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Una investigación independiente de Naciones Unidas acusó al Gobierno y al ejército de Israel de haber atacado y asesinado deliberadamente a niños palestinos desde el inicio de la ofensiva en Gaza en octubre de 2023, acciones que podrían constituir genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

El informe, elaborado por la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado, sostiene que al menos 20.179 menores han muerto en la Franja de Gaza entre octubre de 2023 y octubre de 2025, cifra que representa cerca del 30% del total de víctimas mortales registradas durante el conflicto. A estos se suman otros 213 niños fallecidos en Cisjordania y Jerusalén Este, según el documento presentado esta semana ante el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra.

La investigación, de 22 páginas, examina las violaciones cometidas contra la infancia palestina desde el ataque perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023 y la posterior ofensiva militar israelí. Entre sus hallazgos, la comisión documenta casos de tortura, violencia sexual, desplazamientos forzados, detenciones arbitrarias, hambruna y otras formas de maltrato ejercidas contra menores palestinos.

“La evidencia demuestra que los niños palestinos han sido atacados y asesinados deliberadamente por las fuerzas de seguridad israelíes”, afirmó Srinivasan Muralidhar, presidente de la comisión. El organismo considera que el elevado número de víctimas infantiles, así como el uso continuado de armamento de gran potencia en zonas densamente pobladas, son elementos que apuntan a una intención de destruir, total o parcialmente, a la población palestina.

El informe también señala que las condiciones impuestas en Gaza, incluidos los bombardeos generalizados, los desplazamientos repetidos y el bloqueo a la entrada de ayuda humanitaria, alimentos y medicinas, han tenido consecuencias devastadoras sobre la salud física y mental de la infancia. Según la ONU, casi todos los niños de la Franja requieren actualmente apoyo psicológico.

Asimismo, la investigación denuncia que menores palestinos han sido sometidos a malos tratos sistemáticos durante arrestos y detenciones, incluyendo golpizas, desnudez forzada, privación de alimentos y violencia sexual.

Israel rechazó de manera categórica las conclusiones del informe. En un comunicado emitido por su misión diplomática en Ginebra, el Gobierno calificó la investigación como una “farsa difamatoria” y aseguró que el documento ignora “las tácticas brutales de Hamás” y el contexto de seguridad en el que actúan sus fuerzas.

Las acusaciones se suman a otros procesos internacionales en curso. Sobre el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, pesa una orden de arresto emitida por el Tribunal Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, mientras la Corte Internacional de Justicia continúa examinando la demanda por genocidio presentada por Sudáfrica contra Israel.

La ONU advirtió que las secuelas de la guerra sobre la infancia palestina podrían prolongarse durante décadas, debido al trauma psicológico, la pérdida de familiares, la destrucción del sistema educativo y el colapso de los servicios sanitarios.

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En las tribunas del Mundial 2026 hay un personaje imposible de ignorar. Mientras los hinchas de la República Democrática del Congo cantan y alientan a su equipo, Michel Kuka Mboladinga permanece inmóvil. Está vestido con un traje de colores, corbata y anteojos. Su rostro exhibe una expresión solemne. Se lo conoce como “Lumumba Vea” —en lingala, la lengua bantú hablada en el Congo, Lumumba vive— y acompaña a la selección de su país convertido en una estatua viviente.

Con el brazo derecho levantado y la palma abierta, Mboladinga replica durante los 90 minutos de juego (y más también) la escultura de Patrice Lumumba que corona su mausoleo en Kinshasa. El homenaje nació en 2013, pero se popularizó a nivel global en la Copa Africana de Naciones 2025, donde acompañó a los Leopardos en cada partido hasta que el Congo cayó eliminado ante Argelia en la prórroga de los octavos de final. Ahora, hace lo propio en la Copa del Mundo. Y permanece allí a pesar de los malos resultados.

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El hombre al que Mboladinga representa fue asesinado en 1961 y disuelto en ácido sulfúrico para que no quedaran restos. Patrice Lumumba nació en 1925 en la provincia de Kasai, cuando el Congo todavía era colonia belga. Cuando lo mataron, tenía apenas 35 años. Su voz fue la más radical del movimiento independentista. El 30 de junio de 1960, el día de la independencia, denunció frente al rey Balduino de Bélgica décadas de explotación colonial con una precisión y una furia que incomodaron a toda la sala y lo convirtieron instantáneamente en una figura peligrosa para las potencias occidentales en plena Guerra Fría.

Fue el primer ministro elegido democráticamente del Congo, pero su gobierno duró tan solo 80 días. Fue derrocado, encarcelado y ejecutado. Su nombre se convirtió en bandera de los movimientos panafricanistas y anticoloniales de todo el mundo. Incluso acá, en la lejana Argentina.

Lumumba: el líder africano que es estatua en la tribuna e inspiró a una banda de reggae argentina
Fidel Nadal, Pablo Molina y Amílcar Nadal: Lumumba.

A mediados de los noventa, Fidel Nadal, su hermano Amílcar y Pablo Molina (1965-2023) —los tres formaban parte de Todos Tus Muertos (TTM)— formaron un trío de reggae y lo llamaron Lumumba, como aquel héroe congoleño. Fue la primera banda argentina de reggae de afrodescendientes. De hecho, los hermanos Nadal son descendientes de esclavos angoleños traídos a Buenos Aires en el siglo XVII. Su padre, Enrique Nadal, era un activista por los derechos de la población negra argentina. Y el propio Amílcar vivió 20 años exiliado en Suecia antes de volver al país.

