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La colaboración entre Fred Again.. y Latin Mafia lleva mucho tiempo construyéndose. Durante este tiempo, los artistas han compartido sesiones, escenarios e ideas, desarrollando una relación creativa que también terminó convirtiéndose en una amistad que se siente genuina en todo lo que les hemos visto compartir. 

Latin Mafia está integrado por los hermanos Milton, Emilio y Mike de la Rosa, mientras que Fred trabaja de cerca con su hermano Benjy. Ambos proyectos entienden la creación desde un espacio familiar y colectivo. En el estudio se escuchan, se complementan y parecen disfrutar genuinamente de trabajar juntos.

Fred Again.. y Latin Mafia culminan una épica colaboración con un memorable show en CDMX 

Cada encuentro aumentó la expectativa alrededor de una colaboración que finalmente comenzó a tomar forma esta semana. Después de publicar la sesión Under The Fabric, Latin Mafia y Fred anunciaron que se instalarían en LagoAlgo, en Ciudad de México, para terminar de grabar un mixtape. La promesa era que no saldrían hasta acabarlo y publicarlo.

Todo el proceso fue transmitido en vivo. Durante días, el público pudo observarlos producir, grabar voces, probar ideas, platicar, reír, comer, descansar y convivir. El stream acumuló casi ocho millones de vistas e incluso algunos seguidores se subieron a los botes del lago de Chapultepec para acercarse al lugar desde donde estaban trabajando.

La transmisión permitió ver de cerca por qué la colaboración funciona. Fred Again.. confirmó su capacidad como productor, creando y modificando canciones con una rapidez impresionante, mientras que los hermanos de Latin Mafia lo complementaban con melodías, voces e ideas. El ambiente se sentía divertido, relajado y completamente enfocado en la creación.

Los artistas invitaron a su público (que ya era muy entregado para empezar) a formar parte del proceso. Los seguidores pudieron ver cómo se construía el proyecto prácticamente en tiempo real y mantenerse conectados con cada etapa del mixtape.

En medio de la transmisión llegó el esperado anuncio que ya circulaba en redes como un rumor. Cuando terminaran el proyecto, lo presentarían ese mismo jueves en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México. El recinto ya es conocido por Latin Mafia, que anteriormente consiguió hacerlo sentir como su propia casaen múltiples fechas sold out. Esta vez, el trío regresó acompañado por uno de los productores más importantes de la música electrónica actual.

Cortesía.

El inicio del concierto, sin embargo, fue extraño. Durante la primera parte no se apagaron las luces del Palacio y no quedaba del todo claro si se trataba de una decisión creativa o de un problema de producción. Por momentos, parecía que ellos mismos estaban abriendo su propio concierto, como una especie de calentamiento antes del verdadero inicio del espectáculo.

La dinámica cambió cuando las luces finalmente se apagaron, justo en uno de los momentos más eufóricos de las nuevas canciones. A partir de ahí, el público se soltó por completo y el concierto encontró la intensidad que había estado buscando desde el principio.

Latin Mafia y Fred Again.. consiguieron convertir el Palacio de los Deportes en una fiesta que se sentía como un pequeño club de electrónica, aunque frente a cerca de 20 mil personas. El set fue diverso, emocionante, enérgico, impredecible y divertido. Hubo momentos más íntimos y emocionales, pero también largos periodos de baile y euforia. Fred agradeció al público mexicano por su entrega, mientras los hermanos de Latin Mafia se movían con comodidad dentro del universo electrónico del británico.

En el escenario funcionaron como un solo proyecto, sin que ninguno tuviera que perder su identidad para adaptarse al otro. La sensibilidad de Latin Mafia y la producción de Fred convivieron de manera natural. Los hermanos se mostraron tan sueltos como siempre: Milton hizo crowdsurfing, mientras Emilio apareció entre el público, en las gradas, para cantar rodeado de sus seguidores. En el set también aparecieron canciones que el público del trío mexicano ya esperaba, como esa cumbia todavía sin nombre con la que encendieron el show. Lo que nadie imaginaba era terminar coreando “There Is a Light That Never Goes Out” de The Smiths en un concierto de Fred Again.. y Latin Mafia, pero ese giro inesperado terminó regalando uno de los grandes momentos de la noche.

El repertorio recorrió varias etapas de ambos proyectos: sonaron canciones de Todos los días todo el día, algunos de los temas más reconocibles de Fred Again.. y hasta música de The Smiths y Gorillaz. Sin embargo, una de las más celebradas fue su esperada cumbia, todavía sin título, cuyo coro el público ya conoce de memoria. El Palacio entero cantó “Te estoy correteando Ya sal de mi mente que te quiero ver Ya van varios días enfermo de ti Dale, ven, cúrame Cuéntame, que ha sido de ti Extráñame, te extraño a ti”. 

Lo que lograron durante esta semana tiene pocos precedentes. Los artistas no solamente anunciaron un nuevo proyecto: permitieron que su público presenciara su creación, conociera sus dudas y entendiera cómo se tomaban las decisiones detrás de cada canción. Después, apenas unos días más tarde, llevaron ese material a uno de los recintos más importantes del país. 

Esa apertura generó una conexión especial. Quienes llegaron al Palacio no solamente escucharon canciones nuevas. También conocían parte de su historia, habían visto cómo nacieron y entendían el ambiente en el que fueron creadas. El concierto fue la conclusión de un proceso compartido y no únicamente la presentación tradicional de un lanzamiento.

Después de casi dos años de expectativa, la colaboración entre Latin Mafia y Fred Again.. finalmente llegó al Palacio de los Deportes y no decepcionó. El comienzo tuvo momentos confusos, pero una vez que el show tomó fuerza, quedó claro que la relación entre ambos proyectos va mucho más allá de una colaboración ocasional.

El mixtape que crearon durante el livestream, titulado 9 months and 50 hours, ya está disponible. 

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La nueva era de Juan Duque ha comenzado. Con ‘Songo Sorongo’, el artista colombiano nos introduce al universo de Verraco Vibe, una producción que toma vida alrededor de la autenticidad, el empuje de salir adelante y el orgullo de ser latino.

‘Songo Sorongo’ es la viva expresión popular antioqueña que nos demuestra el significado de la complicidad, el humor y los códigos de toda una generación. El tema fusiona la esencia melódica de los comienzos del reggaetón con una producción que marca el tono de recocha, una expresión antioqueña de celebrar, bromear y disfrutar entre amigos. 

“Es para los desatinados, los recocheros y para quien quiera pasar chimba entendiendo la vibra. Lo hice desde lo que soy, en un parche en Marinilla con mis primos, riéndonos, tomándonos algo y solo viviendo el momento”, aseguró Juan Duque sobre ‘Songo Sorongo’. 

