Hay una idea que atraviesa la historia de la música —y del arte en general—: a veces, para avanzar, hay que desaparecer. No como gesto dramático, sino como necesidad. Alejarse del ruido, de la exposición constante, incluso de la propia obra, para volver a un lugar más esencial. Es en esos momentos de pausa donde muchos artistas encuentran el punto de quiebre que termina definiendo sus trabajos más profundos y personales. La reflexión, más que un lujo, se vuelve una herramienta creativa.
No es un fenómeno nuevo. Tras la intensidad de The White Album, The Beatles se retiraron a la India en busca de distancia y claridad espiritual, una experiencia que marcó no solo su música sino su forma de entender la creación. Más recientemente, Frank Ocean optó por desaparecer del circuito mediático durante años antes de regresar con Blonde, una de las obras más importantes del siglo que nació desde la introspección y redefinió el R&B contemporáneo. En esos casos, el retiro no fue solo una pausa, sino un proceso de depuración donde se apagó el ruido externo y las preguntas internas se hicieron más fuertes.
Bajo esa misma lógica, el recorrido reciente de Tom Misch puede leerse como parte de esa tradición. Antes de Full Circle, hubo silencio, distancia y una búsqueda personal que transformó no solo su sonido, sino su relación con la música misma. Y es precisamente en ese espacio —entre el colapso y la reconstrucción— donde empieza a tomar forma el disco más honesto de su carrera.

Antes de ese punto de quiebre, Tom ya se había consolidado como una de las figuras más versátiles de la escena británica contemporánea. Cantautor, productor y multiinstrumentista, su propuesta se caracteriza por una fusión natural entre el jazz, el hip hop, el soul y el funk, construida desde una lógica DIY (hazlo tú mismo) que lo acompañó desde sus inicios. “Creo que mis primeros recuerdos son tocando guitarra en la sala de la casa de mis papás y usando un loop pedal. Recuerdo pensar ‘soy muy bueno en esto’, pero nunca pensé que podría tener una carrera o hacerlo como trabajo. Es curioso”, explica.
Esa versatilidad en su propuesta no puede entenderse sin conocer la música con la que creció. “John Mayer ha sido una influencia enorme para mí, en mi historia, en mi pasado” cuenta el cantante. “Luego Robert Glasper—lo descubrí cuando tenía como 17, 18—y ahí fue cuando me metí en el hip hop, en J Dilla, Soulquarians, D’Angelo, Erykah Badu, Questlove, y siendo honesto, podría seguir y seguir. Descubrí todo un universo”.
Luego empezó a introducirse en el funk, el soul, el disco, y todo eso lo llevó a la electrónica. “Me está gustando mucho el house clásico, ¿sabes? Kerri Chandler, Ron Trent, todo ese tipo de cosas. Básicamente, me gusta mucha música diferente y eso ha ido cambiando con el tiempo”, concluye.
De esa manera, formado en guitarra y con una sensibilidad marcada por el groove y la improvisación, Misch empezó a desarrollar su sonido desde casa, subiendo beats y demos a plataformas. “Luego, cuando tenía como 16 o 17, empecé a hacer música y a subirla a SoundCloud, a hacer beats, y ese fue otro momento de decir ‘wow, a la gente le gusta lo que estoy haciendo’”, recuerda, comenzando a crear desde sus primero años una comunidad propia lejos de los circuitos tradicionales.
Con el tiempo, esa exploración casera se transformó en un proyecto artístico sólido. Su debut, Geography (2018), no solo lo posicionó en las listas británicas, sino que confirmó su capacidad para traducir influencias diversas en un lenguaje accesible y personal. A esto se sumó su colaboración con Yussef Dayes en What Kinda Music (2020), un álbum que amplió su rango sonoro hacia territorios más experimentales. Así, entre colaboraciones, giras internacionales y una creciente base de seguidores, el londinense se convirtió en un artista capaz de moverse con soltura entre lo mainstream y lo indie, siempre bajo una identidad creativa clara.
Su ascenso fue tan orgánico como constante. Desde sus primeras producciones caseras en SoundCloud hasta el éxito en su primer LP y su colaboración con Dayes, el británico construyó una carrera marcada por la independencia y una identidad sonora reconocible, acumulando en el proceso millones de oyentes y reproducciones en todas plataformas digitales. Sin embargo, para 2022, ese crecimiento comenzó a pasar factura.
