Hay cocineros que perfeccionan una tradición y otros que la desafían. Andrés Nieto pertenece a esta última categoría. Su trabajo no se limita a diseñar menús: construye experiencias inmersivas donde la gastronomía dialoga con la música, el arte, la moda, la arquitectura y las emociones. Durante casi dos décadas ha trabajado con algunas de las marcas más importantes del país, transformando el catering tradicional en una plataforma creativa capaz de contar historias.
Desde servir comida sobre baldosas en una feria de construcción hasta conceptualizar experiencias inspiradas en perfumes, documentales o el universo de Cien años de soledad, Nieto ha convertido cada evento en una obra sensorial. Hoy, desde su “cocina estudio”, desarrolla una propuesta que él mismo define como “cocina maximalista”: una búsqueda artística donde cada plato debe despertar recuerdos, emociones y conversaciones.
¿Cómo nace tu pasión por la cocina?
Yo empecé muy chiquito. Más o menos a los 12 años ya tenía un gusto muy fuerte por la cocina. Viví en San Andrés a esa edad y mi mamá manejaba un hotel. Yo me la pasaba metido en la cocina, absorbiendo todo, preguntando, mirando cómo funcionaban las cosas.
Después tuve la fortuna de tener muy cerca de la familia a un chef francés que me enseñó algo que hasta hoy sigue siendo la base de todo lo que hago: el respeto por el alimento, por el comensal y por la persona a la que le sirves. Siempre me decía: “Cada vez que le sirvas algo a alguien, piensa que se lo estás dando a la persona que más amas”. Eso se me quedó para siempre.
Empecé a formarme muy joven, aunque nunca pensé que terminaría dedicándome a esto. Siempre fue un gusto muy natural.

¿Cómo terminas convirtiendo esa pasión en una profesión?
Primero estudié Administración y rápidamente entendí que por ahí no era. Después entré a estudiar cocina. Me gradué muy joven; estuve en muchos colegios y no fui precisamente el estudiante más juicioso, pero eso me dejó algo muy valioso: aprendí a relacionarme con la gente.
Cuando tenía 17 años me propusieron hacer un evento para 1.200 personas. Y dije que sí.
Hoy, después de casi veinte años trabajando en esto, todavía me pregunto cómo logré hacerlo. Tenía que coordinar cerca de cien meseros, conseguir una cocina, alquilar equipos, contratar profesores y compañeros de estudio. No tenía experiencia real, pero lo hicimos y salió bien.
Al poco tiempo llegó otro evento, esta vez para Coca-Cola, para 600 personas. Ahí entendí que lo mío eran los eventos y el catering.
¿En qué momento decides romper con el catering tradicional?
Empecé haciendo eventos pequeños y muy tradicionales. Pero siempre he sido extremadamente curioso. En 2010 o 2011 me llegó la oportunidad de hacer un evento para Corona en una feria de construcción.
Competíamos con empresas enormes como Astrid & Gastón, Matiz y Rush. Todo el mundo servía la comida de la misma manera: bandejas de plata, montajes muy clásicos. Entonces, en una reunión con la agencia, les pregunté: “¿Qué pasa si en vez de servir en bandejas tradicionales usamos las baldosas que ustedes venden?”.
Les encantó la idea y creo que por eso me dieron el proyecto.
Pero entendí que no podía quedarme solo con servir comida sobre baldosas. Compré radios, uniformes, armé un equipo que se sintiera profesional y empecé a experimentar con nitrógeno líquido, esferificaciones, flores comestibles y técnicas que en ese momento eran muy poco comunes en eventos.
Nunca olvidaré cuando salió el primer mesero con una de esas baldosas convertidas en bandeja. La gente no sabía si era parte de la decoración, si debían fotografiarla o si podían comerla. Ahí entendí el poder de la puesta en escena.
Ese evento cambió por completo mi forma de entender el servicio de alimentos y bebidas.

Hoy trabajas con grandes marcas. ¿Cómo construyes una experiencia?
Yo trabajo prácticamente como una agencia creativa. Me entregan un brief y desarrollo una propuesta integral.
No es solamente la comida. También pienso en la música, las luces, la escenografía, el tipo de público y la emoción que queremos generar.
No es lo mismo diseñar una experiencia para jóvenes que para un público más conservador. No es lo mismo trabajar para una marca fitness que para una marca corporativa.
Todo tiene que conectarse.