El segundo disco del grupo, Raíces y Cultura (1997), que con el tiempo se convirtió en un ícono del género a nivel regional, abre con una muestra del discurso de independencia de Patrice.

Las letras de Lumumba condensan el espíritu rastafari con referencias directas a la historia africana, el racismo y la identidad afroargentina. La banda editó tres discos entre 1996 y 1999, se separó en 2000, dando comienzo a las carreras solistas de sus integrantes, y volvió en 2014. Esa fue la última etapa que los tres estuvieron juntos en un escenario. El 2 de septiembre de 2023, a los 58 años de edad, Pablo Molina murió después de años de lucha contra un cáncer de hígado.

Como grupo, se volcaron al reggae roots, al dancehall y al dub, géneros que no cabían del todo en ese cruce punk-reggae que hacía TTM. Más allá del trío en el estudio, en su faceta en vivo los acompañaban Willy Calegari en bajo, Alejandro “El Mono” Avellaneda en batería, Gely en guitarra, Germán Álvarez en teclados y Nicolás Limardo en sampleos. Su disco debut fue grabado en Jamaica, en los estudios de Junior Reid, ex Black Uhuru. El disco se llamó Lumumba y salió en 1996. Treinta años después, el nombre sigue apareciendo y adquiriendo nuevos significados.

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Cuando Otto Binder y Al Plastino crearon a Supergirl en 1959, nació bajo una lógica muy simple. Si Superman era un éxito, también podría existir una versión femenina del Hombre de Acero. Durante décadas, Kara Zor-El vivió bajo esa sombra. Incluso cuando protagonizaba sus propias historias, seguía siendo “la prima de Superman”.

El cine tampoco le hizo demasiados favores. La Supergirl de Helen Slater, estrenada en 1984 como derivación de las películas de Christopher Reeve, fue recibida con frialdad por la crítica y el público. Sin embargo, con el paso de los años terminó encontrando una segunda vida entre los aficionados, que supieron apreciar una película imperfecta pero sincera. 

Décadas después, Melissa Benoist convirtió a Kara en una figura querida para toda una generación gracias a una serie que tuvo altibajos, pero que comprendió algo fundamental y es que Supergirl funciona mejor cuando deja de intentar ser tan solo la versión femenina Superman.

Más recientemente apareció la actriz de ascendencia colombiana Sasha Calle en la infravalorada The Flash. Su interpretación de Supergirl fue feroz, melancólica y prometedora. Lamentablemente quedó atrapada en el derrumbe definitivo del universo de Zack Snyder y nunca tuvo la oportunidad de desarrollarse más allá de aquella película. Ahora llega Milly Alcock para reconstruir al personaje y, probablemente, ofrecer la versión cinematográfica más completa del personaje hasta la fecha.

La decisión más astuta de James Gunn fue tomar como base Supergirl: Woman of Tomorrow, la extraordinaria miniserie escrita por Tom King e ilustrada por Bilquis Evely. Allí encontró algo que no había aparecido en pantalla y es a una Kara marcada por haber visto desaparecer su mundo, criada entre ruinas y mucho menos idealista que su primo Clark Kent. La película conserva ese espíritu.

Kara celebra su cumpleaños viajando por la galaxia y embriagándose de bar en bar, cuando se cruza con Ruthye Marye Knoll, una joven alienígena interpretada por Eve Ridley (la voz de Wendy Wolf en Peppa Pig). La muchacha busca a Krem, el líder de una banda de piratas espaciales y traficantes de mujeres jóvenes. Ruthye quiere justicia. Supergirl tiene sus propias razones para encontrarlo. A partir de ahí comienza una persecución que atraviesa planetas, transportes espaciales muy parecidos a los nuestros y rincones olvidados de la galaxia con soles rojos, amarillos y verdes.

Craig Gillespie, el director de la maravillosa deconstrucción de la villana de los 101 dálmatas conocida como Cruella, entiende muy bien la naturaleza del material. En lugar de construir otra historia sobre salvar el mundo, filma una mezcla entre True Grit, el clásico western protagonizado por John Wayne (y magistralmente actualizado por los hermanos Coen con Jeff Bridges), y Furiosa, ese estupendo spin off de Mad Max: Fury Road con una de las antiheroínas más memorables del cine ciberpunk. Es así como la relación entre Kara y Ruthye tiene que ver con una joven obstinada que lleva a una guerrera cansada a involucrarse en una causa que preferiría evitar.

Milly Alcock (House of the Dragon), resulta fundamental para que todo funcione. Su Supergirl está lejos de la inocencia luminosa que caracteriza a Superman. Es impulsiva, sarcástica, temperamental y toma decisiones cuestionables. No intenta ser un modelo moral. Tampoco quiere serlo. Alcock consigue que esa personalidad funcione sin convertirla en una superheroína cínica y oscura al estilo del universo de Snyder. Kara conserva empatía, humor y humanidad, incluso cuando parece empeñada en ocultarlas.

