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10 himnos inolvidables del britpop

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Disney+ lanzó el tráiler de la temporada final de The Bear

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La Justicia autorizó este lunes la cremación de los restos de Carlos “Indio” Solari, luego de recibir los estudios complementarios de la autopsia realizada tras su fallecimiento. Según trascendió de fuentes judiciales consignadas por el diario La Nación, los análisis descartaron la presencia de alcohol y drogas en el organismo del músico y determinaron que solo había rastros de la medicación que utilizaba para tratar el Parkinson.

La resolución fue firmada por el juez de Garantías de Morón Jorge Rodríguez, luego de que el fiscal Lucio Rivero prestara conformidad al pedido presentado por la familia. De esta manera, se habilitó el cumplimiento de una voluntad que el propio Solari había expresado en vida: que sus restos fueran cremados.

Solari murió el pasado viernes 5 de junio en su casa de Parque Leloir como consecuencia de un accidente cerebrovascular hemorrágico. La noticia provocó una conmoción inmediata y dio lugar a una serie de homenajes espontáneos en todo el país.

Antes incluso de que se anunciara oficialmente cómo sería el último adiós, miles de seguidores comenzaron a reunirse en plazas y espacios públicos. La concentración más emblemática tuvo lugar en Plaza de Mayo, donde una multitud de ricoteros se congregó de manera autoconvocada para compartir canciones, abrazos, banderas y recuerdos en una jornada atravesada tanto por la tristeza como por la celebración de una obra que marcó a varias generaciones.

Durante el fin de semana, los homenajes continuaron multiplicándose. Hubo una convocatoria masiva en el Obelisco porteño y un emotivo concierto de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en Comodoro Rivadavia, donde la banda decidió rendir tributo a su histórico compañero a través de sus canciones y transmitir el show en streaming.

El domingo se realizó la despedida pública en el Polideportivo José María Gatica de Villa Domínico, en Avellaneda. Desde las primeras horas del día, una fila de seguidores que se extendió por decenas de cuadras avanzó lentamente para pasar frente al féretro y darle el último adiós al artista. Entre flores, camisetas, banderas y aplausos, miles de personas participaron de una ceremonia que quedará marcada en la memoria nacional.

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El lunes por la mañana, el entorno del músico dio por finalizado el velatorio con un mensaje publicado en las redes oficiales de Solari. Allí agradecieron el acompañamiento de los seguidores y revelaron la escena final del Indio en su casa: el equipo Marshall de su guitarra y el sistema de sonido donde escuchaba sus canciones permanecían encendidos. “Que su música no pare nunca más”, expresaron.

Mientras el círculo íntimo del cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota avanza con las últimas instancias de la despedida, la actividad de los distintos proyectos vinculados al universo ricotero continúa convocando a miles de personas.

Por obvias razones, Skay Beilinson suspendió el recital que tenía previsto ofrecer el sábado en Rosario y se espera información oficial sobre su reprogramación. Por ahora, sus próximas fechas anunciadas son el 20 de junio en Bolívar y el 11 de julio en Montevideo. Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, por su parte, realizaron el último fin de semana el concierto que ya tenían programado en Comodoro Rivadavia —agotado desde hacía meses—, convertido inevitablemente en un homenaje a Solari, y volverán a presentarse el 10 de octubre en Tucumán.

También La Kermesse Redonda, el proyecto que reúne a músicos históricos de los Redondos junto con invitados y colaboradores, mantiene su actividad: el sábado pasado, apenas horas después de conocerse la noticia de la muerte del Indio, el grupo reunió a una multitud en Mar del Plata con entradas agotadas. Este fin de semana desembarcará en Montevideo para dos funciones consecutivas, el sábado y el domingo, ambas sold out, antes de seguir la gira por el interior de Argentina y al otro lado del Atlántico, en Europa.

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Es hora de bajar la cortina para The Bear.

En un nuevo tráiler de su quinta y última temporada, el aguerrido equipo de cocina de Chicago intenta recomponerse tras la repentina salida del chef Carmy (Jeremy Allen White), quien cuelga el mandil y decide abandonar la industria gastronómica.