“Tuve un año de giras muy intenso y no me sentía bien, ya no lo estaba disfrutando. Mi salud mental estaba empeorando y tenía tanta ansiedad que tuve que cancelar la gira en Australia”, recordó. Lo que desde fuera parecía la consolidación definitiva, por dentro empezaba a desmoronarse. Sin un plan claro y enfrentado a un desgaste acumulado, Misch tomó una decisión radical: detenerse por completo.
El músico regresó a la casa de su familia en el sur de Londres, se alejó de las redes sociales y, quizás lo más significativo, dejó de hacer música. Fue un retiro total, un corte abrupto con la dinámica que había definido su vida durante años. En ese silencio comenzó a gestarse algo distinto, no un nuevo proyecto inmediato, sino la necesidad de reconstruirse fuera del escenario público.
Ese proceso lo llevó lejos de lo habitual. Durante meses, Misch se instaló en Cornwall para formarse como instructor de surf, en una rutina marcada por el contacto con el mar y una vida mucho más simple. “Estar en el agua todos los días realmente me devolvió a mi cuerpo”, explicó. A eso se sumaron trabajos ocasionales, tiempo con su familia y una desconexión consciente de la industria. En el fondo, lo que atravesaba era una crisis de identidad: “sentía que ya no sabía quién era”.
Esa sensación se convirtió en el punto de partida de lo que vendría después. Lejos de buscar un regreso inmediato, Tom empezó a preguntarse por su lugar más allá de la música, naciendo así Full Circle, que en sus palabras, surgió de “querer descubrir quién era Tom Misch fuera de la música”. “Fue una búsqueda de esencia. Realmente este disco se dio en un proceso muy introspectivo, mirar hacia adentro y observar quién soy y en qué punto estoy”, explica. “También hubo un proceso de sanación durante este disco, ya sabes, estaba pasando por un momento difícil, de agotamiento, ansiedad, todo eso, entonces fue volver a mí mismo”.
Esa sensación íntima se sintió desde el primer adelanto del álbum, ‘Old Man’. En este tema Tom afronta uno de los temores más grandes de las personas desde que adquieren conciencia: la vejez, lo que se demuestra en versos como “Look in the mirror it’s hazy / Who is that figure before me / He looks a bit like my old man” (Miro al espejo y todo está borroso / ¿Quién es esa figura frente a mí? / Se parece un poco a mi viejo). Sin embargo, no se aborda la temática desde la tragedia, sino desde la aceptación: “And maybe / I’ll play this song when I’m 80 / I’ll have a son and a family / He looks a bit like his old man / My old man” (Y tal vez / Toque esta canción cuando tenga 80 / Tendré un hijo y una familia / Él se parecerá un poco a su viejo / Mi viejo), funcionando como un ejercicio de introspección donde el autor se observa a sí mismo y reconoce la inevitabilidad del paso del tiempo, abrazando la transformación con una mezcla de nostalgia y serenidad, en lugar de miedo.
Por otro lado, este proyecto es particular porque, más allá de su carácter introspectivo, se percibe como una especie de “Frankenstein” sonoro. Los sonidos no se sienten estáticos ni provenientes de un mismo lugar o inspiración. Esto se debe, en buena medida, a que el álbum fue grabado en cuatro lugares diferentes: Londres, Cornwall, Portugal y Nashville. Cada espacio aportó algo distinto a la atmósfera del trabajo, haciendo que el disco respire y evolucione de manera orgánica.
Misch explica cómo la geografía influyó directamente en la música: “durante mi estancia en Cornwall, mientras estaba aprendiendo a enseñar, sentí que había mucho espacio, mucha amplitud. Yo vengo de Londres y allí hay edificios por todas partes, concreto, y de repente estaba junto al mar y tenía todo este espacio”, comenta. “Creo que eso, de alguna manera, se metió en el disco. No es un álbum ‘cargado’, es muy expansivo, y al final siento que todo eso influye”. Además, la experiencia en Nashville aportó un matiz country gracias a su trabajo con Ian Fitchuk, mientras que su viaje en solitario a Lisboa inspiró la canción ‘Slow Tonight’, reflejo de un momento más relajado y contemplativo, lo que se demuestra en su letra relajada y romántica junto a una melodía pegajosa y que acompaña perfectamente ese espíritu viajero.
El corazón de Full Circle se centra en la intimidad y la conexión personal, y ningún tema lo ejemplifica mejor que ‘Goldie’, el foco del disco. En esta canción, Tom celebra a alguien que funciona como su guía y ancla emocional, capaz de sacarlo de la confusión y enseñarle a reconstruirse: “You lit me up, and you pulled me out / Out of some hell / I was lost, and you showed me how / How to make something out of nothing / How to live like I should when I’m sick of running” (Me iluminaste y me sacaste / De algún infierno / Estaba perdido y me mostraste cómo / Cómo hacer algo de la nada / Cómo vivir como debería cuando estoy cansado de huir). La letra refleja gratitud y transformación personal, donde la presencia de Goldie no sólo ofrece consuelo, sino que también inspira crecimiento y claridad en medio de la incertidumbre.
