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Low Clika llega a su primer álbum con una idea clara: no encasillarse. Después de conocerse en un reality y comenzar a trabajar como grupo, sus integrantes han pasado más de un año construyendo un proyecto que busca combinar el regional mexicano, la raíz desde la que parten, con otros sonidos y géneros que hacen parte de sus referencias.

El resultado es un álbum de 12 canciones en el que conviven el R&B, la cumbia, el trap, el reguetón y diferentes vertientes del regional mexicano. Más que seguir una fórmula, Low Clika quiso utilizar el proceso para descubrir qué podía sonar propio. Para hacerlo, trabajaron junto a productores como Wiker All Side, Julia Lewis, Tuncourt y Ribs, entre otros.

“Empezamos justo recién salimos del reality donde nos conocimos y empezamos a trabajar poco a poco en el álbum, en encontrar un sonido para Low Clika”, cuentan. Para ellos, trabajar desde el comienzo con productores de distintos perfiles fue también una manera de crecer como artistas y entender mejor qué querían hacer.

El trabajo en estudio tuvo una dinámica poco convencional. En lugar de llegar con todas las canciones terminadas, el grupo construyó buena parte del material durante un camp de composición y producción en el que varias ideas avanzaban al mismo tiempo. Mientras algunos integrantes componían, otros trabajaban en beats y otros grababan instrumentación.

Low Clika: “Este álbum nos ayudó a encontrar nuestro sonido”
Cortesía

“Realmente teníamos como que varios booths de trabajo. Estábamos de una estación a la otra y luego a la otra. Todos estábamos chambeando cosas diferentes, pero de las mismas rolas que se estaban haciendo ahí mismo”, explican.

El proceso se convirtió, de alguna manera, en una pequeña fábrica creativa. Una canción podía comenzar con un beat, pasar a la composición, regresar a la producción y terminar tomando forma con la grabación de los instrumentos. Al final de cada semana, el grupo se reunía para escuchar lo que había surgido.

La experiencia también les permitió descubrir que el detalle puede cambiar por completo la intención de una canción. Uno de sus integrantes, por ejemplo, habla de lo que aprendió trabajando el bajo quinto: un mismo adorno puede interpretarse de distintas maneras y producir sensaciones completamente diferentes.

“Importa mucho un adorno que hagas de una manera. Puedes hacer el mismo adorno de otra manera y te da completamente otra intención, y la gente sí lo percibe a la hora de que queda la canción”, explican.

Esa búsqueda también atraviesa las temáticas del álbum. Aunque las 12 canciones son diferentes entre sí, la intención era que todas conservaran una misma esencia. Antes de decidir el concepto definitivo, incluso contemplaron llamar al proyecto Disociado y Agüitado, una idea que resumía la convivencia entre dos estados y dos universos sonoros: una parte más ligada al beat y otra al regional mexicano y a la emoción.

Uno de los momentos más especiales del proceso fue ‘Julieta’. La canción nació en Guadalajara, fuera del camp de composición, durante una sesión mucho más espontánea con el equipo de Golden Ink. El grupo terminó reunido en una terraza, guitarreando y aportando ideas hasta que apareció la historia de ‘Julieta’ y ‘Romeo’.

Cortesía

“No pensamos cómo iba a acabar”, recuerdan. “Cada quien empezó a aportar y ahí fue saliendo la rolita”.

La canción terminó convirtiéndose en una pieza especialmente significativa para el grupo. No solo alcanzó el número 25 en Billboard, sino que tiene la particularidad de haber sido escrita por todos los integrantes de Low Clika, algo que no ocurre con el resto del álbum.

La distribución de tareas dentro del grupo también responde a esa búsqueda de identidad. Low Clika funciona como un equipo en el que cada integrante tiene diferentes responsabilidades: composición, producción, arreglos, ingeniería, contenido y el trabajo relacionado con los shows en vivo. Esa división les ha permitido ser cada vez más autosuficientes.

“Cada quien tiene como que sus roles internos”, explican. “Hay muchos expertos en producción, otros son más buenos en composición, otros son más buenos editando videos y así. Creo que es un equipo completo”.

La misma lógica se traslada a los escenarios. Uno de los integrantes se encarga principalmente de los shows en vivo y de elementos como las secuencias, mientras otros trabajan en la ingeniería y los arreglos. La idea es que las habilidades individuales terminen fortaleciendo el proyecto colectivo.

Para su primer álbum, además, quisieron mantener las colaboraciones en un mínimo. El disco cuenta con una sola invitada: Nani, una amiga del grupo de Monterrey. Su participación surgió casi de manera accidental. La canción había sido pensada inicialmente para Low Clika, pero sentían que algo faltaba.

Después de considerar diferentes voces femeninas, llegaron a Nani. Su participación terminó transformando la canción: incorporó diferentes voces de fondo y le dio una nueva dimensión al tema.

“Le dio una vibra totalmente diferente. Metió muchas voces de fondos; con su voz llenó la rola de una manera que no esperábamos”, dicen.

Aunque el álbum apenas está por salir, Low Clika ya piensa en lo que viene después. Entre los artistas con los que les gustaría colaborar mencionan a Fuerza Regida y a George de Street Mob, mientras que también cuentan que están cerca de cerrar una colaboración con Frontera.

El siguiente paso será llevar el material a los escenarios. El grupo tiene varios shows programados, entre ellos una presentación en el Flow Fest de Ciudad de México. Allí planean combinar canciones del álbum con algunos covers reinterpretados desde su propio estilo y, posiblemente, presentar canciones que todavía no hayan sido lanzadas.

“Para esa fecha tal vez todavía no están fuera, pero va a ser un poco de lo que se viene después del disco, de nuestro concepto, nuestro sonido y todo eso”, adelantan.

Más allá de las canciones, el último año también ha servido para que Low Clika entienda mejor qué significa funcionar como grupo. La experiencia del estudio se ha complementado con actuaciones, grabación de contenido y diferentes experimentos audiovisuales. Incluso han salido a las calles a promocionar sus canciones y han aprendido a enfrentarse a una cámara desde un lugar distinto al que conocían por el reality.

“Actuar o estar en un set con tanta gente viéndote y todos en silencio es diferente”, cuentan. Esa experiencia, dicen, les ha ayudado a perder la vergüenza y ganar herramientas que ahora pueden trasladar a distintas áreas de su trabajo.

El aprendizaje, sin embargo, no ha venido únicamente de los aciertos. Para ellos, reconocer los errores ha sido igual de importante para entender hacia dónde quieren ir.

“Hay deficiencias y cosas malas que justamente se tienen que tener. Esa conciencia de lo que estás haciendo mal para en un futuro corregirlo. Ya eres mejor y dices: ya no soy la misma persona que antes, ya tengo un poco más de experiencia”.

Esa evolución es, quizá, una de las claves para entender el momento actual de Low Clika. El grupo todavía está construyendo su identidad, pero lo hace desde una dinámica colectiva en la que cada integrante aporta desde un lugar distinto. Después de más de un año de trabajo, el primer álbum representa tanto un punto de llegada como el comienzo de una etapa nueva.

Y mientras esperan que el disco finalmente vea la luz, también miran hacia los escenarios, las próximas colaboraciones y las canciones que ya están preparando. El objetivo parece ser el mismo que tenían cuando entraron por primera vez al estudio: seguir descubriendo qué puede ser Low Clika.

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Es increíble como una cosa que parece pequeña puede terminar convirtiéndose en una historia mucho más grande. Eso es lo que logró Veintiuno con La balada de Delirio y Equilibrio, su álbum de 2025 que partió de una canción incluida en Gourmet (2018) y que le dio rienda suelta a su imaginación. “Es un disco muy de lore. Hemos desarrollado cierto lore que estaba de manera intrínseca en la banda. A mí me gusta mucho esta cosa de la intertextualidad, de introducir ideas que se desarrollen entre canciones”, comenta Diego, frontman de la agrupación. “Quiero pensar que es una cosa de construir un pequeño cosmos de lo que tú haces”.

Este universo es expansivo por naturaleza, así que ahora Diego, Pepe, Yago y Rafa presentan una ramificación más: El último baile de Delirio y Equilibrio. Este álbum no figura como una edición deluxe, sino más bien se presenta como un trabajo que conserva su independencia al contar con temas nuevos y reversiones de las canciones de su antecesor en manos de artistas invitados. Repion, Rufus T. Firefly, Puño Dragón, Grande Amore, Malmö 040, DJ Nano, XAS y Yarea dotan los cortes de un nuevo aire que permite entender que para los de Toledo los límites no existen.

Semanas antes de su lanzamiento, Diego y Yago conversaron con ROLLING STONE en Español sobre la reedición, cómo logran crean historias extensas sin perder el sentido, la influencia de la mitología en su música y lo que hay detrás de ‘Magia negra’, el corte que solo se podrá escuchar en formato vinilo.

¿Por qué decidieron seguir expandiendo este universo que crearon con La balada de Delirio y Equilibrio? ¿Por qué hacerlo con reinterpretaciones?

Diego: Cuando estás hablando de una relación de pareja, como ocurre con La balada, hay una pregunta que es inevitable: “¿Cómo habrían sido las cosas?”. Es un pensamiento que creo que tenemos todos, sobre todo, cuando algo ha salido mal. Raramente te lo preguntas cuando las cosas van bien. En la génesis de La balada incluso estaba como un easter egg porque estaba en la portada. Estaba la idea de las vidas pasadas, de qué nos ha llevado a ser quiénes somos y cómo nos comportamos, y qué podría haber sido si estuviéramos en otra posición. Con esa premisa, nos pareció que había un camino a desarrollar y hacer algo que en parte es un juego, pero también somos una banda muy interesada por ver dónde están los límites de lo que hacemos.

Somos una banda de pop, eso está en el ADN del grupo, pero nos nutrimos de muchas cosas más o menos visibles, más o menos explícitas. Cuando hemos tenido la posibilidad, hemos intentado explorar esos caminos. El hecho de poder abrir las canciones y expandirlas es muy estimulante. Ahora que la banda tiene un tamaño, podemos desarrollar la posibilidad de irnos al estudio con Rufus T. Firefly y trabajar una canción nuestra a ver a dónde nos lleva. Ese juego siempre habíamos querido hacerlo [porque], en lo creativo, es muy estimulante, mucho más que la tentación de meter una voz de un artista que te gusta y ya está. Es una búsqueda muy artística, es lo que más nos interesa hacer.

¿Qué tan inspirador resulta trabajar de esta manera y escuchar sus canciones en un estilo que ustedes no suelen trabajar?

Yago: Esa es la parte que más me ha gustado: el hecho de entregarle una canción a Repion o a Rufus. Darles una guitarra y decirles, “¿Cómo lo hubierais hecho vosotros?”. Creo que ha sido lo más enriquecedor de todo este proceso.

D: Porque se aleja de ti.

Y: Se aleja de ti, pero es tuyo.

Sí y justo quería preguntarles por esta diferencia. Diego mencionaba que una cosa es invitar a un artista para que escriba o cante un verso que ustedes ya escribieron, y otra es darle la libertad de hacer con la canción lo que le plazca. ¿Cómo llegan a darle esta confianza a alguien?

D: Hemos colaborado con gente que ya nos gustaba. No hemos tenido que arriesgarnos al abismo de alguien con quien no tuviéramos nada en común. Yo con Puño Dragón, por ejemplo, me he subido a cantar en conciertos suyos. Yarea es alguien con quien hemos coincidido mucho en el estudio y que conocemos de hace mucho tiempo. Rufus es la banda que ha servido de ejemplo para que exista Veintiuno no solo por la música que hacen, sino por la carrera que han hecho, por cómo han avanzado contra viento y marea, por cómo se han peleado con el mundo para desarrollar lo que ellos querían desarrollar. Repion son íntimas amigas desde hace 13 o 14 años.

Malmö fue un collab que llegó a nosotros. Los habíamos invitado a cantar en otras canciones y fue el bajista quien me escribió, “Tío, vengo de una ruptura, no había conectado con ‘Estarás’ y cuando lo dejé con mi pareja, volví a esa canción de manera random y me ha atravesado por la mitad”. Entonces, hemos tirado de gente con la que teníamos la confianza de saber que si les dábamos la mano, el lugar al que iba a ir, iba a estar bien de partida.

El universo expansivo de Veintiuno
Portada El último baile de Delirio y Equilibrio

A mí me gusta que, además de ser una reedición, bien podría funcionar como un disco independiente justamente por eso. Son versiones diferentes añaden canciones que no estaban en el disco original, pero también juegan con el orden de las canciones. ¿Qué historia querían contar aquí jugando con el orden de del disco?

D: Hay canciones que han cambiado mucho su energía. Yago es una persona muy preocupada de los set, pero es que ‘Mitología’ tenía una energía profundamente diferente. Para nosotros es una canción muy Bleachers y de pronto cuando ha pasado por Grande Amore, se ha convertido en una rave. Entonces, no tenía sentido que se mantuviesen en los mismos lugares porque son canciones distintas.

Y: Sí. Igual, originalmente, La balada lo hicimos de una manera más narrativa y El último baile lo hemos hecho por sensaciones, por intensidad. Creo que ese ha sido un poco el criterio.

La conclusión que yo saqué entre el sonido, las letras y el texto que escribiste es que hay un mundo dentro de un mundo, dentro de otro mundo. Delirio y Equilibrio siempre se encuentran y al final de sus vidas recuerdan que pasaron la vida juntos, pero luego tienen que olvidarlo para volver a iniciar. ¿Cómo ha sido este proceso de expandir el universo de una canción que salió, aparte, en 2018?

D: Para mí esa es la parte más sencilla. Yo creo que lo más difícil cuando escribes una canción es adoptar un punto de vista. Hay infinitos caminos, tienes que coger uno, comprometerte con ese uno y que eso acabe siendo una canción entre los tres y seis minutos. Cuando tengo una premisa narrativa, para mí es mucho más sencillo trabajar. El ejercicio complejo es cerrarlo. ‘Magia negra’ es un cierre, porque tenía que haber uno; es una despedida.

Estoy muy enfermo de la ficción y, seguramente, La balada sea el resultado de cuatro o cinco libros que me tuvieron muy absorbido durante uno o dos años. Ahí es donde a mí me apeteció la idea de desarrollar un cosmos y así se lo conté a los chicos. Creo que tenemos una fanbase muy intensa y muy sentimental que podía disfrutar de eso. Afortunadamente, lo bueno que tiene no ser un grupo mainstream es que cuando construyes una comunidad al margen de los dos hits que tenga la banda, puedes desarrollar cosas y a lo mejor la gente se queda. Es una cosa muy increíble.

Has hablado del texto que cierra el álbum. Ese texto, con variaciones, es un compendio de varias cosas que están en mi libreta desde hace dos años porque, no sé si es una historia lineal, pero yo sé la historia que estoy contando en el disco, tengo muy claro a lo que remite. Tanto es así que remite a una canción de hace ocho años, pero también remite a otra canción de hace cinco y remite a otra de hace tres. Los temas de los que yo siento que tengo para hablar, que me interesa hablar, son muy pocos y están todos aquí porque hay una dimensión de cómo y desde dónde escribo canciones que he tenido la oportunidad de condensar aquí.

