Chzter es una artista mexicana que empezó a hacer música en 2021 y que, desde entonces, ha ido probando distintos sonidos hasta encontrar un estilo propio. Primero se acercó al rap y al freestyle en Guadalajara, pero pronto empezó a moverse hacia el neoperreo, el reggaetón, el trap y otros géneros que le permitieron expresarse mejor.
El proyecto reúne su amor por la escritura, el humor, la moda, internet y el orgullo lésbico. Sus canciones hablan de identidad con un lenguaje directo y explícito. Con su álbum debut, sesbianlex, Chzter mezcla funk, reggaetón y dembow, y pone al centro una visión orgullosamente lésbica. Sus canciones le hablan directamente a mujeres que aman a otras mujeres, desde el deseo, el humor y un discurso que se siente genuino.
Chzter habló con ROLLING STONE en Español unos días después del lanzamiento de sesbianlex sobre el disco, sus inicios, su amor por la escritura, la música explícita, la relación de Ximena y Chzter y más. Lee la plática a continuación.
Felicidades por tu álbum debut. Siento que hoy existe cierta presión alrededor de lanzar un primer disco, ¿no? Como que tiene que tener un concepto muy marcado y funcionar casi como una carta de presentación. ¿Tú lo sentiste así?
Sí. La verdad es que no lo sentía así… hasta como tres días antes de que saliera. Ahí sí ya caí en depresión; hubo una noche en la que no dormí nada de tanto sobrepensar las cosas. Pero luego lo solté. Dije: “Ya voy a hacer mil álbumes más. La puedo cagar ahorita, es el primero”.
¿Y cómo has sentido la recepción del álbum desde que salió?
Pues muy bien, la neta. Creo que a mis fans, que es lo que más me importa, les gustó un chingo. Siento que sí les di algo que querían escuchar, incluso cosas que ya me habían pedido.
No sé, por ejemplo, hice un ‘kamazu II’ porque sabía que esa rola había conectado súper bien con ellos y les gustaba mucho. Las colaboraciones también; por ejemplo, la de RIXXIA era algo que muchos ya esperaban. Pero hubo otras, como Turbo Baby o Hello Lola, que creo que sí fueron una sorpresa.
La neta, estoy muy contenta con el álbum. Me gusta mucho el producto que entregamos y ahora solo espero que llegue a más lugares.

Qué chido. Me gustaría volver al principio para darle un poco de contexto a quienes quizá todavía no conocen tu proyecto. ¿Cómo empiezas a hacer música y cómo sientes que has evolucionado desde entonces?
Bueno, empecé a hacer música en 2021 y abrí mi Spotify ya en marzo de 2022. Todo ese primer año estuve experimentando mucho. Empecé, güey, lamentablemente, en el rap. Iba a los lugares de freestyle y todo ese pedo, que ahora me da un chingo de cringe.
Yo vivía en Guadalajara y allá, la neta, se escucha muchísimo rap en la calle. Era de que Jera MX por todos lados. Todos mis compas escuchaban eso, tenía amigos freestylers y poco a poco me empezó a interesar. Además, siempre me gustó mucho escribir; tenía compas poetas y conectaba con ese mundo. Entonces empecé haciendo boom bap y por ahí le fui dando forma a mis primeras canciones.
Pero siento que luego luego agarré el pedo. Empecé a descubrir más música y pensé: “Güey, ¿el rap qué? O sea, neta, ¿quién está escuchando puto boom bap de alguien nuevo e interesante?”. Entonces me empezó a llamar mucho la atención el neoperreo. Me gustaba ese trip, como un reggaetón más oscuro y con otra estética.
Mi tercera canción ya fue neoperreo. Saqué una rola que se llama ‘mátame marciana’ y le fue muy chido: hizo como 50 mil streams en dos días. Hasta la fecha me impresiona porque siento que siguen siendo números bastante altos. A partir de ahí me emocioné y empecé a hacer mucha más música.
Después empecé a experimentar con plug, reggaetón, trap y otros géneros. Siento que mi evolución fue muy rápida. Literal, saqué dos rolas de boom bap e inmediatamente di el salto a otras cosas. Y creo que eso siempre ha sido parte de mi esencia. Nunca me quedo en un solo lugar. Güey, soy Libra.
Entonces me aburro muy fácil o siempre me empiezan a interesar otras cosas. Pero sí, creo que estos años han sido, sobre todo, un proceso para encontrar mi sonido, mi voz y entender realmente qué es lo que me gusta hacer.
Y qué bueno que te diste cuenta de eso, porque justo siento que el rap mexicano llegó a un punto en el que se estancó muchísimo.
Llegó un punto en el que ya todo me sonaba igual. Era de que: “Güey, necesito escuchar algo que me haga sentir cosas diferentes”, ¿sabes?
Y también me interesa mucho esa parte de la escritura. Escuché que desde antes escribías para ti misma y que te interesaba mucho la poesía. ¿Cómo nació esa faceta y cómo terminó conectando con la música?
Pues es que tenía unos compas en Guadalajara que eran poetas. Todo el tiempo estaban escribiendo, me regalaban libros de poesía y todo ese pedo. Y yo siempre he sido muy buena escribiendo. Desde la escuela reprobaba casi todo, pero en letras siempre sacaba diez. Como que siempre se me dio muy bien rimar y jugar con las palabras en general.
Entonces, cuando empecé a rodearme de esa gente, me empezó a interesar muchísimo toda esta parte de la expresión. De hecho, estaba estudiando Comunicación Social porque también me llamaba mucho la atención el periodismo y todo ese mundo.
Siento que conocer a estas personas me cambió mucho la perspectiva, porque empecé a ver las letras más como una expresión artística que como algo periodístico. Fue cambiar completamente la manera en la que entendía la escritura.
Y justo en ese momento llegó la música a mi vida. Fue como: “Wow, esto existe. Puedo juntar esto que me gusta con esto que me gusta un chingo más”, ¿sabes? Desde el principio sentí que se me dio muy fácil, la neta.
También siento que mis letras han evolucionado bastante. Ahorita estoy en mi época brain rot, pero incluso ese movimiento me parece muy interesante. Creo que es mucho más profundo de lo que parece. Empecé escribiendo cosas mucho más románticas y ahora estoy en esta etapa, pero sigo pensando que tiene mucho valor. Hay cosas que parecen muy sencillas, pero al mismo tiempo son muy difíciles de hacer. Y eso también me parece interesante.

Sí, lo admiro mucho. Y justo en el disco hay una línea muy clara en torno al orgullo lésbico, al deseo y a la forma en la que hablas de las mujeres. ¿Cómo fue construir ese universo y decidir que esa identidad estuviera tan presente en el álbum?
Pues creo que, desde que empecé a hacer música, siempre le he escrito a las mujeres. Pero nunca había sido tan explícita con el orgullo lésbico. Aún así, a lo largo de mi carrera, la gente ya me ubicaba por eso, ¿no? Como: “Ah, es una morra que le canta a las mujeres”.
Y llegó un punto en el que dije: “Güey, tengo que decirlo”. Porque al mismo tiempo siempre estaba esa idea de: “Güey, no tienes que decir tan fuerte que eres lesbiana”. Yo, por ejemplo, viví mucha lesbofobia por parte de mi familia y de amigos cuando salí del clóset.
Y neta siento que ese siempre es el discurso más conservador: “Está bien que seas lesbiana, pero ¿por qué tienes que decirlo? ¿Por qué tienes que decirlo tan fuerte? ¿Por qué tienen que marchar?”. Ya sabes.
Entonces creo que, más que nada, lo hice por eso. Dije: “Güey, voy a sacar mi primer álbum y me vale verga si tengo que decir que soy lesbiana en cada canción”.
Creo que también era una forma de encontrar a mi propia manada de lobas, ¿sabes? Es mi álbum debut y quiero ir exactamente hacia dónde quiero ir. Quiero que me escuchen mujeres a las que les gusten las mujeres. Y creo que por eso dije: “Güey, ya. A la verga el cringe”.
Y cien por ciento has encontrado esa manada, ¿no? Como que alrededor de tu música se ha formado una comunidad muy bonita. Además, el reggaetón y la música urbana siempre han estado muy ligados al deseo, pero durante muchos años ese deseo fue casi exclusivamente heterosexual. Ahora cada vez hay más artistas que hablan abiertamente del deseo entre mujeres. ¿Cómo ves esa evolución y qué crees que significa que existan cada vez más referentes lésbicos dentro de la escena?
Pues creo que tiene sus cosas chidas y sus cosas no tan chidas. Por ejemplo, siento que también hubo una tendencia de morras heterosexuales hablando en sus canciones de que se besan o se dan a otras morras. O de utilizar ese discurso para satisfacer a los hombres, aunque estén hablando de relaciones entre mujeres, ¿sabes? De que: “Ay, sí, me gusta este güey y me voy a besar a su amiga enfrente de él”, ya sabes.
Ese statement también se me hace un poco nocivo. Tampoco lo veo todo en blanco y negro, porque cada quien vive su sexualidad como quiere. Existen morras bisexuales y todo eso. Pero sí creo que hubo una tendencia muy fuerte. Desde que Rosalía hizo esa canción con Tokischa, luego Anitta con no sé quién, después Zoe y así… como que hubo muchas mujeres heterosexuales hablando de cogerse morras.
Y pues sí está padre, pero también, justo como te decía, muchas veces termina cayendo en ese discurso de satisfacer a los vatos. Entonces creo que también es importante que existan mujeres lesbianas hablando de experiencias lesbianas, pero que realmente lo sean, ¿sabes? Que esa música esté dirigida para morras.
Te escuché decir en otra entrevista que existe una línea muy delgada entre lo explícito y lo que muchas personas consideran “vulgar”. ¿Dónde está esa línea para ti? ¿Hasta qué punto sientes que una canción puede ser explícita sin cruzar ese límite?
Bueno, ahora que lo pienso, incluso el término “vulgar” me suena un poco clasista, ¿no? Porque, no sé, si hay una canción en inglés que habla de sexo y usa palabras explícitas para hablar de sexo, siento que a la gente le da igual. La escuchan y dicen: “Es arte”.
Pero si lo hace Dani Flow, o si lo hago yo, o alguien que habla desde el barrio, usando jergas mexicanas y palabras que usamos nosotros, aunque sean groserías, entonces ya se ve desde un lugar mucho más despectivo. Es de que: “Ay, qué vulgar esa persona, qué asco”, ¿sabes?
Entonces sí, puede que exista ese límite, pero también creo que cruzarlo no necesariamente es algo tan negativo como muchas personas piensan.
Sí, totalmente. Cuando el rock hablaba de sexo de forma explícita, se percibía de una manera muy distinta a cuando empezó a hacerlo el reguetón.
Exacto. En el rock era de que: “Me voy a robar a tu hija, le voy a bajar los calzones y me la voy a llevar”, y no pasaba nada. Pero si en el reguetón dicen: “Le voy a perrear”, ya es vulgar, ¿sabes?

