –la camioneta que te buscaba en la estación de servicio sobre la autopista, los perros ovejeros, las cámaras de seguridad, la metáfora del francotirador en el campanario–, accedimos a una inédita intimidad del ex cantante del grupo de rock más grande que dio este país.
Segundo hijo de un jefe de distrito del correo y una ama de casa, Carlos Alberto Solari nació el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos. Cuando tenía 5 años, su padre fue promocionado y la familia se mudó a La Plata. La vez anterior que estuvimos en su casa, en 2008, nos habló sobre su madre, Doña Chicha, que acababa de fallecer. Había ocurrido cuatro días antes del primer show de la saga Porco Rex, su segundo disco, en Jesús María, Córdoba, y él lo había contado también sobre el escenario.
En ese proceso de apertura, de abrir las puertas de su estudio y de su casa, parecía estar agazapada una apertura emocional. Durante la entrevista se sintió libre de llorar y dijo: “Mamá estaba cerca de los 100 años. Ahí, vos ves otra cosa terrible que es la decrepitud”. Nos habló de la muerte (“Bueno, también es un descanso la muerte, ¿no?”) y describió el amor que tenía por su madre: “Es el único amor incondicional que hay en la vida. Todo lo demás es negociable”, dijo. “Aun el amor de un padre….” Ahora le preguntamos:
¿Cómo era tu padre?
Mi viejo era un tipo medio de drapie. Tuvimos poco diálogo pero tenía una imagen y una presencia… como era antes. El padre era como esa película de Kurosawa, en la que está el jefe en una montañita y lo único que tiene que hacer es que no le importe que le pasen las flechas por adelante; los que están peleando son los demás. Esto es lo mismo: era como una imagen el padre que lo respetabas por cómo era, no por cómo te decía las cosas. Era un gran lector, pero lo único que leía era historia y política. No leía ningún romance, ninguna novela, ningún cuento. A tal punto que el primer libro que leí yo fue El crimen de la guerra, de Alberdi, a los 10 años. En su biblioteca no había mucha tentación para un pibe, pero tenía algunas enciclopedias con impresionantes ilustraciones. Y después, bueno, ni hablar cuando apareció Hora Cero, las historietas donde dibujaba Hugo Pratt, donde Oesterheld hacía guiones. Yo tuve la suerte de comprar la primera edición de El Eternauta, que en ese momento te cambiaba el marote. Y… ¿Y por qué estábamos hablando de esto?
Nos estabas contando sobre la biblioteca de tu padre…
Y de pronto, un buen día, voy a abrir el placar mío, que era mi biblioteca, donde tenía mis cosas, y hay un libro así de grueso de tapa rosada, de una especie de sexólogo de los años 50. El tipo me dejaba libros. Me dejaba un libro que era todo de explicaciones de que la mujer era más difícil que entrara al clímax, y que entonces había que dedicarse un poco.
No había una charla, había un libro, digamos.
Había un libro… Otra cosa era la jugada de ajedrez obligatoria después de comer, post-almuerzo, que primero se la comió mi hermano y después me la comí yo. Desde entonces no jugué nunca más al ajedrez. Cuando algo es obligatorio, cagaste.
En ese linaje están el “Carlos tano” y el “Carlos vasco”.
Sí, pero tano de la alta Italia: somos igual de fascistas [se ríe]. Pero están los que dicen que los del Sur son africanos y yo no, no me jacto mucho de eso.
Pero, ¿en qué temperamento te ubicás más?
En el vasco. En la tradición de que el vasco se baja la boina y va. En general siempre me identifiqué más con mi lado vasco y siempre me tocó ese rol en la vida. Era de la turba dominante en los grupos del colegio primario. Al secundario no fui casi nunca…
¿Por qué?
Porque para el secundario yo ya tenía otros intereses. Hacía cortometrajes, cómicos en general. Uno tempranamente tiene que decidir si elige por vocación o por recomendación de la familia.
El Indio quiere fumar pero no tiene fuego. “Los guitarristas se llevaron todos mis encendedores… Los usan para hacer slide y se los llevan”, dice. Llama por el teléfono interno para que le traigan fósforos. Nadie lo atiende.
Retoma la charla sobre sus años de formación: “Por ejemplo, en plena época dura nosotros hablábamos con chicos… Me acuerdo de haber estado en una casa, en plena Calle 7, donde vivían unos chicos que eran del interior, amigos de un amigo mío, y fuimos una tarde a comer bizcochitos. Ellos eran militantes y nosotros éramos… todo lo contrario. Pero pensábamos lo mismo que ellos. Y hablábamos, discutíamos ahí, qué sé yo, y tres días después vinieron y los mataron a los tres. En La Plata era así: entraban y mataban a todos. Si yo estaba comiendo bizcochitos ese día ahí, hoy no estaba acá, no había Indio Solari, no habría habido Redonditos, no habría habido una mierda”.
Tal vez el indio tiene razon cuando dice: “Es muy difícil de contar en un ratito…” En un momento de la mañana, nos muestra el primer ejemplar de El delito americano, la obra más anticipada en la que se haya metido alguna vez un músico argentino y la novela inconclusa en la que el Indio lleva más de 20 años trabajando. “Este es un mono”, dice. “Va a estar terminado recién el año que viene.”
Es una copia rústica gruesa, pero con la tapa dura trabajada y calidad de libro de ilustración. “Yo no soy el ilustrador, he conseguido dibujantes que me interpretan”, dice. “Les hice cambiar el estilo, porque ellos dibujaban algo más como expresionista: unos personajes altos, largos. Y a mí me gusta Moebius, la historieta europea, que por más que pinten mundos locos, o planetarios, son personas, son figurativos.”
Hace un esfuerzo por ubicarlo en algún lado, para que los lectores entiendan mejor. “Tampoco es un cómic”, explica, “es como un libro de niños, que tiene el texto de un lado y la ilustración del otro”. Pero lo primero que vemos es “La Pera Española”, un instrumento de violación. “La historia transcurre en una especie de clínica de salud del Dr. Semasendhi”, sigue, “que está dedicada a recomponer la psiquis y los daños que ha hecho la lucha contra el sistema a estos tipos como Albert Hofmann, Erik el Rojo en Europa, Tariq Ali”.
Es como el Aleph de la historia universal de la lisergia, un encuentro de genios de la contracultura. Lo interesante es que el Indio Solari es uno de los personajes (el único que nunca sale de su habitación) y que Carlos, para escribir su novela, usó como territorio de la trama el lugar donde se refugió durante una etapa curiosa de aquella juventud alocada. Y eso es lo que finalmente admite antes de pedirnos: “No cuenten el final del chiste ustedes, boludos”.
Después de dejar La Plata con la certeza de que, de lo contrario, iban a matarlo, el Indio se perdió en la costa atlántica. Sus padres eran pioneros entre los pobladores de Valeria del Mar y en sus alrededores estuvo cuatro años en la época de la dictadura, regenteando un hotel (el Alex) y haciendo trabajos de pintura y albañilería para los dueños de las casas de fin de semana. Allá se encontró con Isa Portugheis, uno de sus amigos de la infancia, que estaba con Kubero Díaz (de La Pesada) y otros más en un grupo de bohemios de la época que se hacían llamar los Perros de la Costa.
Se encontraron en un lugar llamado Doctor Belmes, un balneario abandonado en lo que hoy es Mar de las Pampas, e irrumpieron en la casa donde en su libro funciona la clínica. “Ese es un lugar que existió”, revela. “Era Doctor Belmes, donde yo estuve haciendo un campamento de estos nudistas con los Perros de la Costa… Había habido un fraude grande en el lugar. La casa era como cualquier club house, ostentosa, estaba venida abajo pero no saqueada, porque tenías que caminar doce kilómetros por la playa para llegar, entonces entrabas ahí y te ponías a leer las cartas del sobrino del Doctor Belmes que le mandaba a pedir guita desde Brasil.” El Doctor Pedro G. Belmes era conocido por desarrollar la oxigenoterapia y la historia del libro se alimenta de eso.