Nosotros en directo unimos ‘Desvelo’ y ‘Estarás’ porque están contando la misma cosa, están hablando de un mismo momento. Si ese momento es literal o no, es irrelevante. Lo importante es que es un momento que me ha dado para, al menos, dos canciones, casi tres.

Yo escuchaba el disco y pensaba, “¿Cómo llegó a tanto desde tan poco?”.

Y: Al final, es que una emoción ya sea amor, atracción, odio, lo que sea, es como Star Wars. Puedes extenderlo por todos los lados que tú quieras, contar historias paralelas, después hacer un What If como Marvel. Entonces, lo puedes alargar todo lo que quieras. La cosa es que sea un camino muy interesante.

Y que tenga sentido.

D: Sí, pero lo bueno es que incluso aunque creas que estás hablando de otra cosa, te va a llevar allí. A mí todo me va a llevar a un momento en el que recuerdo haber estado mirando hacia arriba en la Plaza de la Paja en una noche de verano, haciendo fiestas aquí en Madrid, y por el motivo que sea tuve una experiencia muy plástica por cómo se filtraba la luz en los árboles. Me quedé enganchado ahí y me apetecía ponerlo dentro de una canción. Puedes querer hablar del universo, pero acabarás hablando de ti.

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En una declaración, Diego, dijiste que tú no terminabas las canciones, sino que las abandonabas. Pero con todo lo que ha surgido con estos dos discos, no siento que las abandones del todo. ¿Cómo sabes cuál es el momento de “abandonar” una canción?

D: Lo que lo define es la fecha de entrega. A mí me ayudan muchísimo las fechas de entrega porque es un condicionante más y te obliga a acabarlo. Es gracioso que preguntes esto porque estoy haciendo un esfuerzo muy grande ahora en acabar canciones y decir, “Creo que hasta aquí no hay más”. Es un ejercicio que estoy intentando, pero es que siempre podría ser un poco mejor.

No sé si las acabo. Alguna, por cojones, la acabaré, pero que los chicos me han visto cambiar letras en la cabina, grabando. Soy el peor compañero del mundo. Reabriría la canción, cambiaría cosas y tendría a todo el mundo condenado a repetir otra vez lo mismo, y lo peor es que no sería mejor canción, solo es inseguridad.

Yago, desde su lado, ¿cómo logran entender la mente de Diego?

Y: Bueno, porque son muchos años ya currando juntos. Lo de abandonar las canciones he de reconocer que creo que no es ni nuestro, creo que esa cita célebre se la robamos a alguien porque tiene toda la razón del mundo.

Tú en el estudio te puedes liar, hacer ahí todo lo que quieras. Entonces, es cierto que las fechas de entrega… hay que entregarlo y hay que darlo. Al final, tenemos de compañeros de viaje a una discográfica a la que hay que responder con una agenda.

Yo se lo digo a Diego, cuando me pasa alguna maqueta en acústica y voz, si creo que no es una canción terminada, le digo lo que creo que podría molar; si creo que es algo terminado, que simplemente habría que juntarse a vestir la canción, le digo que es un muy buen tema.

Es muy complejo hacer pop porque no te puedes salir de unas estructuras muy variopintas, no puedes irte a hacer estructuras de metal progresivo de repente. En cuanto tú tienes una razón de ser de esa canción y tienes una estrofa y un estribillo (parece super sencillo lo que estoy diciendo, pero ese proceso es super complejo), después hay que encontrar el sitio, el vestido. Eso es lo que lo que hacemos. En cuanto tú tienes una estrofa, un estribillo y tienes un vestido, ya tienes una canción. Lo demás es darle vueltas y empeorarla.

En La balada hay unas referencias directas al cine como Suspiria y La La Land. En este disco hay referencias a la mitología griega con ‘Troya’ y está ‘Orphee’. ¿Qué lugar tiene la mitología El último baile de Delirio y Equilibrio?

D: Yo soy un loco de la mitología, confieso. En ‘Delirio y Equilibrio’ ya había una referencia directa a Eurídice y Orfeo en el puente porque a mí ese mito me encanta. Creo que, igual que ocurre con todos los mitos clásicos, da una explicación muy bella a una serie de realidades muy complejas y me encanta la forma parabólica de contar esas cosas. Hablan de la confianza y de traicionar la confianza. Hablan de la duda y me encanta la idea de que en los últimos 3000 años la forma en la que percibimos la duda sea la misma. Tú le cuentas a una a un niño pequeño el mito de Eurídice y Orfeo, y va a entender con bastante grado de acierto por qué Orfeo miró hacia atrás.

Por responderte otra pregunta, yo soy enfermo de ficción. Soy un niño rata. Soy un crío que creció encerrado en casa leyendo, viendo películas, cómics y escuchando discos, y ahora me pagan por hacerlo. Se va a hinchar la gente de que lo haga porque me encanta y me libera.

Citar una película como Orphée, que no es solo que haga referencia al mito, sino que hace referencia a una manera de leer el mito que tuvo Jean Cocteau, es mucho más interesante que lo que yo tenga que decir.

En los vídeos de ‘Vidas pasadas’ y ‘Troya’ hay imágenes que son fotogramas de pelis y de series que hemos buscado clonar. Si alguien cree que ha encontrado una referencia a Twin Peaks dentro de ‘Vidas Pasadas’, no se lo está inventando.

¿Las canciones extra ‘Troya’, ‘Pide un deseo por mí’ y ‘Magia Negra’ surgieron durante las sesiones de La balada o se crearon después?

D: Ya estábamos trabajando en ‘Pide un deseo por mí’ antes de terminar La balada. Había una maqueta. ‘Troya’ creo que ya es posterior. ‘Vidas pasadas’, sin duda, es anterior. Dejé un pequeño easter egg en la portada de La balada porque sabía que en algún momento esa canción iba a estar. ‘Magia negra’ es una canción muy ex novo y se queda para el fan de la banda que haya hecho el esfuerzo que gastarse 40 y pico euros en un vinilo. Es una canción que vamos a dejar para quien quiera entrar.

Hablando de la canción, por el título me imaginé que iba a ser más mística a nivel sonoro, pero cuando la escuché me sorprendí porque la sentí un poco más country. Además, la “magia negra” la tomé como si fuera algo positivo o algo de lo que el protagonista de la canción sabe de sus riesgos, pero no le importa recurrir a ella. ¿Por qué justo esta es la canción oculta y no otra?

D: En parte porque es la última. Yo creo que es una forma muy bonita de cerrar lo que queríamos contar. Para que veas, el texto de la contraportada del disco es anterior a la canción. Tan al final fue que ese texto es anterior a la canción. El texto ya buscaba ser conclusivo con la narración, y aun así la canción es posterior. Entonces, es una canción que está muy pensada para ser el final de algo.

Y: Sí, también como has dicho que tenía un toque country, hacer un ghost track es una buena oportunidad para probar cosas que quieres hacer sin que sea el siguiente super single de la banda. No sabemos si en algún futuro estará en plataformas digitales, pero se va a pasar un buen tiempo siendo ghost en el vinilo.

D: El último disco de Noah Kahan y el último disco de Mumford & Sons tienen mucha culpa de que exista esa canción.

¿La canción resultó siendo lo que esperaban?

D: Menos mal que no. Eso es aburridísimo.

Y: Si no te sorprende, igual estás haciendo algo mal.

D: Yo sí que te reconozco que quería desde hace bastante tiempo que la última canción de ese disco se refiriera al “último baile”. Quería que se diera, pero no tenía una canción. Tardé muchísimo en tenerla y no creía que fuera llegar a nada y ese tipo de canción no es algo que nosotros hayamos hecho mucho. Shuffles Veintiuno tendrá dos, y este será el segundo o el tercero. No es un estilo de canción que hayamos trabajado mucho. Pero era, “Cuando está lo sabes. Cuando no está, te puedes perder y tirarte buscando muchísimo tiempo, pero cuando la tienes, lo sabes”. Esa canción está escrita en una mañana. Cuando la tuve fue como, “Me voy a ir con esto a muerte con vosotros”, porque tenía clarísimo que esa canción era.

Me gusta eso de que sea diferente porque va muy con la vibra del disco de llevar las canciones de Veintiuno a otras dimensiones que quizás no uno no se imagina al escuchar la banda en general. Este álbum es un standout en su discografía.

D: Sí. También es que cualquier proyecto artístico, creo, es muy preso de lo que se hace popular del proyecto. Es algo que, desgraciadamente, no eliges tú. Yo soy consciente de que somos una banda a la que la gente puede que recurra para otros momentos que no son sentarte melancólicamente delante de una ventana, pero bueno. No ser lo que alguien espera de ti, creo que es lo mejor que te puede pasar.

Sí. Y justo lo que me mencionabas al principio de que ustedes siempre se han apropiado mucho de su sonido, no intentan apelar al mainstream, sino van a su ritmo y van defendiendo lo que ustedes creen que es bueno para la banda.

D: De lo contrario, puede ser muy agotador. Cuando sí estás buscando lo que es la tendencia en todo momento, si la tendencia se pone de tu parte, vivirás en una jaula de oro. Pero casi que prefiero que tengamos un proyecto en el que disfrutamos de dónde está la banda emocionalmente y qué es lo que acaba proyectando creativamente.

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Olivia Wald, una cantautora única que se ha catapultado a la fama con sus rimas, ritmos y colaboraciones trae su nuevo álbum, Otra que arde (2026), el cual salió al público un año y cuatro meses después de su debut, Cuerpo (2025). Deconstruye el desamor y baila con el fuego que purga lo que ha estado conteniendo hasta ahora en un proyecto que la muestra más determinada que nunca a reconstruirse y mostrar a la versión más auténtica posible de sí misma.

Este LP trae líneas que impactan el alma como, “Para curar mis dolores no le pondré agua a tus flores/Qué más da si eran de plástico”, de ‘Tus errores ft. Coti’; “Tapando con el dedo/culta entre mis miedos/Lo siento si exagero/Pero son las 4 AM y acá sigo despierta, en ‘Otro cumpleaños’; y las primeras palabras de ‘El secreto peor guardado de la humanidad’, “Nos sale mal querer disimular/Será el secreto peor guardado de la humanidad/Te siento cerca, hasta cuando viajo/No tengo tatuajes, pero tu amor tengo tatuado”. Esta muestra de los temas del álbum evidencia que su búsqueda de honestidad fue exitosa, algo que se reafirma en la producción musical.

La combustión honesta de Olivia Wald en Otra que arde
Portada de Otra que arde
CC: Cortesía

Tras el exitoso lanzamiento de su álbum en Buenos Aires, ha estado muy ocupada con su gira y la creación de material promocional, viajando por toda la región. Para esta entrevista, se encontraba en México. Unas horas atrás, había fallecido la superestrella del country, Dolly Parton, ante lo que dijo: La verdad es que todas las pérdidas de estrellas icónicas son momentos especiales para recordar momentos que nos dieron. Cada uno en su corazón va a recordar este momento puntual que tendrá guardado. Nos pasa mucho con otras también figuras argentinas que, cuando sacan una serie, cuando fallecen, cuando son sus cumpleaños, aprovechamos. Que no sea una oportunidad que nos deje sin rendirle respeto u homenaje y tomarnos ese ratito para recordarla”.

La artista argentina añadió que conoció a la cantante estadounidense a través de su colaboración con Miley Cyrus, luego continuó su conversación sobre su carrera con ROLLING STONE en Español.

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¿Cómo te has estado sintiendo estas semanas posteriores al lanzamiento?

La verdad es que es un tema lanzar un disco en un país, estar haciendo la gira en otros países, ir y venir… Creo que estamos todo el tiempo en movimiento y estamos en todos lados a partir de las redes sociales. El cuerpo también se mueve y me parece importante estar. 

No es diferente el caso de este disco, arrancamos con el lanzamiento desde Buenos Aires, estuvimos en Montevideo, en Uruguay ayer, hoy ya acabamos de aterrizar en México. Es un poco parte de esta vida de artista que te permite conocer un montón de lugares y, más importantemente para mí, un montón de gente.

Hablando del cuerpo, quería saber, ¿por qué decidiste sacar el álbum tan cerca a tu debut? Porque la espera fue bien corta, fue de un año y unos meses. ¿Planeas sacar otro álbum después de un descanso similar o piensas tomarte tu tiempo para el siguiente?

Me cuesta descansar porque me gusta lo que hago y porque también los tiempos últimamente cada vez son más cortos para todos.

Se me hace difícil descansar porque creo que también es parte de la ansiedad que nos da al querer seguir, no son solamente las presiones externas, sino que son las presiones de uno. No siento que sea algo malo todo el tiempo.

Sacar y sacar (música) a veces viene de la emoción, de que nos guste lo que hacemos y lo disfrutamos. Yo realmente lo disfruto.

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¿Cuál es la diferencia entre la Olivia que se encuentra en el estudio trabajando y la Olivia más cotidiana? A veces es difícil separar eso cuando uno está metido en lo que le gusta.

Sí, trato de entender mi personalidad muchas veces, como si me estudiara a mí misma. Es decir, soy carismática y social todo el tiempo, a veces tengo ganas de retraerme. “¿Qué es válido?, ¿Qué no es válido?, ¿Qué muestro a todo el mundo?, ¿Qué no?” Todo el tiempo me estoy haciendo esas preguntas.

Lo que fui aprendiendo últimamente es a ponerme una coraza emocional, como decir, “Bueno, estos son mis problemas, estas son mis sensibilidades y no mostrarlas no me hace superficial, sino que me quiero cuidar”. Entonces, en muchas ocasiones digo, “Bueno, me está pasando todo esto en mi vida personal, no lo voy a traer al trabajo, lo voy a dejar” Eso no me va a volver más superficial, me va a volver sensible a situaciones que está bueno mantenerse menos vulnerable.

¿Tienes alguna anécdota de alguna situación que te gustaría compartir en la que tuviste que hacer esa separación?

Bueno, en este momento, la verdad que no planeaba contarlo, pero tengo un familiar internado. Mi papá está internado y me avisaron el día que me fui a Uruguay. De Uruguay me vine directo a México, es muy difícil arrancar una gira sabiendo que tenés a tu papá internado sin saber qué tiene. 

Hoy estoy feliz y lo cuento porque le acaban de dar el alta y eso me pone feliz. Ya siento que hoy me cambió el humor, que estoy más tranquila, más ligera, pero sí tuve que separar. No le conté a todos mis músicos cuando empezamos el show, porque también generás una tensión en el ambiente. Digo, una persona normal que va al trabajo abajo por ahí no anda contando todas sus intimidades, entonces es parte también de resguardar lo de uno, es difícil 

Recuerdo otras situaciones que me han pasado, también acá en México haciendo prensa, familiares que… Toca poner la piel en modo trabajo, después llegar al hotel y llamar a la familia, pero separar.

La verdad es que fue una semana muy difícil para mí. La alegría de empezar una gira y el estrés de no estar en casa y no poder estar atendiendo cosas que uno quiere atender, pero bueno, hoy con más alegría.

Olivia Wald.
CC: Cortesía

Tu sonido es muy emocional, parece que ahí es cuando tus personalidades se mezclan. Haces un recorrido del duelo y del desamor de una manera poco típica, es decir; no es ira roja, hirviente todo el tiempo, pero tampoco es depresión total. Me di cuenta de algunos detalles sonoros como el pop rock o el efecto sonido de WhatsApp que pusiste en ‘Estimado cobarde’, que me gustó muchísimo. ¿Qué otros elementos musicales usas para mostrar esas emociones?