Habrá quienes la rechacen desde el primer minuto. No porque la película falle, sino porque esta Kara Zor-El no fue diseñada para satisfacer la mirada de quienes todavía creen que los personajes femeninos deben demostrar su poder a través de la hipersexualización. 

Esta Supergirl es más áspera que su primo. Bebe, orina, vomita, le suena el estómago, se equivoca, pelea, se enfurece, a veces es desagradable, toma malas decisiones y atraviesa la galaxia cubierta de polvo y sangre. No está interesada en ser un póster ni una “Barbie superhéroe”, ni tampoco en mostrar su escote o sus muslos. Y eso bastará para que algunos de esos “eternos guardianes del canon”, aquellos hombres inmaduros que probablemente todavía viven con su madre y que llevan años confundiendo machismo con nostalgia, declaren que “esa no es su Supergirl”, lo cual es absolutamente cierto. Esta Supergirl no utiliza su cuerpo para imponerse, no está construida como una figura decorativa o una fantasía masculina y tampoco pide permiso para ocupar el centro de la historia. 

El contraste con David Corenswet es especialmente interesante. Sí señores, Superman aparece en la película y la interacción entre ambos deja claro que James Gunn tiene una comprensión muy precisa de estos personajes. Clark representa la fe y la estabilidad. Kara representa la duda y el movimiento. Mientras Superman protege la Tierra, Supergirl pertenece al espacio. Y qué bueno que sea así.

Durante años los cómics han insistido en llevar a Superman por toda la galaxia para enfrentarlo a amenazas cósmicas. Esta película demuestra que esas aventuras funcionan mucho mejor con Kara. Hay algo natural en verla recorrer mundos extraños, encontrarse con civilizaciones imposibles y enfrentarse a criaturas que parecen salidas de una vieja portada de ciencia ficción de los años setenta (los amantes de Star Wars y de la ciencia ficción espacial más aventurera encontrarán aquí mucho material para disfrutar).

También funciona muy bien el actor belga Matthias Schoenaerts como Krem. No necesita discursos grandilocuentes ni motivaciones filosóficas para convertirse en un villano eficaz. Es cruel, oportunista, amoral y despreciable. Cada vez que aparece en pantalla queda claro por qué los protagonistas están dispuestos a atravesar media galaxia para encontrarlo.

Ahora bien, después de años interpretando una versión de Aquaman que nunca encontró una identidad clara en tres películas taquilleras pero horripilantes, Momoa parece haber llegado al personaje para el que nació. Su Lobo, el cazarrecompensas espacial de los cómics de DC, es exactamente lo que esperaban los lectores de los cómics: excesivo, arrogante, divertido, peligroso y completamente impredecible. Cada escena suya posee gracia y energía, dejando ganas de más. Si DC estaba buscando una excusa para producir una película de Lobo, aquí la encontró.

Y luego está Krypto. El Supercan ya había conquistado al público en Superman y vuelve a hacerlo aquí. Los fanáticos de Streaky quizá lamenten la ausencia del famoso gato kryptoniano, pero Krypto compensa cualquier ausencia con una combinación perfecta de ternura, caos y destrucción accidental.

La fotografía y el diseño de producción cumplen su función, aunque rara vez generan imágenes memorables. La banda sonora alterna entre una partitura bastante convencional y una selección de canciones pop que en algunos momentos funciona muy bien y en otros parece provenir de una película distinta. Los efectos visuales también son irregulares. Hay secuencias de combate extraordinarias y otras donde el acabado digital resulta menos convincente. Pero nada de eso termina hundiendo la película, porque Gillespie nunca pierde el control del ritmo. La historia avanza con seguridad, los personajes tienen objetivos claros y la aventura mantiene el interés durante todo el recorrido.

Quizás el mayor error sea acercarse a Supergirl esperando encontrar la próxima The Dark Knight, el equivalente de DC a Captain America: Civil War o una epopeya monumental como la que Zack Snyder intentó construir durante años, pero que nunca logró. Supergirl no juega en esa liga y tampoco pretende hacerlo.

Estamos ante una película de superhéroes que abraza sin complejos su condición de cómic. Hay alienígenas, perros con superpoderes, mercenarios intergalácticos que hablan inglés, piratas espaciales y planetas imposibles. James Gunn no intenta justificar ninguno de esos elementos ni pedir disculpas por ellos. Los presenta con absoluta naturalidad y espera que el espectador entre en el juego. 

La recompensa es una aventura tremendamente entretenida que confirma algo importante: después de la serie animada Creature Commandos y su Superman, el nuevo universo DC vuelve a acertar, porque Supergirl no intenta demostrar que las películas de superhéroes provenientes de los cómics pueden ser otra cosa. Simplemente recuerda por qué nos gustan en primer lugar.

Tres proyectos. Tres aciertos. Esperemos a ver qué sucede con Clayface, la cinta basada en el villano de Batman y un arriesgado coqueteo con el cine de terror. Pero si este es el camino que seguirá el universo cinematográfico y televisivo de DC, el futuro luce bastante prometedor.

