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Cuando Otto Binder y Al Plastino crearon a Supergirl en 1959, nació bajo una lógica muy simple. Si Superman era un éxito, también podría existir una versión femenina del Hombre de Acero. Durante décadas, Kara Zor-El vivió bajo esa sombra. Incluso cuando protagonizaba sus propias historias, seguía siendo “la prima de Superman”.

El cine tampoco le hizo demasiados favores. La Supergirl de Helen Slater, estrenada en 1984 como derivación de las películas de Christopher Reeve, fue recibida con frialdad por la crítica y el público. Sin embargo, con el paso de los años terminó encontrando una segunda vida entre los aficionados, que supieron apreciar una película imperfecta pero sincera. 

Décadas después, Melissa Benoist convirtió a Kara en una figura querida para toda una generación gracias a una serie que tuvo altibajos, pero que comprendió algo fundamental y es que Supergirl funciona mejor cuando deja de intentar ser tan solo la versión femenina Superman.

Más recientemente apareció la actriz de ascendencia colombiana Sasha Calle en la infravalorada The Flash. Su interpretación de Supergirl fue feroz, melancólica y prometedora. Lamentablemente quedó atrapada en el derrumbe definitivo del universo de Zack Snyder y nunca tuvo la oportunidad de desarrollarse más allá de aquella película. Ahora llega Milly Alcock para reconstruir al personaje y, probablemente, ofrecer la versión cinematográfica más completa del personaje hasta la fecha.

La decisión más astuta de James Gunn fue tomar como base Supergirl: Woman of Tomorrow, la extraordinaria miniserie escrita por Tom King e ilustrada por Bilquis Evely. Allí encontró algo que no había aparecido en pantalla y es a una Kara marcada por haber visto desaparecer su mundo, criada entre ruinas y mucho menos idealista que su primo Clark Kent. La película conserva ese espíritu.

Kara celebra su cumpleaños viajando por la galaxia y embriagándose de bar en bar, cuando se cruza con Ruthye Marye Knoll, una joven alienígena interpretada por Eve Ridley (la voz de Wendy Wolf en Peppa Pig). La muchacha busca a Krem, el líder de una banda de piratas espaciales y traficantes de mujeres jóvenes. Ruthye quiere justicia. Supergirl tiene sus propias razones para encontrarlo. A partir de ahí comienza una persecución que atraviesa planetas, transportes espaciales muy parecidos a los nuestros y rincones olvidados de la galaxia con soles rojos, amarillos y verdes.

Craig Gillespie, el director de la maravillosa deconstrucción de la villana de los 101 dálmatas conocida como Cruella, entiende muy bien la naturaleza del material. En lugar de construir otra historia sobre salvar el mundo, filma una mezcla entre True Grit, el clásico western protagonizado por John Wayne (y magistralmente actualizado por los hermanos Coen con Jeff Bridges), y Furiosa, ese estupendo spin off de Mad Max: Fury Road con una de las antiheroínas más memorables del cine ciberpunk. Es así como la relación entre Kara y Ruthye tiene que ver con una joven obstinada que lleva a una guerrera cansada a involucrarse en una causa que preferiría evitar.

Milly Alcock (House of the Dragon), resulta fundamental para que todo funcione. Su Supergirl está lejos de la inocencia luminosa que caracteriza a Superman. Es impulsiva, sarcástica, temperamental y toma decisiones cuestionables. No intenta ser un modelo moral. Tampoco quiere serlo. Alcock consigue que esa personalidad funcione sin convertirla en una superheroína cínica y oscura al estilo del universo de Snyder. Kara conserva empatía, humor y humanidad, incluso cuando parece empeñada en ocultarlas.

Habrá quienes la rechacen desde el primer minuto. No porque la película falle, sino porque esta Kara Zor-El no fue diseñada para satisfacer la mirada de quienes todavía creen que los personajes femeninos deben demostrar su poder a través de la hipersexualización. 

Esta Supergirl es más áspera que su primo. Bebe, orina, vomita, le suena el estómago, se equivoca, pelea, se enfurece, a veces es desagradable, toma malas decisiones y atraviesa la galaxia cubierta de polvo y sangre. No está interesada en ser un póster ni una “Barbie superhéroe”, ni tampoco en mostrar su escote o sus muslos. Y eso bastará para que algunos de esos “eternos guardianes del canon”, aquellos hombres inmaduros que probablemente todavía viven con su madre y que llevan años confundiendo machismo con nostalgia, declaren que “esa no es su Supergirl”, lo cual es absolutamente cierto. Esta Supergirl no utiliza su cuerpo para imponerse, no está construida como una figura decorativa o una fantasía masculina y tampoco pide permiso para ocupar el centro de la historia. 

El contraste con David Corenswet es especialmente interesante. Sí señores, Superman aparece en la película y la interacción entre ambos deja claro que James Gunn tiene una comprensión muy precisa de estos personajes. Clark representa la fe y la estabilidad. Kara representa la duda y el movimiento. Mientras Superman protege la Tierra, Supergirl pertenece al espacio. Y qué bueno que sea así.

Durante años los cómics han insistido en llevar a Superman por toda la galaxia para enfrentarlo a amenazas cósmicas. Esta película demuestra que esas aventuras funcionan mucho mejor con Kara. Hay algo natural en verla recorrer mundos extraños, encontrarse con civilizaciones imposibles y enfrentarse a criaturas que parecen salidas de una vieja portada de ciencia ficción de los años setenta (los amantes de Star Wars y de la ciencia ficción espacial más aventurera encontrarán aquí mucho material para disfrutar).

También funciona muy bien el actor belga Matthias Schoenaerts como Krem. No necesita discursos grandilocuentes ni motivaciones filosóficas para convertirse en un villano eficaz. Es cruel, oportunista, amoral y despreciable. Cada vez que aparece en pantalla queda claro por qué los protagonistas están dispuestos a atravesar media galaxia para encontrarlo.

Ahora bien, después de años interpretando una versión de Aquaman que nunca encontró una identidad clara en tres películas taquilleras pero horripilantes, Momoa parece haber llegado al personaje para el que nació. Su Lobo, el cazarrecompensas espacial de los cómics de DC, es exactamente lo que esperaban los lectores de los cómics: excesivo, arrogante, divertido, peligroso y completamente impredecible. Cada escena suya posee gracia y energía, dejando ganas de más. Si DC estaba buscando una excusa para producir una película de Lobo, aquí la encontró.

Y luego está Krypto. El Supercan ya había conquistado al público en Superman y vuelve a hacerlo aquí. Los fanáticos de Streaky quizá lamenten la ausencia del famoso gato kryptoniano, pero Krypto compensa cualquier ausencia con una combinación perfecta de ternura, caos y destrucción accidental.

