Llevar con orgullo nuestro canto. Durante las últimas décadas, el amor por nuestras músicas y cantos ha crecido de manera sustancial. Artistas como Carlos Vives, Adriana Lucía y Fonseca han entrelazado los sonidos del folclor con elementos más modernos y han logrado resaltar la música colombiana alrededor del mundo.
Pero, ¿qué tanto reconocimiento les damos a los lugares donde nacen esos sonidos del folclor que nos representan globalmente? ¿Por qué seguimos mirando de forma peyorativa a las personas que nacen y crecen en los pueblos? Justamente, en respuesta a esas y otras preguntas similares, es que Adriana Lucía lanza ‘Pueblerina’, una canción que exalta el amor por el pueblo y todo lo que representa para nosotros. Porque la raíz que nos hace colombianos no está en las grandes ciudades: está en las periferias, en esos lugares en los que, como dice Iván Benavides: “Tengo la posibilidad de mirar el mundo con asombro, de descubrir la belleza en las periferias. Estoy convencido de que las grandes innovaciones no vienen de las ciudades ni de las academias, sino de los márgenes”.
Acabas de lanzar ‘Pueblerina’ hace poco. ¿De dónde nació esta canción?
Llevo varios años con esta idea sobre lo que significa ser de pueblo. En Bogotá, donde confluyen personas de todas partes, es inevitable escuchar términos como “provinciano”, “pueblerino” o expresiones como “regrésese para su pueblo”. Pero, pese a todo eso, yo amo a Bogotá y siempre me he preguntado por qué hay gente que ve el hecho de regresar al pueblo, o ser de pueblo, como algo malo. La próxima vez que alguien me diga: “Regrésese a su pueblo”, le voy a responder que eso me encantaría [risas].
Esa percepción de la palabra “pueblerino” como algo negativo me ha venido taladrando durante los últimos años. Entonces empecé, durante los conciertos, con un discurso que decía: “Esta canción va dedicada a todos los pueblerinos del mundo”, y la gente se ponía feliz. Había una gran aceptación, no solo en los pueblos, sino también en las ciudades. Ahí empecé a pensar cómo convertir ese discurso en una canción.
La canción se llama ‘Pueblerina’, pero algo curioso es que en ningún momento digo esa palabra. Es la historia de una pueblerina que tiene una pareja, y lo que más me gusta es cuando ella le dice a él: “Ya voy a mitad de camino acordándome de ti / De cuando tú me decías: tú no eres de por aquí / Decías que eso te gustaba y ahora me vas a decir / Que no vaya pa’ mi pueblo, pues me voy contigo o sin ti”. Esa parte me gusta mucho porque todo el mundo empieza diciendo: “Ay, tan lindo como hablas”, “qué chévere tener un pueblo para pasear”, y después dicen: “Qué pereza irse para ese pueblo”. Por eso, esa parte de la canción me encanta.
Tengo un gran orgullo por ser pueblerina. Yo, como mujer Caribe que soy, y ahora que mi región está tan de moda, quisiera recordar cómo a Lucho Bermúdez al inicio le decían que su música era “para negritos”, o cómo a Totó la Momposina, tras su muerte, todo el mundo le mostró admiración, pero antes le decían que lo que hacía era “bulla”. Entonces siempre me he preguntado cómo hacer entender a la gente que Colombia es un país de regiones, pero que tenemos muchísimas similitudes y no deberíamos centrarnos tanto en las diferencias. Me he dado cuenta de que los campesinos y los pueblerinos de todas las regiones nos parecemos mucho: tenemos los mismos códigos, confiamos en la palabra, en las encomiendas, en pasear por el pueblo.
Yo tengo la percepción de que las periferias y los pueblos son los que, en realidad, tienen esa raíz que nos hace colombianos.
Totalmente. Me encanta eso que dices, es la primera vez que un periodista me lo plantea así.
Hay cosas evidentes que vienen del campo: la fruta, las verduras… pero para la gente no es tan evidente que la poesía y el folclor también brota del campo. Los fundamentos —no solo en Colombia, sino en el mundo entero— vienen del campo. El blues, el soul e incluso el rock & roll tienen un origen profundamente campesino, profundamente pueblerino. Y ahí hay algo curioso: nosotros, para creernos chéveres, necesitamos que alguien más venga a decirnos que lo somos.
Yo me veo reflejada en Bad Bunny. Ambos hacemos parte de ese gran Caribe, y los campesinos de él seguramente son iguales a los míos. Y ese campesino también se parece al antioqueño, porque aunque Antioquia se considere un departamento montañoso, con el carriel como símbolo, ellos también tienen Caribe: cantan bullerengue y tienen una comunidad afro muy poderosa. Pero esa parte muchas veces es invisibilizada por los mismos antioqueños. Y lo digo porque, al final, somos mucho más parecidos todos los pueblerinos de lo que uno se imagina.
Bogotá, esta ciudad tan inhóspita, donde parece que cada quien tuviera que salvarse como pueda, hace que los pueblerinos amemos más a nuestros pueblos. Porque muchas veces el pueblerino no ama realmente a su pueblo hasta que se va. Bogotá despierta lo que yo llamo “la teoría de la yuca”: cuando yo vivía en mi pueblo no me gustaba para nada la yuca, pero cuando empecé a vivir en Bogotá, empecé a extrañar hasta la yuca.
El video de la canción es hermoso porque yo fui a este pueblo —Nariño o Nariño Gallinazo, cerca de Lorica— a entregar ayudas durante una inundación. Y todavía conservaba una arquitectura y una esencia muy de pueblo, porque con el paso de los años muchos pueblos han ido perdiendo identidad. En ese momento me parecía inmoral hablar de grabar un videoclip en medio de la inundación, pero les dije que cuando bajara la marea regresaríamos para hacerlo allá.
Cuando llegamos a grabar, nadie se lo esperaba. Y yo no quería que la gente apareciera posando, como pasa a veces cuando los creadores de contenido entregan mercados y convierten todo en espectáculo. Al final logramos un video hermoso, lleno de simbolismos: las gallinas, el pavo, las casas, los techos, la bicicleta… y que la gente se vistiera como normalmente lo hace. Quitamos muchos clichés y mostramos la realidad.
Algo muy bonito fue que, en el video de expectativa, cuando le preguntábamos a la gente “¿quién eres?”, respondían: “soy hijo de la señora que vendía carimañolas”, o cosas por el estilo. Y eso demuestra cómo la identidad de cada persona está profundamente ligada a su familia y cómo cada familia le aporta algo a la comunidad. Recorrimos varios pueblos durante la grabación del videoclip.

¿Qué nos puedes contar de este nuevo proyecto que inicia con ‘Pueblerina’?
Más que una canción, es el hilo conductor de todo lo que viene. Es la piedra angular de esto que estamos construyendo: reivindicar el orgullo de ser de pueblo.
Es una canción que combina afrobeat con cumbia y que tiene un elemento muy especial: la flauta de millo, un instrumento hecho con las cañas que brotan del campo y que, para mí, se entrelaza perfectamente con esta canción moderna, en la que experimentamos mucho con los beats y con la búsqueda de que sonara tanto a cumbia como a afrobeat. Porque el afrobeat ha estado presente desde siempre en el Caribe y en las Antillas, pero el simple hecho de compartir territorio no significa necesariamente que conecte con la cumbia. Entonces fue un experimento muy bonito poder entrelazar estas dos músicas.
Lo que viene es preservar la esencia sin negarme a los tiempos de ahora. Parte de mi misión en la vida es conectar generaciones y conectar al campo con la ciudad. ‘Pueblerina’ es la puerta de entrada a un universo que apenas comienza.
Acaba de morir Totó la Momposina. Cuando hablamos de tu último disco también hablamos de lo que significó para ti cantar ‘La candela’. ¿Cuál crees que es el gran legado que dejó y qué nos puedes contar de ella?
Fue hermoso haber podido rendirle homenaje en vida, haber grabado ‘La candela’ y, mucho antes, ‘La piragua’. He cantado junto a los tambores de Totó en Mompox y compartí tarima con ella en su último concierto.
Totó la Momposina es la gran matriarca, la gran arquitecta de nuestra identidad colombiana; una mujer profundamente valiente. Ella hizo popular la música del pueblo, la música del agua que viene del río. Fue una de las grandes responsables de construir esa identidad colombiana desde la música, y además cantó boleros, baladas… era una genia.
Cuando yo nací, ella ya estaba grabando un disco en Inglaterra. Hizo siempre lo que quiso y fue una fuerza noble y rockanrolera sobre el escenario. Es totalmente irremplazable y nos dejó un compromiso enorme: mantener vivo ese legado de identidad colombiana, entender cómo sonamos, reconocer los golpes de tambora, la cumbia, el bullerengue, los bailes cantados… una maestra en todo el sentido de la palabra.
Hablando de eso, ¿cómo ves el futuro del folclor?
Soy una persona positiva y creo mucho en las nuevas generaciones. Y, hablando de eso, odio la expresión “generación de cristal”, entre otras cosas porque tengo un hijo.
Veo a muchos jóvenes realmente interesados en aprender sobre el folclor, en investigarlo y entenderlo. También veo que es un camino difícil y que no es tan romántico como a veces parece. Los medios tradicionales suelen mirar el folclor desde la apreciación, pero no siento que exista un verdadero trabajo de continuidad. En cambio, sí veo a muchos medios independientes haciendo cosas muy valiosas con nuestras músicas. Los medios tienen que dejar de mirar el folclor desde una perspectiva contemplativa y paternalista, y empezar a involucrarse realmente con la cultura.
La música es un elemento cambiante y, aunque hay muchas personas haciendo música desde lo estrictamente tradicional —lo cual me parece fantástico—, también hay pelados a los que les encanta fusionar y están haciendo cosas muy interesantes. Pero siempre partiendo del conocimiento y del respeto por las raíces.
En un mundo cada vez más homogéneo, saber quiénes somos y cómo sonamos también se convierte en una forma de ser disruptivos.
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Para Manuel Turizo, la esencia de la música no está en seguir fórmulas para pegarse ni en encerrarse dentro de un solo sonido. Por el contrario, el cantante colombiano ha entendido —a lo largo de más de 10 años de carrera— que hacer música con identidad propia pasa principalmente por permitirse probar cosas diferentes, encontrar nuevas formas de conectar con la gente y mantenerse en constante exploración de distintas corrientes musicales regionales, nacionales, e incluso internacionales.
Esa filosofía atraviesa Apambichao, su más reciente álbum de estudio y un trabajo donde el Caribe colombiano, desde sus sonidos hasta su cultura, conviven con el pop, el reggaetón e incluso con la música mexicana. “No está en mi esencia probar las mismas cosas y hacer proyectos homogéneos”, asegura Turizo, quien entiende su carrera artística como un proceso permanente de aprendizaje.
En una conversación exclusiva, Turizo habló sobre el proceso creativo detrás de este último lanzamiento, la manera en que entiende la música, la mezcla de géneros que atraviesa el proyecto y hasta el uso de inteligencia artificial dentro del proceso creativo de canciones como ‘Intro: Viene el Apambichao’.

