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El músico que Keith Richards adora: "Trabajaría con él en el infierno o en el cielo"

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Las 6 mejores películas de acción de los últimos seis años

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Los juguetes desaparecerían porque los niños crecían. Ahora resulta que ahora están desapareciendo por otra razón mucho más alarmante. La adicción a los dispositivos electrónicos se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de padres, educadores y especialistas en salud mental alrededor del mundo. Diversos estudios han vinculado el uso excesivo de pantallas en niños y adolescentes con problemas de atención, dificultades para regular emociones, alteraciones del sueño, mayores índices de ansiedad y una reducción significativa de las interacciones sociales presenciales. El problema ha dejado de ser una discusión doméstica para convertirse en un asunto de política pública.

Francia fue uno de los primeros países en restringir el uso de teléfonos móviles en las escuelas y ha endurecido progresivamente esas medidas, mientras que recientemente aprobó iniciativas para limitar el acceso de menores a redes sociales. Australia fue todavía más lejos al establecer restricciones para que los menores de 16 años no puedan mantener cuentas en plataformas como TikTok, Instagram, Facebook o X, convirtiéndose en el experimento regulatorio más agresivo del mundo occidental. En el Reino Unido el debate ya no gira en torno a si existe un problema, sino a qué tan severas deben ser las restricciones, con propuestas para prohibir el acceso de menores de 16 años a varias plataformas y con cada vez más escuelas eliminando completamente los teléfonos durante la jornada académica.

Mientras tanto, gigantes tecnológicos como Meta, propietaria de Facebook e Instagram, y Google han enfrentado demandas, investigaciones y sanciones multimillonarias relacionadas con el impacto de sus plataformas en menores de edad, especialmente por el diseño de algoritmos que fomentan el uso compulsivo y la permanencia prolongada en pantalla.

Ahora, la saga que inició la animación por computador en el cine y que nació hablando sobre el miedo de los juguetes a ser reemplazados por otros intereses, descubre que el más poderoso rival de Woody, Buzz, Jessie y sus amigos no es Sid, Stinky Pete, Al McWhiggin,  Lotso, Zorg y mucho menos Gabby Gabby. Es una pantalla.

Nota a Tarantino: Deberías echarle un vistazo a esta quinta entrega. Después de Toy Story 4 (cinta que no es tan mala como se suele afirmar), la sensación era la de un cierre definitivo. Woody había abandonado la habitación, Buzz había aceptado dejarlo partir y Bonnie (Scarlett Spears) seguía jugando felizmente con los juguetes que Andy le había legado años atrás. Pixar había encontrado una despedida razonable para unos personajes que llevaban acompañándonos desde 1995. Por eso Toy Story 5 llega acompañada de una pregunta inevitable: ¿Para qué volver?

La respuesta aparece antes de que termine el primer acto. Bonnie tiene ocho años. Sigue siendo una niña creativa y continúa inventando historias imposibles con Forky (Tony Hale), Jessie, Bullseye y el resto de sus juguetes, pero algo ha cambiado. Tiene dificultades para relacionarse con otros niños. Se siente fuera de lugar. Y mientras ella intenta encontrar su espacio, sus padres toman una decisión que millones de familias reconocen perfectamente: Le regalan una tableta diseñada para ayudarle a socializar.

La llegada de Lilypad (¿quién mejor que Greta Lee para darle voz?), una simpática tableta con forma de rana altera por completo el ecosistema de la habitación. Lo brillante del guion de Andrew Stanton (Finding Nemo, WALL-E) es que nunca convierte a la tecnología en el villano de la historia. Lily no es malvada. No busca destruir a los juguetes. Hace exactamente aquello para lo que fue diseñada. Conecta personas, organiza encuentros, facilita conversaciones, ofrece entretenimiento tecnológico. El problema es que también ofrece atajos emocionales. Bonnie puede relacionarse con otros niños sin exponerse demasiado, sentirse vulnerable y sin correr el riesgo de ser rechazada.

Jessie, la verdadera protagonista de esta historia, percibe el peligro inmediatamente. Y nadie mejor que ella para hacerlo. Desde que apareció en Toy Story 2, Jessie ha sido el personaje más emocionalmente complejo de la franquicia. Mientras Woody siempre tuvo una identidad sólida y Buzz atravesó una crisis existencial que terminó resolviendo, Jessie quedó marcada para siempre por el abandono de Emily. Ese recuerdo vuelve a convertirse en el motor de la película. Cada minuto que Bonnie pasa mirando una pantalla activa viejos fantasmas que ella creía superados.

Joan Cusack vuelve a demostrar por qué Jessie terminó convirtiéndose en uno de los personajes más queridos de toda la saga. Hay humor, energía y aventura, pero también una tristeza permanente que nunca desaparece del todo. Jessie entiende algo que los demás juguetes tardan más en aceptar y es que Bonnie no está dejando de jugar porque haya crecido. Está dejando de jugar porque el mundo a su alrededor ha cambiado. Y no para bien.

La historia encuentra entonces su mejor idea narrativa. Jessie y Bullseye terminan separados de Bonnie y regresan accidentalmente al antiguo hogar de Emily. Allí conocen a Blaze, una niña que todavía conserva esa capacidad casi revolucionaria de inventar universos completos con sus juguetes. A partir de ese momento la película deja de ser una historia sobre juguetes perdidos y se convierte en una historia sobre amistades perdidas antes incluso de comenzar.

El trío conformado por Atlas (Craig Robinson), Snappy (Shelby Rabara) y Smarty Pants (Conan O’Brien) son el hallazgo cómico de la película. El primero es un GPS primitivo con forma de hipopótamo, el segundo es una cámara infantil que toma fotos pixeladas y el tercero es el peor juguete posible: Un juego portátil para entrenar a los niños a ir al baño. Son tecnología obsoleta, aparatos que alguna vez prometieron modernidad y que ahora comparten el destino de los juguetes tradicionales. Fueron útiles, queridos y luego quedaron arrinconados. Esa condición los vuelve mucho más interesantes que Lily. No representan el peligro de la tecnología, sino su pasado vergonzoso y torpe, pero también entrañable. 

Robinson, Rabara y O’Brien les dan una personalidad disparatada que revitaliza la aventura de Jessie. Cada uno carga con una función ahora obsoleta y una tristeza secreta. También ellos saben lo que significa ser reemplazados por algo más brillante, rápido y nuevo. La película mejora cada vez que los junta con Jessie y Bullseye, porque ahí aparece una idea hermosa. No todos los dispositivos tecnológicos son enemigos de la imaginación. Algunos, precisamente por estar rotos o pasados de moda, pueden volver a recuperar el espíritu del juego.

Stanton dirige con la confianza de alguien que conoce estos personajes desde el principio. Las secuencias de imaginación compartida entre Bonnie y Blaze están entre las mejores que Pixar ha producido en años. No buscan impresionar por su espectacularidad tecnológica, aunque visualmente son extraordinarias. Lo que buscan es recordar por qué jugar importa. Cada castillo improvisado, cada aventura inventada y cada personaje absurdo nacido de la imaginación infantil funciona como una pequeña defensa de algo que el mundo moderno parece considerar cada vez menos importante.

Woody (Tom Hanks) regresa, por supuesto. Calvo y con un poncho horrible. También Buzz (Tim Allen), esta vez acompañado de todo un ejército de guerreros interestelares equipados con drones y con actitud de venganza. La respiración boca a boca que le da a Rex (Wallace Shawn), el utilizar las estrellas de alguacil como tetillas y elegir a un caballo queer, dejará a todos los que se escandalizaron por ese beso discreto entre dos mujeres en la magnífica pero menospreciada Lightyear con la boca abierta (o mejor aún, cerrada).

Pero la película es lo suficientemente inteligente para no convertirlos en el centro de atención. Tom Hanks y Tim Allen aportan el peso emocional acumulado durante tres décadas, mientras la historia avanza hacia otro lugar. Incluso existe una melancolía inesperada al observarlos. Son unos veteranos viendo cómo el mundo cambia delante de ellos sin poder detenerlo. Y eso conecta directamente con el verdadero acierto de la película.