Y agregó: “Es una expresión que se usa mucho en Antioquia, de donde soy, así se le dice a algo que se hace disimulado, como quien no quiere la cosa, sin levantar mucha sospecha. Entonces la canción es para las personas que hacen cosas de novios sin serlo y sin que nadie se dé cuenta”.

Este 2026, Juan Duque nos ha regalado algunos otros sencillos y colaboraciones, entre ellos, ‘Botecito’ con Hamilton, ‘Regalito’ con Piso 21, ‘Amar y ya’ con Onikx y Andy Rivera, ‘No es oficial’ con Lorduy, ‘Sorry’ con Soley, y más. 

Por ahora, ya puedes escuchar ‘Songo Sorongo’ en todas las plataformas de streaming musical.

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De las primeras canciones que Pignoise publicó en los 2000 quedan pocos rastros. Ese es el caso de Esto no es un disco de punk, álbum que la banda lanzó en 2005 pero del que por mucho tiempo no se encontraron copias físicas ni versiones digitales oficiales. Eso está a punto de cambiar pues la agrupación acaba de anunciar la reedición del LP para celebrar sus 20 años.

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El trío de Álvaro, Pablo y Héctor acompañó la buena nueva con el lanzamiento de un single doble que incluye ‘Como un loco por ti’ y ‘En mi habitación’. Ambas canciones cuentan con un visualizer en el que la portada del disco cobra vida y se encuentra con los músicos en una versión animada de Madrid.

“20 años después, queremos celebrar el aniversario de nuestro disco Esto no es un disco de punk con una reedición muy especial”, escribió el grupo en su Instagram, donde también explicó que estos serán los únicos adelantos que se conocerán hasta el día del lanzamiento del disco. “Los que estáis aquí desde el principio sabéis que es un álbum que no se puede encontrar en ninguna plataforma oficial”, añadió.

La reedición del LP de 2005 llega meses después de que Pignoise publicara su más reciente álbum de estudio, Las ganas, que a su vez se publicó cuatro años después de su regreso con Diversión (2021). El trabajo significó un regreso a sus orígenes, pero aplicando la experiencia que han ganado sus integrantes a lo largo de este tiempo. “Yo personalmente pienso que este es el mejor disco que hemos hecho. Son las mejores canciones que ha hecho Álvaro”, dijo Héctor a Mondo Sonoro.

Esto no es un disco de punk se publicará en formato físico y digital el próximo 18 de septiembre.

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Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el 30 de julio que se llevará a cabo un acuerdo de paz para la desmilitarización de Hamás y la retirada de Israel de la Franja de Gaza. Detalles de último momento incluyen las condiciones que imponen ambos bandos para llevar a cabo la propuesta.

El anuncio inicial del jueves 30 de julio provino de Egipto tras la última reunión de la Junta de Paz (medida establecida como parte del cese al fuego inicial de octubre de 2025). El acuerdo establece que Hamás deberá entregar armas al Comité Nacional para la Administración de Gaza (CNAG) y la garantía de la soberanía del estado palestino.

Reacción de Hamás e Israel

La organización paramilitar palestina se encuentra a gusto con los detalles del acuerdo preliminar, sin embargo, el viernes 31 de julio, afirmó que, Israel debe “detener la matanza”, salir del territorio delimitado por las negociaciones de octubre 2025 y permitir el ingreso inmediato de ayuda humanitaria antes de entregar las armas, como requisito vital para continuar con los planes de cese al fuego. El estado hebreo mantiene su posición: opone que gobierne el grupo radical y que no se retirará hasta que haya un genuino desarme de este.

No se ha pronunciado Benjamín Netanyahu sobre este acuerdo preliminar, sin embargo, Ben Gvir, cabeza del partido de extrema derecha, Otzma Yehudit (Poder Judío en español), y aliado del primer ministro, afirmó, a través de Telegram, que el acuerdo es inaceptable y que el gobierno debe continuar con el asesinato de “líderes terroristas”.

De acuerdo con el servicio informativo de Reuters, Trump publicó un plan de acción con 15 acciones para poner fin a las operaciones militares en Gaza. La segunda fase del alto al fuego significa que se iniciará la reconstrucción del territorio palestino.

Muertos y la volatilidad de los acuerdos

Desde el ataque de Hamás, el 7 de octubre de 2025, se han cobrado más de 70 mil muertes en represalia en total, en su mayoría civiles y más de 20 mil niños asesinados. A pesar del optimismo que proyecta Trump, no es la primera vez que el mandatario promete algo y luego es contradicho por el lado contrario. Tal como las negociaciones con Irán cambiaron de un día para otro, es posible que este acuerdo también termine como un pedazo de retórica vacía que no cambió nada al final del día.

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“Se imaginan un Llano aterciopelado” dice el grupo Cimarrón. En 1996 el dueto bogotano Aterciopelados lanzó La pipa de la paz, uno de los proyectos que seguramente más dificultad presentaba para Héctor y Andrea por el éxito alcanzado de su predecesor El dorado (uno de los mejores discos de música hecha por colombianos), ya que debían demostrar que ese disco no había sido un momento único de gran demostración artística. La pipa de la paz lo demostró. 

Por los bellos azares de la vida en 1996, en Londres, se encontraron el sonido de las amplias sabanas llaneras y los estruendosos truenos del rock bogotano. Aterciopelados se encontraba grabando el disco con el afamado productor Phil Manzanera, mientras que el grupo Cimarrón asistió a un festival de música colombiana, y al encontrarse en la ciudad europea, fue que nació ‘La culpable’, una canción en la que la voz de Andrea Echeverri juguetea con el sonido característico de Cimarrón y del maestro Carlos “Cuco” Rojas. 

30 años después, en marco de la celebración de La pipa de la paz, estas dos agrupaciones vuelven a coincidir para reeditar ‘La culpable’, y en está ocasión a dos voces: la de Andrea Echeverri junto a la de Ana Veydó, directora y cantante del grupo Cimarrón después del fallecimiento del maestro Rojas. 

Dos voces recias y no solo en lo músical o lo técnico, dos voces recias porque han abierto caminos para muchos y muchas, dos voces recias por no van con la marea, van en contra de ella construyendo nuevos caminos y demostrando que la fuerza en el canto es algo mucho más profundo y trascendental. Dos voces recias, dos voces con fuerza. 