“He intentado vivir este camino literalmente como un estudiante. Uno nunca termina de aprender ni de saber todo lo que puede dar. La tarea siempre es entrar al estudio y preguntarse qué no has hecho todavía, qué otra cosa puedes aprender o qué más puedes ofrecer en la música”, explica Manuel, quien entiende la música como un proceso de descubrimiento permanente.
En medio de una industria cada vez más marcada por las tendencias virales y la inmediatez, el colombiano asegura que su identidad artística se ha construido desde la curiosidad y la necesidad constante de experimentar con nuevos sonidos. Para él, la evolución no nace de seguir fórmulas, sino de mantener una mentalidad abierta frente a todo lo que la música todavía puede enseñarle. “La carrera de un artista, hasta el último de sus días, es eso, seguir explorando y entender cómo conectar con todas esas influencias y colores que uno carga desde su cultura y desde todo lo que escucha”.
“Ese ecosistema en mi cabeza suena así: suena a ese ambiente, a ese tipo de calle, a esa jerga, a ese calor, a ese acento”, comenta el artista. “Mientras armaba el álbum, yo quería sentirme como en unas vacaciones en mi tierra, con mi gente. Quería hacer música para disfrutar y escuchar juntos, y obviamente mi manera más natural de plantearlo iba a ser desde donde yo soy”.
A lo largo del disco, Turizo se mueve entre distintos géneros, una mezcla que, según él, nació tanto desde la sensibilidad como desde la investigación musical. Para el cantante, acercarse a nuevas corrientes implica primero entender qué define cada uno de esos universos antes de llevarlos hacia su propio lenguaje artístico.
“Todo empieza desde la vibra y desde lo que tú sientes. Hacer música es como estar en un laboratorio”, asegura. “Primero viene la energía y después llega esa parte de explorar cómo respetar cada género, pero poniéndole encima todo el color de lo que es Manuel Turizo. Es una exploración constante, porque al final todo parte de un lienzo en blanco y tú mismo vas inventando lo que quieres construir”.
El concepto de Apambichao también nace desde esa misma búsqueda de sensaciones y atmósferas. Para Turizo, el término —tomado de un tipo de merengue lento y sensual— resume perfectamente la energía que quería transmitir a lo largo del álbum: una experiencia mucho más relajada, cálida y conectada con el Caribe. “Si tú llevas ‘apambichao’ a la vida, es vivírtela más suave”, comparte el cantante. “Sentía que esa palabra englobaba perfectamente el ecosistema donde yo quería que viviera este proyecto, esa sensación de calor, de parche y de disfrutar la música con tu gente”.
Aunque el álbum está profundamente ligado a sus raíces culturales, Turizo asegura que el proceso creativo no partió de una idea estructurada o de un concepto previamente definido. Más bien, dice, fue una experiencia guiada por la intuición y por la necesidad de conectar consigo mismo desde un lugar mucho más honesto y libre. “Desde hace dos álbumes me he permitido hacer todo lo que he querido en la música. Ya no existe ese nervio de no permitirme algo”, afirma. “Este disco fue muy pensado en conectar conmigo mismo y con lo que realmente me representa. La música es vibrar, es energía. Las canciones simplemente salen y uno las va construyendo en el camino”.
Esa intención aparece desde el primer momento del álbum con ‘Intro: Viene el Apambichao’, una apertura inspirada en sonidos profundamente arraigados a distintas tradiciones culturales colombianas. Lo más llamativo del tema, sin embargo, es que la voz femenina que atraviesa la canción no pertenece a ninguna cantante invitada, sino que fue creada por el propio Turizo utilizando inteligencia artificial.
Según explica, la idea era recrear un tipo de canto mucho más autóctono y ancestral, inspirado en sonidos que van desde los vaqueros arreando ganado hasta cantos indígenas y tradiciones orales presentes en distintas regiones del país. El problema, revela, era que encontrar ese tipo de registro vocal fuera de contextos culturales específicos resultaba prácticamente imposible dentro de un entorno comercial de grabación.
“Yo quería esos colores de voz muy culturales, no comerciales”, comenta. “Busqué muchísimo, pero no encontraba a alguien que pudiera grabar exactamente eso que tenía en la cabeza. Entonces grabé mi propia voz y empecé a trabajar con IA, dándole referencias e información sobre el color que quería lograr, hasta construir esa voz femenina que termina apareciendo en la canción”.
Lejos de ver la inteligencia artificial como una amenaza para la música, Turizo la entiende como una herramienta más dentro de los procesos creativos contemporáneos. Para él, el verdadero valor sigue estando en la intención humana detrás de cada idea y no en la tecnología utilizada para ejecutarla. “Nosotros no podemos pelear contra la evolución”, asegura. “La IA va a existir y tú decides si la utilizas a tu favor o si peleas contra eso y te quedas atrás, pero una herramienta no hace las cosas por ti. La IA no creó eso sola; yo tuve que decirle exactamente qué quería hacer. Al final, ella fue una herramienta, pero el operador era yo”.
La transición entre ‘Intro: Viene el Apambichao’ y ‘Apambichao’ también funciona como una puerta de entrada al universo sonoro del álbum. Después de esa apertura cargada de referencias culturales y sonidos mucho más tradicionales, el proyecto da paso a una colaboración junto a Maluma, uno de los nombres más importantes de la música urbana colombiana y un artista con el que Turizo ya había trabajado anteriormente.
Según cuenta el cantante, la colaboración nació de manera bastante espontánea y sin demasiadas vueltas. La canción fue creada inicialmente junto al productor Casta, quien terminó jugando un papel clave para que Maluma se sumara al tema una vez la idea ya estaba bastante avanzada dentro del proceso del álbum.
“Es la segunda vez que colaboro con él y desde la primera siempre ha sido muy buena vibra conmigo”, comenta Turizo. “La canción la hicimos con Casta y después él se quedó con la idea. Yo incluso ya ni la tenía tan presente hasta que un día me escribió y me dijo ‘marica, se la mostré a Maluma y le encantó’”. La respuesta del paisa, recuerda, llegó de manera inmediata. “Dijo de una ‘sí, me monto, voy. Lo que usted diga, hermano’. Y así nació realmente la colaboración. Todo fluyó muy natural y sin complicaciones”.
Más adelante llega uno de los featurings más llamativos del disco, cuando Turizo incorpora un sample de Diomedes Díaz en ‘Te Creo’. Más allá del peso histórico del cantante dentro del vallenato, la presencia del “Cacique de La Junta” funciona dentro del álbum como una conexión directa con una de las mayores influencias emocionales y musicales de Turizo, que son las letras románticas y sentimentales del vallenato clásico.
Según explica el artista, desde las primeras maquetas de la canción sintió que había algo en su esencia que lo llevaba inmediatamente hacia ese universo musical. La guitarra, el tono de la letra y la carga emocional del tema le recordaban canciones profundamente asociadas al imaginario vallenato que marcó gran parte de su crecimiento musical. “Siempre he dicho que gran parte de lo que me conecta a cantar letras tan sentimentales y románticas viene justamente del vallenato”, remarca. “Desde que hicimos esta canción sentía eso todo el tiempo. Decíamos ‘jueputa, esto recuerda a esos temas clásicos que uno siente tan a flor de piel’, y ahí nació la idea de usar el sample de Diomedes”.
Para Turizo, incluir la voz de Díaz no buscaba únicamente generar nostalgia, sino también preparar emocionalmente al oyente para el tipo de conversación sentimental que propone la canción. “Creo que Diomedes es uno de los artistas más legendarios que tenemos en Colombia”, comenta. “Utilizar ese sample era también darle a la gente un mood, prepararla para el sentimiento de la canción y para todo ese trasfondo emocional que tiene el vallenato”.
Dentro de ese recorrido por distintos géneros y sonidos, ‘Te Hacen Falta Dos’ aparece como el focus track y, probablemente, como el centro emocional de Apambichao. Según explica, el tema resume muchas de las características que la gente suele asociar con su música, especialmente esa manera íntima y emocional de abordar las relaciones y los sentimientos dentro de sus canciones. Más allá del género o del ritmo, el colombiano siente que su vínculo con el público nace precisamente desde ese tipo de emociones.
“Siento que es una canción muy reconocible dentro de lo que la gente entiende como Manuel Turizo”, comenta el cantante. “Tiene un sentimiento muy bonito, muy genuino, y personalmente percibo que la gente conecta muchísimo conmigo cuando hago ese tipo de música que quizás les transmite felicidad o emociones más cercanas”.
Turizo incluso compara esa conexión emocional con la manera en la que otros artistas logran construir identidad desde diferentes estilos musicales. Mientras algunos destacan desde la energía del reggaetón o la técnica del rap, él siente que su lugar dentro de la música siempre ha estado más relacionado con las canciones sentimentales y con la posibilidad de conectar desde la emoción. “Hay artistas que conectan desde un delivery brutal o desde canciones para perrear toda la noche”, asegura. “Yo siento que la manera en la que me conecto con mi gente es hablando desde los sentimientos”.
La exploración musical termina siendo, justamente, uno de los ejes centrales del trabajo. A lo largo del álbum, Turizo se mueve entre el pop, la música popular colombiana, el regional mexicano, el reggaetón, la música tropical y distintos sonidos urbanos junto a artistas tan diferentes entre sí como Luis Alfonso, Emilia, Xavi, Dei V o Dálmata. Sin embargo, para el colombiano, esa diversidad nunca ha sido algo forzado ni una estrategia para abarcar distintos mercados; más bien, responde a la forma natural en la que él mismo consume y entiende la música.
Turizo revela que nunca ha visto su carrera desde la lógica de pertenecer a un solo género. Por el contrario, siente que gran parte de su crecimiento artístico ha estado ligado a permitirse explorar distintos universos sonoros y, sobre todo, a lograr que su público entendiera esa libertad creativa como parte de su identidad. “Mi manera de disfrutar la música es básicamente eso: probar cosas diferentes”, afirma el cantante. “No está en mi identidad pensar que un álbum tiene que ser homogéneo en un ritmo o en un género. En un color sí, en un concepto sí, en lo que te hace sentir sí, pero no necesariamente en un solo sonido”.
Para Turizo, esa libertad también parte de una idea muy simple: nadie escucha un único género musical en su vida cotidiana. Según explica, sus propios hábitos como oyente terminaron moldeando la manera en la que hoy entiende sus proyectos y la posibilidad de moverse entre mundos completamente distintos sin sentirse limitado creativamente. “A mí me gusta de todo”, asegura. “Entonces también quería darme esa libertad en la música de poder explorar en todo. Al final la gente decide si conecta o no con lo que haces, pero lo importante para mí era no limitarme mentalmente pensando que tenía que repetir la misma fórmula todo el tiempo”.
Esa apertura, dice, es justamente lo que le ha permitido colaborar tanto con artistas del mundo urbano como con figuras cercanas a la música mexicana, las baladas o los sonidos tropicales. Más que verlo como una contradicción, Turizo entiende todos esos géneros como parte de una misma experiencia emocional.
El colombiano también coincide con una idea planteada recientemente por Quevedo sobre la imposibilidad de construir un álbum desde una única emoción o un solo estado de ánimo. Para él, la música funciona mucho más como una experiencia cambiante, capaz de acompañar distintos momentos de la vida cotidiana. “Un álbum tiene que sentirse como un viaje”, explica. “Si tú ves una película y tiene la misma escena repetida cuarenta veces, deja de tener sentido. La música también tiene que generar una montaña rusa emocional”.
Turizo incluso compara esa construcción emocional con la cocina: una mezcla constante de ingredientes, ritmos y sensaciones que van cambiando dependiendo del momento y del estado de ánimo de cada persona. “Hay días donde quieres escuchar algo más lento y parchado para caminar tranquilo, y otros donde quieres reggaetón porque estás con tu pareja o quieres salir a bailar”, comenta entre risas. “La música es eso: diferentes emociones, diferentes energías y diferentes momentos”.

Aunque Apambichao gira alrededor de la libertad creativa y la exploración, Turizo reconoce que detrás de cada lanzamiento también existe un componente de incertidumbre inevitable. Después de meses —e incluso años— trabajando en silencio sobre canciones, conceptos e ideas, el momento de mostrar el proyecto al público sigue siendo, para él, una de las partes más difíciles del proceso artístico. “El reto realmente aparece cuando ya terminaste todo y dices: ‘Juepucha, ojalá que la gente conecte con esto’”, comenta el cantante. “Uno disfruta muchísimo haciendo música, pero después de invertirle tantas horas y tanta energía a un proyecto, siempre existe ese pequeño momento de ansiedad cuando finalmente sale al mundo”.
Más allá de hablar de dificultades técnicas o creativas, Turizo asegura que su principal criterio a la hora de hacer música sigue siendo el disfrute y la conexión emocional con lo que está creando. Según explica, cuando deja de sentir esa vibra o esa emoción dentro de una canción, prefiere abandonar la idea y empezar de nuevo antes que forzar un proceso creativo. “Si no estoy disfrutando lo que hago, simplemente cierro ese libro y empiezo otro”, asegura. “La música tiene que sentirse natural. Cuando uno no está conectado con lo que está haciendo, se nota”.
Tras el lanzamiento, el colombiano adelanta que el resto de 2026 estará marcado por nuevas colaboraciones, festivales y la posibilidad de comenzar oficialmente la gira del álbum hacia finales de año. Esa etapa ya comenzó a expandirse recientemente con ‘La Semana’, junto a Elena Rose, donde vuelve a acercarse a un sonido mucho más melódico y emocional.
Sin embargo, uno de los aspectos más llamativos de esta nueva etapa sigue siendo su creciente relación con la música mexicana, una escena con la que ha conectado cada vez más durante los últimos años. Entre esos acercamientos aparece una colaboración con Banda MS, una experiencia que Turizo describe como especialmente significativa por la relación emocional que encuentra entre la música regional mexicana y géneros profundamente arraigados a la cultura colombiana, como el vallenato. “Soy muy fanático de la música banda y de toda esa música cultural mexicana”, explica. “Siento que tiene mucho que ver con el mismo sentimiento que transmite el vallenato: esas letras, esa emoción, esa manera de cantar las cosas tan a flor de piel”.
El cantante también reconoce que parte de esa conexión nace desde la manera en que artistas y agrupaciones mexicanas han abierto las puertas para que él pueda participar en un universo cultural completamente distinto al suyo. Nombres como Grupo Frontera o Fuerza Regida aparecen entre las agrupaciones con las que siente afinidad dentro de esa escena. “Yo me siento un forajido entrando a ese mundo”, comenta entre risas. “No soy mexicano ni crecí dentro de esa cultura, pero lo hago porque realmente me gusta y conecto con eso, y lo bonito es que ellos también han conectado con lo que yo hago”.
Para Turizo, esa experiencia se parece mucho a entrar en escenas profundamente locales dentro de Colombia, como la champeta o el vallenato más tradicional: espacios culturales con códigos propios que van mucho más allá del pop o de las tendencias globales. “Eso es cultura mexicana de verdad, no el pop mexicano”, asegura. “Y yo agradezco muchísimo que me hayan permitido entrar a ese mundo”.
Para Turizo, esa necesidad de explorar constantemente no parece responder únicamente a una estrategia artística, sino a una manera muy personal de entender la música y la vida. En un momento donde gran parte de la industria gira alrededor de fórmulas inmediatas, tendencias pasajeras y algoritmos, Apambichao aparece como un proyecto construido desde la intuición, la curiosidad y la libertad de probar cosas nuevas sin miedo a moverse entre géneros, culturas o incluso nuevas tecnologías.
Más que buscar una única definición dentro de la música latina, Manuel Turizo parece haber encontrado su identidad justamente en la posibilidad de no quedarse quieto. Ya sea acercándose al vallenato, experimentando con sonidos tropicales, colaborando con artistas urbanos o entrando como “forajido” al mundo de la música mexicana, el colombiano entiende su carrera como un proceso abierto, en constante movimiento y aprendizaje. Quizás ahí esté precisamente la esencia de Apambichao, un álbum que no busca encajar en un solo lugar, sino recorrer muchos al mismo tiempo.
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Para Kei Linch no ha existido ni existirá otro camino distinto a la música. La rapera colombiana lo ha tenido claro desde que era conocida bajo otro nombre y desde que pisó sus primeros escenarios rapeando, y a día de hoy continúa avanzando sin dar señas de querer detenerse. Con una mente que desborda versos, desde 2023 lleva una tradición de publicar un disco —ya sea de corta o larga duración— anualmente, costumbre que este año desembocó en La nena tiene una estrella. El trabajo está compuesto por ocho canciones a través de las cuales explora los duelos y las despedidas, pero, principalmente, en las que reconoce que el poder dedicarse a ser artista también pesa.
El EP le permitió hacer una evaluación de esa “estrella” que los demás a su alrededor siempre le dijeron que tenía y que, con el tiempo, aprendió a reconocer, valorar y manejar con cuidado. “Estoy en un momento de claridad mental que me permite agradecer ese tipo de momentos y situaciones que antes daba más por sentado”, dice. “Ahorita estoy haciendo mucha música, estoy muy conectada conmigo y viviendo muy en el presente”.
Kei Linch continúa expandiendo su visión y explorando otras dimensiones de su música —por ejemplo, recientemente colaboró con Gera MX en el bolero ‘Tu foto’ —, más en esta conversación desglosa lo que hay detrás de La nena tiene una estrella.
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La nena tiene una estrella tiene un contraste directo con Dulcinea, pero también con Amor y plata. ¿Por qué era importante para ti abordar ahora este lado azul, este lado de la melancolía y estas cosas no tan alegres?
Siento que hay cosas que hay que soltar para seguir, y siento yo que traía mucho atrapado y quedó ahí en La nena tiene una estrella. También amo el azul, y ya había usado el rojo, entonces lo vi muy correcto para ahorita, para cómo me estaba sintiendo también. La tiene una estrella es, desde el nombre, un trabajo muy honesto para mí. Es un trabajo donde cada vez intento que no me importe mucho lo que puedan esperar de mí afuera, sino me enfoco en cómo me hace sentir mi música. Siento que eso es lo que ha terminado de darle una identidad a la música y al proyecto últimamente.