Y es que Toy Story 5 nos habla sobre la adicción a la tecnología y sobre el fin de la era del juguete, pero también nos habla sobre el fin de la imaginación en la infancia. Los juguetes pasaron décadas preocupados porque los niños crecían. Ahora descubren algo mucho más desconcertante: los niños siguen siendo niños, pero actúan de forma diferente. La amenaza no es el paso del tiempo. Es la transformación de la infancia misma. Bonnie no disfruta de la tecnología, la sufre y la padece.

Hay una escena particularmente hermosa hacia el final en la que todo deja de depender de los juguetes, de las pantallas o incluso de los adultos. Lo único que importa es si dos niñas son capaces de encontrarse mutuamente sin filtros, algoritmos o intermediarios tecnológicos. Stanton entiende que ahí está el conflicto real. No en la guerra entre tecnología y tradición, sino en la dificultad cada vez mayor de mostrarnos tal como somos.

Quizá por eso esta quinta entrega funciona mucho mejor de lo que debería. Porque detrás de las aventuras, los chistes y la nostalgia hay una pregunta difícil flotando sobre toda la película. ¿Qué ocurre cuando los niños empiezan a olvidar cómo jugar?

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El EX60 es el primer vehículo de la marca desarrollado sobre la tercera generación de la Scalable Platform Architecture, conocida como SPA3. Esta nueva base tecnológica no solo sirve para mejorar prestaciones mecánicas, sino que también marca el inicio de una nueva filosofía para Volvo: la del automóvil definido por software.

La compañía describe al EX60 como un vehículo capaz de evolucionar constantemente gracias a actualizaciones remotas que mejorarán funciones, rendimiento y experiencia de usuario durante toda su vida útil. Detrás de esta capacidad se encuentra HuginCore, la nueva arquitectura informática desarrollada internamente por Volvo para procesar datos, gestionar sistemas y coordinar todas las funciones del vehículo.

La integración de Gemini, el asistente conversacional de Google basado en inteligencia artificial, refuerza esta visión. La idea es que los conductores puedan interactuar con el vehículo de forma mucho más natural, utilizando lenguaje cotidiano en lugar de comandos específicos.

Un escenario sobre ruedas: Volvo presenta el EX60
Cortesía

Seguridad como ADN

Aunque la innovación tecnológica ocupa gran parte de la conversación alrededor del EX60, Volvo insiste en que la seguridad continúa siendo el eje central de su identidad.

Entre las novedades destaca la tecnología Safe Space, un sistema que aprovecha sensores interiores y exteriores para analizar variables como velocidad, dirección del impacto, posición de los ocupantes, complexión física y postura al conducir.

Toda esta información permite que los cinturones de seguridad adapten automáticamente la fuerza de retención durante un accidente, ofreciendo un nivel de protección mucho más personalizado que el de los sistemas tradicionales.

Es una evolución lógica para una marca que ha construido buena parte de su reputación alrededor de la protección de los pasajeros durante casi un siglo.

La nueva frontera del lujo eléctrico

La electrificación también juega un papel fundamental en la propuesta del EX60.

Volvo asegura que el vehículo incorpora tecnología de 800 voltios, lo que permite combinar elevadas cifras de autonomía con tiempos de carga significativamente reducidos. Dependiendo de la versión, el SUV puede alcanzar hasta 810 kilómetros de autonomía WLTP y recuperar entre 300 y 340 kilómetros de recorrido en apenas diez minutos de carga.

Más allá de los números, estas capacidades responden a una necesidad concreta del mercado: eliminar la ansiedad asociada a la autonomía y acercar la experiencia de los vehículos eléctricos a los hábitos cotidianos de los conductores.

Diseño escandinavo en clave digital

Visualmente, el EX60 mantiene la identidad contemporánea de Volvo, pero introduce una interpretación más limpia y aerodinámica.

Su coeficiente aerodinámico de 0.26 evidencia la obsesión por la eficiencia energética, mientras que elementos como los faros Pixel HD inspirados en el icónico diseño Thor’s Hammer incorporan más de 25,000 píxeles adaptativos capaces de optimizar la iluminación nocturna.

En el interior, el minimalismo escandinavo se combina con materiales sostenibles y una atmósfera diseñada para reducir el ruido visual.

Superficies elaboradas con materiales reciclados, acabados en madera certificada FSC, textiles fabricados a partir de lana y poliéster reciclado, así como un techo panorámico electrocrómico capaz de modificar su nivel de transparencia, forman parte de una propuesta que busca transmitir serenidad y sofisticación sin recurrir a excesos.

La pantalla OLED central de 15.04 pulgadas se convierte en el principal punto de interacción, integrando servicios de Google bajo una interfaz inspirada en principios de simplicidad, claridad y funcionalidad.

Cortesía

Cuando la música se convierte en protagonista

Sin embargo, el aspecto más fascinante del EX60 es su sistema de sonido. Volvo y Bowers & Wilkins han desarrollado para este modelo una de las configuraciones de audio más ambiciosas jamás instaladas en un automóvil de producción.

El sistema Immersive Sound incorpora 28 altavoces y una potencia total de 1,820 watts. Pero las cifras apenas cuentan una parte de la historia. Por primera vez en un Volvo, los cuatro asientos principales cuentan con altavoces integrados en los reposacabezas. Ocho unidades en total acercan la música directamente a cada pasajero, creando una experiencia tridimensional difícil de replicar en otros entornos.

La tecnología incorpora desarrollos emblemáticos de Bowers & Wilkins como Tweeter-on-Top, Nautilus, Double Dome Tweeter y Continuum, soluciones nacidas en el mundo del audio audiófilo doméstico y adaptadas específicamente para la arquitectura eléctrica del EX60.

El resultado es un sonido diseñado para ofrecer precisión, profundidad y una reproducción extremadamente detallada de voces e instrumentos.

Dolby Atmos llega al automóvil

La gran novedad es la integración nativa de Dolby Atmos.

Hasta hace relativamente poco, la experiencia Atmos estaba reservada a salas de cine, estudios profesionales o sistemas domésticos especializados. Ahora llega al automóvil como un nuevo escenario para el consumo musical.

La tecnología permite ubicar sonidos individuales dentro de un espacio tridimensional, creando una sensación envolvente donde instrumentos, voces y efectos parecen moverse alrededor del oyente.

En el EX60, esta experiencia se apoya en una compleja arquitectura acústica que incluye altavoces de altura, procesamiento avanzado y sistemas inteligentes de corrección sonora.

Tecnologías como Dirac Unison optimizan la interacción entre los altavoces y la cabina del vehículo, mientras que Vehicle Noise Compensation ajusta el sonido en tiempo real para contrarrestar ruido exterior, viento o variaciones del camino.

Por su parte, QuantumLogic Immersion analiza grabaciones estéreo convencionales y redistribuye sus elementos para generar una sensación envolvente más cercana a una mezcla multicanal.

Para los usuarios, la experiencia Atmos estará disponible mediante Apple Music integrado en el vehículo.

Cortesía

El coche como la nueva sala de escucha

Durante años, la conversación sobre música estuvo dominada por plataformas de streaming, audífonos inalámbricos y altavoces inteligentes. Sin embargo, en paralelo, el automóvil comenzó a convertirse en uno de los espacios más relevantes para el consumo musical cotidiano.

Las estadísticas de la industria muestran que millones de personas pasan varias horas a la semana escuchando música dentro de sus vehículos. En un contexto donde el trabajo híbrido, los desplazamientos urbanos y los viajes por carretera siguen formando parte de la rutina, el coche se ha consolidado como un entorno privilegiado para descubrir álbumes, escuchar podcasts o simplemente reconectar con canciones favoritas.

No es casualidad que marcas como Volvo hayan comenzado a colaborar cada vez más estrechamente con compañías especializadas en audio de alta fidelidad. La experiencia sonora ya no es un elemento secundario dentro del equipamiento premium; se ha convertido en un argumento central de diseño y diferenciación.

