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La dualidad del ser humano ha atravesado durante siglos algunas de las discusiones filosóficas más interesantes e importantes de la historia. Desde Carl Jung hasta Friedrich Nietzsche, distintos pensadores han intentado comprender cómo ideas aparentemente opuestas pueden convivir dentro de una misma persona. “¿Me contradigo? Muy bien entonces, me contradigo. Soy amplio, contengo multitudes”, escribió alguna vez el poeta Walt Whitman uniéndose al debate y abrazando la idea de que las contradicciones no necesariamente deben resolverse, sino aprenderse a habitar.

Es justamente esa idea —la de habitar diferentes facetas sin limitarse a escoger una sola para construir una identidad propia— la que atraviesa ULTRASWAN, el nuevo álbum del cantante canario de raíces indias ABHIR. Un proyecto donde esas “multitudes” que menciona Whitman encuentran forma en un abanico de emociones que va desde la fragilidad y delicadeza de un cisne, representación de la vulnerabilidad, hasta la fuerza y brutalidad de una excavadora, símbolo del ego y el caos.

ULTRASWAN: ABHIR y la dualidad entre el ego y la vulnerabilidad
Cortesía

A pesar de comenzar formalmente su creación y producción en otoño de 2024, ABHIR comenta que, quizás sin saberlo, el germen de ULTRASWAN ya comenzaba a desarrollarse desde meses antes. El cantante explicó en una video reacción del disco junto al creador de contenido Hezzy (shout out pa’ Hezzy) que, tras el lanzamiento de BROWN BOY —su segundo álbum— comenzó a trabajar en ‘ALO’, una colaboración junto a RALY prevista para el verano de 2024 que escondía algo aún más interesante.

Según recordó, aquella canción originalmente contaba con una segunda sección —producida junto a Saint Lowe y PMP— que terminaría transformándose en ‘Dicen que todo’, uno de los temas que finalmente encontró su lugar dentro de este último disco. “En el verano de 2024 ya existía algo que iba a ser ULTRASWAN y no lo sabíamos”, reveló. Finalmente, el tema terminaría viendo la luz en 2025, luego de que ABHIR decidiera lanzar durante aquel verano canciones como ‘nené’, ‘mykonos 2007’ y ‘LENNY’. Sin embargo, la semilla de una nueva propuesta ya había nacido, y solo era cuestión de tiempo para que llegara el momento de desarrollarla.

Fue así como el verdadero punto de partida del disco llegaría meses después, específicamente un 29 de octubre, momento en el que nació ‘Duomo’, la primera canción creada para el álbum y una de las piezas más importantes dentro de su narrativa emocional. A partir de ahí, el proceso creativo tomó forma a través de distintos camps realizados durante 2025 en los que el artista y sus colaboradores se encerraron en varias casas para experimentar con nuevas ideas, texturas y sonidos. Fue en medio de esas sesiones donde comenzaron a entender que tenían algo distinto entre manos. “Encontramos el sonido y dijimos ‘vale, tenemos algo’”, explicó ABHIR sobre el momento en que finalmente se empezó a definir el proyecto. De esa forma, el 22 de mayo de 2026, llegó a todas las plataformas ULTRASWAN, su tercer trabajo discográfico. 

Compuesto por 14 canciones y una duración total de 32 minutos, el proyecto se mueve entre el pop alternativo, el rap melódico, el R&B alternativo y distintos elementos tomados de corrientes experimentales y emergentes, contando además con featurings de AKRIILA, ShakeDaBlock!, Ralphie Choo y Ledbyher. En la producción también aparecen varios de los nombres habituales dentro del trabajo del canario, como los ya mencionados Saint Lowe y PMP, además de Tuiste, Mayo, Choclock, Blurred y Freeza, piezas fundamentales a la hora de construir todos los matices, contrastes y texturas que terminan dándole identidad propia al álbum.

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Si algo ha caracterizado la carrera de ABHIR es el cambio. Desde sus primeros lanzamientos hasta ULTRASWAN, el cantante ha construido una discografía marcada por la exploración constante, tanto en lo sonoro como en lo lírico. Sin embargo, lejos de ver esa transformación como una ruptura con sus trabajos anteriores, el artista la entiende como una parte natural de su ser.

“Una parte de mi identidad naturalmente es un poco el cambio”, explica. Aunque reconoce que ha mantenido un tono conversacional a la hora de escribir y abordar sus canciones, también considera que la evolución es una consecuencia inevitable de la curiosidad que siente por la música. A lo largo de los años ha seguido trabajando con varios de los productores que lo acompañaron desde sus inicios, pero también se ha rodeado de nuevas voces y se ha aventurado en géneros que antes no dominaba. Para él, salir constantemente de su zona de confort es una forma de crecer sin perder de vista quién es.

Esa búsqueda permanente termina convirtiéndose en el corazón conceptual de su último disco. Más que un álbum construido alrededor de un género o una estética específica, el proyecto gira en torno al contraste y la dualidad. Inspirado, entre otras cosas, por la película El cisne negro, el disco parte de una pregunta sencilla pero profunda: ¿por qué elegir una sola versión de uno mismo?

“El concepto principal detrás de ULTRASWAN es el contraste. Es poner juntas dos cosas que no pegan y hacer que funcionen, porque también creo que habla un poco de cómo somos las personas. Va de no elegir si soy una cosa u otra y entender que soy las dos, que me gusta ser las dos y que no tengo que ser ni un cantante de pop alternativo ni tampoco el más rapero del patio”.

Desde esa idea, ABHIR construyó un álbum donde conviven baladas íntimas y sensibles con momentos de distorsión, agresividad y energía desbordada. Si Swan representa la parte más vulnerable, emocional y delicada del artista, Ultra encarna su faceta más impulsiva, ególatra y segura de sí mismo. El verdadero corazón del proyecto, sin embargo, no está en ninguno de los dos extremos, sino en el espacio donde ambos se encuentran: el Ultraswan, la convivencia de fuerzas aparentemente opuestas que, juntas, terminan dibujando un retrato mucho más honesto de quien las habita. 

Esa dualidad tampoco fue algo impuesto de manera artificial. Por el contrario, surgió de forma natural durante el año y medio que duró la creación del disco. ABHIR explica que cada canción nació del estado emocional que atravesaba en ese momento, sin forzarse a escribir desde sentimientos que no estaba experimentando realmente. “Yo no hacía música triste si no me sentía triste y no hacía música fuerte si no me sentía fuerte”, recuerda. Durante ese periodo pasó de momentos de inseguridad y desánimo a una etapa marcada por la confianza, el autoconocimiento y una energía renovada. En consecuencia, el álbum terminó funcionando como una especie de diario emocional donde conviven los buenos y malos momentos. “Tampoco ha sido un tramo en el que he estado supermega motivado todo el rato. También he tenido momentos de bajón y están reflejados en este disco”.

Quizás por eso la dualidad que plantea ULTRASWAN resulta tan convincente y atrapante. No se trata de un concepto diseñado únicamente para articular un álbum, sino del reflejo de una etapa en la que ABHIR aprendió a convivir con todas sus contradicciones y a convertirlas en parte fundamental de su identidad artística.

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Lejos de organizar las canciones por similitudes sonoras o emocionales, el canario optó por enfrentar unas con otras, haciendo que los extremos dialoguen constantemente a lo largo de los 32 minutos que dura el álbum.

La intención era que el oyente pudiera pasar de una colaboración con Ralphie Choo a otra junto a ShakeDaBlock!, dos artistas con propuestas radicalmente distintas, y aun así sentir que todo forma parte de una misma conversación. “Hay un montón de decisiones como poner ‘Acapulco’ y luego ‘Plié Relevé’, o poner ‘Backflips’ y luego ‘Duomo’. Agarrar canciones que son contrarias y ponerlas juntas para que se complementen”, explica el artista sobre una secuencia pensada para que la dualidad del proyecto no solo esté presente en las letras o en la producción, sino también en la forma en la que se escucha el álbum.

Esa intención se hace evidente desde el primer minuto. Antes de que aparezcan las inseguridades, la vulnerabilidad o las dudas que atraviesan varios momentos del disco, la canción que abre el disco es ‘Ultra’, una melodía solemne, casi cinematográfica, que prepara al oyente para el viaje sonoro que está por comenzar. Su función es elevar el telón antes de desembocar en ‘Vanidad’, una de las canciones que mejor representa la faceta más segura y grandilocuente del proyecto.

“Me gusta entrar a los discos arriba de energía y con una sensación de fuerza”, comenta. Por eso, antes de mostrar las grietas y contradicciones que aparecerán más adelante en canciones como ‘Acapulco’, el artista prefirió comenzar celebrando la confianza en sí mismo, convirtiendo a ‘Vanidad’ en el primer gran manifiesto de la faceta Ultra del álbum. La transición también queda plasmada en el apartado visual. 

Por un lado, ‘Ultra’ aparece acompañada por la figura de un cisne, mientras ‘Vanidad’ hace lo propio con una excavadora, una imagen tan imponente como agresiva que funciona como representación perfecta de esa energía arrolladora con la que comienza el viaje. 

Si ‘Vanidad’ representa uno de los momentos más explosivos, la siguiente parada del recorrido introduce un matiz diferente. ‘Balasera Santana’, la primera colaboración del álbum, encuentra en la chilena AKRIILA la compañera perfecta para explorar una de las muchas contradicciones que atraviesa el proyecto: la convivencia entre el amor y la violencia emocional.

Para el canario, la presencia de la artista nunca estuvo en duda. Más allá de la admiración que siente por su trabajo, considera que posee una capacidad poco común para transmitir experiencias y emociones con una madurez que trasciende su edad. “Es una persona muy joven, pero canta con mucha madurez. Es como si me transmitiera que hubiera vivido un montón de cosas”, explica.

Sin embargo, la elección también respondía a las necesidades propias de la canción. Aunque ‘Balasera Santana’ es, en esencia, un tema de amor, su narrativa está atravesada por imágenes intensas y una carga emocional que roza lo destructivo. “Quería una canción de amor que tuviera una vuelta un poco violenta, porque habla de morir por amor”, comenta el artista.

En ese sentido, AKRIILA aportaba exactamente el equilibrio que la composición necesitaba. Según explica, la chilena posee una dualidad similar a la que da vida a ULTRASWAN: una sensibilidad evidente, pero también una oscuridad creativa que se manifiesta a través de la distorsión, la intensidad y la fuerza de sus interpretaciones. Una combinación que termina convirtiendo al tema en una de las primeras expresiones de cómo el álbum logra encontrar belleza incluso en medio del caos.

Si hay un momento donde toda la teoría detrás de ULTRASWAN se vuelve tangible, no está necesariamente en una canción específica, sino en un tramo concreto del tracklist. “Más que una canción, hay un momento que para mí resume lo que es Ultra, lo que es Swan y lo que son ambas juntas”, explica el artista. Ese instante llega justo en la mitad del recorrido. Después de ‘J22p’, aparece ‘Hermes’, una de las composiciones más delicadas del proyecto. Poco después, cuando la canción comienza a desvanecerse, irrumpe ‘Boostamante’, una pieza completamente opuesta en energía, intención y carácter, realizada junto a ShaketheBlock!.

Para el canario, esa transición representa el corazón conceptual del álbum. “Para mí ‘Hermes’ es la máxima expresión del Swan y ‘Boostamante’ es la máxima expresión del Ultra. Creo que ‘Boostamante’ es incluso la canción de la parte Ultra que más me gusta. Obviamente me encanta ‘Vanidad’, me encanta ‘J22p’, me encantan todas las canciones que están en esa faceta, pero esta tiene algo muy especial para mí. Tiene un replay value muy especial y siento que suena exactamente a lo que yo me imagino cuando pienso en Ultra”.

Pero más allá de lo sonoro, el momento también se sostiene en el encuentro creativo que hace posible esa energía. Sobre trabajar junto a ShaketheBlock!, ABHIR destaca la conexión inmediata en estudio y la personalidad del rapero dentro del track. “ShaketheBlock es una persona que tiene tanta personalidad y una forma tan peculiar de rapear que creo que va a tener su hueco en esta industria, de verdad lo pienso. Yo quería una colaboración de rap en el disco porque vengo de ahí, y no quería perder esa raíz. Meterlo en ‘Boostamante’ fue como traer a la canción al rapero que más me gusta ahora mismo”.

No obstante, la importancia de este punto del álbum no está únicamente en las canciones por separado, sino en la forma en que dialogan entre sí. “Con ‘Hermes’ pasa lo mismo pero en la parte Swan. Entonces, para mí, ese momento en el que está terminando ‘Hermes’ y empieza ‘Boostamante’ se siente como la tesis del disco. Es como un ‘wow’. Ahí están las dos caras. Ahí está todo lo que quería contar con ULTRASWAN”.

No es casualidad que esa transición ocurra justo en la mitad del proyecto. Después de varios temas moviéndose entre extremos, ese punto funciona como un encuentro entre ambos mundos: la sensibilidad y la fuerza, la introspección y el impulso, el cisne y la excavadora coexistiendo durante unos segundos en un mismo espacio.

“Creo que ‘Hermes’ y ‘Boostamante’ son mis canciones favoritas del álbum”, reconoce.

Curiosamente, mientras el artista identifica ese tramo como el núcleo conceptual del proyecto, el público ha encontrado otro punto de conexión inesperado. Según cuenta, una de las mayores sorpresas tras el lanzamiento ha sido el desempeño de ‘Acapulco’, una canción que el equipo esperaba que tuviera un papel mucho más discreto dentro del disco. “Pensábamos que iba a ser una de las canciones más pequeñas y está resultando ser una de las más grandes sin contar las colaboraciones”, comenta.  Aunque reconoce que no resume por sí sola todo el concepto del álbum, sí encuentra en ella algunos de los elementos que lo definen. “Tiene una sensación muy sensible, pero al mismo tiempo tiene mucha fuerza en lo que estoy diciendo. Entonces también sería un eje central del disco”.

La conversación sobre las colaboraciones continúa con uno de los nombres más reconocibles: Ralphi Choo en ‘Baby baby’. Su reencuentro dentro del proyecto no solo funciona como continuidad artística, sino también como una forma de medir el crecimiento de ambos desde su primera unión creativa, que ya había tenido lugar en SUPERNOVA, el álbum de Ralphi, concretamente en la canción que da nombre al proyecto.

 “Creo que los dos somos artistas más maduros, creo que los dos estamos más sueltos. Hemos crecido tanto como artistas de estudio como artistas de directo”, explica el canario. A su juicio, ese cambio no es solo técnico, sino también de seguridad y visión dentro del proceso creativo. “A Juan lo veo más grande, obviamente también porque tiene más edad, pero sobre todo lo veo más grande en las cosas que propone, en cómo se mueve en el estudio. Lo veo más seguro”.

Más que una simple evolución individual, el reencuentro con Ralphi Choo también funciona como una constatación de recorrido compartido dentro de una escena en constante transformación. “Creo que es una evolución natural, pero que no hay que dar por hecha, la de un artista tan único como él, que siga creciendo y siga abriendo nuevos caminos”. En ese sentido, el artista también menciona la influencia que otros proyectos del propio Ralphi ejercen sobre su forma de entender la música. “El disco en el que está trabajando justo ahora y que llegará pronto, creo que va a volver a hacer algo como el anterior, algo muy propositivo. Eso a mí me inspira mucho”.

En el penúltimo tema del disco, ‘Backflips’, llega la última colaboración, aunque su posición no le resta peso dentro del proyecto. Se trata de Ledbyher, una aparición que abre otra dimensión de ULTRASWAN donde la conexión —y la admiración— de ABHIR por escenas emergentes alejadas del radar más comercial queda completamente evidente. 

“A Ledbyher la quise traer porque yo quería hacer un puente entre la escena emergente de Londres, que es la escena que a mí más me gusta, la que más consumo ahora mismo”, explica. No se trata solo de una colaboración puntual, sino de una forma de diálogo con lo que considera una de las corrientes más interesantes del momento. “Yo lo que más estoy escuchando es música de Inglaterra. Ledbyher, Fimiguerrero o Lancey Foux son artistas que no son tan grandes todavía, pero para mí representan una nueva escuela, de las más interesantes del mundo”. En su visión, esta escena incluso supera en frescura a otros centros tradicionales de la industria. “Para mí son más interesantes incluso que lo que está pasando en Estados Unidos ahora mismo”. 

La presencia de Ledbyher en el álbum, en ese sentido, no es casual. Responde a una intención clara de conectar con ese movimiento antes de su consolidación global. “Tener a una integrante de esa nueva escuela en mi disco es un sueño. Yo siento que esto es algo que va a crecer muchísimo. De hecho, creo que Ledbyher va a ser gigante y toda esta escena también”.

ABHIR incluso reflexiona sobre la diferencia de percepción entre mercados y territorios, consciente de que estas corrientes aún no tienen el mismo impacto en todos los países. Aun así, insiste en su potencial de expansión. “Puede que en lugares como Colombia todavía no tenga tanto peso, pero creo que esta escena de Inglaterra tiene un potencial enorme, algo que podría convertirse en lo que fue Opium en su momento”.

Más allá de la referencia cultural, la colaboración también responde a una idea más íntima del proceso creativo del propio artista. “Uno de mis trabajos también es poder visibilizar el talento a tiempo, tener gusto para saber qué cosas van a aportar a mi carrera y a mi alma”. En ese sentido, Ledbyher encarna algo más personal dentro del proyecto. “Esto es como lo que el mini ABHIR pequeñito quería: cumplir sueños, trabajar con gente que admira, con escenas que consume y con lo que cree que es el futuro. Ledbyher es exactamente eso”.

El corte final de todo este viaje por la vanidad y el ego, por la fuerza y la vulnerabilidad, llega con ‘Duomo’, una canción que ya había sido mencionada como una pieza clave dentro del origen del proyecto y que, en retrospectiva, termina adquiriendo un peso casi estructural dentro del álbum.

“‘Duomo’, al haber sido la primera canción que hicimos, fue durante mucho tiempo la intro. Era lo que abría este proyecto”, recuerda el artista. Sin embargo, a medida que el disco fue tomando forma, esa posición inicial terminó desplazándose hacia el final, en un gesto que responde más a la narrativa emocional del álbum que a una lógica cronológica. “Decidí no poner ‘Duomo’ al principio porque la siento como un mensaje existencial, algo más profundo, como una pregunta de hacia dónde creo que voy yo. Sentí que ese tipo de mensaje tenía más sentido cerrando que abriendo”.

Esa decisión también redefine la lectura del proyecto completo, construyendo un recorrido que comienza desde la seguridad y la expansión de Ultra para terminar en un espacio más introspectivo y vulnerable, propio de Swan. “Creo que fue un acierto poner ‘Vanidad’ arriba y dejar ‘Duomo’ abajo, en vez de hacerlo al revés. Porque el orden también cambia completamente lo que dice el disco”. En el fondo, ‘Duomo’ condensa una de las capas más personales del álbum. “Es una canción que escribí cuando estaba un poco más triste, cuando no me sentía con tanta fuerza y estaba buscando una especie de fuerza mayor que me ayudara. Por eso se llama ‘Duomo’, que significa catedral en italiano. Tiene esa connotación religiosa”.

Más allá de su simbolismo, el tema funciona también como un espacio de fragilidad dentro del proyecto. “Para mí representa un poco la delicadeza que tengo yo, el hecho de que no estoy hecho de piedra. Y creo que es una canción con la que mucha gente puede empatizar cuando se siente low y necesita agarrarse a algo más grande que uno mismo”.

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Así, llega una pregunta que funciona casi como una pausa dentro de todo lo que ha implicado el proceso de ULTRASWAN: ¿qué es lo más gratificante que le deja este proyecto después de un año y medio de trabajo?

“Para mí, lo que más me enriqueció fue sentir que el proyecto está muy conectado a cómo yo me percibo y cómo yo imagino que sueno”, responde. A partir de ahí, su reflexión se convierte en una lectura casi interna del propio disco, donde la estructura, el orden y las decisiones creativas terminan diciendo tanto como las canciones.

“Es decir, el disco suena porque tiene ‘J22p’, que es una cosa rara, es una canción rara, pero luego tiene ‘Hermes’, que es una balada que a mí me encanta, en la que siento que lo di todo en esa letra, y después tiene ‘Boostamante’. La forma en la que van entrando las canciones es algo que siento muy conectado a mi personalidad”, explica. “Siento que es algo muy mío, sin querer sonar pedante, pero muy original también: que primero suene una cosa como ‘J22p’, que no tiene nada que ver con ‘Hermes’, y aun así convivan dentro del mismo disco”.

En ese sentido, la satisfacción no está únicamente en el resultado final, sino en la coherencia interna que logra encontrar al escucharlo completo. “Yo escucho el disco de principio a fin y siento orgullo de ver cómo va cambiando, cómo cada canción tiene su lugar. Incluso cuando terminas una canción con Ralphi Choo y empieza ‘Glasgow’, que no tiene nada que ver, igual sientes que todo está conectado de alguna forma”. Esa sensación, reconoce, ha sido una de las más repetidas en los días posteriores al lanzamiento. “Es algo que he escuchado mucho esta semana: que es un disco coherente. Y eso era algo que, honestamente, yo arriesgaba que no fuera así”.

“Siento esa gratificación de haber hecho algo coherente, y sobre todo de haber hecho algo propositivo”.

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El universo de ULTRASWAN no se entiende únicamente desde lo sonoro. En lo visual, el proyecto despliega una capa cinematográfica que atraviesa portadas, videoclips y dirección creativa como parte esencial de su identidad. En ese sentido, el apartado audiovisual no funciona como complemento, sino como una extensión directa del propio disco.

“Para mí hay una cosa muy buena cuando sucede con los álbumes, que es que una imagen pueda explicarte cómo va a sonar el disco o qué propone el artista sin que el artista tenga que hablar”, explica el canario. En su caso, esa idea se materializa desde el primer contacto visual con el proyecto. “Creo que ULTRASWAN lo consigue con la portada”.

Para el artista, esa imagen inicial no solo presenta el disco, sino que amplía su lectura conceptual. “La portada me ayuda a expandir la narrativa. La estética del nombre, cómo suena el nombre, ya te da una pista de que hay dos cosas, y la portada termina de cerrar esa conversación”. Una conversación que, según recuerda, se activó incluso antes de la salida del álbum. “Cuando salió la portada, se generó mucha conversación alrededor del proyecto, de que efectivamente iba a tratar del contraste y la dualidad”.

A partir de ahí, el trabajo visual se convierte en una herramienta para construir lenguaje propio. “Todo lo que es la dirección creativa amplía el universo para que la gente entienda los códigos que me han inspirado y pueda estar un poco en la misma página”. Pero más allá del concepto, también hay una intención clara de diferenciación estética dentro de la cultura visual contemporánea. “Para mí tiene un peso crítico. Es muy importante que lo visual esté bien enlazado y que, sobre todo, sea propositivo, que sea curioso, que no sean elementos de la cultura popular que ya están muy vistos o que se reutilizan constantemente”.

En su visión, esa construcción visual no solo vive dentro del proyecto, sino que termina filtrándose en el día a día del público. “Aquí metemos cosas que dices ‘ah, entiendo por qué esto es Ultraswan’. Eso me gusta, porque se mete un poco en tu vida cotidiana”. Incluso, reconoce que ese imaginario ya ha empezado a trascender el propio lanzamiento. “Ahora hay gente que me manda fotos de palas excavadoras en la calle, y eso es increíble. Es como si el proyecto hubiera penetrado su lenguaje y su imaginario personal”.

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En un proyecto que se mueve constantemente entre géneros, estéticas y emociones, la pregunta sobre el riesgo creativo aparece de forma casi inevitable. Desde su propio recorrido —marcado por la falta de etiquetas claras desde BROWN BOY—, ABHIR ha construido una propuesta que se resiste a encajar en una sola dirección, incluso en un contexto donde la industria tiende cada vez más hacia lo homogéneo.

“Yo la verdad es que hay muchos días en los que amanezco y me pregunto si he elegido un camino un poco más complicado”, admite. Pero esa duda, más que freno, funciona como parte del proceso. “Eso es una micra de todo lo que agradezco haber cogido este camino”.

En su reflexión, el mayor desafío no está en el riesgo en sí, sino en la relación con las tendencias y la dependencia que pueden generar dentro de la industria. “Hay una cosa muy peligrosa hoy en día que es la tendencia, y cuando un artista depende totalmente de la ola, nunca sabe cómo va a avanzar esa marea. Yo creo que me da seguridad no depender de la ola, sino sentir que tengo mi propia ola”, Una idea que, aunque reconoce que puede sonar ambiciosa, para él se ha construido con el tiempo y la constancia. “Eso igual suena un poco pedante, pero creo que es una realidad que se trabaja durante años, álbum tras álbum. No quiero decir que haya creado una escuela, porque no me siento así, pero sí que he intentado apostar siempre por lo que a mí me gusta, para que eso sea lo que la gente espere de mí”.