La moda ha sido uno de tus grandes escenarios. ¿Recuerdas algún proyecto especial?
Uno de los primeros fue con Seven Seven para el lanzamiento de una colaboración con un grafitero neoyorquino.
Lo primero que hago siempre es estudiar. Investigo la historia, la paleta de colores, el contexto cultural y el público. Entonces pensé: si estamos hablando de un grafitero de Nueva York, la comida tiene que remitir a Nueva York.
Creamos mini pretzels, mini hot dogs, mini hamburguesas y donuts. Pero lo importante era cómo presentarlos.
Los hot dogs iban sobre estructuras que simulaban el Subway. Los pretzels se colgaban en ganchos de ropa de la marca y los invitados los tomaban directamente de allí. Para cerrar, instalamos grandes lienzos llenos de donuts y los meseros las intervenían con chocolates de colores usando atomizadores, como si estuvieran grafiteándolas.
Fue increíble.
Después llegaron marcas como Ferragamo, Carolina Herrera, Paco Rabanne, Chanel, Samsung, Lenovo y muchas otras.
También has trabajado con la industria del entretenimiento. ¿Cómo abordas esos proyectos?
Es un reto enorme porque cada historia exige una sensibilidad distinta.
Por ejemplo, trabajamos en el lanzamiento de Estado de fuga, una serie basada en hechos muy dolorosos ocurridos en Colombia. Había que conmemorar y recordar, pero desde un lugar respetuoso y bello.
También realizamos el lanzamiento del documental de James Rodríguez. La experiencia era un viaje gastronómico por los países que marcaron su carrera: Tolima, Portugal, Alemania, Inglaterra y España.
Ahora sueño con trabajar en la segunda temporada de Cien años de soledad. Ojalá se dé. Quiero que las personas entren al espacio y realmente sientan que están en Macondo.

¿Cómo definirías tu filosofía creativa?
No me considero un chef tradicional. Sí, soy chef porque es mi profesión, pero me considero más un artista.
No lo digo desde el ego, sino desde el sentimiento. Todo lo que hago tiene un propósito y está pensado para la persona que lo va a comer.
Primero pienso en quién es esa persona. Después me pregunto cómo voy a llegarle visualmente, cómo voy a lograr que lo que vea parezca una pieza de museo y, finalmente, cómo voy a hacer para que, cuando lo pruebe, despierte una emoción y permanezca en su memoria.
Quiero que alguien, dentro de diez años, recuerde un bocado y diga: “Todavía me acuerdo de esos pandeyucas que explotaban en la boca”.
Has comenzado a hablar de “cocina maximalista”. ¿Qué significa?
Estoy desarrollando ese concepto con mi equipo.
La cocina maximalista no significa abundancia en cantidad, sino abundancia en sabores, texturas, culturas y sensaciones.
Puedo hacer una mesa minimalista, pero lograr que en un solo bocado la persona viaje por muchos lugares y experimente múltiples emociones.
Además, quiero compartir el conocimiento acumulado durante casi veinte años y demostrar que la gastronomía puede ser una herramienta artística muy poderosa.

¿Qué papel juega tu equipo dentro de todo esto?
Todo.
Mi equipo son mis amigos. Compartimos prácticamente la vida entera: investigamos, probamos, viajamos, comemos y pensamos juntos.
Por eso en la cocina nadie se llama cocinero. Todos llevan en la espalda una camiseta que dice “artista gastronómico”.
Porque eso es lo que somos.
No estamos entregando simplemente comida. Estamos entregando una obra de arte a cada persona que se sienta a la mesa.
Y para mí la mesa sigue siendo el gran lugar del diálogo.
Si tienes una mesa aburrida, probablemente tendrás una conversación aburrida. Pero si tienes una mesa inspiradora, las conversaciones cambian, las emociones cambian y toda la experiencia se transforma.
Ahí está el verdadero sentido de lo que hacemos.
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Escena 1: DJ Eloy Vibe chapea oficio y arma una escalerita de intensidad con un himno atrás de otro, hasta que decide que es momento de jugar el ancho de espadas y darle play a “Rata de dos patas”, la mejor canción dedicada a un pelotudo jamás compuesta. Al toque el “uuuuuuooooh” llega hasta la vereda de enfrente de la calle Manuel Bonilla, una cortadita de cuatro o cinco cuadras donde están María Mezcal y casi todos los bares necesarios de la movida de Miraflores. “Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho”, escupe –de pie– Paquita la del Barrio, y la concurrencia –90 por ciento mujeres, 10 por ciento hombres mechados entre grupos de mujeres– entra en estado de comunión emocional espontánea. En eso, una chica que está festejando su bienvenida de soltera (aka divorcio) saca una foto grande de su propio adefesio mal hecho y la levanta sobre la cabeza. Y así, sin arreglo previo, todo el bar elige víctima común: los versos “alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida, te odio y te desprecio” se gritan más de lo que se entonan y tienen como único destinatario a ese ex ladino que sin duda tiene la culpa de todo y que en ese momento debe estar en su propio festejo, o durmiendo, o andá a saber.