Las referencias que acumula bien podrían ser parte de una novela de Thomas Pynchon. “Bueno”, dice, “el asunto es que ahí funcionaba una clínica que no se sabía quién bancaba y donde te metían en la cámara Mental Grammar Sphere, una cámara de pérdida sensorial barrida por electromagnetismo, con altas dosis de ácido lisérgico. Entonces estaban ahí y salían contando las visiones que habían tenido”.
Está tan compenetrado contándonos esto que se olvida de que está spoileando su obra más personal. “Y lo que empezó a notar, que se le hizo interesante al Dr. Semasendhi”, continúa, “es que todos hablaban como de un mismo mundo. Era muy extraño, hablaban de los mismos nombres: Nipón Optico, Gas Koreano, las distintas cosas”.
Todo lo que va apareciendo en esas páginas es la construcción del imaginario ricotero elemental. “Está el perro Hum, que es un perro-arma”, sigue. Después de abundar un rato largo en detalles argumentales, el Indio dice: “Y bueno, todo termina cuando… No, no lo voy a contar”.
Durante mucho tiempo estuvo sin tratamiento. Pero, en cuanto fue diagnosticado con mal de párkinson, en lugar de cerrarse, averiguó por su cuenta todo lo que pudo. “Yo soy muy curioso”, dice. “Yo quise saber todo, leí todo porque siempre, o casi siempre, los médicos tratan de decírtelo en episodios. Y yo soy agnóstico, no soy ni ateo ni creyente, es una gloria que me excede el universo. Y me da lo mismo si somos los únicos en todo el universo o hay vida orgánica en cada tramo estelar.”
En la entrevista con Mario Pergolini incluida en el documental Tsunami. Un mar de gente, sobre el último show en Tandil (que fue estrenado online y tuvo 12 millones de reproducciones), donde le muestra su pastillero (un gesto que nadie esperaba) y le cuenta que confundió los síntomas del párkinson con los de la claustrofobia, narra en cámara una anécdota que ocurrió en el B.B. King Club, en Estados Unidos, donde en medio de una cena-show se quitó los zapatos porque se sentía atrapado, y un rato después tuvo que dejar el lugar.
“Era raro, ¿te acordás? ¿Te acordás que nos asustábamos?”, le dice Julio Sáez, presente en el comienzo de la charla. “No, claro”, le responde el Indio, y nos sigue contando: “Y el resto se asustaba inclusive más que yo. Porque yo salía, viste, como un animal atrapado. Así, ¡ping!”.
Las cenas con sus amigos forman parte de una rutina que el Indio se esfuerza por proteger. “Nos juntamos a charlar, a morfar y a beber. A beber martinis. Y también hablamos del universo del bife, pero ya conocemos la postura de cada uno. Quién es el gorilón, quién es el otro…”
Vos trabaste relación con algunos políticos.
Sí, pero como seres, no como políticos. Yo inclusive estuve bastante de acuerdo con la política de estos últimos años. Por suerte en un momento dije que no tenía acceso a su honestidad, porque es la única verdad. Después, las medidas que tomaban me parece que renovaban más el producto bruto de la gente que lo que está pasando ahora. Y lo que está pasando ahora se sabía. Se sabía lo que iba a pasar. Cuando manifestás tu simpatía y hay resonancia, enseguida vienen unos tipos a decirte que hay que militar. A mí cuando los políticos me piden una foto (los gobernadores e intendentes, cuando voy a las provincias), lo primero que digo es: “Con tu sobrino, con tu tía, no tengo problema. Pero con el que está administrando, no”. No me rompas las pelotas, yo soy un francotirador en el mejor de los casos. No me metas en la tropa que yo soy solitario.
El artista no puede ser militante. El artista no tiene que creer en el sentido común de la sociedad, porque ni bien se integra llega el famoso “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. No pintás un carajo. Pintás tu pueblo, pintás Rauch o pintás Espeleta. No estás pintando Nueva York ni Berlín, estás pintando Espeleta, entonces no me rompan los huevos con esas verdades intelectuales que duran nada. “La única verdad es la realidad”, bueno, ¿qué querés que te diga? Al señor [Juan Domingo Perón] yo lo respeto mucho, fue un estadista sinceramente. Pero eso lo dijo para la gilada y lo tomó todo el mundo como si fuera una verdad, ¿que la única verdad es la realidad? ¡¿Qué me estás diciendo?! ¿De qué verdad estás hablando vos que yo desconozco? ¿Es tu verdad la misma que la mía? ¿Tus anhelos son iguales a los míos? Y bueno, si creen que hay una realidad para todos, no es así.
¿Por qué no?
Porque estalla la ecuación ecológica. Imaginate que todas las chicas de Africa y de China y Sudamérica tuvieran un secador de uñas. Para fabricar todas esas pelotudeces hay que talar un montón de árboles, escarbar la tierra, dinamitar. A la vez la gente piensa que las fundaciones son inocuas y atrás hay una corporación, y atrás de la corporación hay un círculo rojo, según me enteré ahora. Todos lo sabíamos, pero un presidente no debe decir una cosa así. Se supone que él es nuestro representante. Ese es el contrato social. El contrato social es que delegamos en el Estado la libertad de juzgarnos en vez de aplicar nosotros el ojo por ojo. Entonces hay un Estado, con equidad de los jueces [se ríe]… Cada cosa que digo me causa gracia [se ríe más]. Bueno, no sé cómo fuimos a parar acá. ¿De qué estábamos hablando?
Del círculo rojo.
El círculo rojo es un disparate. Por ejemplo, estaban distraídos con el mundo árabe y de pronto alguien miró a Latinoamérica y dijeron: “Obama, mirá que acá hay todos gobiernos de izquierda”. En seis meses el Mercosur desapareció. ¿Eso es obra de magia? No, es obra del poder del imperio. Tiene todos los medios de comunicación y la gente cree cualquier batata. Cualquier batata es posible.
Yo empecé a dar reportajes porque se decía cualquier cosa. Y ahora había dejado de dar reportajes en un momento, iba a decir que iba a hablar por mis canciones, pero también tenés compromisos. De alguna manera, yo también sé que quizá fue mutua la necesidad de ponerme en tapa.
Y también te gusta charlar, ¿no?
Creo sinceramente que no tengo nada que aportar más allá de lo que está en las canciones. Las entrevistas que doy son para explicar lo que está en las canciones, no sé, para que haya un vínculo amable con la gente. No tengo interés en transformarme en esos escritores oscuros, tísicos, me parece una pelotudez. La gente cree que soy un ogro que anda con cara de ojete todo el tiempo.
Pero te hemos pintado mucho como un artista recluido en su fortaleza, ¿no?
Sí, sí.
¿Esa construcción también fue mutua?
Sí… Bueno, la primera vez que yo me enteré que era algo especial fue en uno de los primeros recitales en Capital Federal, cuando dijeron que yo era “enigmático y misterioso”. Y yo dije: “¿Enigmático y misterioso? ¿Cómo mierda hago para ser así?” No tenía idea yo de que era enigmático y misterioso. Pero mucha gente, a partir de ahí… Viste cómo es el público, te lee a vos que embocaste un adjetivo que medio que está bonito y empieza a repetir. ¡Qué enigmático que es! Qué sé yo, no sé realmente.
Tras la portada de Rolling Stone de octubre, dedicada a Oktubre, el clásico de los Redondos de 1986, el Indio nos mandó un e-mail. Quería “refrescar la memoria de Rocambole”, ilustrador de la tapa, que hablaba en el artículo (el Indio no respondió a los pedidos para esa nota) sobre la creación de la singular iconografía de las banderas del proletariado, las cadenas rotas y la catedral ardiendo. Adjuntó las imágenes que le había compartido al resto de la banda y a Rocambole (“las primeras con que avisé de mi interés porque en el álbum usáramos la estética soviética”) y aclaró en una PD que no quería adjudicarse la idea, “sino su elección”. Lo había visto en un reportaje a Oscar Niemeyer, el arquitecto que diseñó Brasilia, y en la que el diseño “jugaba con la imitación del lenguaje escrito cirílico”.