Pero ese es apenas el menor de sus problemas. Sydney (Ayo Edebiri), Richie (Ebon Moss-Bachrach) y Sugar (Abby Elliott) deberán mantenerse a flote mientras enfrentan la venta del edificio donde opera el restaurante, inundaciones devastadoras, interrupciones en las entregas de suministros, escasez de ingredientes y constantes dificultades económicas.

La única esperanza que queda, tal como ha ocurrido durante las últimas cuatro temporadas, es comprobar si aún son capaces de transformar aquella modesta sandwichería familiar en un restaurante de alta cocina digno de una estrella Michelin.

La nueva y última temporada de The Bear se estrenará el 25 de junio, con sus ocho episodios disponibles desde el lanzamiento a través de Hulu y FX.

El mes pasado, la serie confirmó que su quinta temporada marcará el cierre definitivo de la historia. “Al final, descubren que lo que hace ‘perfecto’ a un restaurante quizá no sea la comida, sino las personas”, adelanta una de las frases promocionales que acompañan esta despedida.

Con ello, la aclamada producción de FX se prepara para servir su último menú, poniendo punto final a una de las series más celebradas de los últimos años.

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Pedro Almodóvar continúa expandiendo su universo creativo hacia nuevos territorios. El cineasta, guionista y productor español publicará el próximo 29 de octubre El hombre que solo escribía en los aviones, su primera novela. Esta obra supone su segunda incursión en la literatura, tras El último sueño (2023), una colección de relatos traducida a más de 30 idiomas.

El hombre que solo escribía en los aviones tiene como protagonista a Flavio Guijarro, un hombre que se ha pasado media vida reinventándose. “Ha tenido decenas de aficiones, pero pocas veces han culminado en una profesión; la de actor es la que ha logrado cultivar con más o menos fortuna”, explica la editorial. En su aventura de transformación constante, el personaje descubre una nueva vocación tardía, a 10 mil metros de altura: la escritura. 

Y sigue en la descripción de la novela: “Desde entonces va a dedicarse en cuerpo y alma a combatir sus bloqueos creativos y perseguir ese sueño… que irremediablemente se le escapa de las manos en cuanto se acerca el momento de poner el punto final. Acudirá en busca de inspiración a los lugares más insospechados y, para su sorpresa, descubrirá una insólita aptitud como coach de actores. Lo que Flavio no imagina es adónde puede conducirlo esta nueva etapa de su vida, ni qué futuro le espera a su incipiente historia de amor con el actor más exitoso del momento”.

El hombre que solo escribía en los aviones va a desvelar experiencias y lecturas, esencialmente de tramas inventadas y de ideas prestadas que Almodóvar tomó para crear una obra que fue designada como “sorprendente, libresca, ansiosa y muy apasionada”. La portada del libro es obra de Javier Jaén.

Su editorial, Reservoir Books, aseguró que el debut del cineasta en la novela es “un festín para los amantes del arte de contar historias y para los lectores más insaciables, y asimismo un artefacto literario repleto de sorpresas, que explora caminos poco transitados en el mundo de la ficción”. 

El hombre que solo escribía en los aviones llegará a las librerías este 29 de octubre. 

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Pocas figuras en Hollywood generan tanta simpatía como Paul Rudd. Dueño de una carrera que ha transitado con naturalidad entre la comedia, el drama y las grandes franquicias, el actor estadounidense se ha convertido en uno de esos intérpretes capaces de aportar humanidad incluso a los personajes más imperfectos. En Power Ballad, su nueva colaboración con el director irlandés John Carney, vuelve a demostrar esa capacidad para explorar emociones complejas bajo una apariencia de ligereza.

La película aborda temas como la creación artística, los sueños aplazados y la autoría musical, asuntos que conectan directamente con el universo cinematográfico de Carney, responsable de títulos tan queridos como Once, Begin Again y Sing Street

Durante nuestra conversación, Rudd habló sobre la forma en que el director entiende la música, el desafío de interpretar a un hombre enfrentado a aquello que pudo haber sido y el debate sobre quién merece realmente el crédito detrás de una canción.

Paul Rudd: “John Carney siente la música de una forma tan profunda que termina dirigiendo como un músico”
Cortesía de SXSW

John Carney tiene un don muy particular para convertir el acto de crear música en algo emocionante y profundamente emocional. Como actor, ¿cuál crees que es el secreto de esa magia?