A mí me gusta a veces usar la voz en seco, por ejemplo, hay una canción de Cuerpo que tiene una nota de voz al final con una guitarra medio desafinada y mi voz así no más, que es como una parte agregada de la canción como un outro. ‘En la cara’, la canción más escuchada mía hasta ahora, tiene, en todos los coros, notas de voz de toda mi familia y mis amigos; no es mi voz sola, son mil voces ampliadas.

Fue lindo porque fue como, “Che, estoy haciendo un disco nuevo, quiero que esté toda la gente que quiero en este disco y qué manera más linda que tener sus voces en esta canción”. Después, justo se dio la casualidad o la energía de que esa canción terminó siendo la más escuchada y me trajo un montón de alegría. Cada vez que la escucho sé que hay tantas personas que quiero mucho que están ahí sampleadas.

¿Y qué otros efectos de sonidos dirías que te han inspirado ahora? 

Me gustan mucho las gang vocals, esta cosa que hicimos ‘En la cara’ con los gritos que tengo en otras canciones. Me gusta mucho lo que hago también en ‘Amante’ de bajar con guitarra. 

Una canción que es como re contra agresiva, empieza el segundo verso y es toda una melodía tierna con una guitarrita criolla, “vas a ver/vas a ver” en el medio de una canción que habla de pegarte un tiro, literal.  Me gusta generar esos matices adentro de una misma canción, no solamente adentro de un disco. En ‘Pecadora’, me gusta mucho como también jugar con el piano, tener como momentos más sensibles.

He notado que tu música es sumamente colaborativa, por algo tu canción con más reproducciones en Spotify es ‘En la cara’ con Q’Lokura, ¿Cómo manejas esas colaboraciones, esas diferentes voces que pintan los colores de tus canciones? ¿Qué tanto permites que modifiquen tu visión?

Bueno, en el caso de ‘En la cara’, la canción la escribí yo acá en México y después hicimos una reversión cuarteto con Nico, con Q’ Lokura. Entonces, siento que fue, realmente, dejarles a ellos fluir el instrumental porque yo ya había fluido con la melodía de la letra. Ahí nos dividimos al 100%. Ellos hicieron la reversión en cuarteto y yo me ocupé de la melodía de letra, que en realidad ya existía. Me encantó, flui y me divertí.

Después, depende, si la canción va a estar en mi disco, realmente, trato de que sea una canción que yo escribí o que escribí con la otra persona. Cuando me sumo al proyecto de otra persona trato de ser lo más respetuosa posible y entender que estoy poniendo mi voz y un poco de mi personalidad, pero no mucho más. No tengo tanto problema y tanto ego con esa cosa (colaborar), si hay algo que el otro hizo que quiere compartir conmigo y a mí me gusta, me es suficiente. No tengo que sí o sí escribir algo. Aunque, obviamente, lo más lindo y lo que más me gusta es juntarme en el estudio de cero y hacer una canción, siempre termina generando cosas bellísimas.

¿Cuál fue la canción que fue la más difícil de “afinar”?

‘El secreto peor guardado’ empezó como un bolero, después parecía una canción de un remix de un boliche y ahora, bueno, encontró su versión pop. ‘El secreto peor guardado’ es la que más divagó. O sea, llegué a momentos en los que dije, “¡Esto no sale!”. Yo hoy estoy contenta, pero sí, esa canción cambió demasiado de cuerpo.

Algo que se ha discutido mucho en medios es tu sexualidad y la relación con tu novia ¿Qué otras facetas de tu identidad buscas explorar en tu arte próximamente? 

Me cuesta mucho responder porque lo que hago lo hago pensando en lo que quiero decir en el momento. No entro al estudio diciendo, “Hoy voy a salir del closet” u “hoy voy a caerle bien a la comunidad”, no.

Es como, tuve ganas de escribir una canción de amor a mi novia, por lo tanto, se la escribí, tuve ganas de acordarme un amor del pasado y escribir una canción triste, entonces, la escribí. Si es varón y si es mujer o si no tiene género me es indistinto. Me encanta poder empatizar con la comunidad, pero siempre y cuando sea genuino y no sea forzado. Decirte que voy a armar algo para caerles bien me parece vacío. Creo que ya se re contra identifican con estas canciones que hice y se generó algo muy lindo. Me parece que mantenerme fiel a mí y a mi estilo es también lo más respetuoso para cualquier oyente. Planeo seguir haciendo eso, seguir encontrándome sincera en mis canciones.

¿Cuál fue el género musical favorito que exploraste en este álbum?

Me gusta cómo me estoy animando cada vez más a coquetear con el pop, pop, es una cosa que antes me daba más miedo, tipo, ‘Estimado cobarde’ o ‘El secreto peor guardado de la humanidad’, que tienen sonidos más brillantes. Me divierte, la verdad, me divierte. El pop rock es el género que más disfruto en el escenario; ‘La locura’ Y ‘Amante’, son canciones que disfruto mucho de cantar en el escenario.

Como una Olivia Rodrigo o una Sabrina Carpenter, pero traída a Latinoamérica, ¿algo así?

Sí, ni tan enojada ni tan divertida. Sería como en el medio.

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Es más complejo armar un álbum, pero es más divertido a largo plazo armarlo, es más fresco armar un single, creo eso.

Esta idea de hacer una canción, sacarla y no saber si tiene que conectarse o no conectarse, termina teniendo una calidad genuina que está buena. Aunque, en ambos discos terminé encontrando el hilo conductor de una manera muy simple, eso me gusta. Sacaré otro álbum si lo siento igual de genuino, si no seguiré sacando singles. Tengo un poco de ganas de sacar algunos singles, porque estoy un poco perdida y me parece que es un buen punto medio para no abandonar y tampoco genera algo forzado.

Ahora, ¿Cuál es tu siguiente paso?

Juro que no sé. No sé.

Estoy explorando un montón de cosas en el estudio, tratando de entenderme, tratando de caerme bien a mí, decir, “Bueno, che, esto me gustó” como… A veces salgo muy golpeada del estudio, digo, “Ay, no, no me gusta nada lo que hago”, no quiero sentirme así o sacar cosas por sacar. Entonces, quiero volver a encontrarme en el eje donde me encontré escribiendo estos dos discos donde me disfruté, donde me gustó, me ilusioné y tengo ganas.

Hay algunas de las canciones que escribí últimamente que me generan eso, entonces tengo ganas de sentirme así, de probar, de crear y de estar orgullosa de lo que estoy creando. Eso va a venir porque apenas termine la gira voy a volver a encerrarme en el estudio.

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Hoy el mundo empieza a girar. Hoy está disponible el esperado segundo álbum de AKRIILA, una de las artistas chilenas con mayor proyección en la escena urbana alternativa actual: Lucy miró al mundo y notó que está girando. 

Cuando AKRIILA habló hace unas semanas con ROLLING STONE en Español sobre el material, todavía no estaba terminado. Faltaban canciones, el tracklist seguía moviéndose y varias ideas estaban por resolverse. Aun así, ya tenía claro cómo quería describirlo: “suena a esperanza”.

Ahora, con el disco completo, eso no ha cambiado. “Lírica y musicalmente lo construí pensando un poco en eso: la vida no es tan cruda, hay un mañana”, explica. El concepto comenzó a tomar forma durante un viaje de un mes a Japón junto a su equipo. AKRIILA llevaba tiempo buscando un título y decidió anotar referencias que tuvieran algún significado para ella. The Beatles, una banda que conoce desde pequeña gracias a su padre, apareció rápidamente.

De ‘While My Guitar Gently Weeps’, de George Harrison, tomó la imagen de mirar al mundo y notar que sigue girando. ‘Lucy in the Sky with Diamonds’, por otro lado, había sido la primera canción que aprendió a tocar en piano. De la combinación de ambas surgió Lucy miró al mundo y notó que está girando.

El título terminó conectando con el sentimiento de que había comenzado el álbum muy concentrada en sus propios problemas y que, conforme avanzaba el proceso, empezó a prestar más atención a lo que ocurría fuera de ella. “¿Por qué estoy escribiendo estas cosas? ¿Por qué veo el mundo como lo veo ahora?”, recuerda preguntarse. “Para mí era importante partir desde esa idea: el mundo está ahí, existiendo, girando, y yo estoy metida en mi nube gris”. Esa reflexión está ligada también al momento personal en el que hizo el material. AKRIILA siente que está dejando atrás ciertos rasgos de su adolescencia y entendiendo de otra manera su entrada a la adultez. La pandemia interrumpió parte de sus años escolares y después no entró a la universidad, por lo que considera que no vivió esa transición de una manera especialmente convencional.

Lucy miró al mundo y notó que está girando, el nuevo disco de AKRIILA

Al volver a algunas letras de Epistolares, reconoce una manera más adolescente de expresar lo que le ocurría. “Entiendo perfectamente lo que quería decir, pero hoy lo escribiría de otra manera”, cuenta. Aunque en lo personal creo que la simpleza de las letras de Epistolares es gran parte de su encanto. En este nuevo material siente que puede ser más literal y, a la vez, más metafórica. “Soy súper sensible y siento todo demasiado”, dice. “Con Epistolares había algo de estar descubriéndome. En este siento que estoy hablando de problemas que para mí son más reales ahora”.

Después de terminar su debut y su edición deluxe, AKRIILA pasó por un periodo en el que le costaba volver a hacer música. Una de las cosas que la ayudaron fue escuchar Reading, Writing and Arithmetic, de The Sundays, que terminó convirtiéndose en una referencia fundamental del nuevo álbum. Le interesaba particularmente su pop de guitarras, atmosférico pero todavía inmediato y fácil de cantar. También aparecen referencias a Gustavo Cerati, especialmente ‘Te llevo para que me lleves’, y a las baterías amplias de Cocteau Twins.

George Harrison es una presencia casi divina (en nuestras vidas, sí, pero también en el álbum). ‘Homogenic’, la canción que abre el disco, termina con un fragmento de una entrevista en la que habla sobre cómo conoció a su esposa. AKRIILA quería comenzar desde ahí porque el álbum, dice, tiene mucho de “humillarse por amor”. AKRIILA presta mucha atención al orden de sus discos y quería que ‘Homogenic’ estableciera desde el principio una atmósfera reconocible antes de empezar a romperla.

Eso ocurre en ‘Abrázame’. La distorsión que ya le conocemos vuelve a ocupar un lugar importante. AKRIILA considera que en Epistolares las divisiones sónicas eran más claras. Podía haber una canción completamente pesada y otra mucho más limpia. En el nuevo álbum aparecen vocoders, versos pop, baterías rotas, guitarras, flautas y arpa dentro de un mismo lenguaje. Para ella, esa mezcla tiene que ver directamente con sus propios gustos. Puede escuchar The Sundays, reggaetón o techno, y no ve por qué esas influencias deberían mantenerse separadas. “A uno nunca le gusta una sola cosa”, explica.

Emilio de la Rosa

Una de las últimas piezas que encontró fue ‘Santiago de Chile’, junto a Guitarricadelafuente. AKRIILA y Álvaro ya habían hablado sobre colaborar, aunque ella no encontraba una canción que sintiera cercana a su universo. ‘Santiago de Chile’ nació en un estudio cercano a su casa. La letra parte de pensar en cómo reaccionan las personas que te rodean cuando saben que estás pasando por un mal momento, pero ya no pueden hacer demasiado para solucionarlo.

AKRIILA pensaba en sus amigos, su equipo y su familia. “Llega un punto en el que, si un amigo está mal, lo único que puedes decirle es: ‘Puta, de verdad espero que estés bien’”. De ahí surgió la idea de pedirle al sol que no la deje morir. Cuando le envió la canción a Guitarricadelafuente, él agregó la imagen de una “avalancha en Santiago de Chile”.

La producción incorporó también unas baterías con elementos de cumbia que comenzaron casi como una broma, pero terminaron quedándose porque evitaban que la canción se volviera demasiado solemne. “Era como decir ‘no me dejes morir’, pero con cumbia. Y funciona”. 

El concepto del disco también pasó a la portada, fotografiada por Emilio de la Rosa, integrante de Latin Mafia, durante una visita de AKRIILA a Nueva York. La artista quería una imagen con mucha luz, asociada con la esperanza y la sensación de un nuevo día. Entre sus referencias estuvieron Abbey Road, de The Beatles; Stories from the City, Stories from the Sea, de PJ Harvey; e Isn’t Anything, de My Bloody Valentine.

Lucy es el caracol que AKRIILA sostiene en la portada. Aunque inicialmente había pensado utilizar un caballo como animal de esta etapa, los caracoles empezaron a aparecer de forma recurrente durante el proceso y ya tenían presencia dentro de las canciones. Emilio terminó proponiendo incorporarlo a la imagen por su relación con el concepto del disco y por la posibilidad de representar el mundo como algo pequeño entre las manos.

Para la sesión consiguieron cinco caracoles a través de personas que los tenían como mascotas en Nueva York. Todos fueron bautizados Lucy y, después de las fotos, encontraron a alguien que pudiera quedarse con ellos. La imagen terminó conectando además con ‘Thank You Music’, donde AKRIILA habla de tener el mundo entre las manos y no dejarlo ir. Al ver la fotografía terminada, encontró prácticamente la misma idea representada frente a ella.

‘Thank You Music’ ocupa además un lugar importante dentro del recorrido emocional del álbum. Para AKRIILA, consiste literalmente en agradecer a la música, a la vida y a sus amigos. A partir de ese momento siente que la atmósfera del disco comienza a cambiar.

“El disco empieza sonando muy lindo, aunque las letras sean más tristes o agresivas, después se transforma en algo todavía más triste y termina con ‘Lucy’”, explica. “Para mí ese es el cierre del ciclo. No necesariamente es un final feliz, pero sí la sensación de que el final feliz puede venir”.

Dos años después de Epistolares, Lucy miró al mundo y notó que está girando muestra a AKRIILA en otro momento personal y creativo, con una mirada más amplia sobre lo que le ocurre y sobre la vida que continúa alrededor. “No todo es tan crudo”, explica. “Ahora puedo mirar esas cosas desde otro lugar”.

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Mía Rubín, conocida musicalmente como MIA, ha estado expuesta desde muy pequeña al escrutinio constante del público debido a su temprana incursión en el mundo del entretenimiento. De niña, recuerda estar al tanto de lo que se decía sobre ella en redes sociales y medios de comunicación, algo que, sumado a la presión de demostrar su propio valor por ser “la hija de”, poco a poco fue alimentando sus inseguridades y sus propios “demonios”.

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Con el tiempo, pensó que había superado esa etapa de su vida y comenzó su carrera musical en 2021 de la mano de su padre, el cantante y actor Erik Rubín. Tres años después, continuó su camino como solista. Sin embargo, a medida que su proyecto evolucionaba, aquellos cuestionamientos volvieron a aparecer, acompañados de una pregunta que se hizo cada vez más recurrente: ¿tengo lo que se necesita para continuar con una carrera musical? Las dudas terminaron llevándola a una pausa marcada por un profundo proceso de reflexión personal y profesional que trascendió los límites de la música.