Lo más interesante del Volvo EX60 quizá no sea ninguna especificación concreta. Es la visión que representa. Durante décadas, la industria automotriz entendió el coche como una máquina para desplazarse. El EX60 parece entenderlo como un espacio para vivir experiencias.

La combinación de electrificación, inteligencia artificial, diseño sostenible y audio inmersivo apunta hacia una nueva categoría de vehículo donde la tecnología desaparece en segundo plano para dar paso a algo más humano: escuchar música, conversar, relajarse y disfrutar del trayecto.

En un momento en que la movilidad se transforma a velocidad récord, Volvo parece haber encontrado una pregunta diferente. No se trata solamente de cómo llegaremos al destino, sino de qué queremos sentir mientras estamos en camino.

Y en el caso del EX60, la respuesta parece comenzar con el sonido.

Cuando el software importa tanto como el motor

La industria automotriz atraviesa una transformación comparable a la que vivió la telefonía móvil con la llegada de los smartphones.

Tradicionalmente, un automóvil era un producto prácticamente terminado desde el momento en que abandonaba la línea de producción. Hoy ocurre lo contrario. Cada vez más fabricantes desarrollan vehículos capaces de evolucionar mediante actualizaciones remotas que incorporan nuevas funciones, optimizan sistemas existentes y mejoran la experiencia general de uso.

El EX60 encarna plenamente esta filosofía. Gracias a su arquitectura informática centralizada y a la plataforma HuginCore, Volvo plantea un vehículo capaz de seguir desarrollándose años después de haber sido adquirido.

La incorporación de Gemini, la inteligencia artificial conversacional de Google, refuerza esta transición hacia interfaces más humanas, donde las interacciones dejan de depender de menús complejos y comienzan a parecerse cada vez más a una conversación natural.

El reto de construir un eléctrico más sostenible

La electrificación por sí sola ya no es suficiente para diferenciar a un vehículo dentro del mercado premium. Cada vez más consumidores exigen también transparencia en los procesos de fabricación y una reducción tangible de la huella ambiental.

Volvo afirma que el EX60 presenta una de las huellas de carbono más bajas de toda su gama eléctrica y el porcentaje más alto de materiales reciclados utilizado hasta ahora por la compañía.

La estrategia incluye desde el uso de textiles reciclados y materiales de origen biológico hasta innovaciones estructurales que reducen significativamente el consumo de recursos durante la producción.

Entre ellas destaca la construcción denominada “cell-to-body”, donde las celdas de la batería se integran directamente en la estructura del vehículo para disminuir peso, aumentar rigidez y optimizar el espacio interior. También sobresale el uso de una gigantesca pieza de aluminio fundido para la parte trasera de la carrocería, reemplazando más de cien componentes individuales soldados entre sí.

Estas soluciones reflejan una tendencia creciente en la industria: diseñar vehículos eléctricos desde cero en lugar de adaptar arquitecturas concebidas originalmente para motores de combustión.

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Estados Unidos e Irán han llegado a un acuerdo preliminar que daría fin a la guerra que inició a finales de febrero pasado y que, a mayo de 2026, ha dejado miles de muertos y otras consecuencias a nivel económico. El primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, informó el domingo 14 que el pacto se logró tras una serie de “conversaciones exhaustivas” y que en este se estipula el fin inmediato y permanente de sus operaciones militares en todos sus puntos, incluyendo el Líbano. La ceremonia de firma se realizará el viernes 19 de junio en Ginebra, Suiza.

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“Queremos agradecer a los Estados Unidos de América y a la República Islámica de Irán por su compromiso en encontrar una solución diplomática al conflicto”, declaró Sharif en nombre de Pakistán, país que sirvió como intermediario en las negociaciones, así como también agradeció a Qatar, Arabia Saudita y Turquía por sus aportes en la materia. Según el comunicado, los mediadores facilitarán una serie de reuniones esta semana para terminar de coordinar los detalles de las conversaciones técnicas que resultarán en el acuerdo final. Los detalles aún no se conocen, pero sí se han revelado puntos clave que se tocarían allí y que determinarían el éxito o el fracaso de las negociaciones que están por venir.

Por lo pronto, se conoce con certeza que el estrecho de Ormuz será reabierto en su totalidad a partir del viernes, aunque este martes ambos gobiernos, tanto el estadounidense como el iraní, confirmaron que varios navíos cargados ya han cruzado la zona. Esta zona clave en la comercialización de petróleo mundial estuvo cerrada por más de 100 días debido a los bloqueos impuestos por cada bando, ocasionando alzas en los precios por barril. Luego de conocerse la noticia del trato, el precio del crudo brent bajó casi un 4% primera vez desde marzo.

A partir de la firma del viernes, ambos países tendrán 60 días para hallar puntos de encuentro en las cuestiones más complejas del conflicto como el programa nuclear iraní y los ataques de Israel sobre Líbano. Se sabe que el primero ha sido una de las principales preocupaciones de Trump pues teme que las reservas de uranio altamente enriquecido de Irán sean utilizadas para la fabricación de armas nucleares. En cuanto al segundo, pese a que el viceministro de Asuntos Exteriores de Irán, Kazem Gharibabadi, había asegurado el domingo que el fin inmediato de las hostilidades incluía a la República Libanesa, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, aseveró que su ejército no desea retirarse del territorio.

“Nos oponemos a la retirada de las FDI del Líbano, a pesar de todas las presiones actuales y futuras. El primer ministro Netanyahu se lo dejó claro al presidente estadounidense [Donald] Trump y a otros altos funcionarios estadounidenses, y yo también se lo dejé claro ayer al secretario de Guerra de EE.UU., Pete Hegseth”, informó Katz. El mandatario estadounidense se dirigió a Benjamín Netanyahu, mostrándose decepcionado y advirtiendo que esto “proyecta una imagen negativa” respecto a lo logrado recientemente con Irán.

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“Anulo mufa”, dice Trueno. Como buen futbolero sabe que corre un riesgo a la hora de aceptar la propuesta de ser la cara del Mundial 2026 de Rolling Stone Argentina. Así que, antes que nada, toma sus precauciones. La elección no es casual: a sus 24 años, es uno de los artistas argentinos de mayor proyección global. Representante del flow vernáculo en el flamante álbum de Gorillaz, capaz de llevar el espíritu del barrio al prime time global (en el emblemático programa de Jimmy Fallon arrancó su set sampleando a los Wachiturros) y acaba de lanzar Turr4zo, su cuarto álbum. Oriundo de la Comuna 4 (¡cuatro!), del barrio porteño de La Boca, dice que numerológicamente daría todo perfecto para que la Argentina consiga su cuarta Copa del Mundo. La cuarta.    

Trueno: “Cantar afuera es como jugar en la Selección, sentís que estás representando al país”
“El cuatro me persigue; vendría perfecto que se venga la cuarta”, dice Trueno (Foto Fernando Gutiérrez).

“El cuatro es un número que me persigue desde que soy chiquito. Justamente en esta etapa me tocó encontrarme con el cuatro por todos lados: sacamos el disco y debutó cuatro en el mundo, así que vendría perfecto que se venga la cuarta. Pero como decimos todos los argentinos, anulo mufa y dejo que las cosas pasen, se lo dejamos el destino”, dice ahora Mateo Palacio Corazzina en la intimidad que ofrece el estudio ubicado en la frontera entre el arrabal de La Boca, la bohemia de San Telmo y el glamour de Puerto Madero.

Para esta producción, elegimos una casaca con historia. Es una obra del diseñador Oscar Tubio de mediados de los 80, que utilizaron Charly García (cuando cantó su versión del Himno Nacional Argentino en la presentación de Filosofía barata y zapatos de goma, en noviembre de 1990) y Diego Armando Maradona. Era la prensa diseñada por este pionero del márketing deportivo, responsable de la camiseta de Boca con las cuatro estrellitas que Diego había lucido en 1981 y que haría colaboraciones históricas con arqueros como José Luis Chilavert, Hugo Gatti y Carlos Fernando Navarro Montoya (el “Mono”), entre otros.  

“Por la historia que tiene esta camiseta, me toca representarla bien”, afirma Trueno (Foto Fernando Gutiérrez).

