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AKRIILA sigue abriendo el camino hacia su próximo álbum. Después de estrenar hace unos días ‘suave’, una colaboración con la rapera, cantante y productora estadounidense Jane Remover, la artista chilena presenta ‘Roger’, el segundo adelanto de Lucy miró al mundo y notó que está girando, su nuevo material discográfico que llegará este año.

La canción llega acompañada por un video musical grabado en la Ciudad de México a cargo de la productora Violeta Films y dirigido por Chris Cadaver y Julian Burgueño, quienes también estuvieron detrás del videoclip de ‘Mal comunicada’, la colaboración de AKRIILA con Latin Mafia.

AKRIILA presenta ‘roger’, el segundo adelanto de su próximo álbum
Pablo Monroy 

‘Roger’ funciona como una nueva pieza dentro del universo que la artista comenzó a construir después de Epistolares, el álbum de 2024 que terminó de posicionarla como una de las voces más interesantes de la escena hispanohablante actual. Si aquel proyecto estaba marcado por una energía electrónica, distorsionada y emocionalmente intensa, esta nueva etapa apunta hacia un territorio distinto, aunque sin romper del todo con la identidad que ha definido su música. 

Como contó en exclusiva a ROLLING STONE en Español cuando anunció el título del disco, Lucy miró al mundo y notó que está girando nació durante un proceso de búsqueda creativa que la llevó a Japón junto a su equipo. En ese viaje, AKRIILA comenzó a ordenar las ideas del álbum, sus símbolos y el imaginario visual que acompañará esta nueva era.

El título, explicó entonces, está inspirado en dos canciones de The Beatles. Por un lado, en ‘While My Guitar Gently Weeps’, cuya frase “miro al mundo y noto que está girando” le llamó especialmente la atención. Por otro, en ‘Lucy in the Sky with Diamonds’, una canción importante en su historia personal, pues fue la primera que aprendió a tocar en piano.

“Una de mis referencias más grandes para este álbum son los Beatles”, contó AKRIILA en aquella conversación. “Mi papá es fanático, y cuando yo empecé a tocar piano la primera canción que me aprendí fue ‘Lucy in the Sky with Diamonds’, así que uní eso y así nació el título: Lucy miró al mundo y notó que está girando”.

Pablo Monroy 

“Si a mí me preguntaran cómo suena el álbum, yo diría que a esperanza”, dijo. Para este material, la artista ha explorado sonidos más orgánicos y análogos, con instrumentos reales como arpas y flautas, pero combinados con la saturación, la destrucción y la intensidad que ya forman parte de su lenguaje. En sus propias palabras, el disco busca un equilibrio entre algo nuevo y algo que todavía se siente parte del proyecto AKRIILA. En el video de ‘roger’, vemos a AKRIILA acompañada de una banda conformada por tres mujeres. 

La evolución también se extiende a lo visual. La artista explicó que esta etapa representa una maduración estética en su forma de vestir, en las imágenes que construye y en la manera en que quiere presentar su música. El tiempo en Japón, dijo, ayudó a que ella y su equipo entendieran mejor el concepto del álbum y la forma en que ese universo debía expandirse.

Pablo Monroy 

Con ‘suave’ y ahora ‘Roger’, AKRIILA sigue agregando piezas al rompecabezas de Lucy miró al mundo y notó que está girando, que llegará en algún momento de este año.

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El siete parece ser un número afortunado para el cine. Wes Craven’s New Nightmare, la séptima entrega de A Nightmare on Elm Street, redefinió la saga al convertir a Freddy Krueger en una criatura consciente de su propia existencia cinematográfica. Por su parte, Furious 7 llevó la cansada saga de automóviles y acción a su punto más emotivo y espectacular. Ahora, la séptima película del universo de Mi villano favorito demuestra que la franquicia de Illumination todavía tenía una sorpresa reservada. Sí señores, estamos ante la mejor aventura protagonizada por los Minions hasta la fecha.

El francés Pierre Coffin siempre entendió que sus pequeños personajes amarillos funcionan mejor cuando el caos sustituye cualquier intento de lógica. Sin embargo, Minions & Monstruos va mucho más lejos. En lugar de limitarse a acumular gags, convierte la historia en una celebración del nacimiento del cine y de las primeras formas de contar historias, una decisión inesperadamente ambiciosa para una película dirigida, en apariencia, al público infantil.

La primera gran broma aparece incluso antes de llegar a Hollywood. Coffin retrocede hasta La Odisea de Homero y presenta a los Minions como los fieles secuaces de Polifemo. La solemnidad del mito desaparece cuando el gigantesco cíclope termina derrotado… con una ficha de Lego. Es un chiste deliciosamente absurdo, pero también una declaración de principios. La película anuncia desde sus primeros minutos que ningún relato fundacional está a salvo de la anarquía de estas criaturas.

Cuando los Minions finalmente llegan al Hollywood de los años veinte, la película encuentra su verdadera identidad. Lo que comienza como una búsqueda de monstruos para protagonizar una película termina convirtiéndose en un recorrido por la historia del lenguaje cinematográfico. Los hermanos Lumière aparecen como el origen del asombro; Georges Méliès representa la magia de los trucajes y la fantasía; Edwin S. Porter recuerda que el montaje también podía contar historias. A partir de allí, la película salta al slapstick de los Keystone Cops y recupera la precisión física de Charlie Chaplin, Harold Lloyd y Buster Keaton con una cantidad de homenajes que jamás resultan pedantes porque siempre están subordinados al humor.

Los niños disfrutarán las persecuciones, los golpes, las explosiones y el inagotable balbuceo de los Minions (a cargo del mismo Coffin), mientras que los adultos, especialmente los cinéfilos, descubrirán referencias que abarcan más de un siglo de historia del cine. Pocas producciones familiares recientes confían tanto en la inteligencia del espectador sin convertir la erudición en un ejercicio de superioridad.

El Hollywood que construyen Coffin y el codirector Patrick Delage tampoco se limita a reproducir una época. Es una fábrica de sueños donde el cine todavía parece un territorio salvaje. Los Minions irrumpen en los estudios Bright (una divertida parodia de Warner Bros., pero con menos hermanos, todos con la voz de Jeff Bridges) y terminan bajo las órdenes del director de cine Max, interpretado por el gran Christoph Waltz en la versión original. En español, el personaje adquiere una capa adicional de ironía al ser interpretado por Andy Muschietti, cineasta profundamente asociado al cine fantástico contemporáneo gracias a It y The Flash (de ahí el acento argentino de Max). Ese pequeño juego de casting de voces demuestra el cuidado con el que la película entiende sus propios guiños cinéfilos.

Como si todo eso no fuera suficiente, los Minions terminan provocando accidentalmente el nacimiento de los monstruos clásicos de Universal. Criaturas antediluvianas que parecen insinuar el horror cósmico que desarrollaría H. P. Lovecraft, como Goomi (Trey Parker de South Park), Phillips (Bobby Moynihan), Howard (Phil LaMarr) y Miranda, aparecen mezcladas con la ciencia ficción del cine de los años cincuenta inaugurada por Gort, el inolvidable visitante metálico de The Day the Earth Stood Still, aquí como Dort (con la voz de Jesse Eisenberg), quien se enamora de una sufragista (Zoey Deutch). Todo sucede con una naturalidad delirante donde el disparate nunca rompe la lógica interna de la película porque precisamente el disparate constituye esa lógica.

Semejante despliegue de referencias jamás eclipsa la historia. Los Minions James y Henry funcionan como una pareja clásica de soñadores ingenuos cuya necesidad de contar historias termina impulsando toda la aventura. Su entusiasmo convierte el cine en un acto profundamente colectivo donde cada error genera una nueva posibilidad creativa. Más que una película sobre Minions, esta termina siendo una película sobre la imaginación.

Coffin vuelve a demostrar por qué los Minions se han convertido en uno de los grandes hallazgos de la animación contemporánea. Él entiende que estos personajes jamás deben evolucionar psicológicamente. Su encanto reside precisamente en permanecer iguales durante miles de años mientras el mundo cambia a su alrededor. Son antihéroes y agentes del caos, pero también espectadores activos fascinados por todo aquello que descubren. Como los niños.

La animación alcanza uno de los niveles más refinados de la franquicia. El Hollywood de los años veinte rebosa detalles, los monstruos poseen diseños tan extravagantes como entrañables y la partitura de John Powell recupera el espíritu aventurero que convirtió a Cómo entrenar a tu Dragón en una de las grandes bandas sonoras del cine animado reciente.

Pero el mayor triunfo de Minions & Monstruos no está en sus referencias ni en su impecable factura técnica. Está en comprender que el cine nació como un acto de asombro, de juego y de libertad absoluta. Exactamente las mismas cualidades que definen a los Minions desde su primera aparición. Que se plantee una conexión inesperada entre los orígenes de la literatura y el cine con esas pequeñas criaturas amarillas incapaces de pronunciar una frase coherente es quizá porque, en el fondo, todos hablan el mismo idioma: El de las historias que hacen reír, maravillan y recuerdan que el cine, antes que una industria, fue un juego. Y pocas películas recientes juegan con tanta inteligencia como esta.