Hoy, con una mayor claridad sobre quién es y hacia dónde quiere llevar su propuesta, MIA comienza un nuevo capítulo con ‘On Fire’, un tema de pop sensual y romántico que funciona como un nuevo punto de partida en su carrera y que, detrás de su aparente ligereza, plantea una mirada crítica sobre algunas de sus experiencias en el mundo del entretenimiento.

En una charla con ROLLING STONE en Español, la mexicana habla sobre sus inicios, las lecciones que dejó aquella pausa, la evolución de su sonido, el trasfondo de ‘On Fire’ y lo que le depara el futuro.

“La música es mi vida”: MIA
Cortesía

La relación entre Mía y la música estuvo presente desde siempre. Con apenas cinco años ya tomaba clases de canto y protagonizaba sus primeras obras de teatro. “Empecé a cantar porque fue algo que me llamó muchísimo la atención y que siempre quise”, comparte, explicando que fue ella quien insistió a sus padres para que la llevaran a esas lecciones iniciales. “Era parte de mí y de quien era como persona”. Esa inclinación, sin embargo, no es para ella algo casual.

La cantante atribuye ese interés a haber crecido con una madre presentadora y actriz —Andrea Legarreta— y un padre cantante. Fue este último quien, quizás sin siquiera proponérselo, comenzó a acercarla a los escenarios. “Mi papá tiene un estudio en casa, así que siempre lo veía trabajar”. Su influencia, sin embargo, no se limitó a verlo componer o producir en casa. Como exmiembro del reconocido grupo Timbiriche, Erik Rubín también llevaba a sus hijas a los reencuentros de la banda, experiencias que Mía recuerda con especial cariño. “Hay un vídeo en el que él canta ‘Princesa tibetana’ en el Auditorio Nacional, y yo estoy ahí brincando por todos lados, corriendo como una pulga porque siempre me sentí atraída por ese mundo”.

Ese entorno también amplió desde temprano su universo musical. “Crecí con artistas como Ariana Grande, Daft Punk, Foster the People, pero también con muchos artistas de los 80 que mi padre nos ponía cuando éramos muy pequeñas”. Con los años, a esa lista se sumaron Tame Impala, Dua Lipa, Rosalía, Kali Uchis y The Weeknd. “He tenido un poquito de todo, y eso me ha ayudado a crecer y a ampliar mis horizontes musicales, lo cual ha sido increíble. Para mí, la música no es solo mi trabajo: es mi vida. Yo no sería MIA sin música”.

Esa diversidad de referentes también se ha reflejado en su crecimiento. “Con el tiempo, he ido evolucionando no solo como artista, sino como mujer. He ido entendiendo muchas cosas”, cuenta. “Yo empecé a los 15 o 16 años, era una niña, y con el tiempo fui encontrando mi sonido”.

Entre las canciones que marcaron ese camino está ‘Diablo’, un bolero-trap que nació durante sus primeras sesiones de composición. “Yo jamás imaginé que mi carrera iba a empezar con una fusión así, con un bolero-trap diferente y componiendo algo tan profundo”, reconoce. Para ella, el tema ocupa un lugar especial dentro de su discografía: “Es una de las canciones más importantes y de las que más amo por lo que representa”.

El track habla del ego como ese “diablo” que habita dentro de nosotros y que puede terminar convirtiéndose en nuestro peor enemigo, una idea que, además, conecta con una experiencia que ha acompañado su propio desarrollo artístico: la inseguridad. “Siempre he tenido esta parte de dudar en mis procesos, de mi talento, de lo que soy capaz o si realmente merezco estar ahí, y no me da miedo decirlo, no me da miedo admitirlo”, confiesa.

A esas dudas se suma también la exposición propia de una carrera artística y el hate que puede llegar con ella. “Cuando no estás listo para recibirlo, puede caer sobre ti como un balde de agua fría”, dice. Sin embargo, lejos de ver esas experiencias únicamente como obstáculos, Mía reconoce que también la han llevado hasta el momento actual: “Todo eso me ha puesto donde estoy ahora. Me ha dado la oportunidad de encontrar el sonido que estaba buscando”.

“Estoy tan feliz con lo que estoy haciendo. Siento que es tan yo y que me representa muchísimo”, afirma. Y si algo ha definido ese proceso es precisamente la posibilidad de moverse entre distintos géneros. Ha pasado por la cumbia y, durante su participación en Juego de voces, interpretó canciones de artistas como Miley Cyrus, Whitney Houston y Olivia Rodrigo, además de temas de Los Ángeles Azules. “He hecho de todo”, resume.

Esa búsqueda de identidad también estuvo detrás de la pausa que Mía tomó entre 2025 y 2026. Después de Nunca más —su EP debut de 2024—, tenía muchas canciones que iban en direcciones diferentes y, además, atravesó un cambio de equipo. “Fue una pausa de reestructurar el equipo, de componer, de ser más intencionales con lo que estábamos haciendo y preguntarme: ¿qué es lo que yo quiero decir como artista? ¿Cuál es el sonido que en estos momentos yo quiero adoptar en mi proyecto?”.

Para ella, detenerse también fue una necesidad personal. “Hubo muchos momentos, como ya mencioné, de mucha inseguridad, de mucha incertidumbre, de pensar que tal vez yo no tengo la madera que se necesita para aguantar todo esto”, cuenta. Sin embargo, esa pausa también cambió la manera en la que entiende los tropiezos de una carrera que define como una constante prueba y error. “Yo no veo lo que hice antes como un fracaso. Veo todo como un área de oportunidad”.

Una de las claves de ese proceso fue encontrar un equipo que creyera en el proyecto tanto como ella. “Cuando tú tienes un equipo que está dispuesto a darlo todo por ti, las cosas cambian. Ya no se siente como una labor de ‘ay, es que tengo que hacer esto porque es mi trabajo’, sino porque fielmente creen en el proyecto”, dice.

Durante esa pausa también compuso más de 20 canciones, muchas de las cuales todavía forman parte de lo que está construyendo. Pero, sobre todo, encontró una idea que hoy parece atravesar su nueva etapa: hacer música desde un lugar más personal. “Yo no tengo que hacer música para agradar a los demás. Yo tengo que hacer música que me llene”, afirma. “Estoy haciendo música que me gusta, estoy haciendo música que me pone feliz, que me nutre, que me llena y que ahora también tiene un porqué”.

Cortesía

Ese cambio de perspectiva se puede leer también en ‘On Fire’. Aunque la canción parte de una letra romántica y sensual, su videoclip lleva esa idea hacia un terreno mucho más personal y crítico: el de la inseguridad, el autosabotaje y la presión que existe alrededor de los artistas en una época en la que captar la atención del público parece cada vez más difícil.

Al mismo tiempo, la canción representa el inicio de una nueva etapa para MIA y del sonido que quiere mostrar de ahora en adelante: un pop girly, femenino y pegajoso, construido alrededor de una idea que hoy resulta especialmente importante para ella: “adueñarse de tu seguridad por completo y usar esa arma que es tan poderosa a tu favor”.

El concepto surgió durante una sesión de brainstorming con su papá. Al pensar en qué querían presentar con la canción, Mía imaginó inicialmente una estética muy femenina, inspirada en la imagen de Marilyn Monroe y las icónicas escaleras rojas de ‘Diamonds Are a Girl’s Best Friend’. Pero después apareció la idea de darle la vuelta a ese imaginario. “Queríamos hacer algo que tal vez fuera muy femenino, y ya después vino la parte del trasfondo”, explica.

Así nació la idea de un programa de televisión en el que todo parece estar diseñado para que la presentación salga perfecta: la coreografía, los bailarines, el vestido, la escalera, la canción. Hasta que deja de serlo. “¿Qué tal si con ‘On Fire’ podemos contar una historia, pero una historia real, una historia que no nada más me pasa a mí, sino a varios artistas?”, se preguntó Mía.

El resultado es también una crítica a la manera en que actualmente consumimos música. “Ahorita todo se trata de crear un hook para que atrapes a la gente en menos de tres segundos porque, si no, scrollean y les vale madres”, señala. En ese contexto, el videoclip plantea una pregunta que atraviesa tanto la experiencia del personaje como la de la propia artista: “¿Qué más tengo que hacer para que me escuchen?”.

La respuesta se vuelve cada vez más evidente mientras avanza el video. El público pierde interés, comienza a hablar, revisa sus celulares y la presentación se transforma poco a poco en un desastre. Para Mía, ese caos representa algo más que una crítica al consumo acelerado de contenido: también es la materialización de los escenarios que una mente insegura puede construir.

“Soy la reina de los fake scenarios”, bromea. Esos escenarios imaginarios, explica, pueden aparecer especialmente en momentos de estrés o alerta y terminar alimentando los propios miedos: olvidar una coreografía, pensar que nadie está prestando atención, imaginar que todos están hablando mal de uno. “Por eso se vuelve tan caótico el video, porque representa lo que está pasando en la mente de una persona que le encanta autosabotearse, que le hace caso a sus demonios y que los demonios le ganan”.

Pero ahí aparece la contradicción central de ‘On Fire’. Si el video representa el momento en que la inseguridad y los pensamientos negativos terminan ganando, la canción apunta en la dirección contraria. “Es una manera de decir: ‘Ya no más, yo ya no quiero que la inseguridad me gane’”, afirma. Para la cantante, la seguridad puede convertirse en una herramienta poderosa: “Yo confío en mí, porque sé que voy a llegar lejos y tengo muy claro hacia dónde me voy a dirigir, independientemente de lo que suceda”.

Esa tensión entre la canción y las imágenes era, precisamente, lo que buscaba. “Para mí era muy importante tener algo contradictorio para el video, porque para mí la canción irradia el adueñarse de tu seguridad y cómo esa arma puede ser tan poderosa”, explica. “Estoy muy orgullosa por cómo lo hicimos”.

El videoclip fue grabado en un set y también incorporó inteligencia artificial para construir al público que aparece en la presentación. “Creo que es una herramienta tan poderosa que, en vez de temerle y hacerla a un lado, podemos utilizarla a nuestro favor y hacer cosas muy cool”, afirma. Para ella, la posibilidad de incorporar nuevas herramientas también forma parte de esa libertad creativa que está buscando en esta nueva etapa.

Aunque creció cerca del mundo del espectáculo, Mía asegura que la presión no llegó desde su familia, sino desde el momento en que comenzó a enfrentarse a la mirada del público. Su primer acercamiento a los escenarios ocurrió en el teatro musical, interpretando a Annie en Anita la huerfanita, cuando todavía era una niña. “Yo no tenía contacto con lo que la gente opinaba de mí. No me importaba. Para mí era un juego”, recuerda.

La situación cambió cuando empezó a buscar en internet las primeras entrevistas que le habían hecho. En una de ellas se encontró, por primera vez, con comentarios negativos sobre su trabajo. “Me acuerdo de haber llegado al cuarto de mi mamá llorando y preguntarle: ‘¿Por qué la gente está diciendo esto si ni me conoce ni ha visto mi trabajo?’”. A partir de entonces comenzó un proceso que, con los años, la llevaría a entender que no todas las opiniones tienen el mismo peso.

“No estoy en contra de los comentarios constructivos. Al contrario”, aclara. Pone como ejemplo a Erik Rubín, quien además de ser su padre es su mánager y suele hacerle observaciones sobre su trabajo. “Él no me dice esas cosas porque quiera que me tire al piso o porque quiera que me ponga a llorar: lo hace porque quiere verme crecer y porque, aunque sea su hija, también soy su artista”.

Con el tiempo, aprendió a distinguir entre las críticas que pueden ayudarla a crecer y aquellas que simplemente buscan provocar una reacción. “Si alguien sin una foto de perfil me está diciendo ‘ay, cantas horrible, no te dediques a esto’, pues la verdad no le voy a hacer caso”, dice. También ha aprendido a tomar con cierta distancia los comentarios positivos: “Creo que también está bien padre aceptarlos y agradecerlos, pero tampoco hay que tomárselos muy en serio porque siento que, si no, uno pierde el piso”.

Eventualmente, la presión dejó de estar únicamente afuera. “Dejó de ser lo que la gente opinaba de mí y era lo que yo pensaba de mí”, reconoce. “Con el tiempo mi peor enemigo terminé siendo yo misma”. Esa frase conecta directamente con una de las ideas que atraviesan su música y que aparece de distintas maneras tanto en ‘Diablo’ como en ‘On Fire’: el autosabotaje y la lucha contra las propias inseguridades.

Su manera de enfrentarlo, ahora, pasa por cambiar la conversación consigo misma. “Me di cuenta de que si yo no creo en mí, ¿quién va a creer en mí?”, afirma. “Cuando tú irradias inseguridad, la gente se da cuenta”. Por eso, dice estar cansada de alimentar esas voces internas: “Ya estoy harta de estarme peleando conmigo, de que mis voces creen tanto ruido en mi cabeza. Voy a hablarme bonito, voy a creérmela y voy a decir: ‘Sí, voy a llegar muy lejos’”.

Para Mía, sin embargo, creer en sí misma no significa esperar pasivamente a que las cosas sucedan. “No nada más se trata de decir ‘ay, me voy a ganar la lotería’ y no voy a comprar el boleto, sino voy a trabajar duro para que eso suceda y voy a hacer todo lo posible para llegar a la meta”, explica. Después de una etapa marcada por la búsqueda, la pausa y la reestructuración, esa parece ser una de las certezas con las que encara lo que sigue.

Y lo que sigue, al menos musicalmente, viene cargado. En el corto plazo llegará ‘Qué jodido’ junto a Edwin Luna, una colaboración en la que Mía incursionará por primera vez en el regional mexicano, fusionándolo con el pop. “Es la primera vez que yo estoy cantando regional”, cuenta. Para ella, el mundo de las colaboraciones ofrece precisamente la posibilidad de explorar territorios que quizá no habría incorporado a su proyecto personal.

También prepara nueva música junto a otros productores. Entre esos proyectos está una canción que hizo con Saak, artista al que admira y con quien tenía pendiente trabajar. El tema se aleja un poco del pop más convencional para acercarse al soul y al R&B, dos sonidos que la cantante reconoce como parte importante de sus influencias. “Me tiene tan emocionada que la escuchen porque me saca un poco de lo convencional de la parte del pop, pero me siento como pez en el agua”, adelanta.

Después de la pausa, las canciones acumuladas comienzan a encontrar su lugar. “Esta pausa nos dio muchos bebés, muchas canciones, y vamos a estar sacando muchas de ellas”, dice entre risas. A eso se suma la incorporación de nuevas personas a su equipo, especialmente en el área estratégica, con quienes busca darle mayor coherencia y personalidad a esta etapa.

Así, mientras deja atrás la necesidad de demostrar que es suficiente y aprende a confiar más en su propio criterio, Mía parece entrar en una etapa en la que la versatilidad ya no es solo una característica de su música, sino también una forma de entender su carrera. “Estoy muy emocionada por lo que viene”, concluye.

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Sir Anthony Hopkins habla de la música con la misma libertad con la que, según cuenta, comenzó a escribirla. No hay en sus respuestas una teoría elaborada sobre su proceso creativo, ni una intención de encontrar conexiones definitivas entre las distintas etapas de su vida. Tampoco parece interesado en construir una explicación retrospectiva sobre las composiciones que ha ido acumulando durante décadas. Para él, la música sucede. A veces nace de una improvisación frente al piano, otras de un recuerdo, de una persona, de un lugar o de una imagen cinematográfica. Y, cuando aparece, su impulso es sencillo: hacerla.