María Mezcal, abierto desde 2021 en el corazón de la capital peruana, es el primer ejemplar de una tendencia en expansión en Latinoamérica: la de los bares de despecho* (después resolvemos ese asterisco). En realidad hay una prehistoria: El Tenampa, la “Catedral del Mariachi” de la plaza Garibaldi de la CDMX, espacio que exorciza males de amores con música y tequila desde 1925 y que llegó a darle nombre al último disco de estudio del gran José José. Pero fue María Mezcal el bar que canalizó en un contexto moderno ese espíritu de cantina mexicana hiperemocional y lo convirtió en un formato exportable, en base a la puesta en valor del destilado que le da nombre, a su ambientación, a su estatus de lugar de celebración del amor y el quebranto para el público femenino y –fundamentalmente– a su playlist.
“Juan Gabriel, Luis Miguel, José José… son artistas que yo no escuchaba de chico, pero sí los escuchaba mi mamá, mi tía o mi abuela. Y los escuchaban tanto que quedaron ahí, guardados en mi memoria. Y entonces cuando los vuelves a escuchar a los 30 empiezas a entenderlos, porque ya entiendes algunas experiencias de las que se habla en esa música”, dice Luis Carrión, gerente del bar. Eso explica que en una noche de miércoles el salón desborde de mujeres justamente en la franja de los 30 dejando jirones de la garganta en el estribillo de “Quién como tú”, hitazo de amor no correspondido de Ana Gabriel, fechado en el verano de 1990. O con “La gata bajo la lluvia”, la historia de metejón fugaz y abandono con la que Rocío Dúrcal se ganó un lugar en el panteón de la música romántica hispanoamericana a principios de los 80. Un hilo de temazos de la niñez, que meten el dedo en la llaga de los dolores y los goces de la adultez: ahí está el combo que fundamenta el éxito del formato y su proliferación por todo el continente.

Escena 2: La cumpleañera maneja un nivel de enfieste conmovedor, al frente de un grupo que la sigue de cerca. Ya pasó por el escenario a cargarse una versión complicada de pitch de “Tu falta de querer”, el tema más elegido en el karaoke por la concurrencia de Poco Floro, el primer bar de despecho argentino. Y ahora le toca pasar al Muro de los Lamentos, una pizarra donde las homenajeadas escriben sus consideraciones hacia los giles que –se supone– motivaron el despecho en cuestión. Atajándose el sombrero cowboy con lentejuelas, la señorita toma la tiza y dispara un esperable “rata inmunda”, seguido por una acotación que parece contradictoria pero al final es lógica: “… pero volvé”.
Dangelo De La Cruz fundó Poco Floro el año pasado, en el barrio porteño de Palermo. “Yo soy de Perú, y en Lima conocí este lugar que se llama María Mezcal y me pareció bueno. Comencé a investigar un poquito y supe que a ese bar le iba tan bien que había gente que hacía cola de dos horas para ingresar. Y me gustó mucho la idea”, cuenta. Al mismo tiempo que el concepto llegaba a Buenos Aires con la creación de Dangelo, se esparcía por otros países con otros nombres: la cadena mexicana Sala de Despecho abrió locales en Chile, Colombia, Venezuela, Ecuador y hasta Madrid y Miami, y en Paraguay abrió María Dolores. Un éxito sin fronteras.
Poco Floro tiene un abordaje un poco más explícito del festejo que María Mezcal. Tiene un animador que también canta, hace fiestas temáticas y “falsas despedidas de soltera”, cuenta con el mencionado karaoke, ofrece clases de salsa y shows de “bandidos” y –en lugar de regodearse en la mexicanidad– viste sus paredes con figuras de Paquita, Nino Bravo y otros artistas, y con la clásica imaginería peruana de grandes letras fluo que Dangelo también usa en su cadena de cevicherías Asu Mare. Su trago estrella es el Rata inmunda (ron, jugo de pomelo, maracuyá y limón, almíbar: recomendado), que viene en un vaso con forma de cuerpo masculino, digamos, bien provisto. En contraposición, María Mezcal tiene el Club de las Arpías: Paola Bracho, Soraya Montenegro, Catalina Creel y Rubí son las villanas de La usurpadora, María la del Barrio, Cuna de lobos y Rubí respectivamente, pero acá son cuatro cócteles que uno debe tomar para develar el nombre de una villana mexicana, no de ficción, sino de la vida real (no espoilearemos pero la pista es que cuando actuaba solía ofrecer café).