Creo que, antes que nada, John es músico. Así empezó todo para él. La música es algo absolutamente fundamental en su vida. Además, tiene un gusto musical extraordinario. Pero más allá de eso, la música forma parte de quien es. No es un director que simplemente incorpora canciones a sus películas. Él siente la música de una manera muy profunda.

En el set suele tener una guitarra cerca del monitor y se pone a tocar entre toma y toma. A veces incluso se detiene porque necesita tocar unos minutos. Está en su ADN, en la médula de sus huesos. Y como cree en ello de forma tan auténtica, esa pasión termina reflejándose en las películas que hace.

Incluso dirige como un músico. Y cuando digo eso me refiero a que trabaja como una banda en un estudio. Si encuentra algo interesante en una escena, quiere explorarlo. Puede olvidarse por completo del plan de rodaje. Alguien le dirá: “John, estamos perdiendo la luz” o “tenemos que grabar esto”, y él responderá: “No, esto es interesante. Veamos qué pasa si vamos por aquí”.

Muchas veces cambia diálogos o situaciones sobre la marcha porque siente que hay algo más vivo ocurriendo. Esa energía tan espontánea proviene directamente de su naturaleza como músico.

Cortesía de Lionsgate

¿Qué fue lo más atractivo de interpretar a un personaje que debe aceptar aquello que pudo haber sido y nunca fue?

Me interesaba mucho explorar esa línea tan fina que existe entre la satisfacción y la insatisfacción. Entre sentirse contento con la vida que uno tiene y preguntarse qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.

Imaginar a alguien que deseó algo con todas sus fuerzas, que estuvo tan cerca de conseguirlo y que finalmente lo vio escapar, resulta fascinante. Más aún cuando ese sueño había permanecido guardado durante años, como si estuviera olvidado en un cajón.

Eso puede afectar profundamente a una persona. Intentar entender cómo reaccionaría alguien en esa situación y vivir durante un tiempo dentro de ese estado mental fue un desafío muy interesante. Y también muy divertido como actor.

Cortesía de Lionsgate

Después de ver la película queda una pregunta inevitable. ¿Quién crees que es el verdadero dueño de una canción: quien la escribe o quien la vuelve famosa?

Es una gran pregunta. Y creo que no tiene una respuesta sencilla.

Cuando escuchas hablar a algunos de los compositores más importantes del mundo, muchos dicen algo parecido: que ellos son simplemente un canal, que la música viene de otro lugar. Además, la realidad es que todos los músicos trabajan con los mismos elementos básicos. Todos hemos escuchado canciones antes, todos absorbemos influencias.

Cada persona que escribe una canción está mezclando, consciente o inconscientemente, todo aquello que ha escuchado y amado a lo largo de su vida. Por eso es un terreno muy gris.

Supongo que quien desarrolla la idea original y construye la canción merece una parte importante del reconocimiento. Pero la verdad es que rara vez una obra pertenece completamente a una sola persona. Normalmente hay muchos participantes en el proceso creativo.

Muchas gracias, Paul. Y déjame decirte que Power Ballad es una película maravillosa. Además, Sing Street cambió mi vida. Es una de mis películas favoritas de todos los tiempos y una de las razones por las que admiro tanto a John Carney.

¡La mía también!. Me encanta Sing Street. De verdad. Es una película hermosa.

Gracias por tu tiempo.

Gracias a ti.

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Con Amarga Navidad (título obtenido de una canción de José Alfredo Jiménez interpretada por Chavela Vargas), Pedro Almodóvar regresa al territorio que mejor conoce: El de los sentimientos heridos, las relaciones complejas y las mujeres que sostienen el mundo mientras los demás intentan comprenderlo. Sin embargo, esta vez el cineasta manchego da un paso más allá y construye una película que funciona también como una reflexión sobre sí mismo, sobre su oficio y sobre las consecuencias de convertir la vida privada en arte.