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“Cuando se recibe una cachetada, hay muchas maneras de responder”. Así lo afirma una voz en off mientras un manotazo impacta sobre el rostro de una mujer. En cuestión de segundos, con el refuerzo de un pequeño zoom, las alternativas que circulan por su cabeza comienzan a traslucir. Por un lado, están las medidas propias del decoro y la pleitesía: aquellas que flotan suspendidas en el contorno borroso que separa la madurez de la sumisión. Pero no son las únicas. “Además de llorar, se la puede devolver. Se puede ofrecer la otra mejilla, y también se puede decir: ‘Golpeá’”.

Mínimo pero impactante, el plano recién descrito es el encargado de dar inicio a los cuarenta minutos de apoyo audiovisual que acompañan el lanzamiento de La otra mejilla, el esperado disco nuevo de Feli Colina. Y aunque se trate de otra transmutación de maleza en yuyo más verde para la artista salteña, este álbum se desmarca de sus predecesores por no renegar de sus impulsos más bajos; por entretener, en el plano de lo simbólico, una serie de fantasías elaboradas de venganza.

Todo este prefacio para decir que, con La otra mejilla, Feli Colina golpea. Y en ese gesto, el de poner el cachete para luego arrojar la piedra, revela una cara estilística hasta ahora inédita en su discografía. Las quince canciones que se suman a su repertorio desarman completamente la lectura porteñocéntrica y reduccionista que durante años la confinó al lugar de cultora del folclore. Dicho de un modo anagramático: si Feli hoy “golpea”, es porque tomó las letras de la palabra “galope” (tan importante en la imaginería de El valle encantado, de 2022) y las trastocó hasta convertirlas en algo distinto, igual de pulsante pero más cercano a la violencia.

“Me interesa mucho la honestidad emocional”, dice Colina durante su brunch con Rolling Stone en Ninina, un bar de Palermo cuya quietud resulta idónea para el intercambio de ideas. Con el pelo recogido y una camisa apenas desabotonada, sentada frente a un plato de sopa, continúa: “Estoy trabajando para comunicar, de la manera más certera posible, todo lo que me genera algo. No reírme de lo que no me da gracia. Permitirme estar en desacuerdo. Todo esto bajo un manto de amabilidad, porque amo la amabilidad y confío en su poder. Pero tenía la sensación de que mostraba muy poco de mi naturaleza interior; de que decía un porcentaje muy bajo de lo que realmente pensaba. Me sentía muy autoreprimida”.

 Feli Colina: “Empecé a pensarme a mí misma como una obra en construcción sin planos”
Feli Colina (Foto: Teo Penovi).

“Una noche, después de una conversación larga con una prima que es psicoanalista junguiana, llegamos a esta idea de la otra cara de algo. Bueno, te pongo la otra mejilla, ¿pero en qué consiste esa otra mejilla? En esto que te decía. Necesitaba empezar a expresar un poco más de lo que pensaba, pero al mismo tiempo sentía miedo. Y me preguntaba en qué consistía ese miedo: si era miedo al rechazo o a qué”.   

Sin embargo, aunque la franqueza sea una de las cualidades más notorias del disco nuevo, quizás la novedad más inmediatamente llamativa sea el corrimiento de Feli hacia un sonido más abrasivo. Un desplazamiento que bien podría leerse como el paso de la provincia a la ciudad, y que ya se encontraba prefigurado en los segundos iniciales de “La gracia”, el cierre de El valle encantado. No sería errado, en efecto, describir a La otra mejilla como un álbum consustancialmente urbano. No en el sentido vago y exoticista con el que los Grammys reparten sus premios, sino en la acepción más literal, y cosmopolita, del término. 

“Los timbres son como la paleta de colores de un cuadro. Nunca entro al estudio sin haber identificado la paleta tímbrica de un disco. Para La otra mejilla, mi primera idea fue hacer toda una producción con ruidos de ciudad. Por eso está tan presente el elemento metal en la percusión: el pandeiro, con esa mezcla de cuero y metal; el agogó, que son esas campanitas brasileñas; el redoblante; el clap stack. Después aparecieron los toms: el tom de piso, el surdo. Las cuerdas: el chelo con esa fricción más agresiva. Voces, muchísimas voces. Tomarme el tiempo de hacer coro sobre coro sobre vocecita. Todo eso. Y unos bajos bien gordotes”.

“Las referencias estaban claras desde antes de empezar”, confirma Nan Q, coproductor del LP, sobre el proceso creativo que nació de una charla casual y derivó en un centenar de sesiones a lo largo de cinco meses. “Ni hablar de la inevitabilidad de Feli Colina como artista, que estaba ahí desde el día uno. Lo que sí fuimos encontrando fue la personalidad de La otra mejilla. Es un disco lleno de experimentos locos. En ‘Megalómana’, que es una reafirmación urgente de alguien que reconstruye su autoestima, empezamos con una milonga oscura y terminamos con un arreglo de cuerdas basado en Vivaldi”.

Otros disparadores presentes durante la composición, dice Nan Q, fueron Rubén Juárez (puntualmente, el video de “Tinta roja”), el Cuchi Leguizamón, y algunas ragas cantadas por niños indios. Pero quien admire la obra de Björk podrá intuir rápidamente la influencia de Post (1995) en el universo referencial de La otra mejilla. Ambos discos comparten la predilección por los graves bien al frente, además de signar el desembarco de sus autoras en la metrópolis. En “Ingrata”, el guiño se hace explícito cuando Feli canta: “Si seguís buscando, vas a conocer mi ejército”. Ella lo confirma entre risas: “Intenté samplear ‘Army of Me’ en esa parte. Quería que apareciera de fondo, pero no entraba y no lo pude poner. Pero es un homenaje. Hablo de eso”.

Con esto en mente, no ha de sorprender que Björk figure en la reconstrucción que hace Colina de la raigambre de La otra mejilla. Según ella, el origen del álbum se puede identificar en tres eventos simultáneos. Uno de ellos, previsiblemente, fue la experiencia de haber compartido escenario con la leyenda islandesa en el Primavera Sound porteño de 2022.

“Siempre que termino un disco empiezo a pensar en el siguiente. ¿Qué es lo próximo que va a surgir? Y es más una pregunta que una decisión. Entro en un estado de lectura para ver qué me llama la atención. El Primavera Sound en el que tocó Björk fue un primer approach a un tipo de sonoridad. Obviamente, me la habían recomendado tres millones de veces, pero no había conectado nunca. Y en ese show, que fue la primera vez que la vi en vivo, me pasó algo: no conocía los temas, no entendía lo que decía (porque canta en un inglés rarísimo y tampoco es que el mío es muy fluido), y, sin embargo, me largué a llorar. Me emocionaron sus melodías, su manera de cantar, el timbre de su voz. Entré en un viaje björkiano de escucharla un montón”.