A diferencia de MM, Poco Floro todavía no tiene playlist oficial en Spotify pero dice Dangelo que pronto la va a tener. ¿Qué vamos a encontrar ahí? Además de “Tu falta de querer”: clásicos de Amanda Miguel o Gloria Trevi y obviamente “Rata de dos patas”, intercalados con cumbias de cuernos de Karina e hitos del neodespecho como “200 copas” de Karol G. Y un apartado varonil: “Las mujeres, cuando están despechadas, cantan desde el dolor. Quieren insultar, quieren maltratar al hombre. Pero el hombre no. El hombre, cuando está despechado, se da cuenta de que en realidad estaba enamorado. Y entonces empieza a cantar ‘Te amo’ de Franco de Vita. O se hace el fuerte, y viene y canta ‘El rey’ de Alejandro Fernández”, cuenta Carlos, el maestro de ceremonias.
Acá el cruce generacional es de ida y vuelta: hay señoras cantando Cazzu y chicas cantando Yuri. Porque a fin de cuentas hay algo que ronda este fenómeno y que de alguna manera impulsa a los bares de despecho, pero también vive fuera de ellos: desde hace un tiempo, la canción latina romántica de antaño está de moda otra vez.

Escena 3: Una piba de pelo entre el verde y el azul, que no parece ni llegar a los 30, no solo canta: hace carne la letra de “La nave del olvido”, popularizada por José José pero compuesta por el argentino Dino Ramos en 1969. “Espera un poco, un poquiiiiiiito más”, grita estremecida, y con ella otras y otros que agotaron en un par de días las entradas para Macha y el Bloque Depresivo en el Malvinas Argentinas, un club de barrio justo a la salida de la estación Medalla Milagrosa de la Línea E. Cada vez que vienen los chilenos, llenan: ya sea en el Malvinas, en el Margarita Xirgu, en el Konex o en el Gran Rex. Y su repertorio es eso: boleros clásicos recreados con respeto y devoción, temas del cancionero tradicional sentimental latinoamericano, y hasta un cover de “Turista” de Bad Bunny, nombre que viene al pelo para demostrar este revival del latino romántico porque, bueno, el tipo es uno de los artistas más convocantes del planeta y está precisamente en esa.
Benito con algunas canciones de DeBÍ TiRAR MáS FOToS (2025) y antes que él C. Tangana con El madrileño (2021), quizás no hayan sido los primeros ni los únicos pero sí los más relevantes en mostrarle la música orgánica vieja escuela a una generación más acostumbrada a sacudirse con sonidos sintéticos. Y ese rescate de lo sensible prende, porque al final es universal, pero también porque estaba ahí latente, agazapado en las neuronas, esperando que el shuffle de la vida nos los vuelva a poner adelante. Así, hay tantos ejemplos en los últimos diez años que podemos armar nuestra propia lista de Spotify con covers y originales: “Te venero” de Tangana, “Turista” y “Lo que le pasó a Hawaii” de Bad Bunny, “Soy lo prohibido” de Natalia Lafourcade, “Dolor” de Ile (a dúo con el grandísimo Cheo Feliciano), La Santa Cecilia y su alucinante versión de “Debut y despedida” de Chico Novarro, unas cuantas de Mon Laferte, cualquiera de los “Reyes del Bolero Glam” Daniel Me Estás Matando, Carin León con “Que vuelvas” (“deberías estar aquí, aquí donde te quiero, pero al contrario estás allá donde te extraño…”), la “música romántico-popular” de los Agua de Florero que incluye tanto “Corazón partío” como “Algo contigo”, las que se escuchan en el ciclo Amor de Miércoles que organiza el Sindicato Argentino de Boleros en La Plata, “Lo dejaría todo” de Chayanne recreada por Nuestro Romance (que llegó a Obras) y hasta esa puñalada llamada “Risk It All” que Bruno Mars acaba de incluir en su disco convenientemente llamado The Romantic (2026).