La película se articula a través de un sofisticado juego de narraciones paralelas. Por un lado está Elsa (Bárbara Lennie), una directora de culto que atraviesa una profunda crisis emocional tras la muerte de su madre mientras intenta escribir un nuevo guion. Por otro aparece Raúl (Leonardo Sbaraglia), un cineasta veterano que trabaja precisamente en una película sobre Elsa. Poco a poco ambas historias comienzan a reflejarse mutuamente hasta convertirse en un laberinto de pasiones donde resulta difícil distinguir qué pertenece a la realidad, qué pertenece a la ficción y qué surge directamente de la imaginación del propio Almodóvar.

La estructura recuerda inevitablemente a su obra maestra Dolor y gloria, pero donde aquella encontraba una claridad emocional devastadora, Amarga Navidad apuesta por una complejidad más abstracta. El director parece menos interesado en ofrecer respuestas que en examinar preguntas difíciles sobre la vida, la muerte, el amor y la creación artística. ¿Hasta qué punto un escritor o un cineasta tiene derecho a utilizar el dolor ajeno como materia narrativa? ¿Dónde termina la inspiración y dónde comienza la apropiación emocional? La película gira constantemente alrededor de esas cuestiones sin intentar resolverlas de una forma definitiva.

Ese conflicto alcanza su máxima expresión en la figura de Mónica, interpretada magistralmente por Aitana Sánchez-Gijón. Su relación con Raúl se convierte en el auténtico corazón moral de la película. Cuando descubre que sus experiencias íntimas de personas cercanas han terminado transformadas en material dramático, Mónica obliga al protagonista a confrontar una verdad, y es que la creación artística puede ser también una forma de vampirismo emocional. Almodóvar no se absuelve a sí mismo ni absuelve a sus alter egos. Por el contrario, convierte esa tensión ética en uno de los principales motores dramáticos de la obra.

Leonardo Sbaraglia realiza uno de los mejores trabajos de su carrera reciente. Su Raúl transmite la serenidad aparente de un artista consolidado mientras deja entrever unas inseguridades mucho más profundas. Es un hombre gay rodeado de belleza, prestigio, reconocimiento y amor que, sin embargo, parece cada vez más aislado dentro de su propio universo creativo. Sbaraglia evita cualquier tentación de convertirlo en un espejo autobiográfico de Almodóvar y construye un personaje complejo, vulnerable y contradictorio.

Bárbara Lennie aporta una energía distinta. Elsa encarna el dolor reprimido. La pérdida de la madre se manifiesta mediante migrañas, ataques de ansiedad y una incapacidad creciente para conectar con el presente. Lennie interpreta ese sufrimiento con una contención admirable, evitando el melodrama fácil incluso cuando la película se acerca deliberadamente a los territorios más intensos de la emoción almodovariana.

Las relaciones sentimentales son el otro motor de la cinta (quizás el más interesante) y funcionan además como pistas que revelan las contradicciones de los protagonistas. Raúl mantiene una relación con Santi (Quim Gutiérrez), un hombre más joven, afectuoso y completamente entregado a él. Sin embargo, la película sugiere que el cineasta ha terminado reduciéndolo a una presencia funcional dentro de su vida, alguien cuya identidad parece existir únicamente en relación con él. 

Esta idea se convierte en uno de los reproches más duros que recibe el personaje, pues evidencia cómo su mirada artística corre el riesgo de convertir incluso a las personas que ama en personajes secundarios de su propia narrativa existencial. En el otro extremo se encuentra Elsa y su relación con Bonifacio (un estupendo Patrick Criado). Bombero de profesión y bailarín de striptease por las noches, Bonifacio podría haber sido presentado como una simple fantasía erótica, pero Almodóvar le concede una inesperada profundidad emocional. 

Mientras Elsa se hunde en las migrañas y la ansiedad provocada por la muerte de su madre y tal vez por haber dejado atrás su profesión de directora para abrazar la seguridad que le brinda el mundo de la publicidad, él se convierte en una figura de apoyo constante, atenta y protectora. Resulta significativo que el personaje más estable y generoso de toda la película sea precisamente aquel que los demás tienden a juzgar por su físico o por su trabajo como stripper. Almodóvar subvierte así los prejuicios del espectador y convierte a Bonifacio en uno de los personajes más nobles de la historia.

