Todo inició con la búsqueda de tener algo nuevo que contar durante una gira futura. Ana Torroja se sentó frente al papel con el propósito de escribir dos o tres canciones, pero se tropezó con el síndrome de la hoja en blanco. Sentía que le faltaba motivación para tomar la pluma y dejar fluir sus ideas, por lo que se cuestionó si ya lo había dado todo y si ya había llegado el momento de bajar el telón. Optó entonces por despejar esta turbulencia de pensamiento allí mismo, pero a modo de diario pues, a lo mejor, sucedía como en otras ocasiones y estas dudas simplemente se quedarían allí como una declaración íntima entre quien escribe y un testigo que no juzga. No ocurrió así, y terminó por transformarse en la canción que sentaría las bases para el proyecto musical de corte confesional que ahora se conoce como Se ha acabado el show.
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“Hice camino al andar”, dice. “Empecé a escribir sin tener ni idea de dónde quería llegar, ni siquiera de si iba a llegar”. Esa primera canción —que es la que titula al disco—, le hizo establecer una conversación entre la “Ana persona” y la “Ana artista”, y se dio cuenta de que había muchas cosas que se había guardado por años. “El cuerpo me pedía sacarlo, porque había alguna cosa que estaba enquistada y necesitaba reconciliarme con eso”, añade. Esta tarea no podía recaer en nadie más que en ella misma, y esa es la razón por la que Torroja figura como coescritora de todas las canciones que conforman al álbum.
Cuando hizo parte de Mecano, eran los hermanos José y Nacho Cano quienes escribían las canciones que luego Torroja hacía suyas con su interpretación, y solo en una ocasión fue incluida en los créditos de composición. Luego de la disolución de la banda y de retomar su carrera en solitario, la española empezó a involucrarse más activamente en las letras, figurando como coautora de algunas, pero siempre dejando espacio para cantar las composiciones de otros autores. Aquí esto no ocurre, siendo la primera vez en toda su discografía en la que su firma como escritora está en todos los cortes. Esa es una de las razones por las que considera que este es su mejor trabajo hasta el momento pues, más allá de sentir que no existe ninguna canción de “relleno”, denota una honestidad más profunda que en álbumes previos.

En algunos cortes habla sobre los altibajos de las relaciones humanas y la dependencia emocional que muchas veces se opone a la razón. Por ejemplo, en ‘A veces’ aborda la contradicción de sentir rencor, pero aún desear ser querida (“A veces tengo ganas de perderte/A veces tengo ganas de que estés”), y en ‘Problemas de conversación’ canta junto a Esteman sobre la posibilidad de regresar a un lugar del que ya se despidió. Sin embargo, sus mejores letras surgen en aquellos temas en los que se canta a sí misma y expone sus dudas existenciales sin máscara.
En esos casos, Torroja expone el conflicto de una identidad personal que supera en cantidad a los años en los que fue la “vocalista de”, reconociendo que ese pasado siempre tendrá un peso pero que, de todas formas, prefiere vivir el ahora y mirar hacia el futuro. Temas como ‘La maleta’ o ‘Rosa del desierto’ hablan de esto desde el agradecimiento y la ternura: en la primera, la cantante habla sobre cargar siempre consigo “una maleta que a veces es ligera” y que otras veces pesa, y la cual quiso soltar muchas veces; en la segunda, comprende que la persona que es hoy en día se hizo fuerte gracias a quien fue antes. Y así como hay lugar para la fortaleza, en ‘Se ha acabado el show’ y ‘Cuanto me falta’ se muestra frágil al confesar que ha sentido real la posibilidad de no seguir, aunque siempre termina dando un esfuerzo más que, para su fortuna, nunca ha sido el último.
“Te hace sentir muy libre cuando sacas esas cosas con las que no te has reconciliado todavía y también te hace agradecer”, comenta y aclara que, pese a que el proceso no ha sido sencillo, le encanta el carácter terapéutico de la música que le permite sanar heridas. “Yo creo que por eso también es tan difícil decir ‘se ha acabado el show’. Cuando lo pensé, luego me empezó a entrar un vértigo de, ‘¿Qué voy a hacer ahora?’. Es de alguna forma adictiva, pero en el buen grado de la palabra”, apunta.
En su tarea de seguir encontrando motivaciones para extender ese show, tomó la decisión de aventurarse en la independencia dado que en el lugar en el que estaba querían que siguiera aferrándose al pasado. “Si camino hacia algún lado es hacia adelante y no hacia atrás. Soy bastante poco nostálgica en ese sentido”, subraya. Para ella era necesario rodearse de un equipo de trabajo que entendiera lo que quería hacer a su edad y con el que pudiera explorar cosas nuevas y diferentes, así que llamó a su viejo colaborador Andrés Levin, quien le sugirió la idea de reunir a varios productores jóvenes que pudieran aportar sus experiencias y perspectivas diversas.
De este modo, terminaron siendo cinco los productores del álbum: Burghost (Fernando Burgos), Alex Patri, Dan Solo, Andrés Levin y Santiago Rodríguez que, por sus iniciales, se bautizaron B.A.D.A.S. Fue un riesgo que Torroja estuvo dispuesta a tomar y que, al final, le dio el resultado que esperaba.
“Yo creo que ha sido una de las experiencias más bonitas que he vivido en toda mi carrera”, dice la artista. “Una de las cosas más bonitas fue ver cómo dejaron los egos aparte en favor del proyecto, de la aventura”. Entre los B.A.D.A.S. se dio una sinergia tal que cada uno sabía qué era lo que necesitaba una canción para mejorar o, por el contrario, comprendía cuándo era el momento de dar un paso atrás para que fluyeran las ideas de otro. Lo mismo le sucedió a Torroja pues si bien era ella quien llevaba la batuta, buscaba encontrar otros puntos de vista sobre sus canciones que, por el sesgo de haberlas escrito ella misma, podría estar ignorando.
“Cuando les entregué las maquetas a los productores y ellos empezaron a trabajar, yo no había llegado aún a México. Cuando llegué y me empezaron a poner las ideas que tenían sobre algunas de las canciones, dije, ‘Wow. No se me habría ocurrido nunca ir por aquí o ir por allá’. Entonces el dejar hacer, a mí que me gusta siempre llevar el control de las cosas, ha sido un aprendizaje muy positivo y muy necesario para futuros. Y para mi vida en concreto”, medita.

Además, Se ha acabado el show terminó siendo un trabajo multicultural por los distintos orígenes de todas las personas que estuvieron involucradas —México, Colombia, Chile, Venezuela, Argentina y España—, y esto se refleja en el eclecticismo del sonido. No se aproxima a la experimentación de Mil razones (2021), en donde la cantante y compositora se adentró en el mundo de la música electrónica, pero sí recurre a baladas vintage, funk, synth pop e incluso a un poco de ska, lo cual refuerza el sentido de libertad que le ha otorgado la independencia.
Torroja habla con calidez y con una serenidad propia de alguien que lleva años en la industria, pero que todavía tiene ansias por seguir descubriendo nuevas posibilidades dentro de su oficio. Durante la conversación, afirma varias veces lo orgullosa que se siente del trabajo que tardó dos años en hacer y del equipo que la ayudó en el proceso, al cual ahora considera como familia. También se muestra contenta por el recibimiento que han tenido sus nuevas canciones y tiene el presentimiento de que perdurarán en el tiempo porque son más suyas que nunca. “A veces me preguntan si me siento vulnerable a la hora de escribir”, cuenta. “Al principio sí, con en el primer y segundo disco quizás, pero creo que es una de las cosas más sanas que he podido vivir y disfrutar”.
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Las reglas están hechas para romperse. O, al menos, para cuestionarse. Christian Meier lo ha hecho durante buena parte de su vida: cuando decidió dedicarse a la música pese a las expectativas familiares, cuando cambió los escenarios por los sets de televisión y, años después, cuando volvió a escribir canciones tras creer que ese capítulo había quedado atrás. Hoy, ‘Así Es La Ley’ reúne todas esas versiones de sí mismo en un álbum donde el conocerse a uno mismo pesa más que cualquier fórmula de la industria.
El disco se llama Así Es La Ley. ¿Cuál es la ley más absurda que has descubierto?
Mira, lo que he descubierto es que nada está escrito en piedra. Lo que pensabas que era de una manera, no siempre resulta ser así. Por ejemplo, en la industria de la música, la forma en que entendíamos el negocio hace algunos años hoy es completamente distinta, y eso se debe a que la tecnología ha cambiado absolutamente todo.
Si comparo mi primer álbum, que grabé cuando tenía 17 años como tecladista de una banda de rock, a finales de los años ochenta, la manera de promocionar la música era totalmente diferente. Si en ese momento me hubieras preguntado cómo se promocionaba un disco, te habría dicho que había que ir a la radio, hacer entrevistas y seguir el camino tradicional, porque así funcionaba la industria.
Hoy, casi cuarenta años después, la promoción es otra. Hacemos entrevistas por Zoom, tienes que abrir una cuenta de TikTok y adaptarte a herramientas que ni siquiera existían. Creo que eso es lo que más he aprendido: que nada permanece igual y que ninguna regla es definitiva.
Los tiempos cambian, y esa también es una de las leyes de la vida. Así Es La Ley habla precisamente de eso: de aceptar que las cosas son como son, pero también de entender que siempre existe la posibilidad de encontrar una forma distinta de hacerlas, de darle la vuelta a las normas.
Porque, como dice el dicho, hecha la ley, hecha la trampa. De eso también trata la vida: de aprender a transitarla sin asumir que todo está escrito para siempre.

