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Pulp nunca fue exactamente una banda de britpop. Coincidió con el movimiento, apareció en sus fotografías familiares y terminó ocupando un lugar central en su imaginario, pero mientras Oasis soñaba con la inmortalidad del rock y Blur estudiaba con sorna las costumbres nacionales, Jarvis Cocker escribía desde el interior de las habitaciones. Sus canciones hablaban del sexo después del fracaso, del rencor de clase, de las fantasías que sobreviven a la adolescencia y de esa vergüenza tan británica de desear una vida distinta mientras se aparenta estar satisfecho con la propia. Pulp: ¿Qué harías por una canción más? comprende que contar la historia del grupo exige algo más que ordenar discos, fechas y titulares. Hay que explicar cómo aquellos inadaptados de Sheffield convirtieron la humillación privada en comunión popular.

Garth Jennings, la persona detrás de esa encantadora película sobre niños obsesionados con el cine llamada Son Of Rambow, entrelaza el concierto más grande ofrecido por Pulp en una arena, con imágenes de archivo que recorren cuatro décadas. La estructura evita separar el pasado del presente como si fueran habitaciones clausuradas. Una canción abre una puerta, una grabación juvenil devuelve a Cocker a sus primeros escenarios y el relato desemboca nuevamente frente a 22.000 personas. No asistimos, entonces, al homenaje póstumo de una banda todavía activa, sino a la demostración de que las canciones pueden envejecer sin convertirse en piezas de museo.

El propio Jennings explica que el proyecto nació casi por accidente. Cuando se insinuó la reunión de Pulp en 2022, escribió a Cocker para ofrecerse a filmar los conciertos. Nadie le había encargado un documental. La propuesta creció, perdió financiación, resucitó y terminó incorporando More, el primer álbum del grupo en 24 años. Esa gestación accidentada beneficia a la película: lo que iba a ser el registro de una reunión terminó capturando un nuevo capítulo creativo. La pregunta del título deja de significar “¿qué queda después del éxito?” para convertirse en otra más fértil: “¿qué puede hacerse cuando ya no hay nada que demostrar?”.

Jennings encontró la respuesta al observar que los músicos regresaron porque todavía disfrutaban tocar juntos. Según el director, la edad los liberó de la competencia, de la urgencia por triunfar y de la obligación de justificar su lugar. “La única razón para hacerlo es que lo aman”, afirma. Esa libertad impregna el concierto. Escaleras, plataformas, cuerdas y dieciocho músicos sobre el escenario construyen una fiesta expansiva, pero nunca aplastan la fragilidad de las canciones.

La puesta en cámara se somete a los cuerpos y a la música. Jennings evita el montaje frenético propio de tantos rockumentales prolongando los planos, siguiendo los movimientos espasmódicos de Cocker (curiosamente heredados de Elvis Costello y no de Joe Cocker), y permitiendo que una canción encuentre su respiración. Jennings ya había descubierto, mientras dirigía a Thom Yorke en el video de Lotus Flower, que filmar a un músico consiste en reconocer aquello que lo vuelve irrepetible. En Yorke era el movimiento; en Cocker, explica, es la silueta, ese cuerpo anguloso capaz de transformarse al mismo tiempo en seductor, predicador, insecto y vecino indiscreto.

Pero el arma secreta de la película no es la figura de Cocker aislada contra las luces, sino su relación con el público. Aunque actúe ante miles de personas, posee la capacidad de dirigirse a cada espectador como si le contara un secreto al oído. Jennings conserva su voz como narración sin encerrarlo en la convencional entrevista frente a cámara. Así, Jarvis explica su propia leyenda susurrándola. El concierto adquiere la intimidad improbable de una conversación multitudinaria.

La presencia del público también impide que la película se reduzca a nostalgia generacional. Jennings esperaba encontrar una congregación de veteranos noventeros, pero las cámaras revelaron edades, identidades y procedencias muy diversas. Los coros de la multitud son tan poderosos que resultaba imposible retirarlos de la mezcla sonora. En ese instante Pulp deja de pertenecer a quienes compraron Different Class en 1995. “Se siente como estar en una iglesia”, dice el director, y la comparación tiene sentido. Las canciones regresan a la vida porque una comunidad vuelve a pronunciarlas.

El archivo registra la aparición del legendario DJ John Peel que descubrió a la banda, la obstinación de un Cocker adolescente y el ascenso gradual de una banda que pasó años contemplando el éxito desde la calle. No hay aquí una fábula sobre talentos destinados a conquistar el mundo. Pulp triunfó tarde, después de cambios de integrantes, discos ignorados y una perseverancia que habría parecido absurda en cualquier grupo menos convencido de su propia rareza. Por eso su llegada a una arena funciona como una revancha de todos aquellos que alguna vez observaron una fiesta desde afuera.

Pulp: What Do You Do for an Encore? celebra sin ocultar el paso del tiempo. Cocker ya no interpreta la juventud desde la juventud, sino desde la memoria corporal de quien sobrevivió a ella. En Common People, Disco 2000 o Do You Remember the First Time?, el deseo conserva su electricidad, pero lleva ahora la melancolía de saber que hasta nuestras derrotas terminan volviéndose recuerdos entrañables. El bis no consiste en repetir el pasado. Consiste en regresar a él, encender las luces y descubrir que todavía hay miles de personas dispuestas a cantar.

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La saga cinematográfica de Resident Evil encabezada por Milla Jovovich produjo seis películas, cada una más terrible que la anterior. Lo que comenzó como una adaptación apenas reconocible de un popular videojuego terminó convertido en una sucesión horrorosa de piruetas, motocicletas, clones, cámaras lentas y explosiones. Alice adquirió poderes casi sobrenaturales mientras el terror claustrofóbico de los videojuegos era reemplazado por una fantasía de acción que parecía competir consigo misma para descubrir cuántas motocicletas podían atravesar una ventana antes de que el público pidiera auxilio.

