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Amar es aceptar, desde el primer latido, que existe la posibilidad de romperse. Es lanzarse al vértigo de un sentimiento que no promete permanencia, pero sí intensidad. Es abrazar cada una de sus estaciones —la euforia, la calma, el deseo, la duda— sin conocer el destino. Porque cuando el corazón se desborda, el futuro deja de importar: solo existe ese instante luminoso en el que el amor parece capaz de sostener el mundo. Y, sin embargo, hasta las historias más bellas encuentran su fin. Entonces llegan las emociones que pesan distinto: la rabia que quema, la nostalgia que acaricia las ruinas y la tristeza que aprende a convivir con los recuerdos. Amar es recorrer un sendero incierto que, incluso cuando duele, siempre deja una versión distinta de quien lo atraviesa. Y, con un poco de suerte, ese camino encuentra los mismos pasos una y otra vez, hasta convertirse en una historia compartida con la persona amada para toda la vida. 

Chiara Oliver, una de las voces jóvenes más prometedoras del panorama musical español, convirtió ese viaje emocional en el alma de no fue real, su álbum debut. En sus canciones abrió las puertas de su corazón, de su mente y de las heridas que dejó un amor capaz de transformarlo todo. Quizá aquella historia no estaba destinada a durar para siempre, pero sí a dejar una huella imborrable. De sus cenizas nació una artista más libre, más valiente y profundamente honesta. Al desprenderse del miedo al juicio ajeno, encontró una voz que no solo canta: también confiesa, cuestiona y sana. Lo que alguna vez fue una experiencia íntima terminó convirtiéndose en la obra que siempre soñó crear, un disco donde cada verso es la prueba de que, a veces, los amores que no permanecen son precisamente los que nos enseñan a florecer.

Mira aquí nuestra entrevista con la artista española:

Hablemos de tu álbum debut, no fue real. Cuéntame la historia detrás de este material. 

El álbum es mi proyecto más personal. Habla de una ruptura y de todas sus fases, desde todas sus perspectivas y de arriba a abajo. Es la consecuencia de una relación compleja. Es cómo lo he analizado yo desde una perspectiva que me dejó verlo desde fuera. De alguna manera, esto me hizo sanar y hacer terapia para procesar una relación pasada que tuve. Al final, hice un cuerpo de trabajo del cual estoy muy orgullosa. Es mi primer álbum y siento que tiene un sentido muy lindo, que me hace mucha ilusión. 

Considero que fue un proceso muy catártico, ¿lo sientes así?

Sí, totalmente. Al final, me abrí muchísimo. Me pregunté qué tan preparada estaba para compartir todo esto. Yo escribo por mí y para mí, sobre todo para procesar las cosas. Pero evidentemente las cosas iban a llegar a otro lugar. Esta es mi manera de procesarlo y sacarlo porque era lo que necesitaba. Era un poco la contradicción de que lo necesitaba, pero también me daba miedo abrirme tanto, sobre todo el contar mi vida personal. Al final, salió tan natural y dije: ‘Si no hablo de esto, ¿de qué más voy a hablar?’.

¿Hubo momentos en los que quisiste dar marcha atrás? 

Sí y no. Hay 13 canciones en el álbum, pero escribimos como 35 o 40. Muchas de las canciones en las que sentí que eran demasiado, o que salieron de un sitio más de rabia, dije que no eran mi esencia, entonces nunca iban a entrar. Escogí las que contaban mejor mi historia, las que sentí más mías y que eran personales. Estas canciones explican perfectamente el sentimiento, sobre todo con las que las personas se pueden identificar. Con las que me eché para atrás, fueron justo las que no entraron. 

Mencionas que los sentimientos de rabia los dejaste fuera, pero, ¿no crees que también son parte del camino?

Total. También están en el disco, en el medio. El material está ordenado. Y estos están en el medio porque son los sentimientos que tienes justo después de terminar una relación, es la típica fase. Después ya te vas más a la parte de nostalgia. Todo se ve en el disco. El final es desde un sitio mucho más de gratitud y alegría por lo vivido. 

no fue real te ayudó a descubrir quién eres a nivel personal y profesional. ¿Qué encontraste a lo largo de este material?

Lo que no sabía de mí era mi sonido; este proyecto me ayudó a encontrarlo. No lo había encontrado porque es un proceso que tarda, y a veces tarda por años. Sí que he encontrado un sonido con el que me siento identificada por ahora. Ahora puedo decir: ‘Wow, esta soy yo como artista’. Esta fue una de las cosas que descubrí de mí. Otra cosa fue mi crecimiento, tanto escribiendo como viviéndolo. Siento que realmente me ha dado un crecimiento muy grande en mi vida. 

Me encanta lo que mencionas sobre tu camino sonoro. Es un pop, pero una vertiente muy dreamy y a la vez tocando el pop rock. 

Lo guay es que están todos los tipos de pop que a mí me gustan, que me hacen sentir identificada. Hay pop rock, dreamy pop y también hay indie y folclóricas, hasta country. Fue algo muy divertido. 

Amo la nueva ola del pop que está renaciendo, un nuevo aire que es muy diferente a lo que se vió en los 2000. 

Totalmente. Es un renacimiento, y ser una pop girly es muy guay. También están saliendo artistas increíbles. Esto también pasa gracias a artistas como Sabrina Carpenter, Olivia Dean, Olivia Rodrigo, Clairo, Chapell Roan, entre muchas otras. Es muy guay como está reviviendo el pop. Estoy muy contenta como fan y como persona que admiro a las chicas pop. También me gusta beber de su influencia, sobre todo entender cómo lo hacen, no necesariamente en su sonido, sino en cómo ellas hacen su trabajo en crear estéticas, un mundo y muchas cosas más. Es increíble como hacen un universo en donde habitan ellas, sus canciones, el estilismo y cómo lo van a comunicar en sus redes sociales, que hoy en día es súper importante. Todo es un arte, no solo es hacer música. Todo lo de crear un mundo y hacer un interés por ti es esto. Las chicas pop lo están haciendo increíble. 

Exacto. Y justo como lo mencionas, es una inspiración, no es una copia, porque justo ellas, en su momento, se inspiraron de Hannah Montana, quien fue la pionera de toda una generación.

Claro. Por ejemplo, Addison Rae sigue la inspiración de Britney Spears, pero a su manera. Eso también me parece súper interesante. Es recordar y homenajear a las artistas que nos dieron camino. 

Hablamos de influencias actuales, pero, ¿tienes influencias un poco más heritage? 

Muchísimas. Desde pequeña, a nivel vocal, he admirado a Mariah Carey, soy muy fan. Stevie Nicks me parece la reina del rock n roll; Norah Jones siento que es una gran predecesora de un momento más melódico y melancólico; Stevie Wonder; también de un montón de grupos de los 70 como The Beatles, Pearl Jam. Siento que en general es encontrar las inspiraciones en lo antiguo, y considero que Chapell Roan súper bien al inspirarse en gente como Kate Bush y todo ese mundo, que al final son referentes.

Al final: ‘Alma vieja en un mundo contemporáneo’. 

Yo siempre lo he sido. Desde siempre he tenido una hiperfijación en las Spice Girls. Me encantan y me obsesionan, y no solo por la música que hicieron, sino también por todo lo que marcaron: cómo hicieron su branding, su momento icónico, sus personalidades distintas aún siendo cinco personas, la tropa, sus outfits icónicos, la manera en comunicaste, mil cosas. Me inspiran muchísimo. 

Creo que eso lo compartiste en la parte visual de no fue real. Me siento como en un viaje a través del tiempo. Siento que estás presente, y, a la vez, también en el pasado. 

Me gusta mucho que digas eso, que lo expliques así. Yo quería hacer un momento más onírico para la parte visual de no fue real. Me inspiro mucho en el pasado, pero también en el tiempo actual. Son muchas cosas. Me inspiro en todo lo que veo: los colores, las canciones que escucho, los lugares, las personas que he conocido, todo. 

¿Sientes que al compartir la historia de no fue real te liberas o, de alguna forma, la vuelves a revivir constantemente? 

Yo quiero que sea una liberación, 100%. Siempre me dio miedo hablar de este tema, entonces está guay sacarlo y ya está. No hay más, es de la gente. Ellos se podrán sentir identificados, y espero que les guste. Es del mundo. Me hace mucha ilusión quitarme el peso y dárselo al universo. 

En la composición estuviste acompañada de nombres como Nina Minguez, Nicole Zignago, Daniela Spalla, Mauro Muñoz, Lusillón y el propio Sabater, entre otros. Cuéntame sobre esto y la experiencia que te llevaste. 

Fue una experiencia increíble. Es una cosa que yo nunca había hecho. Comencé a escribir con 14 o 15 años, y a la fecha siempre lo había hecho sola. Mis primeros dos EP los hice sola, después los llevaba al estudio y el productor me ayudaba a acabar algunas partes. Pero ahora, sentarme en el estudio a hacer algo desde cero con alguien es súper guay porque al final hablamos de un tema universal. Todas hemos atravesado una ruptura. Te da para llegar a más cosas a comparación de cuando compones solo. Ha sido increíble, sobre todo cuando tienes la suerte de trabajar con gente a la cual admiro muchísimo. He tenido mucha suerte de trabajar con gente muy cool.  

¿Cómo defines la llegada de no fue real en esta etapa de tu carrera? 

La defino como mi carta de presentación oficial. Este es mi principio. Es mi pura esencia y mi verdadero yo. Son mis palabras, mis vivencias, mi vida, mis estética soñada y el sonido que siempre he querido que me representara. Este es el disco que siempre había soñado tener en mi discografía. Creo que es lo que siempre soñé desde los 14 años. Es el visual que siempre imaginé cuando soñaba con ser artista. Es bonito haberlo cumplido y conseguido. 

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Con el lanzamiento de ‘años, no meses’ junto a Kevin Roldán, Michelle Maciel dio inicio a una nueva era en su carrera artística. El cantante oriundo de Obregón, Sonora ya se prepara para el lanzamiento de su nuevo álbum de estudio, que llevará por título La Gloria. El proyecto promete ser una mezcla de géneros sumamente interesante, con el urbano, los corridos y los boleros conviviendo en armonía. 

A unos días de la publicación de su más reciente sencillo y con La Gloria en puerta, Michelle Maciel se reunió con ROLLING STONE en Español para hablar de lo que el público podrá esperar de esta nueva etapa, cómo estará conformada tanto narrativa como sónicamente, la evolución de su conexión con el regional mexicano y mucho más. 

Felicidades por este nuevo sencillo junto a Kevin Roldán y por esta nueva etapa. ¿Cómo surgió la idea de desarrollar este tema junto a Kevin? 

Hice un camp en Guadalajara el año pasado con gente muy talentosa. Happykid, un productor que para mí es de los mejores con los que he trabajado, si no es que el mejor; Mendoza, que también es un compositor muy bueno y que también tiene su proyecto musical, y muchas personas súper talentosas.

Dije, “En este camp, lo que quiero es hacer música de corazón, música que conecte conmigo y música real”. Surgió esta canción y al inicio el instrumental era totalmente urbano, pero ahora que traigo este disco que se llama La Gloria, tiene boleros, tiene reggaetón y tiene corridos, pero tú lo vas a escuchar y todo se siente dentro de una misma atmósfera. ¿Por qué? Porque nos encargamos de deshacer las canciones y volverlas a hacer para que tuvieran la mantener su esencia, pero acoplar este tipo de música un poquito más clásica, con unos pianos ochenteros y violines. Grabamos con músicos con cuerdas, con Mariachi de Tecalitlán. 

Yo sabía que quería un sonido así, pero no sabía cómo hacerlo. Fue prueba y error. A ver, no sabía cómo hacerlo, pero sabía cómo quería que sonara. Mi productor casi me mató porque ya teníamos la canción lista y la estábamos haciendo y deshaciendo. 

Siempre me ha encantado el trabajo de Kevin Roldán y creamos contacto cercano porque el año pasado también lo ayudé a hacer un EP de canciones regionales. Tenemos buena comunicación, estamos siempre pendientes y le pasé dos temas, uno de esos ‘años, no meses’, y se montó, le metió su verso y para mí fue un sueño, la neta. Me encanta el trabajo de Kevin Roldán. 

Michelle Maciel está listo para mostrar su lado más real
Cortesía 

Ahorita hablabas precisamente de cómo evolucionó el sonido de la canción y me llama mucho la atención cómo empieza con estos arreglos orquestales que dan paso a un reggaetón que es verdaderamente delicioso. ¿Qué los llevó a comenzar el tema de esta forma y cómo es la conexión entre estos dos géneros que parecen opuestos? 

Para mi gusto, creo que se llevan y no te das cuenta de la transición. Yo soy muy fan de la música clásica, la música de la época de mi mamá, donde escuchaban a Luis Miguel, Alejandro Fernández, mis abuelos con el mariachi. Es música que siempre he estado escuchando en mi vida diaria.