La canción parece cuestionar ciertas reglas que aceptamos sin pensar. ¿Hay alguna regla que hayas dejado de obedecer para hacer este álbum o a lo largo de tu carrera?
Creo que esta es una carrera en la que constantemente te encuentras con barreras y con personas que te dicen: “No es posible”, “No puedes”, “Eso no se hace”.
Así comenzó mi historia. Soy el primero de mi familia que se dedicó a esto —aunque ahora mis hijos, de alguna manera, han heredado un poco el oficio—. Vengo de una familia muy tradicional, con normas sociales muy marcadas. Entonces, imagínate llegar a los 18 años y decir: “Adivinen qué, quiero ser rockero. Quiero ser actor”. Y, antes de todo eso, incluso quería ser artista plástico.
La respuesta era siempre la misma: “Consíguete un trabajo de verdad. Eso puede ser un hobby, pero necesitas una carrera seria”.
Ese fue el primer gran obstáculo que encontré siendo muy joven. Hoy miro hacia atrás y pienso que he tenido la fortuna de construir una vida haciendo exactamente lo que siempre soñé. He podido vivir de aquello que me apasiona, y eso me hace sentir profundamente afortunado.
En el camino también descubrí que muchas de las cosas que parecían inalcanzables terminaban ocurriendo. Cuando empecé a actuar pensaba: “Algún día me gustaría hacer una película”, o “algún día quisiera trabajar con grandes actores como Héctor Bonilla”. Y, de pronto, unos años después, estás compartiendo un set con ellos, conversando, trabajando juntos, y terminan convirtiéndose en tus amigos.
Lo mismo me ocurrió con la música. Crecí escuchando a Bruce Springsteen y, años después, mientras grababa un disco en Nueva York, el productor me dijo: “¿Quieres que venga Charlie Giordano, el tecladista de Bruce Springsteen? Él puede tocar el acordeón para esta canción”. Yo no podía creerlo. Al día siguiente estaba grabando en una canción mía.
Con este álbum volvió a pasar algo parecido al trabajar con músicos extraordinarios. Mi vida ha estado llena de momentos que parecían imposibles hasta que dejaron de serlo. Por eso creo que siempre existe una manera de darle la vuelta a las reglas, a las normas. Muchas veces los límites están más en lo que creemos que en la realidad.
Justo hace poco escuchaba una entrevista donde decían que “es un lujo poder vivir de lo que uno ama”. Me acordé mucho de eso mientras hablabas.
Totalmente. Antes de salir al escenario, cuando nos reunimos con la banda y nos abrazamos, siempre les digo lo mismo: agradezcamos que nos ganamos la vida haciendo algo que, incluso si no nos pagaran, probablemente seguiríamos haciendo.
Y, encima, nos pagan por ello. Eso nos convierte en personas muy afortunadas, porque muchas veces tocamos para gente que al día siguiente tiene que volver a un trabajo que no disfruta, o donde incluso recibe una mala remuneración.
Estoy convencido de que, si antes de un concierto nos dijeran: “Esta noche no les vamos a pagar”, el 99% de nosotros respondería: “No importa, hagámoslo igual”. Porque para esto nacimos.

En tu carrera has sido músico, actor, figura pública y, hace un momento, me contabas que incluso quisiste ser artista plástico. ¿Hay alguna versión de Christian Meier de la que hayas sentido la necesidad de despedirte?
Sí. Probablemente la despedida que más me dolió fue la de la música. Hubo un momento en el que la industria musical en Perú empezó a decaer y, al mismo tiempo, acababa de lanzar un álbum que se llamaba 11 Noches. Estábamos por comenzar la gira cuando uno de los integrantes de mi banda falleció en un accidente. Su ausencia dejó un vacío enorme, tanto en lo emocional como dentro del grupo. Encontramos un reemplazo, pero yo ya no sentía lo mismo. No estaba preparado para salir de gira; seguía atravesando el duelo. Además, dentro de la banda había tres hermanos y uno de ellos ya no estaba. Era imposible no sentir esa ruptura.
Creo que, de alguna manera, me refugié en la actuación para sobrellevar esa pérdida. Poco después comenzaron a llegar proyectos que tuvieron mucha repercusión internacional, como La Tormenta y El Zorro. Todo empezó a crecer muy rápido y ya no había forma de detener esa ola. También era un momento importante en mi vida personal. Tenía una familia, tres hijos y muchas responsabilidades, así que sentía que debía aprovechar esas oportunidades. Poco a poco, sin darme cuenta, la música fue quedando atrás. No encontraba el momento para retomarla. Recuerdo que, aproximadamente diez años después de haber dejado de hacer música, tuve una conversación conmigo mismo. Pensé: “Creo que ha llegado el momento de dejarla ir”. Sentía que había sido una etapa muy importante de mi vida, pero no veía cómo volver a ella. Más de una vez me despedí de la música en silencio. Si no hubiera aparecido la pandemia, probablemente nunca habría regresado. La pandemia detuvo el mundo. También detuvo mi carrera como actor y, de pronto, me encontré encerrado en casa sin poder hacer ninguna de las dos cosas: ni actuar ni salir a la calle. Fue entonces cuando ocurrió algo muy curioso. Durante ese tiempo muchas personas descubrieron talentos que no sabían que tenían: algunos aprendieron a cocinar, otros a tejer… En mi caso, el encierro hizo que aflorara aquello para lo que siempre había sido bueno. Volteé a ver el piano que tenía en mi oficina y empecé a escribir canciones. Una tras otra. Cuando terminó la pandemia, un amigo productor aquí en Los Ángeles me dijo: “¿Te has dado cuenta de que acabas de escribir un álbum completo?”. Entonces entendí que quería volver al estudio y grabarlo. Quería regresar a aquello que había formado parte de mi vida mucho antes de convertirme en actor. Yo empecé a hacer música a los 17 años y recién comencé a actuar a los 25. Así fue como regresé. Y, en gran parte, por eso el álbum anterior se llamó Vuelto a Casa. Porque eso fue exactamente lo que sentí: que estaba regresando a mi hogar. Así Es La Ley nace a partir de ese regreso.
Qué historia… Creo que la pandemia nos puso muchas cosas sobre la mesa. Yo, por ejemplo, descubrí que era pesima para la repostería.
[Ríe]. Yo igual. Soy malísimo para eso.
La canción Nací para olvidar la sentí como una reflexión sobre la importancia de conocer nuestras raíces; de que, cuando sabes quién eres y de dónde vienes, realmente puedes ser libre. ¿Cómo viviste la creación de esa canción?
Curiosamente, Nací para olvidar comenzó con una idea completamente distinta. Desde el principio imaginé que tuviera el ritmo de una polka norteña, casi como una marcha. Ya en el estudio fue transformándose hasta convertirse en lo que es hoy: una canción con un sonido country.
Quería escribir sobre alguien que vive en movimiento, que evita comprometerse y establecer relaciones porque cree que los recuerdos terminan pesando. Alguien que piensa que, mientras más ligera sea su mochila emocional, más rápido podrá avanzar y más lejos llegará.
Por eso la canción tiene ese impulso constante hacia adelante. Está escrita en un tono menor, lo que le da un matiz un poco más dramático, pero la idea era justamente esa: seguir caminando sin detenerse, sin enamorarse, sin crear vínculos. Sin embargo, mientras la escribía, empecé a preguntarme qué era realmente mejor: vivir sin recuerdos ni relaciones para evitar el dolor o llegar al final de la vida completamente solo.
Creo que, al final, son precisamente los recuerdos los que nos aterrizan. Son los que nos permiten entender de dónde venimos, por qué somos quienes somos, quiénes nos formaron, qué nos enseñó nuestra familia, nuestro país o nuestra gente.
Siempre necesitamos saber de dónde venimos. Por eso la canción dice: “Si no sé de dónde vengo, ¿cómo sé para dónde voy?”
La vida, al igual que una historia o una película, necesita un arco. Un personaje solo puede transformarse si sabemos cómo empezó su historia. De lo contrario, no hay manera de reconocer el cambio. Con las personas ocurre exactamente lo mismo. ¿Cómo voy a saber hacia dónde me dirijo si desconozco de dónde vengo?
Y ¿no sientes que decidir vivir sin recuerdos también es una forma de alejarse de uno mismo? Al final, si eliminas todo eso… ¿con qué te quedas? Es como quedarse vacío.
Exactamente. Eso es lo que plantea la canción. El personaje dice que quiere vivir sin recuerdos, sin arrepentimientos, sin pensar siquiera si ha hecho daño a alguien. Suena como una manera muy cómoda de vivir. Pero, en realidad, es una ilusión. Es esa idea de: “Si no me acuerdo, entonces no pasó”. Es la frase que suelen decir los borrachos, ¿no? “Si no me acuerdo, no pasó.” [Ríe]