Algo que me gusta mucho de tu proyecto es que mezcla un montón de elementos. No solo hablo de géneros musicales, sino también de estilos, moda, humor, orgullo, cultura de internet… todo convive dentro del mismo universo. ¿Cómo construyes esa identidad? ¿Cómo decides qué cosas sí forman parte de tu proyecto y cuáles no?
Pues creo que todo parte del gusto personal. Siempre intento hacer cosas que a mí me gustaría consumir, ¿sabes? O cosas que a mí me harían reír, que me gustaría ver o escuchar. Entonces siento que me guío mucho por eso.
Pero también tiene que ver con conocer a mi público. Siento que ya entiendo muy bien qué cosas le gustan, cómo reaccionan y qué me dicen. Siempre he tratado de leer mucho esas interacciones y, no sé, también me gusta escuchar a la gente que escucha mi música.
¿Y qué crees que encuentra tu comunidad en tu proyecto? ¿Qué piensas que hace que tantas personas conecten contigo? ¿Qué sientes que tienen en común quienes te escuchan y se sienten representadas por tu música?
Yo creo que, más que nada, conectan mucho con la parte de la sexualidad. Justo como hablábamos, todavía no hay tantos referentes y, por ejemplo, a mí me hubiera gustado que existieran más cuando era adolescente y salí del clóset.
Lo veo incluso en mi propia familia. Al principio fue súper raro, era de: “No lo acepto”, “esto es muy extraño para mí”. Pero en estos últimos años, neta, en cuatro años ha cambiado muchísimo. Han aparecido muchos más referentes LGBT+ y ahora mis papás ya lo ven como algo mucho más normal. Es como: “Ah, ok, pues hay mucha gente así. Tal cantante también es así”, ¿sabes?
Entonces creo que mi público conecta mucho por esa parte, porque puede sentirse identificado y representado. Es como decir: “Güey, existe alguien más como yo. No soy la única persona rara o el único bicho raro”. Y eso me gusta muchísimo. Me gusta pensar que mi proyecto también puede ser un lugar donde encuentren un poco de paz.
He recibido muchos mensajes de personas que me dicen: “Tus canciones me ayudaron a autodescubrirme”, o “me hicieron sentir mejor cuando todos me rechazaron”, cosas así. Y esa parte es muy sentimental, porque siento que llegan a conectar muy fuerte con el proyecto.
También está toda la parte del brain rot, que siento que es algo muy generacional. Todo este movimiento de Roblox, type shit y ese universo ya es parte de una cultura compartida. Hay niños, adolescentes y hasta gente más grande que conecta con eso. Entonces creo que también hay un punto de encuentro ahí, porque compartimos ese mismo imaginario cultural.
Sí, y también el sentido del humor, ¿no? Siento que esa es una parte muy importante de tu proyecto. Hay muchos artistas que conectan con la gente justamente porque son muy cagados, y creo que contigo pasa eso también. ¿Cómo convive el humor con tu proceso creativo?
Pues creo que conviven muy de la mano. Siento que le doy muchísimo valor a las cosas que me dan risa. Si algo me hace reír, quiero que forme parte de mí, ¿sabes? Quiero que esté en mi proyecto, en mis portadas, en mis canciones… como que me gusta apropiarme de ese tipo de cosas.
Sí siento que la comedia ocupa un lugar muy importante dentro de mi proceso creativo. Hay proyectos que conectan mucho desde la tristeza; les pasa algo triste, le dan vueltas, escriben una canción y construyen todo alrededor de esa emoción. Y siento que yo hago lo mismo, pero con la comedia. Como que me apropio de muchas cosas que me parecen graciosas y las convierto en parte de mi universo.
¿Cómo ves hoy la relación entre Ximena y Chzter? Vi una entrevista en la que te presentaste como Chzter y luego dijiste: “Ay, güey, ya nunca digo Ximena”. ¿Sientes que creaste un personaje?
Sí, totalmente. O sea, creo que sí es un personaje, pero también es mi personalidad. Ximena siempre va a ser Ximena, pero siento que Chzter ya se apropió de mí, de que ya me comió por completo. Y la neta, me gusta.
Siento que encontré en ese personaje un lugar donde podía depositar todo lo que me gusta, lo que quiero ser y lo que quiero decir. Incluso lo uso mucho con mi familia. Les digo: “No, mamá, eso lo dice Chzter; yo no lo diría. Yo no hablo así, yo no soy así de cochina en mi vida real”.
Pero la verdad es que sí forma parte de mí. Más que nada, siento que encontré mucha libertad para ser quien soy. Porque como Ximena creo que estaba muy cuadrada. Yo soy de Iguala, Guerrero, y ahí la vida es muy cuadrada. Cuando creces en un lugar así, muchas veces sientes que no puedes hacer ciertas cosas porque todo se juzga.
Entonces, cuando me fui de mi pueblo, nació Chzter. Empecé a hacer mis cosas y encontré justo un recipiente en el que podía vaciarme por completo y ser yo. Sí, es un personaje, pero al mismo tiempo también soy yo.
Sí, o sea, al final Chzter también le permitió a Ximena expresarse y explorar cosas que quizá de otra manera no se habría permitido.
Sí, total.
Nice. Y hablando un poco más de la parte técnica, ¿cómo fuiste construyendo el sonido del disco? ¿Con quiénes trabajaste y qué sonidos tenías claro que querías explorar?
Pues todo empezó porque me empezó a gustar muchísimo el funk. Yo trabajo con un productor que se llama angely2k; antes se llamaba Mike Boy. Literalmente él estuvo desde el inicio de mi carrera. Escuchó mi primera canción, él también es de Guadalajara, donde yo vivía, me buscó y me dijo: “Güey, veo algo interesante en tu proyecto y quiero que hagamos cosas juntos”.
A partir de ahí empezamos a trabajar muchísimo y casi toda mi primera etapa fue con él. Después me tuve que venir a Ciudad de México y nos separamos un poco por temas relacionados con mi anterior disquera. Pero cuando por fin pude salir de ahí y empecé a trabajar en este álbum, dije: “Güey, quiero hacerlo con él”, porque siempre me ha entendido muy bien y hemos tenido muchísima química en el estudio.
Entonces lo busqué y empezamos a tripear ideas. Yo traía esta obsesión con el funk porque de pronto empezó a viralizarse mucho, sobre todo en edits muy cagados que veía en internet. Y dije: “Güey, quiero ese sonido. Me encanta porque suena brain rot, suena postapocalíptico, neta está bien vergas”.
Él nunca había producido funk, así que empezó a experimentar. Al principio no nos salía tan bien, pero conforme pasó el tiempo fuimos encontrando el sonido.
Hicimos ‘3some’, que fue el primer sencillo del álbum. Le fue súper bien y, a partir de ahí, dijimos: “Ya, este es el camino que queremos seguir”. De hecho, originalmente queríamos que todo el disco fuera completamente funk.
Pero también fue complicado porque en México no hay tantos productores haciendo ese sonido. Además, él está en Guadalajara y yo en Ciudad de México, así que muchas cosas las tuvimos que trabajar a distancia. Fue entonces cuando empezamos a meter más reggaetón, porque al final es un terreno que conocemos muy bien. Él produce un reggaetón muy de la vieja escuela y esa influencia vino mucho de su lado.
Yo llegaba diciendo: “Quiero hacer funk, dembow y todo este pedo”, y él respondía: “Sí, pero también hagamos reggaetón antaño, porque es algo que nos sale muy bien”. Entonces creo que el disco terminó teniendo tantos sonidos justamente porque los dos fuimos aportando cosas. Al final, eso es lo que hay en el álbum: funk, reggaetón y dembow.

Qué chido. La verdad quedó muy padre esa combinación; siento que a veces sí se extraña ese reggaetón de antaño. Y hablando de las colaboraciones, hace rato me decías que algunas ya eran muy esperadas por la gente y otras que les tomaron por sorpresa. ¿Cómo se fueron dando y por qué elegiste a esos artistas para formar parte del disco?
Pues con RIXXIA, literal, hacemos música desde que nos conocimos. Siempre hemos tenido muchísima química en todos los sentidos. Ahora somos novias, pero desde antes, cada vez que entrábamos al estudio, las ideas salían solas y conectábamos muy chido.
Entonces sí o sí tenía que estar en mi álbum. Siento que ya también forma parte de mi proyecto. Después de ‘PUCHI’ y de todo lo que pasó con esa canción, creo que se generó algo muy bonito para las dos. Se formó una comunidad, un movimiento, aunque fuera chiquito. Entonces dije: “Tiene que estar”, y por eso hicimos ‘frutitas del club’.
Luego nos juntamos con HELLOLOLA. Hubo un campamento de Solid Records aquí en la Ciudad de México al que trajeron artistas de Argentina. Ella ya tenía canciones con RIXXIA, con Flaca y siempre le había interesado mucho la escena de morras que se estaba formando acá, con RIXXIA, FLVCKKA, MJ y todas ellas. Siempre nos tiraba buena vibra, así que cuando vino dijimos: “Tenemos que hacer algo juntas”. Se dio muy natural y nos encantó el resultado.
La verdad también me gusta mucho colaborar entre mujeres. De hecho, mis colaboraciones más importantes han sido con mujeres y siento que de ahí salió algo muy chido.
Y luego también estuvo el turrobaby en ese mismo campamento. A mí me gusta muchísimo; es un artista que realmente escucho. Entonces también quise hacer una colaboración con él. Nos metimos al estudio y todo salió súper fluido. Tanto su verso como el mío fueron prácticamente freestyle.
Al final decidí incluir esa canción en el álbum porque todo el proceso estuvo muy padre. Además, terminó saliendo un dembow, que es un género en el que yo nunca había escuchado a el turrobaby, así que también estuvo muy interesante verlo explorar algo nuevo.
Para cerrar, ¿hay algo más que te gustaría agregar? ¿Qué viene para Chzter en los próximos meses?
Pues ahorita vienen varias cosas. Vamos a estar presentando el disco en distintas ciudades: hay fechas en San Luis Potosí, también en Miami y en Los Ángeles. Pero la presentación oficial aquí en la Ciudad de México va a ser en el Flow Fest. Estamos preparando un show muy chido para esa fecha, así que nada, invitar a toda la banda a que caiga y viva el disco con nosotros.
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Para Julio Reyes Copello, la música no empieza cuando se oprime el botón de grabar. Empieza mucho antes: en la memoria, en la emoción y en la capacidad de un artista para conectarse con aquello que quiere dejar en el mundo. Después de trabajar con algunas de las voces más importantes de la música latina, el productor colombiano sigue defendiendo una idea casi espiritual del oficio: una canción no es simplemente una pieza de entretenimiento, sino una prueba de vida.
Desde Art House Academy, en Miami, Reyes ha creado un ecosistema para formar a una nueva generación de músicos, productores y creadores bajo una filosofía que parece ir en contravía de la velocidad actual de la industria: menos números, menos algoritmos y más búsqueda interior.
En conversación con Rolling Stone en Español, el productor habla sobre los rituales detrás de una gran interpretación, la inteligencia artificial, la importancia del dolor dentro del proceso creativo y la responsabilidad de los artistas en una época donde la música se ha convertido en refugio para millones.
Has trabajado con artistas muy distintos. Desde tu experiencia, ¿cómo entiendes ese momento vulnerable en el que un cantante entra al estudio y entrega una interpretación?
Ese es un momento de mayor sensibilidad, de mayor celebración de la vida. Lo que uno intenta capturar ahí es ese instante súper vulnerable en el que el artista está celebrando profundamente estar vivo.
Un personaje que me enseñó muchísimo es Marc Anthony. Su ritual es muy interesante. Él siempre llega e invita a la gente que quiere, a su gente cercana. Empieza hablando, echando chistes —es un tipo simpatiquísimo— y únicamente cuando siente el amor y la gratificación de quienes estamos alrededor decide pasar al estudio.
Es casi como si estuviera poniendo a prueba su gran responsabilidad de ser un entertainer. Por eso le gusta tener público, aunque sean sus amigos. Quiere replicar lo que después va a sentir la gente en su casa cuando escuche esa música.
La emoción queda capturada en el ADN de la canción. De alguna manera tiene un efecto distinto cuando alguien la oye. Él mismo accede a otros lugares desde la voz. Cuando alguien está triste, la voz cambia; cuando alguien está feliz también. Él se prepara emocionalmente antes de entrar y cuando entra hace dos o tres tomas máximo, porque ya quedó lo que tenía que quedar.
Para mí el papel del productor y esa posición de liderazgo consiste en crear un ambiente absolutamente cómplice donde pueda sacar la mejor versión del artista.
Has trabajado todos los géneros posibles y con artistas de generaciones diferentes. ¿Qué permanece intacto en una gran canción sin importar la época? ¿Qué hace que una canción sea realmente grande?
Buenísima pregunta, Martín. Creo que las grandes canciones están respaldadas por historias que resuenan con la colección de memorias personales que cada uno tiene. Ahí hay magia.
Los compositores que más respeto y los intérpretes que más me conmueven son quienes tienen la capacidad de conectar cada cosa que están diciendo con una memoria personal.
Si estás cantando algo profundamente triste y mentalmente lo asocias con tu propia versión de esa emoción, con todas esas memorias que llevas acumuladas, la interpretación cambia. No sé explicar exactamente por qué, pero ocurre.
Eso pasa independientemente del género. Incluso lo he sentido tocando Chopin. Yo tuve mi intención de ser pianista y de ahí viene mucho de lo que hago: primero intento capturar esa audición interna, eso que estoy oyendo en mi imaginación, porque ahí habita la mejor versión de todo.
Luego conecto eso con mi colección de memorias y hago que mi versión de esa emoción pueda conmover a alguien. Lo más importante detrás de una canción y detrás de un compositor es tener vida, tener experiencias, porque eso queda plasmado en la creación musical.
Hoy muchos artistas pueden producir desde su casa y construir su propio universo sonoro. ¿Cómo defines el papel de un productor en una industria donde tantos artistas se autoproducen?
Creo que uno tiene que ser muy camaleónico y adaptarse al mindset de los artistas. Mi constante sigue siendo encontrar el camino para sacar lo mejor de ellos, incluso entendiendo cuándo uno tiene que quedarse a un lado.
Siempre me ha apasionado la educación musical. Toda esta iniciativa que empecé con Abbey Road y Art House Academy nació porque siempre he pensado que la diferencia entre el negocio de la educación y la educación real es la mentoría.
Me hace un poco de ruido que algunas universidades gradúen 150 o 200 productores. Me parece casi irresponsable porque no es una industria que dé para tanto. Esto debería parecerse más al deporte.
A nadie se le puede negar la educación musical, pero esa educación masiva debería suceder desde la infancia y la adolescencia. Cuando alguien decide dedicarse profesionalmente a esto, debería existir un acompañamiento mucho más personalizado para quienes tienen un talento excepcional.
Yo siempre he querido reducir esa brecha enorme entre la academia tradicional y la realidad. Por mi estudio pasaban artistas muy distintos y pensaba: “Qué increíble sería que un estudiante pudiera ver esto y aprender no con la cabeza, sino con el espíritu”.
Cuando compartes un espacio con un Marc Anthony, un Will Smith o una Laura Pausini, basta un minuto. Esa persona te activa el conocimiento.
Sigo con el siguiente bloque, Martín:
Hablabas de que un estudiante puede aprender más compartiendo un espacio con un artista que solamente acumulando información. ¿Qué buscas transmitir desde Art House Academy?
La información ya está afuera. Hoy puedes aprender prácticamente cualquier cosa en YouTube o en internet. Pero lo que no te enseñan es un mindset: cómo ver las cosas, qué buscar.
Eso es lo que he intentado compartir con la gente que pasa por acá. He sido mentor informal durante mucho tiempo de productores y cantantes, pero lo que realmente quiero transmitir es mi visión de la música para que no entren solamente por el lado del negocio, que es el lado más oscuro.
Yo siempre he visto la música como algo sagrado. En serio. Para mí todos los artistas somos predicadores de nuestra versión de la belleza.
Mi versión de la belleza es rarísima. Está hecha de Bach, Ravel, Queen, Peter Gabriel, Nine Inch Nails… Todas esas cosas hermosas que consumí se quedaron en mi imaginación y formaron mi propia versión de la belleza.
Como creativo, lo único que tengo que hacer todos los días es capturar esa versión de la belleza y traerla a esta realidad en su estado más puro, libre de las expectativas de la industria, de la familia o de los amigos.
Cuando uno logra hacer eso, es feliz. Y eso también te lleva a redefinir el concepto de felicidad, porque claramente no está asociado únicamente con el dinero. He conocido billonarios absolutamente infelices y vacíos.
Obviamente tenemos que sobrevivir y encontrar nuestra manera de vivir de esto, pero no podemos depositar toda nuestra felicidad en esas expectativas.
No sé cómo he hecho, Martín, pero he logrado mantener el negocio afuera. A mi estudio solamente entra la parte creativa. Siguen estando las mismas cosquillas y las mismas mariposas en el estómago que sentía a los cinco años cuando veía un piano. He protegido eso de la industria.