La fotografía y el diseño de producción cumplen su función, aunque rara vez generan imágenes memorables. La banda sonora alterna entre una partitura bastante convencional y una selección de canciones pop que en algunos momentos funciona muy bien y en otros parece provenir de una película distinta. Los efectos visuales también son irregulares. Hay secuencias de combate extraordinarias y otras donde el acabado digital resulta menos convincente. Pero nada de eso termina hundiendo la película, porque Gillespie nunca pierde el control del ritmo. La historia avanza con seguridad, los personajes tienen objetivos claros y la aventura mantiene el interés durante todo el recorrido.

Quizás el mayor error sea acercarse a Supergirl esperando encontrar la próxima The Dark Knight, el equivalente de DC a Captain America: Civil War o una epopeya monumental como la que Zack Snyder intentó construir durante años, pero que nunca logró. Supergirl no juega en esa liga y tampoco pretende hacerlo.

Estamos ante una película de superhéroes que abraza sin complejos su condición de cómic. Hay alienígenas, perros con superpoderes, mercenarios intergalácticos que hablan inglés, piratas espaciales y planetas imposibles. James Gunn no intenta justificar ninguno de esos elementos ni pedir disculpas por ellos. Los presenta con absoluta naturalidad y espera que el espectador entre en el juego. 

La recompensa es una aventura tremendamente entretenida que confirma algo importante: después de la serie animada Creature Commandos y su Superman, el nuevo universo DC vuelve a acertar, porque Supergirl no intenta demostrar que las películas de superhéroes provenientes de los cómics pueden ser otra cosa. Simplemente recuerda por qué nos gustan en primer lugar.

Tres proyectos. Tres aciertos. Esperemos a ver qué sucede con Clayface, la cinta basada en el villano de Batman y un arriesgado coqueteo con el cine de terror. Pero si este es el camino que seguirá el universo cinematográfico y televisivo de DC, el futuro luce bastante prometedor.

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La relación entre el cine de terror y la comunidad LGBTQ+ siempre ha sido compleja. Durante décadas, el género utilizó la diferencia como amenaza, castigo o monstruosidad. Cineastas como Todd Haynes (Poison), Jane Schoenbrun (I Saw The TV Glow), Carter Smith (Swallowed), Luca Guadagnino (Bones And All) e incluso Darren Aronofsky (Black Swan) desde diversos territorios narrativos, han explorado el miedo desde la experiencia queer. Leviticus se suma a esa conversación con una propuesta que no pretende ser sutil. El australiano Adrian Chiarella toma una de las herramientas favoritas del horror contemporáneo, la metáfora, y la convierte en el eje de una película que habla de deseo, culpa y violencia institucionalizada.

El título no es casual. Remite al libro bíblico que durante siglos ha servido como justificación para la persecución de personas homosexuales. Chiarella parte de esa carga histórica para construir una pesadilla ambientada en una pequeña comunidad australiana donde la iglesia domina la vida cotidiana y donde dos adolescentes descubren que sentirse atraídos el uno por el otro puede convertirse literalmente en una sentencia de muerte.

Naim y Ryan, interpretados por Joe Bird (Talk To Me) y Stacy Clausen (Crazy Fun Park), encuentran en los descampados, los edificios abandonados y los rincones alejados de las miradas adultas el único espacio donde pueden ser ellos mismos. Chiarella entiende que el horror funciona mejor cuando antes existe algo valioso que perder. Por eso la película dedica tiempo a construir la conexión entre ambos jóvenes. No se trata únicamente de una historia sobre persecución religiosa. Es también una historia del primer amor, del descubrimiento de la sexualidad y de la vulnerabilidad que implica permitir que otra persona conozca quién eres realmente.

El elemento fantástico aparece cuando un supuesto sanador espiritual llega al pueblo para “curar” a los jóvenes considerados desviados. Después del ritual, una entidad comienza a perseguirlos. Aquí el demonio adopta la apariencia de la persona que más deseas cuando estás solo. Chiarella convierte así la atracción y el deseo en un arma. El afecto deja de ser refugio y se transforma en amenaza. El monstruo no castiga el deseo; utiliza el deseo para destruir.

La idea podría haberse quedado en una alegoría evidente, pero el director consigue que funcione porque nunca pierde de vista la dimensión humana del relato. Cada aparición de la criatura está atravesada por una pregunta dolorosa: ¿cómo discernir entre el amor y el miedo? La película juega constantemente con esa incertidumbre y genera algunas de sus mejores secuencias a partir de esa duda.

Joe Bird sostiene buena parte del peso emocional de la historia. Naim es un adolescente confundido, impulsivo y profundamente solo. Stacy Clausen encuentra en Ryan el equilibrio perfecto entre vulnerabilidad y sensualidad. Juntos construyen una química que termina siendo más importante que los sobresaltos o los efectos sobrenaturales. De hecho, Leviticus funciona mejor como romance que como película de terror, y probablemente esa sea una de sus mayores virtudes.

Chiarella y el fotógrafo Tyson Perkins apuestan por una Australia rural gris, silenciosa y asfixiante. Los espacios abiertos nunca transmiten libertad. Al contrario, parecen vigilar constantemente a los personajes. La fotografía despoja al paisaje de cualquier romanticismo y lo convierte en una extensión de la presión social que rodea a los protagonistas. La banda sonora y el diseño sonoro trabajan en la misma dirección, privilegiando los silencios, los ruidos ambientales y una sensación permanente de amenaza.

No todo resulta igual de sólido. El guion dedica tanto esfuerzo a desarrollar su concepto central que algunos personajes secundarios quedan apenas esbozados. La relación de Naim con su madre, interpretada por la siempre bienvenida Mia Wasikowska, sugiere conflictos mucho más complejos de los que la película termina explorando. También hay momentos en los que la explicación de las reglas del demonio reduce parte del misterio que la historia había construido con tanto cuidado.

Sin embargo, esos tropiezos no impiden reconocer lo que Leviticus consigue. Chiarella entiende que las llamadas terapias de conversión ya son, por sí mismas, una historia de horror. No necesita exagerarlas demasiado. Basta con traducirlas al lenguaje del género para exponer toda su crueldad. La película habla de instituciones que convierten el amor en pecado, del miedo que se instala cuando una comunidad decide vigilar el deseo ajeno y de la capacidad de los vínculos afectivos para sobrevivir incluso cuando todo alrededor intenta destruirlos.