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El trastorno del espectro autista nunca ha sido el principal obstáculo para miles de niños y adolescentes. Lo han sido el bullying, la exclusión, las miradas de desconfianza y una sociedad que con demasiada frecuencia confunde la diferencia con la incapacidad. En ese contexto, Un portero muy improbable encuentra una razón de ser que va mucho más allá del fútbol y que tiene que ver con recordar que los sueños también pertenecen a quienes durante años han escuchado que ciertas metas no fueron hechas para ellos.

Martín Gutiérrez (Danilo Guardiola) posee una extraordinaria capacidad para interpretar trayectorias, velocidades y movimientos. Ese talento termina encontrando un lugar natural en la portería, donde cada disparo deja de ser un acto de intuición para convertirse en un problema matemático. Cuando obtiene la oportunidad de integrar el equipo de un prestigioso colegio y acercarse al fútbol profesional, descubre que los balones son mucho más fáciles de detener que los prejuicios de quienes lo rodean.

Mike R. Ortiz (Águila y Jaguar: Los guerreros legendarios) construye una película profundamente familiar. Su recorrido resulta canónico y predecible, pero esa decisión también le permite concentrarse en el mensaje sin distraerse con artificios innecesarios. El interés nunca está en sorprender al espectador con giros espectaculares, sino en acompañar el crecimiento de un muchacho que busca ser reconocido por sus capacidades antes que por su diagnóstico.

Guardiola realiza una interpretación sensible y convincente que evita convertir a Martín en un estereotipo. Su personaje transmite ansiedad, frustración, ilusión y alegría con una naturalidad que sostiene buena parte de la película. El fútbol tampoco aparece únicamente como espectáculo. La elección de un portero como protagonista resulta particularmente acertada: mientras casi todas las historias deportivas celebran al goleador, aquí el héroe es quien resiste, quien soporta la presión y quien entiende que una sola atajada puede cambiar el destino de un partido.

La presencia de Jorge Campos, Raúl Jiménez, Jaime Lozano y Marco Fabián aporta autenticidad al universo futbolístico, pero también establece un puente con una realidad que muchas veces permanece invisible. En los créditos finales, la película nos recuerda que el autismo también forma parte del fútbol profesional. Casos como los del exfutbolista Greg Halford, quien ha hablado públicamente del diagnóstico tanto de él como el de su hijo, o el de Lucy Bronze, quien ha explicado que ella misma está dentro del espectro, ayudan a comprender que la neurodiversidad no impide alcanzar el alto rendimiento deportivo.

Un portero muy improbable no aspira a cambiar las reglas del cine deportivo mexicano. Su apuesta es mucho más modesta y, precisamente por eso, efectiva. Es una película amable, emotiva y fácil de ver que entiende que el deporte puede ser un escenario privilegiado para hablar de inclusión sin convertir a sus personajes en discursos ambulantes. Quizá no alcance la fuerza de clásicos del fútbol mexicano como Atlético San Pancho, El chanfle o Rudo y cursi, pero deja algo igual de valioso, la certeza de que, para muchos niños que alguna vez se sintieron fuera de lugar, verse reflejados en la pantalla también puede convertirse en una forma de esperanza.

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Como JoJo Rabbit, Eleanor The Great es una película que avanza sobre una cuerda floja moral desde su primer movimiento y nunca finge no saberlo. No es un relato cómodo ni complaciente. Es una historia que se alimenta del malentendido, del silencio cómplice y de una mentira que crece no por maldad explícita, sino por una suma de fragilidad, soledad y una necesidad primaria de pertenencia. En ese sentido, el debut de Scarlett Johansson como directora se siente como una extensión de la cinta que protagonizó con Taika Waititi y nos revela una ambición inesperada. No la de agradar, sino la de incomodar con suavidad, como una mano que aprieta mientras sonríe.

El personaje de Eleanor Morgenstein, interpretado con admirable precisión por June Squibb, podría haber caído fácilmente en el estereotipo de la anciana cascarrabias o en la ternura condescendiente. No ocurre ninguna de las dos cosas. Eleanor es ardua, punzante, por momentos francamente inaguantable, y justamente ahí reside la mayor audacia del filme.

Es una mujer que ha sobrevivido a casi todo, menos al holocausto y a la invisibilidad contemporánea. La muerte de su amiga Bessie no solo la deja sola, sino muda. pierde a su testigo, a la persona que confirmaba su existencia. Cuando se muda con su hija y su nieto, lo que encuentra no es refugio sino una rutina funcional donde ya no hay espacio para su voz.

La mentira que articula el relato (apropiarse del testimonio de una sobreviviente del Holocausto) no nace como un gesto calculado, sino como una rendija por donde se cuela el pánico de no pertenecer. Eleanor no desea ser una falsa heroína: Desea ser escuchada. Esa distinción es clave y, al mismo tiempo, el gran problema ético que la película nunca logra enfrentar del todo. El guion de Tory Kamen sugiere que el duelo puede explicar el error, pero se queda corto al interrogar el límite entre el dolor legítimo y la usurpación de una memoria histórica que no le pertenece.

La relación entre Eleanor y Nina, la joven estudiante de periodismo interpretada por Erin Kellyman, introduce una capa adicional de complejidad. Nina no solo busca una historia; busca una figura materna, una conexión emocional que la ayude a ordenar su propio duelo. El vínculo entre ambas funciona como un pacto tácito. Una ofrece compañía, la otra escucha. Johansson acierta al observar ese lazo con calma, sin edulcoraciones sentimentales, dejando que las escenas respiren en conversaciones nocturnas, paseos urbanos y silencios compartidos. Allí la película alcanza su textura más honesta y delicada.

Visualmente, el trabajo de la directora se apoya con inteligencia en la fotografía de Hélène Louvart (Romería), que privilegia los primeros planos como territorios emocionales. El rostro de Squibb se vuelve un mapa del personaje: La ironía como escudo, el orgullo como herida mal cerrada, el miedo filtrándose en miradas aparentemente triviales. Es un cine de proximidad, casi táctil, que confía en los gestos mínimos más que en el golpe dramático.

Sin embargo, Eleanor The Great tropieza debido a que no fluye muy bien (le hubiera servido un ritmo al estilo de la serie Hacks) y en el momento en que su protagonista debe asumir las consecuencias de su premisa. La revelación de la mentira y su impacto sobre los otros personajes se resuelve con una levedad que contradice el peso simbólico del engaño. La cinta parece consciente de estar contando una historia peligrosa, pero retrocede en el último tramo, optando por una suerte de absolución emocional que deja preguntas sin responder. No se trata de castigar al personaje, sino de exigirle (y exigirnos) una reflexión más profunda sobre el uso instrumental del trauma histórico.

El humor existe y funciona, además nunca es frívolo. El problema es el tono y la falta de una confrontación más incisiva con el núcleo ético del relato. Eleanor no es un monstruo, pero tampoco puede ser únicamente una víctima del contexto. Pero aun con esas grietas, Eleanor The Great se impone como un debut significativo. Johansson demuestra una mirada sensible hacia los márgenes de la vejez, una etapa del cine frecuentemente simplificada o invisibilizada.

Johansson le concede a Squibb un papel complejo, lleno de aristas, que se siente como la culminación de una vida de actuaciones contenidas y potentes. Y aunque la película no siempre sabe qué hacer con el deseo de su personaje, logra algo más difícil, que es convertirlo en una experiencia incómodamente reconocible.

Eleanor The Great, con todas sus fallas, permanece en la memoria más por lo que genera que por lo que resuelve. Es una película sobre el miedo a desaparecer, el peligro de confundir escucha con legitimidad y la tentación de apropiarse del dolor ajeno para no enfrentar el propio. Es una cinta imperfecta pero viva, urgente y sostenida por una actuación que se niega a pedir disculpas. Como Eleanor misma.

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A pocos meses del inicio de la Copa Mundial de la FIFA, la participación de la selección de Irán no estaba del todo definida. “No hay condiciones que nos permitan participar”, dijo el ministro de Deportes de Irán, Ahmad Donyamali.

Pese a esas declaraciones y a las múltiples especulaciones en torno a la presencia de Irán en la Copa Mundial, la selección terminó asistiendo a la cita mundialista. Sin embargo, vale la pena destacar las injusticias deportivas, administrativas y los actos de exclusión que sufrió durante el certamen, los cuales terminaron desembocando en su eliminación y en una sentida carta dirigida a la FIFA.

Dejando de lado lo sucedido durante la guerra, la Federación de Fútbol de Irán decidió priorizar el espíritu deportivo y asistir al torneo. Lo que encontró, sin embargo, fueron las puertas cerradas de un país con el poder económico para organizar un evento de semejante magnitud, pero con una postura antideportiva y antihumanitaria.

Los tres encuentros de Irán frente a Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto fueron programados en Estados Unidos: los dos primeros en Los Ángeles y el tercero en Seattle. Como es habitual, las selecciones participantes establecen una base de operaciones cerca de la ciudad donde disputarán la mayor cantidad de partidos. Pero fue precisamente allí donde comenzaron los obstáculos para el conjunto iraní.

A buena parte del cuerpo técnico y administrativo de la selección se le negó la visa para ingresar al país anfitrión de sus partidos. Esto no solo generó malestar dentro de la delegación, sino que también representó una evidente desventaja deportiva.

