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Hay franquicias que como los zombies se niegan a morir. La saga Evil Dead comenzó en 1981 con el debut de Sam Raimi en una producción independiente realizada con muy poco presupuesto que revolucionó el cine de terror gracias a su cámara frenética, su violencia desbordada, su retorcida mezcla de humor y sobresaltos y su inventiva visual. A ella le siguió Evil Dead II (1987), que funcionó como una especie de remake, secuela y reinvención desquiciada al mismo tiempo, acentuando el humor negro y el slapstick (o más bien “slasherstick”), hasta convertir a Ash Williams, interpretado por Bruce Campbell, en un héroe tan torpe como caricaturesco y carismático. La trilogía original concluyó con Army of Darkness (1992), que llevó al personaje a la Edad Media y abrazó sin complejos la aventura fantástica y la comedia, inspirándose en Un Yankee en la corte del Rey Arturo de Mark Twain, pero con demonios.
Tras dos décadas de silencio llegó el remake y al mismo tiempo secuela de Evil Dead, dirigida por Fede Álvarez, que recuperó el tono salvaje y despiadado de la primera película, eliminando casi por completo el humor. Entre 2015 y 2018, Campbell retomó el personaje en la serie Ash vs Evil Dead, que durante tres temporadas equilibró sangre, comedia absurda y nostalgia, ofreciendo, supuestamente, un cierre definitivo para Ash.
Con la despedida del personaje, la franquicia optó por expandir su universo con historias independientes: Evil Dead Rise (2023) de Lee Cronin, trasladó el horror de la cabaña al entorno urbano de un edificio de apartamentos. Ahora, Evil Dead Burn vuelve a recrear la fórmula con una nueva familia, nuevos Deadites (término para los zombies endemoniados creados por Raimi) y una violencia todavía más extrema, confirmando que el verdadero protagonista de la saga nunca fue un personaje concreto, sino el Necronomicón y la inagotable capacidad del mal para encontrar nuevas víctimas.
Evil Dead decidió hace mucho tiempo que la muerte era apenas una molestia administrativa. Después de todo, si el Necronomicón puede devolver cadáveres convertidos en demonios parlanchines, ¿por qué Hollywood no iba a hacer exactamente lo mismo con una propiedad intelectual rentable? Lo curioso es que, a diferencia de tantas otras sagas resucitadas por puro oportunismo, Evil Dead todavía conserva cierta dignidad. Cada nueva película parece preguntarse cuál es la forma más creativa de destrozar un cuerpo humano. Y hay que reconocer que, en materia de imaginación homicida, pocas franquicias siguen trabajando con semejante entusiasmo.
Desde el clásico de 1981, Sam Raimi entendió que el verdadero protagonista nunca fue Ash Williams ni Bruce Campbell. Era la cámara convertida en un demonio desquiciado, el slapstick mezclado con el gore y el terror que encontraba tiempo para reírse de sí mismo mientras arrancaba brazos, cabezas o cualquier otra extremidad disponible. La sangre era abundante, pero también profundamente caricaturesca. Uno salía del cine preguntándose cómo alguien había imaginado semejante disparate y a la vez deseando por más.
Sébastien Vaniček, responsable de la notable pero errática Infested, no oculta en ningún momento de dónde proviene su sensibilidad. Aquí sobrevuelan permanentemente los fantasmas del New French Extremity: Martyrs, Haute Tension y toda esa generación de cine francés que convirtió el cuerpo humano en un laboratorio de sufrimiento extremo. Raimi utilizaba el gore como un mecanismo de diversión macabra. Vaniček lo utiliza como una prueba de resistencia física para el espectador.
El argumento, siendo honestos, importa relativamente poco. Alice (Souheila Jacob), pierde a su esposo en un accidente y termina asistiendo a un incómodo encuentro con una familia política que ya era tóxica antes de ser poseída por demonios. Lo sorprendente es descubrir que convertirse en Deadite apenas empeora ligeramente la convivencia. Si algo demuestra la película es que existen suegras capaces de competir dignamente con las fuerzas del infierno.
Yacoub sostiene con solvencia el peso dramático de Alice y consigue que el espectador permanezca emocionalmente involucrado con ella incluso cuando el guion empieza a perder fuerza. Tandi Wright construye una madre edípica cuya negación resulta casi más perturbadora que la posesión demoníaca. Hunter Doohan como Joseph, el cuñado de Alice, aporta vulnerabilidad y Erroll Shand como Edgar hace exactamente lo necesario para convertirse en alguien a quien uno no lamenta demasiado ver mutilado, baleado y atravesado por objetos punzantes.