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La relación entre el cine de terror y la comunidad LGBTQ+ siempre ha sido compleja. Durante décadas, el género utilizó la diferencia como amenaza, castigo o monstruosidad. Cineastas como Todd Haynes (Poison), Jane Schoenbrun (I Saw The TV Glow), Carter Smith (Swallowed), Luca Guadagnino (Bones And All) e incluso Darren Aronofsky (Black Swan) desde diversos territorios narrativos, han explorado el miedo desde la experiencia queer. Leviticus se suma a esa conversación con una propuesta que no pretende ser sutil. El australiano Adrian Chiarella toma una de las herramientas favoritas del horror contemporáneo, la metáfora, y la convierte en el eje de una película que habla de deseo, culpa y violencia institucionalizada.

El título no es casual. Remite al libro bíblico que durante siglos ha servido como justificación para la persecución de personas homosexuales. Chiarella parte de esa carga histórica para construir una pesadilla ambientada en una pequeña comunidad australiana donde la iglesia domina la vida cotidiana y donde dos adolescentes descubren que sentirse atraídos el uno por el otro puede convertirse literalmente en una sentencia de muerte.

Naim y Ryan, interpretados por Joe Bird (Talk To Me) y Stacy Clausen (Crazy Fun Park), encuentran en los descampados, los edificios abandonados y los rincones alejados de las miradas adultas el único espacio donde pueden ser ellos mismos. Chiarella entiende que el horror funciona mejor cuando antes existe algo valioso que perder. Por eso la película dedica tiempo a construir la conexión entre ambos jóvenes. No se trata únicamente de una historia sobre persecución religiosa. Es también una historia del primer amor, del descubrimiento de la sexualidad y de la vulnerabilidad que implica permitir que otra persona conozca quién eres realmente.

El elemento fantástico aparece cuando un supuesto sanador espiritual llega al pueblo para “curar” a los jóvenes considerados desviados. Después del ritual, una entidad comienza a perseguirlos. Aquí el demonio adopta la apariencia de la persona que más deseas cuando estás solo. Chiarella convierte así la atracción y el deseo en un arma. El afecto deja de ser refugio y se transforma en amenaza. El monstruo no castiga el deseo; utiliza el deseo para destruir.

La idea podría haberse quedado en una alegoría evidente, pero el director consigue que funcione porque nunca pierde de vista la dimensión humana del relato. Cada aparición de la criatura está atravesada por una pregunta dolorosa: ¿cómo discernir entre el amor y el miedo? La película juega constantemente con esa incertidumbre y genera algunas de sus mejores secuencias a partir de esa duda.

Joe Bird sostiene buena parte del peso emocional de la historia. Naim es un adolescente confundido, impulsivo y profundamente solo. Stacy Clausen encuentra en Ryan el equilibrio perfecto entre vulnerabilidad y sensualidad. Juntos construyen una química que termina siendo más importante que los sobresaltos o los efectos sobrenaturales. De hecho, Leviticus funciona mejor como romance que como película de terror, y probablemente esa sea una de sus mayores virtudes.

Chiarella y el fotógrafo Tyson Perkins apuestan por una Australia rural gris, silenciosa y asfixiante. Los espacios abiertos nunca transmiten libertad. Al contrario, parecen vigilar constantemente a los personajes. La fotografía despoja al paisaje de cualquier romanticismo y lo convierte en una extensión de la presión social que rodea a los protagonistas. La banda sonora y el diseño sonoro trabajan en la misma dirección, privilegiando los silencios, los ruidos ambientales y una sensación permanente de amenaza.

No todo resulta igual de sólido. El guion dedica tanto esfuerzo a desarrollar su concepto central que algunos personajes secundarios quedan apenas esbozados. La relación de Naim con su madre, interpretada por la siempre bienvenida Mia Wasikowska, sugiere conflictos mucho más complejos de los que la película termina explorando. También hay momentos en los que la explicación de las reglas del demonio reduce parte del misterio que la historia había construido con tanto cuidado.

Sin embargo, esos tropiezos no impiden reconocer lo que Leviticus consigue. Chiarella entiende que las llamadas terapias de conversión ya son, por sí mismas, una historia de horror. No necesita exagerarlas demasiado. Basta con traducirlas al lenguaje del género para exponer toda su crueldad. La película habla de instituciones que convierten el amor en pecado, del miedo que se instala cuando una comunidad decide vigilar el deseo ajeno y de la capacidad de los vínculos afectivos para sobrevivir incluso cuando todo alrededor intenta destruirlos.

Leviticus pertenece a una tradición del terror donde los demonios son menos aterradores que las personas que los invocan. Y en ese terreno encuentra una voz propia. Esta es una película que utiliza el horror sobrenatural para hablar de intolerancia, pero que termina siendo, ante todo, una historia sobre dos jóvenes que se niegan a renunciar a quienes son y terminan pagando un precio.

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Así es. Han pasado diez años desde que ‘Traicionera’ irrumpió en las fiestas y se convirtió en la banda sonora de toda una generación. La icónica canción de Sebastián Yatra no solo marcó una época, sino que también se consolidó como uno de los éxitos más memorables de su repertorio. Tanto es así que, con algo de suerte, aún puede escucharse en algunos de sus conciertos, donde sigue despertando la misma emoción que en sus primeros días. Pero para Sebastián, ‘Traicionera’ es mucho más que un recuerdo. Es una cápsula de tiempo que guarda momentos, emociones y memorias compartidas; una canción que conecta con una etapa especial de la vida de millones de personas. Para el artista, además, representa el punto de partida de una carrera que apenas comenzaba a tomar forma. 