La presencia de Bonifacio también permite a Almodóvar recuperar una faceta lúdica que ha acompañado gran parte de su filmografía. Las secuencias ambientadas en el club donde trabaja, los números de striptease y la manera en que la cámara observa los cuerpos masculinos recuerdan que el director sigue interesado en el deseo, el placer y la sensualidad incluso dentro de una historia atravesada por el duelo. Son momentos que aportan ligereza a una película dominada por la pérdida y que establecen un interesante contraste entre la vitalidad física del personaje y el estado emocional cada vez más frágil de Elsa. Al mismo tiempo, el paralelismo entre Bonifacio y Santi refuerza una de las ideas centrales del filme: Las personas que sostienen emocionalmente a los artistas suelen ser las que menos reconocimiento reciben.

Ese aspecto es importante porque, en el fondo, Amarga Navidad no solo habla del dolor y de la creación artística. También habla de las personas que permanecen al lado de quienes sufren y de cómo los artistas, obsesionados con su propio universo emocional, a veces son incapaces de ver plenamente a quienes los aman.

Los otros miembros del reparto resultan igualmente esenciales. Victoria Luengo interpreta a Patricia, una amiga cuya vida matrimonial enmarcada de miedo a la soledad, dependencia emocional y algo de masoquismo, sirve como materia prima para el guion que escribe Elsa, mientras Milena Smit encarna a una mujer devastada y sumida en la depresión por una pérdida imposible de superar. Rossy de Palma, por su parte, aporta una dosis de extravagancia y vitalidad que conecta directamente con el mejor Almodóvar de los años ochenta y noventa, funcionando como un recordatorio de que incluso en sus obras más melancólicas el director nunca abandona completamente el humor ni el placer de vivir.

El trabajo del diseñador de producción Antxón Gómez y del director de fotografía Pau Esteve Birba construye un universo elegante donde cada espacio parece expresar el estado emocional de quienes lo habitan. Las casas, los colores, los muebles y los paisajes volcánicos de Lanzarote poseen una importancia narrativa tan grande como los propios diálogos. Como ocurre en gran parte de la filmografía del director, la puesta en escena cuenta la historia.

También resulta imposible ignorar la presencia musical de Chavela Vargas, una figura recurrente en el universo almodovariano. Las canciones La llorona y Las simples cosas (interpretada por Amaia), aparecen como ecos de un dolor antiguo y primordial que conecta a los personajes entre sí y refuerza la dimensión profundamente española de una película obsesionada con la memoria, la pérdida y la imposibilidad de recuperar aquello que ya desapareció.

Quizá el aspecto más fascinante de Amarga Navidad sea que funciona simultáneamente como confesión, reflexión, juego narrativo y autocrítica. Almodóvar parece preguntarse si la maquinaria creativa que alimentó toda su carrera continúa siendo legítima. El cineasta examina la tendencia de los artistas de rezagar a quienes lo apoyan y utilizar experiencias propias y ajenas para construir ficciones, cuestionando cuánto daño puede generar ese proceso incluso cuando nace de las mejores intenciones.

Esta no es una película tan emocionalmente potente como Dolor y gloria ni tan contundente como Volver.  En ocasiones, su estructura laberíntica amenaza con alejar al espectador de los personajes. Sin embargo, esa misma naturaleza fragmentada parece responder a una decisión consciente. Almodóvar no intenta ofrecernos una historia cerrada, sino capturar la incertidumbre, las contradicciones y las zonas grises que acompañan tanto al duelo como al acto de crear. El arte imita a la vida y la vida imita al arte.

A sus setenta y seis años, otro director estaría repitiéndose. Almodóvar, en cambio, continúa interrogándose a sí mismo. Amarga Navidad es una obra madura, inquieta y profundamente personal que transforma la crisis creativa, la culpa y el dolor en materia cinematográfica. Puede que no sea una de sus películas más accesibles, pero sí una de las más reveladoras. En ella no encontramos a un artista celebrando su legado, sino a uno examinándolo con mucha honestidad.

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Al igual que Jim Jarmusch y Aki Kaurismäki, Fernando Eimbcke siempre ha entendido que el cine puede construirse a partir de gestos mínimos. En Temporada de patos, su gran carta de presentación, encontraba humor, melancolía y extrañeza en un departamento casi vacío, dos adolescentes aburridos, una vecina y un repartidor de pizza. Con Moscas, el director mexicano regresa a esa escala íntima, pero lo hace desde un lugar emocional más grave. La película conserva su gusto por la observación seca, los planos estáticos, las rutinas y el humor silencioso, aunque ahora todo parece atravesado por una tristeza que no necesita grandes discursos para sentirse.