“Por otro lado, me puse de novia con Florián. Él toca en los Cadillacs, entonces empecé a ver mucho show de ellos y a escuchar, no sé, Fabulosos calavera (1997). Hubo algo ahí, en todo ese punk ochentoso y noventoso argentino, que me agarró. Y después estaba la obra en construcción que tenía enfrente del departamento en el que vivía. Todos los días me levantaba a las ocho de la mañana con el ruido de la amoladora. Me estaba volviendo loca del mal humor, hasta que un día dije: ‘Bueno, este timbre me está entrando en la oreja todas las mañanas. Algo me quiere decir’. Ahí apareció esta imagen del cemento, esta idea de construir. Empecé a pensarme a mí misma como una constante obra en construcción sin planos, cuya forma voy descubriendo”.

Naturalmente, para desembocar en lo que sería La otra mejilla, esta mezcla tan ecléctica de sonidos tuvo que converger, a su vez, con todos los procesos personales que Feli transitaba por aquel entonces. Entre ellos, un desencanto creciente con las adversidades propias de la industria musical argentina.

“Tuve un año y medio de mucha frustración con el éxito comercial de mi música, que se vio acompañado por una serie de enojos interpersonales con amigos y con gente que en ese momento trabajaba conmigo. Se me enredó la cabeza groso. Todo ese proceso desencadenó en un final de 2023 muy caótico, en el que terminé peleada con todo. Para mí, el éxito más importante es poder hacer la música que yo quiero escuchar, pero también están las presiones de pagar el alquiler y de no llegar a ver plata cuando hay una dependencia económica de parte de mi equipo. Cosas que nunca me importaron de repente empezaron a pesarme: compararme con otros artistas, un deseo de reconocimiento de premios. Lo desesperante era que mi conciencia me decía: ‘¿Pero sos tarada? ¿Qué es lo que te está importando?’. Pero no podía sacármelo de las emociones”.

“Poco a poco fui entendiendo que, para trabajar de esto, se tienen que combinar dos cosas en tu personalidad: el amor por la música y las ganas de ser empresario. Al final sos un emprendedor, y tenés que tener la paciencia, el riesgo y la capacidad de convencimiento de quien sale a buscar inversores, así tenga un emprendimiento de medias sublimadas. Porque lo que pasa después en esta industria es que se terminan metiendo dos tipos de trabajo distintos en una misma bolsa. Un entertainer y un artista hacen cosas diferentes, pero están nombrados bajo el mismo título y se espera que generen los mismos números a la misma velocidad. Mi trabajo se parece más al de Pink Floyd que al de Piñón Fijo, pero la eficacia económica de mi proyecto se termina midiendo según los parámetros de ese otro rubro”.

La primera mitad de La otra mejilla pareciera organizarse, en parte, alrededor de este malestar enmarañado; del desgaste que supone negociar con un sistema que procura el lucro de otros y nada más. “Amituofo”, por ejemplo, versa sobre las trampas banales recién mencionadas por Feli (“Es tan patético mi hambre de gloria / Poniendo otra pieza a este altar de fracasos”). “Algún día”, mientras tanto, se ocupa de disparar dardos contra un festival de música “todo mal organizado”. Cuando Rolling Stone pregunta por el origen de esa línea, Colina se ríe.

“¿Lo quemo o no lo quemo?”, dice sopesando los riesgos. “Hace un tiempo trabajé con alguien que fue muy desprolijo conmigo y que, encima, me dijo que la desprolija había sido yo. Tiene un festival, así que fue como un shade que le tiré. ‘Me parece que sos un poco ingrata’ también es algo que me dice él. Al que le quepa el poncho, que se lo ponga”.

“Ingrata” es un ejemplo más entre los tantos adjetivos peyorativos que conforman el campo semántico de La otra mejilla. Hace algunos meses, en el antro conocido como Twitter, volvió a circular un video viejo de Fiona Apple en el que la cantante aseguraba ser capaz de reconstruir con quién salía durante la composición de cada una de sus canciones. Según ella, esto se podía lograr a partir del lenguaje que usaba para describirse a sí misma. En el caso de Feli, es posible que ese dedo juzgón en el espejo (que, a lo largo de cuarenta minutos, la acusa de ser megalómana, ridícula, mezquina, sumisa, arrogante, indisciplinada, ilegible, degenerada) haya sido instalado durante la niñez, elaborado por lo que escuchó y lo que interpretó de lo que oyó.

“Había una serie de adjetivos que temía y que me sujetaban, impidiéndome actuar con naturalidad. Si todo el tiempo estoy sujetándome para no ser una ingrata o una megalómana, estoy castigando actitudes mías que ni siquiera llegan a la superficie; estoy pidiendo perdón sin haber hecho nada. Tenía una necesidad constante de ser buena para contradecir todos esos adjetivos que yo me decía a mí misma”.

¿Hubo, entonces, alguna transgresión que te haya corrido de esa tesitura de poner la otra mejilla? ¿Qué hace falta para que salga la feroza en la vida real?

Una vez Florián me dijo: “Vos te enojás cuando la gente pasa límites que nunca pusiste”. Y ahí entendí que esperar que el otro adivine el límite que yo no estoy poniendo es, de algún modo, una trampa. Obviamente, también hay cosas desubicadas que me habrán hecho de forma intencional. Pero invertir energía en pensar en lo que hizo el otro no me resulta tan provechoso como preguntarme cuál es la posición subjetiva que me genera a mí ese enojo.

En relación a eso último, ¿cómo hiciste para resolver la frustración con esta industria tan tendiente al rédito y el reconocimiento?

En mi momento de mayor locura, empecé a ver si alguna religión me podía sacar de ese estado. Entré en una etapa de poner mantras, mantras, mantras a ver si me sacaban de ese momento que fue psicótico. “Mantras para despejar el camino”, “mantras para no sé qué”… Todo muy dzhey, dzhey, Ganesha (risas). Igual no fue a través de eso. Fue a través de sentarme un ratito con el estado, dejar de juzgarme por lo que estaba pensando, y atravesarlo. Como todo en la vida.

Aunque la conclusión del proceso no llegó por vía religiosa, fue durante ese mismo período que Colina dio con un curso dictado por el psicoanalista José Luis Parise. Este trataba sobre la historia de Cristo, figura que fascinó profundamente a Feli. ¿Cuáles fueron las prenociones de Jesús que terminó desmitificando o modificando? 

“Cada vez me alucina más el chabón”, dice ella. “Es importante entender que nació en la época en la que se esperaba la llegada del Mesías. El pueblo judío estaba manejado por el Imperio Romano, entonces aguardaba un libertador político que los sacara de esa opresión. Ese libertador tenía que tener sangre davídica y aarónica. Y como María tenía ambas, el nacimiento de su primer hijo era toda una cosa. Cuando finalmente nace, su entorno familiar le dice: ‘Sí, vos tirate en los laureles porque sos el Mesías’”.