Al escribir sobre los inicios es inevitable reencontrarse con la persona que uno fue. Pienso, por ejemplo, en Puerto de Palos. La sentí como una carta a un amigo; no como una despedida triste, sino como un recuerdo lleno de cariño por todo lo que vivieron juntos. ¿Qué sentiste al volver a esa etapa de tu vida?
Puerto de Palos fue escrita para Pedro Suárez-Vértiz.
Pedro era el cantante de la banda de rock con la que comencé mi carrera, Arena Hash. Después de que el grupo se separó, construyó una trayectoria extraordinaria y se convirtió en una de las figuras más importantes del rock peruano. Siempre fue un referente. Lamentablemente, una enfermedad degenerativa terminó con su vida hace un par de años. Desde entonces se le han hecho muchísimos homenajes, todos muy merecidos por la obra y el legado que dejó. Pero yo quería escribir sobre el Pedro que conocí cuando éramos adolescentes. Ese muchacho con el que un día nos reunimos y dijimos: “Hagamos una banda de rock. Vivamos de la música. Seamos como nuestros ídolos”.
La canción cuenta la historia de cómo nos conocimos y cómo nació la banda, pero está narrada desde su voz, no desde la mía. Es Pedro quien recuerda al “gordito del colegio”, cuando Arturo —que era el baterista— le propone formar una banda. También menciona a su hermano, porque él formó parte del grupo, y luego habla del “flaco”, que fui yo, el último en integrarme. Yo era realmente un flaco. A los 17 años parecía un lápiz. [Ríe]. Volver a escribir sobre esa época fue muy emotivo porque ambienté la historia en la casa donde ellos vivían de jóvenes, una casa ubicada en la calle Puerto de Palos. Esa casa fue muy importante para ellos, aunque más adelante la perdieron por problemas económicos. Fue una situación que obligó a Pedro a salir adelante muy joven para ayudar a su mamá y a sus hermanos. Regresar a esos recuerdos fue volver a nuestra adolescencia, a esa etapa en la que todo era posible y solo existía la ilusión de hacer música. Por eso, al final de la canción, él dice: “Si me queda tiempo, quiero darle un beso a mamá y volver con mis hermanos a Puerto de Palos.” También nombro a muchas de las personas que estaban ahí con nosotros: amigos del barrio, quienes nos ayudaron a formar la banda… Muchos de ellos tampoco están hoy. Cuando entré al estudio a grabarla tuve que detenerme un momento. La emoción me ganó. Sentí que estaba haciendo algo importante, que esa canción tenía un peso muy especial para mí. Fue mi manera de decirle cuánto lo extraño y cuánto lo quise.
Es un homenaje muy bonito. Me conmovió muchísimo.
Gracias. Y por eso el coro no está cantado de una forma tradicional. Quería que sonara como un himno, como esos cánticos que escuchas en un estadio de fútbol. No necesitaba una letra compleja; necesitaba algo mucho más primitivo, mucho más emocional. Sentía que eso era exactamente lo que la canción pedía.
Me llamaba mucho la atención que el álbum habla de honestidad y libertad y, al mismo tiempo, todos los videos fueron grabados en un solo plano secuencia. ¿Hay alguna relación entre esas dos decisiones?
Sí, fue completamente intencional. Desde el principio quería que el álbum tuviera un concepto muy orgánico. Si la idea era grabar una banda tocando en el estudio, no quería que sonara como un disco construido por partes, donde primero grabas el coro, luego una guitarra y después el resto. Quería que las canciones se interpretaran de principio a fin, como sucede cuando una banda realmente toca junta. Cuando empecé a pensar en los videos, me pregunté cómo podían dialogar con esa idea. Entonces surgió la posibilidad de grabarlos también en una sola toma. Sentí que complementaban perfectamente el concepto del álbum. Así como las canciones están interpretadas sin interrupciones, los videos también debían desarrollarse de principio a fin, sin cortes. Además, si quería contar una historia, me parecía que un plano secuencia tenía mucho más impacto que una edición tradicional. En realidad, los cinco videos forman una sola historia. Al seguir al protagonista sin perderlo de vista, el espectador acompaña todo su recorrido y termina viviendo ese viaje junto a él. Creo que esa continuidad genera una conexión mucho más fuerte.
Y justamente como director, ¿qué te dejó un proceso tan natural, pero al mismo tiempo tan exigente? Porque un plano secuencia parece fluir con mucha naturalidad, pero detrás hay una precisión enorme.
Exactamente. Como director fue una oportunidad para arriesgarme y para poner en práctica otra de las facetas a las que también me dedico. Pero, sobre todo, significó muchísimo trabajo de preparación. Al final, un plano secuencia termina siendo una coreografía. Todo tiene un momento exacto: dónde debo llegar, cuándo debo moverme, en qué punto de la canción tiene que ocurrir cada acción. Hay que ensayarlo una y otra vez hasta encontrar la métrica perfecta para que toda la historia entre dentro de esos tres o cuatro minutos que dura cada canción. Para mí también era una forma de darle una capa adicional al proyecto. Pensé: “Vamos a hacer un disco, vamos a hacer videos musicales… pero ¿por qué no intentar algo diferente?” Sentía que el álbum ya tenía una identidad muy particular por su sonido, por la forma en que fue grabado y por los músicos que participaron en él. Entonces me pregunté cómo podía ofrecerle al público una experiencia visual que también fuera especial. Quería que el fan sintiera que había un esfuerzo por proponer algo distinto, algo que valiera la pena descubrir.Y creo que lo conseguimos. Más allá de promocionar el álbum, estos videos me permitieron compartir otra parte de mi trabajo con la gente.
Un plano secuencia obliga al espectador a vivir el tiempo tal como ocurre, sin saltos ni atajos. ¿Crees que eso conecta con la etapa de vida que estás atravesando?
Sí, creo que sí. Hoy, con las redes sociales, muchas veces damos la impresión de tener una vida que no necesariamente corresponde a la realidad. Mucha gente piensa que la vida de los artistas o de las personas públicas es exactamente la que muestran sus redes, cuando en realidad todos filtramos lo que queremos enseñar y lo que preferimos guardar. Al mismo tiempo, también tenemos la posibilidad de mostrar nuestras fallas, nuestros errores o nuestras imperfecciones cuando así lo decidimos. En un plano secuencia ocurre algo muy interesante: no puedes controlar absolutamente todo lo que sucede dentro del cuadro. Y eso, para mí, también resulta atractivo. Durante tres o cuatro minutos convives con un escenario impredecible. Puede cambiar el clima, la luz, la temperatura… Ninguna toma fue exactamente igual a la otra. Probablemente lo único que permaneció idéntico en todas fue la música. Incluso yo reaccionaba de manera distinta según lo que estaba ocurriendo en ese momento. Cada toma terminaba siendo única. Creo que mostrar esos tres o cuatro minutos de una acción continua es una manera muy honesta de decir: “Aquí estoy”. De demostrar que puedo convivir con lo inesperado, sin restricciones y sin necesidad de controlar cada detalle.