Trueno recoge la antorcha y se emociona. “Es un orgullo y un placer. Al enterarme de la historia que tiene esta camiseta y los ídolos que la usaron, me toca representarla bien porque el peso es demasiado grande”, expresa. Y sabe que es una ocasión especial. “Todos los mundiales nos generan expectativas a todos los argentinos, es un momento donde sabemos que un poco se para el mundo para nosotros. Y se juega el orgullo, también: las ganas de verlo, de poner todas tus emociones en ese momento, de juntarse con los demás argentinos. Siempre digo que nosotros nos estamos peleando todo el tiempo, pero cuando toca defender la bandera somos uno solo. Y eso es lindo. Este mundial también me llega muy cercano porque ya me llega con una madurez. Todos los otros mundiales los vi de muy chiquitito. Entonces, me dan ganas de ir a verlo, de vivirlo ahí, en persona. Tengo muchas ganas”.

Puede establecerse una analogía entre los jugadores de fútbol y los artistas a la hora de representar a la Argentina en el exterior. En el caso de Trueno, siempre se encargó de llevar el barrio y la argentinidad a cada escenario. Lo vive con orgullo, y también con responsabilidad.Hay que tomar la mejor parte de las dos cosas”, dice. “Por un lado, que la gente te dé ese lugar de internacionalizarte, de empezar a plantar bandera. Al mismo tiempo, sentís el peso de decir: ‘Bueno, este no soy solamente yo, no es algo individual; estoy representando a un grupo de gente, a un país’. Esa es la nafta que me hace demostrar en cada show afuera que no puedo dejar a la Argentina mal. Me lo tomo como una responsabilidad linda. Cada vez viajo al exterior me siento como un prócer que va con el caballo a clavar la bandera donde sea. Eso me llena de energía y es lo que más ganas me da de salir a tocar”.

En la vigilia del lanzamiento de Turr4zo, Trueno publicó una charla con el futbolista Leandro Paredes, mediocampista y capitán de Boca Juniors [equipo del que el rapero es fanático] y pieza clave en la selección nacional, en la que intercambiaban experiencias sobre sus respectivas profesiones. En un pasaje de la charla, se refieren a lo que sienten cuando se suben a un avión para representar al país: uno en una cancha de fútbol, el otro en el escenario de un festival. “Al principio era una locura dimensionarlo tanto en mi vida personal y con lo que me estaba pasando en lo profesional, con la carrera, el freestyle y mis primeros shows. Tomar un avión a España, volver, bajar en Ezeiza y después subirte al Uber para meterte en el Bajo de La Boca era un golpe de realidad”; explica Trueno. “Al principio me sirvió mucho, porque por más que pudiera estar en Madrid o en Barcelona, no me ponía tan bien como cuando volvía en el taxi y entraba a mi barrio. Me parecía muy loco tener la posibilidad de viajar, pero lo que más me gustaba era volver, estar tranquilo y reconectar”.

Trueno lanzó Atrevido, su disco debut, en 2020: plena pandemia. Fue un año después, cuando se empezó a abrir el confinamiento por el Covid-19, que empezó a viajar. “A viajar fuerte”, dice. Y dice, también: “Me volví bastante adicto. Me encanta conocer y aprender, me considero un alumno de todo. Me empezó a gustar conocer países y culturas nuevas. Yo ya era muy apegado al freestyle y a viajar. Cuando vi que había un público que me esperaba, que los conciertos se llenaban, dije: ‘Ya está, esto es lo que quiero para mi vida’. Estoy segurísimo de que el esquema de mi vida va a ser sacar un disco y salir a girarlo”.

¿Te acordás cuál fue tu primer viaje gracias a la música?

Mi primer viaje en avión fue en 2016, a Perú, para a competir. Tenía 14 años, era muy chiquitito. Lo máximo que había hecho antes era viajar a Uruguay con mi familia en Buquebus o Colonia Express. Subirme al avión en 2016 para ir a Perú me encantó.  Compartir con los otros competidores, conocer otro país, su cultura, su gastronomía, su gente… Inconscientemente empecé a compararlo con Argentina: mira qué diferente es esto, qué igual es lo otro. A partir de ahí se empezaron a dar viajes para una cosa o la otra. Nunca me voy a olvidar de Perú; le tengo un amor especial porque fue el primer país que me recibió.

El uruguayo Jaime Roos hizo muchas de sus canciones fundamentales, muy concentradas en la idiosincrasia uruguaya, transitando una especie de exilio en Europa. Y son muchísimos los artistas que se conectan con sus raíces desde afuera. ¿A vos te pasó eso de conectarte más con la argentinidad estando lejos?

Súper, súper. Eso me llevó mucho a hacer este disco, Turr4zo. Es una buena pregunta porque da el puntapié al porqué, al hecho de agradecer mucho. Con el último aire de Bien o mal —que coincidió con la anterior entrevista de tapa que hicimos para Rolling Stone— tuve una explosión tan grande y mundial que fue el disco que más países me hizo conocer. Nos dio mucha exigencia en cuanto a girar: tocar un día, seguir viajando al otro, no parar un segundo y conocer Europa. Hicimos una gira sold-out. Conocer países nuevos y encontrarte con los argentinos y latinos que viven allá te hace ver el orgullo y la nacionalidad desde otro lado. Yo la tenía muy internalizada desde el lugar del residente: “Sí, soy argentino, viajo, pero vuelvo y nunca me voy a mudar de acá”. Empezar a encontrarme argentinos afuera, hablar con ellos y que te agradezcan por llevar un poquito de Argentina a esos países me conectó mucho con este disco. Después de esa gira escribí “Pumas”, que para mí es el tema más argentino del álbum. Habla de volver a tu tierra como un prócer que va a la batalla y la defiende, pero sabiendo que lo más lindo es traer el premio a casa. Me ayudó mucho a ver otro lado mío y de la identidad en general: cómo la gente se sigue sintiendo argentina viva en el continente que viva.

Ya nos vamos a meter a fondo en Turr4zo, pero antes quiero preguntarte por el Mundial. Sos muy futbolero y es difícil encontrar un barrio más futbolero que La Boca. ¿Qué representa el fútbol en tu vida?

Puf, un montón de cosas. Siendo un pibe de acá, tan influenciado por el club y por figuras como Román [Riquelme], [Diego Armando] Maradona o Carlitos Tévez, es imposible no soñar con ser alguno de ellos tres. De chiquito mi cabeza estuvo en paralelo: era el fútbol o el rap. Eran mis dos hobbies, las cosas que me hacían feliz, por las que me desvivía, no dormía y buscaba cómo ser mejor. Como todo pibe de acá, intenté jugar a la pelota, pero no le dediqué el mismo tiempo ni me generaba la misma pasión que rapear y hacer freestyle. Para mí el fútbol está muy ligado a lo que moviliza a la gente. Quizás no se lo considera un arte, pero termina siéndolo, y los jugadores que nos representan son más que deportistas. Román en mi barrio, Maradona o Messi para la Argentina son imágenes trascendentes, muy grosas. Lo que genera en la gente —la pasión, el amor, el ir a presenciarlo en vivo— tiene mucho que ver con la música. Por suerte, con el hip-hop ya llegamos a hacer dos estadios de fútbol, así que estamos conectados con el deporte a pleno.

Pensando en tu historia con los mundiales, este te agarra más maduro. ¿Cuál es el primer mundial que recordás bien? 

El primero que vi fue Alemania 2006, pero lo único que tengo son flashes porque tenía cuatro años; me acuerdo de pocas cosas, como levantarme muy temprano para ver los partidos. El que sí recuerdo como el primer mundial vivido con plena conciencia, con preocupación por si ganábamos o perdíamos, fue el de Sudáfrica 2010. Con el Diego de DT, Palermo, Carlitos Tévez, Messi, Palacio, Cambiasso… Me lo acuerdo como mi primer gran mundial, esa experiencia de que el mundo se paralice.

“Ir a un mundial es una hazaña que uno no se puede perder”, afirma Trueno (Foto: Fernando Gutiérrez).

También fue un gran mundial para Uruguay, el mejor de su historia contemporánea con ese equipazo. 