Pero la referencia más importante para él fue un disco del Coro del Ejército Ruso que había estado escuchando, especial para él porque un tiempo antes lo había visto en vivo en el Luna Park. “Que dicho sea de paso, cantaron nuestro Himno Nacional con tal enjundia”, escribió, “que me sacaron lágrimas de emoción por primera vez”.
Sin embargo, el Indio ahora relativiza su propio vínculo con la memoria. “Lo más parecido al espécimen psicodélico es el espécimen zen”, dice. “Esta es la vida, este momento. Lo que pasó es como un sueño. El libro, mi autobiografía, se va a llamar Los recuerdos mienten un poco. El primer capítulo va a estar dedicado a eso, porque están todos los que me hacen entrar en el tercer capítulo a la historia de los Redondos, y yo me cago de risa.”
¿Vas a aprovechar para hacer correcciones históricas?
No, no… La autobiografía empieza diciendo: “Este libro no viene a traer ninguna claridad, a explicar nada, ni por qué esto es mío, ni por qué esto es tuyo, ni qué pasó”. Viene a contar cómo lo viví yo. Porque yo una vez dije una cosa que era verdad: veía en los libros de los Redondos que hablaba gente y terminaba siendo como la vida de los Beatles contada por Pete Best, un tipo que estuvo dos minutos. Pero como yo no hablo y Skay generalmente no habla, parece que hubiera empezado no sé dónde. Es lo mismo que yo diga que todo empezó cuando escuché el primer rocanrol en la casa de mi tía Irma. Ahí empezó mi viaje, que me llevó a una encrucijada donde me encontré con otros, que venían de otros viajes, y los Redondos, de los que estamos hablando todos, este libro y los 20 libros que hay, ni siquiera son de esos primeros Redondos del pub. Si hubiéramos terminado en Cemento nadie estaba hablando de nosotros y haciendo libros.
Haber hecho las entrevistas para sus memorias, que se editarán en algún momento de 2017, lo tiene con los recuerdos frescos y suelto para hablar. “Yo cuando empecé no tenía nervios porque era todo una joda, entonces sigo manteniendo el mismo estado”, dice. “Los Redondos nacimos para hinchar las pelotas. Eran como happenings de amigos. No sé cómo llamarlo. Quilombo, bah. En ese momento estaba de moda la seriedad, el virtuosismo. Y nosotros vinimos con el cabaret político, el modelo era ése: el cabaret político alemán. Y empezamos a ser una novedad, casualmente, porque todo el mundo estaba queriendo hacer rock sinfónico o tocar el sitar.”
Después recuerda otra anécdota de esos años que empieza con la frase: “Antes de que nosotros arruináramos el Centro de Arte y Música…” Esta fue la conquista de los Redondos en Capital. “Nos dejaron un solo día tocar porque decían que se lo habíamos transformado en un cabaret”, dice. “No lo prendimos fuego de pedo con las bengalas y todo el quilombo [se ríe]. Hicimos un desastre.”
Sus referencias conectan todo el tiempo con lo dionisíaco, la micropolítica, la desmesura, el caos. “Todo lo que nos salía mal, la gente creía que lo hacíamos a propósito”, dice. “Y en realidad, eran problemas de producción, no teníamos un mango.”
‘A ver… para, para, para. hagamos una prueba de qué hay acá”, dice el Indio cuando le preguntamos cuáles fueron los cantantes por los que él quiso cantar. “Andá, revisá.”
Frente a la puerta tiene un mueble bajo con frigobar, sobre el que están su equipo de música, las botellas y un centenar de discos desparramados. “Yo escucho hasta el himno nacional de Uganda”, dice. “Puede haber desde belcanto, Pavarotti… Estamos hablando de música culta.”
Después está la otra música. “Hablemos de esta medianía que es la cultura rock en cuanto a exponentes”, propone. Acaban de darle el Premio Nobel a Bob Dylan y Leonard Cohen todavía está vivo. “Si yo hubiera sido un viejo sueco, antes que Bob Dylan estaba Leonard Cohen”, dice. “Ni hablar. Bob tiene cosas muy buenas pero también nos engañó mucho, eh. Para aquellos que escribimos la lírica o la poesía, uno se da cuenta de cuando alguien está haciendo una especie de surrealismo que no atrae, pero como ya sos Bob Dylan escribís la palabra ‘loro’ y tiene prestigio poético. En cambio, Leonard Cohen para mí es…”
¿El número uno para vos?
Sí, en la cultura rock. A mí, de la cultura rock me gusta mucho lo primero de John Mellencamp y Tom Petty.
En el documental de Vorterix mencionás a Floreal Ruiz, a Sinatra. ¿Qué cantantes te influenciaron?
Sinatra no es un tipo que admire. Lo mismo que Elvis Presley. Yo a Elvis Presley no lo considero de la cultura rock, lo considero de Las Vegas, como Pat Boone, que les afanaron a los negros el rock & roll porque los blancos no les querían comprar a los originales. Pero para mí es un personaje… no digo detestable, pero no es un personaje rico para la cultura rock. Para mí, un personaje rico para la cultura rock fue John Lennon. Otros como Hofmann, Eric el Rojo en Europa, Tariq Ali, esa gente importante. Cooper, Line. Pero no son cantantes.
Y en la voz, cuando el Indio se transformó en un profesional…
[Interrumpe] No, no, profesional no. Disculpame. Yo soy un amateur. Eterno amateur. Porque yo soy un tipo que ama lo que hace. A mí la gente, porque gano plata gracias a la providencia, cree que yo soy un tipo que, no sé… No sé ni lo que estaba diciendo.
Que no sos profesional, sino un eterno amateur.
Ah, no, claro… A mí lo que me parece maravilloso es que puedo hacer 14 canciones nuevas para el mundo y que la gente las cante. Eso me parece maravilloso. Yo he vivido bien, he vivido mal; he vivido pícaramente bien y pícaramente mal. He vivido de cualquier manera ya; tengo 67 pirulos, la vida mía ya…
Silba y hace el gesto con la mano de un avión cayendo a punto de estrellarse. “Ya estuvo bien”, dice. “O mal.” Se ríe.
Sigue sin encontrar un encendedor, y quiere fumar.
“Escucho hasta música étnica”, sigue. “En casa tengo un mueble como de farmacia, ésos que abrís y tienen un fondo amplio, y tengo de todo…”
Toma el teléfono para que alguien lo ayude con lo del encendedor, pero sigue sin encontrar a nadie (por la ventana, abajo en el jardín, pasa Julio hablando por teléfono), así que deja un mensaje en su propio contestador: “Bueno, soy el dueño de casa, estoy buscando alguien que me asista. De pronto necesito un encendedor o unos fósforos que alguien me pueda traer acá al estudio. Rosita, Patricia, si andan por ahí, qué sé yo, deberían estar en un lugar en el que atiendan el teléfono. Bueno, hasta luego.”
¿Cómo es que después el niño dañino y el joven alocado se conectan con el Indio psiconauta?
Ubicándolo en el lugar de la redención, porque para la psicodelia fue un cambio trascendental. Yo soy un hombre de la psicodelia, de la política del éxtasis. Realmente la experiencia psicodélica ha sido lo que me transformó en lo que soy. El tema es, ¿qué pretende uno de la experiencia? Si vos querés quedarte en el circo mágico, ver alucinetas, ver a tus amigos raro, ver iridiscencias, bueno, quedate. O andá al cine a ver 3D que es mejor. Pero ése es un terreno que hay que pasarlo cuanto antes. La experiencia está saltando ese decorado que hacés vos mismo. Pasando eso hay una especie de terra incognita que ahí está la papa. Ahí te encontrás vos solo.
Se excusa de nuevo. “Voy a ir de una disparada al estudio, a ver si se olvidaron un encendedor ahí”, dice. Pero no tiene éxito. Vuelve a subir la escalera y sigue respondiendo y hablando mientras probablemente está pensando dónde estará el encendedor o el personal. “La única revolución mundial que hubo fue la de los jóvenes, que fueron tres putos años, lo digo yo en una canción: 67, 68 y 69. Después hubo una inercia, pero Lennon lo dijo claramente”, dice, y pronuncia en portugués: “O sonho acabou, rapais. Ya está. Ya fue”.