La historia nos muestra a Olga, interpretada por una extraordinaria Teresita Sánchez, una mujer que vive sola en un edificio de departamentos de la Ciudad de México. Su rutina está marcada por pequeñas molestias: las moscas que invaden su sala, el ruido de los vecinos cuando hacen el amor, el elevador que no funciona, el dinero que no alcanza. Eimbcke presenta su mundo con precisión quirúrgica, pero sin crueldad. Olga no es simplemente una mujer amargada. Es alguien que ha organizado su vida para evitar el contacto con los demás, como si la distancia fuera la única forma posible de mantenerse en pie.

Ese orden se altera con la llegada de Tulio (Hugo Ramírez), y su hijo Cristian (Bastián Escobar). Vienen de fuera de la ciudad y necesitan hospedarse cerca del hospital donde la madre del niño recibe tratamiento contra el cáncer. Como Olga solo renta una habitación para una persona, Tulio oculta inicialmente la presencia de Cristian, hasta que la situación se vuelve imposible de sostener. Lo que sigue podría haber sido una fórmula sentimental bastante conocida, la del niño luminoso que ablanda a la adulta solitaria. Pero Eimbcke evita casi siempre la trampa del golpe emocional fácil.

La fuerza de Moscas está en su paciencia. La película no fuerza la relación entre Olga y Cristian, la deja aparecer poco a poco. Al principio, ella lo tolera. Luego lo vigila. Después lo acompaña. Finalmente, sin darse cuenta, empieza a cuidarlo. Ese tránsito está trabajado con una delicadeza notable, especialmente gracias a Teresita Sánchez, que no necesita enfatizar nada para mostrar cómo se van resquebrajando las defensas de su personaje. Su actuación está llena de gestos pequeños: una pausa antes de responder, una mirada sostenida, una forma distinta de ocupar el mismo espacio.

Bastián Escobar es otro gran hallazgo. Cristian no es un niño diseñado para enternecer al público, sino un niño real: curioso, insistente, evasivo, a ratos agotador y a ratos desarmante. Vive una situación que todavía no comprende del todo y por eso busca refugio en lo inmediato: un videojuego de arcade, una conversación con un trabajador del hospital, la fantasía de que si insiste lo suficiente podrá ver a su madre. La película observa con mucha claridad cómo los niños procesan el miedo antes de poder nombrarlo.

El blanco y negro de la fotógrafa María Secco sirve para quitarle ruido visual al relato y concentrar la atención en los espacios, los cuerpos y la luz. El departamento de Olga parece detenido en el tiempo, mientras que la calle y el hospital aparecen como lugares de tránsito, espera y desgaste. El trabajo sonoro también resulta esencial. El zumbido de las moscas, los ruidos del edificio, los sonidos electrónicos del videojuego y el murmullo urbano construyen una atmósfera donde la vida exterior siempre está intentando entrar.

La película habla del duelo como también habla de la precariedad cotidiana, de los hospitales como territorios de espera, de la gente que llega a la ciudad para cuidar a alguien enfermo y termina viviendo entre habitaciones rentadas, pasillos y comidas rápidas. Eimbcke no necesita hacer evidente esa dimensión social. Le basta con observar los rostros, la ropa, los desplazamientos y las conversaciones interrumpidas.

Enrique Arreola como Isaac, el trabajador del hospital, establece una complicidad breve pero significativa con Cristian. Su presencia conecta la película con el universo anterior de Eimbcke y refuerza esa idea de que, incluso en medio de situaciones durísimas, pueden aparecer formas inesperadas de ternura.

Moscas es una película modesta solo en apariencia. Su ambición no está en la escala, sino en la precisión. Eimbcke filma a personas que no saben cómo pedir ayuda y a otras que no saben todavía cómo despedirse. Lo hace con humor, austeridad y con una confianza absoluta en los silencios. El resultado es una obra hermosa y persistente, de esas que no buscan conmover a la fuerza, pero terminan quedándose mucho tiempo después de haber terminado.

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