Feli Colina (Foto: Flo Pasqualini).

“A él no le cerraba esa idea, entonces se educa en Egipto, se va a la India, tiene una educación hermética. Aprende de todo eso, y concluye: ‘Yo no vengo a decir nada diferente de lo que está en la Torá; vengo a que la entendamos’. Termina aceptando que era el libertador, sí, pero del opresor que tenemos adentro nuestro y nos impide conectar con nuestra propia divinidad. Ahí entiende que, para que escuchen su mensaje, tiene que performear los milagros. ¿El Mesías llega en burro a Jerusalén? Arma la perfo con sus apóstoles para ganar credibilidad. Un artista total. Hay algo en la agudeza de su inteligencia que me fascina. Por ejemplo, el episodio de la mujer adúltera a la que apedreaban por ser infiel. Aparece Jesús, y le dicen: ‘Che, vos que sos tan capo, hijo de Dios, ¿es culpable o no es culpable?’. Su respuesta no es directa: ‘El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra’. Esa manera que tenía de preguntar por la tangente para poner en juego a quien enjuicia es de una inteligencia absoluta”.

Se advierte con claridad que la convicción espiritual de Feli es auténtica. No hay un solo gramo de impostación en el entusiasmo de su respuesta. Esto contrasta fuertemente con un fenómeno que la guionista Malena Pichot describió hace un año, no sin controversia pero tampoco sin razón, al sostener que la pose del catolicismo “se puso insólitamente de moda de la mano de morenistas”. No solo entre ellos: se percibe, además, en cierta camada de streamers locales y, más notoriamente, en el universo simbólico de Lux (2025), el último trabajo de Rosalía.

“Soy mega fan de Rosalía, y estoy segura de que ella tiene bocados de Dios todo el tiempo. No creo que sea forzado. Lo veo cuando canta. Se ve que teníamos una curiosidad en común, y que la comunicamos de maneras distintas. Yo escucho el primer tema de LUX y, tal vez por una cuestión estilística, no me encanta la letra. Pero escucho lo que pasa musicalmente, y se me pone no la piel sino el centro del alma de gallina. Tal vez a una persona que lea algún pedazo de letra mía le pase lo mismo desde la palabra. Yo me tropiezo con el humano cantando, y ella tal vez escribiendo letras. Es, simplemente, que cada una tiene una herramienta más fuerte, pero creo que estaríamos de acuerdo si conversáramos de qué se trata”.

¿De qué se trata? Para Feli, que se describe a sí misma como “gnóstica”, la divinidad estriba en la posibilidad del ser humano de dejarse llevar por una suerte de coreografía invisible que nos conducirá a un puerto saludable. “Siempre me emocionó la conexión de corazones y de mentes; pensarnos como planeta entero, como especie entera”, dice. Lejos de responder a una ortodoxia religiosa, esta convicción se arraiga en ese sincretismo tan latinoamericano que se respira en su Salta natal, capaz de reconciliar al catolicismo con lo pachamámico. Su religión pagana, tal como canta en El valle encantado.

“Lo amo al Valle. Fue un momento muy alto para el grupo creativo que tenía con Baltazar Oliver, mi coproductor y pianista de ese entonces, e Inti Patron, que fue quien se ocupó del arte. Estaba muy conectada con el lugar de donde vengo y con la idea de la raíz, de la sangre como raíz. Todo el disco estaba atravesado por esa búsqueda del origen”.

Felicitas Colina Cornejo nació el 27 de octubre de 1994 en la capital salteña. De su madre legó la veta espiritual; la musical, en cambio, vino de la mano de su padre y de su hermano mayor, Agustín. Pero tuvieron que pasar cerca de trece años para que despertara en Feli la pulsión de tener bandas y tocar. O, más precisamente, de buscar “cómo tocar los Jonas Brothers” en La Cuerda. A los dieciséis, ya se mandaba sola a los bares de su ciudad para versionar temas de 4 Non Blondes y Oasis

Feli Colina (Foto: Flo Pasqualini).

“Una noche, cantando Led Zeppelin, noto que entra un grupo de chicas diez años mayores que yo a decirme: ‘Vení para acá, vos vas a ser nuestra amiga’. Probé mi primera pepa en la casa de una de ellas. Estábamos todas en pijama, y me dijeron: ‘Tenés que ver esto’. Y pusieron el documental de Pina Bausch que hizo Wim Wenders. Me cambió la vida. Nunca había visto nada de danza-teatro, ni tampoco de semejante nivel de expresividad”.

Mientras perfeccionaba su repertorio, Colina desarrolló paralelamente un estilo propio que, según su propia categorización, se bifurca en dos tipos distintos de composición: “En todos mis discos, está siempre la canción más monotonal y de simpleza armónica, en la que se genera una suerte de loop entre dos acordes que van y vienen. Eso me inspira mucho a nivel melódico y de producción. La otra canción que suelo hacer, que tiene más movimiento armónico, ya es más Beatle y lennonística. Más monótona en cuanto a melodía también. Musicalmente, Lennon es mi Beatle favorito; pero filosóficamente me gusta mucho más Paul. Me parece referencia de cómo llevar la vida”.

No faltaría mucho para que el nexo de Feli con los Beatles adquiriera una dimensión insólita. En 2018, cuando ya llevaba cuatro años asentada en Buenos Aires, Colina ganó la quinta edición del concurso Camino a Abbey Road, imponiéndose entre casi tres mil músicos. De la noche a la mañana, pasó de tocar en los vagones de la línea B (por entonces su fuente de sustento) a grabar en el estudio mítico en el que los Fab Four editaron casi toda su obra. Allí fue que tomó forma Feroza, el álbum de 2019 que Feli considera su verdadero debut. 

Su sucesor, en cambio, fue concebido en circunstancias opuestas, no solo climatológicas. La imposibilidad de regresar a Salta durante casi dos años de pandemia instó a Feli a reencontrarse remotamente con sus raíces. El resultado, El valle encantado, fue un disco fuertemente atravesado por el folclore, cuya recepción la ubicó, quizás demasiado rápido, bajo esa etiqueta. 

“La fórmula de mezclar música actual con música de raíz está al alcance de la mano desde hace décadas. No sé, Piazzolla. Yo me acuerdo de escuchar cosas como Tonolec, Hasta la raíz (2015) de Natalia Lafourcade, o Mundo Anfibio (2012) de Lisandro Aristimuño, y decir: ‘Che, qué loca esta mezcla que están haciendo’. También es cierto que llegué a El valle encantado muy inspirada por El mal querer de Rosalía. Pero cuando me quieren comparar con otros artistas por esa fórmula, me da gracia, porque no siento que sea mía la fórmula. A mí me encanta la manera en la que la hice yo. Tomárselo en serio, y buscar bien qué aspectos de esa raíz son realmente tuyos, es algo que ya depende de cada uno”.