‘Traicionera’ fue el génesis de un Sebastián Yatra lleno de sueños, metas e ilusiones que parecían lejanas hace una década, pero que hoy forman parte de una realidad construida con esfuerzo, talento y perseverancia. Fue el antes y el después, la canción que abrió las puertas de una trayectoria internacional que continúa creciendo. Por eso, hoy celebramos el décimo aniversario del hit que impulsó a Sebastián Yatra al estrellato y que, una década después, sigue ocupando un lugar privilegiado en la memoria de sus seguidores.

Antes de sumergirnos en esta entrevista cargada de nostalgia, pasión y algunos recuerdos melancólicos, nos encontramos con un Sebastián Yatra contagiado por la euforia que despierta cada temporada mundialista. Entre risas y comentarios llenos de picardía, el cantante aprovechó para aclarar —de una vez por todas— un rumor que lo ha perseguido durante años: nunca ha querido ser futbolista y, según él mismo admite, tampoco tiene planes de convertirse en uno. La razón es sencilla. Tiene claro que el fútbol exige una velocidad y una agilidad para correr que no figuran precisamente entre sus talentos. Eso sí, no por ello se queda fuera del juego: le pega con entusiasmo al balón cuando tiene la oportunidad y luce con orgullo la camiseta de su adorada selección colombiana. Y para que quede registrado en actas, esta breve pero apasionada conversación futbolera transcurrió entre carcajadas, bromas y ese inconfundible sentido del humor que caracteriza a Yatra. 

Ahora sí, sin más por el momento, lee aquí la entrevista completa con Sebastián Yatra:

Platiquemos sobre el ícono que ha sido ‘Traicionera’ en tu carrera. ¿Puedes creer que hoy se cumplen 10 años?

¿Sabes qué? Por un momento, siento que ha pasado más tiempo. Me ha cambiado tanto la vida en estos 10 años desde que saqué ‘Traicionera’, que agradezco mucho. Me parece como si hubiera metido 30 años de mi vida en solo 10 por la cantidad de cosas que he hecho. ‘Traicionera’ salió en el 2016, imagínate. En ese entonces, por el 2017, yo hice 221 shows, y ese fue el año en el que hice más conciertos. Puede que en el 2016 haya hecho 200 y en el 2018 otros 200. A lo largo de estos 10 años, con lo que más me quedo es con lo que la gente me hace sentir; con el amor que voy compartiendo y recibiendo. También me quedo con los aprendizajes. Lo bonito de la música es que tiene la capacidad de transportarte a esos momentos donde, la mente consciente, no es capaz de darte malos ratos. Yo escucho ‘Traicionera’ y es como un viaje en el tiempo. Tengo mucho que agradecerle a esta canción, porque sin ella, no habríamos dado ese primer paso tan fuerte para que se abrieran las puertas a hacer muchas otras cosas. 

¿Qué parte de la persona que escribió ‘Traicionera’ hace diez años ya no existe hoy? ¿O qué sigue de esa persona en la actualidad?

Esta es una muy buena pregunta, me gusta. Perdura siempre el amor, la ilusión, la capacidad de asombro. Siempre fui un niño viviendo mi carrera y así me siento en mi vida, por más que ya haya más madurez y vaya pensando todas las cosas que voy haciendo. No es como que las haga sin consciencia. Creo que lo que cambia, que cuando uno ya tiene más experiencia y las vive buscando el aprendizaje y el crecimiento, no estás en un loop de repetir lo mismo. Mis prioridades han cambiado. He vivido muchas cosas y cumplido muchos de mis sueños, pero también muchos de mis sueños, ahora, son mirar para adentro. Es un crecimiento interno y espiritual, donde no solo existe mi carrera apuntándole a hacer más música o hacer estadios, que claramente son muy bien recibidas, pero mi vida va creciendo y le dedico mucha parte a mi proceso personal. Para mí, es un mensaje que va en contra de las cosas que uno ve en redes sociales hoy en día, sobre todo con esto de la IA; como Elon y ellos, que están en un momento de su vida donde su visión es que todas las horas despiertas son horas de trabajo. Hay etapas de la vida para eso, pero también hay etapas para no quedarte en ese ritmo frenético, y yo no quiero esperar hasta que tenga 50 años para dedicarle el tiempo a cosas que me llama mi corazón, solo por llegar a las expectativas que tienen sobre uno. Es interesante este proceso y es muy bonito. También es muy inspirador al momento de crear música porque no la entiendes desde un vacío, sino desde un lugar donde te sientes lleno y feliz. Te encuentras emocionado por compartir tu arte por el amor de simplemente compartirlo con las personas. 

Justo ese pensamiento es en el que se centró tu último álbum de estudio Milagro. Justo hablamos de eso hace un año y sigues demostrando que es un mantra que llegó para quedarse. 