¿Cómo iba a jugar en Estados Unidos una selección que ni siquiera podía ingresar libremente a ese país? La delegación iraní se vio obligada a instalar su base de concentración en Tijuana, México, donde todos sus integrantes fueron recibidos sin inconvenientes. Mientras tanto, la FIFA hizo muy poco al respecto y permitió que las decisiones de un gobierno terminaran imponiéndose sobre la equidad de su propio torneo.

Irán únicamente tenía permitido ingresar a Estados Unidos un día antes de cada partido y debía abandonar el país inmediatamente después del pitazo final. No había posibilidad de recuperación ni de preparación adecuada entre encuentros. Con partidos cada cinco días y vuelos de aproximadamente dos horas que, sumados a los controles migratorios y los desplazamientos terrestres, fácilmente duplicaban ese tiempo, la selección debía viajar prácticamente de inmediato después de cada compromiso. Se trataba de una clara desventaja competitiva frente a sus rivales y, además, de un mensaje xenófobo igualmente evidente: Irán no era bienvenido en Estados Unidos y la Copa Mundial de la FIFA, en la práctica, no estaba reuniendo a todo el mundo en igualdad de condiciones.

Tras empatar sus tres partidos frente a Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto, Irán quedó eliminado del torneo. Quedó entonces una pregunta imposible de responder: si hubiera competido en igualdad de condiciones, con el descanso y la logística que tuvieron sus rivales, ¿habría llegado más lejos? Nunca lo sabremos.

“Nos demostraron que organizar una Copa Mundial de la FIFA es mucho más que estadios y boletos. La verdadera organización se basa en el respeto, la humanidad y la dignidad. Nunca olvidaremos la amabilidad de la gente de Tijuana. A partir de hoy, México siempre será más que un país anfitrión para nosotros; será nuestro segundo hogar y nuestro segundo equipo”, expresó la delegación iraní al despedirse de México como muestra de gratitud.

Pero también aprovechó la ocasión para dejar constancia de las injusticias que marcaron su participación: “Nos vamos de este Mundial con orgullo, pero también con una pregunta fundamental: ¿compitieron realmente todos los equipos en condiciones de igualdad y con los mismos estándares profesionales? Lo que vivimos fue una serie de decisiones, disposiciones logísticas y circunstancias que socavan el sentido de la equidad. Para nosotros, el juego limpio no es un eslogan impreso en vallas publicitarias; es la identidad misma del fútbol. Sin embargo, este torneo nos recordó que aún existe una distancia significativa entre las palabras inspiradoras y las acciones significativas”, concluyeron.

Y ahí no terminaron las críticas, ampliamente fundamentadas. El capitán y máxima figura de la selección iraní, Taremi, quien ha jugado en importantes equipos europeos como el Inter de Milán, también expresó su desacuerdo con el actuar tanto de la FIFA como de Estados Unidos: “Esta es una Copa del Mundo desastrosa. Como jugadores profesionales no podemos disputar una competición en estas condiciones; no está bien ni es justo”. Y añadió: “Han hecho todo lo posible para eliminarnos. Entonces, desde nuestra perspectiva, sí, creo que lo quieren así; nos quieren afuera”.

En definitiva, Irán disputó el torneo en una evidente desventaja deportiva, condicionada por decisiones de carácter político y por una gestión insuficiente —prácticamente inexistente— de una organización cuyo principal objetivo, al menos en el discurso, es reunir al mundo a través del fútbol.

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Las primeras imágenes de Werwulf han llegado. La nueva cinta de Robert Eggers despierta a una criatura que no le teme a la oscuridad, y que en esta pesadilla de terror, la abraza. 

Focus Features presenta el tráiler oficial de este nuevo largometraje del director de El brujo, El faro, El hombre del norte y Nosferatu, el cual se describe como la ‘experiencia más visceral e inquietante’ del director hasta la fecha. También revela que se narrará una historia de  devoción, condenación y el diablo interior.

Protagonizada por Aaron Taylor-Johnson, Werwulf presenta al actor como la criatura que aterroriza a un pueblo tras convertirse en hombre lobo a causa de una maldición que pesa sobre su familia. El guion fue escrito por Robert Eggers junto a Sjón, con quien ya había colaborado en The Northman (2022).

Junto a Aaron Taylor-Johnson, el reparto de Werwulf cuenta con rostros familiares en la filmografía de Robert Eggers, entre ellos Lily-Rose Depp y Willem Dafoe. A ellos se suma Ralph Ineson, quien vuelve a colaborar con el director en una historia que retoma una de sus grandes obsesiones creativas: el terror de época. El elenco se completa con Jack Morris, Jan Bijvoet, Ritchi Edwards y Bodhi Rae Breathnach. En la producción ejecutiva participan Chris y Eleanor Columbus, de Maiden Voyage, mientras que Werwulf está producida por Focus Features en colaboración con Robert Eggers y Sjón.

Esta no es la primera colaboración entre la productora y Robert Eggers. Ambos trabajaron previamente en Nosferatu (2024), una de las películas más aclamadas del director. El filme recaudó cerca de 181 millones de dólares en la taquilla mundial y se consolidó como uno de los títulos más destacados del año tanto para la crítica como para el público. Además de su éxito comercial, Nosferatu obtuvo cinco nominaciones a los premios BAFTA, entre ellas Mejor Fotografía, Diseño de Vestuario, Peluquería y Maquillaje, Banda Sonora Original y Diseño de Producción. También fue reconocida con cuatro nominaciones al Óscar, incluida la de Mejor Fotografía.

Mira aquí el tráiler de Werwulf:

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El poder rara vez se sostiene únicamente por el dinero o la política. También vive en las apariencias, en el prestigio, en las relaciones sociales y en las máscaras que las personas construyen para sobrevivir dentro de un sistema. Esa idea atraviesa Casi el paraíso, la adaptación cinematográfica de la célebre novela de Luis Spota dirigida por Edgar San Juan, una película que actualiza la crítica al poder y a las élites mexicanas mientras fortalece a unos personajes femeninos que, en esta nueva versión, dejan de ser espectadores para convertirse en protagonistas de su propio destino.

Esmeralda Pimentel interpreta a Frida, una mujer que parece moverse con serenidad dentro de un universo gobernado por la ambición, pero que en realidad libra una batalla mucho más profunda: transformar ese sistema sin traicionar sus principios. Conversamos con la actriz sobre la construcción del personaje, la vigencia del feminismo, el amor romántico, la vulnerabilidad y la urgencia de construir una sociedad menos tibia y mucho más humana.

En la película, Frida se mueve dentro de una estructura de poder marcada por las apariencias, pero también por el deseo. ¿Cómo trabajaste esa diferencia entre lo que el personaje muestra y lo que realmente siente?

Yo creo que eso fue, sin duda, lo más complejo y también el mayor regalo de interpretar a Frida. Es una mujer que vive debatiéndose entre derrocar un sistema profundamente corrupto y, al mismo tiempo, reencontrarse con el gran amor de su vida, que también fue la persona que más la lastimó.

Lo que más me fascina de ella es que prácticamente es la única que no está movida por la ambición de poder, fama, reconocimiento o riqueza. Se mantiene fiel a sus principios. Creo que es el único personaje que realmente ama a su país. Todos hablan de él, especialmente los políticos, pero Frida sí siente un profundo amor y respeto por México. Entiende que la única forma de vencer ese sistema es introducirse en él y mover los hilos desde adentro. Esa fue la esencia del personaje.

La historia plantea una crítica muy fuerte a las élites y a la construcción del estatus. ¿Desde dónde decidiste abordar a Frida?

Cuando Edgar decidió trasladar la historia al presente me pareció un enorme acierto. En la novela, como era habitual en aquella época, los personajes femeninos tenían una participación muy limitada. Edgar rescata a la condesa Frida von Becker y a Carmen, mezcla elementos de ambas y construye una mujer completamente contemporánea.

Frida es antisistema, muy inteligente, muy culta y también profundamente generosa. Para mí ese fue el mayor logro de la adaptación. Todas las mujeres de la película, cada una desde su propia trinchera, están rompiendo moldes. Cuestionan, ponen límites, ejercen su voz y su dignidad. Reflejan muy bien lo que somos muchas mujeres hoy.

Esmeralda Pimentel: “Ya no podemos permitirnos la tibieza; necesitamos mucha ternura”
Cortesía de Cinépolis

El vínculo con Hugo Conti está atravesado por la seducción, pero también por una herida que nunca termina de cerrar. ¿Cómo construiste esa relación?

El propio guion establece un antes y un después muy claros. Al principio vemos a una mujer soñadora que experimenta el amor por primera vez y se entrega completamente. Cuando le rompen el corazón ocurre una fractura profunda en su identidad.

Toda esa construcción la trabajé muy de cerca con Edgar. Él quería que Frida se sintiera como una mujer profundamente involucrada con el movimiento feminista, muy crítica del amor romántico y muy consciente de lo urgente que resulta replantear esas ideas. Hay una frase que para mí resume muy bien esa postura: dejar de morir de amor en un país donde todos los días asesinan mujeres. Creo que esa es una de las razones por las que esta historia necesitaba ser contada hoy.

Cortesía de Cinépolis

La vulnerabilidad de Frida nunca se percibe como debilidad. ¿Cómo trabajaste ese aspecto para que ocurriera?