Cortesía Sony Music Colombia
Tus letras siempre han sido muy sinceras, pero siento que en este disco te abres un poco más. ¿Qué te llevó a abrirte más en estas canciones?
Es que me puse sentimental [risas]. Siento yo que siempre ha sido difícil para mí escribirle al amor o más bien tomarme el tiempo de hacerlo porque es un sentimiento muy bonito que cuido mucho, y siento que en esta oportunidad todas las canciones hablan de eso pero está bien escucharlo así, está bien cantarlo así, está bien escribirlo así porque hay momentos en la tarima que necesito conectar con ese lado mío, y como te decía ahorita, estoy intentando ser muy fiel a lo que quiero, entonces eso también involucra lo que siento en una tarima y para mí es una bendición completa poder hablar de lo que me duele y de lo que me hace feliz y absolutamente todo ahí. Lo chimba es que la gente recibe la música también. Saber que hablo por mí, pero también hablo por varias personas.
El título del disco remonta a algo positivo, pero una vez uno se adentra en las letras se da cuenta de que trata más de duelos, de despedidas, de esos dolores que normalmente no se muestran. ¿Por qué quisiste mostrar ese lado no tan positivo de la estrella?
Porque tenemos muy romantizada la estrella. Siempre que uno piensa en la estrella piensa en luz, piensa en éxito, en un montón de cosas que también vienen con una estrella, pero la parte real y pesada es que por lo mismo que brilla hace que uno destaque y se vuelva blanco más fácil para muchas personas. Por lo mismo que es grande pesa y a veces espicha, entonces es una responsabilidad también con uno mismo muy grande cargar su propia estrella.
El nombre quería mostrar eso. Quería mostrar la estrella como todo lo que para mí es tener una luz que no es solo cosas bonitas y chimbas, sino todo lo que arrastra un compromiso con uno mismo. De hecho, el nombre es positivo, es muy bonito; viene de un trabajo interno. Ahorita estoy en un punto de mi vida en donde luché mucho contra mi cabeza para poder respetar lo que hago porque uno sale al mundo, parce, uno viene virgen y limpio de absolutamente todo y el mundo lo ensucia. El mundo es jodido, pero cuando uno es consciente de su estrella y empieza a tomarla con ese valor y a respetarla como se merece, las cosas se ven distintas. Siento yo que más allá de ser un EP es un recordatorio para mí desde el mismo nombre, de decirme, “Parce, lo que usted ha hecho no ha sido en vano. Está construyendo algo, unas bases muy sólidas para sostener algo en un futuro”, y sí es un trabajo de protesta y cuidado. De protesta contra la gente que a veces no lo quiere ver a uno bien porque entonces si uno viene del barrio tiene que quedarse hundido, viviendo pobre y vistiéndose mal porque si no usted no hace parte de una cultura. Un montón de estupideces que realmente no me representan y que todo el tiempo estoy intentando exhibir, visibilizar y también mostrar en dónde está el lado negativo de todo esto. No puede ser que viniendo de un género que hable de injusticias sociales tenga tantas y una esté ahí en el fuego cruzado recibiendo bala por el simple hecho de perseguir una idea, de perseguir un sueño.
Este nombre también es un recordatorio de entenderme como una persona que por la misma estrella ha hecho todo lo que ha podido, la ha cuidado, la ha protegido y la ha respetado, pero también a veces le ha costado cargarla. Ahorita tengo la oportunidad de estar en paz conmigo misma y de cargarla con muchísimo orgullo. Esta luz es mía, la he armado yo, y es un recordatorio para mí y para los demás de que esta estrella sigue siendo grande, poderosa y positiva.

En ‘Calibre 22’ mencionas esto de que a veces te espicha el peso de esta bendición. ¿Cómo has logrado que esto no te aplaste?
Realmente me ha aplastado muchas veces, y lo que sí he tenido que hacer es respirar, coger fuerza y volver a levantarme porque es gonorrea a veces, y más cuando uno viene de un ambiente y de una crianza en donde todos somos iguales, en donde todos somos válidos. A mí me criaron con unos valores muy lindos para amar, respetar y creer desde el lado más puro, y entonces cuando uno se enfrenta a la industria, al mismo género, las redes, que todos tengan una opinión y para todos sea “válida” aunque sea cruel, aunque lastime, es difícil enfrentarse a eso actualmente, pero siento yo que la misma música es la que me levanta.
Yo realmente hago esto por mí, por los míos, por estar bien, por decir un día, “Estoy viviendo la vida que quiero, como quiero, gracias a mi música”, entonces siento yo que, para no dejarse espichar por completo esa estrella, lo que hay que hacer es recordar de dónde vienes y para dónde vas. No zafarse nunca de la raíz y recordar todo el tiempo el objetivo de esta vuelta, por qué iniciamos, por qué estamos aquí, el papel que tenemos y el costo de ese lugar. Abrazarlo y mirar hacia el frente porque esto va más allá de ser un capricho personal. Esto se volvió un reto personal de cambiarle el rumbo a un apellido. Siento que esa es mi manera de mantenerme cuerda y fuerte manteniendo esa estrella.
¿Qué es eso que te reafirma que escogiste el camino correcto?
Cuando tengo un show y llegan chicas con tatuajes de las frases, cuando las veo llorando mientras canto, mientras cantamos. Eso para mí ya es todo porque estoy acompañando a alguien, y puede que suene muy romántico y lo que sea, pero realmente para mí esa es la fuerza de esta vuelta de la música. El poder darles voz a otras personas, y ni siquiera solo eso, sino que es liberador de la manera más hermosa cuando uno está en una tarima y hay personas que están sintiendo de la misma manera o incluso más fuerte lo que uno escribió y lo que uno vivió. Eso me mantiene firme y me mantiene recordándome que este es el camino.
Primero, no sé hacer otra cosa en mi vida y no quiero [risas]. No tengo un plan B, nunca he tenido un plan B. Simplemente desde la primera vez que a mí me pidieron una foto, yo dije, “Esta foto tiene que valerle a esa persona, parce. No puede ser que me pida una foto y no vaya funcionarme esta mierda. Hay que hacer valerla”, y ese fue el primer compromiso serio que yo tuve con esto, cuando entendí que no era solo un desahogo mío, sino un desahogo de más personas.

No es la primera vez que lo haces en tus letras, pero en ellas reafirmas tu valía como artista, y hablando específicamente de este disco, no lo haces desde la presunción de “yo soy más” sino desde el auto reconocimiento del esfuerzo propio. Eso me puso a pensar en la idea de que a la sociedad no le gusta que las mujeres reconozcan que son inteligentes, que son talentosas, incluso que son bonitas. ¿Qué opinas sobre la importancia de que una mujer en las artes, que es tu campo, sea capaz de echarse flores a sí misma?
De total importancia. Históricamente hemos estado super menospreciadas por todo, como para que en este punto de la historia no nos creamos nosotras mismas nuestro cuento y no reconozcamos nuestras luchas personales y como género. En este momento para mí es importante hasta el hecho de presumir porque una se guarda muchas cosas por lo mismo, por el miedo a “si salgo y digo esto de tal manera entonces soy una creída. Si no salgo y digo esto, entonces soy una aburrida”. Hay una etiqueta para absolutamente cada acción, cada pensamiento que una como mujer tiene, y eso es súper jarto como para que nosotras también lo estemos perpetuando así.
En este momento de mi vida estoy con la mentalidad puesta en que, si uno no se hace valer a uno mismo, nadie más le va a dar ese valor. En mi caso personal, es con esta carrera rara que yo he traído porque no ha sido un proceso normal tampoco, han pasado cosas muy extrañas, han pasado cosas muy locas. Mi carrera ha sido distinta y no se compara a la de nadie más, y desde ahí ya uno tiene que agarrar ese valor y decir, “Solo yo sé lo que he pasado, lo que ha costado y lo que me lo he disfrutado”, entonces, por ejemplo, yo soy una persona que le cuesta muchísimo presumir sus logros porque en cierto punto me hicieron creer que esos logros no eran válidos o no eran los que se necesitan dentro de un género que es machista. A mí me hicieron creer que cada cosita que yo hacía era irrelevante y que no tenía peso alguno dentro de dentro de este juego, y ya me di cuenta de que no es así. Realmente estamos cambiando algo, estamos haciendo algo y en algún momento en los libros de historia la vuelta va a quedar así, se le va a dar el valor y el reconocimiento a cada pasito.
Igualmente siento que estamos nosotras en el momento de salir y frentear, de no escondernos, de no esconder ni siquiera el proceso. Estamos en un punto clave. Yo estoy en un punto clave de mi música en donde necesito testigos, y estoy cansada de esconderlo, de esconderme, de esconder cada logro, solo porque sé que si salgo y digo, “Hice tal cosa”, me van a decir, “Pero es que usted no es, usted no representa, usted no pertenece”. ¡Gonorrea, sí pertenecemos y sí estamos haciendo las vueltas!
Hace falta salir del cuarto de uno y conocer un poquito más el mundo para entender que de este lado se están haciendo muy bien las cosas. Lo que está mal son las bases de un género que nunca lograron traducir bien y no lograron entender nunca. Entonces el trabajo de nosotras como nenas –porque siento que ahorita en Colombia hay muchas– es seguir saliendo y seguir haciendo las vueltas públicas y para que cada vez se normalice más. Las mujeres, cuando nos enfocamos en hacer algo y nos comprometemos, lo llevamos a otro nivel y lo hacemos mucho mejor de lo que los demás puedan esperar o puedan decirnos que podemos hacerlo.
En este punto de tu carrera, ¿qué metas te estás trazando?
Ahorita estoy yo creo que es la misma. Yo estoy esperando el momento de una canción. Estoy haciendo mucha música, estoy realmente encerrada haciendo música. Afortunadamente siempre sueño en grande y, no sé, me da visaje de contar mis sueños públicamente porque a veces siento que hablarlo antes de tiempo es peligroso. Creo mucho en las energías [risas], y me ha pasado que cuento algo y se cae. Entonces yo me guardo todo, pero realmente mi sueño más grande es vivir tranquila haciendo la música que quiero, pero vivir tranquila de la forma que quiero. Vivir bien de esta mierda. De lo que te decía de no tener preocupaciones. Que dentro de dos o tres generaciones esta vuelta no tenga que ser sufrida. Cambiar el rumbo a esta vuelta. Ese es el sueño mayor.
Ya obviamente desde ahí empieza a bajar todo y es estar en escenarios grandes o compartir con gente que admiro, aprender y seguir aprendiendo de gente que admiro, colaboraciones, de todo, absolutamente todo, pero todo muy ligado a ese sueño mayor.
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A.CHAL ha pasado buena parte de su vida convirtiendo el desarraigo en lenguaje propio. Nació en Perú, creció en Queens y aprendió temprano que la identidad, antes de convertirse en orgullo, puede sentirse como una zona de fricción: el acento, el idioma, la presión de encajar, la necesidad familiar de “agringarse” para sobrevivir y, al mismo tiempo, la atracción casi instintiva hacia los márgenes, hacia la gente que no pedía permiso para existir.
En su historia, la dualidad no aparece como una postal migrante ni como una fórmula de mercado, sino como una herida trabajada durante años hasta volverse intuición creativa. Antes de entenderse como artista, A.CHAL tuvo que entenderse como alguien que venía de varios lugares a la vez, alguien que había aprendido a moverse entre códigos distintos, entre la exigencia del hogar inmigrante, la calle neoyorquina, la nostalgia peruana y una idea de éxito que nunca terminó de parecerle suficiente si no venía acompañada de sentido. Por eso, cuando habla de su música, también habla de supervivencia, de bullying, de mudanzas, de castigos, de espiritualidad, de ayahuasca, de ego, de familia y de esa búsqueda silenciosa por sentirse cómodo en la propia piel. Todo parece parte del mismo proceso: dejar de pelear con lo que uno es para empezar a usarlo como brújula.
Esa brújula lo ha llevado ahora hacia una etapa que se siente menos como un giro de carrera y más como una revelación. Después de años moviéndose entre el R&B, el trap, el hip hop alternativo y una sensibilidad bilingüe que siempre estuvo atravesada por sonidos psicodélicos y exóticos, A.CHAL encontró en la cumbia peruana, la chicha y la música popular de los barrios una forma de volver al origen sin caer en el disfraz.
Su encuentro con Los Mirlos, su obsesión reciente con Chacalón, su lectura de la palabra “cholo” como símbolo de orgullo y su deseo de llevar esta nueva música al escenario con una banda que cruce cumbia y rock hablan de un artista que ya no está buscando sonar correcto, sino sonar verdadero. En esta conversación con ROLLING STONE en Español, A.CHAL mira hacia atrás sin nostalgia complaciente y hacia adelante sin ansiedad por convertirse en el artista más grande del mundo. Lo suyo parece ir por otro lado: hacer música que ayude, que nombre algo, que devuelva dignidad a una palabra, que conecte con quienes también han tenido que aprender a vivir entre mundos. Y quizá por eso este momento se siente tan poderoso: porque después de más de diez años de ensayo, caída, industria, independencia y búsqueda espiritual, A.CHAL parece haber encontrado no solo una dirección musical, sino una razón más profunda para seguir cantando.

Tu historia siempre ha estado atravesada por ese cruce de mundos. Haber nacido en Perú y luego crecer en Queens, obviamente, te cambió como persona. ¿En qué momento entendiste que esa dualidad no era una carga, sino una ventaja creativa?
Es una buena pregunta, porque eso no fue algo de lo que me di cuenta de inmediato. Había mucha resistencia, mucho bullying, especialmente por el idioma. Y no solo en la escuela, también de la gente en general. Queens es un lugar muy particular. No eran solamente latinos, caribeños y negros. Había hindúes, chinos, coreanos, griegos. Entonces, siendo inmigrante ahí, todos eran inmigrantes en cierto sentido, y todos querían ser los más aceptados dentro de lo americano. Esa energía se sentía muchísimo.
Había quienes querían ‘agringarse’ y otros que se ponían más rebeldes. Yo me junté rápido con la gente más rebelde. Pero ahora, viéndolo con perspectiva, entiendo que mi papá quería agringarse porque quería que la vida fuera más fácil para nosotros. Entonces existía ese dilema en casa. Yo andaba con gente más de barrio, inmigrantes caribeños y demás, y eso a él le asustaba un poco porque quería que yo fuera amigo de los niños que veía en la televisión, los niños americanos.
Después, entrando en la adolescencia, como a los 14 o 15 años, ya había pasado por demasiado. Me mudaba constantemente, fui como a seis escuelas diferentes. Y cuando te mudas tanto, terminas viviendo lo mismo de muchas formas distintas. Ya llega un punto en el que has hecho de todo: te quedaste callado, hablaste, peleaste, te golpearon, golpeaste, te sacaron de la escuela, llamaron a tus padres, tus padres te castigaron, hasta te botaron de la casa. Mi papá me botó varias veces hasta los 15 años.
Entonces llega un momento en el que simplemente dejas de darle importancia. Dices: ‘Tengo que cambiar algo’. Y aprendí a amarme en ese sentido. A partir de ahí crecieron muchas cosas.
Y tampoco es algo que desaparece por completo. Yo creo que todos seguimos lidiando con sentirnos cómodos con quienes somos realmente. Y eso no pasa solo por el rostro o la identidad cultural. También hay gente blanca que va a otros países y se siente intimidada. O pasa con la edad, cuando tienes 30 o 40 y vas a un concierto lleno de jóvenes de 18. O pasa con el dinero, con la ropa, con cómo te ves.
Entonces yo no me veo como alguien que sufrió algo único. Pienso que cada quien tiene su propia versión de esa historia. La vida es ir aprendiendo a sentirte cómodo contigo mismo, y esa aceptación ayuda muchísimo. También me ayuda mucho en el arte.
A nivel musical, llevas ya casi una década de carrera. Empezaste trabajando más el hip hop, el R&B y el trap. ¿En qué momento dijiste: ‘Voy a tomar mis raíces y transformarlas en algo moderno, actual y universal’?
Tú hablas de la fase en la que estoy ahora.
Mira, yo siempre he dicho esto: desde que empecé a sacar música en 2015, siempre hubo un toque bilingüe y también sonidos exóticos. Mi primer álbum se llamaba Exótica. Si escuchas Welcome to Ghazi, el intro tiene guitarras psicodélicas y ahí habla el Chapo Guzmán sobre sobrevivir y sobre cómo alguien del campo pudo lograr todo lo que tiene.
Y eso me encantaba porque yo me identificaba con esa mentalidad. Muchos inmigrantes, especialmente padres como el mío, son muy exigentes y te hacen pensar siempre en el trabajo, la familia, el dinero. Cuando el Chapo hablaba de eso, yo conectaba con esa visión, más allá de todo lo demás. Y mientras tanto yo ya estaba usando guitarras psicodélicas. Siento que esa propuesta siempre estuvo ahí.
Ahora, trabajar directamente con ritmos de cumbia o música folclórica peruana era algo que siempre quise hacer, pero no lo hacía porque sentía que podía ser inauténtico. Y si algo es un poco inauténtico, entonces para mí ya es fake. Prefería no hacerlo.
Cuando terminé Espíritu, que fue mi primer álbum independiente después de Epic, sabía que quería cambiar. Pero yo ya sabía que no quería seguir haciendo trap porque el ritmo ya no me emocionaba. La voz seguía siendo la misma, pero el ritmo no me interesaba más. Nunca me consideré realmente un rapero.