Además, la canción explora la admiración y la intimidad profunda con alguien que conoce al narrador mejor que él mismo: “Goldie, I’ll remember till the end of time / You know me better than I know myself / Goldie” (Goldie, lo recordaré hasta el final del tiempo / Me conoces mejor de lo que yo me conozco a mí mismo / Goldie). La repetición de su nombre enfatiza la cercanía y reverencia hacia esa persona, mientras que frases como “Goldie, when you smile, is like a world is mine” (Goldie, cuando sonríes, es como si el mundo fuera mío) muestran cómo su influencia transforma la percepción de Misch sobre la vida. Así, El focus track del álbum se convierte en un himno de confianza, reconocimiento y amor, encapsulando la vulnerabilidad y sinceridad que atraviesan todo este viaje.
El álbum cierra con ‘Days of Us’, una colaboración con Kaidi Akinnibi que, según Misch, no surgió de una estrategia comercial, sino del cariño y la historia compartida. “No fue algo intencional. Kaidi no es un artista súper conocido, y aunque podría haber intentado conseguir un featuring grande, este se sintió más humilde, simplemente tener a un amigo colaborando” comenta. “Es un disco personal y Kaidi es alguien con quien crecí, y amo la canción”.
La letra refuerza esa sensación íntima y cercana, explorando la necesidad de tiempo y espacio para crecer juntos, a pesar de los conflictos o los cambios, lo que se ve en versos como “‘Cause we need our time to grow / No matter where we go / You’ll always feel like home” (Porque necesitamos nuestro tiempo para crecer / No importa a dónde vayamos / Siempre te sentirás como en casa). Partes como “You say / It’s not the same / Things have changed / You know it’s so hard for me to hear” (Tú dices / No es lo mismo / Las cosas han cambiado / Sabes que me cuesta escucharlo) muestran vulnerabilidad y honestidad emocional, un cierre perfecto para un disco construido sobre la introspección, la aceptación y la conexión humana. Al colocar este tema al final, Misch deja al oyente con la sensación de reconciliación y calidez, subrayando que, pese a los retos y la distancia, las relaciones y los vínculos afectivos permanecen como un hogar constante.
Después de completar este “círculo”, Tom parece más enfocado en vivir que en planear una hoja de ruta creativa estricta. Cuando se le pregunta hacia dónde se ve yendo artísticamente, su respuesta refleja esa misma búsqueda de sencillez y presencia. “La verdad es que no lo sé. Voy a sacar este álbum, voy a tocar dos shows, bueno, cuatro shows, que no es mucho, pero ya sabes. Voy a hacer muchos ensayos y todo eso, y luego simplemente me voy a mudar de casa y voy a enfocarme en la vida, a ver qué pasa. Para mí es más como volver a una rutina donde solo quiero ver a mis amigos, hacer ejercicio y ver qué pasa”.
En cuanto al efecto que espera generar con este proyecto, Misch lo describe con honestidad y emoción: “Espero que los mueva, y espero que les haga sentir algo. He tenido a muchas personas diciéndome que han llorado escuchando algunas canciones, lo cual es genial, me encanta. Me encantaría que la gente realmente atesore las canciones y que de alguna forma les sirvan como compañía mientras atraviesan cosas, que les ayuden a procesar lo que están viviendo. Creo que eso sería algo muy bonito”.

Así, Full Circle no es solo un álbum, sino el registro de un viaje personal y creativo que va más allá de la música. Un espacio de reflexión, reconexión y sanación, donde el tiempo, la distancia y la intimidad se convierten en aliados para un artista que, tras el ruido y la saturación, aprendió a escucharse a sí mismo y a su entorno. Es un disco que invita a quienes lo escuchan a acompañar a Misch en ese proceso de descubrimiento, a sentir, procesar y, finalmente, encontrar su propio lugar de calma en medio del caos.
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El karma suele entenderse como la energía que regresa a nosotros a partir de nuestras acciones. Si hacemos el bien, vuelve en forma de algo positivo; si no, también encuentra la manera de regresar. No siempre es inmediato ni evidente, pero hay una idea que persiste: todo lo que hacemos deja una huella.