Qué bonito que lo percibas así. Lo que trabajamos con Edgar fue que uno de sus mecanismos de defensa consiste precisamente en construir una enorme fortaleza. Incluso cuando está completamente rota mantiene esa dignidad y esa firmeza. Es una mujer que se quiebra, pero lo hace de una forma muy estoica. Edgar insistió mucho en que esa fortaleza permaneciera visible incluso en sus momentos más dolorosos.

La película sugiere que el poder también se construye desde el cuerpo, los silencios, la mirada y la presencia. ¿Cómo trabajaste esos elementos?

Todos los personajes juegan constantemente con distintas máscaras. Durante el trabajo de mesa analizábamos cuál era la estrategia de cada uno y teníamos muy claro que Frida proyectaba una imagen de incorruptibilidad. Ella nunca necesita llamar la atención. Mientras los demás viven desesperados por ser vistos, reconocidos o admirados, Frida elige mantenerse más reservada, más silenciosa, más serena. Esa calma termina convirtiéndose en su forma de ejercer poder y también en aquello que finalmente la libera.

Cortesía de Cinépolis

¿Crees que Frida tiene verdadera capacidad de transformar ese sistema o termina determinada por él?

Ambas cosas. Ella entiende que la única posibilidad de debilitar el sistema consiste en entrar en él e intentar incidir desde adentro. Va sembrando dudas, ideas y preguntas para que sean los demás quienes crean haber llegado solos a determinadas conclusiones. Esa inteligencia estratégica fue una de las cosas que más disfruté interpretar porque va haciendo una especie de inception en los otros personajes hasta conducirlos hacia su propia catástrofe.

¿Crees que esa estrategia también podría funcionar fuera de la ficción para generar un cambio real?

Depende del contexto. Pero sí creo que estamos viviendo un momento en el que ya no podemos permitirnos la tibieza. Necesitamos mucha ternura. Muchísima. Hacia nosotros mismos y hacia los demás. Pero también necesitamos contundencia. Hoy más que nunca hacen falta ambas cosas: mucha ternura y nada de tibieza.

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El arte no siempre se crea con la intención de ser visto o escuchado; muchas veces es, simplemente, una extensión del corazón que necesita exteriorizarse y hacerse tangible a través de alguno de los sentidos.

Ese es el caso de la más reciente canción del puertorriqueño Gilberto Santa Rosa, quien presentó ‘Consejo de un abuelo’ sin pretensiones frente a la industria y ni siquiera ante el público. Más que un lanzamiento, la canción es un regalo para sí mismo, pues la interpreta junto a su nieto, Ian Marco Santa Rosa.

“Mi nieto tiene doce años, pero ha cantado desde muy niño. Se ponía los audífonos para jugar y se ponía a cantar mientras su mamá lo grababa y luego nos mostraba los videos. Y, en realidad, tiene talento; yo veía que afinaba. Obviamente, podía ser que yo lo estuviera viendo con ojos de abuelo, así que les pasé los videos a dos compañeras que son profesoras de canto y me dijeron que, en efecto, sí tiene facilidades para cantar”, empieza diciendo Gilberto Santa Rosa sobre cómo nació ese regalo que decidió hacerse a sí mismo.

En manos de José Hernández cayó no solo la composición de la canción, sino también su producción, y así comenzó el proceso creativo. “Empezar a grabar con mi nieto fue una emoción enorme porque yo siempre quise que uno de mis hijos tuviera facilidades para el canto, pero lamentablemente tienen talento para otras cosas [risas]. Mi nieto se fue entusiasmando solo con la música y fue muy bello ver eso. Todavía no sé si quiera seguir una carrera musical, pero el talento y el interés los tiene”.

‘Consejo de un abuelo’ plantea inevitablemente una pregunta: ¿cuáles son esos consejos más importantes que un abuelo puede darle a su nieto? “Lo que uno decida, con esfuerzo se puede lograr. A los niños les hace falta alimentarles la autoestima para que sepan que son más fuertes de lo que piensan, que no les tengan miedo a los obstáculos que seguramente van a aparecer en la vida. Una autoestima fuerte es necesaria para cuando lleguen esos primeros momentos que no son necesariamente lo que uno quiere”, reflexiona sobre lo más importante que puede inculcarse a las nuevas generaciones.

“Un amor distinto por el tiempo que te toca vivir”, responde cuando intenta explicar la diferencia entre el amor hacia un hijo y el amor hacia un nieto. “Cuando uno debe buscar el sustento y es mucho más joven, todo es distinto a cuando uno tiene otra edad, cuando la vida probablemente ya sea más tranquila. Además, la responsabilidad de la crianza ya no recae del todo sobre uno; uno simplemente aporta. Yo soy un abuelo de esos consentidores que no ponen disciplina. Hay un poco de verdad en eso de que los padres crían y los abuelos malcrían [risas]”.

Y hablando del amor y de las vivencias entre abuelos y nietos, Gilberto recuerda a quienes fueron el centro de una familia muy tradicional en Puerto Rico, en el buen sentido. “La casa de mis abuelos era la casa grande. Todas las semanas nos reuníamos allí toda la familia y ellos siempre estaban muy pendientes de todos sus nietos”, recuerda sobre su abuela materna, su abuelo Simón —quien no era su abuelo de sangre, pero siempre actuó como tal— y también sobre su abuelo paterno. “Mis abuelos no eran solo de título, eran abuelos de verdad. Mi abuelo alcanzó a disfrutar de mis inicios artísticos”.

Ser abuelo significa haber recorrido buena parte del camino llamado vida, y eso inevitablemente transforma la manera de verla. “Si uno lo sabe manejar, la vida cuando eres abuelo te cambia para bien. Uno puede llevar una vida más serena; acepta y maneja los momentos difíciles con más tranquilidad. También cambia la mirada hacia el futuro. Normalmente vivimos a las carreras y muchas veces, por vivir deprisa, no disfrutamos los detalles. Creo que con la edad uno aprende a ser más consciente”.

“Esta canción no se iba a publicar”, reconoce el salsero, porque desde un principio la hizo con la única intención de regalarse una caricia para el corazón. “Lo que pasa es que la canción quedó tan bonita, se venía el día del padre y yo, como abuelo orgulloso, quise compartirla con el mundo, porque esta canción se hizo para mí; fue un regalo para mí mismo”. Además, destaca lo especial que fue grabarla con su nieto a los doce años, antes de que su voz comenzara a cambiar.

Como era de esperarse, cuando Gilberto escuchó la versión final por primera vez, no hubo ojo seco. “Fue una emoción hermosa y me gustaría recalcar algo muy interesante del resultado final: cuando llegamos al estudio, mi nieto estaba tan bien preparado para lo que iba a hacer, que me emocionaba profundamente la responsabilidad que tenía y cómo la asumió. La emoción en el estudio y al escuchar la canción terminada fue tan grande que seguramente, dentro de unos años, cuando la voz de Ian esté más desarrollada, volveremos a grabar juntos”.

Y añade: “La naturalidad de crecer en un ambiente musical se percibe fácilmente y, en el buen sentido de la palabra, mi nieto no se impresionó ni se dejó ganar por los nervios a la hora de grabar. Además, desde bebé ha venido a este estudio donde grabamos. Se sabía la canción de memoria… Yo me remonté a mis primeros años; mi primera grabación fue a los catorce años y vi en mi nieto gran parte de lo que fueron mis sueños y mis inicios en la música”.

Habiendo comenzado casi a la misma edad que su nieto dentro de la industria musical, el puertorriqueño también reflexiona sobre aquello de lo que todo artista debería mantenerse alejado. “Alejarse de todas esas cosas que dañan a la niñez y a la juventud. Hoy en día hay tantas cosas al alcance de la mano que perjudican profundamente a la humanidad; existen muchos vicios”.

Y concluye hablando de lo que considera indispensable para construir una carrera en la música en estos tiempos: “Hoy en día hay tanta información y tantos recursos, que lo más importante es prepararse de la mejor manera y no rendirse, porque la carrera musical es pesada. Pero si hay verdadera vocación, lo único que se puede hacer es caminar. ‘Caminante no hay camino, se hace camino al andar’, y con los zapatos bien puestos [risas], como canta Joan Manuel Serrat. Así es como se vive la música”. 

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“Anulo mufa”, dice Trueno. Como buen futbolero sabe que corre un riesgo a la hora de aceptar la propuesta de ser la cara del Mundial 2026 de Rolling Stone Argentina. Así que, antes que nada, toma sus precauciones. La elección no es casual: a sus 24 años, es uno de los artistas argentinos de mayor proyección global. Representante del flow vernáculo en el reciente álbum de Gorillaz, capaz de llevar el espíritu del barrio al prime time global (en el emblemático programa de Jimmy Fallon arrancó su set sampleando a los Wachiturros) y acaba de lanzar Turr4zo, su cuarto álbum. Oriundo de la Comuna 4 (¡cuatro!), del barrio porteño de La Boca, dice que numerológicamente daría todo perfecto para que la Argentina consiga su cuarta Copa del Mundo. La cuarta.   

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“El cuatro es un número que me persigue desde chiquito. Justamente en esta etapa me tocó encontrarme con el cuatro por todos lados: sacamos el disco y debutó cuatro en el mundo, así que vendría perfecto que se venga la cuarta. Pero como decimos todos los argentinos, anulo mufa y dejo que las cosas pasen, se lo dejamos al destino”, dice ahora Mateo Palacios Corazzina en la intimidad que ofrece el estudio ubicado en la frontera entre el arrabal de La Boca, la bohemia de San Telmo y el glamour de Puerto Madero.