Resident Evil: Welcome to Raccoon City intentó corregir el rumbo. Muchos la detestaron, pero Johannes Roberts comprendió mejor la naturaleza del material original y construyó una respetable película de clase B. Su economía narrativa, sus calles nocturnas y la sensación de estar atrapados remitían al John Carpenter de Asalto en el precinto 13. Era imperfecta, atropellada y demasiado ansiosa por reunir elementos de varios juegos, aunque poseía mugre, personalidad y una sincera devoción por Capcom. Después llegó la insufrible serie de Netflix, otro cadáver que convenía dejar en la morgue bajo llave.

Zach Cregger finalmente encuentra la película que permanecía escondida dentro del videojuego. El director de Barbarian y Weapons es un verdadero maestro del terror, una categoría concedida con ligereza a falsos profetas como Curry Barker, responsable de la ridícula Obsession, o Kane Parsons, director de la mezcla tóxica entre Twin Peaks y Stranger Things conocida como Backrooms. Cregger sabe manipular el espacio, retrasar una aparición y convertir una puerta entreabierta en una promesa de catástrofe. También entiende que el sobresalto funciona mejor cuando el público ha tenido tiempo de imaginar aquello que puede saltar desde la oscuridad.

Bryan (Austin Abrams de Euphoria y The Walking Dead) es un repartidor médico que acepta realizar una última entrega durante una tormenta de nieve porque el trayecto significa recibir el doble de dinero. Conduce un automóvil inadecuado, por una carretera congelada y hacia las inmediaciones de Raccoon City. Mientras habla por teléfono con su novia embarazada, atropella accidentalmente a una mujer que aparece de repente frente al vehículo. Intenta auxiliarla y termina absorbido por un brote de proporciones infernales. Su misión comienza como un recorrido entre hospitales y se transforma en una carrera nocturna contra infectados, mutaciones y criaturas difíciles de clasificar.

Abrams hace de Bryan un protagonista perfecto porque carece de entrenamiento, fuerza extraordinaria y elegancia para empuñar un arma. Es un muchacho común que intenta comportarse correctamente y suele empeorar cada situación. Pasa de la confianza injustificada al pánico, maldice, se queja de sus medias mojadas y dispara como alguien que apenas está aprendiendo a usar los controles de un videojuego. Su vulnerabilidad devuelve el peligro a una franquicia que llevaba demasiado tiempo confiando en héroes invencibles.

La película adopta la lógica del videojuego sin convertirla en una colección servil de referencias. Bryan avanza por escenarios sucesivos, calcula las balas restantes, encuentra armas y adquiere una confianza que funciona como un árbol de habilidades. La cámara utiliza perspectivas subjetivas y movimientos que reproducen la ansiedad de explorar un corredor cuando sabemos que algo espera al final. Cregger comprende que Resident Evil siempre ha tratado sobre administrar recursos mientras el cuerpo y la arquitectura se vuelven enemigos.

Los infectados distan mucho del zombie convencional. Sus cuerpos se abren, se deforman y desarrollan apéndices que parecen salidos de las pesadillas de H. R. Giger, cuya obra fue mucho más amplia y perturbadora que su célebre criatura para Alien. La carne pulsa, los organismos se fusionan y los fluidos corporales invaden la pantalla. Por momentos, la película nos recuerda al Carpenter de The Thing, especialmente cuando la infección destruye cualquier frontera reconocible entre lo humano, lo animal y aquello que jamás debió existir.

También hay algo de The Last of Us en la experiencia de atravesar espacios abandonados mientras los infectados convierten el paisaje en una trampa. La diferencia está en el ritmo y el humor. Cregger prefiere la velocidad de una atracción mecánica y combina la amenaza con un humor negro nacido de la ineptitud de Bryan. Algunos chistes explican demasiado su parentesco con los videojuegos y el tramo final sacrifica parte del terror acumulado en favor del espectáculo, pero la película nunca pierde su impulso.

Resident Evil es sangrienta, repugnante y tremendamente divertida. Cregger no adapta una historia específica de los juegos; reproduce la experiencia de entrar en ellos sin conocer todavía sus reglas. Tras décadas de superhéroes disfrazados de supervivientes, clones imposibles y zombies subordinados a la pirotecnia, la franquicia encuentra una película capaz de provocar miedo, risa y asco en una misma secuencia. Es la adaptación que los verdaderos fanáticos llevaban años esperando, con pocas balas en el cargador y demasiadas criaturas detrás de la puerta.

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El Noel Gallagher retorna a su programa de radio favorito, U.K. sports radio, para revelar detalles de la gira de 2027 de Oasis en medio de una extensa conversación acerca de su amor por el fútbol y Manchester City.

Andy Goldstein, conductor de talkSPORT, sostuvo la plática con el rockero. Confesó que su hermano, Liam Gallagher, supo, inmediatamente, que la exitosa gira de 2025 no sería la única. Cuando se le preguntó cuándo decidieron llevar a cabo un segundo tour respondió que fue después del show en Wembley Stadium en Londres, apenas unas semanas después de iniciar el recorrido.

Gallagher rememoró, refiriéndose a la nueva película sobre la gira de reencuentro, Oasis: Don’t Look Back in Anger que “Nadie sabía, de verdad, que era lo que iba a suceder… Bueno, puedes verlo en el documental. (…) Pero nadie sabía realmente cómo iba a salir la cosa, así que nos presentamos en Cardiff y Manchester. Para cuando llegamos a Wembley, alguien dijo: ‘Bueno, será que…’. Entonces se decidió que lo haríamos, y todo se puso en marcha a partir de ese momento”.

La repentina decisión se llevó a cabo en parte porque Oasis quería asegurarse de llevarle la experiencia a sus fans europeos, ya que el continente fue omitido de la gira de 2025. “No podíamos omitir a Europa, nuestros fans italianos, franceses, alemanes, españoles y holandeses han sido muy buenos con nosotros durante años… así que siempre planeamos en hacer eso”. Se realizarán varios conciertos en dichos territorios durante la edición de 2027 del tour.