Naturalmente aparece el Necronomicón y como era de esperar, alguien hace algo estúpido. Y como es costumbre, los muertos (y eso incluye a un perro) empiezan a convertirse en monstruos satánicos. Algunas tradiciones merecen ser respetadas. Pero lo mejor de Burn aparece precisamente cuando deja de fingir que quiere desarrollar un drama familiar como subtexto y acepta lo que realmente vino a hacer: inventar nuevas maneras de convertir una casa en un matadero.
Hay una extraordinaria secuencia dentro de un automóvil donde absolutamente cada elemento del vehículo (reposacabezas, cinturones, bolsas de aire, techo solar) encuentra una utilidad homicida inesperada. Existe también un magnífico plano cenital que transforma una pelea doméstica en una coreografía infernal. Más adelante aparece un largo plano secuencia donde el caos crece sin necesidad de esconderse detrás del montaje. Vaniček demuestra un enorme talento para organizar el espacio para convertir la violencia en un grotesco espectáculo visual.
Y cuando llega el momento de utilizar un desbrozador, un sacacorchos, una herramienta agrícola, un lavavajillas, una pluma fuente o prácticamente cualquier objeto doméstico imaginable, la película entiende perfectamente que el público ya está haciendo apuestas mentales sobre cuál será el siguiente objeto en ser utilizado en cuál órgano de la anatomía humana.
El problema aparece entre una masacre y otra. Porque Burn parece convencida de que mientras más sufran sus personajes, mejor será la película (grave problema del New French Extremity). La cinta confunde crueldad con intensidad emocional y confunde brutalidad con profundidad. Y, sobre todo, confunde trauma con personalidad.
Durante los últimos años, el cine de horror ha desarrollado una curiosa obsesión por explicar que todos los monstruos representan un duelo, una depresión, una infancia rota, una familia disfuncional o cualquier otro trauma psicológico imaginable. A veces funciona. Aquí termina pesando demasiado. Entre demonios, posesiones y litros de sangre, la película insiste una y otra vez en convertir el abuso familiar en el verdadero tema del relato. La intención es respetable, pero la ejecución termina ralentizando aquello que realmente hace bien.
También hay decisiones visuales discutibles. La fotografía adopta una paleta grisácea que apaga incluso la sangre. Resulta paradójico que una película obsesionada con despedazar cuerpos termine luciendo tan apagada cromáticamente. Raimi, al igual que Mario Bava, Dario Argento y Lucio Fulci, los maestros del giallo, comprendían que el rojo también podía ser un elemento expresivo. Aquí casi todo parece cubierto por una fina capa de ceniza.
Lo que termina faltando es precisamente aquello que convirtió a Evil Dead en una franquicia irrepetible: más sentido del humor negro. Hay momentos donde aparece. Un funeral constantemente interrumpido por ruidos imposibles. Algún Deadite particularmente sarcástico. Una muerte tan exagerada que termina provocando carcajadas culpables. Pero son excepciones. La mayor parte del tiempo la película se toma demasiado en serio su propia brutalidad.
Y es una lástima, porque Raimi siempre entendió que el demonio más peligroso era el ridículo. Bruce Campbell recibía golpes imposibles, peleaba contra su propia mano, se burlaba del horror mientras era devorado por él. Esa mezcla era el alma de la saga (con el perdón de Álvarez y Cronin, que llegaron a hacer unas cintas más que decentes optando por la seriedad).
Evil Dead Burn termina funcionando mejor como una exhibición técnica que como una verdadera película de Evil Dead. Vaniček posee talento, imaginación visual y una capacidad admirable para construir secuencias de horror físico. Lo que todavía no encuentra es ese equilibrio perverso entre el espanto y la carcajada que hacía que uno saliera del cine preguntándose si acababa de ver una película de terror… o la caricatura más sangrienta jamás filmada. A propósito, los productores deberían consultar a los creadores de Happy Tree Friends, Mr. Pickles y Superjail para futuras entregas.
P.D. No se pierda las dos escenas postcréditos.
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Si el cine de Bi Gan había construido hasta ahora una poética donde la memoria, el tiempo y el espacio se entrelazaban como un sueño del que era imposible despertar, Resurrección representa un punto de inflexión. Ya no se trata únicamente de un director que juega con la percepción, sino de un cineasta que parece querer convertir toda la historia del cine en una gran instalación artística. El resultado posee momentos de una belleza visual extraordinaria, pero también evidencia un problema creciente en cierto cine de autor contemporáneo y que tiene que ver con que la fascinación por el dispositivo termina sustituyendo aquello que el dispositivo debería expresar.