En una época donde muchos entran a la música buscando números o resultados inmediatos, ¿cómo se protege esa relación con el arte?
Es celebrar la vida todos los días. ¿Qué es si no capturar tu versión de la belleza y traerla?
¿Para qué se educa uno? Para entrenarse y poder capturar esas visiones que son fugitivas. Llegan a tu cabeza y si no tienes las herramientas se van.
Puedes pensar: “Esto que estoy escuchando es un re menor, pero el ritmo es este, ¿cómo lo puedo orquestar?”. Uno estudia para traer esa visión a la realidad de la manera más pura posible.
Cuando estoy en crisis pienso: “Yo vine a este mundo para esto”. Eso me ha mantenido feliz. Además, nadie sabe cuándo se va a morir. Uno puede salir del estudio y nada está garantizado.
Si uno vive entendiendo que la muerte es una constante, también tiene que vivir en un estado de agradecimiento.
Para mí esa es la definición de inspiración: un acto de agradecimiento profundo por estar vivo.
El esfuerzo que hacen los compositores por capturar un momento y volverlo eterno es una forma de demostrar que sí valió la pena vivir.
La música es una fotografía emocional de ese estado de agradecimiento. Incluso cuando estás atravesando un despecho terrible, la música acelera el duelo. Te acompaña. Te ayuda a sanar.
Por eso estos conceptos son atemporales. Es lo que intento regalarles a los chicos que pasan por acá: una manera de entender lo que hacen cuando la presión de la industria aparece.
Después de trabajar con tantos artistas, ¿has encontrado algún patrón entre quienes logran trascender? ¿Qué necesita tener el artista del futuro?
Sí hay patrones. Uno como productor y mentor tiene que aprender a convivir con procesos que a veces incluso son dolorosos.
Muchas veces uno tiene que retirarse de la carrera de ciertos artistas porque eso también hace parte de su búsqueda.
El artista está intentando seducir al mundo, y eso requiere un acto enorme de amor propio.
Cuando entran al booth les digo: “Aquí tienes que conectarte con tu mejor versión. Tienes que amarte, porque eso mismo va a recibir la gente”.
Los artistas están en el negocio de la seducción masiva. Hoy, además, vivimos en una sociedad tan disfuncional que los proyectos que realmente conectan no dependen solamente del talento.
Mira el fenómeno de Karol G. Ella se convirtió en una voz para muchas mujeres dentro de una sociedad machista. Lo logró con su espontaneidad y sinceridad. Las canciones fueron el vehículo, pero lo más poderoso es lo que ella representa.
Bad Bunny representa el orgullo latinoamericano frente a mucha discriminación que hemos vivido. Construyó un lugar donde la gente puede decir: “Me siento orgulloso de ser latino, con todas mis imperfecciones”.
Por eso cuando trabajo con artistas jóvenes les pregunto: “¿De qué está hecho tu templo? ¿Dónde tienes autoridad emocional para hablar?”. En el programa de artistas puedo pasar un año entero trabajando esa parte y a veces no alcanza.
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Atreverse a expresar lo que sentimos, incluso en los momentos más oscuros, nunca es sencillo. Hay quienes encuentran en las palabras un refugio; otros, en cambio, levantan una fachada por miedo a que su verdadero yo salga a la luz. Ninguna de las dos posturas es correcta o incorrecta: forman parte de la experiencia humana. Al final, todos somos una obra en proceso.
Pero ningún proceso de transformación ocurre completamente en soledad. Hace falta rodearse de personas capaces de sostenernos cuando las dudas aparecen, de impulsarnos cuando el camino se vuelve incierto y de recordarnos quiénes somos cuando nosotros mismos lo olvidamos. En ese recorrido inevitablemente surgen cuestionamientos, descubrimientos, verdades incómodas y momentos en los que necesitamos apoyarnos en los demás para seguir adelante.
Cuando ese proceso encuentra un lugar donde existir, termina convirtiéndose en una especie de diario: una bitácora que registra las emociones, las heridas, los aprendizajes y todo aquello que quienes la construyeron decidieron dejar en ella. Algo así ocurrió con Marlon.
Con Hipersensible, Jorge, Adrián y Juan emprendieron un viaje de regreso hacia sí mismos. Entre retiros en Francia y Madrid, y la necesidad de detener el ruido para escucharse con mayor claridad, el trío asturiano construyó un álbum que reflexiona sobre lo que significa sentirse vulnerable en un mundo que parece exigir cada vez más máscaras. También habla del vértigo de comenzar de nuevo, de la importancia de aceptar nuestras propias contradicciones y de la valentía que implica mostrarse tal como uno es.
En conversación con ROLLING STONE en Español, Marlon reflexiona sobre el origen de Hipersensible, el ruido de las redes sociales y ese momento en el que, como ellos mismos descubrieron, solo es posible verse con claridad cuando uno se detiene.
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Escuchando Hipersensible tuve la sensación de estar leyendo una especie de diario de viaje. No solo el de una banda, sino el de personas que intentan reencontrarse con partes de sí mismas que a veces se pierden por el camino. Cuando miran el álbum completo, ¿sienten que documenta ese reencuentro?
Jorge: Totalmente. Fue la primera vez que tuvimos la suerte de parar, tomar distancia y frenar un poco el ritmo tan vertiginoso que llevábamos. Eso nos permitió pensar mejor las cosas, trabajar las canciones con calma, crear un concepto y darle a todo el proyecto el cariño que sentíamos que merecía.
Desde que empezamos a trabajar en estas nuevas canciones nos dimos cuenta de que estábamos muy conectados entre nosotros y atravesando un momento vital bastante parecido. Al final, el disco nos sirvió casi como una terapia para descubrir qué era lo que realmente nos preocupaba, para desnudarnos más que nunca y hablar de todas esas cosas que sabes que están ahí, pero que muchas veces no eres capaz de ver con claridad porque estás demasiado metido en la rueda. Creo que ese viaje fue exactamente eso: alejarnos de la velocidad y del ruido para volver a conectar con nosotros mismos, con la música y con las canciones. Queríamos mostrarnos más auténticos que nunca, sin filtros ni corazas.
También se fueron a Francia. Leí que se encerraron en una casa para escribir y que fue una experiencia muy importante para ustedes, ¿cómo fue convivir de esa manera? ¿Qué les dejó esa experiencia?
Juan: Nosotros llevamos bastante más de tres meses acumulados viviendo juntos. De hecho, creo que nos conocemos casi mejor que a nosotros mismos. Todo este disco nació buscando precisamente esos espacios en los que pudiéramos estar solos, conectados entre nosotros y alejados del exceso de estímulos. Hicimos varias escapadas aquí en España, nos fuimos a casas en la montaña y allí compusimos gran parte del álbum. Cuando terminamos las canciones, nos apetecía grabarlas de la misma manera, en una inmersión total. Entonces surgió la oportunidad de ir a un estudio increíble en Francia, al sur de Toulouse. Para nosotros, que amamos la música, los instrumentos y todo ese universo, fue un auténtico lujo. Estuvimos casi quince días encerrados allí, completamente enfocados en el disco. Nos funciona muy bien esa forma de trabajar y la disfrutamos muchísimo.
Se nota en el álbum… Hay una frase de ‘Háblales’ que me hizo pensar en todas esas batallas internas que muchas veces nadie ve. Iniciar algo nuevo, arriesgarse o simplemente seguir adelante suele venir acompañado de miedo, dudas y vértigo. ¿Sintieron algo parecido durante la creación de este álbum?
Adrián: Sí, totalmente. Como decía Jorge, creo que hay un antes y un después con este álbum. Veníamos haciendo canciones quizá en piloto automático. Aquí hubo un parón, una reflexión mucho más profunda sobre lo que queríamos hacer, y creo que eso se nota cuando escuchas las canciones. Están escritas desde un lugar distinto. Todo está mucho más cuidado, más trabajado y más mimado.
Además, este disco llegó en un momento en el que lo necesitábamos. Fue una especie de salvavidas, un flotador al que nos agarramos los tres. Veníamos cansados y de repente este proyecto nos volvió a conectar. Eso era exactamente lo que buscábamos: hacer un trabajo conjunto, fortalecernos como banda y salir renovados con estas canciones.
En el video de ‘Háblales’ hay una imagen que llama mucho la atención: la de caminar por las calles. Es una canción que conecta especialmente con quienes viven lejos de casa, con esa sensación de estar construyendo algo mientras se carga con la nostalgia y las dudas propias. Muchas veces, desde afuera, se ven los logros, pero uno sigue enfocándose en lo que falta o en lo que podría haber hecho mejor. ¿Por qué creen que cuesta tanto reconocer nuestros propios logros y darnos crédito por las cosas que hemos hecho bien?
Juan: Porque hoy en día todo te empuja a compararte constantemente. Los estándares de lo que significa “hacer las cosas bien” suelen estar asociados a una perfección que probablemente ni siquiera exista. Entonces siempre sientes que estás lejos de alcanzarla. Cuesta darte esa medalla a ti mismo. Y la parte complicada es que muchas veces asociamos el éxito o el fracaso a la validación externa, a la opinión pública y a lo que los demás piensan de lo que haces. Pero creo que la única manera de crear algo puro y genuino es estar bien contigo mismo. También hay que aprender a darse una palmada en la espalda de vez en cuando y reconocer que has hecho las cosas bien. Al final, el tiempo termina poniendo todo en su lugar.
Me parece fascinante la idea de ‘De mudanza’ porque mudarse no siempre implica cambiar de lugar; a veces significa cambiar la forma en que nos vemos a nosotros mismos. La frase: “volvamos a arriesgarnos”, es hazlo incluso cuando no existe ninguna garantía. ¿Qué estaban dejando atrás y qué esperaban encontrar cuando escribieron esta canción?
Adrián: Creo que estábamos dejando atrás muchas cosas que, en realidad, no éramos nosotros. Queríamos mudarnos de piel y enseñar nuestra verdadera personalidad. A veces este mundo no te permite ser tú al cien por ciento. No sabría decir exactamente por qué, pero ocurre. También buscas el éxito, sería mentira decir que no. No hacemos música únicamente para nosotros; también la hacemos para vivir de ella y poder seguir haciéndola. Lo que queríamos cambiar era esa piel que teníamos antes. Siempre hemos sido nosotros mismos, pero quizá no nos mostrábamos tan auténticamente como queríamos. No sé si era por miedo o porque hay algo que, sin darte cuenta, te frena.
Con este disco quisimos hacer lo que realmente nos salía de forma natural. Incluso creo que es un álbum que podríamos haber intentado hacer hace años, pero probablemente no habríamos estado preparados para permitirnos hacerlo. Antes teníamos que recorrer un camino para poder llegar a esta mudanza y empezar a mostrarnos como somos de verdad. Y también está lo que decía Juan: aprender a darte una palmada en la espalda de vez en cuando. Entender que, más allá de los miedos y de la validación externa, hay cosas que hacemos bien.
Parece que las cosas solo valen cuando las respalda una gran masa de gente, pero creo que nuestro caso es diferente. Quizá nunca seamos una banda de multitudes gigantescas, pero sí una banda capaz de seguir haciendo música durante muchos años, haciendo cosas que nos llenen y que sean honestas.
La autoaceptación no suele ser un destino al que llegamos una vez y ya está; es una conversación que mantenemos con nosotros mismos durante toda la vida. En ‘Hachiko’ hay algo de eso. ¿En qué momento sintieron que querían hablar de esas inseguridades?
Juan: Surgió de manera bastante natural y también por necesidad. Antes, Adrián hablaba del disco como un salvavidas, y creo que tiene mucho que ver con eso. Durante los últimos años trabajamos con una fórmula que, a nivel personal, ya no terminaba de satisfacernos. Sentíamos que no estábamos llevando el barco exactamente hacia donde queríamos, entonces hubo un ejercicio de toma de conciencia. Decidimos conducirlo nosotros al cien por ciento, con todos los riesgos que eso implica. Pero al final es la única manera de sentirte realmente alineado con las canciones que haces. Si no, se pierde algo por el camino.
Jorge: Ese mensaje se refuerza mucho cuando observas el álbum como un todo. Todas las canciones están relacionadas entre sí. Son distintos momentos de un mismo viaje, distintas etapas de esa terapia o de ese proceso de autodescubrimiento. ‘Hachiko’ refleja precisamente ese momento en el que te das cuenta de que las transformaciones importantes no terminan cuando eres joven. Nosotros empezamos siendo unos chavales y, desde entonces, hemos cambiado muchísimo. Hemos crecido juntos, han cambiado nuestras percepciones sobre muchas cosas y hemos evolucionado como personas. Por eso creo que es tan importante reevaluarte, redescubrirte y aceptarte. Entender en qué punto estás, sentirte cómodo contigo mismo, quererte y seguir estando presente para poder seguir avanzando. La canción habla un poco de eso: de decir “yo soy así, me quiero y quiero mostrarme al mundo tal como soy”, sin ataduras ni máscaras.
Adrián: A medida que te haces mayor también te conoces más. Cuando eres joven piensas que ya sabes quién eres, pero creo que te pasas la vida entera descubriéndote. Cada año aprendes algo nuevo sobre ti mismo, entiendes mejor lo que quieres y cómo eres. Además, cuando empiezas en algo como esto, muchas veces te construyes una especie de disfraz. Una máscara para protegerte. Un escudo. Y es muy difícil mostrarse completamente natural todo el tiempo. Pero los años te van quitando inseguridades y te dan una confianza distinta. Empiezas a pensar: “Yo soy así”. Cosas que antes te daba vergüenza enseñar dejan de dártela. Creo que es un proceso por el que pasamos todos. Forma parte de crecer, de atravesar etapas y de conocernos mejor. Y sí, de eso habla mucho este disco. Podría llamarse Hipersensible, pero también podría llamarse “autoterapia”.
Vi una frase en sus redes que decía: “Todos hemos sido Hachiko alguna vez”. Si quieren compartirlo, ¿cuál ha sido su momento ‘Hachiko’?
Adrián: Creo que tiene más que ver con una sensación que con un momento concreto. Nosotros llevamos la idea de ‘Hachiko’ hacia ese proceso de conocernos mejor y atrevernos a mostrarnos. De ir quitándonos capas, como una cebolla, y enseñar cada vez más quiénes somos realmente. Para mí ese es el verdadero momento ‘Hachiko’. No recuerdo uno específico. Es más bien un proceso constante de descubrirte, perder el miedo y salir ahí fuera dejando que la gente te vea tal y como eres.
Es interesante porque muchas veces esperamos que nuestra parte más auténtica aparezca de repente y nos diga: “Aquí estoy, hazme caso”.
Adrián: Claro. O incluso lo que los demás esperan de ti. Al final estás detrás de una pantalla, haces canciones o te subes a un escenario, y la gente construye una idea sobre quién eres. Piensan: “Vale, este es el artista, pero ¿cómo será cuando se baje del escenario? ¿Cómo será cuando me lo cruce por la calle?” Y eso genera una sensación extraña. Porque no sabes exactamente qué esperan de ti ni en qué lugar te han colocado.
A veces te preguntas: “Si me cruzo con alguien por la calle, ¿tengo que ser el Adri que está sobre el escenario o el Adri que está fuera de él? ¿Deberían ser la misma persona?” Y entonces aparecen las dudas “¿le va a gustar lo que hay debajo de todo esto o solo le va a gustar lo que ve arriba? ¿Le va a decepcionar quien soy cuando no estoy cantando?”. Esa es una parte difícil de vivir en este oficio.
Hay algo muy valiente en la honestidad, porque una vez decides decir la verdad ya no hay forma de volver atrás. Mientras construían este álbum, ¿hubo algún momento en el que sintieron que estaban entrando en un terreno de honestidad brutal?
Juan: Sí, totalmente. Hubo varios momentos así. Recuerdo especialmente cuando trabajábamos en ‘Hipersensible’, la canción que da nombre al disco. Estábamos en una de las casas donde empezamos a maquetar las canciones y ya teníamos más o menos clara la estructura. De repente sentimos que habíamos encontrado algo. Fue uno de esos momentos en los que pensamos: “Creo que estamos entrando en el terreno que queríamos explorar. Este es el lugar en el que nos sentimos cómodos y por aquí tenemos que seguir excavando para terminar el disco”.
‘Princesas y principitos’ me llamó mucho la atención por cómo cuestiona ciertas ideas que nos venden sobre el amor, el éxito o incluso la felicidad. ¿La canción nace de preguntarse si realmente estamos viviendo nuestras propias vidas o simplemente intentando encajar en historias que otros escribieron para nosotros?
Adrián: Bueno, lo has descrito bastante bien.
Juan: Yo creo que tiene mucho que ver con las expectativas y con esa necesidad que muchas veces nos montamos en la cabeza de que las cosas deberían ser de una determinada manera. Existe una especie de idea normativa sobre cómo debería ser la vida, qué deberías conseguir y qué deberías hacer. Y eso hace mucho daño. A lo largo de nuestra carrera hemos vivido cosas increíbles y, aun así, por culpa de las expectativas, muchas veces cuando consigues algo ya estás pensando en el siguiente peldaño. En lugar de detenerte y valorar todo el camino que has recorrido para llegar a un lugar que, en realidad, es increíble, ya estás mirando lo que viene después. Y eso es complicado.
Sí, totalmente. Justo veía hace poco a un chico en un video decir que somos personas complejas, que nos gustan muchas cosas distintas y que, sin embargo, intentamos proyectarnos en redes sociales de una forma completamente lineal. Cuando en realidad no somos así. A veces parece que olvidamos lo importante que es salir al mundo y permitir que la gente nos conozca de verdad…
Adrián: Sí. Creo que estamos viviendo un momento de muy poca transparencia. Hay mucho filtro, mucha apariencia y una necesidad constante de parecer mejor de lo que uno es. Da la sensación de que la gente viaja a lugares únicamente para hacerse una foto allí y demostrar que estuvo, no necesariamente para disfrutar la experiencia. Parece que muchas veces hacemos las cosas para que los demás nos pongan una nota o validen nuestra vida. Y entonces todo el mundo parece feliz. Todo el mundo parece tener dinero. Todo el mundo parece estar disfrutando constantemente. Todo el mundo parece vivir sin problemas. Pero la realidad es otra. Todos cargamos con algo por dentro. Es muy difícil encontrar a alguien que no tenga problemas o preocupaciones.
Creo que hemos construido un mundo muy artificial, muy virtual y lleno de apariencias. Y es difícil vivir dentro de eso. A veces parece un lugar vacío, de plástico. Un espacio donde cuesta encontrar algo auténtico. Por eso, cuando encuentras a alguien que te parece de verdad, alguien que sientes genuino, te apetece aferrarte a esa persona y no soltarla. Supongo que esta canción nace un poco como un grito contra todo eso, contra las apariencias, contra la necesidad de vivir para los demás, y a favor de mirar la vida sin filtros, con todas sus contradicciones y con toda su verdad.
A nosotros nos cuesta bastante convivir con este momento tan dominado por las redes sociales. Quizá también porque pertenecemos a una generación diferente y nos cuesta identificarnos con ciertas dinámicas. A mí, por ejemplo, me cuesta mucho abrir Instagram. Es algo que me genera rechazo, me enfada, no me parece real… Siento que hay demasiada mentira y creo que precisamente por eso necesitábamos hacer canciones como estas.
‘Los domingos’ me llamó mucho la atención. Siento que, en nuestras culturas, el domingo es casi un día sagrado. Está lleno de tradiciones, de familia, de rutinas que rara vez se rompen. Es un día para volver a uno mismo. ¿Qué representa ese día para ustedes y qué historia hay detrás de esta canción?
Juan: Creo que ‘Los domingos’ también habla de esos domingos difíciles. Para nosotros, los domingos suelen significar volver a casa después de muchos días de conciertos, carretera, furgoneta y muchísimo estímulo. Son esos momentos en los que, de repente, te encuentras solo, sin tanto ruido alrededor. Y ahí la cabeza empieza a funcionar de otra manera. Empiezas a pensar más, a hacerte preguntas, a reflexionar. Son días que tienen una intensidad especial. En nuestro caso, por el tipo de vida que llevamos, todavía más.
Claro. Incluso desde pequeños el domingo tenía algo de nostalgia. Era el: “mañana vuelvo a la escuela…”
Juan: Sí, totalmente.
Adrián: Y si lo llevamos al terreno del amor, que creo que es donde vive esta canción, los domingos siempre han sido esos días para estar con tu pareja, para echarla de menos o incluso para llorarla. Es el día previo al lunes, antes de volver a la rutina, al trabajo y al ritmo de siempre. Los domingos son para recordar, para extrañar y para sentir. Si te ha dejado alguien, creo que el domingo puede convertirse en el peor día de la semana. Porque el lunes vuelves a activarte, te distraes y empiezas a pensar en otras cosas. Pero el domingo estás ahí, en casa, con tiempo para darte cuenta de todo lo que falta. Pienso en esa imagen de estar solo en el sofá y notar que ya no está esa persona que antes ocupaba ese espacio contigo. Por eso la canción tiene algo tan nostálgico. Y por eso la frase “los domingos hacen daño sin ti” tiene tanto sentido. Porque cuando compartías todos tus domingos con alguien, aprender a vivirlos sin esa persona es muy difícil.
Me parece muy significativo que el álbum cierre con ‘Duele’. Es una canción que habla de aceptar que, aunque algo pueda parecer perfecto desde fuera, por dentro la realidad puede ser muy distinta. ¿Cómo fue enfrentarse emocionalmente a esta canción? ¿Y por qué sintieron que debía cerrar Hipersensible?
Juan: Fue una decisión totalmente consciente. Si pensamos el disco como un viaje, ‘Duele’ representa el momento de mirar hacia atrás y hacer balance. Es la canción en la que entiendes que el camino a veces duele, que puede ser largo y complicado, pero también que vas a seguir recorriéndolo porque es lo que amas hacer. Al final habla de persistir, incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Cuando solo tienes una carta en la vida, juegas esa carta hasta el final. Y nosotros sentimos que eso era exactamente lo que representaba esta canción.
Adrián: También creo que es un dolor bonito. Puede doler, sí, pero sigue siendo un buen dolor. Porque viene de hacer algo que quieres y en lo que crees.
Finalmente, si pudieran convertir Hipersensible en una fotografía o en un cuadro, ¿cómo se vería esa imagen?
Juan: Yo la imagino llena de aire. Cuando empezamos a trabajar en este disco hablábamos mucho de conceptos como el oxígeno, el espacio y la necesidad de respirar. Necesitábamos simplicidad. Sentíamos que todo estaba demasiado cargado y que hacía falta volver a lo esencial. Para mí, Hipersensible es un balón de oxígeno.
Adrián: Yo haría una radiografía de un ser humano. Una imagen en la que pudieras verlo todo por dentro. Sin esconder nada. Transparente. Como si pudieras observar cada parte de una persona, incluso aquellas que normalmente permanecen ocultas.
Jorge: Creo que, de alguna manera, la portada del disco ya contiene mucho de ese espíritu. Habla de la contradicción entre la velocidad a la que sucede todo y la necesidad de detenerse para entender quién eres. Nosotros descubrimos que solo puedes verte con claridad cuando paras. Cuando tomas distancia. Cuando observas las cosas desde fuera. Por eso me gusta mucho la imagen de alguien quieto mientras todo a su alrededor sigue moviéndose. Porque refleja exactamente el proceso que vivimos haciendo este disco: sentirte atrapado en una rueda que gira constantemente y descubrir que, cuando te detienes, quizás todo siga borroso alrededor, pero por fin eres capaz de verte a ti mismo con claridad.
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A Guille Galván se le conoce mayormente por ser el guitarrista y uno de los principales letristas de Vetusta Morla, sin embargo, a lo largo de los años de existencia de la banda ha firmado varias cosas con su nombre propio. Ha creado bandas sonoras de filmes —La Virgen roja (2024) y Madrid, Ext. (2025)— y también ha publicado sus poemarios Desconocernos (2020) y Retrovisores (2015), trabajos en los que ha dejado entrever otras facetas de sí mismo. Ahora, a su repertorio se suma su primer álbum en solitario, Nadie con ese nombre vive aquí, en donde explora los fragmentos que conforman la persona que ha sido y es ahora, teniendo como hilo conductor su voz y su guitarra.
Desde el estudio en el que nació este conjunto de canciones, Galván habló con ROLLING STONE en Español sobre el impulso que lo llevó a lanzarse como solista, los lugares en común que hay entre su música y su poesía, y sus reflexiones sobre el legado.
En el pasado ya habías sacado unos trabajos, pero eran de bandas sonoras que pertenecían a otros proyectos. ¿Qué tan diferente ha sido el proceso de salir a defender tus propias canciones?
Por primera vez me pongo delante de mi propio proyecto y lo defiendo con mi voz. Llevo más de 20 años componiendo, haciendo canciones, pero el cambio de hacerlas e interpretarlas desde la guitarra y que las cante otro a tener que ser yo quien las defienda, ha sido grande y también el proceso más apasionante del disco.
En 2022, dijiste que tenías varias cosas escritas que sabías que no iban para la Vetusta, pero que tal vez te faltaba el impulso para compartirlas. ¿Qué te llevó a sacarlas en un disco?
El tiempo va colocando las cosas en su sitio. Y a mí se me juntó también a nivel vital una situación de enfermedad de mi padre, de duelo previo y posterior a su despedida, que me hizo tener la necesidad de escribir desde un lugar del que no había escrito antes. Esas canciones solo tenían sentido para mí si las cantaba, porque tocaban cosas que tenía que decir con mi propia voz. En ese proceso también me di cuenta de que tenía que hacer un recorrido a la raíz, a donde había empezado todo. Me pareció que partir desde ahí me iba a servir un poco de linterna para hacer todo ese recorrido y, ya que iba a hacer un trabajo al margen de la banda, quería que fuera lo más diferente posible. No quería hacer un proyecto con muchos músicos, sino que quería partir de la intimidad más grande que pudiera tener.
“Creo que la poesía es un combate cara a cara entre el lector y el poeta”.
El disco se mueve mucho entre escalas de grises, entre que a veces las cosas pasan por algo y en otras no hay una razón detrás. También habla de que las acciones tienen consecuencias sin importar si se busca algo positivo, pues esto tendrá alguna repercusión en los demás. ¿Qué otras inquietudes personales quisiste abordar?
Tienes razón en la parte de afrontar la vida tal y como viene, con lo bueno y lo malo. El disco lo empecé a escribir en una situación de tristeza grande, y pensaba que las canciones me iban a llevar por ahí. Paradójicamente fue un proceso de ir construyendo el relato de una despedida, pero al mismo tiempo esa despedida tenía que ver con una celebración de la gente que tengo alrededor y a la que quiero agradecer por estar ahí. Es lo que nos queda al final, celebrar la vida con quienes están porque en cualquier momento todo eso puede cambiar. Y en esa celebración también hay una necesidad de quitarte capas que ya no te sirven, e ir como los jarrones japoneses que tienen sus piezas unidas por un líquido de oro y al final son más firmes. Yo creo que el trabajo del disco ha sido un poco desde ahí: hay muchos pedazos, pero con esos pedazos hay que reconstruir una identidad y tirar para adelante porque va a ser la identidad de lo que seremos. Todas las etapas están llenas de cosas que se van y cosas que vienen y de muertes y de “renaceres”.
Para mí, más que grises, es un disco que todo el rato tiene un ejercicio de contención para no exaltar. Fíjate que es muy íntimo, pero intentando todo el rato que esté desprovisto de dramatismo, que las canciones te conecten casi con una mirada de espectador porque la vida es eso, al final. Lo bueno y lo malo viene junto, y no puedes esperar a que todo esté bien para configurarte a ti mismo.