Leviticus pertenece a una tradición del terror donde los demonios son menos aterradores que las personas que los invocan. Y en ese terreno encuentra una voz propia. Esta es una película que utiliza el horror sobrenatural para hablar de intolerancia, pero que termina siendo, ante todo, una historia sobre dos jóvenes que se niegan a renunciar a quienes son y terminan pagando un precio.

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Marcel Ruiz lleva años construyendo una carrera sólida frente a las cámaras. El actor puertorriqueño, conocido por sus papeles en One Day at a Time, Scream VI y Snowfall, atraviesa uno de los momentos más estimulantes de su trayectoria. Con apenas 24 años, acaba de presentar Summer of 3 en el Festival de Tribeca, una película que no solo protagoniza, sino que también escribió y produjo junto a su padre, el cineasta Carlitos Ruiz. El filme fue además uno de los grandes protagonistas de la más reciente edición del certamen neoyorquino, al obtener los premios a Mejor Interpretación y Mejor Guion en la categoría de Narrativa Estadounidense, un reconocimiento que confirma el surgimiento de una nueva generación de creadores boricuas decididos a contar sus propias historias.

Pero el cine no es el único lenguaje en el que Marcel busca expresarse. Paralelamente a su carrera como actor, ha desarrollado una faceta como DJ y melómano apasionado, explorando los vínculos entre la música caribeña, el house y la cultura de baile contemporánea. Esa sensibilidad musical también atraviesa Summer of 3, una cinta profundamente personal sobre la identidad, la familia y el regreso a casa. En conversación con Rolling Stone en Español, Ruiz reflexiona sobre el presente del cine puertorriqueño, el poder de las historias íntimas, la experiencia de compartir un set y una sala de escritura con su padre, y la necesidad de que las nuevas voces latinoamericanas encuentren más espacios dentro de la industria audiovisual.

Antes que nada, felicitaciones por el reconocimiento en Tribeca. ¿Cómo recibiste este premio?

Con muchísimo agradecimiento y también con mucha ilusión por el cine puertorriqueño y por los artistas de Puerto Rico y Latinoamérica que están surgiendo. Esta película no solo la hicimos para jóvenes, sino también con muchos jóvenes delante y detrás de la cámara.

Estoy muy orgulloso de haber formado parte del proceso completo como escritor, productor y actor. Pero lo que más feliz me hizo fue poder compartir ese momento con mis compañeros, con mi padre y con Mariana Belaval, la otra guionista, que además escribía su primer libreto. Pensar en lo que esto puede significar para sus carreras y para el cine puertorriqueño me emociona muchísimo. Creo que muchos jóvenes van a sentirse identificados con la película.

¿Cómo definirías esta nueva generación del cine puertorriqueño?

Puerto Rico tiene muchísimo que ofrecer. Creo que esta nueva ola cinematográfica surge de un equilibrio muy particular entre lo joven, lo contemporáneo y nuestra realidad social, pero también de nuestra historia política como colonia estadounidense.

Hay una combinación muy interesante entre nuestra música, nuestra forma de hablar, nuestra vida social —ir a la playa, a los ríos, la cultura de los jangueos— y una conciencia histórica y política que mi generación tiene muy presente.

De cierta manera, es un cine que, por naturaleza, termina siendo revolucionario.

Marcel Ruiz está listo para contar sus propias historias
Griff Lipson.

Summer of 3 sigue a un personaje que regresa a Puerto Rico después de vivir fuera de la isla. ¿Qué tanto hay de tu propia experiencia en esa historia?

Fue muy especial porque sentí que regresaba a casa de dos maneras distintas. Por un lado, literalmente, al filmar en Puerto Rico después de haber crecido entre la isla y el exterior. Esa experiencia de volver siempre ha estado muy presente en mi vida.

Pero también fue un regreso a mis raíces artísticas. Yo crecí rodeado de cineastas y artistas; el cine fue parte de mi infancia. Hacer esta película junto a mi padre, Carlitos Ruiz, se sintió como un círculo que se cerraba.

Más que un trabajo, este proyecto se sintió como regresar a mi niñez y a la manera en que crecí. Fue un verdadero homecoming tanto como actor como puertorriqueño.

¿Cómo fue trabajar con tu padre en un contexto profesional?

Al principio fue curioso porque decidí que, desde que comenzara el proyecto, no lo llamaría “papá”, sino “Carlitos”. Nunca lo había hecho y todavía me pasa que busco “Carlitos” en mi teléfono y no aparece porque sigue guardado como “papá”.

Pero fue una experiencia profundamente positiva. Algo fundamental en cualquier proceso creativo es sentirse libre de proponer ideas sin miedo a ser juzgado. Uno necesita atravesar muchas ideas malas para llegar a las buenas.

Trabajar con alguien que conozco toda mi vida generó un ambiente muy íntimo y cómodo. No existía la idea de defender quién tenía la razón; simplemente lanzábamos propuestas y descubríamos juntos qué funcionaba.

Además, pude involucrarme en todas las etapas del proceso y aprender muchísimo. Fue prácticamente un máster intensivo sobre cómo hacer una película. Y compartir este momento con mi padre lo hace aún más especial: su primera película se estrenó en Tribeca hace casi dos décadas y ahora regresó al festival con una película hecha conmigo. Es algo que siempre compartiremos.

Griff Lipson.

También escribiste el guion. ¿Cómo cambia la actuación cuando interpretas a un personaje que tú mismo ayudaste a crear?

Yo me acerqué a esta película primero como escritor y después como actor. La escritura me abrió una dimensión completamente nueva de la actuación.

Como guionista, entiendes el trasfondo del personaje, el subtexto de cada escena y todas esas ideas que quizás nunca llegan al papel, pero permanecen en tu cabeza cuando llegas al set.

Eso me permitió llegar muy preparado y sentirme libre para improvisar, jugar y simplemente estar presente durante el rodaje.

Además, cambió completamente mi relación con la actuación. Ahora abordo cada personaje desde la sensibilidad de un escritor, incluso cuando no participo en el guion, y eso ha transformado mi manera de trabajar y de disfrutar el oficio.

Después de esta experiencia, ¿qué te interesa más: escribir, actuar o dirigir?

Definitivamente quiero hacer las tres cosas.

Hay proyectos en los que solo quiero actuar, porque también disfruto mucho la libertad de concentrarme únicamente en el personaje. Pero hay otros que nacen primero desde la escritura y terminan involucrándome en varias áreas.

Lo que sí tengo claro es que quiero dirigir pronto. Este proceso me dio mucha confianza y me hizo sentir que quizás no necesito esperar tanto para hacerlo. Estoy muy inspirado y quiero probar esa faceta más temprano que tarde.