Como comparto eso con mi viejo, que es uruguayísimo, y con mi familia paterna, nunca queremos que se crucen. Somos mitad y mitad; si uno pierde, hinchás por el otro. Me representa mucho el estilo uruguayo de juego, eso de ponerle el pecho a todo. Siempre pasa algo lindo: cuando a nosotros nos gana alguien, Uruguay se venga más adelante en el mismo mundial, y al revés también. Somos hermanos.

¿Y este Mundial en particular qué te genera? Mencionaste la posibilidad de hacerte una escapada para ver algún partido en vivo.

Me encantaría. Nunca fui a un mundial. El de Brasil me agarró con 12 años, lo viví muy fuerte porque estaba acá al lado y tenía ganas de ir, pero estaba en la primaria. Fue el que más cerca tuve. En los de Rusia y Qatar yo estaba acá y eran superlejos. Durante el de Qatar estábamos de gira en Estados Unidos. Ir a un Mundial es una hazaña que uno no se puede perder; es como ir a ver un partido de Libertadores en vivo, hay que vivir esa experiencia. Además se suman muchas cosas: seguramente sea el último de Messi y de varios más. Va a tener una connotación especial, y al mismo tiempo un renacer de la Selección con nuevos jugadores que van a ser leyenda. Siento que estamos hasta mejor que en el mundial que ganamos.

Aparte tenés línea directa con Paredes y otros jugadores de la Selección. Me imagino que eso le suma un plus extra. ¿De qué son esas charlas? ¿Ellos te hablan de música y vos de fútbol, o fluye por otro lado?

He recibido el respeto de muchos de los pibes. Rodri me invitó cuando estaba por Miami; hablé con Mac Allister, con Lisandro, con Enzo, a quien invité a un show en Londres. Tenemos gente muy cercana. Lea es el que más cerca está. Ahora también están yendo otros chicos de Boca… Cuando uno genera esa cercanía, en vez de calmarse el fanatismo, me vuelvo más fan si los conozco en persona. Las charlas van variando. Inevitablemente se habla de eso, pero creo que salimos un poco de los casilleros y hablamos de la vida, de cómo está uno, de la familia. Siempre empieza por el respeto: yo apoyándolos a ellos, ellos apoyándome con alguna canción. Los jugadores deben estar cansados de hablar de fútbol y yo de música, así que encontramos un espacio para hablar más amistosamente.

A partir de tu charla con Lea trascendió esa similitud entre las carreras de los músicos y los futbolistas. Sobre todo ahora, que tu generación tiene acceso a un éxito muy grande y muy tempranamente, igual que los futbolistas.

100%. Me pasó viendo series, documentales o videos de detrás de escena de ellos. Te ponés a pensar y se van de gira igual que nosotros: viajan veinticinco personas, están en el micro, en el avión, en el hotel… Cambia solamente el momento de estar en acción: ellos en una cancha y nosotros en un escenario. Tampoco es tan diferente, porque cada uno está demostrando lo que es ante una multitud. Nosotros en el aeropuerto estamos jugando al truco, tomando mate, haciendo chistes, jodiendo en el hotel; termina siendo lo mismo. De ahí surge la necesidad de generar un vínculo con tus pares y compañeros para que después en el escenario salga todo mejor; me pasa lo mismo con mi banda, con mis técnicos y con mi equipo. También la necesidad de estar tranquilo antes, para poder sacar tu versión “de la cancha”. Los jugadores se vuelven locos en la cancha y nosotros en el escenario. Es muy necesario ese contraste y ese balance entre la vida cotidiana y la vida profesional.

Disciplina. Ese concepto, clave en el universo de Trueno, aparece en esa charla con Leandro Paredes. Y en muchas de sus entrevistas, un rasgo fundamental de su modus vivendi. Es una palabra que uno asocia inmediatamente con los deportistas profesionales de alto rendimiento, acaso con ciertas prácticas espirituales, pero no necesariamente con los artistas. Para Trueno, la disciplina es indispensable. “Para la vida en general”, argumenta. “Para todo lo que uno haga. Seas artista, deportista o el trabajo que elijas, es clave. Con el talento se nace, pero después el talento se perfecciona; se perfeccionan las costumbres, los modos. Todo tiene que ver con la constancia, con el trabajo y con la recompensa de pasar por un proceso; las cosas no se dan porque sí”.
Dice Trueno: “Gente talentosa hay un millón; talento le sobra a los pibes del barrio para cantar, pisar una pelota o mostrar ese ángel que uno tiene. Pero realmente los que trascienden y llegan son los que se desviven por lo que hacen. Si sos músico, implica tener conocimiento musical, nutrirte, aprender, buscar formarte más y tener más experiencia. Con el deporte es el entrenamiento y el físico. Cambian los métodos, pero es una moraleja de la vida: por más que te sientas bueno en algo, no te podés descansar, porque si no te quedás en el mismo casillero para siempre y no avanzás”.
A pesar de ser un solista, el pensamiento de Trueno es colectivo. En lugar de posicionarse como una estrella, se muestra como la cabeza de un proyecto, el líder de un equipo en el que se sostiene y que tiene, también, el deber de mantener. “Me encanta codearme con gente que sabe otras cosas. Obviamente Trueno soy yo, pero el proyecto tiene muchas ramas. En la producción, Tatool y El Guincho tienen el mismo mérito que yo en este disco. En el vivo, mis músicos y los técnicos tienen el mismo mérito que yo. Es una cadena: si una cosa falla, se cae todo. Por eso, me encanta sentir que somos un equipo. Haciendo un paralelismo con el fútbol, que nos entendemos, que tenemos nuestra manera de hacer las cosas y que la defendemos. Tenemos una identidad basada en los valores: por qué se hace una cosa, por qué no, quién forma parte del equipo según cómo es como persona. Me gusta generar una tripulación, un equipo que siente que está con la misma camiseta. Eso hace que, en la cancha o en el escenario, salga todo mejor”.

Leé más sobre Turr4zo, la colaboración con Gorillaz y el vínculo con Damon Albarn, su participación en el show de Jimmy Fallon y mucho más en la próxima edición de Rolling Stone.

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La periodista Margaret Fairchild (Emily Blunt) está dando el pronóstico del tiempo cuando algo se apodera de ella. Su voz cambia. Su mirada también. De pronto comienza a emitir unos extraños sonidos vocales frente a millones de espectadores que no entienden lo que están viendo. La secuencia dura apenas unos minutos, pero resume perfectamente lo que busca Disclosure Day y es tomar una situación cotidiana para convertirla en un momento de fascinación colectiva.

La nueva película de Steven Spielberg está construida alrededor de una pregunta muy simple. ¿Qué pasaría si mañana descubriéramos que los extraterrestres existen y que alguien nos ha estado ocultando la verdad durante décadas? La respuesta parece conducir inevitablemente hacia la paranoia política, la conspiración gubernamental o la invasión hostil alienígena. Sin embargo, la película encuentra otro camino. Lo que le interesa no es la existencia de vida fuera de la Tierra. Lo que le interesa es nuestra reacción frente a ella.

Daniel Kellner (Josh O’Connor) posee pruebas que demuestran que el contacto extraterrestre ha sido una realidad desde hace décadas. Esa información lo convierte en el hombre más perseguido del planeta. Mientras intenta sobrevivir a la maquinaria de WARDEX, una organización dedicada a preservar el secreto, Fairchild comienza a experimentar una conexión con aquello que Daniel intenta revelar.

La estructura recuerda inevitablemente a los trabajos que definieron la filmografía temprana de Spielberg. Hay ecos evidentes de The Sugarland Express en la condición de fugitivos que asumen los protagonistas. Hay rastros de Close Encounters of the Third Kind en la obsesión por comprender un fenómeno imposible. Y resulta imposible no pensar en E.T. cuando la película abandona la lógica del miedo para abrazar la curiosidad y la compasión. 

Lo notable es que no se siente como una colección de homenajes a éxitos pasados. Se siente como un director regresando a las preguntas que lo obsesionan desde hace medio siglo. ¿Podemos comprender aquello que no conocemos? ¿Somos capaces de escuchar antes de atacar? ¿Todavía existe espacio para la empatía?