Creo que tuvo que influir mucho Bad Bunny y el movimiento de traer la salsa a su disco. A lo mejor no te voy a hacer música clásica totalmente, porque no va a tener la misma repercusión, pero jaló un poquito de la divinidad de aquella música y de lo clásico a lo actual. Pensé, “¿Cómo lo hago a mi modo? ¿Cómo lo hago parte sin que la gente se aburra?”, porque ahorita hay otras tendencias, pero es música que siempre me ha gustado. Así fue como lo hicimos. 

De hecho, hay una canción en el disco que se llama ‘Dolencias’, que era totalmente una canción hecha urbana. Yo quité totalmente la instrumental y la mandé a hacer arreglos con el Mariachi de Tecalitlán. Te estoy hablando de 30 músicos grabando en vivo, cuerdas, puras cuerdas, pero con melodías y letras actuales. 

También te quiero preguntar por lo que hablamos hace rato de la unión entre estos dos géneros. Desde lo musical, ¿tú por qué crees que estos ambos estilos no sólo coexisten, sino que hacen que una canción pueda crecer en calidad? 

Diste totalmente en el clavo: crecer en calidad. Creo que los músicos en vivo es una magia que no me gustaría que se pierda y siento que cada vez se ha ido usando menos o se ha ido computarizando todo. Pero no hay nada como grabar en vivo, que de repente estos desperfectos se vuelven perfectos. Es música clásica, música que suena cara. 

Siento que la fusión de la música suena cara y es cara, porque también es caro grabar en vivo. No cualquiera se va a meter al estudio y te va a decir, “A ver, ármame un arreglo con 30 músicos grabando cuerdas”, porque para que se escuche esa calidad es más trabajo, es más tiempo, cuantizar instrumentos, grabación de instrumentos, contrato de contratación de personal. Es por eso que siento que le da ese toque caro, porque realmente sí es algo caro, además de la experiencia de los músicos que hay detrás, que le dan totalmente el toque. Al final de cuentas, creo que se junta lo caro y lo elegante con lo actual, que es cool. Coexisten muy bien. 

Cortesía 

Este sencillo reflexiona sobre nuestra actualidad, donde lo que domina es la inmediatez. Es un llamado hacia la paciencia, hacia construir las cosas con muchísimo más tiempo y a darnos también nosotros el tiempo de disfrutar ese proceso. ¿Qué te llevó a explorar este concepto? 

Justamente en mi disco se llama ‘La Gloria’, porque mi novia se llama Gloria, así que escribí diferentes partes de mi relación. Hay canciones que se hicieron hace dos años, canciones que se hicieron hace tres meses, etc. En cada etapa de mi vida me gusta mucho escribir cómo me siento en el momento y en ese momento me agarró la musa del enamoramiento y el “duremos años y no meses”. Algo romántico, tratando de no caer en lo cursi. 

¡Qué chilo! Ahorita me decías que este proyecto tiene canciones desde hace dos años, otras que son de hace tres meses. ¿Cómo es el proceso de hacer esa selección de temas y depurar musicalmente el disco?

En este disco me dejé guiar por las canciones que conectaran. No pensé, “Esta va a pegar, esta no va a pegar”, sino en, “Esta me gusta”, “Con este resueno”, “Es una canción que puedo salir a vender”, “Es una canción que me voy cantando”, porque me di cuenta que a veces hacer música vacía por hacerla y para que a la gente le guste no es el camino. Neta, creo que este año fue ese pensamiento el que me cambió mi forma de ser y de actuar al momento de hacer música. Si yo soy real, va a haber gente real detrás de esas pantallas conectando también. Creo que eso fue lo que me guia a escoger cada canción. 

Y hablando del sonido de este proyecto, hace rato me hablabas de que van a convivir dentro de este universo reggaetón, corridos, también boleros. ¿Cómo logras que tantos sonidos distintos y cuyas bases musicales son completamente diferentes convivan en un solo álbum y que se sienta que viene de la misma raíz? 

Creo que las melodías y la letra son algo que me define mucho. Haga el género que haga, siempre va a tener una esencia porque están mis melodías, mi letra y mi forma de interpretar, además de que también hay una unión a nivel musical; que todos están unidos por las cuerdas y los pianos. 

Vas a escuchar una canción y vas a decir, “Bueno, tiene la misma vibra”, y a lo mejor uno está en tres cuartos, pero al final de cuentas es lo mismo, simplemente cambia el instrumental. Porque a veces hago canciones urbanas que se hacen corridos o corridos que se hacen canciones urbanas. Creo que no hay reglas y entre más las rompas mejor. Ya ves a Grupo Frontera, por ejemplo, no se escuchan sus cumbias tan actuales porque Frontera no las hace empezándolas en cumbia. Edgar Barrera dice, si no me equivoco, que él empieza sus canciones como urbanas y luego las traduce a la cumbia. Por eso es que suenan tan frescas. Yo hago lo mismo con mi proyecto. De repente hago una canción urbana, por ejemplo, y luego le meto los instrumentos que son más clásicos o viceversa. A lo mejor se hace clásica y le metes instrumentos actuales.

Creo que se trata de ir encontrando la vibra, pero al final de cuentas las melodías y las letras son las que te dicen que hay una línea que se está siguiendo, que hay una misma persona detrás de todo. 

Cortesía 

Oye, y con esta exploración de géneros, si bien sigue estando muy arraigado en ti el regional mexicano, obviamente te has alejado en el sentido de que has explorado muchísimos más sonidos y has experimentado con muchísimos elementos de otros géneros, pero ¿cómo ha evolucionado tu relación con la música regional mexicana? 

Yo originalmente empecé siendo urbano y el regional fue algo que se me dio en el camino porque vengo de Sonora y toda la vida he escuchado regional —una salida de borracheras y con el norteño, con los corridos— y es bien raro porque se me han abierto puertas muy fácil en el regional y no considero que sea de la misma forma en el urbano, y no es una puerta que me gustaría cerrar, pero tampoco en lo que me gustaría encasillarme. 

No sé si es que no he encontrado mi línea o si es que no me quiero casar con una línea. También este disco siento que me va a enseñar mucho a entender qué le está gustando al oyente, porque he visto que gusta casi igual el urbano que el regional, así que quiero encontrar la forma de hacer que coexistan y que la gente no se pierda y digan, “A ver, pero, ¿qué hace Maciel?”,sino que entiendan la vibra, que todo se vuelva parte de un mismo universo y que sea mucho más digerible. 

¿Y encuentras una diferencia entre esas dos audiencias o de verdad tu público entero disfruta de los dos géneros? 

Qué pregunta tan buena acabas de tocar porque el género del regional mexicano es muy machista. De hecho, si te metes a mi Spotify, te pones a ver artistas en común, te sale Xavi, te salen Los Esquivel, te sale puro artista masculino. No hay un artista femenino que salga como que la gente escuche también aparte de mi música. Creo que son audiencias muy, muy, muy, muy diferentes y que todavía le falta mucho al regional mexicano para que sea algo todavía más de hombres y mujeres, pero también creo que se están abriendo caminos porque ya justo el regional está siendo más romántico. 

Eres oriundo de Sonora y su escena ha cambiado mucho. Antes, el camino del artista sonorense era voltear para el norte, ir a Estados Unidos, sobre todo cuando eran temas de regional, y eso ya cambió y cada vez vemos más artistas del noroeste llegar a la Ciudad de México y hacer carrera. ¿Tú cómo ves la forma en la que ha cambiado esta escena? 

Está perrísimo que ahora todo el mundo quiere ser norteño, ¿no? Tú dices que eres de Culiacán, de Sonora, de Chihuahua, y dicen, ‘¡Ay, cabrón! A ver, vente para acá, vamos a ver qué hacemos”. Se está haciendo un movimiento también en Monterrey. Hay un chingo de gente bien talentosa, y uno dice, “¿Qué está pasando en esos espacios que está saliendo tanto artista tan bueno?” Ahora decir que eres el norte es un, “Ah, cabrón, ¡qué perro!”

Cortesía 

Michelle, y por último, ¿qué es lo que quieres que ellos se lleven de ese nuevo material? 

Quiero que se lleven algo que perdure, algo que dure años y no meses, no como la canción de hoy en día, que me atrevo a decir que es muy desechable en su mayoría, la canción de TikTok. Considero que soy un artista que tiene mucho más que dar. Me gustaría que la gente se dé la oportunidad de llorar, por ejemplo, o que digan, “Quero dedicar esta canción que estoy bien enamorado” o “Quiero darme un pinche shot de tequila con todo el gusto del mundo escuchando esta canción”, quiero sacar el sentimiento de la gente a flor de piel, que la gente conecte y que perdure ese sentimiento.

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“Cuando se recibe una cachetada, hay muchas maneras de responder”. Así lo afirma una voz en off mientras un manotazo impacta sobre el rostro de una mujer. En cuestión de segundos, con el refuerzo de un pequeño zoom, las alternativas que circulan por su cabeza comienzan a traslucir. Por un lado, están las medidas propias del decoro y la pleitesía: aquellas que flotan suspendidas en el contorno borroso que separa la madurez de la sumisión. Pero no son las únicas. “Además de llorar, se la puede devolver. Se puede ofrecer la otra mejilla, y también se puede decir: ‘Golpeá’”.

Mínimo pero impactante, el plano recién descrito es el encargado de dar inicio a los cuarenta minutos de apoyo audiovisual que acompañan el lanzamiento de La otra mejilla, el esperado disco nuevo de Feli Colina. Y aunque se trate de otra transmutación de maleza en yuyo más verde para la artista salteña, este álbum se desmarca de sus predecesores por no renegar de sus impulsos más bajos; por entretener, en el plano de lo simbólico, una serie de fantasías elaboradas de venganza.

Todo este prefacio para decir que, con La otra mejilla, Feli Colina golpea. Y en ese gesto, el de poner el cachete para luego arrojar la piedra, revela una cara estilística hasta ahora inédita en su discografía. Las quince canciones que se suman a su repertorio desarman completamente la lectura porteñocéntrica y reduccionista que durante años la confinó al lugar de cultora del folclore. Dicho de un modo anagramático: si Feli hoy “golpea”, es porque tomó las letras de la palabra “galope” (tan importante en la imaginería de El valle encantado, de 2022) y las trastocó hasta convertirlas en algo distinto, igual de pulsante pero más cercano a la violencia.

“Me interesa mucho la honestidad emocional”, dice Colina durante su brunch con Rolling Stone en Ninina, un bar de Palermo cuya quietud resulta idónea para el intercambio de ideas. Con el pelo recogido y una camisa apenas desabotonada, sentada frente a un plato de sopa, continúa: “Estoy trabajando para comunicar, de la manera más certera posible, todo lo que me genera algo. No reírme de lo que no me da gracia. Permitirme estar en desacuerdo. Todo esto bajo un manto de amabilidad, porque amo la amabilidad y confío en su poder. Pero tenía la sensación de que mostraba muy poco de mi naturaleza interior; de que decía un porcentaje muy bajo de lo que realmente pensaba. Me sentía muy autoreprimida”.

 Feli Colina: “Empecé a pensarme a mí misma como una obra en construcción sin planos”
Feli Colina (Foto: Teo Penovi).

“Una noche, después de una conversación larga con una prima que es psicoanalista junguiana, llegamos a esta idea de la otra cara de algo. Bueno, te pongo la otra mejilla, ¿pero en qué consiste esa otra mejilla? En esto que te decía. Necesitaba empezar a expresar un poco más de lo que pensaba, pero al mismo tiempo sentía miedo. Y me preguntaba en qué consistía ese miedo: si era miedo al rechazo o a qué”.   

Sin embargo, aunque la franqueza sea una de las cualidades más notorias del disco nuevo, quizás la novedad más inmediatamente llamativa sea el corrimiento de Feli hacia un sonido más abrasivo. Un desplazamiento que bien podría leerse como el paso de la provincia a la ciudad, y que ya se encontraba prefigurado en los segundos iniciales de “La gracia”, el cierre de El valle encantado. No sería errado, en efecto, describir a La otra mejilla como un álbum consustancialmente urbano. No en el sentido vago y exoticista con el que los Grammys reparten sus premios, sino en la acepción más literal, y cosmopolita, del término. 

“Los timbres son como la paleta de colores de un cuadro. Nunca entro al estudio sin haber identificado la paleta tímbrica de un disco. Para La otra mejilla, mi primera idea fue hacer toda una producción con ruidos de ciudad. Por eso está tan presente el elemento metal en la percusión: el pandeiro, con esa mezcla de cuero y metal; el agogó, que son esas campanitas brasileñas; el redoblante; el clap stack. Después aparecieron los toms: el tom de piso, el surdo. Las cuerdas: el chelo con esa fricción más agresiva. Voces, muchísimas voces. Tomarme el tiempo de hacer coro sobre coro sobre vocecita. Todo eso. Y unos bajos bien gordotes”.