¿Qué historias latinoamericanas siguen faltando en Hollywood?

Algo que aprendí haciendo esta película es que mientras más específica es una historia, más universal termina siendo.

Muchas veces la industria hace creer que ciertas historias son demasiado locales y que otras audiencias no van a conectar con ellas. Pero ocurre exactamente lo contrario: cuando uno habla desde lo más íntimo y particular de su experiencia, conecta con algo profundamente humano.

Como latinos debemos entender que aquello que nos hace diferentes no es una limitación, sino nuestra mayor fortaleza.

Yo hago cine desde mi experiencia puertorriqueña, pero cuando hago una película no pienso únicamente en Puerto Rico. Pienso en todos los latinos, porque al final nuestros distintos microcosmos también dialogan entre sí.

La música también ocupa un lugar importante en tu vida como DJ. ¿Qué tan importante fue para construir el universo de Summer of 3?

Fue fundamental. Ser joven en Puerto Rico es una experiencia profundamente sensorial y queríamos capturar eso en la película.

La música es parte esencial de nuestra identidad cultural y del proceso de crecer en la isla. Si queríamos que los jóvenes se sintieran realmente representados, la banda sonora tenía que ser auténtica.

En Puerto Rico la música está presente en todas partes. Es prácticamente un personaje más dentro de nuestras vidas y, por supuesto, también dentro de esta película.

Además, me interesa mucho que los músicos y los cineastas colaboren más estrechamente. Creo que esta nueva generación del cine puertorriqueño tiene una gran oportunidad para construir puentes entre ambas industrias y representar nuestra cultura de la manera más genuina posible.

Griff Lipson.

También eres DJ. ¿Cómo definirías un set de Marcel Ruiz?

Me gusta pensar que un set mío es una invitación a entrar en mi mundo.

Quiero que la gente sienta que, al escucharme, conoce un poco mejor quién soy y de dónde vengo. También me interesa que descubran algo sobre la historia de la música, sobre nuestros ritmos ancestrales y las influencias caribeñas y africanas presentes en muchos géneros.

Actualmente me concentro sobre todo en el house y el disco, pero esos géneros tienen profundas raíces caribeñas y puertorriqueñas. Vivir en Nueva York también ha reforzado mucho esa conexión.

Para mí, pinchar música es una forma de honrar esa historia y compartir mi identidad a través del baile.

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Ambientada en la Francia rural de 1889, Madame Violet nos recuerda que la educación pública, gratuita y laica no fue una conquista aceptada de manera inmediata. Hubo resistencia, desconfianza y conflictos en las comunidades rurales donde los niños eran mano de obra indispensable y donde la Iglesia mantenía una influencia decisiva sobre la vida cotidiana.

En la estupenda cinta dirigida y escrita por Éric Besnard (Delicioso, La magia de los sentidos), Alexandra Lamy interpreta a Louise Violet, una institutriz enviada desde París a una aldea del Macizo Central francés con la misión de abrir una escuela. Lo que encuentra no es únicamente rechazo o indiferencia, sino una comunidad convencida de que la educación amenaza un orden que ha funcionado durante generaciones. Besnard convierte ese choque en el corazón de la película.

La historia se sitúa en los años posteriores a las leyes de Jules Ferry, sin embargo, en lugar de convertir el relato en una celebración automática del progreso, muestra la distancia que existe entre una ley escrita en París y la realidad de quienes viven en el campo. Para el gobierno, la escuela representa el futuro. Para muchos campesinos, representa la pérdida de una ayuda indispensable para sobrevivir.

Las leyes impulsadas durante la Tercera República aparecen aquí no como una evidencia del progreso, sino como una transformación llena de tensiones sociales, económicas y religiosas. La película nos recuerda que aprender a leer y escribir podía significar perder trabajadores en el campo y que el acceso al conocimiento también implica cuestionar creencias y jerarquías establecidas.

Grégory Gadebois nos entrega una sólida actuación como Joseph, el alcalde del pueblo, un hombre atrapado entre las necesidades prácticas tanto de él como las de sus vecinos y la certeza de que los tiempos están cambiando. La relación que se desarrolla entre Violet y Joseph evita el lugar común del romance y los excesos melodramáticos para encontrar su lugar dentro de la evolución de la comunidad.

Joseph expresa una preocupación legítima. Cree que la escuela les arrebata a los niños una parte de su infancia que implica jugar e interactuar con el campo. Louise observa a niños agotados por unas jornadas de trabajo que apenas dejan espacio para jugar o imaginar otra existencia. La película nunca resuelve el debate de forma simplista porque entiende que ambos observan la misma realidad desde lugares distintos.

Madame Violet, bellamente fotografiada por Laurent Dailland (Jeanne du Barry) resulta especialmente estimulante cuando observa los pequeños conflictos cotidianos. Jules (un precioso Ernest Mourier), el niño que sueña con ser carpintero y que se rehúsa a ir a la escuela para trabajar la madera junto a Joseph, gradualmente entiende, en gran parte gracias a Violet, que la educación no consiste en abandonar los sueños, sino en ampliar las posibilidades de la propia vida. 

Sin embargo, su padre Rémi (Jérémy López) teme que su hijo termine viéndolo como un hombre inferior y que lo reemplace por Joseph. Este no es un miedo absurdo. Es el temor de una generación que sospecha que el mundo está cambiando demasiado rápido y que ya no tendrá un lugar en él.

Por eso uno de los personajes más interesantes termina siendo Marthe (Annie Mercier), la madre de Joseph. Mientras los hombres se enredan en discusiones sobre autoridad, tradición o política, ella percibe algo más elemental. Entiende que el cambio ya está ocurriendo y que resistirse indefinidamente sólo retrasará lo inevitable. Su mirada aporta una dimensión que el resto del pueblo tarda mucho más en comprender.

También resulta significativo el pasado político de Louise. Su vínculo con la filosofía anarquista de Proudhon y la Comuna de París convierte la enseñanza en algo más que una profesión. Para ella, educar forma parte de una convicción ideológica profunda. Sin convertirse en un panfleto ideológico, la historia sugiere las profundas heridas que dejaron aquellos acontecimientos en Violet y cómo la escuela no aparece únicamente como un lugar para aprender gramática o matemáticas, sino como una herramienta para que las personas puedan tomar decisiones sobre sus propias vidas.

Más allá de lo entrañable de la historia, lo más estimulante de Madame Violet es descubrir hasta qué punto sus conflictos siguen vigentes. Más de un siglo después, continúan existiendo discursos que presentan la educación como algo secundario frente a necesidades económicas inmediatas. Siguen apareciendo voces que desconfían del conocimiento porque altera lo establecido. Y sigue existiendo la idea de que aprender demasiado puede alejar a una persona de sus raíces.