Desde esa programación preliminar, se llenó el itinerario. Por ejemplo, el cantante añadió que se suponía que debían tocar en Las Vegas y Boston, como no pudieron, ahora lo harán en 2027. Luego, añadieron a Knebworth Park, donde la banda se presentó en el Knebworth Festival de 1996.

“Nos lo estábamos pasando tan bien que (pensamos)… ¿Por qué no hacerlo?”, afirmó el artista.

Sin embargo, se mostró reticente a comprometerse cuando le preguntaron si creía que querría seguir con Oasis después de la gira de 2027. “No lo sé”, contestó.

Cuando se le planteó la inevitable y eterna pregunta de sobre un posible álbum nuevo de Oasis, respondió que “no habrá música nueva”. Cuando Goldstein le preguntó si quería “hablar más del tema”, el músico exclamó, alegremente, “no”. Luego se pusieron a charlar en detalle sobre fútbol.

Se dará inicio al viaje de 2027 con cinco noches en el Celtic Park de Glasgow en mayo. Seguirá una extensa serie de conciertos en su ciudad natal de Manchester, Inglaterra, luego continuarán en Alemania, España, Países Bajos, Francia e Italia. Tras sus conciertos en Boston y Las Vegas en agosto, Oasis cerrará la gira con dos fechas en Irlanda y las presentaciones de septiembre en Knebworth.

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Algunos de los mejores conciertos del planeta hoy están a cargo de músicos que llevan más tiempo en la ruta que nadie. Los más resistentes ya pasaron los 80: Bob Dylan, Neil Young, George Clinton, Paul McCartney. Son artistas para quienes tocar no es una profesión, sino una forma de vida. Siguen girando por la década de 2020 porque es ahí donde se sienten en casa, y porque ya no tienen razones para guardarse nada para mañana. Hace tiempo que dejaron de preocuparse por disimular las grietas de sus voces o las marcas de los años en sus rostros. Eso es para los jóvenes. Ellos exhiben sus voces octogenarias como si fueran cicatrices de guerra.

Dylan sigue siendo un modelo de cómo mantenerse vigente: canta lo que se le da la gana, con la energía que tenga disponible en cada noche y con ese gruñido inconfundible de sus 85 años. Durante todo el verano se mostró imponente, incorporando versiones de Bo Diddley y Charlie Rich acompañado por una rotación de guitarristas de jazz de altísimo nivel como Julian Lage, Jad Tariq y Joel Paterson.

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Pero incluso Dylan parece un principiante al lado de Willie Nelson. A los 93 años, el legendario cantante de country permanece sentado durante sus conciertos, aunque sigue tocando su guitarra inconfundible con unos dedos que todavía conservan su fuerza. Cuando ya no alcanza ciertas notas, simplemente recita las canciones sin perder ni un poco de carácter. Verlo atravesar “Funny How Time Slips Away”, un clásico que escribió hace más de seis décadas, no es solamente inspirador: es casi una provocación. Como si preguntara al público: “¿Y vos qué estás haciendo con el tiempo que se te escapa?”.

George Clinton pasó el año pasado recorriendo escenarios para celebrar la magia de Parliament-Funkadelic. Para su gira de 2026 incluso construyó una nueva Mothership para aterrizar sobre el escenario, ya que la original descansa actualmente en el Smithsonian.

Paul Simon, por su parte, había anunciado su retiro en 2018 debido a sus problemas de audición. Sin embargo, regresó sorpresivamente el año pasado al explicar que los avances tecnológicos finalmente le permitían escucharse de nuevo sobre el escenario. Desde entonces viene ofreciendo conciertos especialmente emotivos, centrados en el material que más le interesa hoy: su álbum Seven Psalms, editado en 2023. La experiencia terminó siendo mucho más significativa que una simple colección de viejos éxitos. También resulta conmovedor escucharlo reinterpretar temas menos conocidos de los años ochenta como “Rene and Georgette Magritte with Their Dog After the War”, una canción que hoy se encuentra más alejada en el tiempo de los ochenta que lo que la Segunda Guerra Mundial estaba de la fecha en que fue escrita.

Otro que sigue en gran forma es Van Morrison, que acaba de cumplir 81 años. En sus giras recientes apostó por repertorios centrados en antiguos clásicos del blues, música que parece inspirarlo mucho más que volver a cantar “Brown Eyed Girl” por enésima vez.

El histórico miembro de The Beach Boys, Al Jardine, también viene asumiendo riesgos artísticos al llevar a escena Love You, uno de los discos de culto más queridos del grupo. Rod Stewart, fiel a su estilo, extendió durante más de un año su gira de despedida, demostrando una vez más que nunca fue alguien dispuesto a decir adiós demasiado rápido.

Micky Dolenz todavía alcanza las notas altas de “The Porpoise Song”, mientras que Ringo Starr convierte cada show de su All-Starr Band en un despliegue constante de energía. Si no está detrás de la batería, está bailando. Lo más asombroso es que, cuando era chico, sus problemas de salud hacían dudar incluso de que llegara a la adultez. Hoy sigue recorriendo escenarios a los 86 años.

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Y después está Paul McCartney, que dejó a todos boquiabiertos con sus fechas norteamericanas del año pasado. Nadie termina de entender por qué sigue exigiéndose tanto, ofreciendo shows maratónicos con un entusiasmo casi sobrehumano. Pero sigue encontrando nuevas maneras de desafiarse. Uno de los mayores encantos de sus conciertos es ver cuánto le cuesta abandonar el escenario cuando llega el final. Ojalá todos pudiéramos odiar algo tanto como McCartney odia terminar un show.

Neil Young llega después de un par de años demoledores en vivo, primero junto a Crazy Horse y luego con los Chrome Hearts. Aunque canceló gran parte de sus conciertos programados para 2026, alegando simplemente que necesitaba un descanso, regresó a los escenarios este otoño.