Para esta producción, elegimos una casaca con historia. Es una obra del diseñador Oscar Tubío de mediados de los 80, que utilizaron Charly García (cuando cantó su versión del Himno Nacional Argentino en la presentación de Filosofía barata y zapatos de goma, en noviembre de 1990) y Diego Armando Maradona. Se trata de la prenda diseñada por este pionero del marketing deportivo, responsable de la camiseta de Boca con las cuatro estrellitas que Diego había lucido en 1981 y que haría colaboraciones históricas con arqueros como José Luis Chilavert, Hugo Gatti y Carlos Fernando Navarro Montoya, entre otros.  

Trueno en la tapa de ROLLING STONE: “Cuando viajo me siento un prócer que va a plantar bandera”
Trueno con la histórica casaca que usaron Charly García y Diego Maradona (Foto: Fernando Gutiérrez).

Trueno recoge la antorcha y se emociona. “Es un orgullo y un placer. Al enterarme de la historia que tiene esta camiseta y los ídolos que la usaron, me toca representarla bien porque el peso es demasiado grande”, expresa. 

Puede establecerse una analogía entre los jugadores de fútbol y los artistas a la hora de representar a la Argentina en el exterior. En el caso de Trueno, siempre se encargó de llevar el barrio y la argentinidad a cada escenario. Lo vive con orgullo, y también con responsabilidad. “Hay que tomar la mejor parte de las dos cosas”, dice. “Por un lado, que la gente te dé ese lugar de internacionalizarte, de empezar a plantar bandera. Al mismo tiempo, sentís el peso de decir: ‘Bueno, este no soy solamente yo, no es algo individual; estoy representando a un grupo de gente, a un país’. Esa es la nafta que me hace demostrar en cada show afuera que no puedo dejar a la Argentina mal. Me lo tomo como una responsabilidad linda. Cada vez que viajo al exterior me siento como un prócer que va con el caballo a clavar la bandera donde sea. Eso me llena de energía y es lo que más ganas me da de salir a tocar”.

En la vigilia del lanzamiento de Turr4zo, Trueno publicó una charla con el futbolista Leandro Paredes, mediocampista y capitán de Boca Juniors y pieza clave en la selección nacional, en la que intercambiaban experiencias sobre sus respectivas profesiones. En un pasaje de la charla, se refieren a lo que sienten cuando se suben a un avión para representar al país: uno en una cancha de fútbol, el otro en el escenario de un festival. “Al principio era una locura dimensionarlo tanto en mi vida personal y con lo que me estaba pasando en lo profesional, con la carrera, el freestyle y mis primeros shows. Tomar un avión a España, volver, bajar en Ezeiza y después subirte al Uber para meterte en el Bajo de La Boca era un golpe de realidad”, explica Trueno. “Al principio me sirvió mucho, porque por más que pudiera estar en Madrid o en Barcelona, no me ponía tan bien como cuando volvía en el taxi y entraba a mi barrio. Me parecía muy loco tener la posibilidad de viajar, pero lo que más me gustaba era volver, estar tranquilo y reconectar”.

Trueno lanzó Atrevido, su disco debut, en 2020: plena pandemia. Fue un año después, cuando se empezó a abrir el confinamiento por el Covid-19, que empezó a viajar. “A viajar fuerte”, dice. Y dice, también: “Me volví bastante adicto. Me encanta conocer y aprender, me considero un alumno de todo. Me empezó a gustar conocer países y culturas nuevas. Yo ya era muy apegado al freestyle y a viajar. Cuando vi que había un público que me esperaba, que los conciertos se llenaban, dije: ‘Ya está, esto es lo que quiero para mi vida’. Estoy segurísimo de que el esquema de mi vida va a ser sacar un disco y salir a girarlo”.

¿Te acordás de cuál fue tu primer viaje gracias a la música?

Mi primer viaje en avión fue en 2016, a Perú, para competir. Tenía 14 años, era muy chiquitito. Lo máximo que había hecho antes era viajar a Uruguay con mi familia en Buquebus o Colonia Express. Subirme al avión en 2016 para ir a Perú me encantó.  Compartir con los otros competidores, conocer otro país, su cultura, su gastronomía, su gente… Nunca me voy a olvidar de Perú; le tengo un amor especial porque fue el primer país que me recibió.

Son muchísimos los artistas que se conectan con sus raíces viviendo fuera de su país natal. ¿Vos te conectaste más con la argentinidad estando lejos?

Sí, y eso me llevó a hacer este disco, Turr4zo. Con el último aire de Bien o mal –que coincidió con la anterior entrevista de tapa que hicimos para Rolling Stone– tuve una explosión tan grande y mundial que fue el disco que más países me hizo conocer. Hicimos una gira sold-out. Eso me permitió conocer países nuevos y encontrarme con los argentinos y latinos que viven allá. Eso te hace ver el orgullo y la nacionalidad desde otro lado. Después de esa gira escribí “Pumas”, que para mí es el tema más argentino del álbum. Habla de volver a tu tierra como un prócer que va a la batalla y la defiende, pero sabiendo que lo más lindo es traer el premio a casa.

Trueno: “ir a un Mundial es una hazaña que uno no se puede perder” (Foto: Fernando Gutiérrez).

Sos muy futbolero y es difícil encontrar un barrio más futbolero que La Boca. ¿Qué representa el fútbol en tu vida?

Puf, un montón de cosas. Siendo un pibe de acá, tan influenciado por el club y por figuras como Román [Riquelme], [Diego Armando] Maradona o Carlitos Tévez, es imposible no soñar con ser alguno de ellos tres. De chiquito mi cabeza estuvo en paralelo: era el fútbol o el rap. Eran mis dos hobbies, las cosas que me hacían feliz, por las que me desvivía, no dormía y buscaba cómo ser mejor. 

¿Y este Mundial en particular qué te genera? ¿Vas a viajar?

Me encantaría. Nunca fui a un mundial. Ir a un Mundial es una hazaña que uno no se puede perder; es como ir a ver un partido de Libertadores en vivo, hay que vivir esa experiencia. Además se suman muchas cosas: seguramente sea el último de Messi y de varios más. Va a tener una connotación especial, y al mismo tiempo un renacer de la Selección con nuevos jugadores que van a ser leyenda. Siento que estamos hasta mejor que en el Mundial que ganamos.

Aparte tenés línea directa con Paredes y otros jugadores de la Selección. Me imagino que eso le suma un extra. ¿De qué son esas charlas? ¿Ellos te hablan de música y vos de fútbol, o fluye por otro lado?

He recibido el respeto de muchos de los pibes. Rodri me invitó cuando estaba por Miami; hablé con Mac Allister, con Lisandro, con Enzo, a quien invité a un show en Londres. Tenemos gente muy cercana. Lea es el que más cerca está. Ahora también están yendo otros chicos de Boca… Cuando uno genera esa cercanía, en vez de calmar el fanatismo, me vuelvo más fan cuando los conozco en persona. Las charlas van variando. Inevitablemente se habla de eso, pero creo que salimos un poco de los casilleros y hablamos de la vida, de cómo está uno, de la familia. Siempre empieza por el respeto: yo apoyándolos a ellos, ellos apoyándome con alguna canción. Los jugadores deben estar cansados de hablar de fútbol y yo de música, así que encontramos un espacio para hablar más amistosamente.

A partir de tu charla con Lea trascendió esa similitud entre las carreras de los músicos y los futbolistas. 

100%. Me pasó viendo series, documentales o videos de detrás de escena de ellos. Te ponés a pensar y se van de gira igual que nosotros: viajan veinticinco personas, están en el micro, en el avión, en el hotel… Cambia solamente el momento de estar en acción: ellos en una cancha y nosotros en un escenario. Tampoco es tan diferente, porque cada uno está demostrando lo que es ante una multitud. Nosotros en el aeropuerto estamos jugando al truco, tomando mate, haciendo chistes, jodiendo en el hotel; termina siendo lo mismo. De ahí surge la necesidad de generar un vínculo con tus pares y compañeros para que después en el escenario salga todo mejor; me pasa lo mismo con mi banda, con mis técnicos y con mi equipo. También la necesidad de estar tranquilo antes, para poder sacar tu versión “de la cancha”. Los jugadores se vuelven locos en la cancha y nosotros en el escenario. Es muy necesario ese contraste y ese balance entre la vida cotidiana y la vida profesional.

Disciplina, esquilibrio y talento. Trueno y su gesto maradoniano (Foto: Fernando Gutiérrez).

Disciplina. Ese concepto, clave en el universo de Trueno, aparece en esa charla con Leandro Paredes. Y en muchas de sus entrevistas, un rasgo fundamental de su modus vivendi. Es una palabra que uno asocia inmediatamente con los deportistas profesionales de alto rendimiento, acaso con ciertas prácticas espirituales, pero no necesariamente con los artistas. Para Trueno, la disciplina es indispensable. “Para la vida en general”, argumenta. “Para todo lo que uno haga. Seas artista, deportista o el trabajo que elijas, es clave. Con el talento se nace, pero después el talento se perfecciona; se perfeccionan las costumbres, los modos. Todo tiene que ver con la constancia, con el trabajo y con la recompensa de pasar por un proceso; las cosas no se dan porque sí”.