Besnard no realiza una gran épica republicana ni una lección de historia disfrazada de ficción. Lo que hace es observar el momento exacto en que una comunidad empieza a comprender que sus hijos tendrán una vida diferente a la de sus padres. Y pocas transformaciones generan más esperanza, o más miedo, que esa.

Más que una historia sobre una maestra, Madame Violet es una reflexión sobre el precio del cambio y sobre quienes tuvieron que abrir un arduo camino para brindarle a las personas una educación, algo que hoy en día todavía se ve como una amenaza.

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Han pasado 16 años desde el estreno de la última película de Shrek. Desde entonces, la vida de Shrek, Fiona y Burro ha cambiado por completo. Ahora, Universal Pictures ha revelado el primer tráiler oficial de la quinta entrega de la saga, cuyo estreno está previsto para el verano de 2027. Las primeras imágenes generaban una enorme expectativa entre los seguidores de la franquicia, considerada una de las más exitosas y queridas de la animación. Sin embargo, lejos de provocar una reacción unánime, el adelanto ha dividido al público: para algunos es un regreso emocionante; para otros, una opinión que será reservada para las salas de cine. 

Shrek 5 reúne en sus filas a las entrañables voces de Mike Myers, Eddie Murphy y Cameron Diaz, quienes retoman sus icónicos papeles como Shrek, Burro y Fiona. Además, también tenemos nuevas incorporaciones, como Zendaya, quien se une al reparto como Felicia, la hija de Shrek y Fiona, junto con Marcello Hernandez y Skyler Gisondo como los hermanos de Felicia, Fergus y Farkle respectivamente. 

El tráiler comienza con una narración que nos adentra a la nueva historia que están por emprender nuestros queridos protagonistas: Shrek y Burro, quienes serán acompañados por su equipo de toda la vida. Burro, como es característico de él, muestra un entusiasmo descomunal al enterarse que regresará a hacer equipo con su mejor amigo: “¿Sabes lo que eso significa? Necesito un cambio de imagen: fortalecer mis brazos, tonificar mi espalda, definir mis abdominales, ¡y quizás hasta reafirmar mi trasero!”.

Después de encaminarse a la gran ciudad, pasan un sinfín de eventos que los hacen terminar en la cárcel junto a Fiona, Fergus y Farkle. Y aún así, hay más historias pasando a su alrededor, como una escena en la que el Hombre de Jengibre dice: “Estoy cubierto de pastel como una maldita panadería”, después de que dos mujeres de jengibre golpean las gomitas que tiene pegadas en el trasero.

Con una recaudación global superior a los 2.900 millones de dólares, la saga de Shrek trascendió la gran pantalla para convertirse en un fenómeno cultural. Su éxito dio lugar a un espectáculo en vivo de alcance internacional, un premiado musical de Broadway —nominado a ocho premios Tony y doce Drama Desk— y una experiencia inmersiva en Londres.

Shrek 5 está dirigida por los veteranos de la saga, Conrad Vernon y Walt Dohrn. Vernon formó parte del equipo de dirección de Shrek 2, nominada al Oscar®. Dentro del universo sonoro, el cineasta también ha prestado su voz al Hombre de Jengibre, uno de los personajes más emblemáticos de la franquicia. Dohrn trabajó en la segunda y tercera película de Shrek como guionista y dibujante, y como jefe de historia en la cuarta. El director también ha prestado su voz al personaje de Rumpelstiltskin en Shrek para siempre

La quinta entrega está producida por Gina Shay, quien ya produjo Shrek para siempre, y por Chris Meledandri. La película está codirigida por Brad Ableson.

Mira aquí el tráiler oficial de Shrek 5:

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Parece que el Grinch aún tiene mucho que enseñarnos sobre el espíritu navideño. Imagine Entertainment y Universal ya trabajan en una secuela de la icónica película de 2000 Cómo el Grinch robó la Navidad, y todo apunta a que Jim Carrey podría regresar para interpretar una vez más a uno de los personajes más entrañables y recordados de su carrera. Según informes recientes por The Hollywood Reporter, el actor se encuentra en negociaciones para retomar el papel del famoso gruñón verde.

En esta secuela, Ron Howard también se encuentra en la lista de regresos esperados para la cinta, nuevamente como director. El cineasta trabajará junto a su socio de Imagine Entertainment, Brian Grazer. El equipo creativo también será conformado por Alec Berg, Jeff Schaffer y David Mandel en el guion. 

El medio también compartió que aún no hay detalles de título para esta nueva secuela de El Grinch. No obstante, la supervisión del proyecto por parte de Dr. Seuss Enterprises recaerá en su directora ejecutiva, Susan Brandt. En representación de Universal, la vicepresidenta sénior de desarrollo de producción y proyectos especiales, Britt Hennemuth, junto con la ejecutiva creativa Christina Hoffrogge, estarán a cargo del seguimiento de la iniciativa.

La historia de El Grinch se ha convertido en un éxito atemporal que trasciende generaciones. En su momento, fue la cinta más taquillera del año en Estados Unidos con 260 millones de dólares y recaudó un total de 345 millones de dólares alrededor del mundo. 

La impresionante transformación de Carrey conllevaba un proceso de maquillaje de ocho horas diarias, y lo recuerda como una de las transiciones más complejas y dolorosas de su carrera. Esto hizo que se llevaran el Óscar al mejor maquillaje para Rick Baker y Gail Rowell-Ryan, quienes transformaron al actor para el papel.

“¡Ay, Dios mío! Si pudiéramos descifrar al Grinch”, dijo Carrey a ComicBook  en 2024. “Lo que pasa es que, el día del rodaje, me maquillo muchísimo y apenas puedo respirar. Fue un proceso extremadamente doloroso. Los niños estaban en mi mente todo el tiempo. ‘Es por los niños. Es por los niños. Es por los niños’. Y ahora, con la captura de movimiento y cosas así, podría ser libre de hacer otras cosas. En este mundo todo es posible”.

Por ahora, queda esperar más noticias sobre la nueva secuela de El Grinch.

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A punto de cumplir cuarenta años, Nora (Natalia Plascencia) descubre que la adultez no se parece en nada a la versión que imaginó cuando era joven. Su relación sentimental atraviesa una crisis, el desempleo amenaza su estabilidad, los conflictos familiares siguen abiertos y el futuro parece más incierto que nunca. A partir de esa premisa, La vida es se convierte en una exploración de las expectativas incumplidas y de la necesidad de reconstruirse cuando los pilares que sostenían nuestra identidad comienzan a tambalearse.