“Las referencias estaban claras desde antes de empezar”, confirma Nan Q, coproductor del LP, sobre el proceso creativo que nació de una charla casual y derivó en un centenar de sesiones a lo largo de cinco meses. “Ni hablar de la inevitabilidad de Feli Colina como artista, que estaba ahí desde el día uno. Lo que sí fuimos encontrando fue la personalidad de La otra mejilla. Es un disco lleno de experimentos locos. En ‘Megalómana’, que es una reafirmación urgente de alguien que reconstruye su autoestima, empezamos con una milonga oscura y terminamos con un arreglo de cuerdas basado en Vivaldi”.

Otros disparadores presentes durante la composición, dice Nan Q, fueron Rubén Juárez (puntualmente, el video de “Tinta roja”), el Cuchi Leguizamón, y algunas ragas cantadas por niños indios. Pero quien admire la obra de Björk podrá intuir rápidamente la influencia de Post (1995) en el universo referencial de La otra mejilla. Ambos discos comparten la predilección por los graves bien al frente, además de signar el desembarco de sus autoras en la metrópolis. En “Ingrata”, el guiño se hace explícito cuando Feli canta: “Si seguís buscando, vas a conocer mi ejército”. Ella lo confirma entre risas: “Intenté samplear ‘Army of Me’ en esa parte. Quería que apareciera de fondo, pero no entraba y no lo pude poner. Pero es un homenaje. Hablo de eso”.

Con esto en mente, no ha de sorprender que Björk figure en la reconstrucción que hace Colina de la raigambre de La otra mejilla. Según ella, el origen del álbum se puede identificar en tres eventos simultáneos. Uno de ellos, previsiblemente, fue la experiencia de haber compartido escenario con la leyenda islandesa en el Primavera Sound porteño de 2022.

“Siempre que termino un disco empiezo a pensar en el siguiente. ¿Qué es lo próximo que va a surgir? Y es más una pregunta que una decisión. Entro en un estado de lectura para ver qué me llama la atención. El Primavera Sound en el que tocó Björk fue un primer approach a un tipo de sonoridad. Obviamente, me la habían recomendado tres millones de veces, pero no había conectado nunca. Y en ese show, que fue la primera vez que la vi en vivo, me pasó algo: no conocía los temas, no entendía lo que decía (porque canta en un inglés rarísimo y tampoco es que el mío es muy fluido), y, sin embargo, me largué a llorar. Me emocionaron sus melodías, su manera de cantar, el timbre de su voz. Entré en un viaje björkiano de escucharla un montón”.

“Por otro lado, me puse de novia con Florián. Él toca en los Cadillacs, entonces empecé a ver mucho show de ellos y a escuchar, no sé, Fabulosos calavera (1997). Hubo algo ahí, en todo ese punk ochentoso y noventoso argentino, que me agarró. Y después estaba la obra en construcción que tenía enfrente del departamento en el que vivía. Todos los días me levantaba a las ocho de la mañana con el ruido de la amoladora. Me estaba volviendo loca del mal humor, hasta que un día dije: ‘Bueno, este timbre me está entrando en la oreja todas las mañanas. Algo me quiere decir’. Ahí apareció esta imagen del cemento, esta idea de construir. Empecé a pensarme a mí misma como una constante obra en construcción sin planos, cuya forma voy descubriendo”.

Naturalmente, para desembocar en lo que sería La otra mejilla, esta mezcla tan ecléctica de sonidos tuvo que converger, a su vez, con todos los procesos personales que Feli transitaba por aquel entonces. Entre ellos, un desencanto creciente con las adversidades propias de la industria musical argentina.

“Tuve un año y medio de mucha frustración con el éxito comercial de mi música, que se vio acompañado por una serie de enojos interpersonales con amigos y con gente que en ese momento trabajaba conmigo. Se me enredó la cabeza groso. Todo ese proceso desencadenó en un final de 2023 muy caótico, en el que terminé peleada con todo. Para mí, el éxito más importante es poder hacer la música que yo quiero escuchar, pero también están las presiones de pagar el alquiler y de no llegar a ver plata cuando hay una dependencia económica de parte de mi equipo. Cosas que nunca me importaron de repente empezaron a pesarme: compararme con otros artistas, un deseo de reconocimiento de premios. Lo desesperante era que mi conciencia me decía: ‘¿Pero sos tarada? ¿Qué es lo que te está importando?’. Pero no podía sacármelo de las emociones”.

“Poco a poco fui entendiendo que, para trabajar de esto, se tienen que combinar dos cosas en tu personalidad: el amor por la música y las ganas de ser empresario. Al final sos un emprendedor, y tenés que tener la paciencia, el riesgo y la capacidad de convencimiento de quien sale a buscar inversores, así tenga un emprendimiento de medias sublimadas. Porque lo que pasa después en esta industria es que se terminan metiendo dos tipos de trabajo distintos en una misma bolsa. Un entertainer y un artista hacen cosas diferentes, pero están nombrados bajo el mismo título y se espera que generen los mismos números a la misma velocidad. Mi trabajo se parece más al de Pink Floyd que al de Piñón Fijo, pero la eficacia económica de mi proyecto se termina midiendo según los parámetros de ese otro rubro”.

La primera mitad de La otra mejilla pareciera organizarse, en parte, alrededor de este malestar enmarañado; del desgaste que supone negociar con un sistema que procura el lucro de otros y nada más. “Amituofo”, por ejemplo, versa sobre las trampas banales recién mencionadas por Feli (“Es tan patético mi hambre de gloria / Poniendo otra pieza a este altar de fracasos”). “Algún día”, mientras tanto, se ocupa de disparar dardos contra un festival de música “todo mal organizado”. Cuando Rolling Stone pregunta por el origen de esa línea, Colina se ríe.

“¿Lo quemo o no lo quemo?”, dice sopesando los riesgos. “Hace un tiempo trabajé con alguien que fue muy desprolijo conmigo y que, encima, me dijo que la desprolija había sido yo. Tiene un festival, así que fue como un shade que le tiré. ‘Me parece que sos un poco ingrata’ también es algo que me dice él. Al que le quepa el poncho, que se lo ponga”.

“Ingrata” es un ejemplo más entre los tantos adjetivos peyorativos que conforman el campo semántico de La otra mejilla. Hace algunos meses, en el antro conocido como Twitter, volvió a circular un video viejo de Fiona Apple en el que la cantante aseguraba ser capaz de reconstruir con quién salía durante la composición de cada una de sus canciones. Según ella, esto se podía lograr a partir del lenguaje que usaba para describirse a sí misma. En el caso de Feli, es posible que ese dedo juzgón en el espejo (que, a lo largo de cuarenta minutos, la acusa de ser megalómana, ridícula, mezquina, sumisa, arrogante, indisciplinada, ilegible, degenerada) haya sido instalado durante la niñez, elaborado por lo que escuchó y lo que interpretó de lo que oyó.

“Había una serie de adjetivos que temía y que me sujetaban, impidiéndome actuar con naturalidad. Si todo el tiempo estoy sujetándome para no ser una ingrata o una megalómana, estoy castigando actitudes mías que ni siquiera llegan a la superficie; estoy pidiendo perdón sin haber hecho nada. Tenía una necesidad constante de ser buena para contradecir todos esos adjetivos que yo me decía a mí misma”.

¿Hubo, entonces, alguna transgresión que te haya corrido de esa tesitura de poner la otra mejilla? ¿Qué hace falta para que salga la feroza en la vida real?

Una vez Florián me dijo: “Vos te enojás cuando la gente pasa límites que nunca pusiste”. Y ahí entendí que esperar que el otro adivine el límite que yo no estoy poniendo es, de algún modo, una trampa. Obviamente, también hay cosas desubicadas que me habrán hecho de forma intencional. Pero invertir energía en pensar en lo que hizo el otro no me resulta tan provechoso como preguntarme cuál es la posición subjetiva que me genera a mí ese enojo.

En relación a eso último, ¿cómo hiciste para resolver la frustración con esta industria tan tendiente al rédito y el reconocimiento?

En mi momento de mayor locura, empecé a ver si alguna religión me podía sacar de ese estado. Entré en una etapa de poner mantras, mantras, mantras a ver si me sacaban de ese momento que fue psicótico. “Mantras para despejar el camino”, “mantras para no sé qué”… Todo muy dzhey, dzhey, Ganesha (risas). Igual no fue a través de eso. Fue a través de sentarme un ratito con el estado, dejar de juzgarme por lo que estaba pensando, y atravesarlo. Como todo en la vida.

Aunque la conclusión del proceso no llegó por vía religiosa, fue durante ese mismo período que Colina dio con un curso dictado por el psicoanalista José Luis Parise. Este trataba sobre la historia de Cristo, figura que fascinó profundamente a Feli. ¿Cuáles fueron las prenociones de Jesús que terminó desmitificando o modificando? 

“Cada vez me alucina más el chabón”, dice ella. “Es importante entender que nació en la época en la que se esperaba la llegada del Mesías. El pueblo judío estaba manejado por el Imperio Romano, entonces aguardaba un libertador político que los sacara de esa opresión. Ese libertador tenía que tener sangre davídica y aarónica. Y como María tenía ambas, el nacimiento de su primer hijo era toda una cosa. Cuando finalmente nace, su entorno familiar le dice: ‘Sí, vos tirate en los laureles porque sos el Mesías’”.

Feli Colina (Foto: Flo Pasqualini).

“A él no le cerraba esa idea, entonces se educa en Egipto, se va a la India, tiene una educación hermética. Aprende de todo eso, y concluye: ‘Yo no vengo a decir nada diferente de lo que está en la Torá; vengo a que la entendamos’. Termina aceptando que era el libertador, sí, pero del opresor que tenemos adentro nuestro y nos impide conectar con nuestra propia divinidad. Ahí entiende que, para que escuchen su mensaje, tiene que performear los milagros. ¿El Mesías llega en burro a Jerusalén? Arma la perfo con sus apóstoles para ganar credibilidad. Un artista total. Hay algo en la agudeza de su inteligencia que me fascina. Por ejemplo, el episodio de la mujer adúltera a la que apedreaban por ser infiel. Aparece Jesús, y le dicen: ‘Che, vos que sos tan capo, hijo de Dios, ¿es culpable o no es culpable?’. Su respuesta no es directa: ‘El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra’. Esa manera que tenía de preguntar por la tangente para poner en juego a quien enjuicia es de una inteligencia absoluta”.

Se advierte con claridad que la convicción espiritual de Feli es auténtica. No hay un solo gramo de impostación en el entusiasmo de su respuesta. Esto contrasta fuertemente con un fenómeno que la guionista Malena Pichot describió hace un año, no sin controversia pero tampoco sin razón, al sostener que la pose del catolicismo “se puso insólitamente de moda de la mano de morenistas”. No solo entre ellos: se percibe, además, en cierta camada de streamers locales y, más notoriamente, en el universo simbólico de Lux (2025), el último trabajo de Rosalía.

“Soy mega fan de Rosalía, y estoy segura de que ella tiene bocados de Dios todo el tiempo. No creo que sea forzado. Lo veo cuando canta. Se ve que teníamos una curiosidad en común, y que la comunicamos de maneras distintas. Yo escucho el primer tema de LUX y, tal vez por una cuestión estilística, no me encanta la letra. Pero escucho lo que pasa musicalmente, y se me pone no la piel sino el centro del alma de gallina. Tal vez a una persona que lea algún pedazo de letra mía le pase lo mismo desde la palabra. Yo me tropiezo con el humano cantando, y ella tal vez escribiendo letras. Es, simplemente, que cada una tiene una herramienta más fuerte, pero creo que estaríamos de acuerdo si conversáramos de qué se trata”.

¿De qué se trata? Para Feli, que se describe a sí misma como “gnóstica”, la divinidad estriba en la posibilidad del ser humano de dejarse llevar por una suerte de coreografía invisible que nos conducirá a un puerto saludable. “Siempre me emocionó la conexión de corazones y de mentes; pensarnos como planeta entero, como especie entera”, dice. Lejos de responder a una ortodoxia religiosa, esta convicción se arraiga en ese sincretismo tan latinoamericano que se respira en su Salta natal, capaz de reconciliar al catolicismo con lo pachamámico. Su religión pagana, tal como canta en El valle encantado.

“Lo amo al Valle. Fue un momento muy alto para el grupo creativo que tenía con Baltazar Oliver, mi coproductor y pianista de ese entonces, e Inti Patron, que fue quien se ocupó del arte. Estaba muy conectada con el lugar de donde vengo y con la idea de la raíz, de la sangre como raíz. Todo el disco estaba atravesado por esa búsqueda del origen”.

Felicitas Colina Cornejo nació el 27 de octubre de 1994 en la capital salteña. De su madre legó la veta espiritual; la musical, en cambio, vino de la mano de su padre y de su hermano mayor, Agustín. Pero tuvieron que pasar cerca de trece años para que despertara en Feli la pulsión de tener bandas y tocar. O, más precisamente, de buscar “cómo tocar los Jonas Brothers” en La Cuerda. A los dieciséis, ya se mandaba sola a los bares de su ciudad para versionar temas de 4 Non Blondes y Oasis

Feli Colina (Foto: Flo Pasqualini).