Totalmente. Pasó un año de nuestra conversación y hay mucha evolución, tanto tuya como mía porque cada uno seguimos en nuestros caminos explorando. Es bonito sentir que esa forma de pensar de hace un año me trae a las conclusiones de hoy, además de que me ha traído a personas que he conocido en este tiempo, precisamente por empezar a vivir más los pequeños milagros y darles la importancia. No solamente tienes que ser capaz de ver la magia a tu alrededor, sino también de disfrutarla. Pero, cuando nos enfocamos en una gran meta, todo lo demás pierde valor porque solo se la estás dando a una cosa. Yo creo que lo más grande que uno puede lograr es darle importancia a cada una de las cosas que te pasan en la vida, como esta conversación que estamos teniendo, o después que iré a tomarme un café con unos amigos y almorzar con ellos. 

¿Crees que esta ha sido tu mayor reflexión en la vida en estos 10 años desde que salió ‘Traicionera’?

Creo que sí. Tengo diversas reflexiones constantes que hago antes de irme a dormir. Tengo una que dice: ‘La luz y la sombra se abrazan, son una’. Nosotros siempre estamos peleando con nuestra sombra y nuestro lado más luminoso, pero son lo mismo porque somos parte de esas dos cosas. No son dos cosas, son una misma. 

Con el lanzamiento de ‘Traicionera’, ¿sentías que se avecinaba el éxito que hoy en día vives?

Sí, me lo imaginaba. Yo acababa de firmar con Universal, y al día siguiente tenía la grabación de mi siguiente sencillo que se llamaba ‘Te voy a amar’ con Cali y El Dandee, que al final no la grabé y la hizo Andrés Cepeda con ellos. Escribí un día antes con Dandee y Andrés Torres ‘Traicionera’, y yo llegué al día siguiente con todo el equipo y se las puse. Les dije que cambiaría el sencillo por ‘Traicionera’. Desde el principio, yo sabía que esa canción tenía mucha capacidad de llegarle a mucha gente y sabía que era muy especial. Más allá, puedo decirte que sentía una energía que me hacía creer que se iban a dar las cosas, no sé cómo, pero iban a pasar cosas mágicas. Simplemente era ser capaz de ver la magnitud de las cosas que iban a pasar. Me siento muy agradecido y afortunado de poder haber visto esto desde pequeño, pero sobre todo, de haberme escuchado. En el fondo, todos sabemos lo que es mejor para nosotros mismos. 

También hay momentos en la carrera de altibajos, canciones que uno piensa que les va a ir bien y no, pero eso está bien, porque esos tropiezos son parte del camino y aprendizaje. Si todo te sale perfecto, y simplemente llegas a la meta sin que nada te haya costado, no llegas transformado. Solo llega la misma persona que arrancó la carrera. 

“Es la canción que me cambió la vida”: Sebastián Yatra en el 10° aniversario de ‘Traicionera’
Pablo Crespo

También siento que ‘Tacones rojos’ es como una hermana perdida de ‘Traicionera’. 

Totalmente [Risas]. Esas son las dos canciones que han sido más significativas para mi carrera. También ‘No hay nadie más’. Lo que pasa es que con ‘Traicionera’ y ‘Tacones rojos’ me siento muy afortunado, porque, cada una en su género, ha sido de todas las generaciones. Han sido transversales y lograron gustarle al abuelito, pero al niño también y a los adolescentes que solo les gustan las cosas cool y de moda. Fue un momento de conexión colectiva. 

Tal vez ‘No hay nadie más’ entra como una prima por el mensaje y elementos sonoros. 

Justamente [Risas].

Si ‘Traicionera’ nunca hubiera existido, ¿quién crees que serías hoy?

No tengo ni idea. Es la canción que me cambió la vida, así que no tengo ni idea qué hubiese pasado. Así de grande fue esta canción. Es como si le preguntaras a Danny Ocean qué hubiese pasado si no existiera ‘Me rehúso’ [Risas]. Antes de ‘Traicionera’ ya había salido ‘¿Cómo mirarte?’ y ‘Por fin te encontré’ con Cali y El Dandee y Juan Magán, que fueron dos canciones muy importantes, pero lo de ‘Traicionera’ fue un golpe muy grande, donde la música tenía espacio para entrar. Gracias a esas canciones, en ese preciso momento, pude tener la oportunidad de que me escucharan más y crear una carrera de conectar con la gente en muchos momentos de su vida. No sé qué habría pasado. 

¿Después de ‘Tracionera’ viviste algún tipo de presión por seguir a la altura de las expectativas?

Sí, Xime. Yo siento que soy una persona buena para aguantar la presión, pero llega un punto donde uno se cuestiona y se tiene que deshacer de ella de alguna forma. A eso me ha llevado mi vida, porque me cuestiono el por qué tengo que aguantar esta presión y por qué lo hice en su momento, solo que se fue haciendo cada vez más grande esa carga. Mi última canción que puedo decir que fue un ‘hit’ fue hace como tres años con ‘Vagabundo’, y puedes hacer que te derrumbe la presión o agradecer todo lo que ha pasado. Cuando no estás con los ojos tan puestos en ti, también te permite enfocarte en otras cosas de la vida. También agradezco todo lo que ha ido pasando y reconocer que no tengo que estar aguantando esa presión, porque solito me la estoy poniendo. Si uno quiere ir al ritmo del mundo, siempre va a perder. 

Pablo Crespo

A lo mejor la presión estaba ‘bien’ cuando era la época de ‘Traicionera’, porque estabas tratando de consolidarte, internacionalizar tu arte y tener un primer hit. Era una era muy distinta a la que vives ahora, siento un referente del pop contemporáneo. 