Los Rolling Stones, en cambio, tuvieron que archivar sus planes de gira. Claro que no cualquiera puede ser un fenómeno biológico como Mick Jagger, que a los 83 años se mueve mejor que la mayoría de la gente varias décadas más joven. Tampoco es casualidad: hijo de un profesor de educación física, Jagger se tomó muy en serio su preparación física mucho antes que la mayoría de las estrellas de rock.

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Stevie Nicks, cerca de cumplir 78 años, atraviesa uno de los momentos más exitosos de toda su carrera. Pasó buena parte del año pasado agotando entradas en arenas y disfrutando plenamente de su estatus de leyenda.

Los ex Rush Geddy Lee y Alex Lifeson, con 73 años, parecen casi adolescentes en esta compañía. El dúo había abandonado las giras una década atrás, incluso antes de la muerte de Neil Peart, por lo que su regreso triunfal este año fue una de las noticias más celebradas por los fanáticos.

“Alex y yo hicimos una profunda búsqueda interior”, dijo Lee en octubre. “Y llegamos a la conclusión de que extrañamos muchísimo esto”.

Una frase que resume perfectamente por qué estos veteranos siguen volviendo a la ruta.

Porque, al final, ninguno de estos músicos está girando para revivir el pasado. Regresan porque arriba del escenario es donde se sienten vivos. Y precisamente por eso siguen siendo tan buenos en lo que hacen. Como resumió Neil Young hace muchos años: para los músicos y para los buscavidas, esta noche sigue siendo la noche.

Esta nota forma parte de la serie Reasons to Love Rock, de Rolling Stone US, dedicada a los sonidos, tendencias, escenas y artistas que generan entusiasmo sobre el rock en 2026.

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Preguntale a cualquier banda de rock alternativo que haya pasado tiempo de gira durante los años noventa cuál era su sala favorita de la vieja escuela en Chicago y es muy probable que Lounge Ax aparezca entre las primeras respuestas. Inaugurado en 1987 y gestionado durante gran parte de su existencia por Julia Adams y Sue Miller, este pequeño club sobre Lincoln Avenue fue escenario de innumerables conciertos memorables antes de cerrar definitivamente sus puertas el 15 de enero de 2000. Durante la semana previa a su despedida tocaron allí leyendas locales y habitués del lugar como Wilco, Eleventh Dream Day y Shellac.

Aunque desapareció hace ya un cuarto de siglo, Lounge Ax nunca fue olvidado. Y muy pronto, muchos de los conciertos que albergaron sus paredes podrán escucharse gratuitamente gracias al archivista y grabador local Aadam Jacobs y a Internet Archive.

“Me sentía completamente en casa ahí”, dice Jacobs, que registró alrededor de 2.200 sets en Lounge Ax desde fines de los años ochenta. “Muchas veces era el lugar que elegía para ir”.

Su primer show en el club fue el de Duncan Imperials, el 5 de julio de 1989. Más de una década después también registró el último concierto de la historia del local, protagonizado por The Coctails. Pero su archivo va mucho más allá. Incluye presentaciones en otros escenarios de Chicago de artistas como Pixies (10 de agosto de 1989 en Metro), Nirvana (8 de julio de 1989 en Dreamerz), Hüsker Dü (16 de junio de 1984 en West End) y The Smiths (7 de junio de 1985 en Aragon Ballroom).

En total, el material suma cerca de 10.000 conciertos grabados, una documentación invaluable de una época fundamental para el rock. “Es increíble lo bien que registró estos shows hace tanto tiempo”, afirma Brian Emerick, encargado de la monumental tarea de digitalizar toda la colección, además de los detallados diarios que Jacobs llevó sobre cada concierto al que asistió. “Aprendió sobre la marcha y descubrió dónde colocar los micrófonos para obtener el mejor sonido”.

Jacobs asegura que, por lo general, pedía permiso a las bandas y a las salas antes de grabar, y que además solía entregarles copias del material. Reconoce que en algunas ocasiones registró conciertos de manera más discreta. “Pero la enorme mayoría de lo que hice no fue así. Había micrófonos a la vista. La gente sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Tenía autorización”. Ni Jacobs ni Internet Archive obtienen beneficios económicos por las grabaciones que integran la Aadam Jacobs Collection.

El hombre que grabó 10.000 shows y preservó la historia del rock de Chicago

Su primer registro data de 1984, cuando tenía apenas 17 años y grabó a la banda británica de improvisación libre AMM. “Cuando todo tomó velocidad, salía prácticamente todas las noches”, recuerda. “Durante gran parte de los noventa grababa entre 200 y 250 shows por año”.

La colección incluye registros históricos. La grabación de The Smiths documenta el primer concierto de su primera gira por Estados Unidos. Jacobs vio a Nirvana dos años antes de Nevermind, cuando el grupo abría para una banda local llamada Precious Wax Drippings. También registró actuaciones tempranas de artistas como Liz Phair, que comenzó tocando en bares del área de Chicago. “Estuve en sus primeros conciertos, cuando no iba nadie”, recuerda.

Según los cálculos de Emerick, la banda que más veces grabó Jacobs fue Eleventh Dream Day, con 166 registros. Si se incluyen solistas, el récord es para Robbie Fulks, con 282 conciertos. También aparecen con cifras destacadas Dag Juhlin, de Poi Dog Pondering, y The Mekons.

Después de tantos años y miles de conciertos, elegir favoritos no es sencillo. Sin embargo, Jacobs menciona especialmente sus numerosas grabaciones de la banda holandesa The Ex. También recuerda con cariño un concierto de The Wedding Present en Lounge Ax. “Fue algo realmente especial”, dice sobre aquella presentación del 9 de marzo de 1991.

Jacobs grabó conciertos varias veces por semana entre 1984 y comienzos de 2020, cuando la pandemia obligó a cerrar salas de todo el mundo.