¿Cuál dirías que es la mayor diferencia entre el Guille que escribe para Vetusta y el Guille que escribió Nadie con ese nombre vive aquí?
Hay una cosa muy evidente y es que cuando escribo para Pucho [voz de Vetusta Morla] hay un universo compartido que yo sé que tiene que ver con nosotros, con el grupo, con lo que creo que él puede cantar sintiéndolo también. En este caso he tenido la posibilidad de acercarme a temas que a lo mejor no hubiera tratado en un disco de Vetusta, como por ejemplo el cantar a mis hijos, ese ejercicio de pensar en la paternidad no solo como lo que eres con respecto a tus hijos, sino lo que fuiste con respecto a tu padre. Creo que es un disco que tiene mucho que ver con el presente, con el pasado y con el futuro desde mi prisma, y a veces eso es difícil pensarlo en colectividad. En este disco hay más una intención de vis a vis, que me pasa un poco en la poesía. Yo creo que la poesía es un combate cara a cara entre el lector y el poeta, y he intentado que en el disco pese a ser canciones, hubiera esa línea directa entre la guitarra y la voz, y el oyente.
Ya que mencionas la poesía, ¿por qué decidiste sacar un disco y no un poemario?
Al principio iba a ser un poemario, pero empecé a hacer uno excesivamente triste, y pensaba que no me iba a ayudar nada en esta época de mi vida. Pensaba que necesitaba hacer algo que me ayudara, y al final fue convertirlo en canciones y darle un giro al tipo de cosas que estaba escribiendo. Ha sido muy bonito porque me ha conectado conmigo, pero también con mi familia de origen y mi familia actual. Ha sido una decisión de la que estoy muy orgulloso.
Mencionabas que querías que este disco volviera a los orígenes, que fueran solo la guitarra y tú. ¿Cómo fuiste encontrando tu estilo personal, tu voz?
Eso ha sido lo que más tiempo me ha llevado. Pensaba que lo más importante era encontrar una manera de cantar y una voz que fuera convincente, no en lo técnico, porque lo que buscaba era que fuera convincente en lo comunicativo. Y por eso decidí que todas las canciones se grabaran guitarra y voz al principio, porque era la única manera de no esconderme y de no empezar a sobreproducir las canciones para luego quedarme escondido detrás de la producción. Quería que la voz mandara desde el primer momento, independientemente de si me gustaba más mi voz o menos. Ese ha sido el punto de origen. Desde ahí, la mitad del disco ha ido creciendo con la ayuda de otros productores y músicos, y la otra mitad lo terminé en casa con mi piano.
“Es lo que nos queda al final, celebrar la vida con quienes están porque en cualquier momento todo eso puede cambiar”.
Hay canciones que tienen sonidos más digitales, más allá de la base de guitarra y voz, como ‘No me dejes quieto’, que la siento un poco distópica por sus sintetizadores. ¿Cómo decidiste añadir este tipo de detalles?
Quería ver hasta dónde aguantaba la propuesta de guitarra y voz, que es como más cantautor, más clásica, y ver cómo se conjugaba con la modernidad porque también quería hacer un disco que fuera de 2026. Entonces lo que hice fue una especie de equipo de producción y de músicos donde yo les decía, “Este disco es de una persona que está con una guitarra en el centro de una habitación cantando una canción a quien la escucha. No quiero que llenéis la habitación de músicos; quiero que decoréis la habitación. Sois directores de arte, como si fuera una película de esta canción”. Yo iba dándoles pautas, y otra era que lo tenían que hacer en su casa [porque] era un disco que iba de la intimidad de una casa a la de otra.
No quería ir a un estudio, contratar músicos y ponernos a grabar porque me daba la sensación de que el disco iba a coger un músculo que no le venía bien. A veces tenemos el problema de querer hacer en un disco todos los discos posibles y normalmente cuando intentas que en un disco esté todo, consigues, como en la pintura cuando mezclas todos los colores, una mancha oscura.
Es interesante que a pesar de que es un álbum que nace de un lugar bastante personal se fue construyendo hacia un lugar más colectivo.
Sí. Es como la música misma. Nace en un lugar chiquitito en una habitación o en la cabeza y al final lo tienes que ir soltando, lo tienes que ir compartiendo. A veces da miedo compartirlo porque se aleja un poco de lo que tienes en la cabeza, pero otras veces el alejarse hace que crezca, como los niños cuando se van de casa. Es una línea bonita el ver como algo que ha nacido de un germen tan concreto se ha ido ramificando y ojalá se siga ramificando con la gente que lo escuche.
A nivel lírico hay referencias literarias y mitológicas, y también hay muchas metáforas. ¿Qué tanto te agrada o desagrada la literalidad?
Creo que es un disco bastante más literal o más directo de lo que han sido muchas de las canciones que he escrito para Vetusta Morla, donde hay un vuelo más metafórico. He intentado ser preciso, más que literal, en lo que quería contar porque tenía bastante claro lo que quería armar en cada canción. Entonces, es verdad que me he ido llevando a lugares más concretos.
En cuanto a las referencias, a mí me gustan siempre que aporten. Al final, quienes escuchamos música tenemos universos compartidos. Cuando es necesario y viene al caso, sí me gusta utilizarlas porque creo que expanden las canciones hacia otros lugares, las hace más colectivas y son como pequeñas puertas hacia lo compartido.
Me gusta la parte de ‘Huellas en el aire’ en la que dices, “No hay huellas en el aire, llegaste tarde 10mil millones de años” y al final se oye la voz de un niño. ¿Qué hay detrás de esta canción?
El niño soy yo de pequeño, con dos o tres años, y está sacada de una grabación familiar. En mi casa no había videocámara y cuando queríamos grabar cosas, poníamos la grabadora de audio. A raíz del fallecimiento de mi padre, estuve digitalizando esas cintas y volviéndolas a escuchar después de tantos años, y me parecía bonito que parte de mi origen musical formara parte del disco. Hay más cosas sacadas [de allí], como los grillos de ‘Hay un coche ardiendo’.
¿Es intencional que después siga ‘Túnel de la M-30’?
Sí, completamente. De hecho, era una manera de unir mi voz de niño con la canción que le dedico a mis hijos. Era como un túnel al mundo de la infancia que conseguí ver claro cuando metí esa transición entre esas dos canciones. ‘Túnel de la M-30’ es una canción que escribí en uno de esos momentos donde los niños empiezan a tener miedo de crecer y de hacerse mayores porque piensan que van a convertirse en otra cosa mucho más aburrida y fea como es la adultez. Me pareció que, en realidad, era de lo que estaba hablando el disco: ver de qué manera, aunque vayamos cambiando y convirtiéndonos en otras personas, todo lo que llevamos enseñado por las personas que nos han querido se queda dentro de nosotros para siempre y forma parte de nosotros allá donde vayamos.
El disco cierra con ‘Canción muralla’, un tema que interpreto como una reflexión sobre el legado. Al ser un músico que lleva décadas con una agrupación, que también tiene cosas bajo su nombre, y que ahora presenta su debut en solitario, ¿a qué conclusiones has podido llegar respecto a dejar un legado?
Escribía en la nota de prensa de ‘En qué momento me dudé de ti’ que los médicos curan, los maestros enseñan, los arquitectos hacen casas, pero, ¿qué hacemos los músicos más allá de hacer música? Que en el fondo no sirve para tanto. Y a veces uno sueña con poder hacer algo que le sirva a los demás en un momento difícil y qué mejor que hacer una canción que te permita ser una muralla para lo malo, un refugio para cuando estés en un día complicado y que llegue a todos esos sitios donde como seres humanos no podemos llegar. Es como el único superpoder que nos queda a los músicos: hacer canciones que nos trasciendan y que les sirvan a otras personas.
¿Cuál es esa ‘Canción muralla’ para ti?
Para mí este disco ha sido una buena muralla y un buen lugar donde refugiarme. Más allá de lo que suceda con él, ya el haberlo transitado ha sido una muralla y un puente también. Al final, la muralla está para protegerse, pero luego hay que tender puentes. Así que todo en él para mí ha sido una muralla. Ahora los puentes les toca tenderlos a quien lo escuche.
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Todo inició con la búsqueda de tener algo nuevo que contar durante una gira futura. Ana Torroja se sentó frente al papel con el propósito de escribir dos o tres canciones, pero se tropezó con el síndrome de la hoja en blanco. Sentía que le faltaba motivación para tomar la pluma y dejar fluir sus ideas, por lo que se cuestionó si ya lo había dado todo y si ya había llegado el momento de bajar el telón. Optó entonces por despejar esta turbulencia de pensamiento allí mismo, pero a modo de diario pues, a lo mejor, sucedía como en otras ocasiones y estas dudas simplemente se quedarían allí como una declaración íntima entre quien escribe y un testigo que no juzga. No ocurrió así, y terminó por transformarse en la canción que sentaría las bases para el proyecto musical de corte confesional que ahora se conoce como Se ha acabado el show.
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“Hice camino al andar”, dice. “Empecé a escribir sin tener ni idea de dónde quería llegar, ni siquiera de si iba a llegar”. Esa primera canción —que es la que titula al disco—, le hizo establecer una conversación entre la “Ana persona” y la “Ana artista”, y se dio cuenta de que había muchas cosas que se había guardado por años. “El cuerpo me pedía sacarlo, porque había alguna cosa que estaba enquistada y necesitaba reconciliarme con eso”, añade. Esta tarea no podía recaer en nadie más que en ella misma, y esa es la razón por la que Torroja figura como coescritora de todas las canciones que conforman al álbum.
Cuando hizo parte de Mecano, eran los hermanos José y Nacho Cano quienes escribían las canciones que luego Torroja hacía suyas con su interpretación, y solo en una ocasión fue incluida en los créditos de composición. Luego de la disolución de la banda y de retomar su carrera en solitario, la española empezó a involucrarse más activamente en las letras, figurando como coautora de algunas, pero siempre dejando espacio para cantar las composiciones de otros autores. Aquí esto no ocurre, siendo la primera vez en toda su discografía en la que su firma como escritora está en todos los cortes. Esa es una de las razones por las que considera que este es su mejor trabajo hasta el momento pues, más allá de sentir que no existe ninguna canción de “relleno”, denota una honestidad más profunda que en álbumes previos.