Entonces dije: ‘Voy a hacer música como la música que me gusta’. Y siempre me gustó la música experimental, aunque fuera un poco comercial también. Joy Division, música ambient, DJs electrónicos. Me fui por ahí.
Invertí muchísimo tiempo y dinero, pero sentía que todavía no era yo. Terminé una relación, estaba decepcionado y no sabía qué hacer. Entonces viajé a Perú para el cumpleaños de mi papá y decidí quedarme. No tenía necesidad de volver a Estados Unidos.
Y cuando me quedé, empecé a sumergirme muchísimo más en la música peruana. Ya la conocía, pero esto fue otro nivel. Me enamoré de verdad de esa música. No podía creer que existieran artistas tan increíbles y que la gente no los conociera a nivel global.
Después empecé a meterme en el circuito de shows, a conocer artistas, y entendí mucho mejor por qué pasaba eso. Tiene mucho que ver con cómo nos criamos en Perú. Y ahí es donde yo siento que tuve otra perspectiva gracias a haber vivido en Estados Unidos. Me tocó pasar cosas feas allá, pero también aprendí otra mentalidad. Tuve que aprender a sobrevivir como peruano en otro país, y eso es distinto a sobrevivir como peruano en Perú.
Entonces dije: ‘Voy a darle una oportunidad a esta música’. Y sabía que iba a tomar tiempo. Todo esto empezó hace poco más de un año, antes de la canción con Los Mirlos. Y honestamente, yo veo ‘Cholo Gang’ como mi primera canción real. Todo lo anterior, incluso ‘Pituco’, era todavía experimental.
En este proceso hice como 30 o 50 demos. Y ahora siento que estoy llegando al punto correcto. Estoy ensayando con una banda porque quiero que en vivo exista esta mezcla entre cumbia y rock. Y para mí, el show tiene que ser todavía mejor que el disco.
Siento que ahora sí estoy encontrando exactamente qué debo hacer y qué no debo hacer.
Y tomó su tiempo.
Claro. Más de diez años.
Hablando de esta colaboración con Los Mirlos, que son leyendas de la cumbia y la chicha peruana, ¿cómo surgió esa colaboración? ¿Y qué otros referentes tienes dentro de la chicha psicodélica peruana?
La percepción que tiene la gente de afuera sobre la chicha peruana es muy distinta de lo que realmente es. Y eso para mí es lo más gracioso.
Imagínate que todo el mundo fuera de Colombia creyera que el vallenato lo hace un grupo que en realidad toca otro género completamente distinto. Algo así pasa con Los Mirlos. Mucha gente extranjera cree que ellos representan toda la chicha, pero en Perú realmente eran un grupo más alternativo, más underground para su época. Afuera sí los entendieron mucho más: Argentina, Europa. Pero dentro de Perú era otra cosa.
La verdadera chicha nace más desde Lima popular, no desde el Lima turístico de Miraflores, Barranco o San Isidro. Nace de los barrios periféricos, de la gente que migra desde la sierra o la selva hacia la capital buscando oportunidades. Llegan a una vida urbana y empiezan a mezclar los sonidos de la ciudad, como la salsa y el rock, con la cumbia andina y el huayno. Ahí nace la chicha.
Y esas canciones no hablan tanto de mujeres o de la selva psicodélica. Hablan de sobrevivir, de tristeza, de trabajar, de tomar. La gente baila y llora al mismo tiempo.
Hoy hay artistas jóvenes que me gustan mucho dentro de eso, como Chochito, con quien ya trabajé, o Chorriano. Pero si escuchas eso, vas a notar que es muy distinto de la idea que la gente tiene de la chicha.
Y obviamente está Chacalón. Él es el verdadero ícono. El verdadero origen de todo esto.
Y este último álbum, ¿lo grabaste todo en Perú?
Sí, todo.
¿Cómo fue ese proceso?
Yo suelo irme a provincias para grabar e inspirarme. A veces son hoteles pequeños y feos, otras veces la hacienda de un primo o un Airbnb cualquiera. Me voy con mi ingeniero, que además es amigo mío, y vivimos muy sencillo. Comemos comida de mercado, caminamos, observamos.
Y eso me inspira muchísimo. Incluso fuera de la música, si no fuera artista habría buscado un trabajo que me permitiera viajar así, porque aprendo mucho en esos lugares. He vivido en Los Ángeles, Nueva York, pasé tiempo en París. Todo eso estuvo bien, pero ya no me inspira igual.

¿Y cómo ha sido esta etapa como artista independiente? Especialmente con el impacto reciente de este nuevo trabajo.
Ha sido un paso a la vez. Espíritu también fue independiente, pero no pasó demasiado con ese disco. Creo que Rolling Stone hizo una nota, pero fuera de eso no hubo gran cosa. Las giras salieron bien, pero no se compara con lo que está pasando ahora con ‘Cholo Gang’.
Y también estoy agradecido porque sí tuve una etapa donde la industria invirtió mucho en mí. Gané bastante dinero, aprendí muchísimo y también fracasé en ciertos sentidos. Eso me enseñó qué hacer y qué no hacer.
Hubo un tiempo en el que yo pensaba: ‘¿Por qué Dios me sigue castigando?’. Pero ahora estoy en otro lugar emocionalmente. Este negocio es difícil porque tu trabajo nace desde la emoción, y aun así necesitas estabilidad emocional.
Hoy, por la edad y por la experiencia, tengo mucho más claro lo que quiero hacer.
Y hubo algo que me cambió mucho el año pasado. Tomé ayahuasca y al mismo tiempo estaba leyendo The Power of Now. Fue una experiencia muy fuerte. El libro habla de cómo muchas veces tenemos una visión exacta de cómo queremos que se vea nuestra vida: cómo será tu pareja, tu casa, tus hijos. Pero cuando todo eso llega, nunca se ve exactamente igual a como lo imaginaste.
Entonces sufrimos porque estamos demasiado apegados a la imagen de la meta. Y eso lo aprendí muchísimo con mi chamana. Ahora intento vivir más abierto a lo que realmente llega.
¿Qué más viene para ti este año?
Honestamente, parte de mí quisiera borrar mis discos anteriores. A veces siento que no tienen el mismo nivel de autenticidad o de alineación con lo que hago ahora. Pero también entiendo que tengo que aceptar ese proceso. Es parte de mi crecimiento espiritual.
No voy a ser ese artista que cambia de nombre o que finge ser otra persona ahora. Todo eso también soy yo.
Recuerdo una vez que estaba con un artista enorme, alguien que acababa de hacer un headline show en Coachella. Estábamos en su hotel y me preguntó cuál era mi meta. Yo le respondí: ‘Ayudar’. Porque así me crió mi mamá. Si entro a un cuarto y alguien está cargando algo, mi primer impulso es preguntar cómo puedo ayudar. Si hay una sola silla para diez personas, yo voy a ser el último en sentarme.
Y esa persona me respondió: ‘Mi meta es ser el artista más grande del mundo. Quiero ser como Beyoncé’. Y yo me sentí horrible después de escuchar eso. Pensé: ‘Quizás soy estúpido. Quizás escogí el camino equivocado’. Porque veía que esa persona estaba triunfando precisamente por tener esa ambición enorme y egoísta.
Entonces pensé muchas veces que quizá debía dedicarme a otra cosa. Ser maestro, vivir tranquilo, ganar poco dinero y ya. Hasta el año pasado seguía pensando eso.
Pero ahora, con ‘Cholo Gang’, me han enviado fotos de estudiantes universitarios analizando la canción en clases. Hablando de la palabra ‘cholo’, de cómo los hace sentir, de lo que representa culturalmente. Y eso para mí es impresionante. Lograr algo así con una canción, rescatar una palabra de nuestra identidad, significa muchísimo.
Poder hacer eso mientras disfruto lo que hago es algo increíble. Puedes tener estadios llenos o millones de dólares, pero si no sientes que estás conectando de verdad con la gente, entonces para mí no vale igual.
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Cuesta trabajo imaginar una vida sin tecnología. Sin el vértigo constante de sentir que nos estamos perdiendo de algo. Y es cierto: los avances tecnológicos han facilitado muchísimas cosas. El trabajo, la comunicación, el transporte, el entretenimiento. Las computadoras y los celulares han hecho la vida más práctica y nos han permitido estar más conectados los unos con los otros.
Las redes sociales, por ejemplo, son una invención increíble. Han impulsado relaciones a distancia, permitido compartir nuestras vidas con el mundo y, muchas veces, servido como puente para reencontrarnos con personas que creíamos perdidas en el tiempo. ¿Quién no le ha escrito a un viejo amigo después de años sin hablar solo porque apareció una notificación de cumpleaños?
La tecnología también ha eliminado algo que antes parecía inevitable: el aburrimiento. Basta con desbloquear el celular, abrir una aplicación y comenzar a scrollear para llenar cualquier espacio vacío.
Pero todo exceso tiene consecuencias.
Pensemos por un momento en la última vez que estuvimos realmente presentes en una reunión social. Sin pensar en qué íbamos a subir a redes, en cómo nos veríamos en las fotos o en qué estaba pasando fuera de esa mesa. Pensemos también en la última vez que salimos a caminar sin audífonos, sin podcast, sin música de fondo; simplemente escuchando el ambiente, observando las calles, sintiendo el ruido de la ciudad y estando presentes en nuestro propio entorno.
¿Cuándo fue la última vez que estuvimos verdaderamente aquí?
En LOVERBOY PARTE 1, Mario Bautista parece hacerse justamente esas preguntas. El resultado es un EP —el primero de cuatro capítulos— que, entre influencias de R&B, funk y jazz, explora lo liberador que puede ser desconectarse para volver a habitar el presente. En conversación con ROLLING STONE En Español, Mario nos habla de un proyecto que encuentra belleza en esos pequeños momentos donde las historias reales todavía alcanzan a existir.
Primero, felicidades por el nuevo EP…
Muchas gracias.
Estuve viendo el corto y escuchando el EP desde que salió y me llamó la atención el contexto porque hay una sensación de asfixia muy fuerte. Me abrumó darme cuenta de que realmente vivimos con el celular todo el tiempo. Y hay una frase que me pegó muchísimo: “Antes el internet era un escape de la realidad. Hoy la realidad es un escape del internet”. Es casi como despertar en la Matrix. ¿Cómo fue para ti ese despertar?
Así tal cual quise plasmarlo en el video. Literalmente sentí que despertar era darte cuenta de que ya estamos muy hipnotizados por el algoritmo y por el mundo digital. Entonces fue decir: “Nuestra vida no es digital, nuestra vida es análoga”. Soltar el celular y volver a la experiencia, al presente, a ver qué te depara la vida.
Ahí fue donde quise retratar esta búsqueda en el cortometraje: agarrar las llaves del coche, salir y reconectar, descubrir qué hay para ti allá afuera y regresar a las raíces, que en este caso se simbolizan con el puesto de tacos.
Sobre los detalles, me gusto que al inicio del video salieran los discos de vinilo y quería preguntarte algo muy específico: ¿te gusta Michael Jackson?
Lo amo. Es un tremendo ídolo y una inspiración en todos los aspectos. Siempre ha sido mi referencia número uno. Mi mamá es superfán de Michael Jackson y crecimos escuchándolo, bailando sus canciones y viendo sus videos musicales.
Michael Jackson fue un exponente en todos los sentidos.
Sobre los 80’s, ¿qué tienen de especial esta decada para ti?
Se me hace una década increíble porque los géneros predominantes eran el funk y el R&B, y por eso decidí meter toda esa influencia dentro del álbum. Era una época donde ya empezaba el tema digital con los VHS y los Discman, pero todavía no existía esta hiperconexión ni esta rapidez que tenemos hoy.
Siento que era un momento donde la gente estaba más dispuesta a explorar. La moda era explosiva, los colores eran intensos, los coches parecían dulces. Todo se sentía mucho más conectado al arte. Estaban artistas como Michael Jackson o Prince en el top, y por eso quise viajar a esa línea del tiempo.