Esa coherencia, según cuenta, es también lo que le permite sostener las dudas cuando aparecen. “La micra de momentos en los que me pregunto si hice bien las cosas se disuelve muy rápido cuando veo que canciones como ‘Acapulco’ funcionan. Es una canción que no tiene nada que ver con lo que está sonando, pero la gente la está eligiendo, y eso me da mucha alegría”.

En ese contexto, la posibilidad de incomodar o dividir opiniones nunca ha condicionado el resultado final del disco. “No ha influido para nada en cómo he hecho el álbum. No he mantenido elementos de proyectos anteriores solo por contentar a mi público, y eso es algo que a una parte de mi audiencia puede no haberle gustado, pero también ha abierto a otra nueva”.

Para el artista, esa decisión responde a una convicción más profunda sobre el vínculo con su público. “No puedo estar a la merced de lo que quiera la gente. No puedo depender de eso, porque creo que les haría un mal si siempre hiciera lo que esperan de mí y no lo que yo siento que debo hacer”, y ahí es donde aterriza su conclusión, casi como una reflexión abierta sobre su propio camino creativo. “Al final, creo que hay que confiar en uno mismo. La pregunta real es: ¿por qué conecta mi público conmigo? ¿Porque hago lo que ellos quieren o porque conectan con lo que yo considero que tengo que hacer?”.

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Si retomamos a los filósofos, encontramos que para Jung la psique humana solo puede entenderse plenamente cuando integra sus partes en conflicto —la sombra, lo consciente, lo reprimido—. Para Nietzsche la identidad no es una esencia fija sino un proceso de superación constante. Así, ULTRASWAN puede leerse como un punto de encuentro inesperado entre ambas lecturas. No desde lo teórico, sino desde lo vivido: ABHIR no intenta resolver la tensión entre opuestos ni decantarse por uno de sus extremos, sino sostenerlos como fuerzas activas dentro de una misma narrativa. En ese sentido, lo que la filosofía plantea como reflexión sobre el ser, el álbum lo traduce en experiencia sonora, donde el conflicto no se elimina sino que se convierte en estructura creativa.

Por eso, más que un concepto puntual o una etapa en su carrera, ULTRASWAN termina funcionando como una afirmación de permanencia. Un proyecto que no solo dialoga con su presente creativo, sino que se proyecta más allá de él por la solidez de su idea central y la forma en que la convierte en sonido, imagen y narrativa. En esa convergencia de opuestos, el álbum se sostiene como una de esas obras que no se agotan en su momento de lanzamiento, sino que permanecen, precisamente, porque entienden que la identidad —como la música— también es múltiple, cambiante y difícil de fijar en una sola forma.

Así, y tras un año y medio de trabajo en el proyecto, ABHIR mira hacia adelante sin plantear una pausa real, sino una continuidad que se desplaza entre los escenarios y el estudio. Durante los próximos meses emprenderá una gira que se extenderá entre octubre y febrero, con presentaciones por distintos puntos de España y Europa, incluyendo ciudades como Londres y Berlín, además de un cierre especial previsto en Gran Canaria. Mientras tanto, el álbum seguirá ocupando el centro de su atención, permitiendo que el álbum continúe desarrollando su propio recorrido antes de pensar en nueva música.

Esa mirada hacia el futuro también incluye el deseo de fortalecer su vínculo con Latinoamérica. Entre los territorios que espera visitar se encuentran Colombia, Chile y México, países donde confía en poder encontrarse próximamente con nuevas audiencias. Más que acelerar el siguiente capítulo, el artista parece decidido a dejar que este proyecto siga creciendo a su propio ritmo, mientras prepara una nueva etapa marcada por los escenarios, la expansión internacional y la misma voluntad de exploración que atraviesa todo ULTRASWAN, una búsqueda que, al menos por ahora, parece estar lejos de agotarse. 

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María SOA y Sara Faro han atravesado un sinfín de experiencias, reflexiones y cuestionamientos que hoy toman forma en Tertúlia, su nuevo álbum de estudio. Con este trabajo, el dúo gallego abre un espacio de encuentro para quienes estén dispuestos a escuchar, dialogar y debatir sobre algunas de las cuestiones que atraviesan su universo creativo: los afectos, la lucha por la libertad individual y la justicia social, el imaginario gallego y el legado de aquellas tataravoas que, hace más de un siglo, ya trabajaban, cuidaban y compartían saberes en comunidad. Mujeres que, en esencia, ya hacían tertulia. 

En este nuevo disco, Fillas de Cassandra emprende una exploración sonora que trasciende lo estrictamente personal para adentrarse en un territorio colectivo y colaborativo de la mano de Çantamarta. El proyecto se atreve a incorporar géneros, hasta ahora, inéditos en su repertorio, sin renunciar a una identidad artística construida sobre bases electrónicas, melodías de raíz gallega y letras atravesadas por una mirada claramente feminista. El resultado es una obra que amplía sus horizontes musicales mientras reafirma la esencia que ha definido al grupo desde sus inicios.

Lee aquí la entrevista que ROLLING STONE en Español tuvo con Fillas de Cassandra: 

Están presentando su álbum Tertúlia. Quisiera que me contaran la historia detrás de este material, de dónde nace la inspiración, concepto o necesidad de crearlo.

Sara: Primero fue intentar entender qué habíamos compuesto intuitivamente, porque después vino el nombre de Tertúlia. En estos tiempos, hemos notado una vuelta a unos pensamientos bastante conservadores, que nos están tirando unos años para atrás. Tenemos que mantenernos fuertes en nuestras posiciones. Es un momento muy individualista, que precisamente deshace la posibilidad de desarticular la lucha social, porque si no, no sentimos empatía. Si no conocemos a la vecina, cómo vamos a sentir empatía desde algo tan básico como eso. Para nosotras, la tertulia es el hablar, pero sobre todo, es el lugar de encuentro para que esto se pueda dar. 

¿Cuál fue la transición más importante de Fillas de Cassandra en este álbum? ¿Qué cambió más notorio encontraron en su composición, producción y proceso creativo? 

María: Creo que, aun con todas las expectativas que se ponen sobre un segundo disco, fue la calma con la que tratamos toda la parte de composición. Lo fundamental es que no existió cambio en la ilusión a la hora de tener las ideas. Este es el cambio más significativo. Hicimos las cosas con paz y armonía, que vienen de todos estos años de experiencia para saber qué cosas nos apetecen hacer. También sabemos no tener vergüenza alguna a la hora de hacer las cosas que realmente quisimos. Creo que es un cambio muy grande. En el primer trabajo, sí se palpaba hacer las cosas a lo loco, y en este disco, era muy difícil seguir haciendo las cosas así. Me parece muy importante haber tenido la calma para hacerlo. No hubo tantos cambios, pero si fue una sinvergüenza mayor. Hicimos lo que nos apetece, como un juego. 

Además de que sus dos mentes creativas se unen de manera muy equilibrada. 

María: Claro. Es que los Çantamarta, que son los productores del álbum, nos dijeron: ‘Vosotras, enseguida, se meten en una tésis doctoral cada vez que habléis de un tema’. Nosotras discutimos, pero en la parte buena de la tertulia de decir: ‘Vamos a llegar hasta la cuesta final de esta cuestión, cuando ya no tenga nada de sentido. Vamos a reflexionar al final y casi que vamos a discutir por lo contrario para ver qué pasa’. Así llegamos a lugares muy interesantes y se ve en una letra que habla de las dos. 

Sara: En este caso, fue muy interesante trabajar con referentes que estaban fuera de la música y que venían de otras artes. Son otros universos de otros artistas para hablar de nuestros sentimientos y encontrar un punto en común. Creo que también nos referimos a otras artistas, para acoger sus discursos iconográficos y ayudar a encauzar sus sentimientos de cada una a través de la obra. 

María: Cuando empezamos el proyecto fue: comenzar con la música y también hablar cómo es la otra persona. Sabemos de dónde parte y pudimos hablar más de sentimientos a comparación del trabajo anterior. 

El lugar de encuentro de Fillas de Cassandra
Lorenzo Negueruela

Con todas estas respuestas tan profundas, me pregunto: Si no fueran cantantes, ¿qué les gustaría ser?

María: Aunque ahora no nos dedicamos al arte escultórico, acabamos de hacer una exposición de esculturas. Pienso realmente que no seríamos únicamente músicas, porque creo que ya estamos ahondando en el arte, y, sin eso, no sé si me vería habitando este mundo. 

Sara: Es que el arte es una manera de comunicar muy fuerte. Es casi imposible de no tener para alguien que tiene inquietudes artísticas, que en verdad es todo el mundo. 

María: Llegaríamos a la música de cualquier forma, aunque fuéramos pintoras o lo que sea.

Sara: O ingenieras [Risas].

Justo tienen una canción en donde mencionan su amor a las artes, donde no siempre se necesita el lenguaje para expresarlo. 

Sara: Totalmente. Hay muchas maneras para nosotras, no solo está la palabra. No hay que centralizar solamente el texto, y creo que de ahí parte Tertúlia. 

María: La tertulia puede ser un baile en el que no dices nada pero te estás comunicando y generando un espacio de comunidad. 

Sara: Además, la mayoría de veces, el silencio es donde más se comunica. Tener espacios para esos silencios dentro de la conversación, implica que la conversación puede darse con pausa y puede extenderse en el tiempo. No tiene que ser con la prisa frenética de contarlo todo a la de ya. Podemos esperar. 

Mencionaron un poco sobre su trabajo en este disco con Çantamarta. Cuéntenme sobre esta experiencia.

Sara: Entendieron nuestra visión desde un respeto absoluto para saltarse todas las normas. Esto fue lo más interesante. Nosotras llegábamos con una canción, a la que no le poníamos en principio ningún ritmo, pero en nuestras cabezas resonaba algo de la música tradicional, y la lectura de ellos era desde cualquier otro lugar rítmico. Esto nos volaba la cabeza. 

María: Nos dieron un repertorio enorme de posibilidades a la hora de la producción y de los instrumentos para saber cómo entender los diferentes géneros, para, además, tener la total confianza de entenderlos todos. Nos sentimos súper cómodas con ellos. Ahora tenemos una amistad muy fuerte. Tenemos mucha emotividad con esto. 

Lorenzo Negueruela

Pasan de ritmos muy drásticos con mucha naturalidad. 

María: Son unos sinvergüenzas, como nosotras ahora [Risas]. Nos ayudaron a serlo aún más. Eso te ayuda a cualquier lugar.

Sara: A todas partes.

¿Cuál dirían que es el eje o mensaje principal del álbum?

María: Uf, qué complicada. Dentro de una Tertúlia entran muchísimas cosas de las que hablar, unas con mucha importancia, y otras con ninguna, pero todas sin igual de importantes. Quizá ese es el mensaje: estáte listo, y ten los oídos abiertos, para escuchar y hablar con tranquilidad, con el tiempo que sea necesario. Habla y organízate mucho. También deja que entren otros discursos. Hay que crear comunidad de nuevo. 

Sara: Pequeñito el mensaje, eh [Risas]. 

María: Hay que ser cuidadosos con los otros discursos porque hay una ofensiva muy clara, pero sí hay que saber escuchar y platicar tranquilamente. 

No querer estar a la defensiva. 

María: Justo eso es: no querer tener la razón frente a todos. 

Hablando del lado sonoro, ¿cómo fue la experiencia tan transformadora y experimental?

María y Sara: [Risas]

Sara: Fue tan divertido probar de tantas maneras. Hay muchas cosas que quizá en el primer disco son muy ajenas, como el grito y el alboroto. 

María: Pero llegó el momento de probar de todas las maneras. 

Sara: Tuvimos la suerte de poder arriesgarnos inmensamente para probar cualquier género, además de tratar las canciones en diferentes géneros. Esto fue muy interesante, para después hacer una elección de las finales. Tuvimos el placer de hacer las canciones de tantas maneras, que llegar hasta este resultado, sonoro y musical, fue la prueba final. El camino fue la experimentación. 

María: Tener tiempo para hacerlo fue lo mejor. 

Lorenzo Negueruela

Algo que me parece sumamente importante de destacar es su lírica y mensaje, que son atravesadas por un letras claramente feministas. Cuéntenme un poco de esto.

Sara: En este disco, mucho punto de partida fueron los universos artísticos de otras mujeres creadoras a las que admiramos, que son de todos los ámbitos. En nuestro momento de creación, nos llevamos muchos libros. Entonces ellas, a lo largo de estos años, nos han inspirado. Hemos recogido citas, y durante el proceso de composición, cuando nos quedábamos arrancadas o lo que fuera, nos dábamos un rato para leer nuestras citas y volvíamos con cosas frescas. 

María: Nos ayudó mucho porque fue la primera vez que compusimos un disco todo a la vez. Pasábamos de una canción a la otra en la residencia, entonces era muy difícil separar los conceptos tan claros. Cómo no reiterarlo si lo que te está atravesando es lo mismo que hace dos minutos. El mensaje era verlo de qué manera y cómo lo estábamos viviendo, para así transmitirlo a través de nosotras y nuestras emociones. Sí fue un arduo trabajo. Sí nos teníamos que poner de acuerdo en cada palabra, imagínate [Risas].

¿En qué momento llega Tertúlia?

María: Pienso más en lo que nos va a dar Tertúlia, sin poner expectativas. Pero creo que estamos en un momento donde, por fin, nos podemos dedicar únicamente a esto. Podemos llevar la música a más sitios. Tertúlia llega en un momento de calma, pero también de ilusión y de efusividad que ojalá siga, por lo menos dos años. 

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En el año que comunicó públicamente que padecía mal de párkinson –frente a 200.000 personas en el hipódromo de Tandil–, el Indio Solari habló en profundidad con Rolling Stone para la portada del Anuario 2016. A continuación, la entrevista completa (publicada por primera vez en la web).


Fue una sorpresa hasta para los músicos de la banda, que todavía estaban en camarines tomando algo cuando escucharon el griterío. El Indio había salido solo al escenario y estaba por confirmar, tristemente, la noticia del año para el rock nacional: tenía una enfermedad incurable.

Por favor, quisiera decirles algo, si me pueden escuchar les voy a agradecer mucho”, dijo, tratando de callar a los 200.000 fans que habían llegado a Tandil para verlo: el público más grande de toda su carrera y el show con entradas pagas más convocante de la historia del espectáculo en Argentina. Eran las 21.15 del sábado 12 de marzo. “Anda circulando por Internet una versión de que estoy enfermo, y es verdad”, continuó, con su voz a punto de quebrarse. “Mr. Párkinson me anda pisando los talones”. 

Su anuncio tardó pocos minutos en ser viral. El Indio Solari llevaba más de un año fuera de los escenarios y se podía intuir que algo no estaba bien. En abril de 2014, durante la primera presentación de Pajaritos, bravos muchachitos, su último disco, en Gualeguaychú, había perdido el equilibrio y caído de espaldas en el sexto tema de la lista. La gente lo festejó como un blooper –el Indio rodó por el escenario, se incorporó con gracia y terminó el recital con normalidad–, y la histórica reunión con tres de los ex Redondos (Semilla Bucciarelli, Sergio Dawi y Walter Sidotti) acaparó la atención de la prensa, por lo que pasó casi inadvertido. Tras ese episodio, el Indio (que no hizo declaraciones al respecto) tocó en diciembre en Mendoza y se recluyó durante todo 2015, lo que encendió la alarma de los fans, que de pronto recordaron la caída. “Pero bueno, digo… Aquí estoy. Hace rato que eso pasa, no me van a bajar del escenario así nomás”, dijo en Tandil este año, y el público volvió a tapar todo con sus gritos. ¡Fuerza, Indio, fuerza! 

La última entrevista del Indio Solari en Rolling Stone: “Cuando yo muero mueren todos ustedes”

Antes de anunciar cambios en Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y de irse para volver minutos más tarde escoltado por sus músicos y comenzar el show con una versión frenética de “Nuestro amo juega al esclavo”, detrás de unas gafas redondas oscuras y vestido con una campera militar, completó su mensaje: “No hagamos una tarea de esto, todo el mundo tiene algún conocido, algún pariente que tiene una enfermedad. A cada uno le toca, ésta es la vida. La vida es así”.

Y aquí estamos, seis meses más tarde. Afuera, un jardinero corta el pasto, que se ve de un verde vivo y cubre cada rincón del amplio parque en esta mañana plena de comienzos del verano. El lugar donde se guardan las cosas del patio, donde otras veces vimos un vitreaux del Sagrado Corazón de Jesús, está tapado por una enredadera que recubre toda la estructura con un afro de hojas adolescentes. Adentro, en el primer piso de su estudio, Luzbola, donde el Indio tiene su escritorio, están todas sus cosas como él las dejó, rastros de vida: los discos desparramados cerca de las botellas, las guitarras enchufadas al lado del sillón. En la puerta hay pegados cartelitos de Do Not Disturb de diversos hoteles –el Sheraton de Liverpool, el W de Manhattan–; están, en un cuadrito, los tickets de los shows que vio afuera del país –Lou Reed en el Madison Square Garden– y en otra pared, enmarcada, una foto grande en la que está él hace unos años, empuñando una cerveza en los baños del CBGB. 

En su biblioteca no cabe nada más y, de hecho, el estante superior ya está bastante doblado. Colgando hay un banderín de Boca Juniors; en un portarretratos, arriba de más libros y cuadernos y papeles, está la foto de John Lennon en Nueva York y, finalmente, allá atrás del escritorio, mirando hacia donde estamos parados nosotros, está su silla. Pero el Indio no está. 

De pronto, escuchamos pasos en la escalera. Alguien viene, viene, viene, y es el Indio Solari que entra por la puerta exagerando un paso cansado y suspirando con una media sonrisa detrás de sus gafas oscuras. Saluda con la mano y lo primero que hace es prender el equipo de audio. Toma una silla, se sienta frente a nosotros, que ya estamos en el sillón, y mirando desde esa perspectiva cómo está la biblioteca, dice: 

–Creo que voy a morir de esta manera, cuando se caiga una de las bibliotecas. La voy a cagar a la enfermedad.

El Indio pregunta si está muy fuerte la música. “Yo vivo con música de fondo”, se excusa. “Inclusive le hablo a la instructora de yoga, para meditar y todo eso… En el yoga hay como una cosa que no tenés que prestar atención a los pensamientos, sólo tenés que concentrarte en la respiración, y yo le digo: ‘Mirá, mientras no tengan letra, yo no necesito que sean mantras’. Por supuesto, no voy a poner Metallica.”

En la planta baja hay unas cintas de suspensión, con cinturones y arneses empotrados a la pared para recuperación kinesiológica o practicar wall yoga, que ayuda a mejorar el equilibrio. (En el medio, entre las cintas, alguien pegó un sticker con el símbolo Om.) “Me interesa más el hatha yoga, la parte física”, dice él, “porque realmente lo que yo estoy necesitando es contrarrestar el problema que tengo”. 

Lo que tiene el Indio es párkinson rígido, una enfermedad autoinmune que hace que el cerebro disminuya la producción de dopamina, lo cual desequilibra el sistema nervioso central. Para alguien como él, tan acostumbrado a estar en control de todos los aspectos de su obra artística y su vida, se parece a una condena, a un desastre irremediable.  

Sin embargo, pone dedicación al tratamiento. Su plan para “contrarrestar el problema” incluye una rutina de ejercicios y yoga que llena toda su semana: todos los días tiene algo. “La doctora viene una vez a la semana”, dice. “Tengo el kinesiólogo, que viene tres veces por semana y te exige como si fueras un jugador de fútbol. Y la instructora de yoga, dos veces por semana.” Por las noches, antes de la cena, el Indio termina su día de actividades nadando en la pileta cubierta de la casa. “Estoy recuperando la forma humana, eso es lo que me gusta”, dice finalmente.

Su tratamiento incluye además un riguroso cóctel de pastillas. “A mi edad son bombas, son bombas que me meto”, dice sobre lo que le recetan, básicamente Diclofenac (para los dolores musculares ocasionados por la tensión) y corticoides (para paliar la enfermedad). Curiosamente, él mismo se administra lo que toma con un cronograma desordenado. La noche anterior a nuestro encuentro matinal, programado para las 9 de la mañana en Leloir, después de estar acá “hasta tarde dándole al alpiste”, dice, tocando y cantando con los guitarristas de su banda, se despertó exaltado a la madrugada. “A las 3.30 de la mañana, me había olvidado de tomar la de las 12. Y dos horas y media después me desperté porque tenía que tomar la de las 6.” Hace la cuenta. “O sea que estoy de pastillas hasta el ojete.” 

Por supuesto, todo eso sale por alguna parte. El Indio describe cómo “la pichicata” lo hace emocionarse con los golpes bajos de la TV o pasarse tres estaciones y recién después percatarse de que está en medio de una explosión de ira, con la misma facilidad. “Estás viendo el noticiero y se te cae una lágrima… Al rato le estás gritando al ingeniero, que es Martín [Carrizo, el baterista e ingeniero de sonido], un amigo, lo conozco de chico… ‘¡¿Cómo, no entendés?!’” Se imita a sí mismo enajenado. “Porque son drogas de mierda. A la altura de la enfermedad, ni más ni menos.” 

Para descomprimir, le decimos en broma que puede echarles la culpa a las pastillas, y él responde, serio: “No me ofendas, soy un hombre de la psicodelia”. No hay curiosidad allí: la curva de aceptación física de los fármacos afecta su ánimo y el temor a la rigidez física lo perturba. 

Le preguntamos si vio algo del festival Desert Trip, que ocurrió en Estados Unidos hace pocos días, y qué piensa de la vigencia de los clásicos, del rock septuagenario, y responde: “Mirá: hasta dejó de importarme Boca. Y los Rolling Stones me importan mucho menos. Cuando tenés una enfermedad así, el reloj empieza a funcionar”.

El reloj, parece, apura. Los vecinos de Parque Leloir empezaron a verlo caminando por el barrio, como un fantasma (seguramente escucharemos más de una vez que lo han visto por acá cuando ya no esté) o un santo. También han aparecido muchas fotos suyas junto a fans en las redes sociales, imágenes antes infrecuentes. Algunos lo esperan para verlo pasar y pedirle una foto o un autógrafo. Otros colgaron pasacalles. “Yo no soy un tipo de echarle flit a la gente, porque estoy agradecido”, dice. “Lo que pasa es que no puedo ser agradecido con miles de personas. No te queda vida personal.”

Su mujer, Virginia, abrió una cuenta de Facebook, Virumancia, donde ambos postean imágenes ilustradas por el Indio, collages y fotomontajes bizarros, y donde él suelta poemas o comunicados con diferentes seudónimos –Caballo Loco, Artista Invitado, Monsieur Sandoz, Monseñor Plugholes– y se divierte revisando lo que escriben. Incluso comenta desde otra cuenta, apócrifa. “Algunos ya se están avivando, igual”, dice él, animado.

Al hombre que siempre hemos retratado recluido en una quinta con sus perros, encerrado en su panóptico de difícil acceso mirando las cámaras de seguridad, lo tiene entretenido todo este nuevo contacto con el mundo. “Ahora con el Facebook me enteré de cómo era realmente la relación con la gente”, dice. “Porque yo tenía una alerta de Google pero me salía lo que publicaban en Clarín, lo que salía en la revista de ustedes, pero de la gente muy poca cosa. Y ahora empecé a ver a la gente y por un lado me inquieta [se ríe], porque es raro. No es el artista… Hay una cosa rara en esta relación.” 

En los últimos meses posó con el cartel de #NiUnaMenos en la pantalla de su iPad y apoyó públicamente a la organización Mamá Cultiva por el uso medicinal del aceite de cannabis. “Se me va la mañana atendiendo cosas institucionales”, rezonga un poco. Pero estos días ha aparecido promocionando un bar de la zona de Leloir y hasta le envió un video selfie a Edith Hermida, bancando a la panelista en una pelea doméstica de Bendita TV, el programa que conduce Beto Casella en Canal 9.  

Cuando filmó eso estaba con Casella en una cena, porque se impuso salir a comer cada semana con sus amigos y todos los miércoles llega a una parrilla de Leloir alejada de la zona de restaurantes, en el medio del parque, que antiguamente fue una casa de té, donde nadie lo molesta porque de lo contrario no vuelve. De vez en cuando, a esas cenas invita a algún “notable” para evitar que la conversación termine irremediablemente girando sobre él. Ha invitado a Horacio González, a Aníbal Fernández, a Beto Casella, pero la mañana después de invitar a Casella el conductor estaba en la radio contando todos los planes que el Indio tenía para el año próximo. “Beto agarró y puso la boca en el trombón. Así que por ahora suspendí. Iba a venir Riquelme, y me da pena, me da pena”, dice. “Pobre Beto, pero me di cuenta de que a veces la gente no está al tanto de que yo no soy un tipo al que le gusta andar ventilando esas cosas.”

