Tim Curry nunca alcanzó la categoría convencional de superestrella, pero eso no explica su permanencia en la mente de muchos. No necesitó ser siempre el protagonista, encabezar franquicias multimillonarias ni sostener su carrera sobre una versión cuidadosamente administrada de sí mismo. Entraba en una película, una serie, una obra teatral o una cabina de grabación y dejaba allí una criatura imposible de confundir con cualquier otra.
Podía ser un científico extraterrestre vestido con corsé y medias de red, un payaso que devoraba niños, un mayordomo que atravesaba una mansión a la velocidad de una crisis nerviosa, un demonio de piel roja y cuernos monumentales, un pirata rodeado de marionetas o el empleado de un hotel dispuesto a dificultarle la vida a Macaulay Culkin. Curry no se limitaba a interpretar personajes secundarios, los convertía en habitantes permanentes de la memoria.
El actor británico murió el 25 de agosto de 2026 en su casa de Los Ángeles, a los 80 años. Su representante y amiga Marcia Hurwitz confirmó el fallecimiento, aunque no comunicó una causa médica específica. Curry había sufrido en 2012 un accidente cerebrovascular que afectó su movilidad y desde entonces utilizaba una silla de ruedas. Aquella condición redujo sus apariciones frente a las cámaras, pero no consiguió apartarlo por completo del trabajo ni del público.

El muchacho de Cheshire
Timothy James Curry nació el 19 de abril de 1946 en Grappenhall, Cheshire, Inglaterra. Su padre, James Curry, fue capellán de la Marina Real británica; su madre, Patricia, trabajó como secretaria escolar. Debido a la profesión paterna, la familia cambió varias veces de residencia durante su infancia. Curry creció dentro de un hogar relacionado con la religión, la disciplina y la música coral, tres elementos que más tarde reaparecerían, deliciosamente profanados, en muchos de sus personajes.
Estudió inglés y Arte Dramático en la Universidad de Birmingham. La combinación resultaría decisiva: poseía la formación literaria necesaria para comprender las palabras y el instinto teatral para convertirlas en un acontecimiento físico. Su voz no se limitaba a comunicar una frase. Podía estirarla, acariciarla, ridiculizarla y finalmente hacerla morder.
Después de graduarse consiguió un papel en la producción londinense de Hair en 1968. Allí conoció a Richard O’Brien, actor y compositor que algunos años después escribiría The Rocky Horror Show. La obra estrenada en Londres en 1973 le entregó a Curry el personaje que definiría su carrera y modificaría la cultura popular: El doctor Frank-N-Furter.

Una dulce criatura travestida
Frank-N-Furter entra en escena bajando por un ascensor, cubierto con una capa que pronto cae para revelar el corsé, las medias y los tacones. No se presenta mediante explicaciones psicológicas ni pide tolerancia. Canta Sweet Transvestite y obliga a todos los presentes a reorganizar su idea de lo posible.
La adaptación cinematográfica, The Rocky Horror Picture Show, dirigida por Jim Sharman y estrenada en 1975, fue inicialmente un fracaso. Sin embargo, las funciones de medianoche (lugar para la exhibición de las obras cinematográficas más excéntricas, como Eraserhead de David Lynch, El Topo de Alejandro Jodorowsky o Pink Flamingos de John Waters), la transformaron en un ritual. Los espectadores comenzaron a asistir disfrazados, responder a los parlamentos, arrojar objetos frente a la pantalla y representar simultáneamente la película. Una producción rechazada durante su lanzamiento se convirtió en una experiencia colectiva que ha sobrevivido durante medio siglo.
El fenómeno no puede explicarse únicamente por el espíritu camp de la cinta, las canciones o la provocación sexual. Curry consiguió que Frank fuera dominante, caprichoso, cruel y, al mismo tiempo, desesperadamente vulnerable. Construye a Rocky como un objeto perfecto, pero descubre que ni siquiera fabricar el cuerpo deseado garantiza recibir amor. Bajo la arrogancia imperial vive una criatura que necesita ser contemplada, obedecida y elegida.
Frank-N-Furter abrió un espacio para públicos queer, marginados y jóvenes que todavía carecían de palabras para nombrar su identidad. El personaje no ofrecía una lección pedagógica sobre la diferencia: ofrecía algo más poderoso, la ausencia de vergüenza. Curry demostró que la rareza no debía presentarse como una enfermedad ni como una confesión dolorosa. También podía convertirse en fiesta, deseo y espectáculo.
El papel pudo haberlo condenado a repetir una misma provocación. En cambio, el actor utilizó esa asociación para construir una filmografía donde la extravagancia dejó de ser un disfraz y se convirtió en una manera de revelar verdades.