El álbum viaje entre el R&B y el jazz, y antes de ver el corto yo escuchaba el álbum y pensaba: “Esto estaría increíble escucharlo caminando por la Condesa o la Roma”. Y luego veo que el corto retrata justo esas avenidas largas, esa vibra muy citadina. ¿Cómo fue para ti construir ese viaje entre la música y la narrativa visual?
Mi mayor fuente de inspiración siempre han sido las mujeres. Con algunas me he enamorado profundamente y siento que se me facilita muchísimo escribir desde ahí.
Lo que quería plasmar era este coqueteo constante a través de las letras porque el Loverboy es este personaje que vive desde el amor. El amor es el puente para conectarte con el presente, porque normalmente el ser humano vive en el pasado, en el futuro o distraído por el celular. Nunca estamos realmente aquí y ahora, y eso es lo único tangible que tenemos.
Entonces el Loverboy funciona como un puente para volver a sentir, para reconectarte con una conversación, unos buenos tacos o una cita sin dispositivos de por medio. Simplemente tú y la otra persona disfrutando su compañía.
Me gusta mucho cuando las ciudades funcionan casi como un personaje dentro de una historia, y siento que eso pasa aquí con la Ciudad de México. En esta etapa donde hablas de bajar el ritmo y disfrutar más el presente, ¿sientes que estamos dejando de habitar esos momentos simples sin darnos cuenta?
Sin duda. Siento que la tecnología nos está quitando el sentimiento de estar vivos. Ya preferimos estar escrolleando durante horas en lugar de salir a caminar, regalar flores o compartir tiempo con alguien.
Se nos están olvidando esos pequeños detalles que realmente le daban sabor a la vida. La gente ya prefiere quedarse en casa con sus aparatos y poco a poco estamos perdiendo el sentido de comunidad y de pertenencia. Todo lo que está pasando con la tecnología da un poco de pánico.
En “Girl” tienes una colaboración perfecta con Kalimba. Su presencia encaja increíble con este universo que construiste. ¿Cómo nació esa colaboración?
Cuando estaba creando la canción pensé inmediatamente en Kalimba. Sentía que su energía ya estaba dentro del tema desde que lo escribí. Entonces busqué quién tenía contacto con él y me di cuenta de que yo mismo tenía su número guardado desde hace años.
Le mandé mensaje, le envié el track y me respondió: “¿Qué es esta locura? Parece que la hice yo”. Le dije que me encantaría que formara parte de la canción y cuando nos vimos en el estudio le enseñé todo el álbum.Quedó fascinado. Me dijo que le parecía increíble volver a escuchar estos géneros sobre la mesa otra vez. Fue muy emocionante compartir con él y construir Girl juntos.

¿Qué tanto de Loverboy es un personaje y qué tanto existe fuera del estudio?
Cien por ciento existe. Siento que esta es la vez que más he alineado lo que soy, lo que siento y lo que quiero ofrecer como artista dentro de un mismo proyecto.
Desde el mensaje de soltar las pantallas hasta la música funk y R&B, todo forma parte de mí. Son los géneros que más escucho y honestamente siento que en la vida real sí soy un fucking loverboy.
¿Crees que hoy un artista puede permitirse bajar el ritmo sin desaparecer?
Está durísimo. Siento que tienes que ser un artista gigantesco para darte ese lujo porque hoy existe tanta saturación de contenido, tanta información y tanta inteligencia artificial, que la gente olvida las cosas en diez minutos.
Entonces claro que da miedo pensar que también puedan olvidarse de ti. Es una locura.

¿Cuándo fue la última vez que estuviste completamente presente, sin pensar en cómo se iba a ver desde afuera?
Ayer [risas]… he estado practicando muchísimo la presencia porque creo que es la única manera de soltar la ansiedad que genera esta hiperconexión.
Ayer vino a México Mike Bahía y nos vimos para cenar. Caminamos por Polanco, estuvimos escuchando música, platicando de la vida, completamente desconectados del teléfono.
Y siento que esos son los verdaderos momentos de la vida: una buena conversación, una buena comida y compartir el presente, que es lo único que realmente tenemos.
Finalmente, ¿qué significa amar bien en la actualidad?
Amar desde el corazón y no desde la mente. La mente tiene prejuicios, inseguridades y experiencias del pasado, y cuando juzgas un nuevo amor desde ahí, nunca va a funcionar.
Creo que el chiste es conectar desde el corazón, desde la libertad, la confianza y la plenitud. Entregarte desde un lugar genuino.
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Después de más de una década bajolos reflectores, Niall Horan atraviesa una etapa marcada por la claridad creativa y la confianza en sí mismo. En Dinner Party, su cuarto álbum como solista, el músico irlandés se aleja de la sobreproducción para apostar por un sonido más orgánico y directo, construido desde la energía de una banda tocando en vivo.
El disco nació inmediatamente después de la gira de The Show, una experiencia que —según cuenta— le recordó que todavía había gente interesada en escuchar lo que tenía que decir. Esa sensación terminó moldeando un álbum más espontáneo, vulnerable y honesto, donde Horan deja de sobrepensar sus canciones para simplemente escribir desde el momento que está viviendo.
En una conversación exclusiva, Horan habla sobre el proceso detrás de Dinner Party, la influencia que tuvo la experiencia en vivo sobre el álbum y el lugar emocional desde el que escribió canciones como ‘Dinner Party’ y ‘End of an Era’. Esta última, dedicada a Liam Payne, funciona como uno de los momentos más emotivos del disco. “Muchos de mis recuerdos con Liam son muy felices”, explica Horan. Lee la plática a continuación.
Felicidades por el álbum. Lo he estado escuchando y me gustó mucho. Saldrá en un par de semanas, ¿cómo te sientes?
Estoy listo. Asustado. Pero si, listo.
¿Qué es lo que te asusta?
Bueno, me gusta toda la música y espero que al mundo también le guste. Esa es la parte más aterradora. Y la verdad es que esa sensación nunca cambia.
Normalmente te tomas un tiempo después de una gira, pero esta vez prácticamente regresaste directo al estudio. Dijiste que la gira y álbum anteriores te dieron mucha confianza. ¿Qué cambió creativamente para ti después de esa experiencia?
La emoción de volver al estudio. Me di cuenta ese año de que la gente todavía quería escuchar sobre mi, y eso me dio mucha confianza y emoción. Solo quería volver a entrar y hacer otro disco. Además, ya sabía cómo quería que sonara el álbum incluso antes de hacerlo. Sabía lo que quería decir. Y también pensé: mientras más rápido entre al estudio, más rápido puedo sacar el disco y más rápido puedo volver a salir de gira.
¿Y cuál era ese sonido que sabías que tenía que tener?
Definitivamente quería algo con una sensación mucho más en vivo. Toda mi música siempre ha estado basada en guitarras, pero hasta ahora nunca había sonado realmente tan live. Creo que esta vez quería batería, teclados, bajo, guitarra, guitarra acústica y algunos synths, pero nada más. No quería algo gigantesco ni sobreproducido; quería un sonido directo de banda. Y siento que eso sí se percibe en este disco. Desde el principio tenía claro cómo quería que sonara. No quería experimentar con mil estilos distintos; solo quería tocar como tocamos en los shows.

¿Entonces la experiencia en vivo influyó directamente en la manera de escribir el álbum?
Totalmente. Siempre había querido que fuera así. Lo que pasa es que el pop, durante mucho tiempo, dejó de inclinarse hacia un sonido más en vivo. Probablemente desde principios de los 2000. Entonces ha sido bonito volver a escuchar música así y me emociona mucho eso.
¿Qué tanto esa confianza que ganaste en la gira moldeó la manera en que abordaste este nuevo disco?
Muchísimo. Literalmente metí a mis dos productores y colaboradores conmigo a un cuarto y junto con una banda simplemente empezamos a improvisar. Venía saliendo de la gira, entonces mi último recuerdo musical era estar sobre el escenario. Quería continuar con esa energía: montar una banda completa, tener un micrófono enfrente y empezar a cantar. Y lo que fuera que saliera, lo que fuera que escribiéramos o dijera, se convertía en las canciones. En vez de sentarme a pensar demasiado, simplemente lo hice. Y creo que esa fue la mayor influencia en el álbum.
Sí, se siente mucho más genuino y divertido.
Exactamente.
Háblame del concepto y del título de la canción ‘Dinner Party’, que habla de cómo cambió tu vida desde que conociste a tu novia, ¿no?
Sí, totalmente. La canción ‘Dinner Party’ tuvo un impacto enorme en el álbum porque ahí me di cuenta de que estaba escribiendo un disco cronológico sobre lo que pasó después de ese momento. Esa canción era importante porque dice exactamente lo que pasó. Las demás son un poco más detalladas, pero necesitaba esa canción para lanzar el resto del álbum.
¿Y cómo recuerdas esa noche en la que organizaste esa dinner party (cena)?
Siendo honestos, al final hubo más tragos que cena. Pero fue divertido, muy divertido. No era nada elaborado, solo unas cuantas personas. Tomé algunos tragos y fue una locura. Muy random, muy extraño pensar que algo tan pequeño terminara convirtiéndose en algo tan grande. La recuerdo perfectamente. Creo que fue el día más caluroso del año en Reino Unido o algo así. Recuerdo que estaba quemado por el sol.
Has dicho que estos últimos dos álbumes han sido mucho más románticos porque es el lugar emocional en el que estás actualmente. ¿Sientes que tu manera de escribir se ha vuelto más honesta o vulnerable conforme ha cambiado tu vida personal?
Sí, creo que sí. También tiene que ver con crecer un poco y perderle el miedo a decir ciertas cosas. Ahora simplemente me siento y escribo lo que está pasando. Creo que me he vuelto mejor en eso. Antes quizá pensaba: “Mejor no digo esto”, o algo así. Pero ahora ya no me importa tanto. Lo que se me viene a la cabeza, lo digo.
¿Sientes que tienes que equilibrar lo que esperan los fans más longevos sobre ti y el lugar creativo en el que estás hoy?
Sí, totalmente. Eso siempre está en mi cabeza. Pero también sé muy bien qué es lo que mis fans quieren de mí. Les gustan las guitarras, les gusta ese sonido entre rock pop e indie, y también les gustan las canciones acústicas más íntimas, casi como lullabies. Siento que tengo muy claro qué conecta con ellos porque he tocado muchísimos shows y estoy ahí enfrente viendo su reacción. Entonces, cuando entro al estudio, ya tengo una buena idea de qué les gusta y eso siempre está presente en mi mente. Nunca quiero asustarlos ni que reaccionen con un “¿qué está haciendo?”.
El álbum cierra con ‘End of an Era’, una canción sobre la pérdida y el amor. Es una canción triste y nostálgica por la ausencia de Liam Payne, pero me gusta que también mira hacia los buenos momentos. Has dicho que todos tus recuerdos con él son felices. ¿Cómo terminó tomando esta forma más celebratoria?
Creo que la canción va alternando constantemente entre la tristeza y los recuerdos felices. Para mí era importante incluir ambas emociones porque las dos son reales. Muchos de mis recuerdos con Liam son muy felices, pero también es una situación muy triste. Sentí que tenía que incluir las dos cosas. Porque sí, es muy doloroso, pero también vivimos momentos increíbles. Y creo que los fans van a sentirse identificados con eso, porque sus recuerdos de Liam también son felices.
Llevabas tiempo trabajando la canción, pero cuando entendiste que realmente era sobre Liam, todo fluyó mucho más rápido. ¿Qué cambió creativamente cuando te permitiste entrar de lleno a eso?
La canción siempre se llamó ‘End of an Era’, pero yo no sabía cuál era esa “era”. ¿El final de qué? Y de repente dijimos: “Claro, estamos hablando de Liam”. No sé exactamente qué cambió creativamente después de eso, pero sí me hizo entender algo: no sobrepienses tanto las cosas. Estás pensando demasiado. Solo di lo que ves. Y creo que eso me va a ayudar muchísimo de ahora en adelante cada vez que escriba. Es como: no lo sobrepienses, sólo sácalo.
Admiro cómo has evolucionado como artista, especialmente viniendo de una de las bandas más grandes del mundo y construyendo una carrera solista en un momento tan transformador para la industria. ¿Cómo te sientes en esta etapa de tu carrera y de tu identidad artística?
Estoy muy feliz. Me encanta la palabra “longevidad”. Me gustaría estar haciendo esto durante muchísimo tiempo. Y he disfrutado mucho estos últimos diez años, este crecimiento lento pero constante: cómo ha evolucionado la música, cómo los fans han seguido siendo leales, cómo también se ha ido sumando gente nueva, cómo los venues se hacen cada vez más grandes… que es exactamente lo que quiero; que cada vez más personas conecten con la música y eso me hace muy feliz. Y espero sentirme igual cuando llegue a México de gira. Quiero hacer esto durante mucho tiempo, tocar en venues grandes, y si el crecimiento toma tiempo, no me importa.
Siempre has tenido una relación muy fuerte con Latinoamérica, ¿no?
Sí, totalmente. Solo hay que ver las estadísticas en mis redes, en las plataformas digitales, en la venta de boletos… Latinoamérica es una locura, y especialmente México. Para mí es muy emocionante porque yo vengo de un país muy apasionado, entonces entiendo a la gente apasionada. Me encanta cuando vamos allá: lo intensos que son, lo ruidosos que son. Todavía no anuncio los shows, pero voy a volver a México muy pronto. Así que puedes decirle a los fans que ya voy en camino, que estén listos.
Sé que la evolución es importante para ti. Idealmente, ¿cuál sería el mejor escenario para el futuro de este proyecto? Después de lograr tantas cosas, ¿cuál es tu sueño?
La verdad siento que ya estoy viviendo el sueño. Poder tocar en arenas y quizá algunos estadios alrededor del mundo durante todo el tiempo que sea posible. Y seguir haciendo música que me guste, eso es muy importante para mí.
Pero también asegurarme de hacer música que le guste a mis fans. No quiero alejarlos; quiero hacer música que todos amemos. Si puedo seguir haciendo eso y tocar shows grandes por mucho tiempo, seré más que feliz.
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Sentarse a escuchar cantar a Las Áñez es darse cuenta de que todavía existen voces capaces de capturar los sentidos sin necesidad de efectos especiales o de un sinnúmero de instrumentos que terminan confundiendo. Escucharlas es encontrarse con un juego de voces que revive el recuerdo de grandes cantadoras y transporta los sentidos a universos mágicamente cotidianos, como el que gira alrededor de ‘Cebolla’, o a otros más complejos, como el de ‘Alma vieja’.
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Como ellas mismas explican: “La ambientación sonora hace parte fundamental del concierto de Las Áñez. En vivo suenan intermedios sonoros que no solo nos dan la tonalidad, sino que introducen la atmósfera de cada canción. El encargado, en los últimos cinco años, de la reproducción exacta y ecualización de estos sonidos ha sido el DJ Camilo Manchego, también productor de la canción ‘Devenir’, de Dualismo mágico”.
En exclusiva con ROLLING STONE en Español, Las Áñez compartieron su visión sobre la música y explicaron de dónde nace Dualismo mágico, un disco en el que cada canción es una obra de arte.
Hay algo que me gusta muchísimo de su proyecto, y es que no necesitan de mil sonidos para crear excelentes canciones con gran maestría. ¿Cómo definirían su sonido y cómo lo encontraron?
Definir el sonido es una tarea difícil. Son canciones a dos voces, con influencias de la música latinoamericana y sonidos modernos. Mucha gente escucha jazz en nuestros arreglos, y eso puede tener relación con lo que dices sobre no saturar las canciones, porque nosotras estudiamos jazz y pensamos los arreglos como si siempre se estuvieran tocando en vivo, de menos a más, y no de más a menos.
El minimalismo hace parte de nuestra estética desde el inicio, gracias al jazz y a esa idea de pensar qué podemos hacer en vivo para luego ir agregando pequeños detalles. Por eso nuestras canciones funcionan como una subida en la que, en cada paso, aparecen nuevos elementos. Algo que nos gusta mucho del minimalismo es agregar solo lo esencial, estando únicamente dos personas en la tarima. Los discos más recientes tienen muchas más capas porque nos hemos podido dar el lujo de trabajar con un equipo más grande y probar más cosas en el estudio.
¿De dónde nace el concepto de este nuevo disco, Dualismo mágico?
Tiene mucho que ver con las canciones que hemos compuesto durante los últimos tres años y que hacen parte de este disco, inspiradas en el realismo mágico de Cien años de soledad. Una obra de teatro en Uruguay nos encargó una canción, ‘Las aguas de Macondo’. También nos pidieron piezas originales inspiradas en los hombres y las mujeres de Macondo para los videos promocionales de la serie de Netflix, y una amiga nos dejó como recuerdo un ejemplar de Cien años de soledad con una dedicatoria muy personal.
Hubo una gran cantidad de coincidencias alrededor del realismo mágico. Además, nuestra música tiene mucho de cotidianidad, pero con magia, como cuando le cantamos al tomate o a la cebolla. Dualismo viene de que el lado A del vinilo es más caribeño y tropical, mientras que el lado B se acerca más a los Andes y a la ciudad montañosa.
Me encanta ‘Cebolla’. ¿Cómo se les ocurrió hacer esta canción y cómo fue trabajarla?
En 2017, en el disco Al aire, salió la canción ‘Don tomate’ y ahora ‘Cebolla’, ambas escritas por Valentina, a quien le encanta la comida [risas]. Hay un gran respeto por estos dos alimentos y todo lo que pueden evocar. ‘Cebolla’, además de hablar profundamente sobre un alimento, también implicó un trabajo vocal importante y la exploración de varias capas sonoras. Quisimos volver a nuestra esencia de trabajar únicamente con voces, y ‘Cebolla’ fue la canción adecuada para hacerlo.
“No somos capaces de abordar una canción desde lo superficial; normalmente parten de búsquedas personales. Cada canción es una obra de arte, entonces poner un ritmo con cualquier cosa encima no va con nosotras”.
‘Libéralo’, junto a La Muchacha, también es excelente y además transmite un mensaje de empoderamiento. ¿Por qué creen que la música, además de entretener, debe tener mensajes como ese?
Debe existir música de las dos formas, así como en el cine hay películas muy profundas y otras hechas simplemente para relajarse y pasar el rato. Y eso está bien.
Lo que sí nos ocurre a nosotras es que no somos capaces de abordar una canción desde lo superficial; normalmente parten de búsquedas personales. Cada canción es una obra de arte, entonces poner un ritmo con cualquier cosa encima no va con nosotras. Cada concepto y cada cosa que hacemos representa un reto: primero construimos el universo de cada canción y luego encontramos los puntos en común.
Yo no puedo hacer algo superficial en una canción, pero admiro a la gente que sí lo hace y disfrutamos también de esas letras más ligeras.
Es un gran honor cuando las canciones que hacemos, además de significar mucho para nosotras, también lo hacen para alguien más. Si una de nuestras canciones le sirve a otra persona para entender algo o mejorar algún aspecto de su vida, es una gran suerte.
¿Cómo describirían lo que es un ‘Alma vieja’?
Muy calmada, un poquito aburrida y sin excesos de energía [risas]. Es alguien que acepta las situaciones y que además tiene sentido del humor, porque en realidad no sabe si es vieja o joven. Es un alma con cierta certeza sobre la vida misma y sobre vidas pasadas; una persona que no es del común. Todo el mundo tiene un poco de ‘Alma vieja’.