“Una noche, cantando Led Zeppelin, noto que entra un grupo de chicas diez años mayores que yo a decirme: ‘Vení para acá, vos vas a ser nuestra amiga’. Probé mi primera pepa en la casa de una de ellas. Estábamos todas en pijama, y me dijeron: ‘Tenés que ver esto’. Y pusieron el documental de Pina Bausch que hizo Wim Wenders. Me cambió la vida. Nunca había visto nada de danza-teatro, ni tampoco de semejante nivel de expresividad”.

Mientras perfeccionaba su repertorio, Colina desarrolló paralelamente un estilo propio que, según su propia categorización, se bifurca en dos tipos distintos de composición: “En todos mis discos, está siempre la canción más monotonal y de simpleza armónica, en la que se genera una suerte de loop entre dos acordes que van y vienen. Eso me inspira mucho a nivel melódico y de producción. La otra canción que suelo hacer, que tiene más movimiento armónico, ya es más Beatle y lennonística. Más monótona en cuanto a melodía también. Musicalmente, Lennon es mi Beatle favorito; pero filosóficamente me gusta mucho más Paul. Me parece referencia de cómo llevar la vida”.

No faltaría mucho para que el nexo de Feli con los Beatles adquiriera una dimensión insólita. En 2018, cuando ya llevaba cuatro años asentada en Buenos Aires, Colina ganó la quinta edición del concurso Camino a Abbey Road, imponiéndose entre casi tres mil músicos. De la noche a la mañana, pasó de tocar en los vagones de la línea B (por entonces su fuente de sustento) a grabar en el estudio mítico en el que los Fab Four editaron casi toda su obra. Allí fue que tomó forma Feroza, el álbum de 2019 que Feli considera su verdadero debut. 

Su sucesor, en cambio, fue concebido en circunstancias opuestas, no solo climatológicas. La imposibilidad de regresar a Salta durante casi dos años de pandemia instó a Feli a reencontrarse remotamente con sus raíces. El resultado, El valle encantado, fue un disco fuertemente atravesado por el folclore, cuya recepción la ubicó, quizás demasiado rápido, bajo esa etiqueta. 

“La fórmula de mezclar música actual con música de raíz está al alcance de la mano desde hace décadas. No sé, Piazzolla. Yo me acuerdo de escuchar cosas como Tonolec, Hasta la raíz (2015) de Natalia Lafourcade, o Mundo Anfibio (2012) de Lisandro Aristimuño, y decir: ‘Che, qué loca esta mezcla que están haciendo’. También es cierto que llegué a El valle encantado muy inspirada por El mal querer de Rosalía. Pero cuando me quieren comparar con otros artistas por esa fórmula, me da gracia, porque no siento que sea mía la fórmula. A mí me encanta la manera en la que la hice yo. Tomárselo en serio, y buscar bien qué aspectos de esa raíz son realmente tuyos, es algo que ya depende de cada uno”.

Como todo en la vida, la definición que tiene Colina para la palabra “raíz” es sensible al cambio. Hoy, con su deseo de un “canto de flor celeste” cumplido, su noción de casa ya no designa a Salta sino a Florián Fernández Capello, su marido, con quien se casó en febrero del 2025. “Fue una ceremonia muy chiquita. Yo nunca soñé con casarme; siempre pensé que era como ir a hacer un trámite a la AFIP. No sentía que fuera capaz de brindarme algo emocional. Y estoy muy sorprendida con todo lo que me dio. Fue entender que firmé un contrato con otra persona para construir algo juntos. Me dio un piso y una tranquilidad. Amo con el alma a mis hermanos y a mis viejos, pero empiezo a tener la sensación de que mi familia es Flor. Mi casa es la casa que tengo con él. Hay días en los que estoy en el bondi y me emociono al punto de largarme a llorar. No me reconozco tan polleruda, pero siento que el destino me lo cruzó para que pudiera estar más tranquila y ser más amorosa. Me trajo un pedacito de futuro con él”.

No es casualidad que Florián describa su relación en los mismos términos: “Es difícil hablar de una primera impresión, porque lo que me pasó con Feli fue sentir una certeza de confianza y amorosidad que trascendía, y todavía trasciende, cualquier tipo de definición o explicación. Pero creo que algo que la caracteriza enormemente es su poder de hacer brillar a todo lo que está a su alrededor con su propio brillo. Tiene un espíritu capaz de iluminar personas, hogares, espacios y todo lo que se proponga. Inspira con su existencia y hace un trabajo sutil, delicado y profundo con esas cosas que no son palpables pero transforman vidas. Lo hace solo por su amor a mejorar el mundo, y lo logra”.

En el último trecho de La otra mejilla, hay un tríptico que narra la recomposición de Feli a través de su encuentro con el amor. Llega después de un interludio llorado (“Llanto – Felicitas Colina”, leen los créditos), y está conformado por tres canciones: “Flor”, “Vas a encontrar” y una balada preciosa titulada “Don”, acaso el momento más deslumbrante del disco. Sin dudas, el más conmovedor; de una sensibilidad comparable a la que invocó para encarar la actuación del visual album. Este, que se inspiró en la fotografía de Alessandra Sanguinetti, fue dirigido por Valeria Bertuccelli.

“Más que un ensamble familiar, conocer a Feli fue un encuentro de espíritus”, dice Valeria. “Nos conocimos y, a la semana, ya estábamos en Salta cantando con su papá y su mamá. Es alguien a quien le cuento mis guiones y con quien hacemos vida de circo, de juntarnos a cantar y pensar. La admiro mucho, y me parece increíble ese modo recontra indie que tiene de hacer las cosas. Esa esencia suya de quien persevera en un camino es de artista. Y la rompió mal actuando. Es re actriz”.

“Una vez más, La otra mejilla empieza con el desconcierto, la ira, y la agresividad de no entender pero estar muy incómoda”, cierra Feli. “Es el ciclo que siempre se repite. Después llega el quiebre, recupero energía, y esa energía se integra al festejo que, igual, se convertirá en la próxima crisis. Así suele ser”. El que tenga oídos para oír, que oiga.

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Con apenas unos años de carrera, J Noa ya se convirtió en una de las voces más importantes del rap en español. Sin embargo, su nuevo EP, RecOrTa y PeGa, marca un punto de inflexión en su trayectoria. Más que un cambio de sonido, la artista dominicana lo presenta como una declaración de identidad y el comienzo de una etapa en la que busca romper con las etiquetas que han acompañado su ascenso.

“Estoy en una transición de quitarme la etiqueta de ‘J Noa, la niña’ y también la de ‘J Noa, la rapera’. Amo el rap, lo defiendo y siempre voy a rapear, pero quiero que la gente me vea como una artista”, explica.

Ese espíritu se refleja en un proyecto que mezcla canciones creadas en distintos momentos, ciudades y estados emocionales. De ahí surge el nombre del EP: un collage construido con piezas que, aunque nacieron por separado, terminan dialogando entre sí.

“Son canciones que no hice pensando que fueran un EP, pero cuando las escuché juntas entendí que funcionaban. Es un RecOrTa y PeGa de emociones, de proyectos y de lugares”, cuenta.

Aunque el disco explora nuevas melodías y momentos más cercanos al pop, J Noa asegura que existe un hilo conductor entre todas las canciones: la protesta.

“Todas las canciones están protestando algo. En unas hablo de una traición, en otras cuestiono el sistema o las expectativas que la sociedad pone sobre uno. Esa rebeldía conecta todo el proyecto.”

J Noa inicia una nueva etapa con ‘Player
Cortesía.

Un EP grabado entre cinco países

La producción de RecOrTa y PeGa también refleja esa diversidad. Las canciones fueron creadas entre República Dominicana, Puerto Rico, Estados Unidos y otros escenarios que marcaron el proceso creativo.

En el proyecto colaboró con productores como Gaby Cabral, Truco, Dímelo Nido —conocido por trabajar con Rauw Alejandro—, Ghetto y Arnold, mientras que cada tema fue tomando forma en ciudades como Miami, Atlanta, Nueva York, Puerto Rico y Santo Domingo.

Uno de los detalles más curiosos del EP aparece en ‘Garota’: el coro fue interpretado por la neumóloga de la cantante.

“Antes de saber que era doctora, sabía que cantaba. Después terminé tratándome con ella por el asma y, cuando hicimos la canción, terminó cantando el coro. Ahora cuida mis pulmones y también mi música”, recuerda entre risas.

Cortesía.

Cómo nació la colaboración con Farruko

El sencillo principal del EP, ‘PlaYer </3’, junto a Farruko, nació de una relación que comenzó a través de redes sociales.

Según cuenta J Noa, el puertorriqueño fue uno de los artistas que mostró un interés genuino por su trabajo desde que empezó a ganar notoriedad. Aunque inicialmente le envió otra canción para colaborar, los constantes compromisos del cantante retrasaron la grabación.

La oportunidad definitiva llegó durante un viaje a Miami.

“Él me dijo: ‘Hagamos una canción desde cero’. Entramos al estudio a las dos de la mañana y salimos a las ocho. Yo tenía que ir directo al aeropuerto”, recuerda.

La sesión terminó convirtiéndose en un verdadero intercambio creativo.

“Él me daba ideas para mis partes, yo le daba ideas para las suyas. La vibra fue increíble. Al principio la canción iba a salir con él, pero después decidió que la publicara yo.”

La transformación de J Noa no solo se escucha; también se ve. Para esta nueva etapa, la dominicana buscó inspiración en el universo visual de Tyler, the Creator.

“Vi muchísimas cosas de Tyler. Me gusta esa estética colorida, saturada, casi caricaturesca, pero sin perder una imagen limpia”, explica.

También reconoce que pasa horas buscando referencias en Pinterest y observando el trabajo de creadores de contenido para construir un universo visual coherente con la música que está desarrollando.

Cortesía.

Ese concepto ya puede verse en el videoclip de ‘Antisistema’, donde cada detalle fue cuidadosamente planeado. Incluso reveló que el sobre que aparece al final del video volverá a tener protagonismo en el clip de ‘PlaYer </3’, conectando ambas historias dentro de una misma narrativa.

La nueva etapa de J Noa apenas comienza. Además del lanzamiento de RecOrTa y PeGa, la artista abrirá el SummerStage compartiendo cartel con Mula y Trueno, mientras ya piensa en el siguiente capítulo de su carrera.

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Kneecap: "Es importante que el arte cuestione a quienes tienen el poder"

Mientras buena parte del hip hop contemporáneo parece obsesionada con conquistar algoritmos, Kneecap sigue empeñado en conquistar otra cosa: el derecho a contar su propia historia. Desde Belfast, el trío irlandés convirtió el rap en una trinchera donde la lengua, la memoria y la identidad dejan de ser consignas para transformarse en una experiencia profundamente […]

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A veces, Tony Iommi tiene que recordarse a sí mismo que debe componer canciones con un tono algo más animado. “Siempre tiendo a empezar con lo oscuro y pesado”, comenta entre risas el exguitarrista de Black Sabbath durante una llamada telefónica desde su casa en Inglaterra. “Siempre fue así. Me dejo absorber por los riffs sombríos; es una sensación que experimento al tocar algo contundente y poderoso. Aunque, por supuesto, también me gusta la música con un ritmo más ágil”.

“World Alone”, el primer sencillo de From the Dark —el próximo álbum en solitario de Iommi, el primero en más de dos décadas y cuyo lanzamiento está previsto para el 23 de octubre—, tiene un ritmo decididamente enérgico. Sin embargo, mantiene la contundencia característica. En esta canción, el guitarrista (de 78 años) despliega un riff demoledor y un solo feroz que evocan el incisivo álbum Mob Rules de Black Sabbath, pero con un toque moderno y único gracias a la potente voz desgarradora de Jørn Lande y a una letra de corte apocalíptico. Tanto este tema como los otros siete del álbum —que suenan aún más pesados ​​y amenazadores— demuestran cómo Iommi sigue su propio camino al margen del legado de Black Sabbath, manteniéndose fiel, no obstante, a ese universo sonoro oscuro y pesado que comenzó a construir hace casi 60 años.

Durante el último año, desde que Black Sabbath ofreció su última actuación en el concierto de despedida de Ozzy Osbourne —titulado Back to the Beginning—, Iommi mantuvo un perfil mayormente discreto. Esto se debe a que estuvo perfeccionando ideas que venía puliendo desde hacía al menos un lustro. El germen del álbum surgió de dos temas instrumentales: «Scent of Dark» (2021) y «Deified» (2024), grabados originalmente para acompañar el lanzamiento de su propia fragancia de diseño. A medida que las canciones tomaban forma, sintió el deseo de contar con una banda sólida y completa que lo respaldara en este proyecto.

Su primer álbum en solitario fue Iommi (2000) —si no se contabiliza Seventh Star (1986), un disco en solitario que la discográfica de Black Sabbath atribuyó a la banda, ni la serie de álbumes de Sabbath en los que Iommi era el único miembro original—. El álbum Iommi contó con la participación de vocalistas como Billy Corgan y Henry Rollins, además de diversos músicos de apoyo en cada pista; por su parte, tanto The 1996 DEP Sessions (2004) como Fused (2005) incluyeron la voz de Glenn Hughes, exlíder de Deep Purple.