Una de las frases que más me llamó la atención del álbum es: “En el mundo de los ciegos, siempre el tuerto es rey”. Da la impresión de que habla de personas que se benefician de la desinformación o de las ventajas que tienen sobre otros. ¿Crees que esa sigue siendo una de las reglas no escritas de nuestra sociedad?
Sí, claro, aunque para mí esa frase tiene más que ver con la supervivencia. Así Es La Ley habla de cómo, incluso en nuestros momentos más vulnerables o más difíciles, somos capaces de salir adelante. Habla de la posibilidad de resistir, de mantenernos firmes y, finalmente, de ganar la batalla. Por eso siempre pienso en la última frase de la canción, cuando dice: “En el mundo de los muertos, si agonizo, soy el rey.”
Para mí, esa línea resume el verdadero sentido de la canción. Habla de la fuerza que encontramos cuando sentimos que ya no nos queda nada. De confiar en que, si seguimos luchando, podemos salir mejor librados de lo que imaginábamos. Muchas veces creemos que ya agotamos todas nuestras herramientas para seguir adelante, pero no siempre es así. Si encontramos fuerzas para continuar, solemos descubrir que éramos mucho más capaces de lo que pensábamos. También hay algo importante: a veces, desde nuestros propios privilegios, olvidamos que existen personas que atraviesan situaciones mucho más difíciles que las nuestras. Uno puede sentirse roto en mil pedazos y, aun así, descubrir que alguien más está enfrentando una realidad todavía más dura.
Esa también es una ley de la vida. Por eso creo que Así Es La Ley termina invitándonos a decidir desde qué lugar queremos mirar las cosas.
Es el ejemplo del vaso con agua hasta la mitad. Hay quienes lo ven medio vacío y hay quienes lo ven medio lleno. Y, muchas veces, el simple hecho de elegir verlo medio lleno ya te pone un paso adelante.
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Hay cocineros que perfeccionan una tradición y otros que la desafían. Andrés Nieto pertenece a esta última categoría. Su trabajo no se limita a diseñar menús: construye experiencias inmersivas donde la gastronomía dialoga con la música, el arte, la moda, la arquitectura y las emociones. Durante casi dos décadas ha trabajado con algunas de las marcas más importantes del país, transformando el catering tradicional en una plataforma creativa capaz de contar historias.
Desde servir comida sobre baldosas en una feria de construcción hasta conceptualizar experiencias inspiradas en perfumes, documentales o el universo de Cien años de soledad, Nieto ha convertido cada evento en una obra sensorial. Hoy, desde su “cocina estudio”, desarrolla una propuesta que él mismo define como “cocina maximalista”: una búsqueda artística donde cada plato debe despertar recuerdos, emociones y conversaciones.
¿Cómo nace tu pasión por la cocina?
Yo empecé muy chiquito. Más o menos a los 12 años ya tenía un gusto muy fuerte por la cocina. Viví en San Andrés a esa edad y mi mamá manejaba un hotel. Yo me la pasaba metido en la cocina, absorbiendo todo, preguntando, mirando cómo funcionaban las cosas.
Después tuve la fortuna de tener muy cerca de la familia a un chef francés que me enseñó algo que hasta hoy sigue siendo la base de todo lo que hago: el respeto por el alimento, por el comensal y por la persona a la que le sirves. Siempre me decía: “Cada vez que le sirvas algo a alguien, piensa que se lo estás dando a la persona que más amas”. Eso se me quedó para siempre.
Empecé a formarme muy joven, aunque nunca pensé que terminaría dedicándome a esto. Siempre fue un gusto muy natural.

¿Cómo terminas convirtiendo esa pasión en una profesión?
Primero estudié Administración y rápidamente entendí que por ahí no era. Después entré a estudiar cocina. Me gradué muy joven; estuve en muchos colegios y no fui precisamente el estudiante más juicioso, pero eso me dejó algo muy valioso: aprendí a relacionarme con la gente.
Cuando tenía 17 años me propusieron hacer un evento para 1.200 personas. Y dije que sí.
Hoy, después de casi veinte años trabajando en esto, todavía me pregunto cómo logré hacerlo. Tenía que coordinar cerca de cien meseros, conseguir una cocina, alquilar equipos, contratar profesores y compañeros de estudio. No tenía experiencia real, pero lo hicimos y salió bien.
Al poco tiempo llegó otro evento, esta vez para Coca-Cola, para 600 personas. Ahí entendí que lo mío eran los eventos y el catering.
¿En qué momento decides romper con el catering tradicional?
Empecé haciendo eventos pequeños y muy tradicionales. Pero siempre he sido extremadamente curioso. En 2010 o 2011 me llegó la oportunidad de hacer un evento para Corona en una feria de construcción.
Competíamos con empresas enormes como Astrid & Gastón, Matiz y Rush. Todo el mundo servía la comida de la misma manera: bandejas de plata, montajes muy clásicos. Entonces, en una reunión con la agencia, les pregunté: “¿Qué pasa si en vez de servir en bandejas tradicionales usamos las baldosas que ustedes venden?”.
Les encantó la idea y creo que por eso me dieron el proyecto.
Pero entendí que no podía quedarme solo con servir comida sobre baldosas. Compré radios, uniformes, armé un equipo que se sintiera profesional y empecé a experimentar con nitrógeno líquido, esferificaciones, flores comestibles y técnicas que en ese momento eran muy poco comunes en eventos.
Nunca olvidaré cuando salió el primer mesero con una de esas baldosas convertidas en bandeja. La gente no sabía si era parte de la decoración, si debían fotografiarla o si podían comerla. Ahí entendí el poder de la puesta en escena.
Ese evento cambió por completo mi forma de entender el servicio de alimentos y bebidas.

Hoy trabajas con grandes marcas. ¿Cómo construyes una experiencia?
Yo trabajo prácticamente como una agencia creativa. Me entregan un brief y desarrollo una propuesta integral.
No es solamente la comida. También pienso en la música, las luces, la escenografía, el tipo de público y la emoción que queremos generar.
No es lo mismo diseñar una experiencia para jóvenes que para un público más conservador. No es lo mismo trabajar para una marca fitness que para una marca corporativa.
Todo tiene que conectarse.

La moda ha sido uno de tus grandes escenarios. ¿Recuerdas algún proyecto especial?
Uno de los primeros fue con Seven Seven para el lanzamiento de una colaboración con un grafitero neoyorquino.
Lo primero que hago siempre es estudiar. Investigo la historia, la paleta de colores, el contexto cultural y el público. Entonces pensé: si estamos hablando de un grafitero de Nueva York, la comida tiene que remitir a Nueva York.
Creamos mini pretzels, mini hot dogs, mini hamburguesas y donuts. Pero lo importante era cómo presentarlos.
Los hot dogs iban sobre estructuras que simulaban el Subway. Los pretzels se colgaban en ganchos de ropa de la marca y los invitados los tomaban directamente de allí. Para cerrar, instalamos grandes lienzos llenos de donuts y los meseros las intervenían con chocolates de colores usando atomizadores, como si estuvieran grafiteándolas.
Fue increíble.
Después llegaron marcas como Ferragamo, Carolina Herrera, Paco Rabanne, Chanel, Samsung, Lenovo y muchas otras.
También has trabajado con la industria del entretenimiento. ¿Cómo abordas esos proyectos?
Es un reto enorme porque cada historia exige una sensibilidad distinta.
Por ejemplo, trabajamos en el lanzamiento de Estado de fuga, una serie basada en hechos muy dolorosos ocurridos en Colombia. Había que conmemorar y recordar, pero desde un lugar respetuoso y bello.
También realizamos el lanzamiento del documental de James Rodríguez. La experiencia era un viaje gastronómico por los países que marcaron su carrera: Tolima, Portugal, Alemania, Inglaterra y España.
Ahora sueño con trabajar en la segunda temporada de Cien años de soledad. Ojalá se dé. Quiero que las personas entren al espacio y realmente sientan que están en Macondo.

¿Cómo definirías tu filosofía creativa?
No me considero un chef tradicional. Sí, soy chef porque es mi profesión, pero me considero más un artista.
No lo digo desde el ego, sino desde el sentimiento. Todo lo que hago tiene un propósito y está pensado para la persona que lo va a comer.
Primero pienso en quién es esa persona. Después me pregunto cómo voy a llegarle visualmente, cómo voy a lograr que lo que vea parezca una pieza de museo y, finalmente, cómo voy a hacer para que, cuando lo pruebe, despierte una emoción y permanezca en su memoria.
Quiero que alguien, dentro de diez años, recuerde un bocado y diga: “Todavía me acuerdo de esos pandeyucas que explotaban en la boca”.
Has comenzado a hablar de “cocina maximalista”. ¿Qué significa?
Estoy desarrollando ese concepto con mi equipo.
La cocina maximalista no significa abundancia en cantidad, sino abundancia en sabores, texturas, culturas y sensaciones.
Puedo hacer una mesa minimalista, pero lograr que en un solo bocado la persona viaje por muchos lugares y experimente múltiples emociones.
Además, quiero compartir el conocimiento acumulado durante casi veinte años y demostrar que la gastronomía puede ser una herramienta artística muy poderosa.