El arte de robar una película
Curry poseía una cualidad que no siempre conduce al estrellato, pero garantiza algo quizá más duradero: podía apoderarse de una película sin destruirla. Comprendía el tono de cada universo y descubría exactamente cuánto podía expandirlo antes de romperlo.
En Times Square (1980) de Allan Moyle (cineasta canadiense que más tarde realizaría Pump Up the Volume y Empire Records), Curry interpretó a Johnny LaGuardia, un locutor que transforma la fuga de dos adolescentes (Robin Johnson y Trini Alvarado), de un hospital psiquiátrico en un fenómeno radiofónico. Su voz recorre una Nueva York áspera y nocturna como una promesa de compañía, aunque el personaje también comprende que la rebeldía puede empaquetarse y venderse como espectáculo. Sin convertirlo en un villano, Curry deja ver la ambigüedad del adulto que reconoce la soledad juvenil, le ofrece un altavoz y termina beneficiándose de ella.
En Annie (1982) la película basada en la tira cómica y el musical de Broadway dirigida por John Huston, interpretó a Rooster Hannigan, un estafador que conspira junto con su hermana Agatha y Lily St. Regis para apoderarse de la recompensa ofrecida por el millonario Oliver Warbucks. Curry convirtió al delincuente en una combinación de seductor barato, animal escénico y amenaza sonriente. A su lado, Carol Burnett y Bernadette Peters formaron un trío cuyo placer por la maldad parecía contagioso.
En The Ploughman’s Lunch (1983) de Richard Eyre, demostró que también podía trabajar lejos de la desmesura. Dentro de aquel mundo periodístico y político construido por Ian McEwan, bastaban su dicción y su inteligencia para sugerir peligro. Curry podía resultar amenazante sin levantar la voz porque daba la impresión de estar observando debilidades que los demás todavía no habían reconocido.
Dos de sus personajes más recordados llegarían en 1985. Ridley Scott lo transformó en el demonio Darkness para Legend, la cinta de corte fantástico protagonizada por Tom Cruise y Mia Sara, cubriéndolo con prótesis, maquillaje rojo, pezuñas y unos cuernos capaces de hacer parecer modesto al propio infierno. El diseño habría sepultado a un intérprete menos poderoso; Curry lo convirtió en arquitectura. Su demonio no deseaba únicamente destruir la inocencia, quería seducirla. Era un aristócrata de las tinieblas que comprendía que la tentación más eficaz consiste en ofrecer una versión liberada de aquello que la víctima ya desea.

Ese mismo año apareció como Wadsworth en Clue, la comedia de Jonathan Lynn inspirada en el popular juego de mesa. El mayordomo debía guiar al público a través de una historia donde todos mentían, cada habitación escondía una pista y los cadáveres se acumulaban con eficacia administrativa. Durante la reconstrucción final, Curry convirtió la exposición narrativa en una proeza física: corrió por pasillos, abrió puertas, reprodujo asesinatos y organizó el absurdo como un director de orquesta poseído.

En la tercera temporada de Wiseguy (1989), la serie sobre Vinnie Terranova, un agente encubierto protagonizado por Ken Wahl, Curry interpretó a Winston Newquay, el extravagante director del sello discográfico Dead Dog Records, dentro de un arco que introdujo la serie policial en una industria donde el talento, el dinero, las drogas y la explotación convivían bajo la palabra “éxito”. Su experiencia como cantante le permitió comprender tanto el magnetismo de la música como la maquinaria comercial que se alimenta de quienes desean triunfar en ella. Newquay podía pasar de la brillantez al exceso, del humor a la desesperación y de la autoridad a la autodestrucción sin perder coherencia. A diferencia de muchos de sus papeles cinematográficos, Wiseguy le concedió tiempo para mostrar que la extravagancia del personaje no era solamente espectáculo, sino una forma de mantener a raya su propio vacío.

El payaso detrás de la sonrisa
Para millones de espectadores, especialmente aquellos que crecieron durante la década de 1990, Tim Curry fue Pennywise antes que Frank-N-Furter. La miniserie It, basada en la novela de Stephen King, no contaba con los recursos técnicos de adaptaciones posteriores ni podía mostrar en televisión toda la violencia del libro. La interpretación resolvió aquello que los efectos todavía no podían hacer.
Curry comprendió que Pennywise resultaría más aterrador si parecía realmente un animador infantil. Su sonrisa prometía diversión mientras los ojos sugerían que algo se había podrido detrás de ella. Hacía chistes, bailaba y pronunciaba cada amenaza con una musicalidad juguetona. No parecía un monstruo que hubiera aprendido a interpretar a un payaso, sino un payaso que llevaba demasiado tiempo esperando la oportunidad de revelar que era un monstruo.
La limitación televisiva terminó beneficiándolo. Un cambio en la voz, una pausa demasiado prolongada o una sonrisa sostenida durante algunos segundos más de lo necesario permitían que el espectador imaginara algo peor que cualquier prótesis. Curry no necesitaba mostrar el horror: sabía cómo instalarlo dentro de la cabeza de quien observaba.

Profesores, cardenales, botones, piratas y padres de familia
En Oscar (1991), la infravalorada comedia de enredos dirigida por John Landis, Curry interpretó al doctor Thornton Poole, el profesor de lingüística encargado de corregir el vocabulario y los modales del mafioso Angelo “Snaps” Provolone, encarnado por Sylvester Stallone. El actor convirtió su dicción impecable en instrumento cómico. Poole pronuncia cada palabra con la suficiencia de quien considera el idioma una propiedad privada, pero termina absorbido por los enredos sentimentales de una casa donde la respetabilidad resulta más caótica que el crimen.