Para From the Dark, álbum coproducido junto a su colaborador e ingeniero de larga trayectoria Mike Exeter, el guitarrista optó por músicos que no gozan de fama masiva. Además de Lande —vocalista noruego de gran expresividad dramática, conocido por sus trabajos con Masterplan y Ark—, From the Dark cuenta con la bajista Becky Baldwin y el baterista Karl Brazil, mientras que Exeter se encarga de los teclados. Brian May, guitarrista de Queen, colabora con un solo en el tema «Death Wake», de atmósfera sombría y pesada. Entre los cortes más destacados figuran «Legacy» y «Stormwatcher», que exhiben el característico sonido oscuro y denso de Iommi.

El guitarrista anunció el álbum el miércoles durante un evento transmitido en vivo en su ciudad natal de Birmingham, Inglaterra, donde estrenó el video de estilo cinematográfico para “World Alone”; sin embargo, ya había hablado con Rolling Stone a principios de julio sobre cómo se gestó el proyecto y todo lo que sucedió desde Back to the Beginning.

¿Por qué era importante para vos hacer un álbum en solitario y no llamarlo “Black Sabbath”?

Bueno, en realidad, Black Sabbath ya terminó como banda. Obviamente, lo último que hicimos fue con Ozzy. Cualquier cosa que hiciera bajo el nombre de Black Sabbath sería solo yo, y no quiero volver a hacer eso. Ya pasamos por eso y ya lo hicimos.

¿Cómo contactaste al vocalista Jørn Lande para este álbum?

Ya habíamos trabajado con él anteriormente. Cuando hicimos el homenaje a Dio tras el fallecimiento de Ronnie, invitamos a Jørn a cantar un par de temas con nosotros y su voz me gustó mucho. Así que pensé: “Bueno, me gustaría contar con él”. Me gustaba su voz. Quiero decir, podrías elegir a artistas famosos, pero eso ya lo hice.

¿Cómo surgió “World Alone”?

Suelo inclinarme directamente hacia el sonido oscuro y pesado (doom), pero pensé: “Bueno, también podríamos hacer algo con un riff de ritmo más rápido”. Una vez que tuve eso y escuché la melodía que él había creado, todo encajó.

¿Cuál era la idea detrás del video?

No quería hacer un video con toda la banda. Para ser sincero, ni siquiera quería hacer un video. Pero lo hicieron. En realidad, es algo así como una película. Yo aparezco un par de veces de pie, tocando. Pero simplemente no quería seguir la vieja fórmula de ver a la banda ahí parada tocando; eso ya se hizo cientos de veces.

De todos modos, no soy muy partidario de grabar vídeos yo mismo porque siempre me veo… bueno, soy aburrido. Simplemente me quedo ahí de pie tocando. No puedo hacer otra cosa. No puedo saltar de un lado a otro ni nada por el estilo. Ya soy demasiado mayor para eso [risas]. Pero creo que los chicos que lo hicieron hicieron un buen trabajo.

¿Le diste a Jørn alguna indicación sobre las letras para el álbum?

No, no le di ninguna idea para las letras. Con un cantante, es bueno que puedan crear su propio material, porque así, a la hora de interpretarlo, logran transmitirlo mejor. Es como pasaba con Ronnie: cuando él escribía las letras, había ciertas palabras con las que realmente lograba una gran fuerza expresiva. Y creo que con Jørn pasa lo mismo.

Algunas de sus letras describen apocalipsis nucleares. ¿Qué te llamó la atención al escucharlas?

Lo primero que pensé fue: “Dios, esto es bastante fuerte, pero son cosas que están sucediendo”. En realidad, es lo que ocurre hoy en día en el mundo. Es muy parecido a lo que hacíamos con los viejos temas de Sabbath, como “War Pigs”: eso es algo que sigue ocurriendo hoy. Lo que Jørn plasmó acá, con el tema nuclear y todo lo que está pasando, es realmente bastante sombrío.

¿Los riffs del álbum son nuevos o se trata de ideas que ya tenías guardadas?

No, todos son nuevos. La cuestión es que tengo montones de riffs en CD, casetes y todo tipo de soportes. Pero para cuando vuelvo atrás e intento encontrar algo en ellos, ya se ocurrió algo nuevo.

¿Cómo te ponés en situación para componer? ¿Encendés velas?

A veces enciendo velas, sí [risas]. Por lo general, entro en el estudio y simplemente toco un rato. Y si no surge nada, lo dejo; no me fuerzo. Pero, por lo general, termino sacando algo.

Normalmente, cuando hacés un álbum, trabajás a diario y tenés que terminarlo en un plazo concreto porque estás bajo presión: ya sea porque estás de gira, porque tenés que grabarlo o lo que sea. Pero yo no estoy en esa situación. Pude tomarme mi tiempo y convivir con el material.

¿Tenés que obligarte a componer canciones de ritmo rápido como «World Alone»?

En realidad, no. Pero sí me lo recuerdo a mí mismo [que debo escribirlas]. Cuando escuché [el resto de] lo que teníamos, pensé: «Bueno, necesitamos algunos temas rápidos y alguno de tiempo medio para equilibrar el álbum, la verdad».

Tenía un par de temas acústicos, pero no utilicé. Decidí dejar el álbum tal como está. Y no solo eso: ya es bastante largo. No habríamos podido incluirlos.

Hablando de tocar en acústico, me sorprendió gratamente el solo acústico a mitad de «Legacy».

Me gusta hacer algo que realmente no te esperas. Y, para ser sincero, odio tocar la acústica. No se me da muy bien. Pero en esa parte, simplemente pensé que quedaría bien y que sería algo diferente.

Mi riff favorito del álbum está al principio de «Death Wake». Mantenés una nota y como que tiembla, como madera crujiendo.

Sí, es un riff extraño. Ese tema también me gusta. Me gusta todo lo que sea doom. Por supuesto, conté con Brian May para el solo de esa canción.

Sos amigo íntimo de Brian May desde hace décadas. ¿Cuándo y cómo se conocieron?

A principios de los años setenta; él estaba en un estudio y yo en otro. Y congeniamos enseguida. Somos amigos desde… Dios, casi 60 años.

Estamos en contacto constante. Tocó conmigo en el escenario un par de veces y también hemos colaborado en algunos temas del álbum. Es un amigo muy, muy cercano.

¿Toca en otras canciones del álbum?

No. Le pregunté: «¿Quieres tocar en algo más?». Y él respondió: «No, no. Tus solos están bien. No hace falta que yo toque».

Pero fue genial que lo hiciera. Simplemente le puse un par de cosas y grabó acá, en el estudio de mi casa. Claro que, a veces, tocaba algo y decía: «Vaya, no sé si me convence». Y yo le decía: «A mí me gusta».

¿Hay otros invitados en el álbum?

No, porque quería mantenerlo básicamente como una banda. Quería contar con los mismos músicos.

¿Cómo encontraste al baterista del álbum, Karl Brazil?

Es curioso, la verdad. Tengo una casa en la playa a la que vamos de vez en cuando. Estaba paseando por la orilla cuando un tipo se me acercó y me dijo: «Hola, Tony». Pensé que era simplemente un fan. Pero entonces añadió: «Tenemos un amigo en común. Mike Exeter es mi ingeniero de sonido. Soy el baterista de Robbie Williams». Más tarde, Mike —mi ingeniero— me confirmó: «Ah, sí, Karl es un buen baterista».

Lo incluí en una de mis pistas instrumentales, la que hice para aquel proyecto de perfumes. Luego pensé que sería buena idea contar con él para el álbum, ya que es un buen músico. Además, es de Birmingham, lo cual es genial porque quería mantener el proyecto a nivel local.

Me daba curiosidad saber cómo surgió tu colaboración con Robbie Williams en la canción «Rocket», ya que fue algo sorprendente.

A mí también me sorprendió. Fue curioso cuando me preguntaron si quería tocar en un tema con él. No sabía que lo iba a lanzar como sencillo. Luego quiso hacer un videoclip para la canción, así que lo hice con él. Y salió muy bien. Fue una experiencia muy distinta para mí, pero la disfruté.

¿Qué es lo que te gusta de la bajista Becky Baldwin, que toca en Mercyful Fate y Fury?

Becky vive en Birmingham y es una música excelente. Es una gran admiradora de Geezer [Butler, el bajista de Black Sabbath] y toca siguiendo su estilo. Eso era justo lo que buscaba. Es realmente buena.

¿Habías pensado en trabajar con Geezer en este álbum?

Quería que participara en el disco, pero no pudo ser. Creo que está trabajando en su propio álbum. O quizás surgió algún contratiempo en aquel momento y no pudo viajar a Inglaterra. La verdad es que quería terminar el proyecto y sacarlo a la luz de una vez. Como Becky es fan de Geezer y toca con ese estilo, pensé en probar con ella. Y el resultado fue muy bueno.

Hablando de Geezer, durante el último año se habló mucho de una disputa legal que retrasó el lanzamiento de las primeras grabaciones de Black Sabbath, de la época en que aún se llamaban Earth. Ahora que tenés los derechos, ¿se publicarán?

Saldrán a la luz en algún momento. Es curioso escuchar material de hace tanto tiempo y encontrarse con cosas que ya habías olvidado.

¿Qué te llamó la atención al volver a escuchar las grabaciones después de décadas?

El sonido y todo lo demás. Madre mía, las habíamos grabado en un estudio pequeño. Pero, la verdad, fue divertido escucharlas. Me senté a escucharlas todas y fue agradable, porque hay cosas con toques de jazz y blues que hicimos improvisando. En muchas de esas improvisaciones todo se basaba en la guitarra, y yo ya había olvidado la mitad de todo eso. Ahora ya no sabría tocar eso.

¿Estás satisfecho con el legado que dejó Black Sabbath?

Sí. El legado fue fantástico, de verdad. Creo que fue un acierto terminarlo cuando hicimos el concierto Back to the Beginning, porque todas las bandas que eran fans de Sabbath participaron en el espectáculo, lo cual fue genial. Fue un gran detalle por su parte esforzarse para venir a tocar en el mismo concierto; no hubo egos ni nada por el estilo. Todos se pusieron manos a la obra y tocaron. Fue estupendo que el broche final de Sabbath fuera reunirnos como la banda original y terminarlo como se debía.

¿Qué sentiste al realizar esa última actuación?

Aquella noche me sentí muy extraño porque, obviamente, nunca habíamos estado en el escenario con Ozzy sentado en un trono. Él siempre estaba saltando de un lado a otro, haciendo muecas y haciéndonos reír a Geezer y a mí. Pero en esta ocasión no podía verlo, ya que estaba sentado en ese trono en la parte delantera.

Como es lógico, llevábamos 20 años sin tocar con Bill [Ward, el baterista de Black Sabbath], así que él quería que yo me colocara cerca de su posición, ya que no estaba seguro de algunos pasajes. Y eso fue lo que hice.

Cuando la vi, me pareció una actuación muy emotiva.

Lo fue. Realmente lo fue. Claro que nadie sabía que Ozzy iba a fallecer poco después. Yo sabía que no estaba bien, pero no esperaba que sucediera tan rápido.

¿Pudiste despedirte?

Curiosamente, me envió un mensaje de texto la noche anterior diciendo que no se sentía muy bien y todo eso. Pero, obviamente, la mayoría de nuestras conversaciones eran del tipo: «¿Cómo te sentís? ¿Qué tal esto? ¿Qué tal aquello?». Así que fue una conversación más. No esperaba que se fuera de la noche a la mañana. Vaya… Fue un impacto tremendo, de verdad.

Él comentó en entrevistas lo mucho que significó para él tu apoyo mientras se recuperaba en los últimos años.

Bueno, mantuvimos mucho el contacto. Él estaba pasando por muchas cosas distintas; entraba y salía constantemente del hospital y se sometía a diversos tratamientos. Y, por otro lado, él estuvo a mi lado cuando me diagnosticaron cáncer. Me llamaba todos los días. Así que nos apoyamos mutuamente. Extraño nuestras conversaciones.

¿Cómo llevaste este último año sin él?

Fue muy extraño. Todavía no siento que se haya ido, porque cuando miro YouTube o lo que sea, siempre hay algo relacionado con Ozzy y lo veo una y otra vez. Es casi como si siguiera acá. Es algo muy peculiar. Lo que pasa es que estábamos en contacto constantemente; eso es lo que extraño.

¿Cómo estás de salud?

Bien, espero. Sigo acudiendo a revisiones periódicas. Hacer este álbum me dio tiempo para ocuparme de otras cosas. Siempre reservábamos los lunes y martes [con Mike Exeter] para trabajar acá, en el estudio de mi casa. Pero justo esos días siempre me tocaba ir al hospital para alguna visita médica; querían hacerme esto o aquello. Siempre parecía coincidir con un lunes o un martes. Aun así, logramos sacarlo adelante.

¿Tenés más material? ¿Podemos esperar otro álbum en solitario como este en un futuro próximo?