¿Qué papel juega tu equipo dentro de todo esto?
Todo.
Mi equipo son mis amigos. Compartimos prácticamente la vida entera: investigamos, probamos, viajamos, comemos y pensamos juntos.
Por eso en la cocina nadie se llama cocinero. Todos llevan en la espalda una camiseta que dice “artista gastronómico”.
Porque eso es lo que somos.
No estamos entregando simplemente comida. Estamos entregando una obra de arte a cada persona que se sienta a la mesa.
Y para mí la mesa sigue siendo el gran lugar del diálogo.
Si tienes una mesa aburrida, probablemente tendrás una conversación aburrida. Pero si tienes una mesa inspiradora, las conversaciones cambian, las emociones cambian y toda la experiencia se transforma.
Ahí está el verdadero sentido de lo que hacemos.
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Después de un hiato creativo de aproximadamente año y medio, el colectivo mexicano de música alternativa AQUIHAYAQUIHAY hizo su regreso al panorama musical el pasado diciembre con ‘Lo dejamos pasar’, su nuevo sencillo. Desde entonces, la agrupación ha seguido estrenando música constantemente, dando inicio a una nueva etapa para el proyecto, una que sus miembros consideran como la mejor de la banda hasta la fecha.
Originalmente, ‘Lo dejamos pasar’ formaría parte de un álbum que la banda estaba preparando hace dos años y que no llegó a ver la luz. “Realmente esa canción fue como un guiño a un álbum que habíamos hecho el año antepasado. Aunque ese disco ya no salió y sentíamos que no tenía mucho sentido sacarla en ese contexto, nos gustaba muchísimo esa canción y queríamos que los fans la pudieran escuchar”, dice Phynx en conversación con ROLLING STONE en Español. La agrupación arrancó despidiéndose de su versión antigua y cerrando un ciclo con aquel material que nunca se publicó.
Casi cuatro meses después llegó ‘Tiempo Perfecto’. La canción conectó de forma excepcional con el público, convirtiéndose en el tema más escuchado del colectivo, y tiene sentido considerando que engloba las cualidades que definen a AQUIHAYAQUIHAY como banda: sonidos disruptivos, producciones vanguardistas y, sobre todo, autenticidad. “Algo que he escuchado recurrentemente sobre ‘Tiempo perfecto’ es la producción de Phynx; ha llamado muchísimo la atención. Creo que la gente no estaba acostumbrada a ese tipo de beat, porque yo ni siquiera lo podría encasillar como hip hop o como trap. Tiene elementos muy peculiares y creo que, a lo mejor, esa autenticidad de la canción es lo que le ha dado ese toque tan especial”, menciona Neqer.
Su sencillo más reciente es ‘1besito’, una colaboración con Cachirula, una de las voces más importantes del reggaetón mexa. Sin embargo, no es un tema de reggaetón, sino que fusiona elementos de pop alternativo y R&B. Cachirula se incorpora de lleno al universo sonoro de AQUIHAYAQUIHAY. “Creo que el resultado fue una combinación muy interesante”, dice Neqer. “Cachi también ya tenía tiempo queriendo intentar algo diferente, salir un poco del reggaetón”.
Esto no es una sorpresa considerando que Cachirula ha seguido el proyecto desde sus inicios. “Cachirula antes era muy fan de AQUIHAYAQUIHAY. A ella le tocó ver todas las etapas del proyecto y a nosotros también nos tocó ver las suyas”, comparte Jay Lee. Eso también se reflejó en la grabación del tema, donde hubo buena química entre los artistas. “Ya en el estudio, la neta, siento que se acopló muy bien a nosotros. Fue una muy buena mancuerna. La sentí como si fuera una AQUIHAY más, la neta; llegó, hizo lo suyo y todo fluyó muy bien. Hubo una química muy chida en ese proceso”, añade.
“Nosotros, por nuestra parte, también teníamos ganas de colaborar con más gente, porque no es muy común que lo hagamos”, complementa Neqer, y lo que dice es cierto. Las colaboraciones del colectivo con otros artistas son muy limitadas. La banda ha tenido oportunidad de encerrarse en el estudio con músicos como Ximena Sariñana, YOSHI o Big Soto. A pesar de que sus estilos musicales pueden ser distintos, todos tienen algo en común: una buena relación con los integrantes de la agrupación.
“La vibra es muy importante. Te das cuenta cuando está saliendo algo chido y cuando no; es en esos momentos cuando todos se sienten más involucrados”, dice Neqer. “Anteriormente hemos intentado trabajar con más gente, pero a veces las canciones simplemente no salen. Creo que tiene mucho que ver con sentirnos cómodos nosotros y también hacer que la otra persona se sienta en confianza. Siento que eso ayuda a que la canción tenga mejores resultados”.

Y la banda no solo se centra en ellos sentirse cómodos colaborando con otro artista, sino que su invitado también se sienta bienvenido al universo sónico de AQUIHAYAQUIHAY. “He notado que, cuando recién nos conocen, a veces se pueden sentir un poco tímidos, porque nosotros siempre estamos bromeando entre nosotros y ya tenemos una dinámica muy marcada. Así que lo primero que tratamos de hacer es que se sientan parte del grupo, que entren en confianza y estén cómodos, para que después todo vaya fluyendo de manera natural”, comparte Jay Lee.
Aunque eso no es lo único que toman en cuenta. También consideran el impacto cultural que puede llegar a tener la colaboración. “Nos gusta mucho pensar en el aspecto cultural”, menciona Phynx. “Hoy en día las escenas ya no se definen tanto por géneros, sino más bien por movimientos. Por eso, todas las colaboraciones que vienen próximamente hacen sentido dentro de una misma escena. De cierta manera, yo lo veo un poco reflejado en el K-pop, que realmente no es un solo género, sino una variedad enorme de sonidos. Es más bien el movimiento que se genera alrededor. Personalmente, me gustaría que algo así pudiera construirse aquí en México también”.
En conversación con ROLLING STONE en Español, la banda adelantó algunas de las colaboraciones que presentarán en el futuro. “En los días que estuvimos en el campamento donde se hizo la canción con Cachirula, también trabajamos en un tema con Uzielito Mix, que es otra mezcla que me imagino que nadie se esperaría, pero que puede dar un resultado muy interesante. También colaboramos con una persona que quizá la gente podría imaginarse un poco más, pero que para mí es una de mis colaboraciones favoritas, que es Bratty. Y además hemos trabajado con exponentes un poco más jóvenes, como Plastikboy y Lucas Gael”, revela Neqer.
A pesar de que AQUIHAYAQUIHAY estuvo fuera de la escena durante un tiempo, en el cual algunos de sus integrantes experimentaron con sus propios proyectos solistas, su proceso creativo sigue siendo esencialmente el mismo que tenían desde hace años. “Me pongo a hacer un beat y todos empezamos a escribir y a sacar ideas. Siempre es un proceso muy en equipo”, comenta Phynx, quien también reconoce que, a raíz de este nuevo comienzo para el grupo, nuevas personas se han incorporado a sus composiciones y producciones. “Ha llegado gente tanto para la escritura como para la producción, que es algo que no habíamos hecho tan seguido. Incluso, en algunas canciones dejamos que otros productores tomaran el control completamente”, complementa el principal productor del colectivo.
En años anteriores, los cinco integrantes de AQUIHAYAQUIHAY eran los únicos que decidían y trabajaban sobre su música. Hoy las cosas son distintas y permiten que otros puntos de vista vivan dentro de su universo creativo, lo cual es un reflejo del crecimiento del proyecto y de ellos como artistas. “Creo que parte de avanzar y crecer también es delegar”, dice Neqer. “Siento que nos hemos adaptado bien y hemos encontrado un buen equipo que también ha sabido adaptarse a nosotros. No ha sido tan difícil, ya nos conocemos y sabemos cómo podemos trabajar”.
El explorar nuevos sonidos, géneros y elementos de forma individual también ha nutrido al colectivo. “Hacer música solo me ha hecho exigirme mucho más. También he tratado de no conformarme y de no limitarme tanto, ya sea en un verso o en cualquier otra cosa. Entonces, ahora que volvemos a trabajar en grupo, trato de exigirme lo mismo que me exijo cuando estoy solo, e incluso más”, comparte Jay Lee, aunque no es el único que se ha beneficiado por comenzar a emprender un proyecto en solitario. “Me ha abierto mucho la perspectiva”, complementa Zizzy. “También me ayuda a entender hacia dónde puede ir el proyecto porque ya llevamos ocho años. Para bien o para mal, ese tiempo puede hacer que te estanques o que sigas avanzando. Y creo que, en mi caso, lo que más me ha aportado trabajar por mi cuenta es precisamente modernidad”.
Al final del día, AQUIHAYAQUIHAY es un conjunto de jóvenes talentos y todos operan por el bien del grupo. “Cada quien, por su lado, tiene la oportunidad de expresar cosas más personales o de sacar esas ideas que solo a uno se le ocurren. Puedes desarrollar todo eso en tu proyecto individual y, cuando nos volvemos a juntar, tenemos la libertad de poner como prioridad el proyecto en conjunto y no tanto nuestras propias ideas o intereses personales”, menciona Phynx.