En Home Alone 2: Lost in New York (1992) fue el señor Hector, el conserje del Hotel Plaza que sospecha que Kevin McCallister se hospeda sin la compañía de un adulto. Curry construyó una autoridad simultáneamente servil, presumida y amenazante. Una ceja levantada, una pausa o una sonrisa demasiado satisfecha bastaban para convertir la vigilancia del huésped en una persecución. El personaje pretende proteger el prestigio del hotel, pero termina derrotado por un niño y por aquella célebre grabación de Angels with Even Filthier Souls.
Su cardenal Richelieu en The Three Musketeers (1993) ofreció otra variante de la villanía. Mientras los héroes encarnados por Charlie Sheen, Keifer Sutherland y Oliver Platt combatían y bromeaban, Curry interpretó a un hombre convencido de que no necesitaba ocupar el trono si podía controlar a quien se sentaba en él. Cada gesto religioso parecía ocultar una condena y cada palabra piadosa podía preceder una ejecución.
Uno de los papeles que mejor resume su talento llegó con Muppet Treasure Island (1996). Interpretar a Long John Silver rodeado por los Muppets exigía una decisión. Reducir la actuación para no competir con las marionetas o asumir que el único camino posible era actuar todavía más. Curry eligió correctamente.
Su Silver es encantador, paternal, codicioso y peligroso. Puede sentir un afecto verdadero por Jim Hawkins mientras planea traicionarlo. No es un villano que finja ser amable, sino un hombre capaz de amar y traicionar dentro de la misma frase. Curry cantó A Professional Pirate con una voz imponente y una alegría maliciosa que hacía de la piratería una vocación casi respetable.

Interpretar a Gómez después de Raúl Juliá era una misión cercana a la nigromancia, pero en Addams Family Reunion (1998) Curry evitó reproducir exactamente la versión de su antecesor. Su Gómez es menos volcánico y más parecido a un maestro de ceremonias funerario: sonríe como si conociera el resultado del entierro antes de que alguien haya muerto. Aunque la película directa a vídeo carecía del refinamiento de las entregas dirigidas por Barry Sonnenfeld, Curry comprendió la esencia del personaje. Gómez Addams no considera extraña a su familia, sino al mundo exterior, con su monotonía, sus prejuicios y su terror a la muerte.

Escenarios y canciones
Su carrera teatral fue igualmente importante. Recibió tres nominaciones al premio Tony: por interpretar a Wolfgang Amadeus Mozart en Amadeus, donde compartió el escenario con Sir Ian McKellen; al actor Alan Swann en My Favorite Year y al rey Arturo en Spamalot, el musical inspirado en Monty Python and the Holy Grail. También participó en The Pirates of Penzance, Love for Love, The Rivals y numerosas producciones en Londres y Broadway.
Curry desarrolló además una carrera como cantante. Publicó los álbumes Read My Lips (1978), Fearless (1979) y Simplicity (1981), donde reunió rock, teatralidad y una voz cuya potencia no necesitaba la protección de un personaje. Aunque nunca se convirtió en una figura central de la industria musical, canciones como I Do the Rock revelaron que su presencia podía sostenerse sin maquillaje, prótesis ni escenografías góticas.

Una voz capaz de adoptar cualquier cuerpo
Su trabajo de voz constituye una de las regiones más extensas y menos celebradas de su carrera. La animación no disminuía su presencia: la liberaba de las limitaciones físicas. Curry comprendía que una voz podía tener rostro, peso, temperatura e incluso una manera particular de desplazarse por una habitación.
Ganó un Daytime Emmy por interpretar al capitán Garfio en Peter Pan and the Pirates. Su versión evitaba reducir al personaje al estereotipo de un villano cobarde perseguido por un cocodrilo. Era vanidoso, teatral y genuinamente peligroso, un antagonista que parecía considerar cada crimen una extensión de su sentido del espectáculo.
También prestó su voz a Hexxus, la personificación tóxica de la contaminación en FernGully: The Last Rainforest; a Nigel Thornberry en The Wild Thornberrys; al rey Chicken en Duckman; a Forte en Beauty and the Beast: The Enchanted Christmas; al profesor Calamitous en The Adventures of Jimmy Neutron, Boy Genius; a Slagar en Redwall y al emperador Palpatine en Star Wars: The Clone Wars.
A ello se sumaron innumerables videojuegos, audiolibros, series animadas y narraciones. Para varias generaciones que quizá no conocían su nombre, Curry estuvo presente como una voz asociada con villanos inteligentes, adultos excéntricos y criaturas que parecían disfrutar cada sílaba de su perversidad.
Después del accidente cerebrovascular de 2012, aquel instrumento le permitió continuar trabajando. Aunque su cuerpo había sufrido una transformación profunda, su voz conservaba la capacidad de abrir mundos. En 2016 regresó al universo que había definido su carrera para interpretar al criminólogo en la adaptación televisiva de The Rocky Horror Picture Show. El gesto poseía algo de ceremonia: el antiguo Frank-N-Furter se convertía en narrador y entregaba la historia a una generación diferente.