Eso espero. Simplemente disfruto haciéndolo. Es lo que he hecho siempre.

No soy de los que se retiran simplemente para quedarse de brazos cruzados sin hacer nada. Tengo que hacer algo, y la música es lo único que sé hacer. Me gusta crearla. Creo que también es bueno para la mente poder inventar cosas y que se te ocurran ideas.

¿Vas a tocar en vivo con tu banda solista?

No hay planes concretos para nada. Ahora simplemente dejo que las cosas fluyan. Eso es lo bueno: podés elegir un poco. “¿Quiero hacer eso? ¿O surgió alguna oferta para hacerlo?”

¿Qué es lo siguiente para vos, entonces?

Bueno, compuse un par de temas instrumentales que pensaba incluir en este álbum, pero al final no lo hice porque no teníamos suficiente espacio. Quizás los publique más adelante en algún disco, pero voy a seguir componiendo y viendo qué pasa. Siempre surgen cosas que hacer —música para películas o cualquier otra cosa que aparezca de repente— y entonces piensas: “Vaya, es una buena idea”. Y te ponés en eso. Aún no estoy listo para retirarme.

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Juana Aguirre está descalza en el living de su casa. Mientras habla de la gira que se le viene gracias a la repercusión que tuvo Anónimo (2025), pone un vinilo a medio volumen. Se trata de The Pavilion of Dreams, de Harold Budd. Una edición japonesa de la que siempre habla cuando le preguntan en las entrevistas por algún disco de referencia. Para ella es más que eso, le sirve para volar, por ejemplo. Cuenta que se pidió esta copia a un amigo. Y no resulta extraño que Brian Eno, productor de esa etapa de oro pop para Budd, también se haga presente en la casa de una de las compositoras más relevantes de la escena independiente del país.

Juana Aguirre: “Siento que ahora estoy haciendo cosas más deconstruidas”
Juana Aguirre se prepara para presentar Anónimo en el Teatro Coliseo.

Juana se fue de Buenos Aires cuando tenía catorce años a vivir a Nueva Zelanda y se quedó hasta el último año de la secundaria. Se sintió muy vulnerable después de sufrir un accidente que la dejó en cama por varios meses. Pero también tuvo sus buenos momentos. Como cuando se metió a un coro maorí y reafirmó su voz como instrumento, algo determinante para su vida artística. Conoció la técnica de armonías vocales profundas que fusiona cantos tradicionales con elementos de occidente. Después volvió a Buenos Aires y, al poco tiempo, sintiéndose otra vez algo extraña, algo descontextualizada, algo quieta, se fue a vivir a Bolivia. Fueron alrededor de dos años donde formó parte de una banda de música latinoamericana (por decir algo, era más que eso) y hasta tocó sola por bares que nadie conoce. También observó algunos rituales paganos.

Cuando finalmente volvió a Buenos Aires intentó estudiar algunas carreras hasta que entró al IUNA [Universidad Nacional de las Artes] y empezó Diseño. Juana dice que ahí conoció a muchos metaleros. “Hay algo entre ellos y el diseño”, cuenta jocosa. Lo cierto es que, por momentos, el diseño fue el sostén económico de su vida. En la pandemia pudo grabar Claroscuro (2021) desde Bariloche, gracias al trabajo remoto. También por momentos se sintió alfarera. Tiene su casa protegida por máscaras que ella misma fue haciendo. “Ahora no hay tantas porque estuvimos sacando cosas”, dice. En “Tu contorno” (de Anónimo) canta: “No es igual ver la luz o ver el todo”. Puede estar hablando del amor o el dolor pero también habla de cómo ella ve las cosas.

Casi en paralelo a ese proceso de aprendizaje y fortalecimiento artístico se armó Churupaca, una banda donde cantaba y tocaba la guitarra. En esa propuesta, los folclores se volvieron a activar. Iban desde la música rioplatense, la circense, lo balcánico, el reggae y algo de klezmer y flamenco. Uno de sus temas más reproducidos se llama “Aire” y lo compuso Juana. Ahí puede haber una clave de lo que vendría; claro, siempre en tanto acústico, sin las capas sonoras con las que ahora compone desde su estudio. Parte de la letra, dice: “Aprenderé a ser aire, me volveré impenetrable”. Sobre esa etapa, ella aclara: “Fue la banda en la que me formé. Tocamos casi 10 años. Hoy en día somos amigos que se juntan a hablar, comer y tocar, igual a como fue en un principio”. 

La compositora tiene ojos grandes, negros bien negros, y la mirada cansina. Y un lunar enorme que se asoma, con relieve insistente, cerca de su oído izquierdo. Ese lunar escucha antes que su corazón. Funciona como un faro, hasta en sus doce segundos de oscuridad. Juana es flaca y derecha, no es tanto una descripción de su cuerpo. Tiene esa visual en el escenario como en su casa o en las calles de Buenos Aires. Arriba se lookea, abajo anda descalza. Cuando se le traba una idea sobre su música, aprieta los dedos de los pies. 

Sobre lo analógico y lo digital, dice: “Más allá de mi relación con los objetos, como el casete y algún instrumento como la guitarra, hay algo en mí actualmente, en mi forma de grabar y escribir, que está como acéfalo. Son procesos en los que me dejo llevar. Hoy en día la estructura de canción no está tan presente. Y es algo medio liberador, me encuentro con situaciones inciertas. Canciones sin estribillos, momentos más ambient (con menos letra), diciendo algo más desde la abstracción de la música, por ejemplo. Me gusta imaginarme diferentes presentes y diferentes futuros desde lo incierto, animarme a fantasear un poco más”.

Podríamos seguir con una síntesis inacabada, pero precisa: coplera de rotura. “Así como me gusta la literatura por su honestidad y su franqueza (Marosa di Giorgio en poesía, por ejemplo), también me gustan esas cantoras que andaban con una urgencia, que necesitaban cantar. Y eso siempre se sintió en la música de Violeta Parra, no solo en su canto”. Juana le dedicó a Parra una canción en Claroscuro. Se llama, por supuesto, “Violeta”, y está producida junto a Ezequiel Kronenberg. Suele aliarse a productores que, entiende, pueden nadar en la textura de sus ideas y sus canciones.  

En un cuadro chiquito hay una nota firmada por un tal Roberto. La letra en mayúscula es muy particular y lo que dice también. Le advierte a Juana que va a llover y que tiene ropa colgada. Es decir, Roberto le anota el pronóstico con una Bic azul y una tipografía inventada. Roberto es el encargado del edificio de Juana. “Lo hizo siempre, tengo muchas. Con mi pareja, que también es diseñador, pensamos en un momento crear una tipografía que se parezca a la de él”. Más allá del gesto amoroso, hay ahí otra prueba de la capacidad de observación de Juana para el arte. Puede enmarcar una notita casual, puede pensar en su otro oficio a partir de la letra de su portero.

Después de unas fechas por Colombia, parte de la gira de Anónimo, Juana activa el chat. Adjunta cartas de fans colombianos y muestra su proceso personal de atesorar. Tiene una carpeta negra, de tapas duras, donde va guardando todos esos regalos escritos. No sabe cuántas son, y la calculadora adherida a la carpeta negra no la ayuda porque ya no anda. 

En uno de los estantes de su estudio, va guardando cuadernos y libretas. Escribe mucho ahí cuando está en movimiento, de viaje, de gira. En esas hojas están los inicios de letras para sus canciones y las ideas que surgen para la música que registra de manera incansable. Podrían ser un tesoro del pasado, pero Juana, en ese punto, decide borrar parte de esa historia, parte de la prehistoria de, por ejemplo, una canción. Cuando los completa, después de un tiempo, los prende fuego.

¿Y por qué los quemás?

Para que nadie los lea.

“Fueeeeeee/ee/go”, canta Juana Aguirre en el Teatro Xirgu. Es la presentación de Claroscuro (2021) y el momento más intenso de esa noche de agosto de 2022. En el video, ahora en YouTube, se pueden ver algunas de las características fundamentales de su música. Va y viene entre esa palabra, mira a sus compañeros de banda, dice fuego, las programaciones gritan y se quedan mudas, los instrumentos y ella hacen lo mismo. Furia y calma. Impulso y muerte. A pesar del barullo digital ella avanza con su acústica y un rasguido monótono. Es como si las programaciones fueran la ola y la guitarra su tabla. La llama como la mejor televisión de todos los tiempos. Imaginen la cara de Juana Aguirre iluminada por el fuego.

Su debut como solista se gestó en la pandemia. Claroscuro surgió en las mejores condiciones de lo imprevisto. Juana podía seguir trabajando de su otro oficio (diseñadora, en realidad tiene más de dos) de manera remota y entonces se fue a vivir a las afueras de Bariloche. “El silencio de la pandemia me pareció revelador. También la ausencia de las exigencias sociales. Todo quedó suspendido en el aire. Se habilitó una profundidad que antes no estaba”. Una manera injusta de definirlo es que las canciones de su debut parten del folk, pero con varias capas texturadas de electrónica. Un poco lo que pasa con “Fuego”. Fue como entrar a un bosque y sentirse gobernado por una fuerza extraña y total. 

Además de ese track, Claroscuro tiene canciones como “El gigante”, donde también canta Santiago Motorizado. Canciones que transitan la calma de un dragón a pesar del riesgo. Es un gesto sonoro que a medida que avanza crece, se manifiesta y explota. Algo de la rotura de Portishead con el ruido expansivo de Yo la Tengo. Se puede apagar con una ola, como le dijo una fan en una carta: “Tu música es como entrar al mar”. Juana no sabía si quería tocar ese disco en vivo, pero a los pocos días de su lanzamiento le llegó un mail de un programador de Eslovenia. Y como una partícula de otro ecosistema eso generó una gira por Europa para Claroscuro. Debutó como solista en el Quilmes Rock y la segunda fecha ya fue cruzando el mar, ese lugar que le marcaron como gesto de amor en un papel arrugado.

Se le trabó The Eraser (2006) de Thom Yorke en el auto. Algo de esa experiencia a la fuerza tuvo que haber quedado. Pasó del amor al odio y de ahí a la consecuencia. Imaginen la apertura de ese disco, con la canción “The Eraser” o el interludio de “Cymbal Rush”, trabada y sampleada de hecho, sonando una y mil veces. Cada vez que te subís y arrancás el auto. Cada vez que agarrás la autopista. Cada vez que buscás un lugar para estacionar cerca del C Art Media, cerca de Niceto o algún centro cultural de resistencia a la crisis. Algo de esa idea repetitiva y densa está en Anónimo. Lo oscuro y agotador, la esencia del trip-hop. La rotura de una coplera que canta desde el cuerpo y piensa desde la computadora. Ella dice: “Ahora siento que estoy como haciendo cosas que están mucho más deconstruidas también. Son mucho más texturales, que no tienen como una forma tan definida. Eso me gusta. Un camino como hacia el misterio. Encaro eso desde ahí, sin saber cuál va a ser el resultado, sin saber casi nada, me dejo llevar por todos esos sonidos que están en Anónimo”. Juana lo dice mientras muestra algunas texturas nuevas que está trabajando en su estudio, va conectando y desconectando cables, le da ganas de mezclar un poco más lo que va escuchando, está un poco avergonzada de mostrar algo que todavía no terminó. Sigue descalza.

Su segundo LP solista se editó en 2025 y fue destacado por Rolling Stone como uno de los discos de ese año. Por un lado, puede ser una profundización de la textura sonora de Claroscuro, pero por otro también una trascendencia de todos esos intentos. El disco está girando en vivo por los escenarios del circuito porteño y también por Latinoamérica y Europa (Madrid, Lisboa, Berlín y Londres, entre otras). La presentación oficial en Buenos Aires será el martes 11 de agosto en el Teatro Coliseo.

En su último show en el Art Media, Juana se muestró como una revelación. Una mujer dramática, de entonaciones ancestrales y movimientos modernos. Una cantante asfixiada, pero clara, con una banda, un trío que interpreta todo lo que ella necesita mientras se aleja y se acerca al mic. Esos espasmos teatrales concentran la potencia que tienen sus canciones. Como cuando toca “La noche”, quizás el punto central de Anónimo. Toda la letra es desgarradora, como este verso: “Tengo la ilusión de guardarte junto a mi colección de olvidos”. El beat de la bata trabada, como dando tropiezos, las programaciones fantasmales, la aceleración rítmica que te genera hiperventilación, y los efectos en la voz como si de repente estuviera cantando desde un orfanato. Y esa conclusión vivaz y voraz: “Llevate los huesos, dejame la carne”. Es fuerte, muy fuerte.

Si bien Juana está muy encima de los procesos de producción de sus canciones, también suele abrir mucho el juego a otros. Principalmente a productores con los que se siente en conexión estética. Por Anónimo pasaron, por ejemplo, Ezequiel Kronenberg, Juan Stewart y Cruz, que también forma parte del equipo creativo de Juana. Esto es: está en diálogo permanente, toca en la banda y gira con ella. Y con Lucas Martí estuvo en pleno contacto. Sobre él, dice: “A mí me encanta su mente creativa, me parece un gran artista y me gusta también su modo de trabajar. Es como un artesano también, igual que yo. Le gusta hacer las cosas a mano. Tiene un lenguaje que es muy propio y además es medio intelectual de la canción”.