Una colaboración que llama mucho la atención en este disco es la de Alexis Play en ‘Fin’. Siento que es una mezcla bastante diferente. ¿Cómo llegaron a trabajar con él y por qué decidieron entrelazar el estilo de ustedes con el suyo?
Cada cierto tiempo nos gusta invitar voces opuestas a las nuestras, que tengan tonos más graves, que canten rápido o con mucha energía. Nos atraen mucho esos contrastes, como ocurre en esta canción o en colaboraciones con Edson Velandia, La Muchacha —que hace un rap que nosotras jamás podríamos hacer— o el mismo Cholo Valderrama.
Conocimos a Alexis Play en un Festival Cordillera y nos gusta mucho su manera de rapear. Creemos que es muy distinta a la forma más gringa de hacerlo, que es la que suele percibirse en la mayoría de canciones. Llevábamos más de cinco años queriendo trabajar juntos, pero no encontrábamos la canción adecuada. Entonces llegó ‘Fin’, que era una canción muy corta y sentíamos que necesitaba algo más. Ahí pensamos en Alexis Play, quien le dio un contraste que nos encantó porque abordó la canción desde otra perspectiva.
La canción está pensada como una bachata, un género que nos gusta mucho, aunque nosotras nunca hacemos los géneros de manera estricta. Aun así, sentimos que sí se percibe ese aire de bachata. Además, es una canción extraña porque está hecha con samples e inspirada en esos sonidos con los que normalmente terminan las canciones; eso la convierte en un experimento que disfrutamos muchísimo.
Hablando de colaboraciones, me encanta ‘Señal del viento’ junto al Cholo Valderrama, sobre todo por el juego de voces que hay en la canción. ¿Por qué decidieron incluirlo en ese tema de Paralelas?
Siempre nos gustó la música del Cholo Valderrama, aunque no pensábamos en colaborar con él. Fue Andrés Leal, uno de nuestros productores y además oriundo de Yopal, Casanare, quien escuchó ‘Señal del viento’ y propuso invitarlo a participar. A nosotras nos encantó la idea.
Teníamos un poco de miedo porque el Cholo es muy exigente con las letras, pero al final sí le gustó. Y para que se sintiera cómodo, grabó sobre una base de música llanera. Después, la producción de la canción se fue acercando un poco más a un universo urbano —y ahí llegó el segundo susto: saber si le iba a gustar la versión final—, pero sí le gustó. Esa canción fue un gran acierto y nos sentimos muy orgullosas de contar con él en Paralelas.
¿Con cuáles otras voces colombianas les gustaría trabajar?
Aunque se aleja un poco de los géneros que hacemos, nos gustaría trabajar con Elsa y Elmar. Nos gustan mucho su sonido y sus canciones.
¿Cuáles fueron sus referentes cuando estaban iniciando en la música?
Nosotras tenemos un cuarteto de jazz con contrabajo, batería y nuestras voces, que empezó incluso antes de Las Áñez, cuando todavía estábamos en la universidad. Una de las cantantes que más nos inspiraba era Lucía Pulido, una colombiana que canta jazz, pero también músicas tradicionales. También Lila Downs. Siento que, incluso con el cuarteto de jazz, seguimos inspirándonos en cantadoras que se arriesgan a probar cosas nuevas. Siempre nos han encantado las cantadoras latinoamericanas.
La conexión que existe entre ustedes dos es prácticamente palpable, pero ¿cómo hacen cuando no están de acuerdo en algo?
Una de las cosas que más nos ha diferenciado últimamente es que yo soy mamá y Juanita no —Valentina es mamá—. Más que la forma de pensar, lo que cambia es el estilo de vida, entonces a Juanita le ha tocado adaptarse más.
Dualismo mágico lo sacó adelante Juanita, porque yo estuve atravesando el embarazo, el nacimiento y el posparto. Seguimos teniendo los mismos objetivos, pero cada una los enfoca de manera distinta. Musicalmente casi siempre estamos de acuerdo.
¿Y podrían imaginar una vida artística separadas la una de la otra?
No. Lo que más nos gusta es el sonido que hemos construido como dúo. Este es un trabajo que no es fácil y siempre pensamos: “¿Cómo harán los solistas?”, porque siempre hay muchísimo por hacer.
El manejo de la voz en ustedes es fenomenal, y cada día eso parece ser menos importante dentro de la música más consumida. ¿Cuál es su percepción de que, dentro de la música más escuchada, lo menos importante termine siendo la música misma?
Sentimos que eso ocurre mucho en las grabaciones y dentro de las plataformas digitales, pero la experiencia en vivo sigue dependiendo de la interpretación. En vivo seguimos necesitando escuchar esas voces y ver a quienes las interpretan; así tengan un poco de autotune, no cualquiera puede dar un concierto. Eso todavía no se ha reemplazado.
En los 15 años que llevamos creando música, nuestras voces son cada vez más cuidadas y no están tan enfocadas en lucirse. Aunque la voz sea nuestro instrumento principal y nos importe muchísimo, no queremos que sea lo que más destaque, sino que funcione como una herramienta fundamental para fortalecer nuestro sonido.
“Sería muy bonito seguir en la música sin tanta exigencia externa; continuar disfrutándola sin importar la fama o el dinero. Que siga siendo algo muy desde el corazón”.
Ya para terminar, ¿cómo se ven artísticamente en unos 20 años?
Dejar de hacer música es algo muy difícil para personas como nosotras. Siempre existirán las ganas de crear algo. Tal vez en el futuro sea más difícil que los medios nos muestren, porque hoy las canciones sí o sí deben pasar por muchos filtros y computadores, pero quién sabe cómo será más adelante.
Tendremos la edad de nuestro papá, y sería muy bonito seguir en la música sin tanta exigencia externa; continuar disfrutándola sin importar la fama o el dinero. Que siga siendo algo muy desde el corazón.
Ahora que lo mencionan, siento que el gran objetivo de su música no es la fama ni el dinero. Entonces, ¿cuál es el objetivo de su música?
¿Para qué hacemos esto? ¿Para que más gente nos escuche? No, porque ya tenemos a nuestro público. No sé si tengamos una respuesta concreta. Muchas veces es el mismo público quien la da: “Esta canción despertó en mí un feminismo que necesitaba”, y ahí una se da cuenta del propósito que había detrás de lo que estaba haciendo. Otra persona puede decir: “Tal canción me ayudó a atravesar una enfermedad”. Creo que ahí radica realmente el objetivo. Se siente que se está haciendo algo valioso, algo que trasciende la música.
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Aunque la conocida “crisis de los 20” no es exclusiva de la generación Z, sí ha adquirido una nueva relevancia gracias a las redes sociales, donde miles de usuarios —mayormente entre los 18 y 25 años— comparten constantemente sus inquietudes sobre la adultez, la vida laboral, las relaciones interpersonales y la soledad. En medio de estas incertidumbres existenciales, la música se ha convertido en uno de los refugios más recurrentes para los jóvenes actuales, especialmente a través de propuestas que exploran la melancolía, el amor, el vacío emocional y las secuelas que dejan las frenéticas noches de fiesta.
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Así, desde la pandemia, han surgido en la escena hispana propuestas profundamente íntimas y sensibles que conectan con una juventud aturdida por sus propios dilemas. En España, especialmente desde el underground, han nacido iniciativas interesantes que combinan distintas influencias y las transforman en un sonido propio capaz de destacar dentro de una industria a veces saturada. Desde Mallorca aparece uno de esos proyectos especiales y con algo más que decir: Cora Yako.
Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza, dos amigos oriundos de la isla balear pero establecidos en Madrid, son las cabezas detrás de Cora Yako, un dúo que ha sabido encontrar su lugar dentro de la nueva ola del indie español. Tras comenzar como un cuarteto y evolucionar hacia un formato más reducido e íntimo, el proyecto terminó reforzando una identidad sonora que se mueve entre el rock alternativo y la sensibilidad emocional del bedroom pop, todo bajo una filosofía completamente autoproducida que hoy los tiene girando por toda España gracias a Mil pequeños cortes, su trabajo más ambicioso hasta la fecha.
En ROLLING STONE en Español hablamos con ambos integrantes sobre sus inicios en la música, la dinámica del dúo a la hora de crear canciones, el éxito de su último álbum y la inesperada admiración del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.