“Yo no pienso en eso ni lo analizo”, dice al hablar de Life Is a Dream, el álbum que reúne composiciones escritas a lo largo de aproximadamente seis décadas. Hopkins comenzó a componer hace unos 60 años, pese a no haber tenido una formación musical extensa. Lo hizo, dice, porque sentía que tenía un don para ello. Con el paso del tiempo, aquella intuición se convirtió en una práctica que nunca necesitó de demasiadas explicaciones: pieza por pieza, improvisaba en el piano y dejaba que las ideas encontraran su propia forma.

La imagen resulta curiosa si se piensa en la carrera de Hopkins. Es uno de los actores más reconocidos de su generación, un intérprete cuya trayectoria cinematográfica ha estado marcada por personajes que exigían precisión, control y una enorme capacidad para construir matices. Sin embargo, cuando habla de su música, parece querer escapar justamente de ese tipo de aproximación. No busca diseccionar cada nota ni explicar qué significa cada decisión. Al contrario: sospecha que pensar demasiado puede terminar bloqueando aquello que quiere crear.

“Creo que eso puede interponerse en el camino, pensar demasiado en estas cosas. Así que simplemente hazlo”, afirma. La música, en ese sentido, parece ocupar para Hopkins un territorio distinto al de la actuación. No necesariamente porque sea menos rigurosa, sino porque le permite acercarse a la creación desde un lugar más intuitivo. Sus composiciones no parten, al menos según su propia descripción, de una arquitectura intelectual previamente establecida. Son recuerdos y sensaciones que encuentran una estructura musical.

Uno de los primeros momentos importantes de ese recorrido fue ‘Margam’, una pieza relacionada con su infancia y con August, la película que dirigió en Gales hace 27 años. El filme estaba vinculado con su lugar de nacimiento y representó también su primera experiencia importante llevando su propia música a una producción cinematográfica. George Fenton estuvo a cargo de la dirección de la música para la Orquesta Philharmonia de Londres.

Desde entonces, la relación entre el cine y la música, sus dos grandes lenguajes creativos, ha continuado apareciendo de diferentes maneras. Hopkins reconoce que existe una cualidad cinematográfica en varias de sus composiciones, aunque no necesariamente porque intente escribir bandas sonoras. Una de ellas, ‘Farewell, My Love’, es, según él, lo más cercano que ha llegado a la música de cine. La pieza está escrita para piano y orquesta y contiene, en su opinión, un ligero toque de Rachmaninoff. Pero la influencia más evidente viene del propio cine y de los compositores que ayudaron a construir su dimensión sonora.

Entre sus referencias menciona a Bernard Herrmann, responsable de algunas de las bandas sonoras más recordadas del cine de Alfred Hitchcock. Hopkins habla de la música cinematográfica con admiración, como quien reconoce allí otro tipo de narración: una capaz de sugerir personajes, lugares y emociones sin necesidad de que nadie diga una palabra.

“Es una pieza muy cinematográfica, pero estoy influenciado por el cine. Me encanta la música del cine”, explica.

Anthony Hopkins lleva seis décadas componiendo. Todavía no ha terminado
Charlie Gray

Hopkins insiste en que no intenta clasificar sus influencias. No parece tener una lista rígida de géneros o compositores a los que recurre conscientemente cada vez que se sienta al piano. Sus gustos, dice, son generales. Escribe lo que le apetece escribir. Esa misma libertad se extiende a la selección de los instrumentos.

Entre sus principales referencias aparecen Ralph Vaughan Williams, Frederick Delius y Thomas Tallis, además de la música de Duruflé y otros compositores franceses. Hopkins no dice que intente imitarlos. Lo que le interesa es el sonido de la orquesta y, particularmente, el de las cuerdas. Dice conocer bien los instrumentos que quiere utilizar y saber qué sonido producen.

“La vida es una larga, larga despedida”, dice. Y, no se refiere únicamente a la muerte. La despedida comienza mucho antes, desde el nacimiento. Nos despedimos de la infancia, de la juventud, de nuestros padres, de distintas versiones de nosotros mismos. La existencia, vista de esa manera, está marcada por una sucesión constante de pérdidas y transformaciones. Pero Hopkins no presenta esa idea como una condena. “Hay una melancolía, pero no estoy deprimido. Encuentro un gran consuelo en eso, una paz”, explica.

Ese principio parece haber sido particularmente importante cuando sus composiciones pasaron de sus propias manos al cuerpo de una orquesta completa. Recientemente, Hopkins trabajó con Gustavo Dudamel, quien dirigió a la Orquesta Philharmonia de Londres en Londres. El encuentro se produjo a través de Bradley Cooper, con quien Hopkins había trabajado. Cooper le recomendó ponerse en contacto con Dudamel y la esposa de Hopkins hizo la llamada. Dudamel escuchó una de las piezas y aceptó dirigirla.

Para Hopkins, escuchar sus composiciones interpretadas por una orquesta de esa dimensión fue una experiencia reveladora, aunque nuevamente evita convertirla en un ejercicio de análisis. Dudamel sugirió acelerar el tempo de algunas piezas respecto a cómo habían sido interpretadas anteriormente por la Sinfónica de Birmingham. Hopkins aceptó la propuesta. “Un gran músico como él y un gran director simplemente añadió esa otra dimensión que da una orquesta poderosa”, recuerda.

Charlie Gray

En ese proceso, Dudamel encontró precisamente el tipo de colaborador que Hopkins parece valorar: alguien capaz de aportar una mirada propia sin convertir la interpretación en una demostración de ego. Hopkins lo describe como humilde, gentil, juguetón y encantador. También recuerda un gesto que le llamó particularmente la atención: al terminar, Dudamel no se queda al frente para recibir individualmente los aplausos, sino que retrocede hacia la orquesta para que todos hagan la reverencia juntos.

“A ellos les encanta trabajar con él. Es un verdadero genio”, afirma Hopkins. La relación entre ambos adquiere así una dimensión interesante. Hopkins, que insiste en la libertad como principio creativo, encuentra en Dudamel a un director capaz de traducir esa libertad a una estructura orquestal. No se trata de que el actor deje de tener una visión sobre su música, sino de que entiende que una pieza puede transformarse cuando entra en contacto con otros músicos.

Y esa apertura también explica por qué Hopkins no parece preocupado por definir con exactitud qué es un compositor, un actor o un pintor. Las disciplinas conviven.

Además de la música, Hopkins pinta. Y cuando se le pregunta qué consejo daría a los artistas jóvenes que sienten presión al momento de compartir su trabajo, vuelve a la misma respuesta que atraviesa toda la conversación: continuar.

“Que sigan haciéndolo. Que sigan escribiendo”, dice. No cree que sea necesario analizar constantemente lo que uno crea. El consejo que recibió años atrás para escribir música fue precisamente ese: escribir. No pensar demasiado. La misma lógica, asegura, aplica a la pintura y a la actuación. En esta última, incluso reduce el proceso a algo casi elemental: aprenderse las líneas y hacerlo.

Su manera de expresarlo es deliberadamente irreverente. Hopkins dice que pensar demasiado es una de las razones por las que existen tantos problemas en el mundo. “Pensar, pensar, pensar”, repite. Después se describe a sí mismo, con humor, como “demasiado estúpido para pensar”.

Detrás de la broma hay, sin embargo, una filosofía creativa bastante clara. Después de décadas dedicadas a la actuación, la música y la pintura, Hopkins parece haber llegado a una conclusión sencilla: la creación pierde parte de su sentido cuando se convierte exclusivamente en un problema que resolver.

Quizás por eso resulta coherente que, cuando se le pregunta cuánto material inédito permanece todavía en sus cuadernos, no responda con una cifra ni con una descripción detallada de proyectos archivados. Simplemente dice que tiene más música. Y que no ha terminado. Hopkins planea componer durante el otoño en Los Ángeles y preparar un nuevo programa.

Después de aproximadamente seis décadas de composición, la historia podría cerrarse ahí. Pero en realidad ocurre lo contrario. Life Is a Dream reúne distintas piezas de una vida creativa extensa, pero Hopkins ya está pensando en las siguientes.

Hopkins prefiere seguir componiendo. Y quizá por eso, frente a la pregunta sobre cómo enfrentarse al miedo, la presión o la necesidad de explicar lo que uno hace, su respuesta sigue siendo la misma que ha acompañado su propia relación con la música durante décadas: hacerlo.

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A lo largo de más de una década de trayectoria, The Warning ha construido y consolidado un camino propio, llevando su música más allá de fronteras y cosechando un reconocimiento internacional que no deja de crecer, evolucionar y sorprender. Las hermanas Villarreal —Daniela, Paulina y Alejandra— irrumpieron en la escena para dejar una huella profunda en el rock en español, convirtiendo sus ideales, experiencias y emociones en una conexión genuina con quienes las escuchan. Cada producción es el reflejo de esa esencia: una forma de transformar lo que sienten y viven en música capaz de trascender, emocionar y resonar mucho más allá del escenario.

Con el lanzamiento de su quinto álbum de estudio, Everything’s Falling, la agrupación alcanza un punto de madurez inquebrantable y contundente, marcado por el profundo conocimiento y la conexión que existe entre ellas. Su evolución trasciende lo estrictamente musical para adentrarse en un terreno más íntimo, personal y creativo, donde cada una explora y comparte sus propias experiencias, emociones y perspectivas. Porque, aunque las une el vínculo de ser hermanas, su música demuestra que también han aprendido a reconocerse y comprenderse como individuos, encontrando en cada canción un espacio para conectar desde miradas distintas, pero profundamente complementarias.

Con esta producción, The Warning se sumerge en una reflexión sobre su evolución, la resiliencia que las ha sostenido y las lecciones que han recogido a lo largo del camino. Everything’s Falling se convierte así en un retrato íntimo del momento que viven como hermanas y como banda: una etapa en la que han aprendido a entender que cada desafío, por difícil que parezca, también puede convertirse en un peldaño hacia algo más grande. Lejos de resistirse a lo incierto, las hermanas Villarreal lo abrazan y lo transforman, convirtiendo las experiencias de la vida en canciones poderosas, honestas y catárticas.

Lee aquí nuestra entrevista con Dany y Pau Villarreal de The Warning: 

Chicas, están por presentar su quinto álbum de estudio, Everything’s Falling, un reflejo del momento en el que se encuentran en sus carreras. ¿Cómo definirían este instante? 

Dany: Creo que nos encontramos en un momento de mucha reflexión. Creo que eso nos ayudó a crear este álbum. Cuando hicimos Keep Me Fed, lo hicimos en un momento personal, pero fue entre giras y componíamos un día con una gente y luego con otra. Todo fue mucho más caótico. Para este disco, nosotras ya sabíamos que queríamos dejar de girar; necesitábamos nuestro tiempo para meternos realmente en el proceso creativo, sin pensar en nada más. Lo grabamos en Monterrey, igual que Keep Me Fed. Parar esa parte de nuestra vida, que es estar de gira y es muy caótica porque nos pide mucha atención, nos dio el tiempo de respirar y realmente pensar qué queríamos hacer en este álbum. En el proceso, surgieron sentimientos y pensamientos que no sabíamos que teníamos, que estaban ahí esperando a salir en el momento adecuado. Esto fue lo que definió el álbum: reflexionar todo lo que habíamos vivido en los últimos años de gira. Además, lo mismo lo vivimos las tres, porque siempre estamos juntas; sin embargo, no nos habíamos dado cuenta de que teníamos diferentes sentimientos respecto a esas experiencias. Nos pusimos a describir nuestras experiencias, que son las mismas, de una manera tan diferente, que no pensábamos que como hermanas podríamos conocernos aún mejor, y eso que nos llevamos súper bien. Este proceso dio a luz diversos temas de este álbum, como cosas que teníamos guardadas y teníamos que expresar de diferente manera. 

Qué interesante que de una misma experiencia pueden salir diferentes sentimientos y opiniones…

Dany: ¡Justo! Muchas cosas fueron tipo: ‘¿Cómo? ¿Cuando empezamos la banda no sentiste eso, esto y esto?’. Fue muy loco ver que teníamos diferentes sentimientos de la misma experiencia. Nos conocimos de una manera mucho más íntima. 

Pau: Nos hizo conectar mucho mejor porque ya tenemos un contexto diferente sobre la persona que te lo está contando. Con esto, se llenaron ciertos espacios de comunicación porque, al final, estamos viviendo la misma experiencia. Puede cambiar mucho porque cada quien procesa las cosas de manera diferente. 

Dany: Las guardamos de manera diferente: algunas cosas son más fáciles de solar para una que para la otra. Todo este álbum salió de experiencias juntas e individuales. 

Este disco nace a partir de las lecciones que han aprendido y los retos que han superado. ¿Cuál es la mayor lección que han aprendido a lo largo de su trayectoria y el reto, que en su momento, lo vieron como una pared difícil de derrumbar pero lograron salir adelante? 

Pau: Creo que un reto muy fuerte, que parecía que no había forma de superarlo, es hacer lo que  hacemos pero de una manera saludable. El que cada día de tu vida esté agendado con mil pendientes todos los días, como viajar, conciertos y mil cosas más, necesita tener un nivel de adaptabilidad muy grande. Se necesita estabilidad para ser músico y tener una banda. Creo que los primeros cinco años de iniciar la banda, nos pegó muy fuerte este cambio de estilo de vida y todo lo que requiere. Creo que nosotras tres somos las únicas en entender nuestros sentimientos; nuestro management lo puede vivir de cierta manera, pero hay cosas que nos pueden pedir a nosotras que ellos no. Si nosotras no estamos en un lugar, pues no salen porque nosotras somos la banda. Tuvimos que buscar un balance, desde comer, dormir y todos los hábitos que necesitábamos agarrar. Para mí, esto es algo que parecía imposible. Veía a otros artistas y decía: ‘¿Cómo lo haces? ¿Cómo sobrevives? ¿Cómo puedes tener una trayectoria de 10 años, girar y que no te pese?’. Esto ha sido un proceso muy lindo. Cada una tiene la forma de vivir esta vida saludablemente y a un paso normal, aunque todavía se sienta apresurado, pero lo haces más estable. 

Dany: Para complementar lo que dijo Pau: uno de los retos más grandes es estar en todas las áreas del proyecto. Esto es difícil de manejar, pero lo hemos logrado. Aprendimos que la comunicación es la clave para todo. Sí, somos una banda que trabaja muchísimo para tener una mejor comunicación entre todos. Somos una familia que quiere hablar entre todos las cosas como son. 

Pau: Antes, este tipo de conversaciones parecían imposibles. Todo el mundo trabaja tanto para que las cosas funcionen, que a veces sientes que no puedes llegar a decir: ‘Necesito dos días en casa para poder dar el show’. Te sientes muy egoísta. Antes de nuestra entrevista, estábamos teniendo una junta sobre las giras para el próximo año, y ver todas esas fechas, que se sienten tan lejos, pero no es así, te hacen considerar el tiempo, la cantidad y más. Estábamos viendo si nos tomábamos un mes para descansar, algo que antes, hace cinco años, no hubiera existido. Ese mes no hubiera sido parte de la conversación. Ha sido bonito averiguar como banda el cómo nos gusta abordar este tema, pero obvio seguir trabajando, porque es muy importante mantener el paso que tenemos. A nosotras sí nos gusta decirle a nuestro equipo que es muy válido decir: ‘Hoy no me siento bien. Haré mi chamba, pero, por favor, tenganme un poco más de paciencia’. Esto es algo muy válido que tratamos de inculcar poco a poco. 