En algunos cortes habla sobre los altibajos de las relaciones humanas y la dependencia emocional que muchas veces se opone a la razón. Por ejemplo, en ‘A veces’ aborda la contradicción de sentir rencor, pero aún desear ser querida (“A veces tengo ganas de perderte/A veces tengo ganas de que estés”), y en ‘Problemas de conversación’ canta junto a Esteman sobre la posibilidad de regresar a un lugar del que ya se despidió. Sin embargo, sus mejores letras surgen en aquellos temas en los que se canta a sí misma y expone sus dudas existenciales sin máscara.
En esos casos, Torroja expone el conflicto de una identidad personal que supera en cantidad a los años en los que fue la “vocalista de”, reconociendo que ese pasado siempre tendrá un peso pero que, de todas formas, prefiere vivir el ahora y mirar hacia el futuro. Temas como ‘La maleta’ o ‘Rosa del desierto’ hablan de esto desde el agradecimiento y la ternura: en la primera, la cantante habla sobre cargar siempre consigo “una maleta que a veces es ligera” y que otras veces pesa, y la cual quiso soltar muchas veces; en la segunda, comprende que la persona que es hoy en día se hizo fuerte gracias a quien fue antes. Y así como hay lugar para la fortaleza, en ‘Se ha acabado el show’ y ‘Cuanto me falta’ se muestra frágil al confesar que ha sentido real la posibilidad de no seguir, aunque siempre termina dando un esfuerzo más que, para su fortuna, nunca ha sido el último.
“Te hace sentir muy libre cuando sacas esas cosas con las que no te has reconciliado todavía y también te hace agradecer”, comenta y aclara que, pese a que el proceso no ha sido sencillo, le encanta el carácter terapéutico de la música que le permite sanar heridas. “Yo creo que por eso también es tan difícil decir ‘se ha acabado el show’. Cuando lo pensé, luego me empezó a entrar un vértigo de, ‘¿Qué voy a hacer ahora?’. Es de alguna forma adictiva, pero en el buen grado de la palabra”, apunta.
En su tarea de seguir encontrando motivaciones para extender ese show, tomó la decisión de aventurarse en la independencia dado que en el lugar en el que estaba querían que siguiera aferrándose al pasado. “Si camino hacia algún lado es hacia adelante y no hacia atrás. Soy bastante poco nostálgica en ese sentido”, subraya. Para ella era necesario rodearse de un equipo de trabajo que entendiera lo que quería hacer a su edad y con el que pudiera explorar cosas nuevas y diferentes, así que llamó a su viejo colaborador Andrés Levin, quien le sugirió la idea de reunir a varios productores jóvenes que pudieran aportar sus experiencias y perspectivas diversas.
De este modo, terminaron siendo cinco los productores del álbum: Burghost (Fernando Burgos), Alex Patri, Dan Solo, Andrés Levin y Santiago Rodríguez que, por sus iniciales, se bautizaron B.A.D.A.S. Fue un riesgo que Torroja estuvo dispuesta a tomar y que, al final, le dio el resultado que esperaba.
“Yo creo que ha sido una de las experiencias más bonitas que he vivido en toda mi carrera”, dice la artista. “Una de las cosas más bonitas fue ver cómo dejaron los egos aparte en favor del proyecto, de la aventura”. Entre los B.A.D.A.S. se dio una sinergia tal que cada uno sabía qué era lo que necesitaba una canción para mejorar o, por el contrario, comprendía cuándo era el momento de dar un paso atrás para que fluyeran las ideas de otro. Lo mismo le sucedió a Torroja pues si bien era ella quien llevaba la batuta, buscaba encontrar otros puntos de vista sobre sus canciones que, por el sesgo de haberlas escrito ella misma, podría estar ignorando.
“Cuando les entregué las maquetas a los productores y ellos empezaron a trabajar, yo no había llegado aún a México. Cuando llegué y me empezaron a poner las ideas que tenían sobre algunas de las canciones, dije, ‘Wow. No se me habría ocurrido nunca ir por aquí o ir por allá’. Entonces el dejar hacer, a mí que me gusta siempre llevar el control de las cosas, ha sido un aprendizaje muy positivo y muy necesario para futuros. Y para mi vida en concreto”, medita.