“La pandemia fue el golpe final”, afirma. “Aproveché ese tiempo para ordenar toda la colección alfabéticamente y clasificarla bien. Pero el impulso de seguir grabando simplemente desapareció”.

A eso se sumaron algunos problemas de salud. Aunque registró algunos shows aislados cuando los conciertos volvieron, hace aproximadamente tres años que no realiza una grabación.

“El objetivo siempre fue no perderme nada verdaderamente importante cuando una banda pasaba por la ciudad por primera vez”, explica sobre una pasión que marcó toda su vida. “Ahora llegué a un punto en el que quiero disfrutar de lo que ya conozco”.

Aunque la mayor parte del material ya fue digitalizada, todavía falta tiempo para que la colección completa esté disponible en Internet Archive.

“Estamos subiendo alrededor de 200 conciertos por mes”, explica Emerick, que trabaja en el proyecto desde fines de 2024 junto a un equipo de unos quince voluntarios. “Calculamos que aún quedan unas 8.000 grabaciones por cargar. Si mantenemos un ritmo de 2.400 por año, todavía nos esperan unos tres años de trabajo”.

Como era de esperar en alguien con semejante obsesión por documentar la música, Jacobs también conserva un enorme archivo de videos de conciertos emitidos por televisión.

“Fue una obsesión, claro”, admite. “¿Cómo no iba a grabar todas esas bandas increíbles que aparecían en televisión y que jamás iba a poder volver a ver si no las registraba?”

Emerick también abrió un canal de YouTube para ese material. “Ahora yo soy el hobby de Brian”, bromea Jacobs.

Recientemente lanzó un sello discográfico llamado Laughing Bee Music, que comparte identidad con Dead Bird, el sello que manejó durante los noventa. La idea es editar en vinilo y formatos digitales grabaciones en vivo extraídas de su archivo.

Los dos primeros lanzamientos previstos son Naked Raygun’s This Place Used to Be a Strip Joint (Live), grabado el 2 de noviembre de 1985, y Eleventh Dream Day’s By the Time They Got to Lounge Ax (Live). Este último, curado por el cantante y guitarrista Rick Rizzo, reúne material de cuatro actuaciones realizadas entre 1991 y 1994 en Lounge Ax y se extiende a lo largo de dos LP.

Ambos discos estarán disponibles en formato digital el 18 de septiembre, mientras que las ediciones en vinilo llegarán el 16 de octubre.

Jacobs se entusiasma al pensar que todo ese trabajo finalmente llegará a nuevos oyentes, después de haber convertido durante décadas a los pequeños clubes de Chicago en una segunda casa.

“No sé cuál será el nuevo Lounge Ax”, reflexiona. “Pero tiene que existir. La escena tiene que seguir existiendo. Hay una escena en Chicago. Yo ya no estoy tan al tanto, pero está ahí, y tiene que estar ahí porque es donde ocurre el crecimiento. Y eso es algo hermoso”.

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El punk rock siempre estuvo ligado a la idea de que tanto los artistas como los oyentes están enojados: frustrados con el sistema, indignados frente a la injusticia. Mucha de la música surgida del Caribe en los últimos años reflejó esos mismos sentimientos, aunque, para sorpresa de algunos, lo hizo principalmente a través del reggaetón, el dembow, el reparto y otros sonidos generalmente asociados con la fiesta. Basta pensar, por ejemplo, en Debí Tirar Más Fotos, el éxito ganador del Grammy de Bad Bunny que cuestiona el colonialismo. En Puerto Rico, sin embargo, donde el punk tiene presencia desde comienzos de los años ochenta, todavía existen muchas bandas dispuestas a gritarlo a los cuatro vientos.

Tapaboka, un cuarteto de hardcore que debutó en 2023, es uno de los proyectos más prometedores del archipiélago. La cantante Analaura Morales repartió volantes por el barrio Río Piedras, en San Juan, buscando formar una banda antes de conocer a la guitarrista Sofía Capllonch y a la bajista Victoria “Vic” Nieves. (El baterista de Tapaboka, Daniel Maymí, se sumó más tarde). “En ese momento escuchaba muchísimo punk y mucho rock. Me sumergí por completo en ese mundo”, cuenta Morales. “Pensé algo así como: ‘Algún día voy a morir, así que más vale hacer algo divertido’”.

La música de Tapaboka es ruidosa, frenética y está cargada de furia frente a temas como las relaciones controladoras (“El Rey”), la autonomía personal (“La Ley”) y la denuncia de los violadores (“Puto Violador”). “La escena está dominada por hombres. También puede ser muy agresiva y hostil hacia las mujeres”, afirma Capllonch. “Nuestros shows suelen ser espacios más seguros. Con toda la rabia asociada al punk, mucha gente olvida que la idea es que todos puedan pasarla bien y tener un lugar donde disfrutar en comunidad”.

Las integrantes del grupo han escuchado más de un exabrupto grosero proveniente de hombres entre el público, pero utilizan esas situaciones como combustible. “Por lo general me enfurece tanto que cuando llega el momento de tocar, termino gritando mejor que nunca”, dice Nieves. “De vez en cuando entro en una especie de trance sobre el escenario. Realmente no sé qué estoy diciendo ni qué estoy haciendo. Después, cuando bajo y escucho la grabación, pienso: ‘Eso fue demasiado’”.

Muchas de sus principales influencias musicales operan en esa misma frecuencia incandescente: Die Spitz, Lambrini Girls y Hole. También reivindican a bandas puertorriqueñas que admiran, como Desahuciados, RATAS, Fullminator y Sikotrópicas. Estas últimas son veteranas de la escena y una de las tantas agrupaciones lideradas por mujeres que surgieron durante la época dorada del punk en Puerto Rico. Entre otras se cuentan Alarma, Las Clitz y Cojoba. Como detalla el autor Yoel Gaetán en Alcantarillados: 30 Years of Punk in Puerto Rico, el género comenzó a consolidarse seriamente durante los años noventa. Grupos como Ardillas, Necronazis y Los Pepiniyoz terminarían allanando el camino para Dávila 666, que con el tiempo se convertirían en los principales abanderados del punk rock puertorriqueño.