Emily Blunt sostiene buena parte de la película sobre sus hombros. Margaret podría haber sido un simple mecanismo narrativo destinado para transmitir mensajes extraterrestres, pero Blunt la convierte en una mujer obligada a procesar una experiencia que desborda cualquier explicación racional. La actriz encuentra humanidad incluso en los momentos más extravagantes del guion de David Koepp (Jurassic World: Rebirth). Cuando Margaret comienza a percibir fragmentos de las vidas ajenas, Spielberg y Blunt evitan la grandilocuencia y apuestan por algo más difícil: transmitir la carga emocional de sentir demasiado.

Josh O’Connor funciona como un contrapunto perfecto. Daniel está lejos de ser el héroe tradicional. No es un aventurero ni un salvador. Es alguien que comprende la magnitud de la verdad que tiene entre las manos y también las consecuencias que puede traer hacerla pública. Esa fragilidad, así como su relación con la ex novicia Jane Blankenship (Eve Hewson, la hija de Bono de U2), vuelve más creíble su recorrido.

Colman Domingo aporta serenidad y convicción como Hugo Wakefield, uno de los pocos personajes capaces de expresar las ideas centrales de la película sin que parezcan discursos escritos para explicar la trama. Incluso Colin Firth encuentra matices en Noah Scanlon, el antagonista que representa a quienes prefieren controlar la información antes que asumir las consecuencias de la verdad.

La película demuestra que Spielberg sigue siendo uno de los grandes narradores del cine contemporáneo. Janusz Kaminski, el gran director de fotografía y colaborador recurrente del director construye una puesta en escena en permanente movimiento. Hay persecuciones, emboscadas y secuencias de acción diseñadas con una claridad que resulta casi extraña en una época dominada por el montaje frenético. 

Un extraordinario plano secuencia durante la aproximación a una granja y una espectacular secuencia ferroviaria remiten inevitablemente a la precisión técnica de Children Of Men, ese clásico de la ciencia ficción distópica de Alfonso Cuarón, pero sin perder la identidad visual que Spielberg ha desarrollado durante décadas.

La película cambia constantemente de registro. En un momento parece un thriller de espionaje tipo Bridge Of Spies o Munich. Minutos después se convierte en una historia de carretera. Más adelante adopta elementos de la ciencia ficción clásica. Luego deriva hacia la acción pura. Ese salto permanente de géneros podría haberla convertido en una obra dispersa, pero Spielberg encuentra una idea capaz de mantener unido todo el conjunto. La empatía, no como un concepto abstracto, sino como experiencia.

Margaret descubre que puede sentir las heridas ajenas. Daniel arriesga su vida para compartir una verdad que considera necesaria. Hugo intenta construir puentes donde otros levantan muros. Incluso los visitantes extraterrestres parecen menos interesados en imponer respuestas que en provocar una reflexión. Por eso el verdadero conflicto nunca es tecnológico ni militar. Es emocional, como las mejores temporadas de Stranger Things lo supieron entender.

Es una lástima que las relaciones entre Margaret y su novio Jackson (Wyatt Russell) y Daniel y Jane, no se hubieran explorado más (pese a una duración de casi 2 horas y media del filme); y que algunas ideas religiosas y filosóficas aparezcan apenas esbozadas (Spielberg todavía sufre de la dicotomía entre cine de entretenimiento y cine personal que contamina sus trabajos desde el fenómeno de Jurassic Park/Schindler’s List). Asimismo, algunos efectos digitales vinculados a los animales que sirven como intermediarios de la presencia extraterrestre están muy por debajo del nivel visual del resto de la producción (un “no, no no” imperdonable para una cinta de Spielberg). 

Sin embargo, esos tropiezos no logran opacar una obra que encuentra su fuerza en otro lugar. Especialmente en un desenlace que seguramente provocará la ira colectiva. No porque resulte confuso, sino porque se niega a convertir el misterio en una ecuación resuelta. La película entiende que algunas preguntas son más interesantes cuando permanecen abiertas. En lugar de cerrar cada puerta, deja una entreabierta para que el espectador complete el recorrido. 

Ese gesto exige confianza en el público. Y también valentía. Sobre todo en un momento donde tantas superproducciones (y las redes sociales) parecen obsesionadas con explicarlo absolutamente todo. 

Ahora estimado lector, si necesita una explicación, aquí va. Disclosure Day no habla realmente de extraterrestres. Habla de personas. Habla de una sociedad incapaz de escucharse a sí misma. Habla de individuos aislados que descubren que comprender al otro puede ser más transformador que cualquier avance tecnológico. Y habla de la posibilidad de que todavía exista algo capaz de unirnos cuando todo parece empujarnos hacia la división. 

No es la película más innovadora de su director. Tampoco pretende serlo. Es algo más raro. Es una película realizada por alguien que todavía cree que el cine puede despertar asombro sin renunciar a las emociones. Y eso, hoy, resulta casi tan extraordinario como el primer contacto con otra civilización.

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Lo primero que hace bien la sexta entrega de Scary Movie 6 es recordarnos cuánto extrañábamos a Anna Faris, Regina Hall y a la familia Wayans, conformada por Marlon, Shawn, Damon Jr., Kim, Gregg, Ilia, Mar y Craig (Damon padre no está involucrado y Keenan Ivory participa en el guion). Lo segundo que hace es recordarnos por qué esta franquicia llevaba más de una década enterrada.

La película abre con una secuencia que parece prometer una resurrección. Una celebridad nominada al Óscar aparece en pantalla, Ghostface, el asesino enmascarado en su versión paródica entra en acción (recuerden que el nombre original de Scream propuesto por Wes Craven era Scary Movie) y durante unos minutos reaparece esa sensación de caos desvergonzado que convirtió a las dos primeras entregas en fenómenos culturales. Uno piensa que quizá el regreso de los Wayans era exactamente lo que necesitaba la saga.

Luego la película continúa y ahí empiezan los problemas. La premisa vuelve a apoyarse casi totalmente sobre Scream, algo que ya parece un infomercial de la saga, más allá de la anécdota cinéfila. En el año 2000 tenía sentido parodiar una película que había redefinido el cine de terror adolescente. En 2026, hacer una parodia de una franquicia que lleva décadas parodiándose a sí misma, se parece a fotografiar una fotocopia borrosa de otra fotocopia borrosa. Eso también pasa con una escena en el metro que funciona muchísimo mejor en la resurrección de Leatherface en la infravalorada nueva versión de Texas Chain Saw Massacre (llamemos a esto pronombres contra celulares).

Ya que hablamos de Leatherface, la película intenta compensar el sesgo hacia Scream disparando en todas direcciones. M3GAN, The Substance, Smile, Get Out, Sinners, Weapons, Nosferatu, Halloween, Terrifier, Longlegs, I Know What You Did Last Summer, It Follows, inclusive John Wick (la saga de The Conjuring merecía algún tipo de referencia). Es una lástima que no se hubiera alcanzado a parodiar Obsession y Backrooms, dos cintas de terror recientes terriblemente sobrevaloradas y que merecían mofas y burlas. 

El problema es que reconocer una referencia no equivale automáticamente a una broma. Demasiadas veces el guion parece convencido de que mencionar una película es suficiente para provocar una carcajada. Y pues no lo es.

El regreso de Cindy Campbell funciona principalmente gracias a Anna Faris. Su talento para la comedia física sigue siendo extraordinario. Faris entiende algo que muchos actores olvidan y es que una estupidez dicha con absoluta convicción resulta mucho más divertida que un chiste explicado. Incluso cuando el material no está a su altura, ella encuentra maneras de exprimir una sonrisa e inclusive referenciar a The House Bunny.

Regina Hall no se queda atrás. Ella sigue siendo un arma de destrucción masiva cómica. Brenda continúa poseyendo esa capacidad única para convertir una línea absurda en un momento memorable (es particularmente curioso que su momento más gracioso está relacionado con un comentario sobre las madres modernas y no un guiño a una cinta de terror). Cuando aparece en pantalla la energía sube automáticamente varios grados.