Durante la última semana de abril salió Turr4zo, el nuevo disco de Trueno, y la sorpresa fue total. Hay un sample de Anónimo y una apropiación muy personal de ese plano de Juana. Un trueno que dialoga con el fuego. Ella dice: “Me pareció interesante y linda la apropiación de esas líneas de ‘lo_divino’. Me hace pensar que más allá de los géneros, hay un trazo común en la línea de tiempo que compartimos quienes habitamos distintos espacios dentro de la música, y que esos cruces, de alguna forma, van dejando un registro de época”.

Juana Aguirre está descalza en el avión que la lleva a Madrid. Comienza la parte de la gira europea de Anónimo. Mientras habla por WA con Rolling Stone sobre esos detalles, tiene activado The Pavilion of Dreams en sus auriculares. Después se queda en silencio y mira por la ventanilla, el cielo es tan inmenso como el mar. Una de las últimas líneas que tira, asegura: “No entiendo nada”. No lleva consigo un objeto de la buena suerte. “Lo más parecido a eso que puedo pensar es mi cuaderno de notas donde tengo alguna carta y alguna foto también”. Después de un tiempo, cuando lo complete, quizás lo prenda fuego. 

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Tras el lanzamiento de Muchacho Alegre, Luis R. Conriquez asegura haber encontrado un momento para respirar. Después de varios meses de trabajo intenso, el cantante sonorense disfruta el recibimiento que ha tenido el álbum, un proyecto que, según explica en conversación con ROLLING STONE en Español, representa un regreso consciente a las bases que definieron su carrera, pero con una producción mucho más refinada.

“Ya se acabó el estrés del disco un poco. Ahora toca descansar y enfriar la mente”, comenta desde Sonora, satisfecho con la respuesta del público, especialmente por la atención que los oyentes han puesto en cada detalle de la producción. “Le pusimos atención a cada cosa y la gente también lo está haciendo. Eso está bien chingón”.

Aunque Muchacho Alegre incorpora una producción moderna y un sonido más amplio, Conriquez tenía claro que el corazón del disco debía permanecer intacto.

“Ya estamos muy obligados con nuestro sonido y el regional mexicano. La guitarra, el tololoche, la charcheta… esa es la vibra de los corridos bélicos. Quisimos llevar eso a un nivel más evolucionado”.

Luis R. Conriquez: el regreso a sus raíces que dio vida a Muchacho Alegre
Cortesía.

Esa búsqueda de autenticidad también marcó la forma en que construyó el álbum. Antes de pensar en artistas invitados, Luis grabó las canciones, las escuchó una y otra vez y dejó que fueran ellas mismas las que le indicaran quién debía acompañarlas.

“No busco colaboradores desde el principio. Primero hago el disco, lo escucho hasta cansarme y después siento qué artista pertenece a cada canción”, explica. Así nacieron colaboraciones como ‘Bandido’ junto a Peso Pluma o ‘Qué Gacho’ con Netón Vega y Rey Quinto. Sin embargo, hubo un tema que nunca imaginó compartir.

Muchacho Alegre era para mí. Desde que la escuché dije: así se va a llamar el disco. Este tema soy yo y esto es lo que quiero mostrarle a la gente”.

Otro aspecto que sorprende del álbum es dónde fue creado. Lejos de grandes complejos de grabación, Conriquez revela que prácticamente todo el disco fue registrado en su propia casa junto al productor Raba, quien incluso le confesó que era uno de los proyectos más sólidos en los que había trabajado.

Más que transformarse como compositor, el artista considera que la evolución estuvo en su criterio para seleccionar el material. Hoy escribe menos, pero interviene cuidadosamente cada letra para adaptarla a su identidad.

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“Me fijé mucho en que los temas fueran frescos, novedosos, muy de calle, de barrio, pero sin perder mi estilo”, afirma. “Cada cosita del disco la cuidé”.

El proceso creativo comenzó en marzo y concluyó en agosto, aunque las colaboraciones llegaron mucho después de que el álbum estuviera terminado. Esa metodología, dice, también la está aplicando en el siguiente proyecto. De hecho, mientras Muchacho Alegre apenas comienza su recorrido, Luis ya tiene prácticamente listo otro disco.

“Tengo corridos, reggaetones, de todo. Yo primero grabo toda la música y luego visualizo quién debe estar en cada canción”, explica.

Antes de pasar definitivamente a ese siguiente capítulo, el músico quiere darle el espacio que merece a Muchacho Alegre. En los próximos meses llevará parte del repertorio a una gira por Europa y espera que en 2027 el álbum tenga finalmente su propio tour.

“Ahorita el enfoque es el disco y la gira. Muchacho Alegre apenas va saliendo y todavía tiene mucha vida”, concluye.

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Hay una imagen que resume bastante bien la historia de Loquero. Es el año 2001 y la banda acaba de terminar Fantasy, su tercer disco, que con el tiempo se convertiría en el más querido y también en el más vendido de su carrera. Pero en ese momento todavía les faltaba la tapa. Nekro (Boom Boom Kid/Fun People), productor del álbum y cabeza de Ugly Records, el sello que lo editó, les recomienda a los músicos que aparezcan en la portada. Ellos aceptan y citan a un fotógrafo al estudio. Todos llegan a tiempo, pero el bajista no aparece. Esperan unos minutos, después una hora, pero nada, y el fotógrafo tiene que irse. Entonces, alguien mira al hermano del bajista, que justo había acompañado a la banda ese día: “Che, vení vos, total sos medio parecido”. El reemplazante improvisado acepta y posa para la foto de tapa con el resto del grupo. El disco sale así.

Fue una burla nuestra, como siempre“, dice Chary entre risas, en una charla telefónica con Rolling Stone desde su Mar del Plata natal. “No nos importaba un carajo nada“. Lo más insólito es que, poco tiempo después, ese integrante falso, Aku Almada, terminaría incorporándose oficialmente a Loquero y seguiría tocando con la banda hasta la actualidad. Una anécdota que parece inventada, pero que explica con precisión sorprendente el recorrido de una banda que jamás hizo las cosas como se suponía que debían hacerse.

Treinta y cinco años después de su nacimiento en “La Feliz”, Loquero sigue girando, grabando discos y, aunque no saben muy bien por qué, convocando a un público cada vez más joven. Lejos de cualquier nostalgia, Chary mira hacia atrás con la misma mezcla de humor, melancolía y desinterés por el éxito que atraviesa su repertorio.

Según el guitarrista Yamandú —junto a Chary, los únicos integrantes que permanecen en la banda desde aquel primer día—, la historia de Loquero empezó el 27 de marzo de 1991, aunque para el cantante, que tiene 60 años y se gana la vida como enfermero, es difícil pensar su vida en fechas exactas. Antes había existido Todos Contra Todos, una banda marplatense de finales de los ochenta donde Chary tocaba la guitarra, muy ruidosa, contestataria y bastante experimental que, según él mismo reconoce, fue el verdadero germen de Loquero. “Para mí fue una continuación de Todos Contra Todos, aunque musicalmente era muy distinta”, señala. Afortunadamente, hay algunos registros en vivo en YouTube para corroborarlo.

Pero volvamos a Loquero. Yamandú recuerda ese día de 1991 como el encuentro entre dos universos. Él escuchaba Joy Division, Sonic Youth y Siouxsie and the Banshees. Chary llegaba con Ramones, La Polla Records y Eskorbuto. Decidieron mezclar esas influencias sin preocuparse demasiado por las etiquetas. “Para los darks éramos muy punks; para los punks éramos muy darks“, resumiría el guitarrista muchos años después en un posteo nostálgico de Instagram.

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En aquellos años, la escena marplatense hervía. “Mar del Plata fue un lugar muy potente para el punk y para el skate”, recuerda Chary. “Algunos elegían el deporte, otros la autodestrucción. Yo sabía de qué lado estaba: el de la autodestrucción“, reafirma. Pasaron decenas de músicos por la formación de Loquero hasta que el grupo encontró cierta estabilidad. “Siempre nos mantuvimos Yamandú y yo. Somos un dúo creativo desde hace treinta y cinco años”. Como Paul y John, pero del punk vernáculo.

De la primera época, Chary conserva recuerdos tan caóticos como entrañables. Uno de los primeros bateristas de la banda vivía cerca del puerto y su padre trabajaba en barcos pesqueros. “Traía unos tachos enormes de atún. Nosotros comprábamos una damajuana de vino y todas las tardes nos juntábamos a comer atún y tomar vino. Ahí salieron las primeras canciones de Loquero, que luego grabamos en nuestro disco debut, Temor morboso a la exposición pública“. Para los seguidores más ortodoxos, el mejor álbum de la banda.

A Chary también le quedaron grabadas en la memoria historias mucho más intensas. A finales de los ochenta, cuando todavía integraba Todos Contra Todos, la banda tuvo la oportunidad de tocar por primera vez en Buenos Aires. Pero pasaron cosas. La noche anterior, los cuatro integrantes del grupo fueron detenidos y trasladados a una comisaría de Devoto. Al día siguiente, los largaron y fueron a tocar al festival que los había convocado, organizado por la revista Rebelión Rock, donde compartieron fecha con Hermética, Cross, Estado Mayor Conjunto y Cadáveres de Niños en el Teatro Roma de Avellaneda. Y todo terminó mal. “Llegamos directo desde la comisaría. Mientras tocábamos, la gente arrancaba pedazos de cerámica del primer piso del teatro y se los tiraba a la policía”.

Pero sigamos con Loquero. Aunque Fantasy (cuyo aniversario redondo será celebrado con un show conmemorativo el próximo 15 de agosto en Uniclub) fue editado en un año bisagra para la historia sociopolítica de la Argentina, y contiene versos como “Sale el sol, pero no sale para los desplazados, ni sale en la prisión, ni en un comedor de barrio” (“Atlántida”), Chary siente que no estaba tan al tanto de la coyuntura nacional: “Pienso que en aquel momento estaba un poco ajeno a la realidad que estaba atravesando el país. Fue un año de revolución social, te diría. Y nosotros, de alguna manera, fuimos más introspectivos. Sacamos un disco que hablaba de vivir lo que estábamos viviendo, una fantasía”. 

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La idea inicial era grabarlo en los estudios Del Abasto al Pasto, en Don Torcuato, pero Nekro les sugirió un cambio. “Un día me llama y me dice: ‘¿Si en vez de ir a Don Torcuato nos vamos a Panda?’. Y me empieza a rememorar los discos que se grabaron ahí. Estaba buenísima la idea. Le dije que sí y me contó que de ingeniero íbamos a tener a uno de los técnicos de la banda de los 90 Jesus Martyr, que venía de Inglaterra. Los chicos de Jesus Martyr eran argentinos, pero estaban de gira por allá. Le llevamos más o menos los discos de la onda que estábamos haciendo en ese momento y, de la mano de Nekro, entramos al estudio para grabar nuestro segundo disco más caro del mundo”. 

Para Loquero todo era caro. La banda vivía de prestado. Dormía en las casas que les habilitaran mientras durara el tiempo de la grabación. “Era toda una utopía grabar de verdad, grabar bien. Y Fantasy fue eso, la aventura de estar ahí. Veía las fotos de los discos que se habían grabado ahí y no lo podía creer”, recuerda Chary. Por mencionar algunos, Parte de la religión de Charly García, La dicha en movimiento de Los Twist, Y ahora qué pasa, eh? de Los Violadores y Acariciando lo áspero de Divididos se grabaron en los estudios Panda. 

“Nunca le di gran importancia a la grabación de un disco”, aclara Chary. “Fantasy terminó siendo el que yo más quiero por un montón de cosas. También fue una época de quiebre emocional en mi vida y habían entrado nuevos integrantes a la banda. Con Fantasy nos fuimos a Europa [N.del.R.: compartieron gira con Criatura, banda de Zaragoza, España]. Lo grabamos y nos fuimos. Y todo fue un flash con ese disco. Nekro era como un productor artístico que metía cosas, voces, hacía críticas o decía: ‘Esto sí, esto no’. Y creo que gran parte del sonido lo digitó él en ese disco. No así las canciones, pero tuvo mucho que ver porque lo produjo él, era material de Ugly Records y era ese sonido”. 

Loquero: 35 años de melancolía, punk y autodestrucción
Gentileza Gux Ramone (@gusiramone)

-Pasaron 25 años de la salida de Fantasy, ¿qué pensás cuando lo volvés a escuchar?

-Que suena mejor que casi todos los discos de Loquero. Se asemeja a lo que tal vez siempre me gustó, que es el pop punk o el pop británico, como las canciones cortitas de The Beat, una banda inglesa no muy conocida acá, pero que Nekro y yo la teníamos escuchada y dijimos: “Es por acá, nosotros queremos sacar un sonido parecido a The Beat”. Cuando grabamos Black, que es el disco siguiente a Fantasy, también me gustó el sonido, pero fue en otro estudio y eso tiene mucho que ver. Creo que Fantasy superó todas mis expectativas y la gente también lo terminó amando. Por algo es el disco que más escuchas tiene y el que más se vendió también. 