El guion de Lorena Villarreal e Ian Martin parte de Que no se case Kelly, una historia original de Diana López y Alba Garza, para construir un retrato contemporáneo sobre las crisis afectivas, familiares y existenciales que acompañan la entrada a la madurez. La directora Villarreal (Silencio, Las lloronas), aborda estos temas desde una estructura fragmentada que salta constantemente entre presente y pasado. Los flashbacks, la ruptura ocasional de la cuarta pared y la división narrativa entre distintos personajes permiten observar una misma historia desde perspectivas complementarias. Lejos de sentirse dispersa, la película encuentra coherencia en las emociones de sus protagonistas, mujeres que intentan comprender quiénes son cuando dejan de definirse únicamente por sus relaciones, sus trabajos o sus responsabilidades.

Nora nunca aparece como una víctima de las circunstancias ni como una heroína ejemplar. Es una mujer contradictoria, impulsiva, vulnerable y profundamente humana. A su lado, Naian González Norvind aporta una sensibilidad distinta con Ely, un personaje que funciona como espejo emocional y contrapunto narrativo. La química entre ambas resulta fundamental para que la película encuentre autenticidad en sus momentos más íntimos.

La actriz chilena Paulina García (Gloria, Querido trópico), se adueña de cada escena en la piel de Greta, una figura cuya presencia atraviesa gran parte del relato. Más que un personaje secundario, representa una filosofía de vida que la película utiliza para reflexionar sobre la aceptación del dolor, la pérdida y la capacidad de seguir adelante incluso cuando las respuestas nunca llegan del todo.

Villarreal no reduce la experiencia femenina a un único conflicto. La película habla del amor romántico, pero también de la amistad, la maternidad, la sexualidad, la muerte, los vínculos familiares y la violencia que atraviesa la vida cotidiana de muchas mujeres mexicanas. Temas complejos que aparecen integrados de forma orgánica dentro de una narrativa que nunca pierde de vista a sus personajes.

La fotografía de Matías Goth aprovecha los paisajes de Baja California para construir imágenes luminosas que contrastan con la confusión emocional de los personajes. Las playas, los caminos abiertos y los espacios naturales funcionan como extensiones del viaje interior que experimenta Nora. La banda sonora de Jesse Voccia termina de reforzar esa mezcla de nostalgia, melancolía y esperanza que atraviesa toda la película.

Más que una historia sobre la crisis de la mediana edad, La vida es habla de la capacidad de aceptar que la vida rara vez ocurre como la planeamos. Lorena Villarreal encuentra belleza en ese caos cotidiano y construye una película profundamente empática con quienes alguna vez han sentido que llegaron a una etapa de su existencia sin las respuestas que esperaban encontrar.

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Adaptar a Haruki Murakami al cine siempre ha sido una tarea complicada. Sus historias rara vez dependen de la trama; funcionan a partir de estados de ánimo, silencios, recuerdos fragmentados y elementos surrealistas que irrumpen en la realidad con absoluta naturalidad. Por eso resulta tan interesante que Pierre Földes, un compositor de música para videojuegos (Hitman: Blood Money, Robotech: Invasion) haya optado para su ópera prima por la animación para acercarse de una forma fluida y orgánica a un universo literario que muchas veces parece resistirse a cualquier forma convencional de representación.

Földes entrelaza seis relatos del escritor japonés (Sauce ciego mujer dormida, Rana salva Tokio, Todos los hijos de Dios bailan, Tailandia, Pastel de miel y La mujer del martes y el pájaro que da cuerda al mundo), en una narrativa coral situada después del terremoto que sacudió Japón. Sin embargo, el desastre natural funciona más como una onda expansiva emocional que como un acontecimiento físico. Los personajes caminan por una ciudad aparentemente intacta mientras sus vidas se desmoronan por dentro. Matrimonios que se rompen, oportunidades perdidas, sentimientos de culpa y una profunda sensación de desconexión recorren cada una de las historias.

La película encuentra en la animación un vehículo ideal para trasladar la lógica de Murakami al cine. Aunque técnicamente no utiliza rotoscopia pura, su estilo visual recuerda inevitablemente a las exploraciones metafísicas de Richard Linklater en Waking Life y A Scanner Darkly, donde los personajes parecen existir en un estado intermedio entre lo real y lo imaginado, como si estuvieran flotando dentro de un sueño del que nunca terminan de despertar. Esa sensación de inestabilidad permanente encaja perfectamente con la escritura de Murakami.

También hay ecos de obras como Donnie Darko y Twin Peaks. No porque compartan historias similares, sino porque las tres entienden que lo extraño resulta más inquietante cuando aparece sin explicación. Un sapo gigante que conversa sobre filosofía, gatos que desaparecen y reaparecen, personajes que parecen conocer secretos imposibles o encuentros que desafían cualquier lógica racional forman parte de un mundo donde lo extraordinario convive con lo cotidiano sin necesidad de justificarse.

Lo admirable es que Földes evita convertir estos elementos en simples curiosidades surrealistas. Bajo la fantasía existe una reflexión constante sobre la soledad, el paso del tiempo y la incapacidad de las personas para comunicarse realmente entre sí. Como ocurre en las mejores novelas de Murakami, los acontecimientos más extraños terminan revelando emociones profundamente humanas.

La película posee una belleza discreta y melancólica. Los fondos acuarelados, los espacios vacíos y los personajes que parecen desdibujarse en ocasiones transmiten una sensación de fragilidad permanente. Todo parece a punto de desaparecer, como un recuerdo que se desvanece lentamente.

Más que una adaptación literaria canónica, Sauce ciego, mujer dormida captura algo mucho más difícil: La atmósfera emocional de Murakami. Esa mezcla de tristeza, humor absurdo, deseo, misterio y nostalgia que convierte sus relatos en experiencias tan difíciles de explicar como de olvidar. Es una película que no busca respuestas ni conclusiones claras. Como los sueños, simplemente invita a dejarse arrastrar por la corriente y aceptar que algunas preguntas no están hechas para ser resueltas.

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Hay actores que construyen su carrera a partir del protagonismo. Fernando Bonilla ha seguido un camino diferente. Durante más de una década se ha convertido en uno de esos intérpretes capaces de aparecer en los lugares más inesperados del cine y la televisión mexicana contemporánea, aportando siempre una energía particular a personajes que suelen escapar de las categorías simples. Lo mismo puede encarnar a un hombre ridículamente fuera de lugar en El norte sobre el vacío, a un artista atrapado entre privilegio y culpa en Perdidos en la noche, a una figura del narcotráfico en Narcos: México, a un operador político en Un extraño enemigo o a uno de los personajes más entrañables y desconcertantes de Las muertas.