Dice Trueno: “Gente talentosa hay un millón; talento le sobra a los pibes del barrio para cantar, pisar una pelota o mostrar ese ángel que uno tiene. Pero realmente los que trascienden y llegan son los que se desviven por lo que hacen. Si sos músico, implica tener conocimiento musical, nutrirte, aprender, buscar formarte más y tener más experiencia. Con el deporte es el entrenamiento y el físico. Cambian los métodos, pero es una moraleja de la vida: por más que te sientas bueno en algo, no podés descansar en eso, porque si no te quedás en el mismo casillero para siempre y no avanzás”.

A pesar de ser un solista, el pensamiento de Trueno es colectivo. En lugar de posicionarse como una estrella, se muestra como la cabeza de un proyecto, el líder de un equipo en el que se sostiene y que tiene, también, el deber de mantener. “Me encanta codearme con gente que sabe otras cosas. Obviamente Trueno soy yo, pero el proyecto tiene muchas ramas. En la producción, Tatool y El Guincho tienen el mismo mérito que yo. En el vivo, mis músicos y los técnicos tienen el mismo mérito que yo. Es una cadena: si una cosa falla, se cae todo. Por eso, me encanta sentir que somos un equipo. Haciendo un paralelismo con el fútbol, que nos entendemos, que tenemos nuestra manera de hacer las cosas y que la defendemos. Tenemos una identidad basada en los valores. Me gusta generar una tripulación, un equipo que siente que está con la misma camiseta”.

El análisis es, para Trueno, tan importante como la disciplina. En tiempos donde la salud mental dejó de ser un tabú y cada vez son más las voces que desde el arte y el entretenimiento destacan su importancia, el rapero suele nombrar a su piscóloga como una pieza fundamental en su engranaje. “A mí la terapia me ayudó mucho a saber encarar las cosas. La palabra para la terapia en mi vida significa ‘orden’. Me ayuda a ordenar, a canalizar, a entender por qué esto sí y esto no, y a comprender que no toda la gente funciona ni piensa como yo, ni tiene mi mismo método”, argumenta. “Más allá de las relaciones humanas –que son parte del trabajo–, está lo individual: la autopresión, las frustraciones, las ganas y las no ganas. También el organizar una vida que se vuelve muy exigente. Uno disfruta mucho, pero también pierde un montón de cosas cuando elige un camino tan serio y de lleno. Me encanta viajar, pero me pierdo muchas cosas en Argentina y no veo a mucha gente que quiero. Consiste en organizar esas emociones y canalizarlas mejor, porque si no te podés perder fácil, más cuando te toca a una edad tan temprana. Estoy orgulloso de hacer terapia; empecé a los 18 años”. 

Dice que la primera que le sugirió hacer terapia fue su mamá, la actriz y compositora Juliana Corazzina. Pero él no lo sentía. El momento propicio llegó en pandemia, cuando estaba por lanzar Atrevido, su primer disco. “Me estaba yendo de mi casa en mi barrio, estaba cambiando mi vida y siguiendo el camino de la música. Ahí mi cabeza me dijo: ‘Probá, porque estás gestionando un montón de cosas’. No es que necesitara ayuda, pero tenía algunas preguntas para hacerme. Yo me tomo la terapia como un espejo neutro. Es la respuesta de alguien que no te quiere ni te odia, que no tiene una connotación positiva o negativa con vos; es simplemente objetiva y neutra. Te sirve para escucharte a vos mismo diciendo tus cosas, y te da una respuesta fría y objetiva que no te va a dar ni tu mamá, ni tu amigo, ni tu pareja. Eso me sirve y me organiza mucho”.

La suntuosa intro orquestal que Jorge López Ruiz arregló en 1969 para “Fácil de olvidar”, de Sandro, es lo primero que se escucha al darle play a Turr4zo. Lejos de ser un guiño aislado, este rescate es la llave de acceso a un ejercicio de genealogía musical argentina, donde Trueno revisita distintas décadas y estéticas de cultura pop(ular). En una misma matriz rítmica, traza un mapa sonoro con escalas en la orquesta de Osvaldo Pugliese que dialoga con el flow de Los Wachiturros; la herencia de Spinetta, Cerati y Los Abuelos de la Nada se cruza con el pulso cumbiero de Los Pibes Chorros; mientras que la elegancia pop de Miranda! y Los Encargados convive con el bandoneón de Astor Piazzolla, el violín del Chaqueño Palavecino y la savia folclórica de Cuti y Roberto Carabajal. Más que una simple acumulación de citas, puede entenderse  este collage como un manifiesto de regionalismo crítico: una declaración de principios que utiliza las herramientas del hip-hop para proyectar la historia, el sonido y la idiosincrasia de nuestra tierra hacia el plano global.

También es, según Trueno, el disco más personal que grabó en su vida: “Es el primero que pensé para mí desde el arranque. Los anteriores, desde el núcleo, estaban dirigidos a otra cosa: un homenaje o una manera de agradecer a las cosas que me criaron, como mi barrio, mi país o mi cultura. Siento que este, al hacer un enfoque más interno, termina englobando todo lo anterior”. La decisión no fue espontánea, y la explicación la da el propio artista: “Ya son seis años de carrera musical sacando discos y girándolos. Numéricamente es el cuarto disco y me parecía un buen momento. Quería marcar un antes y un después, cerrar esta etapa haciendo este álbum para mí. Que esta sea mi carta de presentación al mundo para poder buscar nuevos horizontes después”.

“Soy un empecinado en en concepto y en el porqué de cada cosa”, dice Trueno (Foto: Fernando Gutiérrez).

Mientras la mayoría de los artistas nacidos en el nuevo milenio suelen componer y editar singles de modo expeditivo, Trueno buscó desde sus inicios el concepto para cada uno de sus álbumes. “Soy muy empecinado con el concepto y con el porqué de cada cosa”, ratifica. “Es como filmar una película: entrás en el personaje, en el contexto y en el concepto. Ese disco es mi vida en esos dos años. Me gusta que quede bien marcado desde la música, las letras, el show en vivo, hasta mi imagen, mi corte de pelo y el color de la ropa que uso”. Es lo que busca él como oyente: “Me gusta cuando un artista me sorprende, lleva sus técnicas a otro lado y no se repite con el disco anterior. Mi carrera fue drástica en ese sentido, muy dinámica y cambiante. El desafío más grande que me propongo de disco a disco es hacer algo diferente. Hay algo que se va a quedar siempre, que es el hip-hop y la base, pero el mayor desafío al empezar un álbum es encontrar su identidad en general”.

Pablo Díaz-Reixa, conocido popularmente como El Guincho, es un músico, compositor y productor español clave en la música global contemporánea. Tras irrumpir en la escena indie con el celebrado Alegranza (2007), ganó reconocimiento mundial como el coarquitecto sonoro de El mal querer (2018) de Rosalía. ¿Cómo se sumó al equipo de Trueno? El Guincho había entrado en contacto con Tatool, el histórico productor del boquense, y también con el propio rapero. Así, naturalmente, se incorporó al equipo para este disco. “Se volvió una especie de gurú para nosotros”, dice Trueno. “La voz de la experiencia. Nosotros lo necesitábamos por cómo veníamos trabajando desde Atrevido, siempre Tatool y yo solos con nuestra ambición. Si bien colaboramos con otros productores, esta vez fue como llamar a un director técnico: un chabón con otra visión, que sabía cómo impulsarnos, dónde ajustar cosas y dónde exigirnos un poco más. El sonido del disco creció mucho gracias a la presencia de El Guincho, que es una máquina”.

El vínculo con Tatool, a quien Trueno define como “un hermanito de mi alma”, comenzó en 2019, cuando el rapero estaba craneando su primer disco. Tatool empezaba a producir música electrónica y organizaba fiestas. “Tenía ese sonido más electrónico que en su momento estaba en auge con el trap”, recuerda Trueno.  “Empezamos a probar sesiones de estudio, a ir aprendiendo. De sesión en sesión fue saliendo canción tras canción hasta que empezamos a armar Atrevido. Tatool se cargó ese disco al hombro; hizo todas las producciones. Me di cuenta de la fuerza que tenía en la posproducción cuando hicimos ‘Mamichula’. Grabamos una maqueta con él y Bizarrap, y después él le sumó violinistas, coros y todo. Ahí dije: ‘Uh, está bueno este nuevo paso de la música’, porque yo estaba muy acostumbrado a lo digital. Después, para Bien o mal (2022), él propuso trabajar con Brian Taylor, que nos enseñó un montón sobre grabar instrumentos. Aprendimos mucho de eso. Taylor es un chabón con mucha ambición musical respecto al sonido y a ir sumando cosas a la producción. Así como líricamente fui aprendiendo y mejorando, Tatool lo hizo musicalmente. Nos acompañamos desde el momento cero”.