-Dijiste que tuviste un quiebre emocional en esa época. ¿Qué pasó?

Pasaron un montón de cosas, en especial cosas personales, algunas pérdidas. Generalmente, creo que las canciones de Loquero hablan de desamor y tienen como una constante crítica social, pero a la vez una especie de melancolía que recorre por fuera todos los temas. O tal vez por dentro, no sé, interiormente. Es normal porque soy un melancólico. Lo que sí sé es que no hay canciones de relleno en Fantasy. En todos los discos de todos los artistas de todos lados siempre hay unas cuantas canciones de relleno. Como decían los Mötley Crüe, hay dos canciones buenas y todo lo demás es mierda. Contaba [el productor] Álvaro Villagra que Pappo tenía cinco canciones y después decía: “¿Y ahora qué hacemos?”. Bueno, empezó el relleno. Pero Fantasy no tiene eso. 

-¿Por qué? 

Porque yo escribía mucho. Escribía… en tiempo pasado. Tenía todo un material virgen, digamos. No tenía la canción escrita, pero tenía la prosa intacta. De ahí venía todo lo que se puede llamar inspiración poética, o improvisación, para ser más exactos, que conlleva Fantasy. Entonces, por ahí tenía una estrofa o el estribillo o lo que sea, y después todo tiene como un principio y un final en mi mente. Es una historia real, no inventada, y no es un relleno. Tal vez una de las mejores cosas que tenga Fantasy, y me estoy dando cuenta ahora, sea esa: su autenticidad.

Después de tres décadas y media de canciones, conciertos y giras, Chary sigue al frente de Loquero, haciendo malabares entre su trabajo en el hospital, que retomó en 2009 luego de años de dedicarse exclusivamente a la música, y las noches de rock. Dice que tocar es su vida y algo natural en él, tanto seguir como sus ganas constantes de abandonar. “Todos los días dejo Loquero. Y también todos los días estoy planificando cosas para Loquero”, dice entre risas.

“Hay un montón de fechas por delante. Nos vamos a Chile, hablamos de ir a México. No sé, no puedo parar. Es lo que hago, para eso estoy acá. Sacamos un disco hace poco (Espíritu de tres tonos, parte 2, editado por X El Cambio Records) que está tremendo. Me encantó grabarlo, me encantó lo que quedó. En la pandemia me hice el disco solista, mi disco Pop (editado en 2021, también por X El Cambio Records), que fue juntar canciones viejas que escuchaba cuando era chico con mi hermano, lo que me fue moldeando. Desde los 60 hasta Pixies. Siempre estoy pensando en temas nuevos y cosas nuevas. Quiero tocar, no importa dónde. Ese fue siempre el leitmotiv de nuestra generación”, afirma.

Lo llamativo es que, más allá de las edades de los músicos, abajo del escenario aparece gente cada vez más joven. Chary no sabe por qué. “Veo otras bandas de gente de nuestra edad y la mayoría del público es de nuestra edad, digamos… grande. Y quizás van los hijos o los nietos. Pero con Loquero es distinto porque no veo tanto niño chiquito, sino más adolescente. Sobre todo cuando tocamos en capitales como Montevideo, Santiago o Buenos Aires. No te digo que sea una renovación, sino que no se ha ido mucha gente. Hay gente que sigue viniendo y gente joven, nueva, que no sé de dónde salió”. 

El recuerdo más reciente es de un festival que hicieron en Ciudad Cultural Konex con bandas de la nueva camada como Dum Chica o Cursi No Muere, con quienes coincidieron en una gira por Chile y se hicieron amigos. “Nos conocían, nos respetaban. Nos sentimos re cómodos y re felices con tanta gente joven alrededor. Tal vez el mensaje de Loquero no es tan adolescente como yo pensaba. Pero sí es un mensaje fuerte y joven”, reflexiona Chary. “También veo esto mismo en shows de 2 Minutos. Los grandes al fondo, con su parsimonia y su cervecita en la mano, y los pibes ahí adelante, en la máquina de autodestruirse”.

Gentileza Gux Ramone (@gusiramone)

-Si pensamos en la historia del punk local, ¿en qué lugar podríamos poner a Loquero? 

-Mmm… ¿Decís como si fuera un campeonato de fútbol? Jugamos en Primera B, siempre en la mitad de tabla. Un eterno equipo de la Primera B. Nunca tocamos en primera, aunque siempre coqueteamos con la promoción, pero nunca subimos. Con Loquero hemos inspirado, en la periferia y en los lugares populares, algunos corazones románticos y violentos. Creo que hemos dado una mano también a la gente rota, lastimada en la prisión, a nivel compañía y a nivel solidaridad. Estoy bien en donde estoy. Nunca lo viví como una cuestión de éxito o fracaso. Ni en las buenas, ni en las malas, porque nos ha pasado de todo. Hay cosas que nos han impulsado a hacer lo que hicimos, a tocar todo este tiempo, a seguir tocando. Hoy mismo tengo que ensayar y ya tengo la mochila preparada. Siempre abandonando y siempre siguiendo.

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Después de que una de sus canciones se convirtiera en un fenómeno que trascendió el fútbol y terminara siendo adoptada por miles de colombianos como un himno espontáneo, Emyl Rusev atraviesa el momento más importante de su carrera. Sin embargo, el cantante y productor asegura que ese éxito representa apenas el comienzo de un proyecto que busca consolidarse mucho más allá de un sencillo viral.

Con raíces colombianas y búlgaras, el artista prepara una nueva etapa musical marcada por la experimentación, la autenticidad y una identidad que él mismo resume como el “EuroPaisa”. En conversación con Rolling Stone en Español, habló sobre el reto de construir una carrera, la influencia de su herencia europea, el momento creativo que vive y los sueños que todavía persigue.

Después del éxito de una canción que conectó con tanta gente, ¿cómo estás viviendo este momento?

Muy feliz. Ha sido una bendición enorme. En el último mes he tomado cerca de treinta vuelos y he podido conocer lugares y personas increíbles gracias a la música. Todo esto es una oportunidad que estoy aprovechando al máximo.

Pero, honestamente, siento que todavía no ha pasado nada. Apenas estamos empezando. Tenemos mucha hambre y muchas ganas de seguir construyendo. Que una canción funcione es maravilloso, pero ahora el objetivo es que funcione toda una carrera.

Quiero construir una comunidad mucho más grande, seguir soñando y ser cada vez más ambicioso. Al mismo tiempo, no dejo de agradecer por todo lo que está pasando, porque este camino no ha sido fácil. Al final, el trabajo duro siempre termina dando frutos.

Justamente, ¿cuál es la diferencia entre tener una canción exitosa y construir una identidad artística?

Todavía estoy descubriendo cómo se construye una identidad artística. Siento que apenas estamos poniendo los cimientos.

Esos cimientos parten de quién soy: un músico muy sensible, con raíces en Europa del Este y orgullosamente colombiano. Mi proyecto está construido sobre la autenticidad. No quiero tener un personaje para el escenario y otro fuera de él. Quiero ser exactamente la misma persona siempre.

Eso también intento transmitir en mi música. La autenticidad es lo más importante. Si al final del día te miras al espejo y no te gusta la persona que ves, ahí está el verdadero problema. El primero que tiene que creer en ti eres tú mismo.

Emyl Rusev: “Ya no quiero hacer música para gustarle a la gente, quiero hacerla para gustarme a mí”
Cortesía

Esa canción terminó adquiriendo un significado enorme para la gente.

Sí, y es algo muy bonito. La canción terminó convirtiéndose en un símbolo para muchas personas, pero nunca la hicimos pensando en que sería “la canción del Mundial” o algo parecido.

La hicimos desde el orgullo de ser colombianos, desde un sentimiento completamente genuino. Después la gente la adoptó como quiso y eso es una de las cosas más lindas que puede pasarle a un compositor.

Nunca me voy a cansar de escucharla. Mucha gente me pregunta eso, pero ¿cómo me voy a cansar? Para eso trabajo: para que una canción suene millones de veces y conecte con las personas.

Yo hago música desde el amor. Soy compositor, productor, arreglista y participo prácticamente en todo el proceso creativo. Lo primero que busco es que la canción me emocione a mí; después espero que también pueda emocionar a los demás.

Has hablado varias veces de tus raíces búlgaras. ¿Qué tanto están presentes en la música que haces?

Muchísimo.

De hecho, en las canciones que vienen hay fragmentos inspirados en el folclor búlgaro y varios samples de música tradicional. Incluso, en una de ellas canto una parte en búlgaro y la siguiente también tendrá un fragmento en ese idioma.

Es una parte muy importante de mi identidad y quiero que empiece a sentirse cada vez más dentro del proyecto.

¿Cómo describirías el sonido de esta nueva etapa?

Estoy muy inspirado por Pharrell Williams. Siempre me ha parecido un artista que rompe las reglas y que entiende la música desde un lugar muy creativo.

A mí también me gusta experimentar. Juego mucho con percusiones corporales, sonidos hechos con la voz y elementos poco convencionales. Me interesa que la música sea una experiencia sensorial.

Lo más importante es que volví a hacer música para mí.

Hubo un momento en el que estaba tan obsesionado con tener un éxito que terminé componiendo para agradarle a la gente y dejé de escucharme a mí mismo. Ahí fue cuando sentí que perdí el foco.

Hoy entendí que cada canción es un paso dentro de un camino mucho más grande. Quiero hacer música desde el espíritu, desde el alma, desde aquello que realmente necesito expresar.

Cortesía

En esta nueva etapa, ¿con quién te gustaría colaborar?

Ha habido conversaciones con Kapo, también con Reykon. Greeicy ha mostrado interés y con Mike Bahía también ha habido algunos acercamientos. Por ahora todo está en conversaciones, pero ojalá se puedan dar.

Más allá de la música, ¿qué te inspira para crear?

La verdad, no hay nada que me inspire más que la propia música. Soy demasiado melómano. A veces escucho simplemente una armonía, una tercera o un acorde y ya mi cabeza empieza a imaginar melodías nuevas.

Pienso en música todo el tiempo.

Además, mi historia está completamente ligada a ella. Vengo de una familia de músicos: mi papá es contrabajista y mi mamá es cantante. Él es búlgaro y ella es paisa. Se conocieron durante una gira por Latinoamérica.

Siempre bromeo diciendo que no sé cómo se enamoraron, porque mi papá no hablaba español y mi mamá no hablaba búlgaro. Yo creo que se enamoraron tocando música juntos.

Al final, todo lo que soy existe gracias a la música. Mi vida comenzó ahí.

¿Hay algún género que todavía sientas pendiente por explorar?

Muchísimos. Últimamente me llama mucho la atención el reparto cubano. Tiene una energía y un flow increíbles.

También me gusta mucho una idea que escuché alguna vez de Avicii. Él decía que uno puede hacer el género que quiera siempre y cuando suene a uno mismo.

Eso me marcó mucho.

A mí me encantan las baladas, el folk, el afrobeat, el reguetón, el vallenato, la salsa, la cumbia, el merengue, el son cubano, el dembow… realmente disfruto cualquier género cuando está bien hecho.

Creo que una buena canción trasciende cualquier etiqueta.

A veces, incluso, menos es más. Muchos productores sienten la necesidad de llenar una producción de elementos, cuando hay canciones que funcionan perfectamente con cinco canales y nada más.

¿Qué viene para Emyl Rusev durante lo que queda del año?

Viene muchísima música.

También viene un concepto que me emociona mucho: el EuroPaisa.

Quiero que la gente conozca esa mezcla entre mis raíces búlgaras y mi esencia colombiana. También vienen muchos videos, pero esta vez quiero que tengan un propósito real.

El video más reciente lo grabé junto a mi papá y el próximo quiero hacerlo con mi abuela.

Me cansé de hacer videos donde simplemente uno sale viéndose bonito. Quiero mostrar mi realidad, quién soy realmente, cómo vivo, cómo hago música, cómo pienso.

No quiero esconderme detrás de una máscara.

Quiero que la gente conozca a Emyl Rusev tal como es.

¿Con qué sueña hoy Emyl Rusev?

Sueño con una nominación a los Billboard y también a los Grammy.

Sueño con vender muchos más conciertos porque lo que más disfruto en esta vida es cantar en vivo. Poder interpretar mis canciones frente a la gente y sentir que conectan con ellas es el regalo más grande que me ha dado el universo.

Siempre digo que los artistas somos de la gente.

Yo hago música para el pueblo y eso me parece algo muy bonito. Lo que más quiero ahora es seguir conectando con las personas.

Pero antes de conectar con los demás tenía que conectar conmigo mismo, y siento que finalmente lo logré.

Por eso viene mucha autenticidad, mucha música y muchísimo trabajo. Quiero estar muy activo en todas las plataformas, seguir cerca de quienes escuchan mis canciones y, sobre todo, hacer historia.

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