La estrella que habitaba los márgenes
¿Por qué fue tan querido un actor que nunca ocupó de manera estable el centro de Hollywood? Quizá porque Curry tampoco parecía interesado en interpretar a los hombres a quienes Hollywood solía entregarles ese centro. Sus personajes eran villanos, marginados, extranjeros, criaturas sexuales, monstruos, artistas, impostores y excéntricos. Habitaban los bordes de las historias, pero desde allí revelaban que los bordes podían resultar mucho más fascinantes que el territorio reservado para los héroes.
También existía una generosidad particular en su desmesura. Curry no actuaba como si estuviera por encima del material. Jamás parecía avergonzado de encontrarse rodeado por marionetas, perseguido por niños, disfrazado de demonio o participando en la película más absurda del mundo. Se comprometía con cada universo hasta volverlo creíble desde sus propias reglas.
Esa convicción explica por qué fue adoptado por públicos tan diferentes. Para algunos será siempre Frank-N-Furter; para otros, Pennywise. Una generación lo recuerda corriendo por la mansión de Clue, otra lo descubrió como el empleado del hotel que sospechaba de Kevin McCallister y muchas más crecieron escuchándolo sin saber que la misma voz podía pertenecer a Garfio, Palpatine, Nigel Thornberry o una nube de contaminación seductora.
No fue una superestrella porque su talento no consistía en repetir una identidad reconocible. La estrella tradicional vende la ilusión de que siempre estamos observando a la misma persona; Curry ofrecía el placer contrario. Cada aparición podía conducir hacia otra criatura, otro tono y otra forma del deseo o del miedo. Lo reconocíamos de inmediato, pero nunca sabíamos completamente qué iba a hacer.
Su vida privada permaneció lejos del espectáculo. Nunca se casó ni tuvo hijos. Sin embargo, deja una familia cultural multitudinaria: espectadores que descubrieron en sus personajes que lo extraño podía ser hermoso, que la oscuridad podía tener sentido del humor y que la diferencia no necesitaba pedir disculpas.
Tim Curry murió, pero Frank-N-Furter seguirá descendiendo por aquel ascensor; Pennywise continuará observando desde la alcantarilla; Darkness extenderá su mano hacia la princesa; Long John Silver cantará entre piratas y Wadsworth volverá a correr por los pasillos intentando explicarlo todo desde el principio.
Algunos actores dejan una filmografía. Tim Curry dejó una población entera de criaturas inolvidables y, para quienes alguna vez se sintieron demasiado extraños para pertenecer al mundo, también dejó un lugar donde entrar.
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Peter Cullen no necesitaba aparecer en la pantalla para cambiar la temperatura emocional de una escena. Bastaba con su voz profunda, solemne y atravesada por una serenidad que podía anunciar una batalla sin celebrar la violencia. Durante más de cuatro décadas, esa voz perteneció a Optimus Prime, el líder de los Autobots y uno de los escasos héroes de la cultura popular cuya autoridad no provenía del miedo que pudiera inspirar, sino de la confianza que despertaba.
Cullen murió el miércoles 26 de agosto de 2026 en su casa de Los Ángeles, a los 85 años. Su agente, Kevin Motley, informó que falleció en paz y acompañado por su familia. Hasta el momento no se ha revelado una causa médica. Le sobreviven sus cuatro hijos: Angus, Claire, Pilar y Clay.
Su nombre permanecerá inevitablemente unido a Transformers, pero reducirlo a Optimus Prime significaría ignorar la amplitud de una carrera que atravesó la radio, la televisión, el cine, la animación y los videojuegos. Cullen también fue Ironhide, el melancólico burrito Igor de Winnie The Pooh, el malvado automóvil KARR de Knight Rider, Monterey Jack en Chip ’n Dale: Rescue Rangers y Thaedus en Invincible. Produjo además las vocalizaciones de King Kong en la película de 1976 y ayudó a crear los sonidos del cazador extraterrestre de Predator.
Su talento consistía en construir cuerpos que no existían. Una máquina, un burro de peluche, un ratón australiano, un automóvil homicida o una criatura interplanetaria podían adquirir edad, carácter y memoria mediante la manera en que Cullen respiraba antes de pronunciar una frase.

Una voz nacida en Montreal
Peter Claver Cullen nació el 28 de julio de 1941 en Montreal, Quebec, dentro de una familia de ascendencia irlandesa. Sus padres eran Henry y Muriel Cullen. Creció junto a sus hermanos Michaela, Sonny y Larry, este último una figura decisiva tanto en su vida como en la creación del personaje que terminaría definiéndolo.
Cullen perteneció a la primera promoción de la Escuela Nacional de Teatro de Canadá, de la que se graduó en 1963. Allí recibió una formación clásica que le enseñó a trabajar la respiración, la proyección y el ritmo. Sin embargo, su carrera no comenzó entre héroes galácticos, sino en la radio y la televisión canadiense, donde desarrolló la versatilidad necesaria para pasar rápidamente de un registro a otro.
Durante las décadas de 1960 y 1970 participó en programas de variedades y comedia como The Smothers Brothers Comedy Hour y The Sonny & Cher Comedy Hour. A diferencia de la imagen solemne que más tarde quedaría asociada con Optimus Prime, Cullen era capaz de construir personajes cómicos, imitar voces y deformar el lenguaje mediante una elasticidad vocal extraordinaria.
Aquellos programas le proporcionaron un entrenamiento especialmente útil. La televisión de variedades exigía velocidad, capacidad de improvisación y la habilidad para presentar una personalidad completa en unos cuantos segundos. Cullen aprendió que una voz no era solamente un sonido particular: implicaba una postura, una biografía y una manera específica de relacionarse con el mundo.
Su carrera comenzó a trasladarse progresivamente hacia la animación y los trabajos vocales. Allí encontró un territorio donde podía interpretar personajes que ningún cuerpo humano podía contener. No necesitaba parecer un héroe, un monstruo o una máquina. Podía construirlos desde el aire.