Qué loco que tú lo veas así desde afuera. Yo, te confieso, que fue desde hace poco que le bajé a esa presión. Pasan los años, y por más que se construyan cosas, sigues con esa mentalidad cuando estás muy metido y sientes que tienes algo por demostrar. Te metes tanto, que llega un punto que es difícil mirarlo desde fuera. Es bonito cuando lo hablas con alguien y te cuenta las perspectivas de fuera y de los demás, así te sales un poco de sí mismo para agradecer las cosas y quitarte un poco la presión de encima. Le pasa mucho a las personas que tienen un éxito grande en su vida porque ese éxito empieza a definir su realidad y no empiezas a sentirte como tú mismo, sino como tu éxito. Te quieres agarrar de eso porque pones tu seguridad ahí. Todas tus bases las empiezas a construir sobre tu éxito y no sobre tierra firme, sobre estar aquí en el presente con tu familia y lo que es tangible. 

¿Quisieras agregar algo para conmemorar estos 10 años de ‘Traicionera’?

Quiero darle las gracias a todas las personas que llegaron al final de la entrevista: a todos aquellos que nos leen en digital y papel. ‘Traicionera’ ya no pertenece; es una energía que pasa a través de todas las personas que se conectan y están abiertos a recibir. Se está intencionando desde un lugar bonito. Quiero decirle a la gente que está leyendo que, lo que sientan en el fondo del corazón, hay algo que hacen infinitamente mejor que yo. Hay algo que ustedes hacen que nadie más puede hacer, tienen su regalo y magia. Todo el mundo tiene un camino que nos conecta directamente con Dios, con el amor, y que, de alguna forma, escogimos. Tenemos que confiar en nosotros mismos.

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Marcel Ruiz lleva años construyendo una carrera sólida frente a las cámaras. El actor puertorriqueño, conocido por sus papeles en One Day at a Time, Scream VI y Snowfall, atraviesa uno de los momentos más estimulantes de su trayectoria. Con apenas 24 años, acaba de presentar Summer of 3 en el Festival de Tribeca, una película que no solo protagoniza, sino que también escribió y produjo junto a su padre, el cineasta Carlitos Ruiz. El filme fue además uno de los grandes protagonistas de la más reciente edición del certamen neoyorquino, al obtener los premios a Mejor Interpretación y Mejor Guion en la categoría de Narrativa Estadounidense, un reconocimiento que confirma el surgimiento de una nueva generación de creadores boricuas decididos a contar sus propias historias.

Pero el cine no es el único lenguaje en el que Marcel busca expresarse. Paralelamente a su carrera como actor, ha desarrollado una faceta como DJ y melómano apasionado, explorando los vínculos entre la música caribeña, el house y la cultura de baile contemporánea. Esa sensibilidad musical también atraviesa Summer of 3, una cinta profundamente personal sobre la identidad, la familia y el regreso a casa. En conversación con Rolling Stone en Español, Ruiz reflexiona sobre el presente del cine puertorriqueño, el poder de las historias íntimas, la experiencia de compartir un set y una sala de escritura con su padre, y la necesidad de que las nuevas voces latinoamericanas encuentren más espacios dentro de la industria audiovisual.

Antes que nada, felicitaciones por el reconocimiento en Tribeca. ¿Cómo recibiste este premio?

Con muchísimo agradecimiento y también con mucha ilusión por el cine puertorriqueño y por los artistas de Puerto Rico y Latinoamérica que están surgiendo. Esta película no solo la hicimos para jóvenes, sino también con muchos jóvenes delante y detrás de la cámara.

Estoy muy orgulloso de haber formado parte del proceso completo como escritor, productor y actor. Pero lo que más feliz me hizo fue poder compartir ese momento con mis compañeros, con mi padre y con Mariana Belaval, la otra guionista, que además escribía su primer libreto. Pensar en lo que esto puede significar para sus carreras y para el cine puertorriqueño me emociona muchísimo. Creo que muchos jóvenes van a sentirse identificados con la película.

¿Cómo definirías esta nueva generación del cine puertorriqueño?

Puerto Rico tiene muchísimo que ofrecer. Creo que esta nueva ola cinematográfica surge de un equilibrio muy particular entre lo joven, lo contemporáneo y nuestra realidad social, pero también de nuestra historia política como colonia estadounidense.

Hay una combinación muy interesante entre nuestra música, nuestra forma de hablar, nuestra vida social —ir a la playa, a los ríos, la cultura de los jangueos— y una conciencia histórica y política que mi generación tiene muy presente.

De cierta manera, es un cine que, por naturaleza, termina siendo revolucionario.

Marcel Ruiz está listo para contar sus propias historias
Griff Lipson.

Summer of 3 sigue a un personaje que regresa a Puerto Rico después de vivir fuera de la isla. ¿Qué tanto hay de tu propia experiencia en esa historia?

Fue muy especial porque sentí que regresaba a casa de dos maneras distintas. Por un lado, literalmente, al filmar en Puerto Rico después de haber crecido entre la isla y el exterior. Esa experiencia de volver siempre ha estado muy presente en mi vida.