Sin quitar la vista del presente, los integrantes de AQUIHAYAQUIHAY se encuentran emocionados por lo que les depara el futuro. “Viene un montón de música y un montón de colaboraciones”, dice Neqer. “La verdad, siento que viene muchísimo de AQUIHAYAQUIHAY. Todas las etapas que hemos vivido han sido muy lindas, pero esta, en lo personal, siento que es la buena. Se siente como una etapa muy sólida y muy especial para nosotros”.
A pesar de las palabras de Neqer, no parece que un nuevo álbum del colectivo vaya a llegar este año… aunque quizás el próximo la historia sea distinta. “Primero queremos lanzar estos sencillos y reconectar con nuestro fandom, porque realmente les debemos muchísimo”, revela Zizzy. “Queremos darles un álbum increíble el próximo año, súper bien trabajado y bien planeado, pero en este momento queremos divertirnos y que ellos también se diviertan con nosotros. Queremos recordarles que AQUIHAYAQUIHAY siempre va a estar aquí, que no nos vamos a ir. Aunque a veces parezca que nos alejamos un poco, nosotros siempre vamos a estar unidos. Somos mejores amigos de toda la vida y también nos gusta transmitirle eso a la gente, porque para nosotros son una parte muy importante de este proyecto”.
Considerando todo lo que los integrantes del colectivo han dicho hasta el momento, todo apunta a que esta será la mejor etapa en lo que va del proyecto, y no solo por la calidad de su música, sino también por la vibra que se siente dentro del conjunto. “La diversión, la felicidad, la hermandad y la comunidad son lo que hacen esta banda. Y ahorita lo siento súper vivo. Lo siento muy a flor de piel. Siento a la gente con muchas ganas y nosotros también estamos igual de emocionados, y eso lo vuelve súper especial para mí”, añade Zizzy. “Creo que los tiempos de Dios son perfectos y que, de alguna manera, la vida nos estuvo preparando para llegar a esta nueva etapa, ahora sí, realmente preparados”, finaliza Neqer.
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El éxito taquillero de A24 Backrooms regresará a cines este 3 de julio. Esta vez, la cinta contará con 15 minutos más de material inédito y llevará el título de Backrooms: Everything Must Go.
Backrooms, dirigida por Kane Parsons, fue producida con tan solo 10 millones de dólares y recaudó más de 330 millones de dólares a nivel mundial. Con este resultado, la cinta se ha convertido en la película más taquillera de la productora y uno de los estrenos más sorpresivos del año.
En este versión extendida, la cadena desvela que el material inédito contará con una escena postcréditos exclusiva para cines, con material adicional de Kane Parsons, el cineasta y joven promesa de 20 años. El director ganó fama en 2022 gracias a su serie de cortometrajes de terror que inspiró Backrooms, misma que se volvió viral en plataformas como YouTube.
Backrooms es un terror psicológico con elementos de ciencia ficción que narra la historia de Clark, un dueño de una tienda de muebles que descubre un acceso oculto a una dimensión formada por un laberinto aparentemente infinito de habitaciones amarillas, pasillos y oficinas vacías donde las leyes del espacio y del tiempo dejan de tener sentido. A lo largo de la trama, se obsesiona con encontrar estos lugares y lo que conllevan. El cast está conformado por Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett y Lukita Maxwell. El guion fue escrito por Will Soodik.
Por ahora, los fanáticos deberán prepararse para guiños inesperados que siguen la historia de la franquicia, además de detalles sobre el enigma de los Backrooms.
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Tom Hardy pasa de las cámaras a la cabina de grabación para lanzar su álbum debut. El actor británico asumirá su personalidad de rapero, Frankie Pulitzer, una vez más para un trabajo discográfico hecho en colaboración con el supergrupo de hip hop Czarface. El proyecto recibirá el nombre de Czarface Meets Frankie Pulitzer y se publicará el próximo 28 de agosto.
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Aunque todavía faltan algunas semanas para conocer el disco entero, desde ya se puede escuchar rapear a Hardy en el primer adelanto, ‘Brothers Grimm’. Sobre una base noventera de hip hop, específicamente de la Costa Este de Estados Unidos, Inspectah Deck y Esoteric van intercambiando versos antes de que el actor —o más bien, Pulitzer— haga su aparición.
Pese a que a simple vista puede parecer como si Hardy se estuviera adentrando por primera vez en la música, quienes lo siguen hace tiempo sabrán que no es un desconocido en el mundo del rap. En 2011, reveló que en los 90, cuando tenía 15 años, firmó un contrato para publicar un álbum de hip hop y alcanzó a grabar “un montón de cosas” que nunca llegaron a lanzarse. “Como provengo de un buen vecindario de clase media, hubiera sido difícil vender la idea. Y no sonaba tan bien”, comentó al respecto.
Años más tarde, en 2018, la mixtape Falling on Your Arse in 1999 vio la luz en Internet. Con una producción lo-fi y bajo el nombre artístico de Tommy No 1, se le puede escuchar lanzar barras sobre los beats del guionista y director Edward Tracy. Esa fue la primera vez en que el mundo escuchó sus intentos por hacer rap y, de hecho, el trabajo fue bien recibido por algunos sectores.
Czarface Meets Frankie Pulitzer tampoco es la primera vez en que el actor —y rapero— trabaja con Czarface. En 2021, participó en el EP Good Guys, Bad Guys del supergrupo bajo su identidad de Frankie Pulitzer. Y hace relativamente poco, en 2024, se unió a Method Man en el sencillo ‘Knull & Void’. El álbum que se publicará en agosto también contará con la participación de Method Man, El-O y Busta Rhymes.
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La existencia misma de Coyote vs. Acme ya parece una historia salida del mundo absurdo e injusto de los Looney Tunes. Warner Bros. decidió archivarla cuando estaba terminada, convertirla en una pérdida fiscal y actuar como si nunca hubiera existido. Durante meses la película se transformó en una especie de leyenda urbana, un proyecto que nadie podía ver pero del que todos hablaban. Finalmente apareció un improbable salvador: Ketchup Entertainment.
La pequeña distribuidora independiente ya había demostrado un olfato muy particular rescatando proyectos que parecían condenados a desaparecer. Primero apostó por Hellboy: The Crooked Man, una de las adaptaciones más fieles al espíritu del cómic de Mike Mignola. Después llegó Goodrich, la entrañable comedia protagonizada por Michael Keaton. Y más recientemente respaldó The Day the Earth Blew Up: A Looney Tunes Movie, devolviendo a Porky y Lucas al estado de gracia y subversión del que hicieron parte en sus orígenes.
Ahora Ketchup Entertainment hace lo mismo con Coyote vs. Acme, una decisión que parece menos un movimiento empresarial que una declaración de principios. Que por fin salga a la luz le dice a los espectadores que todavía hay espacio para películas extrañas, personales y profundamente afectuosas con sus personajes. Y pocas películas recientes quieren tanto a sus personajes como esta.
Durante décadas, el Coyote ha sido uno de los grandes mártires de la cultura popular. Ha explotado, caído por precipicios, atravesado montañas pintadas y sobrevivido a toda clase de inventos defectuosos persiguiendo al veloz Correcaminos. Y siempre se levantaba para intentarlo otra vez. Lo que hace brillante a Coyote vs. Acme es preguntarse algo que nadie había considerado seriamente: ¿Qué pasaría si finalmente decidiera demandar a Acme?
La premisa es tan lógica que parece perfecta. Después de años de accidentes provocados por productos defectuosos, Wile E. Coyote contrata al abogado Kevin Avery, interpretado por un excelente Will Forte, para enfrentarse a la gigantesca corporación responsable de todas sus desgracias. El apellido Avery no es casualidad. Funciona como un guiño directo al legendario Tex Avery, uno de los grandes arquitectos de la animación clásica estadounidense.
Kevin es un abogado mediocre, resignado a una carrera gris y sin mayores aspiraciones. Lo interesante es que la película convierte el caso del Coyote en una historia sobre redescubrir la propia dignidad profesional. Por primera vez encuentra una causa que merece ser defendida. No pelea únicamente por un cliente; pelea contra una estructura diseñada para aplastar a quienes no tienen recursos para defenderse.
Ahí entra en escena John Cena, probablemente en el mejor uso de su presencia cómica desde Peacemaker. Su personaje, Buddy Crane, representa todo lo contrario. Estamos ante un abogado corporativo dispuesto a proteger los intereses de Acme (se sorprenderán cuando se enteren quién es su dueño), sin importar cuántos daños colaterales existan en el camino. Cena entiende perfectamente el tono de la película. Cena nunca intenta humanizar al personaje ni convertirlo en una figura compleja. Su función es la de encarnar la arrogancia de una empresa que se considera intocable.