Escena 4: Dos señores +40 lucen sus camisas ceñidas sobre el final de la noche en María Mezcal. Debe ser la única mesa de hombres solos: a su alrededor, una tonelada de féminas se para de sus sillas para cantar “Una vida pasada” de Carin León y Camilo, un merenguito pop de 2024, y después “Eternamente bella” de Alejandra Guzmán. Los muchachos revolean los ojos y parecen un poco desconcertados: se ve que siguieron el silogismo “acá hay muchas mujeres, nosotros somos varones, a las mujeres les gustan los varones, por ende les vamos a gustar a muchas mujeres”, pero les falló la lógica. Nadie les da tres de pelota y ellos entienden y no se ponen cargosos: así funcionan estos bares de despecho que –al fin resolvemos el asterisco– quizás no sean tan de despecho. “Acá no se trata solo de que las mujeres vengan a hacer su despecho, hay mucho más. O sea, el hombre no es importante. Porque si no, seguiríamos poniendo al hombre en el centro. Nosotros decimos que María Mezcal no es un bar para mujeres, sino un bar tomado por mujeres. Las mujeres encontraron un espacio que se ajustaba a lo que ellas querían y empezaron a venir juntas, y nosotros también empezamos a darles las facilidades. ‘Quiero ir con mi esposo’. No, no vengas con él, ven con tus amigas”, dice Luis. Ese es el punto de MM, de Poco Floro y del cúmulo de bares “de despecho” que se desparraman por el continente: celebrar el amor y su ausencia con alegría, bebiendo y abrazándose y dejando a un costado la omnipresente mirada masculina, mientras se aúllan con el corazón en la boca esos himnos quebradizos que madres, abuelas y malas de novela legaron. El hit puede ser “Rata de dos patas”, pero la canción que mejor resume el espíritu no es la de Paquita sino “Brindaremos por él”, compuesta por José Luis Perales y pasada hasta el cansancio en todo bar de despecho que se precie de tal: “Brindaremos por ti, brindaremos por él, por qué ele vaya bien, y mañana verás que es mejor olvidar que llorar por amor”.

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El 22 de abril de 2024, en simbólica sincronía con el Día de la Tierra, abrió en Bogotá un restaurante que no buscaba parecerse a nada conocido. Afluente surgió como una cocina orientada a visibilizar el cuidado de los páramos y los recursos hídricos, pero también como una interrogante conceptual: ¿es posible traducir un ecosistema en una experiencia gastronómica?
Al principio, la respuesta no era evidente. Algunos lo miraron con curiosidad; otros, con rareza. No era para menos. En un país donde abrir un restaurante suele ser más un acto de fe que un movimiento estratégico, la apuesta parecía, en el mejor de los casos, improbable.
“Todo el mundo debería hacer tres cosas en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Eso se decía en los años 80. Hoy, muchos le han sumado una más a esa ecuación vital: tener un café o un restaurante.”

Pero la realidad es menos romántica. En Colombia, de cada 10 restaurantes que se abren, cuatro cierran antes de cumplir tres años. Para muchos, son más un sueño que un negocio sostenible. Son más de 121.000 establecimientos en el país. De ellos, cerca del 38% pertenece a grandes cadenas —El Corral, Frisby, Crepes—, mientras que el resto, unos 75.000, son independientes.
En ese contexto, hace dos años un grupo de personas decidió sumarse a esa estadística. El proyecto se llamó Afluente Restaurante.
¿Pero, por qué hacerlo? El negocio gastronómico es tan riesgoso que BlackRock —uno de los mayores gestores de inversión del mundo— clasifica la restauración como de muy alto riesgo, debido a sus márgenes estrechos y su alta volatilidad. Incluso, la considera más inestable que invertir en una startup en un país en desarrollo.
Y eso, en el mejor de los casos: en Estados Unidos, donde el gasto promedio anual en comer fuera de casa supera los US$3.000. En Colombia, donde cerca del 70% de la población gana un salario mínimo o menos, ese gasto no alcanza los US$100.