La historia de Cora Yako comenzó mucho antes de sus primeros lanzamientos oficiales. Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza se conocen desde el colegio, en Mallorca, donde empezaron a compartir gustos musicales y la idea de formar una banda cuando apenas tenían 16 años. Años después, ya instalados en Madrid, el proyecto terminó tomando forma entre 2019 y 2020 con sus primeras canciones y una identidad influenciada por el revival rockero de los 2000. “La máxima [influencia] ha sido The Strokes”, cuenta Luis, quien también menciona nombres como Bloc Party, Franz Ferdinand, Weezer y The Smashing Pumpkins como parte fundamental del ADN sonoro del grupo.
Desde entonces, la banda ha atravesado una evolución evidente que alcanza uno de sus puntos más sólidos en Mil pequeños cortes. Sin embargo, para ellos, este crecimiento no responde necesariamente a una transformación planeada o conceptual, sino al paso natural del tiempo y la experiencia. “Simplemente hemos hecho lo mismo que hacíamos en el primer disco, pero mejor”, resume Luis.
Gran parte de esa identidad también se ha construido desde la autoproducción. Carlos explica que tanto él como Luis se encargan de grabar, producir y mezclar toda la música desde su propio estudio, un proceso que les ha permitido encontrar poco a poco el sonido que tenían en mente desde el inicio. “Ha sido un proceso muy largo llegar a ello y pensar ‘esto es lo que tenemos en la cabeza’”, comenta. Entre horas de experimentación, improvisación y ensayo-error, el dúo ha conseguido traducir sus referencias e inquietudes emocionales en una propuesta cada vez más definida dentro de la escena española.
Esta decisión también ha traído consigo múltiples retos. Más allá de escribir e interpretar canciones, Carlos y Luis han tenido que asumir el rol de productores, ingenieros y directores creativos de su propio proyecto, una dinámica que, aunque les ha permitido mantener un control absoluto sobre su sonido, también puede convertirse en un proceso agotador. “Tiene su parte buena y su parte mala”, revela Luis. “La mala es que te puedes volver loco y perder un poco la perspectiva sobre si lo que estás haciendo es bueno o malo. Puedes estar mucho tiempo dándole vueltas a algo que está perfectamente o puedes encapricharte con algo que es malo”.
Carlos añade que muchas veces los obstáculos aparecen desde lo técnico, especialmente al momento de intentar traducir exactamente lo que imaginan en sus cabezas. “Hay veces que nos encontramos en el estudio y no estamos siendo capaces de llegar a un sitio al que queremos llegar. O no conseguimos un tono de guitarra o de batería, o la voz no suena como queremos. Hay una parte muy técnica que puede convertirse en una piedra en el camino”, comenta. Sin embargo, para él, el mayor desafío termina siendo mental: “Estamos muy metidos en el proceso y no tenemos a nadie externo que lo vea desde fuera y pueda aconsejar o dar una visión más objetiva. A veces te encaprichas con algo y pierdes perspectiva”. Aun así, Luis asegura que precisamente ahí también reside una de las mayores satisfacciones del proyecto: “Al menos estás tranquilo sabiendo que si la has cagado has sido tú y no una opinión externa”.
Esa libertad creativa también se refleja directamente en la forma en que nacen las canciones del dúo. Lejos de seguir una metodología rígida, el proceso de composición cambia constantemente dependiendo de lo que cada tema necesite. Algunas canciones empiezan desde una guitarra acústica en casa, otras nacen en el estudio y unas pocas aparecen durante los ensayos. “No existe un modus operandi fijo”, explica Luis. “Las canciones más barrocas o más lentas son difíciles de hacer en un local de ensayo porque el directo favorece cosas más intensas y energéticas. También pasa al revés: una canción muy energética es difícil que te salga en casa, en la cama, mientras te comes unas palomitas”.
Carlos asegura que esa flexibilidad ha sido clave para el crecimiento creativo del grupo a lo largo de los años. “A veces Luis hace una canción prácticamente entera, otras veces al revés, algunas letras las escribimos juntos y otras no. Se dan todas las posibilidades”, comenta. Al final, el proceso termina guiándose más por la intuición que por cualquier regla establecida. “Si vemos que se puede pulir parte de lo que ha hecho el otro, se intenta”, añade Luis. “Pero el que trae la canción de primeras es el que tiene la última palabra”. Una dinámica que terminó consolidándose especialmente en Mil pequeños cortes, el álbum donde todas esas ideas, influencias y formas de trabajo parecen encontrar su versión más sólida hasta el momento.
Desde su portada, este disco deja claro que existe una intención estética mucho más amplia que únicamente la música. Para construir el universo visual del álbum, Cora Yako trabajó junto a Alberto de Santos y el fotógrafo Edu Montes incluso antes de terminar las canciones. Carlos recuerda que desde el principio tenían claro que querían involucrar a Alberto como director creativo del proyecto. “Empezamos a hablar con él muchísimo antes de acabar el disco porque queríamos que formara parte de todo el proceso visual”, explica. “Enseguida apareció la idea de los muñecos y nos enamoramos completamente de eso. A partir de ahí desarrollamos todo el universo del álbum alrededor de esa imagen”.
Aunque muchos oyentes han interpretado el álbum como un retrato generacional sobre la crisis emocional de los veinteañeros, la banda insiste en que nunca existió una intención explícita de convertirse en “la voz” de nadie. Para Luis, las canciones simplemente nacen de experiencias personales y emociones cotidianas que pueden repetirse en cualquier época. “No creo que sea algo generacional realmente”, comparte. “Estamos hablando del día a día bueno y malo de una persona de veintitantos años en una ciudad, y eso podía pasar en los 70, en los 90 o en el 2050. Nunca empezamos el disco pensando ‘vamos a hacer un álbum conceptual’. Simplemente, cuando ya estaba terminado, nos dimos cuenta de que había un hilo conductor”.
Carlos coincide con esa idea y asegura que muchas de las lecturas alrededor del disco han surgido más desde el público que desde la propia banda. “Nosotros escribimos sobre las cosas que nos pasan a nosotros. Si luego hay gente que se siente identificada, pues genial, pero no nace con esa pretensión”, afirma. De hecho, explica que el título del disco fue una de las últimas decisiones que tomaron durante el proceso creativo. “Teníamos las canciones, la portada y prácticamente todo cerrado, menos el nombre. Nos gustó porque ‘Mil pequeños cortes’ podía funcionar como una metáfora de muchas cosas que aparecen dentro del álbum sin señalar algo concreto”.
Uno de los temas más representativos de esa idea termina siendo justamente ‘Pesadillas’, la canción encargada de abrir el proyecto y que recientemente ganó notoriedad después de que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, alabara públicamente el tema. Luis recuerda que la noticia los tomó completamente por sorpresa. “De repente vimos el móvil lleno de mensajes y no entendíamos qué estaba pasando”, cuenta entre risas. “Nos alegra muchísimo que nueva gente llegue al proyecto por cosas así”.
Más allá de la anécdota política, ‘Pesadillas’ representa perfectamente para la banda la esencia sonora del trabajo. Carlos explica que eligieron abrir el disco con esa canción porque sentían que resumía muchas de las búsquedas musicales y emocionales del álbum. “Queríamos que desde el segundo uno se notara el cambio respecto al disco anterior”, comenta. Parte de esa identidad también está ligada a una vieja idea musical que llevaban años arrastrando. “Esa intro instrumental es antiquísima”, añade Luis. “Debe tener ocho o nueve años”. Para Carlos, precisamente ahí reside parte del significado del tema: “Ese riff nos representa muchísimo y sentimos que la canción funciona como una especie de pintura de todo lo que viene después a nivel de producción y sonido”.
Aunque Cora Yako insiste constantemente en que Mil pequeños cortes no fue concebido como un álbum conceptual, el orden de las canciones sí responde a una intención muy concreta. Para la banda, el tracklist debía sentirse como un recorrido natural capaz de sostenerse de principio a fin. Carlos explica que, más allá de construir una narrativa cerrada, buscaban que el disco tuviera un flujo orgánico y dinámico. “Nos parecía la forma natural de escuchar el álbum”, comenta. “Queríamos que, si alguien se sentaba a escucharlo entero, el viaje tuviera sentido, que fuese pasando por distintos momentos y que fluyera de una manera muy guay”. Aunque probaron varias posibilidades antes de decidirse, el proceso fue mucho más intuitivo de lo que podría parecer. “No nos tiramos días pensándolo”, añade entre risas. “Lo hablamos, hicimos varias opciones y esa fue la que más nos gustó”. “Literal”, remata Luis.
Esa idea de recorrido termina alcanzando su punto final —y también su cierre simbólico— en ‘Mil pequeños cortes’, la canción que da nombre al álbum y que funciona como despedida del proyecto. Para Luis, gran parte de la decisión tuvo que ver con la sensación que deja el outro instrumental del tema. “Nos apetecía cerrar con esa porque el final va como sangrando poco a poco”, explica. “No termina con el típico acorde enorme que te puedes esperar de cualquiera, sino que se va apagando lentamente y eso nos parecía un final mucho más bonito y más original”. Además, asegura que la canción dialoga emocionalmente con el inicio del disco: “Habla un poco de lo mismo que ‘Pesadillas’: amor, desamor y todas esas cosas”.
Carlos, por su parte, reconoce que también existía algo casi circular en cerrar el álbum con la canción que le da nombre al proyecto completo. “Molaba que para llegar a ‘Mil pequeños cortes’ tuvieses que escuchar todo el disco”, comenta. “El título es lo primero que ves cuando entras al álbum, pero la canción aparece hasta el final. Era como cerrar el círculo. Quedaba redondito”.
Tras varios meses desde su lanzamiento, la mayor recompensa para la banda ha llegado lejos del estudio y mucho más cerca del escenario. Tanto Carlos como Luis coinciden en que los conciertos terminaron convirtiéndose en la verdadera confirmación del impacto que ha tenido el disco. “Ahí es donde ves realmente el fruto de haber hecho un buen trabajo”, asegura Luis. “Hasta ahora la gente no cantaba tanto las canciones en los conciertos. Hay temas de este disco que directamente sobrepasan a los altavoces”.
Para Carlos, esa conexión con el público termina justificando todo el largo proceso creativo detrás del álbum. “No hacemos música para que se quede en el ordenador”, revela. “Hacemos la música que queremos hacer, claro, pero también queremos compartirla y que la gente la escuche”. Aunque reconoce que terminar el disco ya había sido una satisfacción enorme después de tantos meses de trabajo, asegura que nada se compara con tocar las canciones en vivo y escuchar al público cantar cada palabra. “Ver a la gente coreando las canciones de principio a fin es una pasada”, concluye.
En medio del Mil pequeños cortes tour, el dúo asegura que la respuesta del público ha superado completamente sus expectativas, especialmente en ciudades como Valencia, Alicante, Barcelona y Madrid, donde varias fechas agotaron entradas con semanas de anticipación. “Está yendo mucho mejor de lo que pensábamos”, cuenta Luis. “Acabamos de volver de Valencia y Alicante y había salas llenas desde hacía dos semanas. Incluso nos arrepentimos de no haber cogido sitios más grandes”.
Más allá de los números, lo que más les ha impactado ha sido la intensidad con la que el público se ha apropiado de las canciones del nuevo álbum. Para ellos, esa energía termina confirmando que el disco logró conectar emocionalmente con la gente mucho más de lo que imaginaban durante el proceso de grabación. “Barcelona y Madrid fueron tremendos”, recuerda Luis. “Ahora quedan varios festivales y todo está yendo fantástico. Solo falta cruzar el charco e ir a Latinoamérica”.
Precisamente, la posibilidad de llevar el proyecto fuera de España aparece como uno de los grandes objetivos inmediatos. Aunque todavía no existe una fecha concreta, Luis asegura que tanto él como Carlos tienen enormes ganas de visitar la región lo antes posible. “Cuanto menos lejano esté, mejor”, comenta entre risas. “Espero que sea el año que viene. Depende mucho del agujero económico que pueda suponer porque mover todo hasta allá es tremendo, pero es de las cosas que más ilusión me haría en el mundo”. Como ocurre con muchas bandas de la nueva escena española, Ciudad de México aparece como una de las primeras posibilidades dentro de esa eventual expansión internacional, aunque Luis deja claro que su deseo sería recorrer la región completa: “Por mí, iría a toda Latinoamérica”.
Mientras ese momento llega, Cora Yako ya tiene claro que su más reciente lanzamiento todavía tiene mucho camino por delante. La gira continuará durante el verano europeo, después de verano e incluso durante buena parte del próximo año, acompañada posiblemente por nueva música. “Pueden esperar alguna canción más”, adelanta Luis con cautela. Carlos complementa la idea dejando claro que la etapa del disco aún está lejos de terminar: “Vamos a seguir girando muchísimo y seguramente a la vuelta del verano llegue alguna canción nueva”.

Para una generación acostumbrada a convertir la incertidumbre en canciones, Cora Yako parece haber encontrado el equilibrio perfecto entre ruido, vulnerabilidad y honestidad. Sin necesidad de discursos grandilocuentes ni de intentar representar artificialmente a toda una generación, Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza han construido un proyecto profundamente humano que conecta precisamente porque nace desde lo cotidiano, de las noches interminables, la ansiedad de crecer, las relaciones rotas, la nostalgia y el vacío que aparece cuando todo termina.
Con Mil pequeños cortes, el dúo mallorquín no solo consolidó una identidad sonora cada vez más definida dentro del nuevo indie español, sino que también confirmó que la autoproducción y la intuición todavía pueden abrirse camino dentro de una escena saturada de fórmulas repetidas. Mientras continúan llenando salas en España y sueñan con llevar sus canciones a Latinoamérica, Cora Yako parece estar viviendo apenas el comienzo de una etapa mucho más grande, una donde sus pequeños cortes emocionales siguen encontrando eco en miles de personas al otro lado de los altavoces.
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“Sin el público uno no es nada. Suena cliché, pero es la realidad: sin fanáticos, el artista no es nada”: Sech.
Después de un sinnúmero de éxitos lanzados entre 2019 y 2021, en discos como Sueños, The Academy —junto a Dalex, Feid, Lenny Tavárez, Justin Quiles y Rich Music—, 1 of 1 y 42, Carlos Isaías Morales Williams, mejor conocido como Sech, dejó un poco de lado las luces de la gran industria y la fama para centrarse en él y en su salud, una experiencia que cambió su mentalidad en muchos aspectos y lo llenó de madurez.
Desde México, el nacido en Río Abajo, Panamá, habló con ROLLING STONE en Español sobre los cambios de mentalidad que ha vivido durante su carrera, la madurez adquirida lejos de los reflectores y su nuevo disco: Secho Gang, un homenaje a quienes siempre han estado ahí, a su lado.
“La historia de la música urbana le debe mucho a Panamá, desde el reggae en español y El General. Nosotros mezclamos mucho con el dancehall y nuestra esencia es muy jamaiquina, entonces, a la hora de hacer reggaetón sonamos de manera única. Eso hace especial al reggaetón de Panamá”, empieza diciendo sobre eso tan especial que tiene el país del Canal y por qué el reggaetón panameño tiene un estilo que lo diferencia del resto.
Después de Esa noche terminó de día, el último disco lanzado en 2025, Sech regresa con Secho Gang: “Este disco es un llamado a todos mis fanáticos que me han apoyado durante mi carrera. Me perdí un tiempo por cuestiones que se salían de mis manos, pero hubo un público que siguió firme siempre conmigo. Después de dos años, pude volver a sacar música y nadie podía asegurar que me escucharían, pero la gente me siguió apoyando. Entonces, este disco es oficializar esa familia inmensa que tengo”. Y complementa: “Es un disco pa’ que la gente baile y la pase bien donde sea que se encuentre. Las canciones son del público y por eso estoy haciendo tantos meet & greet, para de verdad conectar”.
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“Cuando llegue a mi momento más alto, me voy a retirar”.
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Jay Wheeler, Kris R., Lucho RK, Ryan Castro y Kybba fueron los invitados a participar en esta nueva producción, en la que, aunque no hubo mucho tiempo para grabar, Sech rescata la disposición de sus compañeros para sumarse al disco y el apoyo que recibió. “Cada colaboración fue especial por el apoyo y la disposición de cada uno de los artistas”.
Para un artista, muchas veces salir del radar de “los más pegados” o de los más escuchados suele ser una experiencia desastrosa a nivel artístico y personal, pero para Sech fue el momento justo para madurar. “Fue un momento en que me puse pa’ mí y pa’ mi salud. Bajar de peso y fortalecerme tanto física como mentalmente. Fue un break para estar con mi familia, fue un momento donde maduré y aprendí mucho”.
¿Cuál fue el mayor cambio entre ese Sech de antes y el de después del break? “Madurez en la presión con la que hacía las cosas. Antes solo me enfocaba en pegar las canciones, sin pensar si de verdad me encantaban. Ahora estoy haciendo cosas que en verdad me gustan y me apasionan, sin tanta presión”.
Y es que temas como ‘Priti’, junto a Danny Ocean, o ‘Novio No’, junto a Ryan Castro, demuestran a un Sech que sigue vigente, pero sin la gran presión de la industria.