La fuerza necesaria para ser gentil
En 1984, Cullen presentó una audición para una serie animada basada en una línea de juguetes que enfrentaba a dos grupos de robots extraterrestres capaces de transformarse en vehículos. Leyó la descripción de Optimus Prime y comprendió que el personaje debía diferenciarse del héroe vociferante que abundaba en los dibujos animados.
Antes de la prueba habló con su hermano Larry, capitán retirado del Cuerpo de Marines de Estados Unidos y veterano de la guerra de Vietnam. Larry le aconsejó que no interpretara al personaje como un héroe de Hollywood, porque los verdaderos líderes no necesitaban gritar ni presumir de su fuerza. Debían ser, según una frase que acompañaría a Cullen durante el resto de su vida, “lo bastante fuertes para ser gentiles”.
Peter pensó en la transformación que había observado en su hermano después de que regresara de Vietnam. Larry hablaba con mayor calma y cargaba una gravedad que no necesitaba imponerse sobre nadie. Cullen utilizó esa memoria para crear a Optimus Prime.
El resultado fue una voz grave, pero nunca brutal. El líder de los Autobots podía ordenar un ataque, lamentar una pérdida o dirigirse a un ser humano sin dejar de parecer la misma conciencia. Su autoridad no residía únicamente en el volumen, sino en la convicción de que cada decisión tenía consecuencias y de que el poder debía estar subordinado a la responsabilidad.
Cullen también obtuvo el papel de Ironhide, el veterano Autobot impetuoso y dispuesto al combate. La diferencia entre ambas interpretaciones demostraba su precisión. Optimus parecía evaluar el peso moral de cada palabra; Ironhide transmitía la experiencia del soldado que prefería resolver los problemas mediante la acción. Eran dos máquinas interpretadas por el mismo actor, pero pertenecían a edades, temperamentos y maneras de comprender la guerra completamente diferentes.

La muerte que hizo llorar a una generación
The Transformers fue concebida inicialmente como una herramienta para vender juguetes, pero la interpretación de Cullen ayudó a que Optimus trascendiera ese origen comercial. Para los niños que veían la serie, el líder Autobot representaba una combinación poco frecuente: era poderoso sin ser abusivo, serio sin resultar distante y paternal sin tratar a los demás como seres inferiores.
La dimensión afectiva del personaje se hizo evidente con The Transformers: The Movie (1986). En ella, Optimus muere después de una batalla contra Megatron y transfiere la Matriz de Liderazgo antes de que su cuerpo pierda el color. La secuencia pretendía despejar el camino para una nueva generación de juguetes. Los responsables de la película no calcularon que miles de niños interpretarían aquella decisión empresarial como la muerte de una figura protectora.
Cullen no había dimensionado la popularidad del personaje porque el estudio no le entregaba las cartas que los admiradores enviaban a Optimus. La reacción ante su muerte reveló hasta qué punto aquella voz había dejado de pertenecer a un robot. Familias enteras protestaron, muchos niños salieron llorando de los cines y la presión obligó a la serie a devolverle la vida.
Optimus regresó definitivamente en el episodio doble The Return of Optimus Prime. No se trataba solamente de recuperar a un personaje popular. El público exigía que volviera una determinada idea del heroísmo. Otros Autobots podían ocupar el liderazgo, pero ninguno poseía la autoridad emocional que Cullen había construido.

El regreso a la pantalla grande
Después de la desaparición de la serie original, otros actores interpretaron distintas encarnaciones de Optimus dentro de las numerosas continuidades de Transformers. Cullen permaneció apartado del personaje durante años, aunque nunca dejó de estar presente en la memoria de los seguidores.
Cuando Michael Bay preparó la primera película de acción real, una parte importante del público reclamó su regreso. Cullen volvió a presentar una audición y recuperó el papel en la cinta de acción real de Transformers (2007). Su voz se convirtió en el puente entre los espectadores que habían crecido con la serie animada y una nueva generación que conocía a los Autobots mediante imágenes digitales.
La película podía transformar robots gigantescos en una acumulación de piezas metálicas, engranajes y armas, pero Cullen le devolvía a Optimus una identidad reconocible. Cuando el personaje hablaba, la maquinaria adquiría conciencia. Su voz permitía creer que detrás de aquel rostro mecánico existía un líder antiguo, marcado por la pérdida de su planeta y obligado a continuar una guerra que parecía no terminar nunca.
Retomó el personaje en Transformers: Revenge of the Fallen (2009), Transformers: Dark of the Moon (2011), Transformers: Age of Extinction (2014) y Transformers: The Last Knight (2017). También volvió en Bumblebee (2018) y Transformers: Rise of the Beasts (2023), las dos mejores entregas de la saga.
La calidad de las películas podía variar y sus argumentos se volvían con frecuencia difíciles de seguir entre explosiones, conspiraciones y artefactos extraterrestres. Cullen, sin embargo, conservaba una línea moral reconocible. Su Optimus podía endurecerse, enfurecerse y cometer actos violentos, pero la voz seguía recordando que el personaje había sido concebido como un líder obligado a combatir, no como un guerrero enamorado de la destrucción.
También lo interpretó en series como Transformers: Prime, Transformers: Rescue Bots y Transformers: Robots in Disguise, además de videojuegos como Transformers: War for Cybertron, Transformers: Fall of Cybertron y Transformers: Devastation. Su trabajo en la primera temporada de Transformers: Prime le valió una nominación al Daytime Emmy.
Durante más de 40 años, distintas versiones del diseño, la historia y la personalidad de Optimus aparecieron en las pantallas, pero la voz de Cullen funcionó como su identidad más estable. No estaba imitando la interpretación que había creado en 1984. Estaba envejeciendo con ella.