Cortesía Afluente Restaurante
Entonces, nuevamente: ¿por qué Afluente?
Quizá porque alguien “enloqueció” primero y logró contagiar a otros. Un alguien de profesión chef y nombre Jeferson García. Durante años, el chef García probó a qué sabía el mundo desde cocinas de Sudamérica, Europa y Asia, hasta que decidió parar y volver al origen de esa decisión: la comida de su mamá. En ese regreso, tuvo una epifanía: entendió algo que lo mejor de la sazón criolla estaba en el agua.
A Jef, María Paula Giraldo le tradujo científicamente qué es un páramo. Y él comprendió que, por primera vez, ese ecosistema podía recibir un homenaje desde la cocina. Su destreza vino después. Ingredientes de los que nadie hablaba se convirtieron en bocados de asombro. No descubrió nada nuevo: los muiscas ya los usaban. Lo que sí hizo fue darles un lugar en la alta cocina contemporánea.
A Jef, Tats —María Paula Giraldo— le tradujo científicamente qué es un páramo. Y él comprendió que, por primera vez, ese ecosistema podría recibir un homenaje desde la cocina. La destreza y todo lo demás vinieron después. Ingredientes de los que nadie hablaba se convirtieron en bocados de asombro, más no necesariamente de novedad: los muiscas ya los usaban. La innovación que de él surgió fue, más bien, darles un lugar en la alta cocina contemporánea.

A nivel nacional, ni siquiera una parte significativa de la población colombiana comprende plenamente la función de los páramos como ecosistemas reguladores —capaces de captar humedad, almacenar agua y liberarla de manera gradual— ni la relevancia de que el país concentre entre el 50 % y el 60 % de estos sistemas a nivel mundial. Es un milagro que aún no está tan popularizado.
Por ello, Jef reunió a Tats, Olga, Luis, Fabio, Gonzalo y Joaquín en torno a una idea que trascendiera el concepto de crear un restaurante tradicional y, en su lugar, crear un centro de investigación artesanal que abarca desde la recolección y la identificación de ingredientes, hasta la experimentación constante y la búsqueda por extraer un sabor auténtico, natural y profundamente colombiano.
Cuando se propuso Afluente, la idea evocaba un restaurante sin agenda de reservas… pero en Dinamarca. Y esto es Cundinamarca. Proponerle al comensal bogotano pagar por un cubio, una leche asada, carambolo u otros ingredientes poco convencionales implicaba un riesgo evidente —quizá el mismo del que habla BlackRock, pero en versión criolla—
Sin embargo, el impacto inicial fue limitado. Contra todo pronóstico —y también frente a múltiples realidades sociales del país—, ese restaurante que prescindía de carnes, pastas italianas o hamburguesas comenzó a atraer a comensales curiosos en una casa típica de Chapinero, en una cuadra elegida más por intuición que por estrategia.

Llegaron los intrigados por lo distinto en boca; el estudiante que ahorró para sorprender a su pareja; el empresario que buscaba un lugar pequeño para recibir a un socio extranjero; la familia que celebraba y también el visitante europeo, fascinado por la singularidad de los Andes suramericanos y dispuesto a pagar por la experiencia.
Afluente, entonces, dista de las ideas preconcebidas que suelen rodearlo. En alguna ocasión, alguien preguntó: “¿voy a comer matas?”. La respuesta es no. Afluente es, ante todo, trabajo honesto, una presión constante por lograr que cada detalle funcione con precisión, sin recurrir a espectáculos innecesarios. Es un espacio concebido para poner a prueba el gusto, comer sin afán, acompañar la experiencia con vino o un cóctel de feijoa, y concluir con un café de especialidad.
Hoy, el proyecto se sostiene en un equipo que opera bajo una premisa clara: pensar la cocina como un relato conectado por el agua que recorre Colombia. Como diría Alejo: “me hace feliz ver a la gente comer comida rica”. Y cuando eso ocurre, es reflejo del trabajo colectivo de Andrea, los Sebas, Esthef, Alejandra, Julián, Vanessa, Gus, Aida, Natalia, Sleidy, Marce, Marcelino, las Majito en formación, así como de quienes han pasado por la cocina y de quienes aún están por llegar.
Primero había que hablar de ellos, porque fueron quienes recibieron la placa, la reseña, el titular, el video viral y, finalmente, el aplauso del comensal en la mesa.
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El Coachella Valley Music and Arts Festival regresa en 2026 (del 10 al 12 y del 17 al 19 de abril) con uno de los programas culinarios más ambiciosos de su historia. Más allá de la música, el festival sigue consolidando su apuesta por la gastronomía como una experiencia central: más de 100 restaurantes, bares y pop-ups convierten el recinto en un ecosistema donde conviven street food, alta cocina y propuestas culturales de distintas regiones.