La premisa es tan barroca como sugerente. En un futuro donde la humanidad ha descubierto que dejar de soñar garantiza la inmortalidad, quienes continúan soñando son perseguidos como una anomalía. Un “Deliriant”, interpretado por Jackson Yee, atraviesa distintos sueños guiado por una misteriosa figura encarnada por Shu Qi. Cada uno de esos sueños corresponde a un período distinto de la historia del cine, de la historia china y de una forma diferente de experimentar los sentidos. Es una idea inmensamente rica, pero Bi Gan nunca parece interesado en desarrollar una narración que permita habitar ese universo. Prefiere convertir cada episodio en un museo de referencias cinematográficas.
Ahí aparece el mayor mérito y, al mismo tiempo, la mayor debilidad de Resurrección. La película evoca permanentemente al expresionismo alemán, a Georges Méliès, al cine mudo en general, al noir, al melodrama, al wuxia, al thriller de espionaje, al cine romántico de Wong Kar-wai, al humanismo contemplativo de Andrei Tarkovsky y a las largas coreografías visuales que ya caracterizaban a Largo viaje hacia la noche. No son simples homenajes. Cada segmento intenta absorber el lenguaje de una tradición distinta para demostrar que el cine puede renacer infinitamente dentro de sí mismo.
El problema aparece cuando ese admirable despliegue de cinefilia de casi tres horas empieza a sentirse más cercano a la catalogación que a la creación. Las imágenes son extraordinarias, los decorados parecen construidos dentro de un sueño expresionista, la fotografía convierte cada plano en una pintura, el diseño de producción cambia constantemente de piel con una sofisticación casi imposible de describir. Sin embargo, detrás de semejante despliegue cuesta encontrar personajes de carne y hueso. Todo existe para ilustrar una idea sobre el cine, pero muy pocas veces para emocionar.
Resulta inevitable asociar a Resurrección con Megalopolis, de Francis Ford Coppola, Alpha, de Julia Ducournau, o incluso Her Private Hell, de Nicolas Winding Refn. Son películas profundamente distintas entre sí, pero comparten un mismo síntoma: directores extraordinarios que parecen dialogar más con su propia filmografía y con la historia del cine que con el espectador. Existe una voluntad evidente de construir una contracultura frente a una época dominada por TikTok, Instagram y el consumo fragmentado de imágenes. La intención es legítima. La respuesta, en cambio, resulta discutible. Oponer tres horas de abstracción absoluta al vértigo digital no garantiza una experiencia cinematográfica más profunda.
Bi Gan parece convencido de que el misterio equivale automáticamente a profundidad. No siempre ocurre así. La ausencia de una narrativa clara no convierte una película en una obra abierta; en ocasiones simplemente dificulta cualquier implicación emocional. Resurrección avanza como una sucesión de viñetas hipnóticas donde todo parece importante y, paradójicamente, casi nada termina teniendo verdadero peso dramático. La película invita constantemente a interpretar símbolos, metáforas y asociaciones, pero rara vez ofrece una recompensa emocional equivalente al esfuerzo que exige.
Eso no significa que estemos ante un absoluto fracaso. Muy por el contrario. Hay secuencias sencillamente prodigiosas. La apertura inspirada en el cine silente posee una imaginación visual desbordante. Algunos movimientos de cámara parecen desafiar las leyes físicas. El impresionante plano secuencia final vuelve a demostrar que Bi Gan domina el espacio cinematográfico como muy pocos cineastas contemporáneos. Incluso cuando la película pierde el rumbo, nunca deja de ser visualmente estimulante.
También hay algo profundamente hermoso en su defensa del acto de soñar. En tiempos donde los algoritmos parecen reducir toda experiencia a segundos de atención, Bi Gan reivindica la paciencia, la contemplación y el poder casi espiritual de las imágenes. Lo que ocurre es que termina confundiendo contemplación con dilación y complejidad con opacidad.
Quizá Resurrección sea menos una película que un manifiesto sobre el estado actual del cine. Un manifiesto que afirma que las imágenes aún pueden sobrevivir a la velocidad del consumo contemporáneo. Pero un manifiesto no necesariamente construye una gran obra dramática. Bi Gan sigue siendo uno de los grandes estilistas de su generación. Lo que aquí queda en duda no es su talento visual, sino la capacidad de ese talento para transformarse en una experiencia humana.