Hijo del escritor y periodista Fernando Bonilla y de la actriz Héctorina Gómez, formado en el teatro antes de consolidarse en cine y televisión, Bonilla ha desarrollado una carrera marcada por una característica poco común: la capacidad de encontrar humanidad en personajes llenos de contradicciones. Sus interpretaciones rara vez buscan el heroísmo. Prefiere habitar las zonas grises, los espacios donde conviven el humor, la fragilidad, la torpeza, la violencia o la culpa.

A propósito de algunos de sus trabajos más recientes, conversamos con él sobre la construcción de personajes, la representación de la violencia en la ficción mexicana, los desafíos de la comedia y los proyectos que prepara para los próximos meses.

Fernando Bonilla: “Los personajes más interesantes son los que viven entre contradicciones”
Cortesía de FICM

En El norte sobre el vacío, tu personaje se mueve en un entorno donde la violencia es estructural. ¿Cómo trabajaste para que su identidad no quedara reducida al contexto de la violencia y fuera un personaje más complejo que eso?

Creo que justamente Raúl no es un personaje determinado por la violencia. Es un citadino que va de visita al rancho de su suegro y que está completamente fuera de lugar. Entendía al personaje como un vehículo para aportar otro matiz dentro de la película. Es un tipo bastante patético, ridículo y desubicado, que incluso coquetea con la comedia.

Cuando empiezan a aparecer tensiones familiares o relacionadas con la inseguridad, él parece estar en otra frecuencia. Creo que funciona como una especie de respiro para el espectador, alguien a quien vemos patinar constantemente. Pero también habla de la diversidad de realidades que existen en un país como el nuestro. Hay personas atravesando situaciones terribles y otras, muy cerca de ellas, que apenas alcanzan a comprender lo que ocurre.

Cortesía de FICM

En Perdidos en la noche, Amat Escalante construye un universo donde domina la ambigüedad. ¿Cómo te posicionas como actor dentro de una narrativa que evita explicarse?

Rigoberto Duplas es un personaje profundamente contradictorio. Yo lo veo como una caricatura de nuestro papel como artistas dentro de una sociedad atravesada por la desigualdad y la violencia.

La película plantea una pregunta muy incómoda: ¿qué tan cómplices podemos llegar a ser de una tragedia o de una atrocidad? Muchas veces los peores actos no son responsabilidad de una sola persona, sino de una cadena de responsabilidades compartidas. Mi personaje participa de eso tanto por acción como por omisión.

Fue un personaje muy complejo porque vive en una tensión permanente. Es provocador, desafiante y constantemente está empujando los límites de quienes lo rodean. Pero al mismo tiempo la culpa termina alcanzándolo. Esas contradicciones son un combustible extraordinario para un actor.

Cortesía de Netflix

Has participado en series como Narcos: México y Un extraño enemigo, producciones construidas sobre hechos históricos recientes. ¿Cómo encuentras espacio para proponer dentro de estructuras tan definidas?

Creo que el trabajo del actor siempre consiste en llegar con propuestas. Luego hay que entender qué busca la dirección y encontrar un punto de encuentro.

En Narcos trabajé con varios directores distintos y cada uno tenía su propia manera de abordar las escenas. A mí me interesó mucho trabajar el lenguaje y el acento de Vicente Carrillo Fuentes. El guion en español era bastante neutro y conversé mucho con ellos sobre las palabras que usaría alguien con la trayectoria geográfica y cultural del personaje.

En Un extraño enemigo el trabajo era diferente. La violencia estaba más depositada en la palabra y en los juegos de poder. Ahí la construcción pasó más por la psicología del personaje y por esa atmósfera de thriller político que proponía la serie.

Cortesía de Prime Video

Tanto en Harina como en La oficina trabajas desde registros cómicos muy distintos. ¿Cómo construyes el tono de una comedia?

Creo que lo primero es entender cuál es la función del personaje dentro del mecanismo cómico. Joe Sheffer, en Harina, es completamente farsesco. Es de esos personajes que parecen sobreactuados incluso dentro de la realidad. En cambio, Gerónimo, en La oficina, aunque es exagerado, existe dentro de un universo mucho más reconocible. Es torpe, invasivo, inconsciente de los demás y profundamente desubicado.

La comedia depende mucho del contraste. Siempre necesitas personajes que estén pisando tierra firme para que los más excéntricos funcionen. Sin ese contraste, el humor pierde fuerza.

Cortesía de Netflix

Quisiera preguntarte por Las muertas. Es una historia atravesada por la violencia, pero tu personaje aporta algo distinto. ¿Cómo fue tu aproximación a Ticho?

Mi brújula siempre fue la inocencia. Quería construir un personaje tierno y profundamente leal. Ticho participa en actos criminales, pero nunca tuve la sensación de que comprendiera realmente la magnitud de lo que estaba haciendo. Para mí era como un perro: absolutamente leal, agradecido e incapaz de traicionar a quienes considera su familia.

En la novela de Jorge Ibargüengoitia hay información adicional sobre su pasado. Es un hombre abandonado, sin vínculos, que encuentra en esas mujeres un lugar en el mundo. Por eso desarrolla una lealtad inquebrantable hacia ellas. Esa fue siempre mi referencia emocional.

Para terminar, ¿qué viene ahora para Fernando Bonilla?

Actualmente estoy recorriendo México con Corte de caja, que es mi primer espectáculo de stand-up sin personajes. Es una comedia mucho más personal e íntima. También estoy dirigiendo la obra Piedras en sus bolsillos, de Marie Jones, y más adelante estrenaré otro proyecto teatral.

Además, esperamos comenzar próximamente el rodaje de la segunda temporada de La oficina y vienen dos series más que todavía no puedo anunciar, pero que deberían estrenarse próximamente en distintas plataformas.

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Mark Grayson (Steven Yeun) quería ser como su padre. Esa era la fantasía inicial de la serie animada para adultos Invincible: un adolescente torpe, noble y entusiasmado que descubre que heredó los poderes de Omni-Man (J.K. Simmons), el superhéroe más poderoso del planeta. La primera temporada juega durante un buen rato con esa ilusión juvenil. Mark aprende a volar, se inventa un nombre, estrena traje, se enamora, comete errores y cree que el heroísmo consiste en resistir golpes hasta que el cuerpo aguante. 