Además, Se ha acabado el show terminó siendo un trabajo multicultural por los distintos orígenes de todas las personas que estuvieron involucradas —México, Colombia, Chile, Venezuela, Argentina y España—, y esto se refleja en el eclecticismo del sonido. No se aproxima a la experimentación de Mil razones (2021), en donde la cantante y compositora se adentró en el mundo de la música electrónica, pero sí recurre a baladas vintage, funk, synth pop e incluso a un poco de ska, lo cual refuerza el sentido de libertad que le ha otorgado la independencia.
Torroja habla con calidez y con una serenidad propia de alguien que lleva años en la industria, pero que todavía tiene ansias por seguir descubriendo nuevas posibilidades dentro de su oficio. Durante la conversación, afirma varias veces lo orgullosa que se siente del trabajo que tardó dos años en hacer y del equipo que la ayudó en el proceso, al cual ahora considera como familia. También se muestra contenta por el recibimiento que han tenido sus nuevas canciones y tiene el presentimiento de que perdurarán en el tiempo porque son más suyas que nunca. “A veces me preguntan si me siento vulnerable a la hora de escribir”, cuenta. “Al principio sí, con en el primer y segundo disco quizás, pero creo que es una de las cosas más sanas que he podido vivir y disfrutar”.
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Las reglas están hechas para romperse. O, al menos, para cuestionarse. Christian Meier lo ha hecho durante buena parte de su vida: cuando decidió dedicarse a la música pese a las expectativas familiares, cuando cambió los escenarios por los sets de televisión y, años después, cuando volvió a escribir canciones tras creer que ese capítulo había quedado atrás. Hoy, ‘Así Es La Ley’ reúne todas esas versiones de sí mismo en un álbum donde el conocerse a uno mismo pesa más que cualquier fórmula de la industria.
El disco se llama Así Es La Ley. ¿Cuál es la ley más absurda que has descubierto?
Mira, lo que he descubierto es que nada está escrito en piedra. Lo que pensabas que era de una manera, no siempre resulta ser así. Por ejemplo, en la industria de la música, la forma en que entendíamos el negocio hace algunos años hoy es completamente distinta, y eso se debe a que la tecnología ha cambiado absolutamente todo.
Si comparo mi primer álbum, que grabé cuando tenía 17 años como tecladista de una banda de rock, a finales de los años ochenta, la manera de promocionar la música era totalmente diferente. Si en ese momento me hubieras preguntado cómo se promocionaba un disco, te habría dicho que había que ir a la radio, hacer entrevistas y seguir el camino tradicional, porque así funcionaba la industria.
Hoy, casi cuarenta años después, la promoción es otra. Hacemos entrevistas por Zoom, tienes que abrir una cuenta de TikTok y adaptarte a herramientas que ni siquiera existían. Creo que eso es lo que más he aprendido: que nada permanece igual y que ninguna regla es definitiva.
Los tiempos cambian, y esa también es una de las leyes de la vida. Así Es La Ley habla precisamente de eso: de aceptar que las cosas son como son, pero también de entender que siempre existe la posibilidad de encontrar una forma distinta de hacerlas, de darle la vuelta a las normas.
Porque, como dice el dicho, hecha la ley, hecha la trampa. De eso también trata la vida: de aprender a transitarla sin asumir que todo está escrito para siempre.

La canción parece cuestionar ciertas reglas que aceptamos sin pensar. ¿Hay alguna regla que hayas dejado de obedecer para hacer este álbum o a lo largo de tu carrera?
Creo que esta es una carrera en la que constantemente te encuentras con barreras y con personas que te dicen: “No es posible”, “No puedes”, “Eso no se hace”.
Así comenzó mi historia. Soy el primero de mi familia que se dedicó a esto —aunque ahora mis hijos, de alguna manera, han heredado un poco el oficio—. Vengo de una familia muy tradicional, con normas sociales muy marcadas. Entonces, imagínate llegar a los 18 años y decir: “Adivinen qué, quiero ser rockero. Quiero ser actor”. Y, antes de todo eso, incluso quería ser artista plástico.
La respuesta era siempre la misma: “Consíguete un trabajo de verdad. Eso puede ser un hobby, pero necesitas una carrera seria”.
Ese fue el primer gran obstáculo que encontré siendo muy joven. Hoy miro hacia atrás y pienso que he tenido la fortuna de construir una vida haciendo exactamente lo que siempre soñé. He podido vivir de aquello que me apasiona, y eso me hace sentir profundamente afortunado.
En el camino también descubrí que muchas de las cosas que parecían inalcanzables terminaban ocurriendo. Cuando empecé a actuar pensaba: “Algún día me gustaría hacer una película”, o “algún día quisiera trabajar con grandes actores como Héctor Bonilla”. Y, de pronto, unos años después, estás compartiendo un set con ellos, conversando, trabajando juntos, y terminan convirtiéndose en tus amigos.
Lo mismo me ocurrió con la música. Crecí escuchando a Bruce Springsteen y, años después, mientras grababa un disco en Nueva York, el productor me dijo: “¿Quieres que venga Charlie Giordano, el tecladista de Bruce Springsteen? Él puede tocar el acordeón para esta canción”. Yo no podía creerlo. Al día siguiente estaba grabando en una canción mía.
Con este álbum volvió a pasar algo parecido al trabajar con músicos extraordinarios. Mi vida ha estado llena de momentos que parecían imposibles hasta que dejaron de serlo. Por eso creo que siempre existe una manera de darle la vuelta a las reglas, a las normas. Muchas veces los límites están más en lo que creemos que en la realidad.
Justo hace poco escuchaba una entrevista donde decían que “es un lujo poder vivir de lo que uno ama”. Me acordé mucho de eso mientras hablabas.
Totalmente. Antes de salir al escenario, cuando nos reunimos con la banda y nos abrazamos, siempre les digo lo mismo: agradezcamos que nos ganamos la vida haciendo algo que, incluso si no nos pagaran, probablemente seguiríamos haciendo.
Y, encima, nos pagan por ello. Eso nos convierte en personas muy afortunadas, porque muchas veces tocamos para gente que al día siguiente tiene que volver a un trabajo que no disfruta, o donde incluso recibe una mala remuneración.
Estoy convencido de que, si antes de un concierto nos dijeran: “Esta noche no les vamos a pagar”, el 99% de nosotros respondería: “No importa, hagámoslo igual”. Porque para esto nacimos.

En tu carrera has sido músico, actor, figura pública y, hace un momento, me contabas que incluso quisiste ser artista plástico. ¿Hay alguna versión de Christian Meier de la que hayas sentido la necesidad de despedirte?
Sí. Probablemente la despedida que más me dolió fue la de la música. Hubo un momento en el que la industria musical en Perú empezó a decaer y, al mismo tiempo, acababa de lanzar un álbum que se llamaba 11 Noches. Estábamos por comenzar la gira cuando uno de los integrantes de mi banda falleció en un accidente. Su ausencia dejó un vacío enorme, tanto en lo emocional como dentro del grupo. Encontramos un reemplazo, pero yo ya no sentía lo mismo. No estaba preparado para salir de gira; seguía atravesando el duelo. Además, dentro de la banda había tres hermanos y uno de ellos ya no estaba. Era imposible no sentir esa ruptura.
Creo que, de alguna manera, me refugié en la actuación para sobrellevar esa pérdida. Poco después comenzaron a llegar proyectos que tuvieron mucha repercusión internacional, como La Tormenta y El Zorro. Todo empezó a crecer muy rápido y ya no había forma de detener esa ola. También era un momento importante en mi vida personal. Tenía una familia, tres hijos y muchas responsabilidades, así que sentía que debía aprovechar esas oportunidades. Poco a poco, sin darme cuenta, la música fue quedando atrás. No encontraba el momento para retomarla. Recuerdo que, aproximadamente diez años después de haber dejado de hacer música, tuve una conversación conmigo mismo. Pensé: “Creo que ha llegado el momento de dejarla ir”. Sentía que había sido una etapa muy importante de mi vida, pero no veía cómo volver a ella. Más de una vez me despedí de la música en silencio. Si no hubiera aparecido la pandemia, probablemente nunca habría regresado. La pandemia detuvo el mundo. También detuvo mi carrera como actor y, de pronto, me encontré encerrado en casa sin poder hacer ninguna de las dos cosas: ni actuar ni salir a la calle. Fue entonces cuando ocurrió algo muy curioso. Durante ese tiempo muchas personas descubrieron talentos que no sabían que tenían: algunos aprendieron a cocinar, otros a tejer… En mi caso, el encierro hizo que aflorara aquello para lo que siempre había sido bueno. Volteé a ver el piano que tenía en mi oficina y empecé a escribir canciones. Una tras otra. Cuando terminó la pandemia, un amigo productor aquí en Los Ángeles me dijo: “¿Te has dado cuenta de que acabas de escribir un álbum completo?”. Entonces entendí que quería volver al estudio y grabarlo. Quería regresar a aquello que había formado parte de mi vida mucho antes de convertirme en actor. Yo empecé a hacer música a los 17 años y recién comencé a actuar a los 25. Así fue como regresé. Y, en gran parte, por eso el álbum anterior se llamó Vuelto a Casa. Porque eso fue exactamente lo que sentí: que estaba regresando a mi hogar. Así Es La Ley nace a partir de ese regreso.
Qué historia… Creo que la pandemia nos puso muchas cosas sobre la mesa. Yo, por ejemplo, descubrí que era pesima para la repostería.
[Ríe]. Yo igual. Soy malísimo para eso.
La canción Nací para olvidar la sentí como una reflexión sobre la importancia de conocer nuestras raíces; de que, cuando sabes quién eres y de dónde vienes, realmente puedes ser libre. ¿Cómo viviste la creación de esa canción?
Curiosamente, Nací para olvidar comenzó con una idea completamente distinta. Desde el principio imaginé que tuviera el ritmo de una polka norteña, casi como una marcha. Ya en el estudio fue transformándose hasta convertirse en lo que es hoy: una canción con un sonido country.
Quería escribir sobre alguien que vive en movimiento, que evita comprometerse y establecer relaciones porque cree que los recuerdos terminan pesando. Alguien que piensa que, mientras más ligera sea su mochila emocional, más rápido podrá avanzar y más lejos llegará.
Por eso la canción tiene ese impulso constante hacia adelante. Está escrita en un tono menor, lo que le da un matiz un poco más dramático, pero la idea era justamente esa: seguir caminando sin detenerse, sin enamorarse, sin crear vínculos. Sin embargo, mientras la escribía, empecé a preguntarme qué era realmente mejor: vivir sin recuerdos ni relaciones para evitar el dolor o llegar al final de la vida completamente solo.
Creo que, al final, son precisamente los recuerdos los que nos aterrizan. Son los que nos permiten entender de dónde venimos, por qué somos quienes somos, quiénes nos formaron, qué nos enseñó nuestra familia, nuestro país o nuestra gente.
Siempre necesitamos saber de dónde venimos. Por eso la canción dice: “Si no sé de dónde vengo, ¿cómo sé para dónde voy?”
La vida, al igual que una historia o una película, necesita un arco. Un personaje solo puede transformarse si sabemos cómo empezó su historia. De lo contrario, no hay manera de reconocer el cambio. Con las personas ocurre exactamente lo mismo. ¿Cómo voy a saber hacia dónde me dirijo si desconozco de dónde vengo?
Y ¿no sientes que decidir vivir sin recuerdos también es una forma de alejarse de uno mismo? Al final, si eliminas todo eso… ¿con qué te quedas? Es como quedarse vacío.
Exactamente. Eso es lo que plantea la canción. El personaje dice que quiere vivir sin recuerdos, sin arrepentimientos, sin pensar siquiera si ha hecho daño a alguien. Suena como una manera muy cómoda de vivir. Pero, en realidad, es una ilusión. Es esa idea de: “Si no me acuerdo, entonces no pasó”. Es la frase que suelen decir los borrachos, ¿no? “Si no me acuerdo, no pasó.” [Ríe]

Al escribir sobre los inicios es inevitable reencontrarse con la persona que uno fue. Pienso, por ejemplo, en Puerto de Palos. La sentí como una carta a un amigo; no como una despedida triste, sino como un recuerdo lleno de cariño por todo lo que vivieron juntos. ¿Qué sentiste al volver a esa etapa de tu vida?
Puerto de Palos fue escrita para Pedro Suárez-Vértiz.
Pedro era el cantante de la banda de rock con la que comencé mi carrera, Arena Hash. Después de que el grupo se separó, construyó una trayectoria extraordinaria y se convirtió en una de las figuras más importantes del rock peruano. Siempre fue un referente. Lamentablemente, una enfermedad degenerativa terminó con su vida hace un par de años. Desde entonces se le han hecho muchísimos homenajes, todos muy merecidos por la obra y el legado que dejó. Pero yo quería escribir sobre el Pedro que conocí cuando éramos adolescentes. Ese muchacho con el que un día nos reunimos y dijimos: “Hagamos una banda de rock. Vivamos de la música. Seamos como nuestros ídolos”.
La canción cuenta la historia de cómo nos conocimos y cómo nació la banda, pero está narrada desde su voz, no desde la mía. Es Pedro quien recuerda al “gordito del colegio”, cuando Arturo —que era el baterista— le propone formar una banda. También menciona a su hermano, porque él formó parte del grupo, y luego habla del “flaco”, que fui yo, el último en integrarme. Yo era realmente un flaco. A los 17 años parecía un lápiz. [Ríe]. Volver a escribir sobre esa época fue muy emotivo porque ambienté la historia en la casa donde ellos vivían de jóvenes, una casa ubicada en la calle Puerto de Palos. Esa casa fue muy importante para ellos, aunque más adelante la perdieron por problemas económicos. Fue una situación que obligó a Pedro a salir adelante muy joven para ayudar a su mamá y a sus hermanos. Regresar a esos recuerdos fue volver a nuestra adolescencia, a esa etapa en la que todo era posible y solo existía la ilusión de hacer música. Por eso, al final de la canción, él dice: “Si me queda tiempo, quiero darle un beso a mamá y volver con mis hermanos a Puerto de Palos.” También nombro a muchas de las personas que estaban ahí con nosotros: amigos del barrio, quienes nos ayudaron a formar la banda… Muchos de ellos tampoco están hoy. Cuando entré al estudio a grabarla tuve que detenerme un momento. La emoción me ganó. Sentí que estaba haciendo algo importante, que esa canción tenía un peso muy especial para mí. Fue mi manera de decirle cuánto lo extraño y cuánto lo quise.
Es un homenaje muy bonito. Me conmovió muchísimo.
Gracias. Y por eso el coro no está cantado de una forma tradicional. Quería que sonara como un himno, como esos cánticos que escuchas en un estadio de fútbol. No necesitaba una letra compleja; necesitaba algo mucho más primitivo, mucho más emocional. Sentía que eso era exactamente lo que la canción pedía.
Me llamaba mucho la atención que el álbum habla de honestidad y libertad y, al mismo tiempo, todos los videos fueron grabados en un solo plano secuencia. ¿Hay alguna relación entre esas dos decisiones?
Sí, fue completamente intencional. Desde el principio quería que el álbum tuviera un concepto muy orgánico. Si la idea era grabar una banda tocando en el estudio, no quería que sonara como un disco construido por partes, donde primero grabas el coro, luego una guitarra y después el resto. Quería que las canciones se interpretaran de principio a fin, como sucede cuando una banda realmente toca junta. Cuando empecé a pensar en los videos, me pregunté cómo podían dialogar con esa idea. Entonces surgió la posibilidad de grabarlos también en una sola toma. Sentí que complementaban perfectamente el concepto del álbum. Así como las canciones están interpretadas sin interrupciones, los videos también debían desarrollarse de principio a fin, sin cortes. Además, si quería contar una historia, me parecía que un plano secuencia tenía mucho más impacto que una edición tradicional. En realidad, los cinco videos forman una sola historia. Al seguir al protagonista sin perderlo de vista, el espectador acompaña todo su recorrido y termina viviendo ese viaje junto a él. Creo que esa continuidad genera una conexión mucho más fuerte.
Y justamente como director, ¿qué te dejó un proceso tan natural, pero al mismo tiempo tan exigente? Porque un plano secuencia parece fluir con mucha naturalidad, pero detrás hay una precisión enorme.
Exactamente. Como director fue una oportunidad para arriesgarme y para poner en práctica otra de las facetas a las que también me dedico. Pero, sobre todo, significó muchísimo trabajo de preparación. Al final, un plano secuencia termina siendo una coreografía. Todo tiene un momento exacto: dónde debo llegar, cuándo debo moverme, en qué punto de la canción tiene que ocurrir cada acción. Hay que ensayarlo una y otra vez hasta encontrar la métrica perfecta para que toda la historia entre dentro de esos tres o cuatro minutos que dura cada canción. Para mí también era una forma de darle una capa adicional al proyecto. Pensé: “Vamos a hacer un disco, vamos a hacer videos musicales… pero ¿por qué no intentar algo diferente?” Sentía que el álbum ya tenía una identidad muy particular por su sonido, por la forma en que fue grabado y por los músicos que participaron en él. Entonces me pregunté cómo podía ofrecerle al público una experiencia visual que también fuera especial. Quería que el fan sintiera que había un esfuerzo por proponer algo distinto, algo que valiera la pena descubrir.Y creo que lo conseguimos. Más allá de promocionar el álbum, estos videos me permitieron compartir otra parte de mi trabajo con la gente.
Un plano secuencia obliga al espectador a vivir el tiempo tal como ocurre, sin saltos ni atajos. ¿Crees que eso conecta con la etapa de vida que estás atravesando?
Sí, creo que sí. Hoy, con las redes sociales, muchas veces damos la impresión de tener una vida que no necesariamente corresponde a la realidad. Mucha gente piensa que la vida de los artistas o de las personas públicas es exactamente la que muestran sus redes, cuando en realidad todos filtramos lo que queremos enseñar y lo que preferimos guardar. Al mismo tiempo, también tenemos la posibilidad de mostrar nuestras fallas, nuestros errores o nuestras imperfecciones cuando así lo decidimos. En un plano secuencia ocurre algo muy interesante: no puedes controlar absolutamente todo lo que sucede dentro del cuadro. Y eso, para mí, también resulta atractivo. Durante tres o cuatro minutos convives con un escenario impredecible. Puede cambiar el clima, la luz, la temperatura… Ninguna toma fue exactamente igual a la otra. Probablemente lo único que permaneció idéntico en todas fue la música. Incluso yo reaccionaba de manera distinta según lo que estaba ocurriendo en ese momento. Cada toma terminaba siendo única. Creo que mostrar esos tres o cuatro minutos de una acción continua es una manera muy honesta de decir: “Aquí estoy”. De demostrar que puedo convivir con lo inesperado, sin restricciones y sin necesidad de controlar cada detalle.