Son las 10 AM, pero el Indio invita un whisky y nos ofrece que nos sirvamos el nuestro. “Soy incurable”, dice. Julio Sáez, su manager, que estaba hablando por teléfono en el parque y al subir escuchó lo que el Indio nos contaba del episodio con Casella, le avisa: “Ya le mandé un mail a Beto, le dije: ‘Betito, aflojando…’”. El Indio le responde: “Sí, pero tené cuidado. Porque a mí no me gusta tampoco quedar así”, dice. “El no tiene por qué saber mis manías, ¿viste?”     

De alguna manera, el Indio parece estar gastando sus últimos cartuchos, viviendo sus dos días. “Tampoco quiero interrumpir mi vida, la parte que me gusta de la vida. Porque para durar nomás, es al pedo”, sigue. Está lleno de proyectos para 2017: tiene un disco nuevo que está por terminar, un libro de memorias que se llamaría Los recuerdos mienten un poco (para el que contrató al periodista y escritor Marcelo Figueras) y El delito americano, su famosa novela inconclusa, en formato de novela gráfica, donde el Indio Solari es uno de sus personajes. 

Para terminar El delito americano, dice, necesita más tiempo, y acaba de recibir la propuesta de su editorial –Penguin Random House– para ir seis meses a escribir a Nueva York, pero internamente ya declinó la oferta. “Lo que pasa es que tengo familia también, y me van a poner una cara de orto si me voy seis meses”, se excusa. “Cuando me voy a cenar con mis amigos me ponen cara de orto, ¿te imaginás si me voy seis meses?” 

Julio trata de convencerlo: “Bueno, a lo mejor pueden ser dos meses”. “¡Vos porque querés venir conmigo!”, le responde el Indio. “Tiene familia también, Julio…”, dice volviéndose hacia nosotros. “Pero no es un varón domado como yo.” 

De algún modo, el Indio Solari está manteniendo vivo a Carlos Alberto Solari. ¿Qué pasaría si finalmente la figura pública más popularmente atractiva del país, la que tanto le incomoda pero a su vez en la que descubre un afecto del que él mismo se mostraba reactivo, es la que le da vida a Carlos, y no al revés? ¿Qué pasaría si esa fantasía de tipo ermitaño y enigmático no fuera más que un equívoco mediático del que fuimos cómplices, si Carlos fuera un vasco, un varón domado, tratando de encontrar un lugar donde pasarla bien? 

No está postrado, no está abatido; está en tratamiento, se ocupa de él mismo y se lo ve optimista, pero también hay días que no puede caminar y le cuesta levantar los brazos, y ni él ni nadie sabe cómo va a estar la semana que viene. En el momento en que nos encontramos planea dar dos shows durante 2017; uno de ellos, anució después, sería en marzo en Olavarría. Pero también existe la posibilidad –porque siempre existe– de que no toque nunca más. 

Cuando todos los vasos están cargados, el Indio levanta el suyo y brinda: “¡Graciosos y valientes!” 

En este momento, parecés estar más accesible que nunca. ¿Por qué?

Estoy retirándome. De alguna manera me estoy retirando. Ahora con el Facebook empecé a ver la gente, y que todo lo que hago quede perdido, habiendo tanta gente ávida de cualquier pelotudez que uno haga, un dibujito, qué sé yo… ¿qué? ¿Me voy a quedar acá? ¿Para qué? Con el tiempo me he dado cuenta de que lo que han proyectado en mí es fasto, no es nefasto. No es una cosa dañina. 

¿Y qué piensa ahora Carlos del Indio? 

Carlos se siente incómodo. Sobre todo porque el Indio ha crecido desmesuradamente. Es un personaje que fue inventado para que cargara sobre sus espaldas la estrella, por decirle así. Porque ya sabíamos nosotros en qué terminaba. Y no funcionó, no funcionó. Y de pronto ahora ya es una locura que yo no sé de qué se trata. No me hago responsable porque ya no sé qué es esto, es una cosa que me excede. Menos mal que están los amigos que te recuerdan siempre como el canalla que sos, los defectos que tenés, porque si te llegás a creer esas cosas te come el cuco. Yo al Indio lo disfruto mucho, pero únicamente en el escenario y componiendo. 

El resto del tiempo están Carlos o la estrella de rock.

Ese es el daño que nos ha hecho la cultura rock al transformarnos en estrellas. Eso de tiro el televisor por la ventana del hotel, y me tiro yo después. Bueno: es una pavada de drogueta, tampoco lo llevemos a un estado de iluminación. Ahí está el pobre amigo hecho una piltrafa. Yo durante mucho tiempo lo puse como el de la salud perfecta, como Keith Richards, esos tipos que dicen “me esnifé a mi papá”. Sí, pero el caballo no es la psicodelia, son cosas totalmente diferentes.

Entonces creaste al Indio para absorber la estrella de Carlos.

Son lo mismo, porque nadie lo obliga. Si a mí me diera lo mismo exponer lo que hago o no, se lo mostraría a los amigos. Lo que me pasa a mí es extraño, porque generalmente no dura tanto la popularidad. Yo no sé por qué pasan estas cosas. En definitiva, estamos viendo acá al Indio Solari o a Carlitos, a quien quieran ver ustedes dos, pero el fenómeno éste es un fenómeno mundial: salvo los festivales en Inglaterra o Estados Unidos, no hay nadie que lleve a 175.000 personas a la concha de la lora a ver un recital. Acá viene Lollapalooza, Brahma Chopp y no pueden meter 40.000 personas. Entonces, uno debe aceptar que algo tenés. O es la providencia o algún magnetismo. Pero tampoco te podés confundir y creer que viniste así al mundo. Yo me acuerdo de este muchachito que era… 

¿Cómo recordás a ese chico?

Yo fui un niño dañino, después un joven alocado y, al final, un investigador de la psicodelia. Dañino de que hacíamos cagadas, de meternos en los lugares, de joder por los techos y de romper cosas. Dañino.

Hasta acá, el Indio se encargó de no dar datos ni precisiones sobre su vida privada, en especial de sus primeros años, algo que en cierta medida viene cambiando desde que comenzó su carrera solista. Como si fuera el momento de rescatar a ese Carlitos que preexiste al Indio, a la estrella de rock. Desde entonces, antes de la salida de un nuevo disco o de un recital, a través de relatos que siempre tenían el mismo storyboard –la camioneta que te buscaba en la estación de servicio sobre la autopista, los perros ovejeros, las cámaras de seguridad, la metáfora del francotirador en el campanario–, accedimos a una inédita intimidad del ex cantante del grupo de rock más grande que dio este país. 

Segundo hijo de un jefe de distrito del correo y una ama de casa, Carlos Alberto Solari nació el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos. Cuando tenía 5 años, su padre fue promocionado y la familia se mudó a La Plata. La vez anterior que estuvimos en su casa, en 2008, nos habló sobre su madre, Doña Chicha, que acababa de fallecer. Había ocurrido cuatro días antes del primer show de la saga Porco Rex, su segundo disco, en Jesús María, Córdoba, y él lo había contado también sobre el escenario. 

En ese proceso de apertura, de abrir las puertas de su estudio y de su casa, parecía estar agazapada una apertura emocional. Durante la entrevista se sintió libre de llorar y dijo: “Mamá estaba cerca de los 100 años. Ahí, vos ves otra cosa terrible que es la decrepitud”. Nos habló de la muerte (“Bueno, también es un descanso la muerte, ¿no?”) y describió el amor que tenía por su madre: “Es el único amor incondicional que hay en la vida. Todo lo demás es negociable”, dijo. “Aun el amor de un padre….” Ahora le preguntamos:

¿Cómo era tu padre?

Mi viejo era un tipo medio de drapie. Tuvimos poco diálogo pero tenía una imagen y una presencia… como era antes. El padre era como esa película de Kurosawa, en la que está el jefe en una montañita y lo único que tiene que hacer es que no le importe que le pasen las flechas por adelante; los que están peleando son los demás. Esto es lo mismo: era como una imagen el padre que lo respetabas por cómo era, no por cómo te decía las cosas. Era un gran lector, pero lo único que leía era historia y política. No leía ningún romance, ninguna novela, ningún cuento. A tal punto que el primer libro que leí yo fue El crimen de la guerra, de Alberdi, a los 10 años. En su biblioteca no había mucha tentación para un pibe, pero tenía algunas enciclopedias con impresionantes ilustraciones. Y después, bueno, ni hablar cuando apareció Hora Cero, las historietas donde dibujaba Hugo Pratt, donde Oesterheld hacía guiones. Yo tuve la suerte de comprar la primera edición de El Eternauta, que en ese momento te cambiaba el marote. Y… ¿Y por qué estábamos hablando de esto?    

Nos estabas contando sobre la biblioteca de tu padre…

Y de pronto, un buen día, voy a abrir el placar mío, que era mi biblioteca, donde tenía mis cosas, y hay un libro así de grueso de tapa rosada, de una especie de sexólogo de los años 50. El tipo me dejaba libros. Me dejaba un libro que era todo de explicaciones de que la mujer era más difícil que entrara al clímax, y que entonces había que dedicarse un poco.

No había una charla, había un libro, digamos.

Había un libro… Otra cosa era la jugada de ajedrez obligatoria después de comer, post-almuerzo, que primero se la comió mi hermano y después me la comí yo. Desde entonces no jugué nunca más al ajedrez. Cuando algo es obligatorio, cagaste.

En ese linaje están el “Carlos tano” y el “Carlos vasco”. 

Sí, pero tano de la alta Italia: somos igual de fascistas [se ríe]. Pero están los que dicen que los del Sur son africanos y yo no, no me jacto mucho de eso.  

Pero, ¿en qué temperamento te ubicás más?

En el vasco. En la tradición de que el vasco se baja la boina y va. En general siempre me identifiqué más con mi lado vasco y siempre me tocó ese rol en la vida. Era de la turba dominante en los grupos del colegio primario. Al secundario no fui casi nunca…

¿Por qué?

Porque para el secundario yo ya tenía otros intereses. Hacía cortometrajes, cómicos en general. Uno tempranamente tiene que decidir si elige por vocación o por recomendación de la familia. 

El Indio quiere fumar pero no tiene fuego. “Los guitarristas se llevaron todos mis encendedores… Los usan para hacer slide y se los llevan”, dice. Llama por el teléfono interno para que le traigan fósforos. Nadie lo atiende. 

Retoma la charla sobre sus años de formación: “Por ejemplo, en plena época dura nosotros hablábamos con chicos… Me acuerdo de haber estado en una casa, en plena Calle 7, donde vivían unos chicos que eran del interior, amigos de un amigo mío, y fuimos una tarde a comer bizcochitos. Ellos eran militantes y nosotros éramos… todo lo contrario. Pero pensábamos lo mismo que ellos. Y hablábamos, discutíamos ahí, qué sé yo, y tres días después vinieron y los mataron a los tres. En La Plata era así: entraban y mataban a todos. Si yo estaba comiendo bizcochitos ese día ahí, hoy no estaba acá, no había Indio Solari, no habría habido Redonditos, no habría habido una mierda”. 

Tal vez el indio tiene razon cuando dice: “Es muy difícil de contar en un ratito…” En un momento de la mañana, nos muestra el primer ejemplar de El delito americano, la obra más anticipada en la que se haya metido alguna vez un músico argentino y la novela inconclusa en la que el Indio lleva más de 20 años trabajando. “Este es un mono”, dice. “Va a estar terminado recién el año que viene.”

Es una copia rústica gruesa, pero con la tapa dura trabajada y calidad de libro de ilustración. “Yo no soy el ilustrador, he conseguido dibujantes que me interpretan”, dice. “Les hice cambiar el estilo, porque ellos dibujaban algo más como expresionista: unos personajes altos, largos. Y a mí me gusta Moebius, la historieta europea, que por más que pinten mundos locos, o planetarios, son personas, son figurativos.”

Hace un esfuerzo por ubicarlo en algún lado, para que los lectores entiendan mejor. “Tampoco es un cómic”, explica, “es como un libro de niños, que tiene el texto de un lado y la ilustración del otro”. Pero lo primero que vemos es “La Pera Española”, un instrumento de violación. “La historia transcurre en una especie de clínica de salud del Dr. Semasendhi”, sigue, “que está dedicada a recomponer la psiquis y los daños que ha hecho la lucha contra el sistema a estos tipos como Albert Hofmann, Erik el Rojo en Europa, Tariq Ali”.

Es como el Aleph de la historia universal de la lisergia, un encuentro de genios de la contracultura. Lo interesante es que el Indio Solari es uno de los personajes (el único que nunca sale de su habitación) y que Carlos, para escribir su novela, usó como territorio de la trama el lugar donde se refugió durante una etapa curiosa de aquella juventud alocada. Y eso es lo que finalmente admite antes de pedirnos: “No cuenten el final del chiste ustedes, boludos”.

Después de dejar La Plata con la certeza de que, de lo contrario, iban a matarlo, el Indio se perdió en la costa atlántica. Sus padres eran pioneros entre los pobladores de Valeria del Mar y en sus alrededores estuvo cuatro años en la época de la dictadura, regenteando un hotel (el Alex) y haciendo trabajos de pintura y albañilería para los dueños de las casas de fin de semana. Allá se encontró con Isa Portugheis, uno de sus amigos de la infancia, que estaba con Kubero Díaz (de La Pesada) y otros más en un grupo de bohemios de la época que se hacían llamar los Perros de la Costa.

Se encontraron en un lugar llamado Doctor Belmes, un balneario abandonado en lo que hoy es Mar de las Pampas, e irrumpieron en la casa donde en su libro funciona la clínica. “Ese es un lugar que existió”, revela. “Era Doctor Belmes, donde yo estuve haciendo un campamento de estos nudistas con los Perros de la Costa… Había habido un fraude grande en el lugar. La casa era como cualquier club house, ostentosa, estaba venida abajo pero no saqueada, porque tenías que caminar doce kilómetros por la playa para llegar, entonces entrabas ahí y te ponías a leer las cartas del sobrino del Doctor Belmes que le mandaba a pedir guita desde Brasil.” El Doctor Pedro G. Belmes era conocido por desarrollar la oxigenoterapia y la historia del libro se alimenta de eso. 

Las referencias que acumula bien podrían ser parte de una novela de Thomas Pynchon. “Bueno”, dice, “el asunto es que ahí funcionaba una clínica que no se sabía quién bancaba y donde te metían en la cámara Mental Grammar Sphere, una cámara de pérdida sensorial barrida por electromagnetismo, con altas dosis de ácido lisérgico. Entonces estaban ahí y salían contando las visiones que habían tenido”.

Está tan compenetrado contándonos esto que se olvida de que está spoileando su obra más personal. “Y lo que empezó a notar, que se le hizo interesante al Dr. Semasendhi”, continúa, “es que todos hablaban como de un mismo mundo. Era muy extraño, hablaban de los mismos nombres: Nipón Optico, Gas Koreano, las distintas cosas”.

Todo lo que va apareciendo en esas páginas es la construcción del imaginario ricotero elemental. “Está el perro Hum, que es un perro-arma”, sigue. Después de abundar un rato largo en detalles argumentales, el Indio dice: “Y bueno, todo termina cuando… No, no lo voy a contar”.

Durante mucho tiempo estuvo sin tratamiento. Pero, en cuanto fue diagnosticado con mal de párkinson, en lugar de cerrarse, averiguó por su cuenta todo lo que pudo. “Yo soy muy curioso”, dice. “Yo quise saber todo, leí todo porque siempre, o casi siempre, los médicos tratan de decírtelo en episodios. Y yo soy agnóstico, no soy ni ateo ni creyente, es una gloria que me excede el universo. Y me da lo mismo si somos los únicos en todo el universo o hay vida orgánica en cada tramo estelar.”

En la entrevista con Mario Pergolini incluida en el documental Tsunami. Un mar de gente, sobre el último show en Tandil (que fue estrenado online y tuvo 12 millones de reproducciones), donde le muestra su pastillero (un gesto que nadie esperaba) y le cuenta que confundió los síntomas del párkinson con los de la claustrofobia, narra en cámara una anécdota que ocurrió en el B.B. King Club, en Estados Unidos, donde en medio de una cena-show se quitó los zapatos porque se sentía atrapado, y un rato después tuvo que dejar el lugar. 

“Era raro, ¿te acordás? ¿Te acordás que nos asustábamos?”, le dice Julio Sáez, presente en el comienzo de la charla. “No, claro”, le responde el Indio, y nos sigue contando: “Y el resto se asustaba inclusive más que yo. Porque yo salía, viste, como un animal atrapado. Así, ¡ping!”.

Las cenas con sus amigos forman parte de una rutina que el Indio se esfuerza por proteger. “Nos juntamos a charlar, a morfar y a beber. A beber martinis. Y también hablamos del universo del bife, pero ya conocemos la postura de cada uno. Quién es el gorilón, quién es el otro…”

Vos trabaste relación con algunos políticos.

Sí, pero como seres, no como políticos. Yo inclusive estuve bastante de acuerdo con la política de estos últimos años. Por suerte en un momento dije que no tenía acceso a su honestidad, porque es la única verdad. Después, las medidas que tomaban me parece que renovaban más el producto bruto de la gente que lo que está pasando ahora. Y lo que está pasando ahora se sabía. Se sabía lo que iba a pasar. Cuando manifestás tu simpatía y hay resonancia, enseguida vienen unos tipos a decirte que hay que militar. A mí cuando los políticos me piden una foto (los gobernadores e intendentes, cuando voy a las provincias), lo primero que digo es: “Con tu sobrino, con tu tía, no tengo problema. Pero con el que está administrando, no”. No me rompas las pelotas, yo soy un francotirador en el mejor de los casos. No me metas en la tropa que yo soy solitario. 

El artista no puede ser militante. El artista no tiene que creer en el sentido común de la sociedad, porque ni bien se integra llega el famoso “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. No pintás un carajo. Pintás tu pueblo, pintás Rauch o pintás Espeleta. No estás pintando Nueva York ni Berlín, estás pintando Espeleta, entonces no me rompan los huevos con esas verdades intelectuales que duran nada. “La única verdad es la realidad”, bueno, ¿qué querés que te diga? Al señor [Juan Domingo Perón] yo lo respeto mucho, fue un estadista sinceramente. Pero eso lo dijo para la gilada y lo tomó todo el mundo como si fuera una verdad, ¿que la única verdad es la realidad? ¡¿Qué me estás diciendo?! ¿De qué verdad estás hablando vos que yo desconozco? ¿Es tu verdad la misma que la mía? ¿Tus anhelos son iguales a los míos? Y bueno, si creen que hay una realidad para todos, no es así. 

¿Por qué no?

Porque estalla la ecuación ecológica. Imaginate que todas las chicas de Africa y de China y Sudamérica tuvieran un secador de uñas. Para fabricar todas esas pelotudeces hay que talar un montón de árboles, escarbar la tierra, dinamitar. A la vez la gente piensa que las fundaciones son inocuas y atrás hay una corporación, y atrás de la corporación hay un círculo rojo, según me enteré ahora. Todos lo sabíamos, pero un presidente no debe decir una cosa así. Se supone que él es nuestro representante. Ese es el contrato social. El contrato social es que delegamos en el Estado la libertad de juzgarnos en vez de aplicar nosotros el ojo por ojo. Entonces hay un Estado, con equidad de los jueces [se ríe]… Cada cosa que digo me causa gracia [se ríe más]. Bueno, no sé cómo fuimos a parar acá. ¿De qué estábamos hablando?

Del círculo rojo.

El círculo rojo es un disparate. Por ejemplo, estaban distraídos con el mundo árabe y de pronto alguien miró a Latinoamérica y dijeron: “Obama, mirá que acá hay todos gobiernos de izquierda”. En seis meses el Mercosur desapareció. ¿Eso es obra de magia? No, es obra del poder del imperio. Tiene todos los medios de comunicación y la gente cree cualquier batata. Cualquier batata es posible.

Yo empecé a dar reportajes porque se decía cualquier cosa. Y ahora había dejado de dar reportajes en un momento, iba a decir que iba a hablar por mis canciones, pero también tenés compromisos. De alguna manera, yo también sé que quizá fue mutua la necesidad de ponerme en tapa. 

Y también te gusta charlar, ¿no?

Creo sinceramente que no tengo nada que aportar más allá de lo que está en las canciones. Las entrevistas que doy son para explicar lo que está en las canciones, no sé, para que haya un vínculo amable con la gente. No tengo interés en transformarme en esos escritores oscuros, tísicos, me parece una pelotudez. La gente cree que soy un ogro que anda con cara de ojete todo el tiempo.

Pero te hemos pintado mucho como un artista recluido en su fortaleza, ¿no?

Sí, sí. 

¿Esa construcción también fue mutua?

Sí… Bueno, la primera vez que yo me enteré que era algo especial fue en uno de los primeros recitales en Capital Federal, cuando dijeron que yo era “enigmático y misterioso”. Y yo dije: “¿Enigmático y misterioso? ¿Cómo mierda hago para ser así?” No tenía idea yo de que era enigmático y misterioso. Pero mucha gente, a partir de ahí… Viste cómo es el público, te lee a vos que embocaste un adjetivo que medio que está bonito y empieza a repetir. ¡Qué enigmático que es! Qué sé yo, no sé realmente.

Tras la portada de Rolling Stone de octubre, dedicada a Oktubre, el clásico de los Redondos de 1986, el Indio nos mandó un e-mail. Quería “refrescar la memoria de Rocambole”, ilustrador de la tapa, que hablaba en el artículo (el Indio no respondió a los pedidos para esa nota) sobre la creación de la singular iconografía de las banderas del proletariado, las cadenas rotas y la catedral ardiendo. Adjuntó las imágenes que le había compartido al resto de la banda y a Rocambole (“las primeras con que avisé de mi interés porque en el álbum usáramos la estética soviética”) y aclaró en una PD que no quería adjudicarse la idea, “sino su elección”. Lo había visto en un reportaje a Oscar Niemeyer, el arquitecto que diseñó Brasilia, y en la que el diseño “jugaba con la imitación del lenguaje escrito cirílico”.  

Pero la referencia más importante para él fue un disco del Coro del Ejército Ruso que había estado escuchando, especial para él porque un tiempo antes lo había visto en vivo en el Luna Park. “Que dicho sea de paso, cantaron nuestro Himno Nacional con tal enjundia”, escribió, “que me sacaron lágrimas de emoción por primera vez”.

Sin embargo, el Indio ahora relativiza su propio vínculo con la memoria. “Lo más parecido al espécimen psicodélico es el espécimen zen”, dice. “Esta es la vida, este momento. Lo que pasó es como un sueño. El libro, mi autobiografía, se va a llamar Los recuerdos mienten un poco. El primer capítulo va a estar dedicado a eso, porque están todos los que me hacen entrar en el tercer capítulo a la historia de los Redondos, y yo me cago de risa.”

¿Vas a aprovechar para hacer correcciones históricas?

No, no… La autobiografía empieza diciendo: “Este libro no viene a traer ninguna claridad, a explicar nada, ni por qué esto es mío, ni por qué esto es tuyo, ni qué pasó”. Viene a contar cómo lo viví yo. Porque yo una vez dije una cosa que era verdad: veía en los libros de los Redondos que hablaba gente y terminaba siendo como la vida de los Beatles contada por Pete Best, un tipo que estuvo dos minutos. Pero como yo no hablo y Skay generalmente no habla, parece que hubiera empezado no sé dónde. Es lo mismo que yo diga que todo empezó cuando escuché el primer rocanrol en la casa de mi tía Irma. Ahí empezó mi viaje, que me llevó a una encrucijada donde me encontré con otros, que venían de otros viajes, y los Redondos, de los que estamos hablando todos, este libro y los 20 libros que hay, ni siquiera son de esos primeros Redondos del pub. Si hubiéramos terminado en Cemento nadie estaba hablando de nosotros y haciendo libros.

Haber hecho las entrevistas para sus memorias, que se editarán en algún momento de 2017, lo tiene con los recuerdos frescos y suelto para hablar. “Yo cuando empecé no tenía nervios porque era todo una joda, entonces sigo manteniendo el mismo estado”, dice. “Los Redondos nacimos para hinchar las pelotas. Eran como happenings de amigos. No sé cómo llamarlo. Quilombo, bah. En ese momento estaba de moda la seriedad, el virtuosismo. Y nosotros vinimos con el cabaret político, el modelo era ése: el cabaret político alemán. Y empezamos a ser una novedad, casualmente, porque todo el mundo estaba queriendo hacer rock sinfónico o tocar el sitar.”

Después recuerda otra anécdota de esos años que empieza con la frase: “Antes de que nosotros arruináramos el Centro de Arte y Música…” Esta fue la conquista de los Redondos en Capital. “Nos dejaron un solo día tocar porque decían que se lo habíamos transformado en un cabaret”, dice. “No lo prendimos fuego de pedo con las bengalas y todo el quilombo [se ríe]. Hicimos un desastre.”

Sus referencias conectan todo el tiempo con lo dionisíaco, la micropolítica, la desmesura, el caos. “Todo lo que nos salía mal, la gente creía que lo hacíamos a propósito”, dice. “Y en realidad, eran problemas de producción, no teníamos un mango.”