Como él mismo lo explica —y como lo ha demostrado a lo largo de su carrera—, las versiones acústicas de sus canciones han jugado un papel fundamental en su obra. “Me encanta lo acústico, sobre todo por la conexión que se genera con el público. Yo lo veo en los comentarios de los videos. Son un regalo de mi parte”.
Como muchos artistas alrededor del mundo, grabar y compartir junto al canadiense Justin Bieber es uno de los mayores sueños del panameño, quien se entusiasma al mencionar que otros sueños, como grabar al lado de Daddy Yankee, Bad Bunny o Reik, ya los cumplió. Además, se refirió a nuevas generaciones que lo tienen “loco”: “Me fascina lo de Milo J y lo de Elena Rose. Tengo sus discos quemados de tanto escucharlos”.
“El futuro de la música urbana es infinito. Cada cierto tiempo nos vamos ligando a ciertas variaciones, pero es como un círculo: la tendencia del ayer vuelve a ser la del mañana. Urbano con tropical, después ligado al pop, damos vuelta con el trap y luego volvemos al reggaetón de la mata. Es algo cíclico”, reflexiona el artista sobre el futuro de los sonidos urbanos, un terreno en el que se siente cómodo desde cualquier ángulo.
Volviendo a temas de la gran industria musical, Sech siente que el mayor reto de estar en la cima es alejarse de su familia y de sus seres queridos. “El tiempo no vuelve. Los padres siguen creciendo”, dice con nostalgia.
Y al hablar del tiempo, en unos 20 años en el futuro se percibe como un ser humano tranquilo, aunque sin saber si seguirá envuelto en el universo de la música. “Cuando llegue a mi momento más alto, me voy a retirar. Yo amo la música, pero siempre he tenido en mente que cuando llegue a mi punto más alto, me voy a retirar, y sin regresos inesperados. Me retiro del todo”.
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Las primeras notas del acordeón en ‘Dime pajarito’ son el ejemplo perfecto del sentimiento propio del vallenato.
En tierra de acordeones nació Israel Romero Ospino, en Villanueva, La Guajira. Participó en el primer festival de su pueblo, que años más tarde se convertiría en el Festival Cuna de Acordeones, donde ocupó el segundo lugar. Tiempo después grabó, junto a Daniel Celedón —tío de Jorge Celedón, quien años más adelante haría parte del Binomio de Oro de América—, su primer disco. De esta primera etapa junto a Daniel Celedón resalta el éxito ‘Amanecemos parrandeando’.
En 1976 conoció y fundó, junto a Rafael Orozco, el Binomio de Oro… El resto es la historia de la agrupación vallenata más importante del país que, tras la muerte del nacido en Becerril, Rafael Orozco, se transformó en el Binomio de Oro de América. Y aunque el nombre se extendió, al igual que sus intérpretes, el acordeón de Israel Romero siguió marcando la pauta del género con un sentimiento cautivador y melancólico que, durante más de 50 años, ha enamorado y ayudado a aguantar las tusas de toda Colombia. El Binomio de Oro y, posteriormente, el Binomio de Oro de América, se convirtió sin duda en la Universidad del Vallenato.
Desde ese primer disco junto a Orozco, nombrado igual que la agrupación, se veía venir una creciente de éxitos que, con el paso de los años, se convertirían en clásicos. De ese primer álbum hace parte esa canción con la que todos los amantes del vallenato y un alto porcentaje de colombianos gritan: “Clara”, en ‘La creciente’.
Los éxitos convertidos en clásicos no cesaron: ‘Relicario de besos’, en el álbum Los elegidos; ‘Dime pajarito’, en Clase aparte; ‘Sombra perdida’ y ‘Muere una flor’, en De caché, un disco que ya empezaba a exaltar el nuevo estilo hacia el que giraba el vallenato, uno más elegante y estudiado. ‘Solo para ti’, ‘Lleno de ti’, ‘No sé pedir perdón’ y ‘Esa’ fueron algunas de las muchas canciones reconocidas de la agrupación. A esto se suma su presentación en el Madison Square Garden, donde dejaron claro por qué eran una de las agrupaciones más importantes de Colombia, plasmando en la memoria de muchos un popurrí de cumbias tradicionales.

Sin más preámbulo, los dejamos en una entrevista exclusiva para ROLLING STONE en Español de Israel Romero:
¿Cuál diría que es la esencia vallenata?
Tanto la música como la letra tienen el mismo peso dentro de la esencia del vallenato. La música vallenata es demasiado nuestra; el acordeón vallenato es único de nuestra región y la forma en que lo tocamos es muy distinta a la de otros géneros musicales que utilizan este instrumento diatónico. Las letras son, en esencia, sucesos que hemos vivido los vallenatos, historias peculiares, y eso también es una parte vital del vallenato.
Con mi compadre Rafael Orozco modernizamos el género, pero sin perder la esencia, y eso fue algo que cuidamos mucho cada vez que innovamos. Es como en la gastronomía, hay comidas típicas que hoy se preparan de manera gourmet, pero no dejan de ser colombianas. Se puede modernizar todo lo que se quiera, sin quitarle la pureza al folclor.
¿Cómo conoció el acordeón y cómo aprendió a tocarlo?
Mi infancia estuvo llena de música. Mis dos abuelos fueron acordeonistas, mi papá fue acordeonista, mis tíos fueron acordeonistas, mis hermanos y hasta mis vecinos fueron acordeonistas. Yo nací rodeado de acordeones y desde pequeño aprendí a tocarlo. Siempre supe que a esto era a lo que me iba a dedicar.
El primer disco del Binomio de Oro, que lleva el mismo nombre de la agrupación, tuvo su primer gran éxito: ‘La creciente’. ¿Cómo fueron esos primeros trabajos y momentos junto a Rafael Orozco?
Juntarnos y formar el Binomio de Oro fue algo de mucha euforia y alegría. Ambos ya habíamos grabado y tenido uno que otro éxito, así que reunirnos fue una explosión de júbilo y esperanza.
La primera canción que grabamos en el estudio fue precisamente ‘La creciente’. Imagínate que la primera canción ya hubiera sido todo un éxito. Aunque, para serte sincero, desde el inicio supimos que esa canción iba a ser importante para nuestra música.
El Binomio de Oro se caracterizaba por tener un vallenato más melancólico y, al mismo tiempo, más elegante. ¿Por qué decidieron proyectar una imagen más sofisticada de lo que normalmente se veía en las agrupaciones vallenatas?
Desde el primer momento en que nos reunimos mi compadre Rafael y yo, decidimos forjar una institución muy organizada que mostrara una cara positiva del género vallenato en todos los aspectos, especialmente en las presentaciones en vivo.
Una vestimenta elegante y unas coreografías preparadas se mezclaban muy bien con los nuevos instrumentos que introdujimos al vallenato, sumado a las letras que interpretábamos: letras muy poéticas que pudieran permanecer en el tiempo y convertirse en clásicos, como finalmente sucedió.
“Música hay bastante. Creo que lo fundamental para la preservación del vallenato son las letras. También es importante que cada artista encuentre su propio estilo, porque hoy en día muchos se parecen entre sí”.
¿Cuál diría que fue el gran legado de ese primer Binomio de Oro?
Con mi compadre Rafael escogimos muy bien las canciones, sus letras y melodías. Dejamos un mensaje, una estela de positivismo en la gente. Sobre todo, elegimos canciones que no maltrataran al género femenino ni a la sociedad en general; nosotros queríamos dejar alegría en la gente.
Hay dos momentos muy fuertes dentro de su carrera como artista. ¿Cómo fue alejarse de los escenarios durante el cáncer y qué sintió en su regreso?
Fue un momento muy duro, porque uno no se prepara para eso. Yo no sabía lo que era estar enfermo; nunca en mi vida lo había estado. Recuerdo la noche en que me di cuenta de mi enfermedad. “La gente no valora lo que es la salud, uno no cree que le pueda pasar esto”, fue lo que pensé en ese momento.
Fue una época de mucha tristeza y, al mismo tiempo, de mucha reflexión. Hay muchos artistas que han muerto en accidentes siendo muy jóvenes. Recuerdo pensar en eso y creer que yo iba a ser parte de esos artistas que fallecieron a corta edad, aunque en mi caso por la enfermedad.
Tiempo después, cuando me sentí recuperado y pude volver a los escenarios, volví a ver la luz y te aseguro que veía todo más bonito. La primera vez que me presenté nuevamente fue en San Cristóbal, Venezuela, y fue inolvidable. Volví a sentirme fuerte al momento de tocar.
“Dejamos un mensaje, una estela de positivismo en la gente. Sobre todo, elegimos canciones que no maltrataran al género femenino ni a la sociedad en general”.
La muerte de Rafael Orozco fue durísima para toda Colombia. ¿Pensó en dejar la música, ya que Orozco no iba a estar a su lado?
La muerte de Rafael Orozco tuvo muchas aristas para mí. Lo primero que pensé fue en retirarme de la música. Perdí la motivación y sentía que ya había hecho lo que tenía que hacer dentro del folclor vallenato, que nuestro legado había llegado hasta ahí.
La tristeza fue muy profunda, un sentimiento que después se transformó un poco en rabia por tantos comentarios negativos y mentiras que se dijeron alrededor. Eso también me quitó toda motivación para continuar en la música.
Me fui para Venezuela a trabajar como comerciante por un tiempo. Con el pasar de los días, la gente empezó a preguntarme en la calle por qué no volvía a grabar. Me llamaron disqueras, empresarios y compositores, pero definitivamente yo había decidido no regresar.
Un día, en una bomba de gasolina, me encontré con una niña que vendía chicles. Se me acercó y me dijo: “¿Usted quiere hacerse famoso?”. Yo le respondí, molestando, que sí, y ella me contestó: “Hágase pasar por el del Binomio de Oro”. Que una niña me dijera eso me hizo reflexionar sobre el legado del Binomio de Oro y entender que una agrupación tan fructífera no podía desaparecer. Ahí fue cuando regresé.


¿Usted está de acuerdo con la denominación “vallenato chillón”?
Yo no estoy de acuerdo con ningún término que pueda sonar despectivo hacia la música. Todos los géneros tienen música buena y música mala.
El vallenato se ha distinguido por ser una música con expresión y contenido, que además se baila y se dedica; por ejemplo, el reggaetón no está hecho para dar serenatas. Entonces, todos esos ingredientes importantes que posee el vallenato hacen que términos como “vallenato chillón” o “vallenato llorón” terminen siendo acuñados por personas a las que simplemente no les gusta el género, porque en realidad son canciones excelentes con mensajes muy bonitos. No hay manera de taparle la boca a la gente [risas].
La época dorada junto a Jean Carlos Centeno y Jorge Celedón ya consolidó al Binomio de Oro de América. ¿Cómo fueron esos tiempos?
Específicamente ellos dos fueron quienes más grabaron éxitos rotundos. Fue muy bonito trabajar a su lado, pero, como todo, llegó el momento en que partieron. Los muchachos que vinieron después también tenían muchas ganas de hacer las cosas bien y de dejarse enseñar.
Todos los que han pasado por el Binomio de Oro han dejado su huella y han aprendido. Siento que la mayoría, al salir de la agrupación, brillaron con luz propia y terminaron haciendo parte de la Universidad del Vallenato. Duván Bayona, Alejandro Palacios… A todos los que han pasado les agradezco infinitamente y también a Dios por ponerlos en mi camino. Y gracias, además, porque tuve la sabiduría para saber dirigirlos, una sabiduría que viene de la dinastía de mi familia, porque mis hermanos siempre han estado a mi lado y al lado de la agrupación.


Ahora que mencionas la Universidad del Vallenato, ¿qué crees que es lo más valioso que se lleva cada persona que pasa por el Binomio de Oro?
Lo que le transmito a la gran mayoría de los cantantes es el sentimiento que debe estar presente en cada canción, que fue precisamente lo que hizo Rafael Orozco: convertir cada interpretación en algo profundamente sentido y, al mismo tiempo, muy profesional.
A todos les he puesto las canciones de Rafa para que vieran cómo se expresaba, y eso es lo más valioso que se llevan del Binomio de Oro: convertirse en grandes profesionales a nivel interpretativo.

El disco 2.000 está repleto de éxitos: ‘Un osito dormilón’, ‘Olvídala’, ‘No puedo olvidarte’… ¿Por qué decidieron que la portada del álbum fuera de ustedes vestidos como astronautas?
El año 2000 se veía muy lejano, pero a medida que se acercaba, se me metió en la cabeza todo el tema de la tecnología, los viajes espaciales y toda esa vaina. La NASA siempre ha estado a la vanguardia, así que decidí que nos vistiéramos de esa manera y, sin duda, terminó siendo una portada memorable para Colombia.
Dentro de los artistas más escuchados en Spotify siempre van rotando los éxitos del momento, pero el Binomio de Oro de América siempre está presente. ¿A qué cree que se deba que músicas como el reguetón sean tan efímeras y, por ejemplo, sus canciones, pese al paso de los años, sigan siendo de las más escuchadas en nuestro país?
Por eso siempre les he aconsejado a las nuevas generaciones que graben canciones con contenido, con poesía y buenas expresiones, para que no pasen de manera ligera por el público.
La fuerza expresiva que tiene el vallenato ha sido lo que nos ha consagrado en Latinoamérica como uno de los géneros que más ha influenciado a otros estilos musicales. La salsa se surtió del vallenato: grandes intérpretes como Héctor Lavoe, El Gran Combo de Puerto Rico o Ismael Rivera grabaron vallenatos. ‘La verdad’, de Héctor Lavoe, producida por Willie Colón en el disco Comedia, fue un vallenato escrito por Freddy Molina. El Gran Combo de Puerto Rico versionó ‘Nido de amor’ y ‘Matilde Lina’, dos canciones fundamentales del folclor vallenato.
También el merengue dominicano, encabezado por Wilfrido Vargas, quien incluso cantó vallenatos con nosotros. En México y Argentina ni se diga, llevan muchos años versionando vallenatos. Incluso la bachata, en un altísimo porcentaje, se nutrió del vallenato.
¿Cómo pudimos influenciar a todos esos géneros? Por las letras y las expresiones, tanto así que hasta Julio Iglesias grabó ‘La gota fría’. Cada canción es una radiografía de nuestra idiosincrasia.
“El vallenato se ha distinguido por ser una música con expresión y contenido, que además se baila y se dedica; por ejemplo, el reggaetón no está hecho para dar serenatas”.
Hace no mucho murieron Omar Geles y Egidio Cuadrado… Los grandes maestros del vallenato ya están partiendo. ¿Cómo ve el futuro del vallenato?
Yo diría que los muchachos que están haciendo vallenato y que viven en Valledupar, quienes vienen proponiendo algo muy alegre, pueden hacer que el vallenato siga vivo por muchos años más, siempre y cuando escuchen los consejos de quienes fuimos sus antecesores.
Música hay bastante. Creo que lo fundamental para la preservación del vallenato son las letras. También es importante que cada artista encuentre su propio estilo, porque hoy en día muchos se parecen entre sí. El vallenato tiene una gran proyección; artistas como Los Gigantes del Vallenato o Hebert Vargas siguen vigentes y, con el tiempo, serán aún más grandes.
Para terminar, ¿cuál es el gran legado de Israel Romero y cuáles son sus canciones favoritas del Binomio de Oro y del Binomio de Oro de América?
El gran legado es todo lo que hemos hablado ahorita: la organización, la internacionalización del vallenato, toda la gama de éxitos que dejamos y esa estela de disciplina en los músicos. Mis canciones favoritas son las mismas de todos [risas]: ‘Dime pajarito’, ‘Olvídala’, ‘Relicario de besos’, ‘La creciente’, ‘Si tu amor no vuelve’ y ‘Un osito dormilón’.
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