La tristeza de Igor
Si Optimus Prime representaba la autoridad y la esperanza, Igor (Eeyore en inglés) le permitió a Cullen explorar el extremo contrario: el cansancio, la inseguridad y la expectativa de que todo terminará saliendo mal.
Cullen comenzó a interpretar al burro melancólico de Winnie the Pooh durante la década de los 80 y conservó el papel en numerosas series, películas, especiales y videojuegos. Su Igor hablaba lentamente, como si cada palabra tuviera que atravesar una niebla antes de alcanzar la boca. No buscaba provocar lástima y tampoco convertía la tristeza en una broma cruel. El humor nacía de su resignación ante un universo donde la cola podía volver a desprenderse en cualquier momento.
El personaje requería una sensibilidad particular. Igor es pesimista, pero nunca malicioso; desea participar en la vida de sus amigos aunque esté convencido de que probablemente olvidarán invitarlo. Cullen encontró la ternura dentro de esa contradicción. Su interpretación reconocía que una persona triste no deja por ello de necesitar compañía ni pierde su capacidad de querer a los demás.
Cullen llegó a considerar a Igor su personaje favorito después de Optimus. El contraste entre ambos resume buena parte de su talento. Uno era un comandante intergaláctico que debía mantener viva la esperanza de toda una especie; el otro, un pequeño burro que apenas conseguía mantener su cola en su sitio. Los dos compartían, sin embargo, una dignidad que impedía reducirlos a una sola característica.

Automóviles, ratones y villanos
Entre sus interpretaciones más recordadas se encuentra KARR, el prototipo automovilístico de Knight Rider, el auto fantástico. Si KITT representaba la cooperación entre la inteligencia artificial y el ser humano, KARR había sido programado para proteger su propia existencia por encima de cualquier otra prioridad. Cullen le otorgó una voz fría y arrogante, desprovista de la camaradería que definía al automóvil de Michael Knight.
KARR demostraba que la gravedad de Cullen no estaba limitada a los héroes. El mismo registro que en Optimus comunicaba integridad podía transformarse, mediante pequeñas variaciones, en la certeza aterradora de una máquina convencida de que la supervivencia justificaba cualquier acto. Cullen retomó el personaje décadas después en la nueva versión de Knight Rider.

También interpretó a Monterey Jack en Chip ’n Dale: Rescue Rangers. El ratón australiano, corpulento y obsesionado con el queso, le permitió regresar al registro cómico. Su voz era expansiva, afectuosa y capaz de perder cualquier rastro de racionalidad cuando percibía el aroma de su comida favorita. Monterey no necesitaba la solemnidad de Optimus ni el desaliento de Igor: avanzaba por cada episodio con el entusiasmo de un aventurero que consideraba toda puerta cerrada una invitación.

Fue igualmente Venger, el antagonista de Dungeons & Dragons, cuya apariencia demoníaca escondía una historia familiar y una búsqueda obsesiva de poder. Cullen evitó interpretarlo como una simple colección de amenazas. Su voz sugería que el villano se consideraba legítimo dueño de aquello que perseguía y que cada derrota alimentaba una furia acumulada durante demasiado tiempo.
En sus últimos años participó en Invincible como Thaedus, líder de la Coalición de Planetas. El personaje ofrecía un eco deliberado de Optimus: otro dirigente extraterrestre de voz grave, cargado con decisiones políticas y secretos capaces de modificar una guerra interplanetaria. Cullen podía jugar con la familiaridad que su voz producía y utilizar la confianza del público para introducir sospechas.

Los sonidos del monstruo
Algunos de sus trabajos más sorprendentes ni siquiera contenían palabras. En King Kong (1976), la versión dirigida por John Guillermin, Cullen creó las vocalizaciones del gigantesco simio. Debía proporcionar ferocidad, dolor y una forma primitiva de afecto sin recurrir al lenguaje.

Más de una década después participó en Predator (1987), donde ayudó a crear la respiración y los sonidos guturales de la criatura extraterrestre interpretada físicamente por Kevin Peter Hall. El chasquido producido por el cazador antes de atacar se convirtió en una señal tan reconocible como su camuflaje o su visión térmica.
Cullen no necesitaba pronunciar frases para interpretar. Comprendía que un gruñido también debía responder a una intención: observar, advertir, perseguir, sufrir o prepararse para matar. Sus criaturas no emitían sonidos genéricos. Parecían pensar a través de ellos.
Ese trabajo revela por qué la actuación de voz no puede reducirse a poseer un timbre llamativo. Una voz profunda puede atraer la atención durante algunos segundos, pero sostener un personaje durante décadas exige comprender sus emociones, su respiración y los pensamientos que anteceden a cada palabra.