Mientras tanto, Lana Condor, como Paige Avery, la sobrina y asistente del abogado, aporta energía y complicidad a la investigación que poco a poco va descubriendo una conspiración mucho más grande de lo que parecía inicialmente. La película se convierte entonces en una búsqueda de pruebas donde empiezan a desfilar personajes que cualquier fanático de los Looney Tunes reconocerá con una sonrisa inmediata (tristemente, los casos de acoso sexual a Pepe Le Pew, impidieron que apareciera en esta cinta).
Los que sí aparecen son Bugs Bunny, Porky, Piolín, Silvestre, la abuela, Sam Bigotes, el Gallo Claudio y una colección interminable de referencias escondidas para los espectadores que crecieron con estas caricaturas. Algunas son simples cameos; otras forman parte activa de la trama. Incluso hay guiños inesperados a figuras como el actor Peter Lorre que parecen imposibles dentro de una producción familiar contemporánea y que, precisamente por eso, resultan tan encantadores.
La comparación inevitable será con Who Framed Roger Rabbit?, Space Jam 1 y 2 y Looney Tunes: Back in Action. Como aquellas películas, Coyote vs. Acme asume que los personajes animados y los seres humanos comparten el mismo mundo. Sin embargo, donde sus predecesoras apostaban por el espectáculo o la nostalgia, esta encuentra algo más interesante: una verdadera dimensión ética y moral. Porque detrás de todas las bromas existe una historia sobre alguien que ha perdido durante toda su vida.
El Coyote siempre ha sido un personaje cómico, pero también profundamente trágico. Su existencia entera está construida alrededor del fracaso. Persigue una meta imposible y nunca deja de intentarlo. La película entiende esa melancolía silenciosa y la transforma en el corazón de la historia. No se ríe del personaje, más bien lo respeta.
También resulta imposible no encontrar paralelismos entre la trama y el propio destino de la película. Un individuo aparentemente indefenso enfrentándose a una corporación gigantesca. Un personaje al que quieren borrar de la historia luchando por demostrar que merece existir. Es difícil creer que semejante coincidencia no termine dándole una dimensión adicional a la experiencia.
Dave Green, quien ya había asumido el manejo de una franquicia animada con la mediocre Teenage Mutant Ninja Turtles: Out of the Shadows, encuentra aquí su trabajo más logrado. Green demuestra entender el lenguaje de los dibujos animados sin convertirlos en una simple colección de referencias nostálgicas. Respeta la física imposible de Chuck Jones, abraza el absurdo visual y, al mismo tiempo, construye una película capaz de sostener una historia humana reconocible.
La participación de James Gunn como productor también se siente en el resultado. No porque la película intente parecerse a sus trabajos, sino porque comparte una sensibilidad muy específica: el cariño hacia los marginados, los inadaptados y los personajes que todos subestiman.
Coyote vs. Acme funciona para públicos completamente distintos. Los niños encontrarán una comedia física llena de persecuciones, frenetismo (quizás demasiado) y caos visual. Los adultos descubrirán una sátira sorprendentemente mordaz sobre las corporaciones, los abusos de poder y la dificultad de enfrentarse a sistemas diseñados para protegerse a sí mismos.
Quizá por eso resulta tan desconcertante que Warner quisiera deshacerse de ella al igual que El día en que la Tierra explotó. Porque no estamos ante unas curiosidades rescatadas únicamente por razones sentimentales. Esto no es Space Jam y mucho menos Back in Action. Estamos ante dos de las mejores películas construidas alrededor de los Looney Tunes en décadas. ¿Qué te pasa Warner?
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Michael Mann, Steven Soderbergh y Guy Ritchie cambiaron para siempre el cine británico de gánsteres, robos y estafas. Con Heat, Ocean’s Eleven y Snatch, el género dejó de depender únicamente de la tensión para incorporar humor negro, narraciones fragmentadas, personajes extravagantes y una energía visual que convirtió cada robo en un espectáculo de estilo. Fuze demuestra hasta qué punto ese legado sigue marcando el cine criminal británico, pero también evidencia lo difícil que resulta alcanzar esa misma combinación de ingenio, estilo y personalidad.
Hay que reconocer que la premisa es ingeniosa. Durante unas excavaciones en el centro de Londres aparece una bomba alemana sin explotar desde la Segunda Guerra Mundial. La evacuación de varias calles paraliza la ciudad y obliga a desplegar un enorme operativo militar y policial. Lo que nadie imagina es que el hallazgo forma parte del escenario perfecto para ejecutar un sofisticado robo bancario mientras toda la atención está concentrada en evitar una explosión.
Ben Hopkins construye un guion que entiende una de las reglas esenciales del cine de atracos: el espectador nunca debe conocer el verdadero plan. Cada nueva revelación obliga a reinterpretar la anterior y convierte la película en un rompecabezas donde las piezas parecen dispersas hasta que finalmente encajan. La historia juega constantemente con nuestra percepción y, a diferencia de muchos thrillers contemporáneos, rara vez recurre a trampas narrativas. Las respuestas siempre estuvieron ahí; simplemente no sabíamos dónde mirar.
Mackenzie, el autor de esa obra maestra que combinó el neo-noir con el western crepuscular conocida como Hell Or High Water, administra ese mecanismo con notable precisión. El montaje alterna entre los especialistas que intentan desactivar la bomba, los mandos policiales que coordinan la evacuación y el grupo criminal que aprovecha el caos para ejecutar el golpe. La tensión crece de manera progresiva y los noventa y ocho minutos de duración impiden que la película pierda impulso.
Sin embargo, existe una diferencia enorme entre construir un mecanismo eficiente y convertirlo en una experiencia memorable. Ahí es donde aparece la principal limitación de Fuze. Mackenzie demuestra experticia en el oficio, pero en esta cinta pocas veces consigue imprimir una identidad visual propia. Las persecuciones, los enfrentamientos y las escenas de acción cumplen su función narrativa, aunque rara vez producen esa descarga de adrenalina que la premisa promete. Todo está correctamente ejecutado, pero pocas secuencias poseen la inventiva suficiente para permanecer en la memoria una vez termina la película.
La comparación con Guy Ritchie resulta inevitable, no porque ambos directores hagan el mismo cine o por su cuidadosa selección de la banda sonora, sino porque Fuze parece moverse constantemente dentro de un territorio que él ayudó a definir. Donde Ritchie encontraría ritmo, insolencia, inteligencia y exuberancia, Mackenzie privilegia la claridad y la eficiencia. El resultado es un thriller sólido, agreste y con espíritu punk, aunque mucho menos vibrante de lo que podría haber sido.
El reparto también contribuye a mantener el interés (por lo menos para el público con ojo para la sexualidad masculina). Aaron Taylor-Johnson interpreta al mayor Will Trantor como un galán con la serenidad de alguien acostumbrado a trabajar bajo presión. Theo James, el protagonista de la estupenda serie The Gentlemen de Ritchie, vuelve a demostrar el magnetismo que lo ha convertido en uno de los actores británicos más interesantes de su generación, mientras Sam Worthington encuentra el tono adecuado para un personaje cuya verdadera importancia dentro del plan se revela gradualmente. Por el lado femenino, Gugu Mbatha-Raw, aporta la meticulosidad y la autoridad necesaria como la superintendente encargada del operativo policial.
El guion reserva varios giros que funcionan porque modifican nuestra lectura de los acontecimientos sin sentirse arbitrarios. No todos tienen el mismo impacto. Hacia el desenlace, la película parece obsesionarse con demostrar la sofisticación de su arquitectura narrativa mediante explicaciones retrospectivas que añaden más complejidad que emoción. Lo que hasta entonces era un elegante juego de ingenio pierde parte de su fuerza cuando insiste en explicar demasiado.
Aun así, Fuze confirma que el thriller británico sigue encontrando maneras de reinventar la fórmula. La película posee una idea brillante, un reparto sólido y una estructura capaz de mantener el interés hasta el final. Lo único que le falta es aquello que distingue a las grandes películas de atracos de las simplemente buenas: Una personalidad tan explosiva como la bomba alrededor de la cual gira toda la historia. Es más pizza y cervezas que caviar y vodka.
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Andrés Calamaro visitó este jueves el entrenamiento de la Selección argentina en Miami, donde el equipo de Lionel Scaloni prepara el partido de los 16avos de final del Mundial frente a Cabo Verde.
La presencia del Salmón fue compartida por las redes oficiales de la Selección, que publicaron un video del encuentro musicalizado con “Para no olvidar”, una canción que con el paso de los años también se convirtió en un clásico de las tribunas argentinas.