Tatool también ejerce como ingeniero de grabación: “En la cabina, me ayuda a definir el sonido de mi voz. Su mayor fuerte es que tiene mucho oído. Las sesiones con El Guincho quizás consistían en que él empezaba un beat y después grabábamos con Tatool. Tatool trabaja mucho en la posproducción de las canciones y en sumarles cosas. Son dos puestos muy diferentes los de Tatool y El Guincho, pero funcionan muy bien juntos. Mientras yo grababa una canción con Tati como ingeniero, El Guincho estaba armando otro beat. Entonces, yo terminaba de grabar y El Guincho ya me mostraba algo fresco. Fue un tridente muy dinámico donde cada uno aportó algo diferente”.

Los samples, dijimos, son la columna vertebral del álbum. Trueno lo explica así: “En las primeras charlas sobre cuál iba a ser el color, la búsqueda y los matices de este disco. Estaba en una sesión con los chicos y les dije: ‘Probemos sampleando alguna cosa latina, quiero probar en otros géneros’. Hicimos ‘X unas llantas’, que fue el primer tema donde mezclamos muchas cosas: Piazzolla con merengue, Gardel y el Chaqueño Palavecino. Ahí empezamos a encontrar el concepto. Hicimos miles de samples de todos lados de Latinoamérica, concentrándonos lo más posible en el Río de la Plata. Ahí Tatool y El Guincho dijeron: ‘Bueno, ya está, este disco va a ser de samples y vamos a matarnos por encontrar los más raros, los más puntuales y los más rebusbados para cada canción’. Así como en otros discos la consigna fue referenciar el hip-hop clásico o grabar a muchos músicos, en este el eje fue el sample. Me gusta porque reúne la argentinidad con el concepto de mi cultura, ya que los samples son el origen del hip-hop”. 

Trueno lleva el Puente Nicolás Avellaneda, emblema de La Boca, en su piel (Foto: Fernando Gutiérrez).

Otro eje son los feats. El de Milo J es muy especial por el vínculo que tienen. Cuando hiciste “Pumas”, ¿la pensaste para que la cantara él?

No, en realidad “Pumas” fue una de las canciones que hice después de la gira por Europa. Armé el beat en mi casa con un sample del Chaqueño Palavecino. Hice una maquetita y me salió toda la letra. Me faltaba el estribillo; había hecho los dos versos. Estaba por grabarlo y en un momento, estando en el campamento con Tatool y El Guincho, nos pasó lo mismo que con todos los temas del disco: faltaba un estribillo o partes cantadas y se escuchaba a una sola persona. Dijimos: “¿Y si lo llamamos a Milo?”. Así pasó con Calamaro, con Rubén Rada, con el Pity Álvarez y con Neo Pistea. No pensábamos en tres opciones a ver cuál podía ser; en cada tema decíamos: “Para este va tal persona, y si no, lo terminamos nosotros”. Justo habíamos hecho “Dispara” hacía poco y sentíamos que ese tema era muy de su mundo. Ahora la idea era traerlo un poco más a mi sonido con “Pumas”, pero sin perder la esencia. Combinamos muy bien: él tiene un estilo más melódico y yo soy más punzante, más rapero, más del verso. Él se encarga más del estribillo, del pre y de la intro. Nos desenvolvemos muy bien juntos.

Parece que hubieran elegido a  los colaboradores con precisión quirúrgica. ¿Cómo se armó esa lista? 

Cuando era más chiquito y estaba empezando un disco, capaz decía: “Uh, en este álbum quiero que estén este, este y este”. En este proceso fue todo lo contrario, y por eso se dieron las mejores colaboraciones que tengo; es 100% genuino. No hacés una canción pensando en quién se va a subir, sino que después le decís: “Che, mirá, hice esta canción y siento que sos vos, es un lugar que te va a quedar supercómodo y a la medida”. La única regla que tuvimos, lo único premeditado, fue que fueran todos rioplatenses. Quisimos abarcar diversidad en cuanto a géneros, generaciones y décadas de la música, igual que hicimos con los samples y las producciones. Queríamos que todos se sintieran representados, que cada esquina tuviera su parte. Terminamos tocando mi generación, la generación anterior, lo urbano, el trap, el rap, el rock and roll y lo afrodescendiente con Rubén Rada. Todo se termina englobando en la música argentina y rioplatense, que es lo que yo quería demostrar. En un disco de hip-hop lo que más predomina es la unión: tener gente del candombe, del rock & roll, del rock alternativo, del trap, de lo urbano y del folclore, y que todo termine siendo hip-hop. Eso está muy bueno.

Hablando de Andrés Calamaro, él estuvo muy interesado en el hip-hop desde los 80. De hecho, los Illya Kuryaki lo fueron a buscar para que les produjera el primer disco cuando él se estaba yendo a España, y los primeros discos de hip-hop que tuvo Dante se los regaló Andrés. Hay un legado ahí. Me imagino que habrán hablado bastante de hip-hop más allá de la colaboración.

Sí, me lo dijo Dante. Siempre que me preguntan, digo que me encanta tener el WhatsApp de Andrés y de ese tipo de próceres argentinos, porque cada mensaje es una moraleja, una enseñanza. Te dicen dónde están, qué música hay ahí… Son muy acogedores, son maestros. Andrés está supermetido. Se sabe que es un chabón supermelómano con muchísimo conocimiento musical, pero hablando con él, lo primero que me dijo fue que conocía las batallas de freestyle, los nombres y las competencias. Nosotros ni teníamos en mente que Andrés pudiera mirar una batalla de freestyle. Hoy en día está muy actualizado, me nombra bandas de la actualidad. Se compra y usa gorras de New Era, está nuevo. Es una locura y le tiene mucho respeto al hip-hop. Es un gran conocedor y para mí es un maestro. Siempre que hablo con él me llevo una enseñanza.

Pensando en la importancia que le das a la disciplina, el encuentro con el Pity no podría ser más antangónico. Sin embargo, en el estudio se produjo una especie de magia.

Puf, bueno. Es otro chabón que le aportó toneladas al hip-hop argentino. Tanto con Intoxicados como con Viejas Locas tiene algo muy cercano al género. He hablado mucho de rap con él; escuchaba mucho a Cypress Hill, a Control Machete… El rap latino en ese momento era más mexicano y fue lo que llegó a Argentina. Cuando me junté con él en el estudio, él decía que lo que quería era rapear, que no quería entonar mucho, que quería hacer su estilo. Yo le dije: “Vos hacé lo que quieras”. Para mí terminó haciendo algo mejor que una canción: hizo el manifiesto del disco, lo que yo quiero transmitir en este álbum. Habla de pasar por los momentos malos, resurgir, volver al escenario y tocar el cielo. Terminó haciendo una catarsis personal externa, con consejos para él y para los jóvenes de afuera. 

Rosalía, C. Tangana, Bad Bunny, Cazzu, Milo J, Wos… Muchos artistas están trabajando a partir del mismo concepto: uniendo lo global y lo local, creando desde la identidad. Es un fenómeno que antes era más alternativo y hoy lo hacen artistas del mainstream. ¿Qué pensás de este movimiento?

Me encanta. Que el auge tenga que ver con la identidad de cada uno es lo mejor que puede pasar. Siento que es algo muy lindo que nos diferencia de manera positiva. Eso hace que la música española sea única y pura, que la música mexicana sea pura y que la argentina también lo sea, porque tenemos culturas diferentes. Si intentamos hacer todos lo mismo nos vamos a ver iguales, pero si cada uno defiende su cultura, sus valores y sus sonidos con respeto, nos terminamos encontrando en ese sentimiento de identidad, representando a nuestra tierra a más no poder. Está bueno que se esté poniendo de moda ser consciente de las raíces de cada uno; es positivo y hace que la gente se meta a fondo en la cultura de cada país. Está muy bueno que pase.

El 30 de abril de 2022, Trueno se llevó todos los flashes cuando subió a rapear con Gorillaz invitado por Damon Albarn en “Clint Eastwood”, el hit publicado en marzo de 2001, un año antes de su nacimiento. Desde aquella noche épica, el vínculo con el cantante y compositor británico, líder de Blur, creció. “Lo considero un amigo a Damon, es un capo”, dice Trueno. “Es una persona muy humilde y cercana. Todo lo que se dio lo propuso él desde la bondad y la buena onda, y yo estoy agradecidísimo; le dije que sí a todo. Descubrí que no es así solo conmigo, sino que es como un scouter de músicos y artistas. El último disco de Gorillaz lo hicieron en India, otro lo hicieron en China. No se cansa de aprender, de buscar y de ver qué pasa acá y allá. Se corre de la posición de ‘soy un grande y ya está’; siempre está buscando aprender y nutrirse de otras cosas”.

El rapero argumenta una explicación para la génesis de su vínculo: “Esa curiosidad es la que lo habrá llevado a escuchar de alguna manera lo que yo hacía acá en Argentina. Para mí es un montón que me invite a abrirle una gira en su territorio, en el Reino Unido, siendo que yo hablo otro idioma y él podía invitar a cualquier artista de allá. Darme ese espacio profesional y cultural, con lo que significa llevar a la Argentina ahí, es superlindo”.

¿Y cómo fue la experiencia en el estudio?

Increíble. Te das cuenta de que no pierden el disfrute, de cómo siguen aprendiendo todo el tiempo y probando cosas. Hicimos doce horas de estudio. Todo el tiempo fue hablar de música, del disco y del concepto mientras yo escribía la letra. Siempre agradezco la humildad de los grandes; me impresioné para bien con su personalidad.