Como todo en la vida, la definición que tiene Colina para la palabra “raíz” es sensible al cambio. Hoy, con su deseo de un “canto de flor celeste” cumplido, su noción de casa ya no designa a Salta sino a Florián Fernández Capello, su marido, con quien se casó en febrero del 2025. “Fue una ceremonia muy chiquita. Yo nunca soñé con casarme; siempre pensé que era como ir a hacer un trámite a la AFIP. No sentía que fuera capaz de brindarme algo emocional. Y estoy muy sorprendida con todo lo que me dio. Fue entender que firmé un contrato con otra persona para construir algo juntos. Me dio un piso y una tranquilidad. Amo con el alma a mis hermanos y a mis viejos, pero empiezo a tener la sensación de que mi familia es Flor. Mi casa es la casa que tengo con él. Hay días en los que estoy en el bondi y me emociono al punto de largarme a llorar. No me reconozco tan polleruda, pero siento que el destino me lo cruzó para que pudiera estar más tranquila y ser más amorosa. Me trajo un pedacito de futuro con él”.

No es casualidad que Florián describa su relación en los mismos términos: “Es difícil hablar de una primera impresión, porque lo que me pasó con Feli fue sentir una certeza de confianza y amorosidad que trascendía, y todavía trasciende, cualquier tipo de definición o explicación. Pero creo que algo que la caracteriza enormemente es su poder de hacer brillar a todo lo que está a su alrededor con su propio brillo. Tiene un espíritu capaz de iluminar personas, hogares, espacios y todo lo que se proponga. Inspira con su existencia y hace un trabajo sutil, delicado y profundo con esas cosas que no son palpables pero transforman vidas. Lo hace solo por su amor a mejorar el mundo, y lo logra”.

En el último trecho de La otra mejilla, hay un tríptico que narra la recomposición de Feli a través de su encuentro con el amor. Llega después de un interludio llorado (“Llanto – Felicitas Colina”, leen los créditos), y está conformado por tres canciones: “Flor”, “Vas a encontrar” y una balada preciosa titulada “Don”, acaso el momento más deslumbrante del disco. Sin dudas, el más conmovedor; de una sensibilidad comparable a la que invocó para encarar la actuación del visual album. Este, que se inspiró en la fotografía de Alessandra Sanguinetti, fue dirigido por Valeria Bertuccelli.

“Más que un ensamble familiar, conocer a Feli fue un encuentro de espíritus”, dice Valeria. “Nos conocimos y, a la semana, ya estábamos en Salta cantando con su papá y su mamá. Es alguien a quien le cuento mis guiones y con quien hacemos vida de circo, de juntarnos a cantar y pensar. La admiro mucho, y me parece increíble ese modo recontra indie que tiene de hacer las cosas. Esa esencia suya de quien persevera en un camino es de artista. Y la rompió mal actuando. Es re actriz”.

“Una vez más, La otra mejilla empieza con el desconcierto, la ira, y la agresividad de no entender pero estar muy incómoda”, cierra Feli. “Es el ciclo que siempre se repite. Después llega el quiebre, recupero energía, y esa energía se integra al festejo que, igual, se convertirá en la próxima crisis. Así suele ser”. El que tenga oídos para oír, que oiga.

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Antes de ganar el premio Un Certain Regard en el Festival de Cannes, La misteriosa mirada del flamenco ya era una de las óperas primas más comentadas del año. Diego Céspedes construye una historia situada en el desierto chileno de los años ochenta, donde una comunidad trans vive marcada por un rumor: una misteriosa enfermedad se transmitiría a través de la mirada. Pero, lejos de realizar una reconstrucción histórica sobre el VIH o una denuncia convencional de la discriminación, el director convierte ese miedo colectivo en una fábula profundamente humana sobre la necesidad de pertenecer, de amar y de crear una familia cuando el mundo decide expulsarte.

Con una mezcla de realismo mágico, humor, western, melodrama y poesía, Céspedes evita las respuestas fáciles para hablar de un presente donde los discursos de odio vuelven a ocupar espacios que parecían superados. En conversación con Rolling Stone en Español, el realizador reflexiona sobre la mirada como acto de reconocimiento, la inocencia de la infancia, la importancia del humor como herramienta de supervivencia y la responsabilidad del cine frente a los tiempos que vivimos.

Diego Céspedes: “La ternura también puede ser una forma de resistencia frente al miedo”
Cortesía de MUBI

La película habla del sida, pero nunca lo nombra directamente. ¿Qué te interesaba trabajar desde el mito y el rumor antes que desde la explicación histórica?

Creo que el problema actual del mundo no es una enfermedad ni un momento histórico en particular. Lo que realmente me interesa es cómo los seres humanos sobrevivimos a los tiempos oscuros. Ese es el verdadero corazón de la película.

El sida es parte del contexto, pero no el centro del relato. Lo hermoso para mí era mostrar cómo un grupo de personas, rechazadas por todas partes, decide irse al medio del desierto para construir su propia familia. Una familia elegida, donde pueden protegerse, sufrir juntos, reírse y creer los unos en los otros.

Por eso la película evita decir la palabra “sida” sin negarla. Esa decisión la lleva hacia un lugar mucho más humano y también hace que dialogue con el presente, aunque esté ambientada en los años ochenta. Al final habla de algo que nunca deja de ser actual: la necesidad de amor, de afecto y de ternura que tenemos todos.

Cortesía de MUBI

¿Qué significa para ti esa mirada que aparece en el título?

Tiene mucho que ver con lo anterior. Creo que mirarse a los ojos es una de las acciones más básicas entre dos seres humanos y, paradójicamente, una de las que menos hacemos hoy.

Vivimos hiperconectados, sobreestimulados, rodeados de información, pero cada vez nos cuesta más detenernos y mirar realmente a otra persona. Cuando uno mira a alguien a los ojos puede descubrir muchísimo.

En la película hay una niña que pierde a quien era su hermano mayor, su madre o como ella quisiera nombrarlo. Después de esa pérdida empieza a preguntarse quién era realmente esa persona, qué significaba esa mirada de amor que recibía de ella. Para mí la película propone justamente eso: volver a mirar el alma de los seres humanos a través de los ojos. Y, en este caso, esos ojos pertenecían a Flamenco.