Esa convivencia entre escalas y estilos se refleja en todo el recinto. Desde clásicos de la Costa Oeste hasta conceptos de culto de la Costa Este, pasando por experiencias premium como la propuesta omakase de Nobu o las cenas comunitarias de Outstanding in the Field. En el centro de todo, el Indio Central Market vuelve a funcionar como una especie de meca culinaria, reuniendo proyectos clave bajo una gran estructura que opera como oasis dentro del festival.
A esto se suma una expansión clara del mapa gastronómico. Street Food Alley crece este año como un corredor dedicado al food truck y a los favoritos del sur de California, conectando directamente con espacios como el Beer Barn, que sigue funcionando como punto de encuentro entre conciertos. En paralelo, The Terrace se consolida como un vecindario gastronómico propio, pensado para recorridos rápidos entre sets, mientras que el área VIP 12 Peaks concentra la oferta más curada, con conceptos liderados por chefs y propuestas que rozan la alta cocina.

Todo esto convive con un énfasis cada vez más claro en la diversidad y las nuevas tendencias: el crecimiento de las opciones plant-based, la presencia de proyectos independientes con identidad fuerte y, sobre todo, la consolidación de la comida latina como uno de los ejes más visibles del lineup, con varios nombres marcando hitos dentro del festival.
A continuación, algunas de las propuestas más destacadas de este año.
Churrería El Moro
Fundada en Ciudad de México en 1935, Churrería El Moro no es solo un restaurante, sino una institución que ha sabido convertir un clásico popular en una experiencia cultural completa. Su propuesta gira en torno a una idea simple ejecutada con precisión: churros hechos al momento, fritos de forma continua y acompañados de chocolate espeso o azúcar, en un formato que combina tradición y ritual urbano. Su llegada a Coachella —además como debut— marca uno de los movimientos más interesantes del lineup, con un pop-up ubicado junto a la rueda de la fortuna donde los asistentes pueden ver los churros prepararse en tiempo real, trasladando ese gesto cotidiano a una escala espectacular dentro del festival.
Villas Tacos
En pocos años, Villas Tacos se ha convertido en uno de los nombres más influyentes de la nueva escena taquera en Los Ángeles. Su propuesta parte del taco callejero tradicional, pero lo lleva al exceso controlado: tortillas doradas en plancha con costra de queso, carnes jugosas y una presentación pensada tanto para el sabor como para la imagen. Convertido ya en un favorito local, su presencia en Coachella refuerza esa idea de street food elevado, sirviendo sus característicos tacos con costra de queso que condensan intensidad, técnica y una clara vocación viral.
Kogi
Hablar de Kogi es hablar del origen del street food moderno en Los Ángeles. Fundado por Roy Choi como un camión de comida, este proyecto redefinió la manera en que la comida callejera se conecta con la cultura urbana. Su mezcla de sabores coreanos y mexicanos no sólo abrió una nueva categoría gastronómica, sino que sentó las bases de lo que hoy entendemos como food culture en festivales. En Coachella, su presencia funciona casi como un ancla histórica, manteniendo vigentes sus clásicos coreano-mexicanos.
Tacos 1986
Inspirado directamente en los tacos de Tijuana, Tacos 1986 apuesta por una ejecución precisa y sin artificios. Tortillas hechas a mano, carne al trompo y una carta breve que prioriza la técnica sobre la expansión. En medio de propuestas más espectaculares, su presencia funciona como recordatorio de que lo esencial —bien hecho— sigue siendo uno de los mayores atractivos, llevando al desierto una de las tradiciones taqueras más depuradas del norte de México.
Te puede interesar:
Lovebite Dumplings
Lovebite Dumplings representa una nueva generación de conceptos gastronómicos que entienden la comida no solo como producto, sino como lenguaje cultural. Fundado por una emprendedora Gen Z, el proyecto se centra en una propuesta aparentemente simple —dumplings— pero ejecutada con una claridad de identidad que lo ha convertido en uno de los nombres emergentes más interesantes del circuito. Su enfoque apuesta por sabores directos, bien definidos y pensados para un consumo ágil.
Rokstar Chicken
Llegado desde Nueva York, Rokstar Chicken aterriza en Coachella con una propuesta centrada en el fried chicken como objeto de culto contemporáneo: crujiente, jugoso y pensado para el antojo inmediato. Su éxito radica en una ejecución precisa de lo clásico, elevada por marinados intensos y perfiles de sabor que equilibran lo especiado con lo indulgente, consolidándose como una de esas propuestas irresistibles que apelan directamente al craving dentro del ritmo acelerado del festival.
Café La Vecindad
Más allá de la comida, Café La Vecindad propone una experiencia que mezcla café, pan dulce y referencias visuales del barrio latino. Es un espacio que funciona tanto como punto de pausa dentro del festival como una extensión estética de la cultura que representa, aportando una sensibilidad de café de barrio al lineup. Además, se suma al crecimiento de la oferta plant-based con opciones destacadas que dialogan con nuevas formas de consumo sin perder su identidad.
Cena Vegan
En línea con el crecimiento de las opciones plant-based, Cena Vegan reinterpreta la comida mexicana desde una lógica completamente vegetal, sin perder intensidad ni formato callejero. Su propuesta demuestra cómo la tradición puede adaptarse a nuevas demandas sin perder identidad, regresando al festival con un menú completamente vegano y extendiendo su presencia con formatos como el Taco Party en Street Food Alley, consolidándose como uno de los referentes del vegan street food.
Dave’s Hot Chicken
Dave’s Hot Chicken es uno de los casos más claros de expansión reciente en la escena gastronómica estadounidense. Lo que empezó como un pequeño pop-up hoy es una cadena reconocida por su pollo picante estilo Nashville y su identidad visual agresiva, alineada con la cultura hype. En Coachella, su presencia se extiende incluso más allá del recinto principal, formando parte de la oferta pensada para campistas y reforzando esa lógica de consumo continuo que define la experiencia del festival.
Camphor
Parte de la zona VIP, Camphor traslada el pedigree de la cocina con estrella Michelin a un formato accesible como la hamburguesa. Es un ejemplo claro de cómo Coachella mezcla alta cocina con comida casual, borrando las fronteras tradicionales entre ambos mundos y ofreciendo una experiencia refinada dentro de un formato reconocible.
Nobu
En el extremo más exclusivo del espectro, Nobu ofrece una experiencia omakase dentro del festival. Ubicado en el Red Bull Mirage con vistas al escenario, este espacio funciona como un verdadero escape gastronómico: un entorno donde el fine dining se integra a la lógica del festival sin perder sofisticación. Con menús curados por sus chefs y una experiencia que combina cocina, arquitectura y música, consolida la idea de Coachella como un destino culinario integral.