Pero también fue un regreso a mis raíces artísticas. Yo crecí rodeado de cineastas y artistas; el cine fue parte de mi infancia. Hacer esta película junto a mi padre, Carlitos Ruiz, se sintió como un círculo que se cerraba.

Más que un trabajo, este proyecto se sintió como regresar a mi niñez y a la manera en que crecí. Fue un verdadero homecoming tanto como actor como puertorriqueño.

¿Cómo fue trabajar con tu padre en un contexto profesional?

Al principio fue curioso porque decidí que, desde que comenzara el proyecto, no lo llamaría “papá”, sino “Carlitos”. Nunca lo había hecho y todavía me pasa que busco “Carlitos” en mi teléfono y no aparece porque sigue guardado como “papá”.

Pero fue una experiencia profundamente positiva. Algo fundamental en cualquier proceso creativo es sentirse libre de proponer ideas sin miedo a ser juzgado. Uno necesita atravesar muchas ideas malas para llegar a las buenas.

Trabajar con alguien que conozco toda mi vida generó un ambiente muy íntimo y cómodo. No existía la idea de defender quién tenía la razón; simplemente lanzábamos propuestas y descubríamos juntos qué funcionaba.

Además, pude involucrarme en todas las etapas del proceso y aprender muchísimo. Fue prácticamente un máster intensivo sobre cómo hacer una película. Y compartir este momento con mi padre lo hace aún más especial: su primera película se estrenó en Tribeca hace casi dos décadas y ahora regresó al festival con una película hecha conmigo. Es algo que siempre compartiremos.

Griff Lipson.

También escribiste el guion. ¿Cómo cambia la actuación cuando interpretas a un personaje que tú mismo ayudaste a crear?

Yo me acerqué a esta película primero como escritor y después como actor. La escritura me abrió una dimensión completamente nueva de la actuación.

Como guionista, entiendes el trasfondo del personaje, el subtexto de cada escena y todas esas ideas que quizás nunca llegan al papel, pero permanecen en tu cabeza cuando llegas al set.

Eso me permitió llegar muy preparado y sentirme libre para improvisar, jugar y simplemente estar presente durante el rodaje.

Además, cambió completamente mi relación con la actuación. Ahora abordo cada personaje desde la sensibilidad de un escritor, incluso cuando no participo en el guion, y eso ha transformado mi manera de trabajar y de disfrutar el oficio.

Después de esta experiencia, ¿qué te interesa más: escribir, actuar o dirigir?

Definitivamente quiero hacer las tres cosas.

Hay proyectos en los que solo quiero actuar, porque también disfruto mucho la libertad de concentrarme únicamente en el personaje. Pero hay otros que nacen primero desde la escritura y terminan involucrándome en varias áreas.

Lo que sí tengo claro es que quiero dirigir pronto. Este proceso me dio mucha confianza y me hizo sentir que quizás no necesito esperar tanto para hacerlo. Estoy muy inspirado y quiero probar esa faceta más temprano que tarde.

¿Qué historias latinoamericanas siguen faltando en Hollywood?

Algo que aprendí haciendo esta película es que mientras más específica es una historia, más universal termina siendo.

Muchas veces la industria hace creer que ciertas historias son demasiado locales y que otras audiencias no van a conectar con ellas. Pero ocurre exactamente lo contrario: cuando uno habla desde lo más íntimo y particular de su experiencia, conecta con algo profundamente humano.

Como latinos debemos entender que aquello que nos hace diferentes no es una limitación, sino nuestra mayor fortaleza.

Yo hago cine desde mi experiencia puertorriqueña, pero cuando hago una película no pienso únicamente en Puerto Rico. Pienso en todos los latinos, porque al final nuestros distintos microcosmos también dialogan entre sí.

La música también ocupa un lugar importante en tu vida como DJ. ¿Qué tan importante fue para construir el universo de Summer of 3?

Fue fundamental. Ser joven en Puerto Rico es una experiencia profundamente sensorial y queríamos capturar eso en la película.

La música es parte esencial de nuestra identidad cultural y del proceso de crecer en la isla. Si queríamos que los jóvenes se sintieran realmente representados, la banda sonora tenía que ser auténtica.

En Puerto Rico la música está presente en todas partes. Es prácticamente un personaje más dentro de nuestras vidas y, por supuesto, también dentro de esta película.

Además, me interesa mucho que los músicos y los cineastas colaboren más estrechamente. Creo que esta nueva generación del cine puertorriqueño tiene una gran oportunidad para construir puentes entre ambas industrias y representar nuestra cultura de la manera más genuina posible.

Griff Lipson.

También eres DJ. ¿Cómo definirías un set de Marcel Ruiz?

Me gusta pensar que un set mío es una invitación a entrar en mi mundo.

Quiero que la gente sienta que, al escucharme, conoce un poco mejor quién soy y de dónde vengo. También me interesa que descubran algo sobre la historia de la música, sobre nuestros ritmos ancestrales y las influencias caribeñas y africanas presentes en muchos géneros.

Actualmente me concentro sobre todo en el house y el disco, pero esos géneros tienen profundas raíces caribeñas y puertorriqueñas. Vivir en Nueva York también ha reforzado mucho esa conexión.

Para mí, pinchar música es una forma de honrar esa historia y compartir mi identidad a través del baile.

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