Crítica: La misteriosa mirada del flamenco – Rolling Stone en Español

¿Qué te permitía contar una niña sobre este mundo que no habría podido contar un adulto?

Los niños todavía no están completamente contaminados por el mundo adulto. A algunos les toca perder esa inocencia muy temprano, pero aún conservan una capacidad extraordinaria para recibir el afecto, la bondad o incluso la violencia sin los prejuicios que vamos acumulando después.

Una niña no se pregunta qué tiene alguien entre las piernas. Esas ideas aparecen más adelante, cuando el mundo empieza a imponer categorías y prejuicios. Ella solamente se pregunta si esa persona le da amor o no.

Esa es la pregunta de la película. ¿Era peligrosa esa mirada? ¿Podía hacer daño el amor de quien te quería? La inocencia infantil era la mejor manera de acercarme a esas preguntas.

El desierto tiene una presencia muy poderosa en la película. ¿Qué encontraste en ese paisaje que no habrías encontrado en otro lugar?

Encontré el abandono. Los lugares abandonados generan una especie de microclima donde las personas terminan comportándose de maneras muy particulares. Empiezan a aparecer los bandos, los enfrentamientos y también formas muy específicas de comunidad.

El desierto me permitía aislar una pequeña parte de la humanidad para observarla con más claridad. Era como decir: “Vamos a estudiar este miedo, esta necesidad de inventar mentiras para no enfrentar ciertas verdades”.

Ese aislamiento convierte al desierto en una metáfora. No habla solamente de ese lugar; habla de todos los pequeños mundos que seguimos construyendo alrededor del miedo.

Cortesía de MUBI

Pensando precisamente en ese miedo, ¿te interesaba mostrar cómo una comunidad puede convertirlo en una forma de violencia colectiva?

Más que la violencia, me interesaba la supervivencia colectiva. Creo que la violencia empieza a deshacerse cuando las personas vuelven a mirarse a los ojos, y eso ocurre literalmente dentro de la película. Lo que me interesaba era recordar que los seres humanos no estamos hechos para la guerra, aunque muchas veces terminemos creyéndolo.

Vivimos en un sistema que nos hace pensar que el conflicto permanente es natural, pero yo no creo eso. Lo verdaderamente humano es encontrar un lugar en el mundo, construir comunidad y sobrevivir junto a otros.

Al final esta película habla de un grupo de personas que decide quererse hasta el final, incluso en medio de la adversidad. Para mí esa es la parte más hermosa de la historia.

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El flamenco es una figura profundamente trágica, pero también muy simbólica. ¿Qué representa para ti el flamenco, no el personaje, sino el ave dentro de la historia?

Siempre he sentido que el flamenco tiene algo profundamente ligado a la diversidad. Hay una elegancia en ese animal, en su cuello largo, en sus piernas, en la manera como ocupa el espacio, que culturalmente siempre ha estado asociada con algo diferente, con una sensibilidad distinta.

Me parecía hermoso tomar esa imagen de elegancia y ponerla al lado de la vulnerabilidad del personaje. Porque la elegancia también puede ser frágil. Hay algo profundamente vulnerable en quienes siguen siendo bellos a pesar de todo lo que han tenido que soportar.

Centrar una película alrededor de esa idea me parecía digno de ser contado.

La película tiene muchísimo humor, incluso en sus momentos más dolorosos. ¿Por qué era importante conservarlo?

Porque el humor ha sido, históricamente, una herramienta de supervivencia para las comunidades travestis y maricas en todas partes del mundo.

Sin humor no somos nada. Si uno no aprende a reírse de sus desgracias, termina viviendo esas desgracias con un peso mucho mayor. El humor permite decir: “Bueno, tampoco es tan terrible… igual nos vamos a morir”. Esa posibilidad de reírse en medio del desastre es profundamente liberadora.

Además, disfruto muchísimo escribiendo humor. Me gusta escucharlo, vivirlo, compartirlo. No podría hacer una película que no tuviera ese espacio para la risa, porque incluso en los momentos más difíciles la vida sigue encontrando maneras de hacernos reír.

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En la película encontré ecos del realismo mágico de Gabriel García Márquez, pero también de Fellini y del spaghetti western. ¿Qué referentes estuvieron presentes durante la construcción de la historia?

La verdad es que nunca trabajo pensando en copiar o seguir conscientemente a otros directores. Siempre me hacen esa pregunta y entiendo por qué aparecen esas asociaciones. Yo mismo puedo reconocer algunas influencias del spaghetti western, por ejemplo. Pero nunca escribí diciendo: “Voy a hacer una escena como tal director”.

Me hice cinéfilo relativamente tarde. Lo que ocurrió fue que empecé a absorber todo aquello que me emocionaba del cine y, con el tiempo, todas esas emociones terminaron mezclándose hasta convertirse en esta película.

Entonces entiendo que la gente encuentre referencias. Me parece maravilloso que ocurra. Pero no son referencias que estuvieran anotadas desde el comienzo del proceso.

¿Hay algún cineasta que ocupe un lugar especial para ti?

Siempre respondo lo mismo: Lucrecia Martel. Para mí es la mejor cineasta latinoamericana viva. Cambió profundamente la forma de hacer cine en nuestro continente. Rompió las reglas tradicionales de la narración y consiguió construir una atmósfera que pertenece completamente a Latinoamérica.

No importa si eres argentino, chileno, peruano, colombiano o brasileño. Cuando ves sus películas reconoces algo muy nuestro, algo profundamente latinoamericano.

La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza me parecen tres películas esenciales. Y además siempre disfruto escucharla hablar. Es una mujer extremadamente inteligente, muy consciente del mundo que estamos viviendo y de la responsabilidad que tiene el cine frente a ese mundo. Para mí sigue siendo una referencia enorme. 

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En los últimos años parecía que la sociedad estaba avanzando hacia una relación más abierta con la diversidad. Sin embargo, hoy vemos un resurgimiento de los discursos de odio, especialmente contra la comunidad trans. ¿A qué crees que se debe ese retroceso?

Creo que tiene una relación muy directa con el crecimiento de los gobiernos de ultraderecha y con todas las estructuras de poder que permiten que esos discursos prosperen. Estamos viviendo una oleada de extrema derecha en distintos lugares del mundo. En Argentina el discurso gira alrededor de la economía; en Chile fue la delincuencia; en otros países aparecen otros argumentos, pero todos terminan apelando a lo mismo: al miedo. 

El miedo es una herramienta política muy eficaz. Una sociedad asustada es mucho más fácil de manipular, y por eso esos discursos necesitan fabricar enemigos constantemente.