‘A ver… para, para, para. hagamos una prueba de qué hay acá”, dice el Indio cuando le preguntamos cuáles fueron los cantantes por los que él quiso cantar. “Andá, revisá.”

Frente a la puerta tiene un mueble bajo con frigobar, sobre el que están su equipo de música, las botellas y un centenar de discos desparramados. “Yo escucho hasta el himno nacional de Uganda”, dice. “Puede haber desde belcanto, Pavarotti… Estamos hablando de música culta.” 

Después está la otra música. “Hablemos de esta medianía que es la cultura rock en cuanto a exponentes”, propone. Acaban de darle el Premio Nobel a Bob Dylan y Leonard Cohen todavía está vivo. “Si yo hubiera sido un viejo sueco, antes que Bob Dylan estaba Leonard Cohen”, dice. “Ni hablar. Bob tiene cosas muy buenas pero también nos engañó mucho, eh. Para aquellos que escribimos la lírica o la poesía, uno se da cuenta de cuando alguien está haciendo una especie de surrealismo que no atrae, pero como ya sos Bob Dylan escribís la palabra ‘loro’ y tiene prestigio poético. En cambio, Leonard Cohen para mí es…”

¿El número uno para vos?

Sí, en la cultura rock. A mí, de la cultura rock me gusta mucho lo primero de John Mellencamp y Tom Petty.

En el documental de Vorterix mencionás a Floreal Ruiz, a Sinatra. ¿Qué cantantes te influenciaron?       

Sinatra no es un tipo que admire. Lo mismo que Elvis Presley. Yo a Elvis Presley no lo considero de la cultura rock, lo considero de Las Vegas, como Pat Boone, que les afanaron a los negros el rock & roll porque los blancos no les querían comprar a los originales. Pero para mí es un personaje… no digo detestable, pero no es un personaje rico para la cultura rock. Para mí, un personaje rico para la cultura rock fue John Lennon. Otros como Hofmann, Eric el Rojo en Europa, Tariq Ali, esa gente importante. Cooper, Line. Pero no son cantantes. 

Y en la voz, cuando el Indio se transformó en un profesional…

[Interrumpe] No, no, profesional no. Disculpame. Yo soy un amateur. Eterno amateur. Porque yo soy un tipo que ama lo que hace. A mí la gente, porque gano plata gracias a la providencia, cree que yo soy un tipo que, no sé… No sé ni lo que estaba diciendo.

Que no sos profesional, sino un eterno amateur.

Ah, no, claro… A mí lo que me parece maravilloso es que puedo hacer 14 canciones nuevas para el mundo y que la gente las cante. Eso me parece maravilloso. Yo he vivido bien, he vivido mal; he vivido pícaramente bien y pícaramente mal. He vivido de cualquier manera ya; tengo 67 pirulos, la vida mía ya… 

Silba y hace el gesto con la mano de un avión cayendo a punto de estrellarse. “Ya estuvo bien”, dice. “O mal.” Se ríe. 

Sigue sin encontrar un encendedor, y quiere fumar. 

“Escucho hasta música étnica”, sigue. “En casa tengo un mueble como de farmacia, ésos que abrís y tienen un fondo amplio, y tengo de todo…”

Toma el teléfono para que alguien lo ayude con lo del encendedor, pero sigue sin encontrar a nadie (por la ventana, abajo en el jardín, pasa Julio hablando por teléfono), así que deja un mensaje en su propio contestador: “Bueno, soy el dueño de casa, estoy buscando alguien que me asista. De pronto necesito un encendedor o unos fósforos que alguien me pueda traer acá al estudio. Rosita, Patricia, si andan por ahí, qué sé yo, deberían estar en un lugar en el que atiendan el teléfono. Bueno, hasta luego.”

¿Cómo es que después el niño dañino y el joven alocado se conectan con el Indio psiconauta?

Ubicándolo en el lugar de la redención, porque para la psicodelia fue un cambio trascendental. Yo soy un hombre de la psicodelia, de la política del éxtasis. Realmente la experiencia psicodélica ha sido lo que me transformó en lo que soy. El tema es, ¿qué pretende uno de la experiencia? Si vos querés quedarte en el circo mágico, ver alucinetas, ver a tus amigos raro, ver iridiscencias, bueno, quedate. O andá al cine a ver 3D que es mejor. Pero ése es un terreno que hay que pasarlo cuanto antes. La experiencia está saltando ese decorado que hacés vos mismo. Pasando eso hay una especie de terra incognita que ahí está la papa. Ahí te encontrás vos solo.

Se excusa de nuevo. “Voy a ir de una disparada al estudio, a ver si se olvidaron un encendedor ahí”, dice. Pero no tiene éxito. Vuelve a subir la escalera y sigue respondiendo y hablando mientras probablemente está pensando dónde estará el encendedor o el personal. “La única revolución mundial que hubo fue la de los jóvenes, que fueron tres putos años, lo digo yo en una canción: 67, 68 y 69. Después hubo una inercia, pero Lennon lo dijo claramente”, dice, y pronuncia en portugués: “O sonho acabou, rapais. Ya está. Ya fue”. 

Desde que lanzo su carrera solista en 2004, el Indio editó cuatro discos: El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel), Porco Rex, El perfume de la tempestad y Pajaritos, bravos muchachitos. El Indio tiene un disco más, que editará presumiblemente el año que viene, pero aún no tiene una fecha. Entre Pajaritos y este nuevo material estuvo grabando más de 100 demos, muchos de ellos de música electrónica.      

¿Por qué no te animás a sacar un disco de electrónica, aunque sea con un seudónimo? 

No tengo tiempo. Yo soy un tipo muy meticuloso. No es cuestión de prender un Sennheiser y tocar. 

Pero más allá del tiempo, ¿por qué no sacar algo que para tu público puede ser extraño pero a vos te gusta?

Mirá, no a mí… le gusta a la gente que está acá alrededor. Lo que hago yo va quedando, va quedando… [señala las bibliotecas] Ahora en este grupo de canciones nuevas, ya había hecho un montón de canciones y me compré el iPad, que viene con el Garage Band, que para hacer maquetas es estupendo: tiene un sampler, las cuerdas suenan muy bien. Entonces empecé a hacer canciones totalmente diferentes a los rocanroles que tenía, para mechar. 

Julio acaba de volver y, por suerte, para el Indio tiene fuego. Continúa: “Ahora pudimos recortar hasta quince, porque me agarró un enamoramiento que en 20 días hice 25 canciones, pero todas están buenas. O al menos nos gustan a los que participamos. Me parece que éste va a ser el mejor disco mío”. 

Se para y revisa entre unos discos vírgenes rotulados con fibra roja que están revueltos ahí. “Les voy a hacer escuchar una canción, una”, dice. Está particularmente copado con un tema que, según él, marcará el tono del disco. “Y hay una ahí que yo la llamo ‘Don Johnson en Las Vegas’, que es como de la época del polvorín, pero es perfecta, tiene todos los yeites del cantante. Que soy yo, pero le llamo ‘el cantante’ porque canta tan diferente a mí, que es como yo cuando me pongo a joder.” 

Pone el disco en su equipo y lo golpea; cuando el lector arranca hace un ruido, entonces lo abre y lo golpea fuerte. “Está bueno esto de pegarle a los objetos con tantas ganas”, dice. “Con las mujeres no, pero con estos objetos…” Resopla y finalmente el disco comienza con la voz sintetizada de una mujer oriental. Es un tema fuerte, un rocanrol directo, que… lo cambia. “Vamos a elegir uno que no sea…”, dice y hace skip de track en track. Empieza otro y lo cambia antes de que llegue a los diez segundos.

Julio se ríe y le dice: “Ves que sos un guacho, ¡poné alguna!” El Indio también se ríe y le da como un poco de vergüenza. “No, no, pero es que les voy a hacer picar las intros, este… un poco más generoso. Este es el segundo tema, no, no… Este es el primero”, sigue, y pone de nuevo el primero.

En un momento tira el comentario: “Yo soy el más joven de toda la banda te digo, eh. En la banda son todos retro”. El tema no es para nada electrónico, es de los rocanroles más crudos que ha grabado el Indio Solari en toda su discografía. Una especie de rock marcial. A los dos minutos dice: “Ya escucharon mucho ese tema”. 

Pone un rocanrol que avanza al estilo de “Un ángel para tu soledad” y por momentos comenta cosas encima. “El blues me aburre. A mí me gusta la cultura rock, no me gusta el rocanrol.” Se queda un poco en silencio, escuchándose a él mismo. Y pasa de track. “Vamos a hacer un recorrido pijotero”, dice, “pero algún tema les voy a dejar entero”. 

Termina poniendo casi todas las canciones del que será su quinto disco de estudio. Algunas de las guitarras rítmicas ya están, también se grabaron algunos bajos. Y llega a donde quería llegar. “Bueno… bueno, vamos a escuchar éste”, dice. “Espero tener la voz así el día que lo tenga que cantar.”  

Es un mid-tempo en el que canta en un tono más bajo pero no como crooner, con la voz rota; como nunca se lo había escuchado antes. Por algún motivo nos recuerda a David Bowie. Después de un rato, dice: “Es el tema del disco”. 

Las letras están en un inglés sanateado, pero ya tienen toda la forma, la melodía esencial. “Este se llama ‘Canción para un terrorista bonito’.” La atmósfera de la canción se propone hindú y el Indio canta arriba alternando tonos de suspenso, develación e invitación al desorden. Al rato lo cambia y pone un folk. “Este, mirá, yo lo dejaría así: palmas, guitarra rítmica, bajo y voz”, dice. Cuando entra a cantar, claramente se escucha al Indio frasear en inglés: “Looking my eyes…/Fighting your eyes…”, algo dice en el medio, y termina acentuando en palabras como “sweet”, “cry” y “tonight”; en otros pasajes usa “feeling right”. Le sugerimos que lo edite en inglés y dice: “¡Pero es sanata! Martín se sabe las letras en sanata”. Se ríe. 

Pica un par de temas más y de pronto dice: “Bueno. ¡Basta che!” 

Para este nuevo disco, el Indio, que ha escrito algunas de las canciones más dramáticas del rock nacional, estuvo buscando otro tono. “En este material nuevo me había prometido hacer una canción pum para arriba”, dice. “Ya venía haciendo varias letras y todas eran medio así también, descriptivas de un mundo conflictivo y conflictuado y con problemas. De la manera que lo describo yo, con personajes que, al escribir su vida, te das cuenta que proyectás el universo del bife y… ¿qué estaba diciendo?”

De los temas nuevos…

Ah, no, y entonces digo: “Le voy a poner un nombre descabellado así sale un disparate”, y pensé “Para eso Dios inventó el dentífrico”. Pero terminó siendo un dramaaaa… Empieza con alguien que recoge a un pibe que está tirado en la calle, muerto en un charco de sangre, y el único momento que aparece el dentífrico es ahí, con un alicate y un sticker de Lanús, un atado de cigarrillos de mentol… Resulta que el pibe se había choreado la recaudación de un tachero y lo corrieron y lo cagaron a patadas, lo mataron, lo reventaron. Eso que pasa en cualquier momento.

Describís un linchamiento.

Sí, y  el tipo que en las primeras estrofas está diciendo: “Pobrecito, yo lo conocía de pibe, decía que no le gustaba ver la vida nada más que por la televisión”. En un momento se va transformando y dice: “Hasta yo, que lo conocía de pibe, fui y le metí patadas. Pero incluso Dios miró para otro lado”. O sea que la canción que prometía alegre fue un bajón [se ríe con una carcajada más fuerte]. 

¿Ponés primero el título y después escribís la canción? ¿Es siempre así?

Yo necesito primero un título que me estimule, como cuando escribís un libro: “Bueno, a ver, ¿cómo desarrollás la idea cuando decís ‘Los recuerdos mienten un poco’? Entonces ahí empiezo a cranear, o a buscar en mis cuadernos, que tengo doce millones. Porque yo escribo en lo que llamo “la cantera”: escribo cosas que se me ocurren, sueltas. A veces porque creo que son ingeniosas, a veces porque creo que me representan, qué sé yo. 

¿En los Redondos también era así?

Nah, lo que pasa es que en las primeras canciones de los Beatles… [se confunde] De los Redondos… Digo los Beatles porque para mí ahí pasaba lo mismo. Entre los Beatles que tomaban ácido y los primeros, que se ponían el trajecito, que era un grupo pop con canciones frescas, había una diferencia. Y yo veo a los Redondos de la misma manera: las primeras canciones para mí son frescas… “Tomamos farisani para ver qué onda con el sun saaaa! Tomamos renové porqué…” No me acuerdo ni de las letras de algunas cosas. 

Su oficio, dice, es reunir las partes y ejecutar el conjuro. “Anoche estuvimos jugando acá y salieron unas cosas interesantes”, cuenta, “pero los músicos necesitan que uno les marque la canción para reunirse, es como la Retreta del Desierto, como el fuego. Necesitan la canción, porque si no están zapando ahí unas cosas espantosas, hasta que vos metés una línea de canto que ellos ya entienden e inmediatamente colocan los acordes apropiados, la rítmica apropiada y, al ratito, es una canción impresionante”. 

Se retrotrae al tiempo de los Redondos. “Skay me decía que no sabía hacer una canción”, dice. “‘Pero hacer una canción’, le decía yo, ‘es poner una estrofa, un estribillo, una estrofa, un intermezzo musical, llegar a la coda con comodidad, si hay un solo, qué sé yo, y terminar… Lo único es que después tenés que correr el riesgo de que no le guste a nadie’. Porque cuando uno está creando no sabe si está bien o está mal, ¿cómo sabés eso?”

Después de una pausa, dice: “La canción es necesaria, para vincular”. Se acuerda de algo y sonríe. “Como decía Zappa”, cita, “‘Las improvisaciones salen mejor cuando se ensayan’”.

El Indio se presento en vivo 17 veces en poco más de una década. Los primeros dos shows fueron en el Estadio Unico de La Plata para 50.000 personas, y junto a una única presentación en el Velódromo Municipal de Montevideo, Uruguay, ésas fueron las únicas tres veces que presentó en vivo El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel), su primer disco solista. 

Porco Rex, su segundo disco, fue el que más tocó, siete veces en total después de pasarse 2006 y 2007 recluido. La saga de shows empezó en abril de 2008 en Jesús María, convocando a 40.000 personas, y terminó en noviembre de 2010, en Tandil, con 120.000. 

Durante ese show de Tandil estuvimos con él, accedimos de primera mano al montaje escala egipcia de sus shows, y a la intimidad del Indio fuera de su fortaleza, en la ciudad donde hizo base todos estos años. Supimos entonces que viajaba con un médico personal. 

El perfume de la tempestad sólo lo tocó cuatro veces: tres durante 2011 y una en 2013; en 2012 no dio conciertos. 

Y de Pajaritos, bravos muchachitos, su último disco hasta ahora, sólo hubo tres recitales. El primero de ellos fue el de Gualeguaychú, donde se cayó; el último, el de este año en Tandil, donde anunció que tiene párkinson. 

El Indio dio ahí una de las mejores performances vocales de su carrera, como si haber hablado de su enfermedad frente a su público lo hubiera liberado de un peso gigante. Las balas picaban cerca y el Indio lo sabía: el tecladista Pablo Sbaraglia no estaba presente por un “drama íntimo familiar” y a Martín Carrizo, el reemplazo de su viejo colaborador Hernán Aramberri, le detectarían una enfermedad grave. 

Ese show fue especial, una transmutación de energía, y en el final el Indio salió a confrontar abiertamente con algo que Mick Jagger, en los shows de los Rolling Stones de febrero, había dicho en su ciudad, La Plata. “Muéstrenme el mejor pogo del mundo”, dijo en un español guionado antes de cantar “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Y acá en Tandil, justo antes del puente que corea la gente en “Jijiji”, el Indio le respondió: “Este es el pogo más grande del mundo. Mick Jagger, hacete de abajo”.   

Mientras enviamos esta edición de Rolling Stone a imprimir, nos llega un mensaje de Julio Sáez confirmándonos que el Indio tocará el 11 de marzo en Olavarría. Unos días antes, sentados frente al Indio, le preguntamos: 

¿No tenés miedo, en tu situación, de no poder terminar un show?

Y si no lo puedo terminar… Y sí, puede pasar. Cada directo es una prueba, por eso digo que no tengo un futuro muy largo. Al menos arriba del escenario. Porque para esta enfermedad todavía no hay cura, te mantienen, medianamente. Las últimas veces ya estaba enfermo, y cuando creía que no, ya estaba enfermo también. Y no tenía tratamiento y no estaba haciendo nada de lo que estoy haciendo. Tengo fe en este momento, pero no puedo hacer seis shows en el año. Bueno, qué sé yo, that’s life.

En Tsunami decís: “La muerte es una buena oportunidad para sacarte de encima los compromisos”.

Sí. 

¿Por qué tenés ese sentimiento y, en todo caso, cuáles serían esos compromisos?

No, el sentimiento me lo transmitió Bowie cuando en un reportaje él dice: “Yo siempre quise hacer esta música”. 

El Indio resopla, se quiebra, se pone de pie como un resorte y se le cae una lágrima. “Las pastillas ayudan mucho para esto, disculpen”, dice, alejándose. Y desde allá, al lado de su escritorio, cerca de los kleenex, viene la frase: 

“Yo siempre fui David Bowie.”

Llorando, el Indio se acerca otra vez hasta nosotros y continúa: “Entonces es liberadora la muerte. La última obra debe ser impresionante, cuando no tengo nada que perder. Y eso es lo que hizo Bowie, una obra maestra [se refiere a Blackstar]. Los primeros diez minutos de ese disco son impresionantes, los coros, ese saxo free, la voz de él, los videos… Lo que son los videos. Son de un dramatismo… Un tipo que hizo gala de su belleza, explotándola toda la vida, que de pronto se pone una máscara y se la saca…” 

Frente a nosotros, el Indio actúa ese momento del último clip de Bowie y hace como que se quita de los ojos una venda de forma violenta, apretando los dientes, quitándose una máscara imaginaria con brutalidad. Es una imagen con la que puede sintonizar: un gran artista popular despidiéndose de su público. “Es una maravilla, una liberación total, ¡es mi última obra! Bueno, disculpen esta mariconada… Lo que pasa es que a todo el mundo le debe pasar lo mismo. Vos no querés cortar amarras con tu público, porque le debés todo, pero quizá lo que tengo ganas de ser es Don Johnson en Las Vegas.” 

Sonríe con un gesto de amargura. Nadie sabe qué pasará con toda esa energía que concentra el Indio Solari en miles de fanáticos cuando él deje de tocar, cuando ya no esté, cuando sólo nos quede el holograma de este tipo que se ve a sí mismo en un Olimpo en el que dialoga con Jagger, Dylan, Cohen, Bowie…  

Perdón, ¿dijiste “yo siempre fui David Bowie”?

Y, de alguna manera es eso. Siempre fui el Indio Solari y cuando estaba en los Redondos de alguna manera tenía que consultar. Y en los Redondos yo hacía la mayoría de las cosas: la letra de la canción, la melodía, intervenía en los leitmotivs, hacía el discurso público porque el único que podía hablar era yo, que era el que sabía. No era porque ellos no supieran hablar, Skay era un tipo también culto, pero la idea básica de Patricio Rey era mía. Bauticé la puta banda, que encima es un nombre pelotudísimo, y el único que podía sustentar con un discurso público el concepto, una palabra que odio… 

Suena el teléfono interno de la casa: es Virginia, su mujer, que lo espera para comer. “Sí”, le dice él, “déjenme comer solo porque ya voy, ya voy, pero no puedo echar a la gente a patadas. Y sí, sí, chau”. Corta y nos dice: “Es mi mujer, que tiene que ir a buscar a mi hijo, pero dejemos que vayan así yo me voy caminando tranquilo”.

Eso que tuvo Bowie, de diseñar su “last act”… ¿Vos tenés pensado tu último acto?

No, es envidiable. Nada más lejos de estas enfermedades de mierda… Si no fuera porque tenés familia te pegás un corchazo, porque va todo para la mierda. Es lo que hablaba yo de la decrepitud. La decrepitud es una cagada, la sobrevida todo hecho mierda no vale mucho. Pero bueno, también el criterio de eternidad de uno ha cambiado y se aferra a la vida, porque tiene un hijo y quiere verlo crecer.

¿Qué creés que pasa cuando uno se muere?

Creo que cuando uno se muere devuelve el carbón, devuelve el azufre, devuelve esas cosas. Pero la personalidad, esa unidad que sos vos, no va a estar más. Y a mí lo que me importaría de la eternidad sería ser yo. Si no me prometés que la próxima vida se va a parecer un poco a ésta, me retiro. Bastante nos cuesta pensarnos a nosotros mismos, imaginate decir: “Bueno, a ver, cómo será…” ¡Puede ser de cualquier manera! Qué sé yo… Entonces me pasa eso con la vida. La tomo relativamente en serio, relativamente en broma.

Son entretenidos los libros sagrados, son muy bellos, pero tampoco podés creer que Dios se le manifiesta siempre a un viejo en una montaña. Por qué no abre las nubes y apuntando con el dedo, dice: “Existo, pórtense bien porque les voy a prender fuego el ojete en el infierno”. Y a partir de ahí yo también digo: “Señor, lo que usted diga”. Qué sé yo, no sé. Uno es más lo que ignora que lo que sabe. 

¿Qué pensás que va a pasar con tu patrimonio cuando ya no estés?

No, yo le dije a mi familia que lo que les dejo es una posición para que estén cómodos y pueda elegir mi hijo si quiere rascarse el higo. Sobre todo, para que elija por vocación. Y para eso tenés que tener algún dinero. Se te ocurre ser, qué sé yo, alguna cosa extraña, egiptólogo, bueno, por ahí te pagarán algún pasaje a Egipto alguna vez en un museo, pero de dinero no te vas a llenar. Entonces le dejo un dinerillo ahí como para que lo que me costó a mí ser vago no le cueste a él. Y trato de no decírselo, porque también me gustaría que fuera capaz de su vida, ¿no? 

Pero, bueno, es un padre añoso uno también. Tiene esa cosa de que lo que podría haber sido de rectitud a los 23 años… En este momento, soy como el abuelo. La madre me odia porque le digo: “Bueno, ¿cuándo le vamos a comprar la moto?”. Se lo digo en joda: “Una Harley Davidson”. Y grita: “¡Nooo!” Y yo le digo: “‘¡Qué! Boluda, es hora de que decida, la carrocería en la moto es uno mismo”, que es como decir, qué sé yo, la única verdad es la realidad [risas]. ¡No me hagan enemistar con los peronistas! Yo cuando converso, estoy conversando, entonces me libero del personaje y de pronto digo cosas inconvenientes.

En el Facebook, y en toda tu etapa solista, han aparecido otros personajes: El Fisgón Ciego, Monsieur Sandoz… ¿Esos seudónimos que usás son otra forma de expresarte?

Claro. El Indio Solari es otra cosa: te escribe por mail, no por ahí. Después se darán cuenta, con el tiempo, o mataré a esos personajes.

Pero, ¿el Indio Solari también muere? 

El Indio Solari es como la muerte. El Indio Solari se va a morir cuando muramos todos [risas]. Y como yo creo en este momento, cuando yo muero, mueren todos ustedes, desgraciadamente. 

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El amor es tan complicado como humano. Algunos dicen que no escogemos de quién nos enamoramos, otros simplemente que cuando el amor te encuentra no puedes escapar, y es eso mismo lo que lo hace tan maravilloso. De igual forma, no hay una sola forma de ver y de vivir este complejo sentimiento, algo que históricamente los cantantes y artistas han aprovechado para explorar cada una de sus variantes: desde el amor más puro y honesto hasta el despecho, pasando por la pasión desenfrenada y terminando en el desamor.

Bajo esta idea de ver el amor desde diferentes ángulos es que Kakalo, cantautor mexicano originario de Hermosillo, presenta De Parte Mía, su más reciente álbum y el primero con canciones completamente inéditas compuestas y, en su mayoría, también producidas por él.

A lo largo del proyecto, el artista construye una narrativa en la que cada canción representa una perspectiva distinta del amor y las relaciones, todo mientras mezcla elementos del regional mexicano con balada, pop e incluso algunos tintes de flamenco. El resultado es un disco profundamente personal con el que Kakalo busca consolidar su identidad artística y emocional dentro de la música popular.

En conversación con ROLLING STONE en Español, el nominado al Latin Grammy habló sobre el proceso detrás del álbum, la importancia de la sensibilidad dentro de sus letras, el simbolismo de canciones como ‘Tierra Trágame’, su nominación a los Latin Grammy, y cómo espera que su música pueda “formar parte del soundtrack de vida de la gente”. Lee la platica a continuación.

De parte mía: la carta de presentación definitiva de Kakalo 
Cortesía

Lo primero que me gustaría preguntarte es que, bueno, ya se van a cumplir dos semanas desde el lanzamiento de tu álbum De Parte Mía. ¿Cómo te has sentido con este nuevo proyecto? ¿Qué sensaciones tienes dos semanas después del estreno y cómo has vivido esa acogida por parte del público?