Un héroe fuera de la cabina
En 2023, la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Televisión reconoció a Cullen con el premio a la trayectoria de los Children’s & Family Emmy Awards. El homenaje celebraba más que su longevidad. Reconocía la manera en que su trabajo había acompañado a varias generaciones y había contribuido a dignificar una especialidad cuyos intérpretes suelen permanecer detrás de los personajes que se hacen famosos.
Cullen desarrolló una relación estrecha con los seguidores de Transformers. En convenciones y encuentros públicos descubrió que Optimus había significado mucho más que entretenimiento para numerosas personas. Algunos lo relacionaban con sus padres; otros habían encontrado en sus discursos una orientación durante momentos difíciles y muchos se acercaban a él con la emoción de quien escucha regresar una parte de la infancia.
A diferencia de otros intérpretes que terminan enfrentados con el papel que los hizo reconocibles, Cullen nunca habló de Optimus como una prisión. Comprendió que el personaje le pertenecía también a quienes habían crecido escuchándolo. Cada vez que repetía una frase o empleaba aquella voz frente a un admirador, no estaba promocionando una franquicia: reconocía el vínculo emocional que alguien había construido con ella.
Peter Cullen interpretó máquinas, animales, monstruos y seres extraterrestres, pero su obra estuvo dedicada a encontrar la humanidad dentro de aquello que no tenía rostro humano. Optimus Prime podía transformarse en un camión, pero Cullen hizo que pareciera cargar sobre sus hombros el destino de un pueblo. Igor era un muñeco triste dentro de un bosque imaginario, pero su voz convertía la melancolía en una necesidad legítima de afecto. El Depredador era una criatura diseñada para matar, aunque sus sonidos revelaban inteligencia, paciencia y propósito.
La muerte de Cullen deja un silencio difícil de separar de la voz que lo precedió. Optimus Prime continuará siendo interpretado por otros actores, como ya ocurrió en diferentes etapas de la franquicia, pero la versión de Cullen permanecerá como la medida frente a la cual serán escuchadas todas las demás.
No hizo que Optimus pareciera poderoso porque hablara más fuerte. Lo hizo poderoso porque sonaba como alguien consciente de la responsabilidad que implicaba tener fuerza. Allí se encuentra la razón por la que millones de espectadores no escuchaban simplemente a un robot cuando Peter Cullen hablaba: escuchaban la clase de líder que esperaban encontrar en el mundo.
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Mientras en redes sociales los fanáticos de las comedias románticas esperan que haya un nuevo boom del subgénero como el que se dio en los 2000, Hollywood continúa apostándole a las secuelas. El turno ahora es de Cómo perder a un hombre en 10 días, el filme de 2003 protagonizado por Kate Hudson y Matthew McConaughey que se convirtió en uno de los títulos más importantes de las romcoms.
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Esta semana, Variety reveló los planes de Paramount de desarrollar una segunda entrega de la cinta dirigida por Donald Petrie, esta vez con Hudson y Stacey Sher (Pulp Fiction, Gattaca, Django Unchained) como productoras. El proyecto apenas se encuentra en sus primeras etapas, por lo que todavía no se han definido otros cargos importantes. Según informó Deadline, la producción tiene la intención de que los protagonistas originales retomen sus papeles, sin embargo, el estudio todavía se encuentra en busca de un guionista para, a partir de allí, definir el reparto.
Cómo perder a un hombre en 10 días sigue la historia de Andie (Hudson), una periodista que planea escribir un artículo sobre aquellas acciones de las mujeres que “espantan” a los hombres, y Ben (McConaughey), un publicista que para cerrar un negocio importante se compromete a sostener una relación sentimental por más de 10 días. La película también contó con las actuaciones de Kathryn Hahn, Adam Goldberg, Thomas Lennon, Michael Michele y Shalom Harlow.
El filme tuvo un presupuesto de 50 millones de dólares y recaudó más de 177 millones de dólares, no solo representando un éxito en taquilla, sino convirtiéndose en una de las comedias románticas por excelencia y trascendiendo en la cultura popular.
Hace poco, McConaughey, que ha protagonizado grandes películas como Interstellar (2014) y Dallas Buyers Club (2013) —con la que ganó su primer Óscar—, reveló en el podcast Happy Sad Confused que la mayoría de sus regalías provienen de Cómo perder a un hombre en 10 días. Por su parte, a inicios de este año Hudson recibió su segunda nominación a los premios de la Academia por su papel de Claire en Song Sung Blue.
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Puede que ya hayas oído la noticia: ¡Lejos de ser el asesino de la gran pantalla, YouTube va a salvar al cine! En el transcurso de dos semanas del pasado mayo, llegaron dos películas muy diferentes que han puesto patas arriba la idea de lo que tendrá éxito, o no, entre el público de los cines multiplex. Una trata sobre un sueño romántico que se hace realidad y que se convierte en una especie de pesadilla. La otra convierte un espacio de oficinas industrial en un reino infinito de terror psíquico. Ambas películas encajan perfectamente en la categoría de “terror moderno”, ambas toman ideas familiares del género y les infunden una sensibilidad extravagante propia de la Generación Z, y ambas fueron realizadas con presupuestos modestos por cineastas menores de 30 años quienes ganaron atención a través de canales de YouTube. Cada una de estas películas ha batido récords para sus respectivos estudios, y eso está haciendo que Hollywood preste atención.
Obsession, una película dirigida por Curry Barker, de 26 años, te sumerge en un escenario sacado directamente de una comedia romántica estadounidense: Bear (Michael Johnston) está enamorado de su compañera de trabajo Nikki (Inde Navarette). Él cree que ella es el amor de su vida. Ella, muy probablemente, piensa en él solo como amigo (o tal vez no). El día en que finalmente va a invitar a Nikki a una cita de verdad, Bear compra por casualidad un artículo curioso en una tienda de curiosidades: algo llamado “One Wish Willow”, que promete que si rompes este supuesto palo mágico y pides un deseo, este se hará realidad. Ante la oportunidad de confesarle sus sentimientos a Nikki, nuestro protagonista la embarra. Por pura frustración, parte el sauce por la mitad y desea que la chica que le gusta lo ame más que a nadie en todo el mundo. El hechizo funciona demasiado, demasiado bien.
El argumento es el clásico “pide un deseo a la pata de un mono”, de esos que han servido de inspiración a todos, desde Stephen King hasta Los Simpson. (De hecho, fue un episodio de Los Simpson basado en el cuento de W. W. Jacobs de 1902 —sobre una mano de simio cortada con poderes sobrenaturales— lo que inspiró a Barker). El tono va desde un terror que se va acumulando lentamente hasta la locura total, con una escalada que da sus frutos de manera magnífica. A excepción de Andy Richter, quien tiene un pequeño papel secundario como dueño de una tienda, el elenco está compuesto por actores prácticamente desconocidos, aunque Navarette, quien interpreta a la joven poseída con una dedicación que raya en la obsesión en sí misma, probablemente verá cómo sus oportunidades profesionales dan un salto cualitativo.