En otras partes del Caribe, un puñado de bandas también ha mantenido vivo el punk en los últimos años. Cuba posee una larga historia con el género, especialmente durante el llamado “Período Especial” de crisis económica en los años noventa. Más recientemente, grupos como Kubensi, Rateristas y Limalla se transformaron en referentes del movimiento, impulsados por “el deseo de gritar en un entorno tan hostil, donde la sociedad se ha vuelto muda, ciega y sorda”, según explicaron los miembros de Kubensi en una entrevista con el sitio Cartel Urbano. En República Dominicana, bandas como Truño y Los Rialengos satisfacen la demanda de los fanáticos, mientras que otras como Poolpo y Grunjeo ofrecen alternativas más cercanas al pop-punk y al grunge.

Hacer música como artista independiente en un lugar tan económicamente golpeado como Puerto Rico no es tarea fácil. Y la situación se vuelve aún más complicada para bandas que deben coordinar varios integrantes, instrumentos, mantenimiento de equipos, sesiones de grabación, ensayos, organización y promoción de conciertos. Para Tapaboka, además, el apoyo suele ser escaso. “Las salas no valoran a los músicos, las artes no reciben la promoción que deberían y el gobierno casi no ofrece respaldo económico a los programas musicales”, señala Capllonch. “Otras áreas, como el deporte, siempre reciben prioridad, lo cual también está muy bien, pero para nosotros es un problema”.

Tapaboka también siente las limitaciones derivadas del tamaño de Puerto Rico, una isla de apenas unos 13.700 kilómetros cuadrados. “Somos una isla muy pequeña. Es más difícil que las bandas que no provienen del área metropolitana consigan visibilidad”, continúa Capllonch. Según explica, los grupos de San Juan y sus alrededores tienen más posibilidades de abrirse camino, mientras que para quienes viven más lejos el desafío resulta todavía mayor. “Y una vez que ya estás dentro de la escena, llega un momento en que el público es increíble, tiene muchísima energía, pero también es muy familiar, porque el alcance geográfico es limitado”.

En cierto sentido, sin embargo, el problema más complejo tiene que ver con los prejuicios sobre la diversidad musical del Caribe. “Puerto Rico es una colonia de Estados Unidos y hemos sido condicionados por esa idea de ‘pertenencia’ norteamericana”, afirma Maymí. “Si le preguntás a un puertorriqueño, conoce perfectamente la cultura estadounidense, pero muchos saben muy poco sobre Sudamérica, México o incluso República Dominicana. ¡Y son nuestros vecinos más cercanos! Somos casi esclavos de la hegemonía de Estados Unidos”. Incluso el público local, asegura, a veces cree que para encontrar punk, metal o thrash hay que mirar necesariamente hacia el norte. Tapaboka es apenas un ejemplo más, dentro de una lista extensa y rica, de por qué esa percepción es equivocada.

De cara al futuro, la banda espera seguir experimentando con su sonido sin perder la identidad explosiva que conquistó a sus seguidores. “Odio la idea de que el trabajo estándar de un baterista punk sea simplemente tocar un maldito ritmo D-beat y, de vez en cuando, algún pasaje a medio tiempo”, dice Maymí. “Quiero meter algo de jazz y funk ahí dentro”.

Aunque la realidad de lo que implica abrirse camino como banda de rock en Puerto Rico puede resultar desalentadora, los integrantes de Tapaboka se muestran optimistas. “Esperamos lanzar más música, generar un impacto mayor y hacer llegar nuestro mensaje a más gente”, concluye Morales. “Si eso significa escribir canciones que ayuden a reflejar o exponer determinadas situaciones, me encantaría seguir por ese camino”.

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El shoegaze alguna vez fue descartado como una moda pasajera de los años noventa, pero hoy está explotando. Pioneros como My Bloody Valentine, Slowdive y Ride son mucho más queridos e influyentes ahora de lo que fueron en su etapa original. El sonido shoegaze sigue evolucionando, mientras artistas jóvenes continúan encontrándose a sí mismos en esas olas gigantes de guitarras saturadas y distorsionadas. Los fans y las bandas de la Generación Z se sumaron a la mezcla, creando un auge de nuevas variantes de zoomergaze. Hay algo en ese ruido capaz de sacudir los huesos que sigue golpeándonos directamente en los rincones más oscuros del alma.

La palabra shoegaze, al igual que goth o Trekkie, nació originalmente como un insulto antes de ser adoptada con orgullo por sus verdaderos creyentes. Una de las rarezas eternas del género es que las leyendas británicas de la primera ola todavía detestan el término y se niegan a ser asociadas con él, a pesar de que hace décadas que nadie lo utiliza de forma despectiva. Basta ver la ironía del excelente documental Beautiful Noise, donde la palabra “shoegaze” jamás se menciona porque era la única manera de conseguir que Kevin Shields aceptara participar. Pero, al igual que el drum and bass, es un sonido noventero que encontró una segunda vida en la década de 2020, convertido en un rico lenguaje musical cargado de posibilidades emocionales.

Este tipo de música siempre atrajo a los fanáticos de los equipos, esos que fetichizan sus exclusivos pedales de distorsión. Pero hoy también está al alcance de cualquier adolescente inquieto con imaginación. Wisp lanzó uno de los discos de shoegaze más destacados del año pasado con If Not Winter, aunque comenzó sin salir de su dormitorio universitario. Cuando tenía 18 años, creó “Your Face” cantando sobre una pista shoegaze que encontró en internet y grabándose con su teléfono. Después vio cómo la canción se convertía en un fenómeno viral en TikTok. Al igual que otros zoomers como Quannnic o Flyingfish, demuestra por qué al auge actual ya ni siquiera puede llamárselo un simple “revival”.