Pues fíjate que estoy bien contento con que mi primogénito, mi primer hijito, tenga ya dos semanas de haber nacido. La verdad estoy muy feliz por la emoción de la gente al escucharlo. Se han reportado conmigo amigos que no veía desde hace tiempo y me dicen “güey, no puedo parar de escuchar tu álbum”, y ni se diga otras personas de distintas partes de México y de Estados Unidos escribiéndome por Instagram. Entonces es algo muy padre porque siento que valió la pena. Es un disco al que le puse mucho trabajo, mucho corazón y mucha entrega y, como te digo, es esta primera presentación en la que se juntan dos vertientes que me caracterizan: el compositor y el intérprete. Este disco es como un “de esto se trata Kakalo”.

Ya que hablas de la parte de la composición de este álbum, algo que me llama mucho la atención de tu propuesta es que desde que iniciaste hasta este último proyecto se percibe una evolución tanto en tu sonido como en tus letras. ¿Cómo has ido construyendo y reforzando tu identidad y la del proyecto a lo largo de todos estos años?

Yo creo que a veces me imagino que funciona como un embudo al que se le agregan muchísimos ingredientes de muchas partes, que son todos los géneros que me han forjado, con los que he ido creciendo y que conforman mi estilo, como el regional mexicano, las baladas, la música de trío o el flamenco. Siento que todo eso lo vuelco, lo meto en una licuadora y sale el resultado, que es un sonido que me caracteriza y que me encanta.

Eso es lo que hago en mi laboratorio, en el estudio de grabación, y puedo estar horas buscando el sonido que me imagino hasta que sale. Esas son las ventajas de producir mi propia música: me puedo dar el lujo de pasar horas y horas buscando y, si no sale, al día siguiente le vuelvo a dar, entonces creo que eso también es una parte fundamental de por qué suena como suena. Básicamente, eso es lo que caracteriza mi estilo musical.

¿Hay algún artista que haya marcado tu forma de ver y entender la música?

Órale, pues Yo creo que más que un solo artista, son varios, y cada uno en distintos rubros. Por ejemplo, hay artistas que sin duda me marcaron como compositor, como pueden ser Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez o Joaquín Sabina, y como intérprete, como cantante, admiro mucho a Luis Miguel, Alejandro Sanz, Juan Diego Flórez y Cristian Castro. Por ahí se pueden ramificar mis influencias. 

¿Cómo sientes que todo ese camino desemboca en un proyecto como De Parte Mía, que es tan personal y tan auténtico?

Yo intento contar una historia tanto a nivel de letra como a nivel musical. Por ejemplo, todas las canciones tienen en común instrumentos propios del regional mexicano, pero no suenan tanto al regional mexicano. Sí suenan a todas estas influencias que te digo, un poco popificadas, con cosas de balada y un poquito de flamenco también por ahí, entonces ahí dejo mi huellita de que soy del norte de México con instrumentos como el tololoche, las trompetas, el acordeón y las guitarras.

A nivel de letra también vengo imprimiendo una sensibilidad que siento que a lo mejor ahorita no está tan presente en la música mainstream, y me gustaría ser uno de los abanderados de letras con carnitas, sensibles, dentro de la música popular. También algo a lo que me encanta meterle mucho tiempo y dedicación es al concepto. Este disco siento que lo hice muy variado justo para abarcar todas las posibilidades.

Yo creo que lo que tienen en común todas estas canciones, a nivel conceptual, es que hablan del amor desde diferentes perspectivas. Hay canciones que te dan ganas de casarte, hay canciones que te dan ganas de divorciarte, hay canciones que te dan ganas de ser infiel; o sea, hay de todos colores y sabores.

De igual forma algo que engloba mucho el disco es el propio título, De Parte Mía, que en un sentido un poco más literal puede entenderse como un regalo mío para toda la gente que estuvo y ha estado pendiente de la música que hago, y también para la gente que apenas me está conociendo.

Aparte, por ahí también hay un juego de palabras interno que es “depa, arte, mía”. Son tres palabras y todo eso lo llevamos al nivel visual, en los visualizers y en los videos oficiales de cada canción del disco. Si te fijas, cada una ocurre en una habitación. Haz de cuenta que viene la cámara, se mete por una ventanita y hay una escena que es una rola diferente; luego se sale, entra por otra ventanita y es otra historia completamente distinta con otra canción. Todo esto es el depa donde pasa el arte y donde la hago mía. Por ahí le dimos.

Ahora me gustaría ir a algunos aspectos del álbum que me llamaron la atención. El primero es justamente la canción con la que abre el proyecto, ‘Mía’. ¿Por qué decides iniciar todo este viaje de De Parte Mía con este tema y qué papel juega dentro de esa narrativa que me comentas?

A nivel de historia, decidimos empezar con ‘Mía’ porque es cuando todavía no conoces a esa persona. Esa canción la escribí imaginándome ese momento cuando ves a una chica, no sé, en el aeropuerto, que ni siquiera sabes cómo se llama pero te quieres casar con ella. Entonces está esa imaginación de “si te llamas Luz, si te llamas Sol, me gustaría llamarte mía”. Está ese juego.

A nivel musical también se me hizo una buena canción para abrir porque creo que engloba muy bien el concepto del disco, que es algo positivo, se podría decir. La música es alegre, la canción tiene cambios, tiene un poco de regional mexicano, pero también un ritmo como de rumba flamenca, tiene trompetitas, tiene good vibes, entonces se me hizo una muy buena carta de presentación. 

Sí, justo me di cuenta de eso cuando lo estaba escuchando. Otra cosita por la que también te quería preguntar era por las colaboraciones. Este proyecto cuenta con Andrés Obregón, Leonel García y Lasso. ¿Cómo fue el proceso de selección para traer a cada uno de estos artistas al álbum y qué crees que aportó cada uno a esta narrativa?

Fíjate que fue muy orgánico. En todos los casos, excepto con Leonel García, compusimos la canción sin un objetivo fijo. Solamente nos sentamos a escribir y empezamos a fluir con la pluma. De hecho, por ahí nos conocimos. Por ejemplo, cuando escribí con Andrés Obregón era el primer día que lo conocía y fue cuando compusimos sobre la marcha. Igual con Lasso, cuando compuse ‘Y a ti qué tal te va’, ese mismo día nos conocimos y el hecho de componer juntos fue como nuestra carta de presentación.

Yo creo que cuando conectas con una persona a nivel musical, conectas a otro nivel y la amistad entra en automático. Gracias a Dios pasó eso, tuvimos muy buena química tanto musical como amistosa. Ya después, cuando hice la maqueta de la canción, me dije “pues si así fluyó es por algo, ¿no?”, y les hice la invitación de “oye, ¿qué onda? ¿Quieres montarte a la canción para mi disco, la rola que compusimos?”, y todas las respuestas fueron positivas, como de “venga, hermano, claro que sí”. Entonces, gracias a Dios, todos tuvieron el mismo sabor de boca que yo con las sesiones de composición y decidieron sumarse.

En el caso del señor, del maestro Leonel García, fue porque yo ya le había mostrado esa canción una vez que iba a grabar con Carín León, porque ellos estaban buscando una colaboración. Yo le mostré ‘Tu ladito de la cama’ y le había gustado mucho a Leonel. Pasaron ciertas cosas por ahí y siempre no grabaron esa canción, y Carin me la devolvió. Me dijo “esta rola no se puede quedar en un cajón, tienes que grabarla”, entonces ya después se la ofrecí y le dije “¿qué onda? ¿Te acuerdas de esta rola? ¿Quieres montarte conmigo?”, y él “venga, claro que sí, me encanta”. Esa fue la historia de cómo se sumó Leonel al disco.

Son colaboraciones que para mí son como palomitas que tenía que hacer antes de morir. Colaborar con personas a las que admiro mucho, como Leonel, con cuyas canciones aprendí a tocar guitarra, con ‘Te vi venir’ cuando estaba en la secundaria. A Andrés Obregón también lo admiro muchísimo, cómo hace su contenido y cómo escribe. Y Lasso también; ‘Ojos marrones’ es una canción que no falta en mi playlist, entonces es como un abrazo a ese Kakalo soñador que andaba por ahí escuchando a sus ídolos y que ahora está colaborando con ellos. Creo que cada uno aporta, a su manera, una cerecita a este pastel tan importante que es mi primer disco.

Ahora que hablas de la mezcla, una pregunta que me surge es si tú también tuviste algo que ver en la producción, más allá de la composición y la interpretación.

Sí, estoy muy metido en ese aspecto. Sobre todo porque creo que hice seis producciones a full, o sea, yo las produje de cero a cien, y en las demás por ahí fui coproductor o estuve rebotando ideas con quienes me ayudaron con la producción, pero sí. Tengo un estudio de grabación y justamente empecé así, produciendo para otros artistas. Eventualmente, por ejemplo, me cayó Carín a mi estudio y ahí escuchó cómo cantaba, le empecé a mandar canciones y trabajé como compositor, pero antes de eso yo era productor. 

Es algo que no quiero dejar de hacer, en especial en mi proyecto, porque aparte de que soy muy control freak y quiero estar en todas las partes del proceso, es algo que me encanta y que siento que es fundamental para complementar todas las partes que tiene que tener un proyecto musical. Es muy importante que suene auténtico, que haya una propuesta ahí, y quién mejor que el mismo compositor y el mismo intérprete para poner sobre la mesa la producción. En este caso sí estuve involucrado al 100 % y yo creo que así va a ser en mis futuras producciones.

Una canción que también me llamó mucho la atención fue ‘NeurodiverTDA’. Me pareció muy llamativo el nombre y también la letra. Me pareció muy divertido, en especial, ese juego de palabras que haces justamente con el TDA. ¿Cómo nace esta canción?

Este tema, fíjate, se me ocurrió en Hermosillo, justo antes de volar a Ciudad de México. Estaba platicando con mi hermana y se me ocurrieron las primeras líneas, que eran “¿Pa’ qué quieres ser como la gente? / ¿Pa’ qué quieres ser tan aburrida? / Dices que eres neurodivergente / Y pa’ mí que eres neurodivertida”. Ahí dije “órale, puede salir una buena rola con una buena temática de aquí”, y me la llevé. 

Ya cuando estaba en CDMX tuve una sesión de composición con David Aguilar, un compositor de tallas mayores. Me encanta todo lo que hace, cómo juega con el lenguaje y toda su sensibilidad. Yo creo que es uno de los grandes compositores de México. 

El caso es que le planteé la idea y le dije “oye, tengo esto, ¿cómo ves?”, y le gustó mucho, se le hizo muy divertida e interesante la temática, entonces ahí la terminamos de aterrizar. Ya todo lo demás, eso que tú mencionas de “Un tecito pa’ curarte el TDA / Un té de abrazos, té de halagos, té de amor”, todo eso salió en la sesión con David y Óscar Cadena; estábamos los tres componiéndola.

Es una canción que me encanta y también por eso, porque me saqué la espinita de componer con uno de los compositores de México que más admiraba, que es David Aguilar.

Justo después de esta canción llega ‘Tierra trágame’,  uno de los temas más importantes y especiales del disco, además de ser el que cierra el proyecto. ¿Por qué decides cerrar todo ese viaje con esta canción y qué significa para ti?

Yo creo que decidí cerrar el álbum con ‘Tierra trágame’ por todo lo simbólico que ha adquirido esta rola. Yo creo que es la canción más especial hasta la fecha, en primer lugar porque fue la primera canción inédita que saqué en plataformas, la primera composición mía, y también fue la canción que me llevó a representar a México en el Festival de Viña del Mar.

Fue una competencia muy ardua, pero gracias a Dios me regresé con el premio mayor, con la Gaviota de Plata para México, y todo eso gracias a esta canción, que además es una canción muy íntima, muy sincera y muy diferente en su esencia. Por eso me encanta.

Por si fuera poco, cuando estaba en Viña coincidí con Carín porque yo iba a competir y él iba a cantar como artista invitado. Entonces, a modo de apuesta, le dije “¿qué onda? Si gano la Gaviota de Plata, vienes a grabar ‘Tierra trágame’ conmigo”. Y me dijo “venga, va”. Entonces así se hizo. Regresamos a Hermosillo y grabamos tanto esta versión solista como la versión a dueto con Carín, que es uno de los cantantes que más admiro y con quien he trabajado durante los últimos tres años.

Además, esa canción quedó nominada al Latin Grammy el año pasado. Me dio esa primera experiencia de ser nominado, de ir a Las Vegas, de cantar en el escenario de los Latin Grammy, de interpretar ‘Tierra trágame’ frente a toda la industria y frente a muchos artistas que admiro muchísimo, entonces es una canción que tiene muchos hitos y que va a ser muy difícil de superar a nivel simbólico. Por eso decidí cerrar el disco con ella.

Ya hablamos de todo lo gratificante que trajo este álbum, pero como todas las cosas en la vida supongo que también tuvo sus retos. ¿Cuáles fueron esos desafíos que encontraste durante todo el proceso de hacer este proyecto?

Yo creo que más que nada los tiempos y la presión, porque como bien te dije ahorita, el perfeccionismo es un arma de doble filo. Por el hecho de estar involucrado en todo el proceso y querer controlar todas las partes de mi música, de repente me toma más tiempo que si solamente llegara al estudio a grabar voces y dejara que los demás hicieran su chamba.

En este caso, como yo quiero estar ahí editando, cuadrando, afinando, moviendo y mezclando todo, pues de repente los tiempos aprietan y todo mi equipo de AIR me está presionando de “hey, ¿ya entregaste esta canción? ¿Cómo vas? Porque ya tenemos que salir con esto, acuérdate”, y aparte de eso, gracias a Dios también he tenido algunos shows en México y he tenido que hacer campamentos de composición para otros artistas. Entonces todo esto no me permitía estar en el estudio produciendo y grabando, y por lo tanto los tiempos se me iban comiendo.

Yo creo que ese fue el gran reto de este disco: sacar todo en tiempo y forma. Y gracias a Dios ahí lo hicimos.

Después de todo este trabajo y de todo este viaje sonoro que también tiene el disco, ¿qué te gustaría que el público se lleve después de escucharlo completo?

Me gustaría que se llevaran un buen sabor de boca y canciones que los puedan acompañar en esos momentos de estar lavando los trastes, de ir manejando, de hacer un viaje por carretera o de mandarle una canción a tu pareja. Por ejemplo, ‘Ya nos vi’ es una canción muy delicada que me encantaría que la gente dedicara en bodas, que la cantaran. ‘Baby Capibara’ es una canción que fácil puedes escuchar cuando vas en carretera con tu novia.

Que vivieran eso, o sea, formar parte de su soundtrack de vida. Yo creo que eso es lo más bonito para un artista: llegar a ese nivel íntimo con cada oyente. Y bueno, con que cause algún impacto positivo, ya sea alguna lagrimita por ahí de desahogo o alguna buena borrachera también, yo con eso me doy por bien servido.

Cortesía

Para ir cerrando tengo dos preguntas con respecto a lo que viene para ti después de este lanzamiento, y la primera es que, bueno, tendrás una presentación en el Festival Arre y quería saber cómo te sientes de cara a este show.

Sí, fíjate que ya estoy muy emocionado porque gracias a Dios esta es la segunda ocasión en la que me hacen la invitación al festival y, bueno, esta vez ya me toca compartir más música mía, porque en la primera ocasión todavía no tenía mis canciones afuera. Ahora ya me tocará compartir canciones inéditas de mi primer disco y ya estamos montando todo esto.

Yo creo que va a ser un show muy completo, muy significativo, y siento que a toda la gente que se dé cita ahí en el Arre le va a encantar.

Además de este festival, ¿qué más pueden esperar tus fans y el público general de Kakalo para el resto del 2026?

¿Para el resto del 2026? Yo creo que, bueno, sí se vienen algunas presentaciones y también vamos a estar sacando sencillos que ya no forman parte de este álbum, pero que ya tenemos ahí en el hornito. También vienen algunas colaboraciones muy interesantes que probablemente salgan antes de que acabe el año.

Espero también estar nominado a los Latin Grammy. Voy a hacer changuitos para que este año sí se haga. Fíjate que me quedé con la espinita, bien agradecido por la nominación del año pasado, pero con mucha gasolina para sacar este disco y ver si este año sí me llevo el galardón. Eso, presentaciones y mucha música. También quiero ponerme más las pilas en TikTok, entonces ahí para que estén pendientes en las plataformas y en las redes sociales.

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El camino de la reinvención musical rara vez es amable. Y es aún más despiadado cuando intentas alejarte del género en el que ya has demostrado ser excepcional. Ahora imagina que ese cambio no nace de una inquietud artística cualquiera, sino de la necesidad urgente de procesar tus heridas más profundas; una crisis vital que parece encontrar eco únicamente en la música. Es el choque de tus dos refugios: el sonido que te hizo quien eres y las emociones que te obligan a transformarte. Cuando ambos colisionan, ¿a dónde corres? Kidd Voodoo tuvo que enfrentarse a esa pregunta.  

En Euforia, su nuevo álbum de estudio, el artista chileno exhibe una versatilidad que rompe por completo las expectativas construidas alrededor de su figura. Si alguna vez fue señalado como la gran promesa urbana de Chile, hoy esa etiqueta le queda pequeña. Este trabajo revela a un artista mucho más completo, dispuesto a derribar sus propios límites y a convivir con las contradicciones que acompañan la creación: la ansiedad, el ego, la incertidumbre y el miedo al cambio.  

Mientras se aventura fuera de su zona de confort, Kidd Voodoo también abre la puerta a uno de los capítulos más complejos de su vida. A través de estas canciones, retrata un proceso mental intenso que transformó su manera de entender el mundo y a sí mismo. Euforia no es solo una evolución sonora; es el testimonio de una reconstrucción personal narrada desde la vulnerabilidad, la honestidad y el deseo de encontrar luz en medio del caos.

En esta conversación con ROLLING STONE en Español, Kidd Voodoo habla sobre su nuevo álbum de estudio, comparte su proceso de transformación artística y mucho más. Lee aquí la entrevista completa:

Acabas de estrenar tu álbum Euforia. Háblame sobre la historia detrás de este nuevo material.

Principalmente, este disco nace de la idea de que nosotros queríamos hacer un disco más rápido, pero, claramente, no tiene nada que ver con la idea principal. En mi vida comenzaron a pasar un par de cosas personales: mis papás se separaron, tuve muchos problemas en mi familia, entre otras cosas. Esto lideró el proceso creativo del álbum. Yo intentaba cantar sobre otras cosas, pero no podía, porque al final, necesitaba desahogarme. Cuando escucho el disco, sabiendo esto, lo tomo diferente. 

Este es un trabajo muy diferente a lo que nos has presentado anteriormente. ¿Cómo crees que el concepto creativo y, en general lo que se percibe con la palabra ‘euforia’, se ve representado en el álbum y en su lírica?

Creo que se puede ver como una euforia de sentimientos. Si bien, el disco no es loco y tampoco es intenso en energía para representar lo que se percibe como euforia, sí es un disco que te puede hacer llorar muy fácilmente. Si lo escuchas concentrado, te puede agarrar una pena muy fuerte. Siento que la euforia de este disco se define más por los sentimientos, cualquiera que te agarre. Me ha pasado que he visto muchas reacciones por el disco, incluso me han hablado muchas personas por el mismo mensaje. Creo que esta es la definición del álbum.

Creo que nuestra generación tiene esa percepción sobre el significado del término: vivir rápido, no pensar en las consecuencias y solo considerar el disfrute. Sin embargo, creo que va más allá. Incluso escribí un artículo sobre eso. 

¡Exacto! Para mí, la euforia tampoco era todo esto. En un inicio, era hacer algo loco y que no tenía que ver conmigo. Pero hoy en día, es algo totalmente relacionado con un significado personal. Mi público y la gente que tiene que ver conmigo se lo toma como algo muy íntimo, es algo muy serio. 

Euforia nos da a conocer un Kidd con un nuevo sonido y lírica. ¿Es quien siempre quisiste ser o es alguien a quien encontraste en el camino?

Es totalmente quien siempre quise ser. De hecho, encontrarme con este sonido y lírica ha sido un camino bastante bonito, porque la música como está hoy en día te fuerza a intentar, a cantar cosas que no son reales, sobre todo desde mi perspectiva porque yo soy una persona muy tranquila. Yo estoy sumergido en un género que es el urbano, el cual respeto, lo escucho mucho y me codeo con muchos colegas del género que quiero mucho, pero en mi vida, no tuvo mucha influencia en realidad. Yo crecí escuchando otras cosas. Volver a esto fue un atrevimiento porque no es un género que esté totalmente comercializado como lo es el reggaetón. Para mí, este fue un acierto, totalmente. 

“Es totalmente quien siempre quise ser”: Kidd Voodoo sobre Euforia
Cortesía

Este es el primer disco que yo saco y digo: ‘Me da igual cómo le vaya a este disco porque me gusta’. Creo que este sentimiento es lo más importante. 

Creo que esto le va a dar otra vida a mi carrera. Creo que me hace estar más seguro de quién soy. La verdad es que me saca de la monotonía en la que pude haber estado entrando. 

También de tu zona de confort… 

Totalmente. Estaba acostumbrado a hacer estos discos que son más populares, que igual siempre lo mezclé con un mix porque siempre había tenido una canción así: más indie o hasta me llegué a tirar un flamenco. En Euforia son ocho canciones, porque sí nos costó ir de una vereda a la otra, y ya no sabíamos cómo hacer más. 

¿Consideras que la saga de El Club, La Liga y Los Rompecorazones ya no conecta contigo?

Siento que sigo siendo yo, y que siempre seré yo porque está en mi historia. Sin embargo, sí creo que en estos momentos estoy un poco alejado de esa época. Miro esa etapa de mi vida y la abrazo, la canto y lo seguiré haciendo porque hay canciones muy conocidas de ese repertorio, pero, por ahora, estoy buscando otra cosa. No creo repetir algo así, lo cual también tiene algo positivo, porque tampoco tenemos que estar haciendo lo mismo todo el tiempo. Siento que en estos momentos, esa estepa ya no es tan yo. 

Euforia fue concebido en diversos países. ¿Qué tanta inspiración cogiste de estas regiones?

Siento que me ayudó bastante porque hacer los discos en Chile es hermoso, es mi país, pero sí llegó un momento donde ya había estado en todos los estudios del país. Iba a un estudio y de la nada comenzaba a hacer una canción que se parecía mucho a otra que ya había hecho ahí mismo. Probé y me fui a Argentina por un tiempo; mandé algunos mensajes a los músicos que se encontraban por ahí. Luego fui a España y Ciudad de México. Escuché muchas cosas y pasé mucho tiempo fuera; creo que en Madrid pasé un mes haciendo el disco, pero sin grabar nada. Siento que la frescura está en los lugares donde nadie te conoce o donde tú no conoces tampoco. La incertidumbre te vuelve a activar la creatividad, y a lo mejor eso ya lo tenía apagado. Me da combustible para darle de nuevo. Me motivó, y quizás eso me faltó al inicio de este nuevo álbum, porque ya había sacado cuatro discos y estaba desgastado.

El álbum, según tus palabras, fue creado en una atmósfera oscura y triste. ¿Cuál es tu significado de este espacio? ¿Cómo lo viviste?

Para mí, el concepto de la oscuridad no es tan malo como todo el mundo lo ve. Me pasa mucho que me dicen que me visto muy negro o que las letras son muy densas, pero creo que en esto, el concepto es más auténtico. Las canciones tienen una profundidad, y sí te transmiten oscuridad y tristeza, pero creo que a la vez, son muy auténticas porque es un atrevimiento. Dejas los prejuicios a un lado. Por ejemplo, a mí no me importó lo que dijeran al yo cantar sobre mi mamá o de mi papá en canciones muy directas. Para mí, esto es un atrevimiento y autenticidad. Aunque de ahora en adelante me haga súper famoso, creo que esto es lo más auténtico que me atreví a hacer. 

¿Qué fue lo más complejo de crear Euforia?

Fue hacer el disco mientras todas las situaciones sobre las que canto pasaban. Era vivir la situación a diario, y, además, ir a grabar y no romperte; tenía que mantener una seriedad porque estaba trabajando con músicos que estaban siendo muy empáticos conmigo. Después tenía que volver a casa y vivir la misma situación. También fue complicado comunicarle a mis padres sobre qué se trataba este álbum, porque no quería ser molesto con ellos, pero también era mi realidad. Ellos fueron muy abiertos y lo entendieron. 

Cuéntame sobre las colaboraciones. ¿Por qué crees que Mon Laferte, Pablo Alborán y Rels B eran los indicados para acompañarte en este material tan personal?

Me pasó algo muy puntual con ellos tres, y fue cuando empecé a viajar a todos estos lugares del mundo. Volví a ser tan yo, que regresé a escuchar demasiado su música. Yo siempre había escuchado la música de Alborán, de hecho crecí con su música. A Rels lo escuchaba en el colegio. Sobre Mon, qué decirte, es uno de los talentos más grandes que tiene el mundo. 