Es una conversación muy importante para seguir abriéndose en la industria: la salud mental. Siguiendo con Everything’s Falling, ¿cómo dirían que ha evolucionado su sonido con este disco ya terminado?

Dany: Más que el sonido, yo creo que la evolución ha sido mental. Antes teníamos en mente el concepto de que el rock tenía que escucharse de cierta manera. En este álbum nos dimos más libertad con nuestro sonido: las guitarras que sabemos tocar, los riffs que les ponemos a nuestras canciones y demás. Pensamos: ‘¿Cómo divertirnos y que aún así somos una banda de rock? Siendo una banda de rock, nuestras canciones serán de rock’. Creo que un ejemplo muy claro es ‘Kerosene’, donde pensamos más en el sentimiento y el sonido fue después. Justo esta mentalidad ha hecho que nuestro sonido evolucione de manera diferente a nuestros álbumes pasados. 

Pau: Creo que ya no nos ponemos tantos peros al momento de escribir algo. Nosotras empezamos siendo niñas en esta industria, además en un género tan purista. A veces es muy cuadrado al momento de decidir qué se considera y que no. Nosotras siendo niñas teníamos críticas desde el principio. Obvio teníamos que hacer las cosas de cierta manera para que la gente nos tomara en serio y nos dieran oportunidades. Esto era un estándar al que teníamos que llegar, pero siendo más grandes y seguras de nuestras voces e ideas con logros que hemos realizado, dijimos: ‘We don’t have to take ourselves too seriously’. El rock es un género de libertad y rebelión, así que, ¿por qué no participaríamos de eso solo por darle a la gente lo que quiere ver? Nos pusimos de acuerdo en ser las personas más libres que podamos al momento de componer, de vestir, en el show y más. Lo principal fue pensar: ¿Cómo seríamos nosotras sin los estigmas? Creo que a este nivel llegamos en este álbum.

Dany: Este disco nos llevó a lugares muy bonitos e inesperados. Nos encanta la evolución que hemos tenido. 

Creo que esto es parte de su habilidad de sorprender, una de sus grandes cualidades. Al ser tan auténticas, las personas que van a sus conciertos quedan enamorados de su música y performance. 

Pau: La verdad es que ensayamos mucho para nuestros shows y damos la mejor experiencia que podemos. Sin embargo, también estamos conscientes de que no le podemos gustar a todo el mundo, es imposible que a todos les guste nuestra música, y eso es súper válido. Me gusta cuando a la gente no le gusta nuestra música y, cuando va a venos, dicen: ‘Eso fue un buen show’. Nosotras nos enfocamos en poder brindar una experiencia única en el en vivo. 

En la escena del rock en español considero que hay falta de voces y proyectos femeninos, ¿cómo viven la experiencia de ser unas de las grandes exponentes en el género con falta de mujeres en el?

Pau: Creo que es algo que hemos vivido desde niñas. Esto es un concepto muy extraño, porque, nosotras en casa, cuando nos estaban enseñando sobre música, siempre había mujeres en lo que veíamos. Además, ensayabamos y teníamos la mejor representación, siempre. Yo veía a mis hermanas y siempre estaban ahí; siempre estuve rodeada de mujeres en el rock. Entonces, cuando empezamos a tocar en vivo, y a la gente no necesariamente le encantaba que estuviéramos ahí, fue algo muy extraño. Ahora, las cosas han mejorado: las personas ya tienen más apertura a estas nuevas voces y propuestas en el género. Creo que también se ve en los festivales: a quién están contratando, invitando y demás. En ocasiones sí me impacta muchísimo que, en pleno 2026, ves los lineups de festivales y no haya ninguna mujer. ¿Cómo estamos en esta etapa? Porque no es que falten; hay propuestas muy buenas y sobran. Yo no entiendo el afán de tener a la misma banda 10 veces en el mismo lineup; trae diferentes voces y propuestas. Ojalá con nuestra propuesta, el público sea más abierto. También que los que hacen los festivales vean que una banda de mujeres sí atrae público y sí entretiene. Creo que con eso, poco a poco, vamos a mejorar. Nosotras sí hacemos las cosas sabiendo que probablemente haya niñas pequeñas en el público a las que podremos inspirar y digan ‘yo también puedo’. 

Este punto de la equidad en el género era importante platicar con ustedes porque ya tienen una proyección internacional, sobre todo en un género que porta muchos estigmas y prejuicios. 

Pau: Claro. Nosotras sabemos que somos demasiado afortunadas con las oportunidades que nos han dado, sobre todo en la manera que podemos tomarlas. La manera en la que nosotras podemos aportar es dar un buen show para que la gente vea que las mujeres artistas mexicanas tenemos un espacio en la industria. 

Son artistas que están poniendo el nombre de México en lo alto a nivel internacional. ¿Cómo viven su ascenso global con presentaciones en América, Europa y Asia?

Pau: La verdad es que a veces nos saca un poquito de onda. Es una locura y un sueño hecho realidad. Es muy lindo viajar a diferentes lados del mundo, donde, tal vez, esas personas no comparten nuestro idioma o cultura, pero sí el amor a la música y por nuestra música. Esto es algo muy bello y espacial, donde nos sentimos muy suertudas de poder participar. Al hacer esto, nosotras podemos abrir un poquito la mentalidad. Nosotras no pretendemos ser la representación exacta del rock mexicano y cómo se escucha, pero tal vez a alguien le abra la curiosidad de descubrir más. 

Dany: También es lindo la curiosidad de las personas que nos van a ver esos sitios, para que después quieran vivir un concierto en México. 

Pau: Los shows más grandes que hacemos siempre son en México. Tenemos una producción más grande y demás.

Dany: Y lo hacemos a propósito.

Pau: México es nuestro país y va a tener los mejores conciertos que demos. Nuestro país se merece esto. Nuestros fanáticos internacionales saben esto, entonces viajan a México y nos vienen a ver. Tienen una experiencia turística y cultural alrededor de nuestros shows. Poder ofrecer una ventana de curiosidad, para que vean lo bello que es nuestro país, es encantador. 

¿Qué es lo que más disfrutan de su carrera en este momento?

Dany: Creo que en este momento, y siempre, una de las cosas que más me ha llamado la atención de lo que hacemos es la conexión con la gente. A través de la música se hacen conexiones tan impresionantes con gente que tal vez jamás vayamos a conocer, pero somos parte de sus vidas. Esto se me hace imposible pensar que hubiese sido de otra manera. Es una magia muy específica. Doy gracias todos los días porque me dedico a lo que me dedico. Esto le ha dado mucho fruto y amor a mi vida. 

Pau: Algo que yo disfruto, y cada vez lo hago más, es la libertad de expresión que tengo. Soy una persona muy creativa y tengo mil ideas todo el tiempo, entonces tener una banda con mis hermanas me da la posibilidad de ser escritora, instrumentista, productora, directora, estilista o maquillista. Me puedo expresar de tantas maneras y lo puedo compartir con el mundo. Tengo una plataforma para poder expresarme, algo que es increíble. No sé qué hubiera hecho si no tuviera este outlet. Esto es una bendición activa que tengo todos los días. Tengo la oportunidad de tener un equipo que me apoye, además de un público que está dispuesto a escucharme. Aquí soy Barbie. No hay nada que me detenga que no sea yo por no querer hacer las cosas. Me siento muy bendecida con mi vida. 

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Makena: 20 años de música y noches impredecibles

Antes de convertirse en una sala atravesada por cientos de bandas, fiestas y artistas, en Fitz Roy 1519 funcionaba una parrilla que llevaba varios años sin encontrar su rumbo. El lugar pertenecía a Juan Carlos, padre de Matías Ramos, y cargaba además con una historia vinculada a la música: anteriormente había funcionado allí Club X, […]

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La enigmática compositora que ha deleitado a la comunidad musical con algunas de las obras más fantásticas y experimentales durante más de una década, Agnes Caroline Thaarup Obel, conocida como Agnes Obel, regresa con su quinto álbum, The Meaning of Flowers. Su obra anterior, Myopia (2020), exploraba el aislamiento, el insomnio y el existencialismo. Su nuevo LP muestra una faceta de la artista nunca antes vista y se adentra a explorar los lazos que unen a todos los seres vivos.

La vida pública

Obel presenta una timidez característica, si revisas cualquiera de sus entrevistas, queda claro que estamos hablando con alguien que es primero música y, por último, figura pública, “Realmente no me gusta la visibilidad, no creo que sea agradable, para serte honesta. Me parece muy raro y es la parte que menos me gusta de mi trabajo. Creo que tengo la psicología de alguien que está en una big band con muchos extrovertidos al frente; puedo ser como Brian Wilson”. Esta es una de las muchas cualidades que atraen a otros entusiastas a escucharla y enamorarse de su manera de crear. Su actitud es un respiro de aire fresco en una época en la que es necesario convertirse en un influencer para “triunfar”.

De todas maneras, algo que deja claro es que está pasando por un proceso de encontrar nuevas maneras de expresarse, buscar nuevas avenidas creativas y descubrir facetas de sí misma. La detonante de esta nueva etapa fue su hija de cinco años, como explica: “Ahora que tengo a mi hija, creo que empiezo a tomármelo con más calma. Es tan extrovertida, le resulta muy fácil. Así que me está enseñando a verlo como un juego y a no ser tan reservada”.

Mientras pensaba en el nuevo proyecto, recordó una vez que su suegra le contó una historia del este de África donde las mujeres se convierten en las artistas de su aldea al dar a luz. Recuerda que le dijo que era “su momento de ser creativa porque es una experiencia creativa. (…) Cuando tienes un hijo, vuelves a nacer”. Aunque no lo pensó así en ese momento, aplica esta declaración a su filosofía actual. Describe el nuevo LP como un intento de “filtrar musicalmente sus experiencias actuales.”

The Meaning of Flowers

“Este álbum ha sido bastante diferente de mis otras obras”, responde a la pregunta de si este es su “álbum de reinicio” (reset album en inglés, significa un disco donde se deja atrás la manera en la que se hace música y se inaugura un nuevo capítulo en la vida profesional). “La experiencia desde el embarazo hizo que mi cerebro y mi conciencia se sintieran muy cambiados. Solo quería ver si podía recrearlo o representarlo en la música… Supongo que, en cierto nivel, renaces o reinicias. Te sientes muy diferente después de la experiencia de la maternidad. Quizás tengas razón, simplemente no lo había pensado”.

Una explosión silenciosa: The Meaning Of Flowers, lo nuevo de Agnes Obel
Portada de The Meaning of Flowers
CC: Cortesía

¿Qué significa ‘The Meaning of Flowers’ para ti?

Es difícil de explicar, pero fue la primera canción que escribí para el álbum o… Cuando escribo, lo hago en el estudio y es como… sí, no sé si puedo explicarlo…

Todo se canceló por el COVID. No estaba de gira. Luego, volví a casa y empecé a trabajar en un nuevo álbum. De repente, en la primavera, descubrí que estaba embarazada e inmediatamente sentí que mi cerebro se estaba transformando de alguna manera. Esa fue la primera canción que escribí en mi estudio y surgió de un sonido de sintetizador. Fue una experiencia diferente.

No sé cómo explicarlo, pero quería tener una canción que se desarrollara en un capullo; muy, muy íntimo. Pero, que también hiciera referencia a algo como el cosmos, algo grandioso. Intentaba tener dos elementos opuestos en una sola canción.

¿Como una explosión silenciosa?

Sí, uy eso suena bien, me gusta, sí, genial.

Agnes Obel
CC: Frank Hoensch / Colaborador / Getty Images

Sintetizadores e instrumentos de cuerda

Un detalle que llama mucho la atención es la ausencia de piano en casi la mitad de las canciones, un cambio radical en su sonido, ya que este instrumento ha sido la pieza central de su identidad sonora desde el 2010. Explica que, en ciertas canciones, simplemente no funcionaba tan bien como los sintetizadores, un instrumento que toma más presencia como las cuerdas, harpas y violines, la contribución de los músicos con los que colabora.

He notado que no utilizas tanto el piano como en tus álbumes anteriores, ¿a qué se debe?

Simplemente no encajaba con esta experiencia, con las diferentes cosas que quería expresar. Por ejemplo, en ‘Laymelli’, quería transmitir esa sensación de la corriente de energía que fluye a través de todo lo vivo, y para mí, el piano no sonaba bien (para eso). Entonces, encontré esta especie de sonido de sintetizador. Y pensé: “Vale, esto suena bien”.

Con ‘The Meaning of Flowers’, quería que el oyente se sintiera como si estuviera dentro de algo, un capullo o algo así. De nuevo, no sentí que el piano sonara correcto para ese sentimiento. Así que, he estado trabajando, principalmente, con el bajo y diferentes sintetizadores de bajo para conseguir el tipo de sensación adecuada.

Cuéntame acerca del violinista John Corban

Ah, John, él es un buen amigo mío. La manera que yo compongo música es que entro al estudio, luego escribo y hago la canción. Después la escucho y decido si necesita algo más.

Tenía un presentimiento de que esa canción necesitaba algo espectacular, como dijiste. Luego, John me visitó y coincidimos, “Okay, intentemos hacer algo que suene como una orquestra, a pesar de que solo haya un instrumento de cuerdas”. (…) Grabamos en diferentes lugares y encontramos esta línea que estaba tocando… Quería unas cuerdas románticas, pero bien gigantescas. 

Lo describiría como si estuviera haciendo una película y luego viene alguien como John, pero también podría ser, Charlotte Danhier o Marie Calrie; un músico de cuerdas que llega y desempeñan el rol de mis efectos. (…) Esto es algo que sucede muy tarde en el proceso (de creación).

Algunas de las pistas tienen un aire cinematográfico, casi como si estuvieras emprendiendo una excursión a algún lugar recóndito; por eso recuerdan a algunos temas de The Legend Of Zelda: Breath of the Wild o a ciertos fragmentos de la banda sonora de Deltarune. De todas maneras, a ella no le interesan los videojuegos, aunque su hermano estaba muy emocionado de escuchar ‘Fuel to Fire’ en la serie de The Last of Us. Añadió que cuando eran niños le daban miedo los juegos porque “se lo creía demasiado” cuando jugaban.

Incluso después de analizar este proyecto, una visión persiste: la imagen de Agnes con su hija, hablando de la conciencia y compartiendo pensamientos filosóficos en la parte de atrás del autobús de gira durante toda la noche, una experiencia que compartió al inicio de la entrevista y que resume a la perfección la esencia del nuevo álbum. Escuchar The Meaning of Flowers se siente como tirar el mapa a la basura y embarcarse una travesía irreal hacia un lugar desconocido junto a alguien cuyo corazón y cerebro pasaron por una metamorfosis provocada por el amor más puro. Un mundo que se manifiesta gracias al vínculo inquebrantable entre una madre y su hija.

El disco será disponible el 18 de septiembre de 2026.