Entonces Omni-Man masacra a los Guardianes del Globo y tanto Omni-Man como la serie revelan su verdadera identidad. Desde ese momento, Invincible deja claro que no está interesada en la fantasía canónica del superhéroe adolescente. Lo que realmente quiere contar es el derrumbe de una familia. 

Nolan Grayson no es simplemente un padre ausente o un mentor exigente. Es un conquistador viltrumita que ha vivido años fingiendo amar a la humanidad mientras espera el momento de someterla. La brutal paliza que le da a Mark en el final de la primera temporada sigue siendo uno de los momentos más devastadores de la televisión reciente porque no duele solo por la sangre. Duele porque convierte una pelea superheroica en abuso familiar. La serie nunca se recupera de esa escena y ese es su mayor acierto.

La segunda temporada entiende que el trauma no desaparece después de los créditos. Mark intenta seguir estudiando, amar a Amber (Zazie Beetz), ayudar a Atom Eve (Gillian Jacobs) y salvar personas, pero carga con la sospecha de que dentro de él puede vivir la misma violencia de su padre. Debbie, la madre de Mark, interpretada vocalmente por una extraordinaria Sandra Oh, se convierte entonces en uno de los personajes más ricos del relato. Su duelo no es solo marital, es el de una mujer que debe aceptar que la vida que construyó fue parcialmente una mentira.

Steven Yeun también hace un trabajo admirable como Mark. Su voz conserva la inseguridad adolescente del personaje, pero cada temporada le añade más cansancio, rabia y miedo. Mark no es invencible. El título siempre fue una ironía. Su cuerpo se rompe, sus vínculos se deterioran y su idea del bien se vuelve más difícil de sostener cada vez que la serie lo obliga a elegir entre salvar a todos o preservar su propia humanidad.

La tercera temporada lleva esa tensión a un punto especialmente feroz. El conflicto con Angstrom Levy (Sterling K. Brown), las variantes de Invincible y la llegada de Conquest (Jeffrey Dean Morgan) convierten la historia en una prueba moral. La violencia ya no es solo un espectáculo sino una tentación. Mark ha repetido durante años que nadie merece morir, incluso los peores enemigos, pero Conquest lo empuja más allá de ese límite. Cuando Mark finalmente responde con una brutalidad que lo horroriza incluso a él mismo, la serie encuentra una de sus ideas centrales. El problema no es tener poder, sino descubrir qué parte de uno mismo aparece cuando el poder deja de tener freno.

La cuarta temporada recoge esas consecuencias y hace algo inteligente, baja la velocidad sin perder intensidad. Después de Conquest, cada golpe pesa distinto. Mark ya no pelea como el chico que quería demostrar que podía ser un héroe. Pelea como alguien que teme convertirse en aquello que más odia. Su relación con Eve, con su medio hermano menor Oliver (Christian Convery), se vuelven más complejas porque todos funcionan como recordatorios de una vida que todavía puede salvarlo de la lógica viltrumita.

El regreso de Nolan al centro dramático de la serie también resulta fundamental. J.K. Simmons nunca interpreta a Omni-Man como un mero villano. Su voz transmite autoridad, vergüenza, orgullo y una culpa que jamás llega a absolverlo. La serie comprende que la redención no puede borrar el daño. Nolan puede cambiar, pero eso no elimina lo que hizo. Y Mark debe decidir si puede mirar a su padre sin convertirse en él.

Invincible también funciona porque, como en los mejores cómics de superhéroes (la serie está basada en el propio cómic de Kirkman), su universo secundario está lleno de personajes que parecen merecer su propia serie (Atom Eve tiene un episodio especial). Rex Splode (Jason Mantzoukas), Cecil Stedman (Walton Goggins), Allen The Alien (Seth Rogen), Robot (Zachary Quinto), Monster Girl (Grey DeLisle), Thragg (Lee Pace) y muchos más (tal vez demasiados), amplían la historia más allá del drama familiar de los Grayson. 

No todos reciben el mismo desarrollo en las cuatro temporadas, y ahí aparece una de las debilidades del conjunto: La serie acumula tantos frentes que algunos personajes desaparecen durante largos tramos o quedan reducidos a promesas futuras. Aun así, cuando decide concentrarse en ellos, encuentra momentos notables, especialmente en el conflicto de Eve con el sentido práctico del heroísmo y en la ambigüedad moral de Cecil.

La animación ha sido motivo de debate desde el comienzo. En escenas cotidianas puede lucir rígida, incluso barata para una producción de este tamaño (¿es que no entienden que es un homenaje retorcido a las series animadas de aventuras de los ochenta y noventa?). Pero los quejicas de las redes deben admitir sin rechistar que cuando llega la acción importante, la serie sabe exactamente dónde poner el músculo. 

Las peleas, más que buscar elegancia buscan impacto brutal. Los cuerpos atraviesan edificios, los huesos se rompen, la sangre salpica y la destrucción tiene consecuencias. Esa crudeza separa a Invincible de tantas historias de superhéroes donde las ciudades quedan reducidas a escombros sin que nadie parezca recordar a las víctimas.

La comparación con The Boys, la otra serie de superhéroes de Prime Video, e Invincible es inevitable porque las dos parten de una misma premisa que es la de desmontar el mito del superhéroe perfecto. Pero sus objetivos son distintos. La serie de Eric Kripke (también basada en cómics) utiliza el cinismo, la sátira política y el humor negro para mostrar un mundo donde el poder corrompe inevitablemente, mientras que Invincible conserva una fe casi clásica en el heroísmo.

Incluso en sus momentos más oscuros, la serie de Robert Kirkman sigue creyendo que las personas pueden elegir ser mejores. Donde The Boys se pregunta cuánto tarda un dios en convertirse en monstruo, Invincible se obsesiona con una cuestión más dolorosa y es la de cómo evitar convertirse en el monstruo que te crió.

Después de cuatro temporadas, la serie se ha convertido en algo más que una alternativa violenta al modelo Marvel o DC. Su fuerza no está en parodiar el género, sino en exprimirlo hasta que aparezca lo que muchas franquicias esconden: El costo emocional de salvar el mundo, la herencia tóxica de los padres, la culpa de sobrevivir y el miedo a que la violencia se transmita como una enfermedad familiar.

Invincible empezó preguntando qué pasaría si Superman fuera tu papá. Cuatro temporadas después, la pregunta es mucho más profunda: ¿Qué haces cuando descubres que el monstruo al que debes derrotar también forma parte de tu sangre? 

P.D. Todavía quedan muchos interrogantes, los cuales se irán revelando en la temporada 5, la cual probablemente no será la última, pensando en la tendencia de Kirkman de alargar sus relatos de manera innecesaria como lo hizo con The Walking Dead.

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