El video comienza con la presentación del propio Calamaro y luego muestra distintas imágenes de la práctica. Se lo ve tomando mate junto al presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, además de saludar a integrantes del plantel y del cuerpo técnico.

Más tarde, el propio Calamaro publicó un álbum de fotos en sus redes sociales. Allí aparece junto a Tapia, Lionel Messi, Rodrigo De Paul y Lionel Scaloni, entre otros protagonistas de la Selección. El músico acompañó la publicación con un breve mensaje: “Gracias selección“.
La relación entre Calamaro y Tapia es conocida desde hace un tiempo. El cantante ha manifestado públicamente su amistad con el presidente de la AFA, incluso durante su última serie de conciertos en el Movistar Arena de Buenos Aires. En uno de esos shows hizo referencia a ese vínculo desde el escenario mientras parte del público reaccionaba con silbidos e insultos dirigidos a Tapia.

Las críticas al dirigente suelen estar vinculadas con el formato del torneo de Primera División, que actualmente cuenta con 30 equipos, además de cuestionamientos de algunos hinchas por determinados arbitrajes y decisiones relacionadas con la organización del fútbol argentino.
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«La gente piensa que la música de baile es simplemente superficial», declara Madonna al comienzo de su excelente nuevo álbum, Confessions II. «Pero se equivocan. La pista de baile no es solo un lugar. Es un umbral, un espacio ritual donde el movimiento sustituye al lenguaje». Ese es el umbral en el que Madonna ha pasado toda su vida. Desde que saltó a la fama en los años ochenta, la reina de reinas del pop ha dedicado su carrera a demostrar cuán compleja, dramática y extasiante puede ser una pista de baile.
En Confessions II, Madonna regresa a la pista, el lugar al que siempre acude para redescubrirse a sí misma. Es una continuación de uno de sus álbumes más queridos, Confessions on a Dance Floor, su colaboración de 2005 con el maestro londinense de la música disco Stuart Price. Pero también es su mejor álbum desde el Confessions original, lanzado hace 21 años. Se trata de 64 minutos de ritmo ininterrumpido que fluyen como una sesión de DJ en un club: cada canción se funde con la siguiente, nutriéndose de toda la historia de la música de baile. Es posible que escuches un destello de «I Feel Love» aquí o de «Apache» allá, pero se trata de una lección de historia que ella transforma en su propia autobiografía musical.
Arranca con fuerza mediante el tríptico formado por «I Feel So Free», «Good for the Soul» y «One Step Away», una suite de 12 minutos en la que se deja llevar por un ritmo electrónico palpitante mientras reflexiona sobre la vulnerabilidad interior que la hace caer rendida. «A veces solo quiero esconderme en las sombras», susurra sobre una base que incluye un sample del clásico del house «French Kiss», de Lil Louis. «Puedo ser quien quiera, crear una nueva identidad. Sinceramente, ojalá pudiera ser como los demás y que no me importara nada; pero aquí, en la pista de baile, me siento tan libre».
Stuart Price produjo el álbum al completo, contando con la colaboración en la producción de Andrew Watt, Cirkut, Mirwais, Arca, Triangle Park, Parisi y otros. El artista belga Stromae la acompaña en «My Sins Are My Savior», un tema que evoca un exorcismo católico, mientras que «Read My Lips» cuenta con la producción de Tainy y un interludio vocal en español a cargo de Feid.
«Bring My Love» es el dúo de respiración agitada que comparte con Sabrina Carpenter, estrenado por ambas estrellas en Coachella el pasado mes de abril. La canción se eleva con destellos de techno de Detroit e interpola el clásico de 1988 «Good Life», de Inner City, mientras ambas mantienen un diálogo sobre la inspiración artística. «¡Dale, Sabrina!», ordena Madonna; una combinación ingeniosa, dado que ella ya estaba destrozando a los hombres inmaduros mucho antes de que Sabrina naciera.
«Danceteria» es una de las incursiones más deliciosas del álbum en el sonido disco; es su oda al legendario club neoyorquino de los años ochenta. Capta la emoción de una chica fiestera —aún desconocida— que sale a encontrarse con sus amigos —también desconocidos por aquel entonces—, ambientando la escena con versos como «Subo al ascensor / y me encuentro con Debi Mazar». Recién llegada del Medio Oeste, queda deslumbrada por todas las estrellas que ve en el club, rodeada de artistas del downtown como Jean-Michel Basquiat, Fab Five Freddie y Keith Haring. Pero se queda maravillada ante las leyendas de la música: «Nile Rodgers y David Byrne / Los B-52s derrochaban dinero / Los Lounge Lizards derrochan estilo / Lower East Side, da un paseo por el lado salvaje», antes de lanzarse con su propia versión del estribillo «Doo de doo» del clásico de Lou Reed.
Es una canción impregnada de distintas generaciones del glam y el estilo neoyorquino, trasladados a la democrática y sudorosa atmósfera de la pista de baile. Ella entona el estribillo: «Aquí todos son una obra de arte». Pero esa frase bien podría servir de credo para toda su carrera, desde su sencillo de debut de 1982, «Everybody», hasta «Vogue» o «Ray of Light». Canta sobre la emoción de escuchar su propia canción resonando con fuerza en los altavoces de Danceteria —la noche en que el DJ Mark Kamins puso su maqueta de «Everybody», el momento que le valió un contrato discográfico y dio inicio a toda su historia. Como fan, Madonna absorbía todo tipo de influencias, desde los ritmos de club y el post-punk hasta los inicios del rap; la fan definitiva de la música disco convertida en la mente maestra definitiva del género.
El álbum original Confessions on a Dance Floor fue tanto un movimiento previsible como un punto culminante de su carrera, dos décadas después de haber reclamado su trono con la oleada de éxitos de 1985: «Into the Groove», «Material Girl» y «Crazy for You». Sin embargo, fue la última vez —hasta ahora— que se propuso hacer algo pensado específicamente para complacer al gran público. Confessions marcó el inicio de una de las etapas más excéntricas de una carrera que nunca ha escatimado en excentricidades. Publicó una serie de álbumes de pop excéntricos —Hard Candy, MDNA, Rebel Heart— antes del estrafalario experimento de 2019, Madame X: una crónica de viajes de madurez que abarcaba desde el fado portugués y un interludio de ballet hasta la declaración «Bitch I’m Loca». Algunos de nosotros, sus seguidores más acérrimos, apreciamos este pequeño y extraño álbum, pero es comprensible que el mundo del pop quedara totalmente desconcertado ante él.
Desde Madame X, ha profundizado en su pasado mediante proyectos de archivo centrados en los años noventa, como Veronica Electronica y Bedtime Stories: The Untold Story, así como con la gira Celebrations Tour, que recorría toda su trayectoria. Esto parece haber inspirado los aspectos introspectivos y de corte autobiográfico de este álbum. Confessions nos dejó uno de sus éxitos más grandes y pulidos: «Hung Up», ese tema arrollador que sampleaba a ABBA y cuyo estribillo repetía «Time goes by so slowly» (El tiempo pasa tan despacio). Sin embargo, en gran parte de Confessions II, ella echa la vista atrás hacia tiempos pasados. «Fragile» es un lamento doloroso dedicado a su hermano Christopher —con quien estuvo distanciada durante mucho tiempo, pero con quien se reconcilió antes de que él falleciera en 2024—. «The Test» es un dúo conmovedor con su hija Lourdes Leon, en el que le pide perdón por haberla traído a un mundo de celebridades tan caótico. En él cita fragmentos de «Little Star» —la tierna canción de amor que dedicó a su hija recién nacida en 1998—, mientras la Lourdes adulta le profesa su devoción.
«L.E.S. Girl» cierra el álbum con una balada reflexiva a ritmo de guitarra, ambientada en la mañana posterior a una noche desenfrenada en los clubes. Es la Madonna joven del Lower East Side, despertando a la luz del día aún con el delineador de la noche anterior y luchando por pagar el alquiler en la Avenida B, pero dándose cuenta de que nunca encajará realmente con el chico del L.E.S. que tiene a su lado. Mientras le canta a su «yo» más joven: «La noche es amable, el día es triste / Todo se desvanece, excepto tú».
Tras una hora de fuegos artificiales disco, «L.E.S. Girl» supone un descenso a la calma profundamente conmovedor. Pero incluso a esa edad temprana, con toda su increíble carrera aún por delante, ella ya sabe que es Madonna. Suena como una chica fiestera y ambiciosa, lista para conquistar el planeta. En Confessions II, revisita aquellos sueños de juventud, pero demuestra de forma rotunda cómo logró hacerlos realidad.
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