Cuando comencé con el álbum, siempre pensé en ellos tres. Obviamente en un punto yo lo veía un poco imposible porque tengo la fama de cantante de reggaetón. Llegar con Pablo Alborán a pedirle una canción iba a ser difícil. Lo bueno es que ellos tres son unas personas increíbles, y no pensaron ni un segundo en hacer una canción con un cantante semiurbano, o como me quieran definir. Creo que ellos le dan una vida muy grande al disco. 

Antes se creía que eras la promesa urbana de Chile, pero en este material te alejas mucho de esos sonidos y género. ¿Qué es lo que deseas para tu carrera? ¿Cómo te gustaría que te viera la industria?

No lo sé [Risas]. Es algo que me siguen repitiendo mucho. En un punto, la gente pensó que siempre sería urbano, y obvio, fue algo que siempre mostré en mis inicios, hasta probablemente vuelva a hacerlo. A mí, lo único que me interesa, es que mi público y la gente que me quiere pueda avanzar conmigo y dejar ese encasillamiento. Yo quiero hacer la música que quiera. Si mañana me da por hacer salsa, pues la haré, hasta aprenderé a bailar y todo. Siento que estoy en un buen punto de mi carrera y he tenido la suerte de romper esa barrera. Creo que mi carrera va a direccionarse a eso: a romper esquemas. Voy a saltar del reggaetón más fuerte que pueda existir a la canción más romántica que se pueda hacer. 

Justo el reggaetón en Chile está en un gran auge. Entonces, me encanta que tú hayas decidido romper el molde. 

Siento que era el punto perfecto. Siento que estoy en un punto de reflexión y de mirar qué está pasando en mi carrera. Estoy en un momento muy libre, no me siento como cuando empecé. 

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¿Dónde era que estábamos? Ah, sí, el hotel en Nueva York. Habitación 1604. Pero algo pasó y de pronto la ciudad quedó lejos, en otra dimensión. Y ahora estamos en una burbuja de silencio muy poco neoyorquino. Las cortinas atajan la luz natural, aunque la del baño está encendida, con la puerta abierta. Sobre la cama queen size, no completamente desarmada, tampoco impecable, hay una bolsa plástica con un par de decenas de rollos listos para revelar y una cámara pocket dentro de una funda de tela cosida por su propia dueña.

La cámara es de Julieta Cazzuchelli, alias Cazzu, que está sentada en una silla junto a la cama, con camiseta negra, jeans, pies descalzos. Los rollos contienen las fotos que hasta recién Sebastián Faena le sacó por las calles de Manhattan y en esta misma habitación. Y si el tiempo se detuvo y el ruido se apagó es porque Cazzu, que durante la última hora y pico venía charlando sin estridencias ni desvíos, en un momento ya no pudo seguir. Algunos le dicen “nudo en la garganta”, quizás fue eso. Lo concreto es que Cazzu (o Julieta) hace una pausa, baja la vista, suspira.

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Cosas que pasan incluso en un gran día para tu carrera, un día tan potente que, con alguna mínima ayuda externa, las emociones te llevan de paseo cuando menos lo esperabas.

¿Y por qué era que estábamos en Nueva York? Ah, sí: en el medio de su primera gira por Estados Unidos, Cazzu presentará mañana el disco Latinaje en el teatro del Madison Square Garden, un auditorio con cerca de 6.000 localidades dentro del famosísimo complejo de espectáculos y deportes entre las avenidas Séptima y Octava y las calles 31 y 33. Las entradas están agotadas desde hace rato, como en la mayor parte del tour, que ya paró en Chicago, Las Vegas, varias fechas en California, y seguirá viaje por Texas y Florida. Asombroso, para un debut en este país. 

Hoy tiene, técnicamente, el día libre, pero lo sacrifica por esta entrevista con Rolling Stone y para dar vueltas con Faena. El fotógrafo argentino, residente en París y exvecino de Nueva York, que ya hizo las fotos para el arte de Latinaje en Jujuy, la convencerá de bancarse las ráfagas de viento en el piso 86 del edificio Empire State y de clavarse una porción de típica pizza neoyorquina sentada sobre una de esas bocas de incendio no menos características.

“¡Chorros! Vos, tu vieja y tu papá, ¡guarda! Cuídense porque anda suelta, si los cacha los da vuelta, no les da tiempo a rajar. ¡Lo que más bronca me da es haber sido tan gil!”, canta Cazzu. No es trap sino un tango de Discépolo y no anda por las calles del Abasto porteño sino por la Quinta Avenida, en la tercera hilera de una van junto a Faena y equipo, buscando locaciones para las fotos de esta nota. Le pone empeño a la misión, pero algo parece incomodarla ligeramente y se acordó de la letra de “Chorra”

“Me da un poco de cringe hacer fotos en Nueva York, como si estuviera conquistando el mundo. Es una ciudad que me encanta y que quiero conocer más, pero no me parece más importante cantar acá que en otro lado”, dice precisamente cuando Faena aprovecha para retratarla con Macy’s de fondo y en movimiento a través de la ventanilla. Y entonces Cazzu se hunde en el asiento, modo tragame tierra, o tragame Nueva York.

“Les tengo muy poca paciencia a las fotos. No soy una diva y no tengo alma de modelo. Es un trabajo que… mis respetos totales, pero no es para mí”, dice.

Ahora estamos en una vereda de la calle 31, una asistente compra una pizza en Dude’s (la grande de queso, 10.99), y Faena desafía a Cazzu a seguir siendo sexy mientras come una porción sentada sobre la bomba de incendios. Con plataformas rojas tan altas que marearían a una pop star consumada, sigue el juego mientras la gente pasa, la reconoce o se pregunta quién será. Una mujer latina, de unos 65 años, que no da el perfil de oyente de trap, se acerca a saludarla. “Bendiciones para ti y pa’ tu hija”, le dice en tono maternal después de darle un abrazo. Cazzu sonríe con un dejo melancólico, todavía sobre la bomba. 

Cazzu en la tapa de ROLLING STONE: “El sistema que oprime a la mujer está casi intacto”
(Foto: Sebastián Faena)

“Sí, la gente me bendice mucho. Eso me llama la atención –cuenta de nuevo en la van–. Me bendice a mí y a mi hija. No importa en qué creas, la bendición siempre es el deseo de que el otro esté realmente bien, y eso es muy bonito. Son más las ocasiones en las que se acercan para decirme algo, que solo para capturar una foto. Hay muchas mujeres con ganas de contarme lo que les pasó, que quizás tiene que ver con alguna vivencia mía. Eso me da la posibilidad de conocerlas, por eso le presto mucha atención a cómo se llaman, de dónde vienen, cuántos años tienen. Me doy un tiempo, incluso antes de subir a cantar, para caminar un rato y hacer contacto con los que se están preparando para el concierto. Es una manera de estar presente en la realidad, ¿no? Que es algo que me preocupa o me ocupa mucho: asegurarme de que estoy en la misma realidad que todo el mundo”.

Después de horas rotando y posando, bajando de y volviendo a subir a la van, nos juntamos a hablar en la habitación 1604. Antes, en un pasillo del hotel, alguien del entorno advierte discretamente que Cazzu debe estar agotada entre la gira, los compromisos, los viajes, las fotos, y ya veremos por cuánto tiempo se sostiene el nivel de atención imprescindible para una buena charla, más allá de la ventana acordada previamente. Pero acá estamos, al contrario, bien pasados de lo estipulado, y la música nacida 32 años atrás en Fraile Pintado, Jujuy, solo parece avocada a responder de la manera más reflexiva y precisa, desde convicciones firmes, nunca vaga ni esquiva.

“Soy una chica que tiene un estado de ánimo lineal, normal. No tuve consumos, no tengo depresiones, no tengo nada. Y, sin embargo, el desgaste de la serotonina que una pone en el escenario repercute emocionalmente de alguna forma. Siempre. De repente estás triste y no sabés por qué. Te acordás de que ayer lo diste todo, con mucha felicidad, pero sentís como un desbalance, ¿viste? Entonces, lo que intento en las giras es no ser hiperproductiva porque eso sale caro. En un momento, el cuerpo o la mente te lo cobran. Yo soy más del proceso, me gusta la tranquilidad, sentarme por las tardes en el silencio, escuchar mi cabeza. En las giras, evito pensar en ciertas cosas, me compro lo que necesito para dibujar y pintar, y estoy lejos del teléfono”, dice Cazzu. 

Cuando toma velocidad en una respuesta, mira fijo al interlocutor y agita los brazos largos y extendidos como una deidad india, salpicando con sus tatuajes todo el ambiente. Y eso es lo que hace cuando explica: “Es un karma re de las mujeres esto de ser hiperproductivas. De alguna forma nos han hecho creer que mientras más seamos así el éxito será proporcional. Pero el éxito después te lo cobra. Y yo, la verdad, quiero vivir una vida tranquila; soy feliz con lo que recibo”. 

(Foto: Sebastián Faena)

La trapera conocida como La Jefa, la única chica entre los pibes del seminal single de la escena “Tumbando el club (Remix)” (2019, Neo Pistea, Duki, Ysy A, Khea y siguen las firmas y las reproducciones millonarias), hoy es una artista en plena expansión. El tour norteamericano es apenas un síntoma: en abril del año pasado lanzó Latinaje, producido por Nico Cotton, su cuarto álbum, y el más amplio musicalmente a la fecha, en el que muestra lo bien que su voz se adapta a nuevos (o no tan transitados) territorios, desde el bolero y el folclore argentino hasta el tango, la cumbia, la salsa e incluso una canción de… ¡Facundo Cabral! Casi en simultáneo publicó Perreo, su primer libro, y en abril se estrenó la película Risa y la cabina del viento, dirigida por Juan Cabral, en la que debuta como actriz. 

Ese libro es toda una sorpresa. El negocio editorial suele sondear a músicos populares para publicar autobiografías marketeadas para los fans. Perreo es una decepción en ese sentido, por las mejores razones posibles: 189 páginas en las que, en lugar de distraerse con detalles inspiradores de su vida, de su trabajoso camino a la fama (“Me daría mucha vergüenza escribir una biografía a esta edad. Sería ridículo”, le dice a Rolling Stone), despliega un estimulante análisis de la música que la llevó hasta ahí (¡y a la cima del Empire State!): el reggaetón y el trap. Más que su propia obra, estudia las líricas de algunos colegas, la política del baile, la sexualización y, en particular, el “machismo” de la escena. 

Se ha hablado mucho sobre el tema y Cazzu da cuenta de esa conversación, hasta se diría con rigor periodístico; pero su mirada es más bien disruptiva, personal, honesta, fuera de lo previsible. Julieta escribe en un pasaje: El reggaetón incomoda y despierta la cólera en los más conservadores porque propone otra mujer, una perra desinhibida que controla su cuerpo, sus decisiones y su sexualidad, que con su actitud ridiculiza cualquier opinión ofensiva en su contra.

“El libro existe para los demás, no para mí. Existe para las otras. Si fuese por mí el libro no existe, ¿entendés?”.

Creo que no del todo…

Es imperfecto, demasiado imperfecto, y también incompleto porque se detiene en una parte del conocimiento que espero adquirir con el tiempo. Fue una conversación que tuve con las chicas que me acompañaron en el proceso de escritura. Me decían: “La industria sigue necesitando este libro porque hay cosas que siguen pasando, aunque a vos te parezca que estén obsoletas porque las caminaste y las dejaste de sentir”.  Por ejemplo, en mi sistema laboral no existe nadie con más poder que yo. Entonces, hay violencias sistemáticas que en este equipo no se viven; y si se llegaran a vivir, sería un momento terrible, rodarían cabezas. No están permitidas. Pero nomás miro un poquito para el costado y hablo con otra, con alguna chica con un proyecto un poquito más chiquito o mediano, ni siquiera tan lejos del mío, me doy cuenta de que está casi intacto el sistema que oprime a la mujer, a la mujer artista, a la mujer con capacidades de cualquier tipo.

Publicaste un ensayo sobre la música urbana casi al mismo tiempo que hiciste Latinaje, el disco con el que más te abrís de esa escena.

Este libro está abordado desde el reggaetón y el trap porque es con lo único que me siento realmente autorizada a hablar, pero no tengo dudas de que las mismas cosas suceden en los otros géneros, de los que quizá, de mi parte, sería imprudente hablar. Pero sí, [el libro y el disco] tuvieron un timing como… bueno, raro, super raro. Latinaje está hecho desde un lugar muy poco pretencioso, en realidad. Yo necesito prepararme emocionalmente y hacerme muchas preguntas que después derivan en que mi música sea de tal o cual manera. Y para este disco sentía que estaba cansada de la dificultad del urbano y de sus límites, a pesar de que también sentía muchísimo miedo de perder mi lugar o algo así. Fue un combate personal, duro, para ir derribando los miedos. Hubo un momento en el que sentía que, si cantaba más, si me soltaba, algo de Cazzu se perdía. Pero yo soy una amante de la música en el sentido amplio y Latinaje es esa verdad mía, ¿no? Esa verdad como escondida, de la música que me gusta escuchar, de lo romántica que puedo ser, a pesar de que me conocen como la chica ruda. Y cuando hablo de romántica me refiero a ser romántica respecto de tu pueblo, de tus amigos, de tu vivencia, del dolor de tus hijos. Para Latinaje debí atravesar muchas preguntas para después terminar haciendo el disco más fácil que hice en mi vida. 

¿Por qué fue fácil?

Porque me sentaba a componer una canción y la escribía entera. La melodía y la letra me parecían las correctas. Voy a usar la palabra “perfectas” porque para mí la perfección en realidad es lo que uno considere, ¿no? Para mí hay canciones en este disco que son perfectas; no son las mejores en el mundo, pero sí para mí, porque fueron resultado de métodos nuevos que pude ejecutar con precisión y el papel que fui a jugar en cada canción, lo sentí verdadero. Fue también una manera de descubrirme y de conocer otros skills míos. Como: “Hey, che, mirá cómo te hago un bolero de repente”, ¿no? Qué loco saber que ese género musical está hace muchos años en mi cabeza. Si querés ser un loco que está en el loop y no ir más allá, el género urbano te lo permite. Cuando yo quise hacer Nena trampa (2022), sentí que fue poco comprendido, ¿sabés? Capaz que me volé, capaz me puse como muy científica loca. Por suerte veo que ahora hay gente que le encanta como si hubiera salido ayer y hubiera sido un éxito. Digamos que se añejó bien. Pero no fue una experiencia sencilla porque tenía más presiones que ahora. Me decían la Jefa del Trap, que cuántos años había escuchado reggaetón, que cuántos años llevaba haciendo trap, todo era como una cosa de demostración. Eso me despertaba como un brillo fálico, del que ahora lentamente trato de deshacerme, ¿viste? Para competir y para estar a la altura y para pararme frente al que me estaba impidiendo pasar, me tocó desarrollar ese brillo fálico que ahora ya no siento que me pertenezca. No lo quiero. Quiero estar más conectada con mi yo minita.

Pero esa estrategia había sido efectiva. 

Fue efectiva. Son métodos efectivos, herramientas que tenés a mano. Muchas veces creo que de otra forma no hubiese funcionado. Ser más suave no hubiese funcionado en absoluto. Tenés que pegar la vuelta para reivindicar tu propia feminidad, porque llega un momento en el que estás creciendo y te das cuenta de que para el mundo la feminidad es debilidad. Y vos no querés ser débil.

Podés tener un plan, pero después estás en el escenario y pasan cosas, como la anécdota que contás en Perreo sobre el chico que te agredía durante un show a las 6 AM en una disco “de niños ricos” en Uruguay. La realidad altera el plan. 

En mi caso, no atino primero a llorar. No soy así. Probablemente nunca lo sea. Primero voy a pelear, ¿me entendés? Si me voy a angustiar, va a ser mucho después.

(Foto: Sebastián Faena)

El día siguiente a la entrevista, mientras en otro sector del Madison Square Garden juegan los New York Knicks contra los Philadelphia 76ers (108-102) un partido de la NBA, el público mayoritariamente femenino y latino (y con cuernitos rojos luminosos) llena el teatro Infosys. Desde que Cazzu arranca bien de abajo con “Ódiame”, a las 20.30, la Cazzu Army, además de amar las canciones y de bailar, parece identificarse con cada gesto de la argentina. No se trata solo del puro goce con la música, sino de empatía y sororidad. Las fans, decía Cazzu antes, le cuentan historias; y Cazzu les cuenta historias a ellas. Eso es el show de Latinaje y su despliegue con no pocos insumos de puesta musical y dramaturgia. El concierto no avanza en una historia lineal, pero sí se estructura en cuadros con escenografías y un cuerpo de bailarines varones que no hacen un movimiento que no sea en función de una narrativa bastante clara: hombres que rondan, seducen, manipulan, disputan, agreden, usan, reprimen, compiten entre ellos, negocian, se alínean, abandonan y después pretenden volver para empezar todo de nuevo.

¿Cómo es plantar Latinaje en vivo? 

Es como que casi te da culpa de lo bien que resulta y de lo mucho que fantaseaste con sentirte así en el escenario. Es una experiencia muy tranquilizadora, ¿viste? Somos como un grupo de amigos haciendo lo que nos fascina hacer. Pero también siento que lo veo así porque comprendí más cosas sobre la música de las que comprendía antes. Me subía al escenario y, a pesar de que amaba hacerlo, no siempre eran momentos felices, había la neurosis, esa equivocación enorme de poner voz en el pensamiento y en la mirada del otro. Y algunas experiencias que te marcan y que son muy difíciles de deshacer, ¿viste? 

¿Por ejemplo?

A mí me marcaron mucho, emocionalmente, los festivales. En un festival siempre voy a estar más nerviosa, como que me va a pasar algo en el pecho.

¿Porque el público no está específicamente para escucharte a vos? 

Tuve muchas malas experiencias en festivales. Tuve mucho abucheo del varón que espera al varón que viene detrás tuyo. Me pasó de todo. Y también hubo momentos en los que me fue bien y yo igual la pasé mal simplemente porque ya era lo único que recordaba.

¿Entonces, cómo te sentís ahora en el escenario?

Latinaje es un desafío cien por ciento distinto. Armamos el show con Juan Giménez y Joaquín Guevara, de a poquito, probando. Y, bueno, llegó el momento en que tuvimos esta conversación en la que me plantearon: “Gorda, tipo, estás en un momento de tu carrera, como que ya sos una artista del pop y que te miran y que hay muchos ojos sobre vos. Hay que cantar, o sea, hay que hacerlo bien y hay que poner Autotune”. Yo les dije: “Quiero cantar estas canciones sin Autotune porque las grabé sin Autotune”. Seguramente haya que ensayar mucho, porque es diferente la energía del estudio a la del escenario. Pero nunca fui amiga del Autotune. Con el reggaetón y el trap, siento que no hacía tanta falta, o sea, los primeros años de mi carrera en el trap, cuando girábamos y cantábamos con los pibes, casi nunca usaba Autotune, salvo en algunas canciones de Nena trampa. Como no lo sabía usar, pensaba como que iba a empeorar la cosa, como que “che, mirá, la verdad que siento que [con Autotune] lo estoy haciendo peor de lo que lo haría sola”. A veces veo mujeres muy talentosas y que quizás bailan un poco más que yo y hacen más cosas, pero que tienen el “perfeccionador”. Yo en cambio estoy muy peleada con la perfección. Valoro mucho el error. Tengo la necesidad de vender realidad, ¿entendés? Es lo que vendo, es lo que ofrezco.

(Foto: Sebastián Faena)

¿Y es lo que comprás en otros artistas? 

Es lo que compro en los artistas. Igual, trato de respetar. De repente me encanta algo que es superplástico, y banco. Porque capaz que tiene lo suyo. Otras, veo chicas bailando, por ejemplo, y me parecen increíbles. Pero, en general, lo que yo ofrezco es música, letras, melodías. Y en vivo se trata de música de verdad, de letras de verdad. Por eso me gusta crear mis propias canciones, porque la realidad se empieza a tergiversar cuando hay mucha gente en el estudio, gente que conoce fórmulas y conoce acordes y que te puede llevar a caminar por la música desde un lugar bien industrial, que yo no disfruto.

¿Nada de campamento de canciones?

En mi vida no existe eso. No, no, para Latinaje éramos Nico y yo, nadie más. Ni campamento de compositores ni de productores, no. Yo conecto con un productor, con un músico, con una persona, y necesito la intimidad porque quiero decir cosas. A veces estamos con Nico y me dice: “Amiga, esta melodía está rara”. Entonces empiezo: “Bueno, pero ¿rara bien o rara mal? ¿Por qué no te gusta? ¿Porque no es hegemónica?”. Y tenemos unas conversaciones fantásticas donde yo, como lucho contra la hegemonía, de repente quiero derribar umbrales de lo que estamos acostumbrados a hacer. Y, en cambio, a él le toca ser efectivo. Pero en Cazzu no le toca ser efectivo porque hay una honestidad en la construcción que es muy, muy bonita. Podemos estar dos horas tomando mate hasta que empezamos a realizar una canción.

En el disco grabaste “Pobrecito mi patrón”, de Facundo Cabral. ¿Cómo surgió la idea?

Me parecía un mensaje bonito para compartir, escrito por alguien muy ávido en las palabras y en la poesía, particularmente en la poesía política. Hay mensajes que solo pueden ser así, como ese mensaje: es exactamente lo que yo quisiera compartir con la gente. Siento que más que canciones son gestos con el público, intenciones de compartir una idea que me parece linda y correcta y constructiva colectivamente, socialmente. Pienso que, aunque muchas veces diga que no hago las cosas para el otro, muchas de las decisiones más importantes que tomo sí son por el otro. Por la otra. La música necesita ser vehículo de herramientas de construcción. Más en momentos como los que estamos pasando. 

¿En qué sentido? 

Lo que pasa en el mundo. Parece que todo lo bueno, todo lo justo, casi siempre tiene una vuelta atrás, ¿viste? Lo decía Simone de Beauvoir, ¿no? Que una crisis política o social bastará para que los derechos de las mujeres sean puestos en duda. Y, literal, lo vemos en 2026. Hay momentos en los que se debe priorizar la resistencia y lo colectivo, más que lo que necesita uno.

¿Ves avances desde que empezaste tu carrera?

Hay logros. Pero es un poco frustrante que nos miremos nosotros dos acá y digamos: “OK, hay logros”. Sí, hay logros, ¡menos mal! Cómo, ¿no? Pero hay retrocesos también. Siento que hemos vivido varios retrocesos. Ver a nuestras pop stars todas peleadas, por ejemplo, es un retroceso gigante. Creo que ha sido un momento muy triste para la construcción de la sororidad y de las nociones entre mujeres. En mi caso me ha puesto muy triste lo que estaba sucediendo. Deseé mucho que no hubiese sido de esa manera y que todas aquellas niñas no estuvieran mirando lo que sucedía. Y siento que tiene mucho que ver con factores externos, factores políticos, estados de ánimo del mundo, con aquello de lo que estamos pendientes y a lo que le quitamos atención. Creo que hay evoluciones, pero son muy pocas y muy lentas. Yo justamente me la paso por ahí quejándome de un montón de situaciones y de las construcciones del sistema a costa de que haya gente que no me quiera, de que haya lugares donde no me siento insertada, donde capaz que tampoco quiero estar. Creo que ya me escuchaste hacer mis comentarios. Bueno, yo soy así de verdad. Por ejemplo, tengo mis peleas con los premios, no me ponen feliz. Cuento hace no sé cuántos años que fue la última vez que ganó una chica y digo: “Yo no quiero este premio, no lo quiero, no voy a ir”. Justo salieron las nominaciones a los Gardel [nota: al momento de esta entrevista se anunciaba que Cazzu tenía cuatro nominaciones; la entrega de premios sería el 26 de mayo, días después de la impresión de esta revista]. 
Son premios que existen hace muchos años y las ganadoras más importantes… te alcanza la mitad de los dedos de una mano para contarlas. Si fuera más individualista, este sería un gran momento para celebrar. Pero a mí la recompensa por Latinaje ya me la dieron. Me cuesta respetar los premios, me cuesta creer que pibes de 17 años sean más merecedores de estos premios que mujeres de 40 y 50, que los merecen desde hace ya muchos años. No lo puedo entender, entonces no puedo disfrutar mis nominaciones. Te soy honesta, ese disco está nominado en los Gardel por una cuestión de la discográfica, que automáticamente te postula, pero yo llegué a tener una conversación en la que les decía que no quería postular. Y de repente aparecieron todas estas nominaciones. Premios Gardel… me han nominado un montón de veces, nunca me dieron un premio. ¿Entonces soy una perdedora? No puedo conciliar que nosotras les demos vida a las alfombras, nos inviten a cantar, nos patinemos números increíbles con momentazos. Pero después, cuando hay que galardonar, no, nunca estamos a la altura. Creo que esta es la primera primera vez que hay tres mujeres nominadas para disco del año; quiero celebrarlo, pero me parece que llegan muy tarde. Como, puta madre, pareciera que nada me cae bien y que nadie me viene bien, pero, te soy honesta, digo ¿qué hago? ¿Hago una fiesta porque al fin nominaron a tres mujeres? Si en realidad es porque no les queda otra… 

¿La entrega de los premios te encuentra en plena gira? 