Nunca hubo tantas bandas de shoegaze tan inventivas, experimentando de manera tan libre, especialmente en el underground. Filadelfia se convirtió en una auténtica mina de oro gracias al sello Julia’s War y a una escena DIY poblada por grupos como Full Body 2, Bleary Eyed y Knifeplay. Los referentes locales They Are Gutting a Body of Water publicaron uno de los discos más impactantes de 2025 con LOTTO, un relato desgarrador sobre el dolor y la adicción.

El grupo de Nashville Total Wife se lanza al vacío con fantasías mutantes de hyperpop en el encantador Come Back Down, mientras que los oriundos de Phoenix, Glixen, exploran una veta más romántica en Quiet Pleasures. Desde Kansas City, Misuri, Forever Star incorpora ritmos breakbeat de drum and bass, lo que les valió la etiqueta de “junglegaze”. El sonido sigue transformándose gracias a bandas como Feeble Little Horse, de Pittsburgh; High., de Nueva Jersey; y Julie, de Los Ángeles. Grupos indie de gran nivel como Wednesday y Hotline TNT comenzaron sobre terreno shoegaze antes de despegar hacia direcciones completamente propias.

Los pioneros también están atravesando un gran momento. Swervedriver y Slowdive realizaron giras muy celebradas el año pasado, mientras que Ride había hecho lo mismo el año anterior. Incluso emergió de las sombras teñidas de magenta el otoño pasado para ofrecer una serie de multitudinarios conciertos en el Reino Unido. Su álbum de regreso homónimo de 2013 hoy suena menos como un regreso nostálgico a los noventa que como una visión anticipada del presente, especialmente por la forma en que incorporaba esos ritmos contundentes que desconcertaron a muchos oyentes en aquel momento, pero que terminaron siendo proféticos para la década de 2020.

Tanto el shoegaze como el drum and bass funcionan sorprendentemente bien en TikTok, ideales para generar impacto instantáneo en las redes sociales. Esa es una de las grandes razones por las que ambos géneros están viviendo un boom, mucho después de que los expertos los declararan muertos.

No parece haber fin para la corriente constante de derivados: doomgaze, grunge-gaze, twang-gaze y surf-gaze, entre otros. (Durante un tiempo, en los años 2000, hubo quienes intentaron imponer el término “shoetronica”. Por suerte, esquivamos esa bala.) Pero la explosión del shoegaze atrae a una nueva generación de oyentes, incluso a aquellos que no coleccionan viejos discos de Pale Saints. Todo reside en esa sensación de sobrecarga sensorial absoluta, en el temblor de pánico que podía provocar un concierto de My Bloody Valentine cuando extendían “You Made Me Realize” durante varios minutos más allá de cualquier duración razonable, hasta hacerte sentir que el páncreas se te derretía dentro de los riñones. Hoy más que nunca, es el momento indicado para dejar que una Fender Jazzmaster chirriante y distorsionada invada tu alma y te haga entrar en razón.

Esta nota forma parte de la serie Reasons to Love Rock, de Rolling Stone US, dedicada a los sonidos, tendencias, escenas y artistas que generan entusiasmo sobre el rock en 2026.

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El dúo mexicano, Jesse & Joy, que llevan activos desde los años 2000 han llegado a un punto de inflexión. Jesse Huerta anunció en su Instagram que detalla la razón por la que decidió alejarse de su carrera musical.

En el comunicado explica, “he decidido tomarme un tiempo para estar con mi familia, cuidar de mí y darme el respiro que hoy siento que necesito (…) hoy entiendo que necesito dar prioridad a mi bienestar (…) Esta decisión nace de un lugar de amor y de la necesidad de cuidar mi paz y mi salud mental y emocional. Hoy necesito vivir a otro ritmo, estar más presente con los míos y permitirme seguir creciendo, creando y explorando nuevos caminos”. 

En cuanto al futuro del proyecto musical, escribió, “Jesse & Joy es una parte fundamental de mi vida. Compartir este camino con mi hermana y ver cómo nuestras canciones se han vuelto parte de sus historias es algo que valoro profundamente”, continuó agradeciendo a su hermana, Joy Huerta, por “los buenos recuerdos y por dejarme acompañar una de las voces más hermosas del planeta con mis manos, nuestras canciones, mis frecuencias, melodías y mi voz” 

Les dio las gracias a sus fans por “sus mensajes у por permitirnos acompañarlos en tantos momentos de sus vidas, todo ese cariño tiene un lugar muy especial en mi vida”. Aseguró que “Nuestra música nunca parará, es y siempre será algo más grande que nosotros y vive a través de todos ustedes”.

A pesar de su alejamiento, estableció que cumplirá con sus compromisos profesionales hasta la presentación el 17 de noviembre en Londres, Inglaterra, una fecha que extendió hasta el 5 de diciembre en su post más reciente

Siempre se podrá volver a escuchar los hits como ‘¡Corre!’, ‘Dueles’ y ‘Ecos de Amor’, grandes álbumes como ¿Con quién se queda el perro? y Un besito más. Conforme lo expresó la estrella del pop latino, ganador de Latin Grammys y conquistador internacional de corazones, todo esto “vive a través de ustedes”, así que solo queda esperar y aceptar esta noticia con comprensión y respeto.

A la fecha de esta publicación Joy Huerta no se ha pronunciado al respecto.

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For Zara Larsson, the Midnight Sun era still has some daylight left.

Although the Swedish pop star already has plenty of new music on the horizon, she’s not ready to move on from her latest album just yet, especially when there’s still a song she feels deserves its moment.

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“I really want to push ‘Blue Moon’ because I feel like it’s ‘Midnight Sun’s’ sister,” Larsson told Billboard backstage Wednesday night at her Apple Music x Chase Sapphire Experience concert and Q&A. “And it deserves a video and it deserves love.”