Porque el cine no sobrevive únicamente gracias a las imágenes que admiramos. Sobrevive, sobre todo, gracias a aquellas que seguimos recordando cuando las luces de la sala ya se han encendido. Y Resurrección, pese a toda su deslumbrante arquitectura visual, termina pareciéndose más a un museo extraordinario que a un sueño imposible de olvidar.
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Durante la cumbre de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) que sucedió ayer en Ankara, Turquía, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, realizó múltiples declaraciones, entre ellas, aprobó la autorización de fabricación de “Patriots”, es decir, sistemas de defensa aérea para Ucrania, denunció por error a “la república islámica de Japón” en vez de la República Islámica de Irán, y afirmó que el memorando de entendimiento, acordado entre los Estados Unidos e Irán el pasado 17 de junio que buscaba terminar la guerra y, sobre todo, abrir el Estrecho de Ormuz. Esto ha resultado en bombardeos americanos en territorio iraní en las últimas 24 horas.
Irán
Hoy vemos las consecuencias de la guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron con el asesinato del ayatolá Alí Jameneí el 28 de febrero en el marco de la operación Furia Épica. El conflicto costó la vida a miembros del gobierno iraní y provocó el bombardeo de cientos de niños y civiles en Teherán y sus alrededores. En represalia, Irán cerró el estrecho de Ormuz y bombardeó Tel Aviv, la capital de Israel, bases estadounidenses y puntos estratégicos en Doha, Qatar; Dubái, Emiratos Árabes Unidos (EAU); la base del Reino Unido en Akrotiri, Chipre y Kuwait, entre otros.
Estos 4 meses de guerra intermitente han sido marcados por la desinformación y mensajes que demuestran la diferencia entre la percepción del conflicto y la gravedad de los desacuerdos entre los diplomáticos estadounidenses e iraníes; se han anunciado falsas alarmas de frágiles acuerdos y efímeros altos al fuego entre los países durante el 30 de marzo, 12, 13, 14, 17 y 21 de abril; el 3 y 31 de mayo; el 3, 7, 14, 17, 22, 26 de junio; y, el 1 de julio. La firma del memorando de entendimiento el 17 de junio marcó la primera señal real para un fin para la guerra y un periodo de paz relativa…
En dicho documento se llegaron a 14 acuerdos principales que, en general, favorecieron a Irán y sus intereses como el fin de la invasión israelí en el sur del Líbano, la suspensión del bloqueo marítimo, el retiro de tropas americanas y todas las sanciones impuestas por Estados Unidos a Irán, una inversión de 300 mil millones de dólares para la reconstrucción y desarrollo económico de Irán, el desarmamiento nuclear de Irán, y, en epecial, la restauración del flujo del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz proporcional a niveles previos a la guerra. Se establecieron 60 días para firmar el acuerdo final.
Frente los avances en la cooperación, Irán abrió el estrecho de Ormuz con dos condiciones: que todos los barcos usen exclusivamente las aguas iraníes para el transporte y que paguen una tarifa (de aproximadamente 2 millones de dólares) al pasar. El martes 7 de julio, dos buques, uno de origen catarí, fueron atacados con proyectiles porque se desviaron de la zona permitida por la república islámica.
El presidente Trump respondió en la cumbre de la OTAN del miércoles 8 de julio con insultos dirigidos a Irán y negó toda posibilidad para continuar negociaciones, “Para mí, ya se acabó (el alto al fuego y el memorando), no quiero tratar con ellos (Irán), son unos canallas (…), están enfermos, son un pueblo enfermizo liderado por enfermos. Son una población cruel y violenta. Si tuvieran un arma nuclear, la usarían.
Hablé con los negociadores, ellos quieren llegar a un acuerdo, son buenas personas; Steve Witkoff, Jared Kushner, pero al final tienen que volver a mí (para decidir). Hasta donde yo sé es una pérdida de tiempo intentarlo. Son unos mentirosos…” dijo el mandatario en Ankara, Turquía.
El Estrecho de Ormuz
Dominio sobre el estrecho es compartido por tres países, Irán al norte, y Omán junto a los Emiratos Árabes Unidos al sur. El pasaje marítimo tiene un ancho de apenas 50 kilómetros (Esto equivale a la distancia entre Zipaquirá y la plaza de bolívar de Bogotá aproximadamente). La influencia de Irán y la fuerza militar que le dedica a este corredor le ha dado la ventaja definitiva en este conflicto.