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Mataderos es un barrio ubicado en el extremo suroccidental de la ciudad de Buenos Aires, cerca de los límites con el conurbano bonaerense. Su nombre viene de la antigua tradición ganadera de la zona, específicamente de los corrales instalados allí. Incluso hoy, con una comunidad urbana más fuerte que la de sus primeros asentamientos a inicios del siglo XX y ya sin la presencia de estos macelos, todavía se escuchan pasar entre las casas bajas del sector camiones con vacas que se dirigen al sacrificio. 

Gracias a esa composición arquitectónica, carente de grandes edificios —más comunes en zonas como Puerto Madero o Palermo—, “el sol pega diferente” y el cielo, visible en todo su esplendor, completa un paisaje humilde que existe entre lo citadino y lo rural, donde diferentes realidades se cruzan. “Convivimos entre abuelas, turros, fisuras y otakus que no tienen plata para vestirse como quieren realmente”, explica Sara Azul Froján, más conocida como Saramalacara, oriunda del barrio de la capital argentina y una de las figuras más relevantes de la escena alternativa hispana. 

MATADEROS también es el nombre de su segundo álbum de estudio, realizado en Los Ángeles bajo el sello Interscope. Y sí, es curioso que un disco desarrollado en los estudios más prestigiosos de L.A., por donde pasaron nombres como Playboi Carti o Billie Eilish, lleve el nombre de una localidad muchas veces pasada por alto por los porteños.

Sin embargo, para la cantante no fue una decisión extraña, mucho menos pensada desde una lógica comercial con la intención de vender nostalgia barata. Es más bien el resultado de una carrera y una vida marcadas por la ambición y la melancolía; qué mejor que volver al lugar donde empezó todo para celebrar su expansión global.

Saramalacara: mirar al pasado para entender el presente
Cortesía

Sara nació el 8 de noviembre del 2000 y, desde muy chica, estuvo rodeada por el arte. Creció con una madre artista plástica —que más tarde se convirtió en docente— y un padre músico, dos influencias que hicieron que la creatividad y la música formaran parte de su vida mucho antes de que siquiera pudiera pensar en ellas como una carrera.

En casa de su padre convivían el jazz y el rock nacional, mientras que en su cuarto comenzaba a descubrir nuevos sonidos gracias a internet: desde el pop de High School Musical hasta el metal y el punk de bandas como Pantera o Blink-182. Pero la red global no solo amplió su universo musical. Gracias a ese acceso sin supervisión a la web, también encontró en los videojuegos, el anime y contenidos quizá demasiado sensibles para alguien de su edad un espacio para escapar momentáneamente de la realidad.

Sin embargo, aquella fascinación por las historias que encontró en esos mundos terminaría llevándola también hacia la literatura.

“Hubo una época en la que casi no veía anime y leía más manga que otra cosa […] Siento que en general los japoneses son muy acertados para transmitir emociones y hablar sobre cosas profundas o tristes”, reconoce Sara, mientras recuerda que esa parte literaria entró con fuerza en su vida, más que nada, durante la secundaria. “Yo tenía esta necesidad de ser mejor o de sentirme más inteligente que los demás o algo así, entonces iba y me compraba un libro de Nietzsche y lo leía, pero no entendía nada”, dice mientras ríe e inhala de su vape.

Aun así, su afición por la lectura terminó canalizándose, sobre todo, a través de internet. La Sara adolescente se enfocaba en buscar blogs y leer cosas “random” que escribían otras personas. Fue entonces cuando apareció Tumblr, la famosa plataforma de microblogueo. “[Tumblr] era como un agujero muy de ‘ah, vamos a estar todos tristes y decir lo que pensamos’. Había un montón de gente que se abría y escribía lo que no quería contar en ninguna otra red social. Siento que ahí yo también me dejaba ir mucho más”, comparte. “Tengo algunas entradas que las escribí con 13 o 14 años que no puedo creer que haya escrito a esa edad”.

A pesar de eso, internet no la alejó del todo de los libros y, con el tiempo, encontró inspiración en varios autores. Entre ellos menciona a Mariana Enríquez, la célebre autora argentina. “Ella escribía terror, pero lo hacía de una manera muy cotidiana. Nombraba barrios, a la cocaína le decía ‘falopa’, y lo decía todo con unas palabras que yo estaba desacostumbrada a leer en una novela”, cuenta. “Me acuerdo que la primera novela que leí de ella era Bajar es lo peor […] Después lo metí en ‘Guchi Polo’ cuando canto ‘Bajar es lo peor, quiero tu campera’. Fue un libro que me encantó”. 

***

Poco a poco, el mundo que Sara había encontrado detrás de la pantalla la llevó hacia afuera de su casa. En Mataderos, según recuerda, tampoco había demasiados lugares donde encontrarse con otros jóvenes. “El skatepark era el único lugar de reunión cool del barrio”, cuenta. En ese momento había batallas de freestyle, chicos andando en patineta y toda una movida subversiva juvenil que, para ella, representaba una de las pocas formas de salir de la rutina y hacer comunidad. Allí se introdujo en el mundo del grafiti, pintando muros y firmando con el nombre de Korea. 

A la par, SoundCloud apareció como una extensión de esa necesidad de buscar espacios emergentes. En la plataforma cualquiera podía hacer una canción, subirla y encontrar público, algo que llamó profundamente la atención de Sara. Así fue como comenzó a acercarse a propuestas que se movían en el underground, desde el universo de Yung Lean y la Drain Gang hasta Carti y Opium. Para ella, el sitio no exigía la perfección que parecía demandar el circuito tradicional: permitía equivocarse, experimentar y hasta hacer canciones que sonaran “mal”. El error dejaba de ser un defecto para convertirse en parte del proceso creativo.

Cortesía

Sara describe sus primeros proyectos como una especie de “kindergarten”, una etapa en la que aprendía jugando y probando. “Tengo este meme que me ponen de ‘por qué se hace la diferente’, y es exactamente eso lo que estoy tratando de hacer”, comparte. “Al principio capaz era un vómito de adolescente que venía de muchas cosas que estaba consumiendo: películas, estéticas, sonidos”, recuerda. La música se convirtió así en el lugar donde podía juntar todas esas influencias y convertirlas en algo propio, sin preocuparse demasiado por si encajaban en un género o en una escena determinada.

Sus primeros temas aparecieron en 2019. ‘Budokai Tenkaichi’ y ‘Cartoon Network’ brillaron por su mezcla de trap con referencias a la cultura contemporánea. En ese momento también comenzó a formar parte de la Rip Gang, el colectivo que reunía a artistas como Dillom, ODD MAMI, Taichu, Broke Carrey y otros nombres de una new wave que empezaba a romper con las formas más convencionales del trap argentino.

“Poder hablar de cosas profundas, cosas que extrañás o que pensás sobre el pasado, pero de una manera menos dramática y más trap, por así decirlo. Como simplemente ‘fuck todo’”, explica sobre lo que buscaba. Ese cruce entre emociones complejas y una forma de expresarlas aparentemente despreocupada terminó convirtiéndose en una de las características de sus inicios: canciones que podían hablar de la nostalgia o de la tristeza sin abandonar la energía, la ironía y lo digital.

Esa etapa de experimentación ganó mayor alcance con canciones como ‘Guchi Polo’, uno de sus primeros temas en pegarse y una pieza clave para consolidar la identidad de Saramalacara. Después llegaron sus primeros EPs: USB IDOL (2021), donde añadió corrientes como el digitalcore y el glitchcore, y  eclips3 (2022), proyecto junto a Evar y dayvan que amplió todavía más su sonido y propuesta visual.

Para entonces, aquella fase ya había dejado de parecer un simple juego. El proyecto que había nacido de todas las referencias que acumuló durante su adolescencia comenzaba a tener una identidad reconocible y, con ella, un público que quería escuchar más, por lo que el siguiente paso parecía llevar ese universo a un formato de mayor duración, lo que resultó en Heráldica, su primer LP.

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Con Heráldica (2024) la búsqueda cambió. Al ser su primer álbum, Sara reconoce que puso mucho peso sobre sí misma y convirtió el trabajo en algo mucho más grande que un conjunto de canciones. Parte de esa obsesión estaba relacionada con una idea que hoy ella misma considera un poco exagerada: la Trinidad y el número 3 como una constante asociada a la perfección. 

Sus primeros EPs habían tenido tres y seis tracks, por lo que el disco debía tener nueve, que terminaron siendo 12 al añadir una introducción y dos interludios. “Me lo tomé como mi ópera prima. Ahora me siento como ‘pará, hermana, muy intensa’, pero en ese momento pensaba que tenía que tener una huella digital perfecta y que debía pensar muy bien todo lo que estaba haciendo”, recuerda. Fue también durante ese proceso que desarrolló una inquietud cada vez mayor por lo medieval, lo religioso y lo onírico, que buscaba cruzar con su relación con internet, el trap, el enojo y la nostalgia.  

La pregunta era cómo reunir en una misma estética esos elementos tan distantes entre sí. La respuesta llegó durante una conversación con su directora creativa, Domi, conocida como Fotolog. “Yo siento que vos hacés eso porque necesitás inspirarte de algo muy primario del humano”, le dijo. Para Sara, ahí estaba la clave: tomar algo que se había extinguido miles de años atrás y traerlo de vuelta al mundo actual. 

El trabajo terminó dando forma a un universo que, según Sara, fue recibido de una manera que confirmó que había conseguido aquello que se había propuesto, aunque con un costo personal. “Me volví un poco loca con ese disco. Me había metido mucho en el personaje y en la tarea, como si fuera un deber o algo así. Era como si solo me importara eso y no me importara mi persona; como si esa persona digital fuera más importante que la de carne y hueso”.

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Después de su debut soñado, recibido con halagos tanto de la crítica como del público, Sara sintió que había llegado el momento de bajar algunas revoluciones. Si aquel álbum había sido construido bajo una lógica casi obsesiva, MATADEROS, su segundo disco, nació desde un lugar mucho más libre. “Le aflojé un poco más a eso tan esotérico extremo y lo atravesé por la nostalgia pura y dura. Traté de hacer lo que quisiera, sin mi propia cárcel mental de ‘tenés que ir por este lado, hacer esto y transmitir esto’”, explica. 

El cambio se hizo evidente en las letras. Sus productores y las personas más cercanas al proyecto comenzaron a señalar que había “madurado bastante” en su manera de escribir. Para Sara, la diferencia estaba en que antes buena parte de su propuesta consistía en provocar. “Antes era mucho más decir cosas que molestaran. Usar palabras y conceptos que fueran muy específicos para que los entendieran algunas personas; otras cosas eran cultura de internet y otras ya eran directamente drogas, alcohol y simplemente molestar”. En ese sentido, la cantante reconoce que MATADEROS fue un disco “más sano de hacer”. 

Ese proceso coincidió además con un cambio considerable en la dimensión de su carrera: la llegada de Interscope Records, que describe como “un balde de agua fría” y la confirmación de que, después de años puliendo una propuesta deliberadamente extraña y personal, había alguien dispuesto a apostar por ella. “Obviamente sentí que a alguien le importa, someone gives a fuck about this”, resume. 

El salto le permitió trabajar en Los Ángeles junto a algunos de los productores que durante años había escuchado como fan. Entre ellos estuvieron Ojivolta, DJH, F1lthy y Dylan Brady, nombres a los que Sara menciona directamente como ídolos, aunque cuando finalmente tuvo la oportunidad de conocerlos y colaborar con ellos, intentó dejar a un lado la fascinación. “No tenía una mentalidad de fan. Tenía más una mentalidad de ‘quiero exprimirte y sacar de vos lo que me hizo amarte’”. Lo que encontró, dice, fue suficiente para confirmar aquello que admiraba desde lejos. “Por suerte fue muy lindo porque todas estas personas, más allá de que con algunas generé más amistad que con otras, eran personas adictas a hacer música, y con eso me bastaba”. 

Pero mientras su carrera la llevaba cada vez más lejos, el nuevo álbum apuntaba en la dirección contraria, y para construirlo, Sara decidió volver sobre sus propios orígenes y reencontrarse con su pasado. “Me fui a Mataderos, donde nací”.

Cortesía

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“Son los suburbios de Buenos Aires. Cruzás una autopista y ya pasás a la provincia. Yo vivía a quince cuadras de esa carretera”, cuenta. De niña, claro, no percibía esa distancia. Mataderos era todo lo que conocía.

A medida que creció, la artista comenzó a alejarse físicamente de su hogar. Primero tuvo que desplazarse hacia otros puntos de Buenos Aires en busca de nuevas amistades, movidas y espacios, y después terminó mudándose de la zona. Más tarde llegaron los viajes, una posibilidad que durante su infancia ni siquiera parecía real. Su primera salida fue gracias a una gira que la llevó a España y le permitió conocer Europa. Después vendrían Japón y, finalmente, Estados Unidos. Aun así, ninguno de esos países logró reemplazar la sensación que le produce Mataderos. “No hay lugar como mi barrio”, concluye. 

Esa carga emocional también estaba ligada a pequeñas escenas que habían quedado asociadas a esas calles. Sara recuerda los caminos que recorría para ir al colegio o a la casa de sus amigos. Pero, sobre todo, recuerda la cercanía con la vida de quienes habitaban el barrio. Esa posibilidad de observar, casi sin proponérselo, fragmentos de la intimidad cotidiana de sus vecinos terminó convirtiéndose también en parte del imaginario de MATADEROS.

En los días de calor, los vecinos sacaban sus sillas a la acera; las bicicletas, los juguetes y los objetos de cada casa quedaban a la vista. “Era gente muy simple”, dice Sara. “Son personas que no buscan algo más, sino que están muy orgullosas de dónde están. Es muy de ‘esto es lo mío y no necesito lo que tienen los otros’”, comenta la cantante, que asocia esa forma de vivir con la famosa frase “el lujo es vulgaridad”, atribuida tanto a Borges como al Indio Solari.  

“Yo quería unas Yeezy, unas Rick Owens y comprarme toda esa ropa que amaba, pero al mismo tiempo tenía ese sentimiento de ‘con esto la gente es feliz’. Pero a mí no me bastaba. No me alcanza con esto”, recuerda. “El primer pecado que cometí / querer más”, canta Sara en ‘MTD DREAMS’. Le gusta especialmente esa frase porque resume una contradicción que, para ella, es inevitablemente humana: el deseo de ir más lejos puede ser al mismo tiempo una fuente de satisfacción y de culpa. 

Esa discrepancia, cuenta, fue motivo de mucha terapia, clave en su vida actual. Su psicóloga la ayudó a entender la culpa que sentía por haber alcanzado un éxito relativamente rápido, incluso dentro de una escena de nicho. “Yo nunca terminaba de estar contenta con las cosas que me iban pasando, y claro, las cosas que me iban pasando eran cada vez más una locura”, reconoce.

Pero esa culpa no alcanza para detenerla. Si nunca hubiera querido más, piensa Sara, quizá habría sido más feliz. La idea, sin embargo, dura apenas unos segundos ya que no quiere conformarse. Ya está en movimiento y no existe una vuelta atrás. Esa necesidad de seguir avanzando también está atravesada por las historias y los mangas que leyó desde joven: ese viaje del héroe en el que, una vez iniciado el camino, regresar deja de ser una opción.

Esa necesidad de volver la llevó también a enfrentarse con lo que llama su “herida primigenia”: la adolescencia. Sara recuerda haber sido una chica particularmente sensible, que podía cargar de angustia incluso situaciones que desde afuera parecían pequeñas. A su mente llega, por ejemplo, lo mal que la puso descubrir que Papá Noel no existía. “Te va a hacer reír, pero me puse re mal. Decía ‘no, ¿cómo que la magia no existe? ¿Cómo que esto no existe? Me estás matando’”, cuenta.