Desde que lanzo su carrera solista en 2004, el Indio editó cuatro discos: El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel), Porco Rex, El perfume de la tempestad y Pajaritos, bravos muchachitos. El Indio tiene un disco más, que editará presumiblemente el año que viene, pero aún no tiene una fecha. Entre Pajaritos y este nuevo material estuvo grabando más de 100 demos, muchos de ellos de música electrónica.
¿Por qué no te animás a sacar un disco de electrónica, aunque sea con un seudónimo?
No tengo tiempo. Yo soy un tipo muy meticuloso. No es cuestión de prender un Sennheiser y tocar.
Pero más allá del tiempo, ¿por qué no sacar algo que para tu público puede ser extraño pero a vos te gusta?
Mirá, no a mí… le gusta a la gente que está acá alrededor. Lo que hago yo va quedando, va quedando… [señala las bibliotecas] Ahora en este grupo de canciones nuevas, ya había hecho un montón de canciones y me compré el iPad, que viene con el Garage Band, que para hacer maquetas es estupendo: tiene un sampler, las cuerdas suenan muy bien. Entonces empecé a hacer canciones totalmente diferentes a los rocanroles que tenía, para mechar.
Julio acaba de volver y, por suerte, para el Indio tiene fuego. Continúa: “Ahora pudimos recortar hasta quince, porque me agarró un enamoramiento que en 20 días hice 25 canciones, pero todas están buenas. O al menos nos gustan a los que participamos. Me parece que éste va a ser el mejor disco mío”.
Se para y revisa entre unos discos vírgenes rotulados con fibra roja que están revueltos ahí. “Les voy a hacer escuchar una canción, una”, dice. Está particularmente copado con un tema que, según él, marcará el tono del disco. “Y hay una ahí que yo la llamo ‘Don Johnson en Las Vegas’, que es como de la época del polvorín, pero es perfecta, tiene todos los yeites del cantante. Que soy yo, pero le llamo ‘el cantante’ porque canta tan diferente a mí, que es como yo cuando me pongo a joder.”
Pone el disco en su equipo y lo golpea; cuando el lector arranca hace un ruido, entonces lo abre y lo golpea fuerte. “Está bueno esto de pegarle a los objetos con tantas ganas”, dice. “Con las mujeres no, pero con estos objetos…” Resopla y finalmente el disco comienza con la voz sintetizada de una mujer oriental. Es un tema fuerte, un rocanrol directo, que… lo cambia. “Vamos a elegir uno que no sea…”, dice y hace skip de track en track. Empieza otro y lo cambia antes de que llegue a los diez segundos.
Julio se ríe y le dice: “Ves que sos un guacho, ¡poné alguna!” El Indio también se ríe y le da como un poco de vergüenza. “No, no, pero es que les voy a hacer picar las intros, este… un poco más generoso. Este es el segundo tema, no, no… Este es el primero”, sigue, y pone de nuevo el primero.
En un momento tira el comentario: “Yo soy el más joven de toda la banda te digo, eh. En la banda son todos retro”. El tema no es para nada electrónico, es de los rocanroles más crudos que ha grabado el Indio Solari en toda su discografía. Una especie de rock marcial. A los dos minutos dice: “Ya escucharon mucho ese tema”.
Pone un rocanrol que avanza al estilo de “Un ángel para tu soledad” y por momentos comenta cosas encima. “El blues me aburre. A mí me gusta la cultura rock, no me gusta el rocanrol.” Se queda un poco en silencio, escuchándose a él mismo. Y pasa de track. “Vamos a hacer un recorrido pijotero”, dice, “pero algún tema les voy a dejar entero”.
Termina poniendo casi todas las canciones del que será su quinto disco de estudio. Algunas de las guitarras rítmicas ya están, también se grabaron algunos bajos. Y llega a donde quería llegar. “Bueno… bueno, vamos a escuchar éste”, dice. “Espero tener la voz así el día que lo tenga que cantar.”
Es un mid-tempo en el que canta en un tono más bajo pero no como crooner, con la voz rota; como nunca se lo había escuchado antes. Por algún motivo nos recuerda a David Bowie. Después de un rato, dice: “Es el tema del disco”.
Las letras están en un inglés sanateado, pero ya tienen toda la forma, la melodía esencial. “Este se llama ‘Canción para un terrorista bonito’.” La atmósfera de la canción se propone hindú y el Indio canta arriba alternando tonos de suspenso, develación e invitación al desorden. Al rato lo cambia y pone un folk. “Este, mirá, yo lo dejaría así: palmas, guitarra rítmica, bajo y voz”, dice. Cuando entra a cantar, claramente se escucha al Indio frasear en inglés: “Looking my eyes…/Fighting your eyes…”, algo dice en el medio, y termina acentuando en palabras como “sweet”, “cry” y “tonight”; en otros pasajes usa “feeling right”. Le sugerimos que lo edite en inglés y dice: “¡Pero es sanata! Martín se sabe las letras en sanata”. Se ríe.
Pica un par de temas más y de pronto dice: “Bueno. ¡Basta che!”
Para este nuevo disco, el Indio, que ha escrito algunas de las canciones más dramáticas del rock nacional, estuvo buscando otro tono. “En este material nuevo me había prometido hacer una canción pum para arriba”, dice. “Ya venía haciendo varias letras y todas eran medio así también, descriptivas de un mundo conflictivo y conflictuado y con problemas. De la manera que lo describo yo, con personajes que, al escribir su vida, te das cuenta que proyectás el universo del bife y… ¿qué estaba diciendo?”
De los temas nuevos…
Ah, no, y entonces digo: “Le voy a poner un nombre descabellado así sale un disparate”, y pensé “Para eso Dios inventó el dentífrico”. Pero terminó siendo un dramaaaa… Empieza con alguien que recoge a un pibe que está tirado en la calle, muerto en un charco de sangre, y el único momento que aparece el dentífrico es ahí, con un alicate y un sticker de Lanús, un atado de cigarrillos de mentol… Resulta que el pibe se había choreado la recaudación de un tachero y lo corrieron y lo cagaron a patadas, lo mataron, lo reventaron. Eso que pasa en cualquier momento.
Describís un linchamiento.
Sí, y el tipo que en las primeras estrofas está diciendo: “Pobrecito, yo lo conocía de pibe, decía que no le gustaba ver la vida nada más que por la televisión”. En un momento se va transformando y dice: “Hasta yo, que lo conocía de pibe, fui y le metí patadas. Pero incluso Dios miró para otro lado”. O sea que la canción que prometía alegre fue un bajón [se ríe con una carcajada más fuerte].
¿Ponés primero el título y después escribís la canción? ¿Es siempre así?
Yo necesito primero un título que me estimule, como cuando escribís un libro: “Bueno, a ver, ¿cómo desarrollás la idea cuando decís ‘Los recuerdos mienten un poco’? Entonces ahí empiezo a cranear, o a buscar en mis cuadernos, que tengo doce millones. Porque yo escribo en lo que llamo “la cantera”: escribo cosas que se me ocurren, sueltas. A veces porque creo que son ingeniosas, a veces porque creo que me representan, qué sé yo.
¿En los Redondos también era así?
Nah, lo que pasa es que en las primeras canciones de los Beatles… [se confunde] De los Redondos… Digo los Beatles porque para mí ahí pasaba lo mismo. Entre los Beatles que tomaban ácido y los primeros, que se ponían el trajecito, que era un grupo pop con canciones frescas, había una diferencia. Y yo veo a los Redondos de la misma manera: las primeras canciones para mí son frescas… “Tomamos farisani para ver qué onda con el sun saaaa! Tomamos renové porqué…” No me acuerdo ni de las letras de algunas cosas.