Este pasaje marítimo es uno de los lugares más importantes del mundo para el flujo del petróleo y el gas natural. Su cierre significa el estancamiento de miles de millones de barriles de petróleo (Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), en 2025 transitaron por el estrecho unos 20 millones de barriles de petróleo y productos derivados del petróleo cada día) y el encarecimiento de todos los productos y procesos productivos del mundo. Las consecuencias de las cadenas de suministro internacionales son abstractas y difíciles de visualizar, por ahora, pero el daño ya está hecho y afectará la economía global.
La OTAN
El presidente se ha quejado en múltiples ocasiones de la falta de apoyo de los aliados del Tratado del Atlántico Norte, sin embargo, su actitud frente a la organización se remonta a su primer periodo como presidente (2016-2020). Durante su mandato inicial demandó que los aliados europeos aumentaran sus presupuestos de defensa y amenazó con dejar de defender a aquellos que no contribuyan.
Este año desea cortar lazos con España, “es un socio terrible, no participan ni pagan no quiero hacer nada con ellos, terminaremos el comercio y las visitas a España” afirmó el mandatario. Además, días antes expresó de nuevo su interés por anexar a Groenlandia de Dinamarca, un tema que fracturó relaciones con aliados europeos.
En general, la cumbre de la OTAN que se ha celebrado anualmente desde el 2021 durante los meses de junio y julio han sido una oportunidad para el llamado a la cooperación, sin embargo, debido a la reciente actitud y decisiones de Donald Trump, se pone en riesgo la integridad de la institución y las amistades con los aliados occidentales.
Lo que sigue
Los bombardeos continúan en Irán mientras más de 16 millones de personas se congregan para el funeral del ayatolá Alí Jameneí. Diversas fuentes iraníes han informado que ni la población ni el gobierno se sienten amenazados por las acciones estadounidenses, antes, el país se encuentra empoderado para enfrentar la guerra con su nuevo líder, Mojtabá Jameneí, hijo del difunto líder chiita (se fortalece el liderazgo islamista que se solidifica a pesar de las protestas masivas que sucedieron a principios de año). Mientras tanto, la popularidad de Estados Unidos y del gabinete de Donald Trump se ha visto afectada por su participación en este conflicto, y la mayoría de los estadounidenses no desean continuar el combate.
También han empeorado las relaciones internacionales con aliados históricos de americanos, como con los miembros de la Unión Europea y, sobre todo, Israel, el país que hace unos meses contó con el apoyo incondicional americano de durante el genocidio palestino. Incluso, unos días antes del inicio de la guerra se dio reconocimiento público y la aprobación del proyecto del Gran Israel por parte del embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee; el proyecto sionista que expandir el territorio israelí de vuelta a sus “orígenes bíblicos”, es decir, desde el río Nilo de Egipto hasta el río Éufrates de Iraq (dicha retórica sionista amenaza con disolver la soberanía de Jordania, Siria, Líbano, Egipto y Arabia Saudita). Hoy en día, con el parcial avance hacia la paz, ciudadanos, políticos y figuras públicas israelíes repudian al presidente por pedirles el cese al fuego en su invasión en Líbano, además consideran que el abandonar la guerra es una desgracia humillante para la nación.
Este conflicto no se parece a nada que hayamos visto antes en la historia y va a ser más destructivo que cualquier conflicto anterior, mientras la economía se prepara para el riesgo de una recesión a medida que el petróleo y otros productos suben de precio. Esta situación aún está en desarrollo. Ante la incertidumbre, nada es seguro hasta que suceda.
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Bogotá vuelve a subir el volumen. El próximo sábado 25 de julio, la Plaza de Bolívar será el epicentro de una nueva edición de Monumentum: Bogotá Distrito Rave 2026, el encuentro de música electrónica con entrada libre más grande de Colombia. Desde la 1:00 p.m. hasta las 9:00 p.m., miles de asistentes podrán reunirse en uno de los lugares más emblemáticos de la capital para una jornada dedicada al sonido, la cultura rave y las nuevas expresiones creativas de la ciudad.
Organizado por la Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA) y la estrategia Bronx Distrito Creativo Presenta, Monumentum llega a su quinta edición como una plataforma que busca llevar la electrónica más allá de la pista de baile. El evento ha construido un puente entre artistas, clubes, emprendedores e instituciones, consolidando una escena que continúa creciendo y reclamando nuevos espacios dentro de la conversación cultural.