No tengo idea, la verdad. Estoy como conflictuada y cuando tengo conflictos con ciertas cosas, me gusta pensarlas y conversar y entender desde qué perspectiva lo hago. Objetivamente, mi problema es la desigualdad y la desvalorización de cualquier noción de talento y de capacidad que tenemos las mujeres. Me parece terrible. No puedo soportar que Marilina Bertoldi haya ganado un premio hace cinco o seis años y de ahí en más les dieron todos a chaboncitos hasta repetidos. Les dan los mismos putos premios a las mismas putas personas. Boludo, ¿de verdad? O sea, ¿somos tan malas? Todo esto lo debo haber escrito por lo menos hace cuatro años y me siento de la misma forma. Y, obviamente, esto te lo voy a decir desde el privilegio: mi música sigue funcionando. Entonces cada día me parece más importante mencionarlo, antes que no mencionarlo para poder obtener algunos de esos lugares. Me imagino que a nadie le gusta escuchar las cosas que digo. Y podrían dejar de nominarme y estaría bien para mí, ¿entendés? No sé si los premios son algo que realmente le importa a la gente, son cosas que le importan a la industria. La gente toma decisiones muy diferentes a las de la industria. Lo que la gente más escucha y más consume es exactamente lo que la elite considera como lo más barato. ¿Y quién vota esos premios? ¿Quién vota? A ver, a ver, muéstrenme quién vota. ¿Cuántas minas hay votando? ¿Quién carajo vota? Esto es rarísimo…

Interpreto que no te gusta mucho ir a entregas de premios…

Yo no trabajo por los premios. Me gusta cuidar mi tiempo, estar tranquila conmigo, serme fiel y nunca tengo muchas ganas de ir, aunque a veces me aflojo un poquito y me puedo equivocar. Hay artistas que tienen que complacer a mucha gente y no se pueden complacer a sí mismos. Pero este proyecto ha sido cuidado por mí, he sido su protectora, he sido como el cancerbero para que nunca nadie pueda infiltrarse. No tengo que hacer feliz a nadie más, a ningún empresario, no le debo nada a nadie, ¿viste? Una va dejando muchas cosas en el camino cuando toma las decisiones que yo tomé. Llegás más tarde a todos lados, no te tienen en cuenta en un montón de lugares, a los que no pertenezco, gente que no conozco y un filtro por el que no paso.

En tu libro recordás esa reunión con una ejecutiva discográfica en la que te dabas cuenta de que nunca había escuchado tu música.

Sí, es loco, ¿viste? Es loco el mundo del empresario de la música. Muchas veces sabe más cosas, muchas veces no. No siempre el artista sabe lo que quiere y hay proyectos que no pueden funcionar sin un guía externo. En mi caso, creo que me stockeé toda mi vida para esto. Preparé mi cabeza como para defenderme, y mirá que tengo un montón de momentos donde me pongo rehippie, retarada, insoportable. Le dije, por ejemplo, a Facundo, mi manager: “¡No quiero hacer la Rolling en Nueva York!”. 

No te hizo caso…

No me hizo. Porque después lo escucho y le digo: “Bueno”. Ni sé por qué, ¿entendés? Está bueno entender tu proyecto. Para eso muchas veces tenés que soportar un montón de momentos incómodos, escuchar números, situaciones que no te aportan en nada a tu creatividad. Pero si querés ser dueña de tu empresa y de lo que genera y dónde va, obviamente hay que estar muy en el presente, hay cosas para resolver ya.

Muchos podrían haber asumido que, de ocurrir, el debut como actriz llegaría en el papel de una cantante que baja del interior a la gran ciudad para cumplir su sueño (y, en el mundo real, para capitalizar su popularidad con una banda sonora de alto impacto). Risa y la cabina del viento, el film de Juan Cabral que Cazzu coprotagoniza con Elena Romero (también debutante, de 10 años) y Diego Peretti, es un drama fantástico filmado en Ushuaia. Ella es Sara, una mujer que la pelea para salir adelante con Risa, la hija que descubre una cabina telefónica capaz de comunicar a los vivos con los muertos, justo lo que necesita para hablar con su papá ausente. Cabral es un colaborador habitual de Babasónicos, así que el soundtrack está resuelto con canciones de la banda y música original de su tecladista, Diego Tuñón. Cazzu, en cambio, se concentra en un rol que le queda justo, cuidadosamente ubicada en un registro verosímil, usando los recursos que puede tener como no-actriz, sin arriesgar más de lo necesario, pero cumpliendo con una labor sólida, natural. En el último Festival de Cine de Mar del Plata, Risa… ganó el premio al mejor largo argentino y Cabral el de mejor director.

(Foto: Sebastián Faena)

Dado que cuidás tanto tus tiempos y tu energía, ¿te costó aceptar la propuesta de actuar?

Ya nos lo venían proponiendo y, la verdad, yo decía: “Che, boludo, yo nunca actué, voy a hacer el ridículo en el cine, me parece raro”. Pero Juan Cabral, que es un como un ser mágico, como un hada, insistió un montón porque decía que Sara era yo. Así que me llegó el guion, lo leí y quedé muerta de amor y de tristeza y de todo lo que me generó, y dije: “¿Qué es esto? De dónde viene esta cosa tan bonita?”. 

Ya te habrían llegado propuestas antes…

Sí, no era la primera peli que me proponían. A veces quieren que hagas de vos misma, que hagas de una hiphopera, lo típico, ¿no? Y de repente este chabón me estaba pidiendo algo diferente, ¿entendés? Como que, en un tiro, se lo pidió más a Julieta que a Cazzu. Y me parecía muy mágico cómo él, sin conocerme, había visto en mí algo de su Sara, y conecté. Yo ya había ido a un casting y me había parecido terrible. Llegué a una convocatoria de una película y me dijeron: “Bueno, tenés que hacer un casting”. Pero ¿cómo? vos me estás convocando, ¿por qué tengo que hacer un casting? O sea, chicos, yo nunca actué… Vos ya me viste ahí, en la calle, nerviosa, haciendo fotos, con la gente que me está mirando. Imaginate cómo estaría en un casting. Fue un momento muy feo, traumático, y dije: “No, este no es mi mundo”. 
Pero en este caso fue algo resimple, muy tierno y muy amable. Era una producción bastante alternativa, a pulmón, de solo dos semanas, y dije: “Sí, tengo dos semanas para hacer esto”. Y la verdad que hoy le agradezco a Juan por haberme convocado, porque para mí es una experiencia preciosa y me parece una película muy hermosa y, nada, me siento muy afortunada de poder aportar a una historia tan bonita como la de Risa. Ahora, mañana me pedís otra cosa y vamos a ver, no sé, ¿entendés? No soy actriz, no sé si me puedo transformar en algo o en alguien, aunque me parece fantástico.

El papel parece como calibrado para vos, sin estridencias, pero a la vez sin que estés haciendo simplemente de vos misma.

Me importaba no darme cringe a mí misma, mirarme y decir “qué raro que es esto”. Me quedo con algo que me dijeron varias personas: que “vieron” a Sara y que en un momento se olvidaron de que era Julieta. Eso me puso muy feliz porque yo traté de respetar un montón al personaje. 

¿Entonces la experiencia te entusiasmó para hacer otras películas? 

Me entusiasmó, pero tengo la certeza de que no todo el cine es tan dulce como lo fue esta experiencia para mí, una experiencia linda, familiar, tranquila. Donde yo no era el foco de nada, nadie estaba pendiente de mí, nada recaía sobre mí y todo era como tratar de ser funcional a lo más importante: la peli. Pero creo que no todo el cine es así. Y no está en mis planes, el cine es algo que conlleva mucho tiempo para el ritmo al que vamos nosotros. Te tiene que gustar mucho la obra, porque no vas a ir por plata, vas a estar seis semanas grabando y no te van a pagar lo que vos hacés cantando en esas seis semanas, ponele.

Es interesante esa Ushuaia que muestra la película, muy real, sin postales.

Es el ojo de Juan, que es tan talentoso. Tiene esto de mirar la simpleza de las cosas. Es un poco como Seba [Faena]. Son personas que quieren trabajar con lo que el mundo les brinda, ¿viste? O sea, esta sesión de fotos, que la gente va a ver con esta nota, tiene el traslado de la calle, de la luz, de la hora, de mi cansancio, de mi vergüenza. Y Seba, como Juan, tiene eso, el lente mágico que captura lo simple de una manera que nunca hubieses visto, así, tan bonito. Es un talento que yo respeto un montón.

Horas antes del show, la banda de Cazzu prueba sonido en el Madison Square Garden. Son una docena de músicos jóvenes y virtuosos, que incluyen bandoneón, cuerdas y vientos, lejos del standard para el género urbano. Solo una vez que todo está seteado, Julieta camina hasta el centro del escenario para chequear su micrófono. La banda empieza a tocar el crescendo de “Ódiame”, sexto track de Latinaje, Cazzu dice el primer verso y para. La banda también deja de tocar. Cazzu se cubre la cara con el brazo derecho y ahí se queda freezada. Una de las chicas del equipo se acerca y la abraza. Luego, uno de los bailarines hace lo mismo frente a la platea vacía del teatro.

“Con el equipo vas haciendo familia –había dicho el día anterior, en la entrevista de la habitación 1604–. Para mí es crucial lo que piensa el otro que está con vos. La persona que, no sé, opera los monitores, ¿qué pensás de la vida, de la música? ¿Dónde está para vos el valor de las cosas? Las coincidencias no tienen por qué ser artísticas, quizás son coincidencias humanas, lo que es más importante. Porque artísticamente necesitamos estar en desacuerdo para crecer, para que vos me saques de mi lugar y yo te saque del tuyo y para que lleguemos a un acuerdo y aprendamos a seguir adelante. Pero humanamente está bueno manejar los mismos códigos, las mismas opiniones de la vida, de las cosas. Qué raro sería trabajar con alguien que considerás que no hace su trabajo de manera leal con lo que considerás que hay que ser leal. Mucho de lo que hago recae sobre eso. Porque el de la gira es un equipazo…

¿Con cuánta gente viajás?

Somos cuarenta y pico, 46. Imaginate. Para mí, la capacidad de darle trabajo a gente que soñó toda su vida con hacer esto es como tener una varita mágica. Sea cual sea tu magia, el potencial es más o menos ese: la cantidad de gente a la que le puedas dar laburo y que estén felices, porque vos ves a este equipo y la gente está feliz. Y ellos saben que esto es de ellos y están flasheando. Los bailarines, los músicos, cada uno ocupa un espacio que es suyo, y yo lo respeto, aunque tengo la posibilidad de poner las reglas o, más bien, el tablero. Es hermoso ver tanta gente contenta en esta gira, poder venir con mi hija, bajar del show y tener un cable a tierra tan importante en la familia. Es una vida muy, muy privilegiada y muy satisfactoria. No sé si mi carrera crecerá eventualmente porque la gente lo decide y le gusta lo próximo que haga. Pero yo ya estoy lista, estoy bien, ¿entendés? Yo no manejo ambiciones desmedidas, si este es el techo, así será, y si no, bienvenido. Pero esto es una locura, o sea, imagínate, comenzamos en Chicago con 3.000 personas, seguimos en Las Vegas… ¿Qué hago yo en Las Vegas? ¡Con todo lo que hay para ver en Las Vegas, la gente me viene a ver a mí! Tuvimos lugares de 6.000 personas y lugares de 2.000, la mayoría llenos, ponele, y otros en los que sobran unos espacios. Y nada cambia, ¿entendés? Nada cambia. Está esa necesidad de la gente de venderte el sold out y de asegurar que no hay más entradas, y así convertir todo lo tuyo en un deseo. Pero no, no, a veces hay entradas, googleen, fíjense, ¿entendés? Yo quiero seguir abrazada a la realidad y, mientras, disfrutar de lo que hubiese sido una locura pensar a los 15 años. Soy muy feliz, y mirá que con todo lo que pasa… Un ataque de pánico, de vez en cuando, a nadie se le niega [risas]. Un ataque de angustia, después de seis shows seguidos, no mató a nadie…

(Foto: Sebastián Faena)

Cazzu acaba de decir que viaja con su hija, Inti, de tres años. Y eso nos lleva a otro tema, aunque estamos muy pasados del tiempo convenido para esta entrevista con Rolling Stone. De hecho, el aviso era que hoy podría estar cansada y que la charla podría amesetarse sin remedio más temprano que tarde. Pero nada de eso pasó en la habitación 1604. Ocurrió otra cosa y fue recién hacia el final de un día agitado. La mención de Inti deriva directo en la Ley Cazzu. Una iniciativa impulsada en México y Argentina que busca limitar la responsabilidad parental a progenitores que incumplan con la cuota alimentaria por tres meses o abandonen el cuidado de sus hijos. Su objetivo es facilitar trámites como permisos de viaje y pasaportes para el progenitor que sí ejerce la crianza. 

El proyecto lleva el nombre de Cazzu debido al conflicto que la cantante mantiene con el progenitor de Inti, el artista mexicano Christian Nodal. Ella ha hablado públicamente del caso y comentado, por ejemplo, detalles de una reciente mediación: “Hace tiempo que no me sentía tan mal como ese día –dijo en otra entrevista–. Ese hombre [el abogado de Nodal] me miró a los ojos y sin decirme nada me dijo: ‘Tenemos el puto control sobre vos y sobre tu hija’”.

Ante la pregunta sobre qué siente respecto de que un proyecto de ley, para auxiliar a otras mujeres en circunstancias similares, lleve su nombre, alcanza a decir: “Es lindo que me lo preguntes porque también creo que hay una confusión. Hay personas que piensan que esto es algo que yo propuse y la verdad que es una iniciativa de personas que un día decidieron proponer cierta modalidad parental debido a problemáticas muy comunes, de las cuales yo he sido víctima. Que usen mi nombre para un proyecto así me honra mucho. No sé si de por medio hay instituciones políticas, si hay segundas intenciones, pero cuando lo veo objetivamente es una propuesta que me conmueve por haber representado una voz para denunciar las desigualdades; muchas de ellas, de las que no puedo hablar, las vivo todos los días y son una carga muy pesada que llevo. Y, nada, considero que es un…”. 

Algo queda en pausa. Cazzu está por dar uno de los conciertos de su vida, una noche que, de ir todo bien (escribo esto desde el futuro: el concierto fue impecable), merecerá el adjetivo de consagratoria. Pero por unos segundos larguísimos, densos, profundos, Manhattan se apaga y lo único que existe es la habitación 1604 de este hotel. No hay afuera, no hay antes ni después. ¿Habrá Cazzu? Quizás solo Julieta y una angustia acechante, que reaparece. Hasta que Cazzu vuelve para decir lo que necesita decir: “Me emociono un toque porque hoy ha sido incluso un día un poco complejo desde esa perspectiva”. Mientras recobra la firmeza de la última hora y media, los brazos y los tatuajes vuelven a revolotear, de a poco. “Pero nada me enorgullece más que que mi paso por el mundo aporte algo para una causa honrada y constructiva, ¿no?”.

¿Te obsesiona pensar y planificar el futuro?

No, en ese sentido soy más infantil. Sí me pasa que me da un poco de vértigo perder lo que tengo, despertarme un día y haberlo perdido todo. No sé por qué. Tendrá que ver con mi historia… ¡Después lo hablamos en terapia! [risas]. Creo que estos son los años donde me gustaría consolidar mi patrimonio financiero y económico. Después, los deseos artísticos muchas veces son una inversión que no se recupera y que no siempre son un negocio redondo, a menos que vos seas un negocio redondo. Y yo soy un negocio totalmente deforme, que de redondo no tiene nada. Todos mis hits son accidentes totales. 
Me gustaría sentir eso, ¿sabés?, que voy a poder criar a mi hija, ayudar a mi familia, que vamos a estar bien, con lo que se necesita, sobre todo un techo, la comida. Y seguir creando. Porque soy una drogadicta del proceso creativo, espero ese momento con ansias, ingresar en la fantasía y en cada pieza para llevarla a cabo. Pero, en cuanto al futuro, solo deseo hacerme grande y envejecer bien y contenta, con lo necesario para vivir. Y, la verdad, no necesito tanto para vivir bien. No tengo tanto y, si lo tengo, seguro me lo gasto en el próximo delirio artístico, porque soy así. Si tengo gustos caros, son para el arte, nada más.

Fotografías de Sebastián Faena

Styling: Jorge León

Makeup: Belu Sáenz

Pelo: Mae Ludueña

Asistentes de vestuario: Flor Traverso y Cata Rec

Video: Pablo Corradi

Agradecimientos: Ay Not Dead, The Ann Wagners, Kosiuko, Selu, Valentina Schuchner, Jesús Fernández, Cocoliche, Esquina, Joti Arriague y Empire State Building

The post Cazzu en la tapa de ROLLING STONE: “El sistema que oprime a la mujer está casi intacto” appeared first on Rolling Stone en Español.

Hay artistas que construyen un personaje para sobrevivir a la industria. Que moldean su discurso, su estética y hasta sus emociones alrededor de lo que se espera de ellos. Y luego está ROBI, decidido a hacer exactamente lo contrario.

En conversación con ROLLING STONE en Español, el artista puertorriqueño habla desde su más vulnerable voz mientras se prepara para el lanzamiento de Sorry si soy gris, su álbum debut que, según explica, nació de la necesidad de dejar de disculparse por quién es.

Entre canciones grabadas en casa de su abuela, pistas escondidas para sus fans y una visión clara del lugar que quiere ocupar dentro de los sonidos latino, Roberto Chabrier Báez, mejor conocido como ROBI, entra en una nueva etapa artística con la honestidad como principal bandera.

Las 17 canciones que conforman Sorry si soy gris estarán disponible en todas las plataformas de streaming a partir del próximo 4 de junio.

A continuación, extractos editados de nuestra conversación.

Felicidades por el estreno de tu álbum debut, Sorry si soy gris. ¿Cómo te sientes en este momento de tu carrera?

Me siento muy emocionado. Es algo que llevo soñando toda mi vida y hace ya unos años trabajándolo. Estoy disfrutando cada proceso que estoy viviendo gracias a la música. Pero este momento específico lo siento muy especial. Me siento muy agradecido con la vida y con las oportunidades que están llegando.

El primer adelanto fue el sencillo ‘Break’, un tema que, aunque aborda una relación tóxica, mantiene una vibra fresca y ligera. ¿Cómo fue su proceso de creación?

Realmente ese era el concepto de la canción. Quería que hubiera un contraste entre la letra y la vibra. Que las personas las primeras veces la escucharan y la disfrutaran, y luego, cuando analizaran la letra, dijeran: ‘OK, aquí hay más contenido’.

Break’ nace de algo que viví. Ese día en el estudio quería hablar de esa situación donde no te están correspondiendo el amor y el interés. Es este debate mental de salir con tus panas para olvidarte de alguien, pero al mismo tiempo querer llamarle aunque sabes que no debes hacerlo. Quería plasmar ese conflicto entre mi mente y mi corazón.

ROBI abraza sus ‘partes más grises’ en su álbum debut: ‘Soy un gris en esta industria’
Cortesía

Y hablando de contenido, ¿qué sonidos y ritmos podemos esperar dentro del álbum? ¿Se inclina más hacia el pop, lo urbano o una mezcla de ambos?

En este disco traté de mezclarlo todo, pero dándole un aire bien pop. Hay tintes de R&B alternativo con pop, salsa con pop y reggaetón, pero el género que siempre está presente es el pop. Me encanta la idea de ser ‘el que defiende el pop en una isla donde ya no se hace’. Me recuerda a los grandes artistas que también lo hicieron en su momento y brillaron por eso. Son melodías súper frescas, globales, y siento que eso le da un sonido muy honesto y muy real conmigo.

También diría que es un disco bien unapologetic. Hice cosas que maybe no son tan comunes dentro de las reglas del pop, pero eso es precisamente lo que lo hace especial. Simplemente fui yo. El disco fue como un canvas en blanco.

Ahora, en cuanto a simbolismos, ¿por qué gris? ¿Qué significa este color en la narrativa del álbum?

El gris representa ese momento donde estás justo en el medio de dos sentimientos o de dos cosas. Yo soy muy creyente de que soy un gris en esta industria. A veces me siento muy pop para lo urbano y muy urbano para lo pop. Siempre termino en ese medio.

Y solo abrazando ese sentimiento de ser un gris es que pude llegar al sonido de este álbum. Las letras hablan de sentimientos complejos, no simplemente de ‘te amo’ o ‘te odio’. Quería crear un mundo donde pudiera reflexionar sobre cómo abrazar esas partes grises de mí.

Se escucha muy íntimo

Sí, totalmente. Es un disco muy honesto y muy real conmigo en este momento de mi vida. Lo empecé a escribir sin pensar tanto en hacer algo para pegar o algo más mainstream. Cada canción la hice con la intención de revelar un poco más de quién soy como persona, más allá de ROBI el artista.

¿Qué emociones exploras dentro del álbum?

Sorry si soy gris funciona como una especie de catarsis emocional. Todo nace desde el amor. Hablo de distintas maneras de experimentar el amor y el desamor, pero la moraleja final del disco es aprender a convivir con las partes grises de mí, con las partes complejas o las que todavía no entiendo.

Por eso el disco se llama Sorry si soy gris. Soy una persona que muchas veces tiende a disculparse por cosas por las que quizá no debería disculparse. Entonces es esta reflexión de primero decir ‘sorry’ y luego entender que quizá no tengo que pedir perdón por ser quien soy.

Gran parte del álbum fue grabado en Los Ángeles, pero una de sus canciones más importantes nació lejos de los grandes estudios. ¿Dónde nació realmente este disco?

Aunque gran parte del álbum lo grabé en Los Ángeles, una de las canciones más importantes nació en casa de mi abuela, literal como en los tiempos de antes. Esa canción es muy significativa para mí. Ya se darán cuenta ustedes cuál es.

¿Habrá colaboraciones?

Sí, vienen colaboraciones con personas que admiro muchísimo. Pero también quise que el disco pudiera defenderse solo. No salí a buscar colaboraciones porque sí. Quise que las cosas llegaran naturalmente y así mismo pasó.

Hace poco presentaste este material en vivo en Puerto Rico junto a Lockward y Del Toro. Un show que describes como un punto de inflexión dentro de tu carrera. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fue mi primer show totalmente pop en Puerto Rico. Era algo que venía manifestando desde hace mucho tiempo. Y cuando se dio la oportunidad, quería compartir escenario con artistas que también están defendiendo ese sonido. Conocí muchos fanáticos que todavía no había podido ver en persona y siento que fue un antes y un después en mi carrera.

Tu relación con tus fans parece muy cercana

Siempre trato de dejarles saber lo agradecido que estoy. Y algo que digo mucho es que siento que soy uno más de ellos. Honestamente, podría ser amigo de cualquier fanático mío porque son un reflejo de quién soy. Siento que ellos conocen más a Roberto que a ROBI. Y eso hace que la relación sea mucho más íntima.

Cortesía

¿Qué viene después del álbum?

Siento que este disco le va a abrir una puerta bien grande al pop dentro de Puerto Rico. Quiero hacer una gira, cantar en lugares donde todavía no he podido estar y seguir haciendo música vulnerable, música que me represente como persona. Estoy muy ansioso por ver las puertas que este disco pueda abrir para mí y también para la gente que conecte con él.

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Luis Enrique, nacido en Nicaragua, siempre ha sido un artista polifacético que ha recorrido universos sonoros que van desde el pop hasta la música de raíz, aunque con un corazón que siempre palpita en clave. Después de 13 años, el Príncipe de la Salsa regresa con una gran nueva producción: El alma en clave.

Un disco grabado entre Miami, Venezuela y Puerto Rico, que cuenta con colaboraciones de De La Ghetto, Luis Fernando Borjas, Alain Pérez, Los Hispanos e Israel Houghton, nació a partir del cúmulo de canciones en las que Luis Enrique venía trabajando incluso desde la pandemia. “Las canciones fueron forjando el camino del disco, un álbum que nace desde la esencia de la salsa. El alma en clave lleva ese título porque es lo que, en realidad, mi alma quería seguir: volver a construir un disco completo alrededor de la salsa”.

Escuchar un álbum de principio a fin es, como dice el nicaragüense, un momento de comunión con la música. “Es importante darse el tiempo de escuchar la obra completa que un artista está presentando. Lo lindo de los discos es ir descubriéndolos, darse cuenta de que cada canción es un universo guiado por un mismo hilo conductor que permite que el álbum camine”, afirma el cantante.

El focus track del disco es la colaboración junto a Alain Pérez, una canción creada hace aproximadamente 20 años. “Es una historia poderosa de desamor y de reencuentro con uno mismo. Incluso desde el ritmo, la narrativa de la canción va transformándose. Duré 20 años encontrando el camino para esta canción”, cuenta el artista.