Su oficio, dice, es reunir las partes y ejecutar el conjuro. “Anoche estuvimos jugando acá y salieron unas cosas interesantes”, cuenta, “pero los músicos necesitan que uno les marque la canción para reunirse, es como la Retreta del Desierto, como el fuego. Necesitan la canción, porque si no están zapando ahí unas cosas espantosas, hasta que vos metés una línea de canto que ellos ya entienden e inmediatamente colocan los acordes apropiados, la rítmica apropiada y, al ratito, es una canción impresionante”.
Se retrotrae al tiempo de los Redondos. “Skay me decía que no sabía hacer una canción”, dice. “‘Pero hacer una canción’, le decía yo, ‘es poner una estrofa, un estribillo, una estrofa, un intermezzo musical, llegar a la coda con comodidad, si hay un solo, qué sé yo, y terminar… Lo único es que después tenés que correr el riesgo de que no le guste a nadie’. Porque cuando uno está creando no sabe si está bien o está mal, ¿cómo sabés eso?”
Después de una pausa, dice: “La canción es necesaria, para vincular”. Se acuerda de algo y sonríe. “Como decía Zappa”, cita, “‘Las improvisaciones salen mejor cuando se ensayan’”.
El Indio se presento en vivo 17 veces en poco más de una década. Los primeros dos shows fueron en el Estadio Unico de La Plata para 50.000 personas, y junto a una única presentación en el Velódromo Municipal de Montevideo, Uruguay, ésas fueron las únicas tres veces que presentó en vivo El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel), su primer disco solista.
Porco Rex, su segundo disco, fue el que más tocó, siete veces en total después de pasarse 2006 y 2007 recluido. La saga de shows empezó en abril de 2008 en Jesús María, convocando a 40.000 personas, y terminó en noviembre de 2010, en Tandil, con 120.000.
Durante ese show de Tandil estuvimos con él, accedimos de primera mano al montaje escala egipcia de sus shows, y a la intimidad del Indio fuera de su fortaleza, en la ciudad donde hizo base todos estos años. Supimos entonces que viajaba con un médico personal.
El perfume de la tempestad sólo lo tocó cuatro veces: tres durante 2011 y una en 2013; en 2012 no dio conciertos.
Y de Pajaritos, bravos muchachitos, su último disco hasta ahora, sólo hubo tres recitales. El primero de ellos fue el de Gualeguaychú, donde se cayó; el último, el de este año en Tandil, donde anunció que tiene párkinson.
El Indio dio ahí una de las mejores performances vocales de su carrera, como si haber hablado de su enfermedad frente a su público lo hubiera liberado de un peso gigante. Las balas picaban cerca y el Indio lo sabía: el tecladista Pablo Sbaraglia no estaba presente por un “drama íntimo familiar” y a Martín Carrizo, el reemplazo de su viejo colaborador Hernán Aramberri, le detectarían una enfermedad grave.
Ese show fue especial, una transmutación de energía, y en el final el Indio salió a confrontar abiertamente con algo que Mick Jagger, en los shows de los Rolling Stones de febrero, había dicho en su ciudad, La Plata. “Muéstrenme el mejor pogo del mundo”, dijo en un español guionado antes de cantar “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Y acá en Tandil, justo antes del puente que corea la gente en “Jijiji”, el Indio le respondió: “Este es el pogo más grande del mundo. Mick Jagger, hacete de abajo”.
Mientras enviamos esta edición de Rolling Stone a imprimir, nos llega un mensaje de Julio Sáez confirmándonos que el Indio tocará el 11 de marzo en Olavarría. Unos días antes, sentados frente al Indio, le preguntamos:
¿No tenés miedo, en tu situación, de no poder terminar un show?
Y si no lo puedo terminar… Y sí, puede pasar. Cada directo es una prueba, por eso digo que no tengo un futuro muy largo. Al menos arriba del escenario. Porque para esta enfermedad todavía no hay cura, te mantienen, medianamente. Las últimas veces ya estaba enfermo, y cuando creía que no, ya estaba enfermo también. Y no tenía tratamiento y no estaba haciendo nada de lo que estoy haciendo. Tengo fe en este momento, pero no puedo hacer seis shows en el año. Bueno, qué sé yo, that’s life.
En Tsunami decís: “La muerte es una buena oportunidad para sacarte de encima los compromisos”.
Sí.
¿Por qué tenés ese sentimiento y, en todo caso, cuáles serían esos compromisos?
No, el sentimiento me lo transmitió Bowie cuando en un reportaje él dice: “Yo siempre quise hacer esta música”.
El Indio resopla, se quiebra, se pone de pie como un resorte y se le cae una lágrima. “Las pastillas ayudan mucho para esto, disculpen”, dice, alejándose. Y desde allá, al lado de su escritorio, cerca de los kleenex, viene la frase:
“Yo siempre fui David Bowie.”
Llorando, el Indio se acerca otra vez hasta nosotros y continúa: “Entonces es liberadora la muerte. La última obra debe ser impresionante, cuando no tengo nada que perder. Y eso es lo que hizo Bowie, una obra maestra [se refiere a Blackstar]. Los primeros diez minutos de ese disco son impresionantes, los coros, ese saxo free, la voz de él, los videos… Lo que son los videos. Son de un dramatismo… Un tipo que hizo gala de su belleza, explotándola toda la vida, que de pronto se pone una máscara y se la saca…”
Frente a nosotros, el Indio actúa ese momento del último clip de Bowie y hace como que se quita de los ojos una venda de forma violenta, apretando los dientes, quitándose una máscara imaginaria con brutalidad. Es una imagen con la que puede sintonizar: un gran artista popular despidiéndose de su público. “Es una maravilla, una liberación total, ¡es mi última obra! Bueno, disculpen esta mariconada… Lo que pasa es que a todo el mundo le debe pasar lo mismo. Vos no querés cortar amarras con tu público, porque le debés todo, pero quizá lo que tengo ganas de ser es Don Johnson en Las Vegas.”
Sonríe con un gesto de amargura. Nadie sabe qué pasará con toda esa energía que concentra el Indio Solari en miles de fanáticos cuando él deje de tocar, cuando ya no esté, cuando sólo nos quede el holograma de este tipo que se ve a sí mismo en un Olimpo en el que dialoga con Jagger, Dylan, Cohen, Bowie…
Perdón, ¿dijiste “yo siempre fui David Bowie”?
Y, de alguna manera es eso. Siempre fui el Indio Solari y cuando estaba en los Redondos de alguna manera tenía que consultar. Y en los Redondos yo hacía la mayoría de las cosas: la letra de la canción, la melodía, intervenía en los leitmotivs, hacía el discurso público porque el único que podía hablar era yo, que era el que sabía. No era porque ellos no supieran hablar, Skay era un tipo también culto, pero la idea básica de Patricio Rey era mía. Bauticé la puta banda, que encima es un nombre pelotudísimo, y el único que podía sustentar con un discurso público el concepto, una palabra que odio…
Suena el teléfono interno de la casa: es Virginia, su mujer, que lo espera para comer. “Sí”, le dice él, “déjenme comer solo porque ya voy, ya voy, pero no puedo echar a la gente a patadas. Y sí, sí, chau”. Corta y nos dice: “Es mi mujer, que tiene que ir a buscar a mi hijo, pero dejemos que vayan así yo me voy caminando tranquilo”.
Eso que tuvo Bowie, de diseñar su “last act”… ¿Vos tenés pensado tu último acto?
No, es envidiable. Nada más lejos de estas enfermedades de mierda… Si no fuera porque tenés familia te pegás un corchazo, porque va todo para la mierda. Es lo que hablaba yo de la decrepitud. La decrepitud es una cagada, la sobrevida todo hecho mierda no vale mucho. Pero bueno, también el criterio de eternidad de uno ha cambiado y se aferra a la vida, porque tiene un hijo y quiere verlo crecer.
¿Qué creés que pasa cuando uno se muere?
Creo que cuando uno se muere devuelve el carbón, devuelve el azufre, devuelve esas cosas. Pero la personalidad, esa unidad que sos vos, no va a estar más. Y a mí lo que me importaría de la eternidad sería ser yo. Si no me prometés que la próxima vida se va a parecer un poco a ésta, me retiro. Bastante nos cuesta pensarnos a nosotros mismos, imaginate decir: “Bueno, a ver, cómo será…” ¡Puede ser de cualquier manera! Qué sé yo… Entonces me pasa eso con la vida. La tomo relativamente en serio, relativamente en broma.