Para esta edición, la iniciativa contará con Páramo Presenta como aliado estratégico y la participación de algunos de los clubes que han marcado la identidad de la noche bogotana como Gate Club, Kaputt Club, Octava, Radio Berlín y VideoClub, además del apoyo de organizaciones como la Cámara de Comercio de Bogotá, el Clúster DJ de Asobares, DNA Music, Mad Skills Academy y Pelado B.
En sus cuatro versiones anteriores, Monumentum ha reunido cerca de 42.000 asistentes y más de 25 artistas, convirtiéndose en una de las apuestas más importantes para visibilizar el movimiento electrónico en Colombia. Su regreso en 2026 también llega acompañado de un nuevo capítulo institucional: la aprobación del proyecto de acuerdo que convierte a Monumentum: Bogotá Distrito Rave en una política pública enfocada en fortalecer la música electrónica, las industrias culturales, el turismo y los espacios de convivencia alrededor de la música.
Pero la experiencia irá más allá del escenario. La edición 2026 incluirá una zona de emprendimientos desarrollada junto a la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico y su estrategia Hecho en Bogotá, con 20 propuestas locales seleccionadas que abarcarán gastronomía, bebidas, accesorios, moda y diseño. El objetivo será conectar la música con otros sectores creativos y abrir nuevos espacios de circulación para el talento de la ciudad.

El evento también mantendrá su componente de Fiesta Segura, una estrategia enfocada en el bienestar de los asistentes. La jornada contará con acompañamiento especializado para mujeres por parte de la Secretaría Distrital de la Mujer, zonas de recuperación, atención médica, orientación en reducción de riesgos, puntos de hidratación y espacios adecuados para personas con movilidad reducida.
El ingreso será gratuito hasta completar aforo y estará permitido únicamente para mayores de edad. La organización recomienda llegar temprano, utilizar transporte público, llevar ropa cómoda y seguir las indicaciones del equipo logístico.
Además de la celebración en la Plaza de Bolívar, Monumentum revelará próximamente los detalles de su programación académica, que buscará abrir conversaciones alrededor de la profesionalización de proyectos artísticos, la economía creativa, la construcción de audiencias, la tecnología y el futuro de la cultura electrónica.
Con una nueva edición, Bogotá reafirma su lugar dentro del circuito electrónico latinoamericano y convierte nuevamente uno de sus espacios históricos en una pista de baile colectiva.
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La fiebre por la nostalgia en Hollywood se niega a bajar y ahora es el turno de Free Willy de tener un reboot. Warner Bros. y AGBO, el estudio de los hermanos Anthony y Joe Russo, están detrás del desarrollo del proyecto que reimaginará la famosa historia de la búsqueda de un niño por liberar a una orca.
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Aún no se conocen detalles sobre el formato o los cambios que tendrá el relato, no obstante, The Hollywood Reporter informó que los estudios eligieron a Mary-Margaret Kunze (Agents of SHIELD y Daredevil) y Jade Halley Bartlett (Miller’s Girl) para crear el guion. Angela Russo-Otstot, Michael Disco y Kassee Whiting estarán a cargo de la producción, mientras que los hermanos Russo se desempeñarán como productores ejecutivos.
La franquicia inició en 1993 con el estreno de Free Willy, cinta que sigue la historia de Jesse (James Richter), un niño huérfano de 12 años que desarrolla un vínculo emocional con Willy (Keiko), una orca que es mantenida en cautiverio con fines de entretenimiento. Gracias a su éxito en taquilla, se extendió a tres filmes más —que contaron con estrenos teatrales o domésticos— y una serie animada de dos temporadas.
Parte del éxito de la primera entrega correspondió a que ‘Will You Be There’ de Michael Jackson fue utilizada como canción principal de la banda sonora. En un principio, el equipo de producción de la película planeaba que el Rey del Pop compusiera un tema original, pero por cuestiones de agenda no le fue posible hacerlo.
Free Willy tuvo importantes repercusiones en la cultura popular pues la escena en la que la orca salta sobre Jesse hacia su libertad ha sido referenciada en distintas producciones de Hollywood. A su vez, desencadenó la creación de la Free Willy Keiko Foundation, una organización que buscaba que Keiko, como se llamaba el cetáceo en la vida real, regresara a su hábitat natural. Tras varios esfuerzos y un proceso de adaptación, el animal fue liberado en el lugar en el que fue capturado en 1979, pero nunca pudo acoplarse a otros grupos de orcas y al final fue mantenido en un estado de semi-libertad hasta su fallecimiento en 2002.
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