Más que un complemento de la música, la propuesta gastronómica de Coachella 2026 termina de confirmar algo que se percibe en todo el recorrido: el festival ya no solo se habita entre escenarios, sino también entre cocinas. En ese mapa, la presencia latina no es un añadido, sino una de las fuerzas que define su identidad.
Lista completa de restaurantes:
Afters Ice Cream
Backyard Bowls
Bang Bang Noodles
Birria San Marcos
Birrieria Michi
Block Party
Bonito Poke
Butterypat
Café La Vecindad
Cena Vegan
Charles Pan-Fried Chicken
Chick Next Door
Churrería El Moro
Civico Restaurants
Daddy’s Dogs
Dave’s Hot Chicken
Delmy’s Pupusas
Drip Daddy
Everbloom Coffee
Farmhouse Kitchen Thai Cuisine
Fat Sal’s
Forever Pie
Gabino’s Creperie
Gerard’s Paella
Gokoku
Handles Coffee
Happy Ice
House Of Wings La
Innamorata
Irv’s Burgers
Kazunori
Kogi
Kuramoto Shavery
Laomazing Eats
Le Burger By Camphor
Love Hour
Lovebite Dumplings
Maciel’s
Maneatingplant
Marathon Burger
Mcconnell’s
Menotti’s
Miya
Mixteca
My Lai
New School Quality Grilled Cheese (By Chef Eric Greenspan)
Oakberry Açaí
Oh My Burger
Papa Headz
Prince St. Pizza
Rokstar Chicken
San Matteo Pizzeria
Sandoitchi
Saucy La
Shake Ramen
Shlap Muan
Snocorner
Softies Burger
Space Odyssey Miami
Spicy Pie
Sumo Dog
Sweetfin
Tacos 1986
The Boiling Crab
The Cabin (By Houston Hospitality)
Tkb
Truffle Boys
Unreal Poke
Valley Fusion Sushi
Villas Tacos
White Sparrow Coffee
Wing Me Up
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