Son entretenidos los libros sagrados, son muy bellos, pero tampoco podés creer que Dios se le manifiesta siempre a un viejo en una montaña. Por qué no abre las nubes y apuntando con el dedo, dice: “Existo, pórtense bien porque les voy a prender fuego el ojete en el infierno”. Y a partir de ahí yo también digo: “Señor, lo que usted diga”. Qué sé yo, no sé. Uno es más lo que ignora que lo que sabe.
¿Qué pensás que va a pasar con tu patrimonio cuando ya no estés?
No, yo le dije a mi familia que lo que les dejo es una posición para que estén cómodos y pueda elegir mi hijo si quiere rascarse el higo. Sobre todo, para que elija por vocación. Y para eso tenés que tener algún dinero. Se te ocurre ser, qué sé yo, alguna cosa extraña, egiptólogo, bueno, por ahí te pagarán algún pasaje a Egipto alguna vez en un museo, pero de dinero no te vas a llenar. Entonces le dejo un dinerillo ahí como para que lo que me costó a mí ser vago no le cueste a él. Y trato de no decírselo, porque también me gustaría que fuera capaz de su vida, ¿no?
Pero, bueno, es un padre añoso uno también. Tiene esa cosa de que lo que podría haber sido de rectitud a los 23 años… En este momento, soy como el abuelo. La madre me odia porque le digo: “Bueno, ¿cuándo le vamos a comprar la moto?”. Se lo digo en joda: “Una Harley Davidson”. Y grita: “¡Nooo!” Y yo le digo: “‘¡Qué! Boluda, es hora de que decida, la carrocería en la moto es uno mismo”, que es como decir, qué sé yo, la única verdad es la realidad [risas]. ¡No me hagan enemistar con los peronistas! Yo cuando converso, estoy conversando, entonces me libero del personaje y de pronto digo cosas inconvenientes.
En el Facebook, y en toda tu etapa solista, han aparecido otros personajes: El Fisgón Ciego, Monsieur Sandoz… ¿Esos seudónimos que usás son otra forma de expresarte?
Claro. El Indio Solari es otra cosa: te escribe por mail, no por ahí. Después se darán cuenta, con el tiempo, o mataré a esos personajes.
Pero, ¿el Indio Solari también muere?
El Indio Solari es como la muerte. El Indio Solari se va a morir cuando muramos todos [risas]. Y como yo creo en este momento, cuando yo muero, mueren todos ustedes, desgraciadamente.
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Murió Carlos Alberto Solari, el Indio Solari, a los 77 años. La noticia fue confirmada este viernes por la mañana por su entorno. Pasado el mediodía, ratificaron la información a través de una publicación en la cuenta oficial de Instagram del músico.
Según consignó La Nación, de acuerdo a lo informado por la Fiscalía General de Morón en un comunicado de prensa, Solari fue encontrado sin vida en las inmediaciones de la pileta de su casa de Parque Leloir, en el partido bonaerense de Ituzaingó. La Justicia ordenó la realización de una autopsia para determinar las causas de su fallecimiento.
“Siendo las 8.30, se tomó conocimiento de que fue hallado sin vida en su domicilio de Parque Leloir el cantante Carlos Solari, conocido popularmente como Indio Solari. Su cuerpo fue hallado en circunstancias en que estaba en cercanías de una pileta, habiendo ya intervenido la emergencia médica privada ante la llamada de su cuidadora, quien arribó al domicilio a las 8, horario en que comenzaba su actividad”, se explicó oficialmente.
Cantante, compositor y referente cultural de varias generaciones, Solari fue la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, banda emblema del rock argentino, que constituyó uno de los fenómenos populares más singulares de América Latina. Tras la separación de Los Redondos, el Indio inició una exitosa carrera solista al frente de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, convocando multitudes en cada presentación.
En 2016 reveló públicamente que padecía párkinson, enfermedad que progresivamente lo alejó de los escenarios. Su último recital tuvo lugar en Olavarría en 2017. Desde entonces continuó activo a través de grabaciones, colaboraciones y proyectos como El Mister y los Marsupiales Extintos.
Nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, aunque criado en La Plata, se convirtió en una de las figuras más influyentes, enigmáticas y convocantes de la cultura nacional. Su recorrido artístico atravesó más de cinco décadas. Con los Redondos, a través de discos como Oktubre, Un baión para el ojo idiota, ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado, La mosca y la sopa y Luzbelito escribieron capítulos fundamentales de la historia del rock argentino. Poesía callejera, crítica social, humor ácido, imágenes surrealistas y una mirada desencantada sobre el poder hicieron de la lírica del Indio una materia de estudio.
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Kanya King CBE, founder and CEO of the MOBOs, has died at 57, the organization has confirmed.
In a press statement, the MOBOs (Music of Black Origin) said that King “passed away peacefully after a courageous and characteristically determined battle with colon cancer” on Wednesday (June 3). They add that she was “surrounded by her family, close friends and love.”
King was the cofounder of the MOBO Awards which celebrated a landmark 30th anniversary in 2026. The event, which celebrates music of Black origin both domestically and around the world, was held annually with 2026’s edition seeing performances from Olivia Dean and FLO.
Throughout the years, Stormzy, Amy Winehouse, 50 Cent, Sade, Central Cee and more all received prizes from the MOBOs, with Rihanna (2006), Lauryn Hill (2005), and Destiny’s Child (1999) all performing at the event over the years.
“What Kanya created was never simply an awards ceremony,” the statement adds. “It was an act of cultural justice. MOBO did not just celebrate Black music; it legitimised it, amplified it, and demonstrated its commercial and creative power to a world that had too often chosen not to see it.”
In 2024, King announced her diagnosis of stage four colon cancer. At the MOBOs in February 2025, King said that “I never allowed someone to define my limits. Not in life. Not in business. And I’m certainly not going to have that happen now.”
King was born to a Ghanaian father and Irish mother in Kilburn, north London in 1969. She was working as a TV researcher when she founded the MOBO Awards in 1996 alongside Andy Ruffell.
Speaking to Billboard U.K. in March, she said that at the time “there was no real infrastructure or clear pathways for Black music here. Institutional recognition was virtually nonexistent.” King remortgaged her house to fund the awards which were attended by Tony Blair, who would later be elected as the U.K.’s prime minister.
Over the years, the MOBOs spearheaded and reacted to growing U.K. scenes including garage music and grime. “We’ve helped artists move from underground to mainstream and from local to global,” King told Billboard U.K. “We’ve validated some of the genres that were sometimes often dismissed. Whether that was early U.K. R&B, garage and grime to Afrobeats. In many cases, the MOBOs gave artists their first national platform at a time when others wouldn’t.”
The MOBOs also hosted a number of social initiatives to empower Black creatives. The House of MOBOs, for example, was established earlier this year as a place “where people can come together to celebrate, collaborate and build.”
King was awarded an MBE (Member of the Order of the British Empire) in 1999 and elevated to a CBE (Commander of the Order of the British Empire) in 2018.
“The world was a profoundly better place with Kanya King in it,” the statement adds. “The MOBO family is heartbroken, but also endlessly grateful, proud and inspired by everything she gave to music, culture and the generations who will follow in her footsteps.”
King is survived by her son, Jem.
Nearly sixty years ago, all the Beatles needed was some help from their friends for a run-through of their then-new song “All You Need Is Love” on the “Our World” global satellite broadcast. The first live multisatellite production, which reached more than 400 million people around the planet, ended with the Beatles performing the uplifting song along with the Rolling Stones, Eric Clapton, Marianne Faithfull, Who dummer Keith Moon and Graham Nash.
The special moment will be officially commemorated on June 25 as part of the long-running fan-led initiative — backed by the group’s label, Apple Corps. Ltd. — to celebrate the song’s message by officially dubbing it “Global Beatles Day.”