Por su parte, ‘Porque creo en ti’, junto a Israel Houghton, presenta una fusión inesperada entre el universo salsero de Luis Enrique y la fuerza sonora del R&B góspel. La colaboración con el boricua De La Ghetto, en cambio, es una explosión de energía que sigue demostrando la cercanía entre el reggaetón y la salsa. “‘Nombre y apellido’ era la canción perfecta para De La Ghetto, donde demuestra que sabe cantar salsa. Es una sorpresa muy bonita”, asegura. Y reflexiona: “En tiempos en los que la música parece cada vez más desechable, es difícil encontrarse con una verdadera canción de amor como esta que construimos con De La Ghetto. No está contada desde el despecho, sino desde la verdadera esencia del amor”.

El alma en clave de Luis Enrique
Cortesía. 

¿Qué se necesita para cantar salsa? Analizando la cercanía de algunos géneros urbanos con la salsa —algo que durante los últimos años ha causado gran furor gracias a artistas como Bad Bunny o Rauw Alejandro—, Luis Enrique considera que comprender la esencia del género es fundamental para que un artista urbano pueda interpretarlo correctamente: “Entender la raíz y el ritmo de la salsa es vital. Yo no podría salir a hacer reggaetón; antes debería escucharlo, investigarlo y entender cómo sonaría mi voz dentro de ese género. En el caso de De La Ghetto, él viene escuchando salsa desde pequeño, le encanta Héctor Lavoe y muchos otros salseros, así que ya conocía este mundo que es la salsa”. Y ahí radica uno de los puntos fundamentales donde convergen la salsa y el reggaetón: el amor por la salsa inculcado por los padres de muchos reguetoneros.

“Hay álbumes que marcan momentos importantes dentro de mi carrera y también dentro del género. Ciclos dejó una huella profunda, y siento que este nuevo proyecto viene a ocupar ese mismo lugar. Después de Jukebox, que salió en 2013, no había vuelto a grabar un disco completo de salsa. El proyecto junto a C4 Trío también fue muy especial para mí porque me permitió explorar un lenguaje musical distinto al que normalmente hago. Por eso, después de 13 años, siento que este disco marcará un antes y un después en mi camino artístico”, contó Luis durante el lanzamiento del álbum.

“La industria es la industria, pero antes de cumplirle a ella, es importante cumplirse a uno mismo. La música primero y después todo lo demás”.

Durante sus 38 años de carrera, la fanaticada salsera ha seguido de cerca el recorrido del nicaragüense y, en los últimos 13 años, ha esperado con ansias su regreso a la salsa en estado puro. “Durante los últimos años me he quedado solo sacando sencillos”, confiesa. “No encontraba un concepto que pudiera sostener un disco”, complementa.

Frente a los retos que impone constantemente la industria musical, el cantante ha optado por ignorarlos y concentrarse en el desafío más importante: la creatividad. “El día que pare de crear, ya no estaré en este mundo. Eso me ha ayudado a trabajar conmigo mismo y a descubrir qué más hay dentro de mí. En la creatividad está la fuente de todo. La industria es la industria, pero antes de cumplirle a ella, es importante cumplirse a uno mismo. La música primero y después todo lo demás”.

También ha aprendido que muchas de las presiones que ejerce la industria son innecesarias y que estar de gira los 365 días del año no es lo verdaderamente importante.

Y, como no podía faltar, hablamos de ‘Yo no sé mañana’, su mayor éxito y una de las canciones más importantes de la salsa moderna. “Cada vez que la interpreto es diferente y jamás me voy a aburrir de cantarla. Hace parte de mí”.

Pensando en el futuro y trabajando físicamente para mantenerse en forma, el nicaragüense tiene su alma puesta en la fe, mientras continúa creando música naciente desde lo más profundo de su ser. “El arte de hacer música es un regalo divino”.

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Pocas personas han influido tanto en el sonido del pop contemporáneo como Jack Antonoff. Como productor, ha participado en algunos de los discos más celebrados de la última década; como músico, ha convertido a Bleachers en un espacio donde las canciones funcionan como una conversación íntima y constante con su audiencia. Aunque su nombre aparece detrás de éxitos masivos y estadios llenos, Antonoff sigue hablando de la música desde un lugar profundamente personal, casi artesanal: el de alguien que aún se sienta en una habitación buscando capturar una emoción antes de que desaparezca.

Con el lanzamiento de Everyone for Ten Minutes, el músico regresa a temas que han marcado gran parte de su obra: la familia, la pérdida, el amor, la identidad y el paso del tiempo, pero lo hace desde una perspectiva luminosa. En esta conversación con Rolling Stone en Español, habla sobre la honestidad como acto de esperanza, la conexión casi familiar que mantiene con los seguidores de Bleachers, las huellas de New Jersey en su sonido y por qué, pese a todos los cambios de la industria, sigue convencido de que la sinceridad continúa siendo el corazón de la música.

¿Qué has estado haciendo últimamente?

He estado corriendo de un lado a otro organizando todo lo del álbum, pero esta semana volví al estudio, lo cual estuvo muy bien. Para mí es importante no estar demasiado tiempo lejos de eso. Me descontrolo.

¿Qué parte de esos días adolescentes tocando en bandas en New Jersey sigue viva hoy en Bleachers?

La parte más importante, ¿sabes? Mi vida ha cambiado de muchísimas maneras y, al mismo tiempo, no ha cambiado nada. Mi cuerpo sigue haciendo lo mismo y sigo haciéndolo por las mismas razones. A veces incluso me sorprende lo parecido que sigue siendo todo. Ir de gira, tocar en shows, dormir en hoteles, subir a un avión, ya sabes. Las habitaciones son más bonitas ahora, pero sigue siendo lo mismo.

Es una gran respuesta, sin duda. Bleachers nació cuando tu carrera como productor estaba despegando muy fuerte, ¿cierto? ¿Qué necesitabas de tener tu propia banda?

Bueno, siempre he tenido mi propia banda. Lo hago desde que tenía como 13 años. Es simplemente lo que hago. No hay una respuesta más profunda para todo esto. Así es como me comunico conmigo mismo y con el mundo, así ha sido siempre. Desde niño escribía canciones, tenía una banda, salía a tocarlas y luego ayudaba a mis amigos con sus discos. Como dije, todo se ha vuelto mucho más grande, pero sigo haciendo exactamente lo mismo que siempre he hecho y es lo que pienso hacer toda mi vida.

Jack Antonoff: “La música es todo lo que tenemos”
Alex Lockett

Hablemos del nuevo álbum. ¿Qué significa para ti el título Everyone for Ten Minutes?

Para mí significa el final del experimento fallido de creer que todo el mundo necesita llegarle a todo el mundo. Es lo opuesto a lo que se siente estar en una banda, salir de gira y hacer música. Yo simplemente estoy allá afuera buscando a mi gente, y cuando vi esa frase pensé que era hermosa. Es casi como una armadura de protección: solo puedes ser accesible para todo el mundo durante cierto tiempo. Así se siente lanzar un álbum. Es como si lo arrojaras al mundo entero, pero en realidad solo estás buscando a tu gente.

Este nuevo álbum toca temas como el duelo, el matrimonio y la muerte, pero tú lo has descrito como “esperanzador”. ¿De dónde viene esa esperanza?

Bueno, ser honesto ya es algo esperanzador. No es tan simple como hablar de cosas positivas. Para mí, la esperanza en mi música consiste en hablar de las cosas más difíciles de mi vida y encontrar algún destello de luz dentro de ellas. Creo que muchas de mis canciones más tristes son las que mi audiencia siente como más esperanzadoras, porque el acto de ser tan honesto y tan directo es en sí mismo un acto de esperanza. Depende de qué tan profundo quieras ir. Un oyente casual puede escuchar más disonancia, pero mi audiencia entiende lo esperanzador que es porque conoce el camino para llegar hasta aquí y toda la historia previa.

¿Podemos hablar de algunas canciones del álbum? Empecemos con ‘sideways’, el tema de apertura. ¿De dónde nació esa canción?

Nació de reconectarme con mi historia de origen de una forma nueva. Había mucha alegría, libertad y emoción cuando me fui de casa a los 15 años para salir de gira, pero también había mucha culpa. Era como cortar una relación ancestral. Mis antepasados fueron inmigrantes y, una y otra vez, solo buscaban un lugar, trabajo, una familia, seguridad y felicidad, y luego llego yo, la primera generación de mi familia que se salió de ese camino: me fui de casa, no fui a la universidad, hice música y todas esas cosas. Fue muy poderoso. Esa mezcla entre libertad y culpa me parecía muy interesante y quería volver a contar claramente mi historia de origen, porque vivimos en una época donde todo tiene una huella digital que a veces solo muestra una parte de la verdad o incluso mentiras completas. En ‘sideways’ me sentí realmente decidido a explicar exactamente cómo llegué hasta aquí.

Alex Lockett

Increíble. ¿Y qué hay de ‘dirty wedding dress’?

La canción sucede durante la noche de mi boda, aunque realmente no trata de eso. En el fondo habla sobre a quién dejas entrar en tu vida. Hubo algo de esa noche —estar nosotros dentro y tener multitudes afuera— que me recordó muchísimo cuánto amo a mi audiencia, porque ellos son quienes realmente pueden entrar. Sabía que iba a escribir sobre esa experiencia. Lo que no imaginaba era que lo haría de una manera tan metafórica, pero así terminó saliendo.

Hablemos de ‘upstairs at els’. ¿Qué representa esa canción?

Para mí es como el final de una película. El álbum realmente termina con ‘i’m not joking’ y luego ‘upstairs at els’ es como cuando empiezan a rodar los créditos. Básicamente es la sensación de terminar algo que amas y finalmente poder llamar a tus amigos, relajarte y pasar tiempo con ellos.

Esta es una pregunta que siempre le hago a los productores: ¿cómo sabes cuándo es momento de soltar una canción, un proyecto o un álbum?
Cuando mi instinto me lo dice. Es algo muy fuerte y muy claro. Nunca he tenido problemas con eso. Es muy fácil para mí reconocerlo. Paso muchísimo tiempo persiguiendo y buscando esa sensación, y cuando finalmente la encuentro, es la cosa más reconocible del mundo para mí. Muy clara y muy poderosa.

Cuando está listo, está listo.

Exactamente. En ese punto ya no sigo moviéndole cosas. Siempre he sido así. Desde niño haciendo música, sé cómo me siento respecto a las cosas, sé lo que escucho en mi cabeza y sé cuándo finalmente lo escucho grabado.

Alex Lockett

¿Cómo describirías el sonido de New Jersey hoy en día, si es que existe algo así?

Claro que existe [risas]. Es música costera, que tiene una sensibilidad muy específica, pero también oscila constantemente entre un gran espectro de esperanza y devastación. Es tan triste y disonante como poderosa y esperanzadora. Se mueve bellamente por todo ese espectro.

¿Hay algo que escuches o hagas para desconectarte un poco de producir música?

La verdad no. No es algo de lo que necesite desintoxicarme. Amo escuchar las cosas en las que estoy trabajando y mantener una relación intensa con ellas. Nunca quiero alejarme de eso.

Has descrito a la audiencia de Bleachers como una familia. ¿Qué hace que esa conexión se sienta tan real para ti?

Les hablo de una forma muy honesta y llevamos muchísimo tiempo teniendo una conversación que se vuelve cada vez más profunda, como pasa en cualquier familia o relación larga.

¿Crees que las audiencias están buscando sinceridad otra vez? Vivimos en un mundo dominado por algoritmos. ¿Qué piensas que la gente está necesitando hoy?

No creo que la gente haya dejado de querer sinceridad alguna vez. Nadie dejó de quererla. El trabajo que más logra conectar siempre ha sido profundamente sincero. Lo que pasa es que hay mucha gente poderosa intentando imponer otras cosas, pero realmente no funciona. Por más que la música se venda, se use en todas partes y esté en el centro del comercio, la tecnología y todo eso, no es así para quienes la hacemos. Nosotros solo estamos sentados en habitaciones, solos o con muy pocas personas, tratando desesperadamente de alcanzar una emoción y capturarla en una grabación, para luego compartir una conexión muy pura con nuestra audiencia. Todo el ruido alrededor puede ser confuso, pero no refleja lo que realmente ocurre por dentro. No creo que haya existido nunca una verdadera tendencia en contra de la sinceridad.

Increíble, sí. Eso no lo pueden cancelar. Cuando trabajas con Bleachers, ¿sientes que hay una separación entre Jack el productor y Jack en Bleachers?

No realmente. Todo sale de la misma parte de mi corazón.

¿Qué es lo que todavía te da fe en la música hoy?

Todo. Creo que esa pregunta parte de la idea de que algo anda mal, pero no es así. La música es todo lo que tenemos.

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Detrás de la voz de Hempress Sativa existe una herencia rastafari que honra todos los días mediante canciones que invitan a expandir la consciencia, impulsan el respeto entre los seres humanos y reafirman la fortaleza de las mujeres. Después de sus dos primeros álbumes de estudio, Unconquerebel (2017) y CHARKA (2023), “The Lyrical Machine” ­­­­—como ha sido apodada por su pluma fina— ha presentado recientemente su tercer trabajo discográfico: Woman.

Para esta ocasión, la artista jamaiquina se reunió con su viejo colaborador Paolo Baldini, el productor italiano con quien en 2016 publicó su gran hit ‘Boom (Wah Da Da Deng)’. Hempress compuso las canciones y luego viajó a Italia a finales del año pasado para terminar el LP, un trabajo que dice no haber tardado mucho en hacer pero que supuso un reto debido a la barrera del idioma.

Al lanzamiento de Woman le sucedió una serie de conciertos por Europa junto a Baldini, pero luego de un breve descanso, la cantante se prepara para viajar a Latinoamérica. Para ella, no existe una preparación minuciosa pues considera que buena parte de sus shows depende de la energía del público y del momento. “Es porque, para mí, cada presentación es muy espiritual”, explica. “Quiero que sea una experiencia natural. No me gusta que esté tan planeado ni que sea tan pretencioso. Quiero vivir el momento”.

Días antes de su debut en Bogotá el próximo 5 de junio durante la primera edición de Concrete Junglist, la exponente del conscious roots reggae habló con ROLLING STONE en Español sobre su último disco, la importancia de la mujer dentro del movimiento y lo que desearía que cambiara en la industria musical para que las mujeres reciban el respeto que merecen.

Hempress, a Bogotá llegarás con tu disco más reciente, Woman, el cual es un homenaje a las mujeres y nuestra relevancia en el mundo. ¿Qué te llevó a explorar este concepto para tu tercer álbum y en este punto de la historia?

Me estoy haciendo mayor, más sabia y estoy honrando mi arte. Soy más consciente y creo que estoy entendiendo cada vez más la esencia de la mujer. Estoy en mis 40, así que he tenido muchas experiencias en mi vida y ya puedo ser más directa. Quería crear un álbum que examinara las múltiples facetas de la mujer. Somos tan poderosas, tenemos un rol vital en la sociedad y somos más que personas que pueden gestar. En un punto, fuimos oráculos y fuimos altamente respetadas por nuestra intuición y esencia espiritual. Quería recordarles a las mujeres que a pesar de que el patriarcado nos diga que somos débiles, que debemos servirles a los hombres y ser sumisas, tenemos una posición vital dentro de la humanidad. Tenemos que mantenernos firmes en nuestra gloria y gracia sin importar lo que los hombres piensen y sientan.

¿Qué mujeres te formaron como persona y como artista?

Las mujeres que me formaron como persona, definitivamente, son mi madre y mis hermanas porque antes de cualquier interacción que tuviera con otras, estuvieron ellas. Ellas son la primera inspiración. Y a nivel musical, he estado influenciada por mujeres fuertes. Diría Lauryn Hill, Sade, Sister Carol, Sister Nancy, todas mujeres que cimentaron el camino y dejaron huella. Ellas cargaron con el peso de esto sobre sus hombros y nunca se doblegaron.

En este álbum no solo hablas sobre las mujeres, sino también sobre el mal en el mundo y la necesidad de unirnos para combatirlo. ¿De qué manera construyes este sentimiento de comunidad alrededor de tu música?

Es verdad, en este álbum hablo desde la perspectiva de la mujer porque recuerda que no somos del tipo que busca algún tipo de maldad para la comunidad a la que pertenecemos, y quiero que este disco sirva de recordatorio de que a eso es a lo que debemos apuntar. El mundo ha estado regido por un sistema patriarcal durante mucho tiempo y todo se ha hecho con una aproximación masculina, pero lo que falta es bondad y empatía. Esa es la energía que nosotras representamos mejor. Quiero que, además, resuene con la gente a un nivel más espiritual y que sea mucho más que un “álbum para mujeres”, porque somos multifacéticas y tenemos una cualidad espiritual que impacta al mundo.

Hempress Sativa, una voz de fortaleza
Cortesía

¿Dónde encuentras el impulso para escribir canciones o crear un álbum completo?

En las experiencias de vida. Puedo estar escuchando un audiolibro y una frase puede ser mi inspiración. O puedo estar escuchando una canción de otra persona y su melodía me impulsa a hacer la mía. Tan solo el hecho de estar viva es una inspiración, utilizo cada esencia como una oportunidad de implementarla en mi música.

¿Qué tan distinto fue el proceso de crear este disco del anterior?

Creo que la principal diferencia es que en los anteriores hubo un mayor entendimiento a nivel de dinámicas culturales. Esta vez, trabajar con Baldini fue retador porque él no habla inglés, entonces expresar las cosas que yo quería escuchar y sentir fue un poco difícil. Diría que el mayor reto con este álbum fue la barrera del lenguaje.

¿Cómo lo solucionaron?

Encontramos personas que nos tradujeron. En ocasiones nos entendíamos; en otras no. Pero, al final del día, logramos que funcionara y pudimos terminar el disco.

Paolo produjo tu hit ‘Boom (Wah Da Da Deng)’ en 2016. ¿Cómo terminó involucrado en Woman?

Exactamente, yo ya había trabajado con él en 2016, así que lo busqué de nuevo y le dije, “Oye, tengo una idea para un álbum. ¿Te interesaría crearlo conmigo?”, y él me contestó que sí. Literalmente, así fue como sucedió.

¿Qué le aporta Paolo a tu música?

No creo que le aporte nada en particular porque él tiene su propia manera de interpretar la música, así como yo tengo la mía. Sin embargo, lo mejor de todo es que podemos colaborar para crear algo verdaderamente único.

Este álbum contiene dos colaboraciones importantes, una con Tiken Jah Fakoly y otra con Jalifa. Pero primero, ¿qué me puedes decir de ‘Rastaman A Chant’?

Soy una mujer rasta y, a lo largo de los años, siempre escuché conversaciones entre los mayores sobre Babylon, el sistema que fue impuesto, y lo que vendrá. Quería hacer una canción a modo de recordatorio de eso, pero también reafirmar que todo estará bien, y así fue como di con el concepto de ‘Rastaman A Chant’. Quería recordarle a la gente que todavía hay rastafaris hablando en contra de las injusticias y las atrocidades que están sucediendo porque nada ha cambiado, pero al final del día somos quienes tenemos que darnos cuenta de eso y actuar.

Y, ¿cómo terminaste invitando a Jalifa para ‘Ganja Spliff’?

Siempre he hablado con Jalifa a través de redes sociales. Eventualmente, intercambiamos números de teléfono y nos hablamos por WhatsApp, entonces le conté que estaba trabajando en un álbum y le pregunté si quería participar en una de las canciones. Ella se mostró emocionada y llegamos a la idea de ‘Ganja Spliff’. Yo ya había escrito la canción y le dije, “Jalifa, me encantaría que estuvieras en esta canción porque ambas somos defensoras de la marihuana”. Ella me contestó, “Absolutamente”, y en 30 o 35 minutos ya me había mandado una demo.

¿Te llamó la atención la rapidez con la que la hizo?

Para ser honesta, no. Yo sabía que quería colaborar con Jalifa porque me gustan sus melodías y su delivery, pero entiendo que cada artista interpreta la música de forma diferente. Hay quienes pueden hacer una canción en media hora y puede que esté bien, pero no trasciende; hay otros que tardan años en trabajar una sola canción y esa es la que perdura. Por eso es que no me impresiona la habilidad de escribir rápidamente, más bien, la canción debe tener sentido y eso fue lo que sí me impresionó.

¿De qué manera eliges a las personas que quieres involucrar en tus trabajos?

Soy una persona peculiar, de modo que siempre me inclino por personas que tengan una mentalidad similar a la mía y que estén en mi misma sintonía. Siempre me emocionará colaborar con alguien que sea espiritual, consciente, que no esté absorto en la negatividad y que no sea chismoso. Más bien, alguien honesto que aún conserve la esperanza y que esté intentando dar lo mejor de sí en la industria musical.

Después de trabajar en este álbum, ¿qué dirías que es lo que más disfrutas de ser artista?

La gente no entiende que los artistas seguimos siendo seres humanos: tenemos las mismas emociones, los mismos sentimientos que los demás. Entonces, cada vez que interactúo con personas que apoyan mi música, son amables, empáticas y comprensivas, y eso me llena de alegría. He conocido personas que me han dicho que mi música les ha impactado, incluso hay quienes me han dicho que querían quitarse la vida, pero cambiaron de parecer al escuchar la letra de una canción. Para mí, esa es una de las mayores recompensas porque la música también me ha salvado muchas veces. Me siento muy agradecida cada vez que puedo darles algo de vuelta porque me han dado fuerza con sus palabras, con su apoyo, al ir a los conciertos y al demostrar su cariño. Es una experiencia completa.

Y, ¿qué es lo que más disfrutas de cantar en vivo?

La energía en vivo y escuchar a los fans cantar las canciones. Últimamente estuve viajando un montón por Europa y la barrera del lenguaje es enorme, pero es hermoso saber que el idioma no importa a la hora de entender la música. Lo que importa son las vibras de lo que estamos cantando y eso me resulta fascinante. La música trasciende límites y las barreras no importan; las conexiones y la energía sí. Nosotros agradecemos el poder tener la inspiración de crear canciones que tengan impacto en la gente.

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Hempress, desde tu perspectiva, ¿qué tan importantes han sido las mujeres para el roots reggae?

Muy importantes. Considero que somos portadoras vitales de una energía intuitiva y de poder. En este caso, somos capaces de transmitir una emoción y creo que por eso mismo trascendemos en la música. Somos capaces de canalizar emociones en un sentido más profundo, siempre y cuando tengamos la oportunidad de demostrarlo. Hay muchas mujeres talentosas haciendo canciones de música espiritual, pero ni siquiera han podido compartirlas con nadie porque es un campo dominado por hombres, y ese es un problema muy grande. Los hombres pueden hacer canciones mediocres que serán aceptadas, por el contrario, a veces a nosotras ni siquiera se nos permite mostrar el 1% de lo que podemos hacer. Todavía hay mucho por mejorar.

¿Qué cambios te gustaría ver dentro del movimiento para que las mujeres obtengan más reconocimiento?

Me gustaría que más mujeres tuvieran reconocimiento en la industria no solo como artistas, sino como managers, agentes de booking y demás. También me gustaría que los eventos contaran con más mujeres en sus carteles y en letras grandes. Que fueran las encargadas de cerrar los festivales porque nosotras podemos atraer al público. Que se nos dieran las mismas presentaciones que a los hombres. Que se nos respete.

No lo digo por ser negativa, pero me gusta evaluar las experiencias. Una vez estuve de gira y tuve que enfrentarme al tour manager (no era el mío). Yo era la única mujer en el cartel, así que tenía que compartir baño y otro tipo de cosas con hombres. Hubo un momento en el que estaba usando el baño y un hombre entró y tuve que decirle [al tour manager], “No es por ser ‘diva’ ni nada por el estilo, pero la privacidad es muy importante para mí”. Como mujer, nunca quisiera que alguien me encontrara en una posición vulnerable, así como tampoco me gustaría entrar y ver a un tipo orinando. No quiero verlo. Entonces me dijo, “Tienes toda la razón, me disculpo por eso”. Son cosas que parecen sencillas, pero tenemos que proteger nuestra virtud, y los hombres también tienen un compromiso en ese aspecto.

Por mucho tiempo, la industria musical ha estado regida por hombres que, en sus cargos ejecutivos, te sexualizan antes de darte una oportunidad para grabar. Ellos tienen que ser conscientes de lo que proyectan y tienen que entender que las experiencias a las que nos someten son innecesarias.

Sí, es indignante que aún en 2026 tengamos que ver estas cosas. Una pensaría que la industria ya habría mejorado, pero todavía hay trabajo por hacer.

Sí, porque muchos piensan que estamos exagerando. Ellos han sido privilegiados por un montón de tiempo, entonces no alcanzan a dimensionar ni entender las cosas que les contamos. Lo único que ellos han visto es un sistema que les beneficia. Tienen que hacer un trabajo de introspección.

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