Con el tiempo, comenzó a cuestionarse de dónde venía esa tristeza que parecía acompañarla desde tan temprano. La cantante encuentra en la propia palabra “adolescencia” una forma de explicar esa etapa: la relaciona con “adolecer”, es decir, con sufrir. Es un tránsito en el que una persona comienza a volverse autónoma, a separarse de los valores inculcados por su familia, a rebelarse y a enfrentarse por primera vez a muchas de las situaciones de la vida adulta. 

Esa “primera herida” se mezcló, en su caso, con problemas familiares, decepciones amorosas y otras situaciones difíciles. Durante mucho tiempo pensó en si aquello era suficiente para explicar el peso que cargaba desde tan joven. “¿Dónde fue que me lastimaron tanto? ¿Dónde fue que yo me lastimé tanto para después vivir mi adolescencia así?”, se preguntaba. 

En esa reconstrucción de sus años adolescentes, y mientras buscaba respuestas, Sara se encontró con otra contradicción que, según cuenta, estaba mucho más arraigada: la distancia entre la joven que había sido y la persona en la que se convirtió después de que la música comenzó a ocupar un lugar central en su vida.  

Cuando era más chica, se sentía cercana al costado más marginal del barrio. Pasaba las tardes buscando con quién beber o fumar porro, robaba pintura para hacer grafitis y encontraba cierta identidad en vivir en ese costado más “disruptivo” de la sociedad. Después, casi de golpe, apareció una carrera que le dio un lugar, una comunidad y algo que cuidar. “Tengo esta gente y esta ‘secta’ que me valora y me quiere. Tengo algo importante acá. Ahora lo tengo que cuidar y tratar de ser una mejor persona. Ya no puedo buscar destruirme todo el tiempo”, reflexionaba para sus adentros en esos años.

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De igual forma, regresar al barrio también la ayudó a entender que había algo de Mataderos que necesitaba quedar dicho. No era uno de esos lugares que aparecen constantemente en los relatos sobre Buenos Aires ni un territorio asociado a una identidad fácilmente reconocible fuera de quienes viven allí. Para Sara era simplemente un barrio que muchas veces pasaba desapercibido. “Yo necesitaba nombrarlo y decirlo”, explica.

Había algo en ese gesto de nombrar que era una forma de hacerlo visible. Hablar de Mataderos significaba decir de dónde había salido y mostrar una realidad que rara vez aparecía representada: la de un barrio que, sin responder necesariamente a las imágenes más extremas de la marginalidad, tampoco parecía ocupar demasiado espacio en el imaginario de la ciudad. MATADEROS terminó convirtiéndose así en una manera de llevar ese lugar hacia afuera y dejar constancia de su existencia.

Pero contar Mataderos también implicaba contar el contrasentido de alguien que nunca terminó de encajar por completo en una sola identidad. Sara podía sentirse atraída por ese costado más “turro” y marginal del barrio, buscar límites y sentirse cercana a quienes habitaban sus márgenes, mientras al mismo tiempo encontraba una parte fundamental de sí misma en el manga, el anime, los videojuegos y la cultura de internet. Era, como ella misma dice, “una especie de mezcla extraña”. “Yo me sentía así, por más de que no era un turro y no pertenecía a esa tribu urbana, pertenecía como a dos o tres al mismo tiempo”.

Quizá esa sea una de las cosas que finalmente encontró al regresar: que no tenía que elegir una sola de esas versiones para contar quién era. Podía hablar del barrio pobre del que salió, de sus contradicciones y de la chica que había encontrado refugio tanto en sus calles como detrás de una pantalla. Y podía hacerlo, además, desde un lugar al que había llegado precisamente gracias a todo aquello que alguna vez pareció incompatible. “Me encantó hacerlo porque fue poner a la gente a conocer eso”.

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Si para realizar el disco Sara había decidido regresar al barrio a través de la memoria, el siguiente paso fue hacerlo de manera literal. La artista quería llevar el universo del álbum a su casa y ofrecer un concierto gratuito para la gente del lugar. La idea, sin embargo, no pudo realizarse como la había imaginado.

El proyecto era completamente autogestionado. No pedía financiación estatal ni recursos públicos y solo necesitaba los permisos para montar un espectáculo con una producción similar a la que suele presentar en importantes escenarios locales e internacionales. Pero, según cuenta, la respuesta que recibió fue que no podía montar todo allí porque Mataderos era considerado un barrio “problemático”.

La decisión le resultó especialmente amarga. Para alguien que había construido buena parte de su identidad alrededor de ese lugar, la idea era precisamente llevar allí algo que normalmente parecía reservado para otros sectores más privilegiados de la ciudad. “Yo no quería ir a hacer un show fisura, con un sonido medio pelo y ya. Quería llevar un show como los que hago en Capital, en un venue lleno de cosas y de fantasía. En mi mente era poder hacer que un nenito que solo había visto fábricas de repente viera algo que no podía creer”.

Al final, ese concierto grandilocuente que tenía en mente no pudo hacerse, y aunque todavía espera poder llevar algún día esa producción a Mataderos, encontró en ese skatepark que había marcado su adolescencia la alternativa ideal para presentarse. “Capaz, como consuelo, fue lindo pensar que así como yo volví a ponerme en la piel de la Sara chiquita para escribir y hacer varias cosas en el disco, de alguna manera me volví a poner en esos zapatos más adolescentes para subirme a unos escalones del skatepark a dar un show”.

Era un formato al que ya no estaba acostumbrada. La artista que ahora se presenta en grandes venues con logísticas cada vez más complejas regresó, por una tarde, al tipo de improvisación que había acompañado sus primeros años. “Acá fue como listo, ya está, vamos con el pancho y con la coca. Lo hacemos así, humilde”, recuerda entre risas.

Con el paso de los meses, dice, terminó entendiendo la dimensión de lo que había ocurrido. Hace poco, mientras veía en YouTube el video del concierto y leía los comentarios, volvió a encontrarse con una imagen que le resultaba difícil de procesar. “Veía el video y decía ‘wow, toda esa gente en ese lugar, en el skatepark donde yo muchas veces me sentí tan poca cosa’. Yo era una chiquilla que iba a un costado con su flequillo emo y no hablaba con nadie porque todos eran más cool que ella. Y estaba ahí, dando el puto show y convocando a tanta gente”.

“Me pasó con muchos amigos del barrio que me decían ‘fuá, amiga, sos una estrella acá ahora. Estás hablando de Mataderos en todos lados’”, cuenta. Y en esa frase encuentra algo que quizá la Sara adolescente habría necesitado escuchar años atrás. “Es algo muy bueno para la autoestima de esa Sara chiquita. Decirle ‘acá te sentís tan poca cosa, pero no lo sos. Podés ser más’”.

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Después de varios años construyendo su carrera dentro de la escena argentina, Sara mira ese circuito con una mezcla de distancia y desconfianza. Hay algo de la industria que, reconoce, la hizo sentirse “bastante traicionada”. No porque espere que una maquinaria comercial funcione a partir de afectos, sino porque formó parte de un momento en el que el trap parecía representar una búsqueda colectiva que, con el tiempo, muchos de sus protagonistas abandonaron. 

“Cuando empecé, el trap era muy valioso. Estábamos todos metidos en eso, aunque obviamente no éramos iguales ni estábamos en el mismo lugar. Después hubo un switch cultural y de repente ya no bastaba con el trap. Y a mí me encanta que no baste con el trap, justamente yo tampoco hago solo trap: hay electrónica, glitchcore y miles de cosas mezcladas. Pero sentí que mucha gente se bajó del barco y se fue para otro lado. Fue como ‘¿qué onda, boludo? ¿Se fueron todos para allá?’”.

Sara no cuestiona que sus colegas hayan cambiado. De hecho, entiende que el crecimiento de un artista también implica descubrir nuevos intereses y seguirlos. Lo que le produjo cierta sensación de soledad fue ver cómo aquella escena terminó absorbida por una categoría cada vez más amplia: la de la “música urbana”, un término bajo el que primero se agrupó casi cualquier propuesta relacionada con el fenómeno del trap y que después acompañó el giro de muchos artistas hacia sonidos más cercanos al reguetón y las fórmulas dominantes del mercado.

Incluso lo vio entre algunos de sus compañeros más cercanos. “Lo mismo pasó con colegas míos. La Rip Gang hoy hace rock, pop o cualquier otra cosa comparada con lo que hacíamos antes, y esas historias las entiendo mucho más de cerca. Es como ‘claro, amigo, te llamó la atención esto, tiene sentido que lo hagas’. Pero yo me sentí muy sola en ese momento”.

Quizá por eso terminó encontrando una conexión especialmente fuerte con una nueva generación de intérpretes argentinos . Recuerda haber conocido propuestas como la de los SwaggerboyzAgusFortnite2008 y Stiffy— cuando todavía tocaban frente a unas pocas personas, o haber escuchado a Zell antes de que su nombre comenzara a circular masivamente. 

Aunque pertenecía a otra camada, se reconocía en esos artistas porque habían crecido escuchando su música y continuaban explorando caminos que no parecían responder a los moldes más establecidos. “Inevitablemente me sentía más identificada con esa camada porque habían seguido con esa especie de legado de hacer cosas diferente”.

Pero esa cercanía con las nuevas escenas no significa que comparta la forma en que hoy se utiliza el término underground. Después de observar durante años el desarrollo de distintas escenas emergentes en SoundCloud, además de formar parte de una de las más disruptivas en Sudamérica durante los últimos años, entiende que el problema comienza precisamente cuando el under deja de ser una condición para convertirse en una etiqueta o, incluso, en un movimiento, algo que según ella nunca fue. “Para mí, esto no es under”, sentencia. 

Su crítica apunta directamente a la forma en que hoy habitamos el internet. Entre risas, lo resume con una frase provocadora: “No es internet el problema, es TikTok”. Después matiza la idea. El problema, dice, es que las mismas lógicas comerciales que antes dominaban otros medios terminaron instalándose en las plataformas digitales. Los algoritmos seleccionan lo que vemos, las empresas participan activamente en la creación de contenidos y la atención se ha convertido en un recurso cada vez más fugaz.

En ese contexto, cree que el supuesto under contemporáneo puede terminar reproduciendo exactamente la presión del medio. “Si alguien sale ahora y todos lo escuchan, inmediatamente le ponen este peso de ‘vos sos el siguiente. Vos sos el artista. Ahora la tenés que romper porque mañana se van a olvidar de ti’, y para mí eso no es underground, es todo lo contrario. Es la industria más pura y dura. Subís hoy y mañana bajás”. La preocupación, en el fondo, tiene menos que ver con la aparición de nuevos artistas que con la posibilidad de que puedan tener el tiempo suficiente para desarrollarse. 

Sara reconoce que encuentra mucho talento en las nuevas generaciones —menciona, por ejemplo, a Enzocerobulto—, aunque también percibe una enorme cantidad de propuestas repetidas. Entre ese copy paste, sin embargo, aparecen “un montón de joyitas”. El riesgo es que la velocidad con la que hoy se consume la música no les permita crecer.

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En este momento, Sara está a punto de volver a ponerse en movimiento. La próxima gira la llevará por primera vez a varios países de Latinoamérica desde los que durante años recibió mensajes de seguidores que reclamaban su visita. Con el tour, quiere comprobar qué sucede cuando esa conexión se extiende más allá de las redes. 

“Tengo mucha excitación por los países de la región porque, claro, son mi gente. Es Latinoamérica”, dice. “Somos artistas (menciona a Underiki y a Saikoro) que fuimos a una cosa muy específica, ya sea de internet o por fuera de internet, pero para el mundo, por lo general, la música latina solo es reggaetón, fiesta y mover el orto. Y obvio que lo disfruto y me encanta, pero tenemos otros pensamientos y otra creatividad que apunta a algo más serio, oscuro, e introspectivo”.

Esa posibilidad de ser recibida por públicos que durante años solo pudo conocer a través de una pantalla le impone cierta responsabilidad. No quiere que quienes la siguen desde sus primeros proyectos encuentren únicamente a la artista en la que se convirtió después de MATADEROS. “No quiero que pase como cuando vas a ver a la banda de tu infancia y tocan solamente el último disco y te querés pegar un tiro. Siento que tengo el deber de no solo llevar lo más reciente sino también otras partes del proyecto”.

La gira será, además, una oportunidad para recuperar algo que para ella siempre estuvo en el centro de la música: el espectáculo en vivo. Habla del montaje con la misma obsesión con la que alguna vez construyó sus universos visuales, aunque ahora desde un lugar distinto. “Tengo la aspiración de crear un artista específico, y un show es re importante para eso. Es cuando la gente por fin te ve y te siente ahí, en vivo, y el aura y la energía que vos emanás en ese momento son muy valiosas”. El trabajo ya comenzó: reuniones, diseño y planificación ocupan buena parte de sus días mientras prepara un espectáculo que busca reunir las distintas etapas de su obra.

Sara resume la importancia de este momento así: “Tocar en vivo realmente me da ganas de vivir. Lo que me enamoró de la música fue ver conciertos y entrar al mosh pit. Y estar del otro lado, ver que yo causo esa energía, genuinamente me hace tener ganas de seguir viviendo”.

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Sin embargo, más allá de su propia carrera, la situación política de Argentina es algo que le pesa especialmente. Habla con tristeza de amigos que, mientras ella puede recorrer el mundo con su música, trabajan en empleos comunes y “se rompen la espalda” sin encontrar una forma de salir adelante. 

Su inquietud no se limita a la economía. También le preocupa lo que llama la dimensión “discursiva” del momento político y la posibilidad de que el país vuelva a discutir derechos que creía conquistados. “Hay muchas cosas con las que se quiere ir para atrás, como el aborto y los derechos que hemos conseguido las mujeres”, dice. “No sé qué va a pasar, pero me despierta la necesidad de hablar del tema y a lo mejor eso está bueno”.

Aun con esas preocupaciones, después de todo lo que ocurrió alrededor de Heráldica y MATADEROS, lo que más parece haber cambiado en Sara no está sobre el escenario, sino detrás de él. Dice sentirse actualmente “mucho mejor” que en años anteriores. “Siento que estoy más clara, me drogo menos, me puedo comunicar mejor, y estoy más tranquila sobre lo que el público piense o lo que inventen de mí”.

Parte de ese cambio llegó cuando decidió alejarse de las redes. Dejó Twitter y redujo considerablemente su exposición personal en redes sociales, o al menos en sus cuentas oficiales. “Me alejé bastante de mi casa, que es internet, y un poco me duele, la verdad. Pero también tengo que aprender a aceptar que las cosas cambian. En ese sentido me siento mejor creativamente”, reconoce.

“Soy una persona que tiene sus problemas […] Tengo mis días y mis momentos, pero por suerte estoy rodeada por buenas personas que me ayudan a encontrar la calma”. Quizá por eso, cuando se le pregunta por esta nueva etapa, la respuesta no apunta a una transformación definitiva ni a haber encontrado todas las respuestas. Después se ríe y lo resume con una frase que, de alguna manera, parece encajar con todo lo que acaba de contar: “Pero nada, siempre en terapia”.

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