Una de las frases que más me llamó la atención del álbum es: “En el mundo de los ciegos, siempre el tuerto es rey”. Da la impresión de que habla de personas que se benefician de la desinformación o de las ventajas que tienen sobre otros. ¿Crees que esa sigue siendo una de las reglas no escritas de nuestra sociedad?
Sí, claro, aunque para mí esa frase tiene más que ver con la supervivencia. Así Es La Ley habla de cómo, incluso en nuestros momentos más vulnerables o más difíciles, somos capaces de salir adelante. Habla de la posibilidad de resistir, de mantenernos firmes y, finalmente, de ganar la batalla. Por eso siempre pienso en la última frase de la canción, cuando dice: “En el mundo de los muertos, si agonizo, soy el rey.”
Para mí, esa línea resume el verdadero sentido de la canción. Habla de la fuerza que encontramos cuando sentimos que ya no nos queda nada. De confiar en que, si seguimos luchando, podemos salir mejor librados de lo que imaginábamos. Muchas veces creemos que ya agotamos todas nuestras herramientas para seguir adelante, pero no siempre es así. Si encontramos fuerzas para continuar, solemos descubrir que éramos mucho más capaces de lo que pensábamos. También hay algo importante: a veces, desde nuestros propios privilegios, olvidamos que existen personas que atraviesan situaciones mucho más difíciles que las nuestras. Uno puede sentirse roto en mil pedazos y, aun así, descubrir que alguien más está enfrentando una realidad todavía más dura.
Esa también es una ley de la vida. Por eso creo que Así Es La Ley termina invitándonos a decidir desde qué lugar queremos mirar las cosas.
Es el ejemplo del vaso con agua hasta la mitad. Hay quienes lo ven medio vacío y hay quienes lo ven medio lleno. Y, muchas veces, el simple hecho de elegir verlo medio lleno ya te pone un paso adelante.
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Después de un hiato creativo de aproximadamente año y medio, el colectivo mexicano de música alternativa AQUIHAYAQUIHAY hizo su regreso al panorama musical el pasado diciembre con ‘Lo dejamos pasar’, su nuevo sencillo. Desde entonces, la agrupación ha seguido estrenando música constantemente, dando inicio a una nueva etapa para el proyecto, una que sus miembros consideran como la mejor de la banda hasta la fecha.
Originalmente, ‘Lo dejamos pasar’ formaría parte de un álbum que la banda estaba preparando hace dos años y que no llegó a ver la luz. “Realmente esa canción fue como un guiño a un álbum que habíamos hecho el año antepasado. Aunque ese disco ya no salió y sentíamos que no tenía mucho sentido sacarla en ese contexto, nos gustaba muchísimo esa canción y queríamos que los fans la pudieran escuchar”, dice Phynx en conversación con ROLLING STONE en Español. La agrupación arrancó despidiéndose de su versión antigua y cerrando un ciclo con aquel material que nunca se publicó.
Casi cuatro meses después llegó ‘Tiempo Perfecto’. La canción conectó de forma excepcional con el público, convirtiéndose en el tema más escuchado del colectivo, y tiene sentido considerando que engloba las cualidades que definen a AQUIHAYAQUIHAY como banda: sonidos disruptivos, producciones vanguardistas y, sobre todo, autenticidad. “Algo que he escuchado recurrentemente sobre ‘Tiempo perfecto’ es la producción de Phynx; ha llamado muchísimo la atención. Creo que la gente no estaba acostumbrada a ese tipo de beat, porque yo ni siquiera lo podría encasillar como hip hop o como trap. Tiene elementos muy peculiares y creo que, a lo mejor, esa autenticidad de la canción es lo que le ha dado ese toque tan especial”, menciona Neqer.
Su sencillo más reciente es ‘1besito’, una colaboración con Cachirula, una de las voces más importantes del reggaetón mexa. Sin embargo, no es un tema de reggaetón, sino que fusiona elementos de pop alternativo y R&B. Cachirula se incorpora de lleno al universo sonoro de AQUIHAYAQUIHAY. “Creo que el resultado fue una combinación muy interesante”, dice Neqer. “Cachi también ya tenía tiempo queriendo intentar algo diferente, salir un poco del reggaetón”.
Esto no es una sorpresa considerando que Cachirula ha seguido el proyecto desde sus inicios. “Cachirula antes era muy fan de AQUIHAYAQUIHAY. A ella le tocó ver todas las etapas del proyecto y a nosotros también nos tocó ver las suyas”, comparte Jay Lee. Eso también se reflejó en la grabación del tema, donde hubo buena química entre los artistas. “Ya en el estudio, la neta, siento que se acopló muy bien a nosotros. Fue una muy buena mancuerna. La sentí como si fuera una AQUIHAY más, la neta; llegó, hizo lo suyo y todo fluyó muy bien. Hubo una química muy chida en ese proceso”, añade.
“Nosotros, por nuestra parte, también teníamos ganas de colaborar con más gente, porque no es muy común que lo hagamos”, complementa Neqer, y lo que dice es cierto. Las colaboraciones del colectivo con otros artistas son muy limitadas. La banda ha tenido oportunidad de encerrarse en el estudio con músicos como Ximena Sariñana, YOSHI o Big Soto. A pesar de que sus estilos musicales pueden ser distintos, todos tienen algo en común: una buena relación con los integrantes de la agrupación.
“La vibra es muy importante. Te das cuenta cuando está saliendo algo chido y cuando no; es en esos momentos cuando todos se sienten más involucrados”, dice Neqer. “Anteriormente hemos intentado trabajar con más gente, pero a veces las canciones simplemente no salen. Creo que tiene mucho que ver con sentirnos cómodos nosotros y también hacer que la otra persona se sienta en confianza. Siento que eso ayuda a que la canción tenga mejores resultados”.

Y la banda no solo se centra en ellos sentirse cómodos colaborando con otro artista, sino que su invitado también se sienta bienvenido al universo sónico de AQUIHAYAQUIHAY. “He notado que, cuando recién nos conocen, a veces se pueden sentir un poco tímidos, porque nosotros siempre estamos bromeando entre nosotros y ya tenemos una dinámica muy marcada. Así que lo primero que tratamos de hacer es que se sientan parte del grupo, que entren en confianza y estén cómodos, para que después todo vaya fluyendo de manera natural”, comparte Jay Lee.
Aunque eso no es lo único que toman en cuenta. También consideran el impacto cultural que puede llegar a tener la colaboración. “Nos gusta mucho pensar en el aspecto cultural”, menciona Phynx. “Hoy en día las escenas ya no se definen tanto por géneros, sino más bien por movimientos. Por eso, todas las colaboraciones que vienen próximamente hacen sentido dentro de una misma escena. De cierta manera, yo lo veo un poco reflejado en el K-pop, que realmente no es un solo género, sino una variedad enorme de sonidos. Es más bien el movimiento que se genera alrededor. Personalmente, me gustaría que algo así pudiera construirse aquí en México también”.
En conversación con ROLLING STONE en Español, la banda adelantó algunas de las colaboraciones que presentarán en el futuro. “En los días que estuvimos en el campamento donde se hizo la canción con Cachirula, también trabajamos en un tema con Uzielito Mix, que es otra mezcla que me imagino que nadie se esperaría, pero que puede dar un resultado muy interesante. También colaboramos con una persona que quizá la gente podría imaginarse un poco más, pero que para mí es una de mis colaboraciones favoritas, que es Bratty. Y además hemos trabajado con exponentes un poco más jóvenes, como Plastikboy y Lucas Gael”, revela Neqer.
A pesar de que AQUIHAYAQUIHAY estuvo fuera de la escena durante un tiempo, en el cual algunos de sus integrantes experimentaron con sus propios proyectos solistas, su proceso creativo sigue siendo esencialmente el mismo que tenían desde hace años. “Me pongo a hacer un beat y todos empezamos a escribir y a sacar ideas. Siempre es un proceso muy en equipo”, comenta Phynx, quien también reconoce que, a raíz de este nuevo comienzo para el grupo, nuevas personas se han incorporado a sus composiciones y producciones. “Ha llegado gente tanto para la escritura como para la producción, que es algo que no habíamos hecho tan seguido. Incluso, en algunas canciones dejamos que otros productores tomaran el control completamente”, complementa el principal productor del colectivo.
En años anteriores, los cinco integrantes de AQUIHAYAQUIHAY eran los únicos que decidían y trabajaban sobre su música. Hoy las cosas son distintas y permiten que otros puntos de vista vivan dentro de su universo creativo, lo cual es un reflejo del crecimiento del proyecto y de ellos como artistas. “Creo que parte de avanzar y crecer también es delegar”, dice Neqer. “Siento que nos hemos adaptado bien y hemos encontrado un buen equipo que también ha sabido adaptarse a nosotros. No ha sido tan difícil, ya nos conocemos y sabemos cómo podemos trabajar”.
El explorar nuevos sonidos, géneros y elementos de forma individual también ha nutrido al colectivo. “Hacer música solo me ha hecho exigirme mucho más. También he tratado de no conformarme y de no limitarme tanto, ya sea en un verso o en cualquier otra cosa. Entonces, ahora que volvemos a trabajar en grupo, trato de exigirme lo mismo que me exijo cuando estoy solo, e incluso más”, comparte Jay Lee, aunque no es el único que se ha beneficiado por comenzar a emprender un proyecto en solitario. “Me ha abierto mucho la perspectiva”, complementa Zizzy. “También me ayuda a entender hacia dónde puede ir el proyecto porque ya llevamos ocho años. Para bien o para mal, ese tiempo puede hacer que te estanques o que sigas avanzando. Y creo que, en mi caso, lo que más me ha aportado trabajar por mi cuenta es precisamente modernidad”.
Al final del día, AQUIHAYAQUIHAY es un conjunto de jóvenes talentos y todos operan por el bien del grupo. “Cada quien, por su lado, tiene la oportunidad de expresar cosas más personales o de sacar esas ideas que solo a uno se le ocurren. Puedes desarrollar todo eso en tu proyecto individual y, cuando nos volvemos a juntar, tenemos la libertad de poner como prioridad el proyecto en conjunto y no tanto nuestras propias ideas o intereses personales”, menciona Phynx.