En cuanto a Barker, su carrera ya ha pasado de cero a 60. Al igual que varios cineastas destacados que trabajan en el género de terror (en particular el autor de Get Out, Jordan Peele, y Zach Cregger, de Weapons), comenzó como comediante de sketches antes de aprovechar sus habilidades para atraer audiencias en línea. Después de que Obsession se estrenara en la sección Midnight Madness del Festival Internacional de Cine de Toronto en 2025, desató una guerra de ofertas. Focus Features adquirió los derechos de la película por, según se informa, 15 millones de dólares. Debutó en tercer lugar y, en contra de toda lógica de la industria, vio cómo su recaudación en taquilla aumentaba casi un 40 % en su segundo fin de semana, un salto prácticamente inaudito. Y podría haber sido la película número uno de Estados Unidos, si otra película de terror, igualmente improvisada, no le hubiera pisado los talones.
Backrooms es una creación de Kane Parsons, un joven de 21 años que había estado publicando una serie de clips que simulaban ser grabaciones encontradas, centrados en un enigmático instituto que estudiaba espacios misteriosos que desafiaban las leyes de la física, conocidos como los “backrooms”. Esos cortos —un subgénero de ficción de terror conocido como creepypasta— llamaron la atención de varios guardianes del género, de creadores de tendencias y, más importante, de A24. El estudio, conocido por su estilo hipster, expresó interés en utilizar esos fragmentos virales como base para un proyecto de larga duración, y el joven conocido como @KanePixels de repente se encontró con un lucrativo contrato.
El debut cinematográfico de Parsons construye una mitología minimalista y alucinante a partir de sus cortometrajes. La historia sigue a Clark (Chiwetel Ejiofor), gerente de una gran tienda de muebles en Silicon Valley. Una noche, ya tarde, Clark ve lo que parece ser un rayo de luz que se cuela por una grieta en la pared del sótano de la tienda. Aún más extraño: es capaz de atravesar la pared sin más y se encuentra explorando una serie interminable de pasillos, corredores y rincones subterráneos de formas extrañas. Se lo cuenta a su terapeuta, Mary (Renate Reinsve, de Sentimental Value), quien cree que Clark está sufriendo una crisis nerviosa.
De repente, Clark desaparece. Mary va a la tienda, que parece estar abandonada. Ella también descubre las habitaciones secretas del título. Se adentra en la madriguera del conejo, y ahí es cuando empiezan a pasar cosas jodidamente extrañas.
Al momento de escribir esto, Backrooms ha recaudado más de 200 millones de dólares a nivel mundial, superando a Marty Supreme como la película más taquillera de A24 de todos los tiempos. Obsession se ha ganado el honor de convertirse también en el mayor éxito de Focus Features hasta la fecha. El hecho de que estas dos películas se estrenaran con una semana de diferencia fue pura coincidencia, aunque el hecho de que ambas llegaran a los cines justo cuando los estudiantes universitarios terminaban sus exámenes finales parece una estrategia obvia. Y el doble impacto de estas películas de terror de presupuesto relativamente bajo, que arrasaron con su competencia basada en propiedades intelectuales (The Mandalorian and Grogu, Masters of the Universe) durante varios fines de semana, es el acontecimiento que ha desencadenado un sinfín de artículos de opinión.
Parece que nos encontramos en los albores de un renacimiento del cine de terror de la Gen Z, impulsado por una combinación perfecta de talento joven, nuevas tecnologías, comunidades de fans en línea y una plataforma capaz de eludir las vías tradicionales y llegar directamente a millones de espectadores.
Es la cresta de una ola que se ha estado formando desde hace ya un tiempo. Los cineastas neozelandeses Danny y Michael Philippou —gemelos más conocidos por su nombre artístico en YouTube, RackkaRackka, donde sus videos violentos y alocados fueron aclamados por millones de espectadores— se convirtieron en los favoritos del cine independiente gracias a su éxito de 2022 para A24, Talk to Me. El actor hawaiano convertido en creador de contenido Mark Fischbach, también conocido como Markiplier, convirtió su adaptación de un videojuego autoeditada, Iron Lung, en uno de los mayores éxitos de este año en cuanto a retorno de inversión (tuvo un presupuesto de 3 millones de dólares y recaudó 51,2 millones de dólares). Aunque tanto los hermanos Philippou como Fischbach tienen treinta y tantos, supieron moverse por las redes de Internet de una manera que le mostró a una generación más joven cómo se pueden convertir las comunidades de fans digitales en un público que va al cine en la vida real.

Sin mencionar que los cinéfilos más jóvenes —esos que han convertido a A24 en un gigante entre los fanáticos del cine y que colapsaron sitios web durante la venta anticipada de boletos para las proyecciones en 70 mm de La Odisea de Christopher Nolan— ahora tienen el poder de compra colectivo que les permite desafiar a los gigantes de la taquilla. Tanto Obsession como Backrooms se han beneficiado de canales creativos alternativos, segmentos demográficos desatendidos, campañas orgánicas de boca a boca y un sentimiento generalizado de cansancio con las franquicias que ha llevado al grupo de edad de 18 a 28 años a buscar otras formas de entretenerse. Tu opinión sobre estas películas puede variar, pero no puedes negar que están definiendo la experiencia cinematográfica en este momento. La pregunta es si este momento se convertirá en un movimiento genuino. Apostaríamos un lote de patas de mono malditas a que la respuesta es sí. En algún lugar, un adolescente con un programa de edición y un sueño espera convertirse en la próxima gran revelación. Nunca ha habido un mejor momento para hacer realidad ese deseo.
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