The idea to celebrate the band with a special day was hatched by lifelong fan Faith Cohen in 2009, turning into an unofficial vehicle for fans around the world to honor the band every year. In the years since, the commemoration has included tribute concerts, sing-alongs and fan gatherings from New York to Tokyo, Buenos Aires and the Fab Four’s hometown of Liverpool.
With more details to be revealed soon, an announcement from the group revealed that along with online and in-person events around the world celebrating John Lennon, Paul McCartney, George Harrison and Ringo Starr, the Beatles will release a colorized version of their BBC Our World performance of “All You Need Is Love” free on YouTube. It will be the first time the performance will be available online, with fans able to weigh in and share their reactions in a live chat.
Writing to superfan Cohen this week, Apple Corps CEO Tom Greene said, “More than ever, the message of The Beatles, and of ‘All You Need Is Love’ speaks to something vital for community, connection, and the power of bringing people together. That is what makes Global Beatles Day so special. It asks nothing more than for people, wherever they are, to stop, listen, and share a little joy.”
Shaboozey has found his “Cowgirl.” And yes, it’s Ciara Miller.
The “A Bar Song (Tipsy)” rapper’s outlaw era gathers pace with the release of “Cowgirl,” and its music video featuring Miller, the star of Bravo’s Summer House.
Directed by Logan Meis and Shaboozey, the music video follows Miller, a fearless gunslinger who strolls into a dodgy saloon in a forsaken nook of the Wild West. Our hero is no wallflower. Giving no s— about anything, she proceeds to out-drink, out-arm wrestle, out-shoot, out-do anything the other cowboys can muster.
At the top of the clip, an explainer. The action takes place five days after the death of Sheriff Lee. The “Cowgirl” is venting, in a haze, in a rage. No doubt haunted by the death of her partner, the town Sheriff.
The lively song is the followup to the April release “Born To Die,” the first lifted from Shaboozey’s forthcoming concept album The Outlaw Cherie Lee & Other Western Tales.
The forthcoming collection is a Western portrait, a country tale told with Americana, hip-hop, and pop, recounting a “tragic, mythic story of vengeance, love, and transformation,” reads a statement. It’s said to unfold like a Western film, told in chapters with narration, skits, and cinematic transitions.
The main character is Cheri Lee, a woman shaped by violence and driven by loss. On her travels, she falls for an outlaw, which provides her with entry into the world that she’s trying to destroy. It’s complicated, and the story takes a bloody turn, leaving our hero with some big calls to make.
The Outlaw Cherie Lee is due out July 31 via EMPIRE, and is successor to his breakout 2024 project Where I’ve Been, Isn’t Where I’m Going. Shaboozey is responsible for one of the biggest hits of the streaming era with “A Bar Song (Tipsy),” which set a new benchmark by spending more time at No. 1 on Billboard’s Radio Songs chart than any song before it and spending 19 weeks atop the Billboard Hot 100. The success of “A Bar Song” also cemented Shaboozey’s place in music history, making him the first performer to reach the top 10 simultaneously on Country Airplay, Pop Airplay, Adult Pop Airplay, and Rhythmic Airplay charts. Additionally, it became only the second song by a Black artist to lead both the Hot 100 and Hot Country Songs chart.
Watch the “Cowgirl” music video below.
Evanescence was brought to life back the early 2000s. Now the alternative rock outfit is six albums deep, with the release of Sanctuary.
The new collection dropped at the stroke of midnight, and houses “Who Will You Follow,” which last month hit No. 1 on Billboard’s Hot Hard Rock Songs ranking, the rockers’ first leader on the chart since its inception in 2020.
To celebrate the new release, Evanescence extends their world tour with a lap down under in the early stages of 2027. Produced by Live Nation, Evanescence’s arena tour of Australia and New Zealand gets going Friday, March 5 at Perth’s RAC Arena, then heads east for dates in Adelaide, Melbourne, Sydney, Brisbane and wraps up March 20 at Auckland’s Spark Arena. The general onsale starts next Friday, June 12.
Evanescence last toured Australia in late 2025 as special guests on Metallica’s M72 World Tour. Aside from those stadium shows, Amy Lee and Co. played several intimate sideshows. Before that, they celebrated 20 years of their breakthrough debut album Fallen with a tour in August 2023.
As previously reported, the band’s world tour is slated to kick off on June 11 at the iTHINK Financial Amphitheatre in West Palm Beach, Fla., before moving on to Georgia, Tennessee, North Carolina, Massachusetts, New York, New Jersey, Ontario, Quebec, Indiana, Missouri, Arizona, California, Utah, Ohio and Michigan. The trek will then leap over to the United Kingdom and Europe for summertime gigs in Leeds, Manchester, Birmingham and London, as well as shows in Germany, Italy, Spain and Portugal. Later, in 2027, the group will rock audiences across Southeast Asia, Japan, Australia, New Zealand, Central and South America.
Since they burst onto the airwaves more than two decades ago, Evanescence has landed two leaders on the Billboard 200: 2006’s The Open Door and 2011’s Evanescence. Also, they’ve placed five titles on the Billboard Hot 100, including three top 10 appearances, led by their signature song from 2003, “Bring Me To Life,” which peaked at No. 5.
Stream Sanctuary and check out Evanescence’s ANZ dates below.
Evanescence 2027 Tour of Australia and New Zealand:
March 5 — RAC Arena, Perth
March 7 — AEC Arena, Adelaide
March 9 — Rod Laver Arena, Melbourne
March 12 — Qudos Bank Arena, Sydney
March 16 — Brisbane Entertainment Centre
March 20 — Spark Arena, Auckland
For complete tour and ticket information visit livenation.com.au and livenation.co.nz and evanescence.com.
Headlined by the Red Clay Strays, Billboard’s second annual Country Live kicked off June 4 in Nashville at Luke Combs’ spacious Category 10 with a full slate of acts, showing off country’s expansive musical spectrum and filling the Lower Broadway venue to the brim.
The Red Clay Strays closed the evening with a robust set highlighting their range and their cadre of songs addressing the human condition and all its foibles before an enthusiastic crowd, who swayed and sang along to the Alabama band’s powerful country rock cocktail.
Country Live followed Billboard’s Country Power Players event the night before, where the Red Clay Strays were presented with the Groundbreaker Award by their buddy, comedian Matt Rife, who was also in attendance at their Country Live show Thursday night.
Before the Red Clay Strays hit the stage, fans were treated to packed bill featuring Ty Myers, The Band Perry, Corey Kent, Lanie Gardner, Drew Baldridge, Chase Rice, Hunter Hayes and the Grimm, all doing mini sets that highlighted hits and well-chosen covers. The day also included a set by Grammy-winning country star Carly Pearce, who made a surprise appearance that has been only announced Thursday morning.
Country Live, presented by Under Armour, continues Friday (June 5) with Kaitlin Butts, Something Out West, Alana Springsteen, Stella Lefty, Braxton Keith, Ashley Cooke, Priscilla Block, Alexandra Kay and headliner Tucker Wetmore, who received Billboard’s Rising Star award June 3. Attendance is free, but fans are encouraged to RSVP at live.billboard.com/country.
Below is a round-up of all the artists who appeared at night one of Billboard’s Country Live.
Boards of Canada drought-busting album Inferno (via Warp/Inertia) has been warmly received in Australia, where it opens its account at No. 3 on the ARIA Chart for the week’s top debut.
That podium finish is the Scottish electronic duo’s career best position and first top 10 appearance, easily eclipsing the No. 24 peak of their last album, Tomorrow’s Harvest, released back in 2013, some 13 years ago. Inferno is this week’s best-seller on wax, taking out top spot on the ARIA Vinyl Chart.
Boards of Canada, brothers Mike Sandison and Marcus Eoin, were in a two-way joust on the midweek U.K. chart with Paul McCartney’s The Boys of Dungeon Lane (Capitol/Universal). On the latest all-genres ARIA Chart, published late Friday, June 5, McCartney’s new album bows at No. 5 on the Albums Chart. It’s one of McCartney’s 18 top 10 appearances on Australia’s albums chart, ARIA reports, two of which went all the way to No. 1: Wings’ Red Rose Speedway and Band On The Run, both in 1973. As part of the Beatles, the two-time Rock Hall-inducted legend has scooped more than a dozen ARIA No. 1 albums.