Sin quitar la vista del presente, los integrantes de AQUIHAYAQUIHAY se encuentran emocionados por lo que les depara el futuro. “Viene un montón de música y un montón de colaboraciones”, dice Neqer. “La verdad, siento que viene muchísimo de AQUIHAYAQUIHAY. Todas las etapas que hemos vivido han sido muy lindas, pero esta, en lo personal, siento que es la buena. Se siente como una etapa muy sólida y muy especial para nosotros”.
A pesar de las palabras de Neqer, no parece que un nuevo álbum del colectivo vaya a llegar este año… aunque quizás el próximo la historia sea distinta. “Primero queremos lanzar estos sencillos y reconectar con nuestro fandom, porque realmente les debemos muchísimo”, revela Zizzy. “Queremos darles un álbum increíble el próximo año, súper bien trabajado y bien planeado, pero en este momento queremos divertirnos y que ellos también se diviertan con nosotros. Queremos recordarles que AQUIHAYAQUIHAY siempre va a estar aquí, que no nos vamos a ir. Aunque a veces parezca que nos alejamos un poco, nosotros siempre vamos a estar unidos. Somos mejores amigos de toda la vida y también nos gusta transmitirle eso a la gente, porque para nosotros son una parte muy importante de este proyecto”.
Considerando todo lo que los integrantes del colectivo han dicho hasta el momento, todo apunta a que esta será la mejor etapa en lo que va del proyecto, y no solo por la calidad de su música, sino también por la vibra que se siente dentro del conjunto. “La diversión, la felicidad, la hermandad y la comunidad son lo que hacen esta banda. Y ahorita lo siento súper vivo. Lo siento muy a flor de piel. Siento a la gente con muchas ganas y nosotros también estamos igual de emocionados, y eso lo vuelve súper especial para mí”, añade Zizzy. “Creo que los tiempos de Dios son perfectos y que, de alguna manera, la vida nos estuvo preparando para llegar a esta nueva etapa, ahora sí, realmente preparados”, finaliza Neqer.
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El arte no siempre se crea con la intención de ser visto o escuchado; muchas veces es, simplemente, una extensión del corazón que necesita exteriorizarse y hacerse tangible a través de alguno de los sentidos.
Ese es el caso de la más reciente canción del puertorriqueño Gilberto Santa Rosa, quien presentó ‘Consejo de un abuelo’ sin pretensiones frente a la industria y ni siquiera ante el público. Más que un lanzamiento, la canción es un regalo para sí mismo, pues la interpreta junto a su nieto, Ian Marco Santa Rosa.
“Mi nieto tiene doce años, pero ha cantado desde muy niño. Se ponía los audífonos para jugar y se ponía a cantar mientras su mamá lo grababa y luego nos mostraba los videos. Y, en realidad, tiene talento; yo veía que afinaba. Obviamente, podía ser que yo lo estuviera viendo con ojos de abuelo, así que les pasé los videos a dos compañeras que son profesoras de canto y me dijeron que, en efecto, sí tiene facilidades para cantar”, empieza diciendo Gilberto Santa Rosa sobre cómo nació ese regalo que decidió hacerse a sí mismo.
En manos de José Hernández cayó no solo la composición de la canción, sino también su producción, y así comenzó el proceso creativo. “Empezar a grabar con mi nieto fue una emoción enorme porque yo siempre quise que uno de mis hijos tuviera facilidades para el canto, pero lamentablemente tienen talento para otras cosas [risas]. Mi nieto se fue entusiasmando solo con la música y fue muy bello ver eso. Todavía no sé si quiera seguir una carrera musical, pero el talento y el interés los tiene”.
‘Consejo de un abuelo’ plantea inevitablemente una pregunta: ¿cuáles son esos consejos más importantes que un abuelo puede darle a su nieto? “Lo que uno decida, con esfuerzo se puede lograr. A los niños les hace falta alimentarles la autoestima para que sepan que son más fuertes de lo que piensan, que no les tengan miedo a los obstáculos que seguramente van a aparecer en la vida. Una autoestima fuerte es necesaria para cuando lleguen esos primeros momentos que no son necesariamente lo que uno quiere”, reflexiona sobre lo más importante que puede inculcarse a las nuevas generaciones.
“Un amor distinto por el tiempo que te toca vivir”, responde cuando intenta explicar la diferencia entre el amor hacia un hijo y el amor hacia un nieto. “Cuando uno debe buscar el sustento y es mucho más joven, todo es distinto a cuando uno tiene otra edad, cuando la vida probablemente ya sea más tranquila. Además, la responsabilidad de la crianza ya no recae del todo sobre uno; uno simplemente aporta. Yo soy un abuelo de esos consentidores que no ponen disciplina. Hay un poco de verdad en eso de que los padres crían y los abuelos malcrían [risas]”.
Y hablando del amor y de las vivencias entre abuelos y nietos, Gilberto recuerda a quienes fueron el centro de una familia muy tradicional en Puerto Rico, en el buen sentido. “La casa de mis abuelos era la casa grande. Todas las semanas nos reuníamos allí toda la familia y ellos siempre estaban muy pendientes de todos sus nietos”, recuerda sobre su abuela materna, su abuelo Simón —quien no era su abuelo de sangre, pero siempre actuó como tal— y también sobre su abuelo paterno. “Mis abuelos no eran solo de título, eran abuelos de verdad. Mi abuelo alcanzó a disfrutar de mis inicios artísticos”.
Ser abuelo significa haber recorrido buena parte del camino llamado vida, y eso inevitablemente transforma la manera de verla. “Si uno lo sabe manejar, la vida cuando eres abuelo te cambia para bien. Uno puede llevar una vida más serena; acepta y maneja los momentos difíciles con más tranquilidad. También cambia la mirada hacia el futuro. Normalmente vivimos a las carreras y muchas veces, por vivir deprisa, no disfrutamos los detalles. Creo que con la edad uno aprende a ser más consciente”.
“Esta canción no se iba a publicar”, reconoce el salsero, porque desde un principio la hizo con la única intención de regalarse una caricia para el corazón. “Lo que pasa es que la canción quedó tan bonita, se venía el día del padre y yo, como abuelo orgulloso, quise compartirla con el mundo, porque esta canción se hizo para mí; fue un regalo para mí mismo”. Además, destaca lo especial que fue grabarla con su nieto a los doce años, antes de que su voz comenzara a cambiar.
Como era de esperarse, cuando Gilberto escuchó la versión final por primera vez, no hubo ojo seco. “Fue una emoción hermosa y me gustaría recalcar algo muy interesante del resultado final: cuando llegamos al estudio, mi nieto estaba tan bien preparado para lo que iba a hacer, que me emocionaba profundamente la responsabilidad que tenía y cómo la asumió. La emoción en el estudio y al escuchar la canción terminada fue tan grande que seguramente, dentro de unos años, cuando la voz de Ian esté más desarrollada, volveremos a grabar juntos”.
Y añade: “La naturalidad de crecer en un ambiente musical se percibe fácilmente y, en el buen sentido de la palabra, mi nieto no se impresionó ni se dejó ganar por los nervios a la hora de grabar. Además, desde bebé ha venido a este estudio donde grabamos. Se sabía la canción de memoria… Yo me remonté a mis primeros años; mi primera grabación fue a los catorce años y vi en mi nieto gran parte de lo que fueron mis sueños y mis inicios en la música”.
Habiendo comenzado casi a la misma edad que su nieto dentro de la industria musical, el puertorriqueño también reflexiona sobre aquello de lo que todo artista debería mantenerse alejado. “Alejarse de todas esas cosas que dañan a la niñez y a la juventud. Hoy en día hay tantas cosas al alcance de la mano que perjudican profundamente a la humanidad; existen muchos vicios”.
Y concluye hablando de lo que considera indispensable para construir una carrera en la música en estos tiempos: “Hoy en día hay tanta información y tantos recursos, que lo más importante es prepararse de la mejor manera y no rendirse, porque la carrera musical es pesada. Pero si hay verdadera vocación, lo único que se puede hacer es caminar. ‘Caminante no hay camino, se hace camino al andar’, y con los zapatos bien puestos [risas], como canta Joan Manuel Serrat. Así es como se vive la música”.
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Era el último día del Mes del Orgullo de 2024, y Gigi Pérez estaba pasando por un mal momento. Su discográfica de entonces, Interscope, acababa de dejarla; vivía en casa de sus padres, tratando de recuperarse, y aún estaba de luto por su hermana Celene, quien había fallecido cuatro años antes. Entonces, mientras estaba en el bar de un amigo a la hora de cierre, recibió una notificación; su ídola, Hayley Kiyoko, la había seguido en Instagram.
“Salté de la silla”, cuenta ahora Pérez, de 26 años. “Me volví loca, de verdad. La seguí de vuelta inmediatamente y le envié un mensaje. Algo así como: ‘Oye, me has marcado muchísimo’”. Kiyoko respondió de inmediato con un mensaje propio, diciéndole a Pérez cuánto le encantaba ‘Kill for You’, una canción poco conocida de su EP debut, How to Catch a Falling Knife. Pérez se quedó boquiabierta: no solo la mujer a quien había admirado desde los 15 años escuchaba su música, sino que era su fan.

“Pensé: ‘Las cosas están cambiando a mi favor’”, dice Pérez. “En ese momento, vivía en casa, estaba aprendiendo a grabar y producir. En esa época descubrí algo maravilloso: que puedes estar pasando por un momento realmente genial y, al mismo tiempo, por un momento realmente malo. Es muy difícil de aceptar. Que Hayley me siguiera fue como un rayo de luz”. Un mes después, Pérez lanzó ‘Sailor Song’, una canción introspectiva sobre la lucha con la fe, y su carrera explotó. La canción acabó teniendo casi 2 mil millones de reproducciones en Spotify, y consiguió un nuevo contrato con Island Records para At the Beach, in Every Life, un álbum de 2025 que dedicó a su difunta hermana.
“Gigi y yo tenemos mucho en común, pero lo que más destaca es que ambas hemos creado música desde la necesidad», le dice Kiyoko a ROLLING STONE. “Recuerdo escuchar At the Beach, in Every Life por primera vez en el auto, con los ojos llenos de lágrimas, era una sensación muy específica que me invadió y me llegó al alma. Ella procesa las emociones más profundas a través de su voz de una manera que me parece realmente excepcional”.
Pérez se reunió con Kiyoko en el escenario de Coachella 2026, donde cantaron la canción de Kiyoko de 2015 ‘Girls Like Girls’, un tema fundamental de la juventud de Pérez. “Que Hayley saliera del armario con ‘Girls Like Girls’ fue, literalmente, un terremoto”, dice. “Ella es verdaderamente una pionera de la música queer, de la música gay, de la música lésbica; no tenía un colchón en el que apoyarse. Esa era su verdad. Siento que antes de eso, ni siquiera veía un futuro en el que pudiera aceptarme a mí misma, y mucho menos tener el maldito honor de cantar ‘Girls Like Girls’ con ella”.
“Reconociendo nuestras raíces”
Pérez, una adolescente de Florida que no había salido del clóset y se crió en el cristianismo, se sentía aislada y asustada en aquella época, y Kiyoko fue un bálsamo para ella. “No creo que el matrimonio gay se hubiera legalizado aún cuando salió ‘Girls Like Girls’”, dice. (De hecho, el sencillo se lanzó la misma semana en que la Corte Suprema de los Estados Unidos tomó la histórica decisión en el caso Obergefell v. Hodges). Por esa misma época, recuerda haber estado aterrorizada al leer sobre el tiroteo en el club nocturno Pulse en Orlando. “Me invadió una oleada de emociones, miedo, la sensación de que la gente va a por ti”.
Pérez encontró consuelo en un chat grupal de amigas en línea que, al igual que ella, no habían salido del clóset y que había conocido en Tumblr. “Recuerdo aquellos momentos en los que hablábamos entre nosotras a altas horas de la noche, cuando deberíamos estar durmiendo, enviándonos fotos de Selena Gomez”, dice. ‘Girls Like Girls’ era un tema candente: una oda a robarle una chica a un chico, con un video musical protagonizado por las estrellas adolescentes Stefanie Scott y Kelsey Asbille. El video se volvió viral, acumulando más de 100 millones de visitas. Parecía imposible que algo así existiera para una chica que se encogía en los bancos de la iglesia, preocupada por su alma inmortal porque estaba enamorada de una estrella de Disney.
“Vivía muy metida en la música, siempre perdida en mis audífonos”, dice Pérez. “Pero no tenía ninguna perspectiva gay. Podía identificarme con el amor no correspondido, pero nunca con de quién estaban hablando, ¿sabes? Te hace sentir sola. Y entonces Hayley lanzó ‘Girls Like Girls’”.
Naturalmente, Pérez se sorprendió cuando se enteró hace poco de que la canción que tanto significaba para ella iba a ser adaptada al cine. Kiyoko coescribió y dirigió la versión cinematográfica de ‘Girls Like Girls’, que se estrena el 19 de junio, y le pidió a Pérez que colaborara en una canción para la banda sonora. Por supuesto, ella aceptó. “Recuerdo que cuando me preguntó si quería escribir algo, le dije: ‘¿Estás bromeando? ¡Por supuesto!’”, dice Pérez. “Después de terminar la canción, estábamos tan felices que dejamos que la canción tomara el rumbo que necesitaba. La colaboración, la perspectiva de otras personas, expande una parte diferente de mí”.
“No podemos dar por sentados estos derechos. Tenemos que recordar quiénes lucharon para que pudiéramos llegar hasta aquí”.
La canción final se llama ‘Collide’, una melodía embriagadora llena de anhelo y romance agridulce, coproducida por Yves Rothman. Y ya está conectando con los fans: “Esta colaboración musical provocó una explosión nuclear en mis costillas y ascendí al cielo, para no volver jamás. Gracias, oh diosas lesbianas”, decía un comentario característico en Reddit. La banda sonora completa, que sale el 12 de junio, también cuenta con Young Miko, Chelsea Cutler, Joy Oladokun, Snow Wife, August Ponthier y Tegan and Sara.
Ese es solo uno de los momentos destacados de lo que se perfila como un gran verano para Pérez. A partir de mediados de junio, tocará en estadios de toda Norteamérica como telonera de Noah Kahan. También se unirá al cantautor de Vermont en el cartel del primer Stateside Festival de ROLLING STONE en Kingston, Nueva York, el 4 de julio. Pérez cree que Girls Like Girls es especialmente importante en un momento de ataques contra los derechos de las personas trans y la libertad de expresión en Estados Unidos. “Cuando tenía 15 años, me costaba mucho imaginar que la vida fuera a mejorar alguna vez”, dice. “Siento que reconocer nuestras raíces y de dónde venimos es muy importante. No podemos dar por sentados estos derechos que tenemos. Tenemos que recordar quiénes lucharon por nosotros para que llegáramos hasta aquí”.
En cuanto a esas amigas en línea que la apoyaban hasta altas horas de la noche, hablando de la música de Kiyoko y de sus enamoramientos secretos, Pérez todavía piensa en ellas. “Tenemos un chat grupal en WhatsApp”, dice. “Crecimos juntas. Ya no hablamos tanto, pero siempre estaremos ahí las unas para las otras”. Cuando tocó en Coachella este año, revisó sus mensajes y vio que uno de esas viejas amigas había publicado una transmisión en vivo de su presentación en el chat grupal. “Les envié un mensaje justo después: ‘Gracias, chicas, por ayudarme a superar esto’”.
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