That doesn’t mean Larsson isn’t thinking about what comes after the Midnight Sun wave comes to a halt. If anything, the massive year she’s having has only made her more eager to keep going. The album reached a peak of No. 36 on the Billboard 200, and the project’s title track peaked at No. 13 on the Billboard Hot 100. As she’s taken the album around the world, she’s watched fans turn her live shows into their own kind of spectacle — from viral drone footage of a festival crowd to a fan joining her onstage at Lollapalooza and an audience being lifted into the air at a show in Belgium. Those moments are impossible to manufacture, Larsson says, and that’s exactly what makes them so special.

“It’s something that can’t be planned. And it’s something that the fans bring,” she says. “It’s really something that I can’t do from stage by myself.”

The people on the other side of the barricade are an essential part of the performance for Larsson. She wants every single show to feel like its own experience, regardless of the country or festival.

“I really want people, wherever they are, in whatever festival or country, to have that experience and to be together to create special memories,” she says. “I really do feel like every show is different and every audience brings something different.”

And there are still plenty of stages Larsson aims to reach. When asked whether fans could someday see her headline Coachella, she had a very quick answer: “That’s my dream.”

Larsson has attended the festival for years, and she says it’s one of the places where she feels extremely inspired by the artists and musicians around her. But she knows she’s not ready to take the top spot just yet.

“I’m not quite there yet, but I definitely want to perform,” she says. “And then for headlining, I want it to be so mega and big and amazing that everyone’s like, ‘Well, now she has to headline.’”

In the meantime, Larsson has become extremely hands-on with the career that could potentially get her there. After years in the music industry, she says she’s only recently started feeling like she’s truly taking control of her artistry, whether it’s her music or the business decisions surrounding it.

“It’s weird how long I’ve been in the industry but yet just now feel like I am taking control over my artistry and what I do and how involved I am,” she says. “There’s so much for me to still get to know and work on, and I will do so.”

To her, this meant being open about the things she believes in, something that Larsson says she hopes to maintain as her career continues to skyrocket.

During the interview, Larsson was asked about the support Macklemore has received from fans after taking public stances that could potentially alienate some listeners. For Larsson, seeing people rally around an artist who is willing to speak honestly is more powerful than anything.

“I respect that so much,” she says. “It is so powerful to see how everyone can come together and make a difference.”

Larsson has found herself on the receiving end of that same kind of support. After showing support for Macklemore, she was included near the top of an online list of artists that fans considered trustworthy, which is something that Larsson says she appreciated, but doesn’t necessarily view as a title she’s trying to earn.

“I just try to be a good person,” she says. “I genuinely believe that most people out here — I don’t think that there are many evil people in the world. I do think everyone is good in their souls.”

As the stakes get higher, Larsson’s goal is to keep making decisions that feel honest.

“I want to feel like everything that I do is clear and it comes from a place of love,” she says.

That philosophy seems to extend to how she approaches her music as while. Though Larsson admits she does have “so much new music” she wants to work on and release, she’s more interested in giving Midnight Sun her time to shine rather than rushing toward whatever comes next.

“People are still discovering so much about you every day,” she says. “So there’s so much space to be held still for the whole Midnight Sun album.”

That includes “Blue Moon,” which Larsson plans to keep pushing through TikTok and, eventually, the visuals she has in mind for the song.

“I really want to make sure that people aren’t forgetting her,” she says. “or maybe they haven’t even discovered ‘Blue Moon.’”

Indie record label My Block Inc. is suing distributor SRG/ILS Group over royalty accounting for Erica Campbell‘s 2023 gospel album I Love You.

A Thursday (Sept. 17) lawsuit, first obtained and reported by Billboard, alleges that SRG hasn’t provided a single royalty statement to My Block, the label founded by Erica Campbell’s husband, producer Warryn Campbell. The case comes in the wake of similar legal claims brought by veteran R&B singer Kenny Lattimore against the digital distributor, which operates in partnership with Universal Music Group’s Virgin Music.

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My Block was under a distribution deal with SRG from 2021 to 2024. During that time, Erica’s 2023 album I Love You sent the single “Feel Alright (Blessed)” to No. 1 on Billboard‘s Gospel Airplay chart. She and Warryn, a co-writer and producer on the album, received Grammy nominations for the I Love You tracks “Feel Alright” and “Positive.”

SRG also distributed Lena Byrd Miles’ 2022 album Brand New from My Block, which included the No. 1 Gospel Airplay single WOW (Walk on Water)”, as well as The Walls Group’s 2023 album Four Walls.

“Block’s album releases Brand New, Four Walls and I Love You sold over 113 million streams between 2022-2024 and generated over $1 million sales,” reads the lawsuit. “SRG has never provided Block a royalty statement. Due to SRG’s breaches, Block has been harmed in its business.”

The label is now suing SRG for breach of contract and seeking more than $1 million in financial damages.

Reached for comment on the lawsuit Thursday, SRG said it has “made repeated efforts to engage with My Block and its representatives regarding the orderly transition of masters, accounting, and payments” since their distribution deal concluded.

“We have maintained a comprehensive record of those communications and are confident that the facts and documentation will provide important context to the allegations now being made,” said SRG in its statement. “SRG remains focused on what it has always been focused on: serving our artists and partners, honoring our commitments, and building long-term relationships rooted in trust.”

“The music industry is a close-knit community, and the reputation we have built through years of working with artists, executives and independent labels is something we value deeply,” added SRG. “We wish My Block Records and its artists continued success and remain hopeful that, once this matter is resolved, both companies can move forward positively.”

SRG was previously sued in February by Lattimore, who alleged that SRG only sent him a single royalty check of just $4,400 as the distributor for his 2021 album Here to Stay. That album produced the No. 1 Adult R&B Airplay single “Take a Dose” and, according to Lattimore, should have entitled him to over $100,000 in royalties.

SRG has denied Lattimore’s allegations of wrongdoing and is fighting his lawsuit in court. Evidence discovery for that case is ongoing now.