Also new to the chart is Florida rock band Shinedown, with EI8HT (Atlantic/Warner), their eighth studio collection. It’s new at No. 7.
The top new homegrown release belongs to Amber Lawrence, whose Suburban Cowgirl (ABC/Orchard) starts at No. 18. Lawrence, the reigning female artist of the year at the Country Music Awards of Australia, one of her six Golden Guitar Awards, peaked at No. 5 with her last album, 2022’s Living for the Highlights.
South Korean girl group Aespa enjoys a career best result with Lemonade (Virgin/Universal), their second studio album. It’s new at No. 24. Until now, Aespa’s best result had been No. 55 with 2022’s Girls. Further down the list, Aussie singer Chloe Parche bags a top 40 appearance her latest EP Sitting Next To Nellie (AWAL), new at No. 34, and Devin Townsend is close behind with The Moth (Century Media/Sony), new at No. 36.
At the top of the leaderboard, meanwhile, is Drake’s Iceman (Republic/Universal), which bounces 2-1 for its second non-consecutive reign.
The ARIA Singles Chart has some country flair as Ella Langley’s “Choosin’ Texas” (Sony) bags the No. 1 spot for its third non-consecutive week. “Choosin’ Texas” lifts 2-1.
The top new debut belongs to Ariana Grande with “Hate That I Made You Love Me” (Republic/Universal), arriving at No. 2. “Hate That I Made You Love Me,” the first track from her forthcoming eighth studio album, Petal, becomes Grande’s 31st top 20 single. All up, her career tally includes four ARIA No. 1 singles: “No Tears Left To Cry” (2018), “Thank U, Next” (2018), “7 Rings” (2019) and “Positions” (2020).
“Hate That I Made You Love Me” is the only debutant on the latest frame, one that features two Australian made tracks: Tame Impala’s platinum-certified “Dracula” (down 6-7 via Columbia/Sony) and G Flip’s “Bed on Fire” (up 48-33, a new peak, via AWAL).
PRODUCE 101 JAPAN SHINSEKAI is the fourth season of the survival audition show that brought the world JO1, INI, and ME:I. It will culminate in the debut of a 12-person global boy band with members chosen through voting by Japanese viewers (Kokumin Producers) and, for the first time on the show, global viewers (SEKAI Producers) as well. The announcement of the group’s final members is drawing near, so audiences are watching closely to see how the auditions will turn out.
One area that is drawing even more attention, as the audition excitement ramps up, is the choice of music. Episode 4, which aired on April 9, and Episode 5, which aired on April 16, were a GROUP BATTLE. The 101 trainees were broken up into 16 groups, and each group was assigned one of eight songs, with the two teams assigned the same song competing against each other. Not only were the teams judged on their comprehensive abilities (like their vocals, dance, and rap), but the victors were decided by voting by the audience at the battle site. Tensions were high from the very start, as the trainees found who would be in their groups and what song they’d compete with. Unlike past seasons of PRODUCE 101 JAPAN, the addition of the new FREE Part rules meant that the trainees were able to produce parts of the songs, making their own choreography, performance, and structure decisions. This oft-talked about change meant that their self-production abilities would also be subject to closer scrutiny. Of the songs used in the GROUP BATTLE, JO1’s “Love seeker,” Wanna One’s “Energetic,” and Stray Kids’ “CASE 143” were especially noteworthy because of what happened to their streaming numbers.
JO1’s “Love seeker” saw its streaming numbers rise by 197% in Japan between the week before when PRODUCE 101 JAPAN SHINSEKAI aired and the week when it aired. It also had a 197% increase throughout Asia (based on figures from Japan, Korea, Taiwan, Hong Kong, India, Indonesia, Malaysia, Philippines, Singapore, Thailand, and Vietnam). Another likely factor was JO1’s solo dome tour JO1DER SHOW 2026 ‘EIEN,’ which had the group performing at Tokyo Dome on April 8 and 9 and Kyocera Dome Osaka on April 22 and 23.
Streaming numbers for Wanna One’s “Energetic” rose by 468% in Japan between the week before the show and the week of the show, and rose by 219% across Asia as a whole. On April 6, Wanna One had its first fan meeting in seven years in Seoul, Korea, and the official reformation of the group is believed to have further boosted these numbers. Stray Kids’ “CASE 143” saw streaming plays go up by 145% in Japan and 124% across Asia, both significant increases. These upswings in streaming figures are likely the outcomes of numerous viewers re-listening to the music used in the show and recalling the passionate, dramatic scenes involving the trainees.
Episode 6, which aired on April 30, and Episode 7, which aired on May 7, were a “POSITION BATTLE: OPEN ROUND.” In dance and vocal groups, the lines between vocal, dance, and rap positions have disappeared. We’ve entered an age of all-rounders, where people aren’t confined by the limits of fixed positions. Because of this, during the OPEN ROUND, the trainees were judged for their self-production abilities, including the arrangements and structures they chose for their songs. All nine teams competed with different songs, and the top two trainees from the first round ranking and the top person for each song of the GROUP BATTLE were selected as leaders.
Of the nine songs used for this round, streaming figure growth was especially prominent for Imagine Dragons’ “Natural,” INI’s “DOMINANCE,” and ZEROBASEONE’s “Doctor! Doctor!” When the show aired, “Natural” saw its streaming plays rise by 199% in Japan vs. the previous week, and by 104% for Asia as a whole. For “DOMINANCE,” streaming plays rose by 167% in Japan and 166% across Asia, and for “Doctor! Doctor!” the figures rose by 218% in Japan and 173% across Asia. All were significant increases. The fact that INI and ZEROBASEONE were headliners at KCON JAPAN 2026, which was held from May 8 to 10 at Makuhari Messe, is likely another reason for the climbing streaming figures.
Imagine Dragons’ “Natural” was chosen by the “Nature Self” team, led by CHISATO (Chisato Kobayashi). YURA (Yura Abe) was chosen as main dancer by unanimous agreement, but he was struggling with his defeat in the previous GROUP BATTLE. Dance trainer Rino Nakasone advised him of the importance of reflecting the song’s message in his performance, saying “The song ’Natural’ is all about not bowing under pressure. Don’t keep it all pent up inside.” This drew a lot of attention to how much the song “Natural” had to say. “Nature Self” was chosen as the standout team, which is likely another reason for the rise in streaming numbers.
The “PUNCH LINERS” team, led by RYUJI (Ryuji Sugiyama), chose INI’s “DOMINANCE.” INI members Rihito Ikezaki, Hiroto Nishi, and Jin Matsuda made surprise appearances 101 SPECIAL BUDDIES, cheering on the trainees and providing valuable advice, which resonated with viewers. O.YUSEI (Yusei Obayashi), who was selected as main rapper, asked to be replaced, but with the encouragement of his team members, took to the stage with a bold performance. In a dramatic turn of events, he was chosen as the top member of the team in field voting.
The “LOVE MANUAL” team, led by K.DAIKI (Daiki Kato), selected ZEROBASEONE’s “Doctor! Doctor!” The team was made up of some of the most popular and skilled members, but vocal trainer Kevin Woo expressed disappointment, saying “You were like the Avengers of the teams, so I was expecting a lot from you, but I’m not seeing teamwork.” The team had hit a wall. INI members Takumi Ozaki, Hiromu Takatsuka, and Kyosuke Fujimaki listened attentively to the team’s concerns and helped them take them on, strengthening and uniting the team. K.DAIKI and main vocalist SHINHAENG (Oh Shinhaeng) led their team with a highly polished performance of “Doctor! Doctor!”
Now audiences cast their minds back, recalling the drama behind the songs used in the show and waiting with bated breath to see who will debut as PRODUCE 101 JAPAN SHINSEKAI approaches its conclusion.
—This article by Kaori Komatsu first appeared on Billboard Japan