Y sí, también está Doofy, el inolvidable policía interpretado por Dave Sheridan que al parodiar al policía encarnado por David Arquette en Scream, se convirtió en uno de los grandes personajes de la primera película. Su aparición es breve, pero a diferencia de muchas referencias nostálgicas que se sienten forzadas, Doofy sigue provocando una sonrisa apenas aparece en pantalla.

Los hermanos Wayans tienen más dificultades. Parte del problema es que sus personajes parecen congelados en el tiempo. Shorty (Marlon Wayans) sigue atrapado en los mismos chistes relacionados con drogas que funcionaban hace veinte años. Ray (Shawn Wayans) continúa orbitando alrededor de una identidad sexual utilizada como remate recurrente. Lo que antes podía sentirse irreverente ahora parece reciclado.

Lo más inesperado es que los personajes nuevos terminan aportando más energía que los veteranos. Sara (Olivia Rose Keegan), Tuesday (Savannah Lee Nassif), Dei (Sydney Park) y Brad (Gregg Wayans-Benson) cargan con buena parte de las mejores bromas y, sobre todo, con una actitud mucho más fresca frente a un género que conocen mejor porque crecieron consumiéndolo. Keegan entiende perfectamente el tono absurdo de la saga y Savannah Lee Nassif convierte a Tuesday en una sátira divertida de la generación moldeada por el fenómeno de Wednesday

Scary Movie 6 también confunde actualidad con humor relevante. Redes sociales, géneros no binarios, pronombres, OnlyFans, influencers y youtuberos, cultura de la cancelación, teorías conspirativas, racismo, homofobia y polémicas políticas aparecen constantemente porque el guion parece desesperado por demostrar que sabe lo que ocurre en la internet. El resultado es irregular. Algunas bromas funcionan. Otras ya parecen viejas antes de terminar.

Donde la película encuentra algo de vida es en su voluntad de ser vulgar. No es inteligente. Tampoco es como una “comedia elevada” de Judd Apatow (hay un chiste muy bueno sobre ello). Es simplemente grosera. Y eso siempre fue parte de la identidad de Scary Movie.

Las mejores secuencias son aquellas donde abandona cualquier pretensión satírica y se entrega al disparate absoluto. Un sketch inspirado en Michael permite que Kenan Thompson robe la función durante unos minutos. Algunas apariciones sorpresa funcionan mejor de lo esperado (Thompson no es el único comediante de SNL en salir aquí). Incluso el desenlace posee una crueldad tan venenosa y catártica hacia las nuevas generaciones, que termina provocando más risas que buena parte del resto de la película.

Pero los aciertos aparecen aislados. La mayoría del tiempo uno siente que está viendo una franquicia intentando recordar por qué era divertida (¿recuerdan el regreso de The Naked Gun con Liam Neeson?). Lo paradójico es que el problema nunca fue la incorrección política. Tampoco la vulgaridad. Ni siquiera el mal gusto. El problema es la falta de sorpresa.

Las primeras películas parecían realizadas por gente que quería dinamitar el cine de terror desde dentro. Esta nueva entrega parece realizada por gente que simplemente nos recuerda haber visto aquellas películas. Y hay una diferencia enorme, porque la nostalgia puede traer de vuelta a los actores, las máscaras y los personajes, pero lo que no siempre se puede recuperar es la energía que convirtió todo eso en un fenómeno.

Scary Movie 6 no es el desastre absoluto que fueron la cuarta y la quinta entrega (donde Jerry Zucker, el maestro de las parodias como Airplane!, Top Secret, The Naked Gun y Hot Shots! demostró que había perdido su filo). Tampoco representa la resurrección que prometía el regreso de los Wayans. Es una reunión de excompañeros de escuela agradable durante algunos minutos, simpática por momentos y ocasionalmente divertida, pero incapaz de hacernos sentir que realmente hemos vuelto a aquellos años. Es más recomendable volver a ver I’m Gonna Git U Sucka o un buen capítulo de In Living Color, para recordar por qué los Wayans eran los Wayans. 

P.D. Quédense a las escenas postcréditos. 

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El álbum definitivo de The Smiths proclamaba el fin del imperio y exponía en diez capítulos el estado de ánimo de los súbditos desilusionados. Una década antes, Sex Pistols había fastidiado a la corona británica con una revuelta de alfileres y la edición de un single rabioso, “Anarchy In The U.K.”.

En 1986, el deterioro social crecía gracias a las políticas neoliberales de Margaret Thatcher, que sumó una guerra impopular a su terrible mandato de once años. Por esos días, el norte de Inglaterra acusaba el mayor porcentaje de desempleados. Desde Manchester, la insurgencia norteña se revelaba en la prosa de un bocón vestido de calle, Morrissey atacaba al corazón del sistema de vida que gobernaba las islas desde tiempos inmemoriales. El mensaje escondía una potencia inusual para el rock inglés, superaba con poesía y furia verbal los manifiestos del punk original.

Las letras Steven Patrick Morrissey podían traducir las prisiones del alma como los grandes maestros de la literatura inglesa: acidez y sensibilidad extrema para hablar del estado de las cosas. Ni The Kinks con las pinturas rurales de Are The Village Green Preservation Society, ni The Clash con el explosivo London Calling alcanzaron el estado de gracia que el cuarteto de Manchester logró con su tercer álbum de estudio. Social, poético, enérgico y dueño de un romanticismo embriagador, The Queen is Dead es el triunfo del rock de guitarras al frente, la piedra fundacional de lo que hoy conocemos bajo la denominación de rock indie.   

A cuarenta años de su lanzamiento, el disco sigue sonando tan fresco y demoledor como en los convulsionados años finales del tacherismo. Milagrosamente, no queda reducido a la esfera de tiempo y lugar, viaja rápido y contagia el síntoma de la arrogancia teñida de sencillez y valor. De Suede a Fun People pasando por casi todo el abanico independiente, el rock guitarrero de las últimas cuatro décadas conoce de memoria las enseñanzas de Morrissey y Johnny Marr. El britpop intentó perfeccionar el estilo, recrear los sentimientos tallados en una decena de canciones inoxidables y todavía sigue esperando un disco que pueda competir con el álbum verde de The Smiths.

Antes de The Queen is Dead, la banda no podía escapar de los límites que separaban la inmediatez arrolladora de sus singles al sabor incompleto de los primeros álbumes. De 1983 a 1985, más de quince canciones en formato reducido parecían el mejor legado de un grupo condenado a su prolífica ansiedad editorial, un poco empujado por el capo de Rough Trade. En menos de dos años y sin ningún peinado o atuendo que delatara pertenencia a cual o tal estilo, The Smiths diseñó un universo repleto de guiños y enigmas diversos: Elvis, Oscar Wilde, New York Dolls, Truman Capote, Nico y James Dean figuraban como modelos trágicos e influyentes. La voz antigua y las letras modernas de Morrissey, los originales recursos y el inigualable corazón melódico de Johnny Marr, sumados a la maestría rítmica de Mick Joyce y Andy Rourke, engendraron un monstruo bellísimo y complejo, pero por sobre todo una banda creíble y conmovedora, un fiel reflejo de las historias que entonaba su atormentado cantante. Como reyes sin corona y a punto de conquistar el mundo, el cuarteto tuvo que atrasar la salida de su tercer disco —terminado en diciembre de 1985— por problemas con su discográfica, la compañía independiente Rough Trade.

En un primer momento, el título elegido era Margaret On The Gillotine, pero la canción homónima nunca logró completarse y, tres años después, fue a parar al debut solista de Morrissey. La decisión fue correcta, porque “The Queen is Dead” es un título más épico y, aunque la referencia es directa, en ese deseo parece sintetizarse buena parte de la historia británica . Finalmente, el disco salió en junio de 1986 mientras la banda vivía en conflicto permanente: guerra de egos entre Moz y Marr, ausencia de manager que solucionara un sinfín de problemas domésticos, y con Rourke literalmente fuera del grupo por consumir más heroína que Williams Burroughs. En las pistas, en cambio, se oye un engranaje afinado en la inspiración y los ideales en común. Lleno de detalles y señas de doble faz, The Queen… es una nave nodriza compuesta por piezas con vida propia.