Frente a eso, creo que nuestra responsabilidad es seguir contando nuestras historias y recordar que seguimos siendo seres humanos igual de valiosos que cualquier otro. Tenemos que volver a preguntarnos qué significa realmente ser humano. Para mí la ternura, la comunidad y el afecto siguen siendo valores profundamente humanos, y precisamente por eso es tan importante defenderlos.

También tenemos que construir un discurso distinto. La ultraderecha tiene un relato muy claro, aunque esté construido sobre mentiras y sobre el miedo. Nosotros necesitamos construir un discurso igualmente sólido, pero basado en la inclusión, en la conciencia y en la posibilidad de imaginar un mundo donde todas las personas tengan un lugar. Eso puede hacerse desde muchos espacios: desde el arte, desde las calles, desde la política, desde la conversación cotidiana.

Nadie le pide a una película que sea un panfleto, pero sí que sea honesta con el tiempo en el que fue creada. Las obras que permanecen son aquellas que logran contar su época, cualquiera que sea el lenguaje que elijan para hacerlo.

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Para terminar, ¿ya estás pensando en nuevos proyectos después de La misteriosa mirada del flamenco?

Sí. Acabo de terminar un cortometraje que, si todo sale bien, debería estrenarse el próximo año. Y ya estoy trabajando en mi segundo largometraje.

Es una película un poco más grande que La misteriosa mirada del flamenco, pero mantiene los mismos principios éticos y emocionales que guiaron esta primera historia. Al final, más allá del tamaño de una producción, lo importante es seguir haciendo películas desde el corazón.

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Con más de 100 años de historia, Cano se ha consolidado como una de las joyerías más emblemáticas, dedicada a preservar y reinterpretar el legado de la cultura precolombina a través de sus piezas elaboradas artesanalmente. Sus joyas nacen de las reinterpretaciones de tesoros arqueológicos descubiertos por la familia Cano a finales del siglo XIX, un legado que comenzó como una tradición familiar y que, a lo largo de cinco generaciones, se ha mantenido vivo dentro de sus raíces. Desde aquel hallazgo, la pasión por estas piezas ancestrales y la creación de una valiosa colección han dejado una huella significativa en el patrimonio arqueológico colombiano. En la década de 1970, esta historia dio paso al nacimiento de la marca Cano, consolidando una visión que une arte, tradición y la riqueza cultural de Colombia.

Su historia trasciende el ámbito de la joyería y se convierte en un referente del patrimonio cultural de Colombia. Parte de esta historia se conecta con el Museo del Oro del Banco de la República, fundado en 1939, al que con el tiempo se incorporaron más de 10.000 piezas de orfebrería prehispánica, consolidándose como una de las colecciones más importantes de su género en el mundo. Su reconocimiento también cruzó fronteras al ser exhibida en instituciones de prestigio internacional como el Museo Americano de Historia Natural, National Geographic y el Museo Británico, entre otros espacios de renombre mundial.

Su legado se traduce como años de pasión, exploración, investigación y maestría artesanal por la joyería moderna y atemporal, transformando el arte tradicional prehispánico.

Aunque la primera boutique abrió sus puertas en 1970 de la mano de Guillermo Cano y su esposa, Dory de Cano, en Bogotá, la marca ha continuado expandiendo su legado más allá de las fronteras colombianas. A finales de la década de 1980 y principios de los 90 inició su presencia internacional con su llegada a mercados como Italia, Francia, España, Estados Unidos, México y Chile, llevando consigo la riqueza cultural y artesanal del país. Hoy, su alcance continúa creciendo con una visión global que busca conectar nuevas audiencias con la identidad colombiana a través de sus creaciones. Como parte de esta expansión, una nueva boutique abre sus puertas en Madrid, reafirmando su presencia en escenarios internacionales.

Su continua expansión en Europa fortalece la presencia internacional de la marca mediante nuevos espacios temporales, colaboraciones con museos y un creciente reconocimiento dentro de la industria de la moda. Esta etapa representa el inicio de un nuevo capítulo para la firma colombiana, que continúa consolidando su posicionamiento en el mercado europeo a través de boutiques, alianzas culturales y experiencias de marca en algunos de los destinos de lujo más relevantes del continente.

Su primera boutique en Madrid se presentó como una nueva ventana para compartir la riqueza cultural de Colombia a través del diseño y la artesanía. Durante el último año, Cano ha llevado sus colecciones a distintos escenarios internacionales mediante pop-ups y activaciones especiales en ciudades como Gstaad, Milán, París y Londres, acercando la esencia del diseño colombiano a nuevas audiencias y fortaleciendo vínculos con boutiques, concept stores y espacios especializados en lujo y diseño. Este reconocimiento también se refleja en la elección de sus piezas por parte de figuras destacadas de la moda y el diseño, como Blanca Miró, María de la Orden, Leandra Medine, Geraldine Guyot y las hermanas Lucía Cuesta y Helena Cuesta. Su interés por la marca evidencia la creciente valoración de propuestas que fusionan diseño contemporáneo, técnicas artesanales y una identidad cultural profundamente arraigada.

“Madrid representa mucho más que nuestra primera tienda en Europa. Se ha convertido en el punto de encuentro entre el patrimonio cultural colombiano y una audiencia internacional que busca autenticidad, historia y diseño con significado. Nuestro propósito sigue siendo el mismo desde que nació la marca: preservar y reinterpretar el legado de las culturas precolombinas para compartirlo con el mundo”, afirma Eduardo Cano, quinta generación de la familia y director de la marca.

La evolución de Cano también se refleja en su proceso creativo y de manufactura. La casa incorpora nuevamente la plata a su universo de diseño con una colección que rescata y transforma algunos de sus códigos más representativos. Este lanzamiento marca el retorno de la firma a este metal después de varios años y abre una nueva etapa dentro de la trayectoria de una marca con más de un siglo de historia. 

Silver Collection reinterpreta símbolos fundamentales del legado precolombino colombiano a través de una propuesta contemporánea elaborada en plata. Entre sus protagonistas se encuentran las ranas, un motivo de gran relevancia dentro de las culturas ancestrales del país, asociado con conceptos como fertilidad, renovación, prosperidad y la conexión entre lo terrenal y lo espiritual. En esta colección, este símbolo adquiere una nueva dimensión mediante piezas versátiles que pueden lucirse como colgantes en cadenas largas, chokers o cueros, y convertirse también en broches, permitiendo que cada persona explore distintas formas de expresión y estilo.

“Durante años nuestra historia ha estado estrechamente ligada al oro, pero entendimos que la plata nos permitía abrir una nueva conversación sin perder nuestra esencia. No se trata de cambiar quiénes somos, sino de ofrecer nuevas formas de conectar con nuestro legado”, afirma Eduardo Cano.

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