En ese disco de Gorillaz hay artistas muy prestigiosos como Tony Allen (baterista de Fela Kuti), Anoushka Shankar o Omar Souleyman, y también está Bizarrap. Me imagino que esa situación te va abriendo la cabeza y te ceba a nivel estético.

Sí, recontra. Siempre hablamos con el Biza; nos toca compartir en una entrega de premios, en la vida cotidiana o en un disco. Es linda la historia que tenemos con él. Con respecto a los otros artistas, la comunidad de Gorillaz en general —la gente que Damon invita, sus técnicos, sus músicos, su equipo de trabajo— tiene esa humildad y el concepto de ser buenas personas. Me tocó encontrarme desde Thundercat hasta Yasiin Bey (que antes era Mos Def), Bootie Brown o De La Soul. Son ídolos para mí, y charlamos como pares. Que me feliciten, felicitarlos yo a ellos, compartir el respeto… Todo fue muy cómodo gracias a su humildad.

¿Y cómo te llevás con el inglés? 

Hablo mejor que ayer, pero tengo que seguir aprendiendo. Entiendo mucho más de lo que puedo hablar; cuando tengo que explayarme hay algunas palabras que me cuestan, pero ya estoy empezando a dar alguna que otra entrevista corta en inglés. Si me hablan, entiendo todo, pero tengo que encontrar más palabras. Antes estaba más resignado y orgulloso, con la postura de “que aprendan ellos”, pero me di cuenta de que la vida me fue poniendo en situaciones donde el idioma es importante. Estoy poniéndole énfasis a aprender.

¿Y qué pasó en esas doce horas de estudio en Londres? ¿Llegaste con algo pensado o cómo fluyó el trabajo?

Sí, fue en 2025, durante el tour por Europa. Damon se enteró de que yo iba a estar allá y me dijo: “Che, vamos al estudio”. Obviamente, fuimos con algo superpreparado, pero el chabón nos hizo ver que quería una sesión de creación pura conmigo. Después me dijo: “Che, quiero que este tema sea para el disco”, y dije: “Buenísimo”. Al principio hablamos mucho del concepto: me contó cómo era el disco, el porqué y hacia dónde querían ir, para que yo empezara a escribir la letra. Me dio mi espacio, escribí la letra y se la tradujimos para que entendiera lo que decía; le encantó. Después me mostró la parte de la producción que venía después de mi intervención –que no me la había mostrado antes– y me llenó de energía. Quedaba una parte de beat al final que era como un breakbeat, y le pregunté si podía escribir ahí. Me dijo: “Sí, escribí tranquilo, toda la base es tuya”. Terminé rapeando un montonazo. Él nunca se fue de la sesión; estuvimos tomando unas birras con su equipo, tranquilísimos, grabando. Llegamos a las doce del mediodía y nos fuimos como a las doce de la noche, cansadísimos y con el tema súper saturado en la cabeza, pero en el buen sentido; yo estaba como para seguir grabando.

¿Y cómo fue la respuesta del público allá?

Me sorprendió. Me di cuenta de que el mensaje, el ritmo y el hip-hop transmiten cosas más allá del idioma. Nos tocó ir a finales de marzo, coincidió con el 24 de marzo, y tratamos de representarlo allá; la gente lo superentendió y avaló un montón. Nos quieren un montón. A veces uno tiene prejuicios históricos por diferencias, pero hoy en día en el contexto de la música eso no existe; hay respeto y aman a Argentina. La música habla por sí sola. Por más que no entendieran todas las letras, saltaban cuando tenían que saltar y al final del show estaban supereufóricos. Se quedaron sorprendidos por algunos de los flows que tirábamos. Estuvo muy bueno.

Trueno apela a la numerología y en el año de su cuarto disco, sueña con la cuarta estrella para la selección (Foto: Fernando Gutiérrez).

Ahora tenés que abrir el show de ellos en Londres, que va a ser durante el Mundial. Me imagino que es otra adrenalina.

Es un estadio de unas 60.000 personas; es su show más importante del año. Voy a compartir con otras bandas, va a haber un show especial e invitados de lujo. Para mí es eso: ir a plantar bandera, estar en un estadio de Inglaterra representando lo que yo represento, ya con el show de Turr4zo y las canciones nuevas. Es una oportunidad muy linda. Y como todo parte de Damon, es hermoso.

Lo que ocurrió el miércoles 6 de mayo pudo haber sido un sueño, una alucinación cannábica, o una película diseñada con inteligencia artificial. Ahí está Trueno en The Tonight Show, el icónico late night show que se transmite desde el célebre Estudio B6 que la cadena NBC tiene en el Rockefeller Center. Esa noche, para el programa que miran en directo un millón y medio de personas por la TV abierta (y que tiene 34 millones de suscriptores en YouTube), el rapero de La Boca hizo sonar la base de “Tirate un paso”, el hit de Los Wachiturros, y bailó el pasito que aprendió de guachín en el barrio. Leo Genovese, el jazzero todoterreno de Venado Tuerto, que se ganó un Grammy por su disco con la leyenda jazzera Wayne Shorter, el que colabora con The Mars Volta, Residente y Julieta Rada, tocó los teclados sobre la base sampleada de Los Wachiturros, junto al bajista uruguayo Nacho Matheu, el baterista Nikko Taranto y el guitar-hero Pedrito Pasquale. Mientras cantaba “Turrazo”, Trueno lució una remera negra que, en su espalda, tenía una frase inscripta en letras blancas, que decía “En industria de ricachones, sin arma ni rencores, es solo plata y no amores”. No sólo remixó a los Wachiturros, también remixó la frase que es el sello poético y la declaración de principios de la banda que asaltó la sucursal del Banco Río en Acassuso el 13 de enero de 2006, en el atraco conocido como “El robo del siglo”, y que quedó a modo de nota en las bóvedas vacías.

Trueno todavía no cae: “Sí, fue una locura”, ratifica. “Me invitaron al programa con una semana y media de anticipación porque se había liberado un espacio. Era imposible decir que no, así que aceptamos automáticamente. Por el tiempo que dura el bloque del show nos daba para hacer un solo tema, y no dudé: tenía que ser ‘Turrazo’, porque da nombre al disco y representa a qué clase de pibes me refiero –que son como yo—, qué música escuchamos y de qué nos influenciamos. Tenía toda la argentinidad bien puesta”.

El tema encierra una reivindicación de “Tirate un paso” y un grupo ignorado o, más bien, bastardeado por la intelligentizia. “Fuera de los gustos musicales de cada uno, el método sigue siendo el mismo: reivindicar la música haciéndole un remix y apropiándosela. Es uno de los primeros mixes de cumbia raros que funcionaron tan bien; el sonido de los Wachiturros no lo encontrás en ninguna otra banda que no sea posterior a ellos. Son los pioneros en ese sentido. Así como se mezcló el rock and roll y se volvió argentino, o el hip-hop y se volvió argentino, con la cumbia pasó lo mismo a través de los Wachi. Representó durante mucho tiempo a la música de un sector social donde el hip-hop también predomina, que es de donde yo salí y con el que somos muy cercanos. Siempre estoy a favor de la cercanía entre el reggaetón, la cumbia, el rap y el rock. Es música barrial que habla de la realidad de los pibes que vienen de ahí, así que me gusta que no quede afuera, más habiéndola tenido superpresente en mi vida”.

Además de la música, el remix estuvo en tu ropa. ¿Qué representa esa frase para vos?

Siempre que puedo meter un mensaje en la remera o en la ropa lo voy a hacer; donde pueda tirar barras, las voy a tirar. Teníamos en cuenta la ventana que significa Jimmy Fallon para el mundo. Eso representa cómo me siento en mi posición: el hecho de que la gente me haya elegido y poder estar en estos lugares sin haberme vendido a la industria, sin haberme dejado domar por los estándares de la música urbana, del sueño americano y de todo lo que pasa. Eso me hace sentir orgulloso. Llevar esa frase es una reivindicación de un robo artístico que fue sin lastimar a nadie y sin malas intenciones, como una obra de arte. Me gustó para decir: “Yo vengo acá a mostrar lo que quiero, sin hacerle caso a nadie y sin lastimar a nadie, pero aprovechando las oportunidades que tengo”. 

La anterior nota de tapa para Rolling Stone terminaba con una frase tuya: “No te voy a mentir, muchas noches me duermo soñando con la Bombonera llena y la gente cantando mis canciones. Ese sería mi máximo sueño”. ¿Sentís que estás más cerca de cumplirlo?

Sí, siento que ya va llegando el momento de hacerlo. Me encantaría que fuera con este show y con este disco; el show en la Comuna 4 con el cuarto disco, un disco de consagración. Lo que me toca es intentarlo, acercarme lo más posible e intencionarlo al 100%. Hice lo que quería hacer, que fue hacer los primeros estadios fuera de la Bombonera para prepararme, para que no fuera mi primera vez en un estadio ahí, sino ir ya con sabiduría. Siento que ya estoy listo.

¿Qué falta?

Hablar con los dirigentes y armar todo, porque es un estadio donde no se hacen shows desde hace 15 años. Pero si hay algo que sé, es que represento al barrio y al club por todo el mundo, y que soy el artista más bostero que parió la Argentina, así que lo tenemos merecido y lo vamos a lograr, seguro.

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