Se crea o no en el karma, en las energías o en cualquier fuerza invisible, hay una verdad difícil de esquivar: nuestras decisiones nos definen. Somos el resultado de ellas, de los caminos que elegimos y de lo que construimos a partir de esos actos.
Kenia Os lo tiene claro. A lo largo de su carrera ha convertido cada paso en parte de una narrativa más grande, una que la ha llevado de visualizar un sueño a materializarlo frente a millones de personas. Hoy, en uno de los momentos más importantes de su trayectoria, la artista presenta su cuarto álbum de estudio, K de Karma, un proyecto que no solo toma su nombre de este concepto, sino que lo transforma en el eje de una nueva era.
Tras un año enfocada en el estudio y en la construcción de este universo —tanto sonoro como visual—, Os regresa en medio de una etapa que la encuentra entre la emoción y la exigencia personal. Con un tour en puerta, una comunidad de fans que no deja de crecer y proyectos que expanden su identidad más allá de la música —como su línea de fragancias—, la artista navega un momento de expansión que también exige una nueva forma de mostrarse.
“Esta etapa está siendo muy linda para mí”, dice. “El regresar otra vez a estar con todos mis fans es lo que más me emociona de toda la era, más que cualquier otra cosa. Me siento muy tranquila, muy estresada al mismo tiempo porque hay muchas cosas, pero feliz”.
Ese contraste —entre control y caos, entre seguridad y vulnerabilidad— atraviesa también el corazón de esta nueva era. Incluso cuando habla de su incursión en el mundo de las fragancias, la conversación se mantiene en un terreno sensorial que conecta directamente con su música. Si este nuevo capítulo tuviera un aroma, lo describe con precisión: “Yo creo que olería a cerezas, a cherry, a vainilla… un poco de almizcle o pachuli, ambroxan y rosas. Muy sexy”.

Este detalle es parte de una construcción sensorial de un proceso creativo más amplio. Cada etapa en la carrera de Kenia Os responde a un universo propio, con reglas, estética y emociones particulares. En esta ocasión, el punto de partida es el karma, entendido no como castigo, sino como equilibrio.
“Para mí es justicia”, explica. “Es el ciclo de las cosas, de la vida. Siempre he sentido que el karma me ha devuelto muchas cosas… lo veo como una justicia divina”.
Esa idea se traduce en una narrativa donde también aparece una figura que históricamente ha sido malinterpretada: la femme fatale. En manos de Os, este arquetipo se aleja de su construcción tradicional para convertirse en una representación de autonomía.
“Creo que ese estereotipo está cambiando. Ya no es estar contra todos, sino estar en tu lugar, para ti”, dice. “Es un poder interno muy cabrón, un empoderamiento muy chido. Es una energía totalmente diferente que te lleva a sentirte fuerte y poderosa”.
Sin embargo, esa fuerza no elimina la fragilidad. Al contrario, ambas conviven en un mismo espacio. En una industria donde el pop suele exigir perfección constante, la artista apuesta por mostrarse desde un lugar que puede llegar a ser incomodo para algunos.

“No tengo miedo de mostrarme vulnerable, no tengo miedo de fracasar. Soy humana, cometo errores y no soy perfecta”, afirma. “Lo más importante para mí es quién soy en este momento y con qué versión de mí me siento satisfecha”.
Esa claridad también se refleja en la manera en la que construye cada uno de sus proyectos. El proceso comienza desde lo visual, pero rápidamente se expande hacia lo sonoro, en un diálogo constante entre ambas dimensiones.
“Empiezo a armar paletas de colores, la energía que quiero transmitir. Después llego con directores creativos y compositores, y se empieza a construir no solo lo visual, sino también lo auditivo”, explica. “Quiero que no se le parezca a nada, que sea mi propio universo”.
En medio de esta construcción, hay una conciencia clara de lo que se muestra y lo que se guarda. Cuando imagina su carrera como una historia de ficción, la respuesta es inmediata: “Estoy en un capítulo de mucho drama”.
La frase encierra una realidad más compleja. “Hay mucho drama alrededor… pero también muchas cosas personales que vivo todos los días y que no decido compartir”, admite.
Al final, todo regresa al mismo punto de partida. A esa idea de ciclos, de consecuencias, de equilibrio. Cuando se le pide definir esta nueva etapa en una sola palabra, no hay duda.
“Karma”.
Una palabra que, en su caso, no habla de castigo, sino de una especie de justicia íntima. De entender el camino recorrido y aceptar lo que viene. De una artista que, en medio del ruido, parece cada vez más segura de su lugar en la historia que está escribiendo.
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