Desde la tapa y su dominante verde botella, la imagen moribunda de Alain Delon inicia la serie de huellas por el ideario Smith. El fotograma pertenece a L’ Insoumis (La muerte no deserta), un filme olvidado, casi secreto, de 1965 dirigido Alain Cavalier sobre un desertor de la Legión Extranjera envuelto en una trama mortal de la cual no podrá escapar. Morrissey eligió la foto y, junto a Johnny Marr, encararon la producción, convencidos de que nadie más podía llevar adelante el proyecto. Sólo un viejo amigo del grupo, el productor Stephen Street, ayudó en la ingeniería sonora.

El primer ruido que se escucha en el tema que le da título al álbum es un fragmento de “Take Me Back To Dear Old Blighty”, extraído de la película The L-shaped Room (1966), gritos marciales que conducen directamente a un agresivo ambiente de guitarras cargadas de malestar como los embates de Morrissey contra la familia real: “Pero cuando estás demasiado atado a las faldas de tu madre, nadie habla de castración”. El rockabilly “Frankly, Mr Shankly” está dirigido a Geoff Travis, capo de Rouge Trade y a su negativa de dejar al grupo crecer en una compañía más importante (“quiero irme, no me echarás de menos/ quiero pasar a la historia de la música”). Una de las cumbres de álbum es “I Know It’s Over”, con su belleza dramática y el crescendo emocional que Morrissey alcanza en frases como “sé que todo ha terminado y realmente nunca empezó”, o la específica “madre, puedo sentir el suelo sobre mi cabeza”. En “Never Had No One Ever” la soledad se vuelve ahogo (“tuve un sueño realmente malo/ duró 20 años, 7 meses, y 27 días/ nunca jamás tuve otro”) o puede tener la suave melancolía de “Cementery Gates” (“Keats y Yeats están de tu lado, pero vos perdés porque Wilde está del mío”). Hasta aquí el lado más oscuro de un disco construido sobre guitarras orquestales y ritmos punzantes, no hay un solo exceso de virtuosismo, pura épica cotidiana a favor de los iluminados acordes de Johnny Marr.

40 años de ‘The Queen Is Dead’: el disco que coronó a The Smiths y cambió para siempre el rock británico

El lado B de The Queen Is Dead explora alguna vía para borrar por un rato tanta decepción. Las armas son la ironía y el sarcasmo sin olvidar el guante romántico que acaricia a todas las canciones de los Smiths. “Bigmouth Strikes Again” intenta explicar qué significa la fama para Morrissey y cómo se burla de su condición de estrella pop; en los créditos de la canción aparece el nombre de Ann Coates en voces, que no es otro que el propio Moz cantando como ardillita. En “The Boy Whit The Thorn In His Side” aparece todo el amor de Marr por The Byrds y una pieza matriz para grupos como Belle & Sebastián.

Luego, “Vicar In Tutu” es otra escala obligada por la patria rockabilly con una letra cáustica sobre las elecciones sexuales. Y ahora de pie, porque “There Is A Light That Never Goes Out” es la piedra preciosa de una masterpiece sin fecha de vencimiento, la síntesis colorida de un escape a ninguna parte y, al mismo tiempo, contiene la inconciencia que domina a los himnos sin bandera; “y si un autobús de dos pisos se estrella contra nosotros/morir a tu lado sería una celestial forma de morir”, canta Morrissey con la autoridad de un amante suicida. Para el final, “Some Girls Are Bigger Than Others” tiene el peso de una humorada de Moz mientras la guitarra de Johnny dibuja una de las más perfectas melodías smithsonianas.

Cuando The Queen is Dead cumplió diez años, la revista francesa Les Inrockuptibles lanzó The Smiths Is Dead, un álbum que recrea con suerte dispar las diez canciones que forman el álbum original. El Brit-pop le debe casi todo a los Smiths y así lo reflejan The Divine Comedy, Supergrass, Placebo y The Trash Can Sinatras, entre los mejores revisionistas de un estilo que año tras año sigue esperando al nuevo grupo que retome la épica guitarrera y las letras ilustradas.

En 1987, la banda se despidió con honores del mundo real y el mejor premio consuelo todavía permanece en la pluma y la voz de Morrissey solista, a pesar del boicot permanente que ejerce el dueño de las letras. El álbum llegó a las disquerías británicas el 16 de junio de 1986. A los pocos días, la selección inglesa caía en México frente a la selección argentina de fútbol que luego se consagraría campeona del mundo. Dos genialidades de Diego Armando Maradona sacaron del mundial a uno de los mejores equipos de la rosa Tudor . Escuchar The Queen Is Dead, luego de aquella dura eliminación, significó para muchos británicos ampliar el campo de la derrota mientras sonaba uno de los mejores discos de la historia del rock.    

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La FIFA dio marcha atrás. Tras varios días de críticas procedentes de medios de comunicación, periodistas y aficionados de España y América Latina, el organismo rector del fútbol mundial decidió permitir el uso del español en todas las ruedas de prensa oficiales del Mundial 2026, incluso en partidos donde no participen selecciones hispanohablantes. 

La rectificación llega después de una polémica que expuso una contradicción difícil de justificar: el segundo idioma más hablado de Estados Unidos y lengua oficial de uno de los países anfitriones del torneo, México, había quedado fuera de varias conferencias de prensa por cuestiones de traducción. 

El origen del conflicto

La controversia estalló durante la previa del encuentro entre Brasil y Marruecos. Un periodista intentó formular una pregunta en español a Achraf Hakimi, nacido y criado en Madrid, pero un moderador de la FIFA interrumpió la intervención al explicar que ese idioma no estaba habilitado para la conferencia. Algo similar ocurrió con Vinicius Júnior y posteriormente con Frenkie de Jong, futbolistas que dominan el español y estaban dispuestos a responder en ese idioma. Sin embargo, el protocolo vigente lo impedía por la ausencia de intérpretes oficiales. 

La situación generó una rápida reacción en redes sociales y en numerosos medios hispanohablantes, que cuestionaron la exclusión del castellano en un torneo disputado en Estados Unidos, México y Canadá. El debate trascendió lo deportivo para convertirse en una discusión sobre representación cultural y lingüística. 

Una rectificación silenciosa

La FIFA no emitió un comunicado oficial para anunciar el cambio de criterio. Sin embargo, desde el 14 de junio incorporó el español entre los idiomas disponibles en su sistema de traducción para medios acreditados y asignó intérpretes en las ruedas de prensa de distintos partidos, independientemente de las selecciones participantes. 

A partir de ahora, los periodistas podrán realizar preguntas en español y los futbolistas o entrenadores responder en ese idioma con traducción garantizada para el resto de asistentes. La medida se mantendrá durante todo el torneo.

Más que una cuestión de protocolo

El episodio puso de relieve el peso global del español dentro del fútbol contemporáneo. Según los datos citados durante la polémica, cerca de 57 millones de personas hablan español en Estados Unidos, una cifra que convierte al país en uno de los mayores espacios hispanohablantes del mundo. Además, México es uno de los tres organizadores de la Copa del Mundo. 

La decisión también fue celebrada por instituciones vinculadas a la promoción del idioma. El Instituto Cervantes consideró que la exclusión inicial carecía de sentido y valoró positivamente la rápida corrección por parte de la FIFA. 

Una lección temprana para el Mundial

Aunque la FIFA defendió que nunca existió una prohibición explícita del español y atribuyó el problema a cuestiones operativas relacionadas con los sistemas de traducción, el caso evidenció la distancia que a veces existe entre los reglamentos y la realidad cultural de un evento global. 

La rectificación evita que se repitan escenas que resultaban difíciles de explicar: jugadores hispanohablantes obligados a responder en inglés mientras periodistas de habla española asistían a las conferencias desde las gradas. En un Mundial que busca proyectarse como el más global de la historia, el reconocimiento del español parece menos una concesión que una adaptación necesaria a